El eco negro

El eco negro


Segunda parte. Lunes, 21 de mayo

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Segunda parte

Lunes, 21 de mayo

Bosch se despertó en su butaca de vigilancia hacia las cuatro de la mañana. Había dejado abierta la puerta corredera de la terraza y el viento de Santa Ana hinchaba las cortinas de forma fantasmal. El sudor causado por el calor y el sueño se había secado, dejando una película salada sobre la piel. Bosch salió a la terraza y se apoyó en la barandilla de madera para contemplar las luces del valle. Hacía un buen rato que los focos de los estudios Universal se habían apagado y el rumor del tráfico había desaparecido. A lo lejos, quizás en Glendale, Bosch detectó el batir de las hélices de un helicóptero. Aguzó la vista y descubrió una luz roja que sobrevolaba la ciudad. No trazaba círculos ni llevaba un foco, no se trataba de la policía. En ese momento Bosch percibió en el viento rojizo un ligero olor acre, a insecticida.

Bosch volvió adentro y cerró la puerta corredera. Pensó en acostarse, pero sabía que no conseguiría conciliar el sueño. Para él era normal dormir profundamente al principio de la noche, pero no al final. O no dormir nada hasta que el sol dibujaba suavemente el contorno de las montañas sobre la niebla de la mañana.

Aunque Bosch había ido a la clínica de la Asociación de Veteranos de Sepúlveda, los psicólogos no le habían servido de ayuda. Le dijeron que pasaba por una etapa en la que dormiría profundamente, pero con pesadillas.

A continuación sufriría meses de insomnio, ya que su mente se defendería del terror que le acechaba al dormir. Según el médico, su cerebro había reprimido la angustiosa experiencia vivida en la guerra y si quería descansar de noche, Bosch tenía que enfrentarse a esos sentimientos durante el día. Lo que el doctor no comprendía era que lo hecho, hecho está. Era imposible volver atrás para reparar lo que había ocurrido; es inútil poner una tirita sobre un alma herida.

Bosch se duchó y se afeitó. Al mirarse en el espejo, recordó lo dura que había sido la vida con Billy Meadows. Aunque tenía muchas canas, Harry conservaba una cabellera abundante y rizada y, aparte de las ojeras, todavía ofrecía un aspecto joven y atractivo. Después de limpiarse la espuma de afeitar, se puso su traje de verano beige y una camisa azul celeste. En una percha del armario encontró una corbata granate con un estampado de cascos de gladiador que no estaba descolorida ni demasiado arrugada, se la ajustó con el alfiler del 187, se enfundó la pistola en el cinto y se adentró en la oscuridad que precedía al alba.

Bosch condujo hasta el centro para tomarse una tortilla, tostadas y café en el Pantry, un bar de Figueroa Street que permanecía abierto las veinticuatro horas del día. En el interior, un cartel anunciaba con orgullo que el establecimiento nunca había pasado un solo instante sin clientes desde antes de la Depresión. Al darse la vuelta, comprobó que el peso de aquel récord recaía sobre él, ya que estaba completamente solo.

El café y los cigarrillos le ayudaron a despejarse. Luego Bosch enfiló la autopista de vuelta a Hollywood, dejando atrás un mar de coches que iniciaban su lucha para llegar al centro.

La comisaría de Hollywood estaba en Wilcox Street, a un par de manzanas del Boulevard. Bosch aparcó delante de la puerta porque sólo iba a estar un rato y no quería quedarse atrapado en el atasco que se formaba en el aparcamiento durante el cambio de turno. Al entrar en la pequeña recepción, vio una mujer con un ojo morado que lloraba y rellenaba una denuncia en el mostrador principal. En el pasillo de la izquierda donde estaba la oficina de detectives, en cambio, reinaba un silencio absoluto. El detective de guardia debía de estar fuera, de servicio, o arriba en la «suite nupcial» —un cuartucho con dos catres que usaban los primeros que llegaban—. La oficina de detectives parecía anclada en el tiempo; aunque no había nadie, las largas mesas asignadas a Atracos, Automóviles, Menores, Robos y Homicidios estaban completamente inundadas de papeles y objetos. Los detectives entraban y desaparecían, pero el papel no se movía.

Bosch se dirigió al fondo de la oficina para poner la cafetera. Por el camino echó un vistazo a través de una puerta trasera hacia el pasillo donde se hallaban los bancos de detención y las celdas. Allí, esposado a un banco, había un chico blanco con un peinado estilo rasta. «Un menor. Tendrá como mucho diecisiete años», dedujo Bosch. En California era ilegal meterlos en un calabozo con los adultos, lo cual era como decir que era peligroso meter a coyotes y dóbermans en una perrera.

—¿Tú qué miras, gilipollas? —le gritó el chico.

Por toda respuesta, Bosch vació un sobre de café dentro del filtro. Un policía de uniforme sacó la cabeza del despacho del oficial de guardia situado al fondo del pasillo.

—¡Te aviso! —le chilló al chico—. La próxima vez te aprieto las esposas. Dentro de media hora no te notarás las manos, y entonces ya me dirás con qué te vas a limpiar el culo.

—Con tu cara, mamón.

El policía de uniforme se precipitó al pasillo, avanzando hacia el chico con pasos agigantados y amenazadores. Bosch metió el filtro en la cafetera y oprimió el botón. Después se alejó de la puerta y volvió a la mesa de Homicidios. No quería ver lo que le pasaba al chico. Arrastró su silla desde su lugar habitual hasta una de las máquinas de escribir de la oficina. Los formularios pertinentes estaban en unos casilleros en la pared, encima de la máquina. Bosch introdujo en el rodillo uno en blanco sobre la escena del crimen, sacó su libreta de notas y la abrió por la primera página.

