El mentiroso

El mentiroso


4. El baile de las manos negras » 5

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Llegué al camino de Kukulumendi y aparqué la GMC en el mismo miniaparcamiento en el que había dejado el Mercedes la noche anterior. El camino era de un solo sentido, ya que terminaba en lo alto de la montaña, de manera que solo tenía que apostarme allí y esperar. Si Irati bajaba, andando o en coche, la vería… ¿y después qué, amigo detective? Bueno, mi intención era seguirla. Enterarme de algo más sobre ella. Estaba claro que esa chica jugaba un papel clave en esta comedia.

Estuve allí de plantón durante media hora, mirando los coches que salían de la urbanización —un Tesla, un Audi, un Mercedes— con hombres y mujeres trajeados que se dirigían a sus importantes trabajos. Alguno con niño incluido. Mientras tanto, se me ocurrió que podía buscar algo de Irati en internet. Tenía su cara y su nombre, así que la busqué entre los amigos de Facebook de Félix.

Me costó cerca de veinte minutos dar con ella. Félix tenía cerca de cinco mil facebook-amigos, pero yo buscaba a uno muy concreto: una mujer rubia, de nombre Irati Jiménez, con la nariz recta. Encontré seis candidatas Iratis, tres de las cuales descarté por la fotografía. Las otras tres eran imposibles de identificar. Una de ellas tenía sus pies como foto de perfil, pero al entrar en su página, pude leer que tenía solo veintidós años. No, la Irati que yo buscaba rondaba los cuarenta. Descartada. La segunda, que se había colocado una imagen de Heidi, vivía en Irún y era morena. Descartada. La tercera, que utilizaba una foto de un atardecer, me pareció más interesante. Una mujer rubia, de unos cuarenta.

Estaba de suerte. Irati tenía el perfil abierto y pude investigarla un poco. Un par de fotos muy recientes me sirvieron para confirmar su identidad. En una de ellas salía vestida con ropa de tenis en lo que reconocí como una de las canchas del Club. Una mujer alta, esbelta… Fui mirando el resto de sus posts y reconstruyendo un relato de su vida. Irati Jiménez había estudiado Derecho en la Universidad de Deusto. Le gustaba esquiar y viajar (fotos de Amsterdam, París, Viena…). Estaba casada y tenía dos hijos. Había una fotografía suya con la familia, haciendo una barbacoa en su jardín de Kukulumendi. Irati pertenecía, además, a un par de clubes de lectura (compartía reseñas de libros) y en uno de sus post aparecía con Félix Arkarazo. «Con el mejor escritor… y ¡además mi vecino!». ¿Era esa la relación que los unía? ¿Era su fan?, ¿algo más?, pensé al recordar aquellos cigarrillos con el filtro manchado de pintalabios que había encontrado en el dormitorio de Félix.

Eran aproximadamente las nueve cuando vi aparecer un nuevo coche —el cuarto de la mañana— por la curva del camino. Era un Hyundai familiar de color negro y según lo vi avanzar hacia mí, tuve un buen pálpito. La conductora —una mujer rubia, con gafas de sol posadas sobre una fabulosa nariz recta— hablaba con sus dos hijos, de unos doce y catorce años, que iban sentados con ella, muy posiblemente rumbo al colegio. Era Irati.

Arranqué la GMC y maniobré todo lo rápido que pude. Los caminos, por esa zona, conforman un pequeño laberinto y no quería arriesgarme a perderla, pero en realidad solo podía estar dirigiéndose a la carretera general.

La seguí con cuidado, a cierta distancia, y la vi incorporarse hacia la derecha. Hice lo propio, tres coches detrás de ella, y condujimos un rato por las carreteras del valle. Había muchos autobuses escolares y fue fácil adivinar el destino de Irati esa mañana: uno de esos colegios privados, de inspiración religiosa, que hay por la zona.

Temía que me hubiera visto aparcado en la carretera de Kukulumendi, así que no la seguí allí dentro. En vez de eso, aparqué en un restaurante que había cerca de la entrada y esperé.

