El bosque oscuro
Primera Parte. Los Vallados » Año 3 de la Era de la Crisis
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El interior estaba lleno; todo el mundo charlaba bulliciosamente. Kent lo condujo a lo largo del pasillo central. Al principio su presencia pasó inadvertida, pero a medida que se acercaba al frente empezó a atraer miradas. Kent lo dejó en un asiento de la quinta fila junto al pasillo y se fue a ocupar el suyo, en la segunda.
Luo Ji miró a su alrededor. Aunque había visto aquel lugar por televisión incontables veces, nunca había comprendido lo que sus arquitectos habían querido expresar. Justo enfrente tenía el grandioso muro amarillo con la insignia de la organización, que servía de fondo al podio; por su inclinación, en ángulo agudo, parecía un precipicio a punto de desmoronarse. El techo circular, diseñado en forma de bóveda celeste, era una estructura independiente totalmente separada de aquel muro y, en lugar de estabilizarlo, ejercía con su peso una inmensa presión que contribuía a que pareciese al borde del colapso. En aquel momento, daba la sensación de que los once arquitectos que a mediados del siglo XX diseñaron el edificio hubieran predicho, con pasmosa precisión, la encrucijada en que se hallaría la humanidad.
Luo Ji dejó de mirar aquel muro y se fijó en la conversación de las dos personas que tenía al lado. No supo adivinar su nacionalidad, pero hablaban en un inglés muy fluido.
—¿De verdad cree que el individuo desempeña un papel decisivo en la historia?
—No me parece que se trate de una cuestión susceptible de ser probada o refutada; para eso tendríamos que retroceder en el tiempo, asesinar a unas cuantas figuras prominentes y esperar a ver qué ocurre. Lo que sí tengo claro es que no podemos descartar la posibilidad de que los cauces que trazaron las grandes figuras hayan determinado el curso de la historia.
—Pero aún existe otra posibilidad: que esas grandes figuras de las que usted habla no fueran más que meros nadadores arrastrados por el torrente de la historia, que sus nombres pasaran a la posteridad porque en su día sentaron algún tipo de precedente digno de admiración y reconocimiento, sin haber afectado realmente su curso… Pero, en fin, tal y como están las cosas ahora, ¿qué sentido tiene pensar en todo eso, verdad?
—El problema es que jamás ha habido en el mundo una toma de decisión en la que alguien planteara las cosas a ese nivel. Los países siempre han estado enfrascados en cosas como la equidistancia entre candidatos o la igualdad de recursos…
En la sala empezó a hacerse el silencio: la secretaria general Say se dirigía hacia el podio. Aquella dirigente de nacionalidad filipina llevaba al mando de la organización desde antes del estallido de la crisis. Si la votación por la que fue escogida se hubiera celebrado después, jamás habría sido elegida, pues su delicado aspecto de mujer asiática no encajaba con la imagen de poder que el mundo quería proyectar ante la crisis trisolariana. De constitución menuda, parecía frágil y desvalida en contraposición con el gigantesco muro que la envolvía. Mientras subía las escaleras del podio, Kent se le acercó para susurrarle algo al oído. Ella lo escuchó mirando hacia abajo, asintió y siguió su camino.
Luo hubiera jurado que había mirado hacia su asiento.
Tras ocupar su puesto en la tarima, la secretaria general se tomó un minuto para contemplar a la asamblea. Por fin anunció:
—La decimonovena reunión del Consejo de Defensa Planetaria alcanza el último punto de su agenda: el anuncio del inicio del Proyecto Vallado y la revelación de los candidatos escogidos. Antes, sin embargo, me parece necesario hacer un repaso de la gestación del proyecto.
»Al comienzo de la Crisis Trisolariana, los miembros del anterior Consejo de Seguridad se reunieron de forma urgente para negociar y concebir el Proyecto Vallado. Se tuvieron en cuenta los siguientes hechos: tras la aparición de los dos primeros sofones, se comprobó que otros sofones alcanzaban constantemente el Sistema Solar y se dirigían hacia la Tierra. Ese proceso aún continúa. En consecuencia, para nuestro enemigo, la Tierra es un mundo transparente. Todo cuanto sucede es para él como un libro abierto que puede leer a su antojo. La humanidad ya no tiene secretos.
»La comunidad internacional ha activado un programa de defensa convencional que, tanto a nivel de estrategia general como de carácter militar o tecnológico, por ínfimo que sea, está completamente expuesto a los ojos del enemigo. Cada sala de reuniones, cada archivador, los discos duros y la memoria de cada ordenador…, nada escapa a los sofones. Cada plan, cada programa, cada desplegamiento, sin importar su tamaño, resulta visible para el mando enemigo a cuatro años luz de distancia, desde el instante mismo que tienen lugar en la Tierra. Toda comunicación humana, sin importar su índole, debe darse por filtrada.
»Debemos ser conscientes del siguiente hecho: la estrategia y el tacticismo no avanzan en paralelo al progreso tecnológico. Según informaciones precisas de las que disponemos, los pensamientos de los trisolarianos son transparentes y se comunican de forma directa, volviéndolos en unos completos incompetentes a la hora de engañar o camuflar sus intenciones. Eso los pone en clara desventaja respecto a la civilización humana, circunstancia que no podemos desaprovechar. Los fundadores del Proyecto Vallado estimaron necesario que, en paralelo al programa de defensa convencional, se realicen planes estratégicos de distinta naturaleza que deberán mantenerse en secreto, totalmente a salvo de la mirada del enemigo. De todas las propuestas barajadas, el Proyecto Vallado ha sido la única estimada como viable.
