El mentiroso

El mentiroso


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La cosa se aclaró al día siguiente, en el periódico de la mañana.

LOS CUATRO JÓVENES DETENIDOS OMITIERON INFORMAR SOBRE EL HALLAZGO DEL CADÁVER

Los cuatro jóvenes detenidos anoche por su supuesta relación con la muerte del escritor Félix Arkarazo fueron puestos en libertad sobre las tres de la madrugada tras prestar declaración en la comisaría de la Ertzaintza en Gernika. Según se desprende de una nota de prensa emitida por su abogado, los cuatro jóvenes han afirmado no tener nada que ver con la muerte del escritor. Declaran que el pasado sábado descubrieron el cuerpo accidentalmente en la vieja fábrica y que decidieron abandonarlo sin avisar a los servicios de emergencia. «Teníamos miedo de que nos acusaran de algo», han afirmado. Mientras prosiguen las indagaciones y la búsqueda de rastros de ADN, los cuatro chicos se enfrentarán a un delito de omisión de socorro. Su abogado defiende que fue «una actuación irresponsable pero en ningún caso criminal» y recuerda que estamos hablando de «cuatro adolescentes asustados que finalmente decidieron hacer lo correcto».

Llamada al 112

Todo comienza con una llamada al 112, ayer, sobre las seis de la tarde (tres horas después de que la noticia de la desaparición del escritor se hiciera pública), en la que un interlocutor afirmaba conocer la localización del escritor desaparecido. El joven, que deseaba permanecer anónimo, dijo en sus propias palabras que «[…] ese escritor que ha desaparecido está muerto y su cadáver está en una antigua fábrica abandonada cerca del río Illumbe».

Siguiendo las indicaciones de la llamada anónima, una patrulla de la Ertzaintza investigó el edificio abandonado de la antigua fábrica de repuestos industriales Kössler. Con el hallazgo del cadáver y la identificación positiva de Félix Arkarazo, se activó también la investigación de la llamada, cuyo origen se estableció en una cabina telefónica en Gernika. Una cámara de seguridad de tráfico permitió identificar a I. M., de veintiún años, usando la cabina a la misma hora de la llamada. En menos de tres horas la Ertzaintza ya había localizado al sujeto, un joven residente en el pueblo, cuya detención desembocó en otras tres en menos de media hora. Según las declaraciones de los cuatro jóvenes, habían ido «de fiesta» a la vieja fábrica cuando se toparon con aquel muerto. Admiten haber observado «una gran herida en la cabeza del hombre». «Pensamos que sería un mendigo o un yonqui. Decidimos callarnos y largarnos de allí, no fuera que alguien pudiera acusarnos de nada». Días más tarde, al hacerse pública la noticia de la desaparición del escritor (y su fotografía), se dieron cuenta de que se trataba del mismo hombre que habían encontrado en la fábrica. Decidieron que debían hacer algo y optaron por una llamada anónima.

«Cometimos un error al no avisar a la policía, pero al final lo hemos hecho. Solo espero que se tenga en cuenta».

En otro titular, aún mayor, se leía lo siguiente:

FÉLIX ARKARAZO FUE ASESINADO DE UN GOLPE EN LA CABEZA

Ese día, en el bar de Alejo, se habían vendido todos los periódicos. La televisión estaba puesta en el canal de noticias y todas las conversaciones, absolutamente todas, giraban en torno al mismo tema: Félix Arkarazo, el hombre que aupó Illumbe a la categoría de pueblo literario, el tipo que levantó la alfombra y mostró al mundo entero las miserias y los cotilleos de sus gentes… No se puede decir que hubiese un ambiente demasiado luctuoso aquella mañana. De hecho, era más bien una atmósfera festiva.

—¿Lo has matado tú, Alejo? Di la verdad.

—¿Yo? Solo intenté envenenarlo un par de veces, pero no funcionó.

—Pero ¿quién habrá sido?

—Alguna de sus víctimas, seguro.

