El eco negro
Primera parte. Domingo, 20 de mayo
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El ordenador le informó de que un brazalete de oro con un pez de jade había aparecido en cuatro denuncias y en dos boletines departamentales desde que se creó la base de datos, en 1983. Bosch sabía que, debido a la inmensa repetición de denuncias en cada departamento de policía, las seis entradas podían referirse al mismo brazalete perdido o robado. Al pedir una versión abreviada de las denuncias, Bosch confirmó sus sospechas. Efectivamente, todas ellas procedían de un solo atraco. Éste había tenido lugar en septiembre, en el centro, entre Sixth Avenue y Hill Street, y la víctima era una mujer llamada Harriet Beecham, de setenta y un años, residente en Silver Lake. Bosch trató de situar el lugar mentalmente pero no consiguió recordar qué edificios o comercios había allí. El ordenador no le ofrecía un resumen del delito, así que tendría que ir al archivo a sacar una copia de la denuncia. Lo que sí había era una breve descripción del brazalete de oro y jade y de otras joyas que le habían robado a la señora Beecham. El brazalete podía ser tanto el que había empeñado Meadows como otro, ya que la descripción era demasiado vaga. El ordenador daba varios números de denuncias suplementarias, que Bosch anotó en su libreta. Mientras lo hacía, se preguntó por qué las pérdidas de aquella señora habían generado tal cantidad de papeleo.
A continuación pidió información sobre los dos boletines. Los dos eran del FBI; el primero había salido dos semanas después de que robaran a Beecham y volvió a publicarse tres meses más tarde, cuando las joyas aún no habían aparecido. Bosch tomó nota del número del boletín y apagó el ordenador.
Acto seguido, atravesó la sala para ir a la sección de Atracos y Robos Comerciales. En la pared del fondo había un estante de aluminio con docenas de carpetas negras que contenían los boletines oficiales de los últimos años. Bosch sacó una marcada con la palabra «Septiembre» y comenzó a hojear su contenido, pero en seguida se dio cuenta de que ni los boletines estaban en orden cronológico ni todos correspondían a ese mes, por lo que seguramente le tocaría buscar en todas las carpetas hasta encontrar la que necesitaba. Bosch cogió unas cuantas y se las llevó a la mesa de Robos. Unos instantes más tarde notó que alguien le observaba.
—¿Qué quieres? —preguntó, sin alzar la vista.
—¿Que qué quiero? —respondió el detective de guardia—. Quiero saber qué coño estás haciendo, Bosch. Ya no trabajas aquí; no puedes pasearte por esta oficina como Pedro por su casa. Vuelve a poner esas cosas en el estante y si quieres echarles un vistazo, te pasas mañana y pides permiso. Llevas más de media hora tocándome las narices.
Bosch lo miró. Calculó que el chico tendría unos veintiocho, tal vez veintinueve años, incluso más joven que él mismo cuando entró en Robos y Homicidios.
O habían bajado el nivel de los requisitos de entrada, o la época dorada del departamento era historia. Bosch decidió que ambas cosas eran ciertas y siguió leyendo el boletín.
—¡Hablo contigo, gilipollas! —gritó el detective.
Bosch estiró el pie por debajo de la mesa y le pegó una patada a la silla que tenía delante. La silla salió disparada y el respaldo le dio al chico en la entrepierna. El joven detective se dobló en dos con un gruñido de dolor y se agarró a la silla para no caerse. Bosch sabía que la reputación de que gozaba jugaba a su favor. Tenía fama de trabajar solo, de pelear, de matar. «Venga —decían sus ojos—. Haz algo si tienes cojones».
Pero el chico sólo lo miró, conteniendo su ira y humillación. Era un poli capaz de sacar la pistola, pero seguramente no de apretar el gatillo. En cuanto Bosch comprendió aquello, supo que le dejaría en paz.
Efectivamente, el joven policía sacudió la cabeza, agitó las manos como diciendo que ya había tenido bastante y volvió a su mesa.
—Denúnciame si quieres, chaval —le dijo Bosch.
—Vete a la mierda —replicó débilmente el joven.
Bosch sabía que no tenía nada que temer. El Departamento de Asuntos Internos nunca consideraría una bronca entre oficiales sin un testigo o una grabación que corroborara los hechos. La palabra de un poli contra otro era algo intocable en el departamento, porque en el fondo sabían que la palabra de un poli no vale una mierda. Por eso los de Asuntos Internos siempre trabajaban en parejas.
Una hora y siete cigarrillos más tarde, Bosch encontró lo que buscaba. En un informe de cincuenta hojas se topó con una fotocopia de otra instantánea del brazalete, así como las descripciones y fotos de los objetos desaparecidos en un robo al WestLand National Bank, un banco situado en la esquina de Sixth Avenue y Hill Street. Finalmente, Bosch fue capaz de recordar el cristal ahumado del edificio. «Un golpe a un banco en el que sólo se llevan joyas —pensó—. Qué raro». Estudió la lista con detenimiento; era demasiado extensa para que se tratara de un atraco a mano armada. Sólo contando las de Harriet Beecham ya sumaban dieciséis joyas: ocho sortijas antiguas, cuatro brazaletes y cuatro pares de pendientes. Además, todas ellas estaban listadas bajo el epígrafe de robo, no atraco. Bosch miró en el dossier por si había algún resumen del delito, pero sólo encontró el nombre de una persona en el FBI: el agente especial E. D. Wish.
En ese momento Bosch se fijó en una esquina de la hoja donde se citaban tres días como fecha del robo; tres días consecutivos de la primera semana de septiembre. Bosch cayó en la cuenta de que se trataba del puente del día del trabajo, un fin de semana en que los bancos cerraban tres días, por lo que el robo tuvo que ser un asalto a la cámara acorazada. ¿Con túnel incluido? Bosch se echó hacia atrás y reflexionó sobre todo ello. ¿Por qué no lo recordaba? Un golpe como aquél habría sido tema de actualidad durante días, y los de la oficina lo habrían comentado durante más tiempo aún. En ese instante recordó que él se encontraba en México tanto en el día del trabajo, como durante las tres semanas siguientes. El golpe al banco había ocurrido durante su suspensión un mes por el caso del Maquillador. Bosch se abalanzó sobre el teléfono y marcó un número.
