El eco negro

El eco negro


Sexta parte. Viernes, 25 de mayo

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Sexta parte

Viernes, 25 de mayo

Wish y Bosch fueron cuestionados por la policía de Santa Mónica, la guardia de tráfico de California, el Departamento de Policía de los Ángeles y el FBI. Una unidad especial se desplazó hasta la jefatura para someter a Bosch a un test de alcoholemia, que pasó. A las dos de la madrugada, sentado en la sala de interrogatorios de una comisaría de la zona oeste de la ciudad, Bosch se sentía totalmente agotado y se preguntaba quiénes serían los próximos, si Hacienda o el Servicio de Guardacostas. A Eleanor y a él los habían separado; Bosch no la había visto desde que llegaron, hacía tres horas. Le preocupaba no poder estar con ella para protegerla de los interrogadores. En ese momento el teniente Harvey Pounds, Noventa y Ocho, entró en la sala y le dijo a Bosch que de momento habían terminado. Bosch notó que Noventa y Ocho estaba enfadado, y no sólo porque lo habían sacado de la cama a esa hora.

—¿Cómo es posible que un policía no identifique la marca de un coche que intenta atropellarlo? —le preguntó.

Bosch estaba acostumbrado al tono acusatorio de las preguntas, ya que había sido así toda la noche.

—Como le he dicho a uno de los agentes, en ese momento estaba un poco ocupado salvando el pellejo.

—Y ese tío al que parasteis —le interrumpió Pounds—. Joder, Bosch, lo maltrataste en plena autopista… Todos los gilipollas con teléfono móvil han llamado para denunciar secuestro, asesinato y no sé qué más. ¿No podríais haberos asegurado de que era el coche correcto?

—Era imposible. Todo está en el informe, teniente. Es la décima vez que lo explico.

Pounds se comportaba como si no oyera nada.

—Y resulta que el tío es abogado.

—¿Y qué? —dijo Bosch, perdiendo finalmente la paciencia—. Nos disculpamos; fue un error. El coche parecía el mismo. Además, si denuncia a alguien, será al FBI. Ellos están forrados, así que no te preocupes.

—No. Nos va a poner un pleito a los dos. Y ya ha amenazado con hacerlo, coño. No es el momento de hacerse el gracioso, Bosch.

—Tampoco es el momento de preocuparse sobre lo que hicimos bien o mal. Ninguno de los burócratas que me han interrogado parece preocupado por el hecho de que alguien ha intentado asesinarnos. Sólo quieren saber lo lejos que estaba cuando disparé, si puse en peligro a los viandantes y si tenía suficientes razones para parar al coche. Pues que se jodan. La cuestión es que alguien quiere matarnos a mí y a mi compañera. Perdona si no me importan mucho las molestias que le hemos causado a un picapleitos.

Pounds estaba preparado para esa discusión.

—Bosch, con las pocas pruebas que tenemos, podría haber sido un borracho. ¿Y qué quieres decir con «compañera»? Sabes perfectamente que estás con el FBI en régimen de préstamo, renovable día a día. Y creo que después de esta noche no lo van a renovar. Lleváis cinco días enteros investigando este caso y, por lo que me ha dicho Rourke, no habéis avanzado nada.

—No fue un borracho, Pounds. Nosotros éramos el objetivo. Diga lo que diga Rourke, yo voy a resolver este caso. Y si tú dejas de boicotear nuestros esfuerzos, empiezas a creer en tu propia gente para variar, y me sacas de encima a esos gilipollas de Asuntos Internos, quizá te toque un poco de la gloria cuando lo resolvamos.

Las cejas de Pounds se arquearon como montañas rusas.

—Sí, ya sé lo de Lewis y Clarke —contestó Bosch—. Y sé que te mantenían informado. Supongo que no te contaron la pequeña charla que tuve con ellos, ¿no? Los pesqué dormidos delante de mi casa.

Por la cara que puso Pounds, estaba claro que no se había enterado. Lewis y Clarke no habían dicho nada, lo cual significaba que Bosch no se iba a meter en líos por lo que les había hecho. En ese momento se preguntó dónde estarían los dos detectives cuando los atacaron a Eleanor y a él.

Pounds permaneció un buen rato en silencio. Era como un pez nadando alrededor del cebo que Bosch había lanzado, consciente de que había un anzuelo, pero pensando que tal vez existía un modo de llevarse el cebo y salir ileso. Finalmente le pidió a Bosch que le resumiera los resultados de su semana de investigación. Había picado el anzuelo. Bosch le contó los hechos del caso y, aunque Pounds no abrió la boca durante los veinte minutos siguientes, Bosch supo por sus cejas qué cosas no le había mencionado Rourke.

Cuando terminó la historia, no hubo más comentarios sobre retirar a Bosch del caso. De todos modos, Harry se sentía muy cansado de todo el asunto. Quería irse a dormir, pero a Pounds aún le quedaba alguna pregunta.

—Si el FBI no va a poner a gente en los túneles, ¿deberíamos hacerlo nosotros?

Bosch vio que Pounds pensaba en términos de participar en las detenciones. Si enviaba a su gente a los túneles, el FBI no podría dejar de lado al departamento y atribuirse el mérito exclusivo de la operación. Pounds recibiría una palmadita en la espalda del jefe si lograba evitar aquella maniobra.

Sin embargo, Bosch había llegado a la conclusión de que Rourke tenía razón. Enviar a un equipo al túnel significaba correr el riesgo de un encuentro fortuito y la posibilidad de que hubiera muertos.

—No —le dijo Bosch a Pounds—. Veamos primero si logramos sonsacarle a Tran dónde guarda su dinero. Ni siquiera sabemos si se trata de un banco.

Pounds había oído suficiente. Se levantó y le informó a Bosch de que podía irse. No obstante, cuando se disponía a salir de la sala de interrogatorios, añadió:

—No creo que tengas problemas con el incidente de esta noche. Por lo que parece, hiciste lo que pudiste. El abogado se puso un poco nervioso, pero ya se le pasará.

