El eco negro

El eco negro


Primera parte. Domingo, 20 de mayo

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Primera parte

Domingo, 20 de mayo

En aquella oscuridad el chico no veía nada, pero tampoco le hacía falta. La experiencia acumulada le decía que iba bien. Nada de gestos bruscos; el truco era deslizar el brazo con suavidad y girar la muñeca lentamente para mantener la bolita en movimiento. Sin chorretones; perfecto.

El silbido del aerosol y la rotación de la bola le producían una sensación reconfortante. El olor de pintura le recordó el calcetín que tenía en el bolsillo y le hizo pensar en colocarse un poco. «Quizá más tarde», se dijo. No quería detenerse antes de haber terminado la línea de un solo trazo.

No obstante, se detuvo. Había oído el ruido de un motor pero, al levantar la cabeza, las únicas luces que vio fueron el reflejo plateado de la luna sobre el embalse y la pálida bombilla de la caseta de turbinas que había en el centro de la presa.

Sin embargo, sus oídos no le engañaban: no cabía duda de que se aproximaba un vehículo. Al chico le pareció que era un camión e incluso creyó oír el crujido de las ruedas sobre el camino de grava que circundaba el embalse. El crujido era cada vez más fuerte; alguien se estaba acercando casi a las tres de la madrugada. ¿Por qué? El chico se puso en pie y arrojó el aerosol en dirección al agua, pero éste voló por encima de la verja y acabó aterrizando entre las matas de la orilla. Se había quedado corto. A continuación se sacó el calcetín del bolsillo y decidió inhalar un poco para infundirse valor. Hundió la nariz en él y respiró hondo los gases de pintura. Aquello lo aturdió un instante, haciéndole parpadear y tambalearse. Finalmente se deshizo también del calcetín.

El chico levantó su motocicleta y la empujó a través de la carretera hacia un pinar cubierto de hierba alta y arbustos al pie de una colina. Era un buen escondite, pensó; desde allí podría observar sin ser visto. En ese momento el ruido del motor era ya muy fuerte. Debía de estar muy cerca, pero todavía no se veía la luz de los faros. Aquello le desconcertó, pero ya no tenía tiempo de escapar. El chico tumbó la motocicleta en el suelo, entre la hierba alta, detuvo con la mano la rueda delantera que giraba descontrolada y se agazapó a esperar lo que fuera que se avecinaba.

Harry Bosch oía el zumbido de un helicóptero que trazaba círculos sobre su cabeza, en un mundo de luz más allá de la oscuridad que lo envolvía. ¿Por qué no aterrizaba? ¿Por qué no traía refuerzos? Harry avanzaba por un túnel negro y lleno de humo, y se le estaban acabando las pilas de la linterna. El haz de luz se hacía más débil a cada paso. Necesitaba ayuda. Necesitaba moverse más rápido. Necesitaba llegar al final del túnel antes de quedarse solo en la más completa oscuridad. Harry oyó pasar el helicóptero una vez más. ¿Por qué no aterrizaba? ¿Dónde estaba la ayuda que esperaba? Cuando el zumbido de las hélices volvió a alejarse, sintió que el terror se apoderaba de él y apretó el paso, gateando sobre sus rodillas ensangrentadas. Con una mano aguantaba la linterna, y con la otra se apoyaba en tierra para mantener el equilibrio. No miró atrás, porque sabía que el enemigo se hallaba a sus espaldas, entre las tinieblas. Era un enemigo invisible, pero siempre presente. Y cada vez más cercano.

Cuando sonó el teléfono de la cocina, Bosch se despertó al instante. Mientras contaba los timbrazos, se preguntó si haría rato que le llamaban y si habría dejado puesto el contestador.

Pero no. El contestador no se conectó, por lo que el teléfono sonó las ocho veces de rigor. Bosch sentía curiosidad por saber de dónde vendría esa costumbre. ¿Por qué no seis veces? ¿O diez? Se frotó los ojos y miró a su alrededor. Una vez más se encontró arrellanado en la butaca del salón, un sillón reclinable que constituía la pieza principal de su escaso mobiliario. Él la llamaba su butaca de vigilancia, lo cual no era del todo preciso, ya que dormía en ella a menudo, incluso cuando no estaba de guardia.

La luz de la mañana se filtraba por una rendija entre las cortinas y dejaba su marca afilada sobre el suelo de madera descolorida. Bosch contempló las motas de polvo que flotaban perezosas en el haz de luz, junto a la puerta corredera de la terraza. Contra la pared, un televisor con el volumen muy bajo mostraba uno de esos programas evangélicos que dan los domingos por la mañana. En la mesa junto a la butaca, a la luz de una lámpara, yacían sus compañeros de insomnio: una baraja de cartas, unas cuantas revistas y un par de novelas de misterio, sólo hojeadas ligeramente antes de ser abandonadas. También había una cajetilla de cigarrillos estrujada y tres botellas de cerveza vacías que habían sobrado de paquetes de seis de distintas marcas. Bosch estaba totalmente vestido, y hasta llevaba una corbata arrugada y un alfiler plateado con el número 187 sujeto a su camisa blanca.

El policía se llevó la mano a los riñones. Esperó a que sonara el buscapersonas y atajó de golpe su irritante pitido. Al desenganchar el aparato del cinturón, comprobó el número y no se sorprendió en absoluto. Se levantó de la silla con esfuerzo, se desperezó e hizo crujir los huesos del cuello y de la espalda. Caminó hacia la encimera de la cocina, donde estaba el teléfono, y antes de llamar, escribió «Domingo, 8.53» en una libreta que sacó del bolsillo de su chaqueta. Al cabo de unos segundos, una voz respondió:

—Departamento de Policía de Los Ángeles, División de Hollywood. Aquí el agente Pelch, ¿en qué puedo ayudarle?

—Alguien podría haber muerto en el tiempo que ha tardado en decir todo eso. Póngame con el sargento de guardia.

