El eco negro

El eco negro


Tercera parte. Martes, 22 de mayo

Página 10 de 27

Tercera parte

Martes, 22 de mayo

Eleanor Wish llamó de nuevo el martes por la mañana, mientras Harry Bosch intentaba anudarse la corbata frente al espejo del lavabo. Wish propuso quedar en un café de Westwood Boulevard antes de llevarlo al FBI. Bosch aceptó, a pesar de que ya se había tomado dos tazas de café. Colgó el teléfono, se abrochó el cuello de su camisa blanca y se ajustó la corbata. Hacía mucho tiempo que no prestaba tanta atención a su aspecto.

Cuando Bosch llegó al café, Wish estaba sentada en una de las mesas junto a la ventana con un vaso de agua entre las manos; parecía de buen humor. A un lado había un plato con el papel de una magdalena. Cuando Bosch se sentó, ella le dedicó una sonrisa fugaz y alzó la mano para llamar a la camarera.

—Sólo café —dijo Bosch.

—¿Ya has desayunado? —preguntó Wish cuando la camarera se alejó.

—No, pero no tengo hambre.

—Ya veo que no comes mucho.

Lo dijo más como una madre que como un detective.

—Bueno, ¿quién me va a explicar el caso? ¿Tú o Rourke?

—Yo.

La camarera le trajo a Bosch su café. Mientras tomaba un sorbito, Bosch oyó que en la mesa de al lado cuatro vendedores discutían sobre la cuenta.

—Quiero que el FBI me ponga por escrito su solicitud de ayuda y la firme el agente especial al mando de la oficina de Los Ángeles.

Wish dudó un instante, dejó su vaso sobre la mesa y lo miró por primera vez a los ojos. Los de ella eran tan oscuros que no revelaban ningún secreto. Bosch advirtió que en el rabillo asomaban unas leves arrugas sobre la piel bronceada y que en la barbilla tenía una pequeña cicatriz blanca en forma de luna menguante, muy antigua y apenas visible. Se preguntó si la cicatriz y las patas de gallo le preocuparían. A él le pareció que su rostro ocultaba una cierta tristeza, un misterio que pugnaba por salir a la superficie. «Quizá sea cansancio», pensó. No obstante, la agente Wish era una mujer atractiva; Bosch calculó que tendría unos treinta y pocos años.

—Creo que no habrá problema —contestó ella—. ¿Tienes alguna exigencia más antes de empezar a trabajar?

Él sonrió y negó con la cabeza.

—Bueno, ayer leí tu informe del asesinato y la verdad es que, teniendo en cuenta los pocos datos con que contabas y que lo hiciste en un solo día, me pareció muy bueno. La mayoría de detectives todavía estarían esperando la autopsia y pensando que fue una sobredosis accidental.

Bosch no dijo nada.

—¿Por dónde empezamos hoy? —inquirió ella.

—Hay varias cosas que todavía no figuran en el informe. ¿Por qué no me hablas antes del robo? Necesito saber lo que pasó; lo único que tengo es lo que el FBI dio a los periódicos y lo de los boletines. Si tú me pones al día, yo continuaré la historia a partir de Meadows.

La camarera vino y volvió a llenar la taza de café y el vaso de agua. A continuación Eleanor Wish le contó la historia del golpe al banco. A Bosch se le iban ocurriendo preguntas, pero intentó recordarlas para hacérselas más tarde. La agente parecía maravillada con la historia, el plan y la ejecución de todo el asunto. Los ladrones, quienesquiera que fueran, gozaban de su respeto. Bosch casi se sintió celoso.

—Bajo las calles de Los Ángeles —explicó ella—, hay más de seiscientos kilómetros de alcantarillas suficientemente amplias para que pase un coche, además de dos mil kilómetros por donde se puede caminar, o al menos pasar a gatas. Eso significa que cualquiera puede meterse y acercarse a cualquier edificio de la ciudad si sabe el camino. Averiguarlo no es difícil; los planos de toda la red están a disposición del público en los archivos del condado. Total, que los ladrones emplearon el sistema de alcantarillado para llegar al WestLand National.

Bosch ya se lo había imaginado, pero no dijo nada. Por lo visto el FBI creía que había cuatro hombres implicados: tres bajo tierra y uno en la superficie, vigilando y coordinando la operación. El de arriba probablemente se comunicaba con ellos por radio, excepto al final, para evitar que las ondas detonasen los explosivos. Los hombres de abajo se abrieron paso por las alcantarillas en motos todoterreno de la marca Honda. Había una entrada en la cuenca del río Los Ángeles, al noreste del centro por la que pasaría un camión. Los ladrones entraron por allí, seguramente al amparo de la oscuridad. Siguiendo los mapas del archivo recorrieron unos tres kilómetros por la red de túneles hasta llegar a un punto a unos diez metros de profundidad bajo Wilshire Boulevard, a ciento cincuenta metros de distancia del WestLand National.

Emplearon un taladro industrial y una broca redonda de sesenta centímetros de diámetro, probablemente con punta de diamante. El taladro funcionaba gracias a un generador conectado a una de las motos y lo usaron para abrir un boquete en la pared de cemento de la alcantarilla, que tenía un grosor de unos quince centímetros. Una vez hecho esto, los hombres empezaron a cavar.

—El asalto a la cámara acorazada ocurrió durante el puente del día del trabajo —prosiguió Wish—. Creemos que empezaron el túnel unas tres o cuatro semanas antes. Sólo trabajaban por la noche; entraban, cavaban y terminaban al amanecer. Durante el día, empleados del Departamento de Aguas y Electricidad examinan las alcantarillas en busca de grietas y otros problemas, así que suponemos que los atracadores no quisieron arriesgarse.

—¿Y el agujero que hicieron en la pared? ¿No lo vio nadie? —intervino Bosch, que inmediatamente se arrepintió de hacer una pregunta antes de que ella hubiera terminado.