Bosch no hizo ningún comentario.

—Una cosa —prosiguió Pounds—. Me preocupa el hecho de que esto ocurriera delante de la casa de la agente Wish. Da un poco de mala impresión. Sólo la estabas acompañando hasta la puerta, ¿no?

—No me importa lo que pareciera, teniente —respondió—. Estaba fuera de servicio.

Pounds miró a Bosch un momento, sacudió la cabeza como si éste le hubiera rechazado su mano y salió del cuarto.

Bosch halló a Eleanor sola en una sala contigua. Tenía los ojos cerrados, la cabeza sobre las manos, y los codos sobre la superficie rayada de la mesa de madera. Cuando Bosch entró, ella abrió los ojos y sonrió, y él se olvidó al instante de la fatiga, la frustración y la rabia que lo embargaban. Aquélla era una sonrisa de complicidad entre niños que se han salido con la suya con los adultos.

—¿Ya estás? —le preguntó ella.

—Sí, ¿y tú?

—Hace más de una hora. Sólo te querían empapelar a ti.

—Como siempre. ¿Se ha ido Rourke?

—Sí. Y quiere que mañana le mantenga informado cada dos horas. Después de lo que ha ocurrido esta noche cree que no ha controlado suficientemente este asunto.

—O a ti.

—Sí, parece que también hay algo de eso. Me ha preguntado qué hacíamos en mi casa. Yo le he contestado que me habías acompañado hasta la puerta.

Bosch se dejó caer en una silla al otro lado de la mesa y metió el dedo en un paquete de tabaco en busca de un cigarrillo. Quedaba uno, que se puso en la boca pero no encendió.

—Además de sentirse excitado o celoso por lo que pudiéramos estar haciendo, ¿qué opina Rourke sobre quién intentó arrollarnos? —preguntó Bosch—. ¿Un conductor borracho, como cree mi gente?

—Sí, mencionó la teoría del conductor borracho, pero también me preguntó si tenía un ex novio celoso. No parecía muy convencido de que tuviera que ver con nuestro caso.

—No se me había ocurrido la idea del ex novio. ¿Y qué le dijiste?

—Eres igual de maquiavélico que él —dijo con su preciosa sonrisa—. Le dije que no era de su incumbencia.

—Bien hecho. ¿Y de la mía?

—La respuesta es no. —Ella le dejó unos segundos colgado de un hilo antes de añadir—: Quiero decir que no tengo ex novios celosos. Y ahora, ¿qué te parece si nos vamos y volvemos a donde estábamos (consultó un momento su reloj) hace unas cuatro horas?

Bosch se despertó en la cama de Eleanor Wish bastante antes de que la luz del amanecer se filtrara por las cortinas de la puerta corredera. Incapaz de vencer el insomnio, acabó por levantarse. Después de ducharse en el cuarto de baño del piso de abajo, revolvió los armarios de la cocina y la nevera con la intención de preparar un desayuno de café, huevos y bollos de pasas y canela. No había beicon.

Cuando oyó cerrarse el grifo de la ducha del piso de arriba, Bosch subió un vaso de zumo de naranja y se encontró a Eleanor frente al espejo del baño. Estaba desnuda y trenzándose el pelo, que había dividido en tres mechones gruesos. Él se quedó hechizado y la observó mientras ella se acababa la trenza. A continuación ella aceptó el zumo y un largo beso de Bosch, se puso su bata corta y los dos bajaron a desayunar.

Después del desayuno, Harry abrió la puerta de la cocina y encendió un cigarrillo en el umbral.

—¿Sabes? —dijo—. Estoy contento porque no pasó nada.

—¿Ayer?

—Sí. Si te hubiera pasado algo, no sé cómo hubiera reaccionado. Ya sé que acabamos de conocernos, pero… me importas…

—Tú a mí también.

Aunque Bosch se había dado una ducha, llevaba la ropa más sucia que el cenicero de un coche de segunda mano y al cabo de un rato le dijo a Eleanor que tenía que pasar por casa a cambiarse. Ella decidió ir al Buró a comprobar las consecuencias de la noche anterior y conseguir lo que pudiera sobre Binh. Acordaron reunirse en la comisaría de Hollywood porque estaba más cerca de la tienda de Binh y, además, Bosch tenía que devolver su coche abollado. Ella lo acompañó a la puerta y lo besó como si fuera un contable que se iba a la oficina.

Al llegar a casa, Bosch no encontró ningún mensaje en el contestador automático ni rastro de que hubiera entrado alguien. Después de afeitarse y cambiarse de ropa, bajó la colina por Nichols Canyon para coger Wilcox. Una vez en la comisaría, Bosch estuvo trabajando en su mesa, poniendo al día el Informe Cronológico del Oficial Investigador hasta la llegada de Eleanor, a eso de las diez. La oficina estaba llena de detectives que, siendo en su mayoría hombres, interrumpieron lo que estaban haciendo para mirarla. Cuando Eleanor se sentó en la silla de acero junto a la mesa de Homicidios sonreía con incomodidad.

—¿Qué te pasa?

—Nada, pero esto es peor que entrar en Biscailuz —dijo ella, haciendo referencia a una de las cárceles de la ciudad.

—Ya lo sé. Estos tíos son más guarros que la mayoría de exhibicionistas. ¿Quieres un vaso de agua?

—No, gracias. ¿Listo?

—Vamos allá.

