El bosque oscuro

El bosque oscuro


Primera Parte. Los Vallados » Año 3 de la Era de la Crisis

Página 11 de 38

A Luo aquella sonrisa le resultaba familiar: era la misma que había visto en el rostro de su atacante y la misma que vería en todo aquel que conociera a partir de entonces. La «sonrisa del vallado» llegaría a ser tan famosa como la de la Gioconda o la del gato de Cheshire. Con ella Say consiguió calmarlo por primera vez desde que había anunciado al mundo que él era el cuarto vallado. Luo se sentó lentamente en el sofá. Una vez acomodado, lo entendió.

«Dios…».

Un instante fue suficiente para comprender la verdadera naturaleza de su condición de vallado. Tal y como Say había dicho, era imposible haberlos consultado antes de que su misión les fuese encomendada. Y una vez concedida esa identidad, no se podía renunciar a ella o repudiarla. No por coerción alguna, sino por la pura lógica que venía determinada por la naturaleza misma del proyecto: en cuanto a uno se lo designaba como vallado, se erigía en torno a él una pantalla invisible e impenetrable que lo separaba de la gente normal, y convertía cada una de sus acciones en significativa. A eso hacían referencia las sonrisas dirigidas a los vallados: «¿Cómo vamos a saber si estás trabajando o no en tu plan?».

Ahora entendía que la misión de los vallados era, con diferencia, la más excéntrica y singular de toda la historia, una misión de fría y retorcida lógica tan férreamente impuesta sobre ellos como las cadenas que sujetaron a Prometeo; una maldición imposible de romper por sus propias fuerzas. De manera irremediable, sin importar cuánto se esforzara, todo lo que hiciese revestiría la importancia otorgada por el Proyecto Vallado, y sería recibido con aquella sonrisa que decía: «¿Cómo vamos a saber si estás trabajando o no en tu plan?».

El corazón empezó a latirle con una furia cada vez más desatada. Quiso gritar hasta desgañitarse, quiso implorar a la madre de Say, a la madre de las mismísimas Naciones Unidas, a las madres de todos los delegados de la sesión especial y del Consejo de Defensa Planetaria, a las de toda la humanidad; incluso a las inexistentes madres de los trisolarianos. Quiso patalear de rabia y ponerse a romper cosas, tirar al suelo los documentos, el globo terráqueo y el bote de bambú del escritorio, hacer trizas aquella bandera azul… Pero al final, consciente no solo del lugar en que se hallaba sino de la situación a la que se enfrentaba, guardó la compostura, se levantó… y volvió a dejarse caer sobre el sofá.

—¿Por qué me eligieron a mí? —preguntó, cubriéndose la cara con las manos—. Al lado de los otros tres, apenas estoy cualificado: no tengo talento ni experiencia, tampoco sé nada de la guerra, no digamos ya de dirigir un país. No soy un científico de renombre, sino un simple profesor universitario que sobrevive como puede publicando artículos de tercera categoría. Vivo al día, no quiero descendencia, me trae sin cuidado la perpetuación de la especie humana… ¿Por qué yo? —Se puso en pie.

—Para serle sincera, doctor —dijo Say, a quien se le había esfumado la sonrisa—, nosotros nos hacemos exactamente la misma pregunta. De ahí que usted sea el vallado con la menor cantidad de recursos asignados. Al escogerlo, estamos realizando la apuesta más arriesgada de la historia.

—¡Pero algún motivo habría para que me eligieran!

—Lo hay. Pero solo es coyuntural. Nadie conoce la verdadera razón. Como ya le dije, constituye una incógnita para la que debe encontrar su propia respuesta.

—¿Y cuál fue ese motivo coyuntural?

—Lo siento, no estoy autorizada a revelárselo. De todos modos, estoy convencida de que a su debido tiempo lo sabrá.

Entendiendo que aquello daba la conversación por zanjada, Luo Ji se dirigió hacia la puerta. Cuando se disponía a salir, cayó en la cuenta de que no se había despedido y se volvió. Say asintió con la cabeza y le dedicó una sonrisa, tal y como había hecho en la sala de la Asamblea General. Esta vez Luo supo lo que significaba.

—Ha sido un placer volver a verlo —dijo Say—, pero de ahora en adelante su trabajo se enmarcará en el ámbito del Consejo de Defensa Planetaria, así que es mejor que informe directamente al presidente de turno.

—No tienen la menor confianza en mí, ¿verdad? —le preguntó él.

—Como le he dicho, al escogerlo hacemos una apuesta arriesgada.

—Pues hacen bien.

—¿Apostando por usted?

—No. No confiando en mí.

Luo salió de la oficina sin despedirse. De vuelta al estado mental en que se hallaba justo antes de que lo convirtieran en vallado, comenzó a caminar guiado por la inercia. Al final del pasillo encontró un ascensor que lo llevó hasta la planta baja; una vez allí salió del edificio y se vio de nuevo en la plaza de Naciones Unidas. Durante todo el camino estuvo rodeado de agentes de seguridad. Aunque en varias ocasiones los empujó con impaciencia, ellos se mantuvieron pegados a él como imanes, siguiéndole adonde fuera. Para entonces ya se había hecho de día. Shi Qiang y Kent fueron a su encuentro para pedirle que regresara al edificio o que entrara en un vehículo lo antes posible.

—No volveré a ver la luz del sol durante el resto de mi vida —le dijo a Shi Qiang.

—Tampoco es para tanto —respondió este—. Después de haber peinado los alrededores, aquí estás relativamente a salvo, pero hay muchos turistas que pueden reconocerte y las aglomeraciones son complicadas de manejar. Además, a ti tampoco te gusta eso.

Luo miró a su alrededor. Por el momento nadie se había fijado en ellos. Se encaminó hacia el edificio de la Asamblea General y entró en él por segunda vez. A diferencia de la primera, ahora tenía claro su objetivo y adónde debía dirigirse. Tras recorrer la plataforma desierta y el colorido panel de vitral, giró a la derecha y se metió en la sala de meditación, dejando fuera a Shi Qiang, Kent y los agentes.

