El bosque oscuro

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Tercera Parte. El bosque oscuro » Año 208, Era de la Crisis

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Año 208, Era de la Crisis

Distancia que separa a la flota trisolariana

de nuestro Sistema Solar: 2,07 años luz

Una tarde fría y lluviosa de otoño, una reunión del Consejo de Residentes de Pueblo Nueva Vida número 5 llegó a la siguiente decisión: expulsarían a Luo Ji del vecindario escudándose en que su presencia afectaba a la vida de los otros residentes. Mientras el Proyecto Nevado se desarrollaba, Luo Ji había asistido a muchas reuniones, pero la mayor parte del tiempo lo pasaba en la zona y se mantenía en contacto con distintas entidades del proyecto desde su casa. Los altercados habían empeorado al caer su prestigio, ya que de vez en cuando una multitud se reunía al pie de su edificio para insultarle y lanzar piedras a su ventana. El interés de los medios de comunicación por ese espectáculo hacía que los periodistas fuesen tan numerosos como los detractores. Pero la razón real para expulsar a Luo Ji era que había sido una absoluta humillación para todos los hibernados.

Al concluir la reunión, la directora del comité vecinal fue a casa de Luo Ji a informarle de la decisión. Tras llamar al timbre una y otra vez, empujó la puerta que no estaba cerrada con llave y prácticamente se quedó sin aire al recibir el impacto de la combinación de alcohol, humo y sudor que llenaba aquel lugar. Vio que habían cubierto las paredes con superficies informáticas como las que usaban en la ciudad y que permitían abrir pantallas en cualquier lugar dando un simple toque. Las paredes estaban ocupadas por un pandemonio de imágenes, en su mayoría curvas y datos complejos, pero la mayoría mostraba una esfera suspendida en el espacio: una bomba estelar de hidrógeno recubierta de lámina oleosa. A la directora, la película transparente con la bomba claramente visible dentro le recordó a una canica, como las que los niños de la época de Luo Ji usaban para jugar. La esfera giraba muy despacio. En un polo había un pequeño saliente —el motor iónico— y sobre la lisa superficie de la esfera se apreciaba el reflejo de un sol diminuto. Todas aquellas deslumbrantes pantallas convertían la sala en un espectáculo estridente y chillón. Como las luces estaban apagadas, las pantallas eran la única fuente de luz, disolviéndolo todo en colores difusos; resultaba difícil distinguir lo real de lo que solo era una imagen.

Una vez que sus ojos se acostumbraron, la directora comprobó que aquel lugar tenía el aspecto del sótano de un adicto a las drogas. El suelo estaba lleno de botellas y colillas, los montones de ropa estaban cubiertos de cenizas como si fuesen pilas de basura. Al final logró dar con Luo Ji entre la basura. Estaba acurrucado en una esquina, negro contra el fondo de imágenes como una rama consumida y descartada. Al principio creyó que dormía, pero luego se dio cuenta de que miraba sin ver a los montones de basura del suelo. Tenía los ojos inyectados en sangre, el rostro macilento, el cuerpo flaco y parecía incapaz de sostener su propio peso. Saludó a la directora al oírla y se volvió lentamente hacia ella. A continuación, con la misma lentitud, le hizo un gesto, por lo que supo que seguía con vida. Los dos siglos de tormento que se habían cebado sobre su cuerpo al fin habían logrado derrotarle.

La directora no mostró la más mínima piedad por aquel hombre consumido. Como otras muchas personas de su época, siempre había creído que por muy horrible que pareciese el mundo, en algún lugar invisible todavía persistía la justicia definitiva. Al principio, Luo Ji había validado tal creencia, para luego romperla sin misericordia, y la decepción que ella sentía se había convertido en vergüenza y luego en furia. Con absoluta frialdad le anunció el resultado de la reunión.

Luo Ji asintió en silencio por segunda vez. Luego se esforzó por hablar usando la garganta hinchada.

—Me iré mañana. Debo irme. Si he hecho algo mal, le ruego su perdón.

Tuvieron que pasar dos días para que la directora comprendiese el significado de esas últimas palabras.

