El bosque oscuro
Tercera Parte. El bosque oscuro » Año 205, Era de la Crisis
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En su época, el universo también había sido luminoso. Durante un breve período tras el Big Bang, toda la materia había existido en forma de luz y solo después de que el universo se convirtiese en ceniza quemada, la oscuridad produjo los elementos más pesados para generar planetas y vida. La oscuridad era la madre de la vida y la civilización.
Desde la Tierra, toda una avalancha de maldiciones e insultos recorrió el espacio hacia Espacio azul y Edad de bronce, pero ninguna de las naves respondió. Cercenaron todo contacto con el Sistema Solar, porque desde el punto de vista de esos dos mundos, la Tierra ya había muerto.
Las dos naves se fundieron con la oscuridad, separadas del Sistema Solar y alejándose cada vez más. Cargando con todos los pensamientos y recuerdos de la humanidad, y aceptando toda la gloria y sueños de la Tierra, se hundieron en silencio en la noche eterna.
—¡Lo sabía!
Fue la primera respuesta de Luo Ji al enterarse de la batalla de la Oscuridad que se había producido en los límites del Sistema Solar. Dejando atrás a un confundido Shi Qiang, salió corriendo de la sala y se apresuró por el vecindario hasta quedarse mirando al desierto del norte de China.
—¡Tenía razón! ¡Tenía razón! —le gritó al cielo.
Era muy de noche y, quizá debido a la lluvia recién caída, la visibilidad atmosférica era excepcional. Las estrellas eran visibles, aunque no se manifestaban ni de lejos tan claramente como en el siglo XXI y había menos, ya que solo eran visibles las más brillantes. Aun así, sintió lo mismo que aquella noche fría, dos siglos antes, en aquel lago helado: Luo Ji, la persona normal, había desaparecido y se había vuelto a convertir en vallado.
—Da Shi, ¡tengo en mis manos la clave de la victoria humana! —le dijo a Shi Qiang, quien le había seguido.
Este rio:
—¿Y eso?
La risa algo burlona de Shi Qiang frustró parte de la alegría de Luo Ji.
—Sabía que no me creerías.
—¿Qué harás ahora? —preguntó Shi Qiang.
Luo Ji se sentó en la arena y su estado de ánimo se hundió con rapidez.
—¿Qué debería hacer? Da la impresión de que no puedo hacer nada.
—Al menos podrías buscar una forma de comunicárselo a los de arriba.
—No sé si serviría de algo, pero lo intentaré. Aunque solo sea para cumplir con mi responsabilidad.
—¿Hasta dónde llegarás?
—Lo más alto que pueda. La secretaría general de Naciones Unidas. O la presidencia de la Asamblea Conjunta de la Flota Solar.
—Me temo que no va a ser fácil. Ahora somos personas corrientes… Pero debes intentarlo. Podrías dirigirte primero al gobierno municipal. Hablar con el alcalde.
—Muy bien. Primero iré a la ciudad. —Se puso en pie.
—Iré contigo.
—No. Iré solo.
—A pesar de mi posición, sigo siendo un funcionario. Me será más fácil hablar con el alcalde.
Luo Ji miró al cielo y preguntó.
—¿Cuándo llegará la gota a la Tierra?
—Las noticias hablan de entre diez y veinte horas.
—¿Sabes a qué ha venido? Su misión no era destruir la flota combinada. Tampoco atacar la Tierra. Ha venido a matarme a mí. No quiero que estés conmigo cuando lo haga.
Shi Qiang volvió a soltar la misma risa burlona de antes.
—Todavía nos quedan diez horas, ¿no es así? A partir de ese momento me mantendré bien lejos de ti.
Luo Ji movió la cabeza acompañando el gesto de una sonrisa irónica.
—No me tomas nada en serio. ¿Por qué quieres ayudarme?
—Colega, son los de arriba los que deben creerte o no. Yo siempre juego sobre seguro. Si hace dos siglos te escogieron entre miles de millones de personas, debió ser por algo, ¿no? Si te dejo ahora, ¿no caerá sobre mí el oprobio de los siglos? Si los de arriba no te toman en serio, yo no habré perdido nada. No es más que un viaje a la ciudad. Pero una cosa: dices que ese objeto viene a la Tierra a matarte. No me lo creo para nada. Conozco bien el asesinato, y eso es muy excesivo, incluso para los trisolarianos.
A primera hora de la mañana llegaron al paso desde la ciudad vieja a la ciudad subterránea. Comprobaron que los ascensores que bajaban seguían funcionando con normalidad. Mucha gente subía cargando con mucho equipaje. Muy pocos descendían y por tanto en su ascensor solo había otras dos personas.
—¿Sois hibernados? Todos suben. ¿Por qué bajáis? La ciudad es un caos —les dijo un joven. Su ropa mostraba continuos estallidos sobre un fondo negro. De cerca se veía que eran imágenes de la destrucción de la flota combinada.
—Entonces, ¿a qué bajas tú? —preguntó Shi Qiang.
—En la superficie ya he encontrado dónde vivir. Bajo a recoger unas cosas. —Hizo un gesto con la cabeza—. Los de la superficie os vais a enriquecer. Allí no tenemos casa y la mayoría de los derechos de propiedad os pertenecen. Tendremos que comprároslo.
—Si la ciudad subterránea se desmorona y todos corren a la superficie, probablemente no haya ningún tipo de compraventa —dijo Shi Qiang.
Un hombre de mediana edad acurrucado en una esquina escuchaba con atención. De pronto se tapó la cara con las manos y emitió un gemido.
—No. Oh… —Se quedó en cuclillas y se echó a llorar. Su ropa mostraba una escena conocida de la Biblia: Adán y Eva, desnudos, bajo un árbol en el Jardín del Edén mientras una serpiente cautivadora serpenteaba entre ellos. Tal vez simbolizaba la reciente batalla de la Oscuridad.
