El diario de Ana Frank

El diario de Ana Frank


Diario

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A las ocho y media nos levantamos. Peter se puso sus zapatos de deporte para hacer menos ruido al hacer su segunda ronda por la casa, y yo estaba de pie a su lado. No me preguntes cómo hice para encontrar el movimiento adecuado, porque no lo sé; lo cierto es que antes de bajar me dio un beso en el pelo, medio sobre la mejilla izquierda y medio en la oreja. Corrí hacia abajo sin volverme, y ahora estoy muy deseosa de ver lo que va a pasar hoy.

Domingo por la mañana, 11 horas.

Tu Ana M. Frank.

Lunes, 17 de abril de 1944.

Querida Kitty:

¿Crees tú que papá y mamá estarían de acuerdo en que yo, una chica que aún no ha cumplido los quince años, estuviera sentada en un diván, besando a un chico de diecisiete años y medio? En realidad creo que no, pero lo mejor será confiar en mí misma al respecto. Me siento tan tranquila y segura al estar en sus brazos, soñando, y es tan emocionante sentir su mejilla contra la mía, tan maravilloso saber que alguien me está esperando… Pero, y es que hay un pero ¿se contentará Peter con esto? No es que haya olvidado su promesa, pero al fin y al cabo él es hombre.

Yo misma también sé que soy bastante precoz; a algunos les resulta un tanto difícil entender cómo puedo ser tan independiente, cuando aún no he cumplido los quince años. Estoy casi segura de que Margot nunca besaría a un chico si no hubiera perspectiva concreta de compromiso o boda. Ni Peter ni yo tenemos planes en ese sentido. Seguro que tampoco mamá ha tocado a un hombre antes que papá. ¿Qué dirían mis amigas y Jacque si me vieran en brazos de Peter, con mi corazón contra su pecho, mi cabeza sobre su hombro, su cabeza y su cara sobre mi cabeza?

¡Ay, Ana, qué vergüenza! Pero la verdad es que a mí no me parece ninguna vergüenza. Estamos aquí encerrados, aislados del mundo, presas del miedo y la preocupación, sobre todo últimamente. Entonces, ¿por qué los que nos queremos habríamos de permanecer separados? ¿Por qué no habríamos de besarnos, con los tiempos que corren? ¿Por qué habríamos de esperar hasta tener la edad adecuada? ¿Por qué habríamos de pedir permiso para todo?

Yo misma me encargaré de cuidarme, y él nunca haría nada que me diera pena o me hiciera daño; entonces, ¿por qué no habría de dejarme guiar por lo que me dicta el corazón y dejar que seamos felices los dos?

Sin embargo, Kitty, creo que notarás un poco mis dudas; supongo que es mi sinceridad, que se rebela contra la hipocresía. ¿Te parece que debería contarle a papá lo que hago? ¿Te parece que nuestro secreto debería llegar a oídos de un tercero? Perdería mucho de su encanto, pero ¿me haría sentir más tranquila por dentro? Tendré que consultarlo con él. Ay, aún hay tantas cosas de las que quisiera hablar con él, porque a solo acariciarle no le veo el sentido. Para poder contarnos lo que sentimos necesitamos mucha confianza, pero saber que disponemos de ella nos hará más fuertes a los dos.

Tu Ana M. Frank.

P. D. Ayer por la mañana, toda la familia ya estaba levantada a las seis, ya que habíamos oído ruido de ladrones. Esta vez la víctima quizá haya sido uno de nuestros vecinos. Cuando a las siete controlamos las puertas del edificio, estaban herméticamente cerradas. ¡Menos mal!

Martes, 18 de abril de 1944.

Querida Kitty:

Por aquí todo bien. Ayer por la tarde vino de nuevo el carpintero, que empezó con la colocación de las planchas de hierro delante de los paneles de las puertas. Papá acaba de decir que está seguro de que antes del 20 de mayo habrá operaciones a gran escala, tanto en Rusia y en Italia como en el frente occidental. Cada vez resulta más difícil imaginarme que nos vayan a liberar de esta situación.

Ayer Peter y yo por fin tuvimos ocasión de tener la conversación que llevábamos postergando por lo menos diez días. Le expliqué todo lo relativo a las chicas, sin escatimar los detalles más íntimos. Me pareció bastante cómico que creyera que normalmente omitían dibujar el orificio de las mujeres en las ilustraciones. De verdad, Peter no se podía imaginar que se encontrara tan metido entre las piernas. La velada acabó con un beso mutuo, más o menos al lado de la boca. ¡Es una sensación maravillosa! Tal vez un día me lleve conmigo el libro de las frases bonitas cuando vaya arriba, para que por fin podamos ahondar un poco más en las cosas. No me satisface pasarnos todos los días abrazados sin más, y quisiera imaginarme que a él le pasa igual. Después de un invierno de medias tintas, ahora nos está tocando una primavera hermosa. Abril es realmente maravilloso; no hace ni mucho calor ni mucho frío, y de vez en cuando cae algún chubasco. El castaño del jardín está ya bastante verde, aquí y allá asoman los primeros tirsos.

El sábado Bep nos mimó trayéndonos cuatro ramos de flores: tres de narcisos y un ramillete de jacintos enanos, este último para mí. El aprovisionamiento de periódicos del señor Kugler es cada vez mejor. Tengo que estudiar álgebra, Kitty, ¡hasta luego!

Tu Ana M. Frank.

Miércoles, 19 de abril de 1944.

Amor mío:

(Así se titula una película en la que actúan Dorit Kreysler, Ida Wüst y Harald Paulsen). ¿Existe en el mundo algo más hermoso que estar sentada delante de una ventana abierta en los brazos de un chico al que quieres, mirando la naturaleza, oyendo a los pájaros cantar y sintiendo cómo el sol te acaricia las mejillas? ¡Me hace sentir tan tranquila y segura con su brazo rodeándome, y saber que está cerca y sin embargo callar! No puede ser nada malo, porque esa tranquilidad me hace bien. ¡Ay, ojalá nunca nos interrumpieran, ni siquiera Mouschi!

