El eco negro

El eco negro


Sexta parte. Viernes, 25 de mayo

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Bosch reflexionó sobre la teoría de Rourke. ¿Se irían los ladrones tan rápidamente? ¿O pensarían que se habían equivocado de caja y abrirían otras en busca de los diamantes de Tran? ¿Se quedarían a desvalijar la cámara para amortizar el golpe? Bosch no lo sabía. Desde luego no estaba tan seguro como Rourke, pero quizás el agente del FBI estaba exagerando para sacarse a Orozco de encima.

—¿Y si no se marchan? —preguntó Bosch—. ¿Y si siguen abriendo cajas?

—Entonces tenemos un largo fin de semana a la vista —contestó Rourke—, porque vamos a esperarlos.

—Sea como fuere, va usted a hundir ese negocio —dijo Orozco, señalando al edificio Stock—. En cuanto se sepa que alguien hizo un agujero en esa cámara, el público perderá la confianza. Nadie dejará sus objetos de valor ahí dentro.

Rourke miró fijamente al capitán. Obviamente no pensaba hacerle caso.

—Si pueden capturarlos después del golpe, ¿por qué no antes? —insistió Orozco—. ¿Por qué no abrimos el sitio, hacemos sonar una sirena o cualquier ruido y metemos un coche patrulla delante? Cualquier cosa con tal de que sepan que los hemos descubierto.

Eso los asustará antes de entrar. Así los cogemos y salvamos el negocio. Y si sale mal, ya los cogeremos otro día.

—Capitán —dijo Rourke, retomando su aire de falsa urbanidad—, si les dejamos saber que estamos aquí, perdemos nuestra única ventaja: el factor sorpresa. Además, los incitamos a comenzar un tiroteo en los túneles y quizás en la calle, en el que a ellos no les importará quién caiga, incluidos ellos mismos o vidas inocentes. ¿Cómo nos justificamos a nosotros o al público que lo hicimos porque queríamos salvar un negocio?

Rourke esperó a que Orozco asimilara sus palabras y añadió:

—Capitán, no voy a escatimar seguridad en esta operación porque no puedo permitírmelo. Esos hombres de ahí abajo, no amenazan: matan. De momento, que sepamos, ya llevan dos personas, incluido un testigo. Y eso sólo esta semana. Le juro que no vamos a dejarlos escapar.

Orozco se inclinó sobre el capó, enrolló su plano y lo ató con una goma elástica.

—Sólo les digo una cosa: no la caguen. Si lo hacen, mi departamento y yo divulgaremos todos los detalles de lo que se ha discutido en esta reunión. Buenas noches.

Orozco se dio la vuelta y caminó hacia el coche patrulla. Los dos policías de uniforme lo siguieron sin que nadie tuviera que ordenárselo. Todos los demás se quedaron mirando. Cuando el coche patrulla se alejó rampa abajo, Rourke comentó:

—Bueno, ya lo habéis oído. No podemos cagarla. ¿Alguien más quiere sugerir algo?

—¿Y si ponemos a gente en la cámara acorazada ahora y esperamos a que suban? —le preguntó Bosch. No lo había considerado antes, pero lo soltó de todos modos.

—No —dijo el hombre del Equipo de Operaciones Especiales—. Si mete a gente en esa cámara están acorralados. No hay opciones, ni manera de salir. No podría encontrar voluntarios ni entre mis hombres.

—También podrían resultar heridos por la explosión —añadió Rourke—. No hay forma de saber por dónde entrarán los ladrones.

Bosch asintió. Tenían razón.

—¿Podemos abrir la cámara y entrar, una vez que sepamos que están dentro? —preguntó uno de los agentes federales. Bosch no recordaba si se trataba de Hanlon o de Houck.

—Sí, hay una forma de anular el sistema de apertura retardada —dijo Wish—. Necesitamos traer a Avery, el propietario.

