El eco negro

El eco negro


Séptima parte. Sábado, 26 de mayo

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Séptima parte

Sábado, 26 de mayo

El gris amanecer se alzó sobre la calle y llenó el coche de una luz tenue. La mañana también trajo consigo una suave llovizna que mojó el suelo y empañó la parte inferior de las ventanas del Beverly Hills Safe & Lock. Que Bosch recordara, aquélla era la primera precipitación que caía en Los Ángeles en varios meses. Mientras Wish dormía, él vigilaba la cámara acorazada; los focos todavía iluminaban su superficie cromada y pulida. Eran más de las seis, pero Bosch se había olvidado de que tenían que darle el parte a Rourke y dejó dormir a Eleanor.

De hecho tampoco la había despertado durante la noche; últimamente él nunca tenía sueño. Houck había llamado por radio a las tres y media para asegurarse de que había alguien despierto. Después de eso, no hubo más interrupciones ni actividad en la sala de la cámara. El resto de la noche los pensamientos de Bosch fueron de Eleanor Wish al Beverly Hills Safe & Lock.

Bosch examinó el vaso del salpicadero en busca de café, aunque fuera un último sorbo frío. Al descubrir que no quedaba nada, se volvió para tirar el vaso al suelo. Entonces reparó en el paquete de San Luis que descansaba en el asiento trasero. Bosch alargó el brazo y cogió el sobre marrón, del que sacó una gruesa pila de papeles que hojeó distraídamente mientras alzaba la vista hacia la cámara cada pocos segundos.

La mayoría de expedientes militares de Meadows ya los había visto, pero en seguida advirtió que algunos no estaban en la carpeta del FBI que Wish le había dejado. Aquél era un archivo más completo. Dentro había una fotocopia de su hoja de reclutamiento con el examen médico correspondiente. También incluía unos informes médicos de Saigón, que informaban de que Meadows había sido tratado en dos ocasiones por sífilis y una por una grave crisis nerviosa.

Mientras hojeaba los documentos sus ojos se posaron en la copia de una carta de dos páginas escrita por un congresista de Luisiana llamado Noone. Picado por la curiosidad, Bosch comenzó a leer. La carta llevaba fecha de 1973 e iba dirigida a Meadows, en la embajada estadounidense en Saigón. La carta, con el sello oficial del Congreso, agradecía a Meadows su hospitalidad y ayuda durante la reciente visita de reconocimiento realizada por el político. Noone comentaba que había sido una sorpresa muy agradable encontrar a un paisano de New Iberia en un país tan lejano. Bosch dudó que hubiese sido una casualidad. Seguramente habían escogido a Meadows como escolta del congresista con la intención de que se llevaran bien y el legislador volviera a Washington encantado con el personal y la moral de las tropas en el sudeste de Asia. Las casualidades no existían.

La segunda página de la carta felicitaba a Meadows por su gran carrera y hacía referencia a los buenos informes que Noone había recibido del oficial superior de Meadows. Bosch siguió leyendo. Por lo visto, Meadows había participado en abortar un intento de entrada ilegal en el hotel de la embajada durante la estancia del congresista; un tal teniente Rourke le había proporcionado los datos de las hazañas de Meadows. De pronto, Bosch sintió un temblor debajo del corazón, como si se le estuviera escurriendo la sangre. La carta terminaba con unos cuantos cotilleos sobre el pueblo, la firma grande y suelta del congresista y, en el margen inferior izquierdo, una nota mecanografiada que decía:

Copias a: Ejército de EE.UU.

División de Archivos

Washington, D.C.

Teniente John H. Rourke

Embajada de EE.UU.

Saigón, Vietnam.

The Daily Iberian; a la atención del director.

Bosch se quedó un buen rato contemplando la segunda página sin moverse ni respirar. Incluso notó una cierta náusea y se pasó la mano por la frente. Intentó recordar si alguna vez había oído el segundo nombre o inicial de Rourke, pero no importaba. No cabía duda. Las casualidades no existían.

De repente el busca de Eleanor comenzó a sonar y los sobresaltó a ambos. Ella se incorporó y tanteó en su bolso hasta que encontró el aparato y lo apagó.

—Dios mío, ¿qué hora es? —preguntó, todavía desorientada.

Bosch respondió que eran las seis y veinte y justo en ese instante recordó que deberían haberle dado el parte a Rourke veinte minutos antes. Después de deslizar la carta entre la pila de papeles, Bosch los metió todos en el sobre y lo arrojó al asiento de atrás.

—Tengo que llamar —anunció Wish.

—Tranquila, tómate unos minutos para despertarte —repuso Bosch rápidamente—. Ya llamaré yo. De todas formas he de ir al lavabo y de paso traeré café y agua.

Bosch abrió la puerta y salió del coche antes de que ella pudiera rechazar el plan.

—Harry, ¿por qué me has dejado dormir? —le preguntó.

—No lo sé. ¿Cuál es su número?

—Lo debería llamar yo.

—Déjame a mí. Dame el número.

Cuando ella se lo entregó, Bosch se encaminó hasta un restaurante cercano, un lugar abierto las veinticuatro horas llamado Darling’s. Durante todo el trayecto estuvo en las nubes, haciendo caso omiso de los mendigos que se habían levantado con el sol. Intentaba asimilar que el topo era Rourke, pero no acababa de comprender a qué estaba jugando. Si Rourke estaba compinchado con los ladrones, ¿por qué les había puesto a vigilar la cámara acorazada? ¿Quería quizás que cogieran a su gente?

Bosch divisó unos teléfonos delante del restaurante.

—Llegas tarde —respondió Rourke inmediatamente.

—Nos olvidamos.

—¿Bosch? ¿Dónde está Wish? Era ella quien tenía que hacer la llamada.

—No se preocupe, Rourke. Ella está vigilando la cámara tal como nos dijo. ¿Qué está haciendo usted?

