El mentiroso

El mentiroso


5. Abismo » 6

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Un objeto blanco, un cuadrado blanco.

Puse las luces largas cuando solo faltaban unos cincuenta metros para llegar a las coordenadas que había copiado del TomTom de Félix Arkarazo. Aunque para ese entonces, ya podía adivinar lo que tenía delante. Su llamado «refugio» de escritor no era otra cosa que… ¡una roulotte!

Cuando Txemi habló de un refugio, yo me había imaginado una casita frente al mar, acogedora y con una buena chimenea, un lugar de ensueño donde terminar novelas. Pero viniendo de un tío tan cutre como Félix Arkarazo, aquello tenía todo el sentido del mundo. Una vieja roulotte, de las grandes, aparcada en una especie de pequeña plataforma de grava, a menos de veinte metros del borde del acantilado.

No había luces en su interior, ni coches en la puerta, ni nada que pudiera delatar la presencia de algún extraño. Aparqué la GMC a unos metros y salí bajo la lluvia, armado con mi mochila de utensilios. Era el mismo mar que bañaba las costas de Illumbe, el mismo aire frío, el mismo salitre.

Di una vuelta alrededor de la caravana, para asegurarme de que no había ninguna sorpresa. A unos kilómetros se podían distinguir algunas luces, pero por lo demás, aquello era una manta de hierba solitaria y oscura de varias hectáreas. Imaginé que el terreno pertenecía a Arkarazo. Una «propiedad rústica» en la que seguramente (por la ley de costas) estaría prohibido edificar nada y que tampoco aparecería en ningún registro. El escondite perfecto.

La cerradura de la roulotte no parecía espectacularmente difícil de abrir, pero tampoco quise dedicarle demasiado tiempo. Metí la palanca de hierro y reventé aquello con un par de tirones. La puerta quedó colgando en el aire y subí el primer peldaño con la respiración contenida.

Dentro hacía un frío terrible y estaba muy oscuro. Encendí mi linterna. El interior de la caravana era más amplio de lo que podía uno imaginar desde fuera. La mitad de la estancia estaba llena de cajas, carpetas, archivos… La otra mitad, la parte habitable, contenía una cama, un escritorio donde había más carpetas y cuadernos, una estufa de queroseno y una diminuta cocina donde se veían largas torres de latas de conserva.

Había varios interruptores de luz, pero no funcionaban. Mi intención era pasar allí el tiempo que hiciera falta, así que salí otra vez y tardé un par de minutos en encontrar la batería que suponía debía alimentar aquella roulotte. Estaba camuflada tras un pequeño panel, junto a un cuadro de alimentadores. La conecté, regresé al interior y apreté un interruptor junto a la puerta: la luz se hizo. Chequeé el depósito de la estufa de queroseno, que estaba a media carga. La encendí tras un par de chispazos y enseguida noté el calor de aquel fuego azul caldeando la estancia. Ambas cosas, la batería y la estufa, funcionaron casi a la primera, lo que me hizo deducir que aquel era un lugar que Félix había frecuentado recientemente.

Cerré la puerta y me quedé, de pie, mirándolo todo. Quería leer todo lo que hubiera que leer hasta conseguir una pista, pero ¿por dónde empezar? El archivo de cajas parecía interesante. Algunas de ellas estaban rotuladas, otras no. Bueno, decidí comenzar por las cajas rotuladas.

¿Qué buscas cuando no sabes qué buscar? Allí había cosas de todo tipo. Nombres, fotografías, cuadernos con notas, cintas de vídeo. Gran parte del material estaba etiquetado como «Documentación novela» y supuse que así era como Félix llamaba al producto de sus chantajes. Fui revisando todo este material y organizándolo para leerlo con calma más tarde. No me paré demasiado a curiosear, excepto por el caso de una carpeta en la que pude leer el nombre de Irati J., y que contenía una cinta de vídeo. Esa la aparté. Soy un tipo de palabra.

