El bosque oscuro

El bosque oscuro


Primera Parte. Los Vallados » Año 3 de la Era de la Crisis

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»Repasemos ahora la historia del Escapismo hasta la fecha. El fenómeno surge con la Crisis Trisolariana. Su argumento principal es que, dado el estancamiento forzoso a que se ve sometido el progreso de la ciencia humana, carece de sentido emplear cuatro siglos y medio en idear un plan de defensa de la Tierra o del Sistema Solar. Teniendo en cuenta la limitada evolución que podrá experimentar la tecnología en ese tiempo, sería mucho más realista plantearse el objetivo de construir naves espaciales que permitieran a una pequeña parte de la raza humana escapar al espacio exterior, y así evitar su completa extinción.

»El Escapismo baraja tres posibles destinos. El primero es el llamado Nuevo Mundo, y obligaría a rastrear el universo en busca de un mundo que pudiera ser habitado por la humanidad. Aunque se trata de la opción ideal, para ello se tendrían que alcanzar velocidades de navegación muy altas, y el viaje sería previsiblemente muy largo. Dado el nivel tecnológico real que la humanidad puede alcanzar durante la presente Era de la Crisis, resulta una posibilidad muy improbable.

»La segunda opción consistiría en fundar una civilización nómada, es decir, que la humanidad fijara su residencia permanente en las naves que le habrían servido para escapar y permaneciera en un viaje eterno. Esta vía entrañaría las mismas dificultades que la del Nuevo Mundo, pero pondría el énfasis en la necesidad de potenciar aquellas tecnologías relacionadas con la creación de ecosistemas cerrados. Sin embargo, nuestro nivel tecnológico actual es insuficiente para fabricar una nave generacional que cuente con biosfera propia.

»En tercera instancia, se contemplaría hallar refugio de forma temporal. Solo después de que Trisolaris haya completado su despliegue por el Sistema Solar, se buscarían ciertas interacciones entre su sociedad y la de los humanos que hayan logrado escapar al espacio exterior. Trabajando por la paulatina mejora de las relaciones entre ambos, podría llegar el día en que se permitiera al conjunto de la humanidad, para entonces reducido a una escala menor que la actual, su regreso al Sistema Solar para convivir con los trisolarianos. Aunque, a día de hoy, este sea el plan más realista, su ejecución depende de un gran número de variables.

»Al poco de aparecer el Escapismo, medios de todo el mundo informaron de que Estados Unidos y Rusia, dos líderes en tecnología espacial, habían comenzado a diseñar en secreto sendos planes de escape. Pese a que los dos gobiernos negaron categóricamente su existencia, el clamor popular creó un movimiento internacional por la socialización de la tecnología. En la tercera Sesión Especial de la Asamblea de las Naciones Unidas, celebrada desde el comienzo de la Crisis Trisolariana, un grupo de países en desarrollo pidieron formalmente que Estados Unidos, Rusia, Japón, China y la Unión Europea difundieran sus conocimientos tecnológicos de forma libre y sin restricciones y los compartieran con ellos de forma gratuita. De ese modo, todas las naciones del mundo estarían en igualdad de condiciones a la hora de afrontar la crisis.

»Los partidarios del movimiento por la socialización de la tecnología suelen mencionar como precedente el abusivo sistema de patentes del que varias empresas farmacéuticas se servían a principios de siglo para imponer a los países africanos precios exorbitantes por la fabricación de tratamientos de última generación para el sida. Fue un caso muy sonado que nunca llegó a juicio porque las farmacéuticas, presionadas por la opinión pública, y ante la rápida proliferación de la enfermedad en el continente, aceptaron renunciar a sus patentes. Ante una crisis tan grave como la que amenaza la Tierra, la apertura de la tecnología por parte de los países avanzados supondría un ejercicio de responsabilidad.

»A pesar de que el movimiento por la socialización de la tecnología ha recibido el apoyo unánime de los países en vías de desarrollo (e incluso el de algunos países miembros de la Unión Europea), lo cierto es que todas las iniciativas presentadas hasta la fecha ante Naciones Unidas han sido rechazadas. Durante la quinta Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Estados Unidos y Gran Bretaña vetaron una propuesta de socialización tecnológica limitada, presentada conjuntamente por China y Rusia. El gobierno estadounidense tachó la iniciativa de inocente, alegando que jamás una forma de socialización tecnológica será viable. Asimismo, añadió que su máxima prioridad, solo después de la seguridad planetaria, es la seguridad nacional de su país. El fracaso de la propuesta de socialización limitada de la tecnología ha causado, además de disputas entre las grandes potencias tecnológicas, la cancelación de los planes para establecer una fuerza espacial internacional.

»Entre las muchas y graves consecuencias del fracaso del movimiento por la socialización de la tecnología, se encuentra la desilusión sufrida por muchos al darse cuenta de que, incluso enfrentados a la grave amenaza que supone la Crisis Trisolariana, la pretendida unidad de los seres humanos continúa siendo un objetivo lejano.

»El movimiento por la socialización de la tecnología fue fundado por partidarios del Escapismo. Solo cuando la comunidad internacional consensúe una postura común con que enfrentarse a ella, podrán empezar a curarse las heridas abiertas entre los países ricos y pobres.

»En estas circunstancias se celebrará la próxima Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas…

—Por cierto —dijo Miao Fuquan—, eso me recuerda aquel asunto por el que os llamé el otro día… Me confirman que es de fiar.

—¿Qué asunto?

—¡Sí, hombre, lo del fondo para el escape!

