El eco negro

El eco negro


Séptima parte. Sábado, 26 de mayo

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Al cabo de unos treinta metros se detuvo y encendió la linterna, manteniéndola alejada del cuerpo. El haz de luz descubrió otra mancha de sangre en la pared del túnel. Cuando la apagó, reparó en que la oscuridad del final del pasadizo pasaba a una penumbra gris, como la del amanecer. Allí debía de terminar la alcantarilla o, más bien, desembocar en un túnel débilmente iluminado. De pronto, se dio cuenta de que oía agua; bastante más de la que corría entre sus rodillas. Bosch dedujo que se acercaba a una gran cloaca.

Avanzó lenta y silenciosamente hasta llegar al origen de la tenue luz. El conducto en el que se hallaba agachado era un ramal secundario que iba a parar a un larguísimo colector, por el que fluía una gran cantidad de agua de un negro plateado.

Era como un canal subterráneo. A simple vista Bosch no pudo determinar si el caudal tenía diez centímetros o un metro de profundidad.

En cuclillas en el borde, escuchó con atención en busca de otros sonidos aparte del agua. Al no oír nada, se inclinó poco a poco hacia delante para tener una mejor vista del colector.

El torrente fluía hacia su izquierda. Primero miró en esa dirección y vio el perfil tenue de la pared, que se curvaba gradualmente a la derecha. A intervalos regulares una luz fría se filtraba por el techo. Supuso que venía de los agujeros en las tapas de las alcantarillas nueve metros más arriba. Como diría Ed Gearson, ésa era una línea principal. Bosch no sabía cuál era ni le importaba. Ya no tenía un plano para orientarlo ni decirle qué hacer.

Cuando se volvió para mirar río arriba, metió la cabeza como una tortuga. Había visto una silueta negra que se perfilaba contra la pared interior del canal. Y dos ojos naranjas que le miraban en la oscuridad.

Bosch permaneció inmóvil y apenas respiró durante casi un minuto. Un sudor que escocía le empapó los ojos. Los cerró, pero no oyó nada aparte del murmullo de las aguas.

Finalmente regresó al borde del conducto hasta que volvió a ver la oscura figura. No se había movido. Dos ojos, como los de alguien que queda deslumbrado por el fogonazo de una cámara, le devolvieron la mirada. Bosch alargó cuidadosamente la mano en que sostenía la linterna y oprimió el botón. La luz descubrió a Franklin sentado y apoyado en la pared; aún tenía la M-16 alrededor del pecho, pero sus manos se habían hundido en el agua, al igual que el cañón del arma. Bosch tardó unos segundos en darse cuenta de que lo que llevaba en la cara no era una máscara, sino gafas infrarrojas.

—Franklin, se ha acabado —gritó Bosch—. Policía. Ríndete.

No hubo respuesta, aunque no la esperaba. Miró en ambas direcciones de la línea principal y saltó. El agua sólo le cubría hasta los tobillos. A pesar de que avanzaba con la pistola y la linterna fijas sobre la figura, no creía que fuera a necesitar el arma. Franklin estaba muerto; la sangre todavía brotaba de una herida en el pecho, empapaba su camiseta negra, y se mezclaba con el agua para desaparecer canal abajo. Bosch le asió la muñeca para buscarle el pulso, pero no lo encontró. A continuación, enfundó su propia pistola y sacó la M-16 por encima de la cabeza de Franklin. Finalmente le quitó las gafas especiales y se las puso.

Bosch miró hacia un extremo del largo pasadizo y luego al otro. Era como ver un viejo televisor en blanco y negro, salvo que los blancos y los grises poseían un tinte ámbar.

Tardaría un poco en acostumbrarse, pero veía mejor con las gafas y decidió dejárselas puestas.

Después, Bosch registró los bolsillos laterales de los pantalones militares de Franklin, en los que encontró un paquete de cigarrillos y otro de cerillas totalmente mojados. También había otra cinta de municiones, que se guardó en el bolsillo de la chaqueta, y un trozo de papel mojado cuya tinta azul se estaba corriendo y tornando borrosa. Bosch lo desdobló cuidadosamente y vio que era un mapa hecho a mano. No había nombres que identificaran nada; sólo líneas azules. El centro estaba ocupado por un cuadrado que debía de representar la cámara acorazada, mientras que las otras líneas debían de ser túneles. Le dio la vuelta al mapa, pero no supo interpretarlo. Junto al cuadrado había una línea más gruesa, que tanto podría ser Wilshire como Olympic. Las líneas que la atravesaban eran calles perpendiculares: Robertson, Doheny, Rexford y otras. Esta red de líneas llegaba hasta el borde del papel, donde al final había un círculo con una cruz. La salida.

