El eco negro
Quinta parte. Jueves, 24 de mayo
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Quinta parte
Jueves, 24 de mayo
Hacía mucho tiempo desde la última vez. En el dormitorio de Eleanor, Harry Bosch estuvo torpe, como les suele ocurrir a los hombres demasiado preocupados o faltos de práctica. Al igual que otras primeras veces, la cosa no fue muy bien; ella tuvo que guiarle con dedos y susurros. Después, él quiso disculparse pero no lo hizo. Se abrazaron y se quedaron adormecidos. Bosch se sumergió en el olor de su cabello, el mismo perfume a manzana que había notado en su apartamento la noche anterior. Estaba tan obsesionado con ella que no quería dejar de respirar aquel aroma. Al cabo de un rato, la despertó con besos y volvieron a hacer el amor. Esta vez no necesitó instrucciones y ella no tuvo que guiarlo. Cuando acabaron, Eleanor le susurró:
—¿Crees que alguien puede estar solo en este mundo y no sentirse solo? —Como Harry no le contestó inmediatamente, ella añadió—: ¿Estás solo o te sientes solo?
Él pensó en ello un rato mientras ella repasaba el tatuaje de su hombro con el dedo.
—No lo sé —respondió finalmente—. Uno se acostumbra a las cosas tal como son. Y yo siempre he estado solo. Supongo que también me he sentido solo… hasta ahora.
Sonrieron y se besaron en la oscuridad. Poco después, él oyó la respiración acompasada de ella, ya dormida. Bastante más tarde, Bosch se levantó de la cama, se puso los pantalones y salió a fumar al balcón. Apenas había tráfico en Ocean Park Boulevard, incluso se oía el rumor del mar. No había luz ni en el apartamento de al lado ni en ningún otro, a excepción de la calle. Los jacarandás que flanqueaban la calzada estaban perdiendo sus flores, y algunas habían caído sobre la acera y los coches aparcados como copos de nieve violeta. Bosch se apoyó en la barandilla y exhaló una bocanada de humo al frío viento de la noche.
Cuando iba por su segundo cigarrillo oyó que la puerta se abría detrás de él y notó que Eleanor lo abrazaba, rodeándolo por la cintura.
—¿Qué te pasa, Harry?
—Nada, estaba pensando. Ten cuidado: alerta cancerígena. ¿No te acuerdas del informe sobre los instintos secundarios?
—Riesgos, Harry, no instintos. ¿En qué estabas pensando? ¿Todas tus noches son así?
Bosch se revolvió en sus brazos y la besó en la frente. Ella llevaba una bata corta de seda rosa. Él le frotó la nuca con el pulgar.
—Casi ninguna es como ésta. No podía dormir; estaba pensando.
—¿En nosotros? —preguntó ella, dándole un beso en la barbilla.
—Sí.
—¿Y?
Él acercó la mano al rostro de ella y repasó el contorno de su mentón con los dedos.
—Me estaba preguntando cómo te hiciste esta cicatriz tan pequeña.
—Ah, esto… Me lo hice cuando era niña. Mi hermano y yo íbamos en bici y yo estaba montada en el manillar. Bajábamos por una colina que se llama Highland Avenue (esto fue cuando vivíamos en Pensilvania) y él perdió el control. La bicicleta empezó a zigzaguear y yo me asusté muchísimo porque sabía que íbamos a estrellarnos. Pero justo cuando perdimos el control del todo y salimos disparados, mi hermano me gritó: «¡Tranquila, Ellie!». Y, como lo dijo, me tranquilicé. Me hice un corte en la barbilla, pero ni lloré ni nada. Siempre me ha parecido genial que, en un momento como ése, me gritara a mí en vez de preocuparse por él. Pero mi hermano era así.
Bosch dejó de acariciarla.
—También estaba pensando en que lo de esta noche ha sido bonito.
—Sí, sobre todo para un par de aves nocturnas. Ven, vuelve a la cama.
Los dos entraron en el apartamento. Bosch fue al lavabo, se lavó los dientes con el dedo y finalmente se deslizó bajo la sábana con ella. En la mesilla de noche el reloj digital brillaba con un fulgor azulado. Cuando Bosch cerró los ojos, marcaba las 2.26.
Al abrirlos de nuevo, marcaba las 3.46 y un agudo pitido resonaba por la habitación. Bosch tardó un segundo en darse cuenta de que no estaba en su casa, sino en la de Eleanor Wish. Entonces distinguió su silueta, agachada junto a la cama.
—¿Dónde está? —preguntó Eleanor, mientras revolvía la ropa de Bosch—. No lo encuentro.
Bosch alargó la mano hasta alcanzar sus pantalones, palpó el cinturón y encontró el busca fácilmente. Lo apagó sin esfuerzo, acostumbrado a hacerlo a oscuras.
—Qué ruido tan horrible —comentó ella.
Bosch se incorporó un poco, se ató la sábana a la cintura y se quedó sentado en la cama. Bostezó y avisó a Eleanor de que iba a encender la luz. Ella le dijo que adelante. La bombilla deslumbró a Bosch como una explosión de diamantes y, cuando volvió a recuperar la vista, ella estaba de pie ante él, desnuda, mirando el buscapersonas. Bosch finalmente comprobó el número en la pantallita digital, pero no lo reconoció. Después de pasarse una mano por la cara y el pelo, cogió el teléfono de la mesilla de noche y se lo puso sobre el regazo. Marcó el número y registró su ropa en busca de un cigarrillo. Cuando lo encontró se lo metió en la boca, pero no lo encendió.
Algo incómoda, Eleanor caminó hacia una butaca para ponerse la bata. Después se metió en el baño y cerró la puerta. Bosch oyó que abría un grifo. En ese momento una persona cogió el teléfono.
—Harry, ¿dónde estás? —dijo Edgar como todo saludo.
—Fuera de casa. ¿Qué sucede?