—Times, ¿dígame?
—Hola, Bremmer. Soy Bosch. Qué, ¿aún trabajas los domingos?
—Ya ves. Me tienen aquí encerrado de dos a diez, sin libertad condicional. Y tú, ¿qué me cuentas? No sé nada de ti desde… lo del caso del Maquillador. ¿Qué tal por la División de Hollywood?
—Soportable…, de momento. —Bosch hablaba en voz baja para que no le oyera el detective de guardia.
—No pareces muy entusiasmado —comentó Bremmer—. Bueno, me han dicho que esta mañana encontraste un fiambre en la presa.
Joel Bremmer llevaba más tiempo escribiendo para el Times sobre casos policiales que el que la mayoría de policías llevaba en el cuerpo, Bosch incluido. Estaba al tanto de prácticamente todo sobre el departamento, y lo que no sabía, lo podía averiguar sin dificultad con una sola llamada. Hacía un año había telefoneado a Bosch para saber qué opinaba sobre su suspensión de empleo y sueldo de veintidós días; se había enterado antes que el propio Bosch. Normalmente el departamento odiaba al Times, ya que el periódico nunca se quedaba corto en sus críticas a la policía. Sin embargo, Bremmer era respetado y muchos agentes, como Bosch, confiaban en él.
—Sí, es mi caso —contestó Bosch—. De momento no está nada claro, pero necesito un favor. Si al final es lo que parece, te aseguro que te interesará.
Aunque Bosch sabía que no tenía por qué ofrecerle nada al periodista, quería dejar claro que podría haber algo para él más adelante.
—¿Qué necesitas? —preguntó Bremmer.
—Tú ya sabes que, gracias a los de Asuntos Internos, estuve de «vacaciones» el día del trabajo. Pero ese día hubo…
—¿El robo por medio del túnel? ¿No me irás a preguntar por el robo al banco en el que desaparecieron un montón de joyas, bonos, acciones y quizás incluso droga?
Bosch notó que el tono del periodista iba subiendo a medida que hablaba. Sus conjeturas eran correctas; había habido un túnel y la historia había dado que hablar. Si Bremmer seguía así de interesado, seguro que era un caso de peso. De todas formas, a Bosch le extrañaba no haber oído nada sobre el asunto después de volver al trabajo en octubre.
—Sí, ése —contestó Bosch—. Como no estaba, me lo perdí. ¿Detuvieron a alguien?
—No, el caso sigue abierto. Creo que lo lleva el FBI.
—Me gustaría ver los recortes de prensa esta misma tarde. ¿Podría ser?
—Te haré copias. ¿Cuándo te vas a pasar?
—Dentro de un rato.
—Supongo que tendrá que ver con el fiambre de esta mañana, ¿no?
—Eso parece, pero no estoy seguro. Ahora mismo no puedo hablar. Si los federales llevan el caso, iré a verlos mañana. Por eso necesito los recortes esta tarde.
—Aquí estaré.
Después de colgar, Bosch examinó el brazalete en la fotocopia del FBI. No cabía duda de que se trataba de la misma joya que Meadows había empeñado, la misma que aparecía en la instantánea de Obinna. En la foto del FBI, el brazalete —con tres pececitos grabados sobre una ola de oro— rodeaba la muñeca de una mujer que, a juzgar por su piel manchada, debía de ser bastante mayor. Bosch dedujo que sería la de la propia Harriet Beecham, de setenta y un años, y que la foto la habría tomado para la póliza de seguros. Miró de soslayo al detective de guardia, que seguía hojeando el catálogo de armas, y, tal como se lo había visto hacer a Jack Nicholson en una película, tosió ruidosamente a la vez que arrancaba la hoja del boletín. El detective alzó la cabeza, pero en seguida volvió a sus balas y pistolas. Mientras Bosch se guardaba la hoja en el bolsillo, sonó su busca. Bosch marcó el número de la comisaría de Hollywood, pensando que le llamaban para decirle que había otro cadáver para él. El que cogió la llamada era el sargento de guardia Art Crocket, a quien todo el mundo conocía por Davey.
—Harry, ¿estás en casa?
—No, estoy en el Parker Center. Tenía que hacer una consulta.
—Perfecto; así puedes pasarte por el depósito. Ha llamado un forense, un tal Sakai, diciendo que quiere verte.
—¿A mí?
—Me ha dicho que te dijera que ha pasado algo y que van a hacer esa autopsia hoy. Bueno, ahora mismo.
Bosch tardó cinco minutos en llegar al hospital County-USC y un cuarto de hora en encontrar aparcamiento. La oficina del médico forense estaba situada detrás de uno de los edificios del hospital que habían sido declarados en ruinas tras el terremoto de 1987; era una construcción prefabricada de color amarillo y dos pisos de altura, fea y sin gracia. Al cruzar las puertas de cristal por donde entraban los vivos, Bosch se topó con un detective con quien había trabajado a principios de los ochenta, cuando pertenecía a la brigada de vigilancia nocturna.
—Eh, Bernie —le saludó Bosch con una sonrisa.
—Vete al carajo, Bosch —le contestó Bernie—. No creas que tus fiambres son más importantes que los nuestros.
