El eco negro

El eco negro


Quinta parte. Jueves, 24 de mayo

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Ernst se levantó; aquélla era toda la información que pensaba «descompartimentar» ese día.

Bosch no quería subir de nuevo al Buró. La información de Ernst le había sentado como una anfetamina. Quería caminar, hablar, estallar. Cuando entraron en el ascensor, apretó el botón de la planta baja y le dijo a Eleanor que iban a salir. El FBI era como una pecera; necesitaba aire.

En todas las investigaciones Bosch siempre tenía la impresión de que la información se iba deslizando lentamente, como en un reloj de arena. En un momento dado había más información en la parte inferior que en la superior y, entonces, la arena empezaba a precipitarse por el agujero como una cascada. En aquel caso acababan de llegar a ese punto. Todo empezaba a encajar.

Bosch y Eleanor cruzaron el vestíbulo principal y salieron al césped, donde ondeaban ocho banderas iguales de EE.UU. y la bandera del estado de California, todas ellas dispuestas en semicírculo.

Ese día no había manifestantes; el aire era cálido y extrañamente húmedo para la época del año.

—¿Por qué aquí? —preguntó Eleanor—. Yo preferiría estar arriba, cerca del teléfono. Y tú podrías tomarte un café.

—Me apetece fumar.

Los dos caminaron hacia Wilshire Boulevard.

—Es 1975. Saigón está a punto de irse al garete. El capitán de policía Binh paga a alguien para que lo saque del país, bueno, a él y sus diamantes. No sabemos a quién soborna, pero sí que lo tratan como un personaje importante durante todo el trayecto. La mayoría de gente viene en barcos, pero él viaja en avión. Durante el trayecto de cuatro días de Saigón a Estados Unidos, lo acompaña un asesor americano para suavizar las cosas; ése es Meadows. Él…

—Presuntamente —le corrigió ella—. Te has olvidado la palabra «presuntamente».

—No estamos ante un tribunal. Lo estoy contando como creo que podría haber ocurrido. Si no te gusta, luego lo dices tú a tu manera.

Ella levantó las manos en señal de inocencia y Bosch prosiguió.

—Total, que Meadows y Binh se conocen. En 1975 Meadows participa en el plan de protección a refugiados y también tiene que irse. Puede que conociera a Binh debido a su vieja afición: el tráfico de heroína. Es muy probable que incluso trabajase para él. Tal vez no supiera lo que el capitán estaba transportando a Estados Unidos, pero lo más seguro es que tuviera una ligera idea.

Bosch se detuvo a ordenar sus ideas y Eleanor continuó la historia, no muy convencida.

—Binh se lleva consigo su reticencia o desconfianza cultural en lo que respecta a los bancos. Además tiene otro problema; su fortuna es dinero negro, una suma desconocida e ilegal. No puede declararla ni hacer un ingreso normal porque tendría que dar explicaciones. Así que decide guardar su enorme capital en la mejor alternativa posible: una caja de seguridad en una cámara acorazada. —Wish hizo una pausa—. Oye, ¿adónde vamos?

Bosch no respondió porque estaba demasiado inmerso en sus pensamientos. Habían llegado a Wilshire. Cuando el semáforo se puso verde, Bosch y Wish se dejaron arrastrar por la marea de cuerpos que cruzaban la calle. Luego giraron hacia el oeste, caminando junto a los setos que bordeaban el cementerio de veteranos. Bosch retomó el hilo de la historia.

—Pues Binh mete su parte en la caja y comienza a vivir el gran sueño americano del inmigrante o, en su caso, del inmigrante rico. Entretanto Meadows, de regreso de la guerra, no consigue ni adaptarse a la vida civil ni dejar su hábito, por lo que empieza a traficar para financiárselo. Pero las cosas no son tan fáciles como en Saigón; lo trincan y pasa un tiempo en chirona. Entra, sale, entra, sale y finalmente lo condenan una buena temporada por un par de robos a bancos.

Llegaron a una abertura en el seto que dio paso a un camino enladrillado. Lo siguieron y les condujo a un lugar desde el que se divisaba todo el cementerio, con sus filas de lápidas blancas pulidas por los elementos y recortadas sobre un mar de hierba verde. Gracias al seto, que amortiguaba el ruido de la calle, se respiraba un ambiente de paz y tranquilidad.

—Es como un parque —comentó Bosch.

—Es un cementerio —susurró ella—. Vámonos.