—Hay mucha gente así —dijo el joven, señalando con desdén al hombre que lloraba—. No están bien de la cabeza. —Sus ojos se mostraron vivaces—. En realidad, el juicio final es el momento más maravilloso. Es el único momento de la historia donde la gente tiene la opción de abandonar sus preocupaciones y cargas para ser ellos mismos. Es estúpido comportarse como él. Ahora mismo la forma más responsable de vivir es disfrutar mientras podamos.
Al llegar abajo, Luo Ji y Shi Qiang salieron al exterior y notaron de inmediato el olor fuerte y extraño de algo quemándose. La ciudad subterránea era más luminosa que nunca, pero se trataba de una irritante luz blanca. Al mirar, lo que Luo Ji vio entre los huecos de los gigantescos árboles no fue el cielo azul, sino un enorme vacío. Ya no se proyectaba el cielo en la bóveda de la ciudad subterránea. La extensión blanca le recordó las cabinas esféricas de las naves espaciales tal y como habían salido en las noticias. Los espacios abiertos estaban cubiertos de elementos caídos desde los enormes árboles. No muy lejos se veían los restos de varios coches voladores estrellados, uno de los cuales ardía. A su alrededor, una multitud recogía del suelo otros restos inflamables y los lanzaba al fuego. Uno incluso tiró su ropa mientras todavía mostraba imágenes. Una cañería subterránea rota escupía una muy alta columna de agua, mojando a un grupo de personas que bailaban a su alrededor como si fuesen niños. De vez en cuando todos juntos gritaban emocionados y se dispersaban para evitar los restos que caían de los árboles, para luego reagruparse y seguir divirtiéndose. Luo Ji alzó la vista y vio incendios en varios puntos de los árboles. Las sirenas de los vehículos antiincendios aullaban al pasar, ocupándose de las hojas incendiadas…
Comprendió que las personas de la calle encajaban en dos grupos, muy similares a las dos del ascensor. Un tipo era el depresivo que se movía con ojos apagados o se limitaba a quedarse sentado en el parque sufriendo el tormento de la desesperación; ya no se preocupaba de la derrota de la humanidad sino de las dificultades para vivir.
El otro tipo sufría una especie de excitación maniaca y se emborrachaba de indulgencia.
El tráfico era un caos. A Luo Ji y Shi Qiang les llevó media hora conseguir un taxi. Cuando el vehículo volador autónomo se movió entre los árboles, Luo Ji recordó su primer y horrible día en la ciudad y sintió la tensión de una montaña rusa. Por suerte, el coche pronto llegó al ayuntamiento.
Shi Qiang había venido varias veces por trabajo y lo conocía más o menos. Tras superar una cantidad considerable de pasos, recibieron por fin permiso para verse con el alcalde, pero tendrían que esperar hasta la tarde. Luo Ji había supuesto que habría problemas, por lo que el sí del alcalde le pilló totalmente por sorpresa, dado que eran momentos extraordinarios y ellos no eran nadie. Durante el almuerzo, Shi Qiang le contó a Luo Ji que el alcalde había ocupado el cargo el día anterior. Antes era el funcionario municipal encargado de todo lo relacionado con los hibernados y, en cierta forma, el superior de Shi Qiang, así que le conocía bien.
—Es uno de nuestros compatriotas —dijo Shi Qiang.
La palabra «compatriota» había mutado su significado de la geografía al tiempo. No se usaba en relación con todos los hibernados. Solo se consideraban compatriotas aquellos que habían entrado en hibernación más o menos al mismo tiempo. Al juntarse tras largos años, los compatriotas del tiempo compartían una afinidad mucho mayor que los compatriotas geográficos de su época.
Esperaron hasta las cuatro y media para ver al alcalde. Los políticos de esa época desprendían cierto aire de estrellas, solo los más atractivos eran elegidos, pero el actual alcalde era un hombre del montón. Tendría más o menos la edad de Shi Qiang, pero era mucho más delgado y poseía unos rasgos que de inmediato le identificaba como hibernado. Llevaba gafas. Eran claramente antigüedades de dos siglos antes, porque incluso las lentes de contacto habían desaparecido hacía mucho. Pero la gente que había llevado gafas tenía la tendencia a considerar que había algo raro en su apariencia si no las llevaban, así que muchos hibernados las usaban incluso después de haber corregido su visión.
El alcalde ofrecía una imagen de total agotamiento y pareció tener problemas para levantarse de la silla. Cuando Shi Qiang se disculpó por la interrupción y le felicitó por el ascenso, se limitó a hacer un gesto con la cabeza y decir:
—Es un momento vulnerable. Nosotros, los duros salvajes, volvemos a ser útiles.
—Usted es el hibernado de mayor nivel de la Tierra, ¿no es así?
—¿Quién sabe? A medida que la situación se desarrolle, es bien posible que algunos de nuestros compatriotas asciendan a posiciones todavía más elevadas.
—¿Y el antiguo alcalde? ¿Colapso nervioso?
—No, no, para nada. En esta época también hay gente fuerte. Era un hombre muy competente, pero murió en un accidente de tráfico. Hace dos días, en una de las zonas con disturbios.
El alcalde fue consciente de la presencia de Luo Ji detrás de Shi Qiang y de inmediato extendió la mano.
—Oh, doctor Luo, hola. Claro que le reconozco. Le adoraba hace dos siglos, porque de aquellas cuatro personas usted era el que más parecía un vallado. Nunca pude descubrir qué tramaba. —Se entristecieron al oír lo siguiente—: Es usted el cuarto mesías que recibo en los últimos dos días. Y hay docenas esperando y para los que no tengo energías.