Bosch siguió al detective con la mirada mientras éste salía del edificio. Acto seguido entró en la recepción, torció a la derecha y recorrió un pasillo pintado de color verde dividido por dos puertas dobles. A medida que avanzaba, el olor se hacía más desagradable; era una combinación de muerte y desinfectante industrial, en el que dominaba la primera. Finalmente, Bosch llegó al vestuario de baldosas amarillas donde se cambiaban los forenses. Larry Sakai ya estaba allí, con la mascarilla y las botas de agua, poniéndose una bata de un solo uso sobre su uniforme de hospital. Bosch sacó otra bata de unas cajas que había sobre un mostrador de acero inoxidable y empezó a endosársela.
—¿Qué mosca le ha picado a Bernie Slaughter? —preguntó—. ¿Qué le habéis hecho para que se haya cabreado tanto?
—Querrás decir qué le has hecho tú, Bosch —dijo Sakai sin mirarle a la cara—. Ayer lo avisaron porque un chico de dieciséis años había matado a su mejor amigo, en Lancaster. En principio parece un accidente, pero Bernie está esperando a que comprobemos la trayectoria y el rastro de la bala para poder cerrar el caso. Yo le dije que lo haríamos hoy a última hora, así que lógicamente se ha presentado. Lo que pasa es que no vamos a hacerlo, porque a Sally le ha dado por empezar por el tuyo. No me preguntes por qué. Cuando traje el cadáver le echó un vistazo y dijo que lo haría hoy. Yo le dije que tendríamos que saltarnos un fiambre y él decidió saltarse el de Bernie. Cuando fui a avisarlo, Bernie ya venía para aquí; por eso está cabreado. Ya sabes que vive al otro lado de la ciudad, en Diamond Bar. Se ha pegado todo el viaje para nada.
Bosch, con la mascarilla, la bata y las botas, siguió a Sakai por el pasillo embaldosado que conducía a la sala, de autopsias.
—Pues que se cabree con Sally, no conmigo —comentó Bosch.
Sakai no respondió. Ambos se dirigieron hacia la primera mesa, donde Billy Meadows yacía boca arriba, desnudo, y con la nuca apoyada sobre un taco de madera. En total había seis mesas de acero inoxidable, con canalones en los bordes, desagües en las esquinas y un cadáver en cada una. El doctor Jesús Salazar estaba examinando el pecho de Meadows, de espaldas a Bosch y Sakai.
—Buenas tardes, Harry. Te estaba esperando —dijo Salazar, sin darse la vuelta—. Larry, voy a necesitar unas cuantas preparaciones.
El forense se incorporó y se volvió hacia ellos. En su mano enguantada sostenía un trozo cuadrado de carne y tejido muscular de color rosado que depositó en una cazuelita de acero como las que se usan para hacer bizcochos. Salazar se la pasó a Sakai.
—Hazme tres secciones verticales, una de la punción y una de cada lado para comparar.
Sakai cogió la bandeja y salió de la sala con destino al laboratorio. Bosch vio que el cuadrado de carne procedía del pecho de Meadows, unos dos centímetros más arriba del pezón izquierdo.
—¿Qué has encontrado? —preguntó Bosch.
—Aún no estoy seguro; ya veremos. La cuestión es: ¿qué has encontrado tú? Sakai me ha dicho que le habías pedido una autopsia para hoy. ¿Por qué?
—Le dije que lo necesitaba para hoy porque quería que lo hicierais mañana. Pensaba que al final habíamos quedado en eso.
—Sí, ya me lo dijo, pero me ha picado la curiosidad. Ya sabes que me encantan los misterios, Harry. ¿Qué te hizo pensar que éste «olía a chamusquina», como decís vosotros los detectives?
«Ya no lo decimos —pensó Bosch—. Si la expresión sale en las películas y la oye gente como Salazar, es que ya no la usa nadie».
—En ese momento había algunas cosas que no encajaban —respondió Bosch—. Ahora hay más. Para mí está claro que es un asesinato; de misterio nada.
—¿Qué cosas?
Bosch sacó su libreta de notas y comenzó a pasar las páginas mientras explicaba lo que le había llamado la atención cuando encontraron el cadáver: el dedo roto, la ausencia de huellas en la tubería, la camisa que le tapaba la cabeza…
—Tenía todo el equipo para chutarse en el bolsillo, y también le encontramos una olla, pero no me convence. Yo creo que se la plantaron para despistar y que el pico que le mató es ése del brazo; las otras cicatrices son viejísimas. Hacía años que no se picaba en los brazos.
—En eso tienes razón. Aparte de ése, la zona de la ingle es el único lugar donde los pinchazos son recientes. El interior de los muslos es una zona que se usa para ocultar la adicción. Pero, de todos modos, podría ser la primera vez que volvía a pincharse en los brazos. ¿Qué más tienes?
—Estoy casi seguro de que fumaba, pero no había ningún paquete de tabaco junto al cadáver.
—¿No podrían habérselo robado antes de que encontrarais el cuerpo? ¿Un vagabundo, por ejemplo?
—Sí, pero ¿por qué iba a llevarse los cigarrillos y no el equipo? Luego está su apartamento. Alguien lo ha registrado de arriba abajo.
—Tal vez lo hizo alguien que lo conocía y buscaba droga.
—Sí, podría ser —replicó Bosch mientras pasaba unas cuantas páginas de su libreta—. El equipo que encontramos en el cadáver contenía un algodón con cristales marrón claro. He visto suficiente heroína mexicana como para saber que tiñe el algodón de un marrón oscuro, a veces negro. O sea, que la heroína que se metió era de la buena, probablemente extranjera. Eso no encaja con su estilo de vida; es una droga de ricos.
Salazar reflexionó un instante antes de decir:
—Son muchas suposiciones, Harry.
—Lo último que he encontrado es que estaba metido en un asunto sucio, aunque acabo de empezar a investigarlo.