—El chico que estabas buscando, el de la llamada a Emergencias… Lo encontraste, ¿no?
—Sí, pero lo estamos buscando otra vez.
—¿Cómo «estamos»? ¿Tú y la federal?
Eleanor salió del baño y se sentó junto a Bosch al borde de la cama.
—Jerry, ¿por qué llamas? —preguntó Bosch, sintiendo una opresión en los pulmones.
—¿Cómo se llamaba el chico?
Bosch estaba aturdido. Hacía meses que no dormía tan profundamente, y ahora le despertaban de golpe… No recordaba el verdadero nombre de Tiburón y no se lo quería preguntar a Eleanor porque Edgar podría oírlo y descubrir que estaban juntos. Cuando Eleanor intentó decir algo, Harry le puso un dedo en los labios y negó con la cabeza.
—¿Edward Niese? —dijo Edgar rompiendo el silencio—. ¿Se llamaba así?
La sensación de opresión había desaparecido. En su lugar, Bosch notó un puño invisible que le perforaba las costillas y le golpeaba directo al corazón.
—Sí —contestó.
—¿Tú le diste una de tus tarjetas?
—Sí.
—Pues ya no hace falta que lo busques.
—¿Qué ha pasado?
—Ven a verlo tú mismo. Estoy en el Bowl. Tiburón está en el paso subterráneo debajo de Cahuenga. Aparca en la zona este; ya verás los coches.
A las cuatro y media de la mañana el extremo norte del aparcamiento del Hollywood Bowl suele estar vacío, pero cuando Bosch y Wish llegaron al paso de Cahuenga por Highland Avenue se encontraron con los coches patrulla y furgonetas oficiales que señalan el final violento, o cuando menos inesperado, de una vida. El precinto amarillo que se usa para cercar la escena del crimen formaba un cuadrado frente a la escalera que llevaba al paso subterráneo. Bosch mostró su placa y dio su nombre a un policía de uniforme que iba apuntando en una lista a todos los agentes que entraban. Después de franquear el control, Bosch y Wish se acercaron a la boca del túnel, donde oyeron el eco de un motor. Bosch sabía que el fuerte ruido procedía de un generador que iluminaba el lugar en el que se hallaba el cadáver. Antes de bajar, Bosch se volvió hacia Wish.
—¿Prefieres esperar aquí? —le preguntó—. No hace falta que vayamos los dos.
—Soy policía, ¿sabes? —le cortó ella—. No es la primera vez que veo un cadáver. No empezarás a ponerte paternal, ¿no? Si quieres, yo bajo y tú te quedas aquí.
Bosch no dijo nada, totalmente sorprendido por aquel repentino cambio de humor. La miró un momento, perplejo, y ambos empezaron a bajar los escalones. Sin embargo, se detuvieron cuando el enorme cuerpo de Edgar asomó por el túnel y comenzó a subir hacia ellos. Edgar vio a Bosch primero y luego a Eleanor Wish.
—¡Hola, Harry! —le saludó—. ¿Éste es tu nuevo compañero? Por lo visto os lleváis muy bien, ¿no?
Bosch lo fulminó con la mirada, aunque Eleanor iba unos pasos atrás y probablemente no había oído el comentario.
—Perdona, tío —se disculpó Edgar, con una voz apenas audible por culpa del estruendo procedente del túnel—. Es que llevo una nochecita… Si vieras al capullo de compañero que me ha enchufado Noventa y Ocho…
—Pensaba que ibas a…
—Pues, no —contestó—. Pounds me ha puesto con Porter, de Automóviles, un borracho de aquí te espero.
—Ya lo conozco. ¿Y cómo has conseguido sacarlo de la cama?
—No estaba en casa. Tuve que ir a buscarlo al Parrot, un club privado de North Hollywood. Porter me dio el número cuando nos presentaron y me dijo que iba casi todas las noches. Me contó que se ocupaba de la seguridad, pero se me ocurrió comprobarlo telefoneando al Parker Center y allí no sabían nada. Que yo sepa lo único que hace es beber como un cosaco. Cuando lo llamé debía de estar casi inconsciente porque, según el camarero, no había ni oído el busca. Si le hicieran un test de alcoholemia ahora mismo, me juego algo a que daría 0,2 como mínimo.
Bosch asintió, frunció el ceño los tres segundos de rigor y acto seguido apartó de su mente los problemas de Jerry Edgar. Entonces oyó a Eleanor detrás de él y se la presentó a su antiguo compañero. Ambos se dieron la mano e intercambiaron sonrisas.
—Bueno, ¿qué tenemos? —preguntó Bosch.
—Hemos encontrado esto en el cuerpo —anunció Edgar, mientras les mostraba una bolsita de plástico transparente con unas cuantas fotos.
Más imágenes de Tiburón desnudo. El chico no había perdido el tiempo en renovar su oferta. Cuando Edgar le dio la vuelta a la bolsa, Bosch vio su tarjeta de visita.
—Parece ser que el chaval era un chapero de Boytown, pero si hablasteis con él supongo que ya lo sabéis. Al ver la tarjeta, me imaginé que podría ser el de la llamada a Emergencias —explicó Edgar—. Si queréis bajar a echar un vistazo, adelante. Nosotros ya hemos tomado nota, así que podéis tocar todo lo queráis. Os aviso que no se oye una mierda. Un idiota (no sabemos si fue el asesino o algún gamberro) se cargó todas las luces del túnel y hemos tenido que traer las nuestras. Como los cables no alcanzaban, tuvimos que meter el generador dentro. El muy cabrón hace un ruido de la hostia.
Edgar se volvió de nuevo hacia el túnel, pero Bosch alargó la mano y le tocó el hombro.
—Jed, ¿cómo os avisaron de esto?