—Yo he estado esperando a que me llamaseis. ¿Os habéis dormido o qué? ¿Qué está pasando?

—No está pasando nada, pero usted ya lo sabe, ¿no es así?

Hubo un silencio durante el cual un mendigo se acercó a la cabina y le pidió dinero a Bosch. Bosch le puso la mano en el pecho y lo empujó con firmeza.

—¿Está usted ahí, Rourke? —le dijo al teléfono.

—¿Qué significa eso? ¿Cómo voy a saber lo que está pasando si vosotros no me llamáis cuando deberíais? Tú y tus indirectas, Bosch. No te entiendo.

—Déjeme preguntarle algo. ¿Ha puesto usted gente en las salidas del túnel o todo el montaje del plano, el puntero y el tío del Equipo de Operaciones Especiales eran sólo para disimular?

—Dile a Wish que se ponga. No entiendo qué me estás diciendo.

—Lo siento, ella no puede ponerse en este momento.

—Bosch, voy a retirarte por hoy. Pasa algo. Llevas toda la noche aquí. Creo que deberías… No, mandaré a un par de agentes para relevaros. Voy a tener que llamar a tu teniente y…

—Usted conocía a Meadows.

—¿Qué?

—Lo que he dicho, que lo conocía. Tengo su expediente: el completo, no la versión censurada que usted le dio a Wish para que me la pasara a mí. Sé que usted fue su superior en Saigón.

Más silencio.

—Fui el superior de mucha gente, Bosch. No los conocía a todos.

Bosch negó con la cabeza.

—Muy pobre, teniente Rourke. Una excusa muy pobre. Ha sido peor que admitirlo. ¿Sabe qué le digo? Que ya nos veremos.

Bosch colgó el teléfono y entró en Darling’s, donde pidió dos cafés y dos aguas minerales. Esperó de pie junto a la caja registradora a que la chica le sirviera mientras miraba por la ventana. Sólo podía pensar en Rourke.

La chica volvió con las bebidas en una caja de cartón. Bosch pagó, le dio propina y regresó a los teléfonos públicos. Desde allí llamó de nuevo al número de Rourke sin otro plan que descubrir si éste seguía junto al teléfono o se había marchado. Colgó después de que sonara diez veces. A continuación telefoneó a la centralita del Departamento de Policía y le pidió a la telefonista que llamara al FBI y preguntara si tenían a un Equipo de Operaciones Especiales trabajando en la zona de Wilshire o Beverly Hills, y si necesitaban ayuda. Mientras esperaba, Bosch destapó uno de los cafés y bebió un sorbito al tiempo que se esforzaba en comprender el plan de Rourke.

La telefonista volvió a la línea con la confirmación de que el FBI tenía a un Equipo de Operaciones Especiales en el distrito de Wilshire, pero éste no había solicitado refuerzos. Bosch le dio las gracias y colgó. Por fin empezaba a entender las acciones de Rourke. Bosch dedujo que no debía de haber nadie intentando asaltar el Beverly Hills Safe & Lock. El asunto de la cámara era simplemente un montaje con la cámara como señuelo. Bosch recordó que había dejado escapar a Tran. Su función había sido hacer salir a la superficie al segundo capitán y a sus diamantes, para que Rourke pudiera cazarlo. Bosch se lo había servido en bandeja.

Cuando llegó al coche vio que Eleanor estaba hojeando el archivo de Meadows, pero aún no había llegado a la carta del congresista.

—¿Dónde has estado? —preguntó alegremente.

—Rourke tenía un montón de preguntas. —Bosch le quitó el archivo de las manos y le dijo—: Aquí hay algo que quiero que veas. Por cierto, ¿de dónde sacaste el archivo de Meadows que me mostraste?

—No lo sé, me lo dio Rourke. ¿Por qué?

Bosch encontró la carta y se la pasó sin decir nada.

—¿Qué es esto? ¿Mil novecientos setenta y tres?

—Léela. Éste es el expediente de Meadows, el que pedí que me copiaran y me enviaran desde San Luis. En el que Rourke te dio para mí no estaba esta carta. La censuró. Lee y verás por qué.

Bosch echó una ojeada a la puerta de la cámara acorazada. Ni pasaba nada, ni creía que fuera a pasar. Entonces observó a Eleanor mientras leía. Ella arqueó una ceja al leer por encima las dos páginas, sin reparar en el nombre.

—Parece que Meadows era una especie de héroe. No sé… —De pronto sus ojos se abrieron al llegar al final de la carta—. Copia para el teniente John Rourke.

—Ajá, pero te has saltado la primera referencia.

Bosch le señaló la frase que citaba a Rourke como comandante de Meadows.

—Es el topo —sentenció Bosch—. ¿Qué hacemos?

—No lo sé. ¿Estás seguro? Esto no prueba nada.

—Si fuera una casualidad, Rourke debería haber dicho que conocía a Meadows, aclarar las cosas. Como hice yo. Pero él no lo hizo porque quería ocultar la conexión. Cuando lo he llamado se lo he dicho y él me ha mentido, porque no sabía que teníamos esto.

—¿Y ahora sabe que lo sabes?

—Sí, aunque no sé cuánto porque le he colgado. La cuestión es: ¿qué hacemos? Aquí seguramente estamos perdiendo el tiempo; todo esto es una farsa. Nadie va a entrar en esa cámara acorazada. Seguramente cogieron a Tran después de que sacara sus diamantes. Lo hemos llevado directamente al matadero.

En ese instante Bosch se dio cuenta de que posiblemente el Ford blanco pertenecía a los ladrones, no a Lewis y Clarke. Habían seguido a Bosch y a Wish para llegar hasta Tran.

—Espera un momento —le interrumpió Eleanor—. No estoy segura. ¿Y las alarmas de esta semana? ¿Y la boca de incendios y el fuego provocado? Yo creo que el asalto ocurrirá tal como pensábamos.

