El bosque oscuro

El bosque oscuro


Primera Parte. Los Vallados » Año 3 de la Era de la Crisis

Página 9 de 38

Acostado en la cama, la casi imperceptible oscilación del avión le hizo sentir como si lo mecieran en una cuna. Le constaba haber dormido en una cuando era bebé, pues un día, rebuscando bajo una vieja litera infantil en el sótano de la casa de sus padres, había descubierto los polvorientos pies de una cuna mecedora. Ahora, cerrando los ojos para imaginarse a la joven pareja meciéndolo, se preguntó: «¿Alguna vez, desde el día en que te levantaste de esa cuna para no volver a ella hasta hoy, ha habido alguien, además de ellos dos, que te importara de verdad? ¿Alguien a quien le hicieras un pequeño hueco en el corazón para que lo habitara eternamente?».

Lo hubo: cinco años antes, la prodigiosa luz del amor había iluminado su corazón; pero aquella historia fue una ilusión.

Se trataba de Bai Rong, una autora de novelas juveniles. Aunque las escribía en su tiempo libre, había alcanzado la suficiente popularidad como para que sus ingresos en concepto de derechos superaran al sueldo que le pagaban en su trabajo oficial. De todas las mujeres con que había estado, ella fue con quien duró más tiempo. Incluso llegaron a plantearse la posibilidad de casarse. Mantenían una relación de lo más tranquila, sin sobresaltos ni efusividades; tan solo se sentían a gusto el uno con el otro y les hacía felices estar juntos. Precisamente por eso, por mucha aversión que ambos tuvieran al matrimonio, pensaron que lo responsable era probar.

Por expreso deseo de ella, Luo Ji leyó su obra completa. Aunque no podía decirse que sus novelas le entusiasmaran, tampoco le parecían tan tediosas como otras del mismo género que había hojeado: no solo tenía un estilo elegante, sino que exhibía una lúcida madurez de la que otros autores de su generación carecían. Por desgracia, el contenido de sus novelas no estaba a la altura. Leerlas era como contemplar gotas de rocío: las encontraba simples, vacuas, transparentes; se parecían hasta el punto de distinguirse solo por el modo en que la luz externa se reflejaba en ellas. No dejaban de mezclarse y superponerse las unas a las otras y, al ver la luz del sol, de modo inexorable se evaporaban para quedar en nada.

Cada vez que terminaba uno de sus libros, independientemente de que hubiera apreciado la elegancia de su estilo, se quedaba con ganas de saber de qué vivía toda esa gente que se pasaba las veinticuatro horas del día suspirando por las esquinas.

—¿Crees que ese amor sobre el que escribes existe realmente? —le preguntó al fin un día.

—Existe —respondió ella.

—¿Me lo dices tan segura porque lo has presenciado, o porque lo has vivido en primera persona?

—Sea por lo que sea —le susurró de modo enigmático al oído, al tiempo que le apretujaba el cuello—, te digo que sí, ¡que existe!

A menudo Luo Ji le sugería cambios y mejoras en los textos que estaba escribiendo; incluso llegó a ayudarla con las revisiones.

—Casi se te da mejor escribir a ti que a mí —le confesó ella en una ocasión—. Más que a ordenar la trama, a lo que me ayudas es a pulir los personajes, y eso es siempre lo más difícil. Con apenas un par de pinceladas consigues que parezcan de carne y hueso… Tu talento literario es formidable.

—No me hagas reír…, pero si yo vengo del campo de la astronomía…

—¡Toma! Y Wang Xiaobo estudió matemáticas.

Justo hacía un año que ella le había pedido un regalo por su cumpleaños:

—Podrías escribirme una novela.

—¿Una novela entera?

—Que tenga más de cincuenta mil caracteres.

—¿La protagonista tienes que ser tú?

—No. Hace poco vi una exposición de pintura fascinante: todos los cuadros eran de hombres a los que habían encargado que retratasen a la mujer más hermosa que fueran capaces de imaginar. Tú, con la protagonista de tu novela, debes hacer lo mismo: aparca la realidad y dedícate a crear un ángel que encarne tu ideal de perfección femenina.

Hasta la fecha, Luo Ji seguía sin tener la más remota idea de qué pudo haber motivado semejante petición; quizá ni ella misma lo supiera. Solo ahora, rememorando aquel período de su vida, se percataba de lo extraña que Bai Rong se había vuelto: tan pronto parecía consumida por el tedio como llena de maquinaciones.

Luo Ji empezó a construir su personaje imaginando el rostro de ella; después, diseñó su ropa y así continuó hasta que hubo ideado a quienes la rodeaban y el mundo en el que se movía. Sin embargo, al colocarla en el centro de todo para que cobrase vida, se moviera y hablara, aquello enseguida le resultó artificial. Decidió contarle su problema a Bai Rong.

—Parece una marioneta —dijo—: todo lo que dice y hace parte de mi idea original, pero le falta vida.

—Lo estás haciendo mal —replicó ella—. No es cuestión de redactar, sino de crear: lo que un personaje literario hace en diez minutos puede ser el reflejo de lo que ha vivido en el transcurso de diez años de su vida. No te ciñas a la trama de la novela, imagínate su vida entera; luego, lo que al final termine en negro sobre blanco no será más que la punta del iceberg.

