El eco negro
Cuarta parte. Miércoles, 23 de mayo
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Los temas de los libros de los estantes de abajo iban desde crímenes reales a estudios históricos de la guerra del Vietnam, y también había manuales del FBI. Incluso había un manual de investigación de homicidios del Departamento de Policía de Los Ángeles. Bosch había leído muchos de ellos e incluso aparecía en uno, un libro escrito por el periodista del Times, Bremmer, sobre el llamado Asesino de esteticistas. El asesino, un tal Harvard Kendal, había matado a siete mujeres en un año en el valle de San Fernando. Todas las víctimas eran empleadas o propietarias de centros de belleza. Kendal elegía una tienda, reconocía el terreno y seguía a las mujeres hasta su casa, donde las mataba cortándoles el cuello con una afiladísima lima de uñas. Bosch y su compañero de ese momento capturaron a Kendal gracias a un número de matrícula que la séptima víctima escribió en un bloc de notas antes de ser asesinada. Los detectives nunca comprendieron del todo por qué lo había hecho, pero supusieron que había visto a Kendal vigilando la tienda desde su camioneta. La víctima tomó la precaución de escribir el número de la matrícula, pero no la de volver a casa acompañada. Bosch y su compañero investigaron el número de matrícula y descubrieron que el propietario, Kendal, había pasado cinco años en Folsom por provocar una serie de incendios en centros de belleza cerca de Oakland, en los años sesenta.
Después averiguaron que de niño su madre había trabajado en un centro de belleza como manicura. Por lo visto, la madre había practicado con las uñas de su hijo y, según los psiquiatras, éste nunca se había recuperado del trauma. El libro de Bremmer fue un éxito de ventas y, cuando la Universal decidió hacer un telefilme, el estudio pagó a los dos detectives por usar sus nombres y asesoramiento técnico. El dinero se dobló cuando el telefilme dio paso a una serie. Su compañero dejó el departamento y se mudó a Ensenada, mientras que Bosch se quedó e invirtió su parte en una casa con vistas al mismo estudio. Harry siempre pensaba que había una simetría inexplicable en todo aquello.
—Leí el libro antes de que tu nombre saliera en la investigación.
Eleanor emergió de la cocina con dos copas de vino en la mano. Harry sonrió.
—No iba a acusarte de nada —dijo él—. Además, el libro no es sobre mí, sino sobre Kendal. Y todo el asunto fue una cuestión de suerte, pero, como hicieron el libro y la serie… Qué bien huele. ¿Qué es?
—¿Te gusta la pasta?
—Me gustan los espaguetis.
—Pues eso hay. El domingo preparé un pote enorme de salsa. Me encanta pasarme todo el día en la cocina, sin pensar en nada más… Es una buena terapia para el estrés. Y, además, la salsa dura días y días. Lo único que hay que hacer es calentarla y hervir la pasta.
Bosch tomó un poco de vino, mientras miraba un poco más a su alrededor. No se había sentado, pero se sentía muy cómodo con ella. De pronto sonrió.
—Me gusta, pero ¿por qué algo tan oscuro? —preguntó Bosch, señalando el cuadro de Hopper.
Ella lo estudió y frunció el ceño, como si lo considerara por primera vez.
—No lo sé —respondió—. Siempre me ha gustado; hay algo que me atrae. La mujer está con el hombre, así que no soy yo. Supongo que si fuera alguien, sería el hombre que se está tomando el café, porque está solo, como mirando a los dos que están juntos.
—Yo lo vi una vez en Chicago —le contó Bosch—; el original. Había ido para el traslado de un detenido y tenía una hora libre, así que me fui al Art Institute. Me pasé toda la hora mirándolo. Tiene algo… no sé, como tú has dicho. Ahora no recuerdo el caso ni a quién fui a buscar, pero me acuerdo del cuadro.