—¿Cómo puedes caer en un timo así, Lao Miao? —exclamó Yang, consternado—. No te hacía tan iluso…

—Qué va, qué va… —dijo Miao, bajando la voz y mirándolos a los ojos—. El muchacho se llama Shi Xiaoming, he comprobado sus credenciales por varias vías. El padre, Shi Qiang, fue jefe de la unidad antiterrorista municipal y ahora trabaja en el Departamento de Seguridad del Consejo de Defensa Planetaria. Al parecer, es una figura importante en la lucha contra la Organización Terrícola-trisolariana. Aquí tengo su teléfono, podéis comprobarlo vosotros mismos.

Zhang y Yang se limitaron a mirarse el uno al otro.

—Bueno, ¿y qué, si es verdad? —dijo Yang al fin, sonriendo mientras agarraba la botella para volver a llenarse el vaso—. Aunque realmente exista ese fondo, a mí me da lo mismo, porque no podré permitírmelo.

—Exacto. Esas cosas las hacen para vosotros, los ricos —apostilló Zhang con voz pastosa.

—¡Pues como realmente funcione así, los del gobierno son un hatajo de inútiles! —exclamó Yang, de pronto indignado—. Quienes deberían tener la oportunidad de escapar son nuestros descendientes, y de estos, los que valgan más, una élite selecta de la especie… ¿De qué coño sirve dársela a los que paguen más dinero? ¿Qué se consigue con eso?

—No hace falta que disimules, Lao Yang —gritó Miao, señalándolo con un dedo acusador—, puedes decirlo a las claras: ¡Lo que tú quieres es que los que se salven sean tus descendientes! Como tu hijo y tu nuera, doctores en ciencias, y, por tanto, miembros de la élite intelectual, de la cual en el futuro muy probablemente tus nietos y bisnietos también formen parte, ¿no? —Alzó el vaso en gesto congratulatorio—. Pero desde otro punto de vista, partiendo de la base de que ningún ser humano está por encima de otro (y que tenemos derecho a ser considerados iguales), ¿por qué motivo hay que regalarles nada a las élites?

—¿Regalarles?

—¡En esta vida no hay nada gratis! Todo tiene un precio que se paga con dinero; es lo lógico y natural. E igual de lógico y natural es que yo me gaste el mío asegurando un futuro a los Miao.

—¿Por qué comerciar también con eso? Los que se salven tendrán la responsabilidad de continuar con la civilización humana, así que es obvio que deberían constituir una élite seleccionada. Enviar a un puñado de ricachones al espacio… ¡Ja! ¿Qué se consigue con eso?

A Miao se le borró la sonrisa irónica que había exhibido hasta el momento.

—Llevo ya demasiado tiempo aguantando tus desprecios —dijo mientras apuntaba a Yang con un grueso dedo—. ¡No importa el dinero que pueda llegar a ganar, para ti siempre seré un paleto venido a más! ¿A que sí?

—¿Y qué pensabas, si no? —le espetó Yang, envalentonado por el alcohol.

Miao Fuquan dio un manotazo en la mesa y se levantó.

—Yang Jinwen, si crees que voy a aguantar de brazos cruzados tu mala baba…

Entonces fue Zhang el que dio un manotazo en la mesa, con tanta fuerza que volcó los tres vasos e hizo gritar a la sichuanesa, que se acercaba con un plato en las manos.

—¡Muy bien! —Zhang señaló alternativamente a Yang y a Miao Fuquan—. Tú eres de lo más ilustre y escogido de la especie y tú estás podrido de dinero… ¿Y qué coño soy yo? ¡Un pobre trabajador! Da lo mismo que mi estirpe se trunque, ¿verdad?

Resistiendo el impulso de tumbar la mesa, dio media vuelta y se marchó. Yang fue tras él.

El segundo desvallador estaba depositando, con el mayor cuidado, un pez dorado en su pecera. Al igual que Evans, disfrutaba de la soledad tanto como necesitaba la compañía de seres distintos a los humanos. A menudo hablaba con sus peces como si fueran trisolarianos: dos formas de vida a las que deseaba una plácida y prolongada estancia en el planeta Tierra. Justo entonces apareció un texto ante sus ojos.

He estado leyendo El Romance de los Tres Reinos, y es tal y como me dijiste: el engaño y la mentira son todo un arte, como los dibujos de la piel de una serpiente.

—Mi Señor, de nuevo menciona a la serpiente.

Cuanto más hermosos son los dibujos de su piel, más imponente resulta su aspecto. Antes nos daba igual que la humanidad escapase, siempre y cuando se mantuviera alejada del Sistema Solar. Ahora queremos impedir su huida. Es extremadamente peligroso permitir que un enemigo cuyos pensamientos son del todo opacos se pierda en el cosmos.

—¿Tienen pensado algún plan específico?

La flota ha modificado su estrategia. Cuando alcancen el cinturón de Kuiper, las naves se desplegarán para rodear el Sistema Solar.

—Pero si la humanidad decide realmente escapar, cuando llegue la flota ya será demasiado tarde.

En efecto. Por eso necesitamos vuestra ayuda. La próxima misión de la Organización es frustrar o retrasar los planes de fuga de la humanidad.

El desvallador esbozó una sonrisa.

—Mi Señor, en realidad no hay razón para preocuparse. Nunca se producirá una huida a gran escala de la humanidad.

Incluso con el reducido margen para el desarrollo tecnológico que existe actualmente, la humanidad podría llegar a construir naves generacionales.

—El mayor obstáculo no es la tecnología.

¿Lo son las disputas entre países? Es muy posible que, en la próxima Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas, resuelvan el problema. Incluso si no lo consiguen, los países desarrollados pueden permitirse ignorar la oposición de los países en vías de desarrollo y forzar la aprobación de un plan.

—El mayor obstáculo por superar tampoco son las disputas entre países.

¿Cuál es, entonces?

—Las disputas entre personas. Dirimir quién se va y quién se queda.

A nosotros no nos parece que eso sea un problema.