Cogieron el coche nuevo de Bosch, que en realidad tenía un mínimo de tres años y ciento veintitrés mil kilómetros. El encargado de los vehículos de la comisaría era un agente que había estado atado a la mesa desde que perdió cuatro dedos al coger un petardo durante el carnaval. Según él, aquel coche era lo mejor que tenía. Los recortes de presupuesto habían paralizado la renovación de la flota, a pesar de que a la larga el departamento acababa gastándose más en reparaciones. Por lo menos, tal como descubrió Bosch cuando arrancó, el aire acondicionado funcionaba bastante bien. Al parecer venían vientos de Santa Ana y el fin de semana se preveía más caluroso de lo normal para la época del año.

Las investigaciones de Eleanor sobre Binh revelaron que tenía una oficina y un negocio en Vermont Avenue, cerca de Wilshire Boulevard. En aquella zona había más tiendas coreanas que vietnamitas, pero ambas comunidades coexistían pacíficamente. Wish había descubierto que Binh controlaba una serie de empresas que importaban de Oriente ropa y productos electrónicos a bajo precio y luego los vendían en el sur de California y México. Muchos de los artículos que los turistas estadounidenses compraban y se traían de México, convencidos de haber hecho una buena compra, ya habían pasado por aquí. El negocio parecía rentable sobre el papel, aunque tampoco era un gran imperio. De todos modos, aquello fue suficiente para que Bosch se cuestionara si Binh necesitaba los diamantes. O si realmente los había tenido.

Binh era el propietario del edificio donde se encontraba su oficina y el bazar de productos electrónicos, un antiguo concesionario de automóviles de los años treinta que alguien había reconvertido años antes de que Binh llegara al país. Aquel bloque de cemento sin armar con enormes ventanales en la fachada estaba destinado a desmoronarse al primer temblor fuerte. Sin embargo, para alguien que había logrado salir de Vietnam del modo en que Binh lo había hecho, los terremotos, más que un riesgo, debían de parecerle un pequeño inconveniente.

Después de encontrar un espacio para aparcar al otro lado de la calle de Ben’s Electronics, Bosch le dijo a Eleanor que quería que ella se encargase del interrogatorio, al menos al principio. Bosch opinaba que Binh seguramente se sentiría más proclive a hablar con los federales que con la policía local. Ambos acordaron empezar suave y luego preguntar por Tran. Lo que Bosch no le dijo a Eleanor es que tenía otro plan en mente.

—Es un poco raro que un hombre que tiene diamantes en una cámara acorazada trabaje en un sitio así —observó Bosch al salir del coche.

—Que tenía diamantes —le corrigió ella—. Y recuerda que no podía ostentar porque tenía que parecer un inmigrante cualquiera, dar la impresión de que vivía al día. Los diamantes, si es que los hubo, debieron de ser su aval para conseguir este lugar, pero todo tenía que parecer como si hubiera empezado de cero.

—Espera un momento —le dijo Bosch cuando llegaron al otro lado de la calle. Le contó a Eleanor que se había olvidado de pedirle a Edgar que fuera esa tarde al juzgado en su lugar. Señaló un teléfono en una gasolinera junto al edificio de Binh y corrió hacia allá. Eleanor se quedó atrás, contemplando el escaparate del bazar.

Bosch llamó a Edgar pero no le dijo nada sobre el juzgado.

—Jed, necesito un favor. Ni siquiera hace falta que te levantes de la silla.

Edgar dudó, como Bosch esperaba.

—¿Qué quieres?

—No me lo digas así, sino: «Sí, claro, Harry, ¿qué quieres?».

—Venga, Harry, los dos sabemos que nos tienen controlados. Tenemos que ir con cuidado. Dime lo que necesitas y yo te diré si puedo hacerlo.

—Sólo quiero que me avises por el busca dentro de diez minutos. Tengo que salir de una reunión. Me avisas y cuando yo te llame por teléfono, no digas nada durante un par de minutos. Si no te llamo, vuélveme a avisar dentro de cinco minutos. Ya está.

—¿Ya está? ¿Nada más?

—Nada más. Dentro de diez minutos.

—Muy bien, Harry —dijo Edgar con voz aliviada—. Oye, me han contado lo que te pasó ayer por la noche. Uf, por los pelos, ¿no? Y por aquí he oído que no fue un borracho. Ten cuidado, colega.

—Siempre lo tengo. ¿Qué pasa con Tiburón?

—Nada. Fui a ver a su grupito, tal como me dijiste. Dos de ellos me contaron que habían estado con él aquella noche. Yo creo que iban a la caza de maricones. Me dijeron que lo perdieron de vista cuando se metió en un coche. Eso fue un par de horas antes de que se recibiera el aviso de que el chico estaba en el túnel del Bowl. Parece que quienquiera que fuera en ese coche se lo cargó.

—¿Tienes una descripción?

—¿Del coche? No muy buena. Un sedán americano, de color oscuro. Un modelo nuevo. Nada más.

—¿Qué tipo de faros?

—Bueno, les mostré a los chicos el catálogo de coches y escogieron distintos faros de atrás. Un chico dijo redondos y el otro rectangulares. En cambio en los de delante los dos dijeron que eran…

—Cuadrados, dos pares de faros cuadrados.

—Pues sí. Harry, ¿estás pensando que este coche es el que os arrolló a ti y a la mujer del FBI? ¡Joder! Tenemos que quedar para hablarlo.

—Quizá más tarde. De momento dame un toque dentro de diez minutos.

—De acuerdo: diez minutos.

Bosch colgó y regresó junto a Eleanor, que estaba mirando los radiocasetes del escaparate. Ambos entraron en la tienda, se libraron de dos vendedores, se quedaron mirando una pila de cámaras de vídeo que valían quinientos dólares cada una y finalmente informaron a la mujer de la caja registradora de que habían venido a ver a Binh. La mujer los miró con cara de no comprender nada hasta que Eleanor le mostró su placa y una tarjeta de identificación del FBI.

—Un momento —dijo la mujer, y a continuación desapareció por una puerta situada detrás del mostrador. En la puerta había una ventanita de espejo que a Bosch le recordó la de la sala de interrogatorios de Wilcox. Bosch consultó su reloj. Tenía ocho minutos.

