El eco negro

El eco negro


Sexta parte. Viernes, 25 de mayo

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Pero justo entonces el Mercedes giró a la derecha y se metió en un aparcamiento. Bosch redujo la velocidad y, sin mediar palabra, Wish saltó del coche y se dirigió al aparcamiento. Bosch cogió la primera calle a la derecha y dio la vuelta a la manzana. Por todas partes había coches saliendo de aparcamientos y garajes, cortándole el paso una y otra vez. Cuando por fin logró dar la vuelta, Eleanor lo esperaba en el mismo lugar donde se había apeado. Bosch se detuvo y ella metió la cabeza por la ventana.

—Aparca —le dijo y señaló al otro lado de la calle, media manzana más abajo. Eleanor apuntaba a una estructura circular que sobresalía de un rascacielos de oficinas. Las paredes del semicírculo eran de cristal y a través de ellas Bosch distinguió la puerta de acero pulido de una cámara acorazada. Fuera, un rótulo decía Beverly Hills Safe & Lock.

Cuando miró a Eleanor vio que ella sonreía.

—¿Iba Tran en el coche? —preguntó Bosch.

—Claro, tú nunca te equivocas —sonrió.

Bosch le devolvió la sonrisa. Entonces advirtió que un metro más allá quedaba un espacio libre y aparcó.

—Desde que empezamos a pensar que habría un segundo golpe, mi idea siempre había sido un banco —confesó Eleanor—. Quizás una caja de ahorros. Este lugar ni se me había ocurrido, y eso que paso por aquí delante al menos dos veces a la semana.

Habían caminado por Wilshire y se hallaban enfrente del Beverly Hills Safe & Lock. Eleanor se ocultaba detrás de Bosch, estudiando el lugar por encima de su hombro. Tran, o Bok, tal como se le conocía ahora, ya la había visto y no podían arriesgarse a que la descubriera en aquel lugar. La acera estaba abarrotada de oficinistas que surgían de las puertas giratorias de los edificios, se dirigían a los aparcamientos y luchaban por adelantarse, aunque sólo fuera cinco minutos, al tráfico del fin de semana.

—De todos modos encaja —dijo Bosch—. Bok vino a Estados Unidos, y no se fiaba de los bancos, tal como nos contó tu amigo del edificio federal. Así que buscó una cámara acorazada que no estuviera ligada a un banco y la encontró; es mejor aún. Mientras tengas dinero para pagarles, esta gente ni te pregunta quién eres. No tienen que cumplir la legislación sobre entidades bancarias porque no son un banco. Puedes alquilar una caja e identificarte con una simple letra o un código numérico.

A pesar de que el Beverly Hills Safe & Lock tenía todo el aspecto de ser un banco, no lo era en absoluto. No había cuentas corrientes ni de ahorro, ni departamento de préstamos o cajeros. Lo que ofrecía era lo que mostraba en su escaparate: una cámara acorazada de acero pulido. Era un negocio que protegía objetos valiosos, no dinero, lo cual, en un sitio como Beverly Hills, era un servicio muy apreciado. Los ricos y famosos guardaban allí sus joyas, sus abrigos de piel, sus contratos prematrimoniales…

Y todo a la vista del mundo. Detrás de un cristal. El Beverly Hills Lock & Safe se hallaba en la planta baja del edificio J. C. Stock, un bloque de catorce pisos que no tenía nada de especial salvo la estructura semicircular de cristal que sobresalía de la fachada. Al negocio se accedía por una entrada lateral en Rincon Street, donde los porteros mexicanos ataviados con toreras amarillas esperaban para aparcar los coches de los clientes.

Después de que Bosch hubiera dejado a Eleanor para dar la vuelta a la manzana, ella había visto a Tran y a dos guardaespaldas salir del Mercedes y caminar hasta la puerta del Beverly Hills Safe & Lock. Si pensaban que los seguían no se les notaba, ya que en ningún momento miraron atrás. Uno de los guardaespaldas llevaba un maletín metálico.

—Creo que uno de los que le acompañan iba armado. El otro no lo sé; llevaba una chaqueta demasiado amplia. ¿Es ése? Sí, ahí está.

Un hombre con un traje de banquero azul marino escoltaba a Tran hasta la cámara acorazada. Un poco más atrás le seguía otro sujeto con el maletín metálico. Bosch se fijó en que el matón vigilaba la acera hasta que Tran y el tío del traje desaparecieron por la puerta de la cámara acorazada. El hombre del maletín esperó. Bosch y Wish también esperaron. Pasaron tres minutos hasta que salió Tran, seguido del hombre con el traje azul marino. Este último llevaba una caja de seguridad metálica del tamaño de una caja de zapatos. El guardaespaldas los siguió y los tres salieron de la sala acristalada y se perdieron de vista.

—Servicio personalizado —observó Wish—. Típico de Beverly Hills. Probablemente se lo ha llevado a un salón privado para hacer el cambio.

—¿Podrías llamar a Rourke y pedirle que mande un equipo para seguir a Tran cuando salga? —dijo Bosch—. Puedes usar un teléfono. Tenemos que evitar la radio por si acaso tienen a alguien arriba escuchando nuestra frecuencia.

—O sea, que nosotros nos quedamos en la cámara acorazada —inquirió Eleanor y Bosch asintió con la cabeza. Ella reflexionó un momento y dijo—: Voy a llamar. Rourke se pondrá contento cuando le diga que hemos localizado el sitio; así podremos enviar al equipo de túneles.

Ella miró a su alrededor, vio una cabina junto a una parada de autobús en la siguiente esquina y se dispuso a irse. Bosch la agarró del brazo.

—Yo voy a entrar, para ver qué pasa. Recuerda, ellos te conocen, así que mantente oculta hasta que se vayan.

—¿Y si se largan antes de que lleguen los refuerzos?

—Yo me quedo en la cámara; Tran no me interesa. ¿Quieres las llaves? Puedes coger el coche y seguirlo.

