El mentiroso
7. La verdad » 2
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Amaneció un día precioso. Un mar plácido bajo un cielo azul. Dana había preparado el desayuno fuera. Café, tostadas. El viento soplaba y movía la hierba. La fragancia de los pinos recorría el aire. Era como si nada hubiera ocurrido realmente, aunque el periódico de la mañana se obstinara en lo contrario.
LA POLICÍA DA EL CASO POR CERRADO
Roberto Perugorria, declarado máximo sospechoso de la muerte de Félix Arkarazo. Las huellas de su coche fueron halladas junto a la roulotte incendiada en Cantabria.
El abuelo leía la noticia en alto para Dana y Erin. Yo acababa de aparecer por la cocina, como un muerto viviente, pero con una tacita de expreso en la mano.
—¡Vaya! Por fin se ha despertado el lirón.
—Creo que es culpa mía —dijo Erin—, le he echado de su propia cama y se ha tenido que ir a dormir al sofá.
—No te culpes —dijo el abuelo—. Este chico no ha madrugado en toda su vida.
Me senté entre Dana y Erin, que me revolvieron el pelo con gesto afectuoso. Había una bandeja llena de mi desayuno preferido en el centro de la mesa.
—¡Bollitos de mantequilla! —celebré.
—Aprende de tu chica. Ha madrugado para traer la prensa, el pan y el desayuno.
Cogí uno, lo mordí y sentí la explosión de la mantequilla en mi paladar.
—¿Qué dice el periódico?
—Caso cerrado. No creo que Arruti se atreva a escarbar más. Aunque supongo que sigue pensando que tiene razón.
—Y la tiene —dije—, en parte.
—Pero es una parte que no nos interresa, ¿verdad? —dijo Dana—. Por cierto, ¿alguien sabe algo de Ane?
—Mi madre habló con ella anoche —comentó Erin—. Parece que está bien, dentro de lo que cabe. Dice que hará un largo viaje para intentar olvidar… y Gure Ametsa quedará cerrada durante un tiempo.
—Pobre chica —dijo el abuelo—, nunca tuvo buen ojo con los hombres. Y hablando de otra cosa: ¿alguien puede llevarme a Bilbao esta tarde? Ese neurólogo tan bueno me ha hecho un hueco en su agenda.
—¿El neurólogo de Bilbao? —pregunté—. ¿Le has llamado tú?
Jon Garaikoa asintió sonriendo. Después debió de darse cuenta de que se le escapaba una sonrisa y volvió a fruncir el ceño.
—Veamos lo que ese matasanos tiene que decir sobre mi cabeza.
Dos cafés más tarde, Erin me cogió de la mano y tiró de ella. Dejamos al abuelo con su sudoku y subimos las escaleras. Pensaba que quería llevarme al catre, o contarme algo en secreto. ¿Mirari habría hablado ya con ella? Lo dudaba…
En vez de eso, me llevó al cuarto de baño.
—¿Qué hacemos aquí?
—Bueno… Esta mañana he aprovechado el viaje para comprar esto.
Sacó un test de embarazo y me lo colocó en la mano. Yo noté que me temblaba el estómago.
—¿Lo has hecho ya?
—No. He esperado a que estuvieras despierto. Y también a tener ganas de hacer pis.
Se hizo el test. Nos abrazamos mientras iba desvelándose el resultado.
Y al verlo, nos entró la risa.