Bosch le hizo un breve resumen de lo que sabía sobre el brazalete y su robo, primero de la cámara acorazada del banco y luego de la casa de empeños. Aunque Salazar era forense, Bosch siempre había confiado en él y sabía que a veces resultaba útil si le proporcionaba otros detalles sobre el caso. Bosch y Salazar se habían conocido en 1974, cuando Bosch era patrullero y Sally el nuevo ayudante del forense. Un día enviaron a Bosch a montar guardia y controlar la muchedumbre en 54 East Street, en South-Central, donde un tiroteo con el Ejército Simbiótico de Liberación había terminado con una casa totalmente arrasada por el fuego y cinco cadáveres entre las ruinas. A Sally le tocó determinar si entre las cenizas quedaba una sexta persona: Patty Hearst. Los dos pasaron allí tres días y, cuando Sally finalmente se rindió, Bosch ganó la apuesta. Bosch había apostado que ella seguía viva en alguna parte.
La historia del brazalete pareció aplacar las dudas de Sally sobre la muerte de Billy Meadows. Con energías renovadas, el forense se volvió hacia el carrito donde yacían sus instrumentos quirúrgicos y lo acercó a la mesa de acero. A continuación puso en marcha una grabadora, cogió un bisturí y unas podaderas de jardinero y anunció:
—A trabajar.
Bosch retrocedió un poco para que Salazar no le salpicara, apoyándose contra un mostrador donde descansaba una bandeja llena de cuchillos, sierras y bisturís. Al hacerlo, se fijó en una nota pegada a la bandeja que decía: «Para afilar».
Salazar examinó el cadáver de Billy Meadows y comenzó a describirlo:
—Hombre de raza blanca, bien desarrollado, ciento setenta y cinco centímetros de estatura, setenta y cuatro kilos de peso. Su aspecto general coincide con la edad oficial de cuarenta años. El cuerpo está frío y sin embalsamar y presenta síntomas de rigor mortis y lividez uniforme en la parte posterior.
Bosch empezó observando a Salazar pero, al ver la bolsa de plástico con la ropa de Meadows junto a la bandeja del instrumental, se dirigió a ella y la abrió. Al hacerlo, le asaltó un fuerte olor a orina que le transportó momentáneamente a la sala de estar del apartamento de Meadows. Bosch se puso unos guantes de goma mientras Salazar seguía con su examen del cadáver.
—El dedo índice izquierdo muestra una clara fractura sin que se observe laceración, petequia o hemorragia.
Bosch miró por encima del hombro del forense y lo vio doblando el dedo roto con el extremo romo del bisturí, al tiempo que se dirigía a la grabadora. Salazar terminó la descripción externa del cuerpo con una mención a los pinchazos.
—Se observan heridas con hemorragia en forma de punzadas de tipo hipodérmico en la parte interior superior de los muslos, así como en la parte anterior del brazo izquierdo. La puntura del brazo rezuma algo de fluido corporal y parece más reciente. No se ha formado costra. Se aprecia otra puntura sobre el pecho izquierdo algo mayor que las causadas por la aguja hipodérmica.
Salazar tapó con la mano el micrófono de la grabadora y le dijo a Bosch:
—Le he pedido a Sakai que me haga unas preparaciones del pinchazo del pecho. Parece interesante.
Bosch asintió con la cabeza, se volvió hacia la mesa y empezó a extender la ropa de Meadows. Detrás de él, Salazar usaba las tijeras de podar para abrir el pecho del cadáver.
El detective dio la vuelta a los bolsillos y examinó el forro. Luego volvió los calcetines del revés y estudió cuidadosamente el interior de los pantalones y la camisa, pero no encontró nada. Finalmente cogió un bisturí de la bandeja «para afilar» y cortó la costura del cinturón de Meadows, haciéndolo pedazos. Tampoco había nada. En ese momento oyó que Salazar decía:
—El bazo pesa ciento veinte gramos. La cápsula está intacta, ligeramente arrugada y el parénquima es lila oscuro y con trabéculas.
Bosch había oído todo aquello cientos de veces. La mayoría de lo que el patólogo le contaba a la grabadora carecía de significado para el detective. Él tan solo esperaba las conclusiones: ¿qué fue lo que mató a la persona que yacía en la fría mesa de acero? ¿Quién y cómo lo hizo?
—La pared de la vesícula biliar es muy fina —prosiguió Salazar—. Contiene unos cuantos centímetros cúbicos de bilis verdosa, sin piedras.
Bosch volvió a meter la ropa en la bolsa de plástico y la cerró inmediatamente. A continuación sacó los zapatos de trabajo de Meadows de otra bolsa. Bosch reparó en que en su interior había un polvillo rojizo; otra prueba de que el cuerpo había sido arrastrado. Los tacones debían de haber rascado el lodo seco del fondo de la tubería y parte del polvo levantado debió de colarse en los zapatos.
—La mucosa de la vejiga está intacta y sólo contiene cincuenta gramos de orina de un tono amarillo pálido —dijo Salazar—. Los órganos genitales externos y la vagina son normales.
Bosch se volvió de golpe. Salazar tenía tapado el micrófono de la grabadora.
—Perdona, Harry —dijo—. Ha sido una broma de forense. Sólo quería saber si estabas escuchando. ¿Y si te toca testificar sobre el caso y tienes que corroborar mi opinión?
—Lo dudo —replicó Bosch—. A nadie le interesa matar de aburrimiento al jurado.
Salazar encendió la pequeña sierra mecánica que empleaba para abrir cráneos y que sonaba como una fresa de dentista. Bosch se volvió de nuevo hacia los zapatos y observó que estaban bien embetunados y cuidados. Las suelas de goma parecían bastante nuevas y, clavada en uno de sus surcos, encontró una piedrecita blanca. Cuando Bosch la sacó con el bisturí descubrió que se trataba de un trozo de cemento. En seguida pensó en el polvo blanco que había visto sobre la moqueta del armario de Meadows, y se preguntó si el polvo o el trozo de cemento coincidirían con el de la cámara acorazada del WestLand Bank. Aunque, si los zapatos estaban tan bien cuidados, ¿se habría quedado un trozo de cemento en la suela durante los nueve meses que habían transcurrido desde el robo? No era muy probable. El cemento tal vez estuviera relacionado con la excavación del metro, si es que Meadows había trabajado en ese proyecto. Finalmente, Bosch metió el pedazo de cemento en un sobre de plástico y se lo guardó en el bolsillo junto con los otros objetos que había ido recogiendo durante el día.