Tu Ana M. Frank.

Viernes, 21 de abril de 1944.

Mi querida Kitty:

Ayer por la tarde estuve en cama con dolor de garganta, pero como ya esa misma tarde me aburrí y no tenía fiebre, hoy me he levantado. Y el dolor de garganta prácticamente ha «des-a-pa-rrecii-do».

Ayer, como probablemente ya hayas descubierto tú misma, cumplió cincuenta y cinco años nuestro querido Führer. Hoy es el 18.º cumpleaños de Su Alteza Real, la princesa heredera Isabel de York. Por la BBC han dicho que, contrariamente a lo que se acostumbra a hacer con las princesas, todavía no la han declarado mayor de edad. Ya hemos estado conjeturando con qué príncipe desposarán a esta beldad, pero no hemos podido encontrar al candidato adecuado. Quizá su hermana, la princesa Margarita Rosa, quiera quedarse con el príncipe Balduino, heredero de la corona de Bélgica…

Aquí caemos de una desgracia en la otra. No acabábamos de ponerle unos buenos cerrojos a las puertas, cuando aparece en escena Van Maaren. Es casi seguro que ha robado fécula de patata, y ahora le quiere echar la culpa a Bep. La Casa de atrás, como te podrás imaginar, está convulsionada. Bep está que trina. Quizá Kugler ahora haga vigilar a ese libertino.

Esta mañana vino el tasador de la Beethovenstraat. Nos ofrece 400 florines por el cofre; también las otras ofertas nos parecen demasiado bajas.

Voy a pedir a la redacción de De Prins que publiquen unos de mis cuentos de hadas; bajo seudónimo, naturalmente. Pero como los cuentos que he escrito hasta ahora son demasiado largos, no creo que vaya a tener suerte. Hasta la próxima, darling.

Tu Ana M. Frank.

Martes, 25 de abril de 1944.

Querida Kitty:

Hace como diez días que Dussel y Van Daan otra vez no se hablan, y eso solo porque hemos tomado un montón de medidas de seguridad después de que entraron los ladrones. Una de ellas es que a Dussel ya no le permiten bajar por las noches. Peter y el señor Van Daan hacen la última ronda todas las noches a las nueve y media, y luego nadie más puede bajar. Después de las ocho de la noche ya no se puede tirar de la cadena, y tampoco después de las ocho de la mañana. Las ventanas no se abren por la mañana hasta que no esté encendida la luz en el despacho de Kugler, y por las noches ya no se les puede poner las tablitas. Esto último ha sido motivo para que Dussel se molestara. Asegura que Van Daan le ha soltado un gruñido, pero ha sido culpa suya. Dice que antes podría vivir sin comer que sin respirar aire puro, y que habrá que buscar un método para que puedan abrirse las ventanas.

—Hablaré de ello con el señor Kugler —me ha dicho, y le he contestado que estas cosas no se discuten con el señor Kugler, sino que las resuelve el grupo en su conjunto.

—¡Aquí todo se hace a mis espaldas! —refunfuñó—. Tendré que hablar con tu padre al respecto.

Tampoco le dejan instalarse en el despacho de Kugler los sábados por la tarde ni los domingos, porque podría oírle el jefe de la oficina de Keg cuando viene. Pero Dussel no hizo caso y se volvió a instalar en el despacho. Van Daan estaba furioso y papá bajó a prevenirle. Por supuesto que se salió con algún pretexto pero esta vez ni papá lo aceptó. Ahora también papá habla lo menos posible con él, porque Dussel lo ha ofendido, no sé de qué manera, ni lo sabe ninguno de nosotros, pero debe de haber sido fuerte.

¡Y pensar que la semana que viene el desgraciado festeja su cumpleaños! Cumplir años, no decir ni mu, estar con cara larga y recibir regalos: ¿cómo casa una cosa con otra?

El estado del señor Voskuijl va empeorando mucho. Lleva más de diez días con casi cuarenta grados de fiebre. El médico dice que no hay esperanzas, creen que el cáncer ha llegado hasta el pulmón. Pobre hombre, ¡cómo nos gustaría ayudarle! Pero solo Dios puede hacerlo.

He escrito un cuento muy divertido. Se llama «Blurry, el explorador», y ha gustado mucho a mis tres oyentes.

Aún sigo muy acatarrada, y ya he contagiado a Margot y a mamá y a papá. Espero que no se le pegue también a Peter, quiso que le diera un beso y me llamó su El Dorado. ¡Pero si eso ni siquiera es posible, tonto! De cualquier manera, es un cielo.

Tu Ana M. Frank.

Jueves, 27 de abril de 1944.

Querida Kitty:

Esta mañana la señora estaba de mal humor. No hacía más que quejarse, primero por su resfriado, y porque no le daban caramelos, y porque no aguanta tener que sonarse tantas veces la nariz. Luego porque no había salido el sol, por la invasión que no llega, porque no podemos asomarnos por la ventana, etc., etc.

Nos hizo reír mucho con sus quejas, y por lo visto no era todo tan grave, porque le contagiamos la risa.

Receta del cholent de patatas, modificada por escasez de cebollas: Se cogen patatas peladas, se pasan por el pasapurés, se añade un poco de harina del Gobierno y sal. Se untan con parafina o estearina las bandejas de horno o de barro refractario y se cuece la masa en el horno durante 2 1/2 horas. Cómase con compota de fresas podridas. (No se dispone de cebollas ni de manteca para la fuente y la masa).

En estos momentos yo estoy leyendo El emperador Carlos V, escrito por un catedrático de la Universidad de Gotinga, que estuvo cuarenta años trabajando en este libro. En cinco días me leí cincuenta páginas, más es imposible. El libro consta de 598 páginas, así que ya puedes ir calculando cuánto tiempo tardaré en leérmelo todo, ¡y luego viene el segundo tomo! Pero es muy interesante.