—No hace falta que susurres. Demos una vuelta; se está muy bien.

Eleanor dudó, pero lo siguió mientras él se alejaba por el camino enladrillado. El sendero pasaba por debajo de un roble que proyectaba su sombra sobre las tumbas de los veteranos de la primera guerra mundial. Ella lo alcanzó y reanudó la conversación.

—Bueno, Meadows llega a Terminal Island, donde oye hablar de Charlie Company. Se entera de que su director es una mezcla de ex soldado y párroco, consigue referencias y logra que lo suelten antes. En Charlie Company entra en contacto con dos de sus antiguos compañeros de batallas: Delgado y Franklin. Excepto que sólo pasan un día juntos. Sólo un día. ¿Me estás diciendo que planearon todo esto en un solo día?

—No lo sé —respondió Bosch—. Tal vez, aunque lo dudo. Puede que lo planearan más tarde, después de reunirse en la granja. Lo más importante es que estuvieron juntos, o muy cerca, en 1975, en Saigón. Y de nuevo en Charlie Company. Después de salir de allí, Meadows acepta un par de trabajos hasta que termina su libertad condicional. Luego lo deja y desaparece del mapa.

—¿Hasta?

—Hasta el robo del WestLand. Los tíos entran en la cámara y se dedican a abrir las cajas hasta que encuentran la de Binh. O a lo mejor ya sabían cuál era la suya. Debieron de seguirlo para planear el robo y averiguar dónde guardaba lo que quedaba de los diamantes. Tenemos que volver al banco para ver si las visitas de Frederic B. Isley coinciden con las de Binh, pero me apuesto algo a que sí. Nuestro hombre sabía cuál era la caja de Binh porque entró con él en la cámara acorazada. Luego robaron su caja y, para disimular, vaciaron todas las demás. Lo más genial es que sabían que Binh no lo denunciaría, porque legalmente aquello no existía. Era perfecto. Y lo mejor fue que se llevaran todo lo demás para tapar su verdadero objetivo: los diamantes.

—El golpe perfecto —opinó ella—. Al menos hasta que Meadows empeñó el brazalete de jade y lo mataron. Eso nos lleva de nuevo a la pregunta de hace unos días: ¿por qué? Y hay otra cosa que no tiene sentido: ¿por qué Meadows vivía en esa mierda de casa? Si era un hombre rico, ¿por qué no actuaba como tal?

Bosch caminó un rato en silencio. Aquélla era la pregunta que se había venido haciendo desde la entrevista con Ernst. Pensó en el alquiler de once meses de Meadows, pagado con antelación. Si estuviera vivo, se habría mudado la semana siguiente. Mientras caminaban por aquel jardín de piedras blancas, todo empezó a encajar; ya no quedaba arena en la parte superior del reloj.

—Porque el golpe perfecto sólo estaba medio terminado —anunció Bosch—. Al empeñar el brazalete, Meadows lo descubrió demasiado pronto. Por eso tuvieron que cargárselo y recuperar la joya.

Ella se detuvo y lo miró. Estaban en un camino de acceso a la sección de la segunda guerra mundial. Bosch se fijó en que las raíces de un viejo roble habían empujado algunas de las viejas lápidas. Parecían dientes a la espera de un odontólogo.

—Explícate —le pidió Eleanor.

—Los ladrones robaron un montón de cajas para cubrir que lo que realmente querían estaba en la caja de Binh, ¿no?

Ella asintió con la cabeza.

—Vale. ¿Cuál es el siguiente paso? Quitarse de encima las cosas de las otras cajas para que no vuelvan a aparecer nunca más. No me refiero a venderlas a un perista, sino destruirlas, tirarlas al mar o enterrarlas para siempre en un lugar donde no lo encuentren nunca. Porque en el momento en que aparezca la primera joya, moneda o certificado, la policía tendrá una pista y empezará a investigar.

—¿Entonces crees que a Meadows lo mataron porque empeñó el brazalete? —preguntó Wish.

—No del todo. Tiene que haber algo más. ¿Por qué iba Meadows, si poseía una parte de los diamantes de Binh, a molestarse en empeñar un brazalete que sólo valía un par de miles de dólares? ¿Por qué iba a vivir como vivía? No tiene sentido.

—Me he perdido, Harry.