—No, yo me quedo en la cámara. Contigo.

Finalmente Eleanor se dirigió a la cabina. Bosch cruzó Wilshire y entró en el edificio. En la puerta se topó con un guarda de seguridad que sostenía una llave.

—Estamos cerrando, señor —le informó el guarda. Sus andares achulados y modales bruscos parecían los de un ex policía.

—Sólo será un momento —contestó Bosch sin detenerse.

El individuo con el traje de banquero, que había conducido a Tran a la cámara era uno de los tres hombres rubios sentados detrás de unas mesas de anticuario que descansaban sobre la lujosa moqueta gris de la recepción. El hombre levantó la cabeza, examinó a Bosch de arriba abajo y le ordenó al más joven de los otros hombres:

—Señor Grant, ¿podría usted atender a este caballero?

Aunque su respuesta mental fue no, el tal Grant se levantó y, con la mejor sonrisa falsa de su arsenal, se acercó a Bosch.

—¿Sí, señor? —dijo el hombre—. ¿Está pensando en alquilar una caja?

Bosch estaba a punto de hacer una pregunta cuando el hombre le tendió la mano y se presentó:

—James Grant, para servirle. Aunque no tenemos mucho tiempo, estábamos a punto de cerrar.

Grant se levantó la manga de la chaqueta para verificar en su reloj de pulsera que, efectivamente, era la hora de irse.

—Harvey Pounds —le dijo Bosch, tendiéndole la mano—. ¿Cómo sabe que no tengo ya una cuenta con ustedes?

—Seguridad, señor Pounds. Nosotros vendemos seguridad. Yo conozco a todos los clientes de vista. Al igual que el señor Avery y el señor Bernard.

Grant se volvió ligeramente y señaló con un movimiento de cabeza a los otros dos hombres rubios, que correspondieron al gesto con gran solemnidad.

—¿No abren el fin de semana? —preguntó Bosch, intentando sonar decepcionado.

Grant sonrió.

—No, señor. Nuestros clientes suelen ser el tipo de personas que llevan un trabajo y una vida social muy planificada. Por eso reservan sus fines de semana para actividades de placer, no para hacer recados. No son como otra gente que uno ve; corriendo a los bancos y a los cajeros automáticos. Nuestros clientes están por encima de esas cosas, señor Pounds. Y nosotros también. Supongo que lo comprende.

Dijo esto último con un ligero tono de desprecio. No obstante, Grant tenía razón. El lugar era tan fino como una consultoría jurídica, con el mismo horario y los mismos empleados arrogantes.

Bosch echó un vistazo a su alrededor. En un pasillo a la derecha había una fila de ocho puertas y, apostados a cada lado de la tercera, estaban los dos guardaespaldas de Tran. Bosch asintió y sonrió a Grant.

—Bueno, ya veo que tienen guardas por todas partes. Ése es el tipo de seguridad que estoy buscando, señor Grant.

—Bueno, señor Pounds, esos hombres tan sólo están esperando a un cliente que se halla en uno de los despachos privados. Pero le garantizo que nuestra seguridad es impecable. ¿Está usted interesado en nuestra cámara acorazada?

El hombre era más insistente que un predicador evangelista. A Bosch le desagradaban tanto él como su actitud.

—Seguridad, señor Grant, quiero seguridad. Me gustaría alquilar una caja, pero antes necesito estar convencido de que está a salvo de problemas externos e internos, ya me entiende.

—Por supuesto, señor Pounds, pero ¿tiene usted alguna idea del coste de nuestros servicios? ¿De la seguridad que ofrecemos?

—No lo sé ni me importa, señor Grant. El dinero no es obstáculo. La cuestión es estar tranquilo, ¿no? La semana pasada, entraron a robar a mi vecino, tres puertas más abajo de donde vive nuestro ex presidente. La alarma no sirvió de nada y al final se llevaron objetos muy valiosos. Yo no quiero que me pase algo así. Hoy en día nadie está seguro.

—Es una verdadera vergüenza, señor Pounds —dijo Grant, con una irreprimible nota de emoción en la voz—. No sabía que las cosas estuvieran tan mal en Bel Air. Sin embargo, estoy totalmente de acuerdo con su plan de acción. Tome asiento y hablemos. ¿Le apetece un café o… tal vez un poco de coñac? ¡Es casi la hora de los cócteles! Éste es uno más de los pequeños servicios que una entidad bancaria no puede ofrecer.

Entonces Grant se echó a reír, pero sin hacer ruido, agitando la cabeza arriba y abajo. Cuando Bosch declinó la invitación, el vendedor se sentó y se acercó la silla a la mesa.

—Permítame que le explique las reglas básicas de nuestro funcionamiento. Para empezar, no estamos controlados por ninguna agencia gubernamental, algo que seguramente contaría con el apoyo de su vecino.

Grant le guiñó el ojo a Bosch.

—¿Mi vecino? —preguntó.

—El ex presidente, por supuesto. —Bosch asintió y Grant continuó—. Nosotros le ofrecemos una larga lista de servicios de seguridad, tanto aquí como en su hogar, e incluso una escolta si es necesario. El nuestro es un servicio completo. Somos…

—¿Y la cámara acorazada? —le cortó Bosch. Sabía que Tran estaba a punto de salir de la sala y para entonces quería estar en la cámara acorazada.

—Sí, por supuesto, la cámara. Como ve, está a la vista de todo el mundo. El círculo de cristal, como nosotros lo llamamos, es probablemente el mejor invento del mundo. ¿Quién se atrevería a asaltar una cámara que está a la vista las veinticuatro horas del día? En pleno Wilshire Boulevard. Genial, ¿no cree?

Grant sonrió con aire triunfal y asintió con la cabeza a fin de provocar algún gesto de conformidad por parte de su público.

—¿Y por debajo? —preguntó Bosch. La boca del hombre se convirtió de nuevo en una línea recta.

