El eco negro
Tercera parte. Martes, 22 de mayo
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Según esos papeles, tras su regreso, Meadows se había instalado en el sur de California. Sin embargo, su curriculum era muy breve: policía militar, destructor de túneles y traficante de droga. En el archivo había una solicitud para entrar en el Departamento de Policía de Los Ángeles que había sido rechazada por dar positivo en los análisis de drogadicción. El siguiente documento del archivo era una hoja del Ordenador Nacional de Inteligencia Criminal que mostraba los antecedentes penales de Meadows. Su primera detención, por posesión de heroína, se remontaba a 1978. Le dieron libertad condicional. Al año siguiente lo volvieron a arrestar, esta vez por posesión con intención de venta. Meadows alegó simple posesión y lo sentenciaron a dieciocho meses en Wayside Honor Rancho. Cumplió diez. En los dos años siguientes hubo varias detenciones por consumo de droga, ya que las marcas de pinchazos recientes se castigan con hasta sesenta días en una celda del condado. Meadows estuvo saliendo de la cárcel por una puerta y entrando por otra hasta 1981. Ese año lo encerraron una buena temporada por intento de robo, un delito federal. La hoja de antecedentes no especificaba si el robo fue a un banco, pero Bosch supuso que lo sería para que entrara en la jurisdicción del FBI. Meadows fue condenado a cuatro años en Lompoc y cumplió dos.
Sólo llevaba libre unos cuantos meses cuando lo volvieron a detener por robar un banco. Debieron de pescarlo con las manos en la masa porque Meadows se declaró culpable y pasó cinco años en Lompoc. Habría salido al cabo de tres, pero lo pillaron en un intento de fuga. Tras sentenciarlo a cinco años más, lo trasladaron a Terminal Island.
«Tantos años en chirona… —pensó Bosch—. Yo no sabía nada de todo aquello. Pero ¿qué habría hecho de haberlo sabido?». Bosch imaginó que la cárcel debió de cambiar a Meadows más que la guerra.
En 1988 Meadows salió de la prisión federal de Terminal Island y lo enviaron a un centro de reinserción para veteranos del Vietnam, en libertad condicional. El lugar se llamaba Charlie Company y estaba en una granja al norte de Ventura, a unos sesenta y cinco kilómetros de Los Ángeles. Meadows pasó allí casi un año.
Después de aquello no había nada más. El delito de consumo de drogas que le había empujado a llamar a Bosch un año antes nunca fue procesado porque no constaba en sus antecedentes. No había ningún otro contacto con la policía desde que salió de la cárcel.
El expediente contenía otro papel, escrito a mano, y Bosch adivinó que se trataba de la letra limpia y clara de Wish. Era un historial de los empleos y domicilios de Meadows. La información, recogida en los archivos de la Seguridad Social y el Registro de Vehículos, estaba listada en una columna a la izquierda del papel. Sin embargo, había espacios en blanco; períodos en los que se ignoraba su ocupación. Cuando volvió de Vietnam, Meadows había trabajado para el Distrito de Aguas del Sur de California. Fue inspector de cañerías, pero al cabo de cuatro meses perdió el puesto por retrasos y ausencias injustificadas. A partir de entonces debió de intentar ganarse la vida vendiendo heroína, porque su próximo empleo legal no fue hasta que salió de Wayside en 1979. Meadows entró a trabajar en el Departamento de Aguas y Electricidad como inspector subterráneo, en la división de alcantarillas. Perdió el trabajo al cabo de seis meses por las mismas razones que en la anterior ocasión. Hubo otros empleos esporádicos y después de que saliera de Charlie Company estuvo unos meses trabajando en una mina de oro en el valle de Santa Clarita. Nada más.
La lista contenía casi una docena de domicilios. La mayoría eran apartamentos en el barrio de Hollywood, pero también constaba una casa en San Pedro, anterior a la detención de 1979. Si en esa época había traficado, Bosch dedujo que Meadows conseguiría la droga del puerto de Long Beach, por lo que la casa de San Pedro habría sido ideal.