La verdad era que Luo Ji había planeado irse esa misma noche. Tras despedir a la directora, se puso en pie con esfuerzo y fue al dormitorio a por la bolsa de viaje, que llenó con algunos artículos, entre ellos una pala de mango corto que había encontrado en un almacén. El agarre triangular de la pala sobresalía de la bolsa. Recogió una chaqueta sucia del suelo, se la puso, se echó la bolsa al hombro y salió. A su espalda, las paredes de información siguieron destellando.

El pasillo estaba vacío, pero al pie de la escalera se topó con un niño, que probablemente volvía a casa después de la escuela. El chico miró a Luo Ji salir del edificio con una expresión extraña e ininteligible. Fuera descubrió que todavía llovía, pero no quería regresar a por un paraguas.

No fue a su coche porque eso llamaría la atención de los guardias. Siguió la calle y abandonó el vecindario sin encontrarse con nadie. A continuación, cruzó el cinturón boscoso que protegía al vecindario de la arena y acabó en el desierto. La llovizna le caía sobre la cara como el roce ligero de un par de manos frías. En el crepúsculo, cielo y desierto estaban difusos, como el espacio blanco de una pintura tradicional. Se imaginó como un elemento más de ese espacio vacío, como la imagen que Zhuang Yan le había dejado.

Llegó a la autopista y tras unos minutos pudo hacer parar un coche con una familia de tres miembros, que le recibieron con amabilidad. Eran hibernados que volvían a la ciudad vieja. El niño era pequeño y la madre joven, e iban encajados con el padre en el asiento delantero, susurrándose. De vez en cuando el niño hundía la cabeza en el pecho de la madre y cuando lo hacía los tres se echaban a reír. Luo Ji los observó hipnotizado, pero no podía oír lo que decían porque sonaba la música, viejas canciones del siglo XX. La escuchó mientras avanzaban y tras cinco o seis canciones, incluyendo a Katyusha y Kalinka, anheló escuchar Tonkaya Ryabina. Le había cantado esa canción a su amante imaginaria en aquel pueblo dos siglos antes, y más tarde con Zhuang Yan en el Jardín del Edén, a orilla del lago que reflejaba los picos nevados.

Luego los faros de un coche en sentido contrario iluminaron el asiento trasero justo cuando el niño miraba hacia atrás. Se giró por completo para fijarse en Luo Ji y gritó:

—¡Eh, se parece al vallado!

Los padres se giraron para mirarle y Luo Ji tuvo que admitir quién era.

Justo en ese momento empezó a sonar Tonkaya Ryabina.

El coche se detuvo.

—Fuera —dijo con frialdad el padre, mientras madre e hijo le miraban con una expresión tan desconcertada como la lluvia de otoño del exterior.

Luo Ji no se movió. Quería escuchar la canción.

—Por favor, fuera —dijo el hombre y Luo Ji pudo leer las palabras en sus ojos: «No es culpa suya no haber sido capaz de salvar el mundo, pero ofrecer esperanza para luego destrozarla es un pecado imperdonable».

Así que tuvo que bajar del coche. Le tiraron la bolsa fuera. Mientras el automóvil se alejaba, lo persiguió durante unos pasos, con la esperanza de poder escuchar un poco más Tonkaya Ryabina, pero la canción desapareció en medio de la noche fría y lluviosa.

Ahora ya se encontraba en los límites de la vieja ciudad. En la distancia se veían los viejos rascacielos del pasado, erguidos en negro contra la noche lluviosa. Las pocas luces dispersas de cada edificio parecían ojos. Alcanzó a una parada de bus y esperó protegido de la lluvia durante una hora hasta que al fin llegó un bus público sin conductor que iba en la dirección que quería. Estaba casi totalmente vacío y las otras seis o siete personas parecían ser hibernados de la vieja ciudad. Nadie hablaba, se limitaban a estar sentados en silencio en medio de la oscuridad de la noche otoñal. El viaje no dio problemas hasta poco más de una hora después, cuando alguien le reconoció y todos le pidieron que se bajase. Él argumentó que habiendo pagado el billete tenía derecho a un asiento, pero un anciano de pelo gris sacó dos monedas de dinero en efectivo —muy poco habituales en esa época— y se las lanzó. Así que al final se vio obligado a bajar del bus.