Al ver de nuevo aquel gran bloque de hierro, sintió el impulso de arrojarse contra él de cabeza y así acabar con todo. En lugar de ello, se tumbó sobre la dura y lisa superficie. Su tacto frío consiguió calmar la irritación de su mente. Al notar la dureza del metal contra su cuerpo, por algún motivo acudió a su mente un problema que le había planteado su profesor de Física del instituto: ¿cómo conseguir que una cama de mármol se sienta tan blanda como un colchón? Tallando una depresión del tamaño y la forma exactos de un cuerpo humano. De este modo, al echarse sobre la cama la presión quedará distribuida de forma homogénea y transmitirá la sensación de que es increíblemente blanda.

Cerró los ojos e imaginó que el calor de su cuerpo derretía el gran bloque de hierro que tenía debajo hasta formar una depresión de aquel tipo, lo cual fue calmándolo. Al cabo de un rato, abrió los ojos y vio el techo desnudo.

La sala de meditación había sido diseñada por Da Hammarskjoïd, segundo secretario general de la ONU, quien pensaba que la organización necesitaba un espacio como ese, alejado de las decisiones históricas que se tomaban en la Asamblea General. Luo Ji ignoraba si realmente algún embajador o jefe de Estado había llegado a meditar allí, pero si de algo estaba seguro era de que a su muerte en 1961 Hammarskjoïd nunca habría imaginado que un vallado como él emplearía aquel lugar para pensar.

Una vez más, volvió a sentirse en el callejón sin salida de una trampa lógica, y de nuevo se convenció de que era imposible eludirla. Por eso centró su atención en el poder que le había sido conferido. Según Say, era el menor de los cuatro vallados, pero igualmente podría disponer de una cantidad de recursos más que considerable. Y lo que era más importante: no tenía que justificar ante nadie el modo en que decidiese emplearlos. De hecho, una parte muy importante de su cometido era jugar al equívoco y hacer lo posible por generar confusión en torno a la motivación de sus acciones. ¡Nunca jamás en la historia se había dado algo así! Quizá los monarcas absolutistas del pasado podían hacer cuanto quisieran, pero incluso ellos tarde o temprano terminaban rindiendo cuentas por sus acciones.

«Si todo lo que me queda es este poder tan peculiar, ¿por qué no hacer uso de él?», se dijo, sentándose a pensar. Muy pronto tuvo claro cuál sería su siguiente paso.

Se levantó de su duro lecho metálico, abrió la puerta y pidió ver al presidente de turno del Consejo de Defensa Planetaria. El cargo lo ocupaba en aquel momento un ruso llamado Garanin. Se trataba de un anciano de barba blanca y complexión ruda. Su oficina estaba un piso por debajo del de la secretaria general. Lo encontró despidiéndose de un grupo de visitantes, la mitad de ellos vestidos de uniforme.

—¡Doctor Luo! —exclamó al verlo—. Me he enterado de que tenía usted algún que otro problema y por eso no he querido importunarlo poniéndome en contacto con usted tan pronto…

—¿Qué están haciendo los otros tres vallados?

—Están organizando sus departamentos de personal, tarea que le aconsejo encarar cuanto antes. Lo pondré en contacto con varios asesores que le ayudarán en la etapa inicial…

—No necesito un departamento de personal.

—¿Ah, no? Si lo prefiere así… Pero si más tarde lo necesitara, sepa que se puede organizar en cualquier momento.

—¿Sería usted tan amable de proporcionarme papel y lápiz?

—Por supuesto.

Mirando el folio en blanco que le acercó el ruso, Luo preguntó:

—Señor presidente, ¿con qué sueña usted?

—¿A qué se refiere?

—No sé… ¿alguna vez ha soñado, por ejemplo, que vivía en un lugar paradisíaco?

Garanin negó con gesto amargo.

—Ayer mismo llegué de Londres. Después de pasarme el trayecto entero trabajando, apenas pude dormir dos horas y tuve que seguir; luego, hoy, en cuanto termine la reunión del Consejo de Defensa Planetaria, me espera un vuelo nocturno con destino a Tokio… Con mi ritmo de vida, siempre de aquí para allá, apenas paso tiempo en casa… ¿Qué sentido tiene para mí soñar que vivo en otro sitio?

—Pues yo en mis sueños veo infinidad de sitios maravillosos. Solo escogeré el más hermoso… —dijo Luo. Cogió el lápiz y se puso a dibujar—. Como no es un dibujo en colores, tendrá que imaginárselo. ¿Ve estas montañas de picos nevados? Son altas y escarpadas como nada en el mundo, y con el azul del cielo de fondo tienen un brillo casi plateado que llega a deslumbrar…

—Ah —dijo Garanin, observando con atención—, parece un lugar muy frío.

—¡No, no! Al pie de esas montañas no hace frío, el clima debe de ser subtropical. Esto es importante, ¿eh? Y enfrente de las montañas hay un lago enorme de aguas azules, más azules que el cielo, ¡tan azules como puedan serlo los ojos de su mujer!

—Mi esposa tiene los ojos negros.

—¡Bueno, pues…, sus aguas son de un azul tan profundo que parece negro, mejor todavía! El lago está rodeado de bosques y de llanuras; recuerde que tiene que haber las dos cosas, no solo una. Sí, este es el lugar: picos nevados, un lago, bosques y llanuras. Todo ello intacto, en su estado primigenio. Al verlo, uno piensa que el hombre jamás ha puesto el pie en él. Aquí, en este campo cubierto de hierba junto al lago, construyan una casa. No tiene por qué ser grande, pero sí ha de estar completamente equipada para cubrir todas las necesidades de hoy en día. El estilo puede ser clásico o moderno, pero debe complementarse con el entorno. Y tiene que haber fuentes, piscinas y las instalaciones necesarias para que el dueño pueda vivir a todo lujo sin que le falte de nada, como los millonarios.

