El eco negro
Tercera parte. Martes, 22 de mayo
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—Por algo que ocurrió el sábado por la noche —respondió Wish con sequedad—. No queremos arrestarle, ni meterle en líos. Sólo queremos hacerle unas cuantas preguntas.
—¿Y a mí?
—¿A ti qué?
—¿Van a meterme en líos?
—¿Quieres decir si vamos a entregarte a la División de Servicios Juveniles? —Bosch miró a Wish para interpretar su reacción, pero no pudo—.
No. Si nos ayudas no llamaremos a la DSJ. ¿Cuál es tu verdadero nombre?
—Bettijane Felker.
—Muy bien, Bettijane. ¿Estás segura de que no sabes dónde está Tiburón? Sólo queremos hablar con él.
—Sólo sé que está currando.
—¿Cómo? ¿Dónde?
—En Boytown. Seguramente está haciendo algún negocio con Pirómano y Mojo.
—¿Los otros chicos del grupo?
—Sí.
—¿Dónde dijeron que iban exactamente?
—No me lo dijeron. Donde haya maricones, supongo.
La chica no fue o no quiso ser más concreta. A Bosch no le importaba; las direcciones salían en las fichas y estaba seguro de que encontraría a Tiburón en algún lugar de Santa Monica Boulevard.
—Gracias —le dijo a la chica y se dirigió hacia la puerta.
Estaba ya en el pasillo cuando Wish salió de la habitación y echó a andar con paso rápido y decidido. Antes de que ella pudiera decirle nada, él se detuvo frente a un teléfono de monedas al lado de la recepción. Sacó una agenda que siempre llevaba encima, buscó el número de la DSJ y lo marcó. Tuvo que esperar dos minutos hasta que una operadora le pasó con un contestador en el que dejó la fecha, la hora y el paradero de Bettijane Felker, posible fugada. Cuando colgó, se preguntó cuántos días tardarían en recibir el mensaje y en llegar hasta Bettijane.
Estaban ya en pleno barrio de West Hollywood, avanzando en coche por Santa Monica Boulevard, y ella seguía rabiosa. Aunque al principio había intentado defenderse, Bosch había llegado a la conclusión de que lo mejor sería escuchar en silencio.
—Sólo es una cuestión de simple confianza —le dijo Wish—. No me importa lo mucho o poco que trabajemos juntos. Si vas a seguir con esa actitud de Rambo, nunca tendremos la confianza necesaria para resolver el caso.
Bosch tenía la vista fija en el espejo lateral, que había ajustado para vigilar el coche que había aparcado cerca del Blue Chateau y que les había seguido al salir. Ahora estaba seguro de que se trataba de Lewis y Clarke. Había reconocido el enorme cuello y el pelo rapado de Lewis detrás del volante tres vehículos más atrás cuando el coche se detuvo en un semáforo. Bosch no le mencionó a Wish que los seguían y si ella se había dado cuenta, tampoco se lo dijo. Estaba demasiado preocupada por otras cosas. Bosch continuó vigilando el coche y escuchando las quejas de ella sobre lo mal que había llevado el asunto.
—A Meadows lo encontraron el domingo. Hoy es martes —dijo Bosch finalmente—. Está comprobado que las posibilidades de resolver un homicidio se reducen de forma drástica a medida que pasan los días. Lo siento, pero no me pareció buena idea desperdiciar todo un día arrestando a un gilipollas por irse con una puta de diecisiete años que le engañó sobre su edad. Tampoco creí que valiese la pena esperar a que la DSJ recogiera a la chica porque me apuesto el sueldo a que saben quién es y dónde encontrarla. Lo único que pretendo es hacer mi trabajo y dejar que otra gente haga el suyo, y por eso hice lo que hice. —Bosch cambió de tema—. Cuando lleguemos a Ragtime, aminora; es uno de los lugares que ponía en las fichas.
—Los dos queremos resolver el caso, Bosch, así que no me hables con esa superioridad; como si tú tuvieras una gran misión y yo estuviera aquí para acompañarte. No olvides que los dos estamos metidos en esto.
Wish redujo la velocidad al pasar delante de una terraza en la que varias parejas de hombres tomaban té helado en copas decoradas con rodajas de naranja. Sentados en sillas blancas de hierro forjado junto a mesas de cristal, los hombres echaban una ojeada a Bosch y en seguida apartaban la vista sin mostrar interés. Bosch buscó a Tiburón pero no lo vio. Volvieron a pasar a escasa velocidad y él miró en el callejón lateral, pero los dos hombres que había allí eran demasiado mayores para ser Tiburón.
Bosch y Wish dedicaron los siguientes veinte minutos a recorrer sin éxito los bares y restaurantes gays de la zona de Santa Monica Boulevard. Al mismo tiempo Bosch seguía controlando a los de Asuntos Internos, que nunca se alejaban más de una manzana de ellos. Wish no dijo nada al respecto, pero Bosch tenía entendido que los federales casi siempre eran los últimos en darse cuenta de que los seguían. Estaban acostumbrados a ser los cazadores, no la presa.
Se preguntaba qué coño hacían Lewis y Clarke. ¿Esperaban que él quebrantara la ley o el reglamento delante de un agente del FBI? Empezaba a plantearse si los dos detectives estarían actuando por cuenta propia. Tal vez querían que él los viera; era una especie de presión psicológica. Bosch le pidió a Wish que aparcara un momento delante de Barnie’s Beanery y saltó del coche para usar un teléfono situado junto a la puerta del viejo bar. Acto seguido marcó el número directo de Asuntos Internos, que se sabía de memoria porque había tenido que llamar dos veces diarias el año anterior, a raíz de su suspensión.
—¿Están Lewis o Clarke?
—No, lo siento. ¿Quiere que les dé algún recado? —dijo una voz femenina.