—Alcalde, él no es como ellos. Hace dos siglos…
—Por supuesto. Hace dos siglos fue escogido entre miles de millones de personas y por esa razón he decidido recibirles. —El alcalde hizo un gesto hacia Shi Qiang—. Le necesito para algo más, pero ya lo veremos luego. Primero hablemos de usted, doctor Luo Ji. Pero una pequeña petición: ¿podría no comentar su plan para salvar el mundo? Siempre son muy largos. Primero dígame lo que necesita de mí.
Después de que Luo Ji y Shi Qiang dijesen lo que querían, el alcalde hizo un gesto inmediato de negativa.
—Incluso de querer ayudarles, no podría hacerlo. Tengo montones de asuntos propios sobre los que informar a mis superiores. Pero ese nivel es más bajo de lo que imaginan. No son más que líderes provinciales y nacionales. Es una situación complicada para todos. Deben saber que los superiores están ocupándose de asuntos todavía mayores.
Luo Ji y Shi Qiang habían seguido las noticias, por lo que sabían a qué problemas se refería el alcalde.
La aniquilación de la flota combinada había propiciado el rápido resurgimiento del Escapismo tras dos siglos de silencio. La Mancomunidad Europea incluso había redactado un borrador de plan para elegir a cien mil candidatos por medio de una lotería nacional, y el plan había obtenido la aprobación popular. Sin embargo, tras anunciar los resultados de la lotería, la mayoría de los no elegidos se enfurecieron, lo que provocó disturbios por todas partes. El público en masa decidió que el Escapismo era un crimen contra la humanidad.
Tras la batalla de la Oscuridad entre las naves supervivientes, la acusación de Escapismo adoptó un nuevo significado: los acontecimientos habían demostrado que si el vínculo espiritual con la Tierra se rompía, la gente en el espacio sufría una completa alienación cultural. Por lo tanto, aunque fuese posible escapar, lo que sobreviviese ya no sería la civilización humana, sino algo nuevo y oscuro. Y al igual que Trisolaris, el resultado sería la antítesis de la civilización humana y su enemigo. Incluso tenía nombre: Negacivilización.
A medida que la gota se acercaba a la Tierra, la sensibilidad popular ante el Escapismo alcanzó un máximo. Los medios advirtieron que era probable que alguien intentase escapar antes del ataque de la gota. Las multitudes se congregaban en los espaciopuertos y en las bases de los ascensores espaciales con la intención de cortar todo acceso al espacio. Y podían hacerlo. En esa época, los ciudadanos del mundo tenían libertad de poseer armas, y la mayoría contaba con pequeñas armas láser. Por supuesto, una pistola láser no era una amenaza para la cabina de un ascensor espacial o para una nave, pero, al contrario que una pistola tradicional, muchos láseres podían concentrar su luz en un único punto. Sería imposible evitar diez mil pistolas láser disparando simultáneamente al mismo sitio. Multitudes entre los diez mil y el millón se reunían en los puntos base y en los lugares de lanzamiento, y al menos un tercio llevaba armas. Cuando veían subir una cabina o una nave salir, disparaban todos a la vez. Que el rayo láser fuese tan recto ayudaba a apuntar con increíble precisión, de modo que la mayoría de los rayos se centraban en el blanco y lo destruían. Así se cortaron casi todas las conexiones de la Tierra con el espacio.
El caos empeoró. Durante los últimos días los objetivos de los ataques habían cambiado a las ciudades espaciales en órbita geosíncrona. Había habido rumores online que decían que algunas de las ciudades habían sido convertidas en naves de huida, por lo que también se convirtieron en blancos de la gente de la Tierra. Debido a las grandes distancias, los rayos láser se disipaban y debilitaban cuando llegaban al objetivo, y teniendo en cuenta el factor adicional de la rotación de las ciudades espaciales, no hubo daños materiales. Pero en los últimos días esa actividad se había convertido en una especie de entretenimiento colectivo. Esa tarde, la tercera ciudad espacial de la Mancomunidad Europea, Nueva París, había sufrido la irradiación simultánea de diez millones de rayos láser desde el hemisferio norte, provocando el rápido incremento de la temperatura en la ciudad, lo que requirió su evacuación. Desde la ciudad espacial, la Tierra había sido más brillante que el sol.
Luo Ji y Shi Qiang no tenían nada más que decir.
—Me impresionó su trabajo en el Departamento de Inmigración de Hibernados —le dijo el alcalde a Shi Qiang—. Y Guo Zhengming… Le conoce, ¿no? Le acaban de nombrar director del Departamento de Seguridad Pública y le ha recomendado. Espero que vuelva usted a la administración de la ciudad. Ahora mismo nos hacen falta personas como usted.
Shi Qiang lo pensó y asintió.
—Tan pronto como deje resuelta la situación del vecindario. ¿Cómo están las cosas en la ciudad?
—La situación se está deteriorando, pero todavía la tenemos controlada. Ahora mismo nos concentramos en mantener en funcionamiento el sistema de suministro eléctrico por campo de inducción. Si desaparece, la ciudad caerá con él.
—Los disturbios son diferentes a los de nuestra época.
—Sí, lo son. Primero, el origen es diferente. La chispa es la desesperación absoluta sobre el futuro, y eso es muy difícil de controlar. Al mismo tiempo, tenemos disponibles muchos menos medios que en aquella época —mientras hablaba, el alcalde hizo aparecer una imagen en la pared—. Esta es la plaza central desde una altura de cien metros.
La plaza central era el lugar donde Luo Ji y Shi Qiang se habían protegido del coche volador. Desde esa altura, el monumento al Gran Cataclismo y su desierto circundante eran invisibles. La plaza entera era blanca, con puntos blancos agitándose como arroz en un caldo.
—¿Son personas? —preguntó Luo Ji, asombrado.
—Personas desnudas. Es una tremenda orgía, con más de cien mil personas, y sigue creciendo.