—No —respondió ella—. Los tíos pensaron en todo. Después del robo encontramos una tabla redonda de conglomerado de sesenta centímetros de diámetro recubierta de cemento. Creemos que, cuando se marchaban cada mañana, los ladrones tapaban el agujero con la tabla y la enmasillaban un poco. Por fuera parecía un antiguo conducto de la alcantarilla al que habían puesto un parche. Es bastante común ahí abajo; yo he estado y se ven muchos. Sesenta centímetros es un tamaño estándar, así que no habría llamado la atención. Cuando volvían a la noche siguiente, sólo tenían que sacar la tapa y seguir cavando.

Wish explicó que la galería había sido excavada con herramientas de mano: picos, palas y taladros enchufados al generador de uno de los vehículos. Al parecer los ladrones, además de linternas, usaron velas, porque el FBI encontró algunas que seguían encendidas en unas pequeñas incisiones hechas en la pared del túnel.

—¿Te recuerda algo? —preguntó Wish.

Bosch asintió.

—Calculamos que avanzaban de tres a seis metros por noche —continuó ella—. En el túnel también hallamos dos carretillas que los ladrones habían cortado por la mitad y desmontado para que pasaran por el orificio de sesenta centímetros. Luego las engancharon de nuevo para usarlas durante la excavación. Uno o dos de ellos debían de estar encargados de sacar las carretillas llenas de tierra y vaciarlas en la alcantarilla principal, en la que fluía suficiente agua para arrastrar la tierra hasta el cauce del río. Creemos que algunas noches su compinche en la superficie abría las bocas de incendios en Hill Street para que corriera más agua allá abajo.

—O sea que ellos tenían agua a pesar de la sequía.

—Pues sí.

Cuando los ladrones finalmente llegaron debajo del banco, se sirvieron de su electricidad. Wish recordó a Bosch que, como el centro está muerto los fines de semana, los bancos cierran el sábado. Ese viernes, después de horas de oficina, consiguieron desactivar la alarma. Uno de ellos debía de ser un experto en alarmas. Meadows no, porque lo suyo eran los explosivos.

—Lo más curioso es que al final no les habría hecho falta un experto en alarmas —continuó ella—. Te explico: el sensor de la cámara acorazada llevaba toda la semana sonando, porque los tipos, con sus palas y taladros, habían disparado las alarmas. La policía y el director de la sucursal tuvieron que ir al banco cuatro noches seguidas; un día, tres veces en una noche. Como no encontraban nada raro, empezaron a pensar que se trataba de un defecto del sistema, que el detector de sonido y movimiento se habría estropeado. El director llamó a los fabricantes de la alarma y ellos le dijeron que no podían enviar a nadie hasta después del puente. Entonces el director…

—Desconectó la alarma —terminó Bosch.

—Sí señor. Decidió que no iba a pasarse el fin de semana yendo y viniendo al banco. Había planeado marcharse a su chalé de Palm Springs y jugar al golf, así que el tío desconectó la alarma. Ni que decir tiene, que ya no trabaja en el WestLand National.

»Nuestros hombres emplearon un taladro atornillado al suelo de la cámara acorazada para abrir un agujero de cinco centímetros de diámetro que perforase el metro y medio de cemento armado. Los peritos del FBI estiman que la operación debió de durar un mínimo de cinco horas. Los ladrones lograron que no se recalentara la broca manteniéndola fresca con el agua de una cañería subterránea: agua del banco.

»En cuanto tuvieron el agujero, lo rellenaron con C-4 —siguió la agente—. Pusieron una mecha larga hasta la alcantarilla principal, desde donde lo hicieron explotar.

Wish comentó que el registro de llamadas de urgencia del Departamento de Policía de Los Ángeles mostraba que a las 9.14 horas del sábado saltaron las alarmas de un banco frente al WestLand National y de una joyería a una manzana de distancia.

—Creemos que se trata de la hora de la detonación —dijo Wish—. La policía envió una patrulla; los agentes miraron y no vieron nada, decidieron que las alarmas se habían disparado por culpa de un temblor de tierra y se marcharon. A nadie se le ocurrió comprobar el WestLand National porque su alarma ni siquiera había sonado y nadie sabía que estaba desconectada.

Una vez en el interior de la cámara, los atracadores ya no salieron hasta el final. Trabajaron durante todo el fin de semana, descerrajando las cajas fuertes, sacándolas y vaciándolas.

—Dentro encontramos latas de comida vacías, bolsas de patatas fritas, paquetes de alimentos liofilizados; es decir, lo necesario para sobrevivir unos cuantos días —explicó Wish—. Todo apunta a que pasaron las noches allí, seguramente turnándose para dormir. En el túnel había una parte más ancha, como un pequeño cuarto. Lo debieron de usar como dormitorio porque encontramos las huellas de un saco de dormir en el suelo de tierra, así como las de varias culatas de M-16. Llevaban armas automáticas, lo cual indica que no planeaban rendirse si las cosas se torcían.

Wish dejó que Bosch digiriera la información antes de reanudar su relato.

—Calculamos que estuvieron en la cámara unas sesenta horas como mínimo, durante las cuales desvalijaron cuatrocientas sesenta y cuatro cajas de un total de setecientas cincuenta. Suponiendo que efectivamente fueran tres, tocaban a unas ciento cincuenta y cinco por cabeza. Si restamos quince horas para descansar y comer durante los tres días que pasaron allí, tenemos que cada hombre desvalijó unas tres o cuatro cajas por hora.

La agente Wish opinaba que se habían marcado una hora límite para salir; quizá las tres de la madrugada del martes. Si salieron a esa hora, tuvieron tiempo de sobra para recoger sus cosas e irse. Agarraron el botín y las herramientas y se marcharon. El director del banco, con su flamante bronceado de Palm Springs, descubrió el golpe cuando abrió la cámara acorazada el martes por la mañana.

