El bosque oscuro
Tercera Parte. El bosque oscuro » Año 205, Era de la Crisis
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—No tiene sentido. —Ding Yi volvió a agitar la cabeza en un gesto de negación—. La humanidad no ha cambiado en nada. Siempre persiguiendo la vanidad… Pero bien, les garantizo que cumpliré sus deseos. Lo único que quiero es echar un vistazo, solo eso. Lo que realmente me interesa es la teoría que hay detrás de esa supertecnología. Pero me temo que esta vida…
El capitán flotó para colocarse a su lado y habló con preocupación.
—Maestro Ding, ya puede ir a descansar. Pronto se iniciará la interceptación y debe conservar las energías antes de partir.
Ding Yi alzó la vista y miró al capitán. Durante un segundo no fue consciente de que la reunión continuaría después de su partida. Luego volvió a mirar la imagen de la gota, viendo que la cabeza redonda reflejaba una fila regular de luces que se iba deformando gradualmente hacia la parte posterior, combinándose con el patrón reflejado de la Vía Láctea. Era la flota. Volvió a mirar a los mandos de Cuántica que flotaban frente a él. Eran tan jóvenes… Tenían un aspecto tan noble y perfecto, desde el capitán a los tenientes, y sus ojos manifestaban tal sabiduría divina… El vidrio que se oscurecía por sí solo teñía de oro la luz de la puesta de sol que entraba por las portillas, dotando a los presentes de un tono dorado. Detrás de ellos flotaba la imagen de la gota como un símbolo plateado y sobrenatural, dotando a ese lugar de una sensación trascendente, convirtiéndoles en un grupo de dioses en lo alto del Olimpo…
Algo se agitó en su interior.
—Maestro Ding, ¿desea añadir algo más? —preguntó el capitán.
—Hum, me gustaría decir… —agitó las manos aleatoriamente y la pipa flotó en el aire—. Me gustaría decir que vosotros, niños, os habéis portado muy bien conmigo durante los últimos días…
—Es usted el hombre al que más admiramos —afirmó un oficial de puente.
—Oh… así que hay algunas cosas que me gustaría decir. No son más que… las tonterías de un viejo. No las tenéis que tomar en serio. De todas formas, niños, como alguien que ha atravesado dos siglos, he vivido algo más que vosotros… Por supuesto, como he dicho, no hay que tomárselo en serio…
—Maestro Ding, si tiene algo que decir, dígalo sin más. De veras que nuestro respeto por usted no podría ser mayor.
Ding asintió lentamente. Luego señaló hacia arriba.
—Si esta nave debe pasar a la máxima aceleración, todos debéis… sumergiros en un líquido.
—Así es. El estado abisal.
—Sí, cierto. El estado abisal —Ding Yi vaciló una vez más y reflexionó un momento antes de seguir hablando—: Cuando salgamos a realizar nuestro examen, ¿podría esta nave, Cuántica, pasar al estado abisal?
La sorpresa hizo que los oficiales se mirasen unos a otros. Habló el capitán:
—¿Por qué?
Ding Yi se puso a agitar las manos otra vez. Bajo la luz de la flota su pelo canoso brillaba. Como había comentado alguien cuando subió a bordo por primera vez, se parecía bastante a Einstein.
—Hum… bien, como mínimo no tendría nada de malo hacerlo, ¿no? Ya sabéis que tengo un mal presentimiento.
Tras hablar, guardó silencio observando el infinito. Al final alargó la mano, atrapó la pipa en el aire y se la guardó en el bolsillo. Sin despedirse operó con torpeza el cinturón superconductor para flotar hacia la puerta bajo la mirada atenta de los oficiales.
Cuando casi había salido, se giró lentamente.
—Niños, ¿sabéis a qué me he dedicado durante estos años? He enseñado Física en una universidad y he dirigido tesis doctorales. —Una sonrisa inescrutable se manifestó en su cara al mirar a la galaxia… una sonrisa, vieron los oficiales, con cierto tono de tristeza—. Niños, un hombre de hace dos siglos todavía puede enseñar física universitaria hoy en día.
Dicho lo cual se giró y se fue.
El capitán quiso hablarle, pero al haberse ido no dijo nada. Se quedó reflexionando. Algunos oficiales miraron la gota, pero muchos observaron al capitán.
—Capitán, no se lo va a tomar en serio, ¿verdad? —dijo un teniente.
—Se trata de un científico sabio, pero sigue siendo un hombre de la antigüedad. Sus ideas sobre cuestiones modernas siempre son… —añadió alguien más.
—Pero la humanidad no ha avanzado nada en su campo. Sigue encajonada en el nivel de su tiempo.
—Se refería a la intuición. Creo que su intuición debe haber descubierto algo —afirmó un oficial con voz cargada de respeto.
—Además… —soltó Xizi. Pero al mirar al resto de los oficiales, de mayor graduación que ella, se tragó el resto.
—Mayor, por favor, siga —le dijo el capitán.
—Además, como dijo él mismo, no tiene nada de malo hacerlo.
—Considerémoslo de esta forma —intervino un oficial—. Según el plan de batalla actual, si la captura falla y la gota escapa inesperadamente, entonces la flota solo puede enviar cazas como fuerza de persecución. Pero la persecución a larga escala solo la pueden realizar naves de clase estelar, por lo que la flota debería tener naves de guerra preparadas. Es un aspecto que el plan no contempla.
—Informemos a la flota —dijo el capitán.
