El bosque oscuro
Primera Parte. Los Vallados » Año 3 de la Era de la Crisis
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—¡Así me gusta! —exclamó Shi con gran entusiasmo, palmoteándole la espalda—. Saber cuándo delegar es una cualidad que admiro. —Acto seguido lo cogió del hombro, se le acercó al oído y, expulsando una bocanada de humo, susurró—: Aquí donde me ves, llevo mucha mili hecha y nada me sorprende. Pero es que lo tuyo, colega… Que conste que yo he venido a ayudar, ¿eh? —Luego recuperó su tono jovial—. Es como aquel chiste: camino de su ejecución, el reo se queja al guarda que lo acompaña de que empieza a llover, y el verdugo le dice: «¡No te quejes, que nosotros tenemos que hacer el viaje de vuelta!». Tú y yo deberíamos adoptar esa misma actitud ante lo que pueda venir. En fin, todavía falta mucho para irnos, ¿por qué no aprovechamos para echar una cabezadita?
—¿Irnos? —preguntó Luo Ji, volviendo a clavar la mirada en Shi Qiang.
En ese momento llamaron a la puerta y entró un hombre joven con una maleta, que dejó en el suelo.
—Capitán Shi, lo han adelantado. Tenemos que marcharnos ya.
En el hospital, Zhang Beihai abrió con suavidad la puerta de la habitación de su padre, y lo halló con mejor aspecto del que esperaba: estaba medio incorporado en la cama y con la espalda apoyada contra una almohada. La luz dorada del atardecer se colaba por la ventana y devolvía el color a su rostro; ya no parecía tanto un hombre con un pie en la tumba. Colgó la boina militar en el perchero de la puerta y se sentó al lado de la cama, muy cerca de su padre. No le preguntó por la evolución de la enfermedad, pues sabía que, como buen militar veterano que era, iba a darle una respuesta franca y directa, y él no estaba preparado para eso.
—Padre, me he alistado en la fuerza espacial.
El anciano asintió sin decir nada. En su caso, un silencio resultaba mucho más elocuente que cualquier palabra. Siempre había educado a su hijo con lo que callaba, más que con lo que decía; no puntuaba las palabras con silencios, sino al contrario. Y era aquel severo mutismo de su padre el que había convertido a Zhang Beihai en la persona que hoy era.
—Va a ser como usted pensó —dijo el hijo—. La fuerza estará formada en la mayoría por oficiales de la marina. Creen que una guerra en el espacio se parecerá más, tanto en la práctica como en la teoría, a la que se libra en el mar.
—Bien. —El padre asintió.
—¿Qué hago?
«Por fin suelto la pregunta, padre. La misma por la que he pasado la noche en vilo, reuniendo el valor necesario para formulársela. Antes, cuando lo he visto, he vuelto a dudar, porque sé que es lo más decepcionante que podía decirle. Todavía recuerdo que cuando terminé mi posgrado e iba a unirme a la flota como teniente cadete, usted me dijo: “Beihai, te queda mucho por andar. Lo sé porque aún puedo leerte como a un libro abierto; el hecho de que me parezcas tan predecible significa que tu mente sigue siendo demasiado simple, que le falta sutileza. El día en que ya no sea capaz de verte venir, pero tú a mí sí, será cuando de verdad te hayas hecho mayor”. Y eso fue lo que pasó: yo me hice mayor y usted dejó de entenderme con facilidad. Aunque sé que en su momento derramó alguna lágrima, al final consiguió convertirme en la clase de persona que usted esperaba: alguien que no fuera agradable, pero sí capaz de triunfar en el complicado y peligroso mundo de la marina. Que hoy le haga esta pregunta le indica que los más de treinta años de enseñanza han fracasado justo en el momento crucial; pero, padre, contésteme de todos modos. No soy el hijo perfecto que usted creía, bueno, ¿y qué? Será solo esta vez, se lo ruego, dígame qué debo hacer».
—Tienes que pensarlo.
«Sí, padre. Con esas tres palabras ya me ha respondido. Me dicen mucho más de lo que me diría con treinta mil, y créame cuando le aseguro que las escucho con el corazón abierto… pero le pido que sea algo más claro, esto es demasiado importante».
—¿Y después de eso? —Zhang Beihai lo preguntó agarrando la sábana con ambas manos, que estaban, como su frente, cubiertas de sudor.
«Padre, perdóneme. Si con la pregunta anterior ya había conseguido decepcionarlo, esta me deja a la altura de un niño de parvulario».
—Beihai, lo único que puedo decirte es que lo pienses largo y tendido.
«Gracias, padre. Ha sido usted muy claro. Lo he comprendido perfectamente».
Soltó la sábana para coger la huesuda mano de su padre.
—Ahora que ya no tengo que salir al mar podré venir a verlo más a menudo.
El padre sonrió.
—Esto mío no es nada serio —dijo, negando con la cabeza—. Tú concéntrate en tu trabajo.
Siguieron charlando durante un rato. Primero sobre temas familiares y luego sobre la creación de la fuerza espacial. El padre contribuyó a la conversación con varias ideas, incluyendo algún que otro consejo que en el futuro su hijo podría aplicar en el trabajo. También imaginaron la forma y el tamaño que tendrían las naves espaciales, elucubraron sobre las armas, debatieron sobre si la teoría de Mahan del poder marítimo podría aplicarse o no a las batallas aeroespaciales… Y aun así, nada de lo que dijeron fue trascendente; todo quedó en un cúmulo de trivialidades, un mero paseo verbal compartido entre padre e hijo. Lo de verdad importante fueron aquellas tres frases que habían intercambiado de todo corazón:
«Tienes que pensarlo».
«¿Y después de eso?».
«Beihai, lo único que puedo decirte es que lo pienses largo y tendido».
Zhang Beihai se despidió de su padre y salió de la habitación. Al echarle un último vistazo a través del ventanuco de la puerta, lo vio envuelto en sombras: el sol ya se había ido. Pero él, tras escrutar la oscuridad con los ojos, pudo hallar un último vestigio de luz en la pared opuesta a la ventana. Era en momentos como aquel cuando el sol, a punto de extinguirse, resultaba más hermoso.