Bosch también averiguó que Meadows había residido en el apartamento de Sepúlveda desde que abandonó Charlie Company. En el expediente no había nada sobre el centro de reinserción ni lo que Meadows hizo allí, pero Bosch encontró el nombre del oficial encargado de su libertad condicional en las copias de sus informes semestrales. Se llamaba Daryl Slater y trabajaba en Van Nuys. Bosch tomó nota de su nombre y de la dirección de Charlie Company. Luego colocó ante él la hoja de arrestos, el historial de empleos y domicilios y los informes de libertad condicional, y comenzó a escribir una cronología, empezando con el traslado de Meadows a la prisión federal en 1981.
Cuando hubo terminado, muchos de los espacios en blanco se habían llenado. Meadows había pasado un total de seis años y medio en la penitenciaría federal. En 1988 le concedieron la libertad condicional, patrocinado por el programa de reinserción de Charlie Company, donde pasó diez meses antes de mudarse al apartamento de Sepúlveda. Los informes de ese período revelaban que había conseguido un puesto como operador de un taladro industrial en una mina de oro del valle de Santa Clarita. En 1989 obtuvo la libertad absoluta y al día siguiente dejó el trabajo. Desde entonces no se le conocía ningún empleo, según la Seguridad Social. Hacienda también corroboraba el hecho, ya que Meadows no había presentado la declaración desde 1988.
Bosch se fue a la cocina, cogió una cerveza y se preparó un bocadillo de jamón y queso, que se comió de pie, al lado del fregadero, mientras intentaba ordenar mentalmente todos los datos del caso. En su opinión, Meadows había estado tramando el golpe desde el momento en que salió de Terminal Island, o al menos de Charlie Company. Resultaba claro que tenía un plan. Estuvo trabajando legalmente hasta que cumplió el período de libertad condicional y entonces lo dejó para poner en marcha su proyecto. Bosch estaba seguro de ello. Eso significaba que, bien en la cárcel o bien en el centro de reinserción, Meadows conoció a los hombres que habían robado el banco con él. Y que luego lo habían matado.
Sonó el timbre. Bosch consultó su reloj; eran las once de la noche. Cuando llegó hasta la puerta y se acercó a la mirilla, vio a Eleanor Wish. Dando un paso atrás, echó un vistazo al espejo del recibidor y descubrió a un hombre que le miraba con ojos oscuros y cansados. Finalmente se pasó la mano por el pelo y abrió la puerta.
—Hola —dijo ella—. ¿Firmamos una tregua?
—Vale. ¿Cómo sabes dónde…? No importa, entra.
Wish llevaba el mismo traje que antes, así que aún no había pasado por casa. Bosch notó que se fijaba en los papeles desparramados sobre la mesa.
—Ya ves, sigo trabajando —explicó Bosch—. Estaba repasando algunos detalles del expediente de Meadows.
—Muy bien. Bueno, pasaba por aquí y sólo venía a decirte que… Ha sido una semana bastante dura para los dos. Quizá podamos volver a empezar a partir de mañana.
—Sí —dijo Bosch—. Y oye, siento lo que te he dicho antes… y lo de tu hermano. Tú sólo querías ser amable y yo… ¿Puedes quedarte unos minutos? ¿Quieres una cerveza?
Bosch fue a la cocina a buscar dos botellas frías. Le pasó una a ella y la condujo hasta la terraza. Fuera hacía fresco, pero de vez en cuando soplaba un viento cálido procedente del cañón. Eleanor contempló las luces del valle. Los focos de los estudios Universal barrían el cielo a intervalos regulares.
—Qué bonito —comentó ella—. Nunca había estado en uno de estos sitios. Las llaman casas colgantes, ¿no?
—Sí.
—Deben de dar miedo durante un terremoto.
—Y cuando pasa el camión de la basura.
—¿Cómo viniste a un lugar así?
—Unos tíos, esos de los focos de allá abajo, me dieron un montón de dinero por usar mi nombre y mi «asesoramiento profesional» en un programa de televisión. Como no tenía nada más en qué gastarlo, me compré esto. Cuando era pequeño y vivía en el valle de San Fernando siempre me preguntaba qué se sentiría viviendo en una de estas casas. Se la compré a un guionista de cine; aquí es donde trabajaba. Es bastante pequeña; sólo tiene una habitación, pero no creo que nunca vaya a necesitar más.