La aprobación de la flota no se hizo esperar: cuando el equipo de contacto saliese, Cuántica y la nave de guerra vecina Edad de bronce entrarían en el estado abisal.
Para realizar la captura de la gota, la formación de la flota se mantuvo a una distancia de mil kilómetros del objetivo, una cifra a la que habían llegado tras realizar cuidadosos cálculos. Se habrían ofrecido distintas hipótesis sobre la forma en que la gota podría autodestruirse, pero sería la autodestrucción por antimateria la que liberaría la mayor cantidad de energía. Dado que la gota poseía una masa de unas diez toneladas, el mayor estallido energético que había que considerar era el resultante de la aniquilación de cinco toneladas de materia con cinco toneladas de antimateria.
Tal combinación, de producirse en la Tierra, bastaría para destruir toda la vida en la superficie del planeta. Pero en el espacio la energía se liberaría completamente en forma de radiación luminosa. En el caso de las naves de guerra de clase estelar, con sus enormes protecciones contra la radiación, mil kilómetros era suficiente para garantizar un buen margen de seguridad.
La captura la realizaría Mantis, una pequeña nave no tripulada que se había usado para recoger muestras minerales en el cinturón de asteroides. Su característica clave era un brazo robot extralargo.
Al iniciarse la operación, Mantis cruzó la línea de quinientos kilómetros establecida por la anterior nave de seguimiento y se acercó lentamente al objetivo, volando despacio y deteniéndose durante varios minutos cada cincuenta kilómetros de forma que el complejo sistema de detección omnidireccional pudiese realizar un análisis exhaustivo del objetivo. Solo avanzaba tras verificarse que no sucedía nada anormal.
La flota combinada, situada a mil kilómetros de distancia, había igualado la velocidad de la gota y la mayoría de las naves de guerra habían apagado los motores de fusión para derivar en silencio por el abismo del espacio, mientras sus gigantescos cascos metálicos reflejaban la débil luz del sol. Eran como ciudades espaciales abandonadas, el conjunto como un silencioso y prehistórico Stonehenge. Mientras Mantis realizaba su corto viaje, los 1,2 millones de personas de la flota contenían la respiración.
Las imágenes de lo que veía la flota viajaban a la velocidad de la luz para llegar tres horas después a la Tierra, donde eran a su vez transmitidas a los ojos de tres mil millones de personas que también contenían el aliento. El mundo humano había cesado toda su actividad. De entre los grandes árboles habían desaparecido los coches voladores y la quietud se había adueñado de las metrópolis subterráneas. Incluso la red de información global, tan atareada desde su nacimiento tres siglos antes, quedó vacía. La mayor parte de la transmisión de datos eran imágenes que llegaban desde veinte unidades astronómicas de distancia.
El avance entrecortado de Mantis necesitó media hora para recorrer una distancia que en el espacio apenas era un paso. Finalmente, quedó colgada a cincuenta metros del objetivo. Ahora resultaba posible ver la imagen distorsionada de Mantis reflejada en la superficie azogada de la gota. Los múltiples instrumentos de la nave iniciaron un análisis cercano del objeto, confirmando primero observaciones anteriores: la temperatura superficial de la gota era todavía menor que la del espacio circundante, muy cerca del cero absoluto. Los científicos habían elucubrado con un potente sistema de enfriamiento en el interior, pero los instrumentos de Mantis no pudieron detectar nada sobre la estructura interna del objetivo.
Mantis extendió el brazo extra-largo hacia el objetivo, avanzando y deteniéndose a lo largo de los cincuenta metros. Pero el potente sistema de seguimiento no detectó nada fuera de lo normal. El riguroso proceso llevó media hora antes de que la punta del brazo llegase hasta el objetivo y lo tocase; era un objeto que había llegado desde una distancia de cuatro años luz y tras casi dos siglos de viaje por el espacio. Cuando al fin los seis dedos del brazo robótico agarraron la gota, un millón de corazones de la flota latieron como si fuesen uno, en un momento repetido tres horas después en los corazones de la Tierra.
Una vez agarrada la gota, el brazo esperó inmóvil. Cuando tras diez minutos el objetivo siguió sin responder o manifestar alguna anormalidad, empezó a tirar.
En ese punto la gente notó un curioso contraste: era evidente que el brazo mecánico se había diseñado como objeto funcional, con un armazón resistente y sistemas hidráulicos expuestos, que se manifestaba como tecnológicamente complicado. Pero la gota era una forma perfecta, una masa sólida y reluciente de líquido, cuya exquisita belleza hacía desaparecer de un plumazo todo sentido funcional o técnico y manifestaba toda la ligereza y desapego de la filosofía y el arte. La garra de acero del brazo robótico aprisionaba la gota como si fuese la mano peluda de un australopiteco agarrando una perla. La gota parecía tan frágil, como una delicada copa, que todos temían que la garra fuese a romperla. Pero eso no sucedió y el brazo inició el retroceso.
Pasó media hora más antes de que se recogiera por completo y metiese la gota en la cabina principal de Mantis, momento en que los dos mamparos se unieron gradualmente. Si el blanco iba a autodestruirse, este sería el momento más probable. Más allá, la flota y la Tierra aguardaron en silencio, como si así pudieran oír el sonido del tiempo fluyendo por el espacio.
Pasaron dos horas sin que nada sucediera.
Que la gota no se hubiese autodestruido era la prueba final de lo que la gente había supuesto: si se trataba de una sonda militar, sin duda se habría autodestruido tras caer en manos enemigas. Ahora estaba claro que era un regalo de Trisolaris a la humanidad, una muestra de paz enviada empleando la desconcertante forma de expresarse de aquella civilización.