En una ocasión, los rayos crepusculares de otro sol poniente iluminaron las olas de un mar violento. Descendían sobre ellas en forma de gruesos cilindros de luz que perforaban las nubes revueltas del oeste, proyectando grandes círculos dorados sobre la superficie del océano: unos pétalos gigantes caídos del cielo. A su alrededor, el mundo era negro como la noche y estaba cubierto de nubarrones no menos oscuros. Descargaban una lluvia tan recia como una cortina, que tal vez los dioses habían hecho descender hasta el mar. Solo de vez en cuando el reflejo de algún rayo esporádico conseguía iluminar de modo fugaz la nívea espuma que escupían las gigantescas olas. Justo en el centro de uno de aquellos pétalos enormes, un destructor se afanaba en mantener su proa a flote por encima del oleaje. Chocando ruidosamente contra la pared de agua que trataba de engullirlo, hacía saltar por los aires grandes cantidades de espuma, que a su vez devoraban la luz dorada, dándole la forma de un ave fabulosa desplegando sus refulgentes alas.
Mientras se ponía la boina con la insignia de la fuerza espacial china, Zhang se dijo: «Padre, pensamos lo mismo. Debo sentirme afortunado; quizá no sea capaz de honrarlo con una victoria, pero al menos brindaré paz a su alma».
—Señor Luo, póngase esto, por favor —le pidió el joven que acababa de entrar, arrodillándose para abrir la maleta que había traído.
A pesar de la amabilidad con que fueron pronunciadas, aquellas palabras hicieron que Luo Ji sintiese lo mismo que si se hubiera tragado una mosca. Sin embargo, la sensación se disipó al ver que la prenda que salía de la maleta no era un uniforme de recluso ni nada por el estilo, sino una chaqueta marrón normal y corriente. Shi Qiang la cogió y, tras inspeccionar el grueso tejido, se la puso. El joven hizo lo propio con otra idéntica, pero de distinto color.
—Es cómoda y transpira —dijo Shi Qiang—. Nada que ver con el incordio que teníamos que soportar con las de antes.
—Es antibalas —aclaró el joven.
«¿Quién va a querer matarme a mí?», se preguntó Luo Ji al cambiarse de chaqueta.
Los tres hombres abandonaron la habitación y siguieron un largo pasillo que los condujo hasta el ascensor. El techo estaba cubierto de tubos de ventilación y tuvieron que franquear varias puertas metálicas selladas, y con aspecto pesado. Luo Ji reparó en una frase desdibujada sobre la pared roñosa. Aunque solo era legible una parte, él se la sabía entera: «Cavad túneles profundos, almacenad grano a espuertas y no busquéis la hegemonía»[4].
—Esto deben de ser instalaciones para la defensa aérea civil —aventuró.
—Y de las mejores. A prueba de bombas atómicas. Ahora han quedado obsoletas, pero en su día aquí no entraba cualquiera.
—De modo que estamos en las colinas del oeste…
Luo Ji conocía las leyendas que circulaban sobre la existencia de un centro de operaciones subterráneo, y secreto, en esa zona. Ni Shi Qiang ni el joven confirmaron su conjetura.
Entraron en el desvencijado ascensor y empezaron a subir en medio de un tremendo chirrido. El operador era un soldado de la policía armada con un subfusil colgado al hombro. Parecía nuevo en su trabajo y estuvo toqueteando los mandos durante todo el trayecto, hasta que por fin se detuvieron en la planta -1.
Cuando salieron del ascensor, Luo Ji se encontró en una especie de garaje con el techo muy bajo y dos filas de vehículos aparcados, algunos de ellos con el motor encendido y llenando el aire de un humo pestilente. Había también unas cuantas personas apoyadas contra los coches y otras que iban y venían. En medio de la penumbra del lugar, apenas alumbrado por una solitaria bombilla que colgaba del techo, todo eran sombras oscuras. Al pasar justo por debajo de la bombilla vio que se trataba de militares armados. Algunos iban de aquí para allá gritando con la boca pegada a sus radiotransmisores, tratando de hacerse oír por encima del ruido de los motores. Parecían extremadamente tensos.
Shi Qiang lo condujo entre las dos filas de vehículos mientras el joven los seguía de cerca. Luo Ji, al ver el calidoscopio luminoso proyectado sobre el cuerpo de Shi por la bombilla y los intermitentes focos traseros de los coches, recordó las luces del bar donde había conocido a aquella mujer.
De pronto Shi Qiang se detuvo junto a un coche, abrió la portezuela y le indicó que entrase. El interior era espacioso, pero el grosor de los bordes de las inusualmente pequeñas ventanillas delataba que tenía la carrocería reforzada. Blindado, con ventanas pequeñas y lunas tintadas: sin duda, estaba en un vehículo a prueba de bombas. Shi Qiang permaneció fuera, hablando con el joven. Como había entornado la portezuela sin llegar a cerrarla del todo, Luo Ji pudo oír su conversación.
—Capitán Shi, acaban de comunicarnos que la ruta ha sido peinada y todos los puestos de vigilancia están operativos.
—Esa ruta es demasiado complicada, apenas la hemos recorrido un par de veces y mal; no podemos fiarnos. Sobre la ubicación de los puestos, ya te lo dije, hay que pensar como ellos: tú, en su lugar, ¿dónde te esconderías? Vuelve a consultar a los expertos de la policía armada. Ah, y el traspaso ¿dónde va a ser?
—De eso no han dicho nada.
—¡Serán imbéciles! —gritó Shi, exasperado—. ¿Cómo pueden dejar en el aire algo tan fundamental?
—Por lo que han dicho, capitán, da la sensación de que quieren que les acompañemos hasta el final.
—Yo los acompaño hasta que la palme si quieren, pero tarde o temprano llegará el momento en que se haga el traspaso y la responsabilidad deje de ser nuestra para ser suya… ¡La línea de demarcación tiene que estar clara, joder!
