El bosque oscuro
Primera Parte. Los Vallados » Año 3 de la Era de la Crisis
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Año 3 de la Era de la Crisis
Distancia que separa a la flota trisolariana
de nuestro Sistema Solar: 4,21 años luz
«Menuda pinta de antigualla…».
Eso fue lo primero que pensó Wu Yue al ver el Dinastía Tang, el gigantesco buque de guerra en construcción que tenía delante. Aun sabiendo que las numerosas manchas que hilvanaban el casco casi terminado eran consecuencia de la elaborada técnica de soldadura a gas (empleada para unir las placas de acero al manganeso que lo formaban), y que estas desaparecerían bajo una capa de pintura gris, era incapaz de imaginar lo sólido e imponente que resultaría el barco.
Acababa de concluir el cuarto ejercicio de adiestramiento de la flota. Durante los dos meses que había durado, tanto Wu como el otro oficial al mando del navío, Zhang Beihai, de pie a su lado, habían soportado estoicamente una situación incómoda: mientras las formaciones de destructores, los submarinos y las naves de abastecimiento iban y venían, la posición del Dinastía Tang, aún en construcción, era ocupada de forma provisional por el buque escuela Zheng He; en caso contrario permanecía vacía. Durante esas humillantes sesiones de entrenamiento, Wu solía perder la mirada en la extensión de agua que debía ocupar. Su superficie, a veces segada por las estelas de los otros barcos, subía y bajaba con la misma virulencia que su humor.
En más de una ocasión se había preguntado si realmente algún día aquel espacio vacío llegaría a ser ocupado.
Ahora que lo tenía cerca, y a pesar de que aún se estaba construyendo, el Dinastía Tang le pareció tan obsoleto como decrépito. Tenía la sensación de hallarse ante una gigantesca fortaleza abandonada desde hacía mucho tiempo, cuyo cuerpo manchado fuera de ladrillo, y las lluvias de chispas que de él brotaban, enredaderas. Aquello le recordaba a una excavación arqueológica.
Wu, quien no quería que sus pensamientos divagaran por esos derroteros, fijó la mirada en Zhang.
—¿Está mejor tu padre? —le preguntó.
—No. Resiste, pero nada más.
—Pídete unos días.
—Ya me los pedí cuando el ingreso. Tal y como evoluciona la cosa, es mejor que espere.
Volvieron a guardar silencio. Todas sus interacciones personales eran igual de breves. En los asuntos laborales solían tener algo más que decirse, pero aun así Wu siempre sentía como si hubiera algo que se interponía entre ellos.
—Beihai —le dijo, usando su nombre de pila—, en el futuro nuestro trabajo ya no será como antes. Puesto que vamos a compartir responsabilidades, creo que deberíamos comunicarnos mejor.
—Que yo sepa, hasta la fecha nos hemos comunicado perfectamente. Si nuestros superiores nos han puesto al mando del Dinastía Tang es por lo bien que colaboramos a bordo del Chang’an, ¿no?
Zhang había dicho aquello en tono distendido, pero justamente con la clase de sonrisa que a Wu le resultaba inescrutable. Aunque estaba seguro de que no era fingida, se sabía incapaz de comprenderla. Tal vez el hecho de haber cooperado con éxito no garantizaba un entendimiento mutuo: los ojos de Zhang podían penetrar en el corazón de cualquier tripulante del barco, ya fuera marinero o capitán, y el mismo Wu no tenía secretos para él. Wu, en cambio, ni siquiera lograba imaginar en qué pensaba Zhang, y no podía soportarlo. Si bien sabía que Zhang era el comisario político más capacitado del buque, pues siempre obraba de forma juiciosa y eficaz, su mundo interior era un abismo tan insondable como oscuro, y encima, por si fuera poco, a menudo sentía como si la mirada de su compañero le estuviera diciendo: «Hagámoslo así y punto; no es lo que yo querría pero es lo mejor, lo indicado». Esa sensación, que comenzó siendo vaga, había ido creciendo con el tiempo. Zhang Beihai seguía comportándose de forma impecable, pero a Wu le inquietaba no poder estar seguro de lo que pensaba realmente.
Él tenía una firme convicción: la peligrosidad que entrañaba comandar un buque de guerra exigía máxima compenetración entre los oficiales al mando, y por mucho que con Zhang se había esforzado en alcanzarla, seguía siendo una asignatura pendiente. Al principio creyó que Zhang adoptaba una actitud defensiva ante él, y eso le ofendió: ¿acaso le había dado motivos para tener que protegerse? ¿Existía un capitán de destructor, en un puesto tan peligroso como el suyo, que fuera más directo y albergara menos dobles intenciones que él?
Una vez, durante el breve período en que el padre de Zhang había sido el superior de ambos, Wu se había sincerado con este acerca de sus dificultades a la hora de comunicarse con el hijo. «¿No te basta con que haga bien su trabajo que encima quieres saber lo que piensa? —le dijo el general. Y añadió, quizá sin querer—: Yo tampoco tengo ni puñetera idea…».
—Echemos un vistazo más de cerca —sugirió Zhang señalando el Dinastía Tang, que estaba envuelto en chispas.
Justo en ese momento los teléfonos móviles de ambos comenzaron a sonar; un mismo mensaje de texto los emplazaba a regresar al coche para recibir una llamada de carácter indudablemente urgente: sus teléfonos eran incapaces de establecer comunicaciones seguras. Wu abrió la puerta del coche y descolgó el auricular. La llamada era de un oficial a cargo del personal del Centro de Comandancia de Batalla.
—Capitán Wu, la comandancia de la flota ha dado orden urgente de que tanto usted como el comisario Zhang se presenten en el cuartel general de forma inmediata.