El hombre del pelo blanco que emergió de la puerta parecía rondar los sesenta años. Aunque era bajo, Bosch adivinó que había sido fuerte, pero su complexión se había ido suavizado gracias a su nueva vida, más fácil que en su país de origen. Llevaba unas gafas de montura plateada con cristales rosados, pantalones de pinzas y una camisa deportiva, cuyo bolsillo se caía con el peso de una docena de bolígrafos y una pequeña linterna. Ngo van Binh no era ostentoso en ningún sentido.

—¿Señor Binh? Me llamo Eleanor Wish y soy del FBI. Éste es el detective Bosch, del Departamento de Policía de Los Ángeles. Querríamos hacerle unas preguntas.

—Sí —dijo, sin alterar la dura expresión de su cara.

—Es sobre el robo al banco donde usted tenía una caja.

—No denuncié la pérdida. Mi caja sólo contenía objetos de valor sentimental.

«Los diamantes tienen un gran valor sentimental», pensó Bosch, pero en cambio dijo:

—Señor Binh, ¿podríamos ir a su despacho para hablar en privado?

—Sí, pero les repito que no perdí nada. Compruébenlo ustedes; está en los informes.

Eleanor extendió la mano para indicarle a Binh que los guiara y ambos lo siguieron a través de la puerta con la ventanita. Ésta daba a una especie de almacén donde cientos de artículos electrónicos se apilaban en unas estanterías de metal que llegaban hasta el techo. Los tres entraron en una habitación más pequeña: un taller de reparación o ensamblaje donde una mujer comía de un bol sentada en un banco. Cuando pasaron no levantó la vista. Al fondo del taller había dos puertas y la comitiva entró en el despacho de Binh. Allí éste se despojaba de su apariencia humilde. El despacho era grande y lujoso, con una mesa y dos sillas a la derecha, y un sofá de piel oscura en forma de L a la izquierda. Junto al sofá se extendía una alfombra oriental con el dibujo de un dragón tricéfalo a punto de atacar. Y enfrente había dos paredes enteras llenas de libros y un equipo de alta fidelidad y de vídeo mucho más sofisticado que los que Bosch había visto en la tienda. «Deberíamos habernos presentado en su casa —pensó Bosch—. Así, habríamos visto cómo vive, no cómo trabaja».

Bosch echó una ojeada rápida a la habitación y vio un teléfono blanco en la mesa. Sería perfecto. El aparato era una pieza de anticuario, de ésos con un disco redondo para marcar y en los que el auricular descansa sobre una horquilla de metal. Binh se disponía a sentarse en su mesa, pero Bosch lo detuvo.

—Señor Binh, ¿le importa que nos sentemos aquí en el sofá? Queremos que esto sea lo más informal posible. Y, si quiere que le diga la verdad, estamos hartos de sentarnos en mesas.

Binh se encogió de hombros como dándoles a entender que le daba igual, que le importunaban de todas formas. Aquél era un gesto típicamente americano, por lo que Bosch pensó que su dificultad con el idioma no era más que una fachada para aislarse cuando le convenía. Binh se sentó en un extremo del sofá en forma de L, mientras Eleanor y Bosch se sentaban en el otro.

—Qué despacho tan bonito —comentó Bosch mirando a su alrededor, al tiempo que se aseguraba de que no hubiera otro teléfono en la habitación.

Binh asintió con la cabeza. No les ofreció ni té, ni café ni palabras de cortesía, sino que simplemente dijo:

—¿Qué quieren, por favor?

Bosch miró a Eleanor.

—Señor Binh, estamos repasando nuestra investigación. Usted no declaró ninguna pérdida económica en el robo a la cámara… —comenzó ella.

—Eso es. Ninguna pérdida.

—Exactamente. ¿Qué guardaba usted en la caja?

—Nada.

—¿Nada?

—Papeles y esas cosas, nada de valor. Ya se lo dije a todo el mundo.

—Sí, ya lo sabemos. Sentimos mucho molestarle de nuevo, pero el caso sigue abierto y tenemos que volver atrás para ver si nos hemos olvidado de algo. ¿Podría decirme con detalle qué papeles perdió? Eso podría ayudarnos en caso de que recuperemos algún objeto.

Eleanor sacó de su bolso una libretita y un bolígrafo. Binh miró a sus dos visitantes con cara de no comprender en qué podía ayudar esa información.

—Le sorprendería lo importante que son las pequeñas… —empezó a decir Bosch, pero le interrumpió el pitido del busca.

Bosch se sacó el aparato del cinturón y echó un vistazo a la pantalla. A continuación se levantó y miró a su alrededor, como si acabara de fijarse en la habitación por primera vez. Se preguntó si se estaría pasando.

—Señor Binh, ¿puedo usar su teléfono? Será una llamada local.

Cuando Binh asintió, Bosch caminó hacia la mesa, se inclinó y cogió el auricular. A continuación hizo ver que comprobaba el número de nuevo y luego llamó a Edgar. Mientras esperaba, permaneció de espaldas a Eleanor y a Binh, levantando la vista como para contemplar un tapiz de seda colgado en la pared. En ese momento Binh le contaba a Eleanor que la caja contenía sus documentos de inmigración y ciudadanía. Bosch guardó el busca en el bolsillo de la chaqueta y aprovechó para sacar la navaja de bolsillo, el micrófono y la pequeña pila que había desconectado de su propio teléfono.

—Aquí Bosch. ¿Quién me buscaba? —inquirió cuando Edgar cogió el teléfono. Después de que éste colgara, Bosch continuó—: Le espero, pero dile que estoy en medio de una entrevista. ¿Qué es tan urgente?