Concluyó que el mapa era inútil, porque no sabía dónde estaba ni qué dirección había tomado. Lo arrojó al agua y observó cómo se lo llevaba la corriente. En ese momento decidió que seguiría avanzando en esa dirección, por ser tan buena como cualquier otra.

Bosch chapoteaba corriente abajo, posiblemente hacia el oeste. El agua negra, que se estrellaba contra la pared creando remolinos anaranjados, le llegaba por encima de los tobillos y le llenaba los zapatos, obligándole a caminar de forma lenta e insegura.

Rourke lo había hecho muy bien, pensó Bosch. No importaba que hubieran encontrado el jeep y las motos. Todo era un cebo, una trampa. Rourke y sus compinches habían insinuado lo obvio para hacer lo contrario. Cuando prepararon los planes de batalla la noche anterior, Rourke los había convencido a todos. Y ahora mismo el Equipo de Operaciones Especiales esperaba ahí abajo con una fiesta de bienvenida a la que nadie acudiría.

Bosch buscó algún rastro en el canal, pero no encontró nada. El agua lo hacía imposible. Había señales grabadas en la pared, incluso pintadas hechas por pandillas, pero cada garabato podría llevar allí varios años. Bosch los estudió, pero no reconoció ninguno. Esa vez, Hansel y Gretel no habían dejado pistas.

El ruido del tráfico y la luz comenzaban a aumentar, por lo que Bosch se levantó un momento las gafas infrarrojas y vio que cada treinta metros se filtraban unos conos de luz azulada por las alcantarillas o los sumideros. Al cabo de un rato llegó a una intersección subterránea en la que el agua de su línea se unía a la corriente de otro canal. Bosch se acercó a la pared lateral y lentamente se asomó por la esquina. No vio ni oyó a nadie. No tenía ni idea de hacia dónde ir. Delgado podría haber tomado cualquiera de las tres direcciones. Finalmente decidió seguir el nuevo canal a la derecha porque, según creía, le llevaría en dirección contraria al Equipo de Operaciones Especiales.

No había dado más de tres pasos en el nuevo túnel cuando oyó un susurro más adelante.

—Artie, ¿estás ahí? ¡Venga, date prisa, Artie!

Bosch se quedó helado. A pesar de que la voz provenía de tan sólo unos veinte metros más adelante, no veía a nadie. Entonces comprendió que, gracias a las gafas —los ojos naranja—, no había caído en una emboscada. Pero su tapadera no duraría demasiado. Si se acercaba mucho más, Delgado se daría cuenta de que no era Franklin.

—¡Artie! —volvió a gritar Delgado con voz carrasposa—. ¡Venga!

—Voy —susurró Bosch. Avanzó un paso más, pero su instinto le dijo que no había funcionado. Delgado se habría dado cuenta. Bosch se arrojó al suelo, al tiempo que levantaba la M-16.

Todo sucedió muy rápido y él sólo distinguió el brillo producido por el fogonazo de un arma. El ruido de los disparos en el túnel de cemento fue ensordecedor. Bosch los devolvió y mantuvo el dedo firme en el gatillo hasta que el percutor se quedó sin balas. Los oídos le zumbaban, pero en seguida supo que Delgado o quienquiera que estuviese allí también había parado. Bosch lo oyó insertar un nuevo cargador en su arma y luego pasos rápidos sobre un suelo seco. Delgado había emprendido la huida y se había metido por otro pasadizo. Harry se levantó de un salto y lo siguió, sacando el cargador vacío de su arma prestada y reemplazándolo con el de repuesto al tiempo que avanzaba.

Al cabo de veinticinco metros, Bosch llegó a otra alcantarilla secundaria. Tenía un metro y medio de diámetro y Bosch tuvo que subir un escalón para entrar. El fondo estaba tapizado con algas negras pero, a diferencia de los otros conductos, por aquél no corría el agua. En el suelo yacía un objeto: un cargador vacío de M-16.

Bosch había acertado el camino, pero ya no oía los pasos de Delgado. A pesar de la ligera pendiente, Bosch empezó a avanzar muy deprisa. Al cabo de medio minuto llegó a una sala con una rejilla a unos nueve metros de altura por la que se filtraba la luz. Al otro lado de esa sala continuaba la alcantarilla. No tuvo otro remedio que seguir adelante, esta vez por un túnel que se inclinaba gradualmente hacia abajo. Después de unos quince metros vio que aquella galería desembocaba en un colector más grande: una línea principal. Incluso oía el rumor del agua.