—Lo mismo pensábamos nosotros al principio, pero al final se ha convertido en un escollo insuperable.

¿Podrías explicar el motivo?

—Aun habiéndose familiarizado con la historia de los humanos, es posible que le cueste entender lo siguiente: decidir quién se va y quién se queda requiere usar valores humanos fundamentales, valores que en el pasado sirvieron para fomentar el progreso de las sociedades humanas pero que ahora, enfrentados a un desastre inminente, forman una trampa. De momento, casi toda la humanidad sigue ignorando lo profunda que es esa trampa, pero créame, mi Señor: no hay humano que pueda escapar de ella.

—Usted tranquilo, no tiene por qué decidirse ahora mismo —le decía Shi Xiaoming, quien con una sonrisa en el rostro era la viva imagen de la honestidad, a Zhang Yuanchao—. A mí ya no me queda nada más que decirle. Ya me lo ha preguntado todo, pero entiendo que se trata de una suma considerable.

—No, si no es eso, es… Hay quien duda de que el plan exista de verdad. En la tele han dicho…

—No haga caso de lo que digan en la tele. Hace dos semanas, el portavoz del gobierno negó que fueran a congelarse las cuentas de nadie y mire ahora… Piénselo con un poco de lógica: si usted, que es una persona normal y corriente, ya está preocupado por la continuidad de su estirpe, imagínese cómo se sentirán el presidente y el premier. ¡No le quepa la menor duda de que están haciendo lo posible para asegurar la supervivencia del pueblo chino! Y Naciones Unidas lo mismo, pero por la raza humana en su conjunto. Esta Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas se celebrará cuando se haya trazado el plan de cooperación internacional que inaugure oficialmente el Plan de Escape de la Humanidad. Se trata de un asunto de la mayor urgencia.

—Visto así, no te falta razón… —Zhang asintió—. Pero de todos modos, sigue pareciéndome que aún falta mucho para todo este asunto de la huida… ¿De verdad debe preocuparme?

—Señor Zhang, en eso está usted muy equivocado, ¡no sabe hasta qué punto! ¿Que todavía falta mucho, dice? ¡Pues falta menos de lo que se cree! ¿O acaso piensa que las naves no despegarán hasta dentro de trescientos o cuatrocientos años? De ser así, la flota trisolariana les alcanzaría sin problemas.

—¿Y cuándo zarparán, entonces?

—Antes me ha dicho que muy pronto será usted abuelo, ¿verdad?

—Sí.

—Pues su nieto las verá despegar.

—¿Mi nieto viajará a bordo de una de esas naves?

—No, eso es imposible. Pero el nieto de él, sí.

—Entonces estamos hablando de… —Zhang hizo una pausa para calcular, y luego añadió—: Unos setenta u ochenta años.

—Algo más. Estando como estamos en tiempos de guerra, muy probablemente el gobierno revisará las políticas de natalidad para, además de restringir el número de hijos por familia, retrasar la edad a la que se tienen, de modo que la distancia entre generaciones será de unos cuarenta años. Las naves despegarán dentro de unos ciento veinte años.

—Sigue siendo pronto. ¿Estarán listas a tiempo?

—Pues claro. Piense, si no, en cómo eran las cosas hace ciento veinte años: todavía gobernaba la dinastía Qing y se tardaba más de un mes en ir de Pekín a Hangzhou; para llegar a su residencia estival, el emperador tenía que pasar días enteros encerrado en su palanquín y soportando el traqueteo. En cambio, hoy en día, se tarda tres días en viajar de la Tierra a la Luna. La gran velocidad a la que avanza la tecnología hace que el ritmo de nuestro desarrollo se acelere constantemente. Si a eso le añadimos que ahora el mundo entero está destinando la mayor parte de sus recursos al desarrollo de la tecnología aeroespacial, qué duda cabe de que dentro de ciento veinte años las naves estarán terminadas.

—Pero ¿no son muy peligrosos los viajes espaciales?

—No seré yo quien lo niegue, ¡pero para entonces quedarse en la Tierra también lo será! Mire cómo está cambiando todo. La economía del país está centrada en construir una flota espacial, que no es un producto comercial y, por tanto, no reportará ni un céntimo de beneficio. La vida de la gente empeorará. Ahora añádale el enorme número de habitantes de nuestro país; muy pronto el mero hecho de tener comida suficiente será un problema. Y luego mire la situación a nivel internacional: los países ricos se niegan a socializar su tecnología, mientras los más pobres, que carecen de medios para escapar, no se rinden… ¿Ha visto cómo amenazan con retirarse del Tratado de No Proliferación? Y en el futuro aún podrían recurrir a medidas más drásticas. ¡Quién sabe, igual dentro de ciento veinte años, mucho antes de que llegue la flota extraterrestre, el mundo entero esté en guerra! Nadie puede predecir qué clase de vida tendrá la generación de sus bisnietos. Además, las naves del escape no serán como usted se imagina, nada que ver con la Shenzhou ni con la Estación Espacial Internacional. Serán enormes, del tamaño de una pequeña ciudad, y contarán con ecosistema propio, como si fueran una Tierra en miniatura. La humanidad podrá vivir en ellas de forma indefinida, sin necesidad de recurrir al abastecimiento externo. Ah, y lo que es más importante: contarán con sistema de hibernación. Esto es algo que ya somos capaces de hacer. Los pasajeros pasarán la mayor parte de su tiempo a bordo y en estado de hibernación, donde un siglo puede resultar tan breve como un día, hasta que realmente se alcance un nuevo mundo o se llegue a un acuerdo con los trisolarianos que nos permita volver al Sistema Solar; solo entonces despertarán. ¿No le parece una vida mucho más placentera que la que tendrían si se quedaran a sufrir en la Tierra?

Zhang Yuanchao reflexionó en silencio.