—Señor Pounds, supongo que no esperará que le describa nuestras estrictas medidas de seguridad, pero quédese tranquilo: nuestra cámara es inexpugnable. Entre usted y yo, le aseguro que no encontrará otra en esta ciudad con más cemento armado en el suelo, en las paredes o en el techo. Por no hablar del sistema electrónico. Uno no puede, y perdone la expresión, tirarse un pedo en la sala circular sin activar los sensores de sonido, movimiento y temperatura.

—¿Puedo verla?

—¿La cámara?

—Por supuesto.

—Por supuesto.

Grant se ajustó la chaqueta y acompañó a Bosch. Una pared de cristal y una doble puerta separaban la sala semicircular donde se hallaba la cámara acorazada del resto del local. Grant señaló el cristal con la mano y dijo:

—Esto son dos láminas de cristal templado, en cuyo interior se halla una alarma sensible a las vibraciones, lo cual hace imposible cualquier intrusión. Tenemos lo mismo en las ventanas exteriores. Eso significa que la cámara está rodeada de dos capas de vidrio de casi dos centímetros de grueso cada una.

Continuando con su estilo de azafata de concurso, Grant indicó un aparato en forma de caja junto a la doble puerta. Era del tamaño de un surtidor de agua y tenía un círculo de plástico blanco en la parte superior, donde estaba dibujado el contorno negro de una mano con los dedos separados.

—Para entrar en la cámara, debemos tener su mano, bueno, la estructura de sus huesos, en nuestro archivo. Permítame.

Grant colocó la mano sobre el dibujo. Acto seguido, el aparato comenzó a zumbar y el plástico se iluminó. Una barra de luz, como la de una fotocopiadora, pasó por debajo del dispositivo y la mano de Grant.

—Rayos X —explicó Grant—. Son más precisos que las huellas dactilares y el ordenador es capaz de procesar el resultado en seis segundos.

Transcurridos los seis segundos la máquina emitió un breve pitido e inmediatamente se abrió el cerrojo electrónico de la primera puerta.

—Como puede ver, aquí su mano es su firma, señor Pounds. No hay necesidad de nombres. Le damos un código para su caja y tomamos una radiografía de su estructura ósea para nuestro archivo. Sólo necesitamos seis segundos de su tiempo.

Detrás de él, Bosch oyó una voz que reconoció como la del hombre del traje de banquero, al que Grant se había referido como Avery.

—Ah, señor Long, ¿ha terminado ya?

Bosch se volvió para ver a Tran emerger del pasillo. Ahora era él quien llevaba el maletín y uno de los guardaespaldas sostenía la caja de seguridad. El otro hombre miró a Bosch directamente, que se giró hacia Grant y le preguntó:

—¿Entramos?

Bosch siguió a Grant y la primera puerta se cerró tras ellos. Estaban en un sala de cristal y acero blanco aproximadamente dos veces mayor que una cabina telefónica. Al fondo había una segunda puerta, ante la cual hacía guardia un empleado de seguridad.

—Éste es sólo un detalle que tomamos de la cárcel del condado de Los Ángeles —dijo Grant—. La segunda puerta no se abre a no ser que la de detrás esté cerrada. Maury, nuestro guarda armado, siempre hace una última comprobación visual antes de abrir la última puerta. Ya ve que combinamos la tecnología con el toque humano, señor Pounds.

Grant le hizo una señal a Maury, quien abrió la última puerta y los dejó pasar a la sala donde se hallaba la cámara acorazada. Bosch no se molestó en mencionar que acababa de burlar aquel sofisticado sistema de seguridad aprovechándose de la codicia de Grant e inventándose una historia sobre Bel Air.

—Y ahora pasemos a la cámara —anunció Grant con la mano extendida como un anfitrión encantador.

La cámara era más grande de lo que Bosch se había imaginado. No era muy ancha, pero se extendía a lo largo de toda la profundidad del edificio J. C. Stock. Había tres filas de cajas de seguridad, una en cada lateral y la tercera en una estructura de acero entre ambas paredes.

Mientras caminaban por el pasillo de la izquierda, Grant explicaba que las cajas del centro eran para aquéllos que necesitaran más espacio. Bosch observó que las puertas de éstas eran mucho mayores. Algunas eran lo bastante grandes para que cupiera una persona de pie.

—Pieles —dijo Grant con una sonrisa, al ver que Bosch las miraba—. Visones. Tenemos muchas clientas que nos confían abrigos, vestidos y todo lo imaginable. Las señoras de Beverly Hills las guardan aquí fuera de temporada. Se ahorran una fortuna en pólizas de seguros y se quedan mucho más tranquilas.

Bosch desconectó del discurso publicitario cuando vio que Tran entraba en la cámara, seguido de Avery. Tran todavía llevaba el maletín y Bosch advirtió que llevaba una banda delgada de acero en la muñeca; se había esposado al maletín. La adrenalina de Bosch se disparó. Avery alargó el brazo hasta una puerta abierta, marcada con el número 237 y deslizó la caja de seguridad. A continuación cerró uno de los cerrojos de la puerta, y luego Tran cerró el otro con su propia llave. Cuando hubo acabado le hizo un gesto a Avery y los dos hombres se marcharon, sin que Tran ni siquiera posara la vista en Bosch.

En ese momento Bosch anunció que había visto suficiente y también se dispuso a irse. Mientras caminaba hacia la puerta doble, miró a la calle, donde Tran, flanqueado por sus dos enormes guardas, se abría paso hacia el aparcamiento en que habían dejado el Mercedes. Nadie los siguió. Bosch miró a su alrededor pero no vio a Eleanor.

—¿Pasa algo, señor Pounds? —preguntó Grant detrás de él.

—Sí —dijo Bosch. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó su placa, levantándola por encima del hombro para que Grant pudiera verla por detrás—. Más vale que avise al encargado. Y no vuelva a llamarme señor Pounds.