Cuando Bosch se dio cuenta de que avanzaba demasiado rápido, ya era tarde. No pudo detenerse y acabó resbalando sobre las algas y deslizándose hacia el colector. En ese instante Bosch comprendió que Delgado le había tendido una trampa e hincó los tacones en el cieno negro a fin de frenar su caída, pero no consiguió evitar precipitarse en el nuevo pasadizo con los pies por delante y los brazos hacia atrás en un intento desesperado por mantener el equilibrio.

Aunque resulte extraño, notó que la bala le perforaba el hombro derecho antes de oír los disparos. Fue como si alguien hubiera soltado una cuerda con un gancho desde el techo, se lo hubiera clavado en el hombro y hubiera tirado de él hasta derribarlo.

Bosch soltó el arma y se desplomó. Sintió que caía unos treinta metros, cosa obviamente falsa, y que era el suelo del pasadizo, con sus cinco centímetros de agua, el que se alzaba como una pared contra él y lo golpeaba en la cabeza. Las gafas infrarrojas salieron volando y contempló, de forma tranquila y distante, las chispas que saltaban por encima de él y las balas que se estrellaban y rebotaban contra las paredes.

Cuando volvió en sí, a Bosch le pareció que había estado inconsciente durante horas, pero en seguida se dio cuenta de que habían sido sólo segundos, puesto que el estruendo del tiroteo todavía resonaba como un eco por todo el túnel. Notó un olor a cordita y oyó los pasos de alguien que corría. Que huía, deseó el detective con todas sus fuerzas.

Bosch rodó en el agua, extendiendo en la oscuridad los brazos en busca de la M-16 y las gafas. Al poco rato se rindió y decidió desenfundar su propia pistola. Sin embargo, la funda estaba vacía. Bosch se incorporó y se sentó contra la pared. En ese momento se dio cuenta de que tenía la mano derecha insensible. La bala le había dado en la cabeza del húmero y sentía un dolor sordo en el brazo que iba desde el punto de impacto hasta la mano. También notó la sangre que se deslizaba por el pecho y brazo, por debajo de la camisa. Aquella sensación cálida contrastaba con el agua fría que se arremolinaba alrededor de sus piernas y testículos.

De pronto Bosch se percató de que respiraba con dificultad, por lo que intentó controlar el aire que inhalaba. Sabía que estaba a punto de sufrir espasmos, pero no podía hacer nada.

En ese momento cesó el ruido de pasos. Bosch aguantó la respiración y escuchó. ¿Por qué se había detenido Delgado? Estaba libre. Agitó las piernas en busca de una de las armas, pero no halló nada. Estaba demasiado oscuro para ver dónde habían caído y, para colmo, la linterna también había desaparecido.

Entonces Bosch oyó una voz. Aunque no la reconoció por estar demasiado lejana y amortiguada, no le cupo duda de que alguien estaba hablando. A continuación sonó una segunda voz; eran dos hombres. Intentó comprender lo que decían, pero no pudo. De repente la segunda voz comenzó a chillar. Se produjo un disparo y luego otro. Había transcurrido demasiado tiempo entre los dos para que se tratara de la M-16, pensó Bosch.

Mientras reflexionaba sobre el posible significado de aquel incidente, Bosch volvió a oír un ruido de pasos en el agua y al cabo de unos segundos comprendió que venían hacia él.

No había nada apresurado en los pasos que atravesaban la oscuridad en dirección a Bosch. Eran lentos, regulares, metódicos, como los de una novia caminando hacia el altar. Bosch siguió sentado contra la pared y volvió a agitar las piernas por el suelo encenagado con la esperanza de encontrar una de las armas; pero no estaban. Se sentía débil, cansado, indefenso. El dolor sordo del brazo se había agudizado. Tenía la mano derecha muerta y la izquierda ocupada, apretando la carne desgarrada del hombro. Temblaba y sufría espasmos incontrolados. Sabía que pronto perdería el conocimiento y no volvería a despertar.

Entonces vislumbró el haz de una pequeña linterna que se acercaba a él y se quedó mirándola con la boca abierta. Comenzaba a no controlar algunos de sus músculos. Al cabo de unos instantes, los pasos se detuvieron frente a él y la luz se alzó sobre su cabeza como un sol. A pesar de ser sólo una linterna de bolsillo, le deslumbró de tal manera que no vio a nadie detrás de ella. No le importó, porque ya sabía qué cara lo estaría mirando, a quién pertenecía la mano que sostenía la linterna y qué llevaba en la otra mano.