—No, gracias. Em… Soy el teniente Pounds del Departamento de Detectives de Hollywood. ¿Sabe si volverán pronto? Tengo que consultarles un asunto.
—Me parece que están en código 7 hasta el turno de tarde.
Bosch colgó. Estaban fuera de servicio hasta las cuatro. O tramaban algo o Bosch les había jodido demasiado y habían decidido ir a por él en sus horas libres. Cuando volvió al coche, le dijo a Wish que había llamado a su oficina para saber si tenía algún mensaje.
Hasta que Wish arrancó, Bosch no vio la motocicleta amarilla a media manzana de Barnie’s. Estaba encadenada a un parquímetro delante de un restaurante de tortitas.
—Ahí está —dijo Bosch, señalando con el dedo—. Pasa por delante, voy a comprobar la matrícula. Si es ésa, tendremos que esperar.
Efectivamente, era la motocicleta de Tiburón.
Bosch cotejó el número y éste coincidía con los apuntes que había tomado del archivo CRAC. Del muchacho, sin embargo, no había ni rastro. Tras dar la vuelta a la manzana, Wish aparcó en el mismo lugar de donde acababan de salir.
—O sea, que tenemos que esperar a este chico —dijo ella—. Porque puede ser un testigo.
—Sí, eso creo. Pero no hace falta que los dos perdamos el tiempo. Puedes dejarme aquí; yo entro en Barnie’s, me pido una jarra de cerveza y un plato de chili y lo vigilo desde la ventana.
—No, no importa. Me quedo.
Bosch se puso cómodo. Sacó un paquete de tabaco, pero ella lo detuvo antes de que cogiera un cigarrillo.
—¿Has oído hablar del informe sobre los riesgos secundarios? —preguntó.
—¿El qué?
—Este mes ha salido un informe del Departamento de Sanidad que confirma que el humo es cancerígeno. Cada año se diagnostica cáncer de pulmón a tres mil fumadores pasivos. Si fumas te estás matando a ti y a mí, así que, por favor, no lo hagas.
Bosch se guardó los cigarrillos en el bolsillo de la chaqueta y los dos observaron en silencio la moto del chico. De vez en cuando, Bosch echaba una ojeada al retrovisor lateral, pero no vio el coche de Lewis y Clarke. También miraba a Wish de reojo, cuando le parecía que ella no lo veía. Mientras tanto, Santa Monica Boulevard se iba llenando de coches a medida que se acercaba la hora punta. Wish mantuvo la ventanilla subida para evitar el monóxido de carbono, lo cual aumentó considerablemente la temperatura del interior del coche.
—¿Por qué me miras? —le preguntó ella al cabo de una hora de vigilancia.
—¿Mirarte? No te miro.
—Sí que me miras. ¿Habías tenido alguna vez un compañero que fuera mujer?
—No, pero no te miraría por eso. Si es que te estaba mirando.
—¿Pues por qué? Si es que me mirabas.
—Estaría intentado descubrir quién eras y por qué estás haciendo esto. Siempre he pensado, al menos me habían dicho, que la brigada de bancos del FBI era para vejestorios y colgados, los agentes que eran demasiado viejos o demasiado tontos para usar un ordenador o calcular los bienes de un estafador. Y de pronto apareces tú, en la brigada más anticuada. No eres un vejestorio y tampoco eres una colgada. Algo me dice que eres un buen fichaje.
Ella permaneció callada un instante y a Bosch le pareció ver una ligera sonrisa en sus labios que se esfumó inmediatamente, como si nunca hubiera estado allí.
—Supongo que eso es un cumplido —dijo al fin—. Si lo es, gracias. Tengo mis razones para trabajar en esta unidad y la verdad es que puedo elegir. En cuanto a los otros de la brigada, yo no los definiría como tú. Creo que esa actitud que, por cierto, parecéis compartir muchos de tus compañeros…
—Ahí está Tiburón —la interrumpió Bosch.
Un chico rubio con el pelo a lo rasta había salido de un callejón lateral entre el restaurante de tortitas y una pequeña galería comercial. Junto a él había un hombre mayor que él que lucía una camiseta con el lema «¡Los noventa son supergays!». Bosch y Wish los observaban desde el coche. Tras intercambiar unas cuantas palabras, Tiburón se sacó algo del bolsillo y se lo pasó al hombre. Éste examinó lo que parecía una baraja de cartas, escogió un par y le devolvió el resto. A continuación le dio a Tiburón un billete de color verde.
—¿Qué hace? —preguntó Wish.
—Comprar fotos de bebés.
—¿Qué?
—Es un pedófilo.
Mientras el hombre se alejaba calle abajo, Tiburón se dirigió a su motocicleta para quitar la cadena.
—Vamos —dijo Bosch y salió del coche.
«Ya está bien por hoy», pensó Tiburón. Era hora de pirarse. Encendió un pitillo y se agachó para abrir el candado de la moto. Su pelo rizado le tapaba los ojos y olía a esa cosa de coco que se había puesto la noche anterior, en casa del marica del Jaguar. Eso fue después de que Pirómano le rompiese la napia y saltara sangre por todas partes. Tiburón se levantó y estaba a punto de colocarse la cadena en la cintura, cuando los vio venir. «Polis». Estaban demasiado cerca para echar a correr. Disimuló mientras hacía un repaso mental de lo que llevaba en los bolsillos. Ya no tenía las tarjetas de crédito; las había vendido. El dinero podía venir de cualquier parte. No pasaba nada. A no ser que el marica lo señalara en una rueda de identificación. A Tiburón le sorprendió que el tío hubiera presentado una denuncia. Hasta entonces, nadie lo había hecho.
Tiburón sonrió a los dos polis que se acercaban y entonces vio que el tío sacaba una grabadora. ¿Una grabadora? ¿De qué iban? El poli apretó el botón de encendido y, al cabo de unos segundos, Tiburón reconoció su propia voz. «Esto no tiene nada que ver con el marica del Jaguar, sino con el muerto de la tubería».