¿A que no sabes la cantidad de cosas a las que pasa revista un estudiante de secundaria como yo a lo largo de una jornada? Primero traduje del holandés al inglés un párrafo sobre la última batalla de Nelson. Después repasé la continuación de la Guerra Nórdica (1700-1721), con Pedro el Grande, Carlos XII, Augusto el Fuerte, Estanislao Leszczynsky, Mazepa, Von Görz, Brandeburgo, Pomerania anterior y citerior y Dinamarca, más las fechas de costumbre. A continuación, fui a parar al Brasil, y leí acerca del tabaco de Bahía, la abundancia de café, el millón y medio de habitantes de Río de Janeiro, de Pernambuco y São Paulo, sin olvidar el río Amazonas; de negros, mulatos, mestizos, blancos, más del 50% de analfabetos y de la malaria. Como aún me quedaba algo de tiempo, le di un repaso rápido a una genealogía: Juan el Viejo, Guillermo Luis, Ernesto Casimiro I, Enrique Casimiro I, hasta la pequeña Margarita Francisca[32], nacida en Ottawa en 1943.

Las doce del mediodía: continué mis estudios en el desván, repasando diáconos, curas, pastores, papas… ¡uf!, hasta la una.

Después de las dos, la pobre criatura (¡ejem!), volvió nuevamente a sus estudios; tocaban los monos catarrinos y platirrinos. Kitty, ¡a que no sabes cuantos dedos tiene un hipopótamo!

Luego vino la Biblia, el Arca de Noé, Sem, Cam y Jafet. Luego Carlos V. En la habitación de Peter leí El coronel de Thackeray, en inglés. Repasamos el léxico francés y luego comparamos el Misisipi con el Misuri. Basta por hoy. ¡Adiós!

Tu Ana M. Frank.

Viernes, 28 de abril de 1944.

Querida Kitty:

Nunca he olvidado aquella vez en que soñé con Peter Schiff (véase principios de enero). Cuando me vuelve a la memoria, aún hoy siento su mejilla contra la mía, y esa sensación maravillosa que lo arreglaba todo. Aquí también he tenido alguna vez esa sensación con Peter, pero nunca en tal medida, hasta… anoche, cuando estábamos sentados juntos en el diván, abrazados, como de costumbre. En ese momento la Ana habitual se esfumó de repente, y en su lugar apareció la segunda Ana, esa segunda Ana que no es temeraria y divertida, sino que tan solo quiere amar y ser tierna.

Estaba sentada pegada a él y sentí cómo crecía mi emoción, se me llenaban los ojos de lágrimas, la de la izquierda le cayó en el mono a Peter, la de la derecha me resbaló por la nariz, voló por el aire y también fue a parar al mono. ¿Se habrá dado cuenta? Ningún movimiento lo reveló. ¿Sentirá igual que yo? Tampoco dijo casi palabra. ¿Sabrá que tiene frente a sí a dos Anas? Son todas preguntas sin responder.

A las ocho y media me levanté y me acerqué a la ventana, donde siempre nos despedimos. Todavía temblaba, aún era la segunda Ana, él se me acercó, yo lo abracé a la altura del cuello y le di un beso en la mejilla izquierda. Justo cuando quería hacer lo mismo en la derecha, mi boca se topó con la suya y nos dimos el beso allí. Embriagados nos apretamos el uno contra el otro, una y otra vez, hasta nunca acabar, ¡ay!

A Peter le hace falta algo de cariño, por primera vez en su vida ha descubierto a una chica, ha visto por primera vez que las chicas que más bromean tienen también su lado interior y un corazón, y que cambian a partir del momento en que están a solas contigo. Por primera vez en su vida ha dado su amistad y se ha dado a sí mismo; nunca antes ha tenido un amigo o una amiga. Ahora nos hemos encontrado los dos, yo tampoco le conocía, ni había tenido nunca un confidente, y esto es lo que ha resultado de ello…

Otra vez la pregunta no deja de perseguirme: ¿Está bien? ¿Está bien que ceda tan pronto, que sea impetuosa, tan impetuosa y tan ansiosa como el propio Peter? ¿Puedo dejarme llevar de esa manera, siendo una chica?

Solo existe una respuesta: estaba deseándolo tanto y desde hace tanto tiempo… Estaba tan sola, ¡y ahora he encontrado un consuelo!

Por la mañana estamos normales, por la tarde también bastante, salvo algún caso aislado, pero por la noche vuelve a surgir el deseo contenido durante todo el día, la dicha y la gloria de todas las veces anteriores, y cada cual solo piensa en el otro. Cada noche, después del último beso, querría salir corriendo, no volver a mirarle a los ojos, irme lejos, para estar sola en la oscuridad.

¿Y qué me espera después de bajar los catorce escalones? La plena luz, preguntas por aquí y risitas por allá, debo actuar y disimular.

Tengo aún el corazón demasiado sensible como para quitarme de encima un golpe como el de anoche. La Ana blanda aparece muy pocas veces y no se deja mandar a paseo tan pronto. Peter me ha herido como jamás me han herido en mi vida, salvo en sueños. Me ha zarandeado, ha sacado hacia fuera mi parte interior, y entonces, ¿no es lógico que una quiera estar tranquila para restablecerse por dentro? ¡Ay, Peter! ¿Qué me has hecho? ¿Qué quieres de mí?

¿Adónde iremos a parar? ¡Ay, ahora entiendo a Bep! Ahora que estoy pasando por esto, entiendo sus dudas. Si Peter fuera mayor y quisiera casarse conmigo, ¿qué le contestaría? ¡Ana, di la verdad! No podrías casarte con él, pero también es difícil dejarle ir. Peter tiene aún poco carácter, poca voluntad, poco valor y poca fuerza. Es un niño aún, no mayor que yo por dentro; solo quiere encontrar la tranquilidad y la dicha. ¿De verdad solo tengo catorce años? ¿De verdad no soy más que una colegiala tonta? ¿De verdad soy aún tan inexperta en todo? Tengo más experiencia que los demás, he vivido algo que casi nadie conoce a mi edad.