Ella se apoyó en la barandilla para mirar pendiente abajo y, siendo de noche, apenas distinguió el perfil del robledal. Él también se apoyó y, distraídamente, empezó a rasgar la etiqueta de cerveza y a tirar los trozos por el balcón. El papel dorado revoloteaba y brillaba en la oscuridad hasta desaparecer.
—Tengo unas cuantas preguntas —dijo Bosch—. Quiero ir a Ventura.
—¿Podemos hablar de eso mañana? No he venido aquí para comentar los archivos. Llevo dándoles vueltas casi un año.
Bosch asintió y se calló. Era mejor que ella explicara lo que la había traído hasta allí. Después de un largo silencio, Wish dijo:
—Debes de estar muy enfadado por lo que te hicimos, por lo de la investigación y todo lo que pasó ayer. Lo siento.
Wish tomó un sorbito de cerveza y Bosch se dio cuenta de que no le había ofrecido un vaso. Dejó que las palabras de ella flotaran en el aire unos instantes.
—No —respondió finalmente—, no estoy enfadado. La verdad es que no sé cómo estoy.
Ella se volvió hacia él y lo miró a los ojos.
—Pensábamos que abandonarías cuando Rourke te causó problemas con tu jefe. Ya sé que conocías a Meadows, pero de eso hace mucho tiempo. No lo entiendo. Para ti éste no es un caso cualquiera, pero ¿por qué? Tiene que haber algo. ¿Pasó alguna cosa en Vietnam? ¿Por qué significa tanto?
—Supongo que tengo mis razones; razones que no tienen nada que ver con el caso.
—Te creo, pero eso no importa. Necesito saber qué pasa.
—¿Qué tal la cerveza?
—Bien. Por favor, di algo, detective Bosch.
Él miró abajo, siguiendo el vuelo de un trocito de papel dorado.
—No lo sé —le respondió—. Sí y no. Supongo que todo tiene que ver con los túneles, la experiencia compartida. No es que Meadows me salvara la vida o yo la suya, pero siento como si le debiera algo. No importa lo que hiciera luego o que se convirtiera en un desgraciado. Quizá si yo hubiera hecho algo más que unas cuantas llamadas para ayudarlo el año pasado… No lo sé.
—No seas absurdo —dijo ella—. Cuando te llamó el año pasado ya estaba metido en este asunto. Por aquel entonces ya te estaba utilizando, tal como te está utilizando ahora; a pesar de estar muerto.
Bosch se había quedado sin etiqueta que pelar. Se volvió y apoyó la espalda contra la barandilla. Con una mano sacó un cigarrillo del bolsillo y se lo metió en la boca, pero no lo encendió.
—Meadows —dijo, sacudiendo la cabeza al recordarlo—, Meadows era diferente… En esa época todos éramos unos críos; la oscuridad nos asustaba y aquellas galerías estaban más negras que la pez. Meadows, en cambio, no tenía miedo. Se presentaba voluntario una y otra vez. «Ir del azul al negro»; así describía una misión en el túnel. Nosotros lo llamábamos el «eco negro». Era como bajar al infierno; cuando estabas allí podías oler tu propio miedo, era como si estuvieses muerto.
Poco a poco, los dos se habían ido volviendo hasta quedar de cara. Cuando él la miró, le pareció detectar comprensión, pero no sabía si era eso lo que necesitaba. Hacía tiempo que no buscaba comprensión, aunque lo cierto es que no sabía lo que buscaba.
—Así que todos esos críos asustados hicimos una solemne promesa, que repetíamos cada vez que alguien bajaba a uno de aquellos túneles. La promesa era que, pasara lo que pasase, nunca dejaríamos a nadie allá abajo. Aunque te murieras; no ibas a quedarte allí, porque te hacían cosas, ¿sabes? Como esos psicópatas con los que nos encontramos. Y la promesa funcionaba porque nadie quería quedarse en aquellos agujeros, ni vivo ni muerto. Una vez leí en un libro que no importa que te entierren bajo una tumba de mármol o en el fondo de un pozo de petróleo; cuando estás muerto estás muerto. Pero quienquiera que escribió eso no estuvo en Vietnam. Cuando ves la muerte de cerca se te ocurren esas ideas. Y entonces sí importa… Por eso hicimos la promesa.