—Pero por lo que dijo Avery, parece demasiado lento —afirmó Bosch—. Avery puede anular la apertura retardada, pero es una puerta de dos toneladas que se abre por su propio peso. Como mínimo, tardará medio minuto en abrirse. Quizá menos, pero ellos seguirían teniendo ventaja. Es el mismo riesgo que venir por detrás desde el túnel.

—¿Y una bomba de humo? —sugirió uno de los agentes—. Podemos abrir la puerta unos centímetros y lanzar una. Luego entramos y los cogemos.

Rourke y el hombre del Equipo de Operaciones Especiales negaron con la cabeza.

—Por dos razones —explicó el hombre del Equipo de Operaciones Especiales—. Si han puesto bombas trampa en el túnel, tal como imaginamos, la bomba de humo podría detonar las cargas. Wilshire Boulevard se hundiría completamente y no queremos que eso ocurra. Imagínense el papeleo.

Al ver que nadie sonreía, el hombre continuó:

—En segundo lugar, estamos hablando de una sala de cristal, por lo que nuestra posición es muy vulnerable. Si tienen a alguien vigilando, somos hombres muertos. Pensamos que ellos no usarán la radio cuando pongan los explosivos, pero ¿qué pasa si no es así y su vigilante les avisa de que estamos allí? ¡Puede que ellos acaben lanzándonos algo a nosotros!

Rourke añadió sus propias ideas al respecto.

—Y aunque no hubiera un vigilante, si metemos un Equipo de Operaciones Especiales en esa sala de cristal, los ladrones podrían verlo por televisión. Tendríamos cámaras de todas las cadenas de Los Ángeles en la acera y una cola de coches hasta Santa Mónica. Sería un circo, así que olvidadlo. El Equipo de Operaciones Especiales hablará con Gearson, harán el reconocimiento y cubriremos las salidas junto a la autopista. Los esperaremos debajo y los cogeremos en nuestro territorio.

El hombre del Equipo de Operaciones Especiales asintió y Rourke continuó:

—A partir de esta noche, habrá vigilancia las veinticuatro horas. Quiero a Wish y Bosch en el lado de la cámara y a Houck y Hanlon en Rincon Street, delante de la entrada. Si veis u oís algo raro, quiero que me aviséis a mí y yo avisaré al Equipo de Operaciones Especiales para que se prepare. Si es posible, usad el teléfono, porque no sabemos si están captando nuestra frecuencia. Los que vigiláis tendréis que pensar un código para comunicaros por radio. ¿Está claro?

—¿Y si suena la alarma? —preguntó Bosch—. Ya ha saltado tres veces esta semana.

Rourke pensó un momento y dijo:

—Haced lo que haríais normalmente. Quedad en la puerta con el director que se suele encargar, Avery, o quién sea, volved a programar la alarma y mandadlo a casa. Yo hablaré con Orozco y le pediré que envíe a sus patrullas cuando suenen las alarmas, pero nosotros nos encargaremos de todo.

—Avery es el que se encarga de las llamadas —dijo Wish—. Ya sabe lo que creemos que va a pasar. ¿Y si quiere abrir la cámara y echar un vistazo?

—Pues no le dejéis. Así de fácil. Es su cámara, pero su vida correría peligro.

Rourke miró las caras que lo rodeaban. No había más preguntas.

—Pues ya está. Quiero a todo el mundo en sus puestos dentro de noventa minutos. Eso os da a los noctámbulos tiempo de comer, mear y comprar café. Wish, dame el parte, por teléfono, a medianoche y a las seis. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Rourke y el hombre del Equipo de Operaciones Especiales entraron en el coche donde Gearson les estaba esperando y bajaron por la rampa. Bosch, Wish, Hanlon y Houck elaboraron un código para usar por la radio. Decidieron cambiar el nombre de las calles de la zona vigilada por nombres de calles del centro. Si había alguien escuchando la frecuencia de seguridad pública Simplex 5, pensarían que se trataba de informes sobre una vigilancia en Broadway y First Street en el centro, en lugar de Wilshire y Rincon en Beverly Hills. También decidieron referirse a la cámara acorazada como una tienda de empeños. Una vez convenido esto, las dos parejas de investigadores acordaron llamarse al principio de la vigilancia y se separaron.