Lewis se hallaba en una cabina delante de una cafetería abierta las veinticuatro horas llamada Darling’s. Estaba a la vuelta de la esquina, a una manzana del Beverly Hills Safe & Lock. Llevaba ya más de un minuto esperando desde que la agente Mary Grosso había respondido a la llamada y le había dicho que iba a avisar al subdirector Irving. Lewis pensaba que si el tío quería informes cada hora —y por teléfono, no por radio— lo mínimo que podía hacer era ponerse rápido. Se cambió el auricular a la otra oreja y metió la mano en el bolsillo de su chaqueta para buscar algo con que limpiarse los dientes. Cuando su muñeca rozó el bolsillo notó que todavía le dolía. Sin embargo, recordar que había sido esposado por Bosch sólo le ponía más furioso, así que decidió concentrarse en la investigación. Aunque no tenía ni idea de qué estaba pasando, de qué tramaban Bosch y la mujer del FBI, estaba seguro de que se trataba de algo sucio. Y Clarke también. Si ése era el caso, Lewis se prometió en la cabina que él se encargaría personalmente de ponerle las esposas a Bosch.

Un viejo vagabundo con ojos asustados y pelo blanco arrastró los pies hasta la cabina contigua a la de Lewis y miró en el agujero de devolución de cambio. Estaba vacía. Iba a meter el dedo en el teléfono que estaba usando Lewis, pero el detective de Asuntos Internos lo ahuyentó con un aspaviento.

—Lo que hay aquí es mío, colega —le dijo Lewis.

Sin cortarse, el vagabundo replicó:

—¿Tiene veinticinco centavos para comprarme un bocadillo?

—Vete a la mierda —le contestó Lewis.

—¿Qué? —respondió una voz.

—¿Qué? —dijo Lewis y entonces cayó en que la voz provenía del teléfono. Era Irving—. No, usted no, señor. No me había dado cuenta de que usted estaba… se lo decía a… em… tengo un pequeño problema con alguien…

—¿Le habla usted así a un ciudadano?

Lewis se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un billete de un dólar. Se lo dio al hombre del pelo blanco y le hizo un gesto para que se fuera.

—Detective Lewis, ¿está usted ahí?

—Sí, jefe. Lo siento. Ya está resuelto. Quería informarle de que ha ocurrido algo importante.

Lewis esperaba que esto último le hiciera olvidar a Irving su anterior indiscreción.

—Dígame qué han encontrado. ¿Todavía tienen controlado a Bosch?

Lewis exhaló con fuerza, aliviado.

—Sí —contestó—. El detective Clarke sigue la vigilancia mientras yo le llamo.

—Muy bien, cuénteme. Es viernes por la tarde, detective. Me gustaría llegar a casa a una hora razonable.

Lewis pasó los siguientes quince minutos explicando que Bosch había seguido al Mercedes dorado desde el condado de Orange a Wilshire Boulevard.

Le contó a Irving que la persecución había terminado en el Beverly Hills Safe & Lock, que parecía ser el destino final.

—¿Qué hacen ahora, Bosch y la mujer del Buró?

—Siguen ahí dentro. Parece que están entrevistando al director. Algo está pasando. Es como si no hubieran sabido dónde iban pero cuando llegaron aquí, se dieron cuenta de que éste era el lugar.

—¿El lugar de qué?

—Ése es el problema. No lo sabemos. Sea lo que fuere, el tío que siguieron hizo un ingreso. Hay una cámara acorazada, enorme, en un escaparate de cristal.

—Sí, ya sé dónde es.

Irving no habló durante un buen rato y Lewis sabía que lo mejor era no interrumpir. Así que se puso a soñar despierto que esposaba a Bosch y lo escoltaba ante un corrillo de periodistas de televisión. Entonces oyó a Irving carraspear.

—No sé cuál es su plan —dijo el subdirector—, pero quiero que sigan con ellos. Si ellos no se acuestan esta noche, ustedes tampoco. ¿Está claro?

—Sí, señor.

—Si han dejado escapar al Mercedes Benz, es que lo que les interesaba es la cámara acorazada. Seguramente se quedarán a vigilarla. Y ustedes, a su vez, continuarán vigilándolos a ellos.

—Sí, jefe —respondió Lewis, aunque seguía perdido.

Irving se pasó los siguientes diez minutos dando instrucciones a su detective y exponiendo su teoría sobre lo que estaba ocurriendo en el Beverly Hills Safe & Lock. Lewis sacó un bloc y un bolígrafo y tomó unas cuantas notas. Al final del monólogo, Irving le dio a Lewis el número de su casa.

—No se muevan sin consultármelo antes —le ordenó—. Pueden llamarme a este número en cualquier momento, día o noche. ¿Entendido?

—Sí, señor —respondió Lewis rápidamente.

Sin decir una palabra más, Irving colgó el teléfono.

Bosch esperó a Wish en la recepción sin explicar a Grant o a los otros hombres lo que estaba ocurriendo. Los tres se quedaron boquiabiertos tras sus preciosas mesas de anticuario. Cuando Eleanor llegó a la puerta, ésta estaba cerrada. Llamó y mostró su placa. El guarda la dejó entrar y ella caminó hasta la recepción.

El vendedor llamado Avery estaba a punto de decir algo, cuando Bosch intervino:

—Ésta es la agente del FBI, Eleanor Wish, que está trabajando conmigo. Vamos a entrar en uno de los despachos para mantener una conversación en privado. Sólo será un minuto. Si hay un director, nos gustaría hablar con él en cuanto salgamos.

Grant, todavía confuso, señaló la segunda puerta del pasillo. Bosch entró en la tercera puerta y Wish lo siguió. Acto seguido cerró con llave ante los ojos atónitos de los tres vendedores.