Una vez más la alegría se hizo en el mundo. En esa ocasión, las festividades no fueron tan alocadas y desenfrenadas porque la victoria de la humanidad y el final de la guerra ya no eran hipotéticos. Retrocediendo un millar de pasos, incluso si las próximas negociaciones fracasaban y la guerra continuaba, la humanidad acabaría igualmente obteniendo la victoria; tras la presencia en el espacio de la flota combinada, las masas se habían quedado con la impresión visual del poder de la humanidad. La Tierra poseía ahora esa confianza tranquila capaz de enfrentarse a cualquier enemigo.
Con la llegada de la gota, la actitud de la gente hacia Trisolaris había empezado a cambiar lentamente. Cada vez más aceptaban que la especie que avanzaba hacia el Sistema Solar era una gran civilización. Una cultura que había experimentado catástrofes cíclicas cada doscientos años y había aguantado con una tenacidad increíble. Su arduo viaje de cuatro años luz por entre los abismos del espacio tenía como propósito final dar con una estrella estable, un hogar en el que vivir sus vidas… Los sentimientos públicos hacia Trisolaris iban pasando de enemistad y odio a comprensión y respeto. También habían comprendido algo más: dos siglos antes Trisolaris había enviado diez gotas, pero la humanidad hacía poco que había comprendido su verdadero significado. Sin duda, tal situación se debía a que el comportamiento de Trisolaris era demasiado sutil, así como el hecho de que la sangrienta historia de la humanidad había distorsionado su actitud mental. En un referéndum online global, el apoyo al Proyecto Radiante se incrementó con rapidez, inclinándose cada vez más hacia el Plan Máximo de Supervivencia que ofrecía Marte como reserva trisolariana.
Naciones Unidas y las flotas aceleraron los preparativos para las negociaciones y las dos coaliciones iniciaron el proceso de organización de la delegación.
Todo eso sucedió el día después de la captura de la gota.
Pero lo que más emocionaba a la gente no eran los hechos que tenían frente a sus ojos, sino la visión parcial y rudimentaria de un futuro feliz: ¿qué paraíso fantástico sería el Sistema Solar tras la unión de la tecnología trisolariana con la capacidad humana?
A la misma distancia al otro lado del sol, Selección natural avanzaba en silencio a un uno por ciento de la velocidad de la luz.
—Acabamos de recibir un mensaje: tras su captura, la gota no se autodestruyó —le dijo Dongfang Yanxu a Zhang Beihai.
—¿Qué es la gota? —preguntó. Se miraron a través del mamparo transparente.
—La sonda trisolariana. Hemos confirmado que se trata de un regalo a la especie humana, una expresión del deseo trisolariano de paz.
—¿De veras? Muy bien.
—No parece importarle demasiado.
No respondió. En su lugar, usó ambas manos para levantar el cuaderno.
—He terminado. —Luego se lo guardó en un bolsillo ajustado.
—Entonces, ¿ya puede traspasar el control de Selección natural?
—Puedo, pero primero me gustaría saber qué planea hacer tras recuperar el control.
—Desacelerar.
—¿Para encontrarse con la fuerza que nos persigue?
—Sí. El combustible de Selección natural no es suficiente para volver, así que debe repostar antes de volver al Sistema Solar. Pero la fuerza de persecución no dispone de combustible suficiente para nosotros. Esas naves combinadas tienen la mitad del tonelaje de Selección natural, y al perseguirnos han acelerado a un cinco por ciento de la velocidad de la luz y han desacelerado una cantidad similar. Disponen de combustible suficiente para volver. Por tanto, el personal de Selección natural debería regresar en esas naves. Más tarde enviarán a por Selección natural una nave con suficiente combustible para que vuelva al Sistema Solar, pero para eso hará falta tiempo. Para que ese tiempo sea mínimo debemos desacelerar lo antes posible.
—No desacelere, Dongfang.
—¿Por qué?
—La desaceleración consumirá el resto del combustible que le queda a Selección natural. No podemos convertirnos en una nave sin energía. Nadie sabe lo que sucederá en el futuro. Como capitana, es algo que debería tener en cuenta.
—¿Qué podría pasar? El futuro está claro: la guerra acabará, la humanidad ganará, ¡y se demostrará que usted estaba totalmente equivocado!
Zhang Beihai sonrió al oír sus emociones, como si intentase calmarla. Al mirarla, los ojos de Zhang Beihai expresaban una delicadeza que nunca antes habían mostrado. Conmocionó las emociones de Dongfang Yanxu. Su derrotismo le resultaba increíble y sospechaba que sus razones para desertar eran otras. Incluso se había cuestionado la cordura de aquel hombre. Pero por alguna razón se sentía unida a él. Ella había dejado a su padre cuando era muy joven, nada raro en una niña de su época. El amor paternal era una antigualla. Pero había acabado comprendiéndolo en la figura de ese antiguo soldado del siglo XXI.
Zhang Beihai le dijo:
—Dongfang, vengo de una época problemática, soy un realista. Solo sé que el enemigo sigue ahí fuera y que continúa acercándose al Sistema Solar. Como soldado que conoce esos hechos, no puedo ser feliz hasta no tener paz absoluta… No desacelere. Entregaré el control bajo esa condición. Por supuesto, mi única garantía es la fortaleza de su carácter.
—Le prometo que Selección natural no desacelerará.
Zhang Beihai se volvió y flotó hasta el panel del interfaz, donde invocó el sistema de transferencia de permiso y escribió su contraseña. Tras pulsar varias veces, la desactivó.