Irati tardó menos de cinco minutos en descargar a sus vástagos y volver a la carretera, esta vez en sentido contrario. ¿Regresaba a su casa? ¿Al trabajo? Pasamos de largo la entrada de Kukulumendi y continuamos adelante, hacia Gernika. Mientras conducía, con cuidado de no situarme demasiado cerca, iba pensando en el siguiente paso. ¿Cómo iba a hacerlo? Tenía que hablar con ella, pero abordarla directamente quedaba descartado. No podía arriesgarme a verme conectado con Félix o con el pedido de mildronates. No, al menos, a cara descubierta. Entonces se me ocurrió algo. Era extraño… pero podría funcionar.

Fui tras ella hasta el aparcamiento de un gran Eroski situado en las afueras de Gernika. Aparcó, cogió un carro de la compra y se dirigió al interior del supermercado. Vale. Esta era una oportunidad de oro. Saqué un folio y un bolígrafo de la guantera y escribí lo siguiente:

Hola, Irati. Soy un amigo de tu vecino Félix y tengo un mensaje muy importante de su parte. Nos vemos esta noche (22.00) en…

Elegí uno de mis lugares solitarios favoritos de la zona: una vieja casa-torre que llevaba años cerrada y se caía a pedazos (era una herencia de cuatro hermanos mal avenidos, según contaban los rumores locales). Esperaba que Irati la conociera por su nombre, Casa Galdós, pero, por si acaso, añadí algunas indicaciones. Y también escribí, con mayúsculas: «VEN SOLA O ME LARGARÉ».

Después doblé el folio dos veces y salí de mi furgoneta. A esas horas de la mañana no había demasiada gente por allí. Me acerqué al Hyundai, levanté uno de los limpiaparabrisas y la coloqué debajo. Hecho esto, volví a mi furgoneta y me quedé allí, observando.

Irati salió al cabo de media hora con el carro bastante lleno. Lo cargó todo en la parte trasera de su coche y entró en el asiento del conductor. Pensé, por un instante, que no vería mi nota, pero lo hizo. Volvió a salir, la recogió, la leyó. Se quedó absolutamente congelada al hacerlo. Miró a un lado, al otro, pero yo estaba demasiado lejos y bien escondido como para preocuparme por ser detectado.

Hizo una bola con el papel. Se acercó a una papelera… ¿Iba a tirarlo? Pero entonces se detuvo. Volvió a desplegarlo. A leerlo. Esta vez lo metió en el bolsillo del pantalón y volvió a su coche. Arrancó y salió de allí, tan nerviosa que casi se choca con otro coche que avanzaba con prioridad.

Me quedaba un largo día por delante hasta la cita con Irati. Decidí trabajar un poco. Era mucho mejor que pensar en todo lo demás. La policía, la cárcel, Erin… Era lunes y los lunes tenía un par de casas solamente. La primera estaba en una urbanización muy cerca del monte Kukulumendi, de una señora danesa llamada Caryn que vivía allí sola con sus cuatro perros. Habían pasado dos semanas desde mi última siega y el césped llegaba casi hasta la rodilla. Estuve segando durante tres horas y Caryn me pagó una buena propina. Me dijo que se iba a Dinamarca la semana siguiente y que no volvería hasta pasado Año Nuevo. Le pregunté qué haría con sus cuatro perros y, mientras señalaba su viejo Volvo familiar, me dijo que se iban con ella.

—¿Vas a ir hasta Dinamarca en coche? —le pregunté.

—Oh, sí… Haciendo pequeñas paraditas para visitar y gorronear a un montón de amigos por el camino —se rio ella.

La siguiente casa era un hotel rural en Metxika, y casualmente, la forma más rápida de llegar desde la casa de Caryn era pasando muy cerca del polígono Idoeta.