La aceptación de las relaciones heterosexuales y homosexuales en esa época superaba todo lo que Luo Ji había imaginado, y muchas cosas ya no llamaban la atención. Aun así, la imagen asombró a los dos. Luo Ji recordó la escena de depravación de la Biblia antes de que la humanidad recibiese los Diez Mandamientos. Una situación habitual antes del desastre.
—¿Por qué no lo impide el gobierno? —preguntó Shi Qiang bruscamente.
—¿Cómo íbamos a impedirlo? Es legal. Si actuamos, sería el gobierno el que estaría violando la ley.
Shi Qiang hizo un gesto de desesperación.
—Sí, lo sé. Ahora la policía y los militares no pueden hacer casi nada.
El alcalde dijo:
—Hemos comprobado la ley y no hemos dado con nada aplicable a esta situación.
—Con la ciudad así, sería mejor si la gota la destroza.
Las palabras de Shi Qiang despertaron a Luo Ji. Se apresuró a preguntar:
—¿Cuánto falta para que la gota llegue a la Tierra?
El alcalde cambió la imagen de absoluta promiscuidad por un canal de noticias en directo que mostraba una simulación del Sistema Solar. La llamativa línea roja que indicaba el camino de la gota parecía la órbita de un cometa, solo que terminaba cerca de la Tierra. En la esquina inferior derecha había una cuenta atrás que indicaba que si no reducía su velocidad, la gota llegaría a la Tierra al cabo de cuatro horas y cincuenta y cuatro minutos. El texto del tercio inferior mostraba un análisis de la gota realizado por expertos. A pesar del horror que atenazaba al mundo, la comunidad científica se había recuperado con rapidez tras el impacto inicial de la derrota, y el análisis era tranquilo y sobrio. A pesar de que la humanidad no sabía nada sobre la fuente de la energía de la gota o sobre su mecanismo de impulso, el analista creía que se había topado con un problema de consumo de energía, pero, tras destruir la flota combinada, su aceleración hacia el sol había sido especialmente indolente. Había pasado junto a Júpiter, pero, haciendo caso omiso de las tres naves de guerra en la base, empleó la gravedad del planeta para acelerar, una acción que demostraba que la energía de la gota estaba limitada hasta el agotamiento. Los científicos creían que la idea de que la sonda chocaría contra la Tierra era absurda, pero no tenían ni idea de a qué venía.
Luo Ji dijo:
—Debo irme o la ciudad será destruida.
—¿Por qué? —preguntó el alcalde.
—Porque cree que la sonda ha venido a matarle —dijo Shi Qiang.
El alcalde rio, pero la sonrisa era rígida. Por lo visto hacía tiempo que no se reía.
—Doctor Luo, es usted la persona más egocéntrica que he conocido en mi vida.
Luo Ji y Shi Qiang se alejaron de inmediato tras regresar a la superficie. Los habitantes de la ciudad subían en grandes cantidades, por lo que el tráfico de superficie era tan denso que les llevó media hora abandonar la ciudad y alcanzar la velocidad máxima por la autopista que llevaba al oeste.
En la televisión del coche vieron que la gota se acercaba a la Tierra con una velocidad de setenta y cinco kilómetros por segundo y no daba muestras de reducir. Si se mantenía, llegaría en tres horas.
El campo de inducción se fue debilitando y el coche fue parando, de modo que Shi Qiang tuvo que recurrir a una batería de almacenamiento para mantener la velocidad. Llegaron a la gran zona residencial de hibernados, pero dejaron atrás Pueblo Nueva Vida #5 y siguieron en dirección oeste. Guardaron silencio durante el trayecto, hablando muy poco y concentrándose en las noticias de la televisión.
La gota atravesó la órbita de la luna sin reducir la velocidad. Si se mantenía, llegaría a la Tierra en media hora. Nadie sabía cuál sería su comportamiento, así que, para evitar el pánico, las noticias se abstenían de predecir un punto de impacto.
Luo Ji decidió aceptar el momento que tanto deseaba posponer y dijo:
—Da Shi, para aquí.
Él paró el coche y bajaron. El sol, ahora cerca del horizonte, proyectó en el desierto las largas sombras de los dos hombres. Luo Ji sintió que la tierra bajo sus pies se reblandecía tanto como su corazón. Casi ni tenía fuerzas para permanecer de pie.
Dijo:
—Haré lo posible por llegar a una zona poco poblada. Delante tenemos una ciudad, por lo que me voy a desviar por aquí. Tú regresa y aléjate todo lo posible de mi dirección.
—Colega, te esperaré aquí. Cuando todo acabe, volveremos juntos. —Shi Qiang sacó un cigarrillo del bolsillo y se puso a buscar un encendedor antes de recordar que no le hacía falta. Como tantas otras cosas que se había traído del pasado, sus costumbres personales no habían cambiado.
Luo Ji sonrió con tristeza. Esperaba que Shi Qiang creyese de verdad lo que acababa de decir, porque así la despedida sería algo más fácil de aceptar.
—Espera si quieres. Cuando llegue el momento, será mejor que pases al otro lado del terraplén. Desconozco la potencia del impacto.
Shi Qiang sonrió e hizo un gesto de negación.
—Me recuerdas a un intelectual que conocía hace dos siglos. Tenía el mismo aspecto abatido que tú. Le recuerdo sentado a primera hora de la mañana delante de la iglesia de Wangfujing, llorando… Pero no le pasó nada. Lo comprobé tras la reanimación: vivió hasta los cien años.
—¿Qué hay de la primera persona que tocó la gota, Ding Yi? Creo que también le conocías.
—Era un temerario. No había nada que hacer. —Shi Qiang miró al cielo teñido con la puesta de sol, como si intentase recordar la cara del físico—. Aun así, era realmente un hombre de mente abierta, uno de esos capaces de aceptar cualquier situación. En toda mi vida no he conocido a nadie como él. De verdad, una mente genial. Colega, deberías aprender de él.
