El eco negro

El eco negro


Primera parte. Domingo, 20 de mayo

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Los dos hombres gatearon por el túnel, con Meadows a la cabeza, cuidando de utilizar la linterna lo mínimo posible. Al cabo de un rato llegaron a un lugar sin salida. Meadows palpó el suelo de tierra hasta que encontró una trampilla oculta; la levantó con esfuerzo y ambos descendieron al siguiente nivel del laberinto. Sin mediar palabra, Meadows señaló con el dedo y se marchó en una dirección. Bosch sabía que tenía que tomar la dirección opuesta y que a partir de ese instante estarían solos, a no ser que el Vietcong estuviera esperándolos más allá. Bosch avanzó por un pasadizo tortuoso, sofocante y maloliente. Notó el olor del soldado perdido antes de verlo. Estaba sentado en medio de aquel pasadizo con las piernas tiesas y abiertas, y las puntas de los zapatos hacia arriba. Muerto. El cuerpo descansaba sobre una estaca clavada en el suelo, atado a ella con un alambre que le cortaba la piel del cuello. Bosch no lo tocó, temiendo que fuera una trampa. Apuntó el haz de la linterna a la herida y siguió el rastro de sangre seca que le manchaba el pecho. El hombre llevaba una camiseta verde con su nombre en letras blancas. «Al Crofton», se leía bajo la costra de sangre sobre la que revoloteaban unas moscas. Bosch se preguntó cómo los insectos habrían llegado tan abajo. Siguió examinando el cuerpo con la linterna, y al llegar a la entrepierna descubrió que ésta también tenía el color oscuro de la sangre seca. Los pantalones estaban desgarrados, como si Crofton hubiera sido atacado por un animal salvaje. Bosch sintió que le escocían los ojos por el sudor que resbalaba de su frente y su respiración se tornaba más audible y acelerada de lo que hubiera deseado. Aunque era perfectamente consciente de ello, era incapaz de controlarlo. Entonces se percató de que el brazo izquierdo de Crofton yacía junto a su muslo. Cuando enfocó con la linterna, vio sus testículos ensangrentados en la palma de la mano. Bosch contuvo las arcadas, pero su respiración se aceleró aún más. Se llevó las manos a la boca para intentar recuperar la calma, pero no lo consiguió. Había perdido el control, totalmente presa del pánico. Tenía veinte años y se sentía aterrorizado, atrapado entre unas paredes que se cernían sobre él como tenazas. Se apartó del cuerpo y dejó caer la linterna, todavía enfocada sobre Crofton. Después de pegar unas cuantas patadas a las paredes, se acurrucó adoptando una posición fetal. El sudor de sus ojos se convirtió en un llanto silencioso. Éste dio paso a unos fuertes sollozos que sacudieron todo su cuerpo y probablemente resonaron hasta el lugar donde esperaba el enemigo. Hasta el mismísimo infierno.

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