El eco negro
Primera parte. Domingo, 20 de mayo
Página 4 de 27
Bosch se calló un momento. No estaba convenciendo a nadie, ni siquiera a él mismo. Además, atacar la dedicación de Edgar no era buena idea. A Edgar le faltaban veinte años para retirarse. Cuando llegara ese momento pondría un pequeño anuncio en la revista de la policía —«Agente jubilado. Descuentos para compañeros»— y ganaría un cuarto de millón de dólares al año vendiendo casas de policías o para policías en el valle de San Fernando, el valle de Santa Clarita, el valle de Antelope o en el próximo valle que se les pusiera por delante a las excavadoras.
—¿Por qué iba a meterse en la tubería? —continuó Bosch—. Dices que vivía en el valle de San Fernando, en Sepúlveda. ¿Por qué venir aquí?
—¿Y yo qué sé, Harry? El tío era un yonqui; igual lo echó su mujer o la palmó y sus amigos lo trajeron aquí para no tener que dar explicaciones.
—Eso sigue siendo un delito.
—Sí, pero ya me dirás qué fiscal del distrito presenta los cargos.
—Su equipo estaba limpio, nuevo. Las marcas del brazo, en cambio, parecían viejas. No creo que se estuviese pinchando otra vez, al menos regularmente. Hay algo que no encaja.
—Bueno, ya sabes, con el sida y todo eso han de llevarlo todo limpio.
Bosch tenía la mirada perdida.
—Harry, escúchame —insistió Edgar—. Lo que quiero decir es que quizás hace veinte años este tío fuera tu compañero de trinchera, pero este año era un yonqui; no vas a encontrar explicaciones para todas sus acciones. Lo del equipo y las huellas no lo sé, pero lo que sí sé es que éste no parece un caso por el que valga la pena matarse. Éste es un caso de nueve a cinco sin fines de semana.
Bosch se rindió…, de momento.
—Yo me voy a Sepúlveda —dijo—. ¿Tú vienes, o te vuelves a tus casas?
—Ya sabes que yo hago mi trabajo —respondió Edgar suavemente—. El que no estemos de acuerdo en algo no significa que no vaya a hacer lo que se me paga por hacer. Ya sabes que nunca ha sido así y nunca lo será. De todos modos, si no te gusta, mañana por la mañana vamos a ver a Noventa y Ocho y le pedimos un cambio.
Bosch se arrepintió inmediatamente de haber hecho aquel comentario, pero no dijo nada.
—Muy bien —decidió Bosch—. Tú vete a comprobar si hay alguien en la casa. Yo me reuniré contigo en cuanto acabe por aquí.
Edgar se dirigió hacia la tubería y cogió una de las fotos de Meadows. Sin dirigir la palabra a Bosch, se la metió en el bolsillo del abrigo y se encaminó hacia el camino de acceso, donde había aparcado el coche.
Después de quitarse el mono, plegarlo y meterlo en el maletero de su coche, Bosch contempló a Sakai y a Osito mientras colocaban el cuerpo sobre una camilla y lo metían en la parte trasera de una camioneta azul. Bosch se dirigió hacia ellos, pensando en cómo conseguir que dieran prioridad a esa autopsia para obtener el resultado al día siguiente, en lugar de cuatro o cinco días más tarde. Cuando los alcanzó, el ayudante del forense estaba abriendo la puerta de la camioneta.
—Bosch, nos vamos.
Bosch le aguantó la puerta.
—¿Quién corta hoy?
—¿A éste? Nadie.
—Venga, Sakai. ¿A quién le toca?
—A Sally. Pero a éste ni se va a acercar.
—Mira, acabo de tener la misma discusión con mi compañero. ¡No empieces tú también!
—Mira tú, Bosch. Y escucha. Llevo trabajando desde las seis de la tarde de ayer y éste es el séptimo cadáver que examino. Tenemos varios atropellados, un par de ahogados, un caso de agresión sexual. La gente se muere por conocernos, Bosch. Estamos hasta las orejas de trabajo y no tenemos tiempo para algo que no se sabe si es un caso. Por una vez escucha a tu compañero. Este fiambre pasará a la cola, así que le haremos la autopsia el miércoles o el jueves. Te prometo que como mucho el viernes. Además, ya sabes que las análisis del laboratorio tardan diez días como mínimo. ¿Me quieres decir a qué viene tanta prisa?
—Los análisis, no las análisis.
—Vete a la mierda.
—Dile a Sally que necesito el informe preliminar para hoy y que me pasaré más tarde.
—Joder, Bosch. Te estoy diciendo que tenemos el pasillo lleno de cuerpos que son 187 seguro. Salazar no va a tener tiempo para algo que todo el mundo menos tú opina que es un caso clarísimo de sobredosis. ¿Qué quieres que le diga para convencerle de que haga la autopsia hoy?
—Enséñale el dedo, dile que no había huellas en la tubería. Ya se te ocurrirá algo. Dile que el muerto sabía demasiado de inyectarse para morir de una sobredosis.
Sakai apoyó la cabeza sobre la chapa de la camioneta, soltó una carcajada y luego sacudió la cabeza como un niño hubiera hecho un chiste.
—¿Y sabes lo que me dirá? Me dirá que no importa el tiempo que llevara picándose. Todos acaban palmándola. A ver, ¿cuántos yonquis de sesenta y cinco años conoces? Ninguno dura tanto; al final los mata la jeringa, como a este tío de la tubería.
Bosch se dio la vuelta y miró a su alrededor para comprobar que ninguno de los policías de uniforme estaba mirando o escuchando. Después se volvió hacia Sakai.
—Sólo dile que pasaré más tarde —susurró—. Si no encuentra nada en el preliminar, vale; podéis sacar el cadáver al pasillo y ponerlo al final de la cola, o aparcarlo en la gasolinera de Lankershim; a mí me importa un bledo. Pero díselo a Sally; es él quien tiene que decidir, no tú.
