El eco negro
Segunda parte. Lunes, 21 de mayo
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—Sé que ya estabais al tanto de lo de Meadows, los túneles y todo lo demás. Pedisteis sus expedientes militares, los míos, y probablemente los de todas las ratas que lograron escapar con vida de ese lugar. Debía de haber algo en el robo al WestLand que lo relacionaba con los túneles de Vietnam.
Ella lo miró un buen rato. Estaba a punto de hablar cuando una camarera se acercó con libreta y lápiz.
—De momento un café solo y una botella de Evian —soltó Bosch antes de que Wish o la camarera pudieran hablar.
Esta última se alejó tomando nota.
—Creía que eras un policía de leche y azúcar —comentó Wish.
—Sólo cuando la gente intenta adivinar lo que soy.
A Bosch le pareció que los ojos de Wish se dulcificaban un poco, pero sólo un poco.
—Mira, Bosch. No sé cómo sabes lo que crees que sabes pero yo no voy a hablar del caso WestLand. Tal como te dije en la oficina, no puedo. Lo siento mucho, de verdad.
—Supongo que debería estar ofendido, pero no lo estoy. Era un paso lógico en la investigación. Yo habría hecho lo mismo: coger a todos los que encajaban en el perfil (las ratas de los túneles) y comprobar sus coartadas.
—Tú no estás bajo sospecha, ¿vale? Así que déjalo correr.
—Eso ya lo sé —dijo Bosch, soltando una breve carcajada—. Yo estaba en México, suspendido, y puedo probarlo. Aunque eso ya lo sabéis. Lo mío no me preocupa; no quiero ni hablar de ello, pero necesito saber lo que habéis encontrado sobre Meadows. Tú te llevaste el expediente en septiembre, así que lo habrás investigado a fondo, a él (supongo que lo tuvisteis vigilado), a sus amigos y a su pasado. Quizá… bueno, casi seguro que lo interrogasteis. Todo eso lo necesito ahora, no dentro de tres o cuatro semanas cuando un funcionario le dé el visto bueno.
La camarera volvió con el café y el agua. Wish agarró el vaso, pero no bebió.
—Bosch, Meadows ya no es asunto tuyo. Lo siento. No debería decírtelo yo, pero te han retirado del caso. En cuanto vuelvas a tu oficina te lo notificarán. Hicimos una llamada cuando te fuiste.
Bosch sostenía la taza con las dos manos y los codos apoyados sobre la mesa. Al oír aquellas palabras, la depositó en el platito por si empezaban a temblarle las manos.
—¿Qué dices que hicisteis? —preguntó Bosch.
—Lo siento —se disculpó Eleanor—. Después de que te fueras, Rourke (al que plantaste la foto en las narices) llamó al número que ponía en tu tarjeta y habló con un tal teniente Pounds. Le contó lo de tu visita de hoy y explicó que había un conflicto de intereses, por lo de investigar la muerte de un amigo… Luego le dijo no sé qué más y…
—¿Qué más?
—Mira Bosch, yo te conozco. Confieso que saqué tus expedientes y te investigué. Aunque no hacía falta; en esa época sólo había que leer los periódicos para enterarse de lo tuyo y el caso del Maquillador. Soy consciente de tus problemas con Asuntos Internos y de que esto no va a ayudarte, pero fue decisión de Rourke. Él…
—¿Qué más dijo Rourke?
—La verdad. Que tu nombre y el de Meadows habían aparecido en nuestra investigación y que os conocíais. También pidió que te retiraran del caso, pero todo eso no importa.
Bosch desvió la mirada.
—Dime la verdad —dijo—. ¿Sospecháis de mí?
—No. Al menos hasta que entraste en la oficina esta mañana. Estoy intentando serte sincera, Bosch. Tienes que verlo desde nuestro punto de vista; un tío que investigamos el año pasado viene y nos cuenta que está investigando el asesinato de otro tío al que también investigamos a fondo en relación al mismo caso. Y para colmo dice que quiere ver nuestros archivos.
Ella no tenía que contarle todo eso. Bosch lo sabía y también que ella se estaba arriesgando por hablar con él. A pesar de la mierda en la que se encontraba, o en la que le habían metido, a Harry Bosch empezaba a caerle bien la fría y dura agente Eleanor Wish.
—Si no puedes explicarme nada sobre Meadows, al menos cuéntame algo sobre mí. Dices que me investigasteis y luego me descartasteis. ¿Por qué dejé de ser sospechoso? ¿Fuisteis a México?
—Sí, y otras cosas. —Ella le miró un instante antes de proseguir—. Te descartamos bastante pronto. Al principio nos emocionamos, quiero decir, que empezamos a mirar los expedientes de gente que estuvo en los túneles de Vietnam y ahí estaba el famoso Harry Bosch, el detective superestrella del departamento, con un par de libros escritos sobre sus casos, una película y una serie de televisión… Y resulta que es el mismo hombre del que han estado hablando los periódicos, el hombre que cayó en picado tras una suspensión de un mes y el traslado desde la prestigiosa División de Robos y Homicidios a… —Wish dudó un instante.
—«La cloaca». —Bosch adivinó lo que ella iba a decir.
Ella bajó la mirada hacia su vaso y continuó.
—Total, que Rourke empezó a pensar que tal vez así es cómo habías pasado el tiempo de tu suspensión, cavando un túnel bajo el banco. Habías pasado de héroe a villano y querías vengarte de la sociedad, o una tontería por el estilo. Pero cuando te investigamos y preguntamos por ahí, nos enteramos de que te habías ido a México a pasar el mes. Enviamos a alguien a Ensenada para comprobarlo y quedaste libre de sospecha. Por esa época también recibimos tu expediente médico de la Asociación de Veteranos de Sepúlveda… Ah, es con ellos con quién has hablado esta mañana, ¿no?
Bosch asintió y ella prosiguió.