—Con una llamada anónima. No fue al número de Emergencias y por eso no tenemos cinta. Lo único que sabemos es que llamó directamente a la comisaría de Hollywood y era un hombre. Es lo único que fue capaz de decirnos el tonto del culo que cogió la llamada, uno de esos gorditos que no se enteran.
Edgar se volvió hacia el subterráneo, seguido de Bosch y Wish. El túnel era un largo pasillo que giraba hacia la derecha. Tenía un suelo de cemento sucio y las paredes con un estucado blanco casi completamente cubierto de pintadas. «No hay nada como una buena dosis de realidad urbana cuando sales de una sinfonía en el Bowl», pensó Bosch. Todo estaba a oscuras salvo la escena del crimen, que estaba bañada por un potente chorro de luz. Desde el lugar en el que se encontraba, Bosch vislumbró una forma humana, la de Tiburón, y a los hombres que trabajaban bajo los focos. Mientras iba palpando la pared con la mano para mantener el equilibrio, Bosch notó un viejo olor a humedad mezclado con el nuevo olor a gasolina y a humo producido por el generador. Su frente y su pecho se perlaron de sudor y su respiración se tornó rápida y entrecortada. Cuando llevaban recorridos unos nueve metros, pasaron por delante del generador. Avanzaron otro tanto y allí, bajo la luz brutal de los focos estroboscópicos, yacía Tiburón.
La cabeza del chico descansaba apoyada contra la pared del túnel en un ángulo forzado. A Bosch le pareció más pequeño y joven de lo que recordaba. Tenía los ojos entreabiertos y la mirada perdida de un ciego. Llevaba una camiseta negra con las palabras «Guns N’ Roses» empapada en su propia sangre y unos tejanos gastados con los bolsillos vueltos del revés. A su lado había un aerosol en una bolsita de plástico y sobre su cabeza una inscripción que rezaba: «RIP Tiburón». Era obra de una mano inexperta, ya que la pintura negra se había corrido por la pared en chorretones finos que resbalaban hasta la cabeza de Tiburón.
Gritando para que le oyera por encima del ruido del generador, Edgar le preguntó a Bosch si quería verla y éste supo que se refería a la herida. Con la cabeza inclinada hacia delante, el corte en el cuello de Tiburón no era visible; sólo se distinguía la sangre. Harry negó con la cabeza.
Bosch se fijó en las salpicaduras de sangre en la pared y en el suelo, en un radio de un metro del cuerpo. Porter, el borracho, comparaba las formas de las gotas de sangre con unas fichas que mostraban distintos tipos de salpicaduras, mientras un perito las fotografiaba. Las del suelo eran redondas, mientras que las de la pared eran elípticas. No hacían falta fichas para darse cuenta de que el chico había sido asesinado en el túnel.
—Por lo que parece —dijo Porter en voz alta sin dirigirse a nadie en particular—, alguien vino por detrás, le cortó el cuello y lo tiró al suelo.
—¿Cómo iba a venir alguien por detrás en un túnel como éste? El chico iba con alguien y se lo cargaron. No fue un ataque por sorpresa, Porter.
Porter se metió las fichas en el bolsillo y dijo:
—Perdona, colega.
No volvió a abrir la boca. Porter estaba gordo y hecho polvo, como muchos policías que llevan demasiado tiempo en el cuerpo. Llevaba una chaqueta de tweed con los codos gastados y, aunque todavía podía embutirse en un pantalón de la talla 44, su enorme barriga le sobresalía por encima del cinturón. Tenía la cara demacrada y pálida como una tortita de harina, en la que destacaba una narizota de bebedor, deforme y angustiosamente roja.
Bosch encendió un cigarrillo y se metió la cerilla quemada en el bolsillo. Luego se agachó junto al cadáver, como un jugador de béisbol, levantó el aerosol de pintura y lo sopesó. Estaba casi lleno, lo cual confirmaba lo que ya sabía o temía: que fue él quien mató a Tiburón. Al menos de forma indirecta. Bosch lo había encontrado y convertido en una persona valiosa o potencialmente valiosa para el caso, cosa que alguien no se podía permitir. Bosch se quedó ahí agachado, con los codos en las rodillas y el cigarrillo en la boca, fumando y observando el cadáver detenidamente para asegurarse de que nunca lo olvidaría.
Meadows había formado parte de todo aquello, del círculo de hechos encadenados que lo habían matado. Pero Tiburón no. El chico era un delincuente callejero, cuya muerte seguramente salvaría la de otra persona en el futuro. Pero aún así, no se merecía aquello, porque en aquel círculo era inocente. Las cosas se habían descontrolado; a partir de aquel momento regirían nuevas reglas, tanto en un bando como en el otro. Bosch le indicó al ayudante del forense que retirara el cadáver de la pared. Apoyándose en el suelo con una mano para no perder el equilibrio, miró fijamente el cuello y la garganta destrozadas. No quería olvidar un solo detalle. En un momento dado, la nuca de Tiburón se dobló hacia atrás, dejando al descubierto la enorme herida, Bosch no desvió la mirada.
Cuando apartó finalmente la vista del cadáver, Bosch se dio cuenta de que Eleanor ya no se hallaba en el túnel. Se levantó y le hizo una señal a Edgar para que le acompañara afuera, porque no quería tener que gritar por encima del ruido del generador. A la salida, Harry vio que Eleanor estaba sola, sentada en el peldaño superior de las escaleras. Los dos hombres pasaron junto a ella y Harry, al ponerle la mano en el hombro, notó su rigidez.
Lejos del ruido, Harry preguntó a su antiguo compañero:
—¿Qué han encontrado los peritos?
—Nada —dijo Edgar—. Si fue un asunto de pandillas es lo más limpio que he visto; no dejaron ni una sola huella. El aerosol está totalmente limpio. No tenemos ni el arma, ni testigos ni nada.