Al cabo de dos horas de escribir, fumar y beber café malo, una nube azulada flotaba sobre la mesa de Homicidios y Bosch había completado el sinfín de papeles que acompañan a una investigación de asesinato. Cuando se levantó a hacer fotocopias en el pasillo trasero, se fijó en que el chico del pelo rasta ya no estaba. Bosch sacó una carpeta azul nueva del armario de material —tras forzar la puerta con su carné del Departamento de Policía de Los Ángeles— y archivó una copia de los informes. Acto seguido escondió la otra copia en una vieja carpeta azul que guardaba en un cajón de su archivador con el nombre de un antiguo caso sin resolver. Luego releyó su trabajo. A Bosch le gustaba el orden que la burocracia imponía sobre un caso. En ocasiones anteriores había adoptado la costumbre de releer cada mañana el informe del asesinato porque le ayudaba a pensar. En ese momento el olor a plástico de la carpeta nueva le recordó pasadas investigaciones y le animó a seguir; la caza acababa de comenzar. Sin embargo, los informes que había mecanografiado para el archivo no eran del todo completos. En el Informe Cronológico del Oficial Investigador había omitido sus movimientos durante parte de la tarde y la noche del domingo. Tampoco había incluido la conexión entre Meadows y el robo al WestLand Bank ni las visitas a la tienda de empeños y a Bremmer en el Times. Ni siquiera había escrito un resumen de dichas entrevistas. Era lunes, sólo el segundo día de la investigación. Antes de consignar nada, decidió hablar con el FBI y averiguar qué estaba pasando exactamente; una precaución que siempre tomaba. Finalmente, Bosch acabó su trabajo en la oficina antes de que los demás detectives empezaran el día.

A las nueve ya había llegado a Westwood y se encontraba en el decimoséptimo piso del edificio del FBI en Wilshire Boulevard. La sala de espera era espartana, con los clásicos sofás forrados de plástico y mesitas bajas de formica rayada sobre las que yacían desperdigados unos cuantos ejemplares del FBI Bulletin. Bosch no se sentó ni se puso a leer, sino que se dirigió a las cortinas de gasa que cubrían las altísimas ventanas y contempló el panorama. La cara norte del edificio le ofrecía una vista espléndida que iba desde el Pacífico hasta el este, pasando por las montañas de Santa Mónica y Hollywood. Las cortinas actuaban como una capa de niebla sobre la contaminación y Bosch, casi rozando el tejido con la nariz, miró abajo, al otro lado de Wilshire, donde se hallaba el cementerio de la Asociación de Veteranos. Sus lápidas blancas se alzaban sobre el césped recortado como filas y filas de dientes de leche. Precisamente en ese momento se desarrollaba un funeral en el que la guardia de honor rendía homenaje al difunto, aunque no había mucha gente. Un poco más allá, en un pequeño montículo sin lápidas, unos trabajadores se dedicaban a extraer tierra con una excavadora. Mientras contemplaba el paisaje, Bosch iba comprobando sus progresos, pero no acertaba a comprender qué estaban haciendo. El agujero era demasiado largo y ancho para ser una tumba.

A las diez y media el funeral del soldado había concluido, pero los empleados del cementerio seguían trabajando en la colina. Y Bosch seguía esperando junto a la ventana. Finalmente oyó una voz a sus espaldas.

—Todas esas lápidas… Yo prefiero no mirar.

Al volverse, Bosch vio a una mujer alta y esbelta, con el pelo ondulado hasta los hombros, castaño con mechas rubias. Estaba morena e iba poco maquillada. Tenía un aspecto duro y quizá demasiado cansado para esa hora de la mañana, algo bastante habitual entre las mujeres policía y las prostitutas. Llevaba un traje chaqueta marrón y una blusa blanca con un lazo también marrón de estilo vaquero. Bosch se fijó en las curvas asimétricas de sus caderas bajo la chaqueta; debía de llevar algo pequeño en el lado izquierdo, tal vez una Ruger. Le llamó la atención, porque todas las mujeres policía que conocía solían llevar sus armas en el bolso.

—Es el cementerio de veteranos —le dijo ella.

—Ya lo sé.

Bosch sonrió, aunque no por aquel comentario, sino porque había imaginado que el agente especial E. D. Wish sería un hombre. Él sólo lo había supuesto porque la mayoría de agentes federales asignados a robos de bancos eran hombres. Aunque las mujeres eran parte de la nueva imagen del FBI, no era habitual verlas en aquellas brigadas, en las que reinaba una fraternidad compuesta en su mayor parte por dinosaurios y gente que no cuadraba en el nuevo estilo del FBI. Los tiempos del agente federal Melvin Purvis habían pasado a la historia; actualmente el FBI se centraba en casos de fraude a gran escala, espionaje y narcotráfico. Los atracos a bancos ya no eran espectaculares, porque los atracadores no solían ser profesionales, sino yonquis que necesitaban un poco de dinero para pasar la semana. Por supuesto, robar un banco continuaba siendo un delito federal y ése era el único motivo por el que el FBI seguía a cargo de los casos.

—Sí, claro —contestó ella—. ¿En qué puedo ayudarle, detective Bosch? Soy la agente Wish.

Se dieron la mano, pero Wish no hizo ningún gesto hacia la puerta por la que había entrado. De hecho, ésta se había cerrado del todo. Tras dudar un instante, Bosch respondió:

—Bueno… Llevo toda la mañana esperando para poder hablar con usted… Es sobre el robo al banco… Uno de sus casos.

—Sí, eso me ha dicho la recepcionista. Perdone por haberle hecho esperar, pero como no teníamos una cita… Me ha cogido en medio de un asunto muy urgente. Si me hubiera llamado antes…

Bosch asintió con gesto arrepentido, pero la agente seguía sin invitarle a su despacho. «Esto no va bien», pensó.

—¿Por casualidad no tendría un poco de café? —tanteó.

—Em… Sí, creo que sí. Pero no puedo entretenerme mucho… Estoy trabajando en un caso importante.