Había logrado dormir de un tirón y esa mañana, cuando me desperté, el mundo seguía como siempre. Yo estaba en mi cama. Olía a café recién hecho. ¿Y la policía? ¿Es que no habían dado con mi ADN? Había bajado dando un paseo hasta el pueblo, esperando algo. ¿El qué? Pero en el bar de Alejo solo me esperaba el periódico, la tortilla y el café de cada día.

En la televisión se retransmitía una de esas tertulias mañaneras. La mañana con Ana. Los invitados debatían el asunto de los chavales. Al parecer, todo el mundo había descartado la participación de esos jóvenes en el crimen. Era demasiado mundano y aburrido. En cambio, las teorías más siniestras se abrían paso como las flores en primavera. Ana Sánchez, la presentadora, entrevistaba a uno de los invitados. Sobreimpreso debajo: «Bernardo Foyle, agencia literaria Rosa O’Shea». Un tipo calvo, gafas redondas y aspecto naíf, que se presentó como agente literario de Félix Arkarazo.

—Usted ha dicho que Félix estaba trabajando en una nueva novela y que cree que su asesinato podría estar relacionado con ella.

El agente asintió con gravedad.

—Hace unos meses hablé con Félix por teléfono. Me dijo que se sentía perseguido.

—¿Perseguido? ¿Por quién?

—No supo decirlo, pero suponía que había mucha gente muy nerviosa. Desde que se publicó El baile de las manos negras, Félix era un hombre al que mucha gente temía. Y ahora estaba investigando algo que iba a suponer una gran revelación. Le dije que se protegiera. Creo que nunca imaginó que alguien podría planear matarlo.

Aquellas palabras causaron un estremecimiento general, tanto en el plató de televisión como entre los parroquianos del bar de Alejo. Desde luego, pensé, el tipo sabía vender su producto. Crear aquel aura de suspense sobre Félix era bueno para las ventas.

—¿Tiene usted ese manuscrito en su poder? Quizá la policía querría investigarlo.

—Félix era muy reservado con sus obras y, lamentablemente, jamás me envió una copia de nada.

—¿Cree que puede haber sido robado? Su casa tenía signos de allanamiento.

—Ese es un temor que albergo desde que saltó la noticia. Solo espero que Félix escondiera bien su trabajo. Tengo una cosa muy clara: ese manuscrito, además de valer mucho dinero, también podría darnos una pista sobre quién lo mató.

Tras aquellas palabras, el clima de suspense se instaló definitivamente en el bar de Alejo. La gente especulaba con mil y una teorías mientras consumía sus desayunos. Salí de allí con una sensación extraña en el cuerpo. Si su agente decía la verdad, Félix no le había contado a nadie la localización de ese «refugio». ¿Era yo la única persona que conocía las coordenadas de ese lugar?

Salí del pueblo y subí dando un paseo por la costa. En el mirador había un par de caravanas con matrícula holandesa y un coche. Me paré un segundo a observar las vistas. La marea estaba muy baja y el estuario era casi todo arena. Un padler madrugador remaba a solas en la ría, disfrutando de todo ese paisaje. Como siempre, había dos o tres neoprenos negros entre las olas.

Desde el mirador comenzaba el sendero que subía hasta el cabo Margúa. Estaba cruzado con un par de cintas de plástico rojas y blancas, nuevas, junto a un cartel de la diputación —también nuevo—, que avisaba del peligro de derrumbamientos.

PROHIBIDO EL PASO. ZONA PELIGROSA

Por si el cartel no era lo bastante disuasorio, a solo veinte metros del comienzo del camino había un gran agujero. Un derrumbamiento que nunca había visto antes y que se había comido un trozo considerable del borde del acantilado.

Me di la vuelta y tomé la ruta de la carretera. Pasé la gasolinera Repsol y empecé a subir el caminito asfaltado de la casa. Según lo hacía, vi aparecer un coche de la Ertzaintza desde lo alto. Bajaba, y al verme me hizo un par de flashes. El coche se detuvo a mi lado y por la ventanilla apareció el agente Blanco.