Retiró la mano de la puerta de la camioneta y dio un paso atrás. Sakai entró en el vehículo y cerró de un portazo. Después de arrancar el motor, se quedó mirando a Bosch a través de la ventanilla y luego la bajó para decirle:
—Eres un pesado, Bosch. Mañana por la mañana; no puedo hacer más. Hoy es imposible.
—¿La primera autopsia del día?
—¿Y nos dejarás en paz?
—¿La primera?
—Bueno, bueno. La primera.
—Muy bien, os dejo en paz. Hasta mañana.
—A mí no me verás. Yo estaré durmiendo.
Sakai subió la ventanilla, se puso en marcha y Bosch dio un paso atrás para dejarlo pasar. Lo siguió con la mirada y luego posó de nuevo la vista en la tubería. En ese momento se fijó por primera vez en las pintadas; aunque ya había visto que el exterior estaba totalmente cubierto con mensajes, esta vez se puso a leerlos. Muchos eran antiguos y se confundían unos con otros, una sopa de letras en la que se mezclaban amenazas ya olvidadas o cumplidas con eslóganes del tipo «Abandona Los Ángeles». Tampoco faltaban los nombres de guerra de los autores: Ozono, Bombardero, Artillero… Uno de los garabatos más recientes le llamó la atención; estaba a unos cuatro metros del final de la tubería y decía «Ti». Las dos letras habían sido pintadas con soltura, de un solo trazo. El palo de la «T» se curvaba hacia abajo como si fuera una boca abierta. Aunque no tuviera dientes, Bosch se los imaginó; era como si el dibujo estuviera inacabado. Aún así, estaba bien hecho y era original. Bosch le hizo una foto.
Tras meterse la Polaroid en el bolsillo, Bosch se dirigió a la furgoneta de la policía. Donovan estaba guardando su equipo en unos estantes y las bolsitas de pruebas en unas cajas de madera que anteriormente habían contenido vino de Napa Valley.
—¿Has encontrado alguna cerilla quemada?
—Sí, una reciente —contestó Donovan—. Totalmente consumida, a unos tres metros de la entrada. Está ahí marcada.
Bosch cogió el diagrama de la tubería, que mostraba la posición del cuerpo y el lugar donde se habían hallado las diversas pruebas y se fijó en que habían encontrado la cerilla a unos cuatro metros y medio del cadáver. Donovan se la enseñó, dentro de su bolsita de plástico.
—Ya te diré si coincide con el paquete que encontramos en el cuerpo —prometió Donovan—. ¿Es eso lo que querías?
—¿Y los de uniforme? ¿Qué han encontrado?
—Está todo ahí —respondió Donovan, señalando con el dedo un cubo en el que se apilaban aún más bolsitas de plástico. Éstas contenían desperdicios recogidos por los oficiales de patrulla en un radio de cincuenta metros de la tubería y cada una llevaba una descripción del lugar donde la habían encontrado. Bosch empezó a sacarlas del cubo para examinar su contenido, que en general era basura que seguramente no tenía nada que ver con el cadáver: periódicos, trapos, un zapato de tacón, un calcetín blanco lleno de pintura seca de color azul… Esto último debía de ser para colocarse.
Bosch cogió una bolsa que contenía el tapón de un aerosol; la siguiente bolsa contenía el recipiente, cuya etiqueta describía el color como «azul mar». Al sopesarlo, descubrió que todavía quedaba pintura. Sin pensarlo dos veces, se llevó la bolsa hasta la tubería, la abrió y, apretando el botón con un bolígrafo, dibujó una línea azul junto a las letras «Ti». Como había apretado demasiado, la pintura se corrió, deslizándose por la pared curvada de la tubería y goteando sobre el suelo de grava. De todos modos, había comprobado que el color coincidía.
Bosch reflexionó sobre ello un instante. ¿Por qué iba alguien a tirar un aerosol medio lleno? La nota dentro de la bolsa decía que lo habían descubierto cerca de la orilla del embalse. Alguien había intentado arrojarlo al agua, pero se había quedado corto. De nuevo se preguntó por qué. Se agachó junto a la tubería y, tras examinar las letras detenidamente, decidió que, cualquiera que fuese el mensaje, estaba inacabado. Algo había ocurrido que había obligado al artista a dejar lo que estaba haciendo y tirar el aerosol, el tapón y su calcetín por encima de la valla. ¿La policía? Bosch sacó su libreta y escribió una nota para acordarse de llamar a Crowley después de las doce y preguntarle si alguno de sus hombres había patrullado la presa durante el turno de noche.
Pero ¿y si no fue un poli el que hizo que el artista arrojara la pintura? ¿Y si el artista había visto cómo metían el cadáver en la tubería? Bosch recordó lo que Crowley había dicho sobre la persona que había dado el aviso, «un chaval, imagínate». ¿Fue el artista quien llamó? Bosch se llevó el aerosol a la furgoneta de la policía y se lo devolvió a Donovan.
—Cuando acabes con el equipo y la olla, le sacas las huellas dactilares —dijo—. Creo que pueden pertenecer a un testigo.
—Lo que tú digas —respondió Donovan.
Bosch dejó atrás la montaña y descendió por Barham Boulevard hasta llegar a la autopista de Hollywood. Desde allí puso rumbo al norte, atravesó el paso de Cahuenga, cogió la carretera de Ventura hacia el oeste y luego la autopista de San Diego hacia el norte. Sólo tardó veinte minutos en recorrer los dieciséis kilómetros que le separaban de la salida de Roscoe porque, al ser domingo no había mucho tráfico. Al dejar la autopista se dirigió hacia el este por Langdon y, tras atravesar unas cuantas manzanas, llegó al barrio de Meadows.