—El examen de la cabeza y los contenidos del cráneo no revela ningún traumatismo, condiciones patológicas o anomalías congénitas —concluyó Salazar—. Atento, Harry: voy a hacer el dedo.
Bosch introdujo los zapatos en la bolsa de plástico y regresó a la mesa de operaciones, justo en el momento en que el forense colocaba una radiografía frente a una ventana.
—¿Ves estos fragmentos? —preguntó, mientras señalaba unos puntitos blancos en el negativo. Había tres de ellos cerca de la articulación fracturada—. Si fuera una fractura antigua, se habrían movido hacia la articulación. En la radiografía no se ven cicatrices, pero voy a echar un vistazo.
Salazar se dirigió al cadáver e hizo una incisión en forma de T en la piel que cubría la articulación del dedo. Al levantar la piel, metió el bisturí y palpó la carne rosada.
—No…, no…, nada, nada. Esto es post mórtem, Harry —decidió—. ¿Crees que ha sido uno de los míos?
—No lo sé —respondió Bosch—. No lo parece. Sakai dice que él y su esbirro fueron con mucho cuidado, y está claro que yo no he sido. Oye, ¿y por qué no está rasgada la piel?
—Buena pregunta. No lo sé. El dedo se rompió sin que se dañara la piel, no sé cómo. —Salazar meditó un instante—. Aunque supongo que no es tan difícil; si tienes valor, coges el dedo y le das un tirón seco. Así.
Salazar se trasladó al otro lado de la mesa, levantó la mano derecha de Meadows y le dio un tirón hacia atrás. Sin embargo, no logró hacer fuerza suficiente para romper la articulación.
—Es más difícil de lo que creía —comentó—. Quizá le golpearon con un objeto romo de algún tipo… Algo que no destrozara la piel.
Cuando Sakai llegó con las preparaciones quince minutos más tarde, Salazar había completado la autopsia y estaba cosiendo el pecho de Meadows con un bramante grueso.
Luego empleó una manguera que colgaba del techo para limpiar el cuerpo y mojarle el pelo. Con una cuerda, Sakai le ató las piernas y unió los brazos al cuerpo para que no se movieran durante las distintas fases del rigor mortis. Bosch se fijó en que la cuerda atravesaba el tatuaje del brazo de Meadows justo por el cuello de la rata.
Salazar cerró los párpados de Meadows con el pulgar y el dedo índice.
—Llévatelo al depósito —le ordenó a Sakai. A continuación se dirigió a Bosch—: Veamos esas preparaciones. Lo que me ha llamado la atención es que el agujero era mayor que el que dejaría una hipodérmica. Además la situación, en el pecho, es poco corriente. La puntura es claramente ante mórtem, quizá peri mórtem, porque había muy poca hemorragia. Pero la herida no tiene costra, por lo que tuvo que producirse poco antes o en el mismo momento de la muerte. Tal vez sea la causa que estamos buscando, Harry.
Salazar se acercó al microscopio que había en el mostrador al fondo de la sala, y tras fijar el portaobjetos se inclinó sobre los binoculares para examinar la preparación.
—Qué interesante —dijo al cabo de medio minuto. Después echó un vistazo a las otras muestras y cuando hubo acabado, volvió a colocar la primera en la platina.
—Vale. Lo que he hecho ha sido extraer una sección de dos centímetros y medio de la zona del pecho situada alrededor del pinchazo. La sección tiene unos tres centímetros y medio de profundidad. Esta preparación es una disección vertical del recorrido de la perforación. ¿Me sigues?
Bosch asintió.
—Muy bien. Es un poco como cortar una manzana para mostrar el agujero del gusano. La disección muestra el camino de la perforación y cualquier impacto o daño causado. Mira.
Al inclinarse sobre la lente del microscopio, Bosch vio una línea de perforación de unos dos centímetros y medio de profundidad que atravesaba la piel y llegaba al músculo, haciéndose cada vez más estrecha. En el área más profunda, el color rosado del tejido muscular se tornaba de un marrón oscuro.
—¿Y qué significa? —preguntó.
—Significa —explicó Salazar— que el pinchazo atravesó la piel, la capa de grasa fibrosa y fue directo al músculo pectoral. ¿Te has fijado en el color oscuro del tejido muscular alrededor de la puntura?
—Sí.
—Eso es porque está quemado.
Bosch dejó de mirar por el microscopio y se volvió hacia Salazar. En ese momento le pareció atisbar una sonrisita tras la mascarilla del patólogo.
—¿Quemado?
—Con una pistola de dardos tranquilizadores —contestó Salazar—. Una de ésas que dispara electrodos que perforan la piel unos tres o cuatro centímetros. Aunque en este caso es posible que le clavaran el electrodo en el pecho más a fondo de modo manual.
Bosch reflexionó un momento: una pistola de ese tipo sería casi imposible de localizar. En ese instante Sakai regresó y se puso a observarlos, apoyado sobre un mostrador junto a la puerta. Salazar sacó del carrito del instrumental dos viales llenos de sangre y otros dos llenos de un líquido amarillento. A su lado también había una pequeña cubeta de metal con un bulto marrón que, gracias a su experiencia en aquella sala, Bosch identificó como el hígado.
—Larry, esto es para el análisis de sustancias tóxicas —explicó Salazar. Sakai cogió las muestras y se las llevó al laboratorio.
—¿Me estás hablando de tortura, de descargas eléctricas? —preguntó Bosch.