—Los privilegios de capitán de Selección natural le han sido transferidos. La contraseña sigue siendo Marlboro —dijo sin mirarla.
Dongfang invocó el interfaz y lo confirmó rápidamente.
—Gracias. Pero por ahora le ruego que no salga de esa cabina o abra esa puerta. El personal de la nave está despertando del estado abisal y temo que se muestren agresivos con usted.
—¿Me harán caminar por la tabla? —Se rio al ver su expresión confundida—. Era una forma de pena de muerte en las naves de la antigüedad. Si se ejerciese en la actualidad, estaría obligada a lanzar a un criminal como yo al espacio… Vale, no hay problema, me apetece estar a solas.
En comparación con su nave nodriza, el transbordador que salió de Cuántica parecía tan pequeño como un coche. La luz de su motor solo iluminaba una parte del casco de la nave, como una vela al pie de un acantilado. Salió de la sombra de Cuántica para entrar en la luz, la tobera del motor reluciendo como una luciérnaga, para volar hacia la gota situada a mil kilómetros de distancia.
El equipo expedicionario estaba compuesto por cuatro personas: un mayor y un teniente coronel de las Flotas Europea y Norteamericana, Ding Yi y Xizi.
Ding Yi miró por la portilla hacia la flota que se alejaba. Cuántica, en una esquina, seguía pareciendo grande, pero su vecina más cercana, la nave de guerra Nube, era tan pequeña que apenas resultaba posible distinguir su forma. Más lejos, las naves no eran más que filas de puntos sobre su campo de visión. Ding Yi sabía que la disposición rectangular tenía cien naves de longitud por veinte de ancho, con otras quince naves moviéndose fuera de la formación. Pero se puso a contar y dejó de poder ver con claridad al llegar a treinta, que eran apenas seiscientos kilómetros de distancia. Era igual mirando hacia arriba, donde el lado corto se extendía verticalmente. Las naves que se podían distinguir a esa distancia no eran más que puntos difusos bajo la débil luz del sol, casi indistinguibles del fondo de estrellas. La flota solo sería visible a simple vista cuando encendiesen los motores. La flota combinada era una matriz en el espacio de cien por veinte. Se imaginó otra matriz multiplicada con la primera, los elementos horizontales de una multiplicados a su vez con los elementos verticales de la otra para formar una matriz todavía mayor, aunque, en realidad, la única constante importante para la matriz era el diminuto punto formado por la gota. No le gustaban las asimetrías extremas en matemáticas, así que sus intentos de tranquilizarse por medio de la gimnasia mental fueron un fracaso.
Cuando la fuerza de aceleración se redujo, entabló conversación con Xizi, que iba sentada a su lado.
—Niña, ¿eres de Hangzhou?
Xizi miraba directamente al frente, como si intentase localizar Mantis, que se encontraba todavía a cientos de kilómetros de distancia. Luego se recuperó y negó con la cabeza.
—No, maestro Ding. Nací en la Flota Asiática. No sé si mi nombre tiene alguna relación con Hangzhou. Pero sí lo he visitado. Es bonito.
—En nuestra época era un buen lugar. Aunque el lago se ha secado y el resto es un desierto… Aun así, a pesar de que hoy en día el desierto está por todas partes, el mundo actual me sigue recordando el sur y la época en que las mujeres eran tan gráciles como el agua —mientras hablaba, miró a Xizi. La luz suave del lejano sol que entraba por la portilla destacaba su encantadora silueta—. Niña, al mirarte recuerdo a alguien a quien amé. Al igual que tú, era mayor. Aunque no tan alta como tú, era igual de hermosa…
—En el pasado muchas mujeres debieron de enamorarse de usted —le dijo Xizi a Ding Yi, mirándole.
—Habitualmente no molestaba a las chicas que me gustaban. Creía en aquel comentario de Goethe: «Si te amo, ¿a ti qué podría importarte?».
Xizi rio.
Ding Yi siguió hablando:
—¡Oh, si hubiese tenido esa misma actitud con la física! El gran lamento de mi vida es haber sido cegado por los sofones. Pero hay una forma más positiva de considerarlo: ¿qué le importa a las leyes de la naturaleza que las estemos explorando? Algún día, quizá la humanidad, o alguna otra especie, explorará las leyes hasta tal punto de precisión y detalle que podrá no solo modificar su propia realidad sino todo el universo. Podrán llegar a transformar cualquier sistema estelar dándole la forma que requiera, como quien modela arcilla. Pero ¿qué importará? Las leyes seguirán sin cambiar. Sí, seguirán ahí, la única presencia constante e invariable, siempre jóvenes, como recordamos a nuestros amores… —mientras hablaba señaló a la reluciente Vía Láctea—. Y cuando pienso así, dejo de preocuparme.
Los dos guardaron silencio. Pronto vieron Mantis, aunque como un punto de luz a doscientos kilómetros de distancia. El transbordador giró 180 grados y la tobera del motor, ahora apuntando hacia su destino, inició la desaceleración.
Ahora la flota se encontraba delante del transbordador, a unos ochocientos kilómetros de distancia, una distancia trivial en el espacio, pero que convertía a las enormes naves de guerra en puntos apenas visibles. De hecho, la flota en sí solo era distinguible del fondo estrellado por su disposición tan perfecta. La disposición rectangular parecía una rejilla que cubría la Vía Láctea, su regularidad contrastando en extremo con el caos de las estrellas. El poder de la formación se hacía patente por su enorme tamaño a pesar de la distancia. Muchas personas de la flota y la lejana Tierra que miraban esa imagen tenían la impresión de que se trataba de una representación visual de lo que Ding Yi acababa de decir.