«Y quién no», replicó Bosch para sus adentros. Ella usó una tarjeta magnética para abrir la puerta y la aguantó para que pasara él. Una vez dentro lo guio por una pasillo lleno de puertas con sus correspondientes rótulos de plástico. El FBI no era tan aficionado a los acrónimos como el departamento de policía, por lo que los despachos sólo llevaban números: Grupo 1, Grupo 2, etc. Mientras caminaban, Bosch intentaba adivinar la procedencia de la agente. Aunque tenía un acento un poco nasal, decidió que no era de Nueva York, sino de Filadelfia o Nueva Jersey. Desde luego no era del sur de California, por muy morena que estuviera.

—¿Solo? —preguntó ella.

—Con leche y azúcar, por favor.

La agente se detuvo y entró en una pequeña habitación amueblada a modo de cocina. Había una encimera y armarios, una cafetera con capacidad para cuatro tazas, un microondas y una nevera. A Bosch le recordó los despachos de abogados a los que había acudido a prestar declaración: lugares donde todo era elegante, limpio y caro. La agente le dio un vaso de plástico lleno de café solo y le hizo un gesto para que él mismo se sirviera la leche y el azúcar. Ella no tomó nada. Si aquello era un intento de hacerle sentirse incómodo, había funcionado. Bosch se sintió como un estorbo, no como alguien que trae buenas noticias que pueden contribuir a resolver un caso importante. Después la siguió de nuevo hacia el pasillo y los dos entraron en un despacho donde se alojaba el Grupo 3: la Unidad de Robos a Bancos y Secuestros. La sala era del tamaño de un supermercado. Era la primera vez que Bosch pisaba el despacho de una brigada federal y la comparación con su propia oficina resultaba deprimente. El mobiliario era más nuevo que el de cualquier brigada de la policía de Los Ángeles, tenía moqueta en el suelo y máquina de escribir u ordenador en casi todas las mesas. De las quince mesas dispuestas en tres filas, todas menos una estaban vacías. En la primera de la fila central un hombre con un traje gris sujetaba el auricular de un teléfono y no alzó la vista cuando pasaron Bosch y Wish. De no ser por el zumbido lejano de un escáner situado al fondo de la sala, Bosch hubiera pensado que estaban en la oficina de una inmobiliaria.

Wish cogió la silla de la primera mesa de la izquierda y le indicó a Bosch que agarrara la de al lado. Aquello lo situaba entre ella y Traje Gris. Mientras Bosch depositaba su café sobre la mesa, dedujo que Traje Gris no estaba realmente al teléfono a pesar de que no dejaba de decir «Ajá…, ajá…» cada cinco segundos. Entonces Wish abrió un cajón de su mesa, sacó una botella de agua y se sirvió un poco en un vasito de plástico.

—Hemos tenido un 211 en una caja de ahorros de Santa Mónica. Casi todos los demás han ido para allá —explicó ella al tiempo que recorría con la mirada la sala vacía—. Yo lo estaba coordinando desde aquí y por eso le he hecho esperar. Lo siento.

—No importa. ¿Lo han cogido?

—¿Por qué cree que es un hombre?

Bosch se encogió de hombros.

—Por las estadísticas.

—Pues eran dos; un hombre y una mujer. Y sí, los hemos cogido. Ayer robaron un banco en Reseda. La mujer entró e hizo el trabajo, mientras el hombre esperaba fuera en el coche. Luego huyeron por la carretera nacional 10 hasta la 405, se dirigieron al aeropuerto y dejaron el coche delante de un empleado de la compañía aérea United Airlines. Subieron por las escaleras mecánicas hasta Llegadas, cogieron un autobús a la estación de Van Nuys y luego volvieron a bajar en taxi hasta Venice. A un banco. Un helicóptero de la policía los siguió todo el tiempo, pero ellos ni se enteraron. Cuando ella entró en el segundo banco pensamos que iban a cometer otro 211 así que la arrestamos en la cola del cajero automático. A él lo pillamos en el aparcamiento. Al final resultó que ella sólo iba a ingresar el dinero del primer robo. Ya ve, una transferencia bancaria por las bravas. En esta profesión se ve cada idiota… Bueno, detective Bosch, no le entretengo más.

—Puedes llamarme Harry.

—Ya veo que me vas a pedir algo.

—Sólo un poco de cooperación interdepartamental —explicó Bosch—. Como lo vuestro y nuestro helicóptero esta mañana.

Bosch bebió un trago de café y prosiguió:

—Encontré tu nombre en un boletín que estaba hojeando ayer. En un caso de hace un año que me interesa. Yo trabajo en Homicidios, en la División de Ho…

—Sí, ya lo sé —interrumpió la agente Wish.

—… llywood.

—La recepcionista me dio tu tarjeta. Por cierto, ¿la necesitas?

Aquello fue un golpe bajo. Sobre un inmaculado cartapacio verde descansaba la pobre tarjeta que Bosch había llevado en su cartera durante meses y por tanto tenía todas las esquinas dobladas. Se trataba de una de esas tarjetas genéricas que el departamento daba a todos los detectives. Llevaba el escudo de la policía grabado en una esquina y el teléfono de la División de Hollywood, pero no el nombre. Uno podía comprarse una almohadilla de tinta, encargar un sello y dedicarse a estampar un par de docenas cada semana. O, como hacía Bosch, limitarse a escribir el nombre a mano y procurar no dar demasiadas. Ya no había nada que el departamento pudiera hacer para humillarlo.

—No, quédatela. Ah, ¿me das una tuya?

Con gesto rápido e impaciente, la agente abrió un cajón, cogió una tarjeta de una bandejita y la depositó junto al codo que Bosch tenía apoyado sobre la mesa. Bosch tomó otro sorbo de café mientras la leía. La E era de Eleanor.

—Bueno, ya sabes quién soy y de dónde vengo —empezó—. Y yo también sé un par de cosas de ti. Por ejemplo, sé que investigaste, o sigues investigando, el robo del año pasado al WestLand National. Los ladrones entraron por un túnel. ¿Te acuerdas?

