El eco negro

El eco negro


Segunda parte. Lunes, 21 de mayo

Página 9 de 27

El OI entrevistó a Donald Smiley, encargado de la presa de Mulholland, quien declaró que a las 7.00 horas del día señalado entró a limpiar la tubería situada junto al camino de acceso al lago. Smiley encontró al chico durmiendo sobre un lecho de papel de periódico. Cuando lo despertó, el chico estaba sucio y daba muestras de incoherencia, por lo que dedujo que se hallaba bajo los efectos de un narcótico. A continuación Smiley llamó a la policía y el OI acudió a la presa. El sujeto le explicó al OI que estaba durmiendo allí porque su madre no lo quería en casa. El OI descubrió que el chico se había fugado en anteriores ocasiones y lo arrestó por vagabundear.

Tiburón era un animal de costumbres, pensó Bosch. Lo habían detenido en la presa hacía tres meses, pero había vuelto a dormir allí el domingo por la noche. Bosch revisó el resto de papeles del expediente en busca de otras costumbres que pudieran ayudarle a encontrarlo. En una ficha de siete por doce leyó que en el mes de enero Tiburón había sido parado e interrogado, pero no detenido en Santa Monica Boulevard, cerca de West Hollywood. Tiburón se estaba abrochando unas Reebok nuevas cuando un agente, creyendo que quizá las había robado, le pidió el recibo, que el chico sacó de un estuche de piel.

Eso habría sido todo si el agente no se hubiera fijado en que dentro del estuche había una bolsita de plástico que resultó contener diez fotografías de Tiburón. En todas ellas aparecía desnudo y en diferentes poses; en algunas se estaba tocando y en otras mostraba una erección. El agente las destruyó, pero apuntó en la ficha que pensaba advertir a la oficina del sheriff de West Hollywood de que Tiburón estaba vendiendo fotos a homosexuales en Santa Monica Boulevard.

No había nada más. Bosch cerró la carpeta y se quedó la foto de Tiburón. Después de darle las gracias a Thelia King, se levantó y salió de la minúscula oficina. Al caminar por el pasillo trasero de la comisaría, pasó por delante de los bancos de detención y entonces recordó el rostro de la fotografía. Ahora llevaba el pelo más largo y su mirada era más desafiante que dolida, pero a Bosch no le cupo duda de que el chico que había visto esposado al banco aquella mañana era Tiburón. Todavía no habrían pasado los datos del arresto al ordenador. Bosch entró en el despacho del comandante de guardia, le pidió la hoja de detenciones que buscaba y lo siguió hasta una caja marcada con la etiqueta «Turno de noche». Entre la pila de informes, Bosch encontró los papeles correspondientes a Edward Niese.

Según la hoja, a Tiburón lo habían detenido a las cuatro de la mañana cuando merodeaba por un quiosco de Vine Street. Un oficial de patrulla creyó que estaba haciendo la calle y lo paró. Al comprobar sus datos en el ordenador, vio que se había fugado de casa. El chico fue retenido hasta las nueve, hora en que vino a recogerlo el oficial encargado de su custodia. Bosch llamó al oficial del reformatorio de Salymar, pero descubrió que Tiburón ya había comparecido ante un tribunal de menores y había sido entregado a su madre.

—Y ése es su problema —comentó el oficial—. Esta noche se escapará otra vez y volverá a la calle, se lo garantizo. Yo ya se lo dije al juez, pero no, él no iba a encerrar al chico sólo por estar en la calle y porque su madre sea una puta telefónica.

—¿Una qué? —preguntó Bosch.

—¿No está en su ficha? Pues sí, mientras Tiburón está en la calle, su querida mamá se pasa el día al teléfono contándole a alguien que se le va a mear en la boca y le va a poner una goma en la polla. Se anuncia en revistas porno y cobra cuarenta dólares por quince minutos. Los clientes pagan con Mastercard o Visa y ella los hace esperar mientras comprueba por otra línea que la tarjeta es válida. Llevará haciéndolo unos cinco años, o sea que Edward ha pasado su adolescencia escuchando esa mierda. No es de extrañar que el chico se fugue de casa y se meta en líos, ¿no?