Luo siguió su consejo. Abandonó la historia que quería escribir y se centró en imaginar la vida entera de la protagonista de la forma más detallada posible. La imaginó mamando del pecho de su madre, succionando enérgicamente y babeando de satisfacción; cayéndose al suelo por perseguir un globo rojo calle abajo, sin haber avanzado ni medio metro, berreando al ver que se le escapaba flotando sin ser consciente de que acababa de dar sus primeros pasos; parándose en seco al pasear bajo un aguacero y cerrando el paraguas para sentir la lluvia sobre su rostro; sola en su primer día de colegio, sentada en un aula extraña sin ver a sus padres por ninguna parte y al borde de las lágrimas hasta reparar en su mejor amiga del parvulario, sentada en el pupitre de al lado; luego rompiendo a llorar, pero no de tristeza sino de alegría; durante su primera noche en la universidad, acostada en la cama observando la sombra de los árboles que la luz de las farolas de la calle proyectaba en el techo… Llegó a imaginar todos y cada uno de los platos que le gustaban, el color y el estilo de cada prenda de su armario, las pegatinas del móvil, los libros que había leído, la música que llevaba en su reproductor, las páginas web que consultaba, su lista de películas favoritas…, pero no su maquillaje, porque no lo necesitaba.

Como creador sin limitaciones temporales, fue hilvanando con fruición las distintas etapas de su vida y, a medida que lo hacía, descubrió el placer inagotable que le daba la imaginación.

Un día, en la biblioteca, la vio leyendo sentada al fondo de un pasillo, entre las estanterías de libros. La vistió con el conjunto que a él más le gustaba, que casualmente era también el que mejor insinuaba sus formas menudas (lo hizo, según se dijo, para su posterior referencia). De pronto, ella levantó la vista del libro, lo miró y sonrió.

Luo Ji se quedó perplejo: no recordaba haberle mandado que lo hiciera. A pesar del sobresalto, la imagen de su sonrisa había quedado desde entonces, y para siempre, congelada en su memoria, tan fijada a ella como una mancha de agua en el hielo.

Pero lo que en realidad marcaría un antes y un después sucedió la noche siguiente. Un gran temporal había hecho descender en picado la temperatura. Desde la comodidad de su piso en la universidad, Luo Ji escuchaba el rugido del viento por encima de los sonidos de la gran urbe, mientras los copos de nieve se agolpaban contra los cristales de la ventana con el mismo ímpetu que unos granos de arena. Al mirar al exterior, vio que un extenso manto de nieve lo cubría todo. Parecía que el resto de la ciudad hubiese dejado de existir y solo su edificio, aquel bloque de pisos para el personal docente, se erigiera en solitario sobre una infinita llanura blanca. Decidió volver a la cama, pero antes de conseguir dormirse lo sobresaltó una idea: si ella estaba en la calle en medio de aquella tempestad, iba a morirse de frío. Trató de tranquilizarse diciéndose que era absurdo, que ella solo podía estar donde él la colocara, pero a partir de ese momento su imaginación se desbocó y la vio avanzar entre el vendaval, tan débil y temblorosa como una brizna de hierba a punto de salir volando. Como el abrigo que llevaba era blanco, no conseguía distinguir más que su bufanda roja, que se agitaba violentamente como si fuera una llama que luchaba contra la tempestad.

Ya no pudo conciliar el sueño. Se sentó en la cama, apoyó los pies en el suelo, se echó la colcha sobre los hombros y fue a sentarse al sofá. Se le ocurrió fumarse un cigarrillo, pero luego recordó que ella odiaba el humo, de modo que optó por prepararse una taza de café. Empezó a bebérsela con calma: estaba dispuesto a esperarla despierto el tiempo que fuera necesario; el azote del temporal y la negra oscuridad de la noche atormentaban a su corazón. Era la primera vez que se sentía tan angustiado por alguien. Tan ansioso.

Conforme esa ansia crecía y se hacía cada vez más profunda, ella empezó a materializarse. Aunque llegó envuelta en el abrazo del frío de la calle, de su pequeño cuerpo emanaba una calidez primaveral. Los copos de nieve cayeron de su pelo, convertidos en brillantes gotas de agua. Ella se quitó la bufanda y él la cogió de las manos para, con las suyas, tratar de entibiar su gélida suavidad, momento en el que ella lo miró emocionada y pronunció exactamente la misma pregunta que él iba a hacerle:

—¿Estás bien?

Luo Ji asintió con la cabeza. Después, mientras la ayudaba a quitarse el abrigo, dijo:

—Ven a calentarte.

La condujo hasta la chimenea, frotándole la espalda.

—¡Pero qué calentito se está aquí, me encanta! —exclamó ella.

Acto seguido se sentó en la alfombra que había frente a la chimenea y contempló el fuego.

«¡Maldita sea! ¿Qué me está pasando? —se dijo él, sabiéndose a solas en mitad de aquella habitación—. Bastaba con escribir cincuenta mil caracteres, imprimirlos en un papel bueno, diseñar una portada bonita con Photoshop, llevarlo todo a encuadernar, envolverlo para regalo y dárselo a Bai Rong para su cumpleaños. ¿Qué necesidad tenía de implicarme hasta este punto?».

Se sorprendió al notar que tenía los ojos llenos de lágrimas. De pronto, reparó en otro detalle: «¿Chimenea? ¿Desde cuándo tengo yo chimenea? ¿Por qué demonios se me habrá ocurrido pensar en una?». Al instante supo la respuesta: lo que él anhelaba no era el calor del fuego, sino su luz; con ella una mujer cobraba su máxima belleza. Entonces se le apareció su rostro, igual que hacía unos instantes, iluminada por el fuego.

«¡No! ¡No pienses en ella, será un desastre! ¡Duérmete!».

Pese a sus temores, Luo Ji no soñó nada en toda la noche y durmió tan plácidamente como si su cama fuera una barca flotando en un mar de color de rosa. A la mañana siguiente despertó con la sensación de haber renacido, de ser una vela rescatada del olvido que, la noche anterior, tras años acumulando polvo en un cajón, volvía a arder gracias a aquel pequeño fuego en el temporal. Recorrió el camino hasta las aulas con una sonrisa de oreja a oreja. A pesar de que la atmósfera todavía era brumosa, tuvo la sensación de que podía verlo todo a varios kilómetros a la redonda, y aunque no quedaba nieve sobre los álamos que bordeaban la avenida y apuntaban al cielo con las ramas desnudas, a él le parecieron más vivos que en primavera.