Bosch notó que aquello había capturado la atención de la agente e incluso le pareció que Traje Gris contenía la respiración. Había dado en el blanco.

—Estoy investigando un homicidio que posiblemente está relacionado con tu caso y quería… bueno, como tu nombre sale en los boletines, me gustaría saber qué has encontrado… Podemos hablar de sospechosos, posibles sospechosos… Creo que quizás estemos buscando a la misma gente e incluso es posible que mi hombre sea uno de los ladrones.

Wish se quedó callada un momento, jugando con un lápiz que descansaba sobre el cartapacio. A continuación empezó a empujar la tarjeta de Bosch con la goma del lápiz, mientras Traje Gris seguía haciendo ver que hablaba por teléfono. Bosch le miró de reojo y sus miradas se cruzaron por un instante; Harry hizo un gesto de saludo, pero Traje Gris desvió la mirada. Bosch dedujo que se trataba del hombre cuyos comentarios habían publicado los periódicos, el agente especial John Rourke.

—¿Me tomas por tonta, Bosch? —dijo Wish—. Entras aquí, me sueltas una frasecita sobre la cooperación y esperas que te entregue nuestros archivos…

La agente dio tres golpecitos sobre la mesa con el lápiz y sacudió la cabeza como si estuviera riñendo a un niño.

—¿Y si me dieras un nombre? —prosiguió—. ¿O una razón que justifique la conexión entre los dos casos? Normalmente estas peticiones se hacen por unas vías determinadas. Tenemos personas que se encargan de evaluar las solicitudes de otras agencias del orden que desean compartir archivos e información. Ya lo sabes. Creo que sería mejor que…

Bosch sacó del bolsillo el boletín del FBI con la instantánea del brazalete tomada por la empresa aseguradora. Lo dejó abierto sobre el cartapacio y, acto seguido, extrajo la foto del otro bolsillo y la depositó sobre la mesa.

—WestLand National —le dijo, señalando el boletín—. El brazalete lo empeñaron hace seis semanas en una tienda del centro. Mi hombre lo empeñó, y ahora está muerto.

La agente se quedó observando la foto de la casa de empeños y Bosch se percató de que lo reconocía, por lo que dedujo que estaba bastante informada sobre el caso.

—El muerto es William Meadows. Lo encontraron en una tubería ayer por la mañana, en la presa de Mulholland.

Traje Gris dio por terminada su conversación telefónica.

—Gracias por la información… —dijo—. Me tengo que ir. Es que estamos cerrando un 211… Sí… Gracias… Igualmente… Adiós, adiós.

Bosch no lo observó a él, sino a Wish. Le pareció que ella quería mirar a Traje Gris pero aunque sus ojos se desviaron un segundo en esa dirección, volvieron inmediatamente a la fotografía.

Las cosas no iban bien, de modo que Bosch decidió romper el silencio.

—¿Por qué no nos dejamos de tonterías, agente Wish? Por lo que veo, no habéis recuperado ni un solo bono, moneda, joya o brazalete de oro y jade. No tenéis nada. Así que a la mierda las solicitudes de información. ¿Es que no lo ves? Mi hombre empeñó el brazalete y lo mataron. ¿Por qué? Tenemos dos investigaciones paralelas, ¿no crees? Si no la misma investigación.

Nada.

—O a mi hombre le dieron el brazalete los ladrones o él se lo robó a ellos. O tal vez era uno de ellos. Fuera como fuese, el brazalete no tenía que haber aparecido porque todavía no ha salido nada más. Pero resulta que mi hombre va, se salta las normas y lo empeña. Los demás lo quitan de en medio, van a la tienda y lo vuelven a robar. Bueno, no lo sé. La cuestión es que estamos buscando a la misma gente y yo necesito que me orientes.

Wish permaneció callada, pero Bosch sabía que estaba a punto de tomar una decisión. Esta vez esperó a que hablara ella.

—Cuéntame lo que sabes sobre ese hombre —dijo finalmente.

Él se lo contó. Le contó lo de la llamada anónima, el cadáver, el registro en el apartamento, el resguardo de la casa de empeños que había encontrado debajo de la foto y el robo del brazalete. No mencionó que conocía a Meadows.

—¿Se llevaron algo más de la casa de empeños o sólo este brazalete? —le preguntó la agente cuando Bosch hubo terminado su relato.

—Más cosas, claro, pero sólo era una forma de tapar lo que realmente querían. Yo creo que a Meadows lo asesinaron porque buscaban el brazalete. Lo torturaron antes de matarlo para que les dijera dónde estaba. Cuando lo supieron, se lo cargaron y fueron a robarlo. ¿Te importa que fume?

—Pues sí. ¿Por qué era tan importante ese brazalete? Si pensamos en todo lo que robaron y nunca ha aparecido, el brazalete es sólo la punta del iceberg.

A Bosch ya se le había ocurrido, pero carecía de respuesta.

—No lo sé —respondió.

—Y si lo torturaron, como tú dices, ¿por qué dejaron el resguardo para que lo encontraras? ¿Y por qué tenían que robar en la casa de empeños? ¿Sugieres que tu hombre les dijo dónde estaba el brazalete, pero no les quiso dar el resguardo?

Bosch también lo había pensado.

—No lo sé. A lo mejor sabía que no le dejarían vivir, así que sólo les dio la mitad de lo que necesitaban. Se guardó algo, una pista: el recibo de la casa de empeños.

Bosch intentó imaginarse la situación, que ya había empezado a elaborar mientras releía sus notas y los informes que había escrito esa mañana. Decidió que era el momento de jugárselo todo a una carta.

—Yo conocí a Meadows hace veinte años.

—¿Qué dices? ¿Qué conocías a la víctima? —La agente levantó la voz en tono acusatorio—. ¿Por qué no lo has dicho antes? ¿Y desde cuándo la policía de Los Ángeles permite que sus detectives investiguen las muertes de sus amigos?

—Yo no he dicho que fuera amigo mío; lo conocí hace veinte años. Y no pedí este caso. Me tocó y punto. Fue pura…

No quiso decir «casualidad».