—En resumidas cuentas, eso es todo —dijo ella—. Es lo mejor que he visto u oído desde que me dedico a esto. Cometieron tan pocos errores que, aunque hemos descubierto muchas cosas sobre cómo lo hicieron, no sabemos casi nada de quién lo hizo. Meadows fue lo más cerca que llegamos y ahora está muerto. La foto que me enseñaste ayer, la del brazalete… Tenías razón, es la primera cosa que ha salido a la luz.

—Y ahora ha desaparecido.

Bosch esperó a que ella dijera algo, pero no lo hizo.

—¿Cómo escogieron las cajas que desvalijaron?

—Creemos que al azar. Ya te enseñaré un vídeo que tengo en la oficina, pero parece que hubieran dicho: «Tú dedícate a esa pared, que yo me encargo de ésta». Dejaron intactas algunas cajas al lado de las que descerrajaron. No sé por qué, aunque no parecía algo premeditado. De todos modos el noventa por ciento de las cajas que abrieron contenían objetos de valor imposibles de localizar. Escogieron bien.

—¿Por qué dedujisteis que eran tres?

—Calculamos que tendría que haber al menos tres personas para forzar tantas cajas. Además, había tres motos todoterreno.

Ella sonrió y él hizo la pregunta que esperaba.

—Está bien, cuéntame cómo descubristeis lo de las motos.

—Encontramos huellas de neumáticos en el suelo de la alcantarilla y pintura de color azul en una de las paredes. Uno de ellos debió de patinar en el barro y rozar la pared. Nuestro laboratorio en Quantico analizó la pintura y logramos identificar el modelo y la marca. Investigamos todos los concesionarios Honda del sur de California hasta que encontramos una compra de tres motos todoterreno azules en el concesionario de Tustin, cuatro semanas antes del día del trabajo. El tío había pagado en metálico y se las había llevado en un camión; la dirección y el nombre eran falsos.

—¿Cuál era el nombre?

—Frederic B. Isley. Luego nos volvió a salir y, si te fijas, las siglas coinciden con las del FBI. Le enseñamos al vendedor unas fotos que incluían la de Meadows, la tuya y la de otra gente, pero no identificó a nadie.

Ella se limpió la boca con una servilleta, que depositó sobre la mesa. Bosch se fijó en que no había dejado mancha de pintalabios.

—Bueno —dijo ella—. Ya no puedo beber más agua. Vayamos al despacho y repasemos lo que cada uno ha encontrado sobre Meadows. Rourke cree que es la mejor línea de acción. Ya hemos agotado todas las pistas relacionadas con el robo al banco; llevamos un tiempo dándonos de cabeza contra las paredes. Quizá Meadows nos proporcione la clave que necesitamos.

Wish pagó la cuenta y Bosch puso la propina.

Bosch y Wish fueron al edificio federal en sus respectivos coches. Mientras conducía, Bosch no pensaba en el caso, sino en ella. Quería preguntarle cómo se había hecho esa pequeña cicatriz y no cómo había relacionado a los ladrones con las ratas del Vietnam. Quería saber qué ocultaba esa mirada tan dulce y triste. Bosch la siguió hasta Wilshire Boulevard, pasando por una zona de apartamentos para estudiantes junto a la Universidad de California. Finalmente ambos se encontraron en el ascensor del aparcamiento del FBI.

—Creo que será mejor si tratas sólo conmigo —dijo ella mientras subían—. Rourke…, bueno, tú y Rourke no habéis empezado con buen pie y…

—No hemos empezado y punto —aclaró Bosch.

—Bueno, si lo conocieras verías que es un buen hombre. Hizo lo que creyó justo en ese momento.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el decimoséptimo piso, allí estaba Rourke.

—Ah, por fin os encuentro —dijo, tendiéndole la mano a Bosch, quien le dio la suya sin mucha convicción. Después de presentarse, Rourke añadió—: Bajaba a tomarme un café y un bocadillo. ¿Os venís?

—Es que… acabamos de tomarnos uno —se excusó Wish—. Te esperamos aquí arriba.

Bosch y Wish salieron del ascensor para dejar paso a Rourke. El agente especial asintió con la cabeza y la puerta se cerró tras él. Bosch y Wish se dirigieron hacia la oficina.

—La verdad es que no sois tan distintos. Él también estuvo en la guerra —le dijo ella—. Dale una oportunidad. Será difícil trabajar si no pones un poco de tu parte.

Bosch no dijo nada y ambos caminaron por el pasillo hasta llegar a la oficina del Grupo 3, donde Wish le señaló la mesa de detrás de la suya. Le explicó que estaba vacía porque su ocupante había sido trasladado al Grupo 2, la brigada antipornográfica. Bosch puso su maletín sobre la mesa, se sentó y miró a su alrededor. La oficina estaba mucho más llena que el día anterior; había media docena de agentes sentados en sus mesas y tres más de pie, al fondo de la sala, alrededor de un archivador en el que descansaba una caja de donuts. Bosch reparó en un televisor y un vídeo que no estaban allí en su anterior visita.

—Antes has mencionado una cinta de vídeo —le dijo a Wish.

—Sí. Lo preparo y te lo miras mientras yo contesto un par de llamadas.

Wish sacó un vídeo del cajón de su mesa y los dos caminaron hacia al fondo de la sala. Los tres agentes se retiraron en silencio con sus donuts, sorprendidos por la presencia de un intruso. Ella preparó la cinta y lo dejó solo.