Ya en el aula, subió a la tarima para ocupar su lugar y, tal como esperaba, la vio allí, sentada al final del anfiteatro: era la única de aquella fila, estaba alejada del resto de estudiantes. Llevaba puesto un jersey beige de cuello alto; el abrigo blanco y la bufanda roja los había colocado en el asiento contiguo. A diferencia de los demás, que permanecían con la cabeza hundida en los libros, ella lo miraba de frente y volvió a dedicarle esa sonrisa suya, tan resplandeciente, como el sol después de una nevada.

Aquello lo puso nervioso. Se le aceleró tanto el pulso que se vio forzado a salir al balcón por una puerta lateral para serenarse y respirar aire fresco. Solo se había sentido igual cuando tuvo que defender sus dos tesis doctorales. Al volver dentro, se esforzó por lucirse con la clase. Gracias a su discurso apasionado y a la gran cantidad de citas, terminó ganándose una rara ovación a la que ella no contribuyó, si bien celebró asintiendo, satisfecha, mientras le ofrecía otra sonrisa.

Después de la clase regresó por la misma avenida sin sombra por la que había venido junto a ella, escuchando el crujido de la nieve bajo sus botas azules. Las dos hileras de álamos a los lados del camino fueron los únicos testigos de su conversación.

—Me encanta cómo das clase —dijo ella—, aunque no he entendido demasiado…

—No cursas esta carrera, ¿verdad?

—No.

—¿Y sueles asistir a clases de otras materias?

—Es cosa de hace unos días… Paso por delante de un aula cualquiera y siento el impulso de entrar y quedarme a escuchar. Acabo de graduarme; supongo que el hecho de ser consciente de que pronto tendré que irme y dejar todo esto ha hecho que comprenda lo bien que estoy aquí. Me da un poco de miedo lo que hay ahí fuera…

Durante los tres o cuatro días que siguieron, Luo Ji pasó la mayor parte del tiempo con ella. A ojos de los demás, eso sí, pareció que daba interminables paseos a solas. La explicación que le ofreció a Bai Rong no pudo ser más sencilla: le dijo que estaba pensando en su regalo de cumpleaños. En realidad, no era ninguna mentira.

Por Nochevieja compró una botella de vino tinto. Jamás había probado el vino. Llegó al apartamento, apagó las luces, se sentó en el sofá y encendió las velas que había en la mesita baja. Para cuando todas prendieron, ella ya estaba sentada a su lado, en silencio.

—¡Oh, mira! —exclamó con el tono ilusionado de una niña, señalándole la botella.

—¿Qué?

—¡Mira por aquí, por donde da la luz! Es precioso…

Filtrada a través del vino, la luz de las velas adquiría una diáfana tonalidad granate que parecía sacada de un sueño.

—Es…, es como un sol extinto.

—No digas esas cosas —susurró ella con un candor que lo enterneció—. A mí me parece que más bien es… como los ojos del anochecer.

—¿Por qué no los ojos del amanecer?

—Prefiero los anocheceres.

—¿Y eso?

—El anochecer siempre trae consigo las estrellas; en cambio, lo único que nos deja el amanecer…

—Es la cruda luz de la realidad.

—Eso mismo, sí.

Charlaron largo y tendido. Hablaron de todo, compartiendo un lenguaje común incluso para los temas más triviales, hasta el momento en que esa botella que había contenido los ojos del anochecer quedó vacía, y sus estómagos, llenos.

Tumbado en la cama y completamente embriagado, Luo Ji observó la luz de las velas, que aún ardían sobre la mesita. No le preocupó que ella hubiera desaparecido. Sabía que podía hacerla volver en cuanto él quisiera.

Llamaron a la puerta. Luo supo reconocer que el sonido era real y no tenía nada que ver con ella, de modo que no hizo caso. Pero entonces la puerta se abrió de repente y Bai Rong irrumpió en el apartamento. Al encender las luces, pareció que con ellas conectaba la gris realidad. Primero se quedó mirando las velas de la mesita; luego se sentó junto a la cabecera de la cama, donde exhaló un suave suspiro.

—Todavía tiene remedio.

—¿El qué? —preguntó él, todavía tumbado, cubriéndose los ojos con el dorso de la mano para protegerlos de la luz.

—Aún no has llegado al extremo de sacar un vaso para ella.

Luo Ji mantuvo la mano sobre los ojos sin pronunciar palabra. Bai Rong se inclinó y la apartó para poder mirarlo de frente. Luego dijo:

—Ha cobrado vida, ¿verdad?

Él asintió, sentándose.

—Rong… —intentó explicarle—, yo antes pensaba que a los personajes de una novela los controlaba su creador, que eran lo que el autor quería que fuesen y que hacían aquello que el autor quería que hicieran, como nos pasa a nosotros con Dios.

—¡Pues te equivocabas! —gritó ella mientras se ponía de pie y empezaba a ir de aquí para allá—. Y ahora te das cuenta de hasta qué punto. Esa es la diferencia entre un mero escribidor y un literato: el summum de la creación literaria es cuando los personajes de una novela tienen vida propia en la mente de su autor. Este no puede controlarlos ni predecir cómo van a actuar; solo puede seguirlos, fascinado, para observarlos y apuntar los más nimios detalles de sus vidas, como si fuera un voyeur. Así se escribe un clásico.

—¡Al final resulta que la literatura es un arte para pervertidos!

—Lo fue en el caso de Shakespeare, de Balzac y de Tolstói, como mínimo. Fue así como esos grandes genios crearon a todos aquellos inolvidables personajes que perduran en nuestra memoria colectiva. Los escritores actuales han perdido esa creatividad. Sus mentes solo son capaces de crear imágenes fragmentadas, fetos sin desarrollar cuya corta vida es una sucesión de espasmos crípticos, vacíos de sentido, que luego barren y atan en un saco al que le ponen una etiqueta: que si posmoderno, que si deconstruccionista, que si simbolista, que si irracional…

—¿Insinúas que me he convertido en un escritor de literatura clásica?