—Tiburón formaba parte de un grupo que vivía en un motel del Boulevard (al menos hasta hoy), pero no estaba metido en ninguna pandilla —le informó Bosch—. Lo pone en los archivos. Era un delincuente de segunda; vendía fotos, robaba a homosexuales y ese tipo de cosas.
—¿Dices que salía en los archivos de pandillas, pero no formaba parte de ninguna?
—Eso es.
—Bueno, quizá la persona que lo mató no lo sabía; tal vez creyera que era miembro de una banda —aventuró Edgar.
Wish se acercó a ellos, pero no dijo nada.
—Está claro que no es un asunto de pandillas, Jed —insistió Bosch.
—¿Ah, sí?
—Sí. De lo contrario no habrían dejado un aerosol lleno. Ningún pandillero abandonaría algo así. Además, la persona que pintó la pared no tenía ni idea. Toda la pintura está corrida; es una verdadera chapuza.
—Ven un momento —le pidió Edgar.
Tras mirar a Eleanor y hacerle un gesto para que no se preocupara, Bosch y Edgar se alejaron unos pasos. Se detuvieron junto a la cinta amarilla.
—Bosch, ¿qué coño os contó ese chico? ¿Y por qué lo soltasteis si formaba parte del caso? —le espetó Edgar.
Bosch le resumió la historia, explicándole que en aquel momento ignoraban que Tiburón fuera importante para la investigación. Obviamente alguien había creído que lo era o, como mínimo, no había querido correr el riesgo. Mientras hablaba, Bosch contemplaba las colinas en el horizonte, entre las que vislumbró las primeras luces del amanecer perfilando las altas palmeras. Edgar dio un paso atrás y también inclinó la cabeza en esa dirección, aunque él no miraba al cielo. Tenía los ojos cerrados.
—Harry, ¿sabes qué fin de semana es éste? —preguntó—. El lunes es el último lunes de mayo, el día de los Caídos. Es el puente más rentable del año porque empieza la temporada de verano. El año pasado vendí cuatro casas. En esos tres días gané casi más que en todo el año como policía.
Bosch se sintió confundido ante el repentino giro de la conversación.
—¿De qué hablas?
—De que no pienso romperme los cuernos con este caso. No quiero que me joda mi negocio como la semana pasada. Si quieres, le digo a Pounds que, como este caso está relacionado con el vuestro, estáis interesados en llevarlo. Si no, ya te aviso ahora mismo que sólo voy a dedicarme a él en horas de oficina.
—Dile lo que quieras, Jed. No me toca a mí decidir.
Bosch dio media vuelta, dispuesto a reunirse con Eleanor.
—Una cosa —le detuvo Edgar—. ¿Quién sabía que habías encontrado al chico?
Bosch se quedó mirando a Eleanor y, sin darse la vuelta, le contestó:
—Lo arrestamos en la calle y lo entrevistamos en Wilcox. Los informes fueron al FBI. ¿Qué quieres que te diga, Jed?
—Nada —respondió Edgar—. Pero tú y el FBI deberíais haber cuidado mejor a vuestro testigo. De esa manera a lo mejor me habríais ahorrado un poco de tiempo a mí y ese pobre chaval aún estaría vivo.
Bosch y Wish regresaron lentamente al coche. Una vez dentro, Bosch le preguntó:
—¿Quién lo sabía?
—¿Qué quieres decir? —inquirió ella.
—Lo que me acaba de preguntar Edgar, ¿quién sabía lo de Tiburón?
Ella reflexionó un momento.
—En el FBI, Rourke recibe los informes diarios y el otro día le envié un memorándum sobre lo de la hipnosis. Los informes van a Archivos donde se hace una copia para nuestro superior, el agente especial Whitcomb. La cinta de la entrevista que me diste está guardada bajo llave en mi mesa. Nadie la ha oído, ni transcrito. Supongo que cualquiera podría haber visto los informes, pero no, ni se te ocurra, Harry. Nadie… No puede ser.
—Bueno, sabían que encontramos al chico y que podía ser importante. O sea, que deben de tener a alguien dentro.
—Harry, eso es pura especulación. Podrían ser muchísimas cosas. Como le dijiste a Edgar, lo arrestamos en plena calle. Cualquiera podría haberlo visto: sus propios amigos, esa chica… cualquiera podría haber corrido la voz de que buscábamos a Tiburón.
Bosch pensó en Lewis y Clarke; ellos también debían de haberlo visto recogiendo a Tiburón. ¿Cuál era su papel en todo aquello? Bosch no comprendía nada.
—Tiburón era un tío duro —dijo Bosch—. ¿Crees que habría entrado con alguien en un túnel por la cara? Yo creo que no tuvo elección; quizá lo obligó alguien con una placa.
Wish no arrancó el coche. Los dos se quedaron sentados, pensando, hasta que finalmente Bosch soltó:
—Tiburón ha sido una advertencia.
—¿Qué?
—Un mensaje para nosotros. ¿No lo ves? Le dejan mi tarjeta en el cuerpo, lo denuncian por una línea que no se puede detectar… y lo matan en un túnel. Quieren que sepamos que lo hicieron, que tienen alguien dentro y que se están riendo de nosotros.
Wish puso el motor en marcha.
—¿Adónde vamos?
—Al FBI.
—Harry, ten cuidado con esta teoría. Si intentas venderla y resulta que no es verdad, podrías dar a tus enemigos la cuerda que necesitan para ahorcarte.
«Enemigos —pensó Bosch—. ¿Quiénes son mis enemigos esta vez?».
—Yo soy responsable de la muerte de ese chico —dijo Bosch—. Lo mínimo que puedo hacer es averiguar quién lo mató.