—Bueno, en el expediente médico estaba el informe del psiquiatra… Lo siento, esto es una invasión de tu intimidad…
—Quiero saberlo.
—Leímos lo de la terapia para tratar el EPT. No es que estés enfermo, pero de vez en cuando sufres estrés postraumático: insomnio, pesadillas y otras cosas, como claustrofobia. Un médico incluso mencionaba que nunca podrías volver a entrar en un túnel como ésos en toda tu vida. Total, que mandamos tu perfil a nuestros laboratorios de ciencias del comportamiento de Quantico. Ellos te descartaron como sospechoso, ya que en su opinión era improbable que volvieras a meterte en un túnel por dinero.
Wish dejó que Bosch asimilara lo que acababa de decir.
—Los archivos de la Asociación de Veteranos están anticuados —replicó Bosch—. Toda esa historia ya es agua pasada. No voy a intentar convencerte de por qué podría ser sospechoso, pero todo lo de la Asociación de Veteranos es viejísimo. Hace más de cinco años que no he ido a un psiquiatra, ni de la Asociación ni de ninguna parte. En cuanto a la mierda esa de la fobia, ayer mismo me metí en un túnel para echarle un vistazo a Meadows. ¿Qué opinarían vuestros psicólogos de Quantico sobre eso? —preguntó.
Bosch notó que enrojecía de vergüenza. Había hablado demasiado. Sin embargo, cuanto más intentaba controlarse y ocultarlo, más rojo se ponía. Justo en ese momento volvió la camarera y le sirvió más café.
—¿Qué van a comer? —preguntó.
—Nada —le respondió Wish sin apartar la mirada de Bosch—. De momento.
—Perdone, pero ahora vendrá un montón de gente a almorzar y necesitamos la mesa. Nosotros vivimos de los que tienen hambre, no de los que están demasiado enfadados para comer.
Y dicho esto se alejó. Bosch concluyó que las camareras eran mejores observadoras de la naturaleza humana que la mayoría de policías.
—Siento mucho todo esto —volvió a disculparse Wish—. Deberías haberme dejado ir cuando me he levantado.
Aunque la vergüenza había desaparecido, la rabia seguía allí. Bosch ya no desviaba la mirada, sino que la clavaba en los ojos de Wish.
—¿Crees que me conoces sólo por unos papeles en una carpeta? Pues no me conoces. A ver, dime qué sabes de mí.
—No te conozco, pero sé cosas sobre ti —respondió ella, deteniéndose un momento para reflexionar—. Eres un hombre de instituciones, Bosch. Toda tu vida la has pasado en instituciones; orfanatos, padres adoptivos, luego el ejército y finalmente la policía. Nunca has salido del sistema; has ido saltando de una institución imperfecta a otra.
Wish tomó un sorbito de agua, mientras decidía si continuaba o no. Al final lo hizo.
—Hieronymus Bosch… La única cosa que te dio tu madre fue el nombre de un pintor que murió hace quinientos años. Aunque me imagino que, en comparación con las cosas que has visto, las extravagancias que pintó parecerán Disneylandia. Tu madre estaba sola y no podía mantenerte. Creciste con distintas familias adoptivas, en orfanatos de todo tipo… Sobreviviste a eso, sobreviviste a Vietnam y has sobrevivido al departamento de policía, al menos por ahora. Pero tú eras alguien de fuera en un círculo muy cerrado. A pesar de que llegaste a Robos y Homicidios y trabajaste en casos conocidos, seguías siendo un intruso que actuaba a su manera. Y al final te echaron.
Wish vació su vaso, probablemente con el fin de darle a Bosch la ocasión de detenerla, cosa que él no hizo.
—Sólo fue necesario un error por tu parte —prosiguió ella—. El año pasado mataste a un hombre. A un asesino, pero eso no importa. Según los informes, creíste que él había metido la mano debajo de la almohada para sacar una pistola, cuando resultó que iba a sacar su peluquín. Es casi ridículo, pero Asuntos Internos encontró una testigo que declaró que tú sabías que el sospechoso guardaba su peluquín debajo de la almohada. Siendo una prostituta, su credibilidad se cuestionó. No fue suficiente para ponerte de patitas en la calle, pero te costó el cargo. Ahora trabajas en Hollywood, el lugar al que la mayoría de gente en el departamento llama «la cloaca».
La agente había terminado su discurso. Bosch no dijo nada, por lo que hubo un largo silencio. La camarera pasó por delante de la mesa, pero en seguida vio que no estaban para charlas.
—Cuando vuelvas a la oficina —empezó Bosch—, dile a Rourke que haga una llamada más. Él me sacó del caso, así que puede volverme a meter.
—No puedo. No querrá.
—Sí que querrá, y dile que tiene hasta mañana para hacerlo.
—¿O qué? ¿Qué vas a hacer? Seamos realistas. Con tu reputación, mañana ya te habrán suspendido. En cuanto Pounds terminó de hablar con Rourke seguro que llamó a Asuntos Internos, si es que no lo hizo el propio Rourke.
—No importa. Si mañana por la mañana no habéis dicho algo, avisa a Rourke de que el Times publicará un artículo explicando cómo un sospechoso de un importante golpe, sujeto a vigilancia del FBI, fue asesinado ante las narices del Buró llevándose consigo las respuestas del famoso robo al WestLand National. Puede que todos los datos no sean exactos, pero no estarán muy lejos de la verdad. Lo importante es que la gente querrá leerlo y que la noticia llegará hasta Washington. No sólo será una situación embarazosa, sino un aviso para quienquiera que se cargó a Meadows. Nunca los encontrarán y Rourke pasará a ser conocido como el hombre que dejó escapar a los ladrones del WestLand.
La agente miró a Bosch y sacudió la cabeza como si estuviera por encima de todo aquel desastre.
