El diario de Ana Frank

El diario de Ana Frank


Diario

Página 12 de 19

Optimistas y pesimistas, sin olvidar sobre todo a los realistas, manifiestan su opinión con inagotable energía, y como suele suceder en todos estos casos, cada cual cree que solo él tiene razón. A cierta señora le irrita la confianza sin igual que les tiene a los ingleses su señor marido, y cierto señor ataca a su señora esposa a raíz de los comentarios burlones y despreciativos de esta respecto de su querida nación.

Y así sucesivamente, de la mañana a la noche, y lo más curioso es que nunca se aburren. He descubierto algo que funciona a las mil maravillas: es como si pincharas a alguien con alfileres, haciéndole pegar un bote. Exactamente así funciona mi descubrimiento. Ponte a hablar sobre política, y a la primera pregunta, la primera palabra, la primera frase… ¡ya ha metido baza toda la familia!

Como si las Werhmachtsberichte[25] alemanas y la BBC inglesa no fueran suficientes, hace algunos días han empezado a transmitir un Luftlagemeldung[26]. Estupendo, en una palabra; pero la otra cara de la moneda muchas veces decepciona. Los ingleses han hecho de su arma aérea una empresa de régimen continuo, que solo se puede comparar con las mentiras alemanas, que son ídem de ídem.

O sea, que la radio se enciende ya a las ocho de la mañana (si no más temprano) y se la escucha cada hora, hasta las nueve, las diez o, a veces, hasta las once de la noche. Esta es la prueba más clara de que los adultos tienen paciencia y un cerebro de difícil acceso (algunos de ellos, naturalmente; no quisiera ofender a nadie). Con una sola emisión, o dos a lo sumo, nosotros ya tendríamos bastante para todo el día, pero esos viejos gansos… en fin, que ya lo he dicho. El programa para los trabajadores, Radio Orange, Frank Philips o Su Majestad la reina Guillermina, a todos les llega su turno y a todos se les sigue con atención; si no están comiendo o durmiendo, es que están sentados alrededor de la radio y hablan de comida, de dormir o de política. ¡Uf!, es una lata, y si no nos cuidamos nos convertiremos todos en unos viejos aburridos. Bueno, esto ya no vale para los mayores… Para dar ejemplos edificantes, los discursos de nuestro muy querido Winston Churchill resultan ideales.

Nueve de la noche del domingo. La tetera está en la mesa, debajo del cubreteteras. Entran los invitados. Dussel se sienta junto a la radio, el señor delante, y Peter a su lado; mamá junto al señor, la señora detrás, Margot y yo detrás del todo y Pim junto a la mesa. Me parece que no te he descrito muy claramente dónde se ha sentado cada uno, pero nuestro sitio tampoco importa tanto. Los señores fuman, los ojos de Peter se cierran por el esfuerzo que hace al escuchar, mamá lleva una bata larga, negra, y la señora no hace más que temblar de miedo a causa de los aviones, que no hacen caso del discurso y enfilan alegremente hacia Essen. Papá bebe un sorbo de té, Margot y yo estamos fraternalmente unidas por Mouschi, que ha acaparado una rodilla de cada una para dormir. Margot se ha puesto rulos, yo llevo un camisón demasiado pequeño, corto y ceñido. La escena parece íntima, armoniosa, pacífica, y por esta vez lo es, pero yo espero con el corazón en un puño las consecuencias que traerá el discurso. Casi no pueden esperar hasta el final, se mueren de impaciencia por ver si habrá pelea o no. ¡Chis, chis!, como un gato que está al acecho de un ratón, todos se azuzan mutuamente hasta acabar en riñas y disputas.

Tu Ana.

Martes, 28 de marzo de 1944.

Mi querida Kitty:

Podría escribirte mucho más sobre política, pero hoy tengo antes muchas otras cosas que contarte. En primer lugar, mamá me ha prohibido que vaya arriba, porque según ella la señora Van Daan está celosa. En segundo lugar, Peter ha invitado a Margot para que también vaya arriba, no sé si por cortesía o si va en serio.

En tercer lugar, le he preguntado a papá si le parecía que debía hacer caso de esos celos y me ha dicho que no.

¿Qué hacer? Mamá está enfadada, no me deja ir arriba, quiere que vuelva a estudiar en la habitación con Dussel, quizá también sienta celos. Papá está de acuerdo con que Peter y yo pasemos esas horas juntos y se alegra de que nos llevemos tan bien. Margot también quiere a Peter, pero según ella no es lo mismo hablar sobre determinados temas de a tres que de a dos.

Por otra parte, mamá cree que Peter está enamorado de mí; te confieso que me gustaría que lo estuviera, así estaríamos a la par y podríamos comunicarnos mucho mejor. Mamá también dice que Peter me mira mucho; es cierto que más de una vez nos hemos guiñado el ojo estando en la habitación, y que él me mira los hoyuelos de las mejillas. ¿Acaso debería yo hacer algo para evitarlo?

Estoy en una posición muy difícil. Mamá está en mi contra, y yo en la suya. Papá cierra los ojos ante la lucha silenciosa entre mamá y yo. Mamá está triste, ya que aún me quiere; yo no estoy triste para nada, ya que ella y yo hemos terminado.

¿Y Peter…? A Peter no lo quiero dejar. ¡Es tan bueno y lo admiro tanto! Entre nosotros puede que ocurra algo muy bonito, ¿pero por qué tienen que estar metiendo los viejos sus narices? Por suerte estoy acostumbrada a ocultar lo que llevo dentro, por lo que no me resulta nada difícil no demostrar lo mucho que le quiero. ¿Dirá él algo alguna vez? ¿Sentiré alguna vez su mejilla, tal como sentí la de Petel en sueños? ¡Ay, Peter y Petel, sois el mismo! Ellos no nos comprenden, nunca comprenderán que nos conformamos con estar sentados juntos sin hablar. No comprenden lo que nos atrae tanto mutuamente. ¿Cuándo superaremos todas estas dificultades? Y sin embargo, está bien superarlas, así es más bonito el final. Cuando él está recostado con la cabeza en mis brazos y los ojos cerrados, es aún un niño. Cuando juega con Mouschi o habla de él, está lleno de amor. Cuando carga patatas o alguna otra cosa pesada, está lleno de fuerza. Cuando se pone a mirar los disparos o los ladrones en la oscuridad, está lleno de valor, y cuando hace las cosas con torpeza y falto de habilidad, está lleno de ternura. Me gusta mucho más que él me explique alguna cosa, y que no le tenga que enseñar algo yo. ¡Cuánto me gustaría que fuera superior a mí en casi todo!