Bosch sabía que no había logrado aclarar nada. Le dijo a Wish que iba a buscar otra cerveza y ella respondió que no quería más. Cuando volvió, ella le sonrió sin decir nada.
—Déjame que te cuente una historia sobre Meadows —dijo él—. En Vietnam asignaban a dos o tres de nosotros a una compañía. Cuando ellos encontraban un túnel, nosotros lo sellábamos, lo reconocíamos, lo dinamitábamos o lo que fuera.
Bosch bebió un buen trago de cerveza.
—Una vez, creo que fue en 1970, Meadows y yo íbamos con una patrulla, en una zona controlada por el Vietcong, plagada de aquellos malditos túneles. Total, que a unos cinco kilómetros de un pueblo llamado Nhuan Luc perdimos a un hombre. Lo habían… Lo siento, seguramente no quieres oír todo esto. Con lo de tu hermano y…
—Quiero oírlo. Por favor, sigue.
—Bueno, a este chico le disparó un zapador desde un agujero de araña, que es como llamaban a las pequeñas entradas al entramado de galerías. Alguien mató al zapador y Meadows y yo entramos en el túnel para inspeccionarlo. En cuanto bajamos vimos que formaba parte de una red inmensa y tuvimos que separarnos. Yo seguí un tramo hacia un lado y él hacia el otro. Quedamos en avanzar quince minutos, poner los explosivos con un efecto retardado de veinte minutos y luego volver dejando unos cuantos explosivos más por el camino. —Bosch hizo una pausa—. Recuerdo que encontré todo un hospital allá abajo: cuatro esteras vacías, un botiquín con medicamentos… todo en medio de aquel puto túnel. Me acuerdo que pensé: «Joder, ¿qué más puede haber? ¿Un cine?».
»Lo que quiero decir es que aquella gente se había enterrado viva. También había un pequeño altar con incienso todavía ardiendo. Todavía. Entonces supe que el Vietcong aún rondaba por allí, y me asusté. Puse una carga, escondida detrás del altar, y salí de allí a toda pastilla. Por el camino coloqué un par de cargas más, calculando para que explotaran todas al mismo tiempo. Cuando llegué al punto de encuentro, al agujero de araña por el que habíamos entrado, Meadows no estaba allí. Esperé un par de minutos, pero se estaba haciendo tarde y cuando explota el C-4 hay que estar lejos; algunas de aquellas galerías subterráneas tienen más de cien años. No podía hacer nada allí abajo, así que salí; pero Meadows tampoco estaba fuera.
Bosch se detuvo para beber y pensar en la historia. Ella lo miraba atentamente, en silencio.
—Al cabo de unos minutos, mis cargas explotaron y el túnel, o al menos la parte en la que yo había estado, se hundió. Todo aquel que estuviese allí habría muerto sepultado. Esperamos un par de horas a que se disiparan el humo y el polvo. Metimos un ventilador superpotente en la boca del túnel y, al encenderlo, todos los respiraderos y agujeros de la jungla escupieron humo.
»Cuando se despejó, otro tío y yo bajamos a buscar a Meadows. Aunque pensábamos que estaba muerto, habíamos hecho una promesa; pasara lo que pasase, teníamos que encontrarlo para poder enviarlo a casa. Pero no lo encontramos. Nos pasamos el resto del día allá abajo, rastreando, pero lo único que hallamos fueron vietnamitas muertos. A la mayoría les habían disparado, a otros les habían cortado el pescuezo; a todos ellos les faltaba alguna oreja. Cuando llegamos, nuestro superior nos dijo que no podíamos esperar más y tuvimos que abandonar la búsqueda. Habíamos roto la promesa.