—No lo sé. Nada tiene sentido en estos momentos. Quizá Rourke está llevando a su gente a una trampa. O a una masacre.

Los dos miraron fijamente la cámara acorazada. Ya no llovía tanto y el sol había salido por completo y se reflejaba en la puerta de acero. Fue Eleanor quien rompió el silencio.

—Creo que debemos pedir ayuda. Tenemos a Hanlon y Houck al otro lado del banco y también al Equipo de Operaciones Especiales, a no ser que formen parte de la farsa de Rourke.

Bosch le contó que había comprobado la vigilancia del Equipo de Operaciones Especiales y que al parecer aquello era verdad.

—¿Entonces qué está haciendo Rourke?

—Controlarlo todo.

Tras darle vueltas unos minutos, decidieron avisar a Orozco en la comisaría de Beverly Hills. Pero antes Eleanor llamó a Hanlon y Houck.

—¿Estáis despiertos? —le dijo al Motorola.

—Más o menos. Estoy como ese tío que se quedó atrapado en el puente después del terremoto de Oakland. ¿Pasa algo?

—Aquí no. ¿Alguna novedad en la puerta?

—Ni una sola en toda la noche.

Ella se despidió y hubo un breve silencio antes de que Bosch saliera del coche para llamar a Orozco.

—Murió —le dijo a Eleanor.

—¿Quién?

—El tío de Oakland.

En ese momento un ruido sordo sacudió ligeramente el coche. No fue tanto un sonido como una vibración, un impacto similar al primer temblor de un terremoto. Aunque no hubo más sacudidas, al cabo de uno o dos segundos sonó una alarma. Era la del Beverly Hills Safe & Lock. Bosch se incorporó de golpe, pero, pese a no despegar la vista de la cámara acorazada, no detectó ninguna señal de intrusión. Casi inmediatamente, la radio hizo un ruido.

—Ha saltado la alarma —dijo la voz de Hanlon—. ¿Cuál es nuestro plan de acción?

Ni Bosch ni Wish respondieron a la llamada de radio. Seguían contemplando la cámara, totalmente confundidos. Rourke había dejado que su gente cayera en una trampa. O eso parecía.

—Qué hijo de puta —soltó Bosch—. Están dentro.

—Dile a Hanlon y a Houck que no se muevan hasta que recibamos órdenes —le dijo Bosch a Eleanor.

—¿Y quién va a dar las órdenes? —preguntó ella.

Bosch no respondió. Pensaba en lo que estaba ocurriendo en la cámara. ¿Por qué iba Rourke a conducir a su gente a una trampa?

—Tal vez no ha tenido tiempo de avisarles, de decirles que los diamantes ya no estaban dentro y que nosotros estamos fuera —aventuró Bosch—. Si lo piensas, hace veinticuatro horas no sabíamos nada de este edificio ni de lo que estaba pasando. Quizá cuando llegamos hasta aquí ya era tarde y estaban demasiado metidos.

—Es decir, que están procediendo según el plan.

—Si saben cuál es, primero abrirán la caja de Tran. La cuestión es: ¿qué harán cuando la encuentren vacía? ¿Largarse o forzar más cajas para amortizar el robo?

—Yo creo que se largarán —contestó ella—. Cuando descubran que la caja de Tran está vacía, se imaginarán que pasa algo y saldrán a toda pastilla.

—Entonces no tenemos mucho tiempo. En mi opinión, se van a preparar, pero no abrirán la caja de Tran hasta que hayamos vuelto a conectar la alarma y nos hayamos pirado. Podemos alargar un poco lo de reprogramarla, pero si nos pasamos pueden sospechar y marcharse, listos para encontrarse con nuestra gente en los túneles.

Tras salir del coche, Bosch miró a Eleanor.

—Coge la radio y diles que no hagan nada. Luego llama al Equipo de Operaciones Especiales y cuéntales que creemos que han entrado en la cámara.

—Querrán saber por qué no se lo ha dicho Rourke.

—Pues invéntate algo. Diles que no sabes dónde está Rourke.

—¿Adónde vas tú?

—A hablar con la patrulla que se presente por lo de la alarma para pedirles que llamen a Orozco.

Bosch cerró la puerta de golpe y caminó rampa abajo mientras Eleanor hacía las llamadas que le había encargado.

De camino al Beverly Hills Safe & Lock, Bosch sacó su placa y se la colgó del bolsillo de la chaqueta. Dobló la esquina y llegó corriendo a las escaleras principales justo cuando el coche patrulla de Beverly Hills aparcaba delante, con la sirena encendida pero sin sonido. Del vehículo salieron dos policías que sacaron la porra de la puerta del coche y se la colocaron en una de las trabillas del cinturón. Bosch se presentó, les explicó lo que estaba haciendo y les pidió que llamasen al capitán Orozco lo antes posible.

Uno de los agentes le informó de que ya habían avisado al director, un tal Avery, para que viniera a programar la alarma mientras ellos realizaban el registro de rutina. Los policías le contaron que ya habían empezado a conocer al hombre porque era la cuarta vez que les llamaban en una semana. También dijeron que tenían órdenes de telefonear a Orozco a su casa, sin importar la hora, en caso de que ocurriera algo en el Beverly Hills Safe & Lock.

—¿Quiere decir que estas llamadas no eran falsas alarmas? —inquirió un agente llamado Onaga.

—No estamos seguros —contestó Bosch—. Pero queremos actuar como si lo fuera. Cuando llegue el director, programáis la alarma y luego os vais a casa. ¿Vale? Todo normal y relajado, como siempre.

—Muy bien —convino el otro policía. La placa de su bolsillo decía Johnstone. Acomodó la porra en el cinturón y corrió hacia el coche patrulla para avisar a Orozco.

—Aquí está el señor Avery —anunció Onaga.