—¿En el cuartel general? Pero ¿y el quinto ejercicio de adiestramiento de la flota? La mitad del grupo de batalla ha zarpado ya y el resto de barcos se unirán mañana.
—La orden es escueta, ignoro los detalles. Pueden pedir más información a su llegada.
El capitán y el comisario político del Dinastía Tang se miraron el uno al otro y, en una extraña coincidencia tras años conociéndose, pensaron al mismo tiempo: «Esa dichosa extensión de agua seguirá vacía».
En Fort Greely, Alaska, un grupo de renos que deambulaba por una llanura nevada se detuvo alertado por una vibración en el suelo. La causa era un gran hemisferio blanco semienterrado en la nieve que, bajo su atenta mirada, viraba lentamente. A pesar de que esa especie de huevo gigante llevaba sepultado allí mucho tiempo, siempre les había parecido fuera de contexto. De pronto, se abrió escupiendo humo y llamas, tras lo cual, con gran estruendo, emergió de sus entrañas un cilindro que echó a volar expulsando fuego. El calor fundió la capa de nieve más superficial, que se evaporó para volver a caer al suelo en forma de lluvia. Cuando el cilindro alcanzó cierta altura, la paz volvió a reinar tras el ruido que había asustado a los renos. Luego el cilindro desapareció sin dejar más rastro que una estela blanca; era como si aquel vasto paisaje nevado hubiese sido una gran madeja de lana de la que una mano invisible hubiera desenrollado un hilo en dirección al cielo.
A cientos de kilómetros de allí, en la sala de control del sistema antimisiles del NORAD[2], a trescientos metros por debajo de la montaña Cheyenne, cercana a Colorado Springs, el oficial de rastreamiento de objetivos Raeder arrojó con rabia el ratón antes de exclamar:
—¡Demonios! ¡Un par de segundos más y habría podido abortar el lanzamiento!
—En cuanto vi aparecer el aviso del sistema, me imaginé que no era nada —dijo su compañero, el oficial de monitorización orbital Jones, negando con la cabeza.
—Entonces, ¿a qué está atacando el sistema?
La pregunta la había formulado el general Fitzroy. El escudo antimisiles era una de las nuevas áreas que dirigía desde su recientemente estrenada posición, y aún no se había familiarizado con él. Observaba los monitores que cubrían la pared, tratando de encontrar alguno de los diáfanos e inteligibles gráficos que estaba acostumbrado a ver en el centro de control de la NASA: una simple curva sinodal, una única línea roja cruzando un mapa. Sin embargo, allí nada era tan simple, y las numerosas líneas que cosían las pantallas formaban una abstracta y complicada maraña que le resultaba indescifrable. Eso por no hablar de todas las otras pantallas con cifras que cambiaban a velocidad de vértigo y cuyo significado solo era evidente para los oficiales que estaban de servicio.
—General, ¿recuerda cuando el año pasado, al reemplazar la película refractiva del módulo multifunción de la Estación Espacial Internacional, se les perdió la original? Eso es lo que era. Expuesta al viento solar, tan pronto se desplegaba como volvía a hacerse una bola…
—¡Pero eso debería constar en la base de datos!
—Y allí está. Mire… —dijo Raeder, abriendo una nueva ventana con el ratón.
Enterrada bajo montones de texto, datos y tablas, había una discreta fotografía, probablemente tomada por un telescopio desde la Tierra, de una mancha blanca con forma irregular sobre un fondo negro. El fuerte reflejo hacía casi imposible distinguir los detalles.
—Mayor, ¿por qué no abortó la operación?
—Los tiempos de reacción humanos no son lo bastante rápidos. El sistema debería haber hecho una búsqueda automática en la base de datos de objetivos, pero en el nuevo sistema todavía no han introducido los datos del antiguo, así que no están conectados con el módulo de reconocimiento —explicó Raeder.
Su tono dejaba entrever cierto agravio, como queriendo decir: «Acabo de demostrar mi competencia al encontrar la foto con dos clics de ratón; no me venga con chorradas».
—General, cuando los objetivos del escudo antimisiles se reorientaron al espacio, recibimos orden de cambiar al modo operativo real hasta que se completara la recalibración del software —intervino otro oficial.
Fitzroy guardó silencio. Tanta locuacidad estaba a punto de irritarlo. Aunque tenía delante el primer sistema de defensa planetario de la historia de la humanidad, no era más que un escudo antimisiles preexistente reorientado hacia el espacio.
—¡Hagámonos una foto de recuerdo! —propuso entonces Jones—. Este tiene que haber sido el primer ataque realizado por la Tierra contra un enemigo externo…
—Las cámaras están prohibidas —replicó Raeder con frialdad.
—Pero ¿qué demonios está diciendo, capitán? —gritó Fitzroy—. ¡El sistema no ha detectado ningún objetivo enemigo! ¿Cómo va a ser esto un primer ataque?
Se produjo un silencio incómodo, tras el cual alguien apuntó:
—Los misiles interceptores llevan cabezas nucleares.
—Sí, cada una de uno coma cinco megatones. ¿Y?
—Afuera ya casi es de noche. ¡Dada la ubicación del objetivo, deberíamos poder ver el fogonazo!
—Puedes verlo por el monitor.
—Desde fuera es más vistoso… —dijo Raeder.
Visiblemente nervioso, Jones se puso de pie para excusarse.
—General…, mi turno ya ha terminado…
—El mío también, general —afirmó Raeder de inmediato.
Aquello no era más que un gesto de cortesía. Fitzroy era un coordinador de alto nivel del Consejo de Defensa Planetaria sin autoridad sobre el NORAD ni el escudo de misiles.