Mientras Binh seguía hablando, Bosch se volvió ligeramente hacia la derecha e inclinó la cabeza como si estuviera aguantando el auricular con la oreja izquierda, donde Binh no pudiera verlo. De hecho, Bosch bajó éste a la altura del estómago, abrió la tapa con la navaja (tosiendo fuerte mientras lo hacía) y tiró del audio receptor. Con una mano conectó el micrófono a su pila, operación que había practicado mientras esperaba a que le dieran un nuevo coche en la comisaría de Wilcox, y luego volvió a introducir el receptor y a poner la tapa, tosiendo una vez más para camuflar cualquier ruido.

—De acuerdo —le dijo Bosch al teléfono—. Bueno, dile que le llamaré cuando haya terminado. Gracias.

Bosch colgó, se metió la navaja en el bolsillo y volvió al sofá, donde Eleanor estaba apuntando algo en su libreta. Cuando acabó de escribir, miró a Bosch y él supo sin ninguna otra señal que a partir de ese instante la entrevista tomaría otro rumbo.

—Señor Binh —dijo ella—. ¿Está seguro de que eso era todo lo que tenía en la caja?

—Sí, claro. ¿Por qué me lo pregunta tantas veces?

—Señor Binh, sabemos quién es usted y las circunstancias de su llegada a este país. Sabemos que usted era un agente de la policía.

—Sí, ¿y qué? ¿Qué quiere decir?

—También sabemos otras cosas…

—Sabemos —interrumpió Bosch— que usted ganaba mucho dinero en Saigón. Y que a veces cobraba en diamantes.

—No entiendo. ¿Qué dice? —preguntó Binh, mirando a Eleanor y señalando a Bosch con la mano. Se servía de la barrera del idioma como táctica de defensa. A medida que avanzaba la entrevista parecía saber menos inglés.

—Quiere decir lo que dice —respondió ella—. Sabemos que usted se trajo diamantes desde Vietnam, capitán Binh. También estamos informados de que los guardaba en la cámara acorazada. Creemos que los diamantes fueron la causa del robo al banco.

La noticia no pareció sorprenderle, porque seguramente ya se lo había imaginado.

—Esto no es verdad —fue su única respuesta.

—Señor Binh, tenemos su expediente —continuó Bosch—. Lo sabemos todo sobre usted, que estuvo en Saigón, todo lo que hizo y lo que se trajo cuando vino a Estados Unidos. No sé en qué está metido actualmente; todo parece legal, pero eso no nos importa. Lo que nos importa es quién asaltó ese banco. Y lo asaltaron para robarle a usted; se llevaron el aval de este negocio y del resto de sus bienes. Bueno, no creo que le estemos diciendo nada que usted no se haya imaginado. Quizás incluso haya pensado que su compañero Nguyen Tran estaba detrás de todo esto, dado que él sabía lo de los diamantes y dónde los guardaba. No es una idea descabellada, pero nosotros no creemos que el culpable sea él. De hecho, creemos que él será la próxima víctima.

La expresión pétrea de Binh no se resquebrajó lo más mínimo.

—Señor Binh, queremos hablar con Tran —concluyó Bosch—. ¿Dónde está?

Binh miró a través de la mesa baja que tenía delante a la alfombra con el dragón de tres cabezas. A continuación juntó las manos sobre el regazo, sacudió la cabeza y dijo:

—¿Quién es este Tran?

Eleanor lanzó una mirada enojada a Bosch e hizo un último intento de recuperar la relación que había establecido con el hombre antes de que Harry interviniera.

—Capitán Binh, no nos interesa presentar cargos contra usted. Solamente queremos evitar el asalto a otra cámara acorazada antes de que ocurra. ¿Puede ayudarnos, por favor?

Binh no respondió, sino que bajó la cabeza y se miró las manos.

—Mire, Binh, no sé qué le va a usted en todo esto —dijo Bosch—. Puede que incluso tenga a gente intentando encontrar a los ladrones, pero le prometo que no va a sufrir represalias. Así que díganos dónde está Tran.

—No conozco a ese hombre.

—Nosotros somos su única oportunidad; tenemos que encontrar a Tran. La gente que le robó a usted ha vuelto a los túneles. Si no encontramos a su amigo este fin de semana, ustedes dos se quedarán sin nada.

Binh permaneció impasible, tal como Bosch imaginaba. Eleanor se levantó.

—Piénselo bien, señor Binh —insistió.

—A todos nos queda poco tiempo: a nosotros y a su viejo socio —le recordó Bosch mientras se dirigían a la puerta.

Después de salir de la tienda, Bosch miró a ambos lados de la calle y cruzó corriendo Vermont Avenue. Eleanor caminó hasta él visiblemente furiosa. Bosch entró en el coche y deslizó la mano debajo del asiento delantero para coger el Nagra. Lo encendió y puso la velocidad de grabación al máximo. Supuso que no tendrían que esperar mucho y rezó para que los aparatos eléctricos de la tienda no distorsionaran la recepción. Eleanor entró por la otra puerta y comenzó a quejarse:

—Fantástico —exclamó—. Ya no podremos sacarle nada. Ahora mismo llamará a Tran y… ¿qué es eso?

—Un regalito de los buitres. Me pincharon el teléfono; muy típico de Asuntos Internos.

—Y tú lo has colocado en… —Ella señaló la tienda y él asintió—. Bosch, ¿te das cuenta de lo que podría pasarnos, de lo que esto significa? Ahora mismo vuelvo y…

Ella abrió la puerta del coche, pero él alargó la mano y la cerró de golpe.

—No lo hagas. Ésta es nuestra única forma de llegar a Tran. Binh no iba a decírnoslo, por muy bien que hiciéramos la entrevista y, aunque pongas esa cara de odio, en el fondo sabes que es verdad. O esto o nada. Si Binh avisa a Tran, con un poco de suerte descubriremos dónde está o al menos podremos empezar a buscarlo. Lo sabremos muy pronto.

Eleanor lo miró a los ojos y sacudió la cabeza.