—¡Álex! Estábamos bajando a buscarte. ¿Tienes un rato para venir con nosotros a comisaría?

El agente Blanco me miraba con un gesto amable y tranquilo. «Justo la cara que ponen antes de enchironar a un criminal», pensé.

—Bueno, tengo que subir el periódico y el pan a casa —dije, e inmediatamente pensé en la tontería de respuesta que había dado.

A menos que mi subconsciente estuviera pensando en escapar, claro.

El agente que iba sentado junto a Blanco me miró sonriendo.

—No te preocupes. Podrás dejarlo antes de que nos vayamos.

Noté que comenzaban a temblarme las piernas. Pensé que ya habrían encontrado mi rastro de sangre y tan solo me estaban llevando a la comisaría para hacerme confesar. No había muchas más opciones. Era eso o salir corriendo. No obstante, intenté calmarme.

—¿De qué se trata? —pregunté.

—Es solo una formalidad —dijo Blanco—. Queremos que hagas una pequeña declaración… Al parecer fuiste una de las últimas personas en ver a Félix Arkarazo.

—¿Félix Arkarazo? —repetí, como si aquello me sorprendiera genuinamente—. Ah, claro.

La garganta se me había secado a tal velocidad que aquellas últimas dos palabras sonaron como una especie de graznido. Si aquello era cierto, quizá aún quedase esperanza.

El otro policía se bajó del coche y me abrió la puerta trasera. Entré y me senté en el asiento de atrás, que estaba separado con una rejilla. En cuanto cerró la puerta, me sentí como un delincuente.

—¿Quieres dejar el pan y el periódico? —me preguntó el patrullero que iba de copiloto.

—Da igual —respondí—, ya los traeré después.

Salimos de Illumbe. Fui mirando el mar, pensando en todo tipo de cosas. Quizá me estaban engañando para poder llevarme mansamente, como un cerdo al matadero. O quizá era cierto que me llevaban como testigo y que aún no tenían nada contra mí. Debía agarrarme a las opciones positivas. Aún me quedaba una baza por jugar: las coordenadas del TomTom. Pero tenía que salir de esa encerrona en primer lugar.

La comisaría en Gernika era un edificio bajo, rodeado de árboles, en la entrada del pueblo. Aparcamos frente a unas grandes escaleras y allí, apoyado en una barandilla, vi a Denis hablando por teléfono. Me saludó arqueando las cejas cuando pasé por delante de él. Verle me reconfortó un poco. «Quizá sea verdad que están entrevistando a todos los que estuvimos en aquella fiesta».

Entramos, recorrimos un pasillo, doblamos una esquina y llegamos a una puerta. Al otro lado había dos personas sentadas en una mesa. Uno era un tipo con cara de bulldog aburrido; vestía de paisano, muy informal. A su lado estaba la poli listilla, Nerea Arruti, vestida con vaqueros y un jersey. ¿Y el uniforme? Había vasos de café y agua sobre la mesa, papeles y una grabadora. También había un espejo de esos que salen en las películas, detrás de los cuales siempre hay alguien mirando.

Egun on, Álex. Mi nombre es Borja Erkoreka, Policía Judicial.

—Hola —dije.

—Creo que ya conoces a la agente Arruti. Está colaborando con nosotros en el caso. Siéntate, por favor.

Nerea, estupenda con su ropa civil, me saludó. Parecía contenta por aquella oportunidad de participar en algo más grande que sus aburridos atestados de patrullera. Me ofreció agua o café.

—Agua —dije—, por favor.

Me pasó un botellín. Lo abrí y di un trago.

—Bueno, gracias por venir tan rápido —dijo el poli—. Verás, me imagino que estás al tanto de las noticias sobre este hombre.

Empujó una fotografía de Félix Arkarazo. Era la foto promocional de sus libros.