—No están ustedes bajo mi mando. —Fitzroy hizo un gesto de desdén con la mano—. Hagan lo que les plazca. Pero permítanme recordarles que en el futuro pasaremos mucho tiempo trabajando juntos…
Raeder y Jones subieron a toda prisa las escaleras de acceso al nivel superior y, tras franquear la pesada puerta a prueba de radiación, llegaron al pico de la montaña Cheyenne. Aunque anochecía y el cielo estaba despejado, no vieron el flash que indicara una explosión nuclear en el espacio exterior.
—Debería verse justo allí. —Jones señaló un punto en el cielo.
—Igual no hemos llegado a tiempo —dijo Raeder, sin mirar hacia arriba. Luego, con una sonrisa irónica, añadió—: ¿De veras piensan que una sofón volverá a desplegarse en menores dimensiones?
—Me extrañaría —contestó Jones—. Es inteligente. Sabe que nos estaría regalando una oportunidad.
—Los ojos del escudo antimisiles apuntan hacia arriba. ¿Es verdad que no hay nada en la Tierra de lo que debamos defendernos? Incluso creyéndonos el cuento de que los países terroristas se han convertido en unos santos, aún está la Organización Terrícola-trisolariana, ¿no? —ironizó Raeder, tratando de sofocar una carcajada—. Los del Consejo de Defensa Planetaria se mueren por tener algún éxito del que presumir, Fitzroy el primero. Van a anunciar con bombo y platillo que se ha completado la primera fase del Sistema de Defensa Planetaria cuando apenas han modificado el hardware. El único propósito para el que está pensado el sistema es evitar que un protón se despliegue en una dimensión menor en una órbita cercana a la Tierra. La tecnología necesaria es incluso más simple que la que se usa para interceptar misiles guiados, pues en caso de que el objetivo apareciera abarcaría una superficie inmensa… Jones, he subido aquí contigo por eso mismo… ¿a qué venía esa historia de la foto, acaso eres una criatura? ¡Has molestado al general! ¿Todavía no te has dado cuenta de lo orgulloso que es?
—No lo entiendo… El hecho de querer inmortalizar el momento debería halagarle, ¿no?
—¡Es una de las figuras más públicas del ejército! ¿Crees que reconocerá un error del sistema en la rueda de prensa? ¡Ni en broma! Ya verás cómo hará lo mismo que hacen todos siempre: lo venderá como una maniobra exitosa.
Mientras decía aquello, Raeder posó el trasero en el suelo y se echó hacia atrás, mirando al cielo, donde aparecían las primeras estrellas.
—Jones, ¿y si se despliega de verdad? ¡Nos daría la oportunidad de aniquilarla! ¿Te imaginas…?
—¿De qué iba a servir? No cambiaría el hecho de que los suyos siguen volando hacia el Sistema Solar. Quién sabe cuántos de ellos… Pero, oye, ¿te has referido al sofón en femenino?
La expresión en el rostro de Raeder se suavizó.
—Ayer —dijo— un coronel chino que acaba de llegar al centro me contó que, en su lengua, «protón» se escribe igual que un nombre de mujer japonés: Tomoko.
Hacía apenas un día que Zhang Yuanchao, tras más de cuarenta años trabajando en la planta química, había firmado su jubilación. Si creía las palabras de su vecino Yang Jinwen, hoy empezaba para él una segunda infancia. Según Yang, los sesenta constituían, junto a los dieciséis, una de las mejores etapas de la vida: alcanzada esa edad, uno se liberaba de las cargas y responsabilidades que había soportado durante las dos décadas anteriores y, al mismo tiempo, todavía estaba lejos del deterioro que sufriría al llegar a la siguiente. Era, pues, una etapa para disfrutar de la vida.
Tanto el hijo como la nuera de Zhang tenían trabajo estable y, aun habiéndose casado a cierta edad, en poco tiempo le darían un nieto. Además, desde hacía un año vivían en un piso que nunca habrían podido permitirse sin la indemnización que les pagaron por el derribo de su antiguo edificio. Si lo pensaba, tanto para él como para los suyos, todo en la vida marchaba razonablemente bien. Y, sin embargo, en aquel espléndido día, al observar la ciudad desde la ventana de su hogar en un octavo piso, no solo no tenía la sensación de estar viviendo una segunda infancia, sino que tampoco albergaba ningún destello de esperanza.
Debía reconocerlo: su vecino tenía razón cuando le hablaba de la importancia de estar al día en los grandes asuntos.
Yang, profesor de secundaria antes de jubilarse, nunca se cansaba de repetirle que, en la vejez, para continuar disfrutando de la vida uno debía seguir aprendiendo cosas nuevas. Por ejemplo, a manejarse en internet: «Si hasta las criaturas saben conectarse —solía decirle—. ¿Cómo no ibas a aprender tú?». Tampoco perdía ocasión de recriminarle lo que para él constituía uno de sus mayores defectos: su total desinterés por el mundo que lo rodeaba. «Tu mujer al menos se desahoga llorando con los culebrones que echan en la tele —le recriminó en una ocasión—, pero es que tú ni la enciendes. Deberías interesarte más por las cosas que pasan aquí y en el mundo; también forman parte de una vida plena».
En eso Zhang Yuanchao se diferenciaba de los jubilados pequineses. En una ciudad en la que hasta los taxistas eran capaces de analizar con tino asuntos nacionales e internacionales de toda índole, a él le costaba recordar incluso el nombre del presidente. Y además se enorgullecía de ello: «A las personas normales y corrientes como yo, nos basta con tratar de ganarnos la vida —había replicado aquel día—. ¿Qué necesidad tenemos de calentarnos la cabeza con asuntos que al fin y al cabo ni nos van ni nos vienen? ¡Ya son ganas de complicarse la vida! Tú, que estás siempre al día de todo, que no te pierdes ningún telediario y te pasas horas discutiendo en internet sobre cualquier tema (desde la política económica nacional hasta la proliferación nuclear internacional), ¿has ganado algo? ¿Te ha subido el gobierno la pensión siquiera medio céntimo?».
