El mentiroso

El mentiroso


5. Abismo » 4

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«Vale. Este es el final del libro —pensé mientras seguía allí tumbado, en el asiento de atrás del Renault Laguna de Félix Arkarazo—. Aquí se acaba todo. Lo has intentado, has hecho lo que has podido, pero ha sido imposible».

Pensé en mi abuelo, en Erin, en Joseba y la oferta de trabajo… Vaya final. Aunque también debo admitir que, durante aquellos breves instantes, sentí una especie de gigantesca sensación de alivio. Por fin podría descansar, soltarlo todo, dárselo a otra persona y que ella lo resolviera por mí. ¿Arruti? Le explicaría hasta el último detalle. El hombre muerto. El asesinato. Mi amnesia. ¿Me creería?

Escuché el ruido de la radio. Los policías intercambiando un comentario. En breve saldrían a echar un vistazo y me encontrarían allí. Bueno, lo mejor era no complicarlo más. Me levanté y me quedé sentado, esperando alguna reacción. Algo como un grito: «¡Quieto! ¡Arriba las manos!». Pero no sucedió nada. De hecho, el foco ya no estaba allí.

Me giré y pude ver la parte trasera del coche patrulla desapareciendo tras una de las camionetas. ¿A dónde iba? Quizá estaban echando un vistazo o habían ido allí a maniobrar. Fuera lo que fuese, era una oportunidad, un pequeño milagro, y tenía que aprovecharlo. «Ahora o nunca». Salté al asiento del conductor, metí el estuche en la mochila y la lancé al asfalto del aparcamiento. Después saqué las piernas, el culo y el resto del cuerpo por esa ventanilla y me tiré al suelo.

Me quedé allí pegado, como una lagartija, mirando por debajo del Laguna y de la camioneta de reparto. El coche patrulla acababa de dar una vuelta completa y regresaba. Tenían uno de esos potentes focos instalados en la ventanilla con el que iluminaban el Renault de Félix y todo a su alrededor. Si llegaban a mi altura, me pillarían con las manos en la masa, tenía que moverme rápido. Empujé mi mochila debajo de la camioneta que tenía justo al lado, después me arrastré a toda prisa, casi al mismo tiempo que un haz de luz muy blanca lo inundaba todo. Si no me vieron los pies, fue porque estaban atentos a otra cosa.

El ruido del motor camuflaría mi respiración, pero dejé de respirar. Escuché cómo se abría una puerta. Vi las botas de uno de los polis caminando delante de mis narices. Se acercaron por un lado y por el otro.

—Hostia, mira —dijo el que yo tenía más cerca—. La ventana está rota.

—Joder… Pues avisa.

—Atención, central —dijo el primero—. Nos parece observar que ha sido vandalizado. La luna del conductor está rota.

«Okey. Estamos enviando una grúa y un coche escolta».

—¿No viene la Científica?

—No lo creo. En estos casos, se lleva el coche entero a la central. Además, ahora estarán ocupados ahí arriba.

Me imaginé que con el «ahí arriba» se referían a la vieja fábrica. Estarían analizando el cadáver y todas las huellas, pelos, partículas de piel, de uña y demás que pudieran encontrar. «No perdáis el tiempo, hay un trozo de ventana que tiene escrito mi nombre en sangre».

—Espera… Esto es reciente —dijo uno.

—¿Qué?

—Que esto tiene que ser reciente. Ha llovido un montón estos días y el coche está seco por dentro. Y limpio. Diría que han entrado hoy mismo. Mira.

Buenos polis. Todos los necesitamos, joder, pero en aquel momento me hubiera venido bien uno más tonto.

—Es verdad. Hostia, da el aviso.

El sonido del beep de una radio.

—¿Central? Aquí unidad diecisiete otra vez, desde el aparcamiento del polígono. Tenemos la impresión de que el coche ha sido allanado muy recientemente. Puede que hace unas horas o menos. Avisad a la Científica y enviad más patrullas. Es posible que el delincuente se halle todavía por las inmediaciones.

«Okey, recibido, diecisiete. Avisamos».

—¿Tú crees que está por aquí?

—No lo sé. Voy a dar una vuelta. No te muevas.

Los botas giraron ante mis narices y salieron caminando. El otro par de botas se quedó a la espera. Su capacidad fantástica no les permitió imaginar que yo estaba escondido debajo de la furgoneta, a un metro escaso del Laguna. Pero venían más coches y pronto sería imposible dar un paso sin ser visto. Tenía que salir de allí cuanto antes.