El vídeo, rodado por un aficionado con una cámara manual, hacía un recorrido del camino seguido por los ladrones. Empezaba en lo que parecía la alcantarilla: un túnel cuadrado que se perdía en la oscuridad, allá donde no llegaba la luz estroboscópica. Tal como había dicho Wish, la alcantarilla era lo suficientemente grande para que pasara un camión y por ella discurría un reguero de agua. El moho y las algas cubrían el suelo de cemento y la parte inferior de las paredes, y Bosch casi podía oler la humedad. La cámara enfocó el fondo verde grisáceo y las marcas de neumático sobre el lodo. La siguiente escena mostraba la boca del túnel excavado por los ladrones, un agujero bien definido en la pared de la cloaca. En la pantalla aparecieron un par de manos que retiraban el círculo de conglomerado que servía para cubrir el orificio durante el día. Las manos se fueron alejando y entonces apareció una cabeza; la de Rourke. Rourke, que llevaba un mono oscuro con las letras blancas del FBI en la espalda, colocó la tabla sobre el agujero; encajaba a la perfección.

En ese momento el vídeo saltaba al interior del túnel. A Bosch le resultó angustioso porque le trajo recuerdos de las galerías excavadas a mano en Vietnam. El túnel se curvaba a la derecha bajo la luz algo surrealista de las velas que habían clavado en la pared cada seis metros. Al cabo de unos veinte metros, el pasadizo giraba bruscamente a la izquierda y continuaba en línea recta durante unos treinta metros, en los que todavía había velas encendidas. Finalmente, la cámara llegaba a un punto sin salida lleno de escombros: cemento, barras retorcidas y armazones de acero. La siguiente escena era un primer plano del boquete que perforaron en el techo del conducto subterráneo, por el que se veía la cámara acorazada. Rourke, todavía con su mono del FBI, miró a la cámara, se pasó un dedo por el cuello y entonces hubo otro corte. Esta vez se ofrecía un plano general de toda la sala desde dentro. Tal como Bosch había visto en la foto del periódico, cientos de cajas fuertes abiertas y vacías yacían apiladas en el suelo. Mientras dos peritos empolvaban las puertas en busca de huellas dactilares, Eleanor Wish y otro agente examinaban las cajas y tomaban notas en sus libretas. Finalmente la cámara enfocó al suelo, al agujero que daba al túnel, y la pantalla se tornó negra; Bosch rebobinó la cinta y se la devolvió a la agente Wish.

—Interesante —comentó—. He notado algunas semejanzas con los túneles de allí, pero nada me habría hecho relacionar esto con las ratas de Vietnam. ¿Cuál fue la pista que os llevó a Meadows y gente como yo?

—Primero fue el C-4 —dijo ella—. El Departamento de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego (ATF) envió un equipo a que examinara el cemento armado tras la explosión. Ellos encontraron restos de un explosivo, lo analizaron y descubrieron que era C-4. Seguro que lo conoces. Lo usaban en Vietnam, especialmente las ratas de los túneles. Pero ahora existen explosivos mucho mejores, con un área de impacto más comprimida, más sencillos de manipular y detonar. Son menos peligrosos y más fáciles de conseguir; incluso más baratos. Por eso supusimos, bueno, lo supuso el del ATF, que quien lo empleó lo hizo porque estaba acostumbrado a usarlo, se sentía cómodo con él. Así que en seguida pensamos que podría tratarse de un veterano de Vietnam. Otra pista que apuntaba en esa dirección fueron las bombas trampa. Creemos que antes de entrar en la cámara acorazada para desvalijar las cajas, los ladrones plantaron unas cuantas bombas a fin de protegerse por la retaguardia.

»Para asegurarnos de que no había más C-4, enviamos un perro del ATF. El detector que llevaba el animal registró la existencia de explosivos en dos puntos del túnel, en medio y en la entrada. Sin embargo, apenas quedaba nada; los ladrones se lo habían llevado todo consigo. Lo único que encontramos en esos lugares fueron varios agujeritos en el suelo y unos cables rotos, como si hubieran sido cortados con unos alicates.

—Cables trampa —dijo Bosch.

—Exactamente. Dedujimos que habían dispuesto varias trampas contra los posibles intrusos. Si alguien hubiera entrado por detrás para detenerlos, el túnel habría explotado y los habría sepultado bajo Hill Street. Por suerte los ladrones se llevaron los explosivos cuando se fueron; si no, todos podríamos haber saltado por los aires.

—Pero una explosión de esa magnitud los habría matado a ellos también —comentó Bosch.

—Sí. Los tíos iban a por todas; estaban armados hasta los dientes y dispuestos a morir. O todo o nada… —comentó Wish—. Bueno, la verdad es que no empezamos a pensar en algo tan específico como las ratas de los túneles hasta que examinamos las huellas de neumáticos en la alcantarilla. Había huellas por todas partes, aunque no un rastro completo, por lo que tardamos un par de días en llegar desde la boca del túnel a la entrada en el cauce del río. Entonces comprendimos que no era una ruta fácil; aquello es un laberinto y tenías que saberte el camino. Por eso dedujimos que los ladrones no se habrían pasado las noches buscando con un mapa y una linterna.

—¿Qué hicieron? ¿Dejar unas miguitas como Hansel y Gretel?

—Más o menos. Allá abajo las paredes están totalmente cubiertas de pintadas: hay señales del Departamento de Aguas para saber dónde están, para indicar qué tramo lleva adónde, fechas de inspección, etc. Vamos, que están más pintarrajeadas que un barrio latino del este de Los Ángeles. Supusimos que los ladrones habrían marcado el camino y empezamos a buscar señales que se repitieran. Únicamente hallamos una: una especie de símbolo de la paz, pero sin el círculo. Sólo tres trazos rápidos.

Bosch lo conocía porque él mismo lo había usado hacía veinte años. Tres trazos hechos en la pared del túnel con una navaja. Aquél era el símbolo que empleaban los soldados para marcar el camino y volver a encontrar la salida.