—¿Y quién será el dueño?

—Un servidor.

—¿Qué pretende hacer allí?

—Vivir en paz el resto de mis días.

Esperaba que Garanin se indignara con él y lo cubriese de improperios, pero se limitó a asentir con gran seriedad.

—En cuanto la comisión termine su auditoría, nos pondremos manos a la obra.

—¿Ni usted ni su comisión van a preguntarme qué pretendo con todo esto?

Garanin se encogió de hombros.

—La comisión puede cuestionar las acciones de un vallado en dos únicos supuestos: si los recursos empleados sobrepasan el límite presupuestado, y si implica la pérdida de vidas humanas. Aparte de esos dos casos, cualquier cuestionamiento contravendría el espíritu del proyecto. Mire, si quiere que le diga la verdad, Tyler, Rey Díaz y Hines me han decepcionado. Basta con que uno analice sus movimientos en los últimos dos días para saber lo que pretenden conseguir con sus grandes planes estratégicos. Usted es diferente. Su comportamiento es desconcertante, justo lo que se espera de un vallado.

—¿Cree usted que el lugar que acabo de describirle existe realmente?

Garanin volvió a sonreír, le guiñó un ojo e hizo con una mano el signo de «OK».

—El mundo es lo bastante grande para que exista un lugar así —respondió—. Aún le diré más: yo lo he visto.

—Fantástico. Y asegúrese de que viviré a todo lujo sin que me falte de nada, como un millonario. Es parte del proyecto.

Garanin asintió con solemnidad.

—Ah, y una cosa más —añadió Luo—: cuando encuentre ese lugar, no me diga dónde está, nunca. Va en serio, ¡ni se le ocurra decírmelo! A mí, cuando sé dónde estoy, el mundo se me vuelve tan pequeño como un mapa; en cambio, cuando lo ignoro me parece que no tiene límite.

Visiblemente complacido, Garanin asintió una vez más.

—Doctor Luo, hay todavía otro aspecto en el que coincide con mi idea de lo que debe ser un vallado: su proyecto es el que requiere la menor inversión de los cuatro. Al menos por el momento.

—En tal caso, puede estar seguro de que seguirá siéndolo.

—Supone usted una bendición para mis sucesores. El presupuesto nos lleva de cabeza… Es probable que los distintos departamentos encargados de ejecutar cada aspecto concreto se pongan en contacto con usted para pedirle detalles, sobre todo en lo que se refiere a la construcción de la casa, imagino.

—¡Ay, sí, la casa! —exclamó Luo—. Olvidaba un detalle fundamental.

—Usted dirá.

Luo se acercó a Garanin e, imitando a la perfección su guiño y su sonrisa, le dijo:

—Tiene que tener chimenea.

Después del funeral de su padre, Zhang Beihai le pidió a Wu Yue que lo acompañara a los astilleros a hacerle una última visita al Dinastía Tang. Para entonces la construcción del navío se había detenido del todo y aquellas chispas de soldadura que tan a menudo parecían brotar de su casco habían desaparecido por completo. A plena luz del sol de mediodía, en toda su inmensidad no se avistaba signo alguno de vida. El único sentimiento que consiguió despertar en los dos hombres fue el de hallarse ante la mayor de las decrepitudes.

—Este también está muerto —murmuró Zhang.

—Tu padre era uno de los generales más brillantes y capaces de cuantos han liderado y lideran nuestra marina —dijo Wu—. A lo mejor, si aún estuviera entre nosotros, yo no habría caído en el pozo en el que me encuentro…

—Tu derrotismo parte de una base racional, o por lo menos así lo ves tú, conque dudo mucho de que nadie sea capaz de decirte nada que te disuada. Wu Yue, no te he pedido que me acompañaras hasta aquí para pedirte perdón. Sé, además, que no me guardas rencor por lo que he hecho…

—Al contrario. Debo darte las gracias por haberme liberado.

—Podrías volver a alistarte en la marina —dijo Zhang—. Seguro que te iba bien.

—Demasiado tarde —replicó Wu al tiempo que negaba lentamente con la cabeza—. Ya he presentado mi carta de renuncia. Además, ¿qué iba a hacer yo allí? Ahora que han dejado de construir destructores y fragatas, en la marina ya no hay sitio para alguien como yo, ¿o acaso pretendes que acepte un puesto de oficina en la comandancia de la flota? Eso sí que no… Pero es que tampoco doy la talla: un soldado que solo está dispuesto a participar en batallas que pueden ganarse no está capacitado para serlo.

—Ya sea el triunfo o la derrota, vaticinar aquello que nos depara el futuro escapa a nuestras atribuciones —señaló Zhang.

—Pero tú tienes fe en la victoria, Beihai. En eso te envidio de verdad, no sabes hasta qué punto. En estos tiempos que corren, una fe como la tuya es el colmo de la felicidad para un militar. Se nota de quién eres hijo.

—¿Ya has pensado lo que vas a hacer a partir de ahora? —preguntó Zhang.

—Pues no —respondió Wu—; la verdad es que me siento como si mi vida hubiera terminado. —Señaló el Dinastía Tang y añadió—: Igual que ese, jubilado antes de tiempo…

Comenzó a llegar un murmullo procedente del astillero. El Dinastía Tang se deslizaba lentamente por la grada. A fin de liberar el espacio que ocupaba, lo estaban echando al mar para remolcarlo hasta el muelle donde iba a ser desguazado. Justo en el momento en que la afilada proa del gigantesco barco partió las aguas, tanto a Zhang como a Wu les pareció oír que aquel emitía un gruñido de rabia. Terminó de entrar en el agua con rapidez, levantando enormes olas que hicieron tambalear al resto de barcos atracados, los cuales parecieron inclinarse ante él en señal de respeto. Tras ello, se mantuvo a flote y prosiguió en su avance con gran lentitud, como gozando en silencio del abrazo del océano.