—Yo también, pero míralo desde este punto de vista. Imaginemos que ellos (Meadows y sus colegas) supieran el paradero de Binh y el otro capitán de la policía, Nguyen Tran, y que supieran dónde guardaba cada uno lo que quedaba de los diamantes que habían traído desde Vietnam. Digamos que había dos bancos y los diamantes estaban en dos cajas de seguridad. Supongamos que van a robar los dos. Primero asaltan el banco de Binh y ahora irán a por el de Tran.

Ella hizo un gesto para indicar que le seguía. Bosch notó que la tensión aumentaba.

—De acuerdo, planear estas cosas lleva tiempo; hay que elaborar una estrategia, escoger un fin de semana cuando el banco esté cerrado durante tres días seguidos… Necesitan ese tiempo para abrir muchas cajas y que parezca real. Y luego está el tiempo necesario para cavar el túnel.

Bosch se había olvidado de fumar, pero en ese momento se dio cuenta y se metió un cigarrillo en la boca. Sin embargo, antes de encenderlo, comenzó a hablar de nuevo.

—¿Me sigues?

Ella asintió. Bosch encendió el pitillo.

—Vale. Entonces, ¿qué harías tú después de robar el primer banco, pero antes de asaltar el segundo? Evidentemente procurarías pasar inadvertida para no dar ni una sola pista. Destruirías toda la mercancía de la tapadera, los objetos de las otras cajas, sin quedarte nada. Y no tocarías los diamantes de Binh. No podrías empezar a venderlos porque podrían atraer la atención y estropear el segundo golpe.

»De hecho, Binh seguramente contrató a tíos para que buscaran los diamantes. Supongo que, después de años de irlos canjeando, debía de estar familiarizado con la red ilegal de piedras preciosas. Así que los ladrones también tenían que ir con cuidado con él.

—O sea, que Meadows quebrantó las reglas —resumió ella—. Se quedó algo; el brazalete. Sus compañeros lo descubrieron y se lo cargaron. Después entraron en la tienda de empeños y lo volvieron a robar. —Ella sacudió la cabeza, admirando el plan—. Todo habría sido perfecto si Meadows no hubiera desobedecido.

Bosch asintió. Los dos se quedaron inmóviles; primero se miraron el uno al otro y luego a su alrededor, al cementerio. Bosch arrojó la colilla al suelo y la pisó. Cuando ambos alzaron la vista, descubrieron ante sí las paredes negras del monumento a los veteranos del Vietnam.

—¿Qué hace eso ahí? —preguntó ella.

—No lo sé. Es una réplica a la mitad de tamaño y en mármol falso. Creo que viaja por todo el país para que lo vea la gente que no puede desplazarse a Washington.

De repente Eleanor soltó un gritito y se volvió hacia Bosch.

—Harry, ¡este lunes es el día de los Caídos!

—Ya lo sé. Los bancos cierran dos días, algunos tres. Tenemos que encontrar a Tran.

Ella se volvió para regresar al FBI, mientras él le echaba una última ojeada al monumento. En la ladera de la colina estaba incrustada la larga pared hueca de mármol falso con todos los nombres grabados. Un hombre con un uniforme gris barría el cemento de la base, donde yacía una corona de flores de jacarandá de color violeta.

Harry y Eleanor permanecieron en silencio hasta que salieron del cementerio y comenzaron a caminar por Wilshire en dirección al edificio federal. Finalmente ella le hizo una pregunta que él también se había formulado, pero para la cual no hallaba una respuesta.

—¿Por qué ahora? ¿Por qué después de tanto tiempo? Hace quince años de todo aquello.

—No lo sé. Quizá fuera el momento adecuado. De vez en cuando la gente, las circunstancias, ciertas fuerzas invisibles se alían, o al menos eso parece. ¿Quién sabe? Tal vez Meadows se había olvidado de Binh, un día lo vio por la calle y de pronto se le ocurrió la idea: el golpe perfecto. O tal vez fuera el plan de otra persona que tomó forma el día que los tres hombres pasaron juntos en Charlie Company. Los porqués nunca se saben; lo único que podemos averiguar son los cómos y los quiénes.

—Harry, ¿te das cuenta de que, si están ahí fuera, o más bien ahí debajo cavando otro túnel, nos quedan menos de dos días para encontrarlos? Tendremos que enviar a un par de equipos para buscarlos.