Asentí con la cabeza.

—¿Le conoces?

—Le conocí hace dos semanas, en una fiesta —dije de modo aséptico—. Bueno, en realidad solo recuerdo vagamente haberlo hecho, yo…

—Sí —me interrumpió el poli—, lo de la amnesia. Arruti me lo ha contado.

Yo sonreí tragando saliva. Mi estómago fue más rápido que mi cabeza en aquella ocasión. Lo noté temblar, ansioso. Claro. Que el poli cara-perro y Arruti hubieran hablado de mi amnesia no podía significar nada bueno.

Arruti sonrió.

—Esa es una de las razones por las que te hemos llamado.

«Una de las razones —pensé—. ¿Y las otras?».

—Como ya sabrás por las noticias, Félix llevaba unos días desaparecido. El último lugar en el que se le vio con vida fue en esa fiesta que mencionas. Ane Rojas ya nos ha explicado cómo terminaste allí, pero podrías empezar contándolo con tus propias palabras.

Les expliqué rápidamente el asunto. La llamada de Ane a Txemi. Y que Félix me reconoció mientras segaba la hierba. Y cómo acabé bebiéndome un cóctel en aquel sitio tan elegante.

—Bueno, eso es lo que me han contado —dije—. Yo no lo recuerdo bien…

—¿Os conocíais de antes? —preguntó Nerea—. Félix y tú.

—No. No le había visto nunca.

—¿Y por qué crees que pudo reconocerte?

—Había sido muy amigo de mi madre. Quizá por eso.

—Pero tú llevas muy poco viviendo en el pueblo —contraatacó Nerea—. Me lo dijiste en nuestra charla anterior. ¿Cómo es posible que te viera y supiera que eras tú?

—No lo sé. Quizá Félix me había calado a mí. Era miembro del Club de Kukulumendi y yo iba por allí a veces. Bueno, mi novia es socia.

—Tu novia… —Nerea levantó un segundo la mano—. Te refieres a Erin Izarzelaia, ¿verdad? La hija de Joseba Izarzelaia.

—Sí, ¿por qué?

—Por nada —dijo ella, aunque lo apuntó en un papel.

Di otro trago al agua.

—Bueno. Volvamos a esa fiesta —dijo el agente Erkoreka—. Esa noche fue la primera vez que hablaste con Félix Arkarazo, ¿correcto?

—Sí.

—Y ¿de qué hablasteis?

—Tengo un vago recuerdo de haberle contado algo sobre la vida de Chet Baker. Estaba sonando en el tocadiscos. Eso es todo lo que recuerdo de la escena.

El bulldog puso cara de «cuéntame otra…».

—¿Todavía te dura la amnesia? —preguntó Nerea—. En teoría deberías ir recuperando memoria…

—He ido recordando cosas. De esa noche, recuerdo la fiesta. Hablar con Félix, Ane, Carlos…

—¿Recuerdas a qué hora te marchaste? —preguntó Erkoreka.

—Ane me dijo que fue sobre la medianoche. Pero yo no lo recuerdo bien.

—¿A dónde fuiste?

—¡Ah! Eso sigue siendo un espacio en blanco. Lo siento.

Nerea sonrió. El otro poli estiró los brazos sobre la mesa y me miró fijamente.

—Esto es importante, Álex. ¿Estás seguro de que no recuerdas nada de lo que ocurrió tras la fiesta?

—Me desperté en el hospital —dije—, eso es todo lo que recuerdo.

—Pero todavía no sabes ni de dónde venías ni por qué.

Negué con la cabeza. También me di cuenta de que estaba moviendo la pierna derecha demasiado rápido. La paré.

—Está bien…, Álex. A ver si podemos ayudarte nosotros. Carlos, Ane y otros dos testigos afirman que estuviste hablando a solas con Félix durante unos diez minutos. A medianoche, Félix se fue y tú saliste a continuación.