Pensé todo lo rápido que pude. Aquel aparcamiento estaba cercado por una valla, algo que no tenía demasiado sentido, ya que la parte «grande» —la que daba al robledal— no tenía ningún vallado. Supongo que se debía a que en su tiempo fueron cosas separadas. El caso es que solo podía salir de allí de dos maneras: corriendo por la carretera del pabellón o saltando la valla. La primera opción era de lo más arriesgada. No solo me expondría a estos dos policías, sino también a los otros coches patrulla que previsiblemente aparecerían por allí en cualquier momento. Pero ¿cómo saltar una valla de casi tres metros sin ser visto? Volví a mirar aquello con detenimiento. Había otra camioneta aparcada a unos cinco metros. Si llegaba a ella, podría volver a meterme debajo. Justo al lado había un grupo de contenedores pegados a la pared de otro pabellón. Pero podría subirme a uno de ellos y saltar la valla con la cobertura de la camioneta. Esa era mi mejor oportunidad sin lugar a dudas.

Empecé a arrastrarme muy despacio, con las puntas de los pies, y conseguí llegar al otro lado de la camioneta. Entonces apareció un segundo coche patrulla. Venía con las luces parpadeantes pero sin sonido. A toda velocidad giró y frenó junto al primero. Más sonido de puertas. Más polis.

—¡Eh!

—Buenas.

—¿Cómo va ahí arriba? —preguntó el poli que se había quedado guardando el coche.

—Lo han matado de un golpe. —Era la voz de una mujer. La reconocí inmediatamente: era Nerea Arruti—. Parece que alguien limpió la escena. Es algo muy raro. ¿Y aquí?

—Han reventado la luna y se han colado dentro. Supongo que buscaban algo.

—Como en la casa. Y ¿dices que es reciente?

—Sí. Mira. Está perfectamente seco y limpio. Incluso huele a coche cerrado. Calculo que lleva como mucho una hora abierto.

Estaban todos reunidos junto al maletero del Laguna. Era mi mejor oportunidad de salir de allí antes de que precintaran la zona y pusieran gente a controlar las entradas y salidas. Tenía que actuar ya.

Dejé de respirar y seguí moviéndome como si llevara una bomba acoplada al cuerpo. Ahora había dos motores en marcha haciendo ruido. Esa era mi única baza a favor. Llegué hasta el otro lado de la furgoneta. Eché un vistazo. Conté ocho piernas, cuatro polis. Pero no estaba seguro. Si uno de ellos había bajado del coche en silencio y miraba en mi dirección, me pillaría in fraganti. Bueno. No me quedaban más opciones que arriesgarme. Supongo que es lo mismo que sentían en la guerra cuando abandonaban la trinchera gritando banzai! Me puse en pie y, sin mirar atrás, corrí tan deprisa como pude hasta la siguiente camioneta. Llegué. Deslicé la mochila. Me tiré al suelo otra vez y me escurrí debajo. Y solo entonces respiré de nuevo.

Vale, primera etapa superada. Los dos coches patrulla seguían allí, aparcados en paralelo, nadie me había gritado «alto». El grupo de policías hablaba tranquilamente. Bien, que siguieran así. Empecé a arrastrarme otra vez hasta el otro lado de la camioneta, entonces volví a escuchar ruido de puertas que se cerraban. Uno de los coches se movía. De hecho, venía en mi dirección, despacio, enfocando cada rincón. Me quedé quieto. Con ese ángulo, si se les ocurría enfocar a los bajos de la camioneta, no les costaría verme. Llegó hasta donde yo estaba y se paró. Una de las puertas se abrió y bajó un patrullero. Comenzó a caminar hacia mí.

Esos dos pies se quedaron quietos a pocos centímetros de mi cara. Luego vi que la linterna se encendía y su haz se proyectaba contra el suelo. Tragué saliva.

—¿Qué haces?

—Un segundo —respondió la voz.

Era ella. Nerea.

El haz de su linterna penetró en la zona de contenedores. Se le había ocurrido mirar allí detrás, pero no se le había pasado por la cabeza que yo pudiera estar a diez centímetros de su zapato, debajo de aquella camioneta.

Se acercó a la valla y miró fuera, al talud y al arroyo que discurría al otro lado.

—Ahí abajo hay un arroyo.

—Sí —dijo su compañero—, es un riachuelo.