Cuando el coche de Hanlon y Houck desapareció por la rampa, Bosch, a solas con Wish por primera vez desde que se habían hecho los planes, le preguntó qué opinaba.

—No lo sé. No me gusta la idea de dejarlos entrar en la cámara y que luego anden sueltos por ahí. Me pregunto si el Equipo de Operaciones Especiales lo puede cubrir todo.

—Pronto lo sabremos.

De repente un coche subió por la rampa y se dirigió hacia ellos. Las luces deslumbraron a Bosch, quien por un momento pensó que se trataba de sus atacantes de la noche anterior. Pero entonces el vehículo se desvió y se detuvo. Eran Hanlon y Houck. Por la ventanilla del pasajero Houck le tendió un grueso sobre de color marrón.

—Entrega en mano, Harry —anunció el agente—. Me había olvidado de que teníamos que darte esto. Alguien de tu oficina lo dejó en el Buró hoy. Me dijo que lo estabas esperando pero, como no habías pasado por Wilcox, no te lo había podido dar.

Bosch cogió el sobre sin acercárselo al cuerpo.

Houck notó su desconfianza.

—El tío se llamaba Edgar, era negro, y me dijo que antes erais compañeros —aclaró Houck—. Al parecer el paquete llevaba dos días en tu casilla y Edgar pensó que podría ser importante. Como iba a enseñar una casa en Westwood, decidió traértelo al pasar por allí. ¿Puede ser?

Bosch asintió y los dos agentes se marcharon. El pesado sobre estaba cerrado, pero llevaba remite del archivo de las Fuerzas Armadas en San Luis. Bosch lo abrió por un extremo y echó un vistazo. Dentro había un montón de papeles.

—¿Qué es? —preguntó Wish.

—Es el expediente de Meadows; me había olvidado. Lo pedí el lunes, antes de que supiera que vosotros llevabais el caso. Bueno, ahora ya lo he leído.

Bosch arrojó el sobre por la ventanilla del coche y éste aterrizó en el asiento de atrás.

—¿Tienes hambre?

—No, pero me tomaría un café.

—Conozco un buen sitio.

Bosch sorbía un café humeante en un vaso de plástico del restaurante, un sitio italiano en Pico Boulevard, detrás de Century City. Estaba dentro del coche, de vuelta en el segundo piso del aparcamiento frente a la cámara acorazada, cuando Wish abrió la puerta. Venía de dar el parte de medianoche a Rourke.

—Han encontrado el jeep.

—¿Dónde?

—Rourke dice que los del Equipo de Operaciones Especiales hicieron un reconocimiento de la alcantarilla de Wilshire, pero no encontraron rastro de los intrusos o la boca del túnel.

»Parece que Gearson tenía razón; están metidos en una de las líneas secundarias. Total, que los chicos del Equipo de Operaciones Especiales se dirigieron a la salida de las alcantarillas junto a la autopista para preparar la emboscada. Estaban desplegándose para cubrir tres posibles salidas cuando toparon con el jeep. Rourke dice que, aparcado en un parque de automóviles al lado de la autopista, hay un todoterreno beige con un remolque cubierto con una lona. Es el de ellos. Las tres motos azules están en el remolque.

—¿Ha pedido una orden de registro?

—Sí, tiene a alguien buscando a un juez ahora mismo, así que la conseguirán. Pero no van a intentar acercarse hasta que termine la operación, por si forma parte del plan que alguien salga a buscar las motos. O que alguien de fuera se las lleve a los de dentro.

Bosch asintió y se tomó su café. Era lo mejor que podían hacer. Entonces recordó que tenía un cigarrillo encendido en el cenicero y lo tiró por la ventanilla.