Yo no dije nada, pero tampoco hizo falta. El poli prosiguió:

—A Félix lo mataron poco después de salir de esa fiesta. Quizá media hora o cuarenta minutos más tarde, eso es lo que dice el forense. Lo mataron de un golpe en la cabeza, con algún objeto contundente. Luego lo arrastraron dentro de esa vieja fábrica. Todo nos indica que fue algo hecho sin premeditación, un acto impulsivo, quizá durante una pelea.

Se quedaron los dos callados, mirándome. Mi pierna había vuelto a temblar.

—¿Cómo te suena todo esto, Álex?

—¿A mí? ¿Qué importa lo que yo piense?

—¿No te parece mucha casualidad que esa misma noche tú recibieras un golpe muy parecido en la cabeza?

—¿Qué?

Mi voz sonó muy nerviosa, pero por lo demás mi actuación fue buena.

—Bueno, verás. Hemos revisado el parte médico y hemos hablado con el neurólogo que te atendió. La opinión del doctor Olaizola es que tu herida podría haber sido provocada por un objeto muy parecido al que se utilizó para matar a Félix: una piedra. La pena es que no hayamos logrado encontrar ese objeto. Alguien limpió la escena del crimen y se llevó el arma homicida.

Los ojos de aquel policía judicial eran como dos aspiradoras. Me miraba fijamente, sin pestañear, y yo no sabía muy bien qué hacer. Apartarle la mirada o clavársela.

Se la clavé.

—¿Me están acusando de algo?

—Nadie te acusa de nada —respondió Erkoreka tranquilamente—. Estás aquí en calidad de testigo. Pero estarás de acuerdo en que la cosa da que pensar. Esa madrugada tuviste un accidente mientras conducías en dirección a Gernika. La agente Arruti dice que el accidente era extraño de por sí. El sentido de la marcha… no concordaba demasiado… pero bueno. Ahora tiene otra teoría. ¿Nerea?

Nerea dio la vuelta a una hoja impresa de Google Maps. Había tres puntos marcados en el mapa. La vieja fábrica. El polígono Idoeta y el lugar donde yo me había accidentado.

—Todo tendría más sentido si vinieras de ese polígono industrial, ¿no te parece? Además, si te dirigieras, por ejemplo, al hospital de Gernika, esa sería la ruta más lógica.

Yo me quedé en silencio, tratando de pensar. Aquellos dos polis ya habían trabajado una hipótesis, que de hecho era la correcta. No obstante, si tuvieran alguna prueba firme, no haría falta todo este suspense. ¿Y la sangre del cristal? ¿Es que no la habían encontrado aún?

—No sé si debería seguir hablando —dije—. Tengo la sensación de que estoy siendo acusado indirectamente.

—Solo estamos trazando hipótesis, Álex —dijo Arruti—. Intentando ayudarte a recordar.

Qué sonrisa más bonita sabía poner. Te daban ganas de confesarlo todo. Iba a llegar muy lejos en su carrera como detective.

—Hay un par de cosas que te conectan con el escenario del crimen —dijo entonces Erkoreka—. Pero eso no significa que tú seas el asesino. Quizá solo estabas allí.

«Vaya —pensé—, esa es buena».

Resoplé un poco. Tomar aire es una de esas cosas importantes en la vida para centrar bien el tiro. Después los miré fijamente. Había algo en el fondo de sus miradas. Había dudas. Y decidí usarlas contra ellos, con todas mis fuerzas.

—Miren. Yo nunca he estado ahí. Ni me imagino una sola razón para haber ido allí, y menos con un hombre al que había conocido esa misma noche. Además, ¿por qué querría matar a Félix? No le conocía de nada. Ni siquiera sabía que era escritor hasta la semana pasada.

El poli miró a Nerea en silencio. Supongo que los había pillado con el pie cambiado. Se tomó unos segundos para responderme.

