El eco negro

El eco negro


Quinta parte. Jueves, 24 de mayo

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Eso era lo que a Bosch le gustaba de Hector; nunca preguntaba qué o por qué antes de decidir. Era un tío que no se iba por las ramas ni participaba en los jueguecitos en los que, según Bosch, estaba metida toda la profesión. Sin levantarse de la silla, Hector rodó hasta un ordenador situado contra una pared y tecleó su contraseña.

—Supongo que querrás que te mire unos nombres. ¿Cuántos son?

Bosch tampoco quiso irse por las ramas, de modo que le enseñó la lista de treinta y cuatro nombres.

Hector silbó en voz baja y dijo:

—De acuerdo, los miraremos, pero te aviso que si sus casos no han sido tramitados en esta oficina, no los tendremos aquí. Y sólo tengo lo que está en el ordenador: fechas de nacimiento, documentación, nacionalidad… Ya sabes cómo funciona, Harry.

Bosch lo sabía, pero también le constaba que el sur de California era el lugar preferido por la mayoría de refugiados vietnamitas después de cruzar el charco. Valiéndose tan sólo de dos dedos, Hector comenzó a introducir los nombres en el ordenador. Veinte minutos más tarde, Bosch contemplaba una hoja recién salida de la impresora.

—¿Qué buscamos, Harry? —preguntó Hector mientras los dos estudiaban la lista.

—No lo sé. ¿Ves algo raro?

Bosch pensó que Hector le iba a decir que no, dejándole de nuevo en un callejón sin salida. Pero se equivocaba.

—Bueno, por ejemplo, éste debía de tener un enchufe.

Se llamaba Ngo van Binh. Bosch no sabía nada de él, excepto que procedía de la lista B porque no había denunciado ninguna pérdida después del robo.

—¿Enchufado?

—Tenía algún tipo de contacto —explicó Hector—. Tú lo llamarías un enchufe político. ¿Ves? Su caso lleva el prefijo GL, lo cual significa que los archivos están en nuestra Oficina de Casos Especiales en Washington. Ellos no se encargan de gente normal y corriente, sino de personajes como el sha, la familia Marcos o desertores rusos si son científicos o bailarinas. Gente que nunca pasaría por aquí.

Bosch asintió, pero le indicó con el dedo la hoja impresa.

—Vale, vale. Luego tenemos las fechas, que están demasiado cerca. Todo ocurrió muy rápido, seguro que le dieron un empujoncito. No tengo ni puta idea de quién era este tío, pero está clarísimo que conocía gente. Fíjate en la fecha de entrada: el 4 de mayo de 1975, cuatro días después de salir de Vietnam. Imaginemos que el primer día lo empleó en llegar a Manila y el último en llegar a EE.UU. Eso le deja sólo dos días en Manila para conseguir el permiso de entrada y obtener el billete. En esa época a la capital filipina llegaban barcos repletos de pasajeros cada día de la semana. Es imposible que consiguiera el permiso sin ayuda en sólo dos días; seguro que conocía a alguien. Tener un enchufe no era tan raro; muchos lo tenían. Cuando empezó el tomate, tuvimos que sacar a mogollón de gente. Unos pertenecían a la élite y otros eran lo suficientemente ricos como para conseguir que se les tratara igual.

Bosch se fijó en la fecha en que Binh había salido de Vietnam: el 30 de abril de 1975. El mismo día en que Meadows se había marchado para siempre del país, y el mismo día en que Saigón cayó en manos de las tropas del Norte.

—¿Y esta fecha? —comentó Villabona—. El 14 de mayo es muy poco tiempo para recibir los papeles. Significa que diez días después de su llegada, el tío consigue un visado. Imposible si no eres Fulanito de Tal, o en este caso, Fulanito de Binh.

—Entonces, ¿qué opinas?

—No sé; el tío podía ser un agente secreto o simplemente tener suficiente dinero para coger un helicóptero. Todavía corren muchos rumores sobre esa época: gente que se enriquecía a costa de los refugiados, asientos en los vehículos militares a cambio de diez de los grandes, visados por un poco más. Pero nada se ha confirmado oficialmente.

—¿Podrías sacarme el archivo de este tío?

—Sí, si trabajara en Washington.

Bosch se lo quedó mirando.

—Todos los GL están ahí, Harry —se disculpó Hector—. Ahí es donde va la gente con dinero. ¿Me entiendes? —inquirió.

Bosch no contestó.

—No te enfades, Harry. Veré qué puedo hacer; llamaré a un par de personas. ¿Vas a estar localizable?

Bosch le dio el número del FBI, sin decirle que se trataba del Buró, se dieron la mano y Bosch se fue. En el vestíbulo del primer piso, Bosch buscó a Lewis y Clarke a través de las puertas de cristal ahumado. Cuando finalmente divisó el Plymouth negro doblando la esquina después de dar otra vuelta a la manzana, salió del edificio y bajó los escalones de la entrada. Por el rabillo del ojo vio que el coche de Asuntos Internos frenaba y aparcaba junto a la acera, a la espera de que él se metiera en el suyo.

Bosch hizo lo que ellos querían, porque eso precisamente era lo que él quería.

Woodrow Wilson Drive se curva en dirección contraria a las agujas del reloj en su ascenso por las colinas de Hollywood. Su asfalto, agrietado y parcheado, no es lo bastante ancho para que pasen dos coches sin reducir cautelosamente la velocidad. A la izquierda, las casas descansan perfectamente sobre la ladera. La mayoría son mansiones decoradas con azulejos de estilo colonial y paredes estucadas, pertenecientes a familias de antiguas y sólidas fortunas.