Sepúlveda, como casi todas las poblaciones de los alrededores de Los Ángeles, tenía barrios buenos y barrios malos. En la calle de Meadows, Bosch no esperaba encontrar céspedes cuidados ni Volvos aparcados junto a la acera, así que su aspecto no le sorprendió. Los pisos habían dejado de ser atractivos hacía al menos diez años; había barrotes en las ventanas de las plantas bajas y pintadas en las puertas de todos los garajes. El fuerte olor de la fábrica de cerveza de Roscoe lo impregnaba todo, dándole al barrio un ambiente de bodega barata.
El edificio donde se alojaba Meadows tenía forma de U y fue construido en los años cincuenta, cuando el aire todavía no olía a droga, no había delincuentes apostados en todas las esquinas y la gente aún tenía esperanzas. En el patio central se hallaba una piscina que alguien había rellenado con tierra y arena, por lo que ahora el patio consistía en un parterre de césped en forma de riñón rodeado de cemento sucio. El apartamento de Meadows estaba en una esquina. Mientras Bosch subía las escaleras y caminaba por la balconada que llevaba a los apartamentos, se oía el zumbido constante de la autopista. Al llegar al 7B, Bosch descubrió que la puerta estaba abierta, dejando a la vista un pequeño salón-comedor-cocina en el que Edgar estaba tomando notas.
—Menudo sitio.
—Sí —convino Bosch, mientras miraba a su alrededor—. ¿No hay nadie en casa?
—No. He hablado con la vecina de al lado y me ha dicho que no ha visto entrar a nadie desde anteayer. El tío que vivía aquí le dijo que se llamaba Fields, no Meadows. Qué ingenioso, ¿no? Según ella, vivía solo, llevaba un año en el apartamento y no era muy sociable. Eso es todo lo que sabía.
—¿Le has enseñado la foto?
—Sí. Lo ha reconocido, aunque no le ha hecho mucha gracia mirar la foto de un cadáver.
Bosch salió a un pequeño pasillo que daba al baño y al dormitorio.
—¿Has forzado la puerta? —preguntó.
—No… no estaba cerrada con llave. Llamé un par de veces primero y estaba a punto de ir al coche para sacar la ganzúa, pero entonces pensé: «¿Por qué no pruebas a abrirla?»
—Y se abrió.
—Sí.
—¿Has podido hablar con el portero de los apartamentos?
—La portera no está. Habrá salido a comer o a pillar caballo. Por aquí todos tienen pinta de pincharse.
Bosch volvió al salón y miró a su alrededor, aunque no había mucho que ver: contra una pared había un sofá de plástico verde y, enfrente, una butaca y un pequeño televisor sobre la alfombra. La zona «comedor» no era más que una mesa de formica con tres sillas dispuestas a su alrededor y una cuarta contra la pared. Bosch echó un vistazo a la mesa baja delante del sofá; sobre su superficie vieja y cubierta de quemaduras de cigarrillo estaba dispuesta una partida inacabada de solitario, un cenicero rebosante de colillas y una guía de la programación televisiva. Bosch ignoraba si Meadows fumaba, pero como no habían encontrado ningún cigarrillo en el cuerpo, tomó nota para comprobarlo.
—Alguien ha entrado en el piso, Harry —le informó Edgar—. No lo digo sólo por la puerta, sino por otras cosas. Lo han registrado todo, no demasiado mal, pero se nota. Tenían prisa. Fíjate en la cama y el vestidor y verás. Yo voy a intentar hablar con la portera.
Cuando Edgar se marchó, Bosch cruzó el salón y se dirigió al dormitorio. Por el camino notó un ligero olor a orina y al entrar en la habitación vio una cama de matrimonio sin cabezal. Había quedado una mancha grasienta en la pared, justo donde Meadows habría apoyado la cabeza al sentarse. Junto a la pared de enfrente había una vieja cómoda de seis cajones y, al lado de la cama, una mesilla barata de junco con una lámpara. No había nada más; ni siquiera un espejo.
Bosch estudió primero la cama. Estaba sin hacer, con las almohadas y las sábanas puestas en una pila. Bosch se percató de que la esquina de una de las sábanas estaba metida entre el colchón y el somier, en la parte central del lateral izquierdo. Obviamente nadie habría empezado a hacer la cama así. Bosch tiró de la esquina y la dejó colgando. Luego levantó el colchón, como si fuera a mirar debajo y, al dejarlo caer, vio que la esquina volvía a quedarse cogida entre el colchón y el somier. Edgar tenía razón.
A continuación Bosch, abrió los seis cajones de la cómoda. La ropa —calzoncillos, calcetines blancos y oscuros y unas cuantas camisetas— estaba bien doblada y parecía intacta. Sin embargo, cuando llegó al cajón inferior izquierdo, notó que se deslizaba con dificultad, que no se cerraba del todo, así que tiró de él para sacarlo de la cómoda, y luego hizo lo mismo con el resto. Una vez tuvo todos los cajones fuera, los examinó por debajo para ver si había algo enganchado, pero no encontró nada. Fue probando a meterlos en la cómoda en distinto orden, hasta que finalmente se deslizaron y cerraron perfectamente. Tras aquella operación, los cajones acabaron en una disposición diferente: la correcta. Bosch estaba convencido de que alguien los había sacado todos para registrarlos por debajo y por detrás y luego los había vuelto a colocar en el lugar equivocado.
Después, entró en el vestidor, que también estaba casi vacío. En el suelo había dos pares de zapatos, unas zapatillas negras de la marca Reebok, manchadas de arena y polvo gris, y un par de botas de trabajo recién limpiadas y engrasadas. Se fijó en que había más polvo gris en la moqueta y, al tocarlo, le pareció que se trataba de cemento. Inmediatamente sacó una bolsita de plástico y metió algunos de los gránulos dentro. Luego se guardó la bolsa y se levantó.