—No me hagas reír. Tu mente no ha hecho más que gestar una sola imagen. Y de las más sencillas, además. Las mentes de los autores clásicos alumbraron a cientos de miles de figuras de distinto corte, que luego, juntas, formaron el retrato de una era. ¡Eso solo está al alcance de las mentes privilegiadas! Pero reconozco que lo que has conseguido tiene su mérito. No te creía capaz de lograrlo…

—¿Tú lo has logrado alguna vez?

—Solamente una —respondió ella. Luego le apretujó el cuello e imploró—: Déjalo, ya no quiero que me hagas ese regalo; volvamos a nuestra vida normal, ¿de acuerdo?

—¿Y si me sigue pasando lo mismo?

Bai Rong lo miró fijamente a los ojos durante unos segundos. Luego lo soltó de golpe y dijo, con una sonrisa amarga:

—Sabía que era demasiado tarde.

Acto seguido cogió el bolso y se fue.

Luo Ji oyó entonces que afuera la gente gritaba: «¡Cuatro! ¡Tres! ¡Dos! ¡Uno!», y a continuación el edificio de las aulas, desde el cual llegaba la música, estalló en risas. En la pista de atletismo estaban lanzando fuegos artificiales. Miró el reloj y vio que acababa de pasar el último segundo del año.

—Mañana es fiesta —dijo entonces—. ¿Adónde podemos ir?

Estaba tumbado en la cama, pero no le hacía falta mirar para saber que su personaje había vuelto y se hallaba al lado de la chimenea inexistente.

—No querrás llevártela, ¿verdad? —preguntó ella, toda inocencia, apuntando hacia la puerta, que seguía abierta.

—Qué va, no… nosotros dos solos. ¿Adónde te gustaría ir?

Sin dejar de mirar la danza de las llamas de la chimenea, ella respondió:

—No importa adónde vayamos. El mero hecho de sentirnos en viaje es maravilloso.

—Entonces, ¿qué te parece si nos ponemos en marcha sin planear nada y ya veremos dónde acabamos?

—Perfecto.

A la mañana siguiente abandonaban el campus a bordo de su Accord rumbo al oeste, una dirección escogida por el simple hecho de que les ahorraba tener que atravesar la ciudad. Por primera vez Luo experimentó la maravillosa sensación de viajar sin un destino en mente. Cuando los edificios dieron paso a los campos, abrió la ventana para dejar entrar el aire frío del invierno y notó la larga cabellera de ella agitada por el viento; incluso sintió que le hacía cosquillas en la sien derecha.

—¡Mira, montañas! —exclamó ella, señalando un punto distante.

—Qué buena visibilidad hay hoy… Son las montañas Taihang; primero discurren en paralelo a esta carretera y luego hacen una especie de curva que converge en el oeste. Allí es donde la carretera se interna en ellas. Calculo que ahora mismo estaremos…

—¡No me digas dónde estamos! —lo interrumpió ella—. En cuanto uno lo sabe, el mundo se le vuelve tan estrecho como un mapa. En cambio, cuando no lo sabe, el mundo se expande hasta que parece no tener límite.

—Está bien —convino Luo—, hagamos lo posible por perdernos.

Dio un giro para tomar una carretera secundaria por la que circulaban menos coches. Al cabo de un rato, giró de nuevo. Terminaron teniendo a los lados del coche campos y más campos en los que la nieve aún no se había derretido del todo; aquí y allá se veían parches de tierra. No había una mancha verde por ninguna parte, aunque la luz del sol era espectacular.

—El típico paisaje del norte de China —dijo Luo.

—Es la primera vez que siento que la tierra desnuda, sin una brizna de hierba en ella, puede ser hermosa por sí sola.

—El verde está enterrado en los campos esperando a que llegue la primavera. El trigo de invierno brotará cuando aún siga haciendo frío, y entonces esto se convertirá en un mar verde. Imagina toda esta extensión…

—No necesita vegetación, es precioso tal y como está. ¡Uy, mira! ¿A que el suelo parece una vaca lechera durmiendo la siesta?

—¿Qué? —exclamó él, sorprendido, mirándola a ella y luego, a través de las ventanillas, la tierra salpicada de nieve.

—¡Ahí va! Pues sí que parece que… Oye, ¿cuál es tu estación del año favorita?

—El otoño.

—¿Por qué no la primavera?

—Son demasiadas sensaciones juntas. Me agota. El otoño es mejor.

Pararon el coche y se sentaron en el borde de un campo para contemplar a las urracas picoteando el suelo en busca de alimento. Cuando trataron de acercárseles, estas echaron a volar y se refugiaron en una arboleda cercana. Más tarde recorrieron el lecho de un río casi completamente seco. Aun cuando había quedado reducido a un estrecho reguero congelado, seguía siendo un río norteño: recogieron de su lecho unos cuantos guijarros fríos y lisos, y luego los lanzaron contra él; de los agujeros que hacían en el hielo brotaban chorros de agua amarillenta. Después llegaron a un pequeño pueblo en cuyo mercado pasaron algún tiempo. Ella se arrodilló frente a un puesto de peces dorados y observó en sus peceras, rojizas llamas líquidas al sol, negándose a irse de allí. Al final él le compró dos y los puso, sin sacarlos de sus bolsas con agua, sobre el asiento trasero del coche.