Un Cadillac blanco se deslizó suavemente detrás del coche de la policía. Avery III, que lucía una camisa rosa y pantalones a cuadros, salió del coche y se acercó a ellos. En seguida reconoció a Bosch y lo llamó por su nombre.

—¿Han entrado? —preguntó Avery.

—Bueno, creemos que puede estar ocurriendo algo, pero no lo sabemos. Necesitamos tiempo para comprobarlo. Lo que queremos es que abra la oficina y dé una vuelta, tal como suele hacer y como hizo las otras veces esta semana. Luego programe la alarma y vuelva a salir.

—¿Ya está? Y si…

—Señor Avery, queremos que se meta en el coche y se vaya, como si volviera a casa. A continuación, da la vuelta a la esquina y se toma un café en Darling’s. Yo vendré a decirle lo que está pasando o enviaré a alguien para que lo vaya a buscar. Quiero que se despreocupe: nosotros lo controlamos todo. Tenemos a otra gente trabajando en ello, pero por fuera necesitamos que esto parezca otra falsa alarma.

—De acuerdo —dijo Avery, que sacó un llavero del bolsillo, se acercó a la entrada y abrió la puerta—. Por cierto, no es la alarma de la cámara la que está sonando, sino la exterior, que se dispara por las vibraciones en las ventanas. Lo sé porque tienen un tono distinto.

Bosch se imaginó que los ladrones habrían desactivado la alarma de la cámara acorazada sin saber que la alarma exterior formaba parte de un sistema diferente.

Finalmente Avery y Onaga entraron en la oficina. Bosch se quedó rezagado en el umbral, buscando humo y olor a cordita, pero sin encontrarlos. En cuanto entró Johnstone, Bosch se llevó el dedo a los labios para advertir al agente que no gritara por encima del sonido de la alarma. Johnstone asintió, acercó la mano a la oreja de Bosch y le susurró que Orozco estaría allí en veinte minutos como máximo. Vivía en el valle de San Fernando. Bosch asintió y deseó que llegara a tiempo.

Después de que la alarma dejara de sonar, Avery y Onaga caminaron del despacho al vestíbulo, donde los esperaban Johnstone y Bosch. Onaga miró a Bosch y sacudió la cabeza para indicar que no había nada raro.

—¿Suele usted mirar en la sala de la cámara? —preguntó Bosch.

—Sólo echar un vistazo —contestó Avery, tras lo cual se dirigió a la máquina de rayos X, la encendió y dijo que tardaba cincuenta segundos en calentarse. Esperaron en silencio. Finalmente Avery colocó la mano en el lector, que aceptó su estructura ósea y abrió la primera puerta.

—Como no tengo a mi hombre dentro de la sala, me veo en la obligación de anular la combinación de la segunda puerta —explicó Avery—. Caballeros, les ruego que no miren.

Los cuatro se metieron en la minúscula cabina y, después de que Avery marcara el código en un teclado, la segunda puerta se abrió y todos entraron en la sala acristalada. Aparte de acero y cristal, no había mucho que ver. Bosch se acercó a la puerta de la cámara y escuchó con atención, pero no oyó nada. Entonces se dirigió hacia la pared de cristal y, al mirar al otro lado de la calle, comprobó que Eleanor estaba de vuelta en el coche. Bosch volvió su atención hacia Avery, que se había acercado como para mirar por la ventana, pero que lo observaba a él con aire de complicidad.

—Recuerde que puedo abrir la cámara —susurró.

Bosch lo miró y negó con la cabeza.

—No, no quiero hacer eso. Es demasiado peligroso. Salgamos de aquí.

Avery lo miró extrañado, pero Bosch se alejó de él. Cinco minutos más tarde, el negocio quedó vacío y cerrado con llave. Los dos policías reanudaron su patrulla y Avery se marchó. Bosch regresó al coche cruzando una calle que ya comenzaba a llenarse de gente y ruido. El aparcamiento, a su vez, se iba llenando de automóviles y del humo apestoso que desprendían sus tubos de escape. Dentro del coche, Wish le informó de que Hanlon, Houck y el Equipo de Operaciones Especiales estaban a la espera de órdenes. Bosch le confirmó que Orozco venía hacia allá.

Bosch se preguntó cuánto tiempo esperarían los ladrones antes de empezar a taladrar. Orozco todavía tardaría diez minutos, lo cual era muchísimo tiempo.

—¿Y qué hacemos cuando llegue? —inquirió ella.

—Es su ciudad, su decisión —dijo Bosch—. Nosotros se lo explicamos y hacemos lo que él quiera. Le contamos que nuestra operación está totalmente jodida y que no sabemos en quién confiar. En el jefe, desde luego, no.

Permanecieron en silencio durante un minuto o dos. Bosch se fumó un cigarrillo, pero Eleanor no le dijo nada. Parecía perdida en sus propios pensamientos y su rostro denotaba confusión. Cada treinta segundos los dos consultaban nerviosamente sus relojes.

Lewis esperó a que el Cadillac blanco que estaba siguiendo girara al norte. En cuanto dejaron atrás el Beverly Hills Safe & Lock, el detective cogió del suelo la sirena azul de emergencia y la puso en el salpicadero. La encendió, pero entonces vio que el Cadillac aparcaba delante de Darling’s. Lewis salió del coche y se acercó al automóvil de Avery, que caminaba hacia él.

—¿Qué pasa, agente? —quiso saber Avery.

—Detective —le corrigió Lewis, al tiempo que le mostraba su placa—. Asuntos Internos, Departamento de Policía de Los Ángeles. Quisiera hacerle unas cuantas preguntas. Estamos investigando a un hombre, al detective Harry Bosch, con quien usted estaba hablando en el Beverly Hills Safe & Lock.

—¿Qué quiere decir «estamos»?

—Yo y mi compañero, que se ha quedado en Wilshire vigilando su negocio. ¿Podría entrar en mi coche para que podamos hablar unos minutos? Algo está pasando y necesito saber qué.