La ansiedad que había conseguido enterrar segando la hierba y oliendo los rosales volvió a resurgir con fuerza según iba acercándome a ese lugar tan negro, que olía a muerto, a bichos, a culpabilidad… Por un instante estuve a punto de encaminarme a la vieja fábrica a pecho descubierto, sin disfraces y a plena luz del día. Tenía que saber qué estaba pasando. Tenía que enfrentarme al miedo, porque me estaba devorando por los pies. La noche pasada había tomado una pastilla de más. Comenzaba a pensar en las pastillas más de la cuenta. En tomarme una, dos, tres…, cuarenta. Y dormir dulcemente para siempre. Pero también estaba la carretera y Caryn me había hecho pensar en ello. Las fronteras estaban abiertas hasta Holanda y allí conocía gente que podría ayudarme si decidía emprender la huida. En ese mundo oscuro y subterráneo puedes conseguir casi cualquier cosa, si tienes contactos, dinero y el aplomo necesario. Pero ¿quería hacerlo? ¿Fugarme? ¿Dejar a mi abuelo, a Dana, a Erin…? La sola idea de perderlos me hacía preferir una celda donde, al menos, podría verlos de vez en cuando. Bueno, si es que Erin no me había abandonado ya, cosa probable.

El polígono Idoeta respiraba una ferviente actividad ese mediodía. Yo que solía ir por allí de noche, cuando casi todos los talleres y almacenes estaban ya cerrados, me sorprendí al ver la cantidad de gente, camionetas y carretillas elevadoras que iban y venían por aquel laberinto de pabellones, como en una pequeña ciudad industriosa y organizada.

Conduje a través del bullicio hasta el aparcamiento «grande», que a esas horas estaba casi lleno de coches. Me acerqué hasta el lado más pegado al robledal y paré la furgoneta un instante. En lo alto, por encima de la copa de los árboles, podía ver una sección del tejado de la vieja fábrica Kössler, pero nada más. El bosque tapaba el resto. ¿Estaría la policía desplegada por allí? Tuve la tentación de bajar y encaminarme a través de los robles, pero entonces contemplé la posibilidad de la trampa. Quizá como un reflejo de los pensamientos que había tenido respecto a mi alijo, ¿y si me estaban esperando? No tenía demasiado sentido, pero tampoco tenía sentido que ni la prensa ni ningún otro medio hubieran sacado ya la noticia del hallazgo del cadáver. Había algo que no acababa de encajar, pero yo estaba positivamente seguro de que esos chicos habían encontrado el muerto y decidí que era demasiado arriesgado acercarse.

Almorcé un menú del día en un bar de carretera. Según tomaba el café, recibí un mensaje de Txemi Parra.

¿Has leído El Correo de esta mañana?

Respondí:

Sí. Creo que ha llegado el momento de bajar la persiana.

Mi segundo cliente de los lunes era un precioso caserío frente a la costa que ahora servía como hotelito rural. Había un grupo de chicas francesas tomando el sol en unas hamacas. Estuvieron haciendo bromitas conmigo y riéndose durante todo el rato que pasé cortando el césped. Me quisieron invitar a una cerveza, pero les dije que tenía prisa. Vaya con las francesitas.

Anochecía cuando terminé el jardín del hotel. Pensé en volver a Punta Margúa a darme una ducha, pero decidí que era mejor ir directo al asunto. Además, en la GMC tenía todo lo que necesitaba para mi gran cita, principalmente mi disfraz.

Todavía quedaba una hora, pero quería asegurarme de que todo estaba en orden en la vieja casa-torre, así que allí fui.

Casa Galdós estaba situada en un alto por el que discurría la carretera general, unos doscientos metros más allá del pequeño pueblo de Axpe. Aparqué allí, en un aparcamiento junto a la parada del autobús, y eché a andar por el arcén de la carretera.

Un buen muro de piedra rodeaba la vieja casa abandonada de los Galdós, y un candado bloqueaba la puerta principal, solo que las verjas estaban suficientemente rotas como para que uno se pudiera colar sin problemas. Dentro, el jardín era poco menos que un basurero sepultado entre hierbas altas y maleza. Hasta que decidieran qué hacer con ella, si restaurarla o demolerla, el lugar era un refugio perfecto para borrachos, yonquis, mendigos… Así que lo primero que hice fue dar una vuelta y comprobar que no hubiera nadie por allí.