»Una precisión a lo que acabo de decir: la humanidad todavía está en condiciones de guardar secretos. Puede hacerlo en ese mundo interior que cada uno de nosotros posee. Los sofones entienden todos los lenguajes humanos, son capaces de leer textos impresos y de obtener la información almacenada en todo tipo de soportes a velocidades ultrarrápidas, pero hasta la fecha no pueden leernos el pensamiento. Siempre y cuando no lo comunique, todo individuo es capaz de mantener lo que piensa a salvo de los sofones. Precisamente esa es la base sobre la que se asienta el Proyecto Vallado. Se trata de seleccionar a un grupo de personas que formularán e implementarán planes estratégicos. Los desarrollarán en sus mentes sin comunicar nada al mundo exterior. Todos los detalles de dichos planes, desde su razón estratégica hasta los pasos necesarios para su consecución, permanecerán de este modo a salvo, al estar ocultos en su cerebro.
»Por la forma en que deberán aislarse del mundo, hemos decidido llamarlos “vallados”. Durante la implementación de sus planes estratégicos, las ideas y los comportamientos que exhiban estos vallados de cara al mundo exterior serán una farsa, una calculada mezcla de mentiras, tergiversaciones y manipulaciones dirigida al mundo entero, incluyendo a enemigos y aliados por igual, a fin de crear un enorme y confuso laberinto que desconcierte al enemigo y entorpezca su juicio, retrasando así al máximo la revelación de sus intenciones estratégicas. Los vallados gozarán de amplios poderes que les permitirán movilizar y desplegar buena parte de los recursos militares disponibles hoy en día en la Tierra. Realizarán sus planes sin tener que rendir cuentas de ninguna de sus acciones, sean las que sean, ni aclarar qué motiva sus peticiones por extrañas que parezcan. El seguimiento de su actividad estará al cargo del Consejo de Defensa Planetaria de Naciones Unidas, la única institución con autoridad para vetar las peticiones de los vallados, tal y como contempla la Ley de los Vallados de Naciones Unidas. A fin de garantizar la continuidad del proyecto, los vallados podrán usar la tecnología de hibernación para estar presentes en la batalla del Día del Juicio Final, que se librará dentro de varios siglos. Ellos mismos decidirán cuándo, bajo qué circunstancias y durante cuánto tiempo serán despertados. Durante los siguientes cuatro siglos, la Ley de los Vallados de Naciones Unidas será reconocida por el Derecho Internacional de forma similar a la Carta de las Naciones Unidas, y se aplicará del mismo modo que las leyes de cada país a fin de garantizar la ejecución de los planes estratégicos de los vallados.
»Los vallados realizarán la misión más difícil de la historia de la humanidad. Además, deberán hacerlo completamente solos; con el corazón aislado del mundo, del universo entero. Su única compañía y su único apoyo moral serán ellos mismos. Al asumir esta responsabilidad aceptarán pasar muchos años en la más absoluta soledad, y por ese motivo tienen nuestro más profundo respeto. A continuación, en nombre de Naciones Unidas, procederé a anunciar los nombres de los cuatro vallados escogidos por el Consejo de Defensa Planetaria.
Luo Ji, que al igual que toda la asamblea había escuchado el discurso de la secretaria general totalmente cautivado, contuvo la respiración ante el anuncio de la lista de nombres. Ansiaba saber a qué clase de persona iban a encomendar tan impensable misión. A él ya no le preocupaba su propio destino; nada de lo que pudiese ocurrirle era comparable con aquel momento histórico.
—Primer vallado: Frederick Tyler.
Cuando la secretaria general mencionó su nombre, Tyler se levantó de su asiento en la primera fila y, con paso firme y decidido, subió al podio. Una vez allí, miró a la asamblea con semblante inexpresivo. No hubo aplausos: todo el mundo miraba en silencio al primer vallado. Tanto su delgada figura como sus gafas de gruesa montura eran mundialmente reconocibles; antes de su reciente jubilación había sido secretario de Defensa estadounidense, cargo que le había permitido ejercer una profunda influencia en la estrategia nacional de su país. Había plasmado su pensamiento en un libro titulado La verdad de la tecnología, donde sostenía que los países que más se beneficiaban de la tecnología eran los más pequeños, y que los incesantes esfuerzos en pos del desarrollo tecnológico realizados por los más grandes no hacían más que allanar su camino.
Según Tyler, con el progreso, el mayor número de habitantes y recursos de los países más grandes estaba dejando de ser una ventaja, lo cual facilitaba que los países más pequeños tomaran las riendas del mundo. La tecnología nuclear permitía a un país de apenas unos millones de habitantes ser una amenaza sustancial para otro con cientos de millones, algo antes imposible. Otra idea clave era que ser un país grande solo presentaba ventajas durante períodos poco tecnológicos y que, además, estas desaparecerían conforme avanzara el progreso. A su vez, esto hacía aumentar el peso estratégico de los países pequeños: algunos de ellos podían incluso experimentar un crecimiento repentino y alcanzar la hegemonía mundial, como en su día había ocurrido con España o Portugal.
Sin duda, Tyler había proporcionado la base teórica de la guerra global contra el terrorismo de su país. Pero lejos de postularse únicamente como estratega, había demostrado ser un hombre de acción, ganándose el aplauso del pueblo por la valentía y el discernimiento con que encaraba las grandes amenazas. En resumen, tanto por sus ideas como por su capacidad de liderazgo, Tyler era un vallado competente.
—Segundo vallado: Manuel Rey Díaz.