—Entonces, ¿qué tenemos? No sé qué decirles —le susurró Bosch a Eleanor mientras buscaba en la mesa y las dos sillas de la habitación algún trozo de papel o cualquier cosa que Tran pudiera haberse olvidado. Nada. Bosch abrió los cajones de la mesa de caoba y halló bolígrafos, lápices, sobres y papel de carta de buena calidad. Nada más. Había un fax en una mesa contra la pared frente a la puerta, pero no estaba encendido.

—Tenemos que esperar y vigilar —dijo ella, hablando muy rápido—. Rourke está organizando un equipo para bajar al túnel. Entrarán y echarán un vistazo. Primero se reunirán con alguien del Departamento de Aguas y Electricidad para ver qué hay exactamente ahí abajo. Así podrán averiguar el mejor lugar para cavar un túnel y empezar desde allí. Harry, ¿crees que están aquí?

Bosch asintió. Quería sonreír, pero no lo hizo. La emoción de ella era contagiosa.

—¿Ha logrado Rourke que sigan a Tran? —preguntó—. Por cierto, aquí lo conocen como el señor Long.

Alguien llamó a la puerta.

—Por favor, abran —dijo una voz.

Bosch y Wish no le prestaron atención.

—Tran, Bok y ahora Long —repitió Wish—. No sé si han logrado seguirle. Rourke me dijo que lo intentaría. Le di la matrícula y le describí dónde estaba aparcado el Mercedes. Supongo que ya nos enteraremos más adelante. También me ha dicho que nos enviaría a un equipo para ayudarnos con la vigilancia. A las ocho tenemos una reunión en el aparcamiento del otro lado de la calle. ¿Qué te han dicho por aquí?

—Aún no les he contado nada.

Hubo otro golpe, esta vez más fuerte.

—Pues vamos a ver al director.

El propietario y director del Beverly Hills Safe & Lock resultó ser el padre de Avery, Martin B. Avery III, un hombre de la misma clase que muchos de sus clientes y que quería que éstos lo supieran. Tenía su despacho al fondo del pasillo. Detrás de su mesa había una colección de fotos enmarcadas que atestiguaban que no era una vulgar sanguijuela que se alimentaba de los ricos, sino uno de ellos. Ahí estaba Avery III con un par de presidentes, uno o dos magnates del mundo del cine y la familia real inglesa. Había una foto de Avery y el príncipe de Gales ataviados con toda la parafernalia necesaria para jugar al polo, aunque Avery parecía demasiado mofletudo y rechoncho para ser un gran jinete.

En cuanto Bosch y Wish le resumieron la situación, Avery III adoptó una actitud escéptica, ya que, según él, la cámara era inexpugnable. Ellos le rogaron que se guardara la publicidad y les permitiera ver los planos de diseño y de funcionamiento de la cámara. Avery III le dio la vuelta a su cartapacio de sesenta dólares donde, pegado al dorso, había un esquema de la cámara. Estaba claro que Avery III y sus vendedores exageraban con respecto a ella. De fuera a dentro, había una placa de acero de dos centímetros y medio, una capa de cemento armado, seguido de otra placa de dos centímetros y medio de acero. La cámara era más gruesa en el techo y en el fondo, donde había otra capa de sesenta centímetros de cemento. Como en todas las cámaras, lo más espectacular era la puerta de acero, aunque eso era para impresionar. Lo mismo que los rayos X y la puerta doble. Sólo servían para causar sensación. Bosch sabía que si los ladrones estaban realmente allá abajo, no les costaría mucho asomarse a tomar un poco el aire.

Avery III les dijo que la alarma había sonado en las últimas dos noches, el jueves dos veces. En las tres ocasiones la policía de Beverly Hills le había llamado a casa y él, a su vez, había avisado a su hijo, Avery IV, para que fuera con los agentes. Los agentes y el heredero habían entrado en el negocio y, al no encontrar nada extraño, habían vuelto a programar la alarma.

—No teníamos ni idea de que pudiera haber alguien en las cloacas debajo de nosotros —admitió Avery III. Lo dijo como si la palabra «cloacas» no formara parte de su vocabulario—. Es increíble, es increíble.

Bosch hizo más preguntas detalladas sobre el funcionamiento y seguridad de la cámara. Sin darse cuenta de su importancia, Avery III mencionó que, a diferencia de otras cámaras acorazadas convencionales, en ésta cabía la posibilidad de anular el sistema de apertura retardada. Avery poseía un código informático que le permitía abrir la puerta en cualquier momento.

—Tenemos que ceder ante las necesidades de nuestros clientes —le explicó—. Si una señora de Beverly Hills nos llama un domingo porque necesita su corona de diamantes para un baile de beneficencia, tenemos que poder sacarla. Como sabe, vendemos un servicio personalizado.

—¿Saben todos sus clientes lo de este servicio de fin de semana? —inquirió Wish.

—Desde luego que no —dijo Avery III—. Sólo unos pocos escogidos. Verá, señorita, es un servicio caro. Tenemos que traer a un guarda de seguridad.

—¿Cuánto se tarda en desactivar el sistema y abrir la puerta? —preguntó Bosch.

—No mucho. Una vez entras el código en el teclado que hay junto a la puerta de la cámara, el ordenador lo procesa en cuestión de segundos. Después tecleas el código normal, giras la rueda y la puerta se abre por su propio peso. Treinta segundos, un minuto; quizá menos.

Era demasiado lento, pensó Bosch. La caja de Tran estaba situada en la parte delantera de la cámara, es decir, que ahí es donde estarían trabajando. Los ladrones podrían ver y seguramente oír cómo se abría la puerta de la caja. No habría factor sorpresa.

Al cabo de una hora, Bosch y Wish estaban de vuelta en el coche. Se habían trasladado al segundo piso del aparcamiento al otro lado de Wilshire, y a media manzana del Beverly Hills Safe & Lock. Después de dejar a Avery III y haber retomado sus puestos de vigilancia, habían observado a Avery IV y Grant cerrar la enorme puerta de acero de la cámara acorazada. Giraron la rueda, teclearon el código y por último apagaron todas las luces del negocio, excepto las de la sala acristalada donde se hallaba la cámara. Esas siempre permanecían encendidas para mostrar al mundo la seguridad que ofrecían.