Mientras Eleanor Wish abría la puerta de acceso a los despachos del FBI, Bosch echó un vistazo al cementerio de veteranos por entre las cortinas de la sala de espera. La niebla continuaba pegada al campo de lápidas, lo cual, visto desde arriba, producía la impresión de que cientos de espíritus estuvieran saliendo de sus ataúdes al mismo tiempo. Bosch reconoció la oscura zanja cavada en la cima de la colina, pero fue incapaz de averiguar de qué se trataba. Parecía casi una fosa común, una larga brecha abierta en la tierra, como una herida brutal. Bosch reparó en que el interior estaba tapizado con una lona de plástico negro.
—¿Quieres un café? —le ofreció Wish.
—Sí —respondió al instante. Alejándose de las cortinas, Bosch la siguió por el pasillo. El Buró estaba vacío. Entraron en la cocina de la oficina y él la observó mientras ella vertía un paquete de café en el filtro y encendía la cafetera.
Los dos contemplaron en silencio el café que goteaba lentamente en un pote de cristal. Harry encendió un cigarrillo e intentó pensar únicamente en el café que se estaba haciendo. Ella apartó el humo con la mano, pero no le pidió que lo apagara.
Cuando el café estuvo listo, Bosch se lo tomó solo. La cafeína tuvo un efecto instantáneo. A continuación se sirvió una segunda taza y se llevó las dos a la oficina de la brigada. Al llegar a la mesa que le habían prestado, encendió un segundo cigarrillo con la colilla del primero.
—El último —prometió al advertir la mirada de ella.
Eleanor se sirvió un vaso de agua de una botella que sacó del cajón de su mesa.
—¿Nunca se te acaba el agua? —bromeó Bosch.
Ella no respondió.
—Harry, no podemos culparnos de la muerte de Tiburón. Por esta regla de tres, deberíamos ofrecer protección a todas las personas que interrogamos. Deberíamos ir a casa de su madre y meterla en el programa de protección de testigos. Y a la chica del motel… ¿No ves que es una locura? Tiburón era Tiburón. Si vives en la calle, mueres en la calle.
Al principio Bosch se quedó callado, pero luego dijo:
—Déjame ver los nombres.
Wish buscó los archivos del caso WestLand, los hojeó y sacó un taco de papel continuo plegado en forma de acordeón.
—Ahí está la lista de todo el mundo que tenía una caja —dijo ella, plantándosela en la mesa—. Detrás de algunos de los nombres hay unas notas escritas. La mayoría no tienen relación con el caso, sino que se refieren a si estaban engañando a la compañía aseguradora.
Cuando Bosch comenzó a desdoblar las hojas descubrió que incluían una lista larga y cinco cortas, marcadas con letras de la A a la E. Al preguntar qué significaban, ella se acercó a su mesa y las miró por encima del hombro de él. Bosch notó el olor a manzana de su cabello.
—Bueno, la lista larga es lo que te he dicho; una relación completa de todo el mundo que tenía una caja. Después elaboramos cinco sublistas que marcamos con letras de la A a la E. La primera es la de cajas alquiladas durante los tres meses anteriores al robo. La lista B corresponde a los propietarios que no denunciaron pérdidas y la C es la lista de cabos sueltos: la de propietarios fallecidos o que dieron información falsa cuando la alquilaron. La cuarta y quinta contienen los nombres que coinciden en las primeras tres. En la D están las personas que alquilaron una caja en los tres meses anteriores al robo y no denunciaron pérdidas. En la E tenemos a la gente de la lista de cabos sueltos que coincidía con la de los tres meses. ¿Está claro?
Bosch lo había comprendido perfectamente. El FBI supuso que los ladrones habrían investigado el interior de la cámara antes del robo y que la manera más fácil de hacerlo era alquilar una caja. De ese modo obtenían un acceso legal; el hombre que alquilase la caja podría entrar en la cámara en cualquier momento para examinar el interior. Por esa razón, la lista de las personas que habían alquilado una caja durante los tres meses anteriores al asalto tenía todos los números de incluir al espía.
En segundo lugar, resultaba probable que este espía no quisiera llamar la atención después del robo, por lo que tal vez declaró que no había perdido nada, cosa que lo pondría en la lista D. Ahora bien, si no había realizado ninguna declaración o había dado información falsa en el contrato de alquiler de la caja, su nombre estaría en la lista E.
La lista D contenía solamente siete nombres, mientras que en la E había cinco. Uno de los nombres de la lista E estaba subrayado: Frederic B. Isley, residente en Park La Brea, el hombre que había comprado las tres motos todoterreno Honda en Tustin. Los otros nombres estaban marcados con una cruz.
—¿Te acuerdas? —le preguntó Eleanor—. Ya te dije que ese nombre nos volvería a salir.
Harry asintió.
—Creemos que Isley era el espía —prosiguió ella—. Sabemos que alquiló la caja nueve semanas antes del robo y, según el banco, realizó un total de cuatro visitas a la cámara acorazada durante las siete semanas siguientes. Después del asalto, no volvió. No prestó declaración y, cuando intentamos ponernos en contacto con él, descubrimos que la dirección era falsa.
—¿Os dieron alguna descripción?
—Nada que nos sirviera. Bajito, moreno y guapo fue lo máximo que sacamos de los empleados del banco. De hecho, ya sospechábamos que él era el espía incluso antes de encontrar las motos. Cuando una persona quiere ver su caja, el empleado lo conduce al interior de la cámara acorazada para que la saque y luego lo acompaña a un cuartito para que pueda examinarla en privado. Una vez ha terminado, ambos devuelven la caja a su lugar y el cliente escribe sus iniciales en una ficha, un poco como en una biblioteca. Al ver la ficha de este tío leímos las iniciales FBI. A nosotros, como a ti, Harry, tampoco nos gustan las casualidades. Pensamos que alguien nos estaba tomando el pelo, y lo confirmamos cuando descubrimos lo de la venta de las motos.
Harry tomó un sorbo de café.
—Aunque no nos sirvió de mucho, porque no lo localizamos —admitió ella—. Después del robo, encontramos la caja de Isley entre todo aquel desorden. Buscamos huellas dactilares, pero nada. También les mostramos unas cuantas fotos de sospechosos a los empleados del banco, pero aunque entre ellas había una de Meadows, no lo identificaron.