Las viviendas de la derecha, sin embargo, son más nuevas y sus estructuras de madera se asoman intrépidas a los barrancos cubiertos de arbustos y margaritas. Los edificios se aguantan con cuatro vigas y grandes dosis de fe, aferrándose tan precariamente al terreno como sus propietarios a sus puestos de trabajo en los estudios cinematográficos situados al pie de la colina. La casa de Bosch era una de éstas; la cuarta de la derecha empezando por el fondo.

Al doblar la última curva, Bosch la vio y se quedó contemplando su madera oscura, su aspecto de caja de zapatos en busca de algo, una señal de que había cambiado… como si el exterior del edificio pudiera avisarle de que algo iba mal en el interior. Cuando Bosch se fijó en el retrovisor, atisbó el morro del Plymouth negro asomando por la curva. Acto seguido aparcó en el garaje de su casa y entró en ella sin mirar al vehículo que le seguía.

Bosch había ido al puerto para meditar sobre lo que Rourke había dicho y entonces recordó que la noche anterior alguien le había llamado, pero había colgado. En cuanto entró en su casa fue derecho a la cocina para escuchar los mensajes. Primero oyó la llamada anónima, que se produjo el martes, y luego un aviso de Jerry Edgar aquella madrugada instando a Bosch a que acudiera al Hollywood Bowl. Bosch rebobinó la cinta y escuchó de nuevo la primera llamada, reprendiéndose en silencio por no haber comprendido su importancia la primera vez que la había oído. Alguien había telefoneado, escuchado el mensaje de su contestador y colgado después de la señal. La cinta reproducía el ruido de alguien que colgaba. La mayoría de gente, cuando no quería dejar un recado, simplemente colgaba en cuanto oía la voz de Bosch diciendo que no estaba en casa. Si pensaban que estaba, daban su nombre después de la señal. Sin embargo, esta persona había escuchado el mensaje y no había colgado hasta oír el pitido. ¿Por qué? Al principio no se le había ocurrido, pero en ese momento pensó que podía tratarse de una prueba de transmisión.

Bosch abrió el armarito del recibidor, del que sacó unos prismáticos, y se dirigió hacia la ventana del comedor. En cuanto miró por una rendija entre las cortinas, divisó el Plymouth negro, a media manzana de su casa. Lewis y Clarke habían pasado de largo, dado media vuelta y aparcado junto a la acera cara abajo, listos para seguir con la vigilancia si Bosch salía de casa. A través de los prismáticos Bosch vislumbró a Lewis detrás del volante, observando la casa. Clarke se había recostado en el cabezal del asiento, con los ojos cerrados. Ninguno de ellos parecía llevar auriculares, pero Harry quería estar seguro. Sin apartar la vista de los prismáticos, alargó la mano hasta el pomo de la puerta de entrada, la abrió unos centímetros y volvió a cerrarla. Los hombres de Asuntos Internos no mostraron ninguna reacción. Los ojos de Clarke permanecieron cerrados y Lewis continuó limpiándose los dientes con una tarjeta de visita.

Bosch decidió que si le habían colocado un micrófono, éste estaría transmitiendo a un remoto, ya que así resultaba más seguro. Probablemente se trataba de una minigrabadora escondida en el exterior de la casa. Lewis y Clarke esperarían a que él saliese para saltar del coche y recoger la cinta, cambiándola por una nueva. De ese modo podrían alcanzarle antes de que llegara a la autopista.

Bosch se alejó de la ventana con el objeto de realizar una rápida inspección de la sala de estar y la cocina. Examinó los bajos de las mesas y los electrodomésticos, pero no encontró el micrófono, y la verdad es que tampoco esperaba encontrarlo. Sabía que el mejor sitio era el teléfono y por eso se lo había dejado para el final. Además de suministrar una fuente constante de energía, colocar allí el micrófono tenía la doble ventaja de grabar los sonidos del interior de la casa, así como todas las conversaciones telefónicas.

Con una pequeña navaja que llevaba en el llavero, Bosch levantó la tapa del auricular, pero no vio nada raro. Luego sacó la otra tapa; ahí estaba. Usando la navaja extrajo cuidadosamente el micrófono, al que iba imantado un transmisor plano y redondo del tamaño de una moneda. Era un dispositivo denominado T-9, que se activaba con el sonido, al que habían conectado dos cables. Uno de ellos había sido trenzado alrededor de un hilo telefónico a fin de obtener electricidad para el micrófono. El otro estaba oculto tras el auricular. Bosch tiró de él con delicadeza y sacó una cajita con una sola pila AA, que servía como fuente de energía de emergencia. El dispositivo se alimentaba de la energía del teléfono, pero si a alguien se le ocurría desenchufarlo de la pared, la pila proporcionaba la electricidad necesaria para unas ocho horas más. Bosch desconectó el T-9 y lo depositó en la mesa, dejando que funcionara con la pila. Mientras planeaba su siguiente movimiento, Bosch lo estudió con detenimiento y observó que el modelo correspondía a los usados por el departamento de policía. Tenía un radio de recepción de cinco a seis metros y estaba diseñado para captar todo lo que se decía en la habitación. El alcance de transmisión no era muy amplio —de unos veinte metros como máximo— y dependía de la cantidad de metal que hubiera en el edificio.

Bosch se volvió a la ventana para echar un vistazo a la calle. Lewis y Clarke seguían sin dar muestras de sorpresa o de que el micrófono hubiera sido descubierto; Lewis continuaba con su higiene dental.

Bosch encendió la cadena musical y puso un CD de Wayne Shorter. A continuación salió de la casa por una puerta lateral que se hallaba fuera del campo de visión de los de Asuntos Internos. Encontró la grabadora en el primer lugar en que miró: la caja de empalme debajo del contador de la luz, en la pared trasera del garaje. La cinta de cinco centímetros estaba grabando la música de saxofón de Shorter. Al igual que el micrófono, la grabadora, marca Nagra, además de ir conectada a la corriente de la casa, disponía de una pila de repuesto. Bosch la desconectó, se la llevó adentro y la colocó junto al micrófono.