En el vestidor también había colgadas cinco camisas: una blanca clásica, y cuatro negras de manga larga, como la que llevaba puesta Meadows cuando lo encontraron. Junto a las camisas había unas cuantas perchas con dos pares de tejanos viejos y dos pantalones de color negro. Los bolsillos de los cuatro pares de pantalones estaban del revés. En el suelo vio una cesta de plástico con ropa sucia: otros pantalones negros, camisetas, calcetines y un par de calzoncillos.
Bosch salió del vestidor y del dormitorio y se encaminó al cuarto de baño. En el armarito de encima del lavabo encontró un tubo de pasta de dientes a medio usar, un frasco de aspirinas y una caja vacía de inyecciones de insulina. Al cerrar el botiquín, vio el cansancio en sus ojos reflejado en el espejo y se mesó el cabello.
De vuelta en el salón, Harry se sentó en el sofá frente a la partida inacabada de solitario.
—Meadows alquiló el piso el 1 de julio del año pasado —anunció Edgar al entrar—. He encontrado a la portera. Se suponía que el alquiler era mensual, pero él pagó los primeros once meses de golpe. Cuatrocientos dólares al mes; eso son casi cinco de los grandes. Ella no le pidió referencias; cogió el dinero y basta. Meadows vivía…
—¿Por qué once meses? —interrumpió Bosch—. ¿Doce por el precio de once?
—Ya se lo he preguntado y me ha dicho que no, que fue él quien quiso pagar así porque planeaba marcharse el 1 de junio de este año, que cae… ¿cuándo?… dentro de diez días. Según ella, le contó que había venido a trabajar desde Phoenix, si no recuerda mal. Él le dijo que en ese momento era una especie de capataz en el túnel de metro que están excavando en el centro. La mujer entendió que eso era lo que duraría su trabajo, once meses, y que luego él volvería a Phoenix.
Edgar miraba su libreta para repasar su conversación con la portera.
—Eso es todo, creo. También ha identificado a Meadows por la foto, aunque ella también lo conocía como Fields, Bill Fields. Dice que entraba y salía a horas raras, como si tuviera un turno de noche o algo así. También me ha contado que una mañana de la semana pasada vio que lo traían a casa en un todoterreno beige. No se fijó en la matrícula, pero dijo que estaba sucio, como si vinieran de trabajar.
Los dos se quedaron en silencio, pensando.
—J. Edgar, te propongo un trato —dijo Bosch finalmente.
—¿Un trato? ¿Cuál?
—Tú te vas a casa, a tu oficina o a donde quieras, y yo me encargo de esto. Primero me voy a buscar la grabación al centro de comunicaciones y luego vuelvo a la oficina y empiezo con el papeleo. También tengo que comprobar si Sakai ha avisado al pariente más cercano. Si no recuerdo mal, Meadows era de Luisiana. La autopsia es mañana a las ocho, o sea que ya me pasaré antes de entrar a trabajar. —Bosch hizo una pausa—. Tu parte del trato es acabar lo de la tele mañana y llevárselo al fiscal del distrito. No creo que tengas problemas.
—O sea, que tú te quedas con la parte más mierda y me dejas a mí la más fácil. El caso del travesti asesino de travestís está más claro que el agua.
—Sí, por eso te pido un favor. Cuando vengas del valle de San Fernando mañana, pásate por la Asociación de Veteranos de Sepúlveda e intenta convencerlos de que te dejen ver el expediente de Meadows. Puede que tengan algunos nombres que nos sean de ayuda. Meadows siguió tratamiento psiquiátrico en régimen externo y participó en una de esas idioteces de terapia de grupo. Quizás alguien del grupo se picaba con él y sepa algo. Es poco probable, ya lo sé, pero vale la pena intentarlo. Si te ponen pegas, me llamas y yo ya pediré una orden de registro.
—Trato hecho, pero me preocupas, Harry. Ya sé que no hace mucho que somos compañeros, y que seguramente estás deseando que te den un ascenso para poder volver a la central de Robos y Homicidios, pero no creo que valga la pena matarse por este caso. Vale, han entrado en el piso, pero eso no importa. Lo que importa es el motivo y, por lo que hemos visto, aquí no hay nada raro. En mi opinión, Meadows la palmó de una sobredosis, alguien lo llevó a la presa y luego registró su casa por si tenía droga.
—Seguramente tienes razón —comentó Bosch al cabo de unos instantes—. Pero todavía me preocupan un par de cosas. Quiero darles unas cuantas vueltas en la cabeza hasta estar seguro.
—Bueno, ya te he dicho que a mí no me importa. Me has dado la parte más sencilla.
—Creo que voy a quedarme a mirar un rato más. Vete tú y ya nos veremos mañana cuando vuelva de la autopsia.
—De acuerdo, colega.
—¡Ah! Y una cosa.
—¿Qué?
—Esto no tiene nada que ver con volver a la oficina central.
Bosch se quedó solo, sentado en el sofá, pensando y recorriendo la habitación con la mirada en busca de pistas. Finalmente, sus ojos volvieron a los naipes dispuestos sobre la mesa baja: la partida de solitario. Los cuatro ases habían salido, así que cogió la pila de cartas sobrantes y fue descubriéndolas de tres en tres. Por el camino le salieron el dos y el tres de picas y el dos de corazones. El jugador no había terminado la partida; le habían interrumpido. Para siempre.
Aquello animó a Bosch a seguir adelante. Primero echó un vistazo al cenicero de vidrio verde y observó que todas las colillas eran de Camel sin filtro. ¿Era ésa la marca de Meadows o la de su asesino? Mientras daba otra vuelta por la habitación, Bosch volvió a notar el olor a orina. Se dirigió de nuevo hacia el dormitorio, abrió los cajones y miró en su interior una vez más. No vio nada que le llamara la atención. Se acercó a la ventana, que daba a la parte trasera de otro edificio de pisos. En el callejón, un hombre con un carrito de supermercado lleno de latas de aluminio escarbaba con un palo en un contenedor de basura. Bosch se alejó, se sentó en la cama y apoyó la cabeza en la pared. Al no haber cabezal, la pintura blanca se había vuelto de un color gris sucio. Bosch sintió el frío del cemento en la espalda.