El transbordador llegó hasta Mantis y la desaceleración desapareció. Los pasajeros, debido a la velocidad total del proceso, tuvieron la impresión de que Mantis aparecía de pronto.
Atracaron con rapidez. Al ser Mantis una nave no tripulada, no había aire, así que los cuatro miembros de la expedición tuvieron que ponerse trajes espaciales ligeros. Tras recibir las últimas instrucciones de la flota, atravesaron de uno en uno la esclusa de atraque y llegaron a Mantis.
La gota flotaba justo en el centro de la cabina esférica de Mantis. Los colores eran totalmente diferentes a la imagen vista a bordo de Cuántica, más tenues y más suaves, debido a las diferencias en las escenas reflejadas sobre su superficie… la reflectancia total de la gota implicaba que carecía de color propio. Allí también estaba el brazo robótico plegado, el equipo diverso y varios montones de muestras de asteroides. Flotando en aquel entorno mecánico y rocoso, la gota una vez más dejaba en evidencia el contraste entre exquisitez y crudeza, estética y tecnología.
—Es la lágrima de la santa madre —dijo Xizi.
Sus palabras salieron de Mantis a la velocidad de la luz, para llegar primero a la flota y luego resonar tres horas más tarde por todo el mundo humano. Xizi, el teniente coronel y el mayor de la Flota Europea, personas corrientes situadas por inesperadas circunstancias en posición central del gran momento de la historia de la civilización, compartían los mismos sentimientos ahora que estaban tan cerca de la gota: toda extrañeza ante el distante mundo de Trisolaris se evaporó y fue sustituida por la intensa necesidad de aceptarlo. Sí, en las frías extensiones del universo, todas las formas de vida basadas en el carbono compartían un destino común, un destino que podría requerir miles de millones de años de desarrollo, pero que provocaba sentimientos de amor que trascendían el tiempo y el espacio. Y ahora sentían ese amor por la gota, un amor que podía sanar cualquier enemistad. Los ojos de Xizi se anegaron de lágrimas y tres horas más tarde, los ojos de tres mil millones de personas también lloraban.
Pero Ding Yi lo observó todo desde atrás, desapasionadamente.
—Yo veo algo más —dijo—. Algo mucho más sublime. Un lugar donde tanto el yo y lo otro quedan olvidados, un intento de abarcarlo todo aislándose de todo.
—Eso es demasiado filosófico para mi entendimiento. —Xizi rio entre lágrimas.
—Doctor Ding, no tenemos mucho tiempo. —El teniente coronel le hizo un gesto para que se acercase y fuese el primero en tocar la gota.
Ding Yi flotó lentamente hacia la gota y presionó la mano contra la superficie. Para evitar la congelación por efecto de la fría superficie espejada, la tocó con guantes. Luego los tres oficiales hicieron lo mismo.
—Da la impresión de ser tan frágil. Temo romperla —dijo Xizi en voz baja.
—No siento nada de fricción. —Se asombró el teniente coronel—. Es tan lisa…
—¿Cómo de lisa? —preguntó Ding Yi.
Para responder a la pregunta, Xizi sacó del bolsillo del traje espacial un instrumento cilíndrico: un microscopio. Colocó la lente contra la gota y en la pequeña pantalla del dispositivo pudieron ver la imagen ampliada de la superficie. Lo que miraban era un espejo totalmente liso.
—¿Qué amplificación? —preguntó Ding Yi.
—Cien. —Xizi indicó un número en una esquina de la pantalla para luego cambiar la ampliación a mil.
La imagen ampliada seguía siendo el mismo espejo liso.
—El aparato está roto —dijo el teniente coronel.
Xizi retiró el microscopio de la gota y lo colocó contra el visor del traje. Los otros tres se acercaron para mirar a la pantalla donde el visor —una superficie que a simple vista parecía tan lisa como la gota— era en la pantalla ampliada mil veces tan desigual y rocosa como una playa. Xizi volvió a colocar el microscopio contra la superficie de la gota y la pantalla volvió a mostrar un espejo liso, no muy diferente al resto de la superficie sin ampliar.
—Auméntalo otro factor de diez —dijo Ding Yi.
Aquello no era posible con la ampliación óptica, así que Xizi ejecutó una serie de pasos para cambiar el microscopio de modo óptico a modo electrónico de efecto túnel. Ahora ampliaba a diez mil.
La imagen seguía siendo tan lisa como un espejo. La superficie más lisa que se podía crear con tecnología humana se manifestaba como rugosa a una ampliación de mil, como la impresión de Gulliver de la cara de la hermosa gigante.
—Cien mil —dijo el teniente coronel.
Una superficie lisa de espejo.
—Un millón.
Un espejo liso.
—Diez millones.
A esa ampliación sería posible ver las macromoléculas, pero en la pantalla solo apareció una superficie espejada y lisa sin la más mínima indicación de desigualdad, sin ninguna diferencia con el resto de la superficie.
—¡Más!
Xizi hizo un gesto de negación con la cabeza. Esa era la ampliación máxima del microscopio electrónico.
Más de dos siglos antes, Arthur C. Clarke, en la novela 2001: Una odisea del espacio, había descrito un monolito negro que una civilización alienígena avanzada había situado en la luna. Los investigadores habían medido sus dimensiones con reglas normales y habían descubierto un ratio de uno a cuatro a nueve. Al volver a comprobarlos empleando las tecnologías de mayor precisión disponibles en la Tierra, el ratio siguió siendo el de uno a cuatro a nueve, sin ningún error. Clarke lo describió como «una demostración pasiva pero casi arrogante de perfección geométrica».