¡Qué me importan a mí todas las madres! ¡Ay, cuándo me dirá lo que me tiene que decir! Papá siempre dice que soy vanidosa, pero no es cierto: solo soy coqueta. No me han dicho muchas veces que soy guapa; solo C. N. me dijo que le gustaba mi manera de reírme. Ayer Peter me hizo un cumplido sincero y, por gusto, te citaré más o menos nuestra conversación.

Peter me decía a menudo «¡Sonríe!», lo que me llamaba la atención. Entonces, ayer le pregunté:

—¿Por qué siempre quieres que sonría?

—Porque me gusta. Es que se te forman hoyuelos en las mejillas. ¿De qué te saldrán?

—Son de nacimiento. También tengo uno en la barbilla. Son los únicos elementos de belleza que poseo.

—¡Qué va, eso no es verdad!

—Sí que lo es. Ya sé que no soy una chica guapa; nunca lo he sido y no lo seré nunca.

—Pues a mí no me parece que sea así. Yo creo que eres guapa.

—No es verdad.

—Créetelo, te lo digo yo.

Yo, naturalmente, le dije lo mismo de él.

Tu Ana M. Frank.

Miércoles, 29 de marzo de 1944.

Querida Kitty:

Anoche, por Radio Orange, el ministro Bolkestein dijo que después de la guerra se hará una recolección de diarios y cartas relativos a la guerra. Por supuesto que todos se abalanzaron sobre mi diario. ¡Imagínate lo interesante que sería editar una novela sobre «la Casa de atrás»! El título daría a pensar que se trata de una novela de detectives. Pero hablemos en serio. Seguro que diez años después de que haya acabado la guerra, resultará cómico leer cómo hemos vivido, comido y hablado ocho judíos escondidos. Pero si bien es cierto que te cuento bastantes cosas sobre nosotros, solo conoces una pequeña parte de nuestras vidas. El miedo que tenemos las mujeres cuando hay bombardeos, por ejemplo el domingo, cuando trescientos cincuenta aviones ingleses tiraron más de media tonelada de bombas sobre IJmuiden, haciendo temblar las casas como la hierba al viento; la cantidad de epidemias que se han desatado.

De todas esas cosas tú no sabes nada, y yo tendría que pasarme el día escribiendo si quisiera contártelo todo y con todo detalle. La gente hace cola para comprar verdura y miles de artículos más; los médicos no pueden ir a asistir a los enfermos porque cada dos por tres les roban el vehículo; son tantos los robos y asaltos que hay, que te preguntas cómo es que a los holandeses les ha dado ahora por robar tanto. Niños de ocho a once años rompen las ventanas de las casas y entran a desvalijarlas. Nadie se atreve a dejar su casa más de cinco minutos, porque si te vas, desaparecen todas tus cosas. Todos los días salen avisos en los periódicos ofreciendo recompensas por la devolución de máquinas de escribir robadas, alfombras persas, relojes eléctricos, telas, etc. Los relojes eléctricos callejeros los desarman todos, y a los teléfonos de las cabinas no les dejan ni los cables. El ambiente entre la población no puede ser bueno; todo el mundo tiene hambre, la ración semanal no alcanza ni para dos días, salvo en el caso del sucedáneo del café. La invasión se hace esperar, a los hombres se los llevan a Alemania a trabajar, los niños caen enfermos o están desnutridos, todo el mundo tiene la ropa y los zapatos en mal estado. Una suela cuesta 7,50 florines en el mercado negro. Además, los zapateros no aceptan clientes nuevos, o hay que esperar cuatro meses para que te arreglen los zapatos, que entretanto muchas veces han desaparecido.

Hay una cosa buena en todo esto, y es que el sabotaje contra el Gobierno aumenta a medida que la calidad de los alimentos empeora y las medidas contra la población se hacen más severas. El servicio de distribución, la Policía, los funcionarios, todos cooperan para ayudar a sus conciudadanos, o bien los delatan para que vayan a parar a la cárcel. Por suerte, solo un pequeño porcentaje de la población holandesa colabora con el bando contrario.

Tu Ana.

Viernes, 31 de marzo de 1944.

Querida Kitty:

Imagínate que con el frío que aún hace, la mayoría de la gente ya lleva casi un mes sin carbón. ¿No te parece horrendo? Los ánimos en general han vuelto a ser optimistas con respecto al frente ruso, que es formidable. Es cierto que no te escribo tanto sobre política, pero ahora sí que tengo que comunicarte su posición: están cerca de la Gobernación General y a orillas del Prut, en Rumania. Han llegado casi hasta Odesa y han sitiado Ternopol, desde donde todas las noches esperan un comunicado extra de Stalin. En Moscú tiran tantas salvas de cañón, que la ciudad se estremece a diario. No sé si será que les gusta hacer como si la guerra estuviera cerca, o si es la única manera que conocen para expresar su alegría.

Hungría ha sido ocupada por tropas alemanas. Allí todavía viven un millón de judíos. Ahora seguro que les ha llegado la hora.

Aquí no pasa nada en especial. Hoy es el cumpleaños del señor Van Daan. Le han regalado dos paquetes de tabaco, café como para una taza, que le había guardado su mujer; Kugler le ha regalado ponche de limón, Miep sardinas, y nosotros agua de colonia; luego dos ramos de lilas, tulipanes, sin olvidar una tarta rellena de frambuesas y grosellas, un tanto gomosa por la mala calidad de la harina y la ausencia de mantequilla, pero aun así deliciosa.

Las habladurías sobre Peter y yo han remitido un poco. Esta noche pasará a buscarme; muy amable de su parte, ¿no te parece?, sobre todo porque odia hacerlo. Somos muy amigos, estamos mucho juntos y hablamos de los temas más variados. Estoy tan contenta de que nunca necesite contenerme al tocar temas delicados, como sería el caso con otros chicos. Así, por ejemplo, hemos estado hablando sobre la sangre, y eso también abarca la menstruación, etc. Dice que las mujeres somos muy tenaces, por la manera en que resistimos la pérdida de la sangre así como así. Dijo que también yo era muy tenaz. Adivina por qué.