—¿Crees que lo harán esta noche? —le preguntó Wish.

—No sé. Sin Meadows tienen un hombre menos. Es posible que vayan atrasados.

Le habían dicho a Avery III que se fuera a casa, pero que estuviera preparado por si recibía una llamada. El propietario había aceptado, a pesar de que seguía sin creer el panorama que Bosch y Wish le habían pintado.

—Vamos a tener que cogerlos desde abajo —dijo Bosch, con las manos agarradas al volante como si estuviera conduciendo—. Es imposible abrir esa puerta con suficiente rapidez.

Bosch miró hacia Wilshire distraídamente y vio un Ford blanco junto a la acera, a una manzana de distancia. Estaba aparcado delante de una boca de incendios y dentro había dos figuras. Bosch dedujo que todavía tenía compañía.

Bosch y Wish estaban junto a su coche, que habían dejado en el segundo piso del aparcamiento, de cara al muro de contención de la fachada sur. Hacía más de una hora que aquella fea estructura de hormigón estaba prácticamente vacía, pero el aire seguía oliendo a humo de coche y a frenos quemados. Bosch estaba seguro de que el olor a quemado provenía de su vehículo. La persecución desde Little Saigon, con sus constantes paradas y arrancadas, había hecho mella en el coche de repuesto.

Desde su posición, Bosch y Wish controlaban Wilshire y, media manzana al oeste, la sala de la cámara acorazada del Beverly Hills Safe & Lock. En la distancia, el cielo estaba rosado y el sol de un naranja intenso. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse y el tráfico empezaba a disminuir. Bosch miró hacia el este y vio el Ford blanco aparcado en la acera de Wilshire, pero los cristales ahumados le impedían distinguir a sus ocupantes.

A las ocho, una procesión de tres coches —el último un coche patrulla de la policía de Beverly Hills—, subió por la rampa y se detuvo junto a Bosch y Wish.

—Como los ladrones tengan a su vigilante en uno de los rascacielos y haya visto este pequeño desfile, seguro que les dice que se retiren ahora mismo —comentó Bosch.

Rourke y otros cuatro hombres salieron de dos coches sin identificativos y Bosch supo por sus trajes que tres de ellos eran agentes federales. El traje del cuarto hombre estaba demasiado gastado y tenía los bolsillos un poco dados de sí, como los de Bosch. Llevaba un tubo de cartón por lo que Harry dedujo que se trataba del experto del Departamento de Aguas y Electricidad al que se había referido Wish. Del coche patrulla de la policía de Beverly Hills salieron tres agentes de uniforme. Uno de ellos, con galones de capitán en el cuello de la camisa, también portaba un papel enrollado.

Todos se reunieron alrededor del coche de Bosch y usaron su capó como mesa. Rourke presentó a todo el mundo rápidamente. Los tres del departamento de Beverly Hills estaban allí porque la operación entraba en su jurisdicción. «Cortesía interdepartamental», comentó Rourke. También habían venido porque en su archivo de seguridad comercial guardaban un plano del Beverly Hills Safe & Lock. Rourke explicó que solamente participarían en la reunión en calidad de observadores y se les llamaría más tarde si necesitaban refuerzos. Dos de los agentes del FBI, Hanlon y Houck, se repartirían la vigilancia nocturna con Bosch y Wish. Rourke quería controlar el negocio desde al menos dos ángulos. El tercer agente era el coordinador del Equipo de Operaciones Especiales del FBI. Y el último hombre era Ed Gearson, supervisor de las instalaciones subterráneas del Departamento de Aguas y Electricidad.

—Vale, preparemos la batalla —anunció Rourke tras las presentaciones. Sin pedir permiso, le cogió el tubo a Gearson y sacó un plano enrollado—. Éste es un esquema de la zona realizado por el Departamento de Aguas. En él figuran todas las alcantarillas, túneles y galerías. Nos dice exactamente lo que hay ahí abajo.

Rourke desenrolló sobre el capó el mapa gris con rayas borrosas de color azul. Los tres policías de Beverly Hills aguantaron las otras esquinas con las manos. En el aparcamiento estaba oscureciendo y el hombre del Equipo de Operaciones Especiales, un agente llamado Heller, encendió una linterna de bolsillo que proyectó un haz de luz sorprendentemente amplio y brillante sobre el dibujo. Rourke se sacó un bolígrafo del bolsillo de la camisa y tiró de él hasta que se convirtió en un puntero.

—Vale, estamos… a ver… —Antes de que pudiera encontrar el lugar, el brazo de Gearson bloqueó la luz para señalar el mapa con el dedo. Rourke llevó su puntero al sitio indicado por Gearson—. Sí, aquí. —Rourke le lanzó a Gearson una mirada de «no me interrumpas nunca más». El técnico pareció encogerse un poco más bajo aquella chaqueta gastada.

Todo el mundo se inclinó para ver el sitio en el plano.

—El Beverly Hills Safe & Lock está aquí —dijo Rourke—. La cámara acorazada está aquí. ¿Podemos ver su plano, capitán Orozco?

Orozco era como una pirámide invertida, con las espaldas anchas sobre una cintura delgada. Al desenrollar su plano encima del de Gearson, Bosch y Wish descubrieron que era una copia del dibujo que Avery III les había mostrado antes.

—La superficie de la cámara tiene doscientos setenta y ocho metros cuadrados —les informó Orozco, señalando la zona de la cámara con la mano—. Hay cajas de seguridad en los lados y armarios en el centro. Si estuvieran ahí debajo podrían entrar a través del suelo de estos dos pasillos, así que el radio de entrada sería de unos dieciocho metros.