—Y una vez más te digo: tú y yo no somos más que personas normales. —Miró la hora, siendo consciente de que no podía retrasarse más. Le ofreció una mano serena a Shi Qiang—. Gracias por todo lo que has hecho por mí en estos dos últimos siglos. Adiós. Quizá nos volvamos a ver en algún otro lugar.
Shi Qiang no aceptó la mano. Se limitó a hacer un gesto de despedida.
—¡Déjate de tonterías! Créeme, colega. ¡No va a pasar nada! Vete y cuando todo acabe, vuelve corriendo a recogerme. Y no me eches en cara si esta noche, tomando unas copas, me burlo de ti.
Luo Ji entró deprisa en el coche porque no quería que Shi Qiang viese que estaba llorando. Allí sentado, se esforzó por grabar en su mente la imagen de Shi Qiang que se veía en el retrovisor, y luego partió a su viaje final.
Quizá volviesen a verse en algún otro lugar. La última vez habían hecho falta dos siglos, ¿cuánto duraría ahora esa separación? Al igual que Zhang Beihai dos siglos antes, Luo Ji acabó descubriendo que odiaba ser ateo.
El sol ya se había puesto, y el desierto a ambos lados parecía nieve al estar iluminado por la luz del crepúsculo. De pronto se dio cuenta de que aquella era la misma carretera que había recorrido dos siglos antes, en el Accord acompañado de su amante imaginaria, cuando las llanuras del norte de China estaban cubiertas de nieve real. Sintió el pelo de la mujer agitándose al viento, sus mechones haciéndole cosquillas a Luo Ji en la mejilla derecha.
«¡No me digas dónde estamos! En cuanto uno lo sabe, el mundo se vuelve tan estrecho como un mapa. En cambio, cuando no lo sabes, el mundo se expande hasta que parece no tener límite».
«Está bien, hagamos lo posible por perdernos».
Luo Ji siempre había tenido la sensación de que Zhuang Yan y Xia Xia existían en el mundo gracias a su imaginación. Sintió una punzada en el corazón al pensarlo, porque ahora el amor y el anhelo eran las sensaciones más dolorosas del mundo. Intentó no pensar en nada mientras las lágrimas empañaban su visión. Pero los encantadores ojos de Yan Yan se manifestaban tercamente, acompañados por la embriagadora risa de Xia Xia. Apenas pudo concentrarse en las noticias de la televisión.
La gota había dejado atrás el punto de Lagrange, pero seguía en dirección a la Tierra a velocidad constante.
Luo Ji paró el coche en el lugar que le pareció más adecuado para la ocasión, el límite entre la llanura y las montañas, donde no había ni personas ni edificios. El coche se encontraba en un valle rodeado por un semicírculo montañoso, que disiparía parte de la onda expansiva del impacto. Sacó el televisor del coche y lo llevó a una zona abierta de arena, donde se sentó.
La gota atravesó la órbita geosíncrona de 34 000 kilómetros y pasó junto a la ciudad espacial de Nueva Shanghai, cuyos habitantes observaron con claridad el paso del brillante punto de luz. En los noticiarios dijeron que el impacto se produciría al cabo de ocho minutos. Predijeron al fin la latitud y longitud del impacto: al noroeste de la capital de China.
Luo Ji ya lo sabía.
Ahora el crepúsculo había caído definitivamente y los colores del cielo se limitaban a una pequeña zona al oeste, como un ojo sin pupila que observara el mundo con indiferencia.
Quizá como forma de pasar el tiempo, Luo Ji se puso a repasar su vida.
Había quedado dividida en dos secciones distintas. La parte que venía después de ser vallado había ocupado dos siglos, pero le daba la impresión de haber sido extremadamente compacta. La repasó con rapidez como si hubiese sido un día antes. Esa parte de su vida no parecía pertenecerle, incluyendo el amor que llevaba grabado en los huesos. Lo sentía como un sueño pasajero. No se atrevió a pensar en su mujer y en su hija.
Al contrario de lo que esperaba, sus recuerdos de antes de convertirse en vallado eran casi inexistentes. Del océano de la memoria apenas podía pescar algunos fragmentos, y cuando más retrocedía, menos eran. ¿Realmente había ido al instituto? ¿A primaria? ¿Había tenido un primer amor? Algunos de esos fragmentos presentaban rasguños, lo que indicaba que habían sucedido. Los detalles estaban frescos, pero las emociones habían desaparecido sin dejar rastro. El pasado era como un puñado de arena que creías estar aferrando con fuerza, pero que ya se había escapado entre los dedos. La memoria era un río largo tiempo seco, dejando solo guijarros dispersos en su lecho sin vida. Siempre había vivido la vida pensando en la siguiente experiencia, y todo lo ganado lo había perdido también, quedándose así con poco.
Miró a las montañas del crepúsculo, recordando aquella noche de invierno, más de doscientos años antes, que había pasado allí mismo, en las montañas que se habían cansado de mantenerse erguidas durante cientos de millones de años, y al fin se habían tumbado «aquellos abuelos que pasan la tarde al sol», como había dicho su amante imaginaria. Los campos y las ciudades del norte de China hacía tiempo que se habían transformado en desiertos, pero las montañas parecían estar iguales. Seguían siendo normales y vulgares en su forma, y los hierbajos y enredaderas todavía crecían tercamente en las grietas de la roca gris, ni más vistosos ni más escasos que dos siglos antes. Era demasiado poco tiempo para que el cambio se manifestase en esas montañas rocosas.
¿Cómo era el mundo humano a ojos de las montañas? Quizás algo que contemplaban durante una tarde ociosa. Primero aparecían algunos diminutos seres vivos en la pradera. Tras un rato, se multiplicaban, y tras otro rato, levantaban estructuras similares a hormigueros que rápidamente llenaban toda la región. Las estructuras estaban iluminadas por dentro y algunas emitían humo. Tras otro rato, las luces y el humo desaparecían, y los pequeños seres también se iban. A continuación, las estructuras se desmoronaban y la arena las devoraba. Eso era todo. Entre los incontables acontecimientos de los que habían sido testigos las montañas, esos momentos pasajeros no eran necesariamente los más interesantes.