—Para serle del todo sincero —añadió Shi Xiaoming—, los viajes espaciales son peligrosos, claro. Nadie puede predecir qué clase de amenazas nos aguardan ahí fuera. Soy consciente de que usted hace todo esto con el objetivo de asegurar la continuidad de su apellido, pero tampoco debe preocuparle tanto…

Zhang lo miró como si acabara de pincharlo.

—¿Por qué los jóvenes siempre decís ese tipo de cosas? ¡Cómo no voy a preocuparme!

—No, no, déjeme terminar, por favor. Lo que quería decir es que incluso si no se planteara enviar a sus descendientes al espacio a bordo de naves, seguiría valiendo la pena, se lo garantizo. En cuanto esté disponible para el público general, su precio subirá. ¡No sabe usted la cantidad de ricos que hay por ahí! Cada vez hay menos áreas en las que invertir, y la acumulación de bienes se ha ilegalizado. Encima, cuanto más dinero uno tiene, más piensa en preservar el legado familiar…, así que imagínese lo popular que será este producto…

—Sí, es verdad.

—Créame, señor Zhang. Este fondo para el escape aún se encuentra en fase preliminar, y somos muy pocos los comerciales autorizados a venderlo. En realidad, ¡no sabe usted cuánto me costó que me incluyesen! En fin, si se decide, llámeme y le ayudaré con los papeles.

Una vez Shi Xiaoming se hubo marchado, Zhang salió al balcón a mirar el cielo, algo difuminado sobre el halo de resplandor de la ciudad.

«Pobrecitos míos… —pensó—. ¿Realmente el abuelo os mandará allá, donde reina la noche eterna?».

La siguiente vez que el rey Wen de los Zhou pisó el desolado mundo de Tres Cuerpos estaba apareciendo un sol minúsculo. Aunque el calor que transmitía era más bien escaso, su luz logró alumbrar aquel desierto. No se veía ni un alma en los alrededores.

—¿Hay alguien ahí? —gritó el rey Wen—. ¿Hay alguien?

Los ojos se le iluminaron cuando vio que un jinete se aproximaba al galope desde el horizonte. Al advertir, a pesar de la distancia, que se trataba de Newton, echó a correr hacia él gritando y agitando los brazos frenéticamente. Newton lo alcanzó enseguida y detuvo el caballo.

—¿Por qué gritas tanto? —le preguntó mientras descabalgaba y se enderezaba la peluca—. Y ¿puede saberse quién ha vuelto a abrir este condenado sitio? —Señaló a su alrededor.

—¡Camarada, escúchame! —imploró, ansioso, el rey Wen, cogiéndolo de las manos—. ¡Nuestro Señor no nos ha abandonado! Bueno, sí, lo había hecho, pero con motivos, y ahora va a necesitarnos; va a…

—Todo eso ya lo sé —lo interrumpió Newton, zafándose de él con impaciencia—. Los sofones también han contactado conmigo.

—Entonces nuestro Señor ha contactado con varios de nosotros a la vez… ¡Fantástico! ¡Así jamás ningún miembro de la Organización volverá a monopolizar las comunicaciones!

—Pero ¿es que sigue existiendo la Organización? —preguntó Newton, secándose el sudor de la frente con un pañuelo.

—Claro que sí, solo que, después del ataque global, la facción de los redencionistas quedó desintegrada y los supervivencialistas se escindieron para formar una fuerza independiente. Ahora solo quedamos los adventistas.

—Entonces, el ataque consiguió purificar la Organización… Eso es bueno.

—Sé que el hecho de que estés aquí significa que eres adventista, pero te veo poco informado. ¿Es que vas por libre?

—He contactado con un único camarada y se limitó a darme esta página web sin contarme nada más. Es un milagro que consiguiese escapar con vida del ataque global…

—Tus dotes de escapista quedaron de sobra demostradas en la era de Qin Shi Huang…

Newton miró alrededor.

—¿Esto es seguro?

—Del todo. Estamos en la parte más profunda de un laberinto de varios niveles; es casi imposible descubrirlo. Y en el supuesto de que alguien consiguiera entrar, de todos modos sería incapaz de determinar la ubicación de los usuarios. Después del ataque, y por cuestiones de seguridad, cada rama de la Organización actúa de forma independiente y mantiene el mínimo contacto posible con las demás, así que necesitamos un nuevo lugar de reunión que haga de zona intermedia para los miembros nuevos. Esto es infinitamente más seguro que el mundo real.

—¿Te has fijado en que el número de ataques a la Organización en el mundo real ha disminuido?

—Son muy astutos —contestó el rey Wen—. Saben que la Organización es su única fuente de inteligencia sobre nuestro Señor y también su única oportunidad, por remota que sea, de hacerse con la tecnología que Él nos proporcione; por eso permiten que continúe existiendo a cierta escala. Pero yo creo que se arrepentirán.

—Nuestro Señor no es ni la mitad de astuto. Dudo de que comprenda siquiera el concepto de astucia…

—Por eso nos necesita, lo cual hace que la existencia de la Organización sea valiosa. Hay que informar a todos nuestros camaradas lo antes posible.

—Está bien —dijo Newton, dándole la espalda mientras volvía a montar en su caballo—, ahora tengo que irme. No puedo quedarme más tiempo hasta que confirme que este sitio es realmente seguro.

—Te garantizo que lo es.

—Si eso es verdad, la próxima vez vendré con más camaradas. Adiós.

Acto seguido, espoloneó a su montura y se perdió en la distancia. Para cuando el eco de su trote se hubo disipado, el minúsculo sol se había transformado en estrella fugaz y un manto de oscuridad cubría el mundo.