En su breve y truncada carrera, lo conocía por primera y última vez.

Una negra noche envolvía el mundo virtual de Tres Cuerpos. A excepción de un débil lustre de estrellas, todo se hallaba inmerso en la oscuridad más absoluta. Ni siquiera se podía vislumbrar el horizonte; en mitad de aquella negrura densa como la tinta, la tierra yerma y el cielo raso eran uno.

—¡Administrador, inicia una era estable! —gritó una voz—. ¿No ves que estamos reunidos?

Retumbando como si procediese del mismo cielo, la voz del administrador respondió:

—No puedo. Las eras no pueden modificarse de manera externa, sino que se determinan de forma aleatoria siguiendo el modelo núcleo.

—Entonces aumenta la velocidad hasta encontrarnos luz diurna estable; no te tomará mucho tiempo —intervino otra voz.

El mundo parpadeó y los soles comenzaron a recorrer el cielo aleatoriamente a toda velocidad. Muy pronto, el paso del tiempo volvió a su ritmo habitual. Un sol estable reinaba en el cielo.

—Ya está —dijo el administrador—, pero no sé cuánto durará…

La luz reveló un grupo de personas reunidas entre las que había varias caras conocidas: el rey Wen de los Zhou, Alfred Newton, John von Neumann, Aristóteles, Mozi, Confucio y Albert Einstein. Repartidos entre los demás, miraban hacia el gran emperador Qin Shi Huang, subido a una roca con su legendaria espada al hombro.

—No soy el único que piensa así —añadió el administrador—. Hablo en nombre de los siete miembros de la dirección.

—¡Yo que tú no hablaría en nombre de una dirección que aún no ha sido consensuada! —exclamó alguien, tras lo cual se formó una sonora algarabía.

—Silencio —ordenó Qin Shi Huang, levantando con gran esfuerzo su espada—. Dejemos a un lado polémicas en torno a quién debe formar parte de la nueva dirección y quién no y pasemos a cuestiones más apremiantes. Como sabéis, ha comenzado a implementarse el Proyecto Vallado, un intento por parte de la humanidad de burlar la vigilancia de los sofones mediante el pensamiento estratégico privado e individual. Con este plan la humanidad erige un laberinto que nuestro Señor, acostumbrado a la transparencia mental, es incapaz de penetrar, decantando así la balanza a su favor. Los cuatro vallados suponen, por lo tanto, una amenaza directa para Él, de modo que, tal y como acordamos en nuestra pasada reunión presencial, es preciso poner en marcha el Proyecto Desvallado de forma inmediata.

Al escuchar esto último, todo el mundo guardó silencio y no volvieron a oírse objeciones.

—Asignaremos un desvallador a cada vallado —prosiguió Qin Shi Huang—. De manera similar a lo que hace la ONU con los vallados, nuestra organización permitirá a los desvalladores hacer uso de cuantos recursos estimen oportunos, lo cual incluye a los sofones. Estos se encargarán de sacar a la luz cada una de las acciones emprendidas por los vallados de forma que el único secreto serán sus pensamientos. La misión de los desvalladores consistirá, por lo tanto, en analizar las acciones públicas y secretas de los vallados con ayuda de los sofones, a fin de dilucidar sus verdaderas estrategias. La dirección nombrará ahora a los desvalladores.

Qin Shi Huang blandió su espada y, como si se dispusiera a nombrarlo caballero, apoyó la hoja sobre el hombro de Von Neumann.

—Tú serás el primer desvallador —dijo—. Tu vallado es Frederick Tyler.

Von Neumann se arrodilló y posó la mano izquierda sobre el hombro derecho a modo de saludo.

—Acepto la misión —dijo Von Neumann.

Qin Shi Huang levantó entonces la espada para posarla en el hombro de Mozi.

—Tú serás el segundo desvallador —anunció—. Tu vallado es Manuel Rey Díaz.

En lugar de arrodillarse, Mozi irguió la cabeza con gesto altivo.

—Seré el primero en romper la valla —dijo, sonriendo con orgullo.

La hoja de la espada tocó el hombro de Aristóteles.

—Tú serás el tercer desvallador —declaró Qin Shi Huang—. Tu vallado es Bill Hines.

Aristóteles tampoco se arrodilló. En lugar de ello, sacudió su túnica con expresión pensativa.

—Sí —dijo finalmente—. Solo yo soy capaz de romper su valla.

Qin Shi Huang volvió a ponerse la espada al hombro. Luego paseó la mirada por los presentes y dijo:

—Muy bien. Ya tenemos desvalladores. Sois, al igual que vuestros vallados, la élite de la élite. ¡Que nuestro Señor os acompañe! Gracias a la hibernación, iniciaréis junto a vuestros vallados un largo camino cuyo destino es el final de los días.

—Dudo que vaya a tener que recurrir a la hibernación —replicó Aristóteles—. Completaré mi misión dentro del plazo de mi esperanza de vida.

Mozi asintió en señal de acuerdo.

—Cuando consiga romper la valla, me enfrentaré a mi vallado cara a cara para saborear el momento de su derrumbe moral. Es un orgullo poder dedicar a esa empresa lo que me queda de vida.

Los otros dos desvalladores también expresaron su deseo de enfrentarse en persona a sus contrincantes.

—Desenmascararemos absolutamente todos los secretos que la humanidad oculte a los sofones —dijo Von Neumann—. Eso será lo último que hagamos por nuestro Señor. Después ya no nos quedarán motivos para seguir existiendo.

—¿Y el desvallador de Luo Ji? —preguntó alguien.