Al final Luo Ji dio con su recuerdo más antiguo. Le sorprendió descubrir que la vida también empezaba en la arena. Se trataba de su propia época prehistórica, en un lugar que no podía recordar, y con gente que no reconocía, pero recordaba claramente la orilla arenosa de un río. En el cielo colgaba una luna redonda y el río ondulaba bajo su luz. Excavaba en la arena. Tras cavar un pozo, la arena entró por el fondo y en el agua apareció una pequeña luna. Siguió cavando, creando muchos pequeños pozos y conjurando muchas pequeñas lunas.
Era su recuerdo más antiguo. Antes no había nada.
En la oscuridad de la noche, solo la luz de la televisión iluminaba la arena que le rodeaba.
Mientras Luo Ji intentaba mantener la mente en blanco, sintió tensión en el cuero cabelludo. Una mano enorme había cubierto todo el cielo y le presionaba desde arriba.
Pero luego esa mano gigantesca se retiró poco a poco.
A una distancia de veinte mil kilómetros de la superficie, la gota había cambiado de dirección y se había dirigido hacia el sol.
El presentador de televisión gritó:
—¡Atención hemisferio norte! ¡Atención hemisferio norte! ¡El brillo de la gota se ha incrementado y es visible a simple vista!
Luo Ji alzó la vista. La podía ver: no era tan brillante, pero su gran velocidad hacía que fuese fácil de distinguir al moverse por el cielo como un meteoro y perderse en el oeste.
Al final la gota redujo su velocidad relativa a la Tierra hasta cero y descansó en un punto a 1,5 millones de kilómetros. Un punto de Lagrange. Es decir, en los siguientes días permanecería inmóvil en relación tanto con la Tierra como con el sol, colocada justo entre los dos.
Luo Ji tuvo la corazonada de que pasaría algo más y se quedó sentado esperando. A su lado y a su espalda, las montañas que eran como abuelos le acompañaron en la espera y le ofrecieron seguridad. Por ahora no había más noticias importantes en la televisión. Un mundo incierto que no sabía si había escapado o no a la catástrofe aguardaba, nervioso.
Pasaron diez minutos, pero no sucedió nada.
El sistema de seguimiento mostraba a la gota inmóvil, el halo de propulsión ahora ausente y su cabeza redonda apuntando al sol. Reflejaba la brillante luz del sol, de forma que su tercio delantero parecía estar en llamas. Desde el punto de vista de Luo Ji, entre el sol y la gota se estaba produciendo una misteriosa inducción.
De pronto la imagen de la televisión se nubló y el sonido se volvió entrecortado. Luo Ji sintió conmoción en el entorno circundante. Una bandada asombrada de pájaros echó a volar desde las montañas y en la distancia oyó ladrar a un perro. Puede que fuese una falsa impresión, pero notó escozor en la piel. Durante un momento la imagen y el sonido de la televisión quedaron alterados, para luego volver a aclararse. Más tarde se descubrió que la interferencia seguía presente, pero el sistema global de telecomunicaciones había usado sus opciones contra las interferencias para filtrar rápidamente el ruido. Sin embargo, las noticias reaccionaron despacio debido a la gran cantidad de datos de seguimiento que era preciso reunir y analizar. Pasaron diez minutos o más antes de tener información precisa.
La gota enviaba una onda electromagnética continua y potente directamente al sol, con una intensidad que superaba con mucho el límite de amplificación del sol y con frecuencias que ocupaban todas las bandas que el sol podía amplificar.
Luo Ji se echó a reír hasta casi ahogarse. Era cierto que era un egocéntrico. Hacía tiempo que se le debería haber ocurrido. Luo Ji era irrelevante; lo que importaba era el sol. A partir de entonces la humanidad no podría emplear el sol como potente antena para transmitir mensajes al universo.
La gota lo había sellado.
—¡Ja! Colega, ¡no pasó nada! Deberíamos haber apostado. —En cierto momento Shi Qiang había llegado hasta Luo Ji. Había parado un coche para llegar hasta allí.
Luo Ji se sintió agotado. Se tendió sin vigor en la arena, que seguía caliente del sol. Se sentía cómodo.
—Sí, Da Shi. Ahora podemos vivir nuestras vidas. Todo ha terminado.
—Colega, esta es la última vez que te ayudo con tus rollos de vallado —dijo Shi Qiang en el camino de vuelta—. Ese puesto debe provocar problemas mentales y acabas de sufrir otro episodio.
—Espero que así sea —añadió Luo Ji.
Fuera, las estrellas visibles el día anterior habían desaparecido y el desierto negro y el cielo negro se unían como uno en el horizonte. Frente a ellos se manifestaba la carretera iluminada por los faros. El mundo se correspondía con el estado de ánimo de Luo Ji: oscuridad por todas partes, con un punto increíblemente definido.
—¿Sabes?, te resultará fácil volver a la normalidad. Es hora de reanimar a Zhuang Yan y a Xia Xia. Aunque con el caos reciente no sé si habrán suspendido las reanimaciones. Pero, aunque así sea, no será por mucho tiempo. La situación se estabilizará pronto. Tengo esa impresión. Después de todo, todavía queda tiempo para varias generaciones. ¿No dijiste que podías vivir tu vida?
»Mañana iré a preguntar al Departamento de Inmigración de Hibernados. —Las palabras de Shi Qiang le recordaron a Luo Ji el pequeño fragmento de color que todavía existía en su mente aturdida. Quizá reunirse con su mujer e hija era su única oportunidad de redimirse.