Mi vida aquí ha mejorado mucho, muchísimo. Dios no me ha dejado sola, ni me dejará.

Tu Ana M. Frank.

Sábado, 1 de abril de 1944.

Mi querida Kitty:

Y sin embargo todo sigue siendo tan difícil, ya sabes a lo que me refiero, ¿verdad? Deseo fervorosamente que me dé un beso, ese beso que está tardando tanto. ¿Seguirá considerándome solo una amiga? ¿Acaso no soy ya algo más que eso? Tú sabes y yo sé que soy fuerte, que la mayoría de las cargas las soporto yo sola. Nunca he acostumbrado a compartir mis cargas con nadie, nunca me he aferrado a una madre, pero ¡cómo me gustaría ahora reposar mi cabeza contra su hombro y tan solo poder estar tranquila!

No puedo, nunca puedo olvidar el sueño de la mejilla de Peter, cuando todo estaba tan bien. ¿Acaso él no desea lo mismo? ¿O es que solo es demasiado tímido para confesarme su amor? ¿Por qué quiere tenerme consigo tan a menudo entonces? ¡Ay, ojalá me lo dijera!

Será mejor que acabe, que recupere la tranquilidad. Seré fuerte, y con un poco de paciencia también aquello llegará, pero lo peor es que parece que siempre fuera yo la que lo persigue. Siempre soy yo la que va arriba, y no él quien viene hacia mí. Pero eso es por la distribución de las habitaciones, y él entiende muy bien el inconveniente. Como también entiende tantas otras cosas.

Tu Ana M. Frank.

Lunes, 3 de abril de 1944.

Mi querida Kitty:

Contrariamente a lo que tengo por costumbre, pasaré a escribirte con todo detalle sobre la comida, ya que se ha convertido en un factor primordial y difícil, no solo en la Casa de atrás, sino también en Holanda, en toda Europa y aun más allá.

En los veintiún meses que llevamos aquí, hemos tenido unos cuantos «ciclos de comidas». Te explicaré de qué se trata. Un «ciclo de comidas» es un período en el que todos los días comemos el mismo plato o la misma verdura. Durante una época no hubo otra cosa que comer que escarola: con arena, sin arena, con puré de patatas, sola o en guiso; luego vinieron las espinacas, los colinabos, los salsifíes, los pepinos, los tomates, el chucrut, etc.

Te aseguro que no es nada agradable comer todos los días chucrut, por ejemplo, y menos aún dos veces al día; pero cuando se tiene hambre, se come cualquier cosa; ahora, sin embargo, estamos en el mejor período: no se consigue nada de verdura. El menú de la semana para la comida del mediodía es el siguiente: judías pintas, sopa de guisantes, patatas con albóndigas de harina, cholent[27] de patatas; luego, cual regalo del cielo, nabizas o zanahorias podridas, y de nuevo judías. De primero siempre comemos patatas; en primer lugar a la hora del desayuno, ya que no hay pan, pero entonces al menos las fríen un poco. Hacemos sopa de judías pintas o blancas, sopa de patatas, sopa juliana de sobre, sopa de pollo de sobre, o sopa de judías pintas de sobre. Todo lleva judías pintas, hasta el pan. Por las noches siempre comemos patatas con sucedáneo de salsa de carne y ensalada de remolachas, que por suerte todavía nos quedan. De las albóndigas de harina faltaba mencionar que las hacemos con harina del Gobierno, agua y levadura. Son tan gomosas y duras que es como si te cayera una piedra en el estómago, pero en fin…

El mayor aliciente culinario que tenemos es el trozo de morcilla de hígado de cada semana y el pan seco con mermelada. ¡Pero aún estamos con vida, y a veces todas estas cosas hasta saben bien!

Tu Ana M. Frank.

Miércoles, 5 de abril de 1944.

Mi querida Kitty:

Durante mucho tiempo me he preguntado para qué sigo estudiando; el final de la guerra es tan remoto y tan irreal, tan bello y maravilloso. Si a finales de septiembre aún estamos en guerra, ya no volveré a ir al colegio, porque no quiero estar retrasada dos años. Los días estaban compuestos de Peter, nada más que de Peter, sueños y pensamientos, hasta que el sábado por la noche sentí que me entraba una tremenda flojera, un horror… En compañía de Peter estuve conteniendo las lágrimas, más tarde, mientras tomábamos el ponche de limón con los Van Daan, no paré de reírme, de lo animada y excitada que estaba, pero apenas estuve sola, supe que tenía que llorar para desahogarme. Con el camisón puesto me dejé deslizar de la cama al suelo y recé primero muy intensamente mi largo rezo; luego lloré con la cabeza apoyada en los brazos y las rodillas levantadas, a ras del suelo, toda encorvada. Un fuerte sollozo me hizo volver a la habitación y contuve mis lágrimas, ya que al lado no debían oírme. Entonces empecé a balbucear unas palabras para alentarme a mí misma: «¡Debo hacerlo, debo hacerlo, debo hacerlo…!». Entumecida por la inusual postura, fui a dar contra el borde de la cama y seguí luchando, hasta que poco antes de las diez y media me metí de nuevo en la cama. ¡Se me había pasado! Y ahora ya se me ha pasado del todo. Debo seguir estudiando, para no ser ignorante, para progresar, para ser periodista, porque eso es lo que quiero ser. Me consta que sé escribir. Algunos cuentos son buenos; mis descripciones de la Casa de atrás, humorísticas; muchas partes del diario son expresivas, pero… aún está por ver si de verdad tengo talento. «El sueño de Eva» es mi mejor cuento de hadas, y lo curioso es que de verdad no sé de dónde lo he sacado. Mucho de «La vida de Cady» también está bien, pero en su conjunto no vale nada. Yo misma soy mi mejor crítico, y el más duro. Yo misma sé lo que está bien escrito, y lo que no. Quienes no escriben no saben lo bonito que es escribir. Antes siempre me lamentaba por no saber dibujar, pero ahora estoy más que contenta de que al menos sé escribir. Y si llego a no tener talento para escribir en los periódicos o para escribir libros, pues bien, siempre me queda la opción de escribir para mí misma. Pero quiero progresar; no puedo imaginarme que tuviera que vivir como mamá, la señora Van Daan y todas esas mujeres que hacen sus tareas y que más tarde todo el mundo olvidará. Aparte de un marido e hijos, necesito otra cosa a la que dedicarme. No quiero haber vivido para nada, como la mayoría de las personas. Quiero ser de utilidad y alegría para los que viven a mi alrededor, aun sin conocerme. ¡Quiero seguir viviendo, aun después de muerta! Y por eso le agradezco tanto a Dios que me haya dado desde que nací la oportunidad de instruirme y de escribir, o sea, de expresar todo lo que llevo dentro de mí. Cuando escribo se me pasa todo, mis penas desaparecen, mi valentía revive. Pero entonces surge la gran pregunta: ¿podré escribir algo grande algún día? ¿Llegaré algún día a ser periodista y escritora?