Como si aquella pregunta hubiera accionado algún tipo de resorte en su mente, Qin Shi Huang clavó la espada en el suelo y se sumió en sus pensamientos. De pronto, el sol comenzó a descender y proyectó sobre la Tierra sombras cada vez más alargadas, que terminaron extendiéndose hasta más allá del horizonte. Después cambió de rumbo y estuvo subiendo y bajando con la majestuosidad con que la resplandeciente cola de una ballena emerge y se sumerge en las aguas del océano, iluminando y oscureciendo la vasta extensión y el grupo de personas que, sobre ella, conformaban aquel mundo.

—El desvallador de Luo Ji es él mismo —anunció al fin Qin Shi Huang—. Es preciso que se dé cuenta de la razón por la que supone un peligro para nuestro Señor.

—¿A nosotros nos consta el porqué? —inquirió una voz.

—No —respondió Qin Shi Huang—. Solo nuestro Señor lo sabe. Puso al corriente de ello a Evans, pero este le enseñó a mantenerlo en secreto. Con Evans muerto, ya no tenemos manera de saberlo.

—Entonces… de los cuatro vallados, ¿Luo Ji supone la mayor amenaza? —preguntó alguien, titubeante.

—Eso tampoco lo sabemos. Solo una cosa está clara —respondió Qin Shi Huang, elevando la vista al cielo, que cambiaba de añil a negro—: de los cuatro vallados, él es el único a la altura de medirse con nuestro Señor.

El departamento político de la fuerza espacial celebraba una nueva sesión de trabajo. Desde hacía ya varios minutos, justo después de haber dado por iniciada la reunión, Chang Weisi permanecía en silencio, algo del todo impropio de él. Primero repasó uno a uno los rostros de los oficiales políticos sentados en torno a la mesa; después, perdiendo la mirada en la distancia, adoptó un gesto pensativo y comenzó a golpetear la mesa con el lápiz como queriendo marcar el ritmo de sus pensamientos.

Tuvo que transcurrir un buen rato para que despertara de aquel trance.

—Camaradas —dijo por fin—, cumpliendo con la orden anunciada ayer por la Comisión Militar Central, a partir de este momento asumo la dirección del departamento político de las fuerzas armadas. A pesar de que en realidad hace ya una semana que acepté el cargo, ha sido ahora, en el momento de sentarme frente a ustedes, cuando he tenido una sensación que me gustaría compartir con todos. Acabo de darme cuenta de que tengo delante al grupo de personas más denostadas de la fuerza espacial y de que a partir de ahora formo parte de él. Pido perdón por haber tardado tanto en tomar consciencia de este hecho —añadió, abriendo el documento que tenía frente a sí—. La primera parte de la reunión tendrá carácter confidencial. ¡Camaradas, intercambiemos opiniones de manera libre! Por una vez, hagamos como los trisolarianos y expongamos nuestros pensamientos con claridad cristalina. Se trata de algo crucial para nuestra futura labor.

Chang dedicó un par de segundos a mirar a cada uno de los asistentes. Todos permanecieron en silencio. A continuación, se puso en pie y comenzó a pasearse alrededor de la mesa a espaldas de ellos.

—Se nos ha encomendado la tarea de infundir a los miembros de la fuerza la confianza en nuestras posibilidades de ganar la futura guerra —prosiguió—. ¿Tenemos nosotros tal convencimiento? Levanten la mano quienes así lo piensen. Recuerden que les estoy pidiendo franqueza.

Ninguno de los presentes levantó la mano. Todos mantenían la mirada fija en la mesa, a excepción de una persona, que se dedicaba a mirar fijamente a Chang: Zhang Beihai.

—Está bien —continuó Chang—. ¿Creen por lo menos que la victoria es posible? Me refiero a una posibilidad real, mucho más sólida que apenas unas décimas de porcentaje.

Zhang Beihai levantó la mano. Fue el único en hacerlo.

—En primer lugar, agradezco la sinceridad de todos —dijo Chang. Luego, dirigiéndose a Zhang Beihai, añadió—: ¡Camarada Zhang! Díganos, ¿en qué basa su confianza?

Zhang se puso en pie.

—Por favor —le dijo Chang, indicándole que volviera a tomar asiento—. Esto no es más que una charla informal.

—Comandante —comenzó Zhang, manteniéndose en posición de firmes—, es difícil responder a su pregunta en apenas un par de frases, pues la fe se construye a lo largo de un extenso y complicado proceso. Me gustaría empezar hablando de cierta predisposición errónea que, a día de hoy, sigue prevaleciendo entre los miembros de nuestras filas. Como todo el mundo sabe, anteriormente al estallido de la Crisis Trisolariana se procuraba imaginar cómo sería la guerra en el futuro, partiendo siempre de una perspectiva científica y racional. Gracias a una poderosa inercia, esta es la actitud que ha venido manteniéndose de forma generalizada, particularmente en el caso de la fuerza espacial actual, a la que se ha incorporado un gran número de científicos y académicos. Si insistimos en seguir contemplando la guerra interestelar que se desatará dentro de cuatro siglos con esa misma perspectiva, nunca conseguiremos establecer la fe en la victoria.

—Lo que acaba de decir el camarada Beihai es un disparate —intervino un coronel—. Toda convicción firme parte, por necesidad, de lo que nos dicen la ciencia y la razón. No existe certeza sin una base objetiva que la sustente.

—Deberíamos empezar por reconsiderar la ciencia y la razón —replicó Zhang—. Puntualizo: nuestra ciencia, nuestra razón. El altísimo nivel de desarrollo alcanzado por los trisolarianos viene a constatar el hecho de que nuestra ciencia aún se encuentra en su más tierna infancia, recogiendo conchas en la playa sin haber llegado a ver el océano, que es la verdad. Cabe la posibilidad de que esos hechos que tan claramente vemos con ayuda de nuestra ciencia y nuestra razón no sean tan objetivos ni tan reales como creemos. Teniendo eso en cuenta, deberíamos aprender a ignorarlos de manera selectiva a la espera de ver cómo terminan evolucionando las cosas. Solo así evitaremos que el determinismo tecnológico y el materialismo mecánico nos hagan descartar el futuro.