—Bosch, podríamos perder nuestro trabajo. ¿Cómo has podido hacer una cosa así sin consultarme?

—Por eso mismo. Yo puedo perder mi trabajo; tú no lo sabías.

—Pero no lograría probarlo. Todo parecería una trampa; yo le mantengo ocupado mientras tú interpretas tu pequeño papel por teléfono.

—Lo era, pero tú no lo sabías. Además, Binh y Tran no son los objetivos de nuestra investigación. No estamos reuniendo pruebas contra ellos, sino gracias a ellos. Esto nunca entrará en nuestro informe. Y si él encuentra el micrófono no puede probar que yo lo metí. No había número de registro; lo comprobé. Los de Asuntos Internos son tontos, pero no tanto. No pasará nada; no te preocupes.

—Harry, eso no es…

La luz roja del Nagra se encendió. Alguien estaba usando el teléfono de Binh. Bosch comprobó que la cinta estaba girando.

—Eleanor, tú decides —dijo Bosch sosteniendo la grabadora en la palma de la mano—. Apágala si quieres.

Ella miró a la grabadora y luego a Bosch. Justo entonces terminaron de marcar el número y el coche se quedó en completo silencio. Un timbre empezó a sonar al otro lado de la línea. Eleanor desvió la mirada. Alguien contestó el teléfono. Hubo un intercambio breve de palabras en vietnamita y después más silencio. Finalmente respondió otra voz, que inició una conversación, también en vietnamita. Bosch sabía que una de las voces pertenecía a Binh. La otra sonaba como la de un hombre de la edad de éste. Eran Binh y Tran, de nuevo juntos. Eleanor soltó una risa forzada.

—Genial. Harry, ¿a quién vamos a pedir que nos lo traduzca? No podemos contarle esto a nadie; sería demasiado arriesgado.

—No pensaba traducirlo. —Bosch apagó el receptor y rebobinó la cinta—. Saca tu libretita y un bolígrafo.

Bosch puso la grabadora a la velocidad más lenta posible y le dio al PLAY. Cuando Binh comenzó a marcar, Bosch empezó a contar el número de clics y le fue recitando los números a Eleanor, que los apuntó en su libreta.

El teléfono llevaba el prefijo 714, el del condado de Orange. Bosch encendió la grabadora; la conversación entre Binh y el hombre continuaba. Después de apagarla, Bosch llamó por radio a centralita y pidió el nombre y la dirección correspondientes a aquel número de teléfono. Como iban a tardar unos minutos en comprobarlo, Bosch arrancó y se dirigió al sur, hacia la autopista 10. Ya iba por la 5 en dirección al condado de Orange, cuando le devolvieron la llamada.

El número pertenecía a un negocio llamado Tan Phu Pagoda en Westminster. Bosch miró a Eleanor, que desvió la mirada.

—Little Saigon —aclaró él.

Al cabo de una hora Bosch y Wish llegaron a la Tan Phu Pagoda, un centro comercial en Bolsa Avenue donde ninguno de los rótulos estaba en inglés. La fachada del edificio, de estucado crema, estaba compuesta por media docena de ventanales que daban al aparcamiento. Casi todos los negocios eran pequeños bazares donde se vendían una amplia variedad de artículos, desde productos electrónicos a camisetas. Había dos restaurantes vietnamitas, uno en cada punta, que se disputaban el negocio. Al lado de uno de ellos, una puerta de cristal daba paso a un local sin escaparate. A pesar de que ni Bosch ni Wish sabían descifrar las palabras de la puerta, en seguida dedujeron que se trataba de la oficina del centro comercial.

—Tenemos que entrar para confirmar que es el negocio de Tran y comprobar si está ahí y si hay otras salidas —dijo Bosch.

—Ni siquiera sabemos qué pinta tiene —le recordó Wish.

Bosch pensó un momento. Si Tran no usaba su nombre verdadero, se alarmaría si entraban preguntando por él.

—Tengo una idea —anunció Wish—. Busca una cabina. Yo entro en la oficina, tú marcas el número y yo me fijo si suena. Si oigo un teléfono estamos en el sitio correcto. También intentaré ver si está Tran y si hay más salidas.

—Podría ser un antro o un garito ilegal, con teléfonos sonando cada diez segundos —objetó Bosch—. ¿Cómo sabrás que soy yo?

Ella se calló un instante.

—Seguramente no hablan inglés, o al menos no muy bien —dijo ella—. Pides por alguien que lo hable y, cuando se ponga, dices algo que provoque una reacción que yo pueda ver.

—Eso si el teléfono está en un sitio a la vista.

Ella se encogió de hombros. Su mirada le decía que estaba harta de que él boicoteara todas sus sugerencias.

—Es lo único que podemos hacer. Venga, ahí hay una cabina; no tenemos mucho tiempo.

Bosch salió del aparcamiento y condujo hasta la cabina, situada media manzana más abajo, delante de una tienda de bebidas alcohólicas. Wish caminó hacia la Tan Phu Pagoda y Bosch esperó a que llegara a la puerta de la oficina para meter una moneda de veinticinco centavos en el teléfono y marcar el número que había anotado en frente de la tienda de Binh. Comunicaban. Bosch miró de reojo hacia la oficina; Wish había desaparecido. Volvió a insertar la moneda y llamar. Seguían comunicando. Bosch repitió la operación dos veces más en rápida sucesión hasta conseguir línea. Estaba considerando la posibilidad de que se hubiera equivocado al marcar cuando finalmente cogieron el teléfono.

—Tan Phu —dijo una voz masculina. «Joven, asiático, de unos veinticinco años», pensó Bosch. No era Tran.

—¿Tan Phu? —preguntó Bosch.

—Sí, ¿dígame?