Después de unos veinte minutos revisando caja tras caja, di con algo que pareció prometedor: una colección de cuadernos titulada «Manuscritos segunda novela».

¿Esa en la que, según sus palabras, «iba a desvelar un secreto largamente olvidado»? Había tres cuadernos de papel cuadriculado en esa caja. Los saqué de allí y los llevé al pequeño escritorio. Tuve que hacer un poco de sitio. Aparté un cenicero con colillas, una taza con una bolsa de té reseca y unas cuantas carpetas. Coloqué los cuadernos en el centro, encendí un flexo y abrí el primero de ellos (estaban numerados).

Félix Arkarazo escribía a mano, y su caligrafía era razonablemente legible. Así que empecé a leer:

«Novela número dos. Título provisional: Jean y las flores de otoño. Por Félix Arkarazo».

Aunque el título ya me pareció un poco raro, me lancé a la lectura con voracidad. Leí a toda prisa las primeras veinte páginas manuscritas. Se hablaba de un personaje femenino llamado Jean, una chica francesa cuyo coche se estropeaba en Kundama —el nombre imaginario de Illumbe— y que, por efecto de una interminable reparación, decidía quedarse a vivir una temporada en el pueblo. Durante esta estancia veraniega comenzaba a conocer chicos y chicas de la zona, en lo que —por lo que apuntaba— se iba a convertir en un viaje iniciático al sexo, el amor y la amistad. Paré de leer en la página treinta, cuando Jean, en una hoguera en la playa, confesaba su virginidad a un amigo.

—Pero ¿qué coño es esta mierda?

Cerré ese cuaderno y abrí el siguiente, aunque aquello solo parecía la continuación de las andanzas de la joven Jean, ahora ya un poquito más iniciada en los asuntos del amor. Finalmente, tras una rápida revisión en diagonal, terminé en la mitad del cuaderno número tres. Aquí, la narración se detenía más o menos en la página cincuenta (Jean acababa de conocer a Daniel, un joven y musculoso remero de la trainera de Urdaibai). En ese mismo punto, había una hoja intercalada en el manuscrito. Era una hoja mecanografiada y con el membrete de la editorial Penguin Random House, que decía lo siguiente:

Querido Félix:

Leído hasta este punto, lamentablemente, debo informarte de que la novela no me encaja. Creo que la historia de Jean está bien, pero que no sería bien recibida por los lectores de tu primera obra. Te recomiendo que des otra oportunidad a aquellas ideas que tenías para una secuela de El baile de las manos negras. Aún quedan once meses para la fecha de entrega, más que de sobra para escribir una obra que esté a la altura de tu gran éxito.

Aprovecho para saludarte cordialmente,

CARMEN ROMÁN

Vale, algo empezaba a tener sentido después de todo. Félix había comenzado a escribir un libro bastante diferente a El baile de las manos negras. Quizá quería dar un golpe de timón a su carrera o quizá no se le ocurría nada mejor. La cuestión es que su apuesta no había superado el filtro editorial y se había visto forzado a volver a las andadas, y con bastante poco tiempo. La carta de su editora estaba fechada un año antes, lo que significaba que en octubre Félix estaba ya en tiempo de descuento para entregar un manuscrito «a la altura de su gran éxito».

Pero ¿dónde estaba ese nuevo manuscrito?

La respuesta, o lo más parecido a una respuesta que quizá encontrase jamás, se hallaba en el anverso de esa carta. Félix había escrito unos párrafos muy esclarecedores, quizá como un ensayo de una respuesta, o quizá como un desesperado apunte personal:

Querida Carmen:

Mi primera novela fue el producto de años escuchando historias en mi pequeño pueblo. Años de cotilleos acumulados en bares, cocinas y salones, de información condensada. Supongo que es lo que ocurre con todas las primeras novelas. ¿Cómo pretendes que consiga algo parecido en solo un año? Os devolvería el dinero del adelanto si pudiese, pero Hacienda se ha llevado lo poco que me quedaba. Mientras tanto, tal y como te dije en alguna llamada telefónica, voy a intentar seguir el hilo de un viejo misterio que ocurrió aquí, en Illumbe, hace unos años.