Bosch encontró una cajetilla nueva en un armario de la cocina y encendió el primer cigarrillo del día. Después de enjuagar un vaso polvoriento con agua del grifo, sacó dos aspirinas de un frasquito de plástico que también halló en el armario. Estaba tragándose la segunda cuando un sargento llamado Crowley se puso al teléfono.

—¿Estás en misa? He llamado a tu casa, pero no contestaban.

—Muy gracioso, Crowley. ¿Qué pasa?

—Bueno, ya sé que anoche te tuvimos ocupado con el asunto de la tele, pero tanto tú como tu compañero estáis de servicio todo el fin de semana y os ha tocado un fiambre en Lake Hollywood. Lo hemos encontrado en una tubería, en el camino de acceso a la presa de Mulholland. ¿Sabes dónde está?

—Sí. ¿Qué más?

—La patrulla ya está allí, y hemos avisado al forense y a los de la policía científica. Mi gente no sabe nada, excepto que es un cadáver. El tío está dentro de la tubería, a unos diez metros de la entrada, y mis hombres no quieren meterse por si se trata de un crimen; prefieren no tocar nada. Les he mandado avisar a tu compañero, pero él tampoco contestaba. Por un momento he pensado que quizás estuvierais juntos, pero luego me he dicho que no, que no era tu tipo. Ni tú el suyo.

—Ya lo localizaré yo. Oye, si no han entrado en la tubería, ¿cómo saben que es un fiambre y no un tío durmiendo la mona?

—Bueno, entraron un poco y lo tocaron con un palo; lo estuvieron pinchando un rato y estaba más tieso que la picha del novio la noche de bodas.

—Fantástico. No quieren estropear la escena del crimen y se dedican a manosear el cadáver. ¿De dónde has sacado a esos palurdos?

—Mira, Bosch. A nosotros nos llaman y vamos a ver qué pasa, ¿vale? ¿O es que preferirías que os pasásemos todos los avisos a Homicidios? Os volveríais locos, os lo aseguro.

Bosch aplastó la colilla en el fregadero de acero inoxidable y echó un vistazo por la ventana de la cocina. Al pie de la montaña un tranvía para turistas recorría los enormes estudios de sonido de la Universal. Uno de aquellos larguísimos edificios tenía una pared azul cielo con nubecillas blancas que se usaba para filmar exteriores cuando el exterior natural de Los Ángeles se tornaba del color del agua sucia.

—¿Quién dio el aviso? —preguntó Bosch.

—Una llamada anónima a Emergencias, poco después de las cuatro de la madrugada. El agente de servicio dice que fue desde una cabina del Boulevard. Lo debió de encontrar alguien haciendo el burro por las tuberías. No quiso dar su nombre; sólo dijo que había un cadáver. Los de centralita tendrán la grabación.

Bosch empezaba a mosquearse. Sacó el frasco de aspirinas del armario y se lo metió en el bolsillo. Mientras pensaba en la llamada de las cuatro, abrió la nevera y se inclinó para mirar, pero no vio nada interesante.

—Crowley, si el aviso llegó a las cuatro, ¿por qué me lo dices ahora, casi cinco horas más tarde? —preguntó tras consultar su reloj.

—Sólo teníamos una llamada anónima; nada más. Me dijeron que el aviso lo había dado un chaval, imagínate. No iba a mandar a uno de mis hombres en plena noche con tan poca información. Podría haber sido una broma pesada, una emboscada o cualquier cosa. Así que esperé a que se hiciera de día y las cosas se calmaran un poco por aquí, y envié a uno de mis hombres cuando acababa su turno. Hablando de turnos que se acaban, yo me largo. Sólo estaba pendiente de hablar con la patrulla y luego contigo. ¿Algo más?

Bosch tenía ganas de preguntarle si se le había ocurrido que la tubería iba a estar oscura tanto a las cuatro como a las ocho, pero lo dejó pasar. ¿Para qué molestarse?

—¿Algo más? —repitió Crowley.

A Bosch no se le ocurrió nada más, pero Crowley llenó el silencio.

—No creo que se trate de un 187. Seguramente es un yonqui que murió de sobredosis, Harry; pasa todos los días. ¿Te acuerdas de aquel que sacamos de la tubería el año pasado?… Ah no, fue antes de que llegaras a Hollywood… Bueno, pues resulta que un tío se metió en la misma tubería (ya sabes que los vagabundos duermen allí muchas veces), pero se chutó una mierda y se quedó seco. Claro que aquella vez no lo encontramos tan rápido y, con el sol que pegaba, se estuvo cociendo durante dos días. Acabó más asado que un pavo de Navidad, aunque te aseguro que no olía tan bien.

Crowley se rio de su propio chiste, pero a Bosch no le hizo ninguna gracia.

—Cuando lo sacamos todavía tenía el pico clavado en el brazo —continuó el sargento de guardia—. Esto es lo mismo, un caso de rutina; si te vas para allá ahora, estarás de vuelta a la hora de comer. Luego te echas una siestecita y te vas a ver a los Dodgers. El próximo fin de semana le tocará a otro; tú no estás de guardia. Ya sabes que la semana que viene tienes un permiso de tres días y un fin de semana largo. Así que hazme un favor: vete para allá a ver qué es lo que hay.

Bosch estuvo considerando colgar el teléfono, pero luego dijo:

—Crowley, ¿por qué dices que el otro cadáver no lo encontrasteis tan rápido? ¿Qué te hace suponer que hemos encontrado éste inmediatamente?

—Mis hombres me han dicho que, aparte de a meado, la tubería no huele a nada. Tiene que estar fresco.

—Di a tus hombres que estaré allí dentro de quince minutos y que dejen de joder con el muerto.