—De eso no han… —insistió el joven, claramente incómodo.
—¡Un poco de autoestima, Zheng! Ya sé que la tienes por los suelos porque han ascendido a Chang Weisi, y sus antiguos subordinados nos miran por encima del hombro… Pero ¿te has parado a pensar qué mierda son ellos? ¿Acaso les han disparado alguna vez en su vida o han tenido que disparar a alguien? En la última operación trajeron tantos chismes y aparatos que aquello parecía un circo… ¡Si hasta echaron mano del sistema de alerta temprana aerotransportado! Pero luego, al final, ya ves a quiénes recurrieron para buscar un punto de encuentro viable… ¡A nosotros! ¿No es verdad? Solo por eso ya nos deben cierto respeto. ¡Con lo que me costó convencer a los de arriba de que os concedieran a ti y a tus compañeros el traslado a esta unidad…! Ahora temo que acabe perjudicándoos.
—No diga esas cosas, capitán.
—El mundo entero se ha vuelto una jungla. ¿Me entiendes? ¡Una jungla! Ya no hay moralidad que valga; todo quisqui anda queriendo cargarle el muerto de su mala suerte al de al lado, hay que mantenerse en guardia constante… Te vuelvo a dar la lata con esto porque estoy preocupado; no sé cuánto tiempo más aguantaré, y entonces todo recaerá sobre tus hombros…
—Usted piense solo en su salud, capitán. ¿Los de arriba no lo habían programado para la hibernación?
—Les dije que primero tengo que dejar atados muchos asuntos, tanto familiares como laborales. ¿Cómo voy a irme tranquilo sabiendo que os dejo con este marrón?
—¡Deje ya de preocuparse por nosotros, no está en condiciones de aplazar más el tema! Esta mañana ha vuelto a sangrar por la boca.
—Bah, eso no es nada… ¿Es que ya no te acuerdas de que nací con una flor en el culo? De las veces que han intentado dispararme, en tres ocasiones el arma se encasquilló.
Los coches situados en los extremos más cercanos a la puerta comenzaron a salir de forma escalonada. Shi Qiang se metió a toda prisa en el suyo y cerró la portezuela. Después de que el vehículo contiguo se fuera, ellos arrancaron e hicieron lo propio, momento en el que el capitán corrió las cortinas de las ventanillas. Como la mampara que separaba la parte delantera del vehículo de la trasera era opaca, Luo Ji quedó completamente aislado de lo que ocurría en el exterior. La radio de Shi Qiang no dejaba de chisporrotear frases. Aunque para Luo resultaban ininteligibles, de vez en cuando Shi respondía a ellas con algún monosílabo.
Al cabo de un tiempo de estar en marcha, Luo Ji se volvió hacia el conductor y dijo:
—La situación es más complicada de lo que me dejó entrever.
—Sí que lo es —reconoció Shi, serio y sin mirarlo, pendiente de la radio—. Complicada de cojones…
No volvieron a hablar durante el resto del trayecto.
El viaje transcurrió sin incidentes ni interrupciones. Al cabo de una hora escasa, se detuvieron.
Shi Qiang se apeó e indicó a Luo Ji que aguardase dentro del coche, y acto seguido cerró la portezuela. Se oyó un rumor sordo por encima del vehículo. Minutos después Shi volvió a abrir la portezuela y le indicó que saliese. Luo supo al instante que se encontraba en un aeropuerto. Ahora había mucho ruido. Al mirar arriba vio dos helicópteros que sobrevolaban la zona en direcciones opuestas, como si estuvieran vigilándola. Tenía delante una gran aeronave sin ningún distintivo, pero con todo el aspecto de ser un avión de pasajeros. Las escalerillas estaban justo al lado de la puerta del coche.
Shi Qiang lo acompañó. Antes de subir a bordo, Luo Ji se volvió y echó un último vistazo alrededor. Al reparar, a lo lejos, en una escuadrilla de aviones caza estacionados, dedujo que aquel no era un aeropuerto civil. A menor distancia se hallaban los coches de su comitiva y luego, dispuestos en círculo en torno al avión, los soldados que lo habían acompañado. El sol ya se ponía. La sombra alargada del aparato sobre la pista parecía un signo de admiración gigantesco.
En el avión fueron recibidos por tres hombres de negro con quienes cruzaron la cabina delantera, del todo vacía. Tenía cuatro filas de asientos y era idéntica a la de cualquier avión comercial. Sin embargo, en la cabina intermedia, se sorprendieron al encontrar una oficina espaciosa y otra estancia, con la puerta entreabierta, que parecía un dormitorio. El mobiliario era sobrio y utilitario, y todo se veía pulcro y en perfecto orden. Lo único que delataba dónde estaban eran los cinturones de seguridad verdes del sofá y de las sillas. Luo Ji pensó que en todo el país apenas habría un puñado de aviones parecidos.
Dos de los tres hombres que los habían escoltado desaparecieron por una puerta en dirección a la cabina trasera, dejando atrás al más joven, quien dijo:
—Siéntense donde prefieran, pero mantengan abrochado el cinturón de seguridad en todo momento; no solo durante el despegue y el aterrizaje, sino a lo largo de todo el vuelo. Si deciden dormir, tienen que abrocharse un cinturón adicional. No dejen nada suelto. Permanezcan sentados o acostados en todo momento. Cuando necesiten desplazarse, informen primero al capitán. Este botón es un interfono, cada asiento dispone de uno igual; para hablar manténganlo presionado.
Luo, confuso, miró en dirección a Shi Qiang, quien le explicó:
—Por si el avión tuviera que hacer alguna maniobra brusca.
—Eso es —dijo el hombre, asintiendo—. Pueden llamarme Xiao Zhang; estoy a su disposición para lo que necesiten. En cuanto estemos en el aire, les serviré la cena.