—Dime algo —le susurró al aire.
Todo apuntaba a que alguien había interrumpido la partida de cartas de Meadows, y a que él había muerto allí. Después, ese alguien lo había llevado a la tubería, pero ¿por qué? ¿Por qué no dejarlo allí mismo? Bosch apoyó la cabeza y miró directamente al frente. Fue entonces cuando se percató del clavo en la pared, aproximadamente a un metro de la cómoda. Lo debían de haber cubierto con pintura al pintar la pared; por eso no lo había visto antes. Bosch se levantó y fue a mirar detrás de la cómoda. En el espacio de unos cuatro dedos que la separaba de la pared, Bosch atisbo el marco de un cuadro caído. Con el hombro retiró el mueble y lo recogió. Luego dio un paso atrás y se sentó en la cama para examinarlo. El vidrio se había roto en forma de telaraña, seguramente al caerse al suelo, y las resquebrajaduras ocultaban una fotografía en blanco y negro de veinte por veinticinco. Por su aspecto, granuloso y amarillento en los bordes, parecía tener más de veinte años. Bosch sabía seguro que los tenía, porque entre dos de las grietas del vidrio distinguió su propia cara, mucho más joven, mirándole y sonriendo.
Le dio la vuelta al cuadro y desdobló cuidadosamente los pestillitos metálicos que aguantaban el cartón de detrás.
Al sacar la foto, el vidrio cedió y cayó al suelo roto en mil pedazos. Bosch retiró los pies, pero no se levantó, sino que se quedó estudiando la foto. Ni delante ni detrás había nada que indicase cuándo fue tomada, pero él sabía que tuvo que ser a finales de 1969 o principios de 1970, porque algunos de los hombres que aparecían en ella habían muerto después de aquella fecha.
Había siete hombres en la imagen: todos ellos ratas de los túneles. Todos iban sin camisa, mostrando con orgullo el moreno de albañil, los tatuajes y las placas de identificación, sujetas al cuerpo para que no tintinearan mientras avanzaban bajo tierra. Bosch supuso que se encontraban en el Sector del Eco, en el distrito de Cu Chi, pero no sabía o no recordaba de qué pueblo se trataba. Los soldados estaban de pie en una trinchera, a ambos lados de la boca de un túnel no mucho más ancho que la tubería en que hallaron a Meadows. Bosch se contempló en la foto y su sonrisa le pareció la de un idiota. Ahora que sabía lo que iba a ocurrir tras ese momento, se sintió avergonzado. Meadows, en cambio, mostraba una leve sonrisa y la mirada ausente. Todos decían de él que siempre parecía estar a varios kilómetros de distancia.
Al bajar la vista al suelo cubierto de vidrio, Bosch reparó en un papelito rosa del tamaño de un cromo. Lo cogió por el borde y lo examinó detenidamente. Era el recibo de una casa de empeño del centro con el nombre del cliente, William Fields, y el del objeto empeñado: un antiguo brazalete de oro con incrustaciones de jade. El recibo llevaba fecha de hacía seis semanas e indicaba que Fields había obtenido ochocientos dólares por la pieza. Bosch lo introdujo en una bolsita para pruebas que llevaba en el bolsillo y se levantó.
El viaje de vuelta al centro le llevó casi una hora por culpa de la multitud de coches que se dirigían al estadio de los Dodgers. Bosch se entretuvo pensando en el apartamento. Alguien había entrado, pero Edgar tenía razón; había sido un trabajo hecho con prisas. Los bolsillos de los pantalones lo probaban; si hubieran registrado el lugar a conciencia, habrían colocado los cajones en el orden correcto y no se les habría pasado por alto el cuadro roto ni el recibo de la casa de empeños. ¿Por qué, pues, tanta urgencia? Bosch llegó a la conclusión de que el cadáver de Meadows estaba en el apartamento y tuvieron que deshacerse de él lo antes posible.
Bosch cogió la salida de Broadway en dirección al sur y atravesó Times Square hasta llegar a la casa de empeños, situada en el edificio Bradbury. Al ser domingo, el centro de Los Ángeles estaba muerto, por lo que Bosch no esperaba encontrar abierto el Happy Hocker; sólo quería echarle una ojeada antes de ir al centro de comunicaciones. Sin embargo, al pasar por delante de la fachada, vio a un hombre que pintaba con un aerosol negro la palabra ABIERTO en un tablón de conglomerado. Bosch se fijó en que el tablón sustituía el vidrio del escaparate y en que la acera sucia estaba cubierta de cristales rotos.
Cuando Bosch llegó hasta la puerta de la casa de empeños, el hombre ya estaba dentro. Al entrar el detective, una célula fotoeléctrica hizo sonar un timbre que resonó por entre los montones de instrumentos musicales que colgaban del techo.
—No está abierto. Es domingo —gritó alguien desde el fondo de la tienda. La voz provenía de detrás de la caja registradora, una máquina cromada que descansaba sobre el mostrador de cristal.
—Pues ahí fuera dice que sí.
—Ya lo sé, pero eso es para mañana. La gente ve tablones en los escaparates y cree que las tiendas están cerradas. Yo sólo cierro los fines de semana. Sólo tendré el tablón unos cuantos días. He pintado ABIERTO para que la gente lo sepa, pero empezamos mañana.
—¿Es usted el propietario de este negocio? —preguntó Bosch, al tiempo que sacaba la cartera de identificación y le mostraba su chapa—. Sólo serán unos minutos.
—¡Ah, la policía! ¿Por qué no me lo ha dicho? Llevo todo el día esperándoles.
Bosch miró a su alrededor, desconcertado, aunque en seguida comprendió la situación.