Bosch no sabía qué hacer, así que se puso a silbar. La reacción fue una ráfaga verbal de la cual Bosch no pudo comprender ni una sola palabra o sonido. Después de que le colgaran de golpe, Bosch regresó al coche y condujo de vuelta al centro comercial. Estaba circulando lentamente por el estrecho aparcamiento cuando vio a Wish al otro lado de la puerta de cristal con un hombre asiático. Al igual que Binh, tenía el pelo gris y un aire especial: un poder y una fuerza silenciosos, sutiles. El hombre le abrió la puerta a Eleanor y asintió con la cabeza mientras ella se despedía. La observó cuando se alejaba y finalmente volvió al interior de la tienda.

—Harry —dijo nada más entrar en el coche—, ¿qué le has dicho al chico por teléfono?

—Nada. ¿Era su oficina o no?

—Sí. Creo que ése que me ha abierto la puerta era nuestro querido señor Tran. Un hombre simpático.

—¿Y qué le has contado para haceros tan amigos?

—Que era una agente inmobiliaria. Cuando he entrado, he preguntado por el jefe. Entonces el señor del pelo gris ha salido de un despacho en la parte de atrás. Me ha dicho que se llamaba Jimmie Bok. Le he contado que representaba a unos inversores japoneses y le he preguntado si le interesaba vender su centro comercial. Él me ha respondido que no. En un inglés impecable me ha dicho, textualmente: «Yo compro, no vendo». Luego me ha acompañado a la puerta, pero creo que era Tran. Tenía un no sé qué…

—Sí, ya lo he visto —convino Bosch. Acto seguido, Bosch cogió la radio y pidió a centralita que buscaran el nombre Jimmie Bok en el Ordenador Nacional de Inteligencia Criminal y el Registro de Vehículos.

Eleanor describió el interior de la oficina. Había una recepción en el centro, detrás de la cual arrancaba un pasillo con cuatro puertas. La del fondo parecía una salida, a juzgar por la doble cerradura. No había ninguna mujer y sí cuatro hombres como mínimo, sin contar a Bok. Dos de ellos parecían matones, ya que se habían levantado del sofá de la recepción cuando Bok emergió de la puerta central del pasillo.

Bosch salió del aparcamiento y dio la vuelta a la manzana, metiéndose en el callejón de la parte de atrás. Bosch se detuvo cuando vio una limusina Mercedes de color dorado aparcada frente a una de las entradas traseras del complejo comercial, en cuya puerta había una cerradura doble.

—Ése debe de ser su cochecito —comentó Wish.

Ambos decidieron vigilar la limusina. Bosch pasó de largo y aparcó al fondo del callejón, detrás de un contenedor, pero al comprobar que estaba lleno de la basura del restaurante dio marcha atrás para aparcar en la calle lateral, de manera que los dos pudieran ver la parte trasera del Mercedes por la ventanilla del pasajero. Así, Bosch también podía mirar a Eleanor.

—Supongo que nos toca esperar.

—Eso parece. No podemos saber si hará algo después del aviso de Binh. Quizá ya lo hizo después del robo del año pasado y estamos perdiendo el tiempo.

En ese instante Bosch recibió una llamada de centralita: Jimmie Bok no había cometido ninguna infracción de tráfico, vivía en Beverly Hills y no tenía antecedentes penales. Nada más.

—Yo vuelvo a la cabina —anunció Eleanor. Bosch la miró sorprendido—. Tengo que dar el parte a Rourke. Le diré que hemos encontrado a este tío y le pediré que ponga a alguien a llamar a algunos bancos con su nombre. Para comprobar si está en la lista de clientes. También me gustaría que lo pasara por el registro de la propiedad. Él me ha dicho: «Compro, no vendo» y me gustaría averiguar qué compra.

—Dispara si me necesitas —dijo Bosch y ella sonrió mientras salía del coche.

—¿Quieres algo de comer? —preguntó ella—. Estoy pensando en pedir alguna cosa en uno de los restaurantes de delante.

—Sólo un café —contestó él. No había tomado comida vietnamita en los últimos veinte años. Bosch la observó mientras ella caminaba hacia la parte delantera del centro.

Unos diez minutos después de que ella se hubiera ido, mientras vigilaba el Mercedes, Bosch vio pasar un coche al otro lado del callejón. En seguida se dio cuenta de que se trataba de un vehículo de la policía: un Ford LTD blanco con unos tapacubos baratos que apenas cubrían las llantas del coche. Bosch iba alternando una ojeada al Mercedes con otra al retrovisor para ver si el Ford daba la vuelta a la manzana. Pero al cabo de cinco minutos aún no había aparecido.

Wish llegó unos diez minutos después de aquello. En la mano llevaba una bolsa grasienta de papel marrón, de la cual sacó un café y dos recipientes de cartón. Ella le ofreció arroz al vapor y boh de cangrejo. Él declinó la invitación y bajó la ventanilla. Tras dar un sorbito al café, Bosch hizo una mueca de asco…

—Esto sabe como si hubiera hecho todo el viaje desde Saigón —comentó—. ¿Has encontrado a Rourke?

—Sí. Va a pedirle a alguien que investigue a Bok y me avisarán si encuentran algo. Quiere saber, por radio, todo lo que pasa cuando el Mercedes se ponga en marcha.

Pasaron dos horas charlando tranquilamente y vigilando el Mercedes dorado. Finalmente Bosch anunció que iba dar una vuelta a la manzana para cambiar un poco de aires. Lo que no le dijo a Wish era que estaba aburrido, se le estaba durmiendo el culo y quería encontrar al Ford blanco.

—¿Crees que deberíamos llamar para ver si sigue allí y colgar si se pone? —preguntó ella.

—Si Binh le avisó, una llamada así podría preocuparle y hacerle actuar con más cautela.

Bosch condujo hasta la esquina y pasó por delante de las tiendas. No le llamó la atención nada. Dio la vuelta a la manzana y volvió a aparcar en el mismo sitio. No había visto el Ford.