—No me toca a mí decidir. Tendré que volver y explicárselo a él, aunque yo en su lugar no me tragaría semejante farol. Y eso es lo que pienso decirle.
—No es un farol. Tú me has investigado y sabes que iré a los medios, que ellos me escucharán y les encantará. Sé lista y dile que no es ningún farol. Yo no tengo nada que perder y él tampoco pierde nada por meterme otra vez en el caso.
Bosch hizo ademán de marcharse, pero se detuvo para dejar un par de dólares en la mesa.
—Tenéis mi ficha, así que ya sabéis dónde podéis encontrarme.
—Sí —replicó ella, y añadió—: ¡Eh, Bosch!
Él se volvió a mirarla.
—¿Dijo la verdad la prostituta? ¿Sobre la almohada?
—¿Acaso no la dicen siempre?
Bosch aparcó detrás de la comisaría de Wilcox Avenue y siguió fumando hasta llegar a la entrada trasera. Después de apagar la colilla en el suelo, entró, dejando atrás el olor a vómito que se colaba por las ventanas enrejadas de los calabozos. Jerry Edgar lo esperaba con impaciencia en el pasillo.
—Harry, Noventa y Ocho quiere vernos.
—¿Para qué?
—No lo sé, pero cada diez minutos saca la cabeza de la pecera y pregunta por ti. Llevas el busca y el móvil desconectados. Ah, y hace un rato han entrado en su despacho un par de tíos de Asuntos Internos.
Bosch asintió, evitando cualquier explicación.
—¿Qué pasa, tío? —explotó Edgar—. Si tenemos un problema, quiero saberlo antes de hablar con ellos. Tú ya tienes experiencia con esta mierda, pero yo no.
—No sé muy bien qué pasa. Creo que nos van a echar del caso. Al menos a mí —respondió Bosch en tono sosegado.
—Harry, los de Asuntos Internos no vienen por esas cosas. Algo está pasando y, sea lo que sea, espero que no me hayas jodido a mí también.
Edgar en seguida se arrepintió del comentario.
—Perdona, Harry. No lo decía con mala idea.
—Tranquilo. Vamos a ver qué quiere el jefe.
Bosch se dirigió a la oficina de la brigada de detectives. Edgar dijo que él pasaría por el puesto de guardia y entraría por el pasillo de delante para que no pareciera que se habían puesto de acuerdo.
En cuanto Bosch llegó a su mesa, se fijó en que la carpeta azul del caso Meadows había desaparecido. También se percató de que la persona que se lo había llevado se había dejado la cinta con la llamada al número de emergencias. Bosch cogió la cinta y se la metió en el bolsillo, justo cuando la voz de Noventa y Ocho empezaba a retumbar por toda la sala. Desde su despacho acristalado, el jefe gritó una sola palabra: «¡¡¡Bosch!!!». Los otros detectives se volvieron hacia Harry, que se levantó lentamente y caminó hacia «la pecera», tal como llamaban al despacho de Noventa y Ocho, el teniente Harvey Pounds. A través del cristal se veían las espaldas trajeadas de dos hombres que esperaban sentados. Bosch los reconoció inmediatamente; eran los dos detectives de Asuntos Internos que habían llevado el caso del Maquillador: Lewis y Clarke.
Edgar entró en la oficina por la puerta principal, justo cuando Bosch pasaba por delante, así que ambos entraron juntos en «la pecera». Pounds les dirigió una mirada inexpresiva, y los dos hombres de Asuntos Internos ni se inmutaron.
—Primero, nada de fumar, ¿de acuerdo, Bosch? —le dijo Pounds—. Esta mañana la oficina apestaba a tabaco. Ni siquiera voy a preguntar si fuiste tú.
Según las normas municipales y del departamento estaba prohibido fumar en todas las oficinas compartidas, como las de las brigadas. En los despachos se podía fumar, pero sólo si el ocupante daba su permiso. Pounds era de los que había dejado de fumar y no toleraba el tabaco. En cambio, la mayoría de los treinta y dos detectives a sus órdenes fumaban como carreteros y aprovechaban las ausencias de Pounds para fumarse un pitillo rápido en su despacho. Siempre era mejor que salir al aparcamiento donde podían perderse llamadas de teléfono y tenían que soportar el olor a meado y vómito de las celdas para borrachos. Pounds había empezado a cerrar con llave, incluso cuando salía un momento a ver al comandante, al fondo del pasillo. No obstante, cualquiera podía forzar la puerta con un abrecartas en menos de tres segundos, por lo que el teniente continuamente se encontraba su despacho lleno de humo. En aquella habitación de tres metros por tres había nada menos que dos ventiladores y un ambientador en la mesa. Noventa y Ocho estaba convencido de que Bosch era el principal culpable, ya que desde su llegada las invasiones habían aumentado considerablemente. Y lo cierto es que tenía toda la razón, aunque hasta entonces nunca lo había cogido con las manos en la masa.
—¿Para eso me has llamado? —preguntó Bosch—. ¿Para reñirme por fumar en la oficina?
—Siéntate —le cortó Pounds.
Bosch levantó las manos para demostrar que no tenía ningún cigarrillo entre los dedos. Después se volvió hacia los dos hombres de Asuntos Internos.
—Vaya, Jed, parece que Lewis y Clarke han salido de excursión. Hacía tiempo que no veía a estos grandes exploradores; desde que me enviaron a México de vacaciones sin los gastos pagados. Hicieron un trabajo magnífico: con prensa, publicidad y todo lo demás. Son las estrellas de Asuntos Internos.
Los dos policías enrojecieron de ira.
—Esta vez será mejor que te calles —le respondió Clarke—. Te has metido en un buen lío, Bosch. ¿Me entiendes?