Después de que Xiao Zhang los dejara a solas, se sentaron en el sofá con los cinturones abrochados. Luo Ji miró alrededor: a excepción de las ventanillas redondas y la ligera curvatura de las paredes, nada diferenciaba aquella estancia anodina de una oficina normal y corriente; y tal vez por eso se sintió extraño con el cinturón abrochado. Sin embargo, muy pronto el sonido y la vibración de los motores se encargaron de recordarle que se hallaba a bordo de un avión, desplazándose por la pista de despegue. Al cabo de dos minutos el ruido de motores se intensificó, y tanto él como su acompañante sintieron que se hundían en sus respectivos asientos. Luego la vibración desapareció y el suelo quedó algo inclinado.
Conforme el aparato ascendía, el sol que había desaparecido por el horizonte volvió a asomar a través de la ventanilla. Era el mismo cuyos últimos rayos de luz se habían colado, instantes antes, en la habitación de hospital del padre de Zhang Beihai.
Justo en el momento en que el avión de Luo Ji sobrevolaba la costa, diez mil metros más abajo, Wu Yue y Zhang Beihai volvían a hallarse frente al Dinastía Tang, todavía inacabado. Fue lo más cerca que Luo Ji estaría jamás de los dos militares.
Al igual que en su anterior visita, el tenebroso velo del anochecer cubría la gigantesca estructura del barco. Sin embargo, a diferencia de entonces, las lluvias de chispas tocaban su superficie de forma más dispersa; ya no parecían los focos que lo iluminaban. Se daba, además, la circunstancia de que ni Wu ni Zhang pertenecían ya a la marina.
—Dicen que el Departamento de Armamentística General ha decidido cancelar el proyecto Dinastía Tang —comentó Zhang.
—¿Y a nosotros qué nos importa eso? —replicó Wu con frialdad, apartando la mirada del barco para dirigirla hacia el último resquicio de sol que se hundía en el oeste.
—Desde que nos unimos a la fuerza espacial estás de un humor…
—Me imagino que ya sabrás por qué —añadió Wu—. Siempre adivinas lo que estoy pensando… A veces, incluso, tengo que pedirte que me lo recuerdes.
—Te deprime verte involucrado en una guerra perdida —dijo Zhang, volviéndose hacia él—. Envidias a esa generación final lo bastante joven para luchar en la fuerza espacial, condenada a morir y convertirse en cenizas que, junto a las de su flota, vagarán por el espacio durante toda la eternidad. Te cuesta aceptar que vas a dedicar tu vida entera a una empresa sin esperanzas de éxito.
—¿Tienes algún consejo que darme?
—Ninguno —dijo Zhang—. Sé lo arraigados que están en tu mente el triunfalismo tecnológico y el fetichismo por lo nuevo. Hace mucho que aprendí que es inútil pretender cambiarte; lo único que puedo hacer es tratar de minimizar el daño que puedas causar con esas ideas. Ah, y una cosa más: yo no creo que ganar esta guerra sea una tarea imposible para la humanidad.
Wu se despojó por una vez de su habitual máscara de frialdad para enfrentar su mirada con la de Zhang.
—Tú antes eras mucho más prudente —dijo—. En su día te opusiste a la construcción del Dinastía Tang; incluso llegaste a cuestionar, más de una y de dos veces, la conveniencia de crear una flota de alta mar con el argumento de que sobrepasaba la capacidad militar de nuestro país. También creías que nuestras fuerzas navales no deberían sobrepasar los límites de las aguas costeras, donde cuentan con el apoyo y la protección de la artillería de tierra. Insististe en una idea incluso después de que nuestros superiores más jóvenes la tacharan abiertamente de pusilánime. En cambio, ahora, ¡mírate! ¿Se puede saber de dónde sacas todo ese arrojo? ¿De verdad confías en nuestras posibilidades de salir victoriosos de una guerra espacial?
—Durante los primeros tiempos de nuestra República —replicó Zhang—, la recién fundada marina apenas contaba con meras barcas de madera, y aun así fue capaz de hundir destructores nacionalistas. E incluso antes que eso, hubo varios episodios en los que nuestra caballería cargó contra los tanques y venció.
—No puedo creer que incluyas esas hazañas formidables dentro de lo estratégicamente viable.
—En esta guerra particular la civilización terrestre no tiene por qué limitarse a lo establecido por la teoría militar convencional. Necesitamos algo excepcional. —Zhang sostuvo en alto el dedo índice—. Una sola acción excepcional será suficiente.
—Me muero de ganas de saber qué acción excepcional se te ocurre —dijo Wu con una sonrisa socarrona.
—Admito que no sé nada sobre la guerra en el espacio —reconoció Zhang—. Pero, volviendo al ejemplo, si termina siendo equiparable a un enfrentamiento entre nuestras barcas y sus destructores, entonces solo es cuestión de tener el valor de actuar y de confiar en la victoria. Una barca puede transportar a un grupo de submarinistas hasta determinado punto de la ruta del destructor enemigo para que se sumerjan a aguardar su paso; después la barca se va y cuando llega el destructor los buzos le adhieren al casco una bomba que lo hundirá… No niego que sea extremadamente difícil, pero tampoco lo veo imposible.
—No está mal. —Wu Yue asintió—. Se ha intentado otras veces: durante la Segunda Guerra Mundial los británicos realizaron una acción similar para hundir el acorazado Tirpitz, solo que usando un minisubmarino. Y en los ochenta, durante la guerra de las Malvinas, varios soldados de las fuerzas especiales argentinas introdujeron en España minas lapa italianas con la intención de hacer volar un barco de guerra británico atracado en Gibraltar. Ya sabes cómo terminaron.
—Pero es que nosotros tenemos mucho más que barcas de madera. Podemos crear una bomba nuclear de una o dos toneladas lo suficientemente pequeña para ser transportada por dos buzos que la fijen al casco de cualquier barco. No solo lo hundiría, sino que lo haría trizas.
—A veces tu imaginación es desbordante —dijo Wu, sonriendo.