—¿Qué queréis? —preguntó Tiburón.
—Queremos que nos hables de esto —dijo el poli.
—Oíd, tíos, que yo no tuve nada que ver. No me iréis a cargar con el… —El chico se calló un momento—. ¡Eh! Tú eres el de la comisaría. Te vi el otro día. Si esperáis que os diga que yo lo maté…
—Tranquilo —dijo el poli—. Sabemos que tú no lo hiciste. Sólo queremos saber lo que viste, eso es todo. Ponle el candado a la moto. Luego ya te traeremos en coche.
El poli dijo su nombre y el de la tía: Bosch y Wish. Entonces explicó que ella era del FBI, algo bastante raro. El chico dudó un instante y luego se agachó a cerrar el candado.
—Sólo queremos llevarte a la comisaría de Wilcox para que contestes a unas preguntas y tal vez nos hagas un dibujo —continuó Bosch.
—¿De qué? —preguntó Tiburón.
Bosch no respondió, se limitó a hacer un gesto con la mano para que lo siguiera y entonces señaló un poco más allá a un Caprice de color gris. Era el mismo coche que Tiburón había visto delante del Blue Chateau. Mientras caminaban, Bosch tenía la mano sobre el hombro de Tiburón. El chico aún no era tan alto como el detective, pero los dos eran igualmente delgados y musculosos. El chaval llevaba una camiseta teñida de color lila y amarillo y unas gafas de sol negras colgadas del cuello con un cordón naranja, que se puso al llegar al Caprice.
—Bueno, Tiburón —dijo Bosch al llegar al coche—. Ya conoces el reglamento. Vamos a registrarte antes de que subas al coche para no tener que esposarte durante el trayecto. Pon todo lo que tengas sobre el capó.
—¡Pero si me acabas de decir que no estoy bajo sospecha! —protestó Tiburón—. No tengo por qué hacer todo esto.
—Ya te lo he dicho. Son las reglas; luego te lo devolveremos todo. Excepto las fotos, claro.
Tiburón miró a Bosch y luego a Wish. Entonces se metió las manos en los bolsillos de sus tejanos gastados.
—Sí, sabemos lo de las fotos —le confirmó Bosch.
El chico puso sobre el capó 46,55 dólares, un paquete de tabaco, una caja de cerillas, un llavero con una pequeña navaja y las fotos. En ellas se veía a Tiburón y los otros miembros del grupo, desnudos, y en distintas fases de excitación sexual. Mientras Bosch ojeaba las fotos, Wish les echó un vistazo por encima del hombro de su compañero, pero en seguida desvió la mirada. A continuación cogió el paquete de tabaco y descubrió un porro entre los cigarrillos.
—Creo que también tendremos que quedarnos con esto —dijo Bosch.
Los tres se dirigieron hacia la comisaría de policía en Wilcox Street; era hora punta y habrían tardado una hora en llegar al edificio federal en Westwood Avenue. Cuando llegaron a la oficina de detectives eran ya más de las seis y todo el mundo se había ido a casa. Bosch llevó a Tiburón a una de las salas de interrogatorio, una habitación de tres metros por tres, con una pequeña mesa cubierta de quemaduras de cigarrillo y tres sillas. En una de las paredes un cartel escrito a mano rezaba: «¡Prohibido lloriquear!». Bosch sentó al chico en el tobogán, una silla de madera con el asiento muy barnizado y con las patas de delante medio centímetro más cortas que las de detrás. La inclinación no era suficiente para notarse, pero impedía que la gente se sintiera cómoda. Casi todos se echaban hacia atrás, pero acababan resbalando lentamente hacia delante, frente a la cara del interrogador. Bosch le dijo al chico que no se moviera y salió al pasillo a planear una estrategia con Wish. En cuanto cerró la puerta, ella la abrió.
—Es ilegal dejar a un menor solo en una sala cerrada —explicó Wish.
Bosch la cerró de nuevo.
—Él no se ha quejado —replicó Bosch—. Tenemos que hablar. ¿Qué quieres que haga? ¿Lo quieres tú o lo cojo yo?
—No sé —contestó ella.
Estaba claro; aquello quería decir que no. Una primera entrevista con un testigo, sobre todo con uno reticente, requería una hábil combinación de estrategia, argucias y encerronas. Si Wish no lo sabía, era mejor que no lo hiciera.
—Según tu expediente, tú eres el experto en interrogatorios —se burló ella—. No sé si usas la maña o la fuerza, pero me gustaría verlo.
Bosch asintió, sin hacer caso a la pequeña puya. Se metió la mano en el bolsillo y sacó el tabaco y las cerillas del chico.
—Entra y dale esto. Mientras tanto voy a mi mesa a recoger mis mensajes y preparar una cinta. —Cuando Bosch vio la cara de Wish al coger los cigarrillos, añadió—: Regla número uno de un interrogatorio; haz que el sujeto se sienta cómodo. Dale el tabaco, y si no te gusta, aguanta la respiración.
Bosch empezó a alejarse, pero ella le detuvo.
—Bosch, ¿qué hacía Tiburón con esas fotos?
«Conque eso era lo que la preocupaba», pensó Bosch.
—Mira, hace cinco años un chico como él se habría ido con ese tío a hacer quién sabe qué. Ahora, en cambio, le vende una foto suya y punto. Hoy en día hay tantas trampas mortales (personas y enfermedades) que los chicos se han vuelto listos. Es más fácil vender fotos que el propio cuerpo.
Wish abrió la puerta de la sala de interrogatorios y entró. Mientras tanto Bosch atravesó la oficina y comprobó si había algún recado en el punzón de hierro de su mesa. Habían llamado su abogado y Bremmer del Times, aunque este último lo había hecho con un seudónimo, tal como habían acordado previamente. Harry no quería que un fisgón descubriera que le había telefoneado un periodista.
