El mentiroso

El mentiroso


4. El baile de las manos negras » 6

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Conduje de vuelta a casa. Chispeaba contra mi parabrisas y yo avanzaba en una noche negra. El puzle iba tomando forma. Félix me había tendido una trampa la noche del viernes ¿para seguirme? Eso solo podía significar que Félix Arkarazo conocía mi identidad. Sabía que Álex Garaikoa era el «chico de las medicinas».

Eso me llevaba a preguntarme lo siguiente: ¿por qué? Quería cazarme por una razón. ¿Cuál? ¿Qué podía tener yo que pudiera interesar a Félix Arkarazo? ¿Erin? ¿Acceso a los Izarzelaia? ¿Algo relacionado con Floren? La noche que Floren murió, mi madre estaba de visita en Illumbe, cenando con Ane. ¿Quizá había algo más en esa historia? ¿Mi abuelo?

Aparqué la furgoneta en el garaje y subí las escaleras. Dana estaba viendo una película en el salón, con una gran cesta de palomitas entre las piernas.

—¿Qué ves?

—Con la muerte en los talones… Es la noche de los clásicos.

—¿Y mi abuelo?

—Arriba, en su despacho. Ah, pregúntale si quiere cenar.

Subí las escaleras en dirección a mi dormitorio. Al pasar junto a la puerta del despacho, vi que estaba cerrada. Llamé dos veces antes de abrir.

Aitite? Dice Dana que…

Pero mi abuelo no estaba allí. La luz del escritorio estaba encendida —lo cual era extremadamente raro en él, que siempre lo apagaba todo a su paso—. Me acerqué a la mesa con idea de apagarla y vi unos cuantos papeles hechos bolas, uno a medio escribir.

¿Qué es la vida? Es algo más que un corazón que sigue latiendo. La vida es el recuerdo. Los sueños. Las ilusiones. ¿Merece la pena seguir viviéndola si todo esto desaparece? No quiero convertirme en una planta a la que regar…

Llevado por un impulso, abrí las otras bolas. Eran borradores de una especie de carta. Dirigida a mí.

Querido Álex. He tomado una determinación y creo que será difícil que la entiendas, pero…

Nada más. Siguiente:

Querido Álex. Lo he pensado mucho. Pronto dejará de tener sentido seguir…

No había nada más escrito, pero el mensaje estaba más que claro. Salí al pasillo, la puerta del baño estaba abierta. No había nadie. Me dirigí a su habitación:

Aitite!

Volví a bajar las escaleras. Fui a la cocina. Miré fuera, en la terraza. Empecé a ponerme nervioso. Regresé adentro: Dana estaba de pie en el salón. Me había oído.

—¿Qué pasa?

—Mi abuelo no está arriba.

—¿Cómo que no está arriba?

—Que no está. Y ha dejado unas cartas.

Supongo que el tono de mi voz fue suficiente para que ella no hiciese preguntas. Dana subió a todo correr por las escaleras. Escuché el ruido de varias puertas abrirse y cerrarse, antes de que bajara.

—No está.

—En el garaje tampoco, acabo de aparcar.

—¿El jardín?

—Vamos.

Dana se tenía que vestir, pero yo iba vestido. Bajé las escaleras a todo correr. Salí fuera, a la terraza. Había comenzado a chispear con más fuerza. Un sirimiri de los que calan. Allí no había nadie. Rodeé la casa y llegué hasta la valla.

Aitite! —Mi grito sonó roto, un poco resquebrajado.

Dana apareció por las puertas del salón con una gabardina puesta.

—Aquí no hay nadie —dije.

—Ha tenido que salir sin que yo me diera cuenta —dijo Dana—. Le he llamado al móvil.

—¿Y?

Negó con la cabeza y sacó el teléfono de mi abuelo de un bolsillo.

—Lo ha dejado en casa.

Un pensamiento horrible se me cruzó por la cabeza. Las notas suicidas de su despacho. A Dana se le debió de ocurrir también.

—No puede ser eso. Tiene que estar en alguna parte. Vamos, con tranquilidad.

—Yo voy por el acantilado —dije—. Tú baja al mirador.

Salí corriendo rumbo al acantilado. Crucé la valla, llegué al sendero y empecé a recorrerlo en dirección al viejo restaurante.

«No, aitite, no puedes haberlo hecho —me repetía una y otra vez—. Por favor, que no sea cierto».

Corrí como nunca. Crucé el pinar gritando su nombre, pero el viento devoraba mis gritos. Llegué al restaurante Iraizabal. Era una especie de gran bungaló de una sola planta. Tenía los grandes ventanales condenados con tableros, y un montón de mesas y sillas de plástico comidas por la humedad apiladas en su parte trasera. Lo rodeé. Allí no había nadie. Podía seguir caminando hasta Bermeo, pero me di la vuelta. En realidad, no sabía muy bien qué debía hacer. Regresé a Villa Margúa. Dana debía de haber bajado por el mirador, a la carretera.

Fui al garaje, arranqué la GMC y salí muy despacio. Paré en la gasolinera. Bajé. Entré en la tienda. Había una mujer pagando su gasolina. Me acerqué al mostrador. Estaba Ketxus. Él conocía a mi abuelo.

—¿Has visto a mi aitite? —irrumpí bastante abruptamente—. ¿Ha venido por aquí?

Los dos se quedaron un poco alucinados.

—No… pero ¿qué pasa? —dijo Ketxus.

—Ha… Creo que ha desaparecido. Si le ves…

Pero no llegué a terminar mi frase. Me apresuré otra vez fuera y me acerqué a la GMC. ¿A dónde tenía que ir ahora? ¿Al pueblo? ¿A Bermeo? Joder, no había manera humana de saberlo. Estaba a punto de romper a llorar. Mi abuelo había escrito una nota de suicidio y después había desaparecido.

—Oye —dijo una voz detrás de mí. Era Ketxus—. Deberías llamar al 112. Dar parte.

—Es verdad —dijo la clienta, que salía con él—, quizá alguien le haya encontrado.

Era una buena idea. Saqué el teléfono. Lo había apagado en la casa-torre para evitar ruidos delatores. Lo encendí y, en cuanto estuvo listo, marqué el 112.

—Emergencias, dígame.

—Quiero dar parte de una… Bueno, mi abuelo ha desaparecido.

—Está bien. ¿Puede decirme su nombre?

—¿El mío o el de mi abuelo?

—El suyo.

—Yo me llamo Álex Garaikoa. Mire, mi abuelo tiene… despistes.

—¿Demencia?

—En realidad no se lo han diagnosticado, pero… Ha debido de salir de casa por sí mismo. Andando. No sabemos dónde está.

—¿Hace cuánto que ha desaparecido?

—No estoy seguro. Quizá una hora.

—Mire, le recomiendo que espere un poco más, y después, si sigue sin aparecer, llame otra vez y damos parte a una patrulla.

En ese instante vi un coche entrando por el camino de Punta Margúa. Era el Golf azul de Erin.

Colgué la llamada y volví a la furgoneta. Ketxus y la otra mujer debieron de pensar que se me había ocurrido algo. Los dejé allí, boquiabiertos, y regresé arriba, hacia la punta. Erin había aparcado frente a la casa. Yo paré justo detrás. Bajé de la furgoneta y llegué donde ella.

A su lado había alguien sentado. Era mi abuelo. Calado hasta los huesos.

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