El bosque oscuro

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Primera Parte. Los Vallados » Año 3 de la Era de la Crisis

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—Eso es un humidificador —explicó Allen—. Aquí, en Nuevo México, el clima es extremadamente seco… Y aquello, una cafetera. Por cierto, ¡Mike, prepárale un café al señor Rey Díaz! No, hombre, no, de aquí no… utiliza la máquina de mi despacho.

Al final, lo único que le quedó por examinar a Rey Díaz fueron las fotografías en blanco y negro ampliadas que adornaban las paredes. En ellas aparecía un hombre delgado, con sombrero y fumando en pipa, a quien reconoció como Oppenheimer. Una vez más, Allen insistió en dirigir su atención hacia aquellos insulsos monitores, a lo que él exclamó:

—¡Estos terminales están obsoletos!

—Tienen detrás el ordenador más potente del mundo —arguyó Allen—, operando a una velocidad de treinta petaflops.

Un ingeniero se acercó a ellos y, dirigiéndose a Allen, dijo:

—Doctor, el modelo AD4453OG es operativo.

—Excelente.

—Hemos suspendido el módulo de salida —añadió en voz baja el ingeniero, mirando de soslayo a Rey Díaz.

—Habilítenlo —dijo Allen—. Ya lo ve —añadió, dirigiéndose a Rey Díaz—, aquí no tenemos nada que ocultar a los vallados.

Rey Díaz oyó entonces ruido de papeles rasgándose y vio que se trataba de los científicos que se encontraban al frente de los terminales.

—Pero ¿es que no tienen ni trituradoras? —exclamó, dando por supuesto que estaban destruyendo documentos. Sin embargo, luego reparó en que se trataba de folios en blanco.

Al grito de «¡Fin!» la sala entera estalló en vítores y todo el mundo echó los pedazos de papel al aire convirtiendo al suelo, ya de por sí atestado de objetos, en un auténtico estercolero.

—Es tradición aquí, en el centro —le explicó Allen a Rey Díaz—. El día en que detonaron la primera bomba atómica el doctor Fermi, sintiendo que se aproximaba la onda de choque, lanzó al aire varios pedacitos de papel para así, en función de la distancia entre unos y otros a la que terminaran cayendo, calcular la potencia de la bomba. Por eso ahora nosotros hacemos lo mismo al término de cada simulación.

—Para ustedes las pruebas nucleares son algo cotidiano, y hacerlas ha llegado a ser tan sencillo como jugar a los videojuegos —observó Rey Díaz mientras se quitaba varios trozos de papel de los hombros—. Nuestro caso es distinto; al no tener supercomputadoras, no nos queda otra que hacer pruebas reales, y luego pasa lo de siempre: aunque no sea nada que no hayan hecho otros antes, a los pobres sí se nos recrimina.

—Señor Rey Díaz, aquí no hay nadie interesado en hablar de política —respondió Allen.

Cuando Rey Díaz se inclinó para examinar de cerca los terminales, solo vio una interminable cascada de datos y curvas en constante movimiento. El único gráfico que pudo localizar le resultó tan abstracto que fue incapaz de descifrar lo que representaba.

El físico sentado frente al terminal contiguo asomó la cabeza y dijo:

—Señor presidente, si es un hongo nuclear lo que está buscando, ahí no lo encontrará.

—Ya no soy presidente —recalcó Rey Díaz mientras aceptaba el café que le entregaba el tal Mike.

—¿Por qué no nos dice en qué podemos serle de ayuda? —preguntó Allen.

—Quiero que me diseñen una bomba nuclear.

—Ah, claro. Aunque somos una institución multidisciplinar, yo ya me figuraba que no podía ser de otro modo. ¿Podría concretar algo más? El tipo, la potencia…

—El Consejo de Defensa Planetaria le enviará todos los detalles en breve; por el momento, y para que se vayan orientando, les diré dos palabras clave: grande y potente. Doscientos megatones como mínimo.

Allen se lo quedó mirando unos instantes. Luego inclinó la cabeza en actitud pensativa.

—Eso requerirá cierto tiempo… —dijo.

—¿No tienen modelos matemáticos?

—Por supuesto, de toda clase y para todo tipo de usos; modelos para bombas que van de quinientas toneladas a veinte megatones, modelos para bombas de neutrones y hasta modelos para bombas de pulso electromagnético. Pero esa carga explosiva que usted requiere resulta en exceso, grande, diez veces mayor que la del dispositivo termonuclear de mayor envergadura que existe hoy en el mundo. Deberá tener un detonante y un número de etapas muy distintos de los de las armas nucleares convencionales; incluso es posible que requiera la creación de una estructura nueva del todo. Ninguno de los modelos matemáticos de los que disponemos se le parece.

A partir de aquel momento su conversación viró hacia cuestiones de carácter más general, relacionadas con los diversos proyectos de investigación que se llevaban a cabo en el centro. Más tarde, llegado el momento de la despedida, Allen le dijo a Rey Díaz:

—Teniendo en cuenta que su departamento en el Consejo de Defensa Planetaria está asesorado por los mejores físicos del mundo, supongo que lo habrán informado acerca de las particularidades del uso de armas nucleares en una guerra espacial.

—Refrésqueme la memoria.

—Está bien. En el marco de una guerra espacial, es probable que las bombas nucleares constituyan armas de baja eficiencia. En el vacío del espacio una explosión nuclear sería incapaz de generar ondas de choque, y encima la presión ejercida por su luz sería insignificante, por lo que no produciría el mismo impacto mecánico que las explosiones que se dan dentro de nuestra atmósfera. Liberaría toda su energía en forma de radiación y pulsos electromagnéticos, contra los cuales, al menos en el caso de la humanidad, ya existen tecnologías de aislamiento razonablemente maduras capaces de proteger las naves.

—¿Y en el caso de que la bomba impactara de forma directa contra su objetivo?

—Sería una situación muy distinta. De darse, el papel del calor sería decisivo y el objetivo podría llegar a fundirse o incluso evaporarse. El problema es que una bomba de varios millones de toneladas vendría a ser tan grande como un edificio, así que me temo que no resultaría lo bastante manejable para dar en el blanco con facilidad… Si le soy sincero, yo no optaría por las armas nucleares ni por su impacto mecánico, que se queda corto ante el de las armas cinéticas, ni por su radiación, menos intensa que la de las armas de haz de partículas; ni tampoco por su capacidad de destrucción térmica, que no llega, ni de lejos, a ser comparable a la de los láseres de rayos gamma.

—Pero ninguna de esas armas que acaba de mencionar está lista para ser empleada en combate. Las bombas nucleares son, a día de hoy, el arma más poderosa de cuantas ha llegado a perfeccionar la humanidad. A todos esos problemas de los que ha hablado usted, acerca de su recelo de emplearlas en el espacio y la reducción de efectividad en el mismo, se les puede buscar solución; por ejemplo, añadir algún tipo de medio para crear ondas de choque de manera similar a como lo hacen los fragmentos metálicos que contienen las granadas.

—Qué idea tan fascinante. Ahí se nota su formación científica.

—Encima me especialicé en energía nuclear, ¿entiende ahora por qué me gustan tanto las bombas nucleares? Les tengo cariño.

Allen se echó a reír.

—Ya casi se me estaba olvidando lo ridículo que resulta pretender hablar en serio de estos temas con un vallado —dijo—, gracias por recordármelo…

Los dos rieron, pero Rey Díaz recuperó al instante su expresión seria y añadió:

—Doctor Allen, está usted cometiendo la misma equivocación que el resto del mundo al atribuir a mi estrategia como vallado