Bosch dejó los mensajes clavados en el punzón, sacó su carné y abrió con él el candado del armario de material. A continuación cogió una cinta virgen de noventa minutos y la introdujo en la grabadora que había en el estante inferior del armario. Primero la encendió para asegurarse de que funcionaba; luego apretó el botón de grabado y comprobó que los dos cabezales giraban. Finalmente atravesó el pasillo hasta el mostrador principal y le dijo a un gordito novato que estaba ahí sentado que le pidiera una pizza. Le dio al chico un billete de diez y le dijo que, cuando llegara, se la llevase a la sala de interrogatorios junto con tres Coca-Colas.
—¿Qué quieres en la pizza? —preguntó el chico.
—¿Qué te gusta a ti?
—Salchicha y pepperoni. Odio las anchoas.
—Pues que sea de anchoas.
Bosch volvió a la oficina de detectives. Cuando entró en la sala de interrogatorios, Wish y Tiburón estaban en silencio y Bosch tuvo la sensación de que no habían hablado mucho. Wish no conectaba con el chico. Ella se sentó a la derecha de Tiburón, mientras Bosch se acomodaba a la izquierda del chico.
La única ventana de la sala era un pequeño cuadrado de espejo en la puerta que permitía ver desde fuera, pero no desde dentro.
Bosch decidió ser sincero con Tiburón desde el principio. Aunque era sólo un niño, probablemente era más astuto que la mayoría de hombres que se habían sentado en el tobogán antes que él. Si el chico notaba que le estaban engañando, empezaría a contestar con monosílabos.
—Tiburón, vamos a grabar esto porque puede resultarnos útil más adelante —explicó Bosch—. Como te dije, no estás bajo sospecha así que no debe preocuparte lo que digas, a no ser que nos vayas a decir que lo hiciste tú.
—¿Lo ves? —protestó el chico—. Ya me parecía a mí que ibais a sacarme la maldita grabadora. Oye, que no es la primera vez que entro en uno de estos búnkers…
—Por eso no vamos a mentirte. Para que conste en la cinta, vamos a presentarnos: yo soy Harry Bosch, del Departamento de Policía de los Ángeles, ella es Eleanor Wish, del FBI y tú eres Edward Niese, alias Tiburón. Quiero empezar por…
—¿Qué coño hace aquí el FBI? ¿Quién era el fiambre? ¿El presidente?
—Tranquilo —le cortó Bosch—. Esto es sólo un programa de intercambio. Como cuando ibas al colegio y venían niños de Francia o de otro país extranjero. Imagínate que ella es francesa y ha venido a aprender de los profesionales. —Bosch sonrió y le guiñó el ojo a Wish. Tiburón la miró y también esbozó una sonrisa—. Primero contéstame a esta pregunta para que podamos pasar a cosas más interesantes. ¿Mataste tú al tío de la tubería?
—Qué va. Yo sólo vi…
—Espera, espera —interrumpió Wish y, mirando a Bosch, preguntó—: ¿Podemos salir un segundo?
Bosch se levantó y salió, seguido de Wish. Esta vez fue ella quien cerró la puerta.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó él.
—¿Qué estás haciendo tú? ¿Vas a leerle sus derechos o quieres empezar la entrevista de manera ilegal?
—¿Qué dices? Él no ha sido; no es un sospechoso. Sólo trato de interrogarle.
—No estamos totalmente seguros de que no sea el asesino. Creo que deberíamos leerle sus derechos.
—Si le leemos sus derechos va a pensar que sospechamos de él; que no es un testigo. Y si piensa eso, ya podemos entrar y hablar con las paredes; no se va a acordar de nada.
Wish volvió a la sala de interrogatorios sin decir ni una palabra. Bosch la siguió y continuó donde lo había dejado, sin mencionar los derechos de nadie.
—¿Tú mataste al hombre de la tubería, Tiburón?
—Que no, tío. Yo lo vi y punto. Ya estaba muerto.
Al decir esto, miró a Wish, a su derecha, e intentó acomodarse en la silla.
—De acuerdo —dijo Bosch— Tiburón, dime cuántos años tienes, de dónde eres… Háblame un poco de ti.
—Casi dieciocho; me falta poco para ser libre —respondió el chico con la vista fija en Bosch—. Mi vieja vive en Chatsworth, pero yo paso de vivir con… Pero ¿por qué quieres que te lo cuente? Ya lo debes de saber, por mi ficha…
—¿Eres maricón?
—No —negó Tiburón, con una mirada seria—. Yo les vendo fotos, sí, ¿qué pasa? Pero no soy uno de ellos.
—Pero haces más que venderles fotos, ¿no? A veces les pegas unas cuantas hostias, los desplumas y a ver quién es el guapo que te denuncia.
Tiburón se volvió hacia Wish, levantando una mano en señal de inocencia.
—No sé de qué vas. Pensaba que íbamos a hablar del muerto.
—A eso vamos —le contestó Bosch—. Sólo quería saber con quién estábamos tratando, nada más. Bueno, cuéntanos todo lo que sepas; toda la historia. He pedido una pizza y hay más tabaco, así que tenemos tiempo.
—No hará falta. Yo no vi nada aparte del cuerpo dentro de la tubería. Espero que no lleve anchoas.
Dijo esto mirando a Wish, mientras intentaba enderezarse en la silla. Se había establecido una constante: cuando decía la verdad miraba a Bosch, y a Wish cuando ocultaba algo o estaba mintiendo. «Los timadores siempre escogen a las mujeres», pensó Bosch.
—Tiburón, si quieres podemos llevarte a Sylmar y que ellos te retengan hasta mañana —le amenazó Bosch—. Podemos volver a empezar por la mañana, cuando tengas la memoria más…
—Es que estoy preocupado por la moto. ¿Y si me la mangan?