No tengo ni una sola página escrita, pero estoy en ello. Creo que tengo una pista fundamental que ni siquiera la policía tomó en cuenta en su día. Entre tanto, os agradecería que ampliaseis un poco el plazo de entrega. Yo prometo no contarle a nadie que vivo casi en la indigencia. Por favor, gracias y un saludo.

Cerré aquellos tres cuadernos y me levanté con la intención de devolverlos a su caja y… ¿proseguir la búsqueda? Pero ¿de qué exactamente? Aquella especie de confesión escrita solo podía significar una cosa: Félix no llegó a escribir ninguna novela. Solo estaba jugando un gigantesco farol al decir que tenía «una bomba entre las manos», cuando en realidad no tenía nada. No había segunda novela. Todo había sido un órdago.

Cogí los tres cuadernos con la historia de Jean y los lancé sobre el camastro que había al fondo de la roulotte. «Engañaste a todo el mundo, incluso a mí. Y ya no me quedan cartas que jugar».

Me quedé observando el escritorio. La taza de té, el cenicero de colillas, las carpetas que había apartado antes. Eran carpetas de cartón corriente, con gomas. Tenían cosas escritas en su tapa. Una de ellas rezaba una sola palabra. Un apellido.

«Iraizabal».

De pronto sentí una corriente eléctrica subiéndome desde los tobillos. Iraizabal era el nombre del restaurante que había en los acantilados de Punta Margúa. La dueña, según mi abuelo, era la que había levantado las sospechas sobre la muerte de Floren. Coloqué esa carpeta en el centro de la mesa, le quité las gomas y la abrí. Contenía a su vez otra carpeta, esta con el logotipo de la Ertzaintza y el membrete de la Policía Judicial.

Aquello se ponía interesante.

En el interior de esta segunda carpeta encontré un informe grapado, unas cincuenta páginas más o menos. En su cabecera se leía lo siguiente: «Precedentes y testimonios sobre el caso 117/B. Sucesos acaecidos en la zona de los acantilados llamada Punta Margúa, Illumbe».

La primera página contenía una breve exposición del caso:

Los indicios señalan que D. Floren Malas-Etxebarria, de 55 años de edad y residente en Illumbe, Bizkaia, murió al precipitarse al mar en una zona de acantilados conocida como Punta Margúa, Bizkaia (ver mapa) el día […] de […] sobre las 18.30 horas (según un primer análisis forense). Su cuerpo fue hallado en una zona de difícil acceso a los pies de dicho acantilado, más concretamente en las coordenadas […] y […].

El domingo día […] a las […] se produce una llamada al 112 por parte de un submarinista aficionado (E. Millán, testigo con el número 1) que ha avistado «un cuerpo flotando entre las rocas. Definitivamente muerto». Una embarcación de salvamento marítimo se desplaza hasta el lugar y se procede a rescatar el cuerpo.

Los resultados de la autopsia indican como causa de la muerte un politraumatismo severo y un derrame craneoencefálico masivo. El análisis de las heridas indica que son compatibles con una caída desde el borde de dicho acantilado y el lecho de rocas situado en las coordenadas donde fue hallado el cuerpo. No se observan otros rastros de violencia ni indicios de enfrentamiento físico, aunque sí una elevada presencia de alcohol en la sangre.

Se valora la hipótesis de un accidente así como la de un salto voluntario.