—¿Cuánto rato hace que se marcharon?

—Serían las doce. Si quieres encontrarlo en casa más vale que vayas ahora. ¿Tienes la dirección?

—Sí.

—Ah, y Bosch; no te esperes a la típica puta. La tía no se parece en nada al papel que interpreta por teléfono, ya me entiendes. Puede que su voz sea sexy pero tiene una pinta que tiraría a un ciego de espaldas.

Bosch le agradeció la advertencia y colgó. Entró en la carretera 101 en dirección al valle de San Fernando, luego tomó la 405 hacia el norte hasta la 118 y desde allí se dirigió al oeste. Al llegar a Chatsworth salió de la carretera principal y condujo por entre las montañas que se alzaban al norte del valle. Finalmente divisó unos edificios de apartamentos situados en un rancho que antiguamente había sido usado en el rodaje de películas. Por lo visto el rancho también había sido uno de los escondites preferidos de Charles Manson y sus secuaces, y según se contaba, los restos del cadáver de uno de ellos seguían enterrados allí mismo. Cuando llegó Bosch, empezaba a caer la noche y la gente regresaba a casa del trabajo. Después de esperar en el denso tráfico que discurría por aquellas estrechas carreteras, después de muchas puertas cerradas y repetidas llamadas a casa de la madre de Tiburón, Bosch descubrió que llegaba demasiado tarde.

—No tengo tiempo para hablar con más polis —le dijo Verónica Niese cuando finalmente abrió la puerta y vio la placa de Bosch—. En cuanto entramos en casa él sale a escape. Yo no sé dónde va, dígamelo usted; es su trabajo. Yo tengo que irme. Tengo tres llamadas esperándome y una es conferencia.

Verónica Niese rondaba los cincuenta y estaba gorda y arrugada. Resultaba evidente que llevaba peluca y la dilatación de sus pupilas no era normal; Bosch reconoció en seguida el olor a calcetín sucio de los adictos al speed. Valía más que sus clientes se quedaran con sus fantasías, con una voz sobre la que construir cuerpo y cara.

—Señora Niese, no estoy buscando a su hijo por algo que ha hecho, sino para hablar con él sobre algo que vio. Podría estar en peligro.

—Y una mierda. Esa frasecita ya me la conozco.

Dicho esto, Verónica Niese le cerró la puerta en las narices. Bosch se quedó allí parado y al cabo de un momento la oyó hablar por teléfono. Le pareció que adoptaba un acento francés, aunque no estaba seguro, pero las pocas frases que pudo distinguir le hicieron ruborizarse. Bosch pensó en Tiburón y comprendió que no era un fugitivo, porque no tenía nada ni nadie de que huir.

Cuando Bosch volvió a su coche, decidió dar la jornada por concluida. Además, se le había acabado el tiempo; Lewis y Clarke ya habrían hecho todo el papeleo necesario para que al día siguiente lo asignaran a una mesa del Departamento de Asuntos Internos. Bosch regresó a la comisaría para fichar. Todo el mundo se había ido y no había ningún mensaje en su mesa, ni siquiera de su abogado. De camino a casa se detuvo en Lucky y compró cuatro botellas de cerveza: dos mexicanas, una Old Nick inglesa y una Henry.

Al llegar a casa esperaba encontrar un mensaje de Lewis y Clarke en el contestador. Y así fue, pero el contenido no era el que imaginaba.

—Sé que estás ahí, así que escucha —dijo una voz que Bosch reconoció inmediatamente como la de Clarke—. Ellos pueden cambiar de opinión, pero nosotros no. Volveremos a vernos.

No había más mensajes. Bosch escuchó el de Clarke tres veces. Algo les había salido mal; les habían parado los pies. ¿Habría surtido efecto su burda amenaza de avisar a los medios de comunicación? Lo dudaba muchísimo. Entonces, ¿qué había ocurrido? Se sentó en su butaca de vigilancia y comenzó a beberse las cervezas, empezando por las mexicanas, mientras hojeaba el álbum de fotos que había olvidado guardar. Al abrirlo el domingo por la noche, las fotos habían despertado recuerdos desagradables, pero ahora se sintió atraído por ellas. El tiempo se había llevado su amenaza junto con su nitidez.