—Uno de los agentes de la policía de Los Ángeles que estaban allí aquel día, antes de que nos pasaran el caso a nosotros, dijo que lo había visto en Vietnam. Él no era una rata de los túneles, pero nos habló de ellos y así lo relacionamos. Entonces nos dirigimos al Departamento de Defensa y la Asociación de Veteranos, quienes nos proporcionaron una lista de nombres. Entre ellos estaban Meadows, tú y más gente.

—¿Cuántos más?

Ella le pasó una pila de carpetas.

—Están todos ahí. Si quieres puedes echarles un vistazo.

En ese momento apareció Rourke.

—La agente Wish me ha dicho que ha solicitado usted una carta —dijo Rourke—. No hay ningún problema. Yo ya he escrito algo e intentaré que nuestro superior, el agente especial Whitcomb, me lo firme hoy.

Como Bosch no hizo ningún comentario, Rourke siguió hablando.

—Es posible que ayer nos pasáramos un poco con usted, pero espero haberlo solucionado con su teniente y la gente de Asuntos Internos. —Rourke le ofreció una sonrisa que habría sido la envidia de cualquier político—. Ah, por cierto, quería decirle que admiro su hoja de servicio; la militar. Yo estuve allí bastante tiempo; nunca entré en esos túneles angustiosos, pero me quedé hasta el final. Fue una pena.

—¿Qué fue una pena? ¿Que terminara?

Rourke lo miró fijamente; Bosch observó que el agente iba enrojeciendo a medida que su cejas se juntaban. Rourke tenía la piel muy pálida y una cara tan huesuda que parecía estar constantemente chupando un pirulí. Era unos años mayor que Bosch y más o menos de la misma estatura, aunque más corpulento. Al tradicional uniforme del FBI, chaqueta azul marino y camisa azul clara, Rourke había añadido el toque de color de una corbata roja.

—Mire, detective Bosch, no tengo por qué caerle bien; eso no importa —le respondió Rourke finalmente—. Pero le ruego que trabaje conmigo en este caso porque los dos estamos buscando lo mismo.

Bosch cedió, de momento.

—¿Qué quiere que haga? Dígamelo claramente: ¿me ha cogido para hacer bonito o quiere que trabaje en serio?

—Bosch, dicen que usted es un detective de primera clase. Demuéstrelo: siga con el caso. Como dijo usted ayer, encuentre a quien mató a Meadows y nosotros encontraremos a quien robó el WestLand. Claro que queremos que trabaje en serio. Haga lo que haría normalmente, pero con la agente Wish como compañera.

Dicho esto, Rourke salió de la oficina. Bosch supuso que tendría su propio despacho en el silencioso pasillo. Entonces se volvió hacia Wish, recogió la pila de archivos y anunció:

—Está bien. Vámonos.

Pidieron un coche en el garaje del Buró y Wish se puso al volante mientras Bosch hojeaba los expedientes militares que descansaban sobre su regazo. Aparte del suyo, tan sólo reconoció el nombre de Meadows.

—¿Adónde vamos? —preguntó Wish al enfilar Veteran Avenue en dirección a Wilshire.

—A Hollywood —respondió—. ¿Siempre es así de seco?

Ella giró hacia el este y sonrió de una manera que le hizo preguntarse si ella y Rourke estarían liados.

—¿Rourke? Cuando quiere —contestó ella—. Pero es un buen organizador; dirige la brigada muy bien. Supongo que tiene madera de jefe. Creo que me dijo que en el ejército había estado al mando de una unidad; en Saigón.

Bosch concluyó que no estaban liados. Uno no defiende a su amante diciendo que es un buen organizador. Estaba claro que no había nada entre ellos.

—Pues si le interesa la administración se ha equivocado de trabajo —observó Bosch—. Sube hacia Hollywood Boulevard, a la altura del Teatro Chino.

Tardaron quince minutos en llegar. Bosch abrió la carpeta de encima (la suya) y comenzó a hojear los papeles. Entre los informes de su examen psiquiátrico encontró una foto en blanco y negro, casi como la de una ficha policial. La foto mostraba a un hombre joven, de uniforme, con el rostro limpio de arrugas o experiencias.

—Te quedaba bien el pelo rapado —dijo Wish interrumpiendo sus pensamientos—. Cuando vi la foto, me recordaste a mi hermano.

Bosch la miró sin decir nada. Puso la foto en su sitio y siguió repasando los papeles del archivo, leyendo retazos de información sobre aquel desconocido que resultaba ser él mismo.

—Encontramos a nueve hombres que estuvieron en los túneles de Vietnam y vivían en el sur de California en el momento del golpe —le informó Wish—. Los investigamos a todos, pero Meadows era el único que pasó a la categoría de sospechoso. Era un yonqui con antecedentes; además, había trabajado en túneles incluso después de volver de la guerra. —Tras conducir en silencio unos minutos, Wish añadió—: Lo vigilamos durante todo un mes, después del robo.

—¿Y qué hacía?

—Que nosotros supiéramos, nada. Quizás estuviera traficando un poco, aunque no estamos seguros. Cada tres días bajaba a Venice a comprar papelinas de heroína, pero parecía para consumo personal. Si estaba vendiendo, no vino ningún cliente. Tampoco tuvo otras visitas. Si hubiéramos logrado probar que estaba vendiendo lo habríamos arrestado. Así habríamos tenido algo decente para poder interrogarlo sobre el robo.

Ella permaneció un rato más en silencio.

—No estaba vendiendo —concluyó Wish.

A Bosch le pareció que lo decía más por convencerse a sí misma que por otra cosa.

—Te creo —le dijo Bosch.

—¿Vas a decirme qué buscamos en Hollywood? —inquirió ella.

—Buscamos a un posible testigo. ¿Cómo vivía Meadows durante el mes en que lo vigilasteis? Quiero decir, de qué vivía. ¿De dónde sacaba el dinero para ir a Venice?