Me tengo miedo a mí misma, tengo miedo de que, impulsada por el deseo, me entregue demasiado pronto. ¿Qué debo hacer para que no me pase nada malo con otros chicos en el futuro? ¡Ay, qué difícil es! Siempre está esa lucha entre el corazón y la razón, hay que escuchar la voz de ambos a su debido tiempo, ¿pero cómo saber a ciencia cierta si he escogido el buen momento?

Tu Ana M. Frank.

Martes, 2 de mayo de 1944.

Querida Kitty:

El sábado por la noche le pregunté a Peter si le parecía que debía contarle a papá lo nuestro, y tras algunas idas y venidas le pareció que sí. Me alegré, porque es una señal de su buen sentir. Enseguida después de bajar, acompañé a papá a buscar agua, y ya en la escalera le dije:

—Papá, como te imaginarás, cuando Peter y yo estamos juntos, hay menos de un metro de distancia entre los dos. ¿Te parece mal? Papá no contestó enseguida, pero luego dijo:

—No, mal no me parece, Ana; pero aquí, en este espacio tan reducido, debes tener cuidado.

Dijo algo más por el estilo, y luego nos fuimos arriba. El domingo por la mañana me llamó y me dijo:

—Ana, lo he estado pensando (¡ya me lo temía!); en realidad creo que aquí, en la Casa de atrás, lo vuestro no es conveniente; pensé que solo erais compañeros. ¿Peter está enamorado?

—¡Nada de eso! —contesté.

—Mira, Ana, tú sabes que os comprendo muy bien, pero tienes que ser prudente; no subas tanto a su habitación, no le animes más de lo necesario. En estas cosas el hombre siempre es el activo, la mujer puede frenar. Fuera, al aire libre, es otra cosa totalmente distinta; ves a otros chicos y chicas, puedes marcharte cuando quieres, hacer deporte y demás; aquí, en cambio, cuando estás mucho tiempo juntos y quieres marcharte, no puedes, te ves a todas horas, por no decir siempre. Ten cuidado, Ana, y no te lo tomes demasiado en serio.

—No, papá. Pero Peter es decente, y es un buen chico.

—Sí, pero no es fuerte de carácter; se deja influenciar fácilmente hacia el lado bueno, pero también hacia el lado malo. Espero por él que siga siendo bueno, porque lo es por naturaleza.

Seguimos hablando un poco y quedamos en que también le hablaría a Peter. El domingo por la tarde, en el desván de delante, Peter me preguntó:

—¿Y qué, Ana, has hablado con tu padre?

—Sí —le contesté—. Te diré lo que me ha dicho. No le parece mal, pero dice que aquí, al estar unos tan encima de otros, es fácil que tengamos algún encontronazo.

—Pero si hemos quedado en que no habría peleas entre nosotros, y yo estoy dispuesto a respetar nuestro acuerdo.

—También yo, Peter, pero papá no sabía lo que había entre nosotros, creía que solo éramos compañeros. ¿Crees que eso ya no es posible?

—Yo sí, ¿y tú?

—Yo también. Y también le he dicho a papá que confiaba en ti. Confío en ti, Peter, tanto como en papá, y creo que te mereces mi confianza, ¿no es así?

—Espero que sí. (Lo dijo muy tímidamente y poniéndose medio colorado).

—Creo en ti, Peter —continué diciendo—. Creo que tienes un buen carácter y que te abrirás camino en el mundo.

Luego hablamos sobre otras cosas, y más tarde le dije:

—Si algún día salimos de aquí, sé que no te interesarás más por mí.

Se le subió la sangre a la cabeza:

—¡Eso sí que no es cierto, Ana! ¿Cómo puedes pensar eso de mí?

En ese momento nos llamaron.

Papá habló con él, me lo dijo el lunes.

—Tu padre cree que en algún momento nuestro compañerismo podría desembocar en amor —dijo—. Pero le contesté que sabremos contenernos.

Papá ahora quiere que por las noches suba menos a ver a Peter, pero yo no quiero. No es solo que me gusta estar con él, sino que también le he dicho que confío en él. Y es que confío en él, y quiero demostrárselo, pero nunca lo lograría quedándome abajo por falta de confianza. ¡No señor, subiré!

Entretanto se ha arreglado el drama de Dussel. El sábado por la noche, a la mesa, presentó sus disculpas en correcto holandés. Van Daan enseguida se dio por satisfecho. Seguro que Dussel se pasó el día estudiando su discurso.

El domingo, día de su cumpleaños, pasó sin sobresaltos. Nosotros le regalamos una botella de vino de 1919, los Van Daan —que ahora podían darle su regalo— un tarro de piccalilly y un paquete de hojas de afeitar, Kugler una botella de limonada, Miep un libro, El pequeño Martín, y Bep una planta. Él nos convidó a un huevo para cada uno.

Tu Ana M. Frank.

Miércoles, 3 de mayo de 1944.

Querida Kitty:

Primero las noticias de la semana. La política está de vacaciones; no hay nada, lo que se dice nada que contar. Poco a poco también yo estoy empezando a creer que se acerca la invasión. No pueden dejar que los rusos hagan solos todo el trabajo, que por cierto tampoco están haciendo nada de momento.

El señor Kleiman viene de nuevo todas las mañanas a la oficina a trabajar. Ha conseguido un nuevo muelle para el diván de Peter, de modo que Peter tendrá que ponerse a tapizar; como comprenderás, no le apetece nada tener que hacerlo. Kleiman también nos ha traído pulguicida para el gato.

¿Ya te he contado que ha desaparecido Moffie? Desde el jueves pasado, sin dejar ni rastro. Seguramente ya estará en el cielo gatuno, mientras que algún amante de los animales lo habrá usado para hacerse un guiso. Tal vez vendan su piel a una niña adinerada para que se haga un gorro. Peter está muy desconsolado a raíz del hecho.