—Olvídate de la moto —insistió Bosch, invadiendo el espacio del chico—. No vamos a soltarte porque aún no nos has dicho nada. Cuéntanos la historia y entonces ya hablaremos de la moto.
—Vale, vale. Os diré lo que sé.
El chico alargó la mano para alcanzar los cigarrillos, pero Bosch se echó hacia atrás y le dio uno de los suyos. La técnica de inclinarse hacia delante y hacia atrás era algo que había perfeccionado durante las horas y horas que había pasado en aquellas salas. Se inclinaba hacia delante para invadir ese medio metro perteneciente al interrogado o que éste consideraba su propio espacio.
Se echaba hacia atrás cuando obtenía lo que quería; era una técnica subliminal. Lo más importante de un interrogatorio policial tiene muy poco que ver con lo que se dice. Es una cuestión de interpretación, de matiz. Y a veces de lo que no se dice. Bosch encendió primero el cigarrillo de Tiburón. Wish se retiró un poco cuando exhalaron el humo azulado.
—¿Quiere un cigarrillo, agente Wish? —preguntó Bosch.
Ella negó con la cabeza. Bosch miró al chico, y ambos intercambiaron una mirada de complicidad. Algo así como: «Somos colegas». El muchacho sonrió. Bosch le indicó con la cabeza que empezara su historia… Y menuda historia se inventó.
—A veces subo allí a sobar —comenzó Tiburón—. Bueno, cuando no encuentro a alguien que me ayude a pagar el motel. A veces el cuarto de mis socios está a tope y tengo que abrirme. Entonces subo allá y me pongo a sobar en la tubería. Se está caliente casi toda la noche; no está mal. Bueno, una de esas noches subí…
—¿A qué hora? —preguntó Wish.
Bosch la miró como diciendo: «Calma. Haz las preguntas después de la historia. Hasta ahora el chico iba bastante bien».
—Pues bastante tarde —respondió Tiburón—. Las tres o las cuatro de la mañana; no llevo reloj. Total, que subí, me metí en la tubería y vi al tío ahí tirado, muerto. Entonces salí y me piré. No iba a quedarme allí con un fiambre. Cuando bajé, os llamé a vosotros, al teléfono de emergencias, y ya está.
Tiburón miró a Wish y luego a Bosch.
—Ya está —concluyó—. ¿Me lleváis a la moto o qué?
Nadie contestó, así que Tiburón encendió otro cigarrillo y volvió a incorporarse en la silla.
—Es una historia muy bonita, Edward, pero necesitamos saberlo todo —dijo Bosch—. Y necesitamos que sea verdad.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que parece inventada por un subnormal, eso quiero decir. Por ejemplo, ¿cómo coño viste el cuerpo si era de noche?
—Con una linterna —le explicó a Wish.
—No señor. Llevabas cerillas porque encontramos una. —Bosch se inclinó hacia Tiburón hasta quedar a sólo treinta centímetros de su cara—. Oye, ¿cómo crees que supimos que eras tú el que había llamado? ¿Crees que la operadora reconoció tu voz y pensó: «¡Ah, ése es Tiburón. Qué chico tan majo!»? Piensa, hombre. Escribiste tu nombre o al menos parte de tu nombre, en la tubería. Tenemos tus huellas dactilares en un aerosol. Y sabemos que sólo llegaste hasta la mitad de la tubería porque te acojonaste; tenemos las huellas.
Tiburón miraba fijamente frente a él, hacia la ventana de espejo de la puerta.
—Sabías que el cuerpo estaba allí antes de entrar. Viste a alguien arrastrándolo hacia la tubería. Venga, Tiburón. Mírame y dime la verdad.
—No vi ninguna cara. Estaba demasiado oscuro —le dijo el chico a Bosch. Cuando Eleanor soltó un suspiro, a Bosch le entraron ganas de decirle que se marchara si creía que el chico era una pérdida de tiempo.
—Me escondí porque pensaba que venían a por mí —explicó Tiburón—, pero yo no tuve nada que ver, te lo juro. ¿Por qué coño la has tomado conmigo?
—Han asesinado a un hombre y tenemos que descubrir por qué. No nos importan las caras. Simplemente cuéntanos lo que viste y te soltaremos.
—¿Seguro?
—Seguro.
Bosch se echó hacia atrás y encendió su segundo cigarrillo.
—Bueno, pues sí, subí a la presa y, como no tenía sueño, me puse a mi rollo, a pintar. Entonces oí un coche y me acojoné. Lo más raro es que lo oí antes de verlo, porque el tío no llevaba las luces puestas. Me escondí a toda leche entre los arbustos de la colina; ahí, al lado de la tubería…, donde dejo la moto cuando duermo.
El chico se estaba animando, gesticulando con las manos y la cabeza, y mirando casi exclusivamente a Bosch.
—Joder, pensaba que venían a por mí, que alguien había avisado a la pasma por lo de las pintadas. Por eso me escondí. Cuando llegaron a la tubería un tío le dijo al otro que olía a pintura, pero ni siquiera me habían visto. Se habían parado allí para dejar al muerto. Además, no era un coche, sino un todoterreno.
—¿Tienes el número de matrícula? —le preguntó Wish.
—Déjale que siga —dijo Bosch, sin siquiera mirarla.
—No. ¿Cómo voy a saber la matrícula si llevaban las luces apagadas y estaba más negro que la hostia? —protestó Tiburón—. Bueno, había tres tíos, contando al muerto. Uno de ellos, el que conducía el jeep, salió y sacó el cuerpo de detrás, de debajo de una manta o no sé qué mierda. Abrió esa puertecita de atrás que tienen los todoterrenos y lo dejó caer. Fue horrible, tío. Me di cuenta de que estaba muerto de verdad por la forma de caer al suelo… como un cadáver. Hizo un ruido seco, no como en la tele, sino real, en cuanto lo vi pensé «Joder, está muerto». Entonces el tío lo arrastró hasta la tubería. Su colega no lo ayudó; se quedó en el jeep, así que el primer tío lo hizo todo solo.