El día […] de […] se recibe una llamada en los servicios de emergencia. Una mujer que se identifica como Diana Antxieta dice tener cierta información importante sobre el accidente. Se presentaba a sí misma como copropietaria del restaurante Iraizabal, sito a escasos metros del punto del accidente. Su testimonio es recogido por los agentes […] y […] y transcrito a continuación:

«Esa tarde yo estaba trabajando en la barra del restaurante. Hacía muy mal tiempo, con lo que esperábamos pocos clientes. […] Este hombre, Floren, apareció por allí sobre las cinco y media de la tarde. Era un hombre alto, muy guapo, de esos que llaman la atención. Pidió un gin-tonic y se puso a leer el periódico. Miraba el reloj cada dos por tres, y claro, yo pensé que estaría esperando a alguien. Recuerdo esto perfectamente porque dejé volar un poco la imaginación… Bueno, ya sabe. Una está muy aburrida y no todos los días aparece un tipo guapo por el bar. Recuerdo que pensé “quién será la agraciada que tenga esperando a semejante pibón”. Bueno, pues resulta que a eso de las seis, él había pedido otra copa, pero todavía la tenía por la mitad. Entonces se levantó de pronto y se marchó sin decir una palabra. Dejó un billete de veinte euros sobre la barra y yo pensé que habría ido a fumar. Me acerqué a la ventana y le vi caminando en dirección al barranco, como si tuviera algo de prisa. No era la actitud de nadie que piensa quitarse la vida, sino la de alguien que está ansioso por encontrarse con otra persona. Bueno, estamos en pleno diciembre y a las seis de la tarde ya no hay mucha luz. Le perdí de vista enseguida. Le guardé el cambio y la copa hasta que cerré el bar, pero no volvió por allí, claro. Al día siguiente, cuando me enteré de todo por las noticias, lo primero que pensé es que a ese hombre lo habían matado».

Hasta ahí llegaba el testimonio de la señora Antxieta. A continuación, en una nota escrita, el informe explicaba que:

Se le pregunta por otros clientes o personas que vio esa tarde por la zona: la señora Antxieta describe a una «pareja joven, con un equipo de fotografía, que entró en el restaurante sobre las siete y media de esa tarde».

Se ha procedido a investigar la identidad de los dos paseantes descritos por D. Antxieta. Se los identifica como A. Mendizabal y su pareja R. Urquioz, ambos residentes en Bilbao. Se les toma declaración en la comisaría de Gernika.

Sobre la tarde de los hechos, A. Mendizabal expone lo siguiente:

«Mi novia Rakel y yo somos muy aficionados a la fotografía. Esa noche había previsión de tormenta eléctrica y fuimos a Punta Margúa en busca de una buena foto. Aparcamos el coche junto al camino, en el mirador. Eran las 18.30 (lo sé porque subimos una foto a Instagram desde el coche) y estuvimos allí esperando a que dejase de llover. En ese rato (unos quince minutos) no apareció nadie por el camino. De esto estoy seguro. Había solo un coche aparcado allí, un BMW negro».

(Nota del agente: se trata de una berlina BMW 320, color negro, propiedad de Floren Malas-Etxebarria).

«Después paró de llover y subimos caminando por el borde del acantilado. Hay una casa allí, plantada frente al acantilado, y pusimos el trípode justo enfrente. Estuvimos esperando a que cayera algún rayo, pero no pasaba gran cosa. Además, la casa tenía varias luces encendidas en la planta baja y aquello nos molestaba para las fotos nocturnas. Así que continuamos caminando hacia el oeste. Rakel se moría de frío y recordamos que había un restaurante por esa zona. Justo en ese instante, nos cruzamos con una persona que venía en nuestra dirección. Tenía pinta de pescador, de hecho iba con una caña en la mano. Le preguntamos si el restaurante estaba abierto y nos dijo que sí. Decidimos ir allí a tomar un caldo. Todo esto ocurrió sobre las siete. No nos cruzamos con nadie más ni vimos a nadie».

Alguien (quizá Félix) había subrayado algunos fragmentos de este testimonio con un marcador fosforescente. En ese momento no le presté mucha atención.