Cuando el bus se puso en marcha, alguien sacó la cabeza por la ventanilla y preguntó:

—Vallado, ¿para qué quieres una pala?

—Voy a cavar mi propia tumba —dijo Luo Ji en esa época y provocó risas en el bus.

Nadie sabía que decía la verdad.

Seguía lloviendo. Ya no habría más coches, pero por suerte no estaba lejos de su destino. Se echó la bolsa al hombro y partió. Tras caminar una media hora, abandonó la carretera y tomó un sendero. Lejos de las farolas estaba todo más oscuro, así que sacó una linterna para iluminar sus pasos. El camino se volvió más complicado y sus zapatos mojados hacían ruido al pisar el suelo. Resbaló una y otra vez, cayendo al barro que ya le cubría el cuerpo, y tuvo que usar la pala para ayudarse a caminar. Delante solo veía niebla y lluvia, pero sabía que caminaba más o menos en la dirección buena.

Llegó al cementerio tras caminar una hora más bajo la noche lluviosa. La mitad del camposanto estaba enterrado bajo la arena, mientras que la otra mitad, situada sobre un terreno algo más elevado, seguía visible. Usó la linterna para buscar entre las tumbas, dejando de lado los imponentes monumentos y solo prestando atención a las inscripciones en losas más pequeñas. El agua de lluvia sobre las piedras reflejaba la luz como ojos brillantes. Se dio cuenta de que todas las tumbas eran de finales del siglo XX y principios del XXI. Eran todas personas afortunadas: en sus momentos finales creyeron que el mundo en el que vivían existiría para siempre.

No tenía muchas esperanzas de dar con la tumba que buscaba, pero la encontró con rapidez. Lo curioso fue que a pesar de que habían pasado dos siglos, la reconoció sin tener que leer la inscripción. Quizá la lluvia la había limpiado, pero no parecía que por ese monolito hubiese pasado el tiempo. La inscripción, TUMBA DE YANG DONG era como si la hubiesen grabado el día anterior. La tumba de Ye Wenjie estaba junto a la de su hija, las dos idénticas exceptuando la inscripción. La de Ye Wenjie solo indicaba su nombre y las fechas de nacimiento y muerte, recordándole la pequeña losa en las ruinas de la base de Costa Roja, un homenaje a los olvidados. Las dos columnas de piedra se alzaban en silencio bajo la lluvia nocturna, como si hubiesen estado aguardando la llegada de Luo Ji.

Se sentía cansado, así que se sentó junto a la tumba de Ye Wenjie, pero pronto empezó a estremecerse por la lluvia fría. Agarró la pala, se puso en pie y se puso a cavar su tumba junto a las tumbas de madre e hija.

Al principio fue fácil cavar en el suelo mojado, pero al ir bajando la tierra se volvió dura y había muchas piedras. Era como cavar en la montaña. Luo Ji sintió al mismo tiempo la potencia y la impotencia del tiempo: quizá dos siglos solo hubiesen depositado una delgada capa de arena, pero la larga era geológica anterior a los humanos había producido una montaña que ahora era el hogar de esas tumbas. Cavó con gran esfuerzo, descansando con frecuencia. La noche avanzó sin darse cuenta.

En algún punto tras la medianoche, la lluvia paró y luego las nubes se apartaron para mostrar el cielo estrellado. Eran las estrellas más brillantes que había visto desde que llegara a esa época. Aquella noche, 210 años antes, él y Ye Wenjie habían mirado las mismas estrellas.

Ahora solo veía las estrellas y las estelas fúnebres, los dos mayores símbolos de la eternidad.

Al fin se quedó sin fuerzas y no pudo seguir cavando. Al examinar lo excavado le pareció poco profundo para ser una tumba, pero tendría que valer. De todas formas, cavarla no era más que un recordatorio para los demás que deseaba que le enterrasen en ese lugar. Su lugar de descanso casi seguro sería el crematorio, donde le convertirían en cenizas para luego tirarle por ahí. Pero daba igual. Era muy probable que poco después de su muerte sus restos mortales se uniesen a los del mundo en un fuego todavía mayor para acabar convertido en átomos individuales.