—Ese detective Bosch… Oiga, ¿cómo sé que es usted lo que dice?

—¿Y cómo sabe que lo es él? La cuestión es que llevamos una semana vigilando al detective Bosch y sabemos que está implicado en actividades que podrían ser, si no ilegales, al menos embarazosas para el departamento. Todavía no estamos seguros y por eso le necesitamos. ¿Le importaría entrar en el coche?

Avery dio dos pasos titubeantes hacia el vehículo y después pareció decidirse. ¿Por qué no? Tras sentarse en el asiento de delante, Avery se identificó como el propietario del Beverly Hills Safe & Lock y le hizo a Lewis un breve resumen de lo que se había dicho en los dos encuentros que había tenido con Bosch y Wish. Lewis escuchó sin comentar nada y, cuando Avery hubo terminado, abrió la puerta.

—Espere aquí, por favor. Ahora vuelvo.

Lewis caminó a paso decidido hacia la esquina de Wilshire, donde hizo ver que estaba buscando a alguien, consultó su reloj de forma exagerada y volvió al coche. Clarke estaba en el umbral de una tienda de Wilshire desde donde divisaba la cámara. Cuando vio la señal de Lewis, regresó al coche tranquilamente y se sentó en el asiento de atrás.

—El señor Avery dice que Bosch le pidió que esperara en Darling’s. Que podía haber gente en la cámara acorazada que había entrado por debajo.

—¿Le dijo Bosch lo que iba a hacer? —inquirió Clarke.

—Ni una palabra —respondió Avery.

Todos se quedaron callados, pensando. Lewis no lo comprendía. Si Bosch no estaba limpio, ¿qué estaba haciendo? Lewis reflexionó un poco más y se dio cuenta de que, en caso de estar implicado en el robo de la cámara, Bosch se hallaba en la situación ideal, ya que era el que tomaba las decisiones desde fuera. Podía negarse a pedir refuerzos y enviar a todo el mundo al sitio equivocado mientras sus colegas se iban tan campantes en dirección contraria.

—Tiene a todo el mundo cogido por los huevos —dijo Lewis más a sí mismo que a los otros dos hombres.

—¿Quién? ¿Bosch? —preguntó Clarke.

—Él es quien mueve los hilos. Aparte de esperar, no podemos hacer nada. Ni entrar en la cámara, ni meternos ahí debajo porque no sabemos adonde ir. El muy cabrón tiene al Equipo de Operaciones Especiales apostado junto a la autopista, esperando a unos ladrones que no van a salir.

—Espere, espere —intervino Avery—. Sí que podemos entrar en la cámara acorazada.

Lewis se dio la vuelta para mirar a Avery. El propietario les informó de que la legislación bancaria no afectaba al Beverly Hills Safe & Lock porque no era un banco y explicó que él se hallaba en posesión del código informático para abrir la puerta.

—¿Se lo ha dicho usted a Bosch? —le preguntó.

—Ayer y hoy.

—¿Ya lo sabía?

—No. Parecía sorprendido. Hizo varias preguntas sobre cuánto tardaba en abrirse la puerta, lo que yo tenía que hacer y detalles por el estilo. Ahora, cuando ha sonado la alarma, le he preguntado si quería que la abriese y él me ha dicho que no, que saliéramos de allí.

—Mierda —exclamó Lewis, excitado—. Más vale que llame a Irving.

El detective salió del coche de un salto y corrió hacia los teléfonos enfrente de Darling’s. Marcó el número del despacho de Irving, pero no obtuvo respuesta. Acto seguido llamó a la oficina, donde sólo halló al oficial de guardia. Lewis le pidió que avisara al subdirector por el busca y le diera el número de la cabina. Entonces esperó cinco minutos, caminando arriba y abajo, y preocupado por el tiempo que iba transcurriendo. El teléfono no sonó. Lewis usó el de al lado para volver a llamar al oficial de guardia y confirmó que éste lo había avisado por el busca. Lewis comprendió que tendría que tomar la decisión él solo, lo cual lo convertiría en un héroe; así que salió y volvió al vehículo.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Clarke.

—Vamos a entrar —le contestó Lewis, arrancando el coche.

La radio de la policía sonó dos veces, tras las cuales se oyó la voz de Hanlon:

—Eh, Broadway, tenemos visita en First.

Bosch cogió el micrófono.

—¿Qué pasa, First? Aquí en Broadway, nada.

—Tenemos a tres varones de raza blanca entrando por nuestro lado. Con una llave. Me parece que uno de ellos es el hombre que estaba antes con vosotros. Un tío mayor, con pantalones a cuadros.

«Avery». Bosch se llevó el micrófono a la boca y vaciló. No sabía qué hacer.

—¿Y ahora qué? —le preguntó a Eleanor. Como Bosch, ella tenía la vista fija en la sala de la cámara al otro lado de la calle, donde aún no se veía ni rastro de los visitantes. Eleanor permaneció callada.

—Em, First —dijo Bosch por el micrófono—. ¿Habéis visto algún vehículo?

—No —respondió la voz de Hanlon—. Han salido del callejón de nuestro lado. Deben de haber aparcado allí. ¿Queréis que echemos un vistazo?

—No, esperad un momento.

—Ya están dentro, fuera del campo de visión. Por favor, dadnos instrucciones.

Bosch se volvió hacia Wish y arqueó las cejas. ¿Quién podría ser?

—Pide las descripciones de los dos que iban con Avery —sugirió ella. Bosch lo hizo.

—Dos varones de raza blanca —le dijo Hanlon—. Los dos con trajes arrugados, camisa blanca, treinta y pocos años. Uno pelirrojo, corpulento, un metro setenta. El otro moreno, más delgado. No estoy seguro, pero yo diría que son polis.

—¿Jekyll y Hyde? —se burló Wish.

—Lewis y Clarke. Tienen que ser ellos.

—¿Qué hacen ahí dentro?