«¡Menuda sarta de tonterías! —había exclamado el otro—. ¿Que ni te va ni te viene? Escúchame bien, Lao Zhang: cada gran asunto nacional o internacional, cada nueva ley, cada resolución de las Naciones Unidas repercute en tu vida de manera más o menos directa. ¿Te crees que la invasión de Venezuela por parte de Estados Unidos no te incumbe? ¡Pues terminará afectando a tu pensión, y no será cosa de un céntimo ni de dos, precisamente!».
Aquel día Zhang se burló de la vehemencia con la que hablaba su vecino, el intelectual, y dio el tema por zanjado. Ahora sabía cuánta razón tenía.
En ese momento sonó el timbre de la puerta. Al abrir, descubrió a Yang Jinwen. Iba vestido de calle y parecía bastante relajado. Zhang lo recibió con la alegría de quien, en mitad de una travesía por el desierto, divisa la figura de otro ser humano.
—Te estaba buscando —le dijo—. ¿Adónde habías ido?
—Al mercado. He visto a tu mujer, comprando.
—¿Tú sabes por qué está tan vacío el bloque? Parece un mausoleo…
—Pues porque hoy no es festivo, hombre —respondió el vecino con una sonrisa—. Es tu primer día de jubilado, es normal que te sientas raro. Al menos puedes alegrarte de no haber sido un líder del Partido; a ellos les cuesta mucho más adaptarse. Pronto te acostumbrarás. ¡Alegra esa cara! Si quieres, podemos ir al local social a ver cómo podemos pasar el rato…
—No, no. Si a mí no me preocupa la jubilación, lo que me inquieta es… cómo decirlo… la situación del país. Bueno, la situación mundial.
Yang lo señaló con el dedo y con tono de mofa, dijo:
—¿La «situación mundial»? Jamás hubiera creído que de tu boca saldrían esas palabras.
—Ya lo sé. Antes me traían sin cuidado los grandes asuntos, pero es que ahora de grandes han pasado a enormes… ¡Quién iba a decirme que sucedería algo tan gordo!
—Es curioso, Lao Zhang… A mí me ha ocurrido justo lo contrario: ahora soy yo quien no quiere perder el tiempo en temas que no me van ni me vienen. ¿Puedes creer que llevo dos semanas sin poner las noticias? Antes vivía pendiente de los grandes asuntos, para saber cómo iban a determinar mi futuro, pero esto de ahora no tiene más que un final…, ¿y qué ganamos preocupándonos?
—¡No puede darnos igual que la humanidad vaya a desaparecer en cuatrocientos años!
—¡Bah! ¿Y qué? Tú y yo seremos historia en cosa de cuarenta…
—Pero ¿y nuestros descendientes? ¡Los exterminarán!
—Eso a mí me preocupa bastante menos que a ti. Cuando mi hijo se fue a Estados Unidos, me dejó bien claro que ni su mujer ni él querían descendencia, así que… ¡Consuélate! Como mínimo los Zhang aún duraréis una docena de generaciones, ¿no? ¿Acaso no es suficiente?
Zhang lo miró, atónito. Luego se fijó en el reloj, y al ver la hora se fue a encender el televisor. El canal de noticias estaba repasando los asuntos más importantes de la jornada:
Según informa Associated Press, el pasado día veintinueve a las seis y media de la tarde el Escudo Antimisiles de los Estados Unidos simuló con éxito la destrucción de un sofón desplegado en una órbita cercana a la Tierra. Se trata de la tercera prueba de intercepción de este tipo que realiza el escudo desde que fuera redirigido hacia el espacio exterior. El objetivo de esta nueva prueba fue una película refractiva desechada por la Estación Espacial Internacional, el pasado octubre. Según un portavoz del Consejo de Defensa Planetaria, la superficie del objetivo era de apenas trescientos mil metros cuadrados, lo cual implica que (mucho antes de que un sofón desplegado hasta la tercera dimensión alcanzase un área lo suficientemente grande para que su superficie refractiva supusiera una amenaza para objetivos humanos) el escudo de misiles sería capaz de destruirlo.
—Vaya despropósito… ¡Ya pueden esperar sentados a que un sofón se despliegue! —dijo Yang mientras hacía ademán de arrebatarle el mando a distancia a Zhang—. ¡Cambia de canal, anda! A ver si alguno repite la semifinal de la Copa de Europa. Anoche me quedé dormido en el sofá viéndola…
—La ves en tu casa —soltó el vecino, apartando la mano de su alcance.
El informativo continuaba:
El doctor del Hospital Militar 301 a cargo del tratamiento del académico Jia Weilin ha confirmado que la muerte de este se debió al cáncer hematológico que padecía, comúnmente conocido como leucemia, y que las causas directas de esta fueron el fallo de órganos y la pérdida de sangre, fruto del avanzado estado de la enfermedad, sin que se detectaran otras anomalías. Jia Weilin, un afamado experto en superconductividad que hizo grandes contribuciones en el campo de los superconductores a temperatura ambiente, falleció el pasado día diez. La hipótesis según la cual Jia habría muerto a causa de un ataque perpetrado por sofones queda, pues, descartada. Asimismo, en otro comunicado, un portavoz del Ministerio de Sanidad confirmó que otras muertes supuestamente debidas a los ataques por parte de sofones fueron, en realidad, fruto de accidentes fortuitos o enfermedades. Esta cadena ha podido hablar del asunto con el famoso físico Ding Yi.
—¿Qué opina del creciente miedo a los sofones?