Tras darle una última calada a su cigarrillo, Tiburón lo apagó en el cenicero lleno de colillas y ceniza. Exhaló el humo por la nariz y miró a Bosch, quien le hizo un gesto para que continuara. El chico volvió a incorporarse.
—Em… Yo me quedé allí y el tío salió de la tubería al cabo de un minuto… no más de un minuto. Al salir, miró a su alrededor, pero no me vio. Entonces se fue hacia un arbusto cerca de donde yo estaba y arrancó una rama. Volvió a entrar a la cañería, y lo oí barrer o hacer no sé qué con la rama. Luego salió y se metieron en el coche. Ah, pero cuando empezó a dar marcha atrás, claro, las luces traseras se encendieron. El tío se paró de golpe. Oí que decía que no podían retroceder por culpa de la luz, que los podrían ver. Así que arrancaron hacia delante, sin encender los faros. Bajaron por la carretera, atravesaron la presa y llegaron al otro lado del lago. Cuando pasaron por delante de esa caseta que hay en la presa supongo que se cargaron la bombilla, porque se apagó de repente. Yo me quedé escondido hasta que dejé de oír el ruido del motor.
Tiburón hizo una pausa que Wish aprovechó para preguntar:
—Lo siento, pero ¿podemos abrir la puerta para que salga el humo?
Bosch alargó la mano y abrió la puerta de un empujón, sin intentar ocultar su enfado.
—Adelante, Tiburón —fue lo único que dijo.
—Pues, nada, cuando se largaron me fui hacia la tubería y me puse a gritarle al tío: «¡Eh, tú! ¿Estás bien?». Pero no me contestó, así que decidí entrar. Primero apoyé la moto en el suelo para dar un poco de luz y también encendí una cerilla, como tú has dicho. Entonces lo vi y, bueno, creí que estaba muerto. Iba a comprobarlo, pero me dio grima y salí a toda leche. Bajé la colina, llamé a la poli y ya está. No hice nada más, te lo juro.
Bosch dedujo que el chico había querido robarle la cartera, pero se había asustado. No importaba, podía guardar su secreto. Entonces pensó en la rama que el hombre había usado para borrar las pisadas tras haber arrastrado el cadáver. Se preguntó por qué los policías de uniforme no habían encontrado ni la rama ni el arbusto roto durante el registro de la escena del crimen. Pero no le dio muchas vueltas porque sabía la respuesta: descuido, pereza. No era la primera vez que pasaban algo por alto; ni la última.
—Vamos a ver si ha llegado ya la pizza —anunció Bosch, levantándose—. En seguida volvemos.
Fuera de la sala de interrogatorios Bosch controló su enfado y tan sólo dijo:
—Mea culpa. Tendríamos que haber decidido cómo queríamos hacerlo antes de que empezara su historia. A mí me gusta escuchar primero y luego hacer preguntas. Ha sido culpa mía.
—No te preocupes —le respondió Wish en tono seco—. De todas formas no creo que nos sea muy útil.
—No lo sé. —Bosch reflexionó un instante—. Pensaba volver a entrar y seguir hablando un rato; quizá sacarle un retrato robot. Y si no recuerda nada más, podemos intentar hipnotizarlo.
Bosch no tenía ni idea de cómo reaccionaría Wish a su última sugerencia. La había dejado caer de forma casual, con la esperanza de que pasara inadvertida. Los tribunales de California habían dictaminado que hipnotizar a un testigo invalidaba su testimonio en un juicio. Si hipnotizaban a Tiburón, no podría ser usado como testigo en ningún proceso relacionado con la muerte de Meadows.
Wish frunció el ceño.
—Ya sé —concedió Bosch—. Lo perderíamos como testigo, pero a este paso no llegaremos a los tribunales. Tú misma has dicho que no era tan útil.
—Ya, pero no sé si deberíamos cerrarnos una puerta tan pronto.
Bosch se dirigió hacia la sala de interrogatorios y vio a través de la ventanita que Tiburón se estaba fumando otro cigarrillo. De pronto el chico apagó el pitillo y se levantó. Miró hacia la ventanita de la puerta, pero Bosch sabía que no podía ver nada. Con un movimiento rápido y silencioso, el chico cambió su silla por la que había estado usando Wish. Bosch sonrió y dijo:
—Es un chico listo. Puede que sepa más, y no se lo sacaremos si no lo hipnotizamos. Creo que vale la pena arriesgarse.
—No tenía idea de que supieras hipnotizar. Debió de escapárseme cuando leí tu expediente.
—Seguro que se te escaparon muchas cosas —le contestó Bosch. Al cabo de un rato añadió—: Supongo que soy uno de los últimos que quedan. Después de que el Tribunal Supremo se lo cargara, el departamento dejó de entrenar a la gente. Sólo hubo una hornada de policías que aprendió a hacerlo. Yo era uno de los más jóvenes; los demás ya se habrán retirado.
—De todos modos, creo que debemos esperar —opinó ella—. Preferiría hablar un poquito más con él y dejar que pasaran un par de días antes de desecharlo como testigo.
—Muy bien, pero ¿sabes dónde estará un chico como Tiburón en un par de días?
—Confío en ti. Ya lo has encontrado una vez y podrás volver a hacerlo.
—Bueno. ¿Quieres preguntar tú?
—No, tú lo estás haciendo muy bien. Mientras pueda interrumpirte de vez en cuando, cuando se me ocurra algo…
Los dos sonrieron. Al volver a la sala de interrogatorios, les asaltó el olor a sudor y humo. Sin que Wish tuviera que pedírselo, Bosch dejó la puerta abierta para que se aireara.