Como si hubiera adivinado lo que Bosch estaba pensando, Wish agregó:

—Rourke dice que no han visto ninguna manta en la parte de atrás, pero que si ése es el jeep en que llevaron a Meadows a la presa, todavía debería haber fibras que podrían analizarse en el laboratorio.

—¿Y el escudo que vio Tiburón?

—Rourke dice que no había ningún escudo, pero es posible que lo hubiera habido y que lo sacaran al dejar el jeep allí aparcado.

—Sí —dijo Bosch, pero tras unos segundos de reflexión, añadió—. ¿No te preocupa que todo se esté solucionando tan fácilmente?

—¿Por qué?

Bosch se encogió de hombros y miró hacia Wilshire. La acera delante de la boca de incendios estaba desierta. Desde que habían vuelto de cenar, Bosch no había visto el Ford blanco, que estaba convencido de que pertenecía a Asuntos Internos. No sabía si Lewis y Clarke estaban por allí o si habían decidido dejarlo por aquel día.

—Harry, el premio de una buena investigación es que los casos se solucionan —le dijo Eleanor—. Quiero decir, que todavía no lo tenemos claro ni mucho menos, pero creo que por fin empezamos a controlar la situación. Estamos muchísimo mejor que hace tres días. ¿Por qué preocuparse cuando al final empiezan a encajar algunas cosas?

—Hace tres días Tiburón estaba vivo.

—Si sigues culpándote de eso, ¿por qué no te culpas por todo el mundo que ha elegido morir? Tú no puedes hacer nada, Harry; no te martirices.

—¿Qué quieres decir con «elegir»? Tiburón no eligió nada.

—Sí que eligió. Cuando escogió vivir en la calle sabía que podría morir en la calle.

—No estoy de acuerdo. Sólo era un niño.

—La vida es así de mierda, Harry. Yo creo que lo mejor que puedes hacer en este trabajo es quedar empatado. A veces ganan unos y a veces otros. Con un poco de suerte, la mitad de veces ganan los buenos. Y esos somos nosotros.

Bosch se terminó el café y permanecieron un rato en silencio. Desde su puesto tenían una perspectiva clara de la cámara, aposentada en la sala de cristal como un trono. Ahí fuera, a la vista de todos, pulida y brillante bajo los focos que la iluminaban, parecía decir: «Tómame». «Alguien va a hacerlo —pensó Bosch—. Y nosotros vamos a permitirlo».

Wish cogió la radio, pulsó dos veces el botón de transmisión y dijo:

—Broadway llamando a First, ¿me recibís?

—Sí, aquí First. ¿Hay novedades? —Era la voz de Houck. La recepción no era muy buena, ya que las ondas rebotaban contra los rascacielos de la zona.

—No, sólo estábamos probando. ¿Cuál es vuestra posición?

—Estamos al sur, delante de la entrada de la tienda de empeños, con una vista perfecta de… nada.

—Nosotros estamos al este. Desde aquí divisamos… —Wish apagó el micrófono y miró a Bosch—. Nos hemos olvidado de una palabra en clave para la cámara acorazada. ¿Se te ocurre algo?

Bosch negó con la cabeza, pero en seguida añadió:

—Saxofón. Siempre hay saxofones colgados del techo en las tiendas de empeños. Montones de instrumentos musicales.

Ella encendió el micrófono de nuevo.

—Perdón, First Street, teníamos un problema técnico. Estamos al este de la tienda de empeños, con el piano delante. Sin novedad en el interior.

—No os durmáis.

—Igualmente. Corto y cierro.

Bosch sonrió y sacudió la cabeza.

—¿Qué? —preguntó ella—. ¿Qué pasa?

—He visto muchos instrumentos musicales en tiendas de empeño, pero un piano… no sé. ¿Quién va a empeñar un piano? Necesitarías un camión para llevarlo hasta la tienda. Hemos pifiado nuestra tapadera.

Bosch cogió el micrófono, pero sin apretar el botón de transmisión.

—Eh, First Street —dijo—. Rectificamos. No hay un piano en el escaparate, sino un acordeón. Nos hemos equivocado.