—Por lo que sabemos, estaba cobrando el paro y una pensión de invalidez de la Asociación de Veteranos. Eso es todo.

—¿Por qué dejasteis de vigilarlo al cabo de un mes?

—Porque no habíamos descubierto nada y ni siquiera estábamos seguros de que tuviera algo que ver con el robo. No…

—¿Quién tomó la decisión?

—Rourke. No podía…

—El gran organizador.

—Déjame acabar. Rourke no podía justificar el coste de una vigilancia continua si no había resultados. En aquel entonces sólo teníamos un presentimiento, nada más. Tú lo ves muy claro ahora, pero entonces habían transcurrido más de dos meses desde el robo y nada apuntaba hacia Meadows. Al cabo de un tiempo incluso dejamos de creer que hubiera sido él. Pensamos que los ladrones ya estarían en Mónaco o Argentina, no pillando papelinas de heroína barata en Venice Beach y viviendo en un apartamento cutre del valle de San Fernando. En ese momento, Meadows no tenía sentido, así que Rourke canceló la vigilancia y yo estuve de acuerdo. —Wish hizo una pausa—. Está bien; la cagamos. ¿Satisfecho?

Bosch no respondió. Sabía que Rourke había tenido razón en anular la vigilancia y que no hay ningún otro trabajo en el que las cosas se vean tan distintas cuando se miran con perspectiva, así que cambió de tema.

—¿Por qué ese banco y no otro? ¿No os lo planteasteis? ¿Por qué no asaltaron una cámara acorazada más importante o un banco de Beverly Hills? Probablemente allá arriba hay más dinero y, según tú, las alcantarillas llevan a todas partes.

—Sí. La verdad es que no lo sé. Tal vez escogieron un banco del centro porque querían disponer de tres días para abrir cajas y sabían que esos bancos cierran el sábado. Quizá no lo sepamos nunca. —Entonces Wish insistió—: Oye, ¿qué buscamos exactamente en este barrio? En tus informes no había nada sobre un posible testigo. ¿Testigo de qué?

Habían llegado a su destino. La calle estaba salpicada de moteles viejos que ya ofrecían un aspecto deprimente el día que acabaron de construirlos. Bosch señaló uno de ellos, el Blue Chateau, y le pidió a Wish que aparcara delante. Éste era tan deprimente como los demás: un bloque de cemento al estilo de los años cincuenta y pintado de color azul cielo con un friso azul oscuro que se estaba pelando. El edificio tenía dos pisos y de casi todas las ventanas colgaban toallas y ropa. Bosch supuso que sería tan desagradable por dentro como por fuera. En cada habitación vivían hacinados de ocho a diez fugados; el más fuerte se quedaba la cama mientras los demás dormían en el suelo o la bañera. Había varios lugares así cerca del Boulevard; siempre los había habido y siempre los habría.

Mientras contemplaban el motel desde el coche, Bosch le contó a Wish lo de la pintada inacabada que había visto en la tubería y la llamada anónima a Emergencias. Le explicó que la voz seguramente pertenecía al artista: Edward Niese, alias Tiburón.

—Estos chicos, los que se fugan, forman grupitos callejeros —dijo Bosch mientras bajaba del coche—. No son bandas que controlan un territorio, sólo se unen para protegerse y hacer sus negocios. Según la base de datos del CRAC, el grupito de Tiburón lleva un par de meses en el Blue Chateau.

Cuando Bosch cerró la puerta de su coche, se fijó en que otro automóvil aparcaba a media manzana de ellos. Le echó un vistazo rápido pero no reconoció el vehículo. Aunque distinguió dos siluetas en el interior, éstas estaban demasiado lejos para concluir que eran las de Lewis y Clarke.

Bosch caminó por un sendero de losas hasta llegar a la recepción del motel bajo un rótulo de neón roto. Sentado tras una ventanilla, un viejo leía el diario de Santa Anita. No levantó la vista hasta que Bosch y Wish se detuvieron ante la ventanilla.

—¿En qué puedo ayudarles, agentes?

El viejo era un hombre desgastado cuyos ojos habían dejado de ver otra cosa que no fueran las apuestas de caballos. Era capaz de calar a un policía antes de que le mostrara su placa y sabía qué darle para ahorrarse líos.

—Buscamos a un chico al que llaman Tiburón —dijo Bosch—. ¿Qué habitación es?

—La siete, pero creo que no está. Normalmente deja su moto ahí, en el pasillo. Habrá salido.

—Bueno, ¿hay alguien más en la siete?

—Sí, claro. Siempre hay alguien.

—¿Primer piso?

—Sí.

—¿Ventana o puerta de atrás?

—Las dos cosas. La puerta de detrás es corredera. Vayan con cuidado que el vidrio es caro.

El viejo alargó la mano y descolgó de un clavo una llave marcada con el número 7, que deslizó por el agujero de la ventanilla.

El detective Pierce Lewis encontró en su cartera un recibo del cajero automático, que usó como mondadientes. Notaba un sabor en la boca como si todavía le quedase un trozo enorme de la salchicha que había desayunado. Fue rascando entre los dientes con la tarjetita de cartón hasta que estuvieron limpios. A continuación dio un chasquido de insatisfacción con la lengua.

—¿Qué pasa? —preguntó el detective Clarke. Conocía las costumbres de su compañero; cuando se limpiaba los dientes y chasqueaba la lengua era que algo le preocupaba.

—Nada, que creo que nos ha calado —respondió Lewis después de tirar la tarjeta por la ventanilla—. Esa miradita que nos ha echado al salir del coche… Ha sido muy rápida, pero creo que nos ha descubierto.

—No nos ha visto. Si no, hubiera venido hacia aquí para montarnos un numerito. Es lo que hacen siempre: te montan un número y luego te ponen una denuncia. Si nos hubiera visto, nos habría mandado a la Liga de Protección del Policía. Por suerte, los policías son los últimos en enterarse de que los siguen.