—Oye, Bosch…

Bosch sabía que Crowley iba a defender a su gente de nuevo, así que prefirió ahorrárselo y colgó. Después de encender otro cigarrillo, se dirigió a la puerta de entrada y recogió el Times que descansaba en el peldaño del porche. Al depositar sus cinco kilos de papel sobre la encimera de la cocina, Bosch se preguntó cuántos árboles habrían talado para confeccionarlo. Sacó el suplemento inmobiliario y lo hojeó hasta que encontró un gran anuncio de la empresa Valley Pride Properties. Pasó el dedo por una lista de casas en venta y se detuvo en una cuya descripción estaba rematada con la frase «Pregunte por Jerry». Bosch marcó el número.

—Valley Pride Properties, ¿dígame?

—¿Está Jerry Edgar?

Al cabo de unos segundos y unos cuantos ruidos extraños, le pasaron a su compañero.

—¿Dígame?

—Jed, tenemos otro trabajo. En la presa de Mulholland. ¿Por qué no llevas el busca?

—Mierda —dijo Edgar. Hubo un silencio. Bosch jugaba a adivinarle el pensamiento: «Hoy tengo tres casas que enseñar». Más silencio. Bosch se imaginó a su compañero al otro lado de la línea con un traje de novecientos dólares y cara de bancarrota—. ¿Cuál es el trabajo?

Bosch le contó lo poco que sabía.

—Si quieres que lo haga yo solo, no me importa —le ofreció Bosch—. Si Noventa y Ocho dice algo, ya te cubriré. Le explicaré que tú llevas el asunto de la tele y yo el fiambre de la tubería.

—Te lo agradezco, pero no hace falta. En cuanto encuentre a alguien que me sustituya, voy para allá.

Acordaron encontrarse junto al cadáver y Bosch colgó el teléfono. Acto seguido conectó el contestador automático, sacó dos paquetes de cigarrillos del armario y se los metió en el bolsillo de la cazadora. Entonces abrió otro armarito y sacó su pistola de una funda de nailon; una Smith & Wesson de nueve milímetros. Era un arma de acero inoxidable con acabado satinado que venía con un cargador de ocho balas XTP. Bosch recordó el anuncio que había leído en una revista de la policía: «Máxima capacidad mortífera. Tras el impacto, las balas XTP se expanden hasta 1,5 veces su diámetro, alcanzando una profundidad letal y dejando los mayores surcos de entrada». El que lo había escrito tenía razón.

Bosch había matado a un hombre el año anterior desde una distancia de seis metros. La bala entró por debajo de la axila derecha y salió un poco más abajo del pezón izquierdo, destrozando el corazón y los pulmones a su paso. «Balas XTP: los mayores surcos de entrada». Bosch se prendió la funda al cinturón en el costado derecho para poder cruzar el brazo y desenfundar con la mano izquierda.

A continuación se dirigió al cuarto de baño, donde se cepilló los dientes sin pasta dentífrica: no le quedaba y se había olvidado de bajar a la tienda. Después se pasó un peine mojado por el pelo y se quedó un buen rato mirando sus ojos enrojecidos, los ojos de un hombre de cuarenta años. Se fijó en las canas que comenzaban a poblar su pelo castaño y rizado… hasta el bigote se estaba tornando gris. Últimamente incluso había empezado a encontrar pelitos blancos en el lavabo cuando se afeitaba. Esta vez se llevó una mano a la barbilla y decidió no afeitarse. Salió de casa sin siquiera cambiarse de corbata. Sabía que a su cliente no le importaría.

Bosch encontró un lugar sin cagadas de paloma donde apoyarse en la barandilla que recorría el muro de contención del embalse de Mulholland. Con un cigarrillo colgado de los labios, contempló la ciudad que asomaba entre las montañas. El cielo era de un gris pólvora y la contaminación parecía una mortaja que envolvía Hollywood. El aire envenenado dejaba entrever unos cuantos rascacielos lejanos, pero el resto se hallaba completamente cubierto por aquel manto que le daba a Los Ángeles un aspecto de ciudad fantasma.

La cálida brisa esparcía un ligero olor químico que Bosch identificó al cabo de un rato: insecticida. Había oído por la radio que los helicópteros habían estado allí la noche anterior, fumigando North Hollywood a través del paso de Cahuenga. Bosch se acordó de su sueño y del helicóptero que no aterrizaba.

A sus espaldas se hallaba la gran masa verdiazul del pantano: doscientos mil metros cúbicos de agua potable destinados al consumo de la ciudad, contenidos por una vieja y venerable presa en un cañón entre dos de las colinas de Hollywood. Una franja de dos metros de arcilla seca que bordeaba la orilla, recordaba que Los Ángeles pasaba su cuarto año de sequía. Un poco más arriba, una alambrada de unos tres metros de alto circundaba el embalse. Al llegar, Bosch se había fijado en ella y se había preguntado si la protección estaría destinada a la gente o al agua.

Sobre su traje arrugado Bosch llevaba un mono azul que, a pesar de las dos capas de ropa, ya mostraba manchas de sudor en sobacos y espalda. Tenía el pelo y el bigote húmedos porque acababa de salir de la tubería y en la nuca notaba el cálido cosquilleo de los vientos de Santa Ana, que aquel año se habían adelantado.

Harry no era un hombre corpulento. Medía poco más de un metro setenta y era delgado. Los periódicos lo habían descrito como un hombre nervudo. Debajo del mono, sus músculos eran como cuerdas de nailon, más fuertes de lo que su tamaño hacía sospechar. Las canas que salpicaban su cabello eran más abundantes en el lado izquierdo y sus ojos castaño oscuro rara vez traslucían sus sentimientos o intenciones.