Más tarde pasaron por un pueblo al que habían despojado de todo encanto. Los edificios eran nuevos, muchas viviendas tenían coches aparcados delante de sus puertas y había anchas carreteras de cemento; la gente vestía igual que en las ciudades (aunque algunas chicas lo hacían con estilo). Incluso los perros eran idénticos a esos parásitos de patas cortas y pelo largo que abundaban en las grandes urbes. Lo que más les llamó la atención de aquel pueblo fue el enorme escenario que habían instalado justo a la entrada: sus dimensiones parecían excesivas para una localidad tan pequeña. Al verlo vacío, Luo Ji no lo dudó dos veces: se subió como pudo y, una vez arriba, mirando a los ojos del único miembro de su público, cantó aquella famosa estrofa de Tonkaya Ryabina que habla del esbelto espino blanco. A mediodía almorzaron en otro pueblo, donde la comida era la misma que en las ciudades pero servida en raciones casi el doble de grandes. Después, algo aletargados, pasaron un buen rato sentados al sol en un banco frente al ayuntamiento. Luego se fueron de allí sin rumbo concreto.

Antes de darse cuenta, se encontraron con que la carretera ya se había internado en las montañas, de forma regular y poca vegetación, salvo por los hierbajos y enredaderas que crecían entre las fisuras de la roca gris. Durante millones de años, aquellas montañas, cansadas de estar erguidas, se habían ido recostando poco a poco, allanándose hasta tal punto que cualquiera que caminase sobre ellas terminaba contagiado de su misma indolencia.

—Estas montañas son como aquellos abuelos que pasan la tarde al sol haciendo la siesta —dijo ella, pese a que en todos los pueblos que habían visitado no habían visto a nadie con la parsimonia de aquellas montañas.

En más de una ocasión tuvieron que detenerse para dejar que algún rebaño de ovejas cruzase la carretera. Después, por fin aparecieron las típicas aldeas que habían imaginado, las famosas casas cueva, caquis y nogales, edificios bajos con techo de piedra… Los perros se volvieron más grandes y más fieros.

Alternando montaña y paradas, la tarde pasó sin que se dieran cuenta. El sol ya se ponía por el oeste y la penumbra caía sobre la carretera. Tras conducir por un camino de tierra lleno de socavones hasta un montículo todavía iluminado por el sol, decidieron que aquel lugar marcaría el punto final de su viaje: después de contemplar el atardecer emprenderían el camino de regreso. El pelo de ella, que la suave brisa del anochecer agitaba, parecía querer apoderarse de los últimos rayos de luz dorada.

Acababan de entrar en la autopista cuando el coche sufrió una avería. Se le había roto el eje trasero y eso los obligaba a pedir ayuda. Tuvo que pasar un buen rato hasta que, gracias al conductor de una camioneta, averiguaron el nombre del lugar donde se hallaban. Después, aliviado al ver que su teléfono seguía teniendo cobertura, Luo Ji llamó a un taller mecánico. La grúa tardaría entre cuatro y cinco horas en llegar a donde estaban.

La temperatura había descendido en picado desde la puesta del sol. Antes de que oscureciera del todo, Luo fue a recoger unas cuantas panochas de maíz a un campo cercano y las usó para encender una hoguera.

—¡Pero qué calentito se está aquí, me encanta! —exclamó ella, mirando el fuego, presa de la misma felicidad que aquella primera noche frente a la chimenea.

Él volvió a embriagarse con su belleza a la luz de las llamas. Llegó a pensar que él era aquella hoguera y que el único propósito de su existencia era darle calor.

—Por aquí no habrá lobos, ¿no? —preguntó de repente ella, mirando con recelo la creciente oscuridad que los rodeaba.

—No —respondió Luo Ji—. Estamos en el norte del país, en pleno corazón del continente; los lobos abundan en otras partes… Que no te engañe el aspecto agreste y desolado de la zona. En realidad, es una de las más densas de toda China. Fíjate si no en la carretera: cada dos minutos circula un coche…

—Esperaba que dijeras que sí había —admitió ella, sonriendo con dulzura. Luego volvió a mirar la gran cantidad de chispas que saltaban entre las llamas y se elevaban en el aire. Parecían estrellas flotando en el cielo nocturno.

—De acuerdo, pues sí que hay lobos. Pero me tienes a mí.

No dijeron nada más. Permanecieron en silencio frente al fuego, que avivaban de vez en cuando.

Al cabo de un rato, Luo Ji oyó que le sonaba el móvil. Era Bai Rong.

—¿Estás con ella? —le preguntó con suavidad.

—No, estoy aquí solo —contestó él, reparando al fin en lo que le rodeaba.

No mentía: realmente estaba solo junto a una hoguera al borde de aquella carretera que discurría paralela a las montañas Taihang. La luz del fuego no revelaba más que rocas y, por encima de su cabeza, un cielo estrellado.

—Ya sé que estás solo, pero ¿estás con ella?

Él hizo una pausa.

—Sí —respondió luego. Y al volver la cabeza hacia un lado la vio, alimentando el fuego y sonriendo a las llamas que ardían a su alrededor.

—¿Crees ahora en la existencia de ese amor sobre el que siempre escribo?

—Sí, creo en su existencia —contestó Luo Ji, y no fue hasta pronunciar esas palabras cuando comprendió la gran distancia que los separaba.

Los dos guardaron silencio durante varios minutos; en ese tiempo, las ondas de radio les mantuvieron conectados a través de las montañas hasta su intercambio final.

—Tú también tienes el tuyo, ¿es así? —preguntó él.

—Sí. Desde hace tiempo.

—¿Y ahora mismo dónde está?

—¿Dónde va a estar? —dijo ella entre risas.

Él también rio.

—Claro. Dónde va a estar…

—Bueno… Cuídate. Adiós.

Bai Rong colgó. Con aquel gesto no solo cortaba la comunicación, sino que rompía para siempre el vínculo que los había unido, dejándolos a ambos quizás un tanto entristecidos, pero no mucho más que eso.