Arruti se quedó en silencio unos segundos más. Después regresó al coche, que arrancó.

Tan pronto como les vi doblar la esquina me puse en marcha. Un último vistazo para asegurarme y salí de allí. Lancé la mochila al otro lado de la valla. Subí al contenedor con un salto, suave, estilo Navratilova, y conté hasta tres para darme el impulso más fuerte que pudiera. Alcancé lo alto de la valla con las dos manos. Resbalé un par de veces con la punta del pie hasta que conseguí encajarla en uno de los pequeños huecos de la cerca. Eso hizo ruido, pero ya no podía permitirme el lujo de pararme a ver si alguien me había escuchado. Con los puntos de apoyo bien fijados, di un último impulso y caí al otro lado. Un talud de rocas que, afortunadamente, comenzaba con una porción de césped. Caí en aquel suelo almohadillado y me quedé quieto.

El coche patrulla seguía junto al Renault. Los polis no se habían coscado. Okey. Perfecto. Mochila al hombro, bajé por el talud. El arroyo era la manera segura de salir de allí. Pasaba por detrás de los pabellones y posiblemente llegaría hasta el taller de neumáticos también. Durante cien metros intenté no mojarme los pies, pero después fue imposible. El talud de roca estaba construido solo como contrafuerte del polígono, pero más adelante aquello se convertía en una ribera natural con espadañas, barro y mosquitos. Metí los pies hasta el fondo y caminé durante otro medio kilómetro por allí, hundiéndome en barro y agua helada, chapoteando en aquel riachuelo donde seguramente todo el mundo vertía mierda química. Solo esperaba que no me nacieran cabecitas con ojos en las puntas de los dedos.

Llegué a la altura del taller, salí del agua. Me moví con cuidado. ¿Y si Arruti había visto mi furgoneta aparcada? Pero allí no había rastro de policía. Entré en la GMC con la sensación que deben de tener los presos que logran fugarse de las cárceles. Andy Dufresne debió de sentirse igual tras escapar de la prisión de Shawshank.

Abrí la mochila, saqué el TomTom y traté de encenderlo, pero no tenía batería. De cualquier forma, traía un cargador enchufable al mechero. Lo conecté y esperé a que tuviera la batería mínima para arrancar. Mientras tanto, encendí el motor, puse la calefacción proyectándola en los pies. Me quité los zapatos y los calcetines y los coloqué en la parte del copiloto. Joder, estaba helado.

Vi pasar un par de coches de policía a todo meter. También una grúa. Se dirigían al polígono Idoeta, seguramente lo precintarían. No podía quedarme allí demasiado tiempo, pero no quería llevarme el TomTom a casa. No entiendo cómo funcionan esos cacharros, pero tenía miedo de que —de alguna manera— pudiera trazar mi localización. Así que quería investigarlo allí mismo y lanzarlo al río después.

En la penumbra de aquel aparcamiento, fumando con los pies descalzos, me dediqué a mirar las noticias en internet. Solo El Correo se hacía eco del hallazgo del cadáver en la antigua fábrica. Un vídeo subido a Facebook por un periodista freelance mostraba los coches patrulla aparcados en los alrededores del lugar y un grupo de focos iluminándolo todo: «La Ertzaintza comunica que se ha hallado un cadáver en las inmediaciones de la antigua fábrica de fresadoras y repuestos industriales de J. Kössler. Fuentes del mando policial indican que el cadáver podría ser el del escritor desaparecido Félix Arkarazo. Al parecer hay signos de violencia y la Policía Científica se ha desplazado al lugar».

El vídeo mostraba a varios agentes vestidos con monos blancos de los pies a la cabeza entrando en la vieja fábrica.

El TomTom se encendió por fin. El logotipo resplandeció en el centro de la pantalla para, a continuación, mostrar un mapa (que indicaba mi ubicación actual) y una serie de opciones de menú. Bueno. Yo había manejado alguno de esos en el pasado y sabía que tenían una especie de memoria que almacenaba los últimos sitios por los que había navegado. La busqué por entre aquellas opciones de menú hasta que di con ella. Se llamaba «destinos recientes».

El último destino de Félix era una dirección en Cantabria, cerca de Santander. Próximo a los acantilados de Puente del Diablo. Abrí la aplicación de mapas de mi teléfono y busqué esas coordenadas. Era un sitio muy apartado, en unos acantilados sin nombre. Ni siquiera se veía una carretera llegar hasta allí. En cualquier caso, ese debía de ser el lugar.