—¿Lo dice por lo de la ventana? Yo no he venido por eso.
—¿Qué quiere decir? La patrulla me dijo que esperara a un detective de la policía. Llevo aquí desde las cinco de la mañana.
Bosch echó un vistazo a la tienda, que estaba llena de la habitual mezcla de instrumentos musicales, electrodomésticos, joyas y antigüedades.
—Mire, señor…
—Obinna. Oscar Obinna, prestamista, con tiendas en Los Ángeles y Culver City.
—Señor Obinna, los fines de semana los detectives no se ocupan de gamberradas. Es posible que ni siquiera lo hagan durante la semana.
—¿Qué gamberrada? Esto ha sido un robo con todas las letras.
—¿Un robo? ¿Y qué se han llevado?
Obinna le indicó dos vitrinas hechas añicos a ambos lados de la caja registradora. Bosch se acercó y vio unos cuantos pendientes y anillos de aspecto barato entre los cristales rotos. Los pedestales tapizados de terciopelo, las bandejas de espejo y los estuches que antes habían contenido joyas ahora estaban vacíos. Aparte de aquello, no había más desperfectos.
—Señor Obinna, lo único que puedo hacer es llamar al detective de guardia y preguntarle si alguien va a pasarse hoy. Pero yo no venía por eso.
Entonces Bosch sacó la bolsa de plástico transparente con el recibo y se lo mostró a Obinna.
—¿Podría enseñarme este brazalete, por favor?
En cuanto formuló la pregunta, Bosch tuvo un mal presagio. El prestamista, un hombre bajito y rechoncho de piel aceitunada y escaso cabello negro con el que intentaba cubrir —sin éxito— su cráneo, miró a Bosch con incredulidad. Sus pobladas cejas negras se juntaron en un gesto ceñudo.
—¿No va a tomar nota de mi denuncia?
—Lo siento, pero yo estoy investigando un asesinato. ¿Me puede enseñar el brazalete que corresponde a este recibo? —insistió Bosch—. Después ya averiguaré si va a venir alguien para esto. Ahora le agradecería mucho que colaborara.
—¡Como si yo no colaborara! Cada semana les envío mis listas e incluso saco las fotos que me pidieron. A cambio sólo pido que me envíen un detective para que investigue un robo y resulta que me mandan a uno que únicamente investiga asesinatos. Ya está bien, oiga. ¡Llevo esperando desde las cinco de la mañana!
—Deme su teléfono y le pediré a alguien.
Obinna descolgó el auricular de un teléfono modelo góndola situado detrás de uno de los mostradores dañados y Bosch le dio el número que tenía que marcar. Mientras Bosch hablaba con el detective de guardia de Parker Center, el prestamista buscó el número del recibo en un libro. El detective de servicio ese día era una mujer que nunca había participado en una investigación de campo durante toda su carrera en la División de Robos y Homicidios. La mujer le preguntó a Bosch cómo le iba la vida y luego le informó de que había pasado el robo de la casa de empeños a la comisaría de la zona aun sabiendo que no habría ningún detective disponible. La comisaría de la zona era la División Central, pero Bosch se metió detrás del mostrador y los llamó de todos modos. Nadie contestó. Mientras sonaba el teléfono sin que nadie lo cogiera, Bosch inició un pequeño monólogo:
—Sí, aquí Harry Bosch, detective de Hollywood. Llamo para comprobar la situación del robo en la tienda Happy Hocker de Broadway… Muy bien. ¿Sabes cuándo llegará?… Ajá… Ajá… Sí, Obinna, O-B-I-N-N-A.
Bosch miró al prestamista, quien confirmó que había deletreado su apellido correctamente.
—Sí, está aquí esperando… Vale… Se lo diré. Gracias —contestó.
Colgó el teléfono y se dirigió a Obinna, que lo miraba con cara de expectación.
—Hoy ha sido un día de muchísimo trabajo, señor Obinna —explicó Bosch—. Los detectives no están, pero pasarán por aquí. No creo que tarden mucho. Le he dado su nombre al oficial de guardia y le he dicho que los envíe lo antes posible. Y ahora, ¿puedo ver el brazalete?
—Pues no.
Bosch sacó un cigarrillo de un paquete que guardaba en el bolsillo de la cazadora. Sabía lo que Obinna iba a decirle antes de que éste le señalara una de las vitrinas dañadas.
—Lo han robado —dijo el prestamista—. Lo he buscado en mi lista: lo tenía en la vitrina porque era una pieza valiosa. Pero ya no está. Ahora los dos somos víctimas del ladrón.
Obinna sonrió, satisfecho de compartir su desgracia. Bosch contempló el fulgor del cristal roto en el fondo de la vitrina.
—Sí —asintió.
—Qué lástima. Ha llegado un día tarde.
—¿Dice que sólo han robado joyas de estas dos vitrinas?
—Sí. Entraron, se las llevaron y salieron a escape.
—¿Qué hora era?
—La policía me llamó a las cuatro y media de la mañana, en cuanto saltó la alarma, y yo vine en seguida. Ellos también vinieron inmediatamente, pero cuando llegaron ya no había nadie. Esperaron a que yo llegara y luego se marcharon. Desde entonces estoy esperando a unos detectives que aún no han aparecido. No puedo limpiar los cristales hasta que ellos vengan a investigar el robo.
Bosch estaba pensando en la hora. El cadáver había aparecido a las cuatro de la madrugada, después de la llamada anónima al teléfono de emergencias. La casa de empeños había sido robada más o menos a la misma hora y un brazalete empeñado por el muerto había desaparecido. «Demasiada casualidad», se dijo.
—Ha mencionado algo sobre unas fotos. ¿Se refiere a un inventario para la policía?
—Sí, para el Departamento de Policía de Los Ángeles. La ley me obliga a pasar listas de todo lo que compro a los detectives encargados de estos asuntos y yo coopero al máximo.