A Luo Ji le sorprendió ver subir al podio a aquel suramericano achaparrado de piel oscura y gesto inflexible. En realidad, el mero hecho de verlo aparecer en las Naciones Unidas ya era una rareza. Sin embargo, al pensarlo mejor, le pareció que su elección tenía sentido, e incluso se preguntó por qué no había pensado en él antes. Rey Díaz era el actual presidente de Venezuela, país que con su liderazgo había demostrado la teoría de Tyler acerca del auge de los países pequeños. En un mundo contemporáneo dominado por el capitalismo y la economía de mercado, cogió el testigo de la Revolución bolivariana instigada por Hugo Chávez y promovió el llamado Socialismo del Siglo XX, que aquel había ideado, basándose en las lecciones aprendidas por los movimientos socialistas internacionales del pasado. Para sorpresa de muchos, terminó logrando un éxito considerable que catapultó a Venezuela hasta cotas de poder inauditas y, por una vez, convirtió a ese país en un símbolo de igualdad, justicia y prosperidad para el mundo entero. Los demás países suramericanos se le fueron sumando y ahora el socialismo gozaba de un breve e inesperado apogeo en el continente.
Rey Díaz había heredado de su predecesor no solo su ideología socialista, sino también su profundo antiamericanismo, lo cual hacía temer a Estados Unidos que su vecino suramericano se convirtiera en una segunda Unión Soviética. La ocasión brindada por cierto accidente y posterior malentendido sirvió a la nación norteamericana como excusa para intentar invadir Venezuela, siguiendo el modelo realizado en Iraq, con el fin último de derrocar el gobierno de Rey Díaz. Sin embargo, con aquella guerra se rompió la racha de victorias de las grandes potencias occidentales sobre países pequeños del Tercer Mundo. Cuando Estados Unidos entró en Venezuela no encontró ni un solo militar de uniforme. El ejército entero había sido dividido en grupos guerrilleros camuflados entre la población civil, y su único objetivo de combate era acabar con la vida de las tropas invasoras.
La estrategia de Rey Díaz se basó en una única idea: las armas tecnológicas modernas eran sumamente eficaces contra blancos aislados, pero cuando se trataba de blancos de área su eficiencia no superaba la de las armas convencionales. Y aunque su coste y baja disponibilidad las dejaban fuera de su alcance, no había nadie mejor que él a la hora de reducir costes y emplear de forma novedosa la tecnología existente. A principios de siglo, un ingeniero australiano había logrado fabricar un misil crucero, que esperaba fuera empleado en la lucha contra el terrorismo, con un coste inferior a los cinco mil dólares. Pero Rey Díaz lo rediseñó para armar a sus miles de guerrilleros. El total fue de doscientos mil misiles, producidos en masa a un precio de solo tres mil dólares por unidad. Aunque la mayor parte de los componentes de aquellos proyectiles eran baratos y podían conseguirse fácilmente en el mercado, él los equipó con altímetro de radar y GPS, con tal de poder alcanzar objetivos en un radio de cinco kilómetros con un margen de error por debajo de los cinco metros. Si bien es cierto que su tasa de éxito no debió de llegar al diez por ciento, el daño infligido al enemigo fue enorme.
Otros muchos artilugios de alta tecnología, producidos en masa (como las balas para fusil con espoleta de proximidad, empleadas sobre todo por francotiradores), desempeñaron un papel igualmente brillante en aquella contienda. El número de bajas sufridas por el ejército estadounidense durante su breve estancia en Venezuela rozó los niveles de la guerra de Vietnam, situación que les obligó a retirarse. Aquella victoria del débil sobre el fuerte había convertido a Rey Díaz en un héroe del siglo XXI.
—Tercer vallado: Bill Hines.
Un hombre con el clásico aspecto de gentleman inglés subió al podio. Al lado de la frialdad de Tyler y la tozudez de Rey Díaz, Hines encarnaba el refinamiento. Saludó a la asamblea con gesto amable. Aunque carecía de la gran presencia de los otros dos, también él era conocido en todo el mundo. Su vida se dividía en dos etapas claramente diferenciadas: como científico, era la única persona en la historia que había sido nominada a dos premios Nobel el mismo año por un mismo descubrimiento. Durante unas investigaciones realizadas conjuntamente con la neurocientífica Keiko Yamasuki, había descubierto que la actividad del cerebro relacionada con el pensamiento y los recuerdos no operaba a escala molecular, como se había creído hasta entonces, sino cuántica. Este descubrimiento resituó los mecanismos del cerebro en el plano del microestado de la materia y convirtió todas las teorías previas en meros intentos insustaciales de arañar la superficie de la neurociencia.
Asimismo, sus investigaciones demostraron que la capacidad del cerebro animal para procesar información era varias veces mayor de lo que se imaginaba, lo cual daba credibilidad a la vieja hipótesis de que la estructura del cerebro es holográfica. Todo ello le había valido a Hines ser propuesto para el Premio Nobel de Física y el de Medicina. Y aunque su trabajo era demasiado radical para que se los concedieran, Keiko Yamasuki, que para entonces ya era su esposa, ganó el Nobel de Medicina de ese mismo año por su aplicación práctica en el tratamiento de la amnesia y las enfermedades mentales.
En la segunda etapa de su vida, Hines había presidido la Unión Europea durante dos años. Desde entonces era reconocido como un político mesurado, pero lo cierto era que en todo su mandato no se le había presentado ningún reto que pusiese a prueba sus habilidades. Su papel en la Unión Europea fue poco más que el de coordinador de transacciones, lo cual no aclaraba cómo reaccionaría al enfrentarse con una crisis grave, y eso lo ponía en desventaja frente a los dos vallados anteriores. La elección de Hines debía de haber tenido en cuenta su insólita combinación de antecedentes científicos y políticos.
Desde su asiento en la última fila de la sala, Keiko Yamasuki, la mayor autoridad internacional en neurociencia, miraba embelesada a su marido.