—Lo alimenta una falta de conocimientos elementales en el campo de la física. Tanto los portavoces del gobierno como los miembros de la comunidad científica hemos reiterado que un sofón no es más que una partícula microscópica que, aun cuando está dotada de gran inteligencia, precisamente debido a su escala es incapaz de ejercer un efecto tangible en el mundo macroscópico. Sus principales amenazas para la humanidad son la tergiversación de los resultados de los experimentos en el terreno de las altas energías, y la red de entrelazamiento cuántico que monitoriza la Tierra.
En su estado microscópico, un sofón es incapaz de matar ni de cometer ningún ataque ofensivo. Para producir un efecto mayor en el mundo macroscópico, debería desplegarse hasta un estado dimensional menor. Pero incluso en ese caso, sus resultados serían limitados, pues un sofón desplegado en menores dimensiones es muy débil en una escala macroscópica. Y ahora que la humanidad ha establecido un sistema de defensa, ningún sofón es capaz de hacerlo sin proporcionarnos la oportunidad de destruirlo. Creo que los medios deberían dar la máxima difusión a esta y otras informaciones de carácter científico, a fin de evitar que la población sea presa de un pánico que carece de fundamento.
Zhang oyó entonces que alguien entraba en el apartamento sin llamar y se abría paso hasta el salón al grito de: «¡Lao Zhang! ¡Maestro Zhang!». Antes incluso de verlo, por su manera de subir las escaleras ya supo quién era: se trataba de Miao Fuquan, otro vecino del mismo rellano varios años menor que Zhang y originario de la provincia de Shanxi, donde poseía varias minas de carbón. En realidad, vivía en un apartamento más grande en otra zona de Pekín, y el de allí lo mantenía para su querida, una chica de Sichuan de la misma edad que su hija. Una vez instalada allí, tanto los Zhang como los Yang decidieron ignorar su presencia. La única excepción fue un altercado que tuvieron por culpa de los trastos que ella dejaba en el rellano. Después, poco a poco terminaron dándose cuenta de que, más allá del adulterio, Miao no era mala persona, sino al contrario.
En cuanto la administración del edificio les ayudó a resolver la disputa, las tres familias de la octava planta pudieron convivir en paz. Aunque Miao Fuquan decía que las riendas de su negocio estaban ahora en manos de su hijo, seguía siendo un hombre muy ocupado, y el tiempo que pasaba en el hogar (por así llamarlo) era siempre muy breve. La sichuanesa vivía la mayor parte del año sola en su apartamento de tres habitaciones.
—¡Lao Miao! —le saludó Yang—. ¡Llevabas casi un mes sin aparecer! ¿Dónde hemos hecho fortuna esta vez?
Miao cogió un vaso de papel y lo llenó con agua del dispensador.
—De fortunas, nada, ¡al revés! —respondió, y se limpió la boca con la manga de la camisa tras vaciar el vaso de un trago—. La situación se ha puesto muy seria en las minas. Tuve que ir a poner orden. Estando como estamos casi en tiempos de guerra, el gobierno ha endurecido las normas y ya no valen lo mismo que antes… Así que no creo que pueda mantener las excavaciones durante muchos más meses…
—Vienen malos tiempos —sentenció Yang sin apartar la vista del partido.
Llevaba horas tumbado en la cama sin moverse. El único punto iluminado de aquel sótano era el cuadrado brillante que la mortecina luz de la luna (como antes la del sol) proyectaba sobre el suelo al colarse por un ventanuco. Todo lo demás quedaba envuelto en penumbra y parecía esculpido sobre piedra gris. La habitación entera recordaba a un sepulcro.
Nadie sabría jamás cuál era su verdadero nombre, pero con el tiempo se lo conocería como el segundo desvallador.
El hombre había estado rememorando su vida. Una vez seguro de que no había olvidado ningún episodio, desentumeció los músculos de su anquilosado cuerpo, metió la mano debajo de la almohada y extrajo un revólver, que apuntó contra su sien. Justo en ese instante, una línea de texto apareció ante sus ojos:
No lo hagas. Te necesitamos.
—¿Es usted, mi Señor? —preguntó—. Después de un año entero soñando con que recibía su llamada, de repente dejé de hacerlo. Creí que había perdido la capacidad de soñar, pero ya veo que no…
No estás soñando. Me estoy comunicando contigo en tiempo real.
—¡Ja! Ahora sí que no le creo. Estoy seguro de que en su mundo no saben lo que son los sueños…
¿Necesitas pruebas?
—¿De que allí no existen los sueños?
De que realmente soy yo.
—De acuerdo. Dígame algo que no sepa.
Se te han muerto los peces.
—Me trae sin cuidado. Pronto me reuniré con ellos en el más allá…
Ve a echarles un vistazo. Esta mañana estabas tan absorto en tus cosas que lanzaste una colilla al aire y no viste que fue a parar dentro de la pecera. La nicotina que se filtró en el agua fue letal para ellos.
El segundo desvallador abrió los ojos de inmediato, dejó el arma sobre la cama y se puso de pie con una rapidez impropia del estado letárgico en que parecía sumido hasta hacía unos instantes. Buscó a tientas el interruptor de la luz y, tras encenderlo, fue directo hasta la pecera que había sobre una mesita. Cinco peces telescopio flotaban con el vientre hacia arriba. Junto a ellos había la colilla de un cigarrillo.
Te daré una prueba más. En una ocasión, Evans te envió un mensaje cifrado, pero la contraseña cambió y él murió antes de hacerte llegar la nueva. A día de hoy, sigues sin haber podido leer el mensaje. Ahora te diré la contraseña: CAMEL, como la marca del cigarrillo con que has envenenado a tus peces.
El segundo desvallador se apresuró a abrir su ordenador portátil, pero antes de que este se hubiera encendido, ya estaba llorando a lágrima viva.
—¡Señor! ¿Es usted de verdad? —preguntaba entre sollozos—. ¿Es usted de verdad?