—¿Y la comida? —preguntó Tiburón.
—Aún no ha llegado —contestó Bosch.
Bosch y Wish pidieron a Tiburón que recontara la historia dos veces más, durante las cuales le interrumpieron para hacer preguntas. Esta vez trabajaron en equipo, como auténticos compañeros; intercambiaron miradas de complicidad, gestos sutiles e incluso sonrisas. Bosch se fijó en que Wish resbalaba en la silla un par de veces y le pareció que una ligera sonrisa asomaba en el rostro infantil de Tiburón. Cuando llegó la comida, el chico protestó por las anchoas, pero acabó zampándose tres cuartas partes de la pizza y bebiéndose dos de las Coca-Colas. Bosch y Wish pasaron de comer.
Tiburón les contó que el todoterreno era de color crudo o beige y que llevaba un escudo en la puerta lateral, aunque no supo describirlo. Quizá se trataba de hacerlo pasar por un vehículo del Departamento de Aguas, pensó Bosch. O tal vez era un vehículo del Departamento de Aguas. Bosch se convenció de que lo mejor sería hipnotizar al chico, pero prefirió no volver a sacar el tema. Esperaría a que Wish cambiara de opinión y se diera cuenta de que era necesario.
Tiburón también les contó que el hombre que se quedó en el jeep no dijo una sola palabra durante todo el rato que él estuvo observando. Era más pequeño que el conductor; bajo la pálida luz de la luna el chico sólo había vislumbrado la silueta de alguien más menudo recortada contra el espeso bosque de pinos que rodeaba el lago.
—¿Y qué hizo ese otro hombre? —preguntó Wish.
—Vigilar, supongo. Estaría montando guardia porque ni siquiera conducía. Igual era el jefe o algo parecido.
Al conductor lo había visto mejor, pero no lo suficiente como para describirlo o componer un retrato robot con el identikit que Bosch había traído. El conductor era blanco, con el pelo moreno. Tiburón no podía, o no quería, ser más preciso en su descripción. Tan sólo especificó que llevaba una camisa y pantalones oscuros a juego, tal vez un mono, con una especie de delantal de carpintero de esos que llevan herramientas. Los grandes bolsillos estaban vacíos y ondeaban al viento. A Bosch le pareció curioso, pero a pesar de interrogar al chico desde varios ángulos distintos, no consiguió una descripción más detallada.
Al cabo de una hora habían terminado. Wish y Bosch dejaron a Tiburón en la sala llena de humo mientras ellos salían de nuevo a deliberar.
—Lo único que tenemos que hacer ahora es encontrar un todoterreno con una manta, hacer un microanálisis y comparar los cabellos —bromeó Wish—. Sólo debe de haber un millón de jeeps blancos o beige en el estado. ¿Quieres que yo dé la orden de búsqueda o prefieres encargarte tú mismo?
—Mira, hace dos horas no teníamos nada y ahora tenemos mucho. Déjame hipnotizar al chico. Quién sabe, a lo mejor conseguimos la matrícula, una descripción más clara del conductor, del escudo de la puerta o que recuerde algún nombre.
Bosch le mostró las manos con las palmas hacia arriba. Ya le había hecho aquella oferta antes y ella la había rechazado, cosa que hizo por segunda vez.
—Todavía no, Bosch. Déjame hablar con Rourke; quizá mañana. No quiero precipitarme y que nos salga el tiro por la culata, ¿de acuerdo?
Él asintió, dejando caer los brazos.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella.
—Bueno, el niño ya ha comido. ¿Por qué no nos encargamos de él y luego nos vamos a cenar algo? Conozco un sitio…
—No puedo —le cortó ella.
—… en Overland.
—Esta noche ya he quedado, lo siento. Otro día.
—Sí, claro. —Bosch se dirigió hacia la sala de interrogatorios para mirar por la ventanita. Con tal de que ella no le viera la cara… Se sentía tonto por haber intentado algo tan pronto—: Si tienes que irte, vete. Yo lo llevaré a un refugio para pasar la noche. No tenemos por qué perder el tiempo los dos.
—¿Estás seguro?
—Sí, yo me ocuparé de él. Pediré que nos lleve una patrulla y recogeremos la moto por el camino. Luego me pueden acompañar a mi coche.
—Qué detalle. Quiero decir, lo de recoger su moto y ocuparte de él.
—Hicimos un trato, ¿no?
—Sí, pero tú te preocupas por él. He visto cómo lo tratabas. ¿Puede ser que te recuerde un poco a ti mismo?
Bosch apartó la vista de la ventana y se volvió hacia ella.
—No —respondió él—. Sólo es otro testigo que tenemos que entrevistar. Si crees que es un capullo ahora, espera un poco más, a que tenga diecinueve o veinte años, si es que dura tanto. Entonces será un monstruo que se alimenta de la gente. No es la última vez que va a sentarse en esa sala; se pasará la vida entrando y saliendo hasta que mate a alguien o alguien lo mate a él. Como dijo Darwin, es la ley del más fuerte, y él es lo bastante fuerte como para sobrevivir. O sea que no, no me preocupo por él. Lo voy a meter en un refugio porque quiero saber dónde está cuando lo volvamos a necesitar. Eso es todo.
—Es muy bonito, pero no me lo creo. Te conozco, Bosch, y estoy segura de que te preocupa. La forma en que le diste de comer y le preguntaste…
—Mira, me importa un bledo las veces que hayas leído mi expediente… No digas que me conoces, porque es mentira.
Bosch se había acercado a ella hasta quedar a sólo unos centímetros de su cara. Wish bajó la vista y miró su libreta, como si hubiera algo escrito en ella que tuviera que ver con lo que él estaba diciendo.