Cuando Shorter atacaba los últimos compases de 502 Blues, Bosch se sentó en su butaca de vigilancia y encendió un cigarrillo mientras intentaba trazar un plan. Luego alargó el brazo, rebobinó la cinta y apretó el botón. Lo primero que oyó fue su voz diciendo que no estaba en casa y a continuación el mensaje de Jerry Edgar sobre el cadáver encontrado en el Hollywood Bowl. Los siguientes sonidos eran los de la puerta abriéndose y cerrándose dos veces y luego el saxofón de Wayne Shorter. O sea, que habían cambiado de cinta al menos una vez desde la llamada de prueba. Entonces Bosch cayó en la cuenta de que la visita de Eleanor Wish había quedado grabada. Reflexionó un momento sobre aquello y se preguntó si el dispositivo habría recogido lo que hablaron en la terraza: las historias sobre él y Meadows. Bosch se indignó al pensar en aquella intrusión, aquel momento íntimo robado por los dos hombres del Plymouth negro.

Bosch se afeitó, se duchó y se puso ropa limpia: un traje veraniego de color habano, una camisa oxford rosa y una corbata azul. Luego fue a la sala de estar y se guardó el micrófono y la grabadora en los bolsillos de la americana. Una vez más, echó un vistazo con los prismáticos por la rendija entre las cortinas, pero no detectó ningún movimiento en el coche de Asuntos Internos. Entonces volvió a salir por la puerta lateral, descendió sin hacer ruido por la ladera de la montaña hasta una de las vigas de hierro que sustentaban la casa y comenzó a avanzar con cautela por debajo del edificio. Por el camino se fijó en que los arbustos estaban salpicados con papel de aluminio dorado; era la etiqueta de cerveza que había pelado y tirado desde la terraza cuando hablaba con Eleanor.

Al llegar al otro lado de su casa, Bosch empezó a avanzar por la colina pasando por debajo de otras tres casas colgantes. A continuación, escaló la ladera hasta llegar a la carretera y se asomó detrás del Plymouth negro. Tras limpiarse los bajos de los pantalones, Bosch echó a andar tranquilamente por la calzada.

Bosch llegó inadvertido hasta la puerta del Plymouth. Observó que la ventanilla estaba bajada y, antes de abrirla, incluso creyó oír ronquidos.

Clarke tenía la boca abierta y los ojos todavía cerrados cuando Bosch se asomó por la puerta y agarró a ambos hombres por sus corbatas de seda. Apoyándose con el pie en el interior del coche, Bosch tiró de los detectives hacia él. A pesar de que ellos eran dos, Bosch llevaba ventaja: Clarke estaba totalmente desorientado y Lewis tampoco lo tenía mucho más claro. Tirarles de las corbatas significaba que cualquier esfuerzo o resistencia por parte de ellos se traducía en más presión alrededor del cuello y menos aire. Los detectives salieron del coche casi por su propia voluntad, tambaleándose como dos perros atados a una correa y aterrizando junto a una palmera plantada a un metro de la acera. Ambos tenían las caras moradas por la asfixia. Inmediatamente se llevaron las manos al cuello e intentaron desesperadamente deshacer los nudos de sus corbatas para recuperar la respiración. En ese instante Bosch fue directo a sus cinturones y les arrebató las esposas. Mientras los dos detectives de Asuntos Internos intentaban tragar aire por sus gargantas recién liberadas, Bosch esposó la mano izquierda de Lewis a la mano derecha de Clarke y acto seguido le puso otra esposa a la mano derecha de Lewis. Cuando Clarke se dio cuenta de lo que Bosch estaba haciendo, intentó levantarse y liberarse, pero él lo cogió por la corbata y tiró de ella. Clarke se empotró de cara contra el tronco de la palmera y se quedó momentáneamente estupefacto, instante que Bosch aprovechó para colocarle la última esposa en la muñeca. Los dos policías de Asuntos Internos habían acabado en el suelo, sujetos el uno al otro con la palmera en medio. Tras despojarles de sus armas, Bosch retrocedió para recuperar el aliento y arrojar las pistolas de los detectives sobre el asiento delantero de su coche.

—Eres hombre muerto —logró mascullar Clarke a pesar de su garganta irritada.

Los dos se pusieron de pie con dificultad debido a la palmera que se interponía entre ellos. Parecían dos adultos jugando al corro de la patata.

—Dos delitos de asalto a un compañero. Comportamiento inapropiado —le anunció Lewis—. Podemos acusarte de un montón de cosas, Bosch. —Tosió violentamente y salpicó de saliva la americana de Clarke—. Suéltanos y quizá podamos olvidar todo este asunto.

—Ni hablar. No vamos a olvidar nada —le dijo Clarke a su compañero—. Le vamos a meter un puro de aquí te espero.

Bosch se sacó el micrófono del bolsillo y se lo mostró a los dos detectives.

—¿Quién le va meter un puro a quién? —preguntó.

Lewis miró el aparato, vio qué era, y dijo:

—Nosotros no hemos sido.

—Claro que no —se burló Bosch, mientras sacaba la grabadora del otro bolsillo para enseñársela—. Una Nagra, sensible al sonido; eso es lo que usáis en todos vuestros trabajos. No importa que no sea legal, ¿verdad? El mismo día que la encuentro me doy cuenta de que vosotros me habéis estado siguiendo por la ciudad como dos gilipollas. Me habéis pinchado el teléfono, ¿verdad?