El ordenador localizó el citado correo y abrió el archivo adjunto en el lector específicamente creado para ello por la Organización Terrícola-trisolariana. De inmediato apareció una ventana, introdujo la contraseña y por fin pudo ver el texto. Pero fue incapaz de leerlo sin alterarse.
—¡Señor! ¡Realmente es usted! ¡Mi Señor! —exclamó arrebatado, de rodillas y dando golpes en el suelo con la cabeza. Después, algo más calmado pero con los ojos aún arrasados en lágrimas, miró hacia arriba y añadió—: ¡No nos avisaron de la redada que nos preparaba la policía el día de la reunión! ¡Ni de la trampa que iban a tendernos en el canal de Panamá! ¿Por qué nos abandonaron de esa forma?
Os teníamos miedo.
—¿Todo porque nuestros pensamientos no son transparentes? ¡Pero si no tienen nada que temer! ¡Justamente todas esas habilidades de las que ustedes carecen (ya sea fingir, engañar, confundir) son las que ponemos a su servicio!
No estamos seguros de que eso sea verdad. Y aun suponiendo que lo fuera, no bastaría para eliminar nuestra reticencia. La Biblia menciona un animal: la serpiente. Si un día, una se presentara ante ti para ponerse a tu servicio, ¿dejaría de producirte miedo o asco?
—Si me dijera la verdad, trataría de superar mi aversión y aceptaría su ayuda.
No sería fácil.
—No, claro. Además, es cierto que a ustedes ya los mordió la serpiente una vez. A partir del momento en que fue posible la comunicación mediante notificaciones en tiempo real, deberían haber dejado de responder tan detalladamente a todas las preguntas que les hicimos: desde el relato de cómo recibieron la primera señal sobre la existencia de la humanidad, hasta los pormenores que rodean la construcción de un sofón. Al principio nos costó comprender por qué, si ya no se estaban comunicando mediante visualización transparente del pensamiento, no eran más selectivos con la información que revelaban.
Esa opción existía, pero de todos modos hubiéramos ocultado mucho menos de lo que imaginas. Lo cierto es que en nuestro mundo existen formas de comunicación, especialmente a partir de la era de la tecnología, que no emplean la visualización transparente del pensamiento. Sin embargo, la transparencia de pensamiento se ha convertido en una convención social y cultural. Es posible que no podáis entenderlo, igual que nos pasa a nosotros con algunas cosas de vuestro mundo.
—Me cuesta concebir que el engaño y la mentira no existan en su mundo…
Existen, pero son mucho menos sofisticados que en el vuestro. Por ejemplo, en nuestras guerras los bandos enfrentados pueden tratar de camuflarse, pero si un enemigo sospecha y pregunta abiertamente, lo más frecuente es que se le diga la verdad.
—Increíble.
Vosotros nos parecéis igualmente increíbles a nosotros. Tienes un libro en tu estantería que se llama… ¿Historia de los Tres Reinos?[3]
—El Romance de los Tres Reinos. A usted le costaría entenderlo…
Lo entiendo en parte… igual que si fuera un tratado de matemáticas: para hacerme una idea general, hay que ponerle un enorme esfuerzo mental y no poca imaginación.
—La verdad es que ningún otro libro ha elevado la intriga y la conspiración humanas a cotas tan altas.
Pero para nuestros sofones, el mundo de los humanos es transparente.
—A excepción de sus pensamientos.
Cierto. Los sofones son incapaces de leer el pensamiento.
—Supongo que conoce el Proyecto Vallado.
Mejor que tú. Está a punto de activarse. Es la razón por la que hemos acudido a ti.
—¿Qué le parece?
Lo mismo que la serpiente.
—Pero en la Biblia, la serpiente ayuda al hombre a obtener el conocimiento. El Proyecto Vallado planea construir uno o varios laberintos que a ustedes les resultarán casi imposibles de superar. Nosotros podemos ayudarles a salir de ellos.
La opacidad de sus pensamientos no contribuye más que a reafirmarnos en nuestra decisión de exterminar a la raza humana. Ayudadnos a eliminarla y luego os eliminaremos a vosotros.
—Mi Señor, los términos en que se expresa pueden resultar problemáticos. A usted tal vez no le sorprenda su estilo tan directo, pero en nuestro mundo, incluso cuando uno expresa lo que de verdad piensa, siempre debe hacerlo de un modo adecuadamente eufemístico según cada situación. Por ejemplo, aunque lo que acaba de decir encaja a la perfección con los ideales de la Organización, expresado de forma tan directa podría provocar el rechazo de algunos de nuestros miembros y tener consecuencias inesperadas. Es posible que nunca lleguen a aprender a comunicarse de esta forma, pero vale la pena que lo intenten.
Para nosotros, la expresión de pensamientos deformados es precisamente lo que convierte el intercambio de información en la sociedad humana, sobre todo en su literatura, en un laberinto enrevesado… Tengo entendido que la Organización Terrícola-trisolariana se encuentra al borde del colapso.
—¡Eso es porque nos abandonaron! Sufrimos dos golpes muy duros en muy poco tiempo. Ahora, tras la desintegración de la facción redencionista, solo los adventistas siguen estando organizados. Seguro que usted ya lo sabe, pero el peor daño causado fue el psicológico. Su abandono puso a prueba la devoción que los miembros de la Organización sentimos por nuestro Señor. ¡A fin de mantenerla, necesitamos desesperadamente su ayuda!
No podemos daros tecnología.
—No hace falta. Nos basta con que vuelvan a transmitirnos información a través de los sofones.
No habrá ningún inconveniente, pero antes es preciso que la Organización cumpla la orden que acabas de leer. Notificamos la misión a Evans antes de que muriera, y él te la encomendó a ti, pero por culpa de la contraseña no pudiste leer el mensaje.
El desvallador recordó entonces el mensaje que acababa de desencriptar y lo leyó con atención.