Hice un repaso del jardín. El edificio tenía medio tejado derruido y grandes agujeros negros por todos lados. Supongo que a nadie se le ocurriría poner un pie dentro; la madera de esa casa debía de estar tan podrida que sería como caminar sobre un cartón. Después busqué un sitio donde esperar. Había muchas opciones, pero me decanté por el recibidor de la casa, que estaba protegido con muros y con un tejadillo que le procuraba penumbra. Desde allí podría observar todo el jardín sin ser visto.

Apagué mi móvil para evitar soniditos imprevistos y me lie un cigarrillo. Estuve allí una hora entera escuchando el ruido del tráfico, las aves nocturnas y los búhos ululando desde alguna parte. De vez en cuando veía murciélagos que surcaban el aire de la noche. ¿Vivirían en el desván de la casa como los vampiros de las películas? Entonces, sobre las diez, escuché el ruido de un motor desviándose desde la carretera principal. La luz de dos focos muy potentes atravesó la verja e iluminó el jardín. Era ella.

Me puse un gorro, gafas protectoras de plástico y la mascarilla de pintor.

Y también me puse muy nervioso.

Hasta entonces no me había parado a pensar en todo lo que podía salir mal. ¿Y si venía con refuerzos? Un amigo con un bate, o la policía. O todo a la vez. Pero algo me decía que esa mujer no lo haría. Tenía una teoría sobre ella y, si era cierta, Irati estaba igual de interesada que yo en llevar todo este asunto con absoluta discreción.

Esperé agazapado en el recibidor. Vi cómo se apagaban las luces. El ruido del motor dejó paso a un silencio tenso. Una puerta se abrió y volvió a cerrarse. Unas pisadas se acercaron a la puerta. La vi entrar. Llevaba unos vaqueros y una sudadera con la capucha echada. También pude escuchar su respiración, bastante agitada. Sacó su teléfono y encendió la linterna.

—¿Hola? —dijo.

Yo permanecí en silencio. Quería asegurarme de que venía completamente sola.

Irati dio unos pasos hacia el interior del jardín y pasó frente a mí sin verme. Volvió a repetir su saludo. Tenía la respiración entrecortada. Estaba casi asmática del miedo. Aquello era desagradable, pero no me quedaba otra opción.

Pasó de largo y yo me puse en pie. Bajé las escaleras y me coloqué a su espalda. Le cerré el paso y me quedé callado, con el corazón a mil. Después dije solo:

—Hola.

Ella dio un brinco. Gritó. Se dio la vuelta, me vio. Mi disfraz debió de causarle una impresión terrorífica. Volvió a gritar.

—Tranquila. No grites —le dije.

Pero mi aparición (con las gafas, la mascarilla, el gorro) debía de ser mucho más siniestra de lo que yo había podido planear. Quizá parecía una especie de Hannibal Lecter rural. Irati retrocedió un par de pasos, sacó algo del bolsillo del hoodie, algo pequeño, ¿un cuchillo?

—¡No te acerques a mí, hijo de puta! —gritó (otra vez).

—Te repito que estés tranquila y que no grites, no voy a hacerte nada. Solo quiero hablar…

Pero no parecía muy dispuesta a creerme. De pronto, debió de pensar que todo aquello era una trampa y salió disparada por un lado del jardín.

—¡Mierda! ¡Espera!

Salí corriendo yo también. Doblé la esquina de la casa. Se había detenido frente a un montón de escombros. Sacos, trozos de madera. La vi coger uno de los maderos. Se dio la vuelta golpeando con él el aire. Si me llega a dar, me descoyunta.

—¡Ah! —dijo al tiempo que lo soltaba.

Se había debido de clavar algo. Una astilla o un clavo. El madero cayó al suelo. Yo me acerqué.

—Solo quiero hablar, lo juro —dije—, no te voy a hacer nada. No soy un violador.