—Sí, te entiendo. Gracias por el consejo, pero yo también tengo uno para ti. Vuelve al traje que llevabas antes de convertirte en el felpudo de Irving. Sí, ese amarillo que hacía juego con tus dientes. La fibra te queda mejor que la seda. Por cierto, uno de los hombres de las celdas me ha dicho que el fondillo de ese pantalón está todo brillante; eso te pasa por trabajar tanto sentado.
—Vale ya —intervino Pounds—. Bosch y Edgar, sentaos y callaos un momento. Éste…
—Teniente, yo no he dicho nada —se lamentó Edgar—. Yo…
—¡Callaos, todos! ¡Maldita sea! —gritó Pounds—. Edgar, para que lo sepas, si es que no lo sabías, estos dos son de Asuntos Internos: los detectives Lewis y Clarke. Esto es un…
—Quiero un abogado —interrumpió Bosch.
—Creo que yo también —añadió Edgar.
—¡Ya está bien, joder! —exclamó Pounds—. Primero vamos a aclarar unas cuantas cosas sin tener que llamar a los de la Liga de Protección del Policía, ¿de acuerdo? Si queréis un abogado, lo llamáis luego. Ahora mismo os vais a sentar, los dos, y vais a responder a unas cuantas preguntas. Y si no, tú, Edgar, vas a pasar de ese traje de ochocientos dólares a un uniforme de patrulla y tú, Bosch, bueno… tú probablemente saldrás volando de una patada.
Durante unos segundos reinó el silencio en la pequeña habitación, a pesar de que la tensión entre los hombres amenazaba con romper los cristales. Pounds miró hacia la oficina, donde una docena de detectives hacían ver que trabajaban, al tiempo que seguían atentamente lo que estaba ocurriendo. Algunos habían intentado leer los labios del teniente a través del cristal, por lo que éste se levantó y bajó las persianas, algo que todos interpretaron como una prueba de que la cosa era grave. Incluso Edgar mostró su preocupación mediante un gran suspiro. Pounds volvió a sentarse, y empezó a repicar con una uña larga sobre la carpeta de plástico azul que yacía cerrada sobre su mesa.
—Vale. Vayamos al grano —empezó—. Para empezar, estáis fuera del caso Meadows. Y nada de preguntas; habéis terminado vuestro trabajo y basta. Ahora quiero que nos lo contéis todo.
En ese momento, Lewis sacó una grabadora de su maletín, la encendió y la puso sobre la mesa impoluta de Pounds.
Bosch sólo llevaba ocho meses con Edgar como compañero e ignoraba cómo reaccionaría ante ese tipo de presión ni si sería capaz de plantar cara a aquellos cabrones. Pero Edgar le caía bien y no quería meterlo en un lío; su único pecado había sido querer disponer del domingo libre para vender casas.
—Por ahí no paso —dijo Bosch, señalando a la grabadora.
—Quite eso —le ordenó Pounds a Lewis, aunque la grabadora se hallaba más cerca de él que del detective de Asuntos Internos. Éste se levantó para coger el aparato, lo apagó, rebobinó y volvió a depositarlo sobre la mesa.
Una vez Lewis se hubo sentado, Pounds empezó a hablar:
—Maldita sea, Bosch, el FBI me llama esta mañana y me dice que eras sospechoso de un maldito golpe a un banco. Me dicen que también sospechaban de ese tío, Meadows, y que ahora sospechan de ti por asesinato. Con este panorama, ¿cómo quieres que no te hagamos preguntas?
Edgar exhaló aún más fuerte. Todo aquello le venía de nuevo.
—Hablaremos si no encienden la grabadora —contestó Bosch.
Pounds lo consideró un instante y dijo:
—De acuerdo. Habla.
—Para empezar, Edgar no sabe nada de todo esto. Ayer hicimos un trato; yo me ocupaba del caso Meadows y él se iba a casa. A él le tocaba terminar el caso Spivey, el tío de la tele que apuñalaron la otra noche. De lo del FBI y el robo al banco no tiene ni puta idea, así que déjalo ir.
Pounds no quiso mirar a Lewis, a Clarke ni a Edgar; iba a tomar la decisión él solo.
En ese momento Bosch sintió un cierto respeto por él; lo vio como una llamita en medio de un huracán de incompetencia. Pounds abrió el cajón de su mesa y sacó una regla de madera. Jugueteó con ella un momento y finalmente miró a Edgar.
—¿Es verdad lo que ha dicho Bosch?
Edgar asintió.
—¿Eres consciente de que eso le perjudica, que parece como si él quisiera quedarse el caso y ocultarte información?
—Él me dijo que conocía a Meadows; no me lo ocultó en ningún momento. Era domingo y no íbamos a encontrar a nadie que viniera a relevarnos sólo porque Bosch hubiera conocido a la víctima hace veinte años. Al fin y al cabo, la policía conoce a casi toda la gente que aparece muerta en Hollywood. El asunto del banco debió de descubrirlo cuando yo me marché. Es la primera noticia que tengo.
—De acuerdo —dijo Pounds—. ¿Tienes algún informe sobre este caso?
Edgar negó con la cabeza.
—Vale, acaba lo que tengas sobre… ¿cómo se llama?… sí, el caso Spivey. Te voy a asignar un nuevo compañero. No sé quién, pero ya te lo diré. Venga, vete.
Edgar soltó otra fuerte exhalación y se puso en pie.
Harvey Pounds dejó que las cosas se calmaran un poco después de que Edgar se hubiera ido. Bosch ansiaba desesperadamente fumarse un cigarrillo, o como mínimo tenerlo en los labios; pero no iba a mostrarles semejante señal de debilidad.
—De acuerdo, Bosch —repitió Pounds—. ¿Tienes algo que decir sobre todo esto?
—Sí, que todo es mentira.
Clarke sonrió con suficiencia, pero Bosch no le prestó atención. En cambio, Pounds dirigió una mirada de reprobación al de Asuntos Internos que aumentó aún más el respeto que Bosch sentía por el teniente.