Apoyado contra el monolito de Ye Wenjie, se quedó dormido de inmediato. Quizá fuera por el frío, pero volvió a soñar con un campo nevado. Allí vio a Zhuang Yan sosteniendo a Xia Xia, su bufanda como una llama. Ella y la niña le llamaban sin emitir ningún sonido. Les gritó desesperadamente que abandonasen aquel lugar porque la gota atacaría justo aquí, pero sus cuerdas vocales no emitían nada. Era como si el mundo en sí hubiese enmudecido y todo guardara absoluto silencio. Sin embargo, Zhuang Yan pareció comprender su intención y sosteniendo a la niña se alejó del campo nevado, dejando sobre la nieve una línea de pisadas que eran como las marcas de tinta sobre una pintura tradicional. La nieve era toda blanca y las marcas de tinta eran lo único que demostraba la existencia del suelo, la existencia del mundo. La destrucción por llegar sería total, pero era una destrucción que no guardaba ninguna relación con la gota…

Una vez más, el corazón de Luo Ji se conmocionó por el dolor y sus manos quisieron agarrar en vano el aire, pero en la quietud de la nieve solo se apreciaba la forma lejana de Zhuang Yan, ahora convertida en un pequeño punto negro. Miró a su alrededor, ansiando dar con algo real en aquel mundo blanco. Lo encontró: fueron dos piedras funerarias negras una junto a la otra, surgiendo de la nieve. Al principio llamaban la atención en la nieve, pero de inmediato empezaron a cambiar. Sus superficies se volvieron espejadas, lo que recordaba el acabado de la gota, y las inscripciones desaparecieron. Él se inclinó hacia una de ellas, queriendo mirarse en el espejo, pero no vio ningún reflejo. El campo de nieve del espejo no contenía la figura de Zhuang Yan, solo la línea de tenues pisadas. Giró la cabeza con rapidez y comprobó que el campo nevado fuera del espejo no era más que una extensión blanca; las pisadas ya no estaban. Al girarse de nuevo hacia los espejos vio que reflejaban el mundo blanco y prácticamente eran invisibles. Pero con la mano todavía podía sentir su superficie lisa y fría…

Despertó justo cuando rompía el día. Bajo la primera luz de la mañana el cementerio estaba más claro, y desde su posición elevada, los monolitos que le rodeaban le hacían sentirse como en Stonehenge. Tenía mucha fiebre y los temblores de su cuerpo hacían que le castañetearan los dientes. Su cuerpo era como una mecha que hubiese ardido por completo y se consumía a sí misma. Supo que había llegado el momento.

Apoyado contra la columna de Ye Wenjie, quiso ponerse en pie, pero en ese momento un pequeño punto negro en movimiento le llamó la atención. En esa época del año las hormigas debían ser muy poco habituales, pero en efecto se trataba de una hormiga que subía por la piedra. Como su congénere de dos siglos antes, sentía atracción por la inscripción y se dedicaba a explorar los misterios de las trincheras entrecruzadas. Al mirarla, el corazón de Luo Ji sintió un último espasmo de dolor, esta vez por toda la vida sobre la Tierra.

—Si he hecho algo mal, lo siento —le dijo a la hormiga.

Se puso en pie con dificultad, temblando un poco. Para poder levantarse tuvo que apoyarse en la estela. Alargó una mano y se enderezó la ropa mojada y manchada de barro. También se colocó el pelo antes de meter la mano en el bolsillo. Sacó un tubo de metal: una pistola cargada.

Luego, mirando al amanecer en el este, dio inicio a la confrontación final entre la civilización de la Tierra y la civilización de Trisolaris.

—Me dirijo a Trisolaris —dijo Luo Ji. No hablaba en alto. Pensó en repetirse, pero sabía que le habían escuchado.

No pasó nada. Las piedras permanecieron inmóviles. Los charcos del suelo reflejaban el cielo brillante como incontables espejos, como si la Tierra fuera una esfera espejada donde el suelo y el mundo se convertían en una delgada capa superior. La erosión de la lluvia había expuesto pequeñas partes de la superficie de espejo de la esfera.