Tal como era de esperar, ni Lewis ni Clarke respondieron a su acusación. Bosch se fijó en que una gota de sangre asomaba por la nariz de Clarke. En ese momento un coche subió por Woodrow Wilson y redujo velocidad. Cuando Bosch le mostró su placa, el automóvil pasó de largo. Los dos policías no pidieron ayuda, hecho que Bosch interpretó como una señal de que controlaba la situación. Estaba ganando la partida. En el pasado, la reputación de Asuntos Internos se había deteriorado tanto por realizar escuchas ilegales en casas de policías, políticos e incluso estrellas de cine, que aquellos dos no iban a montarle un número. Salvar su propio pellejo era más importante que despellejar a Bosch.

—¿Tenéis una orden para pincharme el teléfono?

—Escucha, Bosch —protestó Lewis—. Ya te lo he dicho, nosotros no…

—Ya me lo parecía. Hay que tener pruebas de un delito para obtener una orden, al menos eso es lo que siempre he oído. Pero a Asuntos Internos no le preocupan esas minucias —se burló Bosch—. ¿Sabes qué pasará con los cargos de asalto, Clarke? Mientras vosotros me lleváis al Comité de Derechos y me expulsáis del cuerpo por sacaros del coche y mancharos el culo de hierba, yo voy a llevaros a los dos, a Irving, al jefe de policía y a toda la puta ciudad ante un tribunal federal por violación de la Cuarta Enmienda: registro y detención ilegal. ¡Ah! Y al alcalde también, ¿qué os parece?

Clarke escupió sobre el césped, a los pies de Bosch. Una gota de sangre manchó su camisa blanca.

—No puedes probarlo porque no es verdad —dijo Clarke.

—Bosch, ¿qué coño quieres? —le espetó Lewis con rabia. Estaba más rojo que cuando la corbata le había apretado como una soga. Bosch empezó a caminar lentamente alrededor de ellos, obligándoles a girar constantemente la cabeza o sortear la palmera para verle.

—¿Que qué quiero? Bueno, por mucho que os odie, no tengo demasiadas ganas de arrastraros por el cuello hasta los tribunales. Con traeros aquí ya he tenido de sobra. Lo que quiero…

—Bosch, estás loco —soltó Clarke.

—Cállate, Clarke —le dijo Lewis.

—Cállate tú —le replicó Clarke.

—Pues sí —contestó Bosch—. Me hicieron un examen psiquiátrico, pero sigo prefiriendo mi cabeza a la vuestra. Vosotros no necesitáis a un psiquiatra, sino a un proctólogo.

Bosch dijo esto acercándose a Clarke. Después se alejó unos pasos y continuó trazando círculos alrededor de los dos detectives.

—Os propongo una cosa. Yo estoy dispuesto a olvidarlo si vosotros contestáis unas cuantas preguntas. Entonces estaremos en paz. Al fin y al cabo todos formamos parte de una gran familia, ¿no?

—¿Qué preguntas? —inquirió Lewis—. ¿De qué coño hablas?

—¿Cuándo empezasteis la vigilancia?

—El martes por la mañana. Te seguimos cuando saliste del FBI —respondió Lewis.

—No se lo digas —le dijo su compañero.

—Ya lo sabe.

Clarke miró a Lewis y negó con la cabeza como si no lo creyera.

—¿Cuándo me pinchasteis el teléfono?

—Nosotros no fuimos —repitió Lewis.

—Y una mierda. Pero no importa. Vosotros me visteis entrevistar al chico en Boytown. —Aquello era una afirmación, no una pregunta. Bosch quería que creyesen que lo sabía casi todo y sólo necesitaba rellenar los espacios en blanco.

—Sí —dijo Lewis—. Ése fue el primer día de vigilancia. Vale; nos calaste. ¿Qué pasa?

Harry vio que Lewis se llevaba la mano al bolsillo de la cazadora y, con un movimiento rápido, lo detuvo. Lewis había intentado sacar un llavero con la llave de las esposas. Bosch lo tiró dentro del coche y, situándose detrás de Lewis, le preguntó:

—¿A quién se lo dijisteis?

—¿El qué? —exclamó Lewis—. ¿Lo del chico? A nadie. No se lo dijimos a nadie, Bosch.

—Pero lleváis un diario de vigilancia, ¿no? Y sacáis fotos; seguro que hay una cámara en el asiento trasero del coche o en el maletero.

—Pues claro.

Bosch encendió un cigarrillo y continuó dando vueltas alrededor de los detectives.

—¿Qué hicisteis con la información?

Antes de contestar, Bosch vio que Lewis miraba a Clarke.

—Entregamos el primer informe y carrete de fotos ayer —confesó finalmente—. Lo dejamos en el despacho del subdirector, como siempre. Ni siquiera sabemos si se lo ha mirado y es el único informe que hemos hecho. Quítanos las esposas, Bosch. Esto es ridículo. La gente nos está viendo. Podemos hablar de todos modos.

Bosch caminó entre ellos, soltó una bocanada de humo en el centro y les comunicó que no iba a quitarles las esposas hasta que terminara la conversación. Entonces acercó su cara a la de Clarke y volvió a preguntar:

—¿Quién más lo ha recibido?

—¿El diario de vigilancia? Nadie —le contestó Lewis—. Eso iría en contra de la política del departamento.

Bosch soltó una carcajada e hizo un gesto de incredulidad. Sabía que Lewis y Clarke no admitirían ninguna acción ilegal o violación de la política del departamento, así que dio media vuelta y se dispuso a regresar a su casa.

—Espera, espera, Bosch —le gritó Lewis—. Le pasamos el informe a tu teniente, ¿vale? ¡Vuelve!

Bosch volvió.

—Quería que lo mantuviéramos informado; tuvimos que hacerlo —prosiguió Lewis—. Nuestro jefe, Irving, dio el visto bueno. Nosotros sólo cumplíamos órdenes.

—¿Qué decía vuestro informe sobre el chico?