—Excelente —celebró el general Chang, indicándole con la cabeza que continuara.

—Es preciso convencer cuanto antes a nuestras tropas de que tenemos posibilidades de ganar —prosiguió Zhang—, pues precisamente en esa confianza basa el ejército su dignidad y su misma razón de ser. ¿Acaso es la primera vez que el ejército chino se enfrenta en inferioridad de condiciones a un enemigo poderoso? ¡Ya lo hizo en el pasado, y gracias a una fe inquebrantable en la victoria basada en un profundo sentido de la responsabilidad hacia el pueblo y la madre patria, logró salir victorioso! Estoy convencido de que si ahora, de manera similar, nos basamos en un sentido de la responsabilidad hacia la raza humana en su conjunto y hacia la civilización terrestre, seremos capaces de inculcar una fe igualmente firme.

—¿De qué herramientas concretas disponemos para implantar esa base ideológica? —preguntó un oficial—. La composición de la fuerza espacial es muy diversa, no me parece una tarea simple…

—Creo que, al menos por el momento, deberíamos centrarnos en analizar la disposición mental de las tropas —respondió Zhang Beihai—. Un ejemplo: la semana pasada visité a las tropas de las fuerzas naval y aérea que acaban de ser incorporadas a nuestra rama del ejército y descubrí que la falta de disciplina comienza a ser un problema cada vez más frecuente. El detalle que lo prueba: a pesar de que la fecha establecida para empezar a llevar el uniforme de verano había pasado, en el cuartel eran muchos los que seguían vistiendo uniforme de invierno. Esta laxitud debe rectificarse cuanto antes. Miremos lo que está pasando: la fuerza está convirtiéndose en una especie de academia científica. Reconozco que su misión actual es la de una academia de ciencias militares, pero no deberíamos olvidar que somos un ejército, ¡un ejército en guerra!

La conversación se alargó todavía durante un rato. A su término, Chang Weisi volvió a ocupar su asiento.

—Les doy las gracias —dijo—. Espero que en el futuro podamos seguir manteniendo conversaciones con el mismo nivel de franqueza. Ahora pasemos al orden del día. —Levantó la mirada y topó con la de Zhang Beihai, fija en él. Aquella determinación lo conmovió profundamente.

«Zhang Beihai, no me cabe duda alguna de la sinceridad de tu confianza. Con un padre como el tuyo, lo raro sería que no la tuvieras… pero las cosas no son tan simples como dices. Ignoro en qué basas tu fe y hasta dónde llega; me pasa contigo lo que en su día con tu padre: a pesar de lo mucho que lo admiraba, confieso que nunca llegué a comprenderlo del todo».

Zhang abrió la carpeta que tenía enfrente y se puso a hojear los documentos que contenía.

—El desarrollo de una teoría de la guerra espacial se encuentra en plena marcha —comenzó— y no ha tardado mucho en tropezar con su primer escollo: todo estudio de la guerra interplanetaria necesita basar sus hipótesis en un nivel tecnológico concreto. Sin embargo, debido a que la investigación básica aún se encuentra en una fase muy temprana, cualquier avance que pueda producirse todavía queda muy lejos en el tiempo, lo cual nos deja sin ninguna base sobre la que trabajar. En vista de tales circunstancias, nuestros superiores han decidido reestructurar nuestro plan de investigación y dividir esfuerzos en tres vías diferenciadas que contemplarán distintos niveles de sofisticación tecnológica alcanzables en el futuro por parte de la humanidad: un nivel tecnológico bajo, uno medio y uno alto.

»Aunque a día de hoy se sigue trabajando para definir de forma más clara esos tres niveles mediante el establecimiento de un gran número de parámetros identificativos en cada una de las principales disciplinas científicas, los dos principales parámetros de referencia serán la velocidad y el alcance que pueda llegar a tener una aeronave de diez kilotones.

»Nivel tecnológico bajo: las aeronaves alcanzarían una velocidad equivalente a unas cincuenta veces la tercera velocidad cósmica, es decir, ochocientos kilómetros por segundo aproximadamente, y serían en parte capaces de sustentar la vida. En estas condiciones, su radio de combate se limitaría al comprendido dentro del Sistema Solar interior, es decir, dentro de la órbita de Neptuno o, lo que es lo mismo, a una distancia del Sol de treinta unidades astronómicas.

»Nivel tecnológico medio: las aeronaves alcanzarían una velocidad equivalente a trescientas veces la tercera velocidad cósmica, es decir, cuatro mil ochocientos kilómetros por segundo, y estarían dotadas de un ecosistema propio parcialmente autosuficiente. En estas condiciones, su radio de combate se extendería más allá del cinturón de Kuiper hasta alcanzar las mil unidades astronómicas alrededor del Sol.

»Nivel tecnológico alto: las aeronaves alcanzarían una velocidad equivalente a mil veces la tercera velocidad cósmica, es decir, dieciséis mil kilómetros por segundo (o, lo que es lo mismo, un cinco por ciento de la velocidad de la luz), y estarían dotadas de un ecosistema propio totalmente autosuficiente. En estas condiciones, su radio de combate se extendería hasta la nube Oort y estarían preliminarmente capacitadas para realizar viajes interestelares.

»El derrotismo supone el mayor peligro de todos cuantos amenazan la fuerza espacial, lo cual reviste de una responsabilidad e importancia extremas a la labor de quienes nos dedicamos a su formación política e ideológica. El departamento político del ejército va a implicarse de forma activa en el estudio teórico de la guerra en el espacio para detectar y erradicar hasta la mínima manifestación de derrotismo, a fin de asegurar que el curso de las investigaciones se mantiene en el sentido correcto.