—Lo que tengo es confianza en nuestra victoria —replicó Zhang, fijando la vista en el Dinastía Tang. La lejana lluvia de chispas se reflejaba en sus ojos en forma de dos llamas minúsculas.
Wu también miró hacia allí y lo asaltó una nueva visión: el barco ya no era una antigua fortaleza en ruinas, sino la pared de un inmenso acantilado prehistórico con muchas cuevas excavadas, y las chispas, la luz de las hogueras en el interior de aquellas.
Durante el despegue, y más tarde a lo largo de la cena, Luo Ji se abstuvo de preguntarle a Shi Qiang adónde se dirigían o qué estaba ocurriendo exactamente. Su razonamiento era que si Shi Qiang tuviese algo que contarle al respecto, ya lo habría hecho. Muerto de aburrimiento, se desabrochó el cinturón de seguridad y, aunque sabía que no iba a conseguir ver nada en medio de aquella oscuridad, miró por la ventanilla. Shi Qiang acudió deprisa a cerrarla, diciéndole que fuera no había nada que ver.
—Charlemos un rato más antes de irnos a dormir, ¿de acuerdo? —añadió Shi, mientras sacaba un cigarrillo de la cajetilla. Luego, cayendo en la cuenta de que viajaba a bordo de un avión, volvió a meterlo.
—¿Dormir? —preguntó Luo Ji—. O sea, que va a ser un vuelo de larga duración…
—¡Y yo qué sé! Pero estando en un avión con cama, digo yo que habrá que probarla…
—Ya, claro, usted solo es responsable de mi traslado, ¿verdad?
—¡No te quejes, que nosotros tenemos que hacer el viaje de vuelta! —exclamó Shi, y se echó a reír de su propio chascarrillo. Parecía orgulloso del humor tan poco fino que gastaba. Sin embargo, al instante adoptó un gesto serio—: De este viaje tuyo apenas sé un poco más que tú. Pero en fin, de todos modos no me corresponde contarte nada. Tranquilo, que cuando lleguemos a destino habrá quien te ponga al corriente de todo.
—Llevo horas dándole vueltas y solo se me ocurre una explicación —dijo Luo Ji.
—Dímela a ver. Igual nuestras hipótesis coinciden.
—Ella era una persona normal, de modo que la clave debe de estar en su entorno familiar, laboral o social.
Luo Ji desconocía por completo el entorno íntimo de esa mujer. Con todas sus conquistas anteriores había sido así: ni se interesaba por sus vidas ni prestaba atención a los detalles que ellas tuvieran a bien contarle.
—¿Quién? ¡Ah, ese ligue tuyo! —exclamó Shi—. De ella ya puedes olvidarte. Igualmente te importaba tres pitos… O si te apetece, intenta relacionar su cara o su apellido con los de alguien conocido.
Por mucho que se estrujó el cerebro, Luo fue incapaz de recordar que nadie tuviese su mismo apellido. Tampoco logró ver ningún parecido físico con algún famoso.
—Por cierto, tío, ¿qué tal se te da engañar? —preguntó Shi de improviso.
Luo Ji había advertido el siguiente patrón: siempre que bromeaba lo llamaba «colega», pero cuando se ponía serio lo llamaba «tío».
—¿Es que voy a tener que engañar a alguien?
—Toma, pues claro… Venga, te voy a enseñar. Yo tampoco es que sea ningún experto en la materia, ¿eh? Mi trabajo consiste más bien en destapar fraudes y capturar a timadores, pero en fin… Te contaré un par de trucos que usamos en las salas de interrogatorio. ¿Quién sabe? Quizá luego terminan sirviéndote para averiguar qué demonios está pasando… Aunque, claro, solo van a ser los básicos, los que se usan de forma más habitual, porque cualquier cosa mínimamente más complicada resulta demasiado difícil de explicar…
»Bueno, empiezo por el método más sutil, que también es el más sencillo: se llama “La Lista”. Consiste en redactar un cuestionario con preguntas relacionadas con el caso y hacérselas al sospechoso registrando sus respuestas. El cuestionario se repite tantas veces como sea necesario. Luego se comparan las distintas respuestas para cada pregunta, que nunca serán idénticas, en busca de inconsistencias que indiquen que el sospechoso miente. Es una técnica muy simple, pero no hay que subestimarla: nadie que no haya sido entrenado especialmente es capaz de burlarla. La única manera efectiva de hacerlo es guardando silencio.
Mientras hablaba había sacado, sin pensar, un cigarrillo de la cajetilla y jugueteaba con él entre los dedos. Al ser consciente de lo que hacía, paró en seco.
—Pregúnteles —instó Luo Ji al verlo—. Es un vuelo especial, deberían permitirnos fumar.
La interrupción pareció importunar a Shi, quien hasta ese momento se había mostrado entusiasmado con lo que le contaba. Luo Ji pensó que si al final resultaba que lo que le decía no iba en serio, tenía un sentido del humor peculiarísimo.
Shi pulsó el interfono que había a un lado del sofá para comunicarse con Xiao Zhang. Cuando este respondió que podían hacer lo que quisieran, los dos se encendieron sendos cigarrillos.
—El siguiente método —prosiguió Shi— solo es sutil al cincuenta por ciento. El cenicero está ahí, mira, incrustado; solo tienes que hacerlo saltar… Eso es. Se trata de la famosa técnica del poli bueno y el poli malo; requiere la cooperación de varios, así que resulta un poco más complicada: primero entran en escena los polis malos, en general al menos dos, y se portan contigo como verdaderos cabrones. Unos te insultan, otros te pegan, pero todos se ensañan con la misma mala leche. Lo que buscan no es solo meterte el miedo en el cuerpo, sino hacerte sentir desesperadamente solo, como si el mundo entero te la tuviera jurada.