—Todo esto es muy interesante —comentó Wish—. Y muy irregular. Nosotros… no creo que podamos ayudarte. Creo que…

—Mira, lo conocí en el ejército, en Vietnam, ¿vale? Los dos estábamos allí. Él era lo que llamaban una rata de los túneles.

¿Sabes a qué me refiero?… Yo también era una.

Wish no dijo nada; tenía la vista fija en el brazalete. Bosch se había olvidado por completo de Traje Gris.

—Los vietnamitas construían galerías debajo de sus aldeas —explicó Bosch—. Algunos tenían más de cien años e iban de cabaña en cabaña, de aldea en aldea, de jungla en jungla. Había algunos debajo de nuestros propios campamentos… estaban por todas partes. Nuestro trabajo, el de los soldados de los túneles, era meternos en esos agujeros. En Vietnam hubo toda una guerra bajo tierra.

Bosch se dio cuenta de que, aparte de a un psicólogo y un grupo de terapia en la Asociación de Veteranos de Sepúlveda, nunca le había contado a nadie la verdad sobre los túneles y lo que hizo allí.

—Y Meadows era bueno, te lo aseguro. En cierto modo le gustaba, a pesar del horror de tener que entrar en esa oscuridad sin otra protección que una linterna y una pistola del 45. Bajábamos y nos pasábamos horas allí dentro, a veces días. Meadows, bueno, era la única persona que conozco a la que no le daba miedo bajar. Lo que le asustaba era la vida en la superficie.

Wish no dijo nada. Bosch miró de reojo a Traje Gris, que estaba escribiendo algo ilegible en un bloc amarillo. Bosch oyó por la radio cómo alguien decía que tenía que escoltar a dos prisioneros a la cárcel de Metro.

—Así que veinte años más tarde se produce un golpe con túnel incluido y aparece asesinado un experto en túneles. Lo encontramos en una cañería, lo cual es una especie de túnel, y sabemos que poseía un objeto robado en el mismo golpe. —Bosch se metió las manos en los bolsillos en busca de cigarrillos, pero entonces recordó que ella le había dicho que no fumara—. Tenemos que trabajar juntos en este caso, agente. Ahora mismo.

Por su cara supo que no había funcionado. Bosch se acabó la taza de café y, sin mirar a Wish, se preparó para salir. Oyó que Traje Gris volvía a coger el teléfono y marcaba un número. Mientras tanto se quedó absorto en el azúcar que quedaba en su vaso. Odiaba el café dulce.

—Detective Bosch —empezó Wish—. Siento mucho que hayas tenido que esperar tanto esta mañana y siento mucho que tu compañero del ejército, Meadows, haya muerto. Haga o no haga veinte años, te aseguro que comprendo el dolor de tu amigo y el tuyo propio, y todo lo que debisteis de pasar… Pero me temo que no puedo ayudarte en este momento. Tendré que seguir el reglamento y consultarlo con mi superior. Te llamaré lo antes posible; de momento es todo lo que puedo hacer.

Bosch arrojó el vaso a una papelera situada junto a la mesa y se inclinó para recoger la página del boletín y la foto.

—¿Podría quedármela? —preguntó la agente Wish—. Querría mostrársela a mi superior.

Bosch no se la entregó, sino que se levantó, se dirigió a la mesa de Traje Gris y se la plantó ante sus narices.

—Ya la ha visto —respondió Bosch mientras salía de la oficina.

En su despacho, al subdirector Irvin Irving le castañeteaban los dientes. Estaba nervioso y, en ese estado, la mandíbula le iba a mil por hora. Es por ello que aquel músculo se había convertido en el rasgo más prominente de su cara. Visto de frente, el maxilar de Irving era incluso más ancho que las orejas, que estaban pegadas a su cráneo afeitado y tenían forma de ala. La suma de las orejas y la mandíbula le daba un aspecto extraño e intimidante.

El efecto de conjunto era el de una boca con alas capaz de perforar el mármol con sus mortíferos molares. Para colmo, el propio Irving hacía todo lo posible por perpetuar esa imagen de mastín de vigilancia siempre dispuesto a arrancar un brazo o una pierna de una dentellada. Aquélla era una imagen que le había ayudado a superar el único obstáculo en su carrera como policía de Los Ángeles —su ridículo nombre— y esperaba que contribuyera de forma decisiva a su ansiado ascenso hasta el despacho del director en el sexto piso. Por todas estas razones, Irving dejaba que sus dientes castañetearan, a pesar de que aquella costumbre le costaba unos dos mil dólares en dentistas cada dieciocho meses.

Irving se ajustó la corbata con fuerza y pasó la mano por su calva sudorosa. Alargó el dedo hasta el interfono, pero en lugar de apretar el botón y gritar sus órdenes, esperó la respuesta de su ayudante. Otra de sus pequeñas costumbres.

—¿Sí, jefe?

Le encantaba oír esas palabras. Con una sonrisa, se inclinó hacia delante hasta que su enorme mandíbula rozó el interfono. Irving desconfiaba de la eficacia de la tecnología, así que se acercó al micrófono y gritó:

—Mary, tráigame el expediente de Harry Bosch. Estará con los de casos abiertos.

Le deletreó el nombre y el apellido.

—Ahora mismo, jefe.