¡Espero que sí, ay, pero tanto que sí! Porque al escribir puedo plasmarlo todo: mis ideas, mis ideales y mis fantasías.

Hace mucho que he abandonado «La vida de Cady»; en mi mente sé perfectamente cómo la historia ha de continuar, pero me cuesta escribirlo. Tal vez nunca la acabe; tal vez vaya a parar a la papelera o a la estufa. No es una idea muy alentadora, pero si lo pienso, reconozco que a los catorce años, y con tan poca experiencia, tampoco se puede escribir filosofía.

Así que adelante, con nuevos ánimos, ya saldrá, ¡porque he de escribir, sea como sea!

Tu Ana M. Frank.

Jueves, 6 de abril de 1944.

Querida Kitty:

Me has preguntado cuáles son mis pasatiempos e intereses, y quisiera responderte, pero te aviso: no te asustes, que son unos cuantos.

En primer lugar: escribir, pero eso en realidad no lo considero un pasatiempo.

En segundo lugar: hacer árboles genealógicos. En todos los periódicos, libros y demás papeles busco genealogías de las familias reales de Francia, Alemania, España, Inglaterra, Austria, Rusia, Noruega y Holanda. En muchos casos ya voy bastante adelantada, sobre todo ya que hace mucho que llevo haciendo apuntes cuando leo alguna biografía o algún libro de historia. Muchos párrafos de historia hasta me los copio enteros.

Y es que mi tercer pasatiempo es la historia, y para ello papá ya me ha comprado muchos libros. ¡No veo la hora de poder ir a la biblioteca pública para documentarme! Mi cuarto pasatiempo es la mitología griega y romana. También sobre este tema tengo unos cuantos libros. Puedo nombrarte de memoria las nueve musas y las siete amantes de Zeus, me conozco al dedillo las esposas de Hércules, etc., etc.

Otras aficiones que tengo son las estrellas de cine y los retratos de familia. Me encantan la lectura y los libros. Me interesa mucho la historia del arte, sobre todo los escritores, poetas y pintores. Los músicos quizá vengan más tarde. Auténtica antipatía le tengo al álgebra, a la geometría y a la aritmética. Las demás asignaturas me gustan todas, especialmente historia.

Tu Ana M. Frank.

Martes, 11 de abril de 1944.

Mi querida Kitty:

La cabeza me da vueltas, de verdad no sé por dónde empezar. El jueves (la última vez que te escribí) fue un día normal. El viernes fue Viernes Santo; por la tarde jugamos al juego de la Bolsa, al igual que el sábado por la tarde. Esos días pasaron todos muy rápido. El sábado, alrededor de las dos de la tarde, empezaron a cañonear; eran cañones de tiro rápido, según los señores. Por lo demás, todo tranquilo.

El domingo a las cuatro y media de la tarde vino a verme Peter, por invitación mía; a las cinco y cuarto subimos al desván de delante, donde nos quedamos hasta las seis. De seis a siete y cuarto pasaron por la radio un concierto muy bonito de Mozart; sobre todo me gustó mucho la Pequeña serenata nocturna. En la habitación casi no puedo oír música, porque cuando es música bonita, dentro de mí todo se pone en movimiento. El domingo por la noche Peter no pudo bañarse, porque habían usado la tina para poner cera. A las ocho subimos juntos al desván de delante, y para tener algo blando en que sentarnos me llevé el único cojín que encontré en nuestra habitación. Nos sentamos en un baúl. Tanto el baúl como el cojín eran muy estrechos; estábamos sentados uno pegado al otro, apoyados en otros baúles. Mouschi nos hacía compañía, de modo que teníamos un espía. De repente, a las nueve menos cuarto, el señor Van Daan nos silbó y nos preguntó si nos habíamos llevado un cojín del señor Dussel.

Los dos nos levantamos de un salto y bajamos con el cojín, el gato y Van Daan. El cojín de marras nos trajo un buen disgusto. Dussel estaba enfadado porque me había llevado el cojín que usaba de almohada, y tenía miedo de que tuviera pulgas. Por ese bendito cojín movilizó a medio mundo. Para vengarnos de él y de su repelencia, Peter y yo le metimos dos cepillos bien duros en la cama, que luego volvimos a sacar, ya que Dussel quiso volver a entrar en la habitación. Nos reímos mucho con este interludio. Pero nuestra diversión no duraría mucho. A las nueve y media, Peter llamó suavemente a la puerta y le pidió a papá si podía subir para ayudarle con una frase difícil de inglés.

—Aquí hay gato encerrado —le dije a Margot—. Está clarísimo que ha sido una excusa. Están hablando en un tono como si hubieran entrado ladrones.

Mi suposición era correcta: en el almacén estaban robando. Papá, Van Daan y Peter bajaron en un santiamén. Margot, mamá, la señora y yo nos quedamos esperando. Cuatro mujeres muertas de miedo necesitan hablar, de modo que hablamos, hasta que abajo oímos un golpe, y luego todo volvió a estar en silencio. El reloj dio las diez menos cuarto. Se nos había ido el color de las caras, pero aún estábamos tranquilas, aunque teníamos miedo. ¿Dónde estarían los hombres? ¿Qué habría sido ese golpe? ¿Estarían luchando con los ladrones? Nadie pensó en otra posibilidad, y seguimos a la espera de lo que viniera.

Las diez. Se oyen pasos en la escalera. Papá, pálido y nervioso, entra seguido del señor Van Daan.