Después de cenar, se quedaron hablando en la mesa durante más de una hora. Ella le contó más cosas sobre su hermano y la dificultad de superar la rabia y la sensación de pérdida. Dieciocho años más tarde aún continuaba intentándolo, le confesó. Bosch admitió que él también seguía intentando superar su experiencia. De vez en cuando aún soñaba con los túneles, pero últimamente sus batallas eran contra el insomnio. Le contó lo confuso que se sintió al volver y lo fina que era la línea entre lo que él había hecho y lo que había hecho Meadows. Podría haber sido al revés, le dijo, y ella asintió con la cabeza como si supiera que era cierto.
Luego Wish le preguntó sobre el caso del Maquillador y su expulsión de Robos y Homicidios. Tras aquella pregunta se ocultaba algo más que mera curiosidad; Bosch adivinó que de su respuesta dependía algo importante. Wish estaba a punto de tomar una decisión sobre él.
—Bueno, supongo que lo básico ya lo sabes —comenzó—. Alguien estaba estrangulando mujeres, casi todas prostitutas, y pintándoles la cara con maquillaje. Polvos blancos, pintalabios rojo, mucho colorete en las mejillas y lápiz de ojos negro. Lo mismo todas las veces. Y también había bañado los cuerpos. Aunque nosotros nunca dijimos que las estuviera convirtiendo en muñecas. A algún gilipollas (creo que fue un ayudante del forense llamado Sakai) se le escapó que el maquillaje era el común denominador y a partir de ahí la prensa empezó a hablar del caso del Maquillador. Creo que el Canal 4 fue el que lo bautizó así, aunque a mí más bien me parecía un embalsamador. De todos modos no íbamos muy bien; no empezamos a entender al tío hasta que llegó a la decena de víctimas. Y tampoco teníamos muchas pruebas. El asesino dejaba a las víctimas en distintos lugares de la parte oeste de la ciudad. Al analizar la ropa de un par de cadáveres, averiguamos que el Maquillador seguramente llevaba peluca o algún tipo de disfraz con pelo, como una barba falsa. Las mujeres eran prostitutas callejeras y, aunque localizamos las horas y lugares de sus últimos clientes, cuando llegamos a los moteles no encontramos nada. Entonces dedujimos que el tío seguramente las recogía en el coche y se las llevaba a otro sitio, a su casa o a un lugar seguro donde las mataba. Empezamos a vigilar el Boulevard y otros sitios donde trabajan las profesionales y debimos de detener a más de trescientos clientes antes de dar con una pista. Un día, de madrugada, una prostituta llamada Dixie MacQueen llamó a la comisaría diciendo que acababa de escaparse del Maquillador y preguntando si había una recompensa a cambio de información sobre él. Tienes que tener en cuenta que cada semana recibíamos un montón de llamadas como aquélla. Después de once asesinatos, la gente comenzó a llamar como loca con pistas que no eran pistas. Ya sabes lo que pasa cuando cunde el pánico.
—Sí, ya me acuerdo —comentó Wish.
—Pero Dixie era diferente. Yo estaba trabajando en el turno de noche en las oficinas del equipo especial y cogí la llamada, así que me fui para allá y hablé con ella. Dixie me dijo que un cliente la había recogido en Hollywood, cerca de Spa Row, donde está la mansión de la cienciología, y la había llevado a un apartamento en Silver Lake. Me explicó que mientras el tío se desnudaba ella fue al baño. Después de lavarse las manos, se le ocurrió abrir el armarito debajo del lavabo, probablemente para ver si valía la pena mangar algo. Entonces vio un montón de botellitas de maquillaje, de polveras y cosas de mujer. Lo miró un momento y de repente lo vio clarísimo: ése era el asesino. Total, que le entró el canguelo, salió del baño y, al ver que el tío estaba en la cama, salió corriendo.
Bosch hizo una pausa antes de reanudar el relato.