¿Verdad que no es una tarea difícil?
—No. Pero ¿es tan importante?
Antes era importante. Ahora, con el Proyecto Vallado, es fundamental.
—¿Por qué?
El texto tardó un rato en volver a aparecer.
Evans sabía por qué, pero al parecer no se lo contó a nadie. E hizo bien. Se trata de un hecho afortunado, porque ahora no tenemos que contarte nada más.
El desvallador no cupo en sí de alegría.
—¡Señor, acaba usted de aprender a ocultar información! ¡Qué gran progreso!
Evans nos enseñó mucho, pero aún nos queda un largo camino por recorrer. Según él, tenemos el nivel de uno de vuestros niños de cinco años. Para cumplir la misión que él te encomendó, hay que usar una de las estrategias que somos incapaces de aprender.
—¿Se refiere a esta estipulación? «A fin de no llamar la atención, no debes dejar que se sepa que la Organización está detrás». Bueno, si se trata de un objetivo importante, el requerimiento es lógico.
A nosotros nos resultaría complicado.
—Muy bien. Seguir el plan conforme a los deseos de Evans. ¡Mi Señor, vamos a demostrarle hasta dónde llega nuestra devoción!
En un rincón remoto del vasto océano de información que es internet, había otro rincón aún más remoto, y en un rincón remoto de aquel rincón aún más remoto había un rincón más remoto que ningún otro, en cuyas profundidades reapareció cierto mundo virtual.
En su gélido y extraño amanecer no se hallaba pirámide alguna. Tampoco la sede de la ONU ni ningún péndulo: únicamente una vasta extensión vacía de aspecto sólido, que parecía un gigantesco bloque de metal congelado.
El rey Wen de los Zhou apareció en el horizonte. Harapiento y con una deslustrada espada de bronce en la mano, tenía la cara tan sucia y arrugada como la pelliza con que se cubría. Sus ojos, en cambio, a causa de la luz del sol naciente que se reflejaba en ellos, rezumaban energía.
—¿Hay alguien ahí? —gritó—. ¿Hay alguien?
La inmensidad ahogaba su voz. Al cabo de un rato gritando, se sentó pesadamente en el suelo y aceleró el paso del tiempo. Vio que los soles se convertían en estrellas fugaces, luego que estas volvían a transformarse en soles. Los soles de las eras estables cruzaban el cielo de aquí para allá, como si fueran péndulos de un reloj, y los días y las noches de las eras caóticas parecían convertir al mundo en un inmenso escenario con la luz descontrolada. Pese a todo, aun acelerando el paso del tiempo, no consiguió que nada cambiara: aquel seguía siendo el mismo paisaje yermo, metálico y eterno. Entonces las tres estrellas volvieron a danzar por el cielo, y el rey Wen quedó convertido en un gran pilar de hielo. Cuando una de ellas se transformó en sol y le pasó por encima, el hielo que lo aprisionaba se derritió al instante y su cuerpo quedó envuelto en llamas.
Justo antes de terminar convertido en ceniza, soltó un hondo suspiro y desconectó.
Treinta oficiales de los ejércitos de tierra, mar y aire mantenían la vista fija en aquella insignia que flotaba sobre el intenso color rojo de la pared: una estrella de plata de la que surgían, como espadas afiladas, cuatro rayos que trazaban sendas diagonales y quedaban flanqueados por los caracteres chinos correspondientes a los números ocho y uno. Era la insignia de la fuerza espacial china.
El general Chang Weisi les indicó que tomaran asiento. Tras quitarse la gorra y colocarla justo en el centro de la mesa de conferencias, anunció:
—La ceremonia que marque oficialmente la creación de la fuerza espacial tendrá lugar mañana por la mañana. Será entonces cuando se les haga entrega de los uniformes y los galones. Sin embargo, camaradas, desde este mismo momento podemos considerarnos parte de una misma rama del ejército.
Los presentes se miraron unos a otros advirtiendo que, de los treinta, quince llevaban uniforme de la marina, nueve del ejército del aire y seis del de tierra. Cuando volvieron a observar al general, les costó disimular su desconcierto.
El general sonrió y dijo:
—Están pensando que el número de convocados no es proporcional, ¿verdad? Tengan en cuenta que la futura fuerza espacial no se parecerá en nada a lo que hoy es nuestro programa aeroespacial. Las naves espaciales del futuro serán mucho más grandes que los portaaviones actuales, y su tripulación también, mucho más numerosa. La guerra se luchará en resistentes plataformas de combate de alto tonelaje y los combates se parecerán más a un enfrentamiento naval que a uno aéreo, con campos de batalla tridimensionales. Por ello, la rama espacial del ejército debe nutrirse, en su mayoría, de miembros de la marina. Sé que todos daban por sentado que casi todo el personal procedería de las fuerzas aéreas, lo cual significa que nuestros camaradas de la marina no han podido prepararse mentalmente. Es preciso que se adapten en el menor tiempo posible.
—Para nosotros es una completa sorpresa, general —dijo Zhang Beihai.
A su lado, sentado con la espalda muy recta y sin moverse un ápice de su asiento, estaba Wu Yue. Pese a su gesto hierático, Zhang vio que algo se había apagado en sus simétricos ojos.
El general asintió.
—En realidad, el ejército de la marina está mucho más cerca del espacio de lo que puedan creer. Hablamos de navegar por el espacio y no de volar por él, ¿no es así? Eso es, porque en el imaginario colectivo, el océano y el espacio han estado siempre relacionados.
Ese comentario relajó el ambiente en la sala.