—El FBI me ha confirmado esta mañana que no estoy bajo sospecha —explicó Bosch—. Me investigaron hace nueve meses, lo mismo que al resto de soldados de los túneles. Debieron de encontrar algo que conectaba el robo con Vietnam. Fue un trabajo a fondo; tenían que mirar a todo dios, así que me investigaron y luego me dieron el visto bueno. ¿No ves que yo estaba en México cuando ocurrió el robo? Cortesía de estos dos payasos, por cierto.
—Supuestamente —intervino Clarke.
—Vete a la mierda, Clarke. Tú lo que quieres es tomarte unas vacaciones en México a costa del contribuyente. Si quieres verificarlo, llama al FBI y nos ahorrarás el dinero.
Dicho esto, Bosch se volvió de nuevo hacia Pounds y giró la silla para darle la espalda a los detectives del Departamento de Asuntos Internos. Cuando comenzó a hablar lo hizo en voz baja, dejando claro que se dirigía a Pounds, no a ellos.
—El FBI no me quiere en el caso porque, primero, les entró el pánico cuando me presenté allí hoy para preguntar sobre el robo al banco. Yo era un nombre del pasado, se pusieron nerviosos y te llamaron inmediatamente. Y segundo, me quieren fuera porque seguramente la cagaron al soltar a Meadows el año pasado. Dejaron escapar la única pista que han tenido y no les hace ninguna gracia que otro departamento entre y resuelva lo que ellos no lograron resolver en nueve meses.
—Eso sí que es mentira —corrigió Pounds—. Esta mañana recibí una petición formal del agente especial a cargo de la brigada de bancos, un tal…
—Rourke.
—Veo que lo conoces. Bueno, él me pidió…
—Que me sacaras del caso Meadows inmediatamente. Te dijo que yo conocía a Meadows, el principal sospechoso del robo al banco. A él lo matan y yo llevo la investigación… ¿casualidad? Él no lo cree y, francamente, yo tampoco estoy muy seguro.
—Sí, eso me dijo, así que empecemos por ahí. Explícanos todo lo que sabes sobre Meadows, cómo y cuándo lo conociste; con pelos y señales.
Bosch pasó la siguiente hora contándole a Pounds todo lo que sabía sobre Meadows; le habló de los túneles y de la vez que Meadows le llamó después de veinte años y él lo ayudó a entrar en el programa para veteranos de Sepúlveda, sin verlo siquiera, sólo a través de llamadas. Durante la conversación, Bosch no se dirigió a los detectives ni una sola vez, como si ellos no estuvieran en el despacho.
—Yo no oculté que lo conocía —concluyó—. Se lo dije a Edgar. Fui al FBI y se lo conté directamente. ¿Crees que yo habría hecho eso si hubiera matado a Meadows? Ni siquiera Lewis y Clarke son tan tontos.
—Entonces, ¿por qué coño no me lo dijiste? —gritó Pounds—. ¿Por qué no está en los informes? ¿Por qué tengo que enterarme por el FBI? ¿Por qué Asuntos Internos tiene que enterarse por el FBI?
Así que Pounds no había llamado a Asuntos Internos; había sido Rourke. Bosch se preguntó si Eleanor Wish lo sabía, o si Rourke había llamado a esos idiotas cuando se quedó solo. Casi no la conocía —bueno, no la conocía de nada—, pero deseó que no le hubiera mentido.
—Empecé a escribir los informes esta mañana —explicó Bosch—. Iba a ponerlos al día después de pasar por el FBI, pero obviamente no he tenido ocasión.
—Bueno, te voy ahorrar el trabajo —dijo Pounds—. El caso pasa al FBI.
—¿Qué? —exclamó Bosch—. Esto no entra en la jurisdicción del FBI. Es un caso de asesinato.
—Rourke me dijo que la muerte está directamente relacionada con el robo al banco y que quieren incluirlo en su investigación. Ellos llevarán el caso y nosotros nombraremos a nuestro propio oficial para mantener la relación interdepartamental. Si llega el momento de acusar a alguien de homicidio, el oficial encargado lo entregará al fiscal del distrito para que presente los cargos.
—Joder, Pounds, aquí pasa algo. ¿Es que no lo ves?
Pounds devolvió la regla a su sitio y cerró el cajón.
—Sí, pasa algo, pero yo no lo veo como tú —respondió Pounds—. Se ha acabado, Bosch. Es una orden. Primero vas a hablar con estos dos hombres y luego vas a quedarte atado a una mesa hasta que Asuntos Internos acabe su investigación.
Pounds hizo una pequeña pausa antes de proseguir en tono solemne. Estaba claro que no le hacía ninguna gracia lo que tenía que decir.
—¿Sabes qué? Cuando te enviaron aquí el año pasado yo te podría haber metido en cualquier parte. Podría haberte colocado en Robos, haberte enterrado bajo una pila de papeles… Sin embargo, no lo hice. Vi que tenías talento y te puse en Homicidios, tal como creía que querías. El año pasado me dijeron que eras bueno, pero que no seguías las normas. Ahora veo que tenían razón. No sé si esto me afectará, pero ya no me importa tu futuro; hables o no hables con estos hombres, tú y yo hemos terminado. Si al final sobrevives a esto, ya puedes pedir un traslado porque a mi equipo de Homicidios no vas a volver.
Pounds recogió la carpeta azul de la mesa y se puso en pie. Al salir del despacho añadió:
—Tengo que enviar esto al FBI. Ustedes pueden usar el despacho el tiempo que deseen.
Pounds salió y cerró la puerta. Después de reflexionar un instante, Bosch decidió que no podía culpar a Pounds por lo que había dicho o hecho, así que sacó un cigarrillo y lo encendió.
—Eh, nada de fumar. Ya lo has oído —le ordenó Lewis.
—Vete a la mierda —replicó Bosch.