—Nada. Sólo que era un chico… Algo así como: «Sujeto entabló diálogo con menor y lo condujo a la comisaría de Hollywood para una entrevista formal».

—¿Lo identificasteis?

—No. No dimos su nombre porque no lo sabíamos, te lo juro. Te hemos estado siguiendo y ya está. Venga, quítanos las esposas.

—¿Y Home Street Home? Vosotros me visteis llevarlo allí. ¿Lo pusisteis en el informe?

—Sí.

Bosch volvió a acercarse a ellos.

—Ahora viene la gran pregunta. Si el FBI ha retirado su queja, ¿por qué Asuntos Internos me continúa siguiendo? El FBI llamó a Pounds y se retractó. Vosotros hicisteis ver que lo dejabais, pero no era verdad. ¿Por qué?

Lewis iba a decir algo, pero Bosch le atajó.

—Quiero que me lo diga Clarke. Tú piensas demasiado rápido, Lewis.

Clarke no dijo nada.

—Clarke, el chico que visteis conmigo ha muerto. Alguien se lo cargó porque habló conmigo. Y las únicas personas que lo sabían sois tú y tu compañero. Aquí está pasando algo y si no consigo las respuestas que necesito voy a denunciarlo y vosotros vais a acabar siendo investigados por Asuntos Internos.

Finalmente Clarke pronunció sus primeras palabras en los últimos cinco minutos.

—Eres un cabronazo.

Lewis intervino.

—Ya te lo digo yo. El problema es que el FBI no confía en ti. Nos contaron que te habían metido en el caso, pero que no estaban seguros, que habías entrado a la fuerza y que querían tenerte vigilado por si tramabas algo.

Nos pidieron que no nos despegáramos de ti; nosotros lo hicimos y basta, así que suéltanos. Casi no puedo respirar y las muñecas me empiezan a doler por culpa de las esposas. Te has pasado.

Bosch se volvió hacia Clarke.

—¿Dónde tienes la llave?

—En el bolsillo de delante de la americana —contestó Clarke en tono tranquilo, negándose a mirar a Bosch a la cara. Bosch se colocó detrás de él y lo rodeó por la cintura. Cuando le hubo sacado el llavero del bolsillo, Bosch le susurró:

—Si vuelves a entrar en mi casa, te mato.

Dicho esto, Bosch le bajó los pantalones y calzoncillos hasta los tobillos y empezó a alejarse, al tiempo que arrojaba el llavero en el coche.

—¡Hijo de puta! —le gritó Clarke—. ¡Antes te mataré yo!

Bosch estaba convencido de que mientras conservara el micrófono y la grabadora, Lewis y Clarke no presentarían cargos contra él. Ellos tenían más que perder. Un juicio y un escándalo público serían el fin de sus carreras hacia el sexto piso.

Bosch se metió en el coche y regresó al edificio federal. Mientras analizaba la situación, se dio cuenta de que demasiada gente había sabido lo de Tiburón o tenido la ocasión de averiguarlo, lo cual dificultaba mucho la identificación del topo. Lewis y Clarke habían visto al chico y habían pasado la información a Irving, a Pounds y a saber a quién más. Rourke y el encargado de Archivos del FBI también estaban informados. Eso, sin contar a la gente de la calle que podía haber visto a Bosch con Tiburón u oído que él lo estaba buscando. Decidió que tendría que aguardar a ver qué cariz tomaban los acontecimientos.

En el edificio federal, la recepcionista pelirroja del FBI le hizo esperar mientras llamaba al Grupo 3. Bosch volvió a contemplar el cementerio a través de las cortinas de gasa y distinguió a varias personas trabajando en la trinchera excavada en la colina. Los operarios estaban cubriendo la zanja con unos bloques de piedra negra con miles de pequeños reflejos blancos. Bosch finalmente comprendió lo que estaban haciendo.

De pronto oyó que alguien le abría la puerta y la empujó para entrar. Eran las doce y media y toda la brigada antirrobos estaba fuera almorzando, a excepción de Eleanor Wish, que se hallaba en su mesa comiéndose un bocadillo de huevo con mayonesa, uno de ésos que venden en envases de plástico triangulares en todos los edificios gubernamentales que Bosch conocía. Y, por supuesto, no podían faltar la botella de agua y el vasito de plástico. Bosch y Wish intercambiaron discretos «holas». Harry notó que las cosas entre ellos habían cambiado, pero no sabía hasta qué punto.

—¿Llevas aquí toda la mañana?

Ella contestó que no, que había ido a mostrar las fotos de Franklin y Delgado a los empleados del WestLand National. Al parecer, una mujer había identificado con toda seguridad a Franklin como Frederic B. Isley, el hombre que alquiló una caja en la cámara acorazada. El espía.

—Tenemos suficiente para obtener una orden de arresto, pero Franklin se ha esfumado —explicó ella—. Rourke ha enviado a un par de equipos a las direcciones de él y Delgado que figuraban en el Registro de Vehículos. Han llamado hace un rato para decirnos que, o bien los sospechosos se habían mudado, o nunca vivieron en esos lugares. Parece que se los haya tragado la tierra.

—¿Qué hacemos ahora?

—No lo sé. Rourke está pensando en dejarlo un tiempo hasta que los encontremos. Tú seguramente volverás a tu mesa de Homicidios. Cuando cojamos a uno de ellos, te llamaremos para que lo interrogues sobre el asesinato de Meadows.

—Y el asesinato de Tiburón. No te olvides.

—También.

Bosch asintió con la cabeza. Se había terminado; el FBI iba a cerrar la investigación.

—Por cierto, tienes un mensaje —añadió Eleanor Wish—. Te ha llamado alguien, un tal Hector. No ha dicho nada más.