Ya había anochecido cuando sonó el teléfono, que Bosch cogió antes de que saltara el contestador.

—Bueno —dijo el teniente Harvey Pounds—, parece que ahora el FBI cree que han sido demasiado duros contigo. Han reconsiderado su postura y quieren que vuelvas al caso para ayudarles en todo lo que necesiten. Son órdenes directas de la central.

La voz de Pounds revelaba asombro ante el cambio de actitud del FBI.

—¿Y Asuntos Internos? —preguntó Bosch.

—No han presentado ninguna denuncia. Ya te he dicho que el FBI se ha echado atrás, así que Asuntos Internos también. De momento.

—O sea, que vuelvo al caso.

—Sí, aunque en contra de mi voluntad. Para que lo sepas, han tenido que saltar por encima de mí porque yo les mandé a todos a tomar por culo. Hay algo que apesta en todo esto, pero supongo que tendré que esperar a averiguarlo. Hasta nueva orden trabajarás con ellos en este caso.

—¿Y Edgar?

—No te preocupes por él; ya no es asunto tuyo.

—Siempre hablas como si me hubieras hecho un gran favor al ponerme en la mesa de Homicidios cuando me echaron del Parker Center, pero entérate de que el favor te lo hice yo a ti, así que si esperas una disculpa mía lo tienes claro.

—Yo no espero nada de ti, Bosch. Tú mismo te has hundido; lo único que me preocupa es que me arrastres contigo. Si de mí dependiera, te pondría a repasar las listas de objetos empeñados.

—Pero no depende de ti, ¿verdad?

Bosch colgó antes de que Pounds pudiera responderle.

Se quedó un rato meditando, y aún tenía la mano sobre el aparato cuando éste volvió a sonar.

—¿Qué pasa?

—Vaya, qué mal humor… —comentó Eleanor Wish.

—Pensaba que eras otra persona.

—Bueno, supongo que ya te has enterado.

—Pues sí.

—Ahora trabajarás conmigo.

—¿Por qué habéis parado la ejecución?

—Porque queríamos mantener alejada a la prensa.

—Tiene que haber algo más.

Ella no dijo nada, pero siguió al aparato. Finalmente a Bosch se le ocurrió algo que añadir.

—¿Qué hago mañana?

—Ven a verme a primera hora y ya decidiremos.

Cuando Bosch colgó estuvo un rato pensando en ella y en que no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Aunque no le hacía ninguna gracia, no podía hacer nada. Finalmente se dirigió a la cocina y sacó la botella de Old Nick de la nevera.

Mientras telefoneaba, Lewis permanecía de espaldas al tráfico, usando su enorme cuerpo para bloquear el ruido.

—Empieza mañana con el FBI…, quiero decir el Buró —explicó Lewis—. ¿Qué quiere que hagamos?

De momento Irving se quedó callado y Lewis se lo imaginó al otro extremo del teléfono con la mandíbula apretada. «Cara de Popeye», pensó Lewis con una sonrisa. En ese momento Clarke se acercó y le susurró:

—¿De qué te ríes? ¿Qué te ha dicho?

—¿Quién era ése? —inquirió Irving.

—Clarke, señor. Sólo quería saber nuestras órdenes.

—¿Ha hablado el teniente Pounds con el sujeto?

—Sí, señor —respondió Lewis, mientras se preguntaba si Irving estaría grabando la llamada—. El teniente dijo que… bueno… el sujeto va a trabajar con el FB… el Buró. Van a unificar la investigación del banco y la del asesinato. Bosch trabajará con la agente especial Eleanor Wish.

—¿Qué estará tramando ese cabrón? —preguntó Irving, sin esperar respuesta alguna. Hubo un largo silencio; Lewis sabía perfectamente que era mejor no interrumpir los pensamientos de su jefe. Cuando vio que Clarke volvía a acercarse le hizo un gesto con la mano para que se fuera y sacudió la cabeza como si estuviera tratando con un niño caprichoso.