La tubería tenía unos cincuenta metros y yacía en el suelo junto al camino de acceso a la presa. Estaba oxidada por dentro y por fuera. Su única utilidad aparente era servir de refugio a quienes dormían en su interior y de soporte para las pintadas que cubrían el exterior. Bosch no supo para qué servía hasta que el guarda de la presa le contó que era una barrera contra el lodo. Cuando llovía mucho, le había explicado el guarda, se producían desprendimientos en la ladera de la montaña. La tubería de un metro de diámetro, seguramente una sobra de algún proyecto o chapuza municipal, había sido colocada en el lugar más proclive a dichos desprendimientos como primera y única defensa. Había sido fijada al suelo mediante una anilla de hierro de un centímetro de grueso empotrada en cemento.

Antes de entrar en la tubería, Bosch se había puesto un mono del Departamento de Policía con las letras «LAPD» en la espalda. Al sacarlo del maletero de su coche, había pensado que el mono probablemente estaba más limpio que el traje que quería proteger. De todos modos se lo puso, porque era su costumbre. Bosch era un detective supersticioso y metódico, a la antigua usanza.

Mientras avanzaba con la linterna en la mano por el claustrofóbico cilindro que apestaba a humedad, Bosch sintió que la garganta se le secaba y el corazón se le aceleraba. Una sensación familiar de vacío en el estómago se apoderó de él: miedo. Pero en cuanto encendió la linterna y la oscuridad se desvaneció, también lo hizo su desasosiego, y se puso manos a la obra.

Ahora se encontraba junto a la presa, fumando y pensando. Crowley, el sargento de guardia, tenía razón; el hombre de la cañería estaba muerto. Pero también se equivocaba, porque el caso no iba a ser fácil. Harry no volvería a casa a tiempo para su siesta o para escuchar el partido de los Dodgers por la radio. Las cosas no estaban claras, y Harry lo había sabido al instante.

Dentro de la tubería, Bosch no encontró huellas o, mejor dicho, no encontró huellas de utilidad. El suelo estaba oculto bajo una capa de tierra naranja, cubierta a su vez de bolsas de papel, botellas de vino vacías, bolas de algodón, jeringas usadas y papel de periódico dispuesto para dormir encima; en definitiva, los restos de vagabundos y drogadictos. A medida que avanzaba hacia el cadáver, Bosch lo estudiaba todo meticulosamente a la luz de la linterna. No encontró ningún rastro atribuible al muerto, que yacía en el suelo con la cabeza en primer plano. Algo no encajaba. Si el hombre hubiese entrado por su propio pie, habría dejado alguna huella. Si lo hubiesen arrastrado, también debería haber alguna señal. Pero no había nada, y aquel dato no fue lo único que preocupó a Bosch.

Cuando llegó hasta el cuerpo, lo encontró con la camisa subida hasta la cabeza y los brazos enrollados dentro. Bosch había visto suficientes muertos como para saber que todo era posible durante los últimos estertores. Una vez trabajó en un caso de suicidio en el que un hombre que se había disparado en la cabeza se cambió los pantalones antes de morir. Al parecer lo hizo para que no encontraran el cuerpo manchado con sus propias deyecciones. No obstante, a Harry no le convenció la posición del cadáver. Más bien parecía que alguien lo hubiera agarrado por el cuello de la camisa y lo hubiera metido a rastras en la cañería.

No lo movió ni le retiró la camisa de la cara; únicamente observó que se trataba de un hombre de raza blanca. A simple vista no estaba clara la causa de la muerte. Después de examinar el cadáver, lo sorteó cuidadosamente —con el rostro a apenas a un palmo de él— y continuó recorriendo a rastras los cuarenta metros de cañería. Al cabo de veinte minutos salió de nuevo a la luz del día sin haber encontrado ninguna pista. Entonces envió a un experto llamado Donovan para que tomara nota de los objetos encontrados y grabara en vídeo la situación del cadáver. La cara del experto delató su sorpresa, ya que no esperaba tener que meterse en la tubería en un caso tan claro de sobredosis. Tendría entradas para los Dodgers, pensó Bosch.

Después de dejar a Donovan con lo suyo, Bosch encendió otro cigarrillo y caminó hacia la presa para contemplar la ciudad contaminada y sus criaturas. Se apoyó en la barandilla. Desde aquella distancia el sonido del tráfico procedente de la autopista de Hollywood parecía un rumor suave, como un océano tranquilo. A través de la abertura de la cañada, Bosch distinguió las piscinas azules y los tejados de estilo mexicano típicos de aquella zona.

Una mujer con una camiseta blanca de tirantes y pantalones cortos verde lima pasó corriendo a su lado. Enganchado al cinturón llevaba un minitransistor con un cablecito amarillo conectado a unos auriculares. Parecía inmersa en su propio mundo, ajena al grupo de policías que se agolpaban un poco más adelante. Al llegar al final de la presa, la mujer se percató del precinto amarillo que le ordenaba, en dos idiomas, que se detuviera. Se detuvo sin dejar de saltar en el mismo sitio, mientras su larga cabellera rubia se pegaba a los hombros sudados. La mujer contempló a los policías, la mayoría de los cuales a su vez la estaban mirando a ella, dio media vuelta y volvió a pasar por delante de Bosch, que también la siguió con la mirada. Éste observó que la mujer se desviaba al pasar por delante de la caseta de las turbinas y decidió averiguar por qué. Al llegar allí descubrió unos cristales en el suelo y, al alzar la cabeza, una bombilla rota todavía enroscada a la lámpara que colgaba sobre la puerta de la caseta. Se propuso preguntarle al portero si había comprobado el estado de la bombilla recientemente.

Cuando volvió a su puesto en la barandilla, un movimiento captó su atención. Al bajar la mirada, descubrió un coyote olisqueando la mezcla de pinaza y basura que cubría el terreno arbolado junto a la presa. El animal era pequeño, con el pelaje sucio y lleno de calvas. Al igual que los pocos coyotes que quedaban en las reservas naturales próximas a la ciudad, aquél, si quería sobrevivir, tenía que escarbar entre los restos que los vagabundos ya habían escarbado antes.

—Ya lo sacan —anunció una voz detrás de él.