—Podríamos volver a intentarlo con fotos de Franklin y Delgado, a ver si uno de ellos era el tal Isley.
—Muy bien. Ahora vuelvo.
Wish se levantó y se marchó, dejando a Bosch tomando café y estudiando la lista. Leyó todos los nombres y direcciones, pero nada le llamó la atención aparte de unos cuantos nombres de famosos, políticos y gente conocida que habían alquilado una caja. Bosch iba por la segunda lectura cuando Eleanor regresó con una hoja de papel.
—Vengo del despacho de Rourke —le informó ella, depositando el papel sobre su mesa—. Rourke ya había enviado a Archivos casi todos los papeles que le di, pero el memorándum sobre la hipnosis todavía estaba en su bandeja de entrada, así que no creo que lo haya leído. Lo he cogido porque ahora ya no sirve de nada y seguramente es mejor que no lo vea.
Harry echó un vistazo a la hoja, la dobló y se la metió en el bolsillo.
—Francamente —opinó ella—, creo que no ha estado a la vista el tiempo suficiente para… Quiero decir, que no me lo puedo imaginar. Y Rourke será un tecnócrata, pero no es un asesino. Como dijeron de ti los psicólogos, no cruzaría esa línea por dinero.
Al mirarla, Bosch se descubrió a sí mismo queriendo decir algo para agradarla, para tenerla de nuevo de su parte, pero no se le ocurrió nada. Tampoco alcanzaba a comprender esta nueva frialdad en su actitud hacia él.
—Bueno, olvídalo —le dijo finalmente, volviendo su atención a la lista—. ¿Hasta dónde investigasteis a la gente que declaró no haber perdido nada?
Wish miró la hoja, en la que Bosch había marcado la lista B. Había diecinueve nombres.
—Primero comprobamos si tenían antecedentes penales —comenzó ella—. Después hablamos con ellos por teléfono y luego concertábamos entrevistas en persona; en los casos en que algo no cuadraba, otro agente se volvía a presentar por sorpresa. Yo no participé: teníamos un segundo equipo que se encargó de casi todas las entrevistas de campo. Si te interesa algún nombre puedo buscarte las transcripciones.
—¿Y los apellidos vietnamitas de la lista? Veo que hay treinta y cuatro: cuatro en la lista de sin pérdidas y uno en la de cabos sueltos.
—¿Y qué? Seguro que también hay chinos, coreanos, blancos, negros e hispanos. Los ladrones no discriminan por raza.
—No, pero Vietnam ya había salido en la investigación a raíz de Meadows. Ahora que se añaden dos presuntos implicados, Franklin y Delgado, resulta que los tres pertenecieron a la policía militar en Saigón. Sin contar Charlie Company, que también puede estar metida en todo esto.
»O sea que, después de encontrar a Meadows y empezar a pedir expedientes militares de las ratas de los túneles, ¿investigasteis más a fondo a los vietnamitas de la lista? —preguntó.
—No. Bueno, sí. Pasamos los nombres de extranjeros al Servicio de Inmigración y Naturalización para saber el tiempo que llevaban aquí y si eran inmigrantes ilegales, pero eso es todo. —Wish se quedó un segundo en silencio—. Ya veo por dónde vas; estás insinuando que se nos pasó por alto algo importante en la investigación, pero tienes que tener en cuenta que no empezamos a considerar a Meadows como posible sospechoso hasta al cabo de unas semanas después del robo. Para entonces casi toda esta gente había sido entrevistada. ¿Crees que uno de los vietnamitas podría estar involucrado?
—No lo sé; sólo estoy buscando conexiones. Casualidades que no sean casualidades.
Bosch sacó una libretita del bolsillo de su chaqueta y empezó a elaborar una lista con los nombres, fechas de nacimiento y direcciones de los vietnamitas que habían alquilado una caja. Colocó primero a los cuatro que habían declarado no haber perdido nada y a la persona de la lista de cabos sueltos. Acababa de cerrar la libreta cuando Rourke entró en la oficina, con el pelo todavía mojado tras su ducha matinal y una taza de café decorada con la palabra «Jefe». Rourke miró a Bosch y Wish, y luego consultó su reloj.
—Empezáis temprano.
—Han encontrado muerto a nuestro testigo —le informó Wish con rostro inexpresivo.
—Joder. ¿Dónde? ¿Han cogido a alguien?
Wish negó con la cabeza y le lanzó a Bosch una mirada de advertencia para que no empezara nada.
—¿Está relacionado con nuestro caso? —preguntó Rourke—. ¿Hay pruebas?
—Eso creemos —contestó Bosch.
—¡Joder!
—Eso ya lo ha dicho antes —se burló Bosch.
—¿Deberíamos pedirle el caso al Departamento de Policía de Los Ángeles e incluirlo en la investigación de Meadows? —preguntó Rourke, mirando directamente a Wish. Claramente Bosch no formaba parte del equipo que tomaba las decisiones. Como Wish no le respondía, añadió—: ¿Deberíamos haberle ofrecido protección?
Bosch no se mordió la lengua.
—¿Contra quién?
A Rourke se le cayó un mechón de pelo mojado sobre la frente.
—¿Qué cojones significa eso? —inquirió, rojo de rabia.
—¿Cómo sabía usted que la policía de Los Ángeles llevaba el caso?
—¿Qué?
—Acaba usted de preguntar si deberíamos pedirle el caso a la policía de Los Ángeles. ¿Cómo sabía que lo tenían ellos? Nosotros no se lo hemos dicho.
—Pero me lo he imaginado. Me molesta lo que insinúas y sobre todo me molestas tú, Bosch. ¿Crees que yo o alguien…? Si lo que estás diciendo es que ha habido una filtración, ahora mismo encargo una investigación. Pero te aviso que, si la hubo, no fue a través del FBI.