La asamblea seguía en silencio, pendiente de escuchar el nombre del cuarto vallado. La elección de los tres primeros (Tyler, Rey Díaz y Hines) obedecía a compromisos de equilibrio y apoyo mutuo entre los distintos poderes políticos de Estados Unidos, Europa y el Tercer Mundo, de modo que había un interés considerable en el último seleccionado. Cuando Luo Ji vio que la secretaria general Say volvía a fijar la mirada en sus papeles, comenzaron a desfilar por su mente los nombres de varios personajes de talla mundial. Sin duda, el último vallado iba a ser uno de ellos. Miró en dirección a la primera fila para estudiar las cabezas de quienes la ocupaban. Allí habían estado sentados los primeros tres vallados antes de subir al podio. No reconoció la de ninguna de las figuras que tenía en mente, pero aun así no dudaba de que una de ellas correspondía al cuarto vallado.
Entonces Say levantó la mano derecha y Luo vio que señalaba un lugar alejado de la primera fila.
Lo señalaba a él.
—Cuarto vallado: Luo Ji.
—¡Ahí va mi Hubble! —gritó Albert Ringier, juntando emocionado las palmas de las manos.
Las lágrimas de sus ojos reflejaban el brillo lejano de la bola de fuego que acababa de salir despedida. Tanto él como el grupo de astrónomos que lanzaban vítores a su espalda iban a presenciar el lanzamiento desde una plataforma para invitados especiales mucho más cercana, pero un oficial de la NASA se había empeñado en que no tenían derecho a ello porque el objeto que iba a ser lanzado no les pertenecía. Acto seguido, el mismo oficial se había vuelto para seguir charlando con un grupo de generales condecorados, a quienes a continuación, obsequioso como un perrito faldero, condujo hasta la dichosa plataforma.
Por eso Ringier y sus colegas habían tenido que conformarse con aquel lugar al otro lado del lago, mucho más alejado, donde en el siglo anterior habían instalado el reloj de la cuenta atrás. Estaba abierto al público, pero a esa hora de la noche los únicos observadores eran ellos.
Visto desde esa distancia, el despegue parecía una salida del sol en versión acelerada. Como los focos no siguieron al cohete conforme se elevaba, su gigantesco cuerpo dejaba de distinguirse enseguida, y sin las llamas que despedía habría pasado inadvertido. De pronto, desde su escondite en la oscuridad de la noche, convirtió el mundo en un magnífico espectáculo de luces, y aparecieron ondas doradas sobre la negra superficie del lago, como si las llamas hubieran prendido sobre sus aguas. Siguieron observando atentamente. Al pasar entre las nubes, el cohete hizo que medio cielo se tiñera de rojo, y entonces aquel breve amanecer desapareció en el cielo de Florida, engullido por la noche.
El Hubble II era un telescopio espacial de segunda generación con un diámetro ampliado de 21 metros (en lugar de los 4,27 metros de su predecesor), lo cual aumentaba su capacidad observacional en un factor de cincuenta. Usaba una lente compuesta, cuyos componentes se fabricaban en la Tierra pero se ensamblaban en órbita. Para poner en el espacio la lente completa se necesitaban once despegues, de los cuales este era el último. El montaje del Hubble II en las proximidades de la Estación Espacial Internacional estaba a punto de terminarse. Al cabo de dos meses podría sondear las profundidades del universo.
—¡Pandilla de ladrones! Otra hermosura que nos roban —espetó Ringier al hombre alto que estaba de pie a su lado, el único del grupo que no parecía interesado en todo aquel espectáculo.
George Fitzroy llevaba vistos demasiados lanzamientos como aquel. Durante todo el proceso había estado fumando apoyado en el reloj de la cuenta atrás. Después de que el ejército se apropiase del Hubble II lo habían nombrado portavoz ante los medios, y casi siempre iba vestido de paisano, de ahí que Ringier, que ignoraba su rango militar, nunca se dirigiera a él como «señor» ni viera necesidad de morderse la lengua a la hora de llamar a las cosas por su nombre en su presencia.
—Doctor, en tiempos de guerra como los que vivimos el ejército tiene derecho a apropiarse de cualquier equipamiento civil que estime oportuno —replicó Fitzroy—. Además, que yo sepa ustedes no han aportado ni un solo tornillo al diseño del Hubble II; están aquí para ser meros testigos de su éxito, así que no sé de qué se quejan. —Subrayó con un bostezo el tedio que sentía al tener que tratar con aquel grupo de sabiondos.
—Sin nosotros pierde su razón de ser. «Equipamiento civil»… ¡Puede ver hasta el último confín del universo, pero ustedes son tan miopes que quieren que apunte solamente a la estrella más cercana!
—Como ya le he dicho, estamos en tiempos de guerra. Una guerra para defender a la humanidad entera. Aunque ya haya olvidado que es estadounidense, al menos recordará que es humano…
Ringier asintió, refunfuñando entre dientes.
—Porque… ¿qué esperan que vea el Hubble II? —preguntó al rato, visiblemente exasperado—. Usted sabe que no será capaz de ver Trisolaris.
—Es aún peor que eso —se lamentó Fitzroy—. La gente cree que podrá ver la flota trisolariana.
—Fantástico —dijo Ringier con ironía.
Aunque la oscuridad le impedía ver su rostro, Fitzroy detectó en su tono una velada satisfacción que lo incomodó tanto como el olor acre que ahora llegaba desde la plataforma de lanzamiento.
—Supongo que es consciente de lo que eso implica, doctor —dijo.
—Si la gente espera eso del Hubble II —añadió Ringier—, probablemente no creerá en la existencia real del enemigo hasta que haya visto fotos de la flota trisolariana.
—¿Y a usted eso le parece fantástico?
—Deberían haber dejado las cosas claras ante la opinión pública…
—¿Acaso no lo he hecho? —insistió Fitzroy—. Ya llevo cuatro ruedas de prensa repitiendo que, aunque el Hubble II es más potente que los telescopios más grandes disponibles en la actualidad, sigue sin poder detectar a la flota trisolariana al ser esta demasiado pequeña; que si detectar un planeta de otro sistema estelar es tan difícil como detectar desde la Costa Oeste un mosquito posado sobre una lámpara en la Costa Este, la flota trisolariana mediría lo mismo que una de las bacterias que habitan en sus patas. ¿Se puede ser más claro?