—Apagad las luces y subid sin hacer ruido. Es probable que venga la Policía.

No hubo tiempo para tener miedo. Apagamos las luces, cogí rápido una chaqueta y ya estábamos arriba.

—¿Qué ha pasado? ¡Anda, cuenta!

Pero no había nadie que pudiera contar nada. Los hombres habían vuelto a bajar, y no fue sino hasta las diez y diez cuando volvieron a subir los cuatro; dos se quedaron montando guardia junto a la ventana abierta de Peter; la puerta que daba al descansillo tenía el cerrojo echado, y la puerta giratoria estaba cerrada. Alrededor de la lamparilla de noche colgamos un jersey, y luego nos contaron:

Peter había oído dos fuertes golpes en el descansillo, corrió hacia abajo y vio que del lado izquierdo de la puerta del almacén faltaba una gran tabla. Corrió hacia arriba, avisó al sector combatiente de la familia y los cuatro partieron hacia abajo. Cuando entraron en el almacén, los ladrones todavía estaban robando. Sin pensarlo, Van Daan gritó: «¡Policía!». Se oyeron pasos apresurados fuera, los ladrones habían huido. Para evitar que la Policía notara el hueco, volvieron a poner la tabla, pero una fuerte patada desde fuera la hizo volar de nuevo por el aire. Semejante descaro dejó perplejos a nuestros hombres; Van Daan y Peter sintieron ganas de matarlos. Van Daan cogió un hacha y dio un fuerte golpe en el suelo. Ya no se oyó nada más. Volvieron a poner la madera en el hueco, y nuevamente fueron interrumpidos. Un matrimonio iluminó con una linterna muy potente todo el almacén. «¡Rediez!», murmuró uno de nuestros hombres, y… ahora su papel había cambiado del de Policía al de ladrones. Los cuatro corrieron hacia arriba, Dussel y Van Daan cogieron los libros del primero, Peter abrió puertas y ventanas de la cocina y del despacho de papá, tiró el teléfono al suelo y por fin todos desaparecieron detrás de las paredes del escondite.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE

 

 

Muy probablemente, el matrimonio de la linterna avisó a la Policía. Era domingo por la noche, la noche del domingo de Pascua, y el lunes de Pascua no habría nadie en la oficina[28], o sea, que antes del martes por la mañana no nos podríamos mover. ¡Figúrate, dos noches y un día aguantando con ese miedo! No nos imaginábamos nada, estábamos en la más plena oscuridad, porque la señora, por miedo, había desenroscado completamente la bombilla; las voces susurraban, y cuando algo crujía se oía «¡chis, chis!».

Se hicieron las diez y media, las once, ningún ruido; por turnos, papá y Van Daan venían a estar con nosotros. Entonces, a las once y cuarto, un ruido abajo. Entre nosotros se oía la respiración de toda la familia, pero por lo demás no nos movíamos. Pasos en la casa, en el despacho de papá, en la cocina, y luego… ¡en nuestra escalera! Ya no se oía la respiración de nadie, solo los latidos de ocho corazones. Pasos en nuestra escalera, luego un traqueteo en la puerta giratoria. Ese momento no te lo puedo describir.

—¡Estamos perdidos! —dije, y ya veía que esa misma noche la Gestapo nos llevaría consigo a los quince.

Traqueteo en la puerta giratoria, dos veces, luego se cae una lata, los pasos se alejan. ¡Hasta ahí nos habíamos salvado! Todos sentimos un estremecimiento, oí castañetear varios dientes de origen desconocido, nadie decía aún una sola palabra, y así estuvimos hasta las once y media.

No se oía nada más en el edificio, pero en el descansillo estaba la luz encendida, justo delante del armario. ¿Sería porque nuestro armario resultaba misterioso? ¿Acaso la Policía había olvidado apagar la luz? ¿Vendría aún alguien a apagarla? Se desataron las lenguas, ya no había nadie en la casa, tal vez un guardia delante de la puerta. A partir de ese momento hicimos tres cosas: enunciar suposiciones, temblar de miedo y tener que ir al retrete. Los cubos estaban en el desván; solo nos podría servir la papelera de lata de Peter. Van Daan empezó, luego vino papá, a mamá le daba demasiada vergüenza. Papá trajo la papelera a la habitación, donde Margot, la señora y yo hicimos buen uso de ella, y por fin también mamá se decidió. Cada vez se repetía la pregunta de si había papel. Por suerte, yo tenía algo de papel en el bolsillo.

La papelera olía, todos susurrábamos y estábamos cansados, eran las doce de la noche. «¡Tumbaos en el suelo y dormid!». A Margot y a mí nos dieron una almohada y una manta a cada una. Margot estaba acostada a cierta distancia de la despensa, y yo entre las patas de la mesa. A ras del suelo no olía tan mal, pero aun así, la señora fue a buscar sigilosamente polvos de blanqueo; tapamos el orinal con un paño de cocina a modo de doble protección.

Conversaciones en voz alta, conversaciones en voz baja, mieditis, mal olor, ventosidades y un orinal continuamente ocupado; ¡a ver cómo vas a dormir! A las dos y media, sin embargo, ya estaba demasiado cansada y hasta las tres y media no oí nada. Me desperté cuando la señora estaba acostada con la cabeza encima de mis pies.

—¡Por favor, deme algo que ponerme! —le pedí.

Algo me dio, pero no me preguntes qué: unos pantalones de lana para ponerme encima del pijama, el jersey rojo y la falda negra, medias blancas y unos calcetines rotos. Entonces, la señora fue a instalarse en el sillón y el señor vino a acostarse sobre mis pies. A partir de las tres y media me puse a pensar, y como todavía temblaba, Van Daan no podía dormir. Me estaba preparando para cuando volviera la Policía. Tendríamos que decir que éramos un grupo de escondidos. Si eran holandeses del lado bueno, no pasaría nada, pero si eran del NSB[29], tendríamos que sobornarlos.

—¡Hay que esconder la radio! —suspiró la señora.

—¡Sí, en el horno…! —le contestó el señor—. Si nos encuentran a nosotros, ¡que también encuentren la radio!

—¡Entonces también encontrarán el diario de Ana! —se inmiscuyó papá.

—¡Pues quemadlo! —sugirió la más miedosa de todos.