Entonces ella levantó la otra mano y me apuntó con algo. Un espray. Me roció la cara con aquello, pero claro, tenía una mascarilla y unas gafas puestas. No pasó nada aunque noté que la pimienta me irritaba la piel allí donde la tocaba. Ella se debió de dar cuenta y lanzó la mano que tenía libre con la idea de quitarme las gafas, yo la detuve. Le cogí la mano. Ella me arreó una patada que no llegó a darme en la entrepierna, pero me hizo daño.

—¡Joder!

La empujé contra los sacos de escombro y logré que se cayera allí.

—Me vas a tener que matar —dijo sin dejar de apuntarme con su espray—, porque no me voy a dejar.

Yo di un paso atrás. Tomé aire.

—Te digo que no soy un puto violador. Solo quiero hablar de Félix.

Mencionar ese nombre surtió algún efecto en ella. Se quedó quieta, jadeando sin decir una palabra, y yo hice lo mismo. No me moví de donde estaba. Pasó un largo minuto y los dos pudimos relajarnos un poco.

—¿Es verdad que eres su amigo?

—No exactamente.

—¿Y el mensaje?

—Ahora hablaremos de eso. Primero tengo unas preguntas.

Irati se recostó sobre los sacos de escombro, todavía con el espray en la mano, pero con una actitud menos agresiva. Se quitó la capucha. Llevaba la melena rubia recogida… Esa nariz. Una mujer guapa, no espectacular pero guapa. De buena clase. Papá y mamá. Esquí. Veranos en Menorca. Un maridito acorde con las expectativas. No pintaba nada en esa historia. No pintaba nada con Félix.

—Vale…, preguntas. Pero ¿quién eres tú?

—Nadie. Un tipo que reparte medicinas.

—¿Cómo me has encontrado?

—Me pediste un montón de mildronates hace dos viernes. Ahora estoy en un lío por tu culpa.

—Fue él —dijo Irati—, fue Félix. Yo solo seguía sus instrucciones.

—Bien. Digamos que te creo. Explícame en qué consistían esas instrucciones.

—Escribirte un mensaje, pedirte esas cosas. No sé ni lo que son. Lo hice dos veces. Ese viernes fue la segunda vez. Félix me daba el dinero y yo te pagaba a través de esa página de internet. La primera vez me dejaste las cajas en una parada de autobús. Las recogí. La segunda vez fue el otro día. No llegaste a mandarme la ubicación. El dinero no es mío, así que me da igual.

—¿Te daba igual? ¿Y Félix?

—No quiero saber nada de ese cerdo, ¿entiendes? Le dije que haría esto y nada más. Puedes quedarte con tus medicinas o lo que sean. Solo he venido a por… Pensaba que… —Pero se calló de pronto.

—¿Qué pensabas?

—Félix me prometió algo. Pensaba que me lo traerías tú.

—Félix y tú erais amantes, ¿verdad?

—No —dijo ella—. Nada de eso…

—Vamos, Irati, has acudido sola a una cita en plena noche. Hiciste un pedido de drogas ilegales. Eso no lo hace ni el fan número uno de un escritor.

Irati soltó un exabrupto. Después se puso en pie y entrecruzó los brazos.

—Solo fue un rollo. Una noche loca. Y todo lo que hice fue por una razón. Un vídeo que Félix tiene… Me chantajea con eso.

—¿Un vídeo?

—No sé quién eres… pero bueno… A estas alturas de la película supongo que no importa. Félix y yo nos acostamos, es verdad. Yo estaba embobada con su imagen de escritor. Nos encontrábamos por el camino de la urbanización y un día me invitó a su casa. Bueno…, pasó aquello. Solo fueron dos veces. Después descubrí que era un tipo bastante decepcionante. Incluyendo el hecho de que es un eyaculador precoz. Me di cuenta de la tontería que estaba haciendo. Le dejé y le sentó fatal. Me chantajeó. Tenía un vídeo de nosotros dos… Félix usaba cámaras ocultas. Es un cabrón. Cuando he visto el mensaje esta mañana, pensaba que me traerías ese vídeo. Por eso he venido.