—Oye —dijo Bosch en un susurro carrasposo. No se había dado cuenta de lo reseca que tenía la garganta—. ¿Esta linternita y el puntero hacen juego?

Rourke bajó el haz hasta apuntar al suelo. Bosch miró a su alrededor y divisó la M-16 y su propia pistola en el agua, una al lado de la otra. Estaban junto a la pared de enfrente, lejos de su alcance. Bosch volvió la vista a Rourke que, vestido con un mono negro metido en unas botas de agua, lo apuntaba con otra M-16.

—Has matado a Delgado —dijo Bosch. Era una afirmación, no una pregunta.

Como todo comentario, Rourke sopesó el arma.

—¿Ahora vas a matar a un poli? ¿Es ése el plan?

—Es la única forma de salir de ésta. Así parecerá que Delgado te disparó primero con esto. —Rourke levantó la M-16—. Y que después yo lo maté. Al final quedo como un héroe.

Bosch no sabía si mencionar a Wish. Podría ponerla en peligro, pero también podría salvarle la vida.

—Olvídalo, Rourke —comentó finalmente—. Wish lo sabe; se lo dije. Hay una carta en el expediente de Meadows que te involucra. Seguramente se lo habrá contado a todo el mundo allá arriba. Te conviene más rendirte y conseguirme ayuda. Que me estoy muriendo, tío.

Aunque no estaba seguro, a Bosch le pareció detectar un ligero cambio en el rostro de Rourke. Sus ojos seguían abiertos, pero es como si hubieran dejado de ver, como si de repente sólo vieran su interior. Cuando volvieron a la realidad, miraron a Bosch sin compasión, llenos de desprecio. En ese momento Bosch clavó sus talones en el cieno e intentó apoyarse contra la pared para levantarse. Sólo se había incorporado unos centímetros cuando Rourke se inclinó y lo empujó fácilmente hacia atrás.

—Quédate ahí y no te muevas, coño. ¿Crees que voy a sacarte de aquí? Tú nos has costado entre cinco y seis millones de dólares, que Tran tenía en esa caja. Debía de haber más o menos eso, aunque ahora nunca lo sabré. Has jodido el golpe perfecto, así que lo tienes crudo, tío.

Bosch bajó la cabeza hasta tocar el pecho con la barbilla. Los ojos se le quedaban en blanco. Quería dormir, pero luchaba por evitarlo. Al final soltó un gruñido.

—Tú eras la única cosa dejada al azar en todo el plan. ¿Y qué ocurre? Pues que en la única ocasión en que puede pasar algo, va y pasa. Eres la puta ley de Murphy personificada, tío.

Tras un esfuerzo gigantesco, Bosch logró alzar la vista hacia Rourke. Después dejó caer su brazo bueno. Ya no tenía fuerza para mantenerlo sobre la herida del hombro.

—¿Qué? —consiguió decir—. ¿Qué… qué… quieres decir?… ¿Azar?

—Quiero decir casualidad. Que te llamaran a ti para el caso de Meadows. Eso no formaba parte del plan, Bosch. ¡Es increíble! Me pregunto cuantas probabilidades hay de que eso ocurra. Quiero decir, que metemos a Meadows en una tubería en la que sabemos que había dormido. Esperamos que no lo encuentren hasta al cabo de un par de días y luego tarden dos o tres días más en identificarlo a partir de las huellas dactilares. Mientras tanto, se decantarán a favor de muerte por sobredosis. Al fin y al cabo el tío está clasificado como yonqui, ¿no?

Rourke hizo una pausa.

—¿Pero qué pasa? Un niñato encuentra el cuerpo en menos que canta un gallo —se lamentó en tono de víctima—, y ¿a quién llaman? A un cabrón de mierda que conocía al fiambre y lo identifica en dos segundos. A un amiguete de los putos túneles de Vietnam. Ni yo mismo me lo puedo creer —continuó Rourke—. Lo jodiste todo, Bosch. Incluso tu mierda de vida… Qué, ¿me sigues?

Bosch notó que levantaba la cabeza, empujada por el cañón del arma de Rourke.