Bosch se sentó en la mesa junto a la de ella y marcó el número directo de Hector Villabona. Éste lo cogió casi inmediatamente.

—Aquí Bosch.

—Oye, ¿qué estás haciendo en el Buró? —preguntó Hector—. He llamado al número que me diste y me han dicho que era el FBI.

—Sí, ya te contaré. ¿Has encontrado algo?

—No mucho, y la verdad es que no creo que lo encuentre porque no puedo conseguir el archivo. Tal como nos habíamos imaginado, este tío, Binh, debe de tener buenos contactos porque su expediente todavía es confidencial. Telefoneé a un amigo que tengo allí y le pedí que me lo mandara. Él me llamó al cabo de un rato y me dijo que no podía ser.

—¿Por qué sigue siendo confidencial?

—¿Quién sabe? Por eso es confidencial; para que nadie se entere.

—Bueno, gracias. De todos modos ya no parece tan importante.

—Si tienes un amigo en Washington, alguien con más poder que yo, puede que tenga más suerte. Yo sólo soy una pieza pequeñita en este enorme engranaje —se burló Hector—. Pero, oye, a este amigo mío se le escapó una cosa.

—¿El qué?

—Bueno, yo le di el nombre de Binh y él me contestó: «Lo siento, el expediente del capitán Binh es confidencial»; así, tal como te lo estoy diciendo. Le llamó capitán, o sea, que el tío debió de ser militar. Por eso tuvieron que sacarlo de allí tan rápido; para salvarle el pellejo.

—Sí —contestó Bosch y, después de darle las gracias, colgó.

Bosch se volvió hacia Eleanor y le preguntó si tenía algún contacto en el Departamento de Estado. Ella negó con la cabeza.

—¿Inteligencia militar, la CIA, o algo así? —insistió Bosch—. Alguien con acceso a los archivos.

Tras meditar un momento, Eleanor respondió:

—Bueno, conozco a alguien en el piso de Estado de mi época en Washington. Pero ¿qué pasa, Harry?

—¿Puedes llamarle y pedirle un favor?

—Nunca habla de trabajo por teléfono. Tendremos que bajar un momento.

Bosch se levantó y salieron de la oficina. Mientras esperaban el ascensor, le contó a ella lo de Binh, su rango y el hecho de que se hubiera marchado de Vietnam el mismo día que Meadows. Cuando se abrió la puerta, los dos entraron y ella apretó el número 7. Estaban solos.

—Tú sabías que me estaban siguiendo —le dijo Bosch—. Los de Asuntos Internos.

—Sí, los vi.

—Pero lo sabías antes de verlos, ¿no?

—¿Importa mucho?

—Pues sí. ¿Por qué no me lo dijiste?

—No lo sé —contestó ella—, lo siento. Al principio no lo hice y luego, cuando quise decírtelo, no pude. Pensé que lo estropearía todo. Bueno, supongo que lo ha estropeado igualmente.

—¿Por qué no me lo contaste al principio, Eleanor? ¿No confiabais en mí?

—Al principio, no.

Con la vista fija en la pared de acero del ascensor, Bosch insistió:

—¿Y después?

La puerta se abrió en el séptimo piso.

—Todavía estás aquí, ¿no? —contestó Eleanor, saliendo del ascensor.

Bosch la siguió, la cogió del brazo y la retuvo un momento. Los dos se quedaron inmóviles mientras dos hombres con trajes casi idénticos se abrían paso hacia la puerta del ascensor.

—Sí, pero no me lo dijiste.

—Harry, ¿por qué no hablamos de esto más tarde?

—La cuestión es que nos vieron con Tiburón.

—Sí, ya lo había pensado.

—Entonces, ¿por qué no dijiste nada cuando yo mencioné la idea de un posible topo y te pregunté quién podía saber lo del chico?

—No lo sé.

Bosch bajó la vista. En ese momento se sintió como el único hombre del planeta que no entendía lo que estaba ocurriendo.

—Hablé con Lewis y Clarke —le informó Bosch—. Dicen que sólo nos vieron con el chico, pero no investigaron más. Ellos juran que no sabían quién era y que el nombre de Tiburón no apareció en sus informes.

—¿Y tú les crees?

—Hasta ahora nunca les he creído, pero no me los imagino involucrados en todo este asunto. No me cuadra. Ellos me están siguiendo y harían cualquier cosa para hundirme, pero no liquidar a un testigo. Eso es una locura.

—Quizá, sin saberlo, le están pasando información a alguien que sí está implicado.

Bosch volvió a pensar en Irving y Pounds.

—Es una posibilidad. Pero la cuestión es que hay un hombre infiltrado; seguro. El topo puede estar en tu lado o en el mío, pero tenemos que ir con mucho cuidado con quién hablamos y con lo que hacemos.

Al cabo de un momento, Bosch la miró directamente a los ojos y le preguntó:

—¿Estás de acuerdo?

Aunque tardó un buen rato, ella asintió con la cabeza.

—No se me ocurre otra explicación a lo que está pasando.

Eleanor habló con la recepcionista mientras Bosch esperaba. Unos minutos más tarde, una mujer joven salió de detrás de una puerta cerrada y los guio a través de un par de pasillos hasta un pequeño despacho. Dentro no había nadie; Bosch y Wish se sentaron en dos sillas de cara a una mesa.

—¿Con quién vamos a hablar? —susurró Bosch.

—Cuando yo te presente, él ya te dirá lo que quiere que sepas de él —contestó ella.

Bosch estaba a punto de preguntarle qué quería decir con aquello cuando la puerta se abrió y un hombre irrumpió en la habitación. Debía de rondar los cincuenta años; tenía el pelo plateado y cuidadosamente peinado y una constitución que se adivinaba fuerte bajo su americana azul. Sus ojos eran grises y apagados como viejos rescoldos. El hombre se sentó sin mirar a Bosch, con la vista fija en Eleanor Wish.