Luo Ji yacía en la cama observando, con ojos todavía medio adormilados, cómo ella se vestía después de ducharse. A esa hora de la mañana el sol había alcanzado cierta altura e iluminaba por completo las cortinas, provocando que a contraluz la figura de la joven pareciera una silueta de papel pegada a la ventana. La escena era idéntica a la de una película en blanco y negro que había visto hacía tiempo, y de cuyo título no se acordaba.

Lo que sí debía recordar lo antes posible era el nombre de ella. ¿Cómo era? Calma. Primero, el apellido: Si era Zhang, entonces se llamaba Zhang Shan. Si era Chen, se trataba de Chen Jingjing. No, no…, esos nombres pertenecían a otras mujeres. Se le ocurrió mirar en la lista de contactos del móvil, pero estaba en el bolsillo del pantalón, tirado en el suelo sobre la alfombra, junto al resto de su ropa. Además, la conocía desde hacía demasiado poco como para tener su número de teléfono. En cualquier caso, era muy importante no preguntar directamente, como aquella vez en que se había visto en la misma situación y las consecuencias habían sido desastrosas. Así pues, dirigió la mirada hacia el televisor, que ella estaba viendo sin sonido. En la pantalla aparecieron los miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, reunidos en torno a una gran mesa redonda.

En realidad, ya no se llamaba Consejo de Seguridad, sino que tenía otro nombre, pero él no recordaba cuál. Últimamente andaba muy desconectado de todo.

—Ponle voz —le dijo a la chica. La ausencia de apelativos cariñosos hizo que sus palabras sonaran un tanto bruscas, pero eso ya no importaba.

—¿Te interesa? —preguntó ella, sin dejar de peinarse.

Luo Ji tendió el brazo hasta la mesilla de noche para coger el encendedor y un cigarrillo, que luego encendió. Mientras lo hacía estiró las piernas desnudas por debajo de la toalla con que se cubría la cintura y, con gran satisfacción, se puso a mover los dedos de los pies.

—Mírate qué pinta —le dijo ella, observando el reflejo de sus pies en el espejo—. Luego tendrás el valor de hacerte llamar académico.

—Académico novel —precisó él—, y muy poco laureado. Pero eso es porque no me esfuerzo, ya que talento no me falta. A veces, en un momento inspirado, soy capaz de resolver lo que a otros les cuesta toda una vida. No te lo creerás, pero estuve a punto de hacerme famoso.

—¿Por la historia aquella de la subcultura?

—No. Por otro tema en el que trabajaba al mismo tiempo. Yo fui el que estableció la sociología cósmica.

—¿La qué?

—La sociología de los extraterrestres.

Ella hizo una mueca de desprecio mientras dejaba el peine a un lado y comenzaba a maquillarse.

—¿No te has dado cuenta de que últimamente los académicos también pueden convertirse en celebridades? —insistió él—. Aquí donde me ves, me faltó poco para ser toda una estrella.

—Bah, hoy en día hay muchísimos científicos que se dedican a investigar a los alienígenas.

—Eso ha sido a raíz de toda esta movida —replicó Luo Ji, señalando la pantalla del televisor, que aún mostraba el mismo grupo de personas reunidas en torno a una mesa redonda. Aquello estaba durando tanto que parecía una emisión en directo—. Antes, en las universidades, nadie se dedicaba al estudio de los extraterrestres; la gente se pasaba el día revolviendo montañas de viejos papeles, y era así como se hacían famosos. Más tarde el público se cansó de tanta necrofilia cultural, y entonces fue cuando llegué yo. —Levantó los brazos y los estiró en dirección al techo—. Que si sociología cósmica, que si extraterrestres… ¡Pero montones de razas extraterrestres distintas, más que habitantes tiene la Tierra, decenas de miles de millones! El productor de Sala de conferencias, aquel programa cultural tan famoso, llegó a proponerme grabar varios capítulos, pero luego pasó lo que pasó y…

Se detuvo mientras trazaba un círculo en el aire con el dedo índice levantado, y luego exhaló un profundo suspiro. Ella no le hacía caso. Estaba pendiente de los subtítulos que aparecían en la pantalla:

—«No descartamos ninguna opción con respecto al Escapismo». ¿Qué quieren decir con eso?

—¿De quién es la frase?

—Al parecer, de Karnoff.

—Significa que el Escapismo debe ser tan duramente perseguido y castigado como la pertenencia a la Organización Terrícola-trisolariana; que al primero que se le ocurra construir un arca de Noé le mandarán un misil guiado.

—Qué bruto…

—¡Al contrario! —respondió él con súbita contundencia y subiendo la voz—. Es la estrategia más inteligente, llevo tiempo diciéndolo. Pero, bueno, aunque no se persiguiera el Escapismo, igualmente al final nadie conseguiría marcharse. ¿Has leído un libro de Liang Xiaosheng titulado Ciudad flotante?

—No. Es bastante antiguo, ¿verdad?

—Sí, lo leí de pequeño. Shanghai se está hundiendo en el océano y hay un grupo de personas que va de casa en casa requisando los salvavidas y destruyéndolos con el único propósito de asegurarse de que si no se pueden salvar todos, no se salve nadie. Recuerdo en particular una niña que conduce al grupo hasta la puerta de una casa y empieza a gritar: «¡Todavía tienen uno! ¡Todavía tienen uno!».

—Típico de ti, ir a fijarte en lo más sórdido y oscuro de la sociedad.

—De eso, nada —replicó Luo Ji—. Piensa, por ejemplo, en el axioma fundamental sobre el que se basa la economía: el instinto mercenario de todo ser humano. Sin él, el campo entero se desmoronaría. Y no sé si el axioma fundamental de la sociología es incluso más siniestro. Ah, la verdad siempre acumula polvo… ¿Que al final terminará escapando un número muy reducido de personas? Pues muy bien, pero de haber sabido que todo iba a terminar así, no sé para qué nos molestamos en primer lugar…

—¿Molestarnos en qué?