—Puede ser —dijo Lewis.

Lo dejó correr por el momento, pero seguía preocupado. Lewis no quería volver a pifiarla; cuando había tenido a Bosch cogido por los huevos la cosa se había ido a pique porque Irving, la mandíbula volante, había dado marcha atrás. Pero esta vez no, se prometió Lewis en silencio; esta vez se lo cargarían.

—¿Estás tomando notas? —le preguntó Lewis a su compañero—. ¿Qué crees que estarán haciendo en ese antro?

—Buscando algo.

—No me jodas, ¿de verdad?

—Oye, ¿te has levantado con el pie izquierdo?

Lewis dejó de observar el Blue Chateau para mirar a Clarke, que tenía las manos sobre el regazo y el asiento echado hacia atrás, en un ángulo de sesenta grados. Con sus gafas de espejo resultaba imposible saber si estaba despierto o no.

—¿Vas a tomar notas o qué? —insistió Lewis.

—¿Por qué no las tomas tú?

—Porque yo conduzco. Ya sabes que ése es el trato. Si no quieres conducir, tienes que escribir y sacar fotos. Venga, apunta algo que le podamos enseñar a Irving. Si no, el 181 nos caerá a nosotros, no a Bosch.

—Querrás decir el 1/81. Nada de abreviaciones, ¿recuerdas?

—Vete a la mierda.

Riéndose por lo bajo, Clarke sacó una libreta del bolsillo interior de su chaqueta y una pluma Cross del de su camisa.

Cuando Lewis comprobó que estaba tomando notas y volvió a mirar al motel, vio a un chico rubio con el pelo a lo rasta dando vueltas en una motocicleta amarilla. El chico se detuvo junto al coche del que habían bajado Bosch y la mujer del FBI y miró a través de la ventanilla.

—Eh, ¿qué es esto? —exclamó Lewis.

—Un chico —contestó Clarke al alzar la vista—. Estará buscando la radio del coche para mangarla. Oye, ¿qué hacemos si lo intenta? ¿Joder la vigilancia para salvar la radio de un gilipollas?

—No vamos a hacer nada, ni él tampoco. Ha visto el micrófono y se ha dado cuenta de que es un coche de la policía. Está retrocediendo.

El chico le dio al gas y trazó dos círculos con la moto, con la vista fija en la puerta del motel. Después cruzó el aparcamiento trasero, volvió a la calzada y finalmente se detuvo detrás de una camioneta Volkswagen aparcada junto a la acera. Tapado por aquel cacharro, el chico espiaba la entrada del Blue Chateau, sin advertir la presencia de los dos hombres de Asuntos Internos en un coche aparcado a media manzana de él.

—Venga, niño, lárgate —dijo Clarke—. No quiero tener que llamar a la patrulla por culpa de un capullo.

—Sácale una fotografía con la Nikon —le aconsejó Lewis—. Nunca se sabe. Puede que pase algo y la necesitemos. Y ya que estás en ello, apúntate el número de teléfono que pone en el neón. A lo mejor tenemos que llamar más tarde para averiguar que hacían Bosch y la tía del FBI.

A Lewis no le hubiera costado nada coger la cámara del asiento y sacar las fotos, pero aquello habría sentado un precedente peligroso. Podría romper el delicado equilibrio de las normas de vigilancia: el conductor conduce, y el pasajero hace todo lo demás.

Clarke obedeció y tomó las fotos del chico de la motocicleta con el teleobjetivo.

—Saca una de la matrícula de la moto —le pidió Lewis.

—No hace falta que me lo digas —replicó Clarke mientras dejaba la cámara sobre el asiento.

—¿Has apuntado el teléfono para llamar luego?

—Ya lo tengo. Lo estoy escribiendo en la libreta, ¿lo ves? —se burló Clarke—. ¿Para qué tanta tontería? A lo mejor Bosch se está tirando a la tía ésa, a la agente federal. Cuando llamemos quizá nos digan que han alquilado una habitación.

Lewis se aseguró de que Clarke apuntaba el número en el cuaderno de vigilancia.

—Y quizá no —contestó Lewis—. Se acaban de conocer y, además, dudo que Bosch sea tan idiota. Habrán entrado a buscar a alguien; tal vez a un testigo.

—El informe del asesinato no mencionaba ningún testigo.

—Porque Bosch no lo puso. Él trabaja así.

Esa vez Clarke no replicó, pero cuando Lewis volvió a mirar hacia el motel, el chico había desaparecido y no había rastro de la motocicleta.

Bosch esperó un minuto para dar tiempo a Eleanor Wish a llegar al otro lado del Blue Chateau y cubrir la salida trasera de la habitación número siete. Al acercar la oreja a la puerta, Bosch creyó oír un murmullo y alguna palabra entrecortada. Había alguien dentro. Pasado el minuto, llamó a la puerta con fuerza. Hubo movimiento —pasos rápidos en la moqueta—, pero nadie contestó. Volvió a llamar y esperó.

—¿Quién es? —inquirió finalmente una voz de chica.

—Policía —anunció Bosch—. Queremos hablar con Tiburón.

—No está aquí.

—Entonces queremos hablar contigo.

—No sé dónde está.

—Abre la puerta, por favor.

Bosch oyó más ruido, como el de alguien chocando contra los muebles, pero la puerta no se abrió. Entonces oyó el ruido de la puerta corredera. Metió la llave en la cerradura y abrió a tiempo para distinguir la figura de un hombre que salía por la puerta trasera y saltaba del porche al suelo. No era Tiburón. La voz de Wish ordenó al hombre que se detuviera.