—Aquí afuera hace demasiado frío. ¿Por qué no duermes dentro del coche? —le sugirió él.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—Quiero quedarme aquí contigo —dijo—. ¿A que te gusto cuando estoy cerca del fuego?

Al llegar la grúa, procedente de Shijiazhuang, ya era más de medianoche. Los dos mecánicos se sorprendieron al ver a Luo Ji esperándolos a la intemperie, al lado de una hoguera.

—¡Se va usted a congelar ahí sentado, señor! El motor sigue funcionando… ¿Por qué no ha esperado dentro del coche con la calefacción puesta?

En cuanto el automóvil estuvo reparado, Luo Ji condujo toda la noche, dejando atrás las montañas. Al amanecer llegó a Shijiazhuang y a las diez de la mañana ya estaba de regreso en Pekín. Pero no fue al campus, sino directo a la consulta del psicólogo.

—Puede que necesite un tiempo para hacer el ajuste, pero no se trata de nada serio —lo tranquilizó el psicólogo tras escuchar su extenso relato.

—¿Nada serio? —exclamó Luo Ji, abriendo mucho los ojos inyectados de sangre—. Estoy perdidamente enamorado de un personaje ficticio que protagoniza una novela de mi propia creación. He hablado con ella, me he ido de viaje con ella y hasta he roto con mi novia en la vida real por ella. ¿Eso a usted no le parece serio?

El psicólogo se limitó a dedicarle una sonrisa magnánima.

—¿Acaso no me entiende? —añadió Luo—. ¡Le he entregado mi más profundo amor a una ilusión!

—¡Oh! Entonces, ¿tenía usted la impresión de que los destinatarios de los afectos de los demás sí existen?

—No puedo creerme que lo ponga en duda.

—¡No es que lo ponga en duda, es que le digo que no es así! En la inmensa mayoría de casos, aquello que uno ama solo existe en su imaginación. El destinatario de su afecto no es el hombre o la mujer que existe en la realidad, sino el de su mente. La persona real no es más que un patrón a partir del cual confeccionar el amor de sus sueños. Inevitablemente, tarde o temprano uno termina dándose cuenta de las diferencias entre uno y otro y debe decidir: si puede acostumbrarse, seguirán juntos; si no, romperán. Es así de sencillo. Usted difiere de la gran mayoría en que no ha necesitado un patrón.

—Entonces, ¿de verdad que no estoy enfermo?

—Solo en el sentido que dijo su novia: tiene usted un talento literario innato. Si a eso quiere llamarlo enfermedad, hágalo.

—Pero ¿no resulta un tanto excesivo imaginar cosas así?

—La imaginación no tiene nada de excesivo. Sobre todo en lo que al amor se refiere.

—¿Y qué hago? ¿Cómo puedo olvidarme de ella?

—Eso es imposible. Nunca será capaz de olvidarla, de modo que ahórrese el esfuerzo; solo conseguirá acabar con secuelas o incluso problemas mentales… Así de sencillo, debe dejar que la naturaleza siga su curso. Se lo repetiré para que quede claro: ¡ni se le ocurra intentar olvidarla! A medida que pase el tiempo, la influencia que ella pueda tener ahora en su vida disminuirá. En realidad, debería felicitarse: independientemente de si ella existe o no, usted ha tenido la suerte de conocer el amor.

Hasta la fecha, aquella fue la relación sentimental más intensa de Luo Ji, uno de esos amores que solo se viven una vez. Lo que hizo después fue retomar su existencia un tanto disoluta y dar tumbos de aquí para allá sin rumbo fijo, igual que aquel día con su coche. Con el paso del tiempo, tal y como había pronosticado el psicólogo, la influencia que ella ejercía en su vida fue disminuyendo: al principio dejó de aparecerse cuando él estaba con una mujer de carne y hueso; luego no lo hizo ni aun hallándose a solas. Sin embargo, Luo Ji sabía que ella ocupaba la parte más íntima de su alma y que allí seguiría toda la vida. Incluso era capaz de ver el mundo en que ella moraba: un vasto paisaje nevado con el cielo eternamente adornado por una luna creciente y decenas de estrellas plateadas. En medio del silencio reinante, uno casi oía cómo los copos de nieve caían sobre aquel suelo, blanco y granulado como el azúcar. Allí, dentro de una primorosa cabaña, esa Eva que Luo Ji había creado con una de las costillas de su mente, pasaba los días sentada ante una vieja chimenea, contemplando las revoltosas llamas del fuego.

Ahora, solo en aquel misterioso vuelo, Luo Ji ansiaba su compañía, tratar de adivinar juntos qué le esperaba al final de aquel viaje; pero ella no apareció. Él seguía sintiendo su presencia en el mismo rincón de su alma, siempre sentada en silencio frente al fuego pero sin sentirse sola ni un instante, pues sabía que el mundo que habitaba estaba dentro de él.

Luo alargó el brazo para alcanzar el frasco que había sobre el cabezal de la cama con la intención de tomarse un somnífero y así obligarse a dormir, pero en el instante en que sus dedos lo tocaron el frasco salió disparado hacia el techo; también la ropa que había dejado sobre la silla. Todo permaneció allí unos segundos. Incluso él sintió que se elevaba de la cama, pero al estar sujeto al saco de dormir no salió volando. Al fin el frasco cayó bruscamente sobre la cama. Durante unos segundos, Luo sintió como si un objeto muy pesado aplastara su cuerpo, y no consiguió moverse. El paso súbito de la ingravidez a la hipergravedad lo dejó mareado, una sensación que se prolongó durante diez segundos, antes de que todo volviera a la calma.

Entonces oyó los pasos apresurados de varias personas sobre la moqueta, al otro lado de la puerta, que se abrió.

—Luo, ¿estás bien? —preguntó Shi Qiang, asomando la cabeza.