—¿Pues a través de quién? ¿Qué pasó con los informes que le pasamos a usted? ¿Quién los vio?
Rourke negó con la cabeza.
—Bosch, no seas ridículo. Comprendo tus sentimientos, pero tranquilicémonos y pensemos un minuto. El testigo fue recogido en la calle, interrogado en la comisaría de Hollywood y enviado a un albergue juvenil. Un montón de gente podía saberlo. —Rourke hizo una pausa—. Eso sin contar al Departamento de Policía, que te está siguiendo. Por lo visto ni tu propia gente se fía de ti.
El rostro de Bosch se ensombreció. Se sentía traicionado, ya que Rourke sólo podía haber averiguado que le seguían a través de Wish; ella debía de haber descubierto a Lewis y Clarke. ¿Por qué no se lo había dicho a él en lugar de a su jefe? Bosch la miró, pero ella tenía la vista fija en su mesa. Cuando se volvió hacia Rourke, Bosch vio que su cabeza se balanceaba como un muelle.
—Sí, Wish los caló el primer día. —Rourke miró alrededor de la oficina vacía, como si deseara tener más público. Iba trasladando su peso de un pie al otro, igual que un boxeador en su rincón que espera con impaciencia el siguiente asalto para acabar de rematar a su ya débil rival.
Wish permaneció en silencio y en ese momento Bosch le pareció que hacía un millón de años desde que habían dormido abrazados.
—Quizá deberías mirarte a ti y a tu propio departamento antes de lanzar acusaciones sin fundamento —declaró Rourke.
Bosch no dijo nada; simplemente se levantó y se dirigió a la puerta.
—Harry, ¿adónde vas? —le llamó Eleanor desde su mesa.
Bosch se volvió, la miró un momento y siguió caminando.
Lewis y Clarke siguieron al Caprice de Bosch en cuanto salió del garaje del FBI. Esta vez Clarke iba al volante, mientras Lewis anotaba aplicadamente la hora de salida en el diario de vigilancia.
—Pégate a él; lleva un petardo en el culo.
Bosch había girado al oeste al llegar a Wilshire y se encaminaba hacia la 405. Clarke aumentó la velocidad para no perderlo entre el tráfico que abarrotaba las calles a la hora punta.
—Yo también llevaría un petardo en el culo si hubiera perdido a mi único testigo —comentó Clarke—. Sobre todo si hubiera muerto por mi culpa.
—¿Por qué lo dices?
—Ya lo viste. Después de dejar al chico en ese albergue, Bosch se fue tan campante. No tengo ni idea de qué sabía el muchacho, pero era lo suficientemente importante para que lo eliminaran. Tendría que haberlo vigilado mejor. Yo lo habría encerrado a cal y canto.
Tomaron la 405 hacia el sur. Bosch iba por el carril lento, a unos diez coches de ellos. La autopista era una masa de acero móvil, apestosa y contaminante.
—Creo que va a coger la 10 —opinó Clarke—. Va a Santa Mónica; quizá se ha olvidado el cepillo de dientes en casa de ella. O han quedado luego para echarse una siestecita, ya me entiendes. Yo propongo que lo dejemos y vayamos a hablar con Irving. Creo que podemos usar esto del testigo; tal vez lo podamos acusar de incumplimiento del deber. Tenemos suficientes pruebas para conseguir una vista; como mínimo lo echarían de Homicidios y te aseguro que si a Harry Bosch no le dejan trabajar en Homicidios, cogerá y se irá. Eso sería un puntito más para nosotros.
Lewis consideró un momento la idea de su compañero. No estaba mal. Podría funcionar, pero no quería dejar la vigilancia sin que Irving les diera el visto bueno.
—Síguelo —dijo Lewis—. En cuanto se pare en algún sitio, le daré un toque a Irving y le preguntaré qué quiere hacer. Cuando me llamó esta mañana para contarme lo del chico, parecía bastante animado, como si las cosas fueran bien. No quiero dejar la vigilancia sin su visto bueno.
—Como quieras. Oye, ¿cómo se enteró Irving de que el chico había muerto?
—No lo sé. Cuidado: va a coger la 10.
Lewis y Clarke siguieron al Caprice gris hasta la autopista de Santa Mónica. A medida que se alejaban de la ciudad, el tráfico se iba haciendo más fluido. Sin embargo, Bosch ya no conducía tan rápido; pasó de largo las salidas de Clover Field y Lincoln, que llevaban a casa de Eleanor Wish, y continuó por la autopista hasta atravesar el túnel y emerger en los acantilados junto a la carretera de la costa. Bosch puso rumbo al norte, con el sol radiante sobre su cabeza y las montañas de Malibú en la distancia, como manchas opacas en el borroso horizonte.
—¿Y ahora qué?
—No lo sé. Despégate un poco.
Cada vez había menos tráfico, y a Clarke le resultaba difícil mantener un coche de distancia. Lewis continuaba creyendo que la mayoría de policías nunca comprobaban si les seguían, pero pensaba que aquel día podía ser una excepción. El testigo de Bosch acababa de ser asesinado y eso lo habría puesto sobre aviso.
—Sí, no te acerques demasiado. Tenemos todo el día.
Bosch mantuvo una velocidad constante durante los siguientes seis kilómetros y finalmente se metió en un aparcamiento junto al restaurante Alice’s, en el muelle de Malibú. Los detectives de Asuntos Internos pasaron de largo disimuladamente hasta que un kilómetro más allá, Clarke dio la vuelta mediante una maniobra ilegal. Cuando llegaron al aparcamiento, el coche de Bosch estaba allí, pero él no.
—¿Otra vez este restaurante? Le debe de encantar.
—Y ni siquiera está abierto.