Obinna contempló su vitrina rota con cara de lástima.
—¿Y las fotos?
—Ah, sí. Las fotos. Los detectives me pidieron que sacara fotos de mis mejores adquisiciones para poder identificar la mercancía robada. En este caso, yo no estaba obligado pero, como siempre he cooperado con la policía, me compré una Polaroid y hago fotos de todo por si quieren venir a mirar. Lo malo es que nunca vienen; es una tomadura de pelo.
—¿Tiene una foto del brazalete?
Obinna puso cara de sorpresa; al parecer, no se le había ocurrido aquella posibilidad.
—Creo que sí —contestó, y desapareció tras una cortina negra que tapaba una puerta, justo detrás del mostrador. Obinna apareció unos segundos más tarde con una caja de zapatos llena de fotografías y unos recibos de color amarillo enganchados con un clip. Buscó entre las fotos, sacando una de vez en cuando, arqueando las cejas y volviéndola a meter. Finalmente encontró la que quería.
—¡Ah! Aquí está.
Bosch la cogió y la examinó.
—Oro antiguo con incrustaciones de jade. Precioso —lo describió Obinna—. Ya me acuerdo; de primera calidad. No me extraña que el cabrón que me robó se lo llevara. Es un brazalete mexicano, de los años treinta… Le di al hombre ochocientos dólares, aunque no suelo pagar tanto dinero por una joya. Una vez (me acordaré toda la vida) un tío enorme me trajo el anillo de la Super Bowl de 1983. Era precioso. Le di mil dólares, pero no volvió a buscarlo.
Obinna alargó la mano izquierda para mostrarle aquel enorme anillo, que parecía aún más grande en su dedo meñique.
—Y al hombre que empeñó el brazalete, ¿lo recuerda? —le preguntó Bosch.
Obinna lo miró desconcertado, mientras el detective contemplaba sus cejas, que eran como dos orugas a punto de atacarse. A continuación, Bosch se sacó del bolsillo una de las instantáneas de Meadows y se la entregó al prestamista. Obinna la estudió detenidamente.
—Este hombre está muerto —concluyó al cabo de un rato. Las orugas se estremecían de miedo—. O lo parece.
—Eso ya lo sé —le dijo Bosch—. Lo que quiero es que me diga si fue él quien empeñó el brazalete.
Obinna le devolvió la foto.
—Creo que sí —respondió.
—¿Vino alguna otra vez por aquí, antes o después de empeñar el brazalete?
—No, creo que me acordaría —contestó Obinna—. Yo diría que no.
—Necesito llevarme esto —le informó Bosch, refiriéndose a la foto del brazalete—. Si la necesita, llámeme.
Bosch dejó su tarjeta en la caja registradora. La tarjeta era una de ésas baratas, con el nombre y el teléfono escritos a mano en un espacio en blanco. Mientras pasaba por delante de una hilera de banjos en dirección a la salida, Bosch consultó su reloj. Volviéndose hacia Obinna, que seguía mirando dentro de la caja, le dijo:
—¡Ah! El oficial de guardia me ha pedido que le dijera que si los detectives no llegaban dentro de media hora, que se fuera usted a casa y ellos ya vendrían mañana por la mañana.
Obinna lo miró sin decir nada. Las orugas se juntaron. Bosch desvió la mirada y se vio reflejado en un saxofón de bronce que colgaba del techo. Se fijó en que era un tenor. A continuación dio media vuelta, salió de la tienda y puso rumbo al centro de comunicaciones para recoger la cinta.
El sargento de guardia en el centro de comunicaciones junto al ayuntamiento le dejó grabar la llamada al número de emergencias, recogida por una de esas enormes grabadoras que nunca dejan de girar y captar los gritos de socorro de la ciudad. La voz de la persona que contestó el teléfono era de mujer y parecía de raza negra. El que llamaba era un varón de raza blanca, un chico.
—Emergencias, ¿dígame?
—Em…
—¿Dígame? ¿Qué quiere denunciar?
—Sí… quiero denunciar que hay un tío muerto en una tubería.
—¿Un cadáver?
—Eso.
—¿Qué quiere decir con «una tubería»?
—Una tubería al lado de la presa.
—¿Qué presa?
—Em… La de allá arriba, en las montañas… donde está el rótulo de Hollywood.
—¿La presa de Mulholland? ¿En North Hollywood?
—Sí, Mulholland. No me acordaba del nombre.
—¿Y dónde está el cadáver?
—En una tubería vieja que hay allí, donde duerme gente. El muerto está dentro.
—¿Conoce usted a esta persona?
—¿Yo? ¡Qué va!
—¿No podría estar durmiendo?
—No, no. —El chico soltó una risa nerviosa—. Está muerto.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque lo sé. Si no le interesa…
—¿Me da su nombre, por favor?
—¿Mi nombre? ¿Para qué lo quiere? Yo sólo lo he visto; no he hecho nada.
—¿Y cómo puedo saber que me dice la verdad?
—Pues registren la tubería y verán. No sé qué más decirle. ¿Por qué me pide el nombre?
—Porque lo necesito para el registro. ¿Me dice cómo se llama?
—Em… no.
—¿Le importa esperar donde está hasta que llegue un oficial?
—Bueno, yo ya no estoy en la presa, sino en…
—Ya lo sé. Está usted en una cabina en Gower, cerca de Hollywood Boulevard. ¿Puede esperar al oficial?
—¿Cómo lo sa…? No importa, me tengo que ir. Compruébenlo ustedes. Les aseguro que hay un tío muerto.
—Oiga…
La llamada se cortó. Bosch se metió la cinta en el bolsillo y dejó el centro de comunicaciones.