Pero no había ninguna esperanza para la humanidad.
Al acercase al Pueblo Nueva Vida #5, Shi Qiang de pronto redujo la marcha.
—Algo no va bien —dijo con la vista al frente. Siguiendo su mirada, Luo Ji vio un resplandor en el cielo producido por una luz en el suelo, pero el alto terraplén de la carretera les impedía ver la fuente. El resplandor se movía. No parecían las luces de la zona residencial.
Cuando el coche abandonó la autopista se encontraron con un extraño espectáculo: el desierto entre Pueblo Nueva Vida #5 y la autopista se había convertido en una reluciente manta de luces, como un océano de luciérnagas. A Luo Ji le llevó un momento comprender que se trataba de una multitud. Eran todos de la ciudad y la luz venía de sus ropas.
Al acercarse el coche, los que estaban por delante se llevaron las manos a los ojos para bloquear el destello de los faros, por lo que Shi Qiang los apagó, dejándoles así frente a una extraña y chillona barrera humana.
—Parece que esperen a alguien —dijo Shi Qiang mirando a Luo Ji, quien se tensó al verle la cara. El coche se detuvo y Shi Qiang siguió hablando—. Quédate aquí y no te muevas. Iré a echar un vistazo. —Salió del coche y se acercó a la multitud. Frente a la brillante barrera humana, la figura corpulenta de Shi Qiang destacaba como una silueta negra. Luo Ji le observó acercarse a la gente, cruzar unas palabras y luego girarse para volver—. Resulta que te esperan a ti. Vamos —dijo apoyado en la puerta. Al ver la expresión de Luo Ji le tranquilizó—. No pasa nada. Todo está bien.
Luo Ji bajó del coche y se acercó a la multitud. Se había acostumbrado a la ropa conectada de la gente moderna, pero en aquel desierto desolado todavía tenía la sensación de dirigirse a lo extraño. Al acercarse y ver sus expresiones, el corazón se le aceleró.
Lo primero que había descubierto tras despertar de la hibernación era que las multitudes de cada época tienen cada una su expresión facial característica. Sorprendían las diferencias con esa época lejana: era muy fácil distinguir a los modernos de los hibernados recién reanimados. Sin embargo, las expresiones que vio no eran modernas, pero tampoco del siglo XXI. No sabía a qué época se correspondían. El miedo casi le paralizó, pero confiaba en Shi Qiang, así que siguió avanzando mecánicamente.
Se detuvo al acercarse más, porque al fin pudo distinguir lo que mostraban las ropas.
Mostraban imágenes de Luo Ji… fotografías estáticas algunas, otras de vídeo.
En muy pocas ocasiones se había presentado Luo Ji ante los medios de comunicación desde que se convirtiese en vallado, por lo que no había mucho archivo visual sobre su persona, pero ahora la ropa de la gente mostraba un conjunto razonablemente completo de esos vídeos e imágenes. Incluso en algunos casos vio imágenes de antes de convertirse en vallado. La ropa tomaba las imágenes de internet, por lo que debían de estar circulando por todo el mundo. También reparó en que las imágenes estaban en su estado original y no habían sufrido las deformaciones artísticas que tanto gustaban a los modernos. Es decir, eran imágenes que habían aparecido hacía poco.
Al ver que se detenía, la multitud avanzó hacia él. Al encontrarse a dos o tres metros, la gente que iba al frente hizo parar al resto y luego se arrodilló. Los de atrás se fueron arrodillando en oleadas de gente brillante que se perdían en la arena.
—¡Señor, sálvenos! —oyó decir.
Las palabras zumbaron en sus oídos.
—¡Oh, dios, salve al mundo!
—¡Gran portavoz, haga cumplir la justicia del universo!
—¡Ángel de la justicia, salve a la humanidad!
Dos personas se acercaron a Luo Ji. Reconoció al que llevaba ropa que no brillaba: era Hines. El otro era un soldado con insignias y galones relucientes.
Hines habló con toda seriedad:
—Doctor Luo, me acaban de nombrar su enlace con la Comisión del Proyecto Vallado de Naciones Unidas. Mi deber es anunciarle que el Proyecto Vallado ha sido restablecido y a usted se le ha nombrado único vallado.
El soldado dijo:
—Soy el comisionado especial Ben Jonathan de la Asamblea Conjunta de la Flota Solar. Nos conocimos justo después de su reanimación. Mi deber es informarle de que la Flota Asiática, la Flota Europea y la Flota Norteamericana han aceptado la nueva aprobación de la Ley de los Vallados y que han reconocido su posición como vallado.
Hines señaló a la multitud que se arrodillaba en la arena y dijo:
—A ojos del público, usted ahora posee dos identidades. Para los teístas, es usted el ángel de la justicia. Para los ateos, es usted el representante de una civilización justa y superior que habita en la Vía Láctea.
Hubo un silencio. Todos los ojos miraban a Luo Ji. Él reflexionó un rato, pero solo se le ocurrió una posibilidad.
—¿La maldición surtió efecto? —aventuró a decir.
Hines y Jonathan asintieron y Hines añadió:
—187J3X1 ha sido destruida.
—¿Cuándo?
—Hace cincuenta años. La observación se realizó hace un año, pero nadie prestaba atención a esa estrella, así que se descubrió esta tarde. Algunas personas desesperadas de la Asamblea Conjunta ansiaban dar con una inspiración histórica. Recordaron el Proyecto Vallado y su maldición. Así que miraron a 187J3X1 y vieron que ya no estaba. En su lugar había una nebulosa formada por restos. Repasaron todos los registros de observaciones sobre la estrella hasta su destrucción hace un año y analizaron todos los datos sobre 187J3X1 en el momento de su explosión.
—¿Cómo saben que fue destruida?