—¿Me sigues? —repitió Rourke. A continuación asestó un golpe con la M-16 en el hombro derecho de Bosch, lo cual le produjo una descarga eléctrica que le recorrió todo el brazo, bajó por el cuerpo y le llegó directamente hasta los testículos. Bosch gimió y abrió la boca en busca de aire, al tiempo que alargaba la mano para intentar alcanzar la pistola. No fue suficiente; tan sólo consiguió aire. Bosch se tragó su propio vómito y notó el sudor que le empapaba el pelo.

—No tienes muy buen aspecto, amigo —se burló Rourke—. Quizá no tenga que hacer esto después de todo. Puede que el primer disparo de Delgado, sea suficiente.

El dolor había resucitado a Bosch, manteniéndolo despierto y alerta aunque sólo fuera temporalmente. De hecho, ya comenzaba a perder fuerzas. Rourke seguía inclinado sobre Bosch, y cuando éste alzó la vista, vio unas telas que le colgaban del pecho y el cinturón de su mono negro. Eran bolsillos; Rourke llevaba el mono al revés.

En el cerebro de Bosch se encendió una luz. Recordó que Tiburón le había dicho que el hombre que metió el cadáver en la tubería llevaba una especie de delantal de herramientas. Ése era Rourke. Aquella noche también llevaba el mono al revés, porque en la espalda ponía FBI y no quería que se viera. En ese momento la información era totalmente inútil, pero a Bosch le gustó encajarla en el rompecabezas.

—¿De qué te ríes, hombre muerto? —le preguntó Rourke.

—Vete a la mierda.

Rourke levantó la pierna para pegarle una patada en el hombro, pero esa vez Bosch estaba preparado. Cogió el tacón de Rourke con la mano izquierda y tiró de él con fuerza. Su otro pie resbaló en el lecho de algas y cayó de espaldas salpicando por todas partes. Sin embargo Rourke no soltó el arma, tal como Bosch esperaba. No pasó nada; eso fue todo. Bosch llegó a agarrar la M-16, pero Rourke le separó los dedos del cañón y lo empujó contra la pared. Bosch se inclinó hacia un lado y vomitó en el agua, mientras notaba que un poco más de sangre brotaba de su herida y le recorría el brazo. Había jugado su última carta. Ya no le quedaban más.

Rourke se levantó del agua, se acercó y apoyó el cañón de la M-16 en la frente del Bosch.

—¿Sabes? Meadows solía hablarme del eco negro. De toda esa mierda. Pues aquí estás. Esto es el final, Harry.

—¿Por qué murió? —susurró Bosch—. Meadows. ¿Por qué?

Rourke retrocedió y miró en ambas direcciones del túnel antes de hablar.

—Ya sabes por qué. Fue un inútil allí y aquí. Por eso murió. —Rourke parecía estar repasando una escena en su memoria y sacudió la cabeza disgustado—. Todo hubiera sido perfecto de no ser por él. Se quedó el brazalete. Los jodidos delfines de jade incrustados en oro.

Rourke tenía la mirada perdida en la oscuridad del túnel y una expresión nostálgica en el rostro.

—Eso fue lo único que falló —comentó Rourke—. El éxito del plan dependía de una completa obediencia. El idiota de Meadows… no obedeció.

Rourke sacudió la cabeza, todavía furioso con el hombre muerto, y se quedó callado. Fue en ese preciso instante cuando a Bosch le pareció oír el ruido de pasos en la distancia. No estaba seguro de si eran reales o si los había imaginado. Bosch chapoteó un poco con el pie izquierdo. No lo suficiente para que Rourke apretara el gatillo, pero sí para cubrir el ruido de pisadas. Si es que no lo había soñado.

—Se quedó el brazalete —resumió Bosch—. ¿Nada más?

—Eso fue suficiente —protestó Rourke, enfadado—. No podía aparecer nada. ¿No lo ves? Ésa era la gracia del asunto. Nos íbamos a desembarazar de todo excepto los diamantes, que guardaríamos hasta terminar los dos robos. Pero el muy idiota no pudo esperar a acabar el segundo trabajo. Se agenció ese brazalete barato y lo empeñó para comprar droga. —Rourke hizo una pausa—. Yo lo vi en los informes de objetos empeñados. Sí, después del robo del WestLand, fuimos al departamento de policía y les pedimos que nos enviaran sus listas mensuales de objetos empeñados, así que nos empezaron a llegar al Buró. Por suerte yo vi el brazalete y vuestros tíos de empeños, no. Es lógico; ellos tienen que buscar miles de objetos. Yo sólo buscaba uno, porque sabía que alguien se lo había quedado. La gente denunció muchas cosas robadas de la primera cámara que no estaban entre la mierda que nos llevamos. Para estafar a la empresa de seguros. Pero yo sabía que el brazalete de delfines era de verdad. Esa pobre vieja que lloraba, la historia de su marido y toda esa mierda del valor sentimental. Como la entrevisté yo mismo, supe que no mentía. Así descubrí que uno de mis hombres se había guardado el brazalete.