Bosch no lo sabía.

Wish le quitó la radio de la mano.

—¿First?

La radio hizo un ruido.

—Creemos que los dos sujetos trajeados son agentes de policía de Los Angeles. No os mováis.

—Ahí están —dijo Bosch, cuando tres figuras entraron en la sala de la cámara acorazada. Abrió la guantera para sacar unos prismáticos.

—¿Qué hacen? —insistió Wish mientras él intentaba enfocar.

—Avery está tecleando junto a la cámara. ¡Mierda! Creo que está abriendo la puerta.

A través de los prismáticos, Bosch vio a Avery alejarse del teclado y acercarse a la rueda que abría la puerta de la cámara. Entonces avistó a Lewis. Se había vuelto ligeramente y ahora miraba en dirección al aparcamiento. ¿Había una leve sonrisa en su rostro? Eso le pareció a Bosch. Acto seguido, Lewis desenfundó su arma, Clarke hizo lo propio y Avery comenzó a girar la rueda como si fuera el timón del Titanic.

—¡Los muy idiotas están abriéndola!

Bosch salió disparado del coche y echó a correr rampa abajo, al tiempo que sacaba su pistola. Miró rápidamente a Wilshire y, al ver un agujero en el tráfico, cruzó la calle a toda velocidad. Wish lo seguía a poca distancia.

Aún estaba a veinticinco metros del Beverly Hills Safe & Lock. Bosch supo que no llegaría a tiempo. Después de girar la rueda, Avery tiró de la puerta con todas sus fuerzas y ésta comenzó a abrirse lentamente. Bosch oyó la voz de Eleanor detrás de él.

—¡No! —gritó—. ¡Avery! ¡NOOO!

Pero el cristal doble insonorizaba la cámara acorazada. Avery no podía oírla y, de todos modos, Lewis y Clarke no se habrían detenido.

Lo que ocurrió a continuación fue, para Bosch, como ver una película sin el sonido. La puerta que se abría lentamente, revelando una franja de oscuridad, daba a la imagen una cualidad etérea, casi acuática; los hechos parecían discurrir inexorablemente a cámara lenta. A Bosch le parecía como si estuviera sobre una cinta transportadora que avanzara en dirección contraria; a pesar de correr, no lograba acercarse. Bosch mantuvo la vista fija en la puerta de acero y aquel margen negro que se iba ensanchando. A continuación, el cuerpo de Lewis entró en su campo de visión y se dirigió a la cámara acorazada. Casi inmediatamente, propulsado por una fuerza invisible, Lewis retrocedió, alzó las manos y soltó la pistola, que tocó el techo y aterrizó en silencio. Al caer hacia atrás, su espalda y cabeza se desgajaron, salpicando el cristal de sangre y sesos. Bosch divisó el resplandor de un arma en la oscuridad de la cámara. Y entonces las balas se estrellaron silenciosamente contra el cristal doble, que se resquebrajó en forma de diminutas telas de araña. Lewis atravesó una de las lunas de cristal y se precipitó sobre la acera, un metro más abajo.

Ahora que la puerta de la cámara estaba medio abierta, el tirador tenía un mayor campo de acción. La ráfaga de ametralladora se volvió hacia un boquiabierto y desprotegido Clarke, que ofrecía un blanco perfecto. Esa vez Bosch oyó los tiros. Clarke intentó alejarse inútilmente de la línea de fuego, pero también él salió propulsado hacia atrás por el impacto de las balas. Se estrelló contra Avery y ambos cuerpos cayeron como sacos sobre el suelo de mármol pulido.

Los disparos cesaron.

Bosch saltó a través de la abertura que ocupaba antes la pared de cristal y se arrastró boca abajo sobre el mármol y el polvo de vidrio. Cuando miró hacia el interior de la cámara acorazada, distinguió la figura borrosa de un hombre que desaparecía por un agujero, levantando un remolino de polvo y humo. Como un mago, el hombre se había evaporado entre las sombras. De la oscuridad del fondo de la cámara emergió un segundo hombre y caminó de lado hacia el agujero mientras se cubría con un rifle de asalto M-16. Bosch lo reconoció como Art Franklin, uno de los hombres de Charlie Company.

Cuando la boca negra del M-16 se dirigió hacia él, Bosch apuntó su pistola con las dos manos, apoyó las muñecas en el suelo frío, y apretó el gatillo. Franklin hizo fuego al mismo tiempo, pero sus tiros fueron altos y Harry oyó que el cristal se rompía a su espalda. Bosch disparó dos veces hacia el interior. Una bala rebotó contra la puerta de acero; la otra le dio a Franklin en el pecho y lo derribó. Sin embargo, con gran agilidad, el hombre herido rodó hacia el agujero y se lanzó de cabeza. Bosch mantuvo la pistola apuntada hacia la puerta del recinto blindado, esperando a alguien más. Pero no se oía sonido alguno, salvo los ahogados gemidos de Clarke y Avery a su izquierda. Bosch se levantó con la pistola todavía fija en la oscuridad. En ese momento entró Eleanor, sosteniendo su Beretta. Con la cautela de expertos tiradores, Bosch y Wish se acercaron cada uno por un lado de la puerta. En el teclado de la pared de acero había un interruptor y, cuando Bosch lo apretó, el interior de la cámara acorazada se inundó de luz. Él le hizo un gesto con la cabeza y Wish entró primero. La cámara estaba vacía.

Bosch retornó rápidamente hacia Clarke y Avery, que seguían enredados en el suelo. Mientras Avery gimoteaba, Clarke se agarraba la garganta y luchaba por respirar. Tenía la cara tan roja que por un momento a Bosch le pareció que se estaba estrangulando a sí mismo. Clarke yacía sobre el torso de Avery y su sangre los cubría a ambos.

—Eleanor —gritó Bosch—. Pide refuerzos y ambulancias. Avisa al Equipo de Operaciones Especiales de que los ladrones van para allá. Al menos dos. Con armas automáticas.