Bosch pensó que mandar un equipo a rastrear por los túneles de la ciudad era confiarse a la suerte. Ella le había dicho que había más de dos mil seiscientos kilómetros de alcantarillas en Los Ángeles; podían buscar en vano durante meses. La clave era Tran. Si localizaban al último capitán de policía, encontrarían el banco. Y a los asesinos de Billy Meadows. Y de Tiburón.

—¿Crees que Binh nos entregaría a Tran?

—Si no denunció que le habían robado, dudo mucho que sea la clase de persona que nos vaya a contar lo de Tran.

—Tienes razón. Creo que primero debemos intentar encontrarlo nosotros. Dejemos a Binh como último recurso.

—Yo empezaré a buscar en el ordenador.

—Muy bien.

Ni el ordenador del FBI ni las redes informáticas a las que permitía acceder divulgaron el paradero de Nguyen Tran. Bosch y Wish no hallaron ninguna mención ni en el Registro de Vehículos, ni en los archivos del Servicio de Inmigración y Naturalización, Hacienda o la Seguridad Social. Tampoco había nada en el registro de nombres ficticios del condado de Los Ángeles, ni en los archivos del Departamento de Aguas y Electricidad o los censos de votantes o contribuyentes. Bosch llamó a Hector Villabona y confirmó que Tran había entrado en Estados Unidos en la misma fecha que Binh, pero no sacó nada más. Después de tres horas de contemplar las letras ámbar del ordenador, Eleanor lo apagó.

—Nada —concluyó—. Está usando otro nombre, pero no lo ha cambiado legalmente, al menos en este condado. No consta en ninguna parte.

Se quedaron parados, desanimados y en completo silencio. Bosch se tomó el último trago de café de un vaso de plástico. Eran más de las cinco y la oficina de la brigada antirrobos estaba desierta. Rourke se había ido a casa, tras ser informado de los últimos acontecimientos y decidir no mandar a nadie a los túneles.

—¿Sabéis cuántos kilómetros de túneles hay en Los Ángeles? —había preguntado—. Lo de ahí abajo es como una red de carreteras. Si vuestra teoría es cierta, podrían estar en cualquier parte. Nosotros iríamos dando palos de ciego; ellos jugarían con ventaja y alguno de nosotros podría resultar herido.

Bosch y Wish sabían que tenía razón. No discutieron con él, sino que pusieron manos a la obra para encontrar a Tran. Pero al cabo de varias horas habían llegado a la conclusión de que habían fracasado.

—No nos queda más remedio que ir a ver a Binh —anunció Bosch cuando terminó su café.

—¿Crees que cooperará? —preguntó ella—. Se dará cuenta de que si queremos a Tran es porque sabemos lo de su pasado. Lo de los diamantes.

—No sé qué hará —contestó Bosch—. Iré a verle mañana. ¿Tienes hambre?

—Querrás decir que «iremos» a verle mañana —le corrigió ella con una sonrisa—. Y sí, tengo hambre. Vámonos de aquí.

Cenaron en un restaurante de Broadway, en Santa Mónica. Eleanor escogió el lugar y, como estaba cerca del apartamento de ella, Bosch se sintió animado y relajado. En un rincón había un trío tocando en un escenario de madera, pero las paredes de ladrillo del local mataban el sonido y lo hacían casi inaudible. Después de cenar, Harry y Eleanor se quedaron un rato en silencio, aferrados a sus cafés. Había una comodidad y calidez entre ellos que Bosch era incapaz de explicarse. Lo cierto era que no conocía a aquella mujer sentada frente a él; le bastaba mirar aquellos duros ojos castaños para confirmarlo. Bosch quería averiguar lo que ocultaban. Habían hecho el amor, pero él quería estar enamorado. Y la deseaba.

Como prácticamente siempre, Eleanor pareció leerle el pensamiento.

—¿Vienes a mi casa esta noche? —preguntó.

Lewis y Clarke se hallaban en el segundo piso de un aparcamiento situado al otro lado de la calle y a media manzana del Broadway Bar & Grill. Agazapado junto a la barandilla de la rampa, Lewis espiaba a través de la cámara. Su objetivo de casi treinta centímetros estaba sujeto a un trípode y enfocado hacia la puerta del restaurante, a unos cien metros de distancia. Esperaba que las luces de la marquesina fueran suficientes. En la cámara tenía un carrete de alta velocidad, pero la luz roja y parpadeante del visor le avisaba de que no presionara el disparador; no había suficiente luz. Lewis decidió que pese a todo lo intentaría. Quería una foto de los dos de la mano.