—Bosch, eres hombre muerto —anunció Clarke—. Esta vez te vamos a joder de verdad. Ya no eres el héroe que eras; ahora no habrá problemas de relaciones públicas porque a nadie le va a importar un pito lo que te pase.
Clarke se levantó y encendió la grabadora. A continuación recitó la fecha, los nombres de los tres hombres presentes y el número asignado a la investigación por el Departamento de Asuntos Internos. Bosch se fijó en que la cifra era setecientos números más alta que la de la investigación que acabó enviándolo a Hollywood nueve meses atrás. Sólo nueve meses y otros setecientos policías habían pasado por aquella mierda de interrogatorio. Dentro de poco ya no quedaría nadie para cumplir lo que proclamaban todos los coches patrulla: «Servir y proteger».
—Detective Bosch. —Lewis tomó la palabra con voz suave y tranquila—. Nos gustaría hacerle unas preguntas sobre la investigación de la muerte de William Meadows. ¿Podría contarnos su relación con el fallecido?
—Me niego a responder a cualquier pregunta sin la presencia de un abogado —contestó Bosch—. Me remito a mi derecho a representación legal establecido en el Código de Derechos del Policía del Estado de California.
—Detective Bosch, la administración del departamento no reconoce ese aspecto del Código de Derechos del Oficial de Policía. Se le ordena que responda a estas preguntas. Si no lo hace, estará sujeto a suspensión o posible expulsión del cuerpo. Usted…
—¿Podría aflojarme las esposas, por favor? —interrumpió Bosch.
—¿Qué? —exclamó Lewis, perdiendo su tono tranquilo y confiado.
Clarke se levantó, se dirigió hacia la grabadora y se inclinó sobre ella.
—El detective Bosch no está esposado y aquí hay dos personas que pueden atestiguarlo.
—Las dos que me han esposado. Y abofeteado —añadió Bosch—. Ésta es una clara violación de mis derechos civiles. Antes de continuar, solicito que esté presente un representante del sindicato y mi abogado.
Clarke rebobinó la cinta y apagó la grabadora. La metió en el maletín de su compañero, con la cara casi morada de rabia. Pasaron unos instantes antes de que cualquiera de los dos pudiera articular una sola palabra.
—Va a ser un placer destruirte, Bosch —amenazó Clarke—. Hoy mismo tendremos listos los papeles de la expulsión para enseñárselos al jefe. Te mandarán a hacer trámites a Asuntos Internos para que te podamos vigilar. Empezaremos por conducta inapropiada en un oficial e iremos subiendo; puede que incluso hasta asesinato. Sea como sea, estás acabado.
Cuando Bosch se levantó, los dos detectives de Asuntos Internos hicieron lo propio. Entonces Bosch dio una última calada a su cigarrillo, lo tiró al suelo y lo aplastó sobre el linóleo pulido. Sabía que los detectives lo limpiarían para evitar que Pounds descubriera que no habían controlado ni la entrevista ni al entrevistado. Al abrirse paso entre los dos hombres, Bosch soltó una bocanada de humo y abandonó el despacho sin decir una sola palabra. Una vez fuera oyó la voz frenética de Clarke:
—¡Ni se te ocurra continuar con el caso, Bosch!
Rehuyendo las miradas de sus compañeros, Bosch atravesó la oficina de la brigada y se dejó caer en su silla junto a la mesa de Homicidios. Entonces miró a Edgar, que estaba sentado al otro lado de la mesa.
—Tranquilo —dijo Bosch—. No te pasará nada.
—¿Y a ti?
—A mí me han echado del caso y esos dos cabrones me van a denunciar. Sólo me queda esta tarde; mañana seguramente me llegará la suspensión.
—Joder.
El subdirector de Asuntos Internos a cargo del caso tenía que firmar todas las órdenes de suspensión definitivas o temporales. Cualquier penalización superior debía ser aprobada por un subcomité de la comisión policial. Lewis y Clarke optarían por una suspensión temporal por conducta inapropiada en un oficial. A partir de ahí buscarían algo más grave para presentarlo ante la comisión. Si el subdirector firmaba una orden de suspensión contra Bosch, éste tendría que ser notificado según lo establecía el sindicato, es decir, en persona o mediante conversación telefónica grabada. Una vez notificado, Bosch podía ser enviado a su casa o a una mesa de Asuntos Internos en el Parker Center hasta que terminara la investigación. Pero tal como habían prometido, Lewis y Clarke pedirían que lo asignaran a su departamento para exhibirlo como un trofeo.
—¿Necesitas algo para el caso Spivey? —le preguntó a Edgar.
—No, lo tengo todo. Voy a empezar a pasarlo… si es que encuentro una máquina de escribir.
—¿Averiguaste lo que te pedí sobre el trabajo de Meadows en la construcción del metro?
—Harry… —Edgar se arrepintió de lo que iba a decir—. Sí, lo averigüé. Me dijeron que no había nadie llamado Meadows. Hay un tal Fields, pero es negro y hoy estaba en su puesto. No creo que Meadows trabajara allí bajo otro nombre porque no hay turno de noche. Aunque parezca increíble, dicen que el proyecto va adelantado. —En ese momento Edgar gritó—: ¡Me pido la Selectric!
—Ni hablar —respondió un detective de Automóviles llamado Minkly—. Me toca a mí.
Edgar registró la oficina con la mirada en busca de otra candidata. A última hora del día, las máquinas de escribir valían su peso en oro. Había una docena de ellas para treinta y dos detectives; eso si se contaban las manuales y las eléctricas con tics nerviosos como márgenes movedizos y teclas caprichosas.
—De acuerdo —volvió a gritar Edgar—. Pero me la pido detrás de ti, Mink. —Edgar se giró hacia Bosch y bajó la voz—: ¿Con quién crees que me pondrá?