—No, no; tiene usted razón, no se puede —reconoció Ringier.
—La gente siempre termina creyéndose lo que quiere. ¡Y contra eso no podemos hacer nada! Desde que ocupo este puesto, hasta la fecha no ha habido ningún proyecto espacial de envergadura que no se malinterprete.
—Llevo tiempo diciéndolo: en lo que a proyectos espaciales se refiere, el ejército ha perdido toda credibilidad.
—Pero a usted sí que estarán dispuestos a creerle —dijo Fitzroy—. ¿No afirmaban que era usted el nuevo Carl Sagan? Después de forrarse con sus libros divulgativos sobre cosmología, ahora podría echarnos una mano. Es la voluntad del ejército; es más, le estoy haciendo llegar la petición de manera oficial.
—Entonces, ¿esta negociación de condiciones es válida?
—¿Cómo que condiciones? ¡Estamos hablando de su deber como estadounidense, como terrícola!
—Asígneme algo más de tiempo observacional. No pido mucho, con que me lo suban un veinte por ciento es suficiente, ¿qué le parece?
—Me parece que con el doce coma cinco por ciento actual tiene más que de sobra —respondió Fitzroy—. No está claro que esos cupos vayan a mantenerse en el futuro.
Señaló hacia la plataforma de lanzamiento, donde el humo del cohete se disipaba en el cielo nocturno. A la luz de los focos de la plataforma de lanzamiento parecía una mancha de leche sobre unos vaqueros. El olor se volvió más intenso y desagradable. Los propelentes de la primera fase del cohete eran oxígeno líquido e hidrógeno líquido, que no despedían aquel olor; lo más probable era que las llamas de la plataforma de lanzamiento hubieran quemado algo a su alrededor.
—Les digo una cosa, señores —añadió Fitzroy—: esta pestilencia empeorará.
Luo Ji sintió caer sobre su persona todo el peso de aquel precipicio que tenía enfrente y por un instante se sintió paralizado. La sala permaneció en absoluto silencio hasta que una voz a su espalda susurró:
—Doctor Luo, si es usted tan amable.
Aturdido y sin ser del todo consciente de lo que estaba ocurriendo, Luo Ji se puso en pie y avanzó mecánicamente en dirección al podio. Durante su breve recorrido volvió a sentirse como un niño desvalido y ansió que alguien lo cogiera de la mano para guiarlo. Pero nadie lo hizo. Cuando alcanzó el podio se detuvo al lado de Hines y se volvió hacia la asamblea, hacia esos cientos de pares de ojos fijos en él, que representaban los seis mil millones de personas de más de doscientos países de la Tierra.
Su mente no registró ningún otro detalle de la sesión. El único momento del que fue vagamente consciente fue cuando, tras un tiempo de pie, lo condujeron hasta un asiento de la primera fila junto a los otros tres vallados.
Confuso hasta el aturdimiento, se había perdido el momento histórico de la proclamación oficial del Proyecto Vallado.
Un poco más tarde, cuando la sesión parecía haber terminado y la gente, incluyendo a los tres vallados sentados a su derecha, comenzaba a dispersarse, alguien (tal vez Kent) le susurró algo al oído y se marchó. La sala quedó desierta a excepción de él y la secretaria general, todavía de pie en el podio, tan pequeña que contrastaba de un modo extraño con el precipicio.
—Doctor Luo —dijo Say, la secretaria general—, imagino que tendrá muchas preguntas que hacerme. —Su suave voz femenina resonaba en las paredes de la sala vacía como si fuera la de un espíritu que había descendido a la Tierra desde los cielos.
—¿No habrá habido algún error? —La voz de Luo resultó igualmente etérea, como si no le perteneciera.
Desde la lejanía del podio, la secretaria se echó a reír. La mera posibilidad de una equivocación de ese tipo le resultaba ridícula.
—¿Por qué yo? —añadió Luo.
—Esa es una pregunta a la que debe hallar respuesta por sí mismo.
—No hay nada en mí que sea especial, soy una persona más en este mundo…
—Todos lo somos frente a esta crisis. Lo que nos diferencia son nuestras distintas responsabilidades.
—Pero a mí nadie me ha consultado… ¡Me han tenido en la ignorancia hasta el último momento!
Say volvió a reír.
—¿Su nombre no significa «lógica» en chino?
—Así es.
—Haga honor a él y piense un poco; seguro que podrá dilucidar por qué era imposible pedir la opinión de quienes realizarán esta misión antes de que les fuera encomendada.
—¡Me niego! —exclamó Luo en tono tajante, sin pensar en lo que la secretaria general acababa de decir.
—Está bien.
La fulminante celeridad de aquella respuesta, pegada a los talones de su negativa, lo desconcertó.
—¡Me niego a asumir la condición de vallado! —gritó luego—. ¡Renuncio a los privilegios que conlleve y rechazo cualquier responsabilidad que con ella pretendieran imponerme!
—Está usted en su derecho —repuso Say.
Esa nueva respuesta, tan escueta y rápida como el movimiento con que una libélula baja a tocar la superficie del agua, terminó de colapsarle el cerebro. Ya no supo cómo reaccionar.
—Entonces…, ¿me puedo ir? —titubeó finalmente.
—Así es, doctor Luo, es usted libre de hacer lo que quiera.
Luo Ji dio media vuelta y cruzó el patio de butacas vacío. Le pareció sospechosa la facilidad con que se había librado de las responsabilidades de ser un vallado. En lugar de sentirse liberado, lo único que tenía en la cabeza era una absurda sensación de irrealidad, como si todo aquello formara parte de la trama de alguna obra posmoderna desprovista de lógica.