—No lo conseguirás —le dijo Clarke por detrás—. Con esta luz es imposible.

—Tú déjame a mí. Si no me sale, no me sale. ¿Qué más da?

—Díselo a Irving.

—Que se joda Irving. Dice que quiere más pruebas y se las vamos a dar. Sólo estoy intentando hacer lo que él quiere.

—Deberíamos acercarnos un poco más al restaurante…

Clarke se calló al oír ruido de pasos. Lewis no apartó el ojo del visor, al acecho. Los pasos resultaron ser de un hombre vestido con un uniforme de seguridad azul.

—¿Se puede saber qué hacen aquí? —preguntó el guarda.

Clarke le mostró su placa.

—Trabajando —contestó.

El guarda, un joven de color, se acercó para examinar la placa de Clarke. Al agarrarla para que no temblara, Clarke la retiró de un tirón.

—No la toques, colega. Mi placa no se toca.

—Ahí pone LAPD. ¿Habéis pedido permiso al Departamento de Policía de Santa Mónica? ¿Saben ellos que estáis aquí?

—¿Y qué importa? Déjanos en paz.

Clarke le dio la espalda, pero al ver que el guarda no se iba se encaró con él:

—¿Quieres algo, chaval?

—Este aparcamiento es mi territorio, detective Clarke. Yo voy donde quiero.

—Tú te vas a la mierda. Yo…

Clarke oyó el sonido del disparador y el avance automático del carrete. Cuando se volvió hacia Lewis, éste le miraba sonriente.

—Ya la tengo: los dos de la mano —anunció, poniéndose en pie—. Acaban de salir; vámonos.

Lewis plegó las patas del trípode y se metió rápidamente en el Caprice gris por el que habían canjeado el Plymouth negro.

—Hasta la vista, colega —dijo Clarke, mientras se acomodaba frente al volante.

El coche dio marcha atrás, obligando al guarda a dar un salto para esquivarlo. Clarke miró por el retrovisor y sonrió. Mientras conducía hacia la rampa de salida, vio al guarda hablando por una radio portátil.

—Ya puedes hablar todo lo que te dé la gana, niñato.

Cuando llegaron a la cabina de pago, Clarke le dio el tique y dos dólares al encargado. El hombre lo cogió, pero no levantó el tubo a rayas negras y blancas que hacía de barrera.

—Benson me ha dicho que tengo que retenerles —dijo el hombre de la cabina.

—¿Qué? ¿Quién coño es Benson? —le preguntó Clarke.

—El guarda. Me ha dicho que esperen un momento.

En ese preciso instante los dos agentes de Asuntos Internos vieron a Bosch y Wish pasar por delante del aparcamiento en dirección a Fourth Street. Iban a perderlos. Clarke le mostró su placa al hombre de la cabina.

—Estamos trabajando. ¡Suba la puta barrera ahora mismo!

—En seguida viene. Yo tengo que hacer lo que dice. Si no, perderé mi trabajo.

—¡Si no nos abre va a perder la barrera, mamón! —gritó Clarke.

Clarke pisó a fondo el acelerador para demostrarle que su amenaza iba en serio.

—¿Por qué cree que pusimos una barra de hierro en vez de una valla de madera? Usted pase, pero ya le aviso que se quedará sin parabrisas. Haga lo que quiera. Ah, ahí viene Benson.

En el retrovisor Clarke distinguió al guarda de seguridad bajando por la rampa. Estaba a punto de estallar de rabia, cuando notó la mano de Lewis sobre el brazo.

—Tranquilo, colega —le dijo Lewis—. Al salir del restaurante iban de la mano. No los perderemos; van a casa de ella. Te apuesto mi turno de conducir a que los alcanzaremos allí.

Clarke apartó su mano y soltó un suspiro, tras lo cual su rostro adquirió un aspecto más relajado.

—No importa. Todo esto no me gusta nada.

Bosch encontró un hueco en Ocean Park Boulevard, en la acera de enfrente del edificio de Eleanor y aparcó, pero no hizo ningún gesto para salir del coche, sino que miró a Eleanor, sintiendo todavía la emoción de unos minutos antes, aunque inseguro sobre adónde iba todo aquello. Ella pareció adivinar sus pensamientos o sentir lo mismo, ya que le puso la mano sobre la suya y se inclinó para besarlo.

—Entremos —le susurró.