—Los motivos, en el caso de este hombre, son poderosos. Félix estaba a punto de publicar un libro. Ahora sabemos que utilizaba algunos métodos cercanos a la extorsión para conseguir sus historias. Quizá te estaba presionando con algo… o sabías que iba a publicar algo sobre ti. Te pusiste nervioso. Una cosa llevó a la otra…

—¿Algo sobre mí? Solo soy un tío que corta hierba.

—Félix era especialmente bueno encontrando secretos en las personas. Era amigo de tu madre. Quizá se refería a ella. Además, como tú acabas de decir, a lo mejor el tipo te tenía calado.

Respiré muy despacio. Bebí agua. Volví a respirar.

—Vale, pongamos que eso fuera cierto y yo tuviera un móvil. ¿Cómo sugieren que ocurrió todo? ¿Una pelea a pedradas en medio del bosque? Si yo quisiera matar a alguien, lo haría mucho mejor, desde luego.

Los polis se miraron en silencio. En el fondo, la cuestión era surrealista.

—No podemos responder a nada de eso, Álex —dijo el policía—. Esas preguntas tendrá que responderlas la persona que estuvo allí esa noche. Y créeme, esa persona va a aparecer muy pronto. La Científica ha peinado el lugar y ha localizado varios restos biológicos. Tenemos unas cuantas muestras de ADN listas ya para ser analizadas.

Dijo eso y se quedó callado, quizá aguardando alguna reacción por mi parte. Pero yo me había quedado petrificado.

—Bueno. Pues espero que tengan suerte y lo encuentren. ¿Algo más?

—No. —Arruti me miró con ojos mucho más inclementes que antes—. Por ahora.

Salí de aquella sala de interrogatorios con las piernas temblando y la camiseta empapada en sudor. Después, tal y como me habían prometido, me llevaron de vuelta a Punta Margúa, con mi pan y mi periódico.

Y no abrí la boca en todo el trayecto.

Erin se había enterado, por Denis, de que la policía estaba interrogando a todos los que estuvimos en aquella fiesta en Gure Ametsa. Había intentado localizarme en el móvil, pero como yo estaba ocupado mintiendo en comisaría, no había podido cogerlo. Así que, según entré por la puerta de la casa, Dana me dijo que la llamara.

—Parecía un poco nerviosa.

La llamé y me cogió al primer tono.

—Está todo el mundo muy revuelto. Dicen que sospechan de alguno de vosotros. Que alguien salió tras él cuando se fue de la fiesta.

—Yo creo que no tienen ni idea —respondí tranquilamente—, están dando palos de ciego.

Estaba muy subido ya en mi papel de mentiroso.

—Eso dice mi padre también —contestó Erin—. Además, ¿qué hacía Félix en ese lugar abandonado? Mi aita dice que fue a reunirse con alguien, seguramente algún asunto relacionado con sus deudas. Nos hemos enterado de que no había pagado ni siquiera sus cuotas de socio en el Club. Debía dinero a todo el mundo.

—Sí —dije yo—, parece que tenía a mucha gente en contra, y por motivos diferentes.

—Oye, ¿podríamos vernos esta tarde?

—¿Esta tarde?

—Sí… Quisiera verte. Hablar contigo…

Temía que Erin fuera a proponerme un plan, pero, sencillamente, no podía permitirme el lujo de esperar ni un día más antes de emprender mi viaje a Cantabria.

Le dije que tenía trabajo.

—Algunos clientes llevan esperándome casi dos semanas.

—Ah, vaya… —dijo un poco contrariada—. ¿Y por la noche? Estaré en la cabaña. Podrías venir. Cenamos y…

—Te llamo según vaya la tarde, ¿vale? —la corté un poco bruscamente.

—Okey —dijo Erin—. Llámame, por favor.

Su voz sonó a algo que me preocupó.

Dana estaba dando vueltas por la cocina y había escuchado toda mi conversación con Erin.

—¿He oído que vas a trabajar?

—Sí —respondí—. Un par de casas. Los jardines deben de estar como la jungla del amazonas.