Al alcanzar la puerta, se volvió y vio que Say lo observaba desde el podio. Su figura, con aquel precipicio de fondo, seguía pareciendo diminuta y desvalida. Al advertir que Luo la miraba, asintió y le sonrió.
Él siguió su camino hasta llegar al Péndulo de Foucault de la entrada, que mostraba la rotación de la Tierra. Allí se topó con Shi Qiang, Kent y varios agentes de seguridad vestidos de negro, que lo miraban fijamente. De pronto, en los ojos de todos notó una mezcla de fascinación y respeto. Incluso Shi Qiang y Kent lo miraban ahora con sobrecogida admiración. Luo Ji caminó entre ellos sin decir nada. Cruzó el vestíbulo, que seguía desierto a excepción de los agentes de seguridad; también como antes, al pasar junto a ellos, susurraron algo a su radio. Cuando ya casi alcanzaba la puerta de salida, Shi Qiang y Kent corrieron y se interpusieron en su camino.
—Puede ser peligroso ahí fuera, ¿necesitas protección? —le preguntó Shi.
—No, apártese —respondió Luo, con la mirada fija al frente.
—Como quieras… Nosotros solo podemos ayudarte si nos lo pides —añadió Shi al tiempo que se retiraba.
Kent hizo lo mismo, y Luo pudo salir.
El aire fresco golpeó su rostro, y aunque seguía siendo de noche, las farolas lo iluminaban todo. Hacía rato que los coches de los asistentes a la sesión especial se habían marchado y las únicas personas que quedaban en la plaza eran turistas o locales. La histórica reunión no debía de haber salido en las noticias todavía, pues nadie pareció reconocerle.
Luo Ji, el vallado, avanzaba como un sonámbulo por aquella absurda realidad. Todavía en trance, parecía haber perdido por completo la capacidad de raciocinio: no sabía de dónde venía, y mucho menos adónde se dirigía. Terminó encaminándose hacia una zona cubierta de césped y deteniéndose al pie de una estatua que representaba un hombre martilleando la hoja de una espada; se titulaba Convirtamos las espadas en arados. Según la placa, se trataba de un obsequio de la antigua Unión Soviética en señal de amistad, pero a él le dio la sensación de que el dinamismo de la composición formada por el martillo, el hombre y la espada imprimía al conjunto una velada aura de violencia.
Y entonces el hombre del martillo le asestó un golpe tan fuerte que lo derribó, dejándolo sin sentido antes incluso de dar contra el suelo. El shock duró poco y enseguida recobró cierta consciencia, a la que acompañaban cierta sensación de mareo y un dolor intenso. Después se sintió iluminado por infinidad de linternas y tuvo que cerrar los ojos para no quedarse ciego; en cuanto la luz perdió intensidad pudo distinguir un corro de rostros que lo observaban. La confusión no le impidió reconocer a Shi Qiang, quien le dijo:
—¿Necesitas protección? ¡Solo podemos ayudarte si nos lo pides!
Él apenas consiguió asentir débilmente con la cabeza. Y a partir de entonces todo sucedió con enorme rapidez: primero sintió que lo levantaban y lo colocaban sobre algo que quizá fuese una camilla, y que se elevó al instante; a continuación se formó alrededor de él una muralla humana que, mientras lo transportaban (lo supo por el movimiento de las piernas de quienes lo rodeaban) solo le permitía ver la oscuridad del cielo nocturno. De pronto, la muralla desapareció y el cielo oscuro fue reemplazado por el techo de una ambulancia. Allí notó sabor a sangre en la boca, que empezó a echar junto con lo que había comido en el avión. Alguien que viajaba a su lado se encargó con experta destreza de que todo fuera a parar a una bolsa de plástico. Cuando dejó de vomitar le colocaron una mascarilla de oxígeno; al poder respirar con más facilidad, empezó a sentirse mejor, aunque el pecho aún le dolía.
Fue entonces cuando notó que le cortaban la ropa precisamente a esa altura. Asustado, temió estar sangrando por alguna herida, pero algo no le encajaba, pues en lugar de vendarlo lo taparon con una manta. Al poco, el vehículo se detuvo, lo sacaron y de nuevo vio el cielo, al cual siguieron el techo de los pasillos de un hospital, las luces de su sala de urgencias y el interior de una máquina de escáner de TC. En varios momentos aparecieron el rostro de un doctor o una enfermera, que invariablemente le causaban dolor al explorarle el pecho o cambiarlo de postura. Cuando por fin consiguió ver el techo de su habitación, todo se había calmado.
—Tiene rota una costilla y sufre una hemorragia interna, pero tranquilo, es de carácter leve. Ninguna de sus heridas reviste gravedad; aun así, debe guardar reposo debido a lo que sangra —le explicó un médico con gafas, mirándolo desde arriba.
En esta ocasión, Luo no dudó un segundo en aceptar, agradecido, los somníferos. Una enfermera lo ayudó a tomárselos, y al cabo de unos minutos se durmió. Al principio sus sueños alternaron dos imágenes: la tribuna de la sala de la Asamblea de las Naciones Unidas cerniéndose sobre él y el hombre de Convirtamos las espadas en arados sacudiéndolo a martillazos una y otra vez. Más tarde, acudió al tranquilo paraje nevado que se hallaba en lo más profundo de su corazón y entró en la sencilla cabaña donde vivía aquella Eva que había creado. Ella estaba delante de la chimenea, y al verlo se puso de pie con los ojos empañados por las lágrimas.
Justo entonces, Luo Ji despertó. Se notó los ojos llorosos y reparó en que había dejado una mancha húmeda sobre la almohada. Habían atenuado las luces de la habitación. Como ella ya no aparecía cuando él estaba despierto, Luo quiso volver a dormirse con la esperanza de regresar a la cabaña. Sin embargo, en esa ocasión durmió sin soñar nada.