La siguiente nota decía así:

Se ha procedido a identificar al pescador mencionado en el relato de A. Mendizabal. Se trata de I. Ortune, vecino de la localidad. Se le toma declaración al respecto:

«Yo había pasado la tarde pescando en Ispilua con otros tres amigos. A las seis y media recogimos porque no se aguantaba la lluvia. Cogí los bártulos y salí caminando dirección Illumbe. Mis amigos querían llevarme en coche, pero yo preferí caminar. Las únicas personas con las que me crucé fueron un chico y una chica. Llevaban un equipo de fotografía y tenían una cara de frío terrible. Me preguntaron por el restaurante. Se lo indiqué y seguí para delante. Llegué al mirador y desde allí continué por la general hasta Illumbe. Y en todo ese trayecto no me encontré con nadie más viniendo en mi dirección. Y mucho menos con ese pobre hombre».

El agente que hizo el informe añadía una anotación personal sobre estos tres testigos, la pareja de fotógrafos y el pescador. Decía que había «procedido a investigar sus posibles conexiones con el fallecido y sus antecedentes sin ningún resultado de relevancia». «El pescador es un hombre muy conocido en Illumbe. La pareja de fotógrafos aficionados son un funcionario y una agente inmobiliaria de Bilbao, sin ninguna conexión familiar, profesional o de otro tipo con el fallecido».

Pero había más.

El agente había continuado sus pesquisas por el lugar más lógico: la casa de Punta Margúa. ¿Dónde si no? Floren Malas-Etxebarria había salido del restaurante Iraizabal a eso de las siete de la tarde, con una actitud que —según la dueña del restaurante— «no era la actitud de nadie que piensa quitarse la vida, sino la de alguien que está ansioso por encontrarse con otra persona». Dos grupos de personas habían barrido el acantilado en sentidos opuestos minutos después de que Floren se precipitara al vacío. De manera que esa «supuesta persona» con la que Floren habría ido a reunirse o bien no existía, o bien se había escondido en alguna parte tras cometer su fechoría.

Y entre los posibles escondites, desde luego, la casa de Punta Margúa era uno que había que tener en cuenta. Las pesquisas se habían dirigido allí y los agentes habían realizado dos entrevistas.

Begoña Garaikoa, de cincuenta años de edad, que tiene su residencia habitual en Madrid, pero que en la tarde de autos se encontraba de visita en el domicilio de su padre (Jon Garaikoa, testigo número 8) por las vacaciones de Navidad. A la hora en que sucedieron los hechos relatados, se encontraba ausente, reunida para cenar con otras dos amigas (identificadas como Ane Rojas y Mirari de la Torre, testigos 9 y 10 respectivamente) en la casa de la primera, sita en carretera Atxur, 10, con el nombre Gure Ametsa. La testigo afirma que regresó a su domicilio sobre las 23.00 de esa noche (corroborado por las testigos antes mencionadas y por su padre, a continuación). Se da la circunstancia de que Begoña Garaikoa conoce al fallecido desde hace años. A la pregunta de si «pensaba que podría haberse tratado de un suicidio», la testigo muestra una convicción clara: «Floren llevaba unos años descarriado, bebiendo mucho y con grandes problemas profesionales. Yo no lo descartaría».

J. Garaikoa, de setenta años, residente habitual en la villa con número 1 del camino de Margúa, declara que pasó la tarde leyendo en la casa. No estaba atento a la ventana y no puede arrojar testimonios sobre lo que sucedió en la parte del acantilado que discurre frente al edificio. Tampoco percibió movimientos en su jardín o ruidos que pudieran delatar la presencia de algún intruso. «Fue una tarde de lo más normal —afirma—, había un aviso de tormenta, pero no pasó de ser una marejadilla muy suave. Después, sobre las ocho de la tarde, bajé a la cocina a preparar la cena. No todos los días tienes a la hija de visita, pero cuando lo tenía ya todo listo, me llamó para decirme que se quedaba a cenar con unas amigas. Así que cené y volví a mi despacho a terminar el libro».