»Todos y cada uno de quienes se hallan hoy aquí presentes pasarán a ser miembros de uno o varios de los tres grandes grupos de que van a instituirse, los cuales, a pesar de que compartirán algunos de sus miembros, constituirán entidades independientes y provisionalmente se llamarán: Instituto Estratégico de Baja Tecnología, Instituto Estratégico de Tecnología Media e Instituto Estratégico de Alta Tecnología. Me gustaría aprovechar la ocasión para preguntarles a cuál de los tres preferirían ser asignados. Sus respuestas servirán de referencia durante la nueva ronda de nombramientos del departamento. Procedamos a escoger.

De los treinta y un oficiales políticos presentes, veinticuatro escogieron el nivel tecnológico bajo y siete optaron por el nivel tecnológico medio. Solo uno escogió el nivel tecnológico alto: Zhang Beihai.

—Al camarada Beihai le gusta la ciencia ficción —comentó un oficial, provocando unas cuantas risas.

—He escogido la única opción con posibilidades de ganar —contestó Zhang Beihai—. O alcanzamos un alto nivel tecnológico o no seremos capaces de construir un sistema defensivo efectivo para la Tierra y el Sistema Solar.

—Pero si ni siquiera somos capaces de controlar la fusión nuclear —dijo el oficial—, ¿cómo vamos a construir una nave espacial de guerra capaz de viajar a un cinco por ciento de la velocidad de la luz, diez mil veces más rápido de lo que son capaces de viajar actualmente las naves espaciales de la humanidad? ¡Eso no es ciencia ficción, sino fantasía!

—Tenemos cuatro siglos por delante —replicó Zhang—. Hay que considerar los progresos que se hagan.

—El progreso en la física fundamental es imposible.

—Aún no hemos llegado a implementar ni el uno por ciento de las aplicaciones que pueden llegar a derivarse de las teorías actuales —señaló Zhang—. El mayor obstáculo es la estrategia seguida a la hora de investigar por parte del sector tecnológico, empeñado en gastar tiempo y dinero en tecnologías de bajo nivel. Por poner un ejemplo, en el caso de la propulsión espacial, y sin que exista razón de peso alguna para ello, se dedica una parte demasiado grande de los recursos a la propulsión por fisión; también al desarrollo de la propulsión química de nueva generación, cuando en realidad deberíamos dejar de centrarnos en el estudio de los motores de fusión y pasar directamente al de los motores de propulsión sin medio, saltándonos toda la propulsión con medio. Este mismo problema se da en todas las demás áreas de investigación. Los ecosistemas cerrados, por ejemplo, requisito obligado para los viajes interestelares, constituyen una tecnología que no depende de la teoría fundamental, y aun así no se investiga casi nada al respecto.

—El camarada Zhang Beihai aborda un tema que merece toda nuestra atención —intervino Chang Weisi—. Hasta el momento, tanto el ejército como la comunidad científica se hallan hasta tal punto implicados en sus respectivas ocupaciones que la comunicación entre ambos brilla por su ausencia. Por fortuna, ambas partes son conscientes de ello y en breve organizarán una conferencia conjunta, para la cual han establecido sendas agencias especiales, que se encargarán de mejorar la comunicación a fin de establecer una óptima interacción entre estrategia e investigación. El siguiente paso a dar es, por un lado, asignar un representante militar a cada una de las diversas áreas de investigación y, por el otro, interesar a un gran número de científicos en el estudio teórico de la guerra espacial. En este tema tampoco podemos permitirnos el lujo de sentarnos a esperar los avances tecnológicos que puedan producirse o no; es preciso definir nuestra estrategia ideológica tan pronto como sea posible y empezar a promoverla en todas las áreas.

»A continuación quisiera hablar de otro tipo de interacción: aquella entre la fuerza espacial y los vallados.

—¿Los vallados? —preguntó alguien en tono de asombro—. ¿Es que van a interferir en el trabajo de la fuerza?

—Por el momento no hay signos de ello, aunque Tyler ha solicitado visitarnos. Debemos ser conscientes de que los vallados disponen del poder de interferir en nuestro trabajo y que eso podría tener efectos inesperados. Es preciso estar mentalmente preparados para tal eventualidad. De darse, habría que lograr un equilibrio entre el Proyecto Vallado y la estrategia defensiva convencional.

Al término de la reunión, Chang se quedó a solas en la sala de conferencias, fumando. El humo de su cigarrillo subía flotando hasta que la luz que se colaba por la ventana lo iluminó y pareció incendiarse.

«Sea lo que sea lo que vaya a ocurrir —pensó—, la cosa ya ha comenzado».

Por primera vez en la vida, Luo Ji sentía que uno de sus sueños se había hecho realidad. Había supuesto que Garanin exageraba, que si fuese capaz de encontrarle un lugar virgen y paradisíaco como el que él había soñado, nunca iba a ser exactamente el mismo. Sin embargo, nada más bajar del helicóptero se sintió justo en mitad de aquel mismo mundo surgido de su imaginación: con los picos nevados en la distancia, la llanura, el bosque más allá del lago… y todo en la misma posición exacta que él le había dibujado.

Lo sorprendió el sutil y dulce aroma que se percibía en la frescura del aire, también el hecho de que la placidez reinante en aquel lugar parecía llegar a extenderse hasta el sol, que brillaba con una suave calidez. Sin embargo, lo más increíble de todo para él fue que realmente había una gran mansión a orillas del lago. Kent, que lo acompañaba, le explicó que, a pesar de parecer más antigua, en realidad la habían construido a mediados del siglo XIX, pero el tiempo se había encargado de asimilarla a su entorno.

—A mí no me sorprende tanto —le dijo Kent a Luo—, muchas veces la gente sueña con lugares que existen en realidad.

—¿Es una zona habitada?

—No hay nadie en un radio de cinco kilómetros a la redonda. A partir de esa distancia empieza a haber algunos pueblecitos.