—La cuestión es que todo eso del maquillaje no se lo habíamos dicho a la prensa. O, más bien, el gilipollas que se chivó a los medios no lo mencionó. Resultaba que el tío se quedaba las cosas de las víctimas; encontramos los bolsos, pero no los cosméticos, ya sabes, pintalabios, polveras y esas cosas. De ahí que cuando Dixie me contó lo del armarito del baño, supe que me estaba diciendo la verdad. Aquí es donde la pifié. Cuando acabé de hablar con Dixie eran ya las tres de la madrugada y todo el mundo se había ido a casa. Yo me puse a pensar que si el tío creía que Dixie se iba ir de la lengua, se largaría inmediatamente. Por eso me fui para allá solo, bueno, Dixie me acompañó, pero no salió del coche. Una vez allí vi una luz encima del garaje, detrás de una casa destartalada en Hyperion Street. Pedí refuerzos; llamé a un coche patrulla, pero mientras estaba esperando, vislumbré la silueta del hombre caminando por la habitación. Algo me dijo que estaba preparándose para largarse con todas las cosas del armario. Nosotros no teníamos otras pruebas que los once cadáveres: necesitábamos los cosméticos. También pensé que tal vez tuviera a alguien allá arriba, una sustituta de Dixie. Así que subí. Solo. El resto ya lo sabes.
—Entraste sin una orden de registro y le disparaste cuando metió la mano debajo de la almohada —continuó Wish—. Después declaraste ante la comisión que te pareció una situación de emergencia porque el asesino había tenido tiempo suficiente de salir y conseguir otra prostituta. Según tú, eso te daba la autoridad para franquear la puerta sin una orden de registro. Dijiste que habías disparado porque creíste que el sospechoso iba a sacar un arma. Si recuerdo bien el informe, fue un único disparo en la parte superior del torso, desde una distancia de cinco o seis metros. Lo malo es que el Maquillador estaba solo y debajo de la almohada sólo había un peluquín.
—Sólo un peluquín —repitió Bosch, sacudiendo la cabeza como un jugador de fútbol derrotado—. La comisión me absolvió. Demostramos la relación del tío con dos de los cadáveres a través del pelo del peluquín y relacionamos el maquillaje del baño con ocho de las víctimas. No cabía duda: era él. Yo tenía razón, pero entonces llegaron los buitres: Lewis y Clarke. Acorralaron a Dixie y le sacaron una declaración firmada en la que afirmaba haberme avisado de que él guardaba el peluquín debajo de la almohada. No sé que usaron contra ella, pero me lo imagino. Asuntos Internos siempre la ha tenido tomada conmigo. No aceptan a nadie que no pertenezca a la «familia». Bueno, la siguiente noticia fue que iban a acusarme. Querían expulsarme, llevar a Dixie a un tribunal y presentar cargos contra mí. Era como estar en el agua rodeado de sangre con dos enormes tiburones al acecho.
Bosch se detuvo ahí, momento en que Eleanor retomó la historia.
—Los detectives de Asuntos Internos calcularon mal, Harry. No se dieron cuenta de que la opinión pública se pondría de tu parte. Eras conocido en los periódicos como el poli que había resuelto los casos del Asesino de esteticistas y el Maquillador. Un personaje de televisión al que no podían cargarse sin un montón de atención pública y bochorno para el departamento.
—Sí, alguien de arriba les paró los pies en lo de llevarme a juicio —explicó Bosch—. Tuvieron que conformarse con una suspensión y mi degradación a Homicidios de Hollywood.
Bosch tenía la copa de vino vacía agarrada por el pie y le daba vueltas distraídamente.
—«Conformarse»… —repitió al cabo de un rato—. Lo peor es que esos dos tiburones de Asuntos Internos siguen nadando por ahí, esperándome.
Ambos permanecieron un rato en silencio. Él imaginaba que ella le repetiría la pregunta que ya le había hecho antes. ¿Había mentido la prostituta? Pero ella no preguntó nada y, al cabo de un rato, simplemente le miró y sonrió. Bosch sintió que había pasado la prueba. Entonces ella empezó a recoger los platos de la mesa. Bosch la ayudó en la cocina y, cuando hubieron terminado de fregar, se secaron las manos con el mismo trapo y se besaron dulcemente. Después, como siguiendo el mismo código secreto, se abrazaron con fuerza y se besaron con el hambre de la gente solitaria.