—¿Qué sentido tuvo el Renacimiento? ¿Para qué la Carta Magna? ¿Y la Revolución francesa? Si la humanidad hubiera permanecido dividida en clases y gobernada con mano de hierro, llegado el momento los que tuvieran que irse se irían y los que tuvieran que quedarse se quedarían. Imagina que esto nos estuviera pasando en la dinastía Ming, o en la Qing: yo me iría, tú te quedarías y ya está. Eso ahora es imposible…

—Pues a mí ahora mismo no me importaría demasiado que salieras de aquí volando… —dijo ella.

Era cierto. Los dos habían llegado a un punto en el que preferían seguir su camino sin el otro. Luo había conseguido que todas y cada una de sus conquistas anteriores alcanzaran ese estadio exactamente cuando él quería, ni antes ni después. En este caso, se enorgullecía de su manejo de los tiempos, porque solo una semana después de conocerse, la ruptura se estaba produciendo de forma tan suave y elegante como cuando un cohete se desprende de su vehículo lanzador.

Luo Ji trató de recuperar el hilo de la conversación:

—Ah, pero establecer la sociología cósmica no fue idea mía, ¿eh? —dijo—. ¿Sabes a quién se le ocurrió? Eres la única a la que se lo contaré, pero prométeme que no te asustarás.

—No te molestes. Yo ya no me creo nada de lo que dices. Bueno, salvo una cosa.

—Ah. Pues entonces nada, déjalo. ¿Qué cosa?

—Levántate, anda, que tengo hambre —dijo ella, recogiendo su ropa de la alfombra y arrojándola sobre la cama.

Desayunaron en el restaurante principal del hotel. Casi todos los presentes hablaban con gesto grave, y de vez en cuando oían fragmentos de sus conversaciones. Luo Ji no tenía intención de escuchar, pero le ocurría lo mismo que a la llama de una vela en plena noche de verano, que atraía las palabras como si fueran mosquitos; estas revoloteaban a su alrededor y se le metían en el cerebro: Escapismo, socialización de la tecnología, Organización Terrícola-trisolariana, paso a una economía de guerra, base ecuatorial, enmienda de la Carta Magna, Consejo de Defensa Planetaria, aviso primario de proximidad a la Tierra y perímetro defensivo, modo integrado independiente…

—Menudo muermazo de época nos ha tocado vivir, ¿no te parece? —observó Luo con amargura mientras cortaba su huevo frito. Ella asintió.

—Totalmente de acuerdo. Ayer vi un concurso en la tele que no podía ser más patético. «Mano sobre el pulsador» —dijo, imitando la típica voz de los presentadores de concursos y señalando a Luo Ji con el tenedor—. «Ciento veinte años antes del Apocalipsis, estará viva su decimotercera generación de descendientes. ¿Verdadero o falso?».

Luo Ji cogió el tenedor negando con la cabeza.

—No será ninguna generación de descendientes míos —sentenció. A continuación, juntando las manos como si estuviera rezando, añadió—: Mi ilustre linaje familiar terminará conmigo.

A ella se le escapó una risita displicente.

—¿Antes no querías saber qué es lo único que me creo de ti? Pues es eso. No es la primera vez que lo dices, y encima encaja con la clase de persona que eres.

¿Y por eso iba a romper con él? Luo Ji no se atrevía a preguntárselo por miedo a complicar el asunto. Sin embargo, justo entonces, como si le hubiera leído el pensamiento, ella añadió:

—Y yo también pienso así, ¿eh? Lo que pasa es que da rabia reconocer cosas de uno en los demás.

—Sobre todo si son del sexo opuesto —apostilló él.

—Pero es que, puestos a buscar un motivo, se trata de una decisión totalmente responsable.

—¿La de no tener hijos? Por supuesto —repuso Luo Ji. Luego, señalando con el tenedor a toda aquella gente a su alrededor que discutía la transformación económica, dijo—: ¿Sabes qué clase de vida llevarán sus descendientes? Trabajando de sol a sol en los astilleros espaciales, haciendo cola en la cantina con el estómago rugiéndoles por el mismo cucharón de rancho de todos los días… y todo para que, en cuanto tengan edad, el Tío Sam… bueno, no, la Tierra los reclute, ¡y a cubrirse de gloria en el ejército!

—La generación del Apocalipsis lo tendrá mejor.

—¿Te refieres a quienes el Día del Juicio Final los pillará jubilados y ociosos? Qué mezquino es todo… Está por ver si esa última generación de abuelos tendrá de qué comer, pero, en fin, tampoco creo que llegue a darse ese escenario. Mira lo tozuda que está siendo la gente en todo el planeta, verás cómo se empeñan en resistir hasta el final… en cuyo caso, el único misterio será presenciar cómo terminarán sucumbiendo.

Después de desayunar abandonaron el hotel y salieron al abrazo del sol. La fresca brisa matinal transportaba un aroma suave y embriagador.

—Tengo que aprender de una vez por todas a desenvolverme en la vida. Como no lo consiga, será una lástima —dijo él mientras observaba el tráfico.

—Ni tú ni yo aprenderemos nada a estas alturas —contestó ella, también con la vista fija en los coches, tratando de localizar un taxi.

—Entonces… —Luo Ji la miró con expresión inquisitiva. Ya no tendría que recordar su nombre.

—Adiós —zanjó ella, asintiendo en su dirección.

Luego se dieron la mano. También compartieron un escueto beso.

—Quizá volvamos a encontrarnos —dijo él, arrepintiéndose al instante. Con lo bien que marchaba todo hasta aquel momento, ¿qué necesidad tenía de abrir la boca? Sin embargo, enseguida comprobó que no había razón para preocuparse.