Luo sospechaba que aquello debía de ser el norte de Europa, pero no quiso preguntarlo. Kent lo condujo hasta el interior de la casa. Lo primero en lo que Luo se fijó al posar la vista sobre el amplio salón de estilo europeo fue en su chimenea. La leña de árbol frutal ordenadamente apilada junto a esta olía a recién cortada.

—El antiguo dueño de la casa le da la bienvenida —explicó Kent.

Acto seguido le explicó a Luo Ji que la mansión contaba aún con más instalaciones de las que él les había solicitado: había diez caballos en los establos, pues el mejor modo de moverse por las montañas era a pie o a caballo; pista de tenis, campo de golf, bodega y, en el lago, moto acuática y varios veleros. A pesar de su relativa antigüedad, la casa había sido remodelada y cada una de sus habitaciones contaba con un ordenador con conexión de banda ancha y televisión por satélite; también había una sala de proyecciones. Además de todo aquello, Luo Ji había advertido la presencia de una plataforma para el aterrizaje de helicópteros. Estaba claro que no la habían acondicionado en el último minuto.

—El tío tiene que estar forrado…

—Es más que una persona con dinero. Nos prohibió que desveláramos su nombre porque probablemente usted lo reconocería. Ha hecho un gesto de generosidad mayor que el de Rockefeller en su día y ha donado todos los terrenos a la ONU. Para que no haya malentendidos, tanto estos como la casa pertenecen en propiedad a las Naciones Unidas, usted solo residirá aquí. Pero no se preocupe, que no va a quedarse con las manos vacías… al marcharse dejó dicho que se llevaba sus pertenencias más valiosas y todo lo que dejaba atrás es para usted. Tan solo estas pinturas ya deben valer una suma considerable…

Kent lo condujo por todas y cada una de las habitaciones de la casa. Luo Ji comprobó enseguida el buen gusto del anterior dueño por la sutil elegancia con que las había amueblado. Buena parte de los libros de la biblioteca eran viejas ediciones en latín. Las pinturas eran casi todas de estilo moderno, pero parecían fuera de lugar en aquellas habitaciones de atmósfera clásica. Le llamó la atención la ausencia total de paisajes, prueba indudable de la afinada sensibilidad estética del anterior inquilino: colgar cuadros de paisajes en una casa como aquella, en pleno Jardín del Edén, hubiera sido tan absurdo como verter cubos de agua en el océano para tratar de hacerlo más húmedo.

De regreso a la sala de estar, Luo Ji se sentó en el mullido sillón. Al alargar la mano rozó un objeto que cogió e inspeccionó: se trataba de una pipa Churchwarden de aquellas con caño largo y fino que gozaban de tanta popularidad entre la clase acomodada. Mirando los estantes vacíos de la pared, comenzó a imaginar qué clase de objetos habrían contenido.

Kent hizo pasar entonces a un grupo de personas que le fue presentando una a una: desde el ama de llaves hasta el cocinero, pasando por el chófer y el encargado de los establos, todos habían estado al servicio del anterior inquilino de la casa. Después de que se marcharan, Kent le presentó a Luo a una última persona, un teniente coronel vestido de paisano que iba a encargarse de la seguridad. En cuanto volvieron a estar solos, Luo le preguntó a Kent por Shi Qiang.

—Ya no está al cargo de su protección; probablemente se encuentra de regreso en China.

—Póngalo en el puesto del tipo que acaba de irse, seguro que lo hace mejor.

—No lo dudo. Sin embargo, al no hablar inglés le resultaría difícil coordinar la labor de los guardas.

—Entonces sustituya a los de ahora por guardas chinos.

Kent accedió al cambio y se marchó para gestionarlo. Luo salió también de la casa. Atravesando un césped impecablemente cuidado, ascendió por la pasarela que conducía al centro del lago. Una vez allí, apoyado en la barandilla, se dispuso a contemplar el reflejo de los picos nevados sobre la superficie espejada del lago. En mitad de aquel ambiente fresco y bajo la suave caricia del sol, se dijo: «Pudiendo disfrutar una vida como esta de ahora, ¿qué te importará a ti lo que le pase al mundo dentro de cuatro siglos?».

«A la mierda con el Proyecto Vallado».

—¿Quién ha dejado entrar al imbécil ese? —susurró uno de los investigadores, escondiendo la cabeza detrás de su terminal.

—Los vallados pueden entrar donde les dé la gana —le respondió su vecino con voz igual de baja.

—¡Nada del otro mundo, ya lo está usted viendo! —exclamó el doctor Allen, director del Laboratorio Nacional de Los Álamos, mientras conducía a Manuel Rey Díaz por entre las filas de terminales—. Me imagino, señor presidente, que se sentirá decepcionado por lo gris y anodino que es todo…

—Ya no soy presidente —respondió Rey Díaz con aspereza mientras miraba alrededor.

—Nos encontramos en el primero de los cuatro centros de simulación nuclear de los que dispone Los Álamos. En Lawrence Livermore hay otros tres.

Rey Díaz reparó en dos aparatos que le resultaban algo menos anodinos. Tenían aspecto de ser muy nuevos y constaban de sendos monitores de grandes dimensiones montados sobre consolas de mandos con multitud de pequeños botones. Quiso desviarse para ir a echarles un vistazo, pero Allen le tiró suavemente del brazo a fin de reconducirlo.

—Son máquinas recreativas —explicó el doctor—. Las instalamos para tener algo con lo que entretenernos durante los descansos. Usar los terminales para jugar está prohibido.

Rey Díaz trasladó su atención a otros dos objetos llamativos. Aun siendo distintos, tenían en común el hecho de ser transparentes y albergar, en el interior de su compleja estructura, un líquido burbujeante. Cuando Rey Díaz hizo ademán de acercarse a ellos, Allen, a diferencia de la vez anterior, no hizo nada por impedírselo y se limitó a observarlo con una sonrisa mientras negaba con la cabeza.

Ir a la siguiente página

Report Page