Desde hace dos semanas, los sábados almorzamos a las once y media, por lo que debíamos aguantarnos con una taza de papilla por la mañana. A partir de mañana tendremos lo mismo todos los días, con el propósito de ahorrar una comida. Todavía es muy difícil conseguir verdura; hoy por la tarde comimos lechuga podrida cocida. Lechuga en ensalada, espinacas y lechuga cocida: otra cosa no hay. A eso se le añaden patatas podridas. ¡Una combinación deliciosa!

Hacía más de dos meses que no me venía la regla, pero por fin el domingo me volvió. A pesar de las molestias y la aparatosidad, me alegro mucho de que no me haya dejado en la estacada durante más tiempo.

Como te podrás imaginar, aquí vivimos diciendo y repitiendo con desesperación «para qué, ¡ay!, para qué diablos sirve la guerra, por qué los hombres no pueden vivir pacíficamente, por qué tienen que destruirlo todo…».

La pregunta es comprensible, pero hasta el momento nadie ha sabido formular una respuesta satisfactoria. De verdad, ¿por qué en Inglaterra construyen aviones cada vez más grandes, bombas cada vez más potentes y, por otro lado, casas normalizadas para la reconstrucción del país? ¿Por qué se destinan a diario miles de millones a la guerra y no se reserva ni un céntimo para la medicina, los artistas y los pobres? ¿Por qué la gente tiene que pasar hambre, cuando en otras partes del mundo hay comida en abundancia, pudriéndose? ¡Dios mío!, ¿por qué el hombre es tan estúpido?

Yo no creo que la guerra solo sea cosa de grandes hombres, gobernantes y capitalistas. ¡Nada de eso! Al hombre pequeño también le gusta; si no, los pueblos ya se habrían levantado contra ella. Es que hay en el hombre un afán de destruir, un afán de matar, de asesinar y ser una fiera, mientras toda la humanidad, sin excepción, no haya sufrido una metamorfosis, la guerra seguirá haciendo estragos, y todo lo que se ha construido, cultivado y desarrollado hasta ahora quedará truncado y destruido, para luego volver a empezar.

Muchas veces he estado decaída, pero nunca he desesperado; este período de estar escondidos me parece una aventura, peligrosa, romántica e interesante. En mi diario considero cada una de nuestras privaciones como una diversión. ¿Acaso no me había propuesto llevar una vida distinta de las otras chicas, y más tarde también distinta de las amas de casa corrientes? Este es un buen comienzo de esa vida interesante y por eso, solo por eso, me da la risa en los momentos más peligrosos, por lo cómico de la situación. Soy joven y aún poseo muchas cualidades ocultas; soy joven y fuerte y vivo esa gran aventura, estoy aún en medio de ella y no puedo pasarme el día quejándome de que no tengo con qué divertirme. Muchas cosas me han sido dadas al nacer: un carácter feliz, mucha alegría y fuerza. Cada día me siento crecer por dentro, siento cómo se acerca la liberación, lo bella que es la naturaleza, lo buenos que son quienes me rodean, lo interesante y divertida que es esta aventura. ¿Por qué habría de desesperar?

Tu Ana M. Frank.

Viernes, 5 de mayo de 1944.

Querida Kitty:

Papá no está contento conmigo; se pensó que después de nuestra conversación del domingo, automáticamente dejaría de ir todas las noches arriba. Quiere que acabemos con el «besuqueo». No me gustó nada esa palabra; bastante difícil ya es tener que hablar de ese tema. ¿Por qué me quiere hacer sentir tan mal? Hoy hablaré con él. Margot me ha dado algunos buenos consejos. Lo que le voy a decir es más o menos lo siguiente: «Papá, creo que esperas que te dé una explicación, y te la daré. Te he desilusionado, esperabas que fuera más recatada. Seguramente quieres que me comporte como ha de comportarse una chica de catorce años, ¡pero te equivocas!

»Desde que estamos aquí, desde julio de 1942 hasta hace algunas semanas, las cosas no han sido fáciles para mí. Si supieras lo mucho que he llorado por las noches, lo desesperanzada y desdichada que he sido, lo sola que me he sentido, comprenderías por qué quiero ir arriba. No ha sido de un día para otro que me las he apañado para llegar hasta donde he llegado, y para saber vivir sin una madre y sin la ayuda de nadie en absoluto. Me ha costado mucho, muchísimo sudor y lágrimas llegar a ser tan independiente. Ríete si quieres y no me creas, que no me importa. Sé que soy una persona que está sola y no me siento responsable en lo más mínimo ante vosotros. Te he contado todo esto porque no quisiera que pensaras que estoy ocultándote algo, pero solo a mí misma tengo que rendir cuentas de mis actos.

»Cuando me vi en dificultades, vosotros, y también tú, cerrasteis los ojos e hicisteis oídos sordos, y no me ayudasteis; al contrario, no hicisteis más que amonestarme, para que no fuera tan escandalosa. Pero yo solo era escandalosa por no estar siempre triste, era temeraria por no oír continuamente esa voz dentro de mí. He sido una comedianta durante año y medio, día tras día; no me he quejado, no me he salido de mi papel, nada de eso, y ahora he dejado de luchar. ¡He triunfado! Soy independiente, en cuerpo y alma, ya no necesito una madre, la lucha me ha hecho fuerte.

»Y ahora, ahora que he superado todo esto, y que sé que ya no tendré que seguir luchando, quisiera seguir mi camino, el camino que me plazca. No puedes ni debes considerarme una chica de catorce años; las penas vividas me han hecho mayor. No me arrepentiré de mis actos, y haré lo que crea que puedo hacer.

»No puedes impedirme que vaya arriba, de no ser con mano dura: o me lo prohíbes del todo, o bien confías en mí en las buenas y en las malas, de modo que déjame en paz».

Tu Ana M. Frank.

Sábado, 6 de mayo de 1944.

Querida Kitty:

Ayer, antes de comer, le metí a papá la carta en el bolsillo. Después de leerla estuvo toda la noche muy confuso, según Margot. (Yo estaba arriba fregando los platos). Pobre Pim, podría haberme imaginado las consecuencias que traería mi esquela. ¡Es tan sensible! Enseguida le dije a Peter que no preguntara ni dijera nada. Pim no ha vuelto a mencionar el asunto. ¿Lo hará aún?