En cuanto lo oyó responder que sí, volvió a cerrar la puerta. Luo pudo escuchar una conversación en voz baja:

—Ha sido un simple malentendido durante el cambio de escolta, nada de qué preocuparse.

—¿Te dijeron algo los de arriba cuando llamaron antes? —preguntó Shi.

—Que la formación tendría que repostar combustible en media hora, pero que no nos alarmáramos.

—El plan original no mencionaba ninguna interrupción, ¿verdad?

—¡Claro que no! Ay, en mitad de este caos, siete aviones se han deshecho sin querer de sus depósitos de combustible secundarios…

—Bueno, ya está, no te pongas tan dramático… ¿A qué viene este estado de alteración permanente? Vete a dormir un rato, anda.

—¿Cómo voy a dormir tal como están las cosas?

—Dejándome a mí de guardia. ¿De qué sirves cansado? Ya sé que pretenden mantenernos en estado de alerta a todos todo el tiempo, pero sigo pensando lo mismo: en misiones de protección, una vez que has valorado todos los escenarios posibles y tomado todas las medidas de precaución a tu alcance, hay que dejar que ocurra lo que sea. ¿Qué ganas calentándote la cabeza si sabes que ya no puedes hacer más de lo que haces?

En cuanto oyó las palabras «cambio de escolta», Luo Ji deslizó el panel de la ventanilla para mirar al exterior. Seguía habiendo un mar de nubes en el cielo nocturno, pero la luna comenzaba a encaminarse hacia el horizonte. También volvió a ver los rastros de los cazas, esta vez seis más. Las minúsculas aeronaves que los encabezaban eran de un modelo distinto de las cuatro que había visto antes.

La puerta del dormitorio volvió a abrirse. Esta vez Shi Qiang asomó el torso entero.

—¡Luo, tío! Hemos tenido un problemilla de nada, pero ya pasó. Vuelve a la cama tranquilo; de ahora en adelante no habrá más sobresaltos.

—¿Que me vuelva a la cama? ¿Cuántas horas de vuelo llevamos ya?

—Todavía quedan unas cuantas. Descansa —repuso Shi, quien acto seguido cerró la puerta y volvió a dejarlo solo.

Luo Ji volvió a su cama y cogió el frasco de pastillas. A Shi no se le escapaba ningún detalle: contenía una única cápsula. Se la tomó e, imaginando que el piloto rojo bajo la ventana era la luz de una chimenea, se durmió.

Cuando Shi Qiang lo despertó, Luo había pasado más de seis horas durmiendo sin soñar con nada; se sentía francamente bien.

—Ya casi hemos llegado, levántate y vete preparando —le dijo Shi.

Luo Ji fue al baño a asearse y luego a la oficina, donde lo aguardaba un pequeño desayuno. Mientras se lo tomaba notó que el avión iniciaba su descenso. Diez minutos más tarde, después de quince horas de vuelo, al fin volvían a estar en tierra firme.

Shi le pidió que se quedara esperando en la oficina mientras él salía. Cuando volvió lo hizo acompañado de un hombre muy alto, de rasgos europeos e impecablemente vestido, que parecía ostentar algún cargo importante.

—¿Este es el doctor Luo? —preguntó el hombre mirándole. Al advertir que a Shi le costaba entender el inglés, repitió la pregunta en chino.

—Es Luo Ji —contestó entonces Shi, y después presentó al desconocido—. Este es el señor Kent. Ha venido a darte la bienvenida.

—Es un honor —dijo Kent, haciendo una breve reverencia.

Cuando se dieron la mano, Luo tuvo la sensación de que aquel hombre era una persona curtida por la experiencia. Que ocultaba mucho detrás de sus modales refinados, aun cuando el brillo de sus ojos delataba la presencia de secretos. Luo quedó fascinado por esa mirada: tan pronto parecía ser de ángel como de demonio; tanto podía ser una bomba atómica como una piedra preciosa de idéntico tamaño. De toda la información que aquellos ojos contenían, Luo solo tuvo una certeza: ese hombre estaba viviendo un momento tremendamente importante en su vida.

—Lo felicito —dijo Kent mirando a Shi—. Han hecho un trabajo excelente. Su viaje ha sido el menos accidentado de todos. En los demás casos ha costado bastante llegar.

—Nosotros nos hemos limitado a cumplir con las órdenes de nuestros superiores —repuso Shi—. Hemos priorizado minimizar el número total de etapas.

—Absolutamente acertado. En las presentes circunstancias, minimizar etapas garantiza la máxima seguridad. ¡Y ahora, siguiendo ese mismo principio, iremos directos a la sala de la asamblea!

—¿Cuándo empieza la sesión?

—Dentro de una hora.

—Pues sí que hemos apurado…

—El inicio de la sesión depende de la llegada del último candidato.

—Ah, eso está muy bien… Bueno, ¿hacemos el traspaso de custodia?

—No. Por el momento ustedes siguen a cargo de la seguridad del doctor. Como ya le he dicho, son los mejores.

Durante unos segundos, Shi observó a Kent en silencio. Luego asintió.

—Estos días, al venir para familiarizarse con la situación, varios de nuestros hombres han topado con obstáculos —observó.

—Le garantizo que no volverá a ocurrir —aseguró Kent—. A partir de este momento cuenta con la total colaboración de la policía y el ejército locales. Muy bien —los miró a los dos—, ya podemos irnos.

En cuanto salieron, Luo comprobó que todavía era de noche. Teniendo en cuenta su hora de partida, no le costó deducir en qué área del globo se hallaba aproximadamente. La niebla era tan espesa que la luz de los focos apenas consiguió teñir de amarillo apagado la sucesión de imágenes de la que fueron luego testigos, todas ellas calcadas a las que habían visto en el despegue: la patrulla de helicópteros en el aire, solo visibles a través de la niebla en forma de sombras y con luces brillantes; el avión rodeado por un anillo de vehículos militares y un cordón de soldados mirando hacia fuera; un grupo de oficiales equipados con radios, discutiendo algo entre ocasionales miradas hacia la escalerilla.