»Entonces aparece el poli bueno, solo uno, que es todo sonrisas y amabilidad, y les para los pies a los polis malos diciéndoles que eres un ser humano, que tienes derechos, que no pueden tratarte así… Ellos le dicen que se largue y deje de cuestionar sus métodos, pero él insiste: “¡No tenéis ningún derecho a hacer nada de esto!”. A lo que ellos responden: “¡Ya se veía que para este trabajo no tienes lo que hay que tener! ¡Si es demasiado para ti, renuncia!”. Al final, el poli bueno se interpone entre ellos y tú gritando: “¡Protegeré sus derechos, protegeré la justicia bajo la ley!”. Y los polis malos se van de allí enfurruñados mientras le dicen: “¡Ya verás mañana, te van a poner de patitas en la calle!”. Cuando os quedáis a solas, el poli bueno te limpia la sangre y el sudor y te dice que no temas, que tienes derecho a guardar silencio… A partir de ahí ya debes de imaginarte cómo sigue la cosa, ¿no? Para ti él se ha convertido en el único amigo que te queda en el mundo, y en cuanto vuelve a mencionarte el caso cantas como un jilguero… Es una técnica que funciona especialmente bien con los intelectuales, pero a diferencia de “La Lista”, cuando te la sabes deja de ser efectiva. Es evidente que, nada de todo esto se aplica de forma aislada; un verdadero interrogatorio es un proceso durante el cual se aplican métodos diversos…
Hablaba tan apasionadamente y gesticulando tanto que parecía que fuera a desabrocharse el cinturón para ponerse de pie. Luo Ji, en cambio, se sentía cada vez más hundido en el frío abismo de la absoluta desesperanza.
Al reparar en su desasosiego, Shi decidió cambiar de tema.
—¡Está bien, dejemos el arte del interrogatorio! Mira que podría serte útil en el futuro, ¿eh? Pero en fin, tampoco se puede pretender asimilarlo todo de golpe; encima, yo de lo que quería hablarte era de cómo engañar. Recuerda siempre una cosa: el que es zorro de verdad nunca lo aparenta. Hace justo lo contrario que los malos de las películas, que se ve a la legua que lo son porque tienen la pinta y encima se atusan los bigotes. Él nunca destacará, al contrario. Parecerá que la cosa no va con él, que es inocente. Algunos juegan a hacerse los tontos y van de despistados, otros se esconden detrás de una fachada grosera para que parezca que son unos brutos. La clave de todo es lograr que no te tomen en serio y dejar que te menosprecien, que en lugar de verte como una amenaza piensen que eres un cero a la izquierda. El dominio absoluto de esta técnica es conseguir que ignoren tu existencia hasta el momento justo de perecer en tus manos.
—Pero ¿es que acaso voy a tener necesidad u ocasión de convertirme en alguien así? —interrumpió Luo, exasperado.
—Te repito lo mismo de antes: yo de todo este asunto apenas sé un poco más que tú… ¡pero mi corazonada es que sí, Luo, tío, que vas a tener que hacerlo! —respondió Shi, nuevamente entusiasmado y cogiéndolo del hombro con tal fuerza que Luo fue incapaz de reprimir una mueca de dolor.
Después se serenaron y observaron en silencio cómo sus bocanadas de humo se arremolinaban y subían hasta el techo, donde eran aspiradas por un extractor.
—Bueno, se acabó lo que se daba, ¡a la cama! —exclamó por fin Shi mientras apagaba la colilla en el cenicero—. Menuda paliza te he dado, ¡ni que me hubieran dado cuerda! —Sacudió la cabeza—. No me lo tengas en cuenta.
En el dormitorio, Luo Ji se quitó la chaqueta antibalas y se metió en el saco de dormir. Después de ayudarlo a sujetarse las correas, Shi le dejó un frasco en el cajón de la mesilla de noche.
—Somníferos —explicó—. Tómate uno si ves que no puedes dormir. Les pedí alguna bebida fuerte, pero contestaron que no había.
A continuación le recordó que si iba a levantarse de la cama debía comunicárselo al capitán. Luego se volvió para marcharse.
—Agente Shi —dijo Luo.
Shi Qiang, a punto de salir por la puerta, volvió la cabeza para mirarlo.
—Que ya no soy poli —replicó—. La policía no pinta nada en este asunto. Todo el mundo me llama Da Shi.
—De acuerdo, Da Shi. Antes me ha llamado la atención lo primero que me ha dicho. Bueno, más bien lo primero que me ha respondido. Cuando yo le he hablado de la mujer, usted por un instante no ha sabido a quién me refería. Eso indica que el papel de ella en este caso no es importante.
—Eres una de las personas más frías que he conocido.
—Es fruto de mi cinismo —afirmó Luo Ji—. No hay mucho en este mundo que me interese.
—Se deberá al motivo que sea, Luo Ji, pero eres la primera persona a la que veo mantener la calma en esta situación. Hazme un favor y olvídate de todas esas bobadas que te he contado. Muchas veces me paso de rosca queriendo amenizar el ambiente.
—Lo que usted pretendía era mantener mi mente ocupada en algo, y así completar su misión sin complicaciones.
—Si te he hecho pensar más de la cuenta, te pido que me perdones.
—Da Shi, ¿en qué cree que debería pensar ahora?
—Según mi experiencia, cualquier cosa en la que te pongas a pensar puede terminar siendo contraproducente. Ahora lo que tienes que hacer es dormir.
Acto seguido, Da Shi se marchó. Al cerrar la puerta de la habitación, todo cuanto había en ella (salvo el piloto rojo de la mesilla de noche) quedó sumido en la oscuridad. El rugido de fondo de los motores se hizo cada vez más presente, hasta inundarlo todo. Parecía como si el descomunal cielo nocturno, al otro lado del fuselaje, murmurara con voz grave.