—Qué sorpresa, Ellie —dijo—. ¿Cómo estás?

Wish le contestó que bien, intercambiaron un par de frases corteses y finalmente ella le presentó a Bosch. El hombre se levantó para darle la mano.

—Bob Ernst, director adjunto de Comercio y Desarrollo, encantado de conocerlo. ¿Entonces esto es una visita oficial, no amistosa?

—Sí, lo siento, Bob, pero estamos trabajando en un caso y necesitamos tu ayuda.

—Haré lo que pueda, Ellie —respondió Ernst. A Bosch ya empezaba a incordiarle y eso que sólo lo conocía desde hacía un minuto.

—Bob, necesitamos información sobre alguien para un caso que estamos investigando —le explicó Wish—. Me parece que tú podrías conseguir los detalles sin demasiadas molestias o pérdida de tiempo.

—Ése es nuestro problema —añadió Bosch—. Es un caso de homicidio y no tenemos mucho tiempo para seguir los trámites de rutina y esperar a que Washington nos conteste.

—¿Es extranjero?

—Vietnamita —contestó Bosch.

—¿Cuándo entró en el país?

—El 4 de mayo de 1975.

—Ah, justo después de la caída. Ya veo. ¿Qué tipo de homicidio están investigando el FBI y el Departamento de Policía de Los Ángeles para que se remonte a tantos años atrás y a otro país?

—Bob —intervino Eleanor—, creo que…

—¡No, no me lo digas! —exclamó Ernst—. Tienes razón. Será mejor que compartimentemos toda la información.

Ernst se dedicó a alinear su cartapacio y los objetos que adornaban su mesa, a pesar de que no había nada fuera de sitio.

—¿Para cuándo lo necesitáis? —inquirió finalmente.

—Para ahora —contestó Eleanor.

—Podemos esperarle aquí —añadió Harry.

—¿Sois conscientes de que tal vez no encuentre nada, especialmente con tan poco tiempo?

—Sí, claro —afirmó Eleanor.

—Dame el nombre.

Ernst le pasó una hojita de papel a Eleanor, en la que ella escribió el nombre de Binh. Cuando se la devolvió, él la miró y se levantó sin siquiera tocar el papel.

—Lo intentaré —dijo, y salió del despacho.

Bosch miró a Eleanor.

—¿Ellie?

—Por favor, no me llames así; no me gusta nada. No dejo que nadie me llame así. Por eso no contesto sus llamadas.

—Bueno, hasta ahora. Ahora le deberás un favor.

—Si encuentra algo. Y tú también le deberás uno.

—Tendré que dejar que me llame Ellie.

A ella no le hizo gracia.

—¿De qué lo conoces?

Wish no respondió.

—Seguramente nos está escuchando en este momento —comentó Bosch.

Bosch miró a su alrededor, aunque evidentemente cualquier micrófono estaría escondido. Al ver un cenicero negro, se sacó los cigarrillos del bolsillo.

—Por favor, no fumes —le rogó Eleanor.

—Sólo medio.

—Nos conocimos en Washington; ni siquiera recuerdo dónde. Allí también era no sé qué adjunto del Estado. Nos tomamos unas copas, eso es todo. Después lo trasladaron aquí y, cuando un día nos encontramos en el ascensor, empezó a llamarme.

—Es de la CIA, ¿no?

—Más o menos… No lo sé seguro, pero no importa si consigue lo que necesitamos.

—No sé qué decirte. En la guerra conocí a varios gilipollas como ése. Por mucho que nos cuente hoy, seguro que hay más. Estos tíos trafican con la información; nunca te cuentan todo. Como él dice, la compartimentan. Serían capaces de matarte antes que explicarte todo.

—Dejémoslo, ¿vale?

—De acuerdo…, Ellie.

Bosch pasó el rato fumando y contemplando las paredes vacías. El tío ni se esforzaba en que pareciera un despacho de verdad. No había ni bandera en la esquina, ni un triste retrato del presidente. Cuando Ernst regresó al cabo de veinte minutos, Bosch ya iba por su segundo medio cigarrillo. Al irrumpir en su despacho con las manos vacías, el director adjunto de Comercio y Desarrollo anunció:

—Detective, ¿le importaría no fumar? En una habitación cerrada molesta mucho.

Bosch apagó la colilla en un pequeño cuenco negro situado en la esquina de la mesa.

—Perdón —se disculpó—. Como vi el cenicero, pensé que…

—No es un cenicero, detective —le corrigió Ernst con severidad—. Eso es un cuenco de arroz de más de tres siglos de antigüedad. Me lo traje a casa después de volver de Vietnam.

—Ah, ¿allí también trabajaba en Comercio y Desarrollo?

—Bob, ¿has encontrado algo? —intervino Eleanor—. ¿Sobre Binh?

Ernst tardó algunos segundos en apartar la vista de Bosch.

—Muy poco, aunque lo que he encontrado podría ser útil. Este hombre, Binh, fue agente de policía en Saigón. Un capitán… Bosch, ¿es usted un veterano del conflicto?

—¿Quiere decir de la guerra? Sí.

—Sí, claro —repitió Ernst—. Entonces, dígame, ¿esta información le dice algo?

—No mucho. Yo estuve casi todo el tiempo en el campo. No vi mucho de Saigón excepto los bares y las tiendas de tatuajes. ¿Debería decirme algo el que Binh fuera capitán de la policía?

—No creo, así que déjeme explicárselo. Como capitán, Binh estaba a cargo de la brigada antivicio del departamento de policía.

—Y debía de ser tan corrupto como todo lo demás en esa guerra —comentó Bosch.

—Viniendo del campo, no creo que sepa usted mucho del sistema en Saigón, de la forma en que funcionaban las cosas, ¿no? —preguntó Ernst.