Bosch se volvió y vio a uno de los hombres de uniforme asignados a aquel caso. Asintió con la cabeza y lo siguió, alejándose de la presa y pasando por debajo del precinto amarillo en dirección a la tubería.

De la entrada de aquella cañería cubierta de pintadas salía un murmullo de gruñidos y exclamaciones. Un hombre sin camisa, con la espalda musculosa cubierta de rasguños y suciedad, emergió arrastrando una tela de plástico resistente sobre la que yacía el cuerpo. El muerto todavía estaba boca arriba con la cabeza y las manos prácticamente ocultas por la camisa negra. Bosch buscó a Donovan con la mirada y lo encontró guardando una cámara de vídeo en la camioneta azul de la policía. Inmediatamente se dirigió hacia él.

—Necesito que vuelvas a entrar. Toda esa mierda que hay ahí dentro… periódicos, latas, bolsas (también vi unas hipodérmicas), algodón, envases…, quiero que lo recojas todo.

—De acuerdo —respondió Donovan. Hizo una pausa y después añadió—: Oye, a mí no me importa, pero… ¿tú crees que tenemos un caso? ¿Vale la pena que nos matemos a trabajar?

—No creo que lo sepamos hasta la autopsia.

Bosch empezó a alejarse, pero se detuvo un instante.

—Donnie, ya sé que es domingo… bueno… gracias por volver a entrar.

—De nada. Es mi trabajo.

El hombre descamisado y el ayudante del forense estaban en cuclillas junto al cuerpo. Ambos llevaban guantes blancos.

El ayudante era Larry Sakai, un tipo que Bosch conocía desde hacía años, pero que nunca le había caído bien. Sakai tenía a su lado una caja de plástico de las que se utilizan para guardar utensilios de pesca, de la cual sacó un bisturí. Con él hizo una incisión de un par de centímetros en el costado del hombre, encima de la cadera izquierda, de la que no salió sangre. Entonces cogió un termómetro de la caja y lo fijó al extremo de una sonda curvada, la introdujo en el corte y, con gran habilidad, pero poca delicadeza, fue dándole vueltas para llegar al hígado.

El hombre descamisado puso cara de asco y Bosch se fijó en que tenía una lágrima azul tatuada en el rabillo del ojo derecho. A Bosch le pareció extrañamente apropiado, seguramente era la máxima lástima que el difunto iba a suscitar entre sus colegas.

—La hora de la muerte va a ser una putada —comentó Sakai sin apartar la vista de su trabajo—. La tubería, con el calor, va a desvirtuar la pérdida de temperatura del hígado. Cuando estábamos ahí dentro, Osito le ha puesto el termómetro y marcaba 27,2°. Diez minutos más tarde marcaba 28,3°. O sea, que no tenemos la temperatura exacta ni del cuerpo ni de la cañería.

—¿Y eso qué significa? —dijo Bosch.

—Que no puedo decirte nada aquí mismo. Tengo que llevármelo y hacer números.

—Es decir, dárselo a alguien que realmente sepa hacerlo —apuntó Bosch.

—Lo tendrás cuando asistas a la autopsia; no te preocupes.

—Por cierto, ¿quién corta hoy?

Sakai no contestó; estaba demasiado ocupado con las piernas del muerto. Primero agarró los zapatos y movió un poco los tobillos, luego fue palpando las piernas y finalmente las levantó por los muslos para comprobar si se doblaban las rodillas. A continuación apretó las manos sobre el abdomen como si estuviera buscando droga. Por último metió la mano por debajo de la camisa e intentó girar la cabeza, pero ésta no se movió. Bosch sabía que el rigor mortis se extendía de la cabeza al tronco y luego a las extremidades.

—El cuello está tieso —explicó Sakai—. El estómago lo está a medias y las extremidades todavía tienen flexibilidad.

Sakai se sacó un lápiz de detrás de la oreja y lo usó para apretar la piel del costado. La parte del cuerpo más cercana al suelo presentaba unas manchas violáceas, como si estuviera lleno de vino hasta la mitad. Era la lividez post mórtem; cuando el corazón deja de bombear sangre, ésta se concentra en la zona más baja del cuerpo. Al apretar la goma del lápiz contra la piel oscura, el área no emblanqueció, lo cual indicaba que la sangre se había coagulado. El hombre llevaba varias horas muerto.

—La lividez es uniforme —prosiguió Sakai—. Según ese dato y el rigor mortis, yo diría que este tío lleva muerto entre seis y ocho horas. No te puedo decir más hasta que analice la temperatura, así que de momento tendrás que conformarte.

Sakai no levantó la mirada al decir esto, sino que él y su amigo Osito empezaron a registrar los bolsillos del pantalón militar del cadáver. Todos, incluidos los enormes bolsillos laterales, estaban vacíos. Luego le dieron la vuelta para verificar los de atrás, hecho que Bosch aprovechó para examinar de cerca la espalda desnuda del cadáver. La piel se había tornado violácea a causa de la lividez y la suciedad, pero Bosch no vio ningún rasguño o marca que indicara que el cuerpo había sido arrastrado.

—En los pantalones no hay nada para identificarlo —dijo Sakai, todavía sin alzar la vista.

A continuación empezaron a tirar cuidadosamente de la camisa negra con el objeto de descubrir la cabeza. El muerto tenía el cabello ondulado, con más canas que pelo negro. Llevaba una barba descuidada y aparentaba unos cincuenta años, por lo que Bosch dedujo que tendría unos cuarenta. En el bolsillo de la camisa había algo que el ayudante del forense se apresuró a sacar; después de examinarlo un momento, lo metió en una bolsita de plástico que le ofreció su compañero.

—¡Eureka! —comentó Sakai, pasándole la bolsita a Bosch—. El equipo completo. Esto nos facilita el trabajo.

Acto seguido, Sakai levantó los párpados agrietados del cadáver. Los ojos eran azules, con un barniz lechoso y unas pupilas reducidas al tamaño de la punta de un lápiz. Bosch sintió que le miraban, y cada pupila era un pequeño agujero negro.