Llamaba desde un teléfono público sin puertas situado al final de Woodrow Wilson Drive, al lado del cruce de Barham Boulevard y la autopista de Hollywood. Lewis oyó el estruendo de un camión que pasaba y notó la correspondiente ráfaga de aire cálido. Cuando alzó la vista hacia las luces de la colina, intentó distinguir cuál procedía de la casa colgante donde vivía Bosch. Era imposible saberlo; la colina parecía un gigantesco árbol de Navidad repleto de lucecitas.

—Debe de tener algún tipo de influencia sobre ellos —decidió finalmente Irving—. Se habrá metido a la fuerza. Las órdenes son proseguir con la vigilancia. Sin que él lo sepa, claro. Está tramando algo y quiero que averigüen de qué se trata. Mientras tanto vayan recogiendo datos para el 1/81. Puede que el Buró Federal de Investigación haya retirado su denuncia, pero nosotros no nos rendiremos.

—¿Y qué pasa con Pounds? ¿Quiere que sigamos informándole?

—Querrá decir el teniente Pounds, detective Lewis. Sí, envíenle cada día una copia de su informe. Con eso será suficiente.

Irving colgó sin decir otra palabra.

—Desde luego, señor —añadió Lewis de todos modos. No quería que Clarke supiera que el subdirector le había colgado—. Seguiremos con el caso. Gracias, señor. Buenas noches.

Entonces Lewis colgó también, secretamente avergonzado de que su jefe no hubiera considerado necesario despedirse de él.

Clarke se acercó rápidamente.

—¿Qué?

—Que mañana continuamos con Bosch. Tráete el orinal.

—¿Y ya está? ¿Sólo tenemos que vigilarlo?

—De momento sí.

—Mierda, y yo que quería registrar la casa de ese cerdo… romperle algo. Seguramente tiene todo el botín allá arriba.

—Si estuviera implicado, dudo que fuera tan idiota. De momento tenemos que esperar. Si no está limpio, ya veremos.

—Seguro que no está limpio.

—Ya veremos.

Tiburón estaba sentado en la tapia de un aparcamiento de Santa Monica Boulevard, observando con atención la fachada iluminada de un 7-Eleven al otro lado de la calle. Se fijaba en quién entraba y salía. Hasta entonces casi todo eran turistas y parejas; todavía no había entrado ningún soltero, nadie adecuado. El chico a quien llamaban Pirómano se acercó lentamente.

—Esto no funciona, tío —opinó.

Pirómano llevaba el pelo teñido de rojo y de punta, tejanos negros y una camiseta negra bastante sucia. En ese momento estaba fumándose un Salem y no iba colocado, pero tenía hambre. Tiburón lo miró a él y luego al tercer chico, Mojo, que estaba sentado en el suelo, cerca de las motos. Mojo era más achaparrado; llevaba el pelo engominado recogido en una coleta y tenía la piel marcada por el acné, lo cual le daba un aire de tristeza permanente.

—Esperemos un par de minutos más —dijo Tiburón.

—Yo quiero papear, tío —replicó Pirómano.

—¿Y crees que yo no? Todos tenemos hambre.

—¿Y si vamos a ver a Bettijane? —sugirió Mojo—. Seguro que ella habrá sacado suficiente para todos.

Tiburón lo miró y le dijo:

—Id vosotros si queréis. Yo me quedo aquí hasta que ligue. No pienso irme sin comer.

Mientras decía esto, Tiburón vio que un Jaguar XJ6 de color burdeos se detenía delante de la tienda.

—¿Y el fiambre de la tubería? —preguntó Pirómano—. ¿Crees que lo habrán encontrado? Podríamos subir a ver si tiene pasta. Todavía no entiendo por qué no tuviste huevos de hacerlo ayer noche, tío.

—Pues sube tú sólo —contestó Tiburón—. Entonces ya veremos quién tiene huevos.

Tiburón no les había contado que había llamado a Emergencias para denunciar lo del cadáver. Aquello sería más difícil de perdonar que su miedo a entrar en la tubería.