Bosch hizo un inventario mental de la habitación: un recibidor con un armario a la izquierda, un cuarto de baño a la derecha (ambos vacíos a excepción de unas prendas de ropa tiradas por el suelo), dos camas de matrimonio, una en cada pared, un tocador con espejo y una moqueta pardusca especialmente gastada alrededor de las camas y en el camino al baño. La chica, rubia y menuda, tenía unos diecisiete años y estaba sentada en el borde de una de las camas envuelta en una sábana. Bosch vio el relieve de un pezón que se marcaba contra la sucia sábana blanca. La habitación olía a sudor y perfume barato.

—Bosch, ¿estás bien? —preguntó Wish desde fuera. Él no la veía porque la tapaba una sábana colgada a modo de cortina sobre la puerta corredera.

—Sí. ¿Y tú?

—También. ¿Qué hacemos?

Bosch se dirigió hacia la puerta corredera y se asomó al exterior. Wish estaba detrás de un hombre con los brazos en alto y las manos sobre la pared trasera del motel. Tendría unos treinta años y la palidez propia de alguien que ha pasado un mes a la sombra. Llevaba la bragueta abierta y una camisa a cuadros mal abotonada y tenía la vista fija en el suelo con cara de no tener una explicación y necesitarla urgentemente. A Bosch le sorprendió la decisión del hombre de abrocharse la camisa antes que los pantalones.

—Está desarmado —dijo ella—. Aunque parece un poco nervioso.

—Si quieres perder el tiempo puedes detenerlo por abuso de menores. Si no, suéltalo.

Bosch se volvió hacia la chica.

—¿Cuántos años tienes y cuánto te ha pagado? Dime la verdad; no voy a trincarte.

Ella lo pensó un momento, mientras Bosch la miraba fijamente.

—Casi diecisiete —respondió con voz monótona—. No me ha pagado nada; dijo que sí, pero aún no lo había hecho.

—¿Quién es el líder de vuestro grupo? ¿Tiburón? ¿No te dijo que primero cogieras el dinero?

—Tiburón viene y va. ¿Cómo saben su nombre?

—Lo he oído por ahí. ¿Dónde está hoy?

—Ya se lo he dicho; no lo sé.

El hombre de la camisa a cuadros entró en la habitación por la puerta principal seguido de Wish. Llevaba las manos esposadas a la espalda.

—Voy a llevarlo a comisaría —anunció Wish—. Esto es asqueroso. Ella no tendrá más de…

—Me dijo que tenía dieciocho años —protestó el hombre.

Bosch se acercó a él y le desabrochó la camisa de un tirón. Aquello reveló un tatuaje de un águila azul con las alas extendidas y un puñal y una cruz gamada en las garras. Debajo decía «Una nación» y Bosch sabía que se refería a la Nación Aria, la banda carcelaria que defendía la supremacía de la raza blanca.

—¿Cuánto tiempo hace que has salido? —preguntó, dejando caer la camisa.

—Anda, tío, suéltame —le rogó el hombre—. Esto es un montaje. Fue ella quien se me acercó en la calle. Al menos deja que me suba la bragueta. Te juro que todo es un montaje.

—¡Dame mi dinero, cabrón! —exclamó la chica, al tiempo que saltaba de la cama. La sábana cayó al suelo y ella se abalanzó desnuda sobre su cliente para registrarle los bolsillos del pantalón.

—¡Quítenmela de encima! ¡Quítenmela de encima! —gritó el hombre mientras se retorcía para evitar que ella lo tocara—. ¡Miren! ¡Miren! Es ella a quien tendrían que arrestar, no a mí.

Bosch intervino para separarlos. Primero empujó a la chica hacia la cama y a continuación se colocó detrás del hombre y le dijo a Wish:

—Dame la llave.

Como ella no obedecía, Bosch se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó su propia llave. Las de las esposas son todas iguales.

Después de liberar al hombre de la camisa a cuadros, lo acompañó a la puerta principal, la abrió y le pegó un empujón. En el pasillo el hombre se detuvo a subirse la bragueta, momento que Bosch aprovechó para propinarle una patada en el trasero.

—Sal de aquí y no vuelvas —le ordenó, mientras el hombre se tambaleaba por el pasillo—. Hoy es tu día de suerte, mamón.

Cuando Bosch volvió al cuarto, la chica estaba otra vez envuelta en la sábana sucia. Al mirar a Wish notó que ella lo observaba con rabia, y no sólo por lo del hombre de la camisa a cuadros. Bosch se volvió hacia la chica.

—Coge tu ropa, entra en el baño y vístete. —Como la chica no se movía, Bosch se vio obligado a gritar—: ¡Venga!

La chica recogió su ropa, que yacía en el suelo junto a la cama, y se dirigió al baño dejando caer la sábana. Bosch miró a Wish.

—Tenemos demasiado trabajo —le explicó—. Te habrías pasado el resto de la tarde tomando declaración a la chica y denunciando al tío. Bueno, ahora que lo pienso no es un delito federal, así que me habría tocado a mí. Además no tenía futuro; era un caso dudoso entre delito y falta. Y sólo con ver a la chica el fiscal del distrito habría pedido falta como mucho. No valía la pena; así es la vida por aquí, agente Wish.

Ella le clavó la misma mirada furiosa que le había lanzado cuando él la cogió de la muñeca para que no se fuera del restaurante.

—Bosch, yo había decidido que valía la pena. No vuelvas a hacerme algo así.

Los dos se miraron con dureza, a ver quién aguantaba más, hasta que la chica salió del cuarto de baño. Vestía unos tejanos gastados con agujeros en las rodillas y una camiseta negra. Iba descalza y Bosch se fijó en que llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo. La muchacha se sentó en la cama sin decir nada.

—Tenemos que encontrar a Tiburón.

—¿Por qué? ¿Tienen tabaco?

Bosch sacó un paquete y lo sacudió para ofrecerle un cigarrillo. Luego le dio una cerilla.

—¿Por qué? —repitió la chica, encendiendo el pitillo.

Ir a la siguiente página

Report Page