Sakai tomó notas en un bloc, aunque ya había tomado una decisión. Sacó una almohadilla de tinta y una ficha de su caja, entintó los dedos de la mano izquierda del cadáver y los estampó sobre la ficha. Bosch estaba admirando la destreza y rapidez con la que llevaba a cabo esta operación cuando, de pronto, el ayudante del forense se detuvo.

—Eh, mira.

Movió el dedo índice con delicadeza y lo hizo girar en todas direcciones. La articulación estaba rota, aunque no había señal de inflamación o hemorragia.

—Parece post mórtem —opinó Sakai.

Bosch se acercó para examinar el dedo con cuidado, quitándole la mano a Sakai y palpándola directamente, sin guantes. Luego lanzó una mirada recriminatoria, primero a Sakai y luego a Osito.

—No empieces, Bosch —protestó Sakai—. A él no lo mires. Nunca haría algo así; es alumno mío.

Bosch no le recordó a Sakai que era él quien iba al volante de la camioneta de Homicidios cuando, unos meses antes, perdieron un cadáver atado a una camilla de ruedas en plena autopista. La camilla rodó por la salida de Lankershim Boulevard y se estrelló contra un coche aparcado en una gasolinera. Para colmo, por culpa de la separación de vidrio en la camioneta, Sakai no se enteró hasta que llegó al depósito.

Bosch devolvió la mano del muerto al ayudante del forense, quien se volvió hacia Osito y le hizo una pregunta en español. El rostro pequeño y moreno de Osito se ensombreció y luego negó con la cabeza.

—Ni siquiera le ha tocado las manos. Antes de acusar a alguien, asegúrate de que es el culpable.

Cuando Sakai terminó de tomar las huellas dactilares, le pasó la ficha a Bosch.

—Mete las manos en bolsas —le dijo éste, a pesar de que no hacía falta—. Y los pies.

Bosch retrocedió un poco y empezó a agitar la ficha para secar la tinta, mientras con la otra mano aguantaba la bolsa con la prueba que le había pasado Sakai. Contenía una aguja hipodérmica, una ampollita medio llena de algo que parecía agua sucia, un poco de algodón y una caja de cerillas. Era un equipo completo para chutarse, con aspecto de estar relativamente nuevo. La aguja estaba limpia, sin rastro alguno de corrosión. El algodón, supuso Harry, sólo había sido usado como colador una o dos veces, porque había unos cristalitos de color marrón blancuzco entre las fibras. Dándole la vuelta a la bolsa de plástico consiguió ver el interior de la caja de cerillas y descubrió que sólo faltaban dos.

En ese momento, Donovan salió a gatas de la tubería. Llevaba un casco de minero y unas cuantas bolsitas de plástico que contenían objetos tan diversos como un periódico amarillento, un envoltorio y una lata de cerveza arrugada. En la otra mano sostenía un plano que mostraba dónde había encontrado cada cosa en la tubería. Le colgaban telarañas del casco y el sudor le surcaba el rostro, manchando la mascarilla que le tapaba boca y nariz. Cuando Bosch le mostró la bolsa con el equipo para chutarse, Donovan se paró en seco.

—¿Has encontrado una olla? —le preguntó Bosch.

—¡No me digas que es un yonqui! —exclamó Donovan—. Lo sabía… ¿Entonces por qué coño estamos haciendo todo esto?

Bosch no contestó, sino que esperó a que se calmara.

—La respuesta es sí. He encontrado una lata de Coca-Cola —contestó finalmente Donovan.

El experto en huellas repasó las bolsitas de plástico y le pasó a Bosch una que contenía dos mitades de una lata de Coca-Cola. La lata parecía bastante nueva; la habían cortado en dos con una navaja y habían usado la superficie cóncava de la parte inferior para calentar la heroína y el agua: una olla. La mayoría de drogadictos ya no utilizaban cucharas porque llevar una encima constituía motivo de detención. Las latas, sin embargo, eran fáciles de obtener y se podían usar y tirar.

—Necesitamos las huellas dactilares del equipo y la lata lo antes posible —afirmó Bosch. Donovan asintió y se llevó su cargamento de bolsitas de plástico hacia la camioneta. Harry volvió su atención a los hombres del forense.

—¿Llevaba navaja? —preguntó.

—No —confirmó Sakai—. ¿Por qué?

—Me falta la navaja. Sin navaja, la escena está incompleta.

—¿Y qué? El tío es un yonqui. Los yonquis se roban entre ellos. Seguramente la navaja se la llevaron sus colegas.

Con las manos enguantadas, Sakai enrolló las mangas de la camisa del muerto, dejando al descubierto una red de cicatrices en ambos brazos: viejas señales de pinchazos y cráteres que eran el resultado de abscesos e infecciones. En el pliegue del codo izquierdo había un pinchazo fresco y una gran hemorragia amarilla y violácea bajo la piel.

Voilà —dijo Sakai—. El tío se metió una mierda en el brazo y la diñó. Yo ya decía que era un caso de sobredosis, Bosch. Hoy te podrás ir a casa temprano y ver a los Dodgers.

Bosch se inclinó otra vez para examinar el brazo más de cerca.

—Eso me dice todo el mundo —comentó.

Sakai probablemente tenía razón, pensó Bosch, pero aún no quería dar carpetazo al caso. Había demasiados cabos sueltos: la ausencia de huellas en la tubería, la camisa sobre la cabeza, el dedo roto, la falta de navaja.

—¿Por qué todas las marcas son antiguas excepto ésa? —preguntó Bosch, más para sí mismo que para Sakai.

—¿Quién sabe? —respondió el ayudante del forense—. Quizá llevaba un tiempo desenganchado y decidió volverse a chutar. Un yonqui es un yonqui, tío. No busques más razones.