Guardé las coordenadas en mi teléfono y me deshice del TomTom lanzándolo al arroyo. Después volví a la GMC y conduje hasta Punta Margúa escuchando las noticias en la radio.

Mi abuelo y Dana también estaban viendo las noticias cuando entré en casa. Saludé y subí directamente a mi habitación, aún descalzo, con los zapatos embarrados en la mano. No me apetecía tener que inventarme otra mentira más. Me metí con todo en el cuarto de baño. Cerré el pestillo y me quité la ropa con cuidado. Limpié bien los zapatos y los pantalones. La cosa era quitar todo el barro que pudiese antes de lanzarlos al cesto de la colada. No quería que Dana se hiciese ninguna pregunta sobre mi excursión nocturna. Entonces alguien llamó a la puerta.

—¡Eh! Álex.

Era mi abuelo.

—¿Sí?

—¿Puedo hablar contigo un momento?

—Claro. Un segundo.

Me enrollé una toalla a la cintura y abrí la puerta, como si estuviera a punto de darme una ducha después de un día duro de trabajo. Según lo hice, mi abuelo apareció al otro lado.

—Solo quería decirte que ayer te hablé mal. Fui un gilipollas —dijo, y noté que le costaba sacarse la disculpa.

—Yo no debería haber leído tus papeles —respondí.

—Lo hiciste todo con buena intención. Dana me ha echado una buena bronca, pero tiene razón.

—¿Dana?

—Tendrías que ver cómo se pone la rusa —bajó la voz—. Parecía Stalin con ardor de estómago.

Me reí.

—Oye, ¿te acuerdas de que hablamos de Félix el escritor? —continuó el abuelo—. Se ve que se ha encontrado con la horma de su zapato.

—¿Qué es lo que ha pasado?

—Esta mañana lo habían dado por desaparecido —dijo mi abuelo—, pero ya lo han encontrado… y más frío que un pez: muerto.

—Joder… —resoplé—. Me doy una ducha y bajo.

—Por cierto, le diré a Dana que a partir de ahora te ponga el doble de todo. —Me miraba las costillas—. Pareces una sardina hambrienta.

Después de una ducha caliente, bajé al salón donde la televisión seguía encendida. La noticia había llegado ya a todos los medios nacionales. Félix Arkarazo, el escritor del superventas El baile de las manos negras, no había sido secuestrado ni tampoco se había fugado. Estaba muerto. Y al parecer llevaba así casi dos semanas.

—Dicen que estaba ya en estado de descomposición —añadió Dana—. Si no llega a ser porque su editora le estaba reclamando un libro, quizá lo hubieran encontrado esqueleto.

—Hay gente muy solitaria en este mundo —dije yo—, qué pena.

En la pantalla se veía un fragmento del mismo vídeo que había podido ver antes. Los de la Científica entrando y saliendo de la vieja fábrica.

—¿Se sabe cómo ha sido?

—Todavía no han dicho nada —dijo el abuelo—, pero seguro que lo han matado. ¿Qué hacía en ese lugar perdido, si no? Puede que lo llevaran a la fuerza y le torturaran para sacarle su número de cuenta o algo así. Y después se lo cargaron.

—Pero dicen que no tenía un duro —intervino Dana—. De hecho, una de las primerras teorías era que el tipo se había fugado para escapar de Hacienda.

—Ya, pero esos siempre tienen algo escondido, ¿qué crees? Declaran que no tienen nada, pero esconden el dinero en metálico. Eso le pasó a José Adriach, el cómico, hace unos años. Seguramente alguien sabía que tenía pasta en alguna parte. Le habrán torturado. No sería la primera vez.

Yo pensé en esas teorías, que no eran del todo malas. No era ninguna locura pensar que las cosas habían sucedido así y, seguramente, medio país se estaría haciendo las mismas cábalas. Quizá incluso la policía. ¿Qué estarían haciendo en tal caso? Como es lógico, buscar cualquier huella o rastro de ADN que pudiera haber en ese almacén. Volví a pensar en ese trozo de cristal con mi sangre y empecé a hiperventilar.

Estuvimos un buen rato viendo las noticias. Mi aitite estaba excitadísimo con el asunto; no quería apartarse del televisor en ningún momento, cosa que me extrañó. Ni siquiera se había acordado de su partida de cartas en el pueblo, y había muy pocas cosas tan sagradas como su mus. Pero no paraba de comentar cosas acerca de Félix Arkarazo.