—Quiero quedarme —dijo Bosch después de separarse momentáneamente.
—Y yo quiero que te quedes —respondió ella.
Los ojos drogados de Pirómano le brillaban bajo la luz de neón. Chupó con fuerza su Kool, tragándose el precioso humo. Habían liado el cigarrillo con una sustancia psicodélica. Cuando dos columnas de humo se le escaparon por la nariz, el chico sonrió.
—¡Eres el primer tiburón que usan como cebo! —exclamó—. ¿Captas?
Pirómano soltó una carcajada y dio otra fuerte calada antes de pasarle el cigarrillo a Tiburón. Éste creía que ya había fumado bastante, así que se lo pasó a Mojo.
—Me estoy cansando de esta mierda —comentó Tiburón—. ¿Por qué no vas tú, para variar?
—Tranqui, colega. Tú eres el único que puede hacerlo. Mojo y yo no actuamos tan bien como tú. Además nosotros tenemos nuestra función. Tú no tienes fuerza para currar a esos maricones.
—Y ¿por qué no volvemos al 7-Eleven? —sugirió Tiburón—. No me gusta eso de no saber quién es. El 7-Eleven funciona; allí escogemos a nuestra presa, no ellos a nosotros.
—Ni en broma —sentenció Mojo—. No sabemos si el último tío nos denunció o no. Tenemos que desaparecer un tiempo. Igual la pasma lo está vigilando desde el mismo aparcamiento que usábamos nosotros.
Tiburón sabía que tenían razón, pero pensaba que pasearse por la zona de maricas de Santa Monica Boulevard se parecía demasiado a hacer la calle de verdad. Muy pronto, adivinó, sus dos colegas no tendrían ganas de atacar. Querrían que él se ganara el dinero haciendo chapas. Tiburón tenía muy claro que en ese momento los dejaría y se abriría.
—Vale —dijo bajando de la acera—. No me falléis.
Cuando Tiburón se dispuso a cruzar la calle, Pirómano le recordó:
—¡Un BMW como mínimo!
«Como si tuvieran que decírmelo», pensó Tiburón. Tras caminar media manzana hacia La Brea, se apoyó en la puerta de una imprenta ya cerrada. Todavía le quedaba otra media manzana para llegar a Hot Rod, una librería para adultos en la que por veinticinco centavos podían verse desnudos masculinos por una ranura. Sin embargo, estaba lo suficientemente cerca para captar la atención de un hombre que salía de la librería. Tiburón desvió la vista y, al volverse, vislumbró el brillo del porro en la oscuridad del callejón donde Pirómano y Mojo esperaban sentados en sus motos.
Al cabo de diez minutos, un coche, un Grand Am nuevo, se detuvo junto a la acera y bajó la ventanilla. Recordando lo de BMW como mínimo, Tiburón resolvió pasar de él hasta que vislumbró un fulgor dorado y decidió acercarse un poco. La adrenalina se le disparó al ver que la mano que agarraba el volante estaba adornada con un Rolex Presidencial. Si era auténtico, Pirómano sabía de un sitio donde les podrían dar tres mil dólares por él. Tocarían a uno de los grandes por cabeza, sin contar lo que este primo pudiera tener en su casa o en la cartera. Tiburón sopesó al hombre con la mirada. Parecía un tío legal, un ejecutivo. Moreno, traje oscuro. Cuarenta y tantos años, no demasiado corpulento. Pensó en que incluso podría con él sin ayuda de sus amigos.
El hombre sonrió a Tiburón y le dijo:
—¿Qué tal?
—Bien. ¿Qué pasa?
—No pasa nada, aquí estoy, dando una vuelta. ¿Quieres venir?
—¿Adónde?
—A ningún sitio en concreto. Aunque conozco un lugar donde podemos estar solos.
—¿Tienes cien dólares?
—No, pero tengo cincuenta dólares para un partido de béisbol.
—¿Lanzando o recogiendo?
—Lanzando, y me he traído mi propio guante.