—Eso parece —respondió el forense—. No creo que eso lo matara porque el trauma es demasiado pequeño, pero seguramente fue suficiente para sonsacarle información. Como ya sabrás, una descarga eléctrica puede resultar muy persuasiva. Con el electrodo en el pecho, el sujeto habría notado la electricidad directamente en el corazón, lo cual lo habría paralizado. Después de decirles lo que sabía, seguramente no le restó otra opción que mirar mientras le inyectaban una dosis letal de heroína en el brazo.
—¿Podemos probarlo?
Salazar bajó la cabeza, deslizó su dedo por debajo de la mascarilla y se rascó el labio. A todo esto, Bosch se moría de ganas de fumarse un cigarrillo. Llevaba ya casi dos horas en aquel lugar.
—¿Probarlo? —repitió Salazar—. Médicamente no. Los análisis de sustancias tóxicas estarán listos dentro de una semana. Digamos que salen positivos: sobredosis de heroína. ¿Cómo probamos que fue otra persona quien se la inyectó y no él mismo? Médicamente no es posible, aunque sí podemos demostrar que a la hora de la muerte, o un poco antes, se produjo un asalto traumático sobre el cuerpo en forma de descarga eléctrica. El sujeto estaba siendo torturado. Después de morir, sufrió una fractura inexplicable del índice izquierdo. —Tras volverse a rascar, Salazar concluyó—: Yo testificaría que fue homicidio. La totalidad de las pruebas médicas apuntan a que se trata de una muerte causada por terceros, pero por el momento no hay pruebas suficientes. Esperaremos al resultado de los análisis y luego ya veremos.
Bosch escribió un resumen de lo que Salazar había dicho para usarlo en su informe.
—Desde luego —añadió Salazar— una cosa es lo que yo crea y otra muy distinta probarlo ante un jurado más allá de toda duda razonable. Tendrás que encontrar esa pulsera y averiguar por qué alguien iba a torturar y asesinar por ella.
Bosch cerró su libreta y empezó a quitarse la bata desechable.
El sol del atardecer había teñido el cielo de un rosa y naranja subidos como el equipo de un surfista. «Qué falso», pensó Bosch mientras conducía hacia el norte por la autopista, de camino a casa. Los atardeceres en Los Ángeles siempre eran así; uno se olvidaba de que era la contaminación lo que hacía que los colores brillaran tanto, de que detrás de cada imagen de postal a menudo se ocultaba una historia horrible.
El sol flotaba como una bola de cobre al otro lado de la ventanilla del conductor, mientras por la radio sonaba Soul Eyes, de John Coltrane. En el asiento derecho yacía la carpeta con los recortes de periódico que le había dado Bremmer, y encima de ellos, un paquete de seis latas de cerveza. Bosch cogió la salida de Barham y luego enfiló Woodrow Wilson en dirección a las colinas que se alzaban sobre Studio City. Su casa era poco más que una cabaña de madera con una sola habitación, algo más amplia que un garaje de Beverly Hills. La construcción sobresalía de la montaña y se sustentaba por tres pilones de acero en el centro. No era precisamente el mejor lugar donde cobijarse durante un temblor de tierra, ya que parecía retar a la Madre Naturaleza a que lo empujara colina abajo como un trineo. Pero la panorámica valía la pena; desde la terraza trasera se veía más allá de Burbank y Glendale, hacia el noreste. También se divisaba el perfil púrpura intenso de las montañas de Pasadena y Altadena, y a veces incluso se vislumbraban las nubes del humo y el resplandor anaranjado de los frecuentes incendios de monte bajo. Por la noche disminuía el ruido de la autopista que yacía a sus pies y los focos de los estudios Universal barrían el cielo. Al contemplar el valle de San Fernando, a Bosch le invadía una sensación inexplicable de poder. Aquélla había sido una razón, la más importante, por la que había escogido aquella casa y por la que nunca se mudaría de allí.
Bosch la había comprado hacía ocho años con una entrada de cincuenta mil dólares, antes del auge inmobiliario. Aquello le había dejado con una hipoteca de mil cuatrocientos dólares al mes, suma que podía permitirse, ya que sus únicos gastos se reducían a comida, alcohol y jazz.
El dinero de la entrada procedía de una productora que compró los derechos para usar su nombre en una miniserie de televisión basada en los asesinatos de unas propietarias de institutos de belleza de Los Ángeles. Bosch y su compañero estaban interpretados por dos actores de televisión de escasa fama. Su compañero cogió sus cincuenta de los grandes y su jubilación y se mudó a Ensenada; Bosch invirtió su dinero en una casa que no sabía si resistiría el siguiente terremoto, pero que le hacía sentirse el príncipe de la ciudad.
A pesar de su decisión de no volver a mudarse, Jerry Edgar, su actual compañero, que también trabajaba como agente inmobiliario, le había informado de que la casa había triplicado su valor desde que la compró. Siempre que salía el tema de la vivienda, lo cual sucedía a menudo, Edgar le aconsejaba a Bosch que vendiera su casa y se comprara otra mejor. Edgar quería una venta más, pero a Bosch le gustaba quedarse donde estaba.
Cuando llegó a la casa sobre la colina, ya era de noche. Bosch se bebió la primera cerveza en la terraza trasera, de pie y con la mirada perdida en las luces de la ciudad. La segunda se la tomó sentado en su butaca de vigilancia, con la carpeta cerrada sobre el regazo. Al no haber comido nada en todo el día, las cervezas le subieron de prisa; se sentía aletargado y nervioso, además de hambriento. Finalmente fue a la cocina y se preparó un bocadillo de pavo. Con el bocadillo y una tercera cerveza en la mano, volvió a la butaca.
Después de comer, sacudió las migas que habían caído sobre la carpeta y la abrió. Dentro había cuatro artículos del Times sobre el asalto al WestLand, que leyó en orden de publicación. El primero era tan sólo una nota breve, en la página 3 de la sección local, que daba la información recogida el martes en que se descubrió el asalto. En aquel momento, la policía y el FBI no tenían mucho interés en hablar con la prensa o en dar a conocer al público lo que había ocurrido.