Irving se arrellanó en su silla y esbozó una sonrisa. Sin embargo, no estaba del todo satisfecho. Con gran habilidad se pasó la lengua por la parte posterior de su molar inferior izquierdo, buscando un defecto en la superficie, una pequeña grieta, algo… nada. A continuación sacó un espejito de un cajón y abrió la boca para examinar sus muelas. Luego devolvió el espejito a su sitio, cogió un bloc de notas adhesivas azules y escribió una recordándose que debía pedir hora al dentista. Al cerrar el cajón, le vino a la cabeza la vez que comió una galletita de la suerte mientras cenaba en un restaurante chino con el concejal de Westside. Al morder la galleta se le astilló una muela, pero el Mastín decidió tragarse los restos del diente antes que mostrar su debilidad ante el concejal, cuyo voto de apoyo esperaba necesitar y conseguir algún día. Durante la cena Irving había informado al concejal de que su sobrino, que trabajaba en el departamento de policía, era homosexual. Irving le dijo que estaba haciendo todo lo posible para protegerlo y evitar que se supiera. El departamento era más antihomosexual que una iglesia de Nebraska, y si se corría la voz entre los hombres, le explicó Irving al concejal, el chico podía despedirse de cualquier esperanza de ascenso y prepararse para ser el centro de ataques verbales por parte del resto del departamento. Irving no tenía por qué mencionar las posibles consecuencias políticas si el hecho se hacía público. Por muy liberal que fuese la gente del Westside, el escándalo no favorecería las aspiraciones del concejal de acceder a la alcaldía.

Irving estaba rememorando el incidente con una sonrisa en los labios, cuando la oficial Mary Grosso llamó a la puerta y entró en su despacho. En la mano llevaba una carpeta de un dedo de grosor que depositó en la mesa de cristal de Irving, sobre la que no había absolutamente nada, ni siquiera un teléfono.

—Tenía razón, jefe. Estaba entre los casos abiertos.

El subdirector de la División de Asuntos Internos se abalanzó hacia delante y comentó:

—Sí. Creo que no lo archivé porque me olía que volveríamos a toparnos con el detective Bosch. Déjeme ver… creo que fueron Lewis y Clarke.

Abrió la carpeta y leyó unas notas escritas en el dorso de la tapa.

—Sí. Mary, ¿puede llamar a Lewis y Clarke?

—Los he visto con la brigada preparándose para un CDD. No sé qué caso era.

—Pues el Comité de Derechos tendrá que esperar… y no me hable con abreviaciones, Mary. Soy un policía de movimientos lentos y cautelosos. No me gustan los atajos; ya lo irá descubriendo. Venga, dígales a Lewis y Clarke que quiero que pospongan la reunión y se presenten aquí inmediatamente.

Irving tensó los músculos de la mandíbula y los mantuvo como cuerdas de violín, ante lo cual Grosso se escabulló del despacho. Irving se relajó y revisó la carpeta para volver a familiarizarse con Harry Bosch. Leyó su hoja de servicio y repasó su rápido ascenso en el departamento; en ocho años había pasado de patrullero a detective, y de allí hasta la prestigiosa División de Robos y Homicidios. Después venía la caída; el año anterior había sido trasladado de la central de Robos y Homicidios a Homicidios de Hollywood. «Tendrían que haberlo expulsado», se lamentó Irving mientras estudiaba el curriculum de Bosch.

A continuación leyó el informe de un test psicológico que le habían hecho a Bosch el año anterior para determinar si era apto para volver al servicio después de matar a un hombre desarmado. El psicólogo del departamento había escrito:

Debido a sus experiencias militares y policiales, y muy especialmente al citado tiroteo con resultados mortales, el sujeto muestra una baja sensibilización ante la violencia. La menciona constantemente como si ésta fuera una parte aceptada de su vida cotidiana, y lo fuera a ser para el resto de su vida. Es, pues, poco probable que este episodio actúe como barrera psicológica si el sujeto se ve de nuevo sometido a circunstancias en las que deba actuar de forma violenta para protegerse a sí mismo o a los demás. En otras palabras: será capaz de apretar el gatillo. De hecho, en el transcurso de nuestra conversación, no ha dado muestras de sufrir efectos negativos a raíz del tiroteo, a no ser que se juzgue inapropiada su satisfacción por el resultado del incidente (la muerte del sospechoso).

Irving cerró la carpeta y le dio unos golpecitos con su uña perfectamente recortada. Acto seguido recogió un pelo largo y castaño —seguramente de la oficial Mary Grosso— y lo arrojó a la papelera situada junto a la mesa. Harry Bosch era un problema, pensó. Era un buen policía, un buen detective —a decir verdad, y muy a pesar suyo, Irving admiraba su trayectoria en Homicidios, sobre todo su trabajo con asesinos en serie—, pero el subdirector opinaba que, a largo plazo, los de fuera no encajaban en el sistema. Harry Bosch era un intruso y siempre lo sería; no formaba parte de la «familia» del Departamento de Policía de Los Ángeles. Lo peor era que Bosch no sólo había abandonado a la familia, sino que se había mezclado en actividades que podían dañarla a ella y a su imagen. Irving decidió que tendría que actuar de forma rápida y contundente. Dio una vuelta a su silla giratoria y miró por la ventana hacia el edificio del ayuntamiento, al otro lado de Los Angeles Street. Luego, siguiendo su costumbre, bajó la vista para admirar la fuente de mármol frente al Parker Center, un pequeño monumento dedicado a los agentes caídos en acto de servicio. Eso era familia, pensó. Eso era honor. Mientras apretaba los dientes con fuerza, triunfante, se abrió la puerta.

Los detectives Pierce Lewis y Don Clarke entraron en el despacho, se presentaron y esperaron en silencio. Por su aspecto podían ser hermanos; ambos llevaban el pelo castaño muy corto, tenían el típico cuerpo musculoso y bíceps enormes de quien hace pesas y lucían trajes formales de seda gris; el de Lewis con rayas gris oscuro y el de Clarke con rayas granates. Los dos hombres eran cortos de estatura y anchos de espalda como hechos expresamente para facilitar el levantar las pesas del suelo. Y los dos caminaban con una ligera inclinación hacia delante, como si se estuvieran metiendo en el mar y hendieran las olas con la cara.

—Caballeros —empezó Irving—. Tenemos un problema, un problema de alta prioridad con un policía que ya ha pasado por nuestras manos. Un policía que ustedes dos investigaron con relativo éxito.

Lewis y Clarke se miraron, y Clarke se permitió una sonrisita rápida. Aunque no sabía de quién hablaban, le gustaba perseguir a reincidentes. Eran tan patéticos, los pobres.