—¿Pounds? No lo sé. —Aquello era como adivinar con quién se iba a casar tu mujer después de que la abandonaras. A Bosch no le interesaba demasiado quién sería el próximo compañero de Edgar—. Perdona, tengo que hacer un par de cosas —dijo.
—Sí, claro. ¿Necesitas que te ayude en algo?
Bosch negó con la cabeza y descolgó el teléfono. Primero llamó a su abogado y dejó un mensaje. Siempre tardaba tres mensajes en devolverle las llamadas, así que se recordó a sí mismo que debía llamarlo otra vez. Luego se volvió hacia su agenda, copió un número y telefoneó al Archivo de las Fuerzas Armadas en San Luis. Allí pidió hablar con quien se encargara de relaciones con la policía y le pasaron a una mujer llamada Jessie St. John. Bosch solicitó que le enviaran urgentemente copias de todas las hojas de servicio de Meadows. Tardarían tres días, le dijo St. John. Bosch pensó que nunca llegaría a ver los documentos; cuando los recibiera, él ya no estaría en la oficina, ni en la mesa ni en el caso. A continuación llamó a Donovan, de la policía científica, quien le informó de que no habían aparecido huellas dactilares en el equipo que encontraron en el bolsillo de la camisa de Meadows y sólo rastros en el aerosol. Los cristales de color marrón claro que habían hallado en el algodón resultaron ser heroína de una pureza de un cincuenta y cinco por ciento, mezclada en Asia. Bosch sabía que la mayor parte de la heroína que se vendía en la calle y que se inyectaban los yonquis era de una pureza del quince por ciento y casi toda procedía de México. Eso significaba que alguien le había metido a Meadows una inyección letal. En opinión de Harry, aquello convertía los resultados de los análisis en una mera formalidad. Meadows había sido asesinado.
El resto de información sobre la escena del crimen no le fue muy útil, excepto que la cerilla encontrada en la cañería no correspondía a la caja que apareció con el equipo. Bosch le dio a Donovan la dirección del apartamento de Meadows para que enviara un equipo a tomar huellas. Le dijo que compararan las cerillas del cenicero con las que encontraron en la tubería. Cuando colgó, Bosch se preguntó si Donovan enviaría a alguien antes de que se corriera la voz de que él ya no llevaba el caso.
La última llamada fue a la oficina del forense. Sakai le informó de que ya había notificado a los familiares más cercanos. La madre de Meadows aún vivía y, cuando la localizaron en New Iberia, Luisiana, les comunicó que no tenía dinero para trasladar o enterrar a su hijo, a quien no había visto en dieciocho años. Así pues, Billy Meadows no iba a volver a casa; el entierro tendría que correr a cargo del condado de Los Ángeles.
—¿Y la Asociación de Veteranos? —le preguntó Bosch—. Él era un veterano.
—Me informaré —prometió Sakai antes de colgar.
Bosch se levantó y sacó una grabadora de bolsillo de su archivador, que estaba contra la pared, detrás de la mesa de Homicidios. Bosch se metió la grabadora en la cazadora, con la cinta de la llamada a Emergencias y salió de la oficina de la brigada por el pasillo trasero. Pasó por delante de los bancos de detención y las celdas hasta llegar a la oficina del CRAC. Aquel cuartito diminuto estaba más lleno de gente que la sala de detectives; las mesas y archivadores de cinco hombres y una mujer se apilaban en una habitación minúscula, más pequeña que un dormitorio en el barrio de Venice. En una de las paredes había una fila de archivadores de cuatro cajones, mientras que en la pared opuesta estaban el ordenador y el teletipo. Entre ambas había tres pares de mesas colocadas una junto a otra y, en la pared del fondo, el típico plano de la ciudad con las dieciocho divisiones policiales marcadas con líneas negras. Encima se veían las caras de los diez más buscados: diez fotos en color de los peores elementos en la División de Hollywood. Bosch se fijó en que una de ellas estaba tomada en el depósito de cadáveres; el tío estaba muerto, pero seguía en la lista. «Menudo elemento», pensó Bosch. Y sobre las fotos, en letras negras plastificadas, se leía «Centro de Recursos Anticrimen» (CRAC).
En la oficina sólo estaba Thelia King, sentada delante del ordenador. Justo lo que Bosch quería. Thelia King —también conocida como El Rey, apodo que ella odiaba, o Elvis, que no le molestaba— era la operadora del ordenador CRAC. Si uno quería averiguar el origen y las relaciones de una banda callejera o localizar a un menor que merodeaba por Hollywood, Elvis era la persona indicada. A Bosch le sorprendió mucho el hecho de que estuviera sola. Consultó su reloj; eran poco más de las dos, demasiado temprano para que las patrullas que controlaban las bandas hubieran salido a la calle.
—¿Dónde está todo el mundo?
—Hola, Bosch —le saludó ella, desviando la vista de la pantalla—. Han ido de entierro. Coinciden los funerales de dos chicos de bandas rivales en el mismo cementerio, en el valle de San Fernando. Están todos allí, para controlar que aquello no se desmadre.
—¿Y tú?, ¿cómo es que no te has ido con los chicos?
—Acabo de llegar de los tribunales. Bueno, Bosch, antes de contarme qué te trae por aquí, por qué no me explicas qué ha pasado antes en el despacho de Noventa y Ocho.
Bosch sonrió. Los rumores corrían más rápido en la comisaría que en la calle. Le hizo un resumen de lo que había sucedido y de la batalla que se le venía encima con los de Asuntos Internos.
—Bosch, te lo tomas todo demasiado en serio —dijo ella—. ¿Por qué no te buscas un trabajito extra?, algo que no te agobie. Como tu compañero. Es una pena que el mamón esté casado. Vendiendo casas en las horas libres, se saca el triple de lo que nosotros ganamos partiéndonos los cuernos todo el día. A mí me hace falta un chollo así.