—En realidad, era un merluzo —murmuró—. Seguramente se metió en algún lío bien gordo.

No era la primera vez que notaba ese desprecio que mi abuelo tenía por Félix Arkarazo. Recordé que el día que tuvo aquel lapsus mientras conducía a Gernika me había contado que Félix se había presentado en Punta Margúa preguntando por mi madre.

—¿Recuerdas lo que me dijiste de Félix? Esa discusión que tuvisteis cuando vino a casa. Sobre esa carta que quería enviar a ama.

—Sí —dijo el abuelo—, le eché de aquí a patadas.

—¿Qué era exactamente lo que quería?

—Ya te lo dije. Quería ir a molestar a tu madre al hospital, ¿por qué?

—Bueno, hoy en el Club he oído rumores de que Félix investigaba una historia del pasado. Algo sobre la muerte de ese tal Floren. Al parecer la policía también hizo algunas preguntas en su momento.

El abuelo se quedó en silencio, con el ceño fruncido y la mirada perdida en alguna parte.

—No me digas que ahora te ha dado a ti por remover el pasado…

—Bueno, Joseba me lo ha contado. Chequearon coartadas, investigaron. Por lo visto había alguien que no creía que hubiera sido un accidente. ¿Tú sabías algo de eso? Como ocurrió tan cerca de aquí…

—Claro que lo sé. La policía también vino por aquí. Fue todo por la mujer de Iker Iraizabal, el del restaurante. Ella fue la que soltó la liebre de las sospechas.

—¿La mujer del restaurante?

—Sí, ella estaba allí esa noche, sirviendo en la barra. No sé de dónde sacó que Floren había ido a reunirse con alguien. Bueno, pues eso hizo que la policía viniera por casa y comprobara nuestras coartadas.

—¿Y las teníais?

—Tu madre había llegado ese mismo día desde Madrid y se había reunido con Ane y Mirari en casa de Ane. Yo estaba solo en casa, leyendo un libro en mi despacho. No vi ni escuché nada, además de la tormenta. Pero ¿a qué vienen todas estas preguntas?

—Ya sabes… Que Félix haya muerto antes de sacar su novela es algo intrigante.

—Deja las intrigas para los polis. Seguro que esto es mucho más mundano y aburrido.

En ese instante, la televisión mostró nuevas imágenes con la palabra DIRECTO sobreimpresionada. Esta vez, del aparcamiento del polígono Idoeta, donde la policía acababa de hallar el coche de Félix Arkarazo. Después, el plano cambió a la cara de un reportero que hablaba a unos cien metros de allí.

«… el vehículo, un Renault Laguna con el que el escritor posiblemente llegó al lugar de los hechos, ha aparecido hace una hora en un polígono industrial muy cerca del punto donde fue hallado el cadáver. El vehículo está siendo investigado por la Policía Científica en estos precisos instantes. Al parecer, el coche ha sido allanado también, muy recientemente, quizá en las últimas horas…».

El canal de noticias seguía emitiendo imágenes del aparcamiento del polígono Idoeta y resumiendo, una y otra vez, la información que ya habían retransmitido hasta la saciedad. El abuelo acabó yéndose a descansar, pero yo me quedé en el salón delante de la tele. Las noticias habían cambiado de monserga. Unas imágenes de coches patrulla aparcados frente a un bloque de apartamentos. El rótulo inferior de la pantalla decía:

DETENCIONES EN GERNIKA

«… acaban de producirse varias detenciones en el municipio de Gernika. Detenciones que, al parecer, estarían relacionadas con la muerte del escritor Félix Arkarazo. Se trata de varios jóvenes de veinte y veintiún años, residentes en la localidad. Todavía no han trascendido más detalles…».

¿Podían ser aquellos los chavales que habían aparecido por la vieja fábrica?

Me quedé allí sentado, frente al televisor, fumando cigarrillos y mirando por la ventana. ¿Qué esperaba? Coches de la policía irrumpiendo a las puertas de Villa Margúa. Arruti colocándome las esposas. Y la televisión mostrando mi rostro a todo el país. «El asesino de Félix Arkarazo dejó una muestra de su sangre en una de las ventanas de la vieja fábrica».

El flujo de noticias se paró bien pasada la medianoche. No había nada nuevo. Subí a mi habitación y saqué tres pastillas para dormir. Una pequeña sobredosis, pero la iba a necesitar para poder conciliar el sueño esa noche.

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