Era un mundo que todavía no había despertado, y no sabía que ahora era una ficha colocada sobre una mesa de apuestas cósmicas.

Luo Ji levantó la mano izquierda mostrando que en la muñeca llevaba un objeto del tamaño de un reloj.

—Esto es un monitor de signos vitales que por medio de un transmisor está conectado a un sistema cuna. Recordaréis al vallado Rey Díaz de hace dos siglos, por lo que seguro que conocéis el sistema cuna. La señal enviada por este monitor recorre los enlaces del sistema cuna hasta las 3614 bombas del Proyecto Nevado, que ahora mismo se encuentran en órbita solar. La señal se envía cada segundo para evitar que las bombas se activen. Si muero, la señal de mantenimiento del sistema desaparecerá y las bombas detonarán, convirtiendo la lámina oleosa que las recubre en 3614 nubes de polvo interestelar alrededor del sol. En la distancia, la luz visible y otras frecuencias del sol darán la impresión de parpadear a través de la cubierta de nubes de polvo. La posición en órbita solar de cada una de las bombas se ha escogido con toda precisión para que ese parpadeo genere una señal que transmitirá tres imágenes sencillas, como las que envié hace dos siglos: cada imagen es un conjunto de treinta puntos, con uno bien destacado, para que combinadas produzcan un diagrama de coordenadas tridimensionales. Pero al contrario que la última vez, la transmisión contiene la posición de Trisolaris en relación con las veintinueve estrellas que la rodean. El sol será el faro galáctico enviando la señal, de modo que el proceso también revelará la posición del sol y la Tierra. Recibir la transmisión completa en un punto concreto de la galaxia llevará más de un año, pero habrá varias civilizaciones con la tecnología para observar el sol desde múltiples puntos de vista. Si es así, es posible que solo requieran unos días, e incluso unas horas, para recibir toda la información que necesiten.

A medida que se hacía de día las estrellas iban desapareciendo poco a poco, como si alguien cerrara gradualmente un número inmenso de ojos, mientras el cielo de la mañana se abría muy despacio como un único y gigantesco ojo. La hormiga siguió subiendo, recorriendo el laberinto del nombre de Ye Wenjie. Su especie llevaba cien millones de años viviendo en la Tierra antes de la aparición de ese hombre que se apoyaba contra la piedra. A pesar de que no le importaba nada de lo que estaba pasando, sufriría sus efectos.

Luo Ji abandonó el monolito y se detuvo junto a la tumba que había cavado. Se colocó el cañón de la pistola contra el corazón y dijo:

—Ahora voy a detener el latido de mi corazón. Al hacerlo, cometeré el mayor crimen de la historia de nuestros dos mundos. A nuestras dos civilizaciones les expreso mis más sinceras disculpas por el crimen que voy a cometer, pero no lo lamento, porque es la única opción. Sé que los sofones andan cerca, pero habéis ignorado las peticiones de comunicación de la humanidad. El silencio es la forma más abyecta de desprecio, y llevamos dos siglos soportándolo. Bien, ahora si lo deseáis podéis seguir guardando silencio. Os doy treinta segundos.

Midió el tiempo con el pulso, contando dos latidos por segundo, pues tenía el corazón acelerado. Pero estaba tan ansioso que se equivocó y tuvo que empezar de nuevo. Cuando aparecieron los sofones no estaba seguro de cuánto tiempo había pasado. Seguro que menos de diez segundos de tiempo objetivo, aunque pareció una vida entera. Vio el mundo que tenía delante dividido en cuatro partes: una parte era el mundo real que le rodeaba; las otras tres, imágenes deformadas en tres esferas que aparecieron de pronto sobre su cabeza, con superficies espejadas idénticas a las de las tumbas de su sueño. No sabía cuál de los despliegues dimensionales de los sofones era, pero las tres esferas eran tan grandes como para cubrir la mitad del cielo, bloqueando su luz brillante. En el reflejo del cielo occidental sobre las esferas podía ver las pocas estrellas que quedaban y la parte inferior de las esferas reflejaban un cementerio deformado, y a él mismo. Lo que más deseaba saber era por qué había tres. Pensó que simbolizaban Trisolaris, igual que la obra de arte que Ye Wenjie había visto en el último encuentro de la Organización Terrícola-trisolariana. Pero al observar el reflejo de las esferas —una imagen de la realidad deformada pero extremadamente precisa—, tuvo la impresión de que eran las entradas a tres mundos paralelos, dando a entender tres posibles opciones.