Bosch asintió. Pensó que el problema era precisamente que nadie se agobiaba por nada, pero se calló, estaba convencido de que él se tomaba las cosas como había que tomárselas y que eran los otros los que no se las tomaban lo suficientemente en serio. Aquél era el problema, que todo el mundo se buscaba un chollo fuera del departamento.
—¿Qué quieres? —dijo ella—. Será mejor que te ayude ahora, antes de que te suspendan oficialmente y no puedas asomar la cara por aquí.
—No te muevas —le dijo Bosch. Acto seguido, acercó una silla y le contó lo que necesitaba.
El ordenador CRAC tenía un programa llamado PACA, un acrónimo dentro de otro. PACA agrupa toda la información sobre Pandillas Callejeras: incluía los datos de más de 55.000 miembros de bandas y delincuentes juveniles de la ciudad y estaba conectado a la base de datos del Departamento del Sheriff, que disponía de 30.000 nombres más. Una parte fundamental del programa era el archivo de alias, que partiendo de los apodos permitía obtener nombres verdaderos, fechas de nacimiento, direcciones, etc. Todos los apodos que la policía averiguaba a través de detenciones o identificaciones se entraban en este archivo, que contaba con más de 90.000 motes. Para acceder a ellos sólo había que saber qué teclas pulsar. Y Elvis sabía.
Bosch le dio las dos letras que había encontrado.
—No sé si es el nombre completo, pero no lo parece —le explicó.
Ella abrió el programa, tecleó las letras T e I, y apretó INTRO. La información tardó trece segundos en aparecer.
—Trescientos cuarenta y tres nombres —anunció, frunciendo el ceño—. Vas a tener que quedarte a dormir, cariño.
Bosch le pidió que eliminase a negros e hispanos. La voz le había sonado como la de un chico blanco. Ella pulsó varias teclas y las letras ámbar de la pantalla recompusieron la lista.
—Eso está mejor. Diecinueve nombres.
Había cinco Tiñosos, cuatro Tirados, dos Tísicos, dos Tiburones, dos Tibus, un Tiburoncito, un Tibetano, un Tintorero y un Tití. Bosch recordó la pintada que había visto en la tubería; la T serrada, como una boca abierta. ¿Podría ser la de un tiburón?
—Dame las variaciones de «Tiburón» —dijo él.
King pulsó un par de teclas y esta vez las letras ámbar sólo cubrieron una tercera parte de la pantalla. Según el archivo, Tiburoncito era un chico de la zona del valle de San Fernando, cuyo único contacto con la policía, se había saldado con el pago de una multa y varias jornadas de limpiar pintadas por haber ensuciado las paradas de autobús de Ventura Boulevard, a la altura de Tarzana. Tenía quince años, por lo que Bosch dedujo que difícilmente estaría rondando por la presa a las tres de la mañana de un domingo. King pidió los datos del primer Tibu, pero éste resultó estar en un campamento para delincuentes juveniles de Malibú. El segundo Tibu había muerto en 1989, en una guerra de tribus entre el KGB (Kolectivo de Guerreros del Boulevard) y los Niños de las Viñas. La policía todavía no había eliminado su nombre de la base de datos.
Cuando King pidió la información sobre el primer Tiburón, la pantalla se llenó y, en la parte inferior, apareció la palabra «Más».
—Éste es un delincuente habitual —comentó King.
El informe del ordenador describió a Edward Niese, un varón de raza blanca, de diecisiete años de edad, que solía conducir una moto amarilla matrícula JVN138 y del que se desconocía su afiliación a una banda, pero que firmaba sus pintadas con el seudónimo Tiburón. El ordenador decía que se había fugado en repetidas ocasiones de casa de su madre en Chatsworth y su ficha policial ocupaba dos pantallas enteras. Bosch dedujo por la localización de las detenciones e interrogatorios que, cuando se fugaba, el tal Tiburón frecuentaba las zonas de Hollywood y West Hollywood.
Al ojear la segunda pantalla, Bosch advirtió que lo habían arrestado hacía tres meses por vagabundear en la presa de Mulholland.
—Ése es —dijo Bosch—. Olvídate del último chico. ¿Me imprimes una copia?
Tras teclear las órdenes, King señaló la pared donde estaban los archivadores. Bosch se levantó y abrió el cajón de la letra N, del cual extrajo la carpeta de Edward Niese. Dentro había una foto en color tomada por la policía, en la que se veía a un chico bajito y rubio, con esa mirada entre dolida y desafiante tan común entre los jóvenes actuales. La cara le resultó familiar, pero no consiguió situarla. Al darle la vuelta a la foto, Bosch se fijó en que llevaba fecha de dos años antes. A continuación, King le entregó la información que había impreso y Bosch se sentó a estudiarla en una de las mesas vacías de la oficina.
Los delitos más graves que había cometido Tiburón —o por los que había sido arrestado— eran pequeños hurtos en tiendas, actos de vandalismo, vagabundeo y posesión de marihuana y anfetaminas. En una ocasión lo habían retenido durante veinte días en el reformatorio de Sylmar tras uno de los arrestos por posesión de droga, pero al final lo habían soltado y puesto bajo custodia familiar. Todas las otras veces se lo habían entregado directamente a su madre. A pesar de ello, Tiburón seguía fugándose de casa.
El archivo manual sólo agregaba algunos detalles sobre las detenciones. Bosch rebuscó entre los papeles hasta que encontró el informe sobre el arresto por vagabundear cerca del lago. El caso no pasó de la vista preliminar, ya que Tiburón aceptó regresar a casa de su madre. Sin embargo, aquello no debió de durar demasiado porque dos semanas más tarde su madre comunicó su desaparición al oficial encargado de su custodia. Según aquellos documentos, Tiburón aún no había aparecido.
Bosch leyó el resumen del arresto por vagabundear escrito por el oficial investigador (OI):