Tiburón dudó un instante. Echó un vistazo rápido al callejón donde había visto el brillo del Kool, pero éste había desaparecido, por lo que sus amigos debían de estar preparados. Luego volvió a mirar el reloj.
—Guay —respondió y subió al coche.
El coche se dirigió al oeste, pasando por delante del callejón. Tiburón se controló para no mirar, pero le pareció oír el ruido de las motos que arrancaban. Le seguían.
—¿Adónde vamos? —preguntó.
—Em… No puedo llevarte a casa, amigo; pero conozco un sitio donde podemos ir y nadie nos molestará.
—De acuerdo.
Al pararse en un semáforo de Flores Street, Tiburón se acordó del tío del otro día, porque estaban cerca de su casa. Pirómano parecía currar cada vez más fuerte. Esto tendría que parar pronto o acabarían matando a alguien. Esperaba que el tío del Rolex se lo cediera sin problemas, porque no había manera de predecir lo que podían hacer esos dos. Colocados como estaban, tendrían ganas de meter caña.
De pronto el coche arrancó. Tiburón vio que el semáforo seguía rojo.
—¿Qué pasa? —preguntó asustado.
—Nada. Me he hartado de esperar.
A Tiburón le pareció que en ese momento no sería sospechoso volverse a mirar. Cuando lo hizo, vio que sólo había coches esperando en el cruce; nada de motos. «Qué cabrones». Entonces sintió un sudor frío en la frente y los primeros temblores de miedo. El hombre giró a la derecha después de Barnie’s Beanery y subió colina arriba hacia Sunset Boulevard. Después de coger Highland hacia el este, volvió a girar al norte.
—¿Hemos estado juntos antes? —preguntó—. Tu cara me suena. No sé… quizá nos conozcamos de vista.
—No, si yo nunca… No, no creo —contestó Tiburón.
—Mírame.
—¿Qué? —exclamó Tiburón, sorprendido por la pregunta y el tono duro del hombre—. ¿Por qué?
—Mírame. ¿Me conoces? ¿Me habías visto antes?
—¿De qué vas? Ya te he dicho que no, tío.
El hombre se metió en el aparcamiento este de Hollywood Bowl, que estaba totalmente desierto. Condujo rápido y en silencio hasta el oscuro extremo norte. Tiburón pensó: «Si éste es tu “sitio tranquilo”, de Rolex auténtico nada, monada».
—¡Eh! ¿Qué haces? —preguntó Tiburón, mientras pensaba en una forma de rajarse. Estaba casi seguro de que, con lo colocados que iban Pirómano y Mojo se habrían perdido. Se había quedado colgado con este tío y maldita la gracia que le hacía.
—El Bowl está cerrado, pero tengo las llaves de los camerinos. ¿Lo ves? —le dijo el hombre—. Si nos metemos por el túnel de Cahuenga, casi en la salida hay un caminito que nos lleva a la parte de detrás. No habrá nadie; lo sé porque trabajo allí.
Por un momento Tiburón consideró enfrentarse al tío él solo, pero no se vio capaz. Como no lo cogiera por sorpresa… Bueno, ya vería. El hombre apagó el motor y abrió la puerta. Tiburón abrió la suya, bajó del coche y escudriñó el enorme aparcamiento vacío en busca de los faros de las dos motocicletas. Nada. «Lo atacaré al otro lado», decidió. Tendría que hacer algo; o pegar y salir corriendo, o sólo correr.
Tiburón y el hombre se dirigieron hacia un cartel que decía «Paso peatonal» situado frente a una estructura de cemento con una puerta que daba paso a unas escaleras. Mientras bajaban por los escalones encalados, el hombre del Rolex puso su mano sobre el hombro de Tiburón. A continuación lo agarró del cuello de forma paternal y el chico notó el frío metal del reloj sobre su piel.
—¿Estás completamente seguro de que no nos conocemos, Tiburón?
—Que no, tío. Ya te he dicho que nunca he estado contigo.
Estaban ya en medio del túnel cuando Tiburón se dio cuenta de que le había llamado por su nombre.