—Harry Bosch —anunció Irving. Tras esperar un segundo para que asimilaran el nombre, prosiguió—: Tendrán que hacer una excursión a la División de Hollywood. Quiero abrirle un 1/81 en seguida. El demandante es el Buró Federal de Investigación.

—¿El FBI? —preguntó Lewis—. ¿Y qué tiene que ver Bosch con ellos?

Después de corregir a Lewis por emplear las siglas, Irving ordenó a los dos detectives que se sentaran. Durante diez minutos, les describió la llamada que había recibido unos momentos antes.

—Los federales dicen que es demasiada casualidad y yo estoy de acuerdo con ellos —concluyó—. Puede que Bosch no esté limpio, así que lo quieren fuera del caso Meadows. Como mínimo parece ser que intervino para que el sospechoso, un antiguo camarada suyo del ejército, no ingresara en prisión el año pasado. Dicha acción posiblemente le permitió participar en el robo al banco. No sabemos si Bosch estaba enterado o involucrado en el delito, pero vamos a averiguar qué se trae entre manos.

Irving hizo una pausa para subrayar la última frase con uno de sus movimientos de mandíbula. Lewis y Clarke sabían que no era el momento de interrumpirle.

—Este incidente nos da la oportunidad de hacer lo que no logramos antes: eliminar a Bosch —sentenció Irving—. Quiero que me mantengan informado directamente. Ah, y pasen copia de sus informes al superior de Bosch, un tal teniente Pounds. A mí me darán más que eso; quiero que me telefoneen dos veces al día, mañana y tarde. Quiero estar al corriente de todo.

—Muy bien —le dijo Lewis al tiempo que se ponía en pie.

—Apunten alto, caballeros, pero sean cuidadosos —les aconsejó Irving—. Y, aunque el detective Bosch ya no es el personaje que era, no lo dejen escapar.

La turbación que Bosch sintió tras haber sido expulsado sin miramientos por la agente Wish se convirtió en rabia y frustración. Notaba una angustia física en el pecho que pugnaba por subir, mientras él bajaba en el ascensor. Estaba solo y, cuando oyó el busca, lo dejó sonar los quince segundos que dura el pitido. En ese momento se tragó la rabia y la transformó en pura determinación. Al salir del ascensor consultó la pantallita para ver quién le había llamado; el prefijo era de la zona del valle de San Fernando, 818, pero el número no le sonaba. Inmediatamente se dirigió a una serie de teléfonos públicos situados en el patio frente al edificio federal y marcó el número. «Noventa centavos», le informó una voz electrónica. Por suerte tenía cambio; echó las monedas por la ranura y, casi al instante, contestó Jerry Edgar.

—Harry —empezó Edgar sin decir «hola»—. Todavía estoy en la Asociación de Veteranos y me están mareando. No tienen el expediente de Meadows. Primero me han dicho que tenía que ir a través de Washington o conseguir una orden judicial. Yo les he contestado que sé que tienen un expediente por todo eso que tú me habías contado. Les he dicho: «Mirad, si me obligáis a pedir una orden, ¿podéis aseguraros al menos de que está el maldito expediente?». O sea, que han empezado a buscarlo y al final han salido y me han dicho que sí, que había uno pero que ya no está. Adivina quién se lo llevó con una orden el año pasado.

—El FBI.

—¿Cómo lo sabes?

—No he estado precisamente tomando el sol. ¿Te han dicho cuándo o por qué se lo llevó el FBI?

—No lo saben. Sólo recuerdan que vino el FBI y se lo llevó. Eso fue en septiembre del año pasado y todavía no lo han devuelto. No dieron ninguna explicación. Los muy cabrones no tienen por qué darlas.

Bosch reflexionó sobre aquello en silencio. El FBI ya lo sabía. Wish ya estaba al corriente de lo de Meadows y los túneles y todo lo demás que le había contado. Todo había sido una farsa.

—Harry, ¿estás ahí?

—Sí, oye, ¿te han enseñado una copia de los papeles o te han dicho el nombre del agente?

—No, no encontraban el resguardo y nadie recuerda el nombre del agente, excepto que era una mujer.

—Apúntate el número donde estoy. Vuelve al registro y pídeles otro expediente, sólo para saber si está. Pídeles el mío.

Bosch le dio a Edgar el número del teléfono público, su fecha de nacimiento, número de la seguridad social y el nombre completo, deletreando su verdadero nombre de pila.

—¡Joder! ¿Ése es tu nombre de verdad? —preguntó Edgar—. O sea, que lo de Harry es para los amigos. ¿Cómo se le ocurrió eso a tu madre?

—Por un pintor del siglo XV que le gustaba. Pega con el apellido —explicó Bosch—. Venga, ve a comprobar lo del expediente y vuélveme a llamar. Yo te espero aquí.

—Es que no puedo ni pronunciarlo, tío.

—Pues deletréaselo.

—Vale, lo intentaré. Por cierto, ¿dónde estás?

—En un teléfono público, delante del FBI.

Bosch colgó antes de que su compañero le hiciera más preguntas. Encendió un cigarrillo, se apoyó en la cabina y se quedó observando a un grupito de personas que caminaba en círculos frente al edificio federal. Los manifestantes sostenían pancartas caseras en contra de la concesión de nuevas licencias para extraer petróleo de la bahía de Santa Mónica. Bosch leyó varios carteles que decían «No al petróleo», «No más contaminación en la bahía», «Estados Unidos de Exxon», etc.

Distinguió la presencia de un par de equipos de televisión filmando la protesta. Aquello era lo fundamental: la publicidad. Si los medios de comunicación se presentaban y salía en las noticias de las seis de la tarde, la manifestación habría sido todo un éxito. Bosch vio que el cabecilla de la protesta estaba siendo entrevistado ante la cámara por una mujer que Bosch reconoció como presentadora del Canal 4. También le sonaba el portavoz de los manifestantes, pero no estaba seguro de dónde lo había visto. Después de observar la tranquilidad del hombre ante la cámara, Bosch lo reconoció. Era un actor de televisión que interpretaba el papel de un borracho en una comedia bastante conocida que había visto una o dos veces y, aunque el programa ya no se emitía, observó que el tío seguía teniendo pinta de alcohólico.