Aquí todo ha vuelto más o menos a la normalidad. Las cosas que nos cuentan Jan, Kugler y Kleiman sobre los precios y la gente de fuera son verdaderamente increíbles; un cuarto de kilo de té cuesta 350 florines; un cuarto de café, 80 florines; la mantequilla está a 35 florines el medio kilo, y un huevo vale 1,45 florines. ¡El tabaco búlgaro se cotiza a 14 florines los cien gramos!

Todo el mundo compra y vende en el mercado negro, cualquiera te ofrece algo para comprar. El chico de la panadería nos ha conseguido seda para zurcir, a 90 céntimos una madejuela, el lechero nos consigue cupones de racionamiento clandestinos, un empresario de pompas fúnebres nos suministra queso. Todos los días hay robos, asesinatos y asaltos, los policías y vigilantes nocturnos no se quedan atrás con respecto a los ladrones de oficio, todos quieren llenar el estómago y como está prohibido aumentar los salarios, la gente se ve obligada a estafar. La Policía de menores no cesa de buscar el paradero de chicas de quince, dieciséis, diecisiete años y más, que desaparecen a diario.

Intentaré terminar el cuento del hada Ellen[33]. Se lo podría regalar a papá para su cumpleaños, en broma, incluidos los derechos de autor. ¡Hasta la próxima!

Tu Ana M. Frank.

Domingo, 7 de mayo de 1944, por la mañana.

Querida Kitty:

Papá y yo estuvimos ayer conversando largo y tendido. Lloré mucho, y papá hizo otro tanto. ¿Sabes lo que me dijo, Kitty?

«He recibido muchas cartas en mi vida, pero ninguna tan horrible como esta. ¡Tú, Ana, que siempre has recibido tanto amor de tus padres, que tienes unos padres siempre dispuestos a ayudarte, y que siempre te han defendido en lo que fuera, tú hablas de no sentirte responsable! Estás ofendida y te sientes abandonada. No, Ana, has sido muy injusta con nosotros. Tal vez no haya sido esa tu intención, pero lo has escrito así, Ana, y de verdad, no nos merecemos tus reproches».

¡Ay, qué error tan grande he cometido! Es el acto más vil que he cometido en mi vida. No he querido más que darme aires con mis llantos y mis lágrimas, y hacerme la importante para que él me tuviera respeto. Es cierto que he sufrido mucho, y lo que he dicho de mamá es verdad, pero inculpar así al pobre Pim, que siempre ha hecho todo por mí y que sigue haciéndolo, ha sido más que vil.

Está muy bien que haya descendido de las alturas inalcanzables en las que me encontraba, que se me haya quebrado un poco el orgullo, porque se me habían subido demasiado los humos. Lo que hace la señorita Ana no siempre está bien, ¡ni mucho menos! Alguien que hace sufrir tanto a una persona a la que dice querer, y aposta además, es un ser bajo, muy bajo.

Pero de lo que más me avergüenzo es de la manera en que papá me ha perdonado; ha dicho que echará la carta al fuego, en la estufa, y me trata ahora con tanta dulzura, que es como si fuera él quien ha hecho algo malo. Ana, Ana, aún te queda muchísimo por aprender. Empieza por ahí, en lugar de mirar a los demás por encima del hombro y echarles la culpa de todo.

Sí, he sufrido mucho, pero ¿acaso no sufren todos los de mi edad? He sido una comedianta muchas veces sin darme cuenta siquiera; me sentía sola, pero casi nunca he desesperado. Nunca he llegado a los extremos de papá, que alguna vez salió a la calle armado con un cuchillo para quitarse la vida.

He de avergonzarme y me avergüenzo profundamente. Lo hecho, hecho está, pero es posible evitar que se repita. Quisiera volver a empezar y eso no será tan difícil, ya que ahora tengo a Peter. Con su apoyo lo lograré. Ya no estoy sola, él me quiere, yo le quiero, tengo mis libros, mis cuadernos y mi diario, no soy tan fea, ni me falta inteligencia, tengo un carácter alegre y quiero ser una buena persona.

Sí, Ana, te has dado cuenta perfectamente de que tu carta era demasiado dura e injusta, y sin embargo te sentías orgullosa de haberla escrito. Debo volver a tomar ejemplo de papá, y me enmendaré.

Tu Ana M. Frank.

Lunes, 8 de mayo de 1944.

Querida Kitty:

¿Te he contado alguna vez algo sobre nuestra familia? Creo que no, y por eso empezaré a hacerlo enseguida. Papá nació en Francfort del Meno, y sus padres eran gente de dinero. Michael Frank era dueño de un banco, y con él se hizo millonario, y Alice Stern era de padres muy distinguidos y también de mucho dinero. Michael Frank no había sido rico en absoluto de joven, pero fue escalando posiciones. Papá tuvo una verdadera vida de niño bien, con fiestas todas las semanas, y bailes, niñas guapas, valses, banquetes, muchas habitaciones, etc. Todo ese dinero se perdió cuando murió el abuelo, y después de la guerra mundial y la inflación no quedó nada. Hasta antes de la guerra aún nos quedaban bastantes parientes ricos. O sea, que papá ha tenido una educación de primera, y por eso ayer le dio muchísima risa cuando, por primera vez en sus cincuenta y cinco años de vida, tuvo que rascar la comida del fondo de la sartén.

Mamá no era tan, tan rica, pero sí bastante, con lo que ahora nos deja boquiabiertos con sus historias de fiestas de compromiso de doscientos cincuenta invitados, bailes privados y grandes banquetes.