Bosch cogió a Clarke por los hombros de la chaqueta y lo arrastró fuera de la línea de fuego. El detective de Asuntos Internos había recibido un impacto de bala en la parte inferior del cuello. La sangre le empapaba los dedos y por la comisura de los labios le brotaban burbujas rojas. Tenía sangre en el pecho, temblaba y comenzaba a sufrir espasmos. Estaba muriéndose. Harry se volvió hacia Avery, que tenía sangre en el pecho y cuello, y un trozo de esponja húmeda de color marronáceo en la mejilla: era un pedazo del cerebro de Lewis.

—Avery, ¿le han dado?

—Sí, bueno…, creo… no sé —logró decir con voz ahogada.

Bosch se arrodilló junto a él e inspeccionó su cuerpo y ropas ensangrentadas. No le habían dado. Bosch se lo dijo y a continuación se dirigió hacia la calle para examinar a Lewis, que yacía bocarriba en la acera. Estaba muerto. Las balas lo habían cogido en un arco ascendente y le habían cosido todo el cuerpo. Había heridas en la cadera derecha, estómago, pecho izquierdo y parte izquierda de la frente. Lewis había muerto antes de estrellarse contra el cristal. Ahora descansaba con los ojos abiertos, fijos en la nada.

En ese momento Wish volvió del vestíbulo.

—Los refuerzos están en camino —anunció.

Ella tenía la cara roja y respiraba tan entrecortadamente como Avery. Apenas parecía controlar el movimiento de sus ojos, que vagaban desorbitados por la sala.

—Cuando lleguen los refuerzos —dijo Bosch—, diles que hay un agente amigo ahí abajo. Díselo también a vuestra gente del Equipo de Operaciones Especiales.

—¿De qué hablas?

—Voy a bajar. Le he dado a uno y creo que está bastante grave. Era Franklin. Otro bajó delante de él: Delgado. Quiero que nuestros hombres sepan que estoy ahí abajo. Diles que yo llevo un traje. A ellos los reconocerán por sus monos militares negros.

Bosch extrajo los tres cartuchos usados de su pistola y la recargó con nuevas balas que sacó del bolsillo. En la distancia aullaban unas sirenas. Bosch oyó unos golpes y vio a Hanlon, que llamaba a la puerta de vidrio del vestíbulo con la culata de su arma. Desde ese ángulo, el agente del FBI no podía ver que la pared de cristal de la sala estaba hecha añicos. Bosch le hizo un gesto para que diera la vuelta.

—Espera un momento —dijo Wish—. No lo hagas, Harry; ellos tienen armas automáticas. Espera a que lleguen los refuerzos y pensemos un plan.

Bosch se dirigió a la puerta de la cámara.

—Tengo que irme o se me escaparán —dijo—. Sobre todo avisa a los demás de que estoy allá abajo.

Bosch le dio la espalda a Wish y, tras pulsar el interruptor de la luz, entró en la cámara. Al llegar al agujero, se asomó y vio un suelo cubierto de hormigón y pedazos de acero, a unos dos metros y medio de profundidad. Entre los escombros Bosch vislumbró unas gotas de sangre y una linterna.

Había demasiada luz. Si lo esperaban allí, sería un blanco perfecto. Bosch retrocedió, salió de la cámara y se colocó detrás de la enorme puerta de acero. Puso su hombro contra ella y lentamente comenzó a cerrarla.

Bosch oyó varias sirenas que se acercaban. Al mirar a la calle vio una ambulancia y dos coches patrulla que bajaban por Wilshire. De pronto, el coche sin identificativos que conducía Houck se detuvo con un frenazo y éste salió apuntando su pistola. La puerta estaba casi cerrada y comenzaba a moverse por su propio peso, así que Bosch volvió a entrar en la cámara. Mientras la puerta se cerraba lentamente, Bosch se quedó de pie junto al agujero y se dio cuenta de que había vivido aquella situación en muchas ocasiones.

Ese momento en la boca del túnel, a punto de entrar, siempre era el más emocionante y terrorífico de todos. Su instante más vulnerable se produciría al saltar dentro del agujero. Si Franklin o Delgado estaban allí, era hombre muerto.

—Harry. —Bosch oyó que Wish lo llamaba, aunque no comprendió cómo se había filtrado su voz a través de la finísima abertura—. Harry, ten cuidado. Podría haber más de dos.

La voz de ella resonó por la sala de acero, mientras Bosch miraba hacia abajo para intentar orientarse. En cuanto se cerró la puerta y lo engulló la oscuridad, saltó.

Al aterrizar sobre los escombros, Bosch se agachó, disparó una bala al aire con su Smith & Wesson y se lanzó al suelo del túnel. Era un truco de la guerra: disparar antes de que te disparen. Pero nadie lo estaba esperando, ya que no hubo respuesta. Bosch no oyó nada, excepto unos ruidos lejanos sobre su cabeza; los pasos de alguien corriendo por el suelo de mármol del exterior de la cámara. Entonces se reprendió por no haber avisado a Eleanor de que el primer disparo sería suyo.

Bosch abrió su mechero, manteniéndolo lejos del cuerpo; otro truco que había aprendido en Vietnam. Entonces recogió la linterna, la encendió y miró a su alrededor. Bosch descubrió que había disparado a una pared, porque el túnel que los ladrones habían excavado iba hacia el otro lado. Al oeste, no al este, tal como habían pensado cuando estudiaron los planos la noche anterior. Eso significaba que no habían venido por la alcantarilla que Gearson sugirió; no por Wilshire, sino tal vez por Olympic o Pico y luego hacia el sur o por Santa Mónica y hacia el norte. Bosch comprendió que el hombre del Departamento de Aguas y todos los agentes federales y policías habían sido hábilmente despistados por Rourke. Nada era como habían planeado o pensado. Harry estaba solo.