—Capitán, si levanta el plano y volvemos a mirar el esquema del Departamento de Aguas veremos que la zona de entrada está aquí —dijo Rourke mientras delineaba el contorno de la cámara con un rotulador fluorescente amarillo—. Si usamos eso como guía podremos averiguar qué estructuras subterráneas permiten un mejor acceso. ¿Qué opina usted, señor Gearson?

Gearson se acercó al capó unos cuantos centímetros más para estudiar el mapa detenidamente. Bosch también se acercó y lo primero que vio fueron unas líneas gruesas que debían de representar las alcantarillas principales de este a oeste: el tipo de conducto que buscarían los ladrones. Bosch se fijó en que correspondían a las calles principales de la superficie: Wilshire, Olympic, Pico… Gearson señaló la línea de Wilshire y les contó que la alcantarilla discurría a nueve metros de profundidad y era lo suficientemente amplia para que transitara un camión. Con el dedo, el hombre del Departamento de Aguas siguió el recorrido de la línea de Wilshire diez manzanas hacia el este hasta llegar a Robertson, una de las alcantarillas principales norte-sur. Desde aquella intersección, explicó, sólo había un kilómetro y medio hasta una cloaca que discurría paralela a la autopista de Santa Mónica. La entrada a la cloaca era tan amplia como la puerta de un garaje y sólo estaba protegida por una verja y un candado.

—Ahí es por donde podrían haber entrado —opinó Gearson—. Es como seguir las calles de la superficie. Coges la línea de Robertson hasta Wilshire, giras a la izquierda y prácticamente estás al lado de la línea amarilla, es decir, de la cámara acorazada. Pero no creo que excavaran un túnel en la línea de Wilshire.

—¿No? —preguntó Rourke—. ¿Por qué?

—Porque hay demasiada gente —contestó Gearson y, al ver a nueve caras pendientes de él, sintió que era el hombre con las respuestas—. En las alcantarillas principales tenemos a gente del departamento todo el día controlando grietas, embozos o problemas de todo tipo. Y Wilshire es uno de los ejes de este a oeste. Es como arriba. Si alguien hiciera un agujero en la pared del edificio se notaría, ¿no?

—¿Y si pudieran ocultar el agujero?

—Supongo que se refiere a ese robo del año pasado. Sí, podría volver a funcionar, pero en otro sitio; en la línea de Wilshire hay demasiadas posibilidades de que lo descubramos. Ahora buscamos ese tipo de cosas y, como ya he dicho, hay mucho tráfico en esa alcantarilla.

Hubo un silencio mientras consideraban esta información. Los motores de los coches seguían desprendiendo calor, aumentando la temperatura del ambiente.

—¿Entonces, según usted, dónde cavarían para entrar en la cámara? —preguntó Rourke finalmente.

—Hay todo tipo de posibilidades allá abajo. No crea que a nosotros no se nos ocurre de vez en cuando mientras trabajamos; lo del golpe perfecto y todo eso… Incluso yo le he dado vueltas, especialmente cuando leí lo del primer robo en los periódicos. Yo creo que si el objetivo fuera esa cámara que usted dice, los ladrones harían lo que he explicado: subir por Robertson y luego pasar a la línea de Wilshire. Pero entonces creo que se meterían en uno de los túneles de servicio para no ser descubiertos. Estos túneles son unos pasadizos redondos de un metro a un metro y medio de diámetro (espacio de sobra para trabajar y mover maquinaria), y unen los sumideros de la calle y los desagües de los edificios con las alcantarillas principales.

Gearson volvió a colocar la mano en el haz de luz para indicar en el mapa del Departamento de Aguas las pequeñas líneas de las que hablaba.

—Si hicieron esto bien —concluyó—, los ladrones entraron en coche por la entrada situada junto a la autopista y llevaron la maquinaria hasta Wilshire, a la zona debajo de la cámara. Descargaron sus cosas, las escondieron en uno de los túneles de servicio y se llevaron el vehículo. Luego volvieron andando y se pusieron manos a la obra. Les aseguro que podrían haber trabajado ahí cinco o seis semanas sin que nosotros pasáramos por ese túnel de servicio.

A Bosch le seguía pareciendo demasiado fácil.

—¿Y estas otras alcantarillas? —preguntó, indicando Olympic y Pico en el mapa. Una red de túneles de servicio salía de esas líneas y subía hasta la cámara acorazada—. ¿Y si usaron una de éstas y entraron por este lado?

Gearson se rascó el labio inferior con un dedo y dijo:

—Eso también es posible, pero la cuestión es que esas líneas no le conducen tan cerca de la cámara como las de Wilshire. ¿Lo ve? ¿Por qué iban a cavar un túnel de cien metros cuando podían cavar uno de treinta?

A Gearson le gustaba dominar la situación, la idea de saber más que aquellos hombres que lo rodeaban, con sus trajes de seda y uniformes. Al acabar su discurso, se balanceó sobre los talones con cara de satisfacción. Bosch sabía que el hombre probablemente tenía razón en cada detalle.

—¿Y qué me dice de la tierra sobrante? —le preguntó Bosch—. Estos tíos están cavando un túnel a través de barro, roca y cemento. ¿Dónde se deshacen de todo eso? ¿Y cómo?

—Bosch, el señor Gearson no es un detective —le recordó Rourke—. Dudo que conozca todos los detalles de…

—Muy fácil —contestó Gearson—. En las alcantarillas principales como Wilshire y Robertson, el suelo tiene tres niveles y en el centro siempre hay agua, incluso durante una sequía. Aunque no llueva mucho en la superficie, le sorprendería la cantidad de agua que corre por ahí debajo, sean aguas de escorrentía de los embalses, de consumo comercial o ambas. Si los bomberos reciben una llamada, ¿dónde cree que va a parar el agua cuando han apagado el incendio? Bueno, lo que quiero decir es que, si tienen suficiente agua, pueden usarla para deshacerse de la tierra sobrante o como quiera usted llamarla.

—Hablamos de toneladas —intervino Hanlon por primera vez.