Ya no podemos llamarnos ricos, ni mucho menos, pero tengo mis esperanzas puestas en lo que vendrá cuando haya acabado la guerra. Te aseguro que no le tengo ningún apego a la vida estrecha, como mamá y Margot. Me gustaría irme un año a París y un año a Londres, para aprender el idioma y estudiar historia del arte. Compáralo con Margot, que quiere irse a Palestina a trabajar de enfermera en una maternidad. A mí me siguen haciendo ilusión los vestidos bonitos y conocer gente interesante, quiero viajar y tener nuevas experiencias, no es la primera vez que te lo digo, y algún dinero no me vendrá mal para poder hacerlo…

Esta mañana, Miep nos contó algunas cosas sobre la fiesta de compromiso de su prima, a la que fue el sábado. Los padres de la prima son ricos, los del novio más ricos aún. Se nos hizo la boca agua cuando Miep nos contó lo que comieron: sopa juliana con bolitas de carne, queso, canapés de carne picada, entremeses variados con huevo y rosbif, canapés de queso, bizcocho borracho, vino y cigarrillos, de todo a discreción. Miep se bebió diez copas y se fumó tres cigarrillos. ¿Es esta la mujer antialcohólica que dice ser? Si Miep estuvo bebiendo tanto, ¿cuánto habrá bebido su señor esposo? En esa fiesta todos deben haberse achispado un poco, naturalmente. También había dos agentes de la brigada de homicidios, que sacaron fotos a la pareja. Como verás, Miep no se olvida ni un instante de sus escondidos, porque enseguida memorizó los nombres y las señas de estos dos señores, por si llega a pasar algo y hacen falta holandeses de confianza. ¡Cómo no se nos iba a hacer la boca agua, cuando solo habíamos desayunado dos cucharadas de papilla de avena y teníamos un hambre que nos moríamos; cuando día a día no comemos otra cosa que no sean espinacas a medio cocer (por aquello de las vitaminas) con patatas podridas; cuando en nuestros estómagos vacíos no metemos más que lechuga en ensalada y lechuga cocida, y espinacas, espinacas y otra vez espinacas! Quién sabe si algún día no seremos tan fuertes como Popeye, aunque de momento no se nos note…

Si Miep nos hubiera invitado a que la acompañáramos a la fiesta, no habría quedado un solo bocadillo para los demás invitados. Si hubiéramos estado nosotros en esa fiesta, habríamos organizado un gran pillaje y no habríamos dejado ningún mueble en su sitio. Te puedo asegurar que le íbamos sacando a Miep las palabras de la boca, que nos pusimos a su alrededor como si en la vida hubiéramos oído hablar de una buena comida o de gente distinguida. ¡Y esas son las nietas del famoso millonario! ¡Cómo pueden cambiar las cosas en este mundo!

Tu Ana M. Frank.

Martes, 9 de mayo de 1944.

Querida Kitty:

He terminado el cuento del hada Ellen. Lo he pasado a limpio en un bonito papel de cartas, adornado con tinta roja, y lo he cosido. En su conjunto tiene buena pinta, pero no sé si no será poca cosa. Margot y mamá han hecho un poema de cumpleaños cada una.

A mediodía subió el señor Kugler a darnos la noticia de que la señora Broks tiene la intención de venir aquí todos los días durante dos horas a tomar el café, a partir del lunes. ¡Imagínate! Ya nadie podrá subir a vernos, no podrán traernos las patatas, Bep no podrá venir a comer, no podremos usar el retrete, no podremos hacer ningún ruido, y demás molestias por el estilo. Pensamos en toda clase de posibilidades que pudieran disuadirla. Van Daan sugirió que bastaría con darle un buen laxante en el café.

—No, por favor —contestó Kleiman—. ¡Qué entonces ya no saldría más del excusado! Todos soltamos la carcajada.

—¿Del excusado? —preguntó la señora—. ¿Y eso qué significa?

Se lo explicamos.

—¿Y esta expresión se puede usar siempre? —preguntó muy ingenua.

—¡Vaya ocurrencia! —dijo Bep entre risitas.

Imaginaos que uno entrara en unos grandes almacenes y preguntara por el excusado… ¡Ni lo entenderían!

Por lo tanto, Dussel ahora se encierra a las doce y media en el «excusado», por seguir usando la expresión. Hoy cogí resueltamente un trozo de papel rosa y escribí:

Horario de uso del retrete para el señor Dussel

Mañana: de 7.15 a 7.30

Mediodía: después de las 13

Por lo demás, a discreción.

Sujeté el cartel en la puerta verde del retrete estando Dussel todavía dentro. Podría haber añadido fácilmente: «En caso de violación de esta ley se aplicará la pena de encierro». Porque el retrete se puede cerrar tanto por dentro como por fuera.

El último chiste de Van Daan:

A raíz de la clase de religión y de la historia de Adán y Eva, un niño de trece años le pregunta a su padre:

—Papá, ¿me podrías decir cómo nací?

—Pues… —le contesta el padre—. La cigüeña te cogió de un charco grande, te dejó en la cama de mamá y le dio un picotazo en la pierna que la hizo sangrar, y tuvo que guardar cama una semana. Para enterarse de más detalles, el niño fue a preguntarle lo mismo a su madre:

—Mamá, ¿me podrías decir cómo naciste tú y cómo nací yo?

La madre le contó exactamente la misma historia, tras lo cual el niño, para saberlo todo con pelos y señales, acudió igualmente al abuelo:

—Abuelo, ¿me podrías decir cómo naciste tú y cómo nació tu hija?

Y por tercera vez consecutiva, oyó la misma historia.

Por la noche escribió en su diario: «Después de haber recabado informes muy precisos, cabe concluir que en nuestra familia no ha habido relaciones sexuales durante tres generaciones».

¡Ya son las tres!, y todavía tengo que estudiar.

Tu Ana M. Frank.

P. D. Como ya te he contado que tenemos una nueva mujer de la limpieza, quisiera añadir que esta señora está casada, tiene sesenta años y es dura de oído. Esto último viene bien, teniendo en cuenta los posibles ruidos procedentes de ocho escondidos. ¡Ay, Kit, hace un tiempo tan bonito! ¡Cómo me gustaría salir a la calle!

Miércoles, 10 de mayo de 1944.