Félix había subrayado otras dos cosas en esta última página. Volví a releerlas y después recordé lo que había subrayado dos páginas antes.

Volví atrás. Leí el testimonio de los fotógrafos y del pescador.

Volví adelante. Leí el testimonio de mi madre y de mi abuelo.

Había algo allí. Algo que la policía había pasado por alto, pero no Félix.

¿Qué?

De pronto, el viento rugió y movió un poco la roulotte y casi al mismo tiempo yo sentí un escalofrío por todo el cuerpo.

Había oído algo.

Primero me asusté pensando que eran pasos, pero después el sonido se detuvo en seco. Un aleteo, producido por alguna de las partes móviles de la roulotte, vino a tomar el relevo de los «ruiditos extraños». El viento había vuelto a soplar y pensé que probablemente esos sonidos habían estado ahí todo el tiempo, solo que yo estaba demasiado concentrado en mi registro y mis lecturas.

Pasé a la siguiente página del informe. Eran las declaraciones de Ane y de Mirari. Ambas coincidían en la misma versión de los hechos. Su amiga Begoña estaba de visita y se habían reunido en la casa de Ane para pasar la tarde. Después, sobre las ocho, habían decidido cenar juntas. Según Ane, mi madre había abandonado Gure Ametsa a las diez y media de la noche…

Otro ruido me hizo levantar la cabeza. No era el viento. Ahora, de verdad, era algo muy parecido a unos pasos. Noté cómo el corazón aceleraba sus pulsaciones. ¿Había alguien ahí fuera? ¿Es posible que me hubieran seguido? ¿La policía?

Me levanté y apagué la luz. El interior de la roulotte quedó iluminado solo por el resplandor de la llama de queroseno. Afuera, volvió a oírse el aleteo de antes, el viento y el oleaje. Seguramente no era nada, pero me arrastré sobre el colchón de la cama hasta la luna trasera. Apoyé la cara ahí y miré en ambas direcciones, pero la oscuridad era total.

Iba a regresar al escritorio cuando volví a oír algo cortando el aire, a cierta velocidad. Definitivamente había alguien o algo ahí fuera, moviéndose. Quizá solo fuese un pequeño animal, pero no podía permanecer ni un segundo más sin echar un vistazo. Cogí la barra que había usado para reventar el candado de la puerta. Con ella entre los dedos, empujé la puerta de sopetón y salté a la hierba dispuesto a tumbar lo primero que viera moverse en la oscuridad. Miré a un lado, al otro. La noche, el viento, el aire silbando alrededor de aquella vieja roulotte… pero nada más. Con la barra por delante y el corazón a punto de salírseme del pecho, di un rodeo al remolque. Nada.

Mi GMC estaba aparcada a unos pocos metros de allí. La había dejado abierta y con las llaves puestas. Me acerqué a echar un vistazo, y en ese mismo instante unas luces parpadearon fugazmente en la oscuridad. ¡Había un coche! Estaba detenido a unos veinte metros de mi GMC, en la misma pista de hierba por la que yo había llegado. Entonces las luces de aquel coche volvieron a parpadear en la oscuridad y emitieron un corto beep.

Alguien lo había abierto. O cerrado. Y yo me quedé quieto, idiotizado, viendo apagarse esas luces. Pude ver el interior del coche por un instante. Estaba vacío.

Ante algo tan inesperado, el cerebro tarda en procesar la información. Tardé en llegar a la conclusión de que alguien estaba abriéndolo y cerrándolo en la distancia, posiblemente con una llave electrónica.

Casi al mismo tiempo, oí que algo se movía muy rápido a mi espalda.

«Qué listo», pensé.

No me dio tiempo ni para girarme. El golpe fue rápido y brutal. Recuerdo que todavía estaba moviendo mi brazo hacia atrás cuando escuché el ruido de mi cuerpo al caer contra la hierba.

Y después, la nada.

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