Bosch bajó del Caprice y dio la vuelta para cerrar la puerta de Eleanor, que ya había salido. Los dos se dispusieron a cruzar, pero se detuvieron para dejar pasar un coche. Como llevaba puestas las largas, Bosch apartó la vista y miró a Eleanor. Fue ella quien se dio cuenta de que las luces venían hacia ellos.

—¿Harry?

—¿Qué?

—¡Harry!

Bosch se volvió hacia el coche que se acercaba y vio que las luces —que eran en realidad cuatro, procedentes de dos pares de faros cuadrados— los enfocaban a ellos. En esos segundos vitales Bosch concluyó que el coche no se había desviado de modo accidental, sino que venía directamente hacia ellos. Apenas había tiempo, pero éste quedó curiosamente suspendido. A Bosch le dio la impresión de que todo ocurría a cámara lenta; primero se volvió hacia la derecha, hacia Eleanor, y comprobó que ella no necesitaba ayuda. Entonces los dos saltaron sobre el capó del Caprice de Bosch. Él rodó sobre ella y ambos se precipitaron sobre la acera, al tiempo que su coche recibía una violenta sacudida y se oía un chirrido agudo de metal destrozado. Por el rabillo del ojo, Bosch atisbo una ducha de chispas azules antes de aterrizar sobre Eleanor en la estrecha franja de tierra que separaba la calzada y la acera. En ese instante intuyó que estaban a salvo; asustados, pero de momento a salvo.

Bosch se incorporó, sacó la pistola y la sostuvo con las dos manos. El automóvil que los había embestido no se había detenido. Se encontraba ya a unos cincuenta metros y se alejaba cada vez a mayor velocidad. Bosch disparó una bala que debió de rebotar en el cristal trasero porque el vehículo estaba demasiado lejos. A su lado, Eleanor disparó dos veces, pero no logró causar ningún daño al coche.

Sin decir una palabra, los dos entraron en el Caprice por la puerta de la derecha. Bosch contuvo la respiración mientras giraba la llave de contacto, pero el coche arrancó y se alejó con un chirrido. Harry giró el volante a un lado y a otro mientras ganaba velocidad. La suspensión parecía un poco floja, aunque ignoraba el alcance de los desperfectos. Cuando intentó comprobar el retrovisor lateral, vio que éste había desaparecido. Encendió las luces, pero sólo funcionaba el faro derecho.

El vehículo de sus atacantes estaba al menos a cinco manzanas, cerca de la zona en que Ocean Park Boulevard sube una pequeña colina. Las luces del coche se perdieron de vista cuando éste pasó la cima. Bosch dedujo que se dirigía a Bundy Drive, desde donde la autopista 10 estaba a tiro de piedra. Y una vez en ella sería imposible alcanzarlos. Bosch agarró la radio y llamó a centralita, pero no pudo darles una descripción del coche: sólo la dirección de la persecución.

—Va hacia la autopista, Harry —gritó Eleanor—. ¿Estás bien?

—Sí. ¿Y tú? ¿Has visto la marca?

—Estoy bien, sólo un poco asustada. No, no he visto la marca. Creo que era americano… faros cuadrados. No vi el color, pero era oscuro. Si llega a la autopista lo perderemos.

Iban hacia el este por Ocean Park, paralelos a la autopista 10, que discurría a unas ocho manzanas al norte. Al acercarse a la cima de la colina, Bosch apagó el faro que funcionaba y cuando llegaron arriba, atisbo la silueta oscura del coche que les había embestido pasando el semáforo del cruce con Lincoln Boulevard. Ya no había duda de que se dirigía a Bundy. Al llegar a Lincoln, Bosch giró a la izquierda, pisó el acelerador y encendió las luces. Al aumentar la velocidad, se oyó un ruido sordo. El neumático delantero izquierdo y la alineación de las ruedas no estaban del todo bien.

—¿Adónde vas? —chilló Eleanor.

—Voy a meterme en la autopista.

Dicho esto, Bosch vio los rótulos de la autopista y giró a la derecha en dirección a la rampa de entrada. El neumático aguantó mientras se sumaban al tráfico de la 10.

—¿Cómo sabremos quiénes son? —exclamó Eleanor. La vibración del neumático se había convertido en un ruido fuerte y constante.

—No lo sé, busca unos faros cuadrados.