—Camaradas —prosiguió el general—, ahora mismo los treinta y un presentes somos los únicos integrantes de esta nueva rama del ejército. En cuanto a la futura flota espacial, se están realizando las investigaciones básicas necesarias para avanzar en todas las disciplinas pertinentes, poniendo especial énfasis en la construcción de un ascensor espacial y de motores de fusión para naves aeroespaciales de gran escala. Pero esa no es la tarea que ocupará a la fuerza espacial. Nuestra misión es establecer un marco teórico para la guerra espacial. Pese a la dificultad que entraña dicha tarea, pues nuestros conocimientos sobre el asunto parten de cero, debemos entregarnos a ella porque esa será la base que lo determinará todo sobre nuestra futura flota espacial. Durante una fase preliminar, la fuerza espacial funcionará más bien como una especie de academia militar, y nuestra primordial tarea será organizarla, para lo cual trataremos de reclutar el mayor número posible de investigadores y académicos.
Chang se puso en pie y se dirigió hasta la insignia. Cuando estuvo frente a ella, pronunció unas palabras que los presentes recordarían el resto de sus vidas:
—Camaradas, la fuerza espacial tiene ante sí un arduo camino. Según las predicciones iniciales, tardaremos unos cincuenta años en completar la investigación básica necesaria en todas las disciplinas. A partir de entonces, habrá que esperar otros cien años hasta que la tecnología necesaria para hacer viajes espaciales sea una realidad. Después de eso, pasado el período inicial de construcción, la flota espacial requerirá otro siglo y medio hasta poder alcanzar la escala prevista. En resumen, la fuerza espacial no llegará a su plenitud hasta después de haber sido creada. Estoy seguro de que entienden lo que eso implica: ninguno de nosotros viajará al espacio, ni tampoco verá con sus propios ojos la que termine siendo nuestra flota espacial. De hecho, es probable que ni siquiera lleguemos a ver un modelo viable de nave espacial. La primera generación de oficiales que la tripule no nacerá hasta dentro de dos siglos, y tendrán que pasar otros dos siglos y medio para que la flota de la Tierra se enfrente a los invasores alienígenas. A bordo de las naves que la integren viajará nuestra decimoquinta generación de descendientes.
Todos guardaron un largo silencio. Ante ellos se extendía una plúmbea y prolongada travesía en el tiempo, que se perdía en las brumas del futuro. Si bien era cierto que no alcanzaban a ver su destino final, desde allí les llegaban el resplandor de las llamas y el color de la sangre. Nunca antes habían lamentado la brevedad de la vida humana. Sus corazones se unían a través del tiempo con los de sus descendientes para perderse en un torrente de sangre y fuego en mitad del gélido frío del espacio; ese lugar donde, tarde o temprano, acababan reuniéndose las almas de todos los soldados.
Tal y como solía hacer cuando regresaba, Miao Fuquan invitó a Zhang Yuanchao y a Yang Jinwen a echar un trago en su apartamento. La sichuanesa había cubierto la mesa de viandas. Mientras las degustaban, Zhang le preguntó a Miao cómo le había ido en el banco esa mañana.
—¿No os habéis enterado? —respondió Miao—. Los bancos estaban hasta los topes… ¡La gente se amontonaba frente a las ventanillas!
—¿Y el dinero, qué? —preguntó Zhang.
—Solo he conseguido sacar una parte, el resto está congelado. ¡Hay que fastidiarse!
—Bueno, seguro que esa parte no es ninguna minucia —dijo Zhang—. Un solo pelo de tu cabeza vale más que todo lo que tenemos este y yo juntos…
—En las noticias —intervino Yang— han dicho que cuando disminuya la histeria colectiva el gobierno empezará a descongelar las cuentas, que primero quizá sea cosa de un determinado porcentaje pero que al final todo volverá a la normalidad.
—Eso espero —dijo Zhang—. El gobierno se equivocó al declarar tan pronto el estado de guerra, porque hizo que la gente entrara en pánico. Ahora todo el mundo solo piensa en el beneficio propio. ¿Cuántas personas conocéis preocupadas por la defensa de la Tierra de aquí a cuatrocientos años?
—El problema no es ese —añadió Yang—. Lo vengo diciendo: ¡una tasa de ahorro tan alta como la de China es una bomba de relojería! Ahorrando tanto e invirtiéndose tan poco en seguridad social, la gente acaba dependiendo de lo que tiene en el banco… ¡Es normal que cunda el pánico a la mínima!
—¿Tú cómo crees que será esta economía de guerra? —le preguntó Zhang.
—Todo esto ha aparecido muy deprisa. Nadie tiene todavía una visión completa de la situación. Las nuevas políticas económicas aún se están diseñando, pero una cosa está clara: vienen tiempos difíciles.
—¡Bah! —exclamó Miao—. No serán peores que los que sufrió nuestra generación. Volveremos a estar como en los sesenta, eso es todo.
—Me da pena por los jóvenes —dijo Zhang, vaciando el vaso.
En ese momento el televisor empezó a emitir una música que hizo que los tres volvieran la vista hacia el aparato. Esa sintonía se había vuelto muy familiar en aquellos tiempos, y lograba que todo el mundo dejara lo que estuviera haciendo para prestar atención. Así empezaba cada uno de los boletines de última hora que solían interrumpir la programación habitual. Como bien recordaban los tres ancianos, esos cortes habían sido frecuentes tanto en radio como en televisión antes de la década de 1980, pero desaparecieron durante el largo período de paz y prosperidad que siguió.
—Según nuestro enviado especial en Naciones Unidas —dijo el locutor—, un portavoz de dicha organización acaba de anunciar en rueda de prensa la próxima celebración de una Sesión Especial de su Asamblea General, que se centrará en el problema del Escapismo. Dicha sesión estará organizada conjuntamente por los miembros permanentes del Consejo de Defensa Planetaria y tendrá como objetivo alcanzar un consenso internacional para afrontar el fenómeno del Escapismo y fomentar la promulgación de leyes internacionales que lo regulen.