Querida Kitty:

Ayer por la tarde estábamos estudiando francés en el desván, cuando de repente oí detrás de mí un murmullo como de agua. Le pregunté a Peter qué pasaba, pero él, sin responderme siquiera, subió corriendo a la buhardilla —el lugar del desastre—, y cogiendo bruscamente a Mouschi, que en lugar de usar su cubeta, ya toda mojada, se había puesto a hacer pis al lado, lo metió en la cubeta para que siguiera haciendo pis allí. Se produjo un gran estrépito y Mouschi, que entretanto había acabado, bajó como un relámpago. Resulta que el gato, buscando un poco de comodidad cubetística para hacer sus necesidades, se había sentado encima de un montoncito de serrín que tapaba una raja en el suelo de la buhardilla, que es bastante poroso; el charco que produjo no tardó en atravesar el techo del desván y, por desgracia, fue a parar justo dentro y al lado del tonel de las patatas.

El techo chorreaba, y como el suelo del desván tiene a su vez unos cuantos agujeros, algunas gotas amarillas lo atravesaron y cayeron en la habitación, en medio de una pila de medias y libros que había sobre la mesa.

El espectáculo era tan cómico que me entró la risa: Mouschi acurrucado debajo de un sillón, Peter dándole al agua, a los polvos de blanqueo y a la bayeta, y Van Daan tratando de calmar los ánimos. El desastre se reparó pronto, pero como bien es sabido, el pis de gato tiene un olor horrible, lo que quedó demostrado ayer de forma patente por las patatas y también por el serrín, al que papá llevó abajo en un cubo para quemarlo.

¡Pobre Mouschi! ¡¿Cómo iba él a saber que el polvo de turba[34] es tan difícil de conseguir?!

Ana.

Jueves, 11 de mayo de 1944.

Querida Kitty:

Otro episodio que nos hizo reír:

Había que cortarle el pelo a Peter y su madre, como de costumbre, haría de peluquera. A las siete y veinticinco desapareció Peter en su habitación, y a las siete y media en punto volvió a salir, todo desnudo, aparte de un pequeño bañador azul y zapatos de deporte.

—¿Vamos ya? —le preguntó a su madre.

—Sí, pero espera que encuentre las tijeras.

Peter le ayudó a buscar y se puso a hurgar bruscamente en el cajón donde la señora guarda sus artículos de tocador.

—¡No me revuelvas las cosas, Peter! —se quejó.

No entendí qué le contestó Peter, pero debió haber sido alguna impertinencia, porque la señora le dio un golpe en el brazo. Él se lo devolvió, ella volvió a golpearle con todas sus fuerzas y Peter retiró el brazo haciendo una mueca muy cómica.

—¡Vente ya, vieja!

La señora se quedó donde estaba, Peter la cogió de las muñecas y la arrastró por toda la habitación. La señora lloraba, se reía, profería maldiciones y pataleaba, pero todo era en vano. Peter condujo a su prisionera hasta la escalera del desván, donde tuvo que soltarla por la fuerza. La señora volvió a la habitación y se dejó caer en una silla con un fuerte suspiro.

—El rapto de la madre —bromeé.

—Sí, pero me ha hecho daño.

Me acerqué a mirar y le llevé agua fría para aplacar el dolor de sus muñecas, que estaban todas rojas por la fricción. Peter, que se había quedado esperando junto a la escalera, perdió de nuevo la paciencia y entró en la habitación como un domador, con un cinturón en la mano. Pero la señora no le acompañó; se quedó sentada frente al escritorio, buscando un pañuelo.

—Primero tienes que disculparte.

—Está bien, te pido disculpas, que ya se está haciendo tarde.

A la señora le dio risa a pesar suyo, se levantó y se acercó a la puerta. Una vez allí, se sintió obligada a darnos una explicación antes de salir. (Estábamos papá, mamá y yo, fregando los platos).

—En casa no era así —dijo—. Le habría dado un golpe que le hubiera hecho rodar escaleras abajo. Nunca ha sido tan insolente, y ya ha recibido unos cuantos golpes, pero es la educación moderna, los hijos modernos, yo nunca hubiera tratado así a mi madre, ¿ha tratado usted así a la suya, señor Frank?

Estaba exaltada, iba y venía, preguntaba y decía de todo, y mientras tanto seguía sin subir. Hasta que por fin, ¡por fin!, se marchó.

No estuvo arriba más que cinco minutos. Entonces bajó como un huracán, resoplando, tiró el delantal, y a mi pregunta de si ya había terminado, contestó que bajaba un momento, lanzándose como un remolino escaleras abajo, seguramente en brazos de su querido Putti.

No subió hasta después de las ocho, acompañada de su marido. Hicieron bajar a Peter del desván, le echaron una tremenda regañina, le soltaron unos insultos, que si insolente, que si maleducado, que si irrespetuoso, que si mal ejemplo, que si Ana es así, que si Margot hace asá: no pude pescar más que eso.

Lo más probable es que hoy todo haya vuelto a la normalidad.

Tu Ana M. Frank.

P. D. El martes y el miércoles por la noche habló por la radio nuestra querida reina. Dijo que se tomaba unas vacaciones para poder regresar a Holanda refortalecida. Dijo que «cuando vuelva… pronta liberación… coraje y valor… y cargas pesadas». A ello le siguió un discurso del ministro Gerbrandy. Este hombre tiene una vocecita tan infantil y quejumbrosa, que mamá, sin quererlo, soltó un ¡ay!, de compasión. Un pastor protestante, con una voz robada a Don Fatuo, concluyó la velada con un rezo, pidiéndole a Dios que cuidara de los judíos y de los detenidos en los campos de concentración, en las cárceles y en Alemania.

Jueves, 11 de mayo de 1944.

Querida Kitty:

Como me he dejado la «caja de chucherías» arriba, y por lo tanto también la pluma, y como no puedo molestar a los que duermen su siestecita (hasta las dos y media), tendrás que conformarte con una carta escrita a lápiz.

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