En ese momento la Policía se puso a traquetear en la puerta-armario; fueron los momentos en que me dio más miedo; ¡mi diario no, a mi diario solo lo quemarán conmigo! Pero papá ya no contestó, por suerte.

No tiene ningún sentido que te cite todas las conversaciones que recuerdo. Dijimos un montón de cosas, y yo estuve tranquilizando a la señora, que estaba muerta de miedo. Hablamos de huir y de interrogatorios de la Gestapo, de llamar por teléfono y de tener valor.

—Ahora tendremos que comportarnos como soldados, señora. Si perdemos la vida, que sea por la reina y por la patria, por la libertad, la verdad y la justicia, como suele decir Radio Orange. Lo único terrible es que junto con nosotros sumimos en la desgracia a todos los otros.

Después de una hora, el señor Van Daan se volvió a cambiar con su mujer, y papá vino a estar conmigo. Los hombres fumaban sin parar; de vez en cuando un profundo suspiro, luego alguien que hacía pis, ¡y otra vez vuelta a empezar!

Las cuatro, las cinco, las cinco y media. Ahora me senté a escuchar junto a Peter, uno pegado al otro, tan pegados, que cada uno sentía los escalofríos en el cuerpo del otro; nos dijimos alguna que otra palabra y aguzamos los oídos. Dentro quitaban los paneles de oscurecimiento y apuntaban los puntos que querían contarle a Kleiman por teléfono. Y es que a las siete querían llamar por teléfono a Kleiman y hacer venir a alguien. Existía el riesgo de que el guardia que estaba delante de la puerta o en el almacén oyera el teléfono, pero era mayor el riesgo de que volviera la Policía.

Aunque inserto aquí la hoja con la memoria de lo ocurrido, lo pasaré a limpio para mayor claridad.

Han entrado ladrones: inspección de la Policía, llegan hasta puerta giratoria, pero no pasan. Ladrones, al parecer interrumpidos, forzaron puerta del almacén y huyeron por jardín. Entrada principal con cerrojo, Kugler forzosamente tiene que haber salido por segunda puerta.

Máquinas de escribir y de calcular seguras en caja negra de despacho ppal.

También colada de Miep o Bep en tina en la cocina.

Solo Bep o Kugler tienen llave de segunda puerta; cerradura quizá estropeada.

Intentar avisar a Jan para buscar llave y echar vistazo a oficina; también dar comida al gato.

Por lo demás, todo salió a pedir de boca. Llamaron a Kleiman, se quitaron los palos, pusieron la máquina de escribir en la caja fuerte. Luego nos sentamos alrededor de la mesa a esperar a Jan o a la Policía.

Peter se había dormido, el señor Van Daan y yo estábamos tumbados en el suelo, cuando abajo oímos pasos firmes. Me levanté sin hacer ruido.

—¡Ese debe ser Jan!

—¡No, no, es la Policía! —dijeron todos los demás.

Llamaron a nuestra puerta-armario, Miep silbó. Para la señora Van Daan fue demasiado: blanca como el papel, se quedó medio traspuesta en su sillón, y si la tensión hubiera durado un minuto más, se habría desmayado.

Cuando entraron Jan y Miep, la habitación ofrecía un espectáculo maravilloso; la sola mesa merecía que le sacaran una foto: un ejemplar de Cinema & Theater lleno de mermelada y pectina contra la diarrea estaba abierto en una página con fotos de bailarinas, dos potes de mermelada, medio bollo por un lado y un cuarto de bollo por otro, pectina, espejo, peine, cerillas, ceniza, cigarrillos, tabaco, cenicero, libros, unas bragas, linterna, peineta de la señora, papel higiénico, etc.

Recibimos a Jan y Miep con gritos de júbilo y lágrimas, naturalmente. Jan tapó con madera blanca el hueco de la puerta y al poco tiempo salió de nuevo con Miep para dar cuenta del robo a la Policía. Debajo de la puerta del almacén, Miep había encontrado una nota de Sleegers, el sereno, que había descubierto el hueco y avisado a la Policía. También a él pasarían a verlo.

Teníamos entonces media hora para arreglarnos. Nunca antes vi producirse tantos cambios en media hora. Abajo, Margot y yo sacamos las camas, fuimos al cuarto de baño, nos lavamos los dientes y las manos y nos arreglamos el pelo. Luego recogí un poco la habitación y volví arriba. Allí ya habían ordenado la mesa, cogimos agua del grifo, hicimos té y café, hervimos leche y pusimos la mesa para la hora del café. Papá y Peter vaciaron y limpiaron los recipientes de orina y excrementos con agua caliente y polvos de blanqueo; el más grande estaba lleno a rebosar y era tan pesado que era muy difícil levantarlo, y además perdía, de modo que hubo que llevarlo dentro de un cubo. A las once estábamos sentados alrededor de la mesa con Jan, que ya había vuelto, y poco a poco se fue creando ambiente. Jan nos contó la siguiente versión: En casa de Sleegers, su mujer —Sleegers dormía— le contó que su marido descubrió el hueco de la puerta de casa al hacer su ronda nocturna por los canales, y que junto con un agente de Policía al que avisó, recorrieron la planta baja del edificio. El señor Sleegers es sereno particular y todas las noches hace su recorrido por los canales en bicicleta, con sus dos perros. Tenía pensado venir a ver a Kugler el martes para notificarle lo ocurrido. En la comisaría todavía no sabían nada del robo, pero tomaron nota enseguida para venir a ver también el martes.

En el camino de vuelta, Jan pasó de casualidad por la tienda de Van Hoeven, nuestro proveedor de patatas, y le contó lo del robo.

—Ya estoy enterado —contestó Van Hoeven, como quien no quiere la cosa—. Anoche pasábamos con mi mujer por su edificio y vimos un hueco en la puerta. Mi mujer quiso que siguiéramos andando, pero yo miré con la linterna, y seguro que entonces los ladrones se largaron. Por las dudas, no llamé a la Policía; en el caso de ustedes, preferí no hacerlo. Yo no sé nada, claro, pero tengo mis sospechas.

Jan le agradeció y se marchó. Seguro que Van Hoeven sospecha que estamos aquí escondidos, porque siempre trae las patatas después de las doce y media y nunca después de la una y media. ¡Buen tipo!