—Usted sabe que 187J3X1 se encontraba en un estado estable, como el sol, y era imposible que se convirtiese en nova. Y se registró su destrucción: un cuerpo que viajaba casi a la velocidad de la luz impactó contra 187J3X1. Ese diminuto objeto, lo llamamos «fotoide», dejó una estela visible al entrar en la periferia de la atmósfera estelar. A pesar de su pequeño volumen, su velocidad tan cercana a la luz hizo que en el momento del impacto su enorme masa relativista fuese la de un octavo de la de 187J3X1. Destruyó la estrella de inmediato. La explosión también destruyó los cuatro planetas de la estrella.
Luo Ji miró al oscuro cielo nocturno donde las estrellas eran casi invisibles. Avanzó. La gente se puso en pie y en silencio le dejó un camino, cerrándose de inmediato en cuanto pasaba. Todos intentaban acercársele, como si ansiaran la luz del sol en medio del frío, pero le dejaban un círculo abierto, un punto oscuro en medio del océano fluorescente, como el ojo de una tormenta. Un hombre avanzó y se dejó caer delante de Luo Ji, obligándole así a parar para luego besarle los pies. Otros hicieron lo mismo. Justo cuando parecía que no podría controlar la situación, se oyeron gritos críticos desde la multitud, lo que obligó a la gente a retirarse.
Luo Ji siguió avanzando, pero se dio cuenta de que no sabía adónde iba. Se detuvo, vio a Hines y Jonathan en medio de la multitud, y fue hacia ellos.
—Bien, ¿qué hacemos ahora? —preguntó al llegar.
—Es usted un vallado, por lo que puede hacer lo que quiera dentro de los límites de la Ley de los Vallados —le dijo Hines acompañando las palabras de una inclinación—. A pesar de que la ley tiene restricciones, básicamente puede hacer uso de todos los recursos de Coalición Tierra.
—Lo que incluye también los recursos de Coalición Flota —añadió Jonathan.
Luo Ji pensó durante un momento y dijo:
—Ahora mismo no preciso de recursos. Pero si he recuperado los poderes descritos en la Ley de los Vallados…
—De eso no hay duda —afirmó Hines. Jonathan asintió.
—En ese caso tengo dos peticiones. Primero, el orden debe restaurarse en todas las ciudades y la vida debe volver a la normalidad. Es una petición sin mayor misterio. Estoy seguro de que es comprensible.
Todos asintieron.
—El mundo está prestando atención, oh dios.
—Sí, el mundo presta atención —dijo Hines—. Hará falta tiempo para recuperar la estabilidad, pero gracias a usted tenemos fe en lograrlo. —La multitud repitió las palabras.
—Segundo: todos deben volver a casa. Que este lugar quede tranquilo. ¡Gracias!
Al oírlo la gente guardó silencio, pero pronto murmuraron para transmitir lo que había dicho. La multitud fue dispersándose, primero despacio y sin ganas, pero pronto coche tras coche salió en dirección a la ciudad. Las muchas personas que caminaban por la carretera parecían una larga colonia de hormigas brillantes.
Una vez más el desierto quedó vacío. En la arena marcada por pisadas caóticas solo estaban Luo Ji, Shi Qiang, Hines y Jonathan.
—Me avergüenza sinceramente mi antiguo yo —dijo Hines—. La historia de la civilización humana solo cubre cinco mil años, pero, sin embargo, valoramos tanto la vida y la libertad. En el universo debe haber civilizaciones con miles de millones de años de historia. ¿Qué tipo de moral aplican? ¿Tiene sentido esa pregunta?
—Yo también me avergüenzo de mí mismo. Durante los últimos días incluso he dudado de Dios —dijo Jonathan. Cuando vio que Hines iba a interrumpirle, levantó la mano para impedírselo—. No, amigo. Es posible que estemos hablando de lo mismo.
Se abrazaron. Las lágrimas les corrían por las mejillas.
—Bien, caballeros —dijo Luo Ji mientras les daba palmaditas en la espalda—. Pueden volver. Si les necesito, les llamaré. Gracias.
Los vio alejarse, apoyado uno en el otro como dos amantes felices. Solo quedaron Shi Qiang y él.
—Da Shi, ¿ahora tienes algo que decir? —Se volvió hacia él con una sonrisa.
Shi Qiang quedó clavado donde estaba, tan asombrado como si acabase de presenciar un impresionante truco de magia.
—Colega, estoy tan confuso…
—¿Qué dices? ¿No te parece que yo sea el ángel de la justicia?
—Tendrías que darme una paliza de muerte antes de oírme decir tal cosa.
—¿Y portavoz de una civilización superior?
—Algo mejor que lo de ángel, pero si te digo la verdad, tampoco me lo trago. Nunca me pareció que fuese así.
—¿No crees en la justicia del universo?
—Ni idea.
—Pero eres policía.
—He dicho que ni idea. Estoy sinceramente confundido.
—En ese caso, eres el más sereno de todos nosotros.
—Vale, ¿me puedes hablar de la justicia en el universo?
—Muy bien. Ven conmigo. —Luo Ji caminó hacia el desierto, con Shi Qiang siguiéndole de cerca. Anduvieron en silencio durante un buen rato y luego cruzaron la autopista.
—¿Adónde vamos? —preguntó Shi Qiang.
—Al lugar más oscuro.
Atravesaron la autopista hasta el punto donde el terraplén bloqueaba las luces de la zona residencial. Moviéndose a tientas en la oscuridad, Luo Ji y Shi Qiang se sentaron sobre el suelo arenoso.
—Empezamos. —La voz de Luo Ji sonaba ominosa.
—Que sea la versión simple. Dado mi nivel, no entendería nada más complicado.
—Todos lo pueden entender, Da Shi. La verdad es muy sencilla. Es de esas cosas que en cuanto las oyes te preguntas por qué no lo pensaste tú primero. ¿Sabes qué son los axiomas matemáticos?