Ella le pegó en el hombro y le pidió que se olvidara del piano. A continuación, los dos se quedaron tranquilamente en silencio. Los trabajos de vigilancia eran la pesadilla de la mayoría de detectives. En cambio Bosch, en sus quince años de profesión, nunca había odiado una sola operación de vigilancia; incluso las había disfrutado, si tenía buena compañía. Bosch definía la buena compañía no por la conversación, sino por la ausencia de ella. Cuando no había necesidad de hablar para sentirse cómodo; aquello era buena compañía. Bosch pensó en el caso y contempló el tráfico que pasaba por delante de la cámara. Recordó los acontecimientos tal como habían ocurrido, por orden, del principio al final. Revivió las escenas y volvió a escuchar las conversaciones. Este repaso mental solía ayudarle a decidir cuál sería el siguiente movimiento. El tema al que estuvo dando más vueltas —tocándolo con la lengua como un diente a punto de caer— fue el ataque del coche la noche antes. ¿Por qué? ¿Qué sabían entonces para que fueran tan peligrosos? Matar a un policía y a una agente federal parecía estúpido. ¿Por qué lo habrían hecho? Su mente divagó hasta la noche que pasaron juntos después de que les interrogaran.

Eleanor estaba muy asustada, más que él. Esa noche, mientras Bosch la acogía en sus brazos, sintió que estaba calmando a un animal aterrorizado. La abrazó y acarició mientras ella respiraba sobre su cuello. No habían hecho el amor, sólo habían dormido cogidos, algo casi más íntimo.

—¿Estás pensando en ayer por la noche? —le preguntó ella en ese momento.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo imaginaba. ¿Y qué pensabas?

—Bueno, creo que fue muy bonito, que…

—Hablo de la gente que intentó matarnos.

—Ah, no, ninguna idea. Estaba pensando en después.

—Ah… Bueno, no te he dado las gracias, Harry, por ser así conmigo. Sin esperar nada.

—Yo soy quien te debería dar las gracias.

—Eres un sol.

Los dos volvieron a sus pensamientos. Con la cabeza apoyada en la ventanilla lateral, Bosch apenas despegaba la vista de la cámara acorazada. El tráfico en Wilshire era escaso pero constante; la gente iba a las discotecas de Santa Mónica o Rodeo Drive y seguramente habría algún estreno en el cercano Academy Hall. A Bosch le pareció que todas las limusinas de Los Ángeles circularon por Wilshire esa noche. Las vio de todas las marcas y colores, pasando por delante tan majestuosamente que parecían flotar. Con sus ventanas ahumadas eran bellas y misteriosas, como mujeres exóticas con gafas de sol. La limusina era un vehículo hecho a propósito para aquella ciudad, pensó Bosch.

—¿Ya han enterrado a Meadows?

La pregunta sorprendió a Bosch. ¿Qué pensamientos habrían llevado a Wish hasta ella?

—Aún no —respondió—. El entierro es el lunes, en el cementerio de veteranos.

—El día de los Caídos, muy adecuado. ¿Su vida criminal no lo inhabilita para ser enterrado en esa tierra sagrada?

—No. Meadows luchó en Vietnam, así que tiene un espacio reservado. Seguramente también tienen uno para mí. ¿Por qué lo preguntas?

—No lo sé. Sólo estaba pensando, eso es todo. ¿Tú vas a ir?

—Sí, si no estoy vigilando esta cámara.

—Es un gesto noble. Sé que significó algo para ti, en algún momento de tu vida.

Él no contestó, pero ella insistió:

—Harry, háblame del eco negro, eso que dijiste el otro día. ¿Qué querías decir?

Por primera vez Bosch desvió la mirada de la cámara acorazada y miró a Eleanor. Su cara estaba en penumbra, pero los faros de un coche que pasaba iluminaron el interior del coche un instante y él vio sus propios ojos reflejados en sus pupilas. Luego volvió su atención a la cámara acorazada.

—No hay nada que contar. Es sólo lo que yo llamo uno de los intangibles.