Cuando Jan se fue y nosotras acabamos de fregar los platos, se había hecho la una. Los ocho nos fuimos a dormir. A las tres menos cuarto me desperté y vi que el señor Dussel ya había desaparecido.

Por pura casualidad, en el cuarto de baño me encontré, semidormida, con Peter, que acababa de bajar. Quedamos en vernos abajo. Me arreglé un poco y bajé.

—¿Aún te atreves a ir al desván de delante? —me preguntó. Dije que sí, cogí mi almohada envuelta en una tela y nos fuimos al desván de delante. Hacía un tiempo maravilloso, y al poco rato sonaron las sirenas, pero nos quedamos donde estábamos. Peter me puso un brazo al hombro, yo hice lo mismo y así nos quedamos, abrazados, esperando tranquilamente hasta que a las cuatro nos vino a buscar Margot para merendar. Comimos un bocadillo, tomamos limonada y estuvimos bromeando, lo que por suerte era posible otra vez, y por lo demás todo normal. Por la noche agradecí a Peter por ser el más valiente de todos.

Ninguno de nosotros ha pasado jamás por un peligro tan grande como el que pasamos esa noche. Dios nos protegió una enormidad, figúrate: la Policía delante de la puerta del escondite, la luz del descansillo encendida, ¡y nosotros aun así pasamos inadvertidos! «¡Estamos perdidos!», dije entonces en voz baja, pero otra vez nos hemos salvado. Si llega la invasión y las bombas, cada uno podrá defenderse a sí mismo, pero esta vez el miedo era por los buenos e inocentes cristianos.

«¡Estamos salvados, sigue salvándonos!». Es lo único que podemos decir.

Esta historia ha traído consigo bastantes cambios. En lo sucesivo, Dussel por las noches se instala en el cuarto de baño, Peter baja a controlar la casa a las ocho y media y a las nueve y media. Ya no podemos abrir la ventana de Peter, puesto que el hombre de Keg vio que estaba abierta. Después de las nueve y media ya no podemos tirar de la cadena. El señor Sleegers ha sido contratado como vigilante nocturno. Esta noche vendrá un carpintero clandestino, que usará la madera de nuestras camas de Francfort para fabricar unas trancas para las puertas. En la Casa de atrás se somete ahora todo a debate. Kugler nos ha reprochado nuestra imprudencia; nunca debemos bajar, ha dicho también Jan. Ahora es cuestión de averiguar si Sleegers es de fiar, saber si sus perros se echan a ladrar si oyen a alguien detrás de la puerta, cómo fabricar las trancas, etc. Hemos vuelto a tomar conciencia del hecho de que somos judíos encadenados, encadenados a un único lugar, sin derechos, con miles de obligaciones. Los judíos no podemos hacer valer nuestros sentimientos, tenemos que tener valor y ser fuertes, tenemos que cargar con todas las molestias y no quejarnos, tenemos que hacer lo que está a nuestro alcance y confiar en Dios. Algún día esta horrible guerra habrá terminado, algún día volveremos a ser personas y no solamente judíos.

¿Quién nos ha impuesto esto? ¿Quién ha hecho de nosotros la excepción entre los pueblos? ¿Quién nos ha hecho sufrir tanto hasta ahora? Ha sido Dios quien nos ha hecho así, pero será también Dios quien nos elimine. Si cargamos con todo este dolor y aun así siguen quedando judíos, algún día los judíos dejarán de ser los eternos condenados y pasarán a ser un ejemplo. Quién sabe si algún día no será nuestra religión la que pueda enseñar al mundo y a todos los pueblos lo bueno, y por eso, solo por eso, nosotros tenemos que sufrir. Nunca podemos ser solo holandeses o solo ingleses o pertenecer a cualquier otra nación: aparte de nuestra nacionalidad, siempre seguiremos siendo judíos, estaremos obligados a serlo, pero también queremos seguir siéndolo.

¡Valor! Sigamos siendo conscientes de nuestra tarea y no nos quejemos, que ya habrá una salida. Dios nunca ha abandonado a nuestro pueblo. A lo largo de los siglos ha habido judíos que han sobrevivido, a lo largo de los siglos ha habido judíos que han tenido que sufrir, pero a lo largo de los siglos también se han hecho fuertes. Los débiles caerán, ¡pero los fuertes sobrevivirán y nunca sucumbirán!

Esa noche supe realmente que iba a morir; esperé a que llegara la Policía, estaba preparada, preparada como los soldados en el campo de batalla. Quería sacrificarme gustosa por la patria, pero ahora, ahora que me he salvado, mi primer deseo después de la guerra es: ¡hacedme holandesa!

Amo a los holandeses, amo a nuestro país, amo la lengua y quiero trabajar aquí. Y aunque tenga que escribirle a la reina en persona: ¡no desistiré hasta que haya alcanzado mi objetivo!

Cada vez me independizo más de mis padres, a pesar de mis pocos años, tengo más valor vital y un sentido de la justicia más preciso e intacto que mamá. Sé lo que quiero, tengo una meta, una opinión formada, una religión y un amor. Que me dejen ser yo misma, y me daré por satisfecha. Sé que soy una mujer, una mujer con fuerza interior y con mucho valor.

Si Dios me da la vida, llegaré más lejos de lo que mamá ha llegado jamás, no seré insignificante, trabajaré en el mundo y para la gente.

¡Y ahora sé que lo primero que hace falta es valor y alegría!

Tu Ana M. Frank.

Viernes, 14 de abril de 1944.

Querida Kitty:

Hay todavía un ambiente muy tenso. Pim está que arde, la señora está en cama con catarro y despotricando, el señor sin sus pitillos está pálido; Dussel, que ha sacrificado mucha comodidad, se pasa el día haciendo comentarios y objeciones, etc., etc. De momento no estamos de suerte. El retrete pierde y el grifo se ha pasado de rosca. Gracias a nuestros múltiples conocidos, tanto una cosa como la otra podrán arreglarse pronto.

A veces me pongo sentimental, ya lo sabes… pero es que aquí a veces hay lugar para el sentimentalismo. Cuando Peter y yo estamos sentados en algún duro baúl de madera, entre un montón de trastos y polvo, con los brazos al cuello y pegados uno al otro, él con un rizo mío en la mano; cuando afuera los pájaros cantan trinando; cuando ves que los árboles se ponen verdes; cuando el sol invita a salir fuera; cuando el cielo está tan azul, entonces… ¡ay, entonces quisiera tantas cosas!