Sin embargo, al cabo de un rato a Luo le pareció que aquella sensación era real, que el murmullo llegaba del exterior, procedente de algún punto distante. Se desabrochó el saco de dormir y extendió el brazo para subir el panel de la ventanilla que tenía más cerca. Fuera, la luna bañaba con su luz plateada un vasto océano de nubes. Luo Ji vio de inmediato que encima de ellas había algo que también brillaba con luz plateada: eran cuatro finas líneas de pincel que destacaban sobre el cielo nocturno. Se extendían a la misma velocidad del avión y su rastro se perdía en la noche como si fueran los filos de cuatro espadas cortando las nubes. Al fijarse mejor en las puntas, advirtió que lo que trazaba aquellas líneas plateadas eran unos objetos que emitían un destello metálico: cuatro cazas de reacción. No le costó imaginar que al otro lado del avión debían de volar otros cuatro.
Bajó el panel de la ventanilla y volvió a sujetarse las correas del saco de dormir. Cerró los ojos y trató de relajarse. No era dormir lo que quería, sino despertar de todo aquello.
A altas horas de la madrugada, la fuerza espacial seguía reunida en sesión de trabajo. Zhang Beihai cerró su cuaderno, lo hizo a un lado junto a los documentos que había sobre la mesa y se puso de pie. Tras observar los rostros cansados que lo rodeaban, se dirigió a Chang Weisi.
—Comandante —dijo—, antes de presentar mi informe quisiera manifestar una opinión a título personal. Desde mi punto de vista, nuestros superiores al mando no están concediendo al trabajo político e ideológico la relevancia que merece dentro de la fuerza. El hecho de que en esta reunión, de los seis departamentos establecidos, el político sea el último en presentar su informe es una buena muestra de ello.
El general asintió.
—Coincido con usted —afirmó—. Por el momento, y hasta que los comisarios políticos asuman sus funciones, la supervisión del trabajo político recae en mí, pero reconozco que, desde que empezamos a trabajar en todas las áreas, me está costando prestarle la atención que merece. Me temo que, para desempeñar el grueso de esa tarea, tendré que seguir abusando de los distintos responsables de cada área concreta, como es su caso.
—Comandante, desde mi punto de vista esa situación es altamente peligrosa y debe cambiar —sentenció Zhang, atrayendo la mirada de varios oficiales—. Disculpe lo abrupto de mis palabras; si me permito hablar de forma tan directa es, primero, porque después de casi un día entero reunidos, todos estamos tan agotados que si uno no llama la atención no hay manera de que lo escuchen…
Se oyeron algunas risas, pero casi todo el mundo seguía rendido al cansancio.
—Pero también —prosiguió Zhang—, y esto es mucho más importante, porque estoy profundamente preocupado. Nos espera una batalla con una disparidad de fuerzas sin precedentes en la historia, y por eso estoy convencido de que en lo venidero, y durante mucho tiempo, el mayor peligro que amenazará a la fuerza espacial será el derrotismo. Es imposible sobreestimarlo. Si se propaga, es potencialmente capaz no solo de erosionar la moral sino de conducir al colapso de las fuerzas armadas espaciales.
El general Chang volvió a asentir.
—No puedo estar más de acuerdo —dijo—. En efecto, el derrotismo es, a día de hoy, nuestro mayor enemigo. La comisión militar es consciente de ello, y por eso ha priorizado el trabajo político en el servicio. Una vez hayamos establecido las unidades básicas de la fuerza espacial, comenzará a ser un trabajo más sistemático y exhaustivo.
Zhang Beihai abrió su cuaderno.
—Lo que sigue es el informe elaborado —anunció, y procedió a leer—: «Desde la creación de la fuerza espacial, nuestro trabajo con las tropas en el plano político e ideológico se ha centrado en realizar un sondeo de carácter general que determinará la ideología dominante entre oficiales y soldados. Gracias a que la nuestra es una rama del ejército de nueva creación, todavía con escasos miembros y pocos niveles administrativos, el sondeo pudo llevarse a cabo mediante entrevistas presenciales individuales, y también se creó un foro de discusión específico en nuestra intranet. Los resultados del sondeo son preocupantes. La mentalidad derrotista no solo está presente en nuestras filas, sino que se está extendiendo. La mayoría de nuestros camaradas siente pánico ante el enemigo y pone en duda nuestras posibilidades de éxito en la futura guerra.
»Este derrotismo se origina en la veneración a la tecnología y el completo menosprecio al papel que desempeñan en la guerra la iniciativa y el espíritu humanos. Es consecuencia de ese tecnotriunfalismo y esa concepción de la guerra que circula desde hace unos años, según la cual la victoria se decide, tan solo, en función de las armas disponibles. Se trata de una tendencia particularmente acusada entre aquellos oficiales con un nivel de formación más alto.
»Ahora enunciaré las distintas formas en las que se manifiesta el derrotismo. Uno: equiparar el servicio que uno presta en la fuerza espacial con un trabajo cualquiera. Trabajar con responsabilidad y suficiente eficacia pero sin entusiasmo, sin sentir que se avanza hacia un fin último y dudando de la relevancia de la contribución que uno pueda hacer.
»Dos: adoptar una actitud de espera pasiva. Estar convencido de que el resultado de la guerra depende de científicos e ingenieros, y de que, a menos que se produzcan saltos tecnológicos en el campo de la investigación básica y de determinadas tecnologías clave, la fuerza espacial no es más que un castillo en el aire. Eso hace que uno deje de creer en la importancia de la tarea asignada, y se sienta satisfecho con el mero cumplimiento de lo requerido para establecer esta nueva rama militar, pero que no innove.
»Tres: albergar fantasías imposibles. Solicitar la hibernación para saltarse cuatro siglos y participar en la futura batalla del Día del Juicio Final. Varios de nuestros camaradas más jóvenes han expresado ese deseo, e incluso uno de ellos ha presentado una solicitud formal. Aunque a primera vista esta actitud podría parecer positiva, un noble afán por luchar en primera línea de fuego, en esencia no es más que otra forma de derrotismo. Sin confiar en la futura victoria, y dudando de la importancia de la tarea que tiene entre manos, la dignidad del soldado se convierte en el único pilar sobre el que se fundamentan el trabajo y la vida.