Al despertarse, tuvo la sensación de haber pasado una eternidad dormido. Se sentía con renovadas fuerzas y, a pesar de que seguía teniendo un dolor intermitente en el pecho, ya no le parecía que sus heridas fueran graves. Trató de sentarse y la enfermera, en lugar de impedírselo, se limitó a ponerle una almohada detrás para que apoyara la espalda. Al rato llegó Shi Qiang, quien se sentó junto a la cama y dijo:
—¿Cómo te encuentras? A mí me han disparado tres veces llevando puesto el chaleco antibalas, ya verás cómo al final no es nada.
—Me ha salvado usted la vida, Da Shi —dijo Luo con un hilo de voz.
Shi Qiang agitó la mano como quitando importancia al comentario.
—Esto ha pasado porque apenas empezábamos a hacer nuestro trabajo —explicó—. No tuvimos tiempo de implementar medidas de protección efectivas. Solo podemos hacer lo que nos digas. Pero bueno, ya pasó.
—¿Qué hay de los otros tres? —preguntó Luo.
Shi Qiang supo de inmediato a quiénes se refería.
—Están bien —respondió—. No son tan descerebrados como tú, yendo por ahí sin escolta.
—¿La Organización Terrícola-trisolariana quiere matarnos?
—Probablemente. Gracias al ojo de serpiente que pusimos tras tu pista, hemos podido detener a tu atacante.
—¿Gracias al qué?
—Un ojo de serpiente es un sistema de radar ultrapreciso capaz de detectar con rapidez la posición del tirador a partir de la trayectoria del proyectil. Hemos confirmado la identidad del atacante y es miembro de la milicia de la Organización Terrícola-trisolariana. Pensábamos que no se atreverían a actuar en una zona céntrica como esta… lo hizo de forma casi suicida.
—Quiero verlo.
—¿A quién, a tu atacante?
Luo Ji asintió.
—De acuerdo. Pero yo no soy quién para autorizarlo, solo estoy a cargo de tu seguridad. Voy a hacer la petición.
Dicho esto, Shi dio media vuelta y se marchó. De repente parecía una persona mucho más cauta y relajada que antes, muy distinta de la imagen descuidada que solía dar. A Luo le costaba acostumbrarse.
Al cabo de unos minutos asomó la cabeza por la puerta.
—Han dicho que sí —anunció—. Pueden traértelo aquí o adonde tú digas. El doctor asegura que no tendrás problemas para andar.
Luo iba a responder que prefería un cambio de escenario e incluso comenzó a incorporarse, pero entonces se le ocurrió que aquel era el lugar más acorde con la imagen de fragilidad que se proponía dar, y volvió a acostarse.
—Lo veré aquí —dijo.
—Están en camino, así que tendrás que esperar; ¿por qué no aprovechas para comer un poco? —sugirió Shi—. Ha pasado un día entero desde que cenamos en el avión. Voy a pedir que te traigan algo. —Y se marchó de nuevo.
Llegaron en cuanto Luo hubo terminado de comer. Era un hombre joven, bien parecido y de rasgos claramente europeos. Lo más llamativo en él era su permanente media sonrisa. Iba sin esposar, pero entró escoltado por dos hombres con aspecto de guardaespaldas, al tiempo que otros dos se apostaban junto a la puerta. Llevaban placas que los identificaban como miembros del Consejo de Defensa Planetaria.
—Pero bueno, doctor… ya será menos, ¿no? —El hombre cambió su mueca burlona por una sonrisa que flotaba sobre esta como el aceite sobre el agua—. No sabe lo mucho que lo siento.
—¿Sientes haber intentado matarme? —preguntó Luo Ji, levantando la cabeza de la almohada para mirarlo.
—No, doctor. Siento no haberlo conseguido. No imaginé que su instinto de autoprotección llegaría al extremo de hacerle llevar chaleco antibalas a un acto así. Si lo hubiese sabido, habría usado munición perforante, o sencillamente le habría apuntado a la cabeza. Así, a estas horas yo habría completado mi misión y usted habría quedado liberado de esa que le han impuesto, tan aberrante e imposible de ejecutar para un simple mortal…
—Ya me he librado —dijo Luo—. Le he comunicado a la secretaria general que rechazo la condición de vallado y renuncio a todos los derechos y responsabilidades que conlleva, y ella, en nombre de la ONU, no ha puesto objeción. Tú eso no lo sabías cuando intentaste matarme, claro, pero tu organización ha desperdiciado un asesino.
Como un monitor al que se le sube el brillo, la sonrisa del joven se volvió aún más radiante.
—¡Joder, es la monda! —exclamó.
—¿Cómo? Te estoy diciendo la verdad… Si no me crees…
—Le creo, pero aun así me sigue pareciendo la monda —repitió el joven, sin perder un ápice de aquella sonrisa irónica.
Luo Ji apenas había reparado en ella, pero muy pronto quedaría grabada a fuego en su memoria, marcándolo para el resto de su vida. Soltando un profundo suspiro de resignación, se dejó caer hacia atrás y su cabeza volvió a reposar sobre la almohada.
—Doctor Luo Ji, no creo que nos sobre el tiempo —dijo el joven atacante—. Imagino que no me habrá hecho traer hasta aquí solo para que asistiese a esta pantomima infantil…
—Lo siento, pero no sé de qué me hablas.
—En ese caso, su inteligencia no está a la altura de la que debe tener un vallado. Doctor, no es usted tan lógico como su nombre sugiere. Parece que realmente he malgastado mi vida…
El atacante se volvió hacia los dos hombres que estaban detrás de él, vigilándolo, y les dijo:
—Caballeros, creo que ya nos podemos ir.
Los aludidos dirigieron una mirada interrogativa a Luo Ji, quien les enseñó la palma de la mano en señal de despedida. Se lo llevaron.