Sin embargo, lo que vio a continuación negó esa posibilidad, porque las tres esferas mostraron la misma palabra:

¡Alto!

—¿Podemos establecer las condiciones? —preguntó Luo Ji, mirando a las tres esferas.

Primero aparte la pistola, luego podemos negociar las condiciones.

Las palabras aparecieron simultáneamente en las esferas con letras que brillaban de un rojo chillón. No vio que el texto estuviese deformado. La línea era recta y parecía estar a la vez en la superficie y en el interior de las esferas. Se recordó que estaba viendo la proyección de un espacio de muchas dimensiones en su mundo tridimensional.

—No estamos negociando. Son mis condiciones si voy a seguir con vida. Y deseo saber si las aceptáis o no.

Exprese sus condiciones.

—Que la gota, o mejor dicho la sonda, deje de transmitir hacia el sol.

Se ha cumplido como ha solicitado.

Las esferas respondieron con más rapidez de la que había esperado. Por el momento no podía confirmarlo, pero le pareció apreciar un cambio sutil en su entorno, como si hubiese desaparecido un ruido continuo de fondo del que no se hubiese percatado. Aunque bien podría ser una fantasía, ya que los humanos no podían sentir la radiación electromagnética.

—Que las cinco gotas que se dirigen al Sistema Solar cambien inmediatamente de trayectoria y se alejen.

En esta ocasión la respuesta se retrasó unos segundos.

Se ha cumplido como ha solicitado.

—Por favor, que la humanidad tenga una forma de comprobarlo.

Las nueve sondas emitirán luz visible. Su telescopio Ringier-Fitzroy podrá detectarlas.

No tenía forma de comprobarlo, pero creyó lo que le decía Trisolaris.

—La condición final: la flota trisolariana no puede pasar de la nube de Oort.

La flota se encuentra ahora mismo usando la propulsión para obtener la máxima desaceleración. Es imposible lograr que su velocidad relativa al sol sea cero antes de llegar a la nube de Oort.

—Entonces, al igual que con las sondas, que se desvíen del Sistema Solar.

Sería la muerte cambiar la trayectoria a cualquier otra dirección. Eso haría que la flota se saltase el Sistema Solar y acabase en las desolaciones del espacio. El sistema de soporte vital de la flota no aguantará lo suficiente para regresar a Trisolaris o buscar otro sistema estelar viable.

—La muerte no es una certidumbre. Quizá las naves humanas o trisolarianas puedan rescatarlas.

Para eso hace falta una orden superior.

—Si cambiar la trayectoria es un proceso largo, que se inicie ahora mismo. Eso nos dará la oportunidad de seguir viviendo.

Hubo un silencio de tres minutos. Luego:

Dentro de diez minutos de la Tierra, la flota iniciará el cambio de trayectoria. Dentro de dos años, los sistemas de observación humana del espacio podrán verificar el cambio.

—Bien —dijo Luo Ji, y apartó la pistola del pecho. Con la otra se apoyó en la tumba para no caerse—. ¿Ya erais conscientes de que el universo es un bosque oscuro?

Sí. Lo sabemos desde hace mucho tiempo. Lo extraño es que usted lo comprendiese tan tarde… Su estado de salud nos preocupa. Esto no interrumpirá sin querer el sistema que mantiene la señal de la cuna, ¿verdad?

—No. Este dispositivo es mucho más avanzado que el de Rey Díaz. Mientras siga con vida, la señal persistirá.

Debería sentarse. Eso le ayudará en su estado.

—Gracias —dijo Luo Ji, y se sentó apoyado contra la piedra—. No os preocupéis, no voy a morir.

Estamos en contacto con los niveles superiores de las dos coaliciones. ¿Necesita que llamemos a una ambulancia?

Sonrió y negó con la cabeza.

—No. No soy un salvador. Solo quiero salir de aquí como una persona normal y volver a casa. Descansaré un poco y me pondré en camino.