—Lo dudo —replicó ella, girando tan rápidamente sobre sus talones que hizo volar el bolso que llevaba al hombro.

En el futuro Luo Ji recordaría una y otra vez aquel gesto tratando de dilucidar si había sido intencionado. Ella tenía una forma muy particular de colgarse al hombro aquel Louis Vuitton, que había visto salir volando del mismo modo en incontables ocasiones, pero esta vez iba a estamparse en su cara. Al dar un paso atrás para esquivarlo, tropezó con una boca de incendios y terminó en el suelo de espaldas.

Aquella caída le salvó la vida.

Justo en ese instante, al otro lado de la carretera, dos vehículos colisionaban de frente. Antes de que el sonido remitiera, el conductor de un Volkswagen Polo que venía detrás dio un volantazo para evitar el impacto y se dirigió a toda velocidad hacia donde estaban ellos. Luo Ji fue muy afortunado de caer al suelo; lo único que le ocurrió fue que el parachoques frontal del Polo pasó rozándole el pie, que aún mantenía en alto, haciéndolo girar noventa grados hasta quedar de cara a la parte trasera del coche. No oyó el siguiente impacto, pero sí vio cómo el cuerpo de ella volaba por encima del vehículo y se estampaba sobre el asfalto como si fuera una muñeca de trapo. La forma que el reguero de sangre dejó sobre el pavimento parecía querer decir algo. Fue al observar aquel símbolo sanguinolento cuando al fin Luo Ji recordó su nombre.

La nuera de Zhang Yuanchao estaba en el hospital a punto de dar a luz. Se la habían llevado a la sala de partos y el resto de la familia aguardaba ansiosamente en una habitación contigua, donde un monitor pasaba un vídeo explicativo sobre los cuidados de la madre y del recién nacido. A Zhang todo aquello le transmitía una ternura y un calor humano inesperados, esa plácida sensación de seguridad típica de la edad dorada que acababa de terminar, y que la actual crisis hacía menguar día a día.

De pronto entró Yang Jinwen. Lo primero que pensó Zhang fue que su vecino estaba aprovechando las circunstancias para enmendar su deteriorada relación. Sin embargo, al ver la expresión de su rostro comprendió que no era el caso. Sin ni siquiera saludarlo, Yang lo sacó de allí y se lo llevó al pasillo.

—¿Al final pusiste dinero en el fondo para el escape? —preguntó.

Obviando la pregunta, Zhang apartó la mirada con un gesto de fastidio que parecía significar: «¿Y eso a ti qué te importa?».

—Mira esto. Es de hoy —dijo entonces su vecino, entregándole el periódico que llevaba en la mano.

El titular del artículo de la portada, a toda página, bastó para ensombrecer la mirada de Zhang:

Aprobada resolución 117 de la ONU que declara ilegal el Escapismo

El principio del artículo decía:

Reunida en sesión especial, la Asamblea General de las Naciones Unidas ha aprobado por abrumadora mayoría una resolución que designa al Escapismo como una violación de la ley internacional. Dicha resolución condena en términos categóricos la división creada en la sociedad humana por el Escapismo, al que califica de crimen contra la humanidad que debe ser perseguido por la ley internacional. También insta a los estados miembros a promulgar lo antes posible una legislación que lo prohíba.

En declaraciones a la prensa, el delegado chino ha reiterado la posición de nuestro país respecto al Escapismo y ha afirmado que el gobierno apoya totalmente la resolución tomada. Asimismo, ha transmitido su compromiso de tomar medidas inmediatas para modificar la legislación vigente o sancionar nuevas leyes que pongan fin a dicho fenómeno. Sus últimas palabras han sido: «En este tiempo de crisis, debemos valorar más que nunca la unidad y la solidaridad, y respetar el principio reconocido internacionalmente según el cual todo ser humano tiene el mismo derecho a sobrevivir. La Tierra es el hogar que compartimos y no debemos abandonarlo».

—Pero… ¿por qué lo hacen? —preguntó Zhang, perplejo.

—¿Acaso no es obvio? —repuso su vecino—. Solo con pensarlo un poquito ya se veía que la huida por el cosmos estaba condenada al fracaso: era imposible decidir quién se iba y quién se quedaba. Implicaba cometer no ya un acto de discriminación al uso, sino de negación de un derecho tan fundamental como es el de la supervivencia. Da igual que hubieran elegido a las élites intelectuales, a los ricos o a la gente sencilla; siempre y cuando se dejara gente atrás, se habría estado quebrantando cualquier valor ético. Los derechos humanos están muy arraigados, y la falta de igualdad en el derecho a la supervivencia es la peor desigualdad que existe. ¡Ni la gente ni los países que pretendieran dejar atrás se habrían quedado de brazos cruzados a esperar la muerte mientras los demás se largaban! ¡Habría habido enfrentamientos cada vez más graves entre los dos bandos hasta llegar al caos mundial, y entonces ya sí que nadie se habría podido ir! Adoptar esta resolución ha sido lo más sensato. Pero dime, Lao Zhang, ¿cuánto dinero pusiste?

Zhang se sacó el móvil del bolsillo y marcó el número de Shi Xiaoming, pero no estaba disponible. Sintiendo que las piernas le fallaban, apoyó la espalda contra la pared y fue descendiendo hasta quedar sentado en el suelo. Había invertido cuatrocientos mil yuanes.

—¡Llamemos a la policía! El tal Shi no sabe que, por suerte, Lao Miao averiguó dónde trabaja su padre. ¡El muy timador no escapará!

Todavía en el suelo, Zhang negaba una y otra vez con la cabeza.

—Sí, claro, podremos dar con él —se lamentaba—, pero con el dinero… ¿Qué le digo yo ahora a mi familia?

De pronto se oyó el llanto de un bebé seguido del grito de una enfermera:

—¡Número diecinueve! Ha sido niño.