Luo permaneció sentado en la cama pensando en las palabras de su atacante. Tenía la extraña sensación de que algo no encajaba, pero no acertaba a saber qué. Bajó de la cama y avanzó unos cuantos pasos: no notó impedimento alguno aparte del dolor del pecho. Fue hasta la puerta, la abrió y lo primero que le llamó la atención fueron los dos guardias armados que la custodiaban. Uno de ellos se puso a hablar por radio al verlo. Luo reparó entonces en que el pasillo, tan blanco, estaba desierto a excepción de otros dos guardias al final de todo.
Retrocedió, cerró la puerta por dentro, se acercó a la ventana de la habitación y descorrió la cortina. Desde la altura en que se hallaba, vio que junto a la puerta principal del hospital había varios guardias armados hasta los dientes, y que a pocos metros había aparcados dos vehículos de color verde militar. Aparte de alguna que otra bata blanca, no vio a nadie más. Luego advirtió que en el edificio de enfrente dos hombres observaban los alrededores con binoculares al lado de un fusil de francotirador. Instintivamente, tuvo la certeza de que en la azotea de su edificio también había francotiradores.
Aquellos guardias no parecían policías, sino militares. Mandó llamar a Shi Qiang.
—El hospital sigue bajo estricta vigilancia, ¿no es así? —le preguntó cuando lo tuvo delante.
—Sí.
—Y si yo les pidiera que me dejasen en paz y se fueran a casa, ¿qué pasaría?
—Haríamos lo que nos ordenaras. Pero no te lo aconsejo, en este momento resultaría peligroso.
—¿Para qué departamento trabaja usted? ¿De qué se encarga?
—Pertenezco al Departamento de Seguridad del Consejo de Defensa Planetaria. Estoy a cargo de tu seguridad.
—Pero yo ya no soy un vallado, vuelvo a ser un ciudadano corriente. Si mi vida corriera peligro, debería ser la policía la que se encargara del caso… ¿Por qué entonces sigo bajo su protección? ¿Puedo renunciar a ella si lo deseo? Y ¿quién me ha arrogado tal derecho?
—Cumplo con las órdenes que he recibido —respondió Shi, cuyo rostro se había vuelto impenetrable.
—¿Ah, sí? ¿Dónde está Kent?
—Fuera.
—¡Llámelo!
Kent llegó unos minutos después de que Shi saliera a buscarlo. Volvía a comportarse con la cortesía propia de un oficial de la ONU.
—Doctor Luo —dijo—, estaba esperando a que se recuperara para venir a verlo.
—¿Cuál es su ocupación actual?
—Me encargo de intermediar entre usted y el Consejo de Defensa Planetaria.
—¡Pero si yo ya no soy un vallado! —exclamó Luo, desesperado. Luego añadió—: ¿Han informado los medios sobre el proyecto?
—Los de todo el mundo.
—¿Y sobre mi renuncia?
—También, claro.
—¿Qué han dicho?
—Han sido escuetos, algo así como: «Al término de la sesión especial, Luo Ji se negó a aceptar su misión renunciando a su condición de vallado».
—Entonces, ¿qué hace usted aquí todavía?
—Soy su intermediario ante la ONU.
Luo lo miró estupefacto. Kent parecía llevar la misma máscara que Shi. Su expresión era inescrutable.
—Si no se le ofrece nada más, me retiro. Procure descansar, y recuerde que puede llamarme a cualquier hora para lo que sea.
Cuando ya se disponía a salir, Luo lo llamó:
—Quiero ver a la secretaria general.
—La agencia específicamente encargada de la dirección y ejecución del Proyecto Vallado es el Consejo de Defensa Planetaria —respondió Kent—. La secretaria general de las Naciones Unidas no ejerce autoridad alguna sobre él. Su máximo responsable es el presidente de turno del Consejo.
Luo meditó aquello durante unos instantes, pero insistió:
—Sigo queriendo hablar con ella. Debería tener ese privilegio.
—De acuerdo. Espere un instante.
Kent abandonó la habitación y, al regresar al cabo de unos minutos, anunció:
—La secretaria general lo espera en su despacho. ¿Podemos irnos ya?
Durante todo el camino que llevaba hasta la oficina de la secretaria general (en el piso treinta y cuatro del edificio del Secretariado), Luo Ji fue sometido a una vigilancia casi tan estrecha como si lo hubiesen transportado dentro de una caja de caudales.
La oficina era más pequeña de lo que había imaginado y estaba sobriamente amueblada. La bandera de las Naciones Unidas detrás del escritorio tenía unas dimensiones considerables. Say se levantó para darle la bienvenida.
—Doctor Luo, ayer quise visitarle en el hospital, pero ya me ve… —se disculpó, señalando la montaña de papeles que cubría el escritorio.
El único toque personal que había en él era un exquisito lapicero de bambú.
—Señora Say —dijo Luo—, he venido a reafirmarme en la negativa que le di al término de la reunión.
Say se limitó a asentir en silencio.
—Solo quiero irme a mi casa —siguió él—. Si corro algún peligro, notifíquelo al Departamento de Policía de Nueva York y hágalo responsable de mi seguridad. Soy un simple ciudadano de a pie, no preciso la protección del Consejo de Defensa Planetaria.
Say volvió a asentir.
—Podríamos hacer eso —dijo—, desde luego que sí, pero le aconsejo que acepte su actual protección. Está mucho más especializada y resulta más efectiva que la policía.
—Respóndame con sinceridad —pidió Luo—. ¿Soy todavía un vallado?
Say volvió a sentarse tras el escritorio. Esbozó media sonrisa con la bandera de las Naciones Unidas de fondo.
—¿Usted qué cree? —dijo, indicándole con la mano que se sentara en el sofá.