Bosch enfocó el haz de luz hacia la garganta negra del túnel, que descendía y luego subía, dándole tan sólo unos nueve metros de visibilidad. Estaba claro que iba al oeste.

Mientras tanto, el Equipo de Operaciones Especiales esperaba al sur y al este, en vano.

Sosteniendo la linterna a la derecha, separada de su cuerpo, Bosch comenzó a gatear por el pasadizo. El túnel no tenía más de un metro de alto y unos noventa centímetros de ancho. Bosch se movía despacio, aguantando la pistola con la misma mano que usaba para gatear. El aire olía a cordita y un humo azulado flotaba en el haz de la linterna. «Purple Haze», pensó Bosch. Sintió que transpiraba en abundancia, por el calor y el miedo. Cada tres metros se detenía para enjugarse el sudor de los ojos con la manga de la chaqueta, que no se quitaba para no diferir de la descripción dada a la gente que le iba a seguir. No quería morir a manos de sus propios compañeros.

El túnel se iba curvando a izquierda y derecha durante cincuenta metros, lo cual hizo que Bosch se sintiera desorientado. En algunos momentos pasaba por debajo de un conducto del sistema y a veces oía el rumor del tráfico, que sonaba como si el túnel estuviera respirando. Cada nueve metros ardía una vela metida en una hendidura cavada en la pared. En el suelo arenoso y lleno de escombros, Bosch buscaba cables trampa pero sólo encontró un reguero de sangre.

Al cabo de unos minutos de lento avance, apagó la linterna y se sentó para intentar controlar el sonido de su respiración. Pero no lograba que llegara el suficiente aire a los pulmones. Cerró los ojos un instante y, cuando los abrió, divisó una luz tenue procedente de la siguiente curva, demasiado fija para ser una vela. Comenzó a moverse lentamente, con la linterna apagada. En cuanto dobló la esquina, el túnel se ensanchó formando una especie de sala. «Lo suficientemente alta para ponerse de pie y lo bastante amplia para vivir durante la excavación», pensó Bosch.

La luz provenía de una lámpara de queroseno que descansaba sobre una nevera portátil en un rincón de la sala subterránea. Había también dos colchonetas, un hornillo de butano y un retrete portátil. Bosch vio dos máscaras de gas, dos mochilas con comida y herramientas y unas cuantas bolsas de plástico llenas de basura. Era su campo base, como el que Eleanor supuso que utilizaron durante la excavación debajo del WestLand. Examinó todas las herramientas y pensó en la advertencia de Eleanor de que los ladrones podrían ser más de dos. Sin embargo, estaba equivocada; era el equipo de dos personas.

Al otro lado de la sala se abría otro agujero de un metro de diámetro por el que continuaba el túnel. Bosch apagó la llama de la lámpara para no quedar iluminado por detrás y se internó en el pasadizo. En aquellas paredes no había velas; Bosch se valía de la linterna de forma intermitente, encendiéndola para orientarse y luego avanzando una corta distancia a oscuras. De vez en cuando se paraba, aguantaba la respiración y escuchaba. Pero, aparte del ruido cada vez más lejano del tráfico, el silencio era absoluto. A quince metros del campo base, el túnel llegaba a su fin. No obstante, Bosch detectó un contorno circular en el suelo. Era una tapa de conglomerado cubierta con una capa de tierra, algo que veinte años atrás habría denominado un «agujero de rata». Retrocedió, se agachó y examinó la tapa más de cerca, pero no descubrió ninguna señal de que se tratase de una trampa. Lo cierto es que tampoco lo esperaba; si los ladrones habían puesto explosivos, lo habrían hecho para protegerse contra los que entraran, no contra los que salieran. Por lo tanto, las cargas estarían en su lado. De todos modos, Bosch sacó la navaja de su llavero, la pasó cuidadosamente por el borde de la tapa y luego la alzó un centímetro y medio. Al enfocar la grieta con la linterna, no vio cables ni nada sospechoso adherido a la parte inferior del conglomerado, así que la levantó de golpe. No hubo disparos.

Bosch se arrastró hasta el borde del agujero y debajo descubrió otro túnel. Entonces dejó caer el brazo y la linterna por el agujero, la encendió y proyectó su luz en varias direcciones, listo para los inevitables disparos. Sin embargo, esa vez tampoco pasó nada. El pasadizo inferior era perfectamente redondo, con paredes de cemento liso y algas negras y un riachuelo en el fondo. Era una alcantarilla.

Bosch saltó por el agujero, pero al poner el pie en el fondo, patinó y cayó de espaldas. Se levantó rápidamente y con la linterna comenzó a buscar un rastro en las algas negras. No había sangre, pero sí unas marcas que podrían ser de alguien hincando los zapatos para no resbalar. El riachuelo discurría en la misma dirección que las marcas, así que decidió avanzar hacia allá.

A pesar de que para entonces ya había perdido su sentido de la orientación, Bosch creía que se dirigía al norte. Apagó la linterna y caminó lentamente durante seis metros. Cuando la encendió de nuevo, vio que el rastro se confirmaba. En la pared curvada del conducto, vislumbró la huella borrosa de una mano ensangrentada. Medio metro más adelante había otra, casi a la altura del suelo. Bosch adivinó que Franklin estaba perdiendo sangre y fuerzas rápidamente y que se había parado allí para examinar la herida. No andaría demasiado lejos.

Bosch avanzó lentamente, intentando reducir el ruido de su respiración. La alcantarilla olía a toalla mojada y el aire era tan húmedo que lo cubrió con una película de agua. El tráfico ronroneaba en algún lugar cercano, donde también se oían unas sirenas. Bosch notó que el conducto se inclinaba ligeramente hacia abajo para que corriera el agua. Bosch estaba internándose más y más en las entrañas de la tierra. En las rodillas tenía cortes que sangraban y escocían cuando resbalaba y se rascaba contra el fondo.

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