Ahora la humanidad se enfrentaba a una demostración mucho más arrogante de habilidad.
—¿De verdad puede existir una superficie absolutamente lisa? —dijo Xizi.
—Sí —dijo Ding Yi—. La superficie de una estrella de neutrones es casi absolutamente lisa.
—¡Pero esto es materia normal!
Ding Yi lo pensó y luego miró a su alrededor.
—Conéctese al ordenador de la nave y busque el punto exacto donde la agarró el robot durante la captura.
Un oficial de vigilancia de la flota lo hizo en remoto. El ordenador de Mantis proyectó un fino rayo rojo de láser para indicar el punto de la superficie donde el brazo la había agarrado. Xizi examinó uno de los puntos y con una ampliación de diez millones seguía siendo un espejo liso y sin tara.
—¿Cuál era la presión en el punto de contacto? —preguntó el teniente coronel, y pronto recibió la respuesta desde la flota: aproximadamente doscientos kilos por centímetro cuadrado.
Era fácil rayar superficies lisas, pero la fuerte tenaza de metal no había dejado ningún rastro sobre la superficie de la gota.
Ding Yi flotó por la cabina en busca de algo. Regresó con un pico pequeño, que quizás alguien hubiese dejado después de recoger muestras de rocas. Antes de que alguien pudiera impedírselo, golpeó con fuerza la superficie espejada. Se oyó un sonido metálico, preciso y melódico, como si el pico hubiera roto un suelo pavimentado de jade. El sonido recorrió su cuerpo, pero el vacío impidió que los otros lo oyesen. Usó el mango del pico para señalar el punto donde había golpeado y Xizi lo comprobó con el microscopio.
Con una ampliación de diez millones seguía siendo un espejo liso.
Decepcionado, Ding Yi tiró el pico a un lado y apartó la vista de la gota, perdiéndose en sus pensamientos. Le miraban los ojos de los tres oficiales y los de millones de personas en la flota.
—Solo podemos hacer suposiciones —dijo, alzando la vista—. Las moléculas de este objeto están cuidadosamente dispuestas, como una guardia de honor, y se solidifican entre ellas. ¿Saben hasta qué punto es sólido? Es como si hubiesen clavado las moléculas en su sitio. Incluso han perdido sus propias vibraciones.
—¡Por eso está a cero absoluto! —exclamó Xizi.
Ella y los otros oficiales entendían lo que Ding Yi decía: a las densidades habituales de la materia, la separación entre núcleos atómicos era muy grande. Fijarlos en su sitio sería tan difícil como unir al sol con sus otros planetas usando barras para crear un bastidor estacionario.
—¿Qué fuerza permitiría algo así?
—Solo cabe una opción: la interacción nuclear fuerte. —Si mirabas por su visor era evidente que Ding Yi tenía la frente empapada de sudor.
—Pero… ¡sería como disparar a la luna con arco y flecha!
—Sí, han disparado a la luna con arco y flecha… ¿La lágrima de la santa madre? —Una risa helada, un sonido apenado que les hizo estremecerse, y los tres oficiales sabían lo que expresaba: la gota no era frágil como una lágrima.
Más bien todo lo contrario; era cien veces más resistente que el material más fuerte del Sistema Solar. En comparación, todas las sustancias conocidas eran frágiles como el papel. Podría cruzar la Tierra como una bala a través del queso, sin sufrir ni el más mínimo daño en su superficie.
—Entonces… ¿qué hace aquí? —soltó el teniente coronel.
—¿Quién sabe? Es posible que sea un mensajero. Pero está aquí para entregar a la humanidad un mensaje bien diferente —dijo Ding Yi, apartando la vista de la gota.
—¿Qué?
—Si os destruyo, ¿a vosotros qué podría importaros?
En el breve silencio los otros tres miembros de la fuerza expedicionaria y el millón de la flota combinada valoraron el significado de sus palabras. Luego, de pronto, Ding Yi dijo:
—Corred —lo dijo en voz baja, pero luego alzó las manos y gritó con voz ronca—: Niños estúpidos, ¡corred!
—¿Correr adónde? —preguntó Xizi, ya asustada.
El teniente coronel comprendió la verdad segundos después que Ding Yi. Gritó desesperadamente:
—¡La flota! ¡Evacuad la flota!
Pero fue demasiado tarde. Las potentes interferencias ya habían acabado con sus canales de comunicación. La imagen transmitida desde Mantis desapareció y la flota no pudo oír el ruego final del teniente coronel.
De la punta de la cola de la gota surgió un halo azul. Al principio era pequeño, pero muy brillante, y teñía de azul todo lo que le rodeaba. A continuación, se expandió vertiginosamente, pasando del azul al amarillo para acabar en rojo. Casi era como si la gota no estuviese produciendo el halo, sino que de alguna forma surgiese a la fuerza de su interior. Al expandirse, el halo fue perdiendo luminosidad hasta desaparecer al alcanzar el doble de diámetro que la parte más ancha de la gota. Justo en ese mismo instante, un segundo halo azul salió de la punta. Al igual que el primero, se expandió, cambió de color, se debilitó y desapareció con rapidez. Fueron siguiendo una secuencia; los halos surgían de la cola de la gota cada dos o tres segundos. Y bajo su propulsión, esta empezó a acelerar rápidamente hacia delante.