—¿Intangibles?

—No tenía nombre, así que nos inventamos uno. Es la oscuridad, la sensación húmeda de vacío que notabas cuando estabas solo ahí abajo, en uno de esos túneles. Era como si estuvieras muerto y enterrado en la oscuridad. Pero estabas vivo. Y asustado. Incluso tu aliento resonaba tan fuerte que podía descubrirte. O eso pensabas, no lo sabías. Es difícil de explicar. Es… el eco negro.

Ella se quedó un rato en silencio antes de decir:

—Está bien que vayas al funeral.

—¿Pasa algo?

—¿Qué quieres decir?

—Que si te pasa algo; hablas de una manera… No parece que estés bien desde ayer por la noche. Como si algo… no sé, olvídalo.

—Yo tampoco lo sé, Harry. Después de que la adrenalina bajara, supongo que me asusté. El ataque me hizo pensar en ciertas cosas.

Bosch asintió, pero no dijo nada. Al cabo de un rato recordó un momento en el Triángulo cuando una compañía que había sufrido muchas bajas por culpa de francotiradores encontró la entrada a una red de túneles. A Bosch, Meadows y un par de ratas más llamados Jarvis y Hanrahan los fueron a buscar a una zona de aterrizaje cercana y los llevaron al agujero. Lo primero que hicieron fue tirar en el agujero un par de bengalas, una azul y una roja, y dispersar el humo con un ventilador muy potente a fin de encontrar las otras entradas a la red. Muy pronto comenzaron a emerger de la tierra más de veinte volutas de humo en un radio de unos doscientos metros. El humo procedía de los agujeros de araña que los francotiradores usaban como parapetos o para entrar y salir de los túneles. Había tantos que la jungla se tornó púrpura. Meadows, que iba colocado, metió una cinta en un radiocasete que siempre llevaba consigo y puso Purple Haze (Bruma lila) de Jimmi Hendrix a todo volumen. Era uno de los recuerdos más vivos de la guerra, aparte de los sueños, que conservaba Bosch.

Después de eso a Bosch dejó de gustarle el rock and roll. El ritmo enérgico de la música le recordaba demasiado a Vietnam.

—¿Has ido a ver el monumento? —le preguntó Eleanor. Ella no tuvo que decir cuál. Sólo había uno, en Washington. Aunque entonces recordó la réplica negra y alargada que había visto instalar en el cementerio junto al edificio federal.

—No —contestó al cabo de un rato—. No lo he visto.

Después de que se disipara el humo de la jungla y terminara la cinta de Hendrix, los cuatro hombres entraron en el túnel mientras el resto de la compañía esperaba sentada sobre sus mochilas comiendo su ración de rancho.

Al cabo de una hora, sólo Bosch y Meadows volvieron. Meadows llevaba con él tres cabelleras de soldados del Vietcong. Las levantó para mostrárselas a las tropas y gritó:

—¡Tenéis delante al tío más sanguinario del eco negro!

Y de ahí vino el nombre. Después, encontraron a Jarvis y Hanrahan en los túneles. Habían caído en trampas hechas con cañas de bambú envenenadas y habían muerto.

—Yo fui a verlo cuando vivía en Washington —le contó Eleanor—. No me vi con fuerzas de ir al homenaje de 1982, pero un montón de años más tarde finalmente reuní el valor. Quería ver el nombre de mi hermano porque pensaba que quizá me ayudaría a superar lo que le ocurrió.

—¿Y te ayudó?

—No. Fue peor. Me puso furiosa. Me dejó con sed de justicia, si es que eso tiene sentido. Quería justicia para mi hermano.