Me levanté de la mesa y me dirigí a la puerta. Entonces Dana hizo algo sorprendente. Me cerró el paso.

—¿Puedo hablar contigo un instante? —dijo, mientras empujaba la puerta a su espalda.

—¿Qué? Pero…

—Verás…, yo no soy tu madrre, ni tu tía…, pero alguien tiene que hacerrlo.

—¿De qué hablas, Dana? Tengo un poco de prisa.

—Eres un gran chico. Me caes bien, Álex. Se ve de lejos que tienes mucho corazón.

—Gracias, Dana. Tú también me caes muy bien a mí…

—Vale. Entonces, solo quiero que sepas que puedes contar conmigo si necesitas hablar de algo. Cualquier prroblema que tengas. Sea lo que sea. Por horrible que parezca.

—¿Lo dices por todo esto de la poli? Solo me han llamado porque estuve en esa fiesta, Dana.

—Lo sé. Lo sé. He oído lo que se dice. Ya sabes, Dolores es una amiga de una amiga. También la han interrogado a ella, y radio macuto funciona de marravilla entre nosotras. Parece ser que hay un par de sospechosos entre los invitados. Nadie sabe quiénes son, pero al parecer, estas perrsonas no pueden explicar muy bien dónde estaban esa noche.

Dana era un mujer inteligente y bastó una mirada para entendernos.

—Sí, vale —dije—, yo tampoco puedo explicarlo. Pero no maté a ese tío.

—Lo sé —dijo Dana. Y esa frase sonó a verdad sin reparos—. No quiero interrogarte. Y tampoco hablaré de esto con nadie. Solo quierro que sepas que estoy aquí para lo que necesites, Álex.

Y repitió mirándome fijamente:

—Sea lo que sea.

Era como si sus ojos quisieran decir: «Lo sé todo. Y si, por cualquier razón, tú te cargaste a Félix, puedes contar conmigo para ayudarte a escurrir el bulto».

—Gracias, Dana —dije yo—. Y ahora, en serio, tengo prisa.

—Ten cuidado… Segando esa hierba.

—Lo tendré.

Las palabras de Dana y su mirada firme, penetrante, me acompañaron durante un buen rato mientras conducía esa tarde por la A-8 en dirección a Cantabria. ¿Cuánto sabía?… Porque estaba claro que sabía algo. Fui dándome cuenta de ello a medida que quemaba kilómetros de asfalto por la autopista.

La noche de la muerte de Félix Arkarazo, yo había sufrido un accidente y una terrible amnesia posterior. Y Dana había escuchado a la agente Arruti mencionar mi «extraña herida en la cabeza». Y si no bastaba con eso, durante la siguiente semana, yo me había mostrado repentinamente interesado por la vida y obra del escritor asesinado. Había leído su libro y discutido su vida con Dana. Joder. Pues claro que había atado cabos.

Después pensé en esos dos polis. Arruti y el otro. Sus miradas acusatorias, aunque insistían en que yo solo era ¿un testigo? Eso solo podía significar que aún no tenían pruebas contra mí. Habían encontrado «restos biológicos» —¿mi sangre en ese trozo de cristal?— y supongo que iban a contrastarlo con mi ADN, pero había leído al respecto e iban a necesitar una muestra del mío para poder contrastarlo. ¿De dónde lo sacarían? Entonces recordé esa amable invitación a tomar agua o café. El botellín de plástico que se había quedado sobre la mesa…

Solo era cuestión de tiempo hasta que esos análisis arrojaran la luz verde definitiva. Me quedaban solo unas horas y tenía que aprovecharlas para encontrar algo con lo que defenderme. El GPS indicaba un punto en la costa, al oeste de Santander. Era allí a donde me enviaban las coordenadas del TomTom de Félix Arkarazo. Y aquella era mi última oportunidad. La última baza que podía jugar en ese juego. Si eso no salía bien, tendría que decidir entre volver y entregarme, o seguir conduciendo en alguna dirección, posiblemente la frontera. Podría estar en Holanda en un par de días. Y desde allí…