Mientras examinaba las cicatrices, Bosch se fijó en una marca de tinta azul sobre la piel del bíceps izquierdo. La camisa enrollada le impedía ver lo que ponía.

—Súbele la manga —dijo Bosch, señalando con el dedo.

Sakai lo arremangó hasta el hombro, revelando un tatuaje azul y rojo. El dibujo era el de una rata, estilo tebeo, con una sonrisa malévola, dentuda y vulgar. La rata estaba de pie sobre las patas traseras; sostenía una pistola en una mano, y en la otra una botella de licor marcada «XXX». Sakai intentó leer las palabras azules que había encima y debajo del dibujo, a pesar de que estaban parcialmente borradas por el tiempo y el estiramiento de la piel.

—«Primura», no, «Primero». «Primero de Infantería». Este tío estuvo en el ejército. La parte de abajo no la entien…, espera, está en otro idioma. «Non… Gratum… Anum… Ro…» El final no se lee.

Rodentum —dijo Bosch.

Sakai lo miró.

—Es latín macarrónico. Significa: «Peor que el culo de una rata» —explicó Bosch—. Este hombre era una rata de los túneles. En Vietnam.

—Ah —dijo Sakai, mirando a su alrededor—. Pues al final ha acabado en un túnel. Bueno, más o menos.

Bosch alargó la mano hasta el rostro del hombre muerto y le apartó los rizos canosos de la frente y de los ojos sin expresión. Este gesto, sin guantes, hizo que los demás dejasen sus tareas y contemplaran un comportamiento tan extraño como antihigiénico. Bosch no les prestó atención; se quedó mirando aquella cara durante un buen rato, ajeno al mundo. En cuanto se dio cuenta de que conocía ese rostro tan bien como el tatuaje, le asaltó la imagen de un hombre joven: huesudo y moreno, con el pelo rapado. Vivo, no muerto. Entonces se puso en pie y se volvió rápidamente.

Aquel movimiento tan brusco e inesperado le hizo chocar con Jerry Edgar, que finalmente había llegado y se disponía a examinar el cadáver. Los dos dieron un paso atrás, momentáneamente aturdidos. Bosch se llevó una mano a la frente, mientras Edgar, que era mucho más alto, se palpaba la barbilla.

—¡Mierda, Harry! —exclamó Edgar—. ¿Estás bien?

—Sí. ¿Y tú?

Edgar se miró la mano para ver si sangraba.

—Sí, perdona. ¿Por qué has pegado ese salto?

—No lo sé.

Bosch empezó a alejarse del grupo y su compañero lo siguió, después de echarle un vistazo rápido al cadáver.

—Lo siento, Harry —se disculpó Edgar—. He tenido que esperar una hora a que alguien viniera a sustituirme. Dime qué has encontrado.

Mientras hablaba, Edgar seguía frotándose la mandíbula.

—Aún no estoy seguro —le respondió Bosch—. Quiero que busques uno de esos coches patrulla con un terminal conectado al ordenador central. Uno que funcione. A ver si consigues los antecedentes de Meadows, Billy, mejor dicho, William. Fecha de nacimiento: alrededor de 1950. También necesitamos su dirección. Prueba con el Registro de Vehículos.

—¿Es ése el fiambre?

Bosch asintió.

—¿No ponía el domicilio en la documentación?

—No llevaba documentación. Lo he identificado yo, así que compruébalo en el ordenador. Tiene que haber alguna referencia a los últimos años; al menos como toxicómano, en la División Van Nuys.

Edgar se dirigió lentamente hacia la fila de coches negros y blancos en busca de uno con una pantalla en el salpicadero. Como era un hombre corpulento, parecía que caminase despacio, pero Bosch sabía por experiencia lo que costaba seguirle el paso. Ese día iba impecablemente vestido con un traje marrón con finas rayas blancas. Llevaba el pelo muy corto y tenía la piel tan suave y negra como la de una berenjena. Mientras se alejaba, Bosch no pudo evitar preguntarse si habría llegado tarde a propósito para no tener que ponerse el mono y entrar en la tubería, lo que habría arruinado su estupendo conjunto.

Bosch fue a buscar una cámara Polaroid al maletero de su coche y regresó al lugar donde estaba el cuerpo. Se colocó con una pierna a cada lado del cadáver y empezó a hacerle fotos de la cara. Decidió que tres serían suficientes y las fue dejando una a una sobre la tubería. Al observar los estragos causados por el tiempo en aquel rostro, Bosch pensó en la sonrisa ebria que mostraba la noche en que todas las ratas del Primero de Infantería salieron de la tienda de tatuajes de Saigón. Habían tardado cuatro horas, pero los que formaban aquel grupo de soldados agotados se convirtieron en hermanos de sangre gracias al dibujo que todos se habían tatuado en el hombro. Bosch recordó a Meadows participando del espíritu de compañerismo y también del miedo que los embargaba a todos.

Harry se alejó del cuerpo mientras Sakai y Osito acercaban una pesada bolsa de plástico negro con una cremallera en el centro. Una vez desdoblada y abierta, los hombres del forense levantaron a Meadows y lo depositaron sobre ella.

—Parece la Fea Durmiente —comentó Edgar.

Cuando Sakai subió la cremallera, Bosch observó que había pillado algunos de los rizos canosos de Meadows. A éste no le habría importado; una vez le había contado a Bosch que él estaba destinado a acabar en una bolsa como aquélla. Según él, todos lo estaban.

Edgar sostenía una libretita en una mano y una estilográfica de oro en la otra.

—William Joseph Meadows, nacido el 21 de julio de 1950. ¿Crees que se trata de él, Harry?

—Sí.

—Pues tenías razón; tiene antecedentes, aunque no son sólo por drogadicción. También hay atraco a un banco, intento de robo, posesión de heroína. Hace más o menos un año lo arrestaron por vagabundear por aquí mismo. Y hay un par de peleas entre yonquis, entre ellas la que has mencionado de Van Nuys. ¿Qué era para ti?, ¿un confidente?