—Sí, pero no son varias toneladas a la vez. Usted ha dicho que tardaron varios días en cavarlo. Si reparte la tierra entre varios días, las aguas residuales podrían arrastrarla. De todos modos, si los ladrones están en uno de los túneles de servicio tendrán que haber pensado en una forma de hacer que el agua pase por allí y vaya a parar a la alcantarilla principal. Yo miraría las bocas de incendio de la zona. Si alguna ha tenido un escape o la han abierto, seguro que es obra de nuestros hombres.

Uno de los policías de uniforme se acercó a Orozco y le susurró algo al oído. Orozco se apoyó en el capó, alzó un dedo sobre el mapa y apuntó a una línea azul.

—Tuvimos un incidente con una boca de incendios hace dos noches.

—Alguien la abrió —aclaró el policía de uniforme que había informado al capitán—. Usaron unas tenazas para cortar la cadena que sujeta la tapa y se la llevaron. Los bomberos tardaron una hora en conseguir una de repuesto.

—Eso es mucha agua —observó Gearson—. Suficiente para deshacerse de parte de su «tierra sobrante».

Gearson miró a Bosch y sonrió. Bosch también sonrió; le encantaba que las piezas del rompecabezas comenzaran a encajar.

—Antes de eso, el sábado por la noche, hubo un incendio provocado —les informó Orozco—. Fue en una pequeña tienda de ropa detrás del edificio Stock, en una calle perpendicular a Rincon Street.

Gearson se fijó en la situación de la tienda de ropa, que Orozco estaba señalando en el plano, y a continuación puso su dedo en la boca de incendios.

—El agua de estas dos bocas habría ido a parar a estos tres sumideros, aquí, aquí y aquí —explicó, moviendo expertamente la mano por la hoja de papel gris—. Estos dos desagües van a parar a esta línea y el otro a ésta.

Los investigadores fijaron la vista en las dos líneas de alcantarillado. Una discurría paralela a Wilshire, detrás del edificio J. C. Stock, y la otra perpendicular a Wilshire, justo al lado del Beverly Hills Safe & Lock.

—Desde cualquiera de ellas el túnel sería de unos… ¿treinta metros? —aventuró Wish.

—Como mínimo, si es que han podido cavar en línea recta —dijo Gearson—. Podrían haberse topado con instalaciones subterráneas o roca dura y tener que desviarse un poco. Dudo mucho que un túnel en esta zona pueda ser recto.

El experto del Equipo de Operaciones Especiales tiró a Rourke del puño de la camisa y los dos se alejaron del grupo para conversar en voz baja. Bosch miró a Wish y le susurró:

—No van a entrar.

—¿Qué quieres decir?

—Esto no es Vietnam. No pueden obligar a nadie a bajar. Si Franklin, Delgado y alguien más están ahí abajo, es imposible entrar por sorpresa. Ellos tienen todas las ventajas; nos verían venir.

Ella lo miró, pero no dijo nada.

—Sería una equivocación —dijo Bosch—. Sabemos que van armados y seguramente han instalado bombas trampa. Y sabemos que son unos asesinos.

Rourke se reunió de nuevo con la gente alrededor del capó y pidió a Gearson que le esperara en uno de aquellos vehículos federales mientras acababa de hablar con los investigadores. El hombre del Departamento de Aguas volvió al coche cabizbajo, decepcionado por dejar de formar parte del plan.

—No vamos a bajar a buscarlos —anunció Rourke después de que Gearson cerrara la puerta del automóvil—. Es demasiado peligroso. Ellos tienen armas, explosivos… Y nosotros carecemos de elemento sorpresa, por lo que nos arriesgamos a sufrir bajas. Así que vamos a tenderles una trampa. Vamos a dejar que todo siga su curso y cuando salgan nosotros los estaremos esperando, a salvo. De ese modo tendremos el factor sorpresa a nuestro favor. Esta noche el Equipo de Operaciones Especiales hará un reconocimiento de la línea Wilshire (le pediremos a Gearson uniformes del Departamento de Aguas) y buscaremos el punto de entrada. Después nos instalaremos en la mejor situación, la más segura desde nuestro punto de vista.

Hubo un momento de silencio puntuado por una bocina de la calle antes de que Orozco protestara.

—Un momento, un momento. —El capitán de policía esperó a que todos le prestaran atención. Todos excepto Rourke, que ni le miró.

»No podemos quedarnos con los brazos cruzados y dejar que esa gentuza haga un agujero en la cámara acorazada; que entren, fuercen docenas de cajas y luego se vayan tan panchos —dijo Orozco—. Mi obligación es proteger los bienes de los ciudadanos de Beverly Hills, quienes probablemente constituyen un noventa por ciento de los clientes de esa empresa. Me niego a participar en este plan.

Rourke cerró su puntero, se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta y comenzó a hablar, todo ello sin mirar a Orozco.

—Orozco, queda constancia de su objeción, pero le recuerdo que no le estamos pidiendo que participe en el plan —dijo Rourke. Bosch se fijó en que, además de no tratar a Orozco según su rango, Rourke había abandonado toda pretensión de amabilidad.

»Esto es una operación federal —prosiguió Rourke—. Ustedes están aquí por cortesía profesional. Además, si estoy en lo cierto, los ladrones sólo abrirán una caja esta noche. Cuando la encuentren vacía, cancelarán la operación y se irán.

Por la cara que ponía, era evidente que Orozco estaba perdido. Bosch dedujo que no le habrían dado muchos detalles sobre la investigación y sintió lástima por él. Rourke lo había puesto en ridículo.

—No tenemos tiempo de explicarlo —dijo Rourke—. La cuestión es que creemos que el objetivo es sólo una caja, la cual, según nuestras investigaciones, está vacía. Cuando los ladrones entren en la cámara y lo descubran, pensamos que se marcharán precipitadamente. Nuestro trabajo es estar preparados para ello.

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