Al cabo de un minuto llegaron a la entrada de Bundy, pero Bosch no tenía ni idea de si se habrían adelantado al otro coche o si éste ya les llevaba mucha ventaja. De pronto un vehículo apareció por la rampa y entró al carril de aceleración. Era blanco y extranjero.

—Ése no es —opinó Eleanor.

Bosch pisó a fondo el acelerador y avanzó a toda velocidad. El corazón le latía, acompañando las vibraciones que producía la rueda, en parte por la emoción de la persecución y en parte por la de seguir vivo. Ahora mismo podría estar destrozado en el asfalto frente al apartamento de Eleanor. Bosch mantenía el volante firmemente agarrado, como si fueran las riendas de un caballo al galope. Avanzaba entre el escaso tráfico a unos ciento cincuenta kilómetros por hora, mirando el morro frontal de los coches que adelantaba en busca de cuatro faros o un lateral derecho abollado.

Medio minuto más tarde, con los nudillos blancos de tanto apretar el volante, llegó hasta un Ford de color burdeos que iba como mínimo a cien por el carril más lento. Bosch pasó por su lado y lo adelantó. Eleanor llevaba la pistola en la mano, pero la sostenía por debajo de la ventanilla para que no se viera desde fuera. El conductor, un hombre de raza blanca, no miró ni dio muestras de haberles visto. Al pasarlo, Eleanor gritó:

—¡Dos pares de faros cuadrados!

—¿Es el coche? —preguntó Bosch con excitación.

—No puedo…, no lo sé. No veo si el lado derecho está abollado. Podría ser, pero el tío no ha reaccionado.

Ahora le sacaban casi un coche de delantera. Bosch cogió la sirena portátil que guardaba debajo del salpicadero, la sacó por la ventanilla y la colocó en el techo de su coche. Acto seguido encendió la luz giratoria de color azul y lentamente empezó a empujar al Ford hacia el arcén. Eleanor indicó al conductor que se detuviera y éste obedeció. Bosch frenó de repente para dejar que el otro coche pasase al arcén delante de él. Cuando ambos se hubieron detenido junto a la valla de protección, Bosch se dio cuenta de que tenía un problema. Aunque encendió los faros, el único que funcionaba seguía siendo el del lado del pasajero. El coche de delante estaba demasiado cerca de la valla como para que Bosch o Wish vieran si el lateral derecho estaba abollado. Mientras tanto, el conductor permanecía en su asiento, prácticamente a oscuras.

—Mierda —exclamó Bosch—. Bueno, tú no salgas hasta que yo te lo diga, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Bosch tuvo que cargar todo el peso de su cuerpo contra la puerta para que se abriese. Salió del coche con la pistola en una mano y la linterna en la otra, enfocándola hacia el conductor del otro automóvil. El rugido del tráfico retumbaba en sus oídos. Bosch empezó a gritar, pero una bocina tapó el sonido y una turbulencia causada por un camión lo empujó hacia delante. Volvió a intentarlo; le gritó al hombre que sacara las manos por la ventanilla, donde él pudiera verlas. Nada. Le chilló de nuevo. Bosch esperó apoyado en el parachoques trasero del coche granate hasta que por fin el conductor le hizo caso. Enfocó la linterna sobre el cristal trasero, pero no vio a nadie más en el interior del vehículo. Entonces se acercó corriendo hasta el conductor y le ordenó que saliera lentamente.

—¿Qué es esto? —protestó un hombre bajito, pálido, con el pelo rojizo y un bigote casi transparente. Abrió la puerta del coche y bajó. Llevaba una camisa blanca, pantalones beige y unos tirantes y miró en dirección a los automóviles que pasaban, como clamando por un testigo que presenciara aquella pesadilla.

—¿Puedo ver su placa? —tartamudeó. Bosch se abalanzó sobre él, le dio la vuelta y lo empujó contra el lateral del coche, aplastándole la cabeza y las manos sobre el techo. Mientras lo agarraba por la nuca con una mano y con la otra le ponía una pistola en la oreja, Bosch le gritó a Eleanor que viniera.

—Comprueba la parte de delante.

El hombre soltó un quejido, como el de un animal asustado, y Bosch notó que estaba temblando. Tenía el cuello pegajoso por el sudor. El detective no dejó de vigilarlo ni para ver dónde estaba Eleanor. De pronto oyó la voz de ella a sus espaldas.

—Suéltalo —le dijo—. No es él. No hay ningún desperfecto. Nos hemos equivocado de coche.

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