Hacía diez meses que Harry Bosch no había estado en el tercer piso de Parker Center. Había trabajado en la División de Robos y Homicidios durante casi diez años, pero no había vuelto desde que le habían suspendido de la Brigada Especial de Homicidios y trasladado al Departamento de Detectives de Hollywood. El día que recibió la noticia, dos idiotas de Asuntos Internos llamados Lewis y Clarke le limpiaron la mesa, llevaron sus cosas al mostrador de Homicidios de la comisaría de Hollywood y le dejaron un mensaje en el contestador diciéndole dónde encontrarlas. Ahora, diez meses más tarde, pisaba de nuevo el recinto sagrado donde trabajaba la mejor brigada de detectives del Departamento de Policía de Los Ángeles. Se alegró de que fuera domingo porque así no habría caras conocidas ni motivos para desviar la mirada.
La sala 321 estaba vacía a excepción del detective de guardia, a quien Bosch no conocía. Harry le señaló el fondo de la sala y dijo:
—Bosch, detective de Hollywood. Necesito el ordenador.
El hombre de guardia, un chico joven que llevaba el mismo corte de pelo desde su paso por los Marines, estaba leyendo un catálogo de armas. Primero se volvió para mirar la fila de ordenadores que se extendía junto a la pared, como si quisiera asegurarse de que seguían ahí y luego se dirigió a Bosch.
—Se supone que tienes que usar el de tu división —dijo.
Bosch se acercó a él.
—No tengo tiempo de volver a Hollywood. Me esperan en una autopsia dentro de veinte minutos —le mintió.
—Ya he oído hablar de ti, Bosch. Todo el mundo sabe lo del programa de televisión —dijo el chico—. Pero acuérdate de que ahora ya no trabajas aquí.
La última frase quedó suspendida como una nube de aire tóxico, pero Bosch intentó olvidarla. Al dirigirse a los terminales, los ojos se le fueron hacia su antigua mesa y se preguntó a quién pertenecería. Bosch se fijó en que estaba repleta de cosas y que las fichas de su agenda rotatoria estaban nuevecitas. En ese instante se volvió y miró al hombre de guardia, que seguía observándolo.
—¿Es ésta tu mesa cuando no te toca pringar el domingo?
El chico sonrió y asintió con la cabeza.
—Sí, claro —se burló Bosch—. Eres perfecto para este trabajo; con ese pelo y esa sonrisa idiota llegarás lejos, ya verás.
—¡Mira quién habla: al que le echaron por ir de Rambo por la vida!… Déjame en paz, Bosch. Estás acabado.
Bosch retiró una silla con ruedas de la mesa y se sentó delante de un ordenador, al fondo de la sala. Apretó el botón de encendido y, al cabo de unos segundos, unas letras de color ámbar aparecieron en pantalla: «Red Especial de Documentación Automatizada para la Detección de Asesinos».
Bosch sonrió para sus adentros al comprobar la obsesión del departamento por los acrónimos. Cada unidad, brigada o base de datos habían sido bautizadas con un acrónimo impactante. Para el gran público éstos son sinónimo de acción y dinamismo; es decir, de un gran despliegue de medios con la misión de solucionar problemas de vida o muerte. REDADA, COBRA, CHOQUE, PANTERAS o DESAFÍO eran algunos de los más famosos. Bosch estaba seguro de que en algún lugar del Parker Center alguien se pasaba el día inventándose nombrecitos resultones ya que absolutamente todo, desde los ordenadores hasta algunos conceptos, era conocido por sus acrónimos. Si tu unidad especial no tenía uno, no eras nadie.
Una vez dentro del sistema REDADA, y tras cumplimentar un formulario de rutina, solicitó una búsqueda con las siguientes palabras: «Presa de Mulholland». Medio minuto más tarde, y tras revisar ocho mil casos de homicidio almacenados en el disco duro —el equivalente a unos diez años—, el ordenador sólo encontró seis asesinatos. Bosch los fue examinando uno a uno. Los tres primeros eran las muertes sin resolver de mujeres cuyos cadáveres habían aparecido en la presa a principios de los años ochenta. Todas habían sido estranguladas. Tras repasar la información rápidamente, Bosch pasó a los siguientes casos. El cuarto era un cuerpo que apareció flotando en el embalse cinco años atrás. Se sabía que no se había ahogado, pero no se llegó a descubrir la causa de la muerte. Los dos últimos eran muertes por sobredosis. El primero había ocurrido durante un picnic en el parque situado encima del embalse. A Bosch le pareció bastante claro, así que saltó directamente al último caso: un cadáver encontrado en la tubería hacía catorce meses. La autopsia dio como causa de la muerte paro cardíaco causado por una sobredosis de heroína mexicana.
«El difunto solía frecuentar la zona de la presa y dormir en la tubería —decía la pantalla—. Carecemos de más datos».
Aquél era el caso que había mencionado Crowley, el sargento de guardia en Hollywood, por la mañana. Bosch imprimió la información sobre esa muerte, a pesar de que no creía que estuviera relacionada con Meadows. Después de salir del programa y apagar el ordenador, se quedó un rato pensando. Sin levantarse de la silla, la hizo rodar hasta otro ordenador, lo encendió e introdujo su contraseña. Entonces se sacó la foto del bolsillo, observó el brazalete y tecleó su descripción para realizar una búsqueda en el registro de objetos robados. La operación en sí era todo un arte; Bosch tenía que imaginarse el brazalete tal como lo habrían hecho otros policías, gente acostumbrada a describir todo un inventario de joyas robadas. Primero lo definió como un «brazalete de oro antiguo con incrustación de jade en forma de delfín». Ejecutó la opción BUSCAR, pero treinta segundos más tarde apareció en pantalla la frase «No se encuentra». Bosch lo intentó de nuevo, escribiendo «brazalete de oro y jade». Esa vez aparecieron cuatrocientos treinta y seis objetos: demasiados. Necesitaba acortar la búsqueda, así que escribió «brazalete de oro con pez de jade». Seis objetos; eso ya estaba mejor.