»Cuatro: lo contrario de lo anterior. Dudar de la dignidad del soldado, creer que el código moral tradicional del ejército ya no es aplicable a la guerra moderna, que luchar hasta el final carece de sentido. Creer que la dignidad del soldado solo existe cuando hay alguien que la presencia y que, por tanto, en caso de que la batalla termine en derrota y con la total desaparición de los seres humanos, esa dignidad pierde sentido. Aunque quienes opinan así son una minoría, tan categórica negación del valor de la fuerza espacial resulta extremadamente perjudicial».
Llegado a este punto del discurso, Zhang Beihai levantó la vista para observar los rostros de los presentes y comprobó que, aun habiendo despertado cierto interés, todavía no había logrado vencer la sensación de fatiga generalizada.
Por suerte, estaba convencido de que lo siguiente que iba a decir la erradicaría de un plumazo.
—A continuación, quisiera mencionar el caso específico de un camarada que presenta un ejemplo de derrotismo típico. Me refiero al coronel Wu Yue —sentenció, señalándolo.
El cansancio se esfumó al instante de todos los rostros, dando paso a la tensión. Todas las miradas iban de Wu a Zhang y de este a aquel, quien, por su parte, observaba a su compañero con absoluta calma.
—El coronel y yo colaboramos en la marina durante mucho tiempo, y por eso nos conocemos muy bien. Padece un profundo complejo tecnológico. Es un capitán de tipo técnico, lo que llamamos un capitán ingeniero, lo cual no es malo en sí mismo, pero en su caso, desgraciadamente, afecta su juicio y lo hace depender demasiado de la tecnología. Aunque él nunca lo admitirá, en su subconsciente está convencido de que el avance de la tecnología es el principal o quizás único factor determinante del triunfo. Ignora de manera sistemática el factor humano de la guerra, sobre todo a la hora de valorar las ventajas específicas que posee nuestro ejército por el hecho de haber sido formado en circunstancias históricas tan poco ideales. En cuanto tuvo noticia de la Crisis Trisolariana, dejó de albergar esperanza alguna en el futuro y ahora, tras unirse a la fuerza espacial, esa falta de esperanza se ha multiplicado. Su derrotismo está tan interiorizado que pretender reformarlo sería una pérdida de tiempo. Debemos actuar lo antes posible y adoptar medidas drásticas para evitar que siga extendiendo sus ideas en nuestras filas; en mi opinión, el camarada Wu ha dejado de estar capacitado para seguir en la fuerza espacial.
Todas las miradas se centraron de inmediato en Wu, quien en ese momento observaba, con la parsimonia de siempre, el emblema de la fuerza espacial de su gorra, que estaba encima de la mesa.
Zhang, que en lo que llevaba de discurso no había querido mirarlo ni una sola vez, prosiguió:
—Comandante, camarada Wu Yue y demás presentes: les pido que me comprendan. Hablo movido por mi preocupación por el estado actual de la ideología de las tropas. Pero estoy dispuesto a debatir el tema abiertamente con Wu.
Wu Yue levantó la mano para pedir la palabra. Cuando el general Chang se la dio, dijo:
—Todo lo afirmado por el camarada Zhang Beihai sobre mi estado mental es rigurosamente cierto. Además, coincido en su diagnóstico: ya no estoy capacitado para servir en la fuerza espacial. Acataré cualquier decisión que tome la organización.
El ambiente era de máxima tensión. Había varios oficiales que no dejaban de ojear nerviosamente el cuaderno de Zhang Beihai, preguntándose qué más podría contener.
Entonces un coronel, ya maduro, de la fuerza aérea se levantó y dijo:
—Camarada Zhang Beihai, esta es una reunión de trabajo de tipo ordinario. Para alertar sobre un tema tan concreto y personal, debería haber utilizado otros canales. ¿Le parece apropiado tratar esto aquí?
Muchos oficiales secundaron sus palabras al instante.
—Soy consciente de que he violado nuestros principios organizativos, y estoy dispuesto a asumir toda la responsabilidad —reconoció Zhang—. Sin embargo, estoy también convencido de que era preciso alertar sobre la gravedad de la situación en la que nos hallamos.
Chang Weisi alzó la mano para acallar posibles réplicas.
—En primer lugar —dijo—, reconozcamos que el camarada Zhang Beihai realiza su cometido con una urgencia y un sentido de la responsabilidad encomiables. La existencia del derrotismo en nuestras tropas es un hecho real que debemos afrontar de manera racional. Mientras exista disparidad tecnológica entre los dos bandos enfrentados, el derrotismo seguirá existiendo. No es un problema que pueda resolverse con facilidad; requerirá un gran esfuerzo por parte de todos, y deberíamos mejorar nuestras pautas de interacción. Dicho esto, coincido con el coronel: los asuntos de ideología personal deben resolverse mediante la comunicación y el diálogo; en los casos en que sea necesario informar, deberían seguirse los canales adecuados.
Los oficiales que seguían preocupados pudieron al fin suspirar con alivio: Zhang Beihai no mencionaría sus nombres, como mínimo en esa reunión.
En un vano intento de ordenar su mente, Luo Ji se esforzaba en imaginar cómo era el interminable cielo nocturno que se ocultaba tras las nubes. Y de pronto, sin saber por qué, todos sus pensamientos le condujeron a ella: su figura y su voz emergieron desde las tinieblas para aparecérsele, y entonces se apoderó de él la mayor tristeza que había experimentado nunca; luego siguió un viejo conocido suyo, el remordimiento, compañero de viaje en tantas ocasiones al que, sin embargo, debido a la dureza con que lo vapuleaba, le costaba reconocer.
¿Por qué era ahora cuando le venía a la mente? Hasta entonces, lo único que había sentido ante la noticia de su muerte —sin contar el miedo y la conmoción del accidente—, fue la urgencia de exculparse. Solo después de saber que ella tenía poco o nada que ver con el lío en que andaba metido, le obsequiaba con unas migajas de su tan preciada simpatía. Y no podía evitar preguntarse en qué clase de persona se había convertido.
En realidad no había nada que hacer. Sencillamente, él era así.