Pero los cuatro miembros de la expedición no pudieron presenciar el surgimiento del segundo halo, porque el primero vino acompañado de temperaturas ultra altas, similares a las del núcleo del sol, y se vaporizaron al instante.
El casco de Mantis brillaba en rojo. Desde fuera se parecía a una linterna de papel con una vela encendida dentro. El cuerpo metálico de la nave se fundió como la cera, pero tan pronto como empezó a fundirse estalló, dispersando por el espacio un líquido incandescente sin apenas dejar ningún fragmento sólido.
A mil kilómetros de distancia, la flota presenció perfectamente la explosión de Mantis. Pero su análisis preliminar concluía que la sonda se había autodestruido. Lo que sintieron, sobre todo, fue pena por el sacrificio de los cuatro miembros de la expedición, para luego pasar a la decepción de saber que la gota no era un emisario de paz. Pero la especie humana carecía de la más mínima preparación psicológica para soportar lo que iba a suceder a continuación.
El ordenador de vigilancia espacial identificó la primera anomalía. Al procesar imágenes de la explosión de Mantis descubrió que uno de los fragmentos no era normal. La mayoría de los fragmentos eran metal fundido que se movían uniformemente por el espacio siguiendo la explosión. Pero el anormal aceleraba. Por supuesto, solo un ordenador podría haber dado con un diminuto objeto entre la inmensa cantidad de fragmentos en movimiento. Tras una búsqueda inmediata en sus bases de datos y bancos de conocimientos, que incluían enormes cantidades de información sobre Mantis, construyó varias docenas de explicaciones posibles para un resto tan peculiar.
Ninguna era correcta.
Ni el ordenador ni ningún humano comprendió que la explosión había destruido solo a Mantis y a los cuatro miembros de la expedición. Pero no a la gota.
Y en cuanto al fragmento acelerado, el sistema de vigilancia espacial de la flota se limitó a emitir una alarma de ataque de nivel tres, porque el objeto que se aproximaba no era una nave de guerra y se dirigía a una esquina de la formación rectangular. Su trayectoria le haría pasar bien lejos de la formación sin tocar a ninguna nave. Como con el número de alarmas de nivel uno emitidas tras la explosión de Mantis, nadie hizo caso de la alarma de nivel tres. Sin embargo, el ordenador también había registrado la gran aceleración del fragmento. A los trescientos kilómetros ya había pasado la tercera velocidad cósmica y seguía acelerando. La alerta pasó a nivel dos. Pero tampoco nadie hizo caso.
Para cuando el fragmento se había alejado unos mil quinientos kilómetros del punto de la explosión, de camino a la esquina de la formación, no habían pasado más que cincuenta y un segundos. Al llegar a la esquina, se movía a 31,7 kilómetros por segundo. Ahora se encontraba en la periferia de la formación, a ciento sesenta kilómetros de Frontera infinita, la primera nave de guerra en esa esquina. El fragmento no dejó atrás la formación, sino que ejecutó un giro de treinta y tres grados y, sin reducir la velocidad, fue directo a por Frontera infinita. En los aproximadamente dos segundos que le llevó recorrer esa distancia, el ordenador redujo el nivel de la alerta de dos a tres, tras llegar a la conclusión de que el fragmento no era un objeto físico, dado que su movimiento era imposible a ojos de la mecánica aeroespacial. Desplazarse a la tercera velocidad cósmica y ejecutar un giro cerrado sin perder velocidad era como chocar contra una pared de hierro. En caso de tratarse de un vehículo conteniendo un bloque de metal, el cambio de dirección habría creado una fuerza capaz de aplanar el bloque metálico hasta dejar una lámina delgada. Por tanto, el fragmento debía ser un espejismo.
Así pues, la gota golpeó Frontera infinita a dos veces la velocidad cósmica, siguiendo una trayectoria que la haría atravesar la primera fila del rectángulo de la flota.
La golpeó por la parte posterior y la atravesó sin resistencia, como si penetrase en una sombra. La velocidad extrema del impacto hizo que en el casco de la nave apareciesen agujeros de entrada y salida aproximadamente del diámetro de la parte más gruesa de la gota. Pero tan pronto como aparecieron, los agujeros se deformaron y desaparecieron al fundirse el resto del casco debido al calor producido por el impacto a gran velocidad y la temperatura ultra alta del halo de la gota. La parte de la nave que sufrió el impacto se puso al rojo vivo y el color se extendió desde el punto del impacto hasta cubrir la mitad de la nave, como un trozo de hierro recién sacado de la forja.
Después de atravesar Frontera infinita, la gota siguió avanzando a treinta kilómetros por segundo. Recorrió noventa kilómetros en tres segundos, atravesando primero Yuanfang, la nave vecina de Frontera infinita en esa primera fila, y luego Sirena, Antártida y Destino, dejando los cascos al rojo vivo, como si las naves de guerra fuesen enormes lámparas dispuestas en línea.
A continuación, Frontera infinita estalló. La nave y las cuatro posteriores habían recibido el impacto en los tanques de combustible de fusión. Pero al contrario que la convencional a alta temperatura de Mantis, esta fue una reacción de fusión provocada en el combustible de Frontera infinita. Nadie llegó nunca a saber si el responsable de la explosión había sido el halo propulsor de ultra alta temperatura de la gota o algún otro factor. La esfera ardiente termonuclear apareció en el punto de impacto en el tanque de combustible y se expandió con rapidez hasta iluminar toda la flota contra el fondo sedoso del espacio, superando en brillo a la Vía Láctea.