«Que siga hablando —pensó Bosch—. Si él sigue hablando, tú saldrás andando. Saldrás de aquí, de aquí… alguien se acerca… el brazo me duele…» Su delirio le hizo reír y volvió a vomitar. Entretanto, Rourke continuaba con la historia.

—La verdad es que me la jugué con Meadows desde el principio. Cuando estás enganchado al caballo… ya se sabe. En cuanto apareció el brazalete fui a verlo el primero.

Rourke se quedó en silencio y Bosch hizo más ruido con las piernas. Ahora era el agua la que le parecía caliente y fría la sangre que le empapaba el costado.

—¿Sabes qué? —preguntó Rourke finalmente—. La verdad es que no sé si besarte o matarte, Bosch. Nos has costado millones, pero mi parte del botín ha aumentado mucho ahora que tres de mis hombres están muertos. Probablemente al final quedará compensado.

Bosch no creía que pudiera permanecer consciente mucho tiempo. Se sentía cansado, impotente y resignado. Aquella actitud despierta causada por el dolor se había evaporado. Incluso cuando logró levantar la mano y golpearse el hombro herido, ya no sintió dolor y no hubo manera de recuperarlo. Bosch se quedó contemplando el agua que fluía lentamente por entre sus piernas. Le parecía tan caliente y él tenía tanto frío… Por una parte quería acostarse y taparse con ella como con una manta, dormir en su lecho; pero por otra, una voz le decía que aguantara. Bosch recordó a Clarke agarrándose la garganta; toda aquella sangre. Miró al haz de luz que sostenía Rourke y volvió a intentarlo una vez más.

—¿Por qué tanto tiempo? —preguntó con un susurro—. Todos esos años. Tran y Binh. ¿Por qué ahora?

—Por nada en especial, Bosch. A veces se dan las circunstancias adecuadas, como ese cometa que pasa cada setenta y dos años o lo que sea. El cometa Halley. A veces coinciden las cosas. Yo les ayudé a entrar los diamantes en el país; se lo preparé todo. Me pagaron bien y no volví a pensar en ello. Pero un día la semilla que planté hace tantos años salió a la superficie. Estaba ahí, a nuestro alcance, y la cogimos. Bueno, ¡la cogí yo! Y por eso ha sido ahora.

Rourke esbozó una sonrisa de satisfacción, mientras bajaba la boca del arma y la colocaba en punto frente a la cara de Bosch. Él sólo podía mirar.

—Se me ha acabado el tiempo, Bosch, y a ti también.

Rourke agarró el arma con las dos manos y separó los pies para alinearlos con los hombros. Por su parte, Bosch cerró los ojos en el momento final y limpió su mente de cualquier otro pensamiento que no fuera el agua. Caliente, como una manta.

Bosch oyó dos disparos, que resonaron como truenos en el túnel de cemento.

Pugnando por abrir los ojos, vio a Rourke apoyado contra la pared enfrente de él, con las manos en el aire. En una sostenía la M-16 y en la otra, la linterna de bolsillo. El fusil se cayó y restalló contra el suelo del túnel, mientras que la linterna quedó flotando con la bombilla todavía encendida. La luz que proyectaba creaba unas sombras ondulantes en las paredes y el techo, mientras se deslizaba suavemente movida por la corriente.

Rourke no dijo ni una sola palabra. Se desmoronó lentamente mientras miraba a la derecha —de donde parecían provenir los tiros— y dejaba un reguero de sangre en la pared. Bajo la luz cada vez más escasa del túnel, Harry detectó una expresión de sorpresa y luego una mirada de resolución. Finalmente acabó sentado como Bosch, con el agua circulando por entre las piernas y unos ojos muertos que ya no veían nada.

En ese instante a Bosch se le nubló la vista. Quiso hacer una pregunta, pero no encontró las palabras. A continuación otra luz iluminó el túnel y Bosch creyó oír una voz, la voz de una mujer, diciéndole que no se preocupara. Le pareció ver la cara de Eleanor Wish, enfocándose y desenfocándose, hasta que se hundió en la más completa oscuridad.

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