Los dos agentes miraron a su alrededor. Había otros cuatro coches al fondo del aparcamiento y por sus bacas dedujeron que pertenecían a un grupito de surfistas que cabalgaban sobre las olas al sur del muelle. Finalmente Lewis avistó a Bosch y lo señaló con el dedo. Estaba caminando hacia el final del embarcadero, con la cabeza gacha y el pelo alborotado por el viento. Lewis se dispuso a coger la cámara, pero se dio cuenta de que todavía estaba en el maletero. En su lugar, sacó un par de prismáticos de la guantera y los enfocó hacia la figura cada vez más pequeña de Bosch. Lo observó hasta que llegó al final de la plataforma de madera y apoyó los codos sobre la barandilla.
—¿Qué hace? —preguntó Clarke—. Déjame ver.
—No. Tú conduces y yo vigilo. Además no hace nada; sólo está apoyado.
—Algo hará.
—Está pensando, ¿vale?… Ahora está encendiendo un cigarrillo. Qué, ¿contento? Y ahora… Espera.
—¿Qué pasa?
—Mierda. Deberíamos haber preparado la cámara.
—¿Cómo que «deberíamos»? Ése es tu trabajo. Yo conduzco —protestó Clarke—. ¿Qué ha hecho?
—Ha tirado algo al agua.
A través de las lentes de aumento, Lewis divisaba el cuerpo de Bosch apoyado sobre la barandilla, contemplando las olas. No parecía haber nadie más en el muelle.
—¿Qué ha tirado? ¿Lo ves?
—¿Cómo quieres que lo sepa? Desde aquí no veo la superficie. ¿Quieres que les pida a los surfistas que nos lo traigan? —se burló Lewis—. Yo qué sé qué coño ha tirado.
—Tranquilo, colega; sólo era una pregunta. A ver, ¿de qué color era más o menos?
—Parecía blanco, como una pelota, pero medio flotaba.
—Pensaba que no podías ver la superficie.
—Quiero decir al caer, como un pañuelo o una hoja de papel.
—¿Qué hace ahora?
—Está apoyado en la barandilla, mirando el agua.
—Son remordimientos de conciencia. Con un poco de suerte saltará y podremos olvidarnos de este maldito asunto.
Clarke se rio de su chiste, pero a Lewis no le hizo gracia.
—Ya te gustaría.
—Pásame los prismáticos y llama a Irving para preguntarle qué quiere que hagamos.
Lewis entregó los prismáticos a su compañero y salió del coche. Primero se dirigió al maletero, lo abrió y sacó la Nikon, a la que puso un objetivo de larga distancia; luego se la llevó hacia la ventanilla del conductor y se la pasó a Clarke.
—Sácale una foto para que tengamos algo que enseñarle a Irving.
A continuación corrió al restaurante a telefonear y volvió al cabo de tres minutos. Bosch seguía apoyado en la barandilla del muelle.
—El jefe dice que no dejemos la vigilancia bajo ninguna circunstancia —anunció Lewis—. También me ha dicho que nuestros informes eran una puta mierda. Quiere más detalles y más fotos. ¿Lo entiendes?
Clarke estaba demasiado ocupado mirando por el visor de la cámara. Lewis cogió los prismáticos y observó a Bosch que incomprensiblemente seguía inmóvil. ¿Qué hacía? ¿Pensar? ¿Por qué había venido tan lejos para pensar?
—Me cago en Irving —respondió Clarke, dejando caer la cámara sobre su regazo y mirando a su colega—. Ya he sacado un par de fotos de Bosch; las suficientes para tenerlo contento. Pero no está haciendo nada.
—Ahora sí —anunció Lewis, que seguía espiando por los prismáticos—. Arranca y vámonos.
Bosch se alejó del muelle después de arrojar al agua el memorándum sobre la hipnosis. Como una flor tirada a un mar revuelto, el papel flotó unos breves instantes antes de hundirse para siempre. La determinación de Bosch de encontrar al asesino de Meadows era cada vez más fuerte; ahora también buscaba justicia para Tiburón. Mientras caminaba por los viejos tablones del muelle, Bosch vio salir del aparcamiento al Plymouth que le había seguido hasta allí.
«Son ellos —pensó—, pero no pasa nada».
Ya no le importaba lo que hubieran visto o dejado de ver. Habían entrado en vigor las nuevas reglas y Bosch tenía planes para Lewis y Clarke.
Bosch regresó al centro de la ciudad por la autopista 10. En ningún momento se molestó en buscar el coche negro por el retrovisor, porque sabía que estaría allí. De hecho, quería que estuviese allí.
Cuando llegó a Los Angeles Street, aparcó en zona prohibida frente a un edificio gubernamental. Subió al tercer piso y entró en una de las abarrotadas salas de espera del Servicio de Inmigración y Naturalización. El lugar olía como una cárcel: a sudor, miedo y desesperación. Una mujer con aspecto aburrido estaba haciendo el crucigrama del Times detrás de una ventanilla. En el mostrador había un dispensador de billetes como los que usan en los supermercados para dar el turno. Al cabo de unos instantes, la mujer alzó la vista y vio a Bosch sosteniendo su placa.
—¿Sabe cómo se le llama a un hombre que sufre una tristeza y soledad constantes? Cinco letras —preguntó ella después de abrir la ventanilla corredera y comprobar si se había roto una uña.
—Bosch.
—¿Qué?
—Detective Harry Bosch. Déjeme entrar. Quiero ver a Hector.
—Primero tengo que preguntar —contestó con un mohín. Después de susurrar algo por teléfono, la mujer repasó el nombre de Bosch con el dedo y colgó.
—Dice que entre por detrás —le informó, apretando el botón que abría la puerta—, que ya sabe el camino.
Bosch le dio la mano a Hector Villabona, que estaba sentado en una oficina mucho más pequeña incluso que la de Bosch.
—Necesito un favor: que me dejes el ordenador.
—Adelante.