Cuando el silencio volvió a invadir el coche, Bosch se sirvió más café. Empezaba a notar los efectos de la cafeína, pero no podía parar; era un adicto. Contempló a un par de borrachos que iban dando tumbos y que se detuvieron frente al escaparate delante de la cámara acorazada. Uno de los hombres extendió los brazos como si intentara medir el tamaño de la enorme puerta; después se alejaron calle abajo. Bosch pensó en la rabia que Eleanor debió de sentir por lo de su hermano. En la impotencia. Y entonces pensó en su propia impotencia. Conocía aquellos sentimientos, quizá no en la misma medida que Eleanor, pero sí desde una perspectiva distinta. Cualquiera que hubiese sido tocado por la guerra conocía esos sentimientos. Nunca había logrado superarlo del todo y no estaba seguro de querer hacerlo. La rabia y la tristeza le daban algo que era mejor que el vacío total. ¿Era eso lo que sentía Meadows?, se preguntó. El vacío. ¿Fue eso lo que lo llevó de empleo en empleo, de aguja a aguja, hasta ser definitivamente eliminado en su última misión? Bosch decidió que iría al funeral de Meadows, que al menos le debía aquello.

—¿Sabes lo que me dijiste el otro día sobre ese tío, el Maquillador? —preguntó Eleanor.

—¿El qué?

—¿Que Asuntos Internos intentó demostrar que tú lo habías ejecutado?

—Sí, ya te lo dije, lo intentaron, pero no se salieron con la suya. Sólo lograron suspenderme por violación del reglamento.

—Bueno, quería decirte que, aunque hubieran tenido razón, estaban equivocados. Eso, para mí, habría sido justicia. Tú sabías lo que le pasaría a un hombre así. Mira al Merodeador. Nunca irá a la cámara de gas. O tardará veinte años.

Bosch se sintió incómodo. Sólo había pensado en sus motivos y cómo había actuado en el caso del Maquillador cuando estaba solo. Nunca hablaba en voz alta sobre el tema e ignoraba adonde quería ir a parar.

—Ya sé que si fuera verdad nunca lo admitirías, pero creo que consciente o inconscientemente tomaste una decisión. Querías justicia para todas esas mujeres, para sus víctimas. Quizá también para tu madre.

Estupefacto, Bosch se volvió hacia ella y estaba a punto de preguntarle como sabía lo de su madre, y cómo se le había ocurrido relacionarla con el caso del Maquillador, cuando recordó su archivo: debía de ponerlo en uno de los documentos. Al solicitar su ingreso en el departamento, había tenido que contestar en uno de los impresos si él o alguno de sus parientes cercanos habían sido víctima de un homicidio. Bosch escribió que se había quedado huérfano a los once años, cuando su madre fue encontrada estrangulada en un callejón junto a Hollywood Boulevard. No tuvo que escribir a qué se dedicaba ella. El sitio y las circunstancias de su muerte hablaban por sí mismos.

Cuando recobró la serenidad, Bosch le preguntó a Eleanor por qué lo decía.

—Por nada —dijo ella—. Sólo que… lo respeto. Si hubiese sido yo, creo que me habría gustado hacer lo mismo, haber sido lo suficientemente valiente.

Él la miró, pero la oscuridad ocultaba los rostros de ambos. Ya era tarde, y no pasó ningún coche para iluminarlos.

—Duerme tú primero —dijo él—. Yo he tomado demasiado café.

Ella no contestó. Él se ofreció a sacar una manta que había puesto en el maletero, pero ella no la quiso.

—¿Sabes lo que J. Edgar Hoover dijo sobre la justicia? —le preguntó.

—Seguro que dijo muchas cosas, pero ahora mismo no recuerdo ninguna.

—Pues que la justicia es sólo accesoria a la ley y el orden público. Creo que tenía razón.

Ella no dijo nada más, y al cabo de un rato Bosch oyó que su respiración se tornaba más profunda y espaciada. Cuando pasaba un coche de vez en cuando, Bosch miraba su rostro bañado por la luz de los faros. Eleanor dormía como una niña, con la cabeza apoyada sobre las manos. Bosch bajó un poco la ventanilla y encendió un cigarrillo. Mientras fumaba, se preguntó si podría enamorarse de ella o ella de él, una idea que le emocionaba y le inquietaba al mismo tiempo.

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