Zhang regresó deprisa a la sala de espera para conocer a su nieto. En un instante, todo lo demás se había vuelto insignificante.

Durante los treinta minutos que pasó esperando habían nacido diez mil bebés; no existía coro en el mundo capaz de superar la formidable potencia de sus llantos combinados. Nacían demasiado tarde para conocer la época de bonanza, esa auténtica edad dorada que había comenzado en la década de 1980 para truncarse con la crisis. Tenían por delante los años más duros que la humanidad conocería.

Luo Ji solo sabía que lo habían encerrado en un pequeño cuarto subterráneo, y a gran profundidad, pues al bajar en el ascensor (de esos antiguos accionados con palanca manual), el mecanismo iba confirmando sus sensaciones, contando hasta menos diez. ¡Diez pisos bajo tierra! Volvió a estudiar la habitación: un camastro, cuatro modestos enseres y un viejo escritorio de madera. Aquello parecía más la garita de un centinela que un calabozo. Era evidente que nadie la había ocupado en mucho tiempo, porque a pesar de que las sábanas parecían limpias, el resto de objetos estaban cubiertos por una gruesa capa de polvo y olía a moho.

La puerta se abrió y entró un hombre corpulento, de mediana edad y aspecto cansado, que saludó con la cabeza a Luo Ji.

—Vengo a hacerte compañía —dijo—. Aunque…, bueno, como acabas de llegar, tampoco habrás tenido tiempo de aburrirte.

«Llegar». La palabra chirrió a oídos de Luo Ji, pues sin duda a él lo acababan de «traer». El corazón le dio un vuelco. Aquello parecía confirmar sus sospechas: pese a la amabilidad de quienes lo habían llevado allí, se trataba de un arresto.

—¿Es usted policía?

El hombre asintió.

—Antes, sí. Me llamo Shi Qiang.

Se sentó en el camastro y extrajo del bolsillo un paquete de cigarrillos. Luo Ji pensó que, en aquella habitación sellada, el humo no iba a tener por dónde salir, pero no se atrevió a protestar. Shi Qiang miró alrededor, como si le hubiera leído el pensamiento, y dijo:

—Debería haber ventilación.

Tiró de un cordón que había al lado de la puerta y empezó a oírse el ruido de un ventilador. Ya no se veían interruptores de cordón tan antiguos. Luo también se había fijado en el teléfono de disco que acumulaba polvo en un rincón. El oficial le ofreció un cigarrillo que él, tras un instante de indecisión, terminó aceptando.

Cuando tuvieron encendidos sus respectivos pitillos, Shi Qiang añadió:

—Todavía es pronto. Charlemos un rato, ¿de acuerdo?

—Pregúnteme lo que quiera —respondió Luo Ji, con la cabeza agachada tras exhalar una nube de humo.

—¿Preguntar? ¿El qué? —replicó Shi con expresión de sorpresa.

Luo Ji se incorporó de un salto y arrojó el cigarrillo al suelo.

—¿Cómo pueden sospechar de mí? —exclamó—. ¿Acaso no ven que fue un accidente de tráfico? Dos coches chocaron y a ella se la llevó por delante un tercero que trataba de esquivarlos. ¡No puede estar más claro! —Extendió los brazos con gesto de frustración.

Shi Qiang levantó la cabeza y lo escrutó en silencio con ojos repentinamente despiertos. Era como si detrás de su habitual mirada jocosa se escondiera una malicia veterana, astuta. Aquello sobresaltó a Luo Ji.

—Todo eso lo dices tú, yo no. Mis superiores no me autorizan a contarte nada de lo que sé, que tampoco es mucho. ¡Y yo que pensaba que no íbamos a tener de qué hablar! Siéntate, ven.

Luo Ji permaneció de pie. Acercó su rostro al de Shi Qiang y dijo:

—Apenas hacía una semana que nos conocimos, en un bar cerca de la universidad. Cuando ocurrió el accidente yo no me acordaba ni de su nombre… así que dígame, ¿qué podía haber entre nosotros dos para que sus pensamientos vayan en esa dirección?

—¿No te acordabas ni de su nombre? ¡Con razón te dio igual que la palmara! Igualito que otro genio que conozco, je, je… ¡Menuda vidorra, doctor Luo! Una mujer nueva cada cinco minutos. ¡Y qué mujeres!

—¿Acaso eso es un crimen?

—No, no, qué va; yo lo que tengo es envidia. Verás, en mi trabajo siempre sigo una norma, que es la de ahorrarme juicios morales. Los tipos con los que me toca tratar son de lo peorcito. Si tuviera que ir detrás de ellos regañándolos: «¡Mira lo que has hecho ahora! ¿No te da vergüenza? ¡Piensa en tus padres, en la sociedad!», no acabaría nunca; para eso mejor me liaba a darles bofetadas.

—Prefiero que volvamos a hablar de ella, oficial Shi. ¿De verdad cree que la maté?

—Pero mírate: primero tú solito sacas el tema, ahora incluso sugieres que podrías haberla matado… Tú y yo estábamos charlando tan tranquilamente, ¿qué prisa tenías de soltar todo eso? ¡Joder, cómo se nota que eres nuevo!

Luo Ji lo miró un buen rato en silencio; tan solo se oía el zumbido del ventilador. Luego se echó a reír y le ofreció un cigarrillo.

—Luo, colega —dijo Shi Qiang, aceptándolo—. El destino ha hecho que nuestros caminos se cruzaran. ¿Sabes?, dieciséis de mis casos terminaron en condena a muerte. Yo mismo escolté al cadalso a nueve acusados.

—Usted a mí no me escoltará, se lo aseguro. Si es tan amable, ¿podrían, por favor, avisar a mi abogado?

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