Luo Ji oyó un zumbido por encima de su cabeza que le erizó el vello de la nuca, e incluso hizo que el imperturbable Kent se cubriera las orejas. Al mirar hacia arriba descubrieron que una sombra los sobrevolaba a muy poca altura: su escolta de aviones trazaba un círculo que la niebla impedía ver con claridad; parecía un gigante cósmico marcando con tiza aquel punto concreto de la Tierra.

Shi Qiang, Kent y Luo subieron al coche blindado que los esperaba al pie de la escalerilla. Aunque las cortinas estaban echadas, por la poca luz que se colaba, Luo supo que formaban parte de un convoy. El silencio reinó a lo largo de aquel viaje a lo desconocido. Aunque solo duró cuarenta minutos, a Luo se le hizo eterno.

Cuando Kent anunció que habían llegado, a través de las cortinas Luo adivinó la silueta de un objeto iluminado por las luces del edificio que tenía detrás. Su forma resultaba inconfundible: un revólver gigante con el cañón anudado. De inmediato supo que se hallaba en la sede de Naciones Unidas en Nueva York.

En cuanto bajó del coche se vio rodeado por un grupo de agentes de seguridad, todos de gran estatura y algunos con gafas de sol pese a ser de noche. La masa humana que formaban lo aprisionó y, sin darle tiempo a distinguir dónde se hallaba, lo llevó sin que apenas tocara el suelo con los pies. Las pisadas de los demás eran el único sonido que rompía el silencio. Justo antes de que aquella tensión demente pudiera con él, los hombres que lo precedían se hicieron a un lado para abrirle paso, la luz brilló ante sus ojos y el resto de agentes también se detuvo, dejando que él, Shi Qiang y Kent avanzaran en solitario.

Juntos atravesaron un gran vestíbulo desierto, a excepción de unos cuantos guardas de seguridad vestidos de negro, que susurraban algo a su radio cada vez que pasaban por su lado. A continuación cruzaron una pasarela hacia un panel de vitral, cuya amalgama de colores y líneas representaba formas distorsionadas de personas y animales. Al fin, giraron a la izquierda y se metieron en una pequeña habitación. Tras cerrarse la puerta, Kent y Shi Qiang intercambiaron una sonrisa de satisfacción. El alivio se reflejaba en sus rostros.

Luo miró alrededor y descubrió que la habitación era bastante peculiar: la pared del fondo estaba toda cubierta por una pintura abstracta compuesta por formas geométricas amarillas, blancas, azules y negras, que parecían flotar sobre un océano de aguas azules. Sin embargo, lo más extraño era la gran roca en forma de prisma rectangular que ocupaba el centro de la estancia, iluminada de modo tenue por varias lamparitas. De cerca se advertían líneas del color del óxido. En la habitación solo había esa roca y la pintura abstracta.

—Imagino que querrá cambiarse de ropa, doctor Luo —dijo Kent, en inglés.

—¿Qué dice? —preguntó Shi Qiang.

En cuanto Luo Ji se lo tradujo, negó con la cabeza.

—De eso nada, la chaqueta te la dejas puesta.

—Pero es una ocasión formal —alegó Kent, esforzándose en hablar chino.

—Ni hablar —insistió Shi, volviendo a negar con la cabeza.

—Solo los representantes de los países pueden acceder a la sala —dijo Kent—. Ni siquiera los medios estarán presentes, es más que seguro.

—He dicho que no. Si no le he entendido mal antes, yo sigo a cargo de su seguridad.

—Está bien —cedió Kent—, no es importante.

—Debería contarle al chico lo que ocurre —dijo Shi, bajando el tono de voz y apuntando con la cabeza hacia Luo.

—No estoy autorizado a darle ningún tipo de explicación…

—¡Pues invéntese algo! —repuso Shi, y se echó a reír.

Kent se volvió hacia Luo. Cariacontecido, se ajustó la corbata en un ademán inconsciente. Luo cayó entonces en la cuenta de que hasta el momento había estado rehuyendo su mirada. También se había percatado de que ahora Shi parecía otra persona. Su expresión burlona había desaparecido, y prestaba mucha más atención a Kent. Este último detalle lo convenció de que Shi no le había mentido: realmente desconocía el motivo de su viaje.

Oyó las palabras de Kent:

—Doctor Luo, lo único que puedo decirle es que está usted a punto de asistir a una reunión al más alto nivel en la que se hará un anuncio de trascendental importancia. Todo cuanto deberá hacer usted es estar presente.

Se quedaron callados. La habitación entera se había sumido en el silencio y Luo podía escuchar los latidos de su corazón. Se hallaban en la sala de meditación, presidida por un enorme bloque de hierro de seis toneladas, regalo de Suecia, que simbolizaba la resistencia y la atemporalidad. En aquel momento, más que de meditar, Luo trataba con todas sus fuerzas de mantener la mente en blanco: convencido de que, tal y como Shi le había dicho en otro momento, cualquier cosa en la que uno pensara podía terminar siendo contraproducente, decidió ponerse a contar las formas geométricas del mural de la pared.

Al poco, la puerta se abrió y alguien asomó la cabeza para hacerle una señal a Kent, quien se volvió hacia Luo y Shi y dijo:

—Es hora de entrar. Como el doctor no conoce a nadie, podemos hacerlo juntos.

Shi asintió y miró a Luo.

—Te espero fuera —le dijo, sonriendo y saludándolo con la mano.

Aquel gesto consiguió emocionar a Luo Ji. En esos momentos, Shi era el único apoyo moral con que contaba.

Salió de la sala de meditación junto a Kent, al que siguió hasta la sala de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Ir a la siguiente página

Report Page