SE INVESTIGA ASALTO A UN BANCO
Durante el largo fin de semana una cantidad desconocida de artículos de valor fue robada del céntrico WestLand National Bank, según informaron fuentes oficiales ayer martes.
El robo, que está siendo investigado por el FBI y el Departamento de Policía de Los Ángeles, fue descubierto cuando los directores de la sucursal situada en la esquina de Hill Street y Sixth Avenue entraron a trabajar y vieron que la cámara acorazada había sido desvalijada, tal como nos explicó el agente especial John Rourke.
Rourke declaró que todavía no se había estimado el alcance de las pérdidas, pero fuentes cercanas a la investigación apuntan a que los ladrones se llevaron más de un millón de dólares en joyas y otros artículos de valor.
Rourke no quiso dar detalles de cómo los asaltantes habían logrado acceder a la cámara, aunque confirmó que el sistema de alarma no había funcionado correctamente.
Un portavoz del WestLand se negó el martes a hacer declaraciones sobre el robo. Las autoridades han informado de que por el momento no se han producido detenciones ni existen sospechosos.
Bosch tomó nota del nombre de John Rourke y pasó al siguiente artículo, que era mucho más extenso. Se había publicado el jueves, en la primera página de la misma sección. El artículo estaba encabezado por un gran titular a dos líneas acompañado de una fotografía en la que un hombre y una mujer miraban un enorme agujero, aproximadamente del tamaño de una persona, en el suelo de la cámara acorazada. Detrás de ellos se veían varias filas de cajas fuertes, cuyas puertas estaban casi todas abiertas. El artículo iba firmado por Bremmer.
MÁS DE DOS MILLONES ROBADOS GRACIAS A UN TÚNEL EXCAVADO BAJO LA CÁMARA ACORAZADA DURANTE EL FIN DE SEMANA
El artículo ampliaba la información de la primera historia, añadiendo el detalle de que los ladrones habían construido un túnel para llegar al banco, excavando unos ciento cincuenta metros desde una alcantarilla que discurría por debajo de Hill Street. La crónica añadía que habían usado un explosivo para atravesar el suelo de la cámara acorazada. Según fuentes del FBI, los ladrones seguramente pasaron los tres días festivos forzando las cajas fuertes. Se creía que el túnel que iba desde la cloaca a la cámara había sido excavado durante las siete u ocho semanas anteriores al golpe.
Bosch se apuntó que debía preguntar al FBI cómo habían abierto el túnel. Si habían empleado maquinaria pesada, la alarma tendría que haber saltado, ya que la mayoría de alarmas de bancos no sólo detectan sonido, sino vibraciones en el subsuelo. Además estaba el explosivo: ¿por qué no se había disparado la alarma?
Bosch pasó al tercer artículo, publicado al día siguiente del segundo. Éste no lo había escrito Bremmer, aunque también aparecía en la portada de la sección local. Era un reportaje sobre las decenas de personas que habían hecho cola delante del banco para averiguar si sus cajas fuertes se encontraban entre las que habían sido desvalijadas. El FBI los escoltó hasta la cámara acorazada, donde les tomó declaración. Bosch se leyó el artículo por encima y descubrió que las historias coincidían; la mayoría de gente estaba furiosa, decepcionada o ambas cosas al haber perdido objetos que habían depositado en el banco creyendo que estarían más seguros que en sus casas. Casi al final del artículo se mencionaba a Harriet Beecham, a quien el periodista entrevistó al salir del banco. Beecham se lamentaba de haber perdido su colección de objetos preciosos fruto de toda una vida de viajes alrededor del mundo con su difunto marido, Harry. Al parecer, mientras hablaba, Beecham se enjugaba las lágrimas con un pañuelo de encaje.
—He perdido los anillos que me compró en Francia y una pulsera de oro y jade de México —dijo Beecham—. Quien haya hecho esto me ha robado mis recuerdos.
«Qué melodramático». Bosch se preguntó si la última cita se la habría inventado el periodista.
El cuarto artículo estaba fechado una semana más tarde. Lo firmaba Bremmer, era breve y lo habían desterrado al final de la sección local, donde metían las noticias sobre la periferia de Los Ángeles. Bremmer explicaba que la investigación del caso WestLand había pasado a ser exclusiva del FBI. El Departamento de Policía de Los Ángeles había proporcionado un apoyo inicial, pero una vez se agotaron las primeras pistas, el caso había pasado a manos de los federales. El artículo volvía a citar al agente especial Rourke, que aseguraba que seguían trabajando intensamente en el caso, pero que aún no se había descubierto nada ni se había identificado a ningún sospechoso. Hasta entonces tampoco había aparecido ninguno de los objetos de valor.
Bosch cerró la carpeta. El caso era demasiado importante para que el FBI se desentendiera de él como si tratase de un vulgar atraco. Bosch se preguntó si Rourke decía la verdad sobre la ausencia de sospechosos o habrían barajado el nombre de Meadows. Hacía dos décadas Meadows había luchado y vivido en las galerías excavadas bajo los pueblos del sur de Vietnam. Como todos los soldados especializados en túneles, conocía perfectamente las técnicas de demolición, aunque sólo las usaban para cerrar túneles. ¿Habría aprendido Meadows cómo abrir un boquete en el suelo de cemento y acero de una cámara acorazada? En ese instante Bosch cayó en la cuenta de que Meadows no tenía por qué saberlo, ya que sin duda el robo al WestLand Bank era obra de más de una persona.