Las explosiones nucleares se produjeron luego en Yuanfang, Sirena, Antártida y Destino.
Ocho segundos después, la gota había atravesado otras diez naves de guerra de clase estelar.
Para entonces, el fuego nuclear en expansión ya se había tragado por completo a Frontera infinita y había iniciado la contracción, mientras otras explosiones aparecían y se expandían en el resto de las naves afectadas.
La gota siguió recorriendo la formación, penetrando en sucesivas naves de guerra estelar a un ritmo de menos de un segundo.
La explosión de fusión de Frontera infinita se apagó dejando el casco congelado. A continuación, explotó, lanzando un millón de toneladas de líquido metálico brillante y de un rojo oscuro como una floración, el metal fundido dispersándose en todas direcciones como una tormenta ardiente de magma metálico.
La gota siguió avanzando, atravesando en línea recta más naves y dejando atrás una sucesión de diez explosiones nucleares. La flota entera estaba iluminada por las llamas de esos pequeños soles nucleares como si se hubiese incendiado y se hubiese convertido en un mar de luz. Tras la línea de explosiones, las naves fundidas continuaban lanzando metal caliente al espacio, como si fuesen gigantescas rocas golpeadas contra un mar de magma.
Tras un minuto y dieciocho segundos, la gota había completado el camino de dos mil kilómetros, atravesando cada una de las cien naves en la primera línea de la formación rectangular de la flota combinada.
Para cuando la explosión nuclear devoró la última nave de la línea, Adán, los estallidos de magma metálico al otro lado se habían dispersado, enfriado y extendido, dejando el corazón de la explosión —el lugar donde un minuto antes se había hallado Frontera infinita— casi vacío. Yuanfang, Sirena, Antártida, Destino… todas las naves desaparecieron una tras otra, convertidas en magma metálico. En cuanto la última de las explosiones nucleares se apagó y una vez más la oscuridad cubrió el espacio, el magma que se enfriaba gradualmente y que apenas había sido perceptible reapareció como luces de un rojo oscuro sobre el fondo oscuro del espacio, como si fuese un río de sangre de dos mil kilómetros de largo.
Después de atravesar Adán, la gota recorrió unos cortos ochenta kilómetros de espacio vacío. A continuación, ejecutó otro giro brusco que la mecánica aeroespacial conocida por la humanidad no podía explicar de ninguna forma. En esa ocasión, el ángulo fue todavía menor: solo quince grados de giro total, en una operación ejecutada casi instantáneamente y manteniendo una velocidad constante. Luego realizó un pequeño ajuste de trayectoria para situarse en línea con la segunda fila de naves de la formación —o lo que era ahora la primera fila teniendo en cuenta la destrucción recién sucedida—, y corrió hacia la primera nave de la fila, Ganges, a treinta kilómetros por segundo.
Hasta ese momento la comandancia de la flota no había respondido de ninguna forma.
El sistema de información de batalla de la flota había cumplido fielmente con su cometido y había empleado su vasta red de seguimiento para realizar un registro completo de toda la información de batalla generada durante ese minuto y dieciocho segundos. Por ahora, la cantidad de información era tan grande que el sistema de decisión computarizado podía analizarla, llegando a la siguiente conclusión: una potente fuerza enemiga había aparecido en las inmediaciones y había lanzado su ataque contra la flota. Sin embargo, el ordenador no ofreció datos sobre la fuerza enemiga. Solo cabían dos hechos seguros: 1. La fuerza enemiga se encontraba en la posición ocupada por la gota y 2. La fuerza era invisible a todos los medios de detección empleados por la humanidad.
Para entonces, los comandantes de la flota se encontraban en un estado de bloqueo y conmoción. Desde hacía dos siglos, los investigadores dedicados a las estrategias y tácticas espaciales habían soñado con todo tipo de condiciones extremas de batalla, pero ser testigos de la explosión de cien naves de guerra como si fuesen petardos, y todo en menos de un minuto, les resultaba absolutamente inconcebible. La oleada de información que salía del sistema de batalla les obligaba a depender del análisis y la valoración del sistema de decisión de batalla, y también a concentrarse en detectar a un enemigo invisible que ni siquiera existía. Toda la potencia de seguimiento de batalla se dirigía a regiones distantes del espacio, obviando el peligro que tenían justo delante. Incluso un buen número de personas creía que la poderosa e invisible fuerza enemiga era un tercer bando alienígena distinto de la humanidad y Trisolaris, porque sus mentes inconscientes insistían en que Trisolaris era el bando más débil y, por tanto, perdedor.
El sistema de seguimiento de batalla de la flota no dio antes con la presencia de la gota, sobre todo, porque era invisible al radar en todas las longitudes de onda y solo era posible localizarla analizando imágenes en el espectro visible. Pero a las imágenes visibles se les daba mucha menos importancia que a los datos del radar. La mayoría de los fragmentos dispersos por el espacio, en forma de tormentas de restos de explosión, eran de metal líquido fundido por las altas temperaturas de las explosiones nucleares, hasta casi un millón de toneladas fundidas en la destrucción de cada una de las naves. Una buena proporción de esas enormes cantidades de restos fundidos tenían aproximadamente el mismo tamaño y forma que la gota, lo que dificultaba la tarea del sistema informático de análisis de imágenes para distinguir la gota de los restos. Además, prácticamente todos los mandos creían que la gota se había autodestruido en el interior de Mantis, por lo que nadie dio la orden explícita de ejecutar ese análisis.