Un hombre bajó del Jaguar; tendría cerca de cuarenta años y llevaba el pelo corto, pantalones blancos de pinzas, una camisa y un jersey anudado sobre los hombros.

Tiburón no vio a nadie esperando en el coche.

—¡Eh, un Jaguar! —exclamó. Los otros dos se volvieron hacia la tienda—. Allá voy.

—Nosotros estaremos aquí.

Tiburón bajó de la tapia de un salto y cruzó la calle a paso ligero. A través del escaparate de la tienda observó al propietario del Jaguar, que hojeaba unas revistas con un helado en la mano. A juzgar por las miradas que echaba a los otros hombres de la tienda, el tío entendía. Al ver que se dirigía al mostrador para pagar el helado, Tiburón se animó y se agachó delante de la tienda, a un metro del Jaguar.

Cuando el hombre salió, Tiburón esperó a que sus miradas se cruzaran y el hombre le sonriera.

—Oiga, señor —le dijo mientras se levantaba—. ¿Le importaría hacerme un favor?

El hombre miró a su alrededor antes de responder.

—No, claro. ¿Qué quieres?

—¿Podría entrar y pedirme una cerveza? Yo le doy el dinero; sólo quiero una. Para relajarme un poco.

El hombre vaciló.

—No sé… Es ilegal. Tú no tienes veintiún años y yo podría meterme en un lío.

—Bueno… —contestó el muchacho con una sonrisa—. Y en su casa, ¿tiene cerveza? Así no tendría que comprarla; que yo sepa no es delito dársela a alguien.

—Em…

—No me quedaré mucho rato, aunque si quiere podríamos relajarnos un poco.

El hombre lanzó otra mirada a su alrededor y comprobó que no había nadie observando. Tiburón supo que lo tenía en el bote.

—De acuerdo —contestó—. Si quieres luego te traigo aquí.

—Guay —dijo el chico.

Se dirigieron hacia el este por Santa Monica Boulevard y torcieron por Flores Street hasta llegar a un bloque de apartamentos de lujo. Tiburón no se dio la vuelta ni miró por el retrovisor porque sabía que sus colegas lo seguían. Delante del edificio había una verja de seguridad que el hombre abrió y cerró con su llave. Una vez en su casa, el hombre dijo:

—Me llamo Jack. ¿Qué quieres tomar?

—Yo Phil. ¿Tienes algo de comer? Tengo un poco de hambre. —Tiburón miró a su alrededor en busca del interfono y el botón para abrir la verja. El apartamento estaba decorado con muebles de tonos claros y una suave moqueta cruda—. Qué casa tan bonita.

—Gracias. Voy a ver qué tengo. Si quieres, puedo lavarte la ropa mientras estés aquí. No hago esto muy a menudo, pero cuando puedo, siempre intento ayudar.

Tiburón lo siguió hasta la cocina. En la pared, junto al teléfono, estaba el interfono. En cuanto Jack abrió la nevera y se agachó para ver qué había, Tiburón apretó el botón que abría la verja de fuera; Jack no se dio cuenta.

—Tengo atún. Puedo hacerte una ensalada… ¿Cuánto tiempo llevas en la calle?… No voy a llamarte Phil. Si no quieres decirme tu verdadero nombre no pasa nada.

—¿Ensalada? Chachi. No mucho tiempo.

—¿Estás sano?

—Sí, claro.

—Tomaremos precauciones.

Había llegado el momento. Tiburón retrocedió en dirección al pasillo. Cuando Jack alzó la vista de la nevera con un bol de plástico en la mano y la boca semiabierta, a Tiburón le pareció que lo miraba como si presintiera algo; como si supiera lo que iba a ocurrir. Tiburón corrió el pestillo, abrió la puerta y dejó pasar a Pirómano y a Mojo.

—¡Eh! ¿Qué es esto? —exclamó Jack, con voz temblorosa. Se abalanzó hacia el pasillo y Pirómano, el más corpulento de los tres, le pegó un puñetazo en la nariz. Se oyó un ruido como el de un lápiz al romperse, el bol de plástico cayó al suelo, y la moqueta cruda se tiñó de rojo.

Ir a la siguiente página

Report Page