Bosch se levantó a buscar otra cerveza de la nevera y, antes de volver a su butaca de vigilancia, se dirigió al dormitorio para sacar un viejo álbum de dentro de un cajón. Ya de vuelta, se bebió la cerveza de un trago y abrió el álbum. Entre sus páginas apareció un montón de fotos sueltas; siempre había querido pegarlas, pero nunca había encontrado el momento. Era un álbum que no hojeaba casi nunca; las páginas amarilleaban y se habían tornado quebradizas como los recuerdos evocados por las fotos. Bosch iba cogiéndolas una por una para examinarlas con atención, y al hacerlo comprendió que aquélla era la razón por la cual no las había pegado. Le gustaba el ritual de acariciarlas entre los dedos.
Al igual que la foto que había encontrado en el apartamento de Meadows, éstas habían sido tomadas en Vietnam y eran en blanco y negro por la simple razón que en aquella época en Saigón era lo más barato. Bosch aparecía en algunas imágenes, pero casi todas las había sacado él con la vieja Leica que le había regalado su padre adoptivo antes de embarcarse. Habían discutido porque su padre adoptivo no quería que se alistara. Cuando le regaló la cámara, Harry la aceptó. Sin embargo, Bosch no era de ésos que contaban historias, por lo que las fotos habían quedado olvidadas entre las páginas del álbum, sin pegar y sin apenas ser miradas.
El único tema recurrente de aquellas imágenes eran caras sonrientes y los túneles. En casi todas aparecían soldados en poses desafiantes frente a un agujero del que acababan de salir; que acababan de conquistar. A alguien ajeno a aquella guerra subterránea le hubieran parecido extrañas, e incluso fascinantes, pero a Bosch le daban miedo, como esas imágenes de gente atrapada en coches siniestrados esperando a que los saquen los bomberos. Las fotos mostraban las caras de aquéllos que habían sobrevivido al infierno para sonreír a la cámara. «Ir del azul al negro» era cómo llamaban a entrar en el túnel; cada soldado era un eco negro. A pesar de que dentro sólo había muerte, ellos seguían entrando.
Al pasar una página rota, Bosch topó con el rostro de Billy Meadows. No había duda de que la foto había sido tomada unos minutos después de la que Bosch había encontrado en el apartamento; era el mismo grupo de soldados, la misma trinchera y el mismo túnel, sector del Eco, distrito de Cu Chi. Bosch no salía en la foto porque era el que la sacaba. La Leica había capturado perfectamente la mirada perdida de Meadows y aquella sonrisa que le quedaba cuando iba colocado. Tenía la piel pálida como la cera, pero tersa. Había capturado al Meadows auténtico, pensó Bosch mientras devolvía la foto a su lugar y pasaba a la siguiente página. En ella había una instantánea de Bosch solo. Al verla, recordó claramente haber colocado la cámara en una mesa de madera, haber preparado el temporizador y haberse puesto delante del objetivo. En la foto, Bosch no llevaba camisa y el sol que entraba por la ventana de la cabaña iluminaba el tatuaje sobre su hombro bronceado. Desenfocada detrás de él, en el suelo de paja de la cabaña se vislumbraba la oscura boca de un túnel cuyo contorno, desdibujado y amenazador, era como la boca escalofriante del cuadro de Edvard Munch, El grito.
El túnel se hallaba en un pueblo al que llamaron «Timbuk 2», un dato que Bosch sabía con certeza porque había sido su última incursión subterránea. En la foto él tenía unas ojeras enormes y no sonreía. Y al mirarla de nuevo tampoco sonrió; la sostuvo con las dos manos frotando distraídamente los bordes con los pulgares. Estuvo así un buen rato hasta que la fatiga y el alcohol lo hundieron en un estado de semiconsciencia, casi un sueño. Bosch empezó a recordar el último túnel y a Billy Meadows.
Entraron tres, pero salieron dos.
Habían descubierto el túnel durante un reconocimiento de rutina en un pueblecito del sector E. El pueblo no tenía nombre, así que los soldados lo bautizaron como Timbuk 2. En ese momento el ejército no paraba de descubrir túneles, por lo que no había suficientes ratas para examinarlos. Cuando encontraron aquel agujero en una cabaña, bajo una cesta de arroz, el sargento al mando no quiso esperar a que le enviaran ratas. Quería continuar la ofensiva, pero sabía que antes tenía que examinar el túnel y por esa razón tomó una decisión típica de aquella guerra; mandó a tres de sus propios hombres. Los chicos eran tres novatos, totalmente aterrorizados, que como mucho llevaban tres semanas en el país. El oficial les dijo que no fueran muy lejos, que simplemente colocaran los explosivos y salieran rápidamente, cubriéndose los unos a los otros. Los tres soldaditos obedecieron y entraron en el agujero, pero al cabo de media hora sólo salieron dos.
Los dos que lograron salir explicaron que se habían separado al entrar, ya que el túnel se ramificaba en distintas direcciones. Mientras le contaban esto al oficial, se oyó un enorme estruendo y el túnel escupió una gran nube de humo y polvo. Las cargas de C-4 habían detonado. El teniente decidió que no abandonarían la zona sin el hombre que faltaba, así que toda la compañía tuvo que esperar un día entero a que el humo y el polvo se asentaran. Fue entonces cuando llegaron dos ratas verdaderas: Harry Bosch y Billy Meadows. A él le daba igual si el soldado había muerto, les dijo el teniente. Quería que lo sacaran de ahí. No iba a abandonar a uno de sus hombres en aquel agujero.
—Sacadlo de ahí para que podamos enterrarlo como Dios manda —ordenó el teniente.
—Nosotros tampoco dejaríamos ahí a uno de los nuestros —añadió Meadows.
Cuando Bosch y Meadows descendieron por el agujero, descubrieron que éste daba a una cámara llena de cestas de arroz y de la que arrancaban otros tres pasadizos. Dos de ellos habían quedado sellados tras la explosión de C-4, pero el tercero seguía abierto. Aquél era el camino que había seguido el soldado perdido, y ésa fue la ruta que ellos tomaron.