Aquí no se ven más que caras descontentas y gruñonas, más que suspiros y quejas contenidas, es como si de repente nuestra situación hubiera empeorado muchísimo. De verdad, las cosas van tan mal como uno las hace ir. Aquí, en la Casa de atrás, nadie marcha al frente dando el buen ejemplo, aquí cada uno tiene que apañárselas para dominar sus ánimos.

Ojalá todo acabe pronto, es lo que se oye todos los días. Mi trabajo, mi esperanza, mi amor, mi valor, todo ello me mantiene en pie y me hace buena.

Te aseguro, Kitty, que hoy estoy un poco loca, aunque no sé por qué. Todo aquí está patas arriba, las cosas no guardan ninguna relación, y a veces me entran serias dudas sobre si más tarde le interesará a alguien leer mis bobadas. «Las confidencias de un patito feo»: ese será el título de todas estas tonterías. De verdad, no creo que a los señores Bolkestein y Gerbrandy[30] les sea de mucha utilidad mi diario.

Tu Ana M. Frank.

Sábado, 15 de abril de 1944.

Querida Kitty:

«Un susto trae otro. ¿Cuándo acabará todo esto?». Son frases que ahora realmente podemos emplear… ¿A que no sabes lo que acaba de pasar? Peter olvidó quitar el cerrojo de la puerta, por lo que Kugler no pudo entrar en el edificio con los hombres del almacén. Tuvo que ir al edificio de Keg y romper la ventana de la cocina. Teníamos las ventanas abiertas, y esto también Keg lo vio. ¿Qué pensarán los de Keg? ¿Y Van Maaren? Kugler está que trina. Le reprochamos que no hace nada para cambiar las puertas, ¡y nosotros cometemos semejante estupidez! Peter no sabe dónde meterse. Cuando en la mesa mamá dijo que por quien más compasión sentía era por Peter, él casi se echó a llorar. La culpa es de todos nosotros, porque tanto el señor Van Daan como nosotros casi siempre le preguntamos si ya ha quitado el cerrojo. Tal vez luego pueda ir a consolarlo un poco. ¡Me gustaría tanto poder ayudarle!

A continuación, te escribo algunas confidencias de la Casa de atrás de las últimas semanas:

El sábado de la semana pasada, Moffie se puso malo de repente. Estaba muy silencioso y babeaba. Miep enseguida lo cogió, lo envolvió en un trapo, lo puso en la bolsa de la compra y se lo llevó a la clínica para perros y gatos. El veterinario le dio un jarabe, ya que Moffie padecía del vientre. Peter le dio un poco del brebaje varias veces, pero al poco tiempo Moffie desapareció y se quedó fuera día y noche, seguro que con su novia. Pero ahora tiene la nariz toda hinchada y cuando lo tocas, se queja. Probablemente le han dado un golpe en algún sitio donde ha querido robar. Mouschi estuvo unos días con la voz trastornada. Justo cuando nos habíamos propuesto llevarlo al veterinario también a él, estaba ya prácticamente curado.

Nuestra ventana del desván ahora también la dejamos entreabierta por las noches. Peter y yo a menudo vamos allí a sentarnos después del anochecer.

Gracias a un pegamento y pintura al óleo, pronto se podrá arreglar la taza del lavabo. El grifo que estaba pasado de rosca también se ha cambiado por otro. El señor Kleiman anda ya mejor de salud, por suerte. Pronto irá a ver a un especialista. Esperemos que no haga falta operarlo del estómago.

Este mes hemos recibido ocho cupones de racionamiento. Desafortunadamente, para los primeros quince días solo dan derecho a legumbres, en lugar de a copos de avena o de cebada. Nuestro mejor manjar es el piccalilly[31]. Si no tienes suerte, en un tarro solo te vienen pepinos y algo de salsa de mostaza. Verdura no hay en absoluto. Solo lechuga, lechuga y otra vez lechuga. Nuestras comidas tan solo traen patatas y sucedáneo de salsa de carne.

Los rusos tienen en su poder más de la mitad de Crimea. En Cassino los ingleses no avanzan. Lo mejor será confiar en el frente occidental. Bombardeos hay muchos y de gran envergadura. En La Haya un bombardero ha atacado el edificio del Registro Civil Nacional. A todos los holandeses les darán nuevas tarjetas de identificación. Basta por hoy.

Tu Ana M. Frank.

Domingo, 16 de abril de 1944.

Mi querida Kitty:

Grábate en la memoria el día de ayer, que es muy importante en mi vida. ¿No es importante para cualquier chica cuando la besan por primera vez? Para mí al menos lo es. El beso que me dio Bram en la mejilla derecha no cuenta, y el que me dio Woudstra en la mano derecha tampoco. ¿Que cómo ha sido lo del beso? Pues bien, te lo contaré. Anoche, a las ocho, estaba yo sentada con Peter en su diván, y al poco tiempo me puso el brazo al cuello. (Como era sábado, no llevaba puesto el mono).

—Corrámonos un poco, así no me doy con la cabeza contra el armarito. Se corrió casi hasta la esquina del diván, yo puse mi brazo debajo del suyo, alrededor del cuello, y por poco sucumbo bajo el peso de su brazo sobre mis hombros. Es cierto que hemos estado sentados así en otras ocasiones, pero nunca tan pegados como anoche. Me estrechó bien fuerte contra su pecho, sentí cómo me palpitaba el corazón, pero todavía no habíamos terminado. No descansó hasta que no tuvo mi cabeza reposada en su hombro, con su cabeza encima de la mía. Cuando a los cinco minutos quise sentarme un poco más derecha, enseguida cogió mi cabeza en sus manos y la llevó de nuevo hacia sí. ¡Ay, fue tan maravilloso! No pude decir gran cosa, la dicha era demasiado grande. Me acarició con su mano algo torpe la mejilla y el brazo, jugó con mis rizos y la mayor parte del tiempo nuestras cabezas estuvieron pegadas una contra la otra.

No puedo describirte la sensación que me recorrió todo el cuerpo, Kitty; me sentía demasiado dichosa, y creo que él también.

Ir a la siguiente página

Report Page