Bosch tenía la mirada perdida en la oscuridad y la mente fija en la historia que estaba contando.
—Dos días más tarde llegó al pueblo de Nhuan Luc otra compañía y uno de sus soldados descubrió la boca de un túnel en una cabaña. La compañía envió a sus ratas a registrarlo y, al cabo de cinco minutos, toparon con Meadows, sentado como un buda en una de las galerías, sin municiones y delirando. A pesar de todo, estaba bien. Sin embargo, cuando intentaron sacarlo de allí, no quiso. Al final tuvieron que atarlo con una cuerda y que toda la patrulla tirara de él. Al salir a la superficie vieron que, con sus placas, Meadows llevaba un collar de orejas humanas.
Bosch se terminó la cerveza y entró en la casa. Ella lo siguió hasta la nevera, de donde él sacó otra botella. Eleanor dejó la suya, medio acabada, en la encimera de la cocina.
—Bueno, ésa es mi historia. Ése era Meadows. Se fue a Saigón a descansar, pero regresó porque no podía vivir fuera de los túneles. De todos modos, después de aquella experiencia, no volvió a ser el mismo. A mí me contó que se había perdido y que siguió avanzando, matando a todo lo que se le ponía por delante. Dicen que había treinta y tres orejas en el collar. Al ser un número impar, alguien me preguntó un día por qué Meadows le había perdonado una oreja a uno del Vietcong. Yo le contesté que Meadows les había dejado a todos una oreja.
Ella negó con la cabeza, incrédula, pero él asintió.
—Ojalá lo hubiera encontrado cuando bajé a buscarlo; le fallé.
Los dos se quedaron un rato de pie, con la vista fija en el suelo de la cocina. Luego Bosch vertió el resto de su cerveza por el fregadero.
—Una pregunta sobre el expediente de Meadows y no hablaré más de trabajo —dijo Bosch—. En Lompoc lo pescaron en un intento de fuga y lo enviaron a Terminal Island. ¿Sabes algo de todo eso?
—Sí, y fue un túnel. Meadows era un preso de confianza y trabajaba en la lavandería. Las secadoras tenían unos conductos de ventilación subterráneos que daban al exterior del edificio. Meadows estuvo excavando debajo de uno de ellos, no más de una hora al día. Dicen que llevaba como mínimo seis meses cavando cuando fue descubierto. Los aspersores que usan en el verano para regar el campo de fútbol ablandaron el terreno y se produjo un hundimiento.
Bosch asintió con la cabeza. Ya se había imaginado que habría algún túnel de por medio.
—Los otros dos hombres que participaron en la fuga eran un camello y un ladrón de bancos —añadió ella—. Siguen en la cárcel, o sea que no tienen nada que ver con el caso.
Él asintió de nuevo.
—Creo que es hora de irme —anunció Wish—. Mañana tenemos mucho que hacer.
—Sí. Tengo más preguntas.
—Intentaré contestarlas —respondió Wish.
Al salir al pasillo por el pequeño espacio entre la nevera y la encimera, ella tuvo que pasar tan cerca de él que Bosch notó el olor de su cabello. «A manzana», pensó. Entonces vio que ella se paraba a contemplar un cuadro en el recibidor, en la pared opuesta al espejo. Era una reproducción de El jardín de las delicias, un tríptico de un famoso pintor holandés del siglo XV.
—Hieronymus Bosch —comentó ella mientras estudiaba aquel paisaje macabro—. Cuando vi que ése era tu nombre completo pensé que…
—No hay ninguna relación —terminó él—. A mi madre le gustaban sus cuadros, supongo que por lo del apellido. Ella fue quien me envió esa reproducción con una nota que decía que le recordaba a Los Ángeles, por la cantidad de gente loca que hay. A mis padres adoptivos, bueno, no les hizo mucha gracia, pero yo lo he guardado todos estos años. Lo colgué aquí en cuanto me compré la casa.
—Pero tú prefieres que te llamen Harry.
—Sí, Harry me gusta.
—Bueno, buenas noches, Harry. Gracias por la cerveza.
—Buenas noches, Eleanor… Gracias por la compañía.