En cuanto regresaron a su puesto, sonó el busca de Wish y ella volvió a salir a telefonear. Bosch se concentró en el Mercedes dorado, intentando olvidarse del Ford por el momento. Cuando, al cabo de veinte minutos, Eleanor aún no había regresado, Bosch empezó a ponerse nervioso. Eran algo más de las tres de la tarde y Bok/Tran aún no se había marchado. Algo no iba bien, pero ¿qué?

Bosch fijó la vista en la esquina del centro comercial, a la espera de que la figura de Eleanor se recortara contra el estucado. Entonces oyó un ruido, como un impacto sordo. Luego uno o dos más. ¿Serían disparos? Pensó en Eleanor y el corazón le dio un vuelco. ¿Habría sido simplemente el ruido de una puerta? Miró al Mercedes, pero desde aquella posición sólo distinguía el maletero y las luces de atrás. No había nadie junto al coche. Volvió la vista a la esquina, pero no había ni rastro de Eleanor. Entonces miró al Mercedes y vio que las luces de freno se encendían. Bok se iba. Harry arrancó y sus ruedas traseras escupieron grava al pisar el acelerador. Al llegar a la esquina divisó a Eleanor, que caminaba por la acera en dirección a él. Bosch tocó la bocina y le hizo una señal para que se diera prisa. Eleanor echó a correr y entró en el coche justo cuando Harry vio aparecer por el retrovisor al que salía del callejón en dirección a ellos.

—Escóndete —ordenó Bosch, agarrando a Eleanor y empujándola hacia abajo.

La limusina pasó de largo y giró al llegar a Bolsa Avenue. Bosch le soltó el cuello a Eleanor.

—¿Se puede saber qué haces? —exigió al incorporarse.

Bosch señaló al Mercedes, que comenzaba a alejarse.

—Venían hacía aquí. Si te hubieran visto otra vez, nos habrían descubierto. ¿Por qué has tardado tanto?

—Porque tenían que localizar a Rourke. No estaba en su despacho.

Harry arrancó y comenzó a seguir al Mercedes manteniéndose a una distancia de dos manzanas. Al cabo de un rato, Eleanor, cuando se hubo recuperado del susto, le preguntó a Bosch:

—¿Está solo?

—No lo sé. No lo he visto entrar en el coche porque estaba vigilando la esquina a ver si aparecías. Me ha parecido oír que se cerraba más de una puerta.

—Pero no sabes si Tran era uno de los que entraron.

—No. No lo sé seguro, pero se está haciendo tarde. Creo que tiene que ser él.

Bosch se dio cuenta de que podía haber caído en la trampa más vieja de la vigilancia. Bok, o Tran, o quienquiera que fuese, podía haber enviado a uno de sus esbirros en el coche de cien mil dólares para despistar a cualquier posible persecutor.

—¿Crees que deberíamos volver? —dijo él.

Wish no respondió hasta que él la miró.

—No —contestó ella—. Sigamos con lo que tenemos. No te lo pienses tanto; tienes razón con respecto a la hora. Antes de un puente muchos bancos cierran a las cinco. Si Binh lo avisó ya no le queda mucho tiempo. Yo creo que es él.

Bosch se sintió mejor. El Mercedes giró al oeste y luego otra vez al norte siguiendo la autopista Golden State hacia el centro de Los Ángeles. Avanzaron lentamente entre el tráfico hasta que el coche dorado se desvió por la autopista de Santa Mónica hacia el oeste. A las 4.40 cogió la salida de Robertson Boulevard, por lo que Bosch dedujo que iba a Beverly Hills. Desde el centro hasta el océano, Wilshire Boulevard estaba repleto de bancos. Cuando el Mercedes dobló a la derecha, Bosch sintió que estaban cerca. «Tran guardaba su tesoro en un banco cerca de su casa», pensó. La apuesta les había salido bien. Bosch se relajó un poco y finalmente le preguntó a Eleanor qué había dicho Rourke cuando ella llamó.

—Confirmó que Jimmie Bok es Nguyen Tran a través de los archivos del condado de Orange. En el registro de nombres ficticios consta que Tran se cambió el nombre hace nueve años. Debería haberlo comprobado yo misma; me había olvidado de Little Saigon. —Eleanor hizo una pausa—. Otra cosa: si Tran tenía diamantes cabe la posibilidad que ya se los haya gastado todos. El registro de la propiedad revela que es el propietario de otros dos centros comerciales como ése. En Monterey Park y en Diamond Bar.

Bosch opinaba que todavía podía tenerlos. Al igual que en el caso de Binh, los diamantes podían ser sólo el aval de su imperio inmobiliario. Harry mantenía la vista fija en el Mercedes; en ese momento se hallaba tan solo a una manzana de distancia ya que era hora punta y no quería perderlo de vista. Al contemplar las ventanas ahumadas del coche abriéndose paso por aquella próspera calle, se dijo que iba en busca de los diamantes.

—Me he guardado lo mejor para el final —anunció Wish—. El señor Bok, también conocido como el señor Tran, controla sus numerosos negocios a través de una sociedad anónima. El nombre de dicha sociedad, según las pesquisas del agente especial Rourke, no es otro que Diamond Holdings Incorporated.

Pasaron Rodeo Drive y se encontraron en el corazón del distrito comercial de la ciudad. Los edificios que flanqueaban Wilshire Boulevard empezaban a aparecer más señoriales, como si fueran conscientes de que sus propietarios tenían más dinero y más clase. El tráfico era cada vez más lento, y Bosch se acercó a dos coches de distancia del Mercedes, porque no quería perderlo en un semáforo. Estaban tan cerca de Santa Monica Boulevard que Bosch se temió que se dirigieran a Century City. Tras consultar su reloj, Bosch descubrió que ya eran las 4.50.

—Si este tío va a un banco en Century City no creo que llegue a tiempo.

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