Se puso a llover a la altura de Bilbao. Unas pocas gotas que pronto se convirtieron en un chaparrón. Conduje por la arteria central de ese gran monstruo industrial y de cemento que es el Gran Bilbao y que tiene su coletazo en las poblaciones de Portugalete y Santurce. Eran las cinco de la tarde, pero el cielo se oscurecía por momentos. Llegué a Castro con una especie de tormenta apocalíptica entrando por el mar, y cuando pasé Laredo, mis limpias ya iban a mil por hora. El teléfono comenzó a sonar. Lo miré. Era un número oculto.

El mismo número oculto me llamó tres veces en el tramo de veintiocho kilómetros que hay entre Laredo y la circunvalación de Santander, en Solares, y lo intentó otras dos veces hasta que llegué a Torrelavega. Para entonces ya me había dado cuenta de que aquello no podía ser nada bueno, pero un mensaje de Erin vino a confirmar mis peores sospechas.

Álex. La policía está en mi casa, preguntando por ti, ¿dónde estás?

Llegué a la salida que me marcaba el GPS, en un punto entre Santillana del Mar y San Vicente de la Barquera. Paré en una gasolinera y eché un vistazo al teléfono. Había dos mensajes más, uno de Nerea Arruti:

Álex, nos gustaría poder hablar contigo. Es bastante urgente. Llámanos cuando puedas.

Y otro de Dana:

Álex, la Ertzaintza anda buscándote. Han venido a casa y están charlando con tu abuelo.

Bajé de la GMC. Caminé por la gasolinera con la cabeza dándome vueltas. ¡Ya estaba! ¡El final! Y todo había ido más rápido de lo que podría anticipar. Desde el interior de la tiendecita, un empleado me miraba con suspicacia. Volví a la furgoneta, cogí la manguera de diésel y comencé a rellenar el depósito. Hacer cosas, mantenerme ocupado, había sido el mejor truco para centrar mis ideas desde que todo esto había empezado. Decidí apagar el móvil durante el resto del día. Silencio de radio hasta nueva orden.

Conduje bajo la lluvia, desesperado, deprimido, dudando si aquello tenía algún sentido. Estaba acabado. Los análisis de ADN habrían terminado por señalarme. ¿Qué pretendía hacer? Pero volví a animarme: aún tenía algo de margen y no podía permitirme sucumbir justo en ese momento.

Fui siguiendo las indicaciones del GPS y perdiéndome por un laberinto de carreterillas rurales, pasando pueblos pequeños, primero, barrios de dos o tres casas, después, y finalmente llegué al mar, a un punto de la costa cerca de unos barrancos, donde según mi GPS se ubicaba aquel refugio de Félix Arkarazo.

El punto en el mapa parecía no tener demasiado sentido. La carretera iba a morir en una larga y bella alfombra de color verde, frente a un mar de color plata. No se veían casas en la distancia y todo lo que seguía a continuación era un carril levemente dibujado sobre la hierba. ¿A dónde coño llevaba?

Aceleré y me metí por ahí, pero mantuve la GMC a una buena distancia del borde del barranco. El viento soplaba enfurecido, tanto que un pedazo de camioneta como la GMC daba algún bandazo de vez en cuando. La luz era ya casi penumbra y el aguacero que caía no ayudaba a distinguir nada. Estaba, literalmente, conduciendo por un oscuro terreno de hierba. Mis faros iban iluminando las peligrosas concavidades del acantilado. El mar rompía a unos veinte metros, en un lecho de rocas negras. Metí segunda y fui apartándome de eso con cuidado. Cada vez estaba más cerca. Según mi GPS, debería tenerlo casi frente a mí, pero allí no había nada más que hierba.

Entonces, a unos doscientos metros, pude distinguir algo. Un pequeño objeto de color claro. ¿Qué era eso?

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