—No. Lo siento, no lo tengo…

Ella resopló.

—Mira —continuó—, soy una mujer normal y corriente que ha cometido un error, ¿vale? Mi marido tuvo un lío con alguien de su empresa. Quise vengarme, pero elegí el rollo equivocado. Félix es un monstruo. Y yo me metí de lleno en la boca del lobo. Solo quiero recuperar ese vídeo y olvidarme de todo. Sobre todo por mis hijos. Si ese vídeo se filtra a las redes, será su vida la que se vaya a la mierda. No puedo permitírmelo.

—Vale. Intentaré ayudarte —dije—, pero solo si tú me ayudas a mí. Cuéntame por qué me perseguía Félix. Por qué yo.

—Tú eras parte de su historia. Eso es todo lo que sé.

Aquello empezaba bien.

—Sigue.

—¡No sé más! Por alguna razón eres importante, sabes algo. Es lo poco que pude entender de algunos comentarios que hizo. Quería pillarte haciendo esto, entregas, drogas… Posiblemente para chantajearte más tarde.

Me quedé callado. ¿Significaba eso que Félix conocía mi identidad? ¿Y qué coño podía saber yo que fuera interesante para Félix?

—Sigue. ¿Cómo sabía Félix quién era yo o dónde encontrarme?

—No lo sé. Alguien debió de contárselo. Félix es así: consigue lo que quiere por las buenas o por las malas. A mí me utiliza con la promesa de que me devolverá el vídeo. «Haz esto y me olvidaré de todo». El tipo está contra las cuerdas, ¿entiendes? Hacienda le está reclamando un montón de dinero, y además la editorial… Creo que tiene problemas con su libro.

—¿Problemas?

—Sí. Hace dos semanas estuve en su casa por última vez. Escuché una conversación que tenía con su editora. Ella parecía cabreada. Le habían pagado un adelanto bastante bueno y Félix llevaba mucho retraso en la entrega. Le oí decir que solo le faltaba una pieza en todo el rompecabezas, pero que estaba a punto de conseguirla. Creo que se refería a ti.

—Vaya, vaya… Esto mejora —dije—. Una pregunta más: ¿después de eso has entrado en la casa de Félix?

—¿Yo? ¿Qué quieres decir? No tengo la llave. Pero llevo una semana llamando al timbre. Creo que Félix se ha ido a alguna parte. Quizá a escribir su novela. Tampoco coge el teléfono.

—De acuerdo.

—¿Le estás buscando? Por favor… —dio un paso hacia mí—, si das con él, por favor, avísame.

Nos quedamos en silencio. Un murciélago voló muy bajo, entre nosotros dos, y subió hasta el tejado de la vieja casa.

—De acuerdo, intentaré ayudarte —le repetí—. Pero tú debes prometerme que te olvidarás de mí y de esta conversación.

—Eso no va a ser difícil —dijo Irati—, yo solo quiero volver a mi vida.

«Ya somos dos», pensé.

Le pedí a Irati que me diera diez minutos para desaparecer. Me sobraron dos. Salí por la puerta, me quité el disfraz y llegué a Axpe en ocho minutos. Entré en mi furgoneta y me quedé sentado en el asiento del conductor, en silencio. Respiraba y me iba calmando poco a poco.

Al salir de allí vi el Hyundai familiar de Irati. Llevaba una pegatina de «Precaución niños» y un parasol de la Patrulla Canina. «Irati Jiménez —pensé—, una mujer bastante normal metida en un lío bastante gordo. Aunque creo que ya no tienes que preocuparte por que Félix te chantajee».

Y yo tampoco debía preocuparme por ella. Aunque la noticia del cadáver de Félix saltase a los periódicos, ¿qué haría ella? Respirar aliviada. Como quizá muchas otras personas. Tenía gracia, pensé. Parecía que Félix era el verdadero malo de esta historia. Sería un placer olvidarme de todo esto y dejar que ese puto chantajista fuese pasto de las alimañas. El único problema es que no podía.

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