—¿Por qué no nos lo cuenta? Parece que ésa era su especialidad; la mía era intentar mantenerme vivo.

Ernst no hizo caso de la puya, ni de Bosch. A partir de ese momento se dirigió únicamente a Eleanor.

—Aquello funcionaba de una forma bastante simple. Si traficabas con drogas, carne, juego o cualquier cosa del mercado negro, tenías que pagar una tarifa local, un impuesto de la casa, como si dijéramos. El pago servía para mantener alejada a la policía vietnamita; prácticamente garantizaba que tu negocio no se vería interrumpido… dentro de unos límites. Entonces tu única preocupación era la policía militar estadounidense. Por supuesto, ellos también podían ser sobornados; al menos eso decía la gente. Bueno, este sistema duró años, desde el principio de la guerra, pasando por la retirada estadounidense y hasta, me imagino, el 30 de abril de 1975, el día en que cayó Saigón.

Eleanor asintió y esperó a que él continuara.

—La intervención estadounidense duró más de una década, y antes de eso estuvieron los franceses. Estamos hablando de años y años de presencia extranjera.

—Millones —dijo Bosch.

—¿Cómo dice?

—Está hablando de millones de dólares en sobornos.

—Sí, sí. Decenas de millones al cabo de los años.

—¿Y dónde entra el capitán Binh? —le preguntó Eleanor.

—Verás —dijo Ernst—, según nuestra información de la época, la corrupción dentro de la policía de Saigón estaba dirigida o controlada por un triunvirato llamado el Trío del Diablo. O les pagabas o no hacías negocio; así de sencillo. Por casualidad (bueno, de casualidad nada) en la policía de Saigón había tres capitanes cuyo territorio correspondía, justamente, al del triunvirato. Un capitán encargado de vicio, otro de narcóticos y otro de patrullar. Nuestra información es que esos tres capitanes eran en realidad el Trío del Diablo.

—Usted habla de «nuestra información». ¿Es información de Comercio y Desarrollo o de quién?

Tras volver a reajustar los objetos encima de su mesa, Ernst fulminó a Bosch con la mirada.

—Detective, usted ha venido a pedirme información. Si quiere saber de dónde procede, se ha equivocado de persona. Puede usted creerme o no; a mí me trae sin cuidado.

Los dos hombres se miraron fijamente, pero no dijeron nada más.

—¿Qué les pasó? —intervino Eleanor—. A los miembros del triunvirato.

La pregunta obligó a Ernst a apartar la vista de Bosch.

—Pues que después de que Estados Unidos retirara sus fuerzas en 1973, sus fuentes de ingresos desaparecieron casi por completo. Como cualquier empresa responsable, lo vieron venir e intentaron reemplazarlas. Nuestros informes de la época dicen que cambiaron su postura considerablemente. A principios de los setenta pasaron de dar protección a las transacciones de narcóticos de Saigón a participar directamente en ellas. A través de contactos políticos y militares, y por supuesto policiales, se establecieron como los agentes de toda la heroína que salía de las montañas y pasaba ilegalmente a Estados Unidos.

—Pero no duró mucho —adivinó Bosch.

—No, claro. Cuando cayó Saigón en abril de 1975, tuvieron que huir. Habían ganado una fortuna: entre quince y dieciocho millones de dólares cada uno. En la nueva Ho Chi Minh no significarían nada y, de todos modos, tampoco les hubieran dejado con vida para disfrutarlo. Tenían que salir a escape si no querían terminar ante los pelotones de ejecución de las tropas del Norte. Y tenían que cargar con el dinero…

—¿Y cómo lo hicieron? —preguntó Bosch.

—Era dinero negro, algo que ningún capitán de policía vietnamita podía o debería tener. Supongo que podrían haber hecho una transferencia a un banco de Zúrich, pero hay que recordar que estamos hablando de la cultura vietnamita, nacida de la inestabilidad y la desconfianza, de la guerra. Esa gente ni siquiera confiaba en los bancos de su propio país. Y, además, lo que tenían ya no era dinero.

—¿Cómo? —preguntó Eleanor, perpleja.

—Con el paso de los años lo habían ido invirtiendo. ¿Sabes lo que ocupan dieciocho millones de dólares? Probablemente llenarían toda una habitación. Así que encontraron una forma de reducirlos, o al menos eso es lo que creemos.

—Piedras preciosas —tanteó Bosch.

—Diamantes —concretó Ernst—. Por lo visto dieciocho millones de dólares en buenos diamantes caben fácilmente en dos cajas de zapatos.

—Y en una caja de seguridad —opinó Bosch.

—Puede ser, pero, por favor, no me diga más de lo que necesito saber.

—Binh era uno de los capitanes —resumió Bosch—. ¿Quiénes eran los otros dos?

—Uno se llamaba Van Nguyen y dicen que murió; no llegó a abandonar Vietnam. Tal vez lo mataron los otros dos o el Ejército del Norte, pero lo que es seguro es que nunca salió del país. Lo confirmaron nuestros agentes en Ho Chi Minh después de la caída. Los otros dos escaparon y vinieron aquí. Sin duda, gracias a sus contactos y dinero, ambos tenían salvoconductos. Ahí no puedo ayudaros… Uno era Binh, a quien parece que habéis encontrado y el otro Nguyen Tran, que vino con Binh. En cuanto a dónde fueron y lo que hicieron aquí, tampoco puedo ayudaros. Hace más de quince años de todo esto; una vez llegaron aquí ya no eran nuestro problema.

—¿Por qué los dejasteis entrar?

—¿Quién dice que lo hiciéramos? Tiene usted que darse cuenta, detective Bosch, de que gran parte de esta información no se conoció hasta después de los hechos.

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