—No. ¿Has encontrado su dirección?

—Vive en el valle de San Fernando en Sepúlveda, cerca de la fábrica de cerveza. Es un barrio difícil para vender una casa. —Edgar hizo una pausa—. Si no era un chivato, ¿de qué lo conocías?

—No lo conocía, al menos en los últimos años. Fue en otra vida.

—¿Y eso qué significa? ¿Cuándo lo conociste?

—La última vez que vi a Billy Meadows fue hace unos veinte años. Él era… Fue en Saigón.

—Sí, fue en Vietnam hace ya veinte años. —Edgar se acercó a las fotos y examinó las tres instantáneas de Billy—. ¿Lo conocías mucho?

—No…, bueno, tanto como era posible llegar a conocer a alguien en aquel lugar. Aunque aprendes a confiar tu vida a otras personas, cuando todo se acaba te das cuenta de que a la mayoría apenas los conoces. Ni siquiera lo volví a ver cuando regresamos. Hablé con él por teléfono el año pasado; eso es todo.

—¿Y cómo lo has reconocido?

—Al principio no me he dado cuenta, pero al ver el tatuaje en el brazo, me ha venido la imagen de la cara. Supongo que uno se acuerda de tipos como él. Bueno, al menos yo sí.

—Supongo que sí…

Permanecieron un momento en silencio. Bosch intentaba decidir qué hacer, pero sólo podía pensar en la casualidad de ser llamado a ver un cadáver y descubrir que era Meadows. Edgar rompió el encantamiento.

—Bueno, ¿quieres decirme qué es eso tan sospechoso que has encontrado? Donovan está que muerde con todo el trabajo que le estás dando.

Bosch le contó a Edgar lo que no encajaba: la ausencia de huellas en la cañería, la camisa sobre la cabeza, el dedo roto y el hecho de que no hubiera una navaja.

—¿Una navaja? —preguntó su compañero.

—Necesitaba algo con que cortar la lata en dos para hacerse una olla…, si es que la olla era suya.

—Podría haberla traído consigo. O tal vez alguien entró y se llevó la navaja una vez muerto. Si es que había una navaja.

—Puede ser, pero no hay huellas que lo confirmen.

—Bueno, sabemos por sus antecedentes que era un yonqui total. ¿Ya era así cuando lo conociste?

—Más o menos. Consumía y vendía.

—Es lo mismo: un drogadicto toda su vida. Es imposible predecir lo que va a hacer esa gente, ni cuándo se van a enganchar o desenganchar. Son casos perdidos, Harry.

—Pero él lo había dejado, o al menos eso creo. Sólo tiene un pinchazo fresco en el brazo.

—Harry, me has dicho que no lo veías desde Saigón ¿Cómo sabes si lo había dejado o no?

—No lo vi, pero hablé con él. Me llamó por teléfono una vez, el año pasado. Fue en julio o agosto. Los de estupefacientes lo habían detenido después de una redada. No sé cómo, quizás a través del periódico o algo así (era la época del caso del Maquillador), descubrió que yo era policía y me llamó a Robos y Homicidios. Me telefoneo desde la cárcel de Van Nuys para pedirme ayuda. Sólo tenía que pasar, no sé, unos treinta días en chirona, pero; estaba hecho polvo, me dijo. Me contó que no lo soportaría, que no tenía fuerzas para dejar la droga solo…

Bosch se quedó callado sin terminar la historia. Al cabo de un rato, Edgar lo animó a continuar.

—¿Y qué pasó? ¿Qué hiciste?

—Le creí. Hablé con el poli. Recuerdo que se llamaba Nuckles, porque ese nombre me hacía pensar en kruckses, «nudillos», muy adecuado para un policía callejero. Llamé a la clínica de la Asociación de Veteranos de Sepúlveda y metí a Meadows en un programa de desintoxicación. Nudillos me ayudó; él también estuvo en Vietnam y consiguió que el fiscal pidiera al juez una suspensión de condena y su traslado. Total, que a un centro de rehabilitación; Meadows entró en la clínica de la Asociación de Veteranos. Yo me pasé por allí seis semanas más tarde y me dijeron que había completado el programa; había dejado la droga y estaba bien. Bueno, al menos eso es lo que me dijeron. Se encontraba en la segunda etapa, la de mantenimiento: sesiones con el psiquiatra, terapia de grupo y todo eso. No volví a hablar con Meadows después de esa primera llamada. Él nunca me volvió a llamar y yo nunca intenté localizarlo.

Edgar bajó la vista hacia su libreta, aunque Bosch veía que la página estaba en blanco.

—Mira, Harry —dijo Edgar—, de eso hace casi un año. Para un yonqui es mucho tiempo. Desde entonces podría haberse enganchado y desenganchado tres veces. ¿Quién sabe? Ése no es nuestro problema en este momento. Ahora mismo la cuestión es: ¿qué quieres hacer con lo que tenemos aquí?

—¿Tú crees en las casualidades? —preguntó Bosch.

—No lo sé. Yo…

—Yo no.

—Harry, no sé de qué me estás hablando, pero ¿sabes lo que pienso? Que no veo nada que me llame la atención. Un tío se mete en la tubería, en la oscuridad no ve muy bien lo que hace, se chuta demasiado caballo y la palma. Ya está. Tal vez había alguien con él, alguien que borró las huellas al salir y le birló la navaja. Hay miles de posibilidades dis…

—A veces las cosas no llaman la atención, Jerry. Ése es el problema. Es domingo: todo el mundo quiere irse a descansar, jugar al golf, vender casas o ver el partido de béisbol. A ninguno de nosotros le importa demasiado; sólo estamos cubriendo el expediente. ¿No ves que ellos cuentan con eso?

—¿Quiénes son «ellos», Harry?

—Los que hicieron esto.

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