—Mira —dijo Bosch—, podemos trabajar en esto juntos. Con un golpe de suerte como el de hoy, quizás incluso averigüemos quién mató a Meadows. Pero nunca seremos compañeros ni llegaremos a conocernos, así que tal vez deberíamos dejar de actuar como si lo fuéramos. No me cuentes que tu hermano pequeño se parece a mí porque tú no sabes cómo era yo. Un par de papeles y fotos en un archivo no quieren decir nada.
Tras cerrar su libreta y metérsela en el bolso, Wish finalmente alzó la vista. De pronto hubo un ruido procedente de la sala de interrogatorios. Era Tiburón, que se estaba mirando en el espejo de la puerta, pero ninguno de los dos le hizo caso. Wish taladró a Bosch con la mirada.
—¿Siempre te pones así cuando una mujer te dice que no? —preguntó con calma.
—Eso no tiene nada que ver y tú lo sabes.
—Ya. —Wish empezó a alejarse, pero añadió—: ¿Quedamos a las nueve en el FBI?
Él no contestó, por lo que ella continuó caminando en dirección a la oficina de detectives. Tiburón volvió a llamar a la puerta y Bosch vio que el chico se estaba reventando un grano frente al espejo. Antes de irse, Wish se volvió una vez más.
—No hablaba de mi hermano pequeño, sino de mi hermano mayor —aclaró—. De hace mucho tiempo, cuando yo era pequeña y él se marchó a Vietnam.
Bosch no la miró. No se atrevía, porque presentía lo que ella iba a decir.
—Recuerdo cómo era entonces —explicó ella— porque fue la última vez que lo vi y esas cosas se te quedan grabadas. Mi hermano fue uno de los que no volvieron. —Dicho esto, salió.
Harry se comió el último trozo de pizza. Estaba fría y odiaba las anchoas, pero sintió que se lo merecía. Igual que la Coca-Cola caliente. Cuando hubo acabado se sentó en la mesa de Homicidios y se puso a hacer llamadas hasta que encontró una cama, o más bien un espacio, en Home Street Home, uno de los refugios donde no hacen preguntas, cerca del Boulevard. Allí no intentaban devolver a los fugados al lugar de donde venían, porque sabían que en la mayoría de los casos el hogar era una pesadilla peor que las calles. Se limitaban a proporcionar a los chicos un lugar seguro donde dormir y luego intentaban que se marcharan a cualquier sitio fuera de Hollywood.
Bosch sacó un coche sin identificativos del garaje de la comisaría y llevó a Tiburón hasta el lugar donde estaba su motocicleta. Como ésta no cabía en el maletero, Bosch hizo un trato con el chico: Tiburón iría en moto, mientras él lo seguiría en el coche. Cuando llegara al refugio, Bosch le devolvería el dinero, la cartera y el tabaco, pero no las fotos ni el porro, que fueron directos a la basura. A Tiburón no le hizo gracia, pero obedeció. Bosch le ordenó que se quedara unos días en el refugio, aunque sabía que el chico seguramente se largaría a primera hora de la mañana.
—Te he encontrado una vez. Si te necesito, puedo volver a hacerlo —le advirtió mientras el muchacho ponía el candado a su moto.
—Ya lo sé —contestó Tiburón.
Era una falsa amenaza. Bosch sabía que había encontrado al chico cuando éste no era consciente de que le buscaban. Si intentaba ocultarse, la cosa sería muy distinta. Bosch le dio una de sus tarjetas baratas y le pidió que le llamara si recordaba algo más que pudiera resultar útil.
—¿Útil para quién? —preguntó Tiburón.
Bosch no respondió. Subió al coche y regresó a Wilcox, mientras vigilaba por el retrovisor si le seguían. Parecía que no. Después de devolver el vehículo, se dirigió a su mesa y recogió los archivos sobre las ratas de los túneles. Luego pasó por la oficina de guardia, donde un teniente jovencito llamó a una de sus patrullas para que acompañaran a Bosch al edificio federal. El oficial de patrulla era un policía joven, asiático, con el pelo al uno. Bosch había oído que en la comisaría lo llamaban Fumanchú. Los dos viajaron en completo silencio los veinte minutos que los separaban del edificio federal.
Harry llegó a casa a las nueve. A pesar de que la luz roja de su contestador automático parpadeaba, no había ningún mensaje; sólo el ruido de alguien que colgaba.
Harry encendió la radio para escuchar el partido de los Dodgers, pero luego la apagó; estaba cansado de oír a gente. En su lugar, puso varios CD de Sonny Rollins, Frank Morgan y Branford Marsalis: música de saxo. Luego extendió las carpetas en la mesa del comedor y destapó una botella de cerveza. «Alcohol y jazz —pensó mientras bebía—. Duermes con la ropa puesta. Eres un poli tópico, Bosch. Un libro abierto, como todos los demás idiotas que deben de intentar ligar con ella cada día. Venga, concéntrate en lo que tienes delante». Bosch abrió el expediente de Meadows y lo leyó detenidamente; antes, en el coche con Wish, sólo lo había ojeado por encima.
Meadows era un enigma para Bosch. Un heroinómano y adicto a las pastillas, pero también un soldado que había solicitado permanecer en Vietnam. Se quedó incluso cuando lo sacaron de los túneles. En 1970, después de dos años bajo tierra, lo asignaron a una unidad de la policía militar adscrita a la embajada estadounidense en Saigón. No volvió a entrar en acción nunca más, pero se quedó hasta el final de la guerra. Después del tratado y la retirada de las tropas americanas en el año 1973, le dieron de baja del ejército, pero permaneció en la embajada como asesor civil. Todo el mundo volvía a casa, menos Meadows. No regresó hasta el 30 de abril de 1975, el día de la caída de Saigón. Meadows volvió en un helicóptero y luego en un avión que trasladaba refugiados a Estados Unidos. Aquélla fue su última misión gubernamental: supervisar el transporte masivo de refugiados a Filipinas y Estados Unidos.