Apoyado en la cabina, Bosch iba por su segundo cigarrillo y empezaba a acusar el calor del mediodía, cuando vio salir a Eleanor Wish por una de las puertas acristaladas del edificio. La agente caminaba cabizbaja, buscando algo en el bolso, y no se había percatado de su presencia. Bosch se apresuró a ocultarse detrás de los teléfonos. Wish encontró lo que buscaba, unas gafas de sol, se las puso y pasó por delante de los manifestantes sin siquiera mirarlos. Luego caminó por Veteran Avenue en dirección a Wilshire Boulevard. Bosch sabía que el aparcamiento del FBI se hallaba en dirección contraria, por lo que dedujo que no iba lejos. Justo en ese momento sonó el teléfono.

—¿Harry? El FBI también tiene tu expediente. ¿Qué coño está pasando?

La voz de Edgar denotaba impaciencia y confusión. No le gustaban los líos ni los misterios. Él sólo quería hacer su trabajo.

—No lo sé. No me lo han querido decir —respondió Bosch—. Tú vuelve a la oficina; ya hablaremos allí. Si llegas antes que yo, llama a los del metro. Al Departamento de Personal, a ver si tuvieron a un tal Meadows en plantilla. Prueba también con el nombre de Fields. Luego dedícate al informe de la puñalada en televisión, tal como habíamos quedado. Tú cumples tu parte del trato y yo ya me reuniré contigo.

—Harry, tú me dijiste que conocías a este tío, a Meadows. Quizá deberíamos informar a Noventa y Ocho de que hay un conflicto de intereses y pasar el caso a la central de Robos y Homicidios o a otra persona de la comisaría.

—Ya lo discutiremos luego, Jed. Mientras tanto no hagas nada ni hables con nadie hasta que yo llegue.

Bosch colgó y se encaminó hacia Wilshire Boulevard. La agente Wish ya había girado hacia el este en dirección a Westwood Village. Bosch acortó la distancia entre ellos, cruzó la calle y la siguió, cuidando de no acercarse demasiado para evitar que ella lo viera reflejado en los escaparates. Cuando Wish llegó a Westwood Boulevard, cruzó la avenida y pasó a la acera de Bosch. Él se metió en un banco unos segundos, y cuando volvió a salir a la calle ella había desaparecido. Después de mirar a derecha e izquierda, Bosch corrió hasta la esquina y vio a la agente a media manzana de Westwood, caminando en dirección al Village.

Wish aflojó la marcha al pasar delante de unos escaparates y se detuvo ante una tienda de artículos deportivos que exhibía unos maniquíes de mujer vestidos con pantalones cortos y camisetas verde lima: la moda del año pasado a precios rebajados. Después de contemplar la ropa unos instantes, Wish reanudó su paseo y no paró hasta llegar a la zona donde se hallaban todos los teatros. Una vez allí entró en el Stratton’s.

Bosch, que seguía en la otra acera, pasó sin mirar por delante del restaurante y llegó hasta la esquina. Se detuvo bajo la marquesina del viejo teatro Bruin y miró atrás; ella no había salido. Se preguntó si habría una puerta trasera y consultó su reloj; era un poco temprano para almorzar, pero quizás ella prefería comer antes de que se llenaran los bares. Tal vez prefería comer sola. Bosch cruzó la calle hasta la otra esquina y se apostó delante del teatro Fox. Desde allí divisaba el ventanal del Stratton’s, pero no a la agente. A continuación atravesó un aparcamiento al aire libre y llegó a un callejón detrás del restaurante. ¿Lo habría visto la Wish? ¿Habría sido todo un truco para darle el esquinazo? Hacía mucho tiempo que Bosch no seguía a nadie, pero no creía que ella le hubiera descubierto, así que al final entró en el establecimiento por la puerta de atrás.

Eleanor Wish estaba sola en una de las mesas de madera situadas a la derecha del local. Como cualquier policía cuidadoso, se había sentado de cara a la entrada, por lo que no vio a Bosch hasta que éste se sentó en la silla frente a ella y cogió la carta que Wish ya había vuelto a dejar sobre la mesa tras echarle un vistazo.

—Es la primera vez que vengo a este bar. ¿Qué me recomiendas?

—¿Qué es esto? —dijo ella con cara de sorpresa.

—Nada. He pensado que a lo mejor te apetecía un poco de compañía.

—¿Me has seguido? —preguntó y al instante se contestó—: Me has seguido.

—Al menos yo no te engaño. ¿Quieres que te diga una cosa? Creo que te equivocaste allá en tu despacho. Fuiste demasiado seca. Imagínate: entro yo con la única pista que has tenido en nueve meses y me empiezas a hablar de vías oficiales y todo el rollo. Me olí que había algo raro, pero no sabía qué. Ahora ya lo sé.

—¿De qué hablas? No, no me lo digas. Prefiero no saberlo.

Wish hizo un ademán de levantarse, pero Bosch alargó la mano y la agarró de la muñeca. La agente tenía la piel cálida y húmeda tras la caminata hasta el restaurante. Ella se detuvo y sus ojos castaños lo fulminaron con una mirada envenenada.

—Suéltame —le ordenó. Su tono, controlado pero amenazador, sugería que podía perder la paciencia en cualquier momento. Bosch la soltó.

—No te vayas, por favor. —Ella titubeó un instante y Bosch lo aprovechó—. No me importa. Comprendo tus motivos, tu frialdad conmigo en la oficina, todo. La verdad es que lo hiciste bien, de eso no hay duda. No te lo echo en cara.

—Oye, Bosch, no sé de qué me hablas. Creo que…

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