Dos de las tres esferas desaparecieron. El texto de la que quedaba, que ya no relucía, parecía oscuro y sombrío.

Al final, nuestro fallo fue la estrategia.

Luo Ji asintió.

—La idea de bloquear el sol para enviar una señal interestelar no es mía. Los astrónomos del siglo XX ya lo habían pensado. Y tuvisteis muchas oportunidades de comprender mi plan. Por ejemplo, durante todo el Proyecto Nevado me preocupé continuamente de la posición exacta de las bombas en órbita solar.

Pasó dos meses enteros en la sala de control operando remotamente los motores iónicos para ejecutar ajustes minúsculos en su posición. En ese momento no nos importaba porque creíamos que aprovechaba la insignificancia de su trabajo para escapar de la realidad. Nunca comprendimos el verdadero sentido de la distancia entre las bombas.

—Otra oportunidad fue cuando consulté a un grupo de físicos sobre el despliegue de sofones en el espacio. Si la Organización siguiese existiendo, se habrían dado cuenta de inmediato.

Sí. Fue un error abandonarles.

—Además, también solicité que el Proyecto Nevado fabricase este curioso sistema de cuna.

Nos recordó a Rey Díaz, pero no seguimos por esa vía. Hace dos siglos Rey Díaz no era una amenaza, ni tampoco los otros dos vallados. Transferimos a usted el desprecio que sentíamos por los otros tres.

—Ese desprecio era más que injusto. Esos tres vallados eran grandes estrategas. Veían con claridad el hecho inevitable de la derrota humana en la batalla del Día del Juicio Final.

Quizá podamos iniciar las negociaciones.

—Eso no es asunto mío —dijo Luo Ji, y suspiró desde el fondo de su corazón. Se sentía tan relajado y cómodo como si hubiese acabado de nacer.

Sí, ha cumplido con su cometido como vallado. Pero seguro que tiene propuestas.

—Sin duda, lo primero que propondrán los negociadores humanos es que nos ayudéis a construir un mejor sistema de transmisión de señales, de forma que en cualquier momento podamos lanzar una maldición al espacio. Por mucho que la gota haya levantado su bloqueo del sol, el sistema actual es demasiado primitivo.

Podemos ayudarles a construir un sistema de transmisión de neutrinos.

—Es posible, por lo que sé, que prefieran un sistema de ondas gravitatorias. Tras la llegada de los sofones, ese fue el campo donde la física humana avanzó más rápido. Claro está, querrán un sistema que opere sobre principios que puedan comprender.

Las antenas para ondas gravitatorias son inmensas.

—Eso queda para vosotros y ellos. Es curioso. Ahora mismo no me siento como parte de la especie humana. Mi mayor deseo es despojarme de todo lo antes posible.

Luego nos pedirán que levantemos el bloqueo sofón y que transmitamos ciencia y tecnología al completo.

—Algo importante también para vosotros. La tecnología de Trisolaris se ha desarrollado a una velocidad constante y dos siglos después todavía no habéis enviado otra flota más rápida. Para poder rescatar a los trisolarianos desviados, debéis confiar en el futuro de la humanidad. Tengo que irme.

¿De verdad podrá regresar solo? La supervivencia de dos civilizaciones depende de su vida.

—No es problema. Ahora ya me encuentro mucho mejor. Al volver entregaré de inmediato el sistema cuna, y esto ya dejará de ser asunto mío. Por último, me gustaría daros las gracias.

¿Por qué?

—Porque me habéis dejado vivir. O, visto desde otro punto de vista: habéis dejado que todos vivamos.

La esfera desapareció, volviendo a su estado microscópico en once dimensiones. Al este se apreciaba una esquina del sol, tiñendo de dorado un mundo que había sobrevivido a la destrucción.

Luo Ji se puso en pie muy despacio. Tras mirar por última vez las tumbas de Ye Wenjie y Yang Dong, recorrió lentamente el camino de vuelta.

La hormiga había llegado a lo más alto del monolito y agitó con orgullo las antenas ante el sol que salía. De toda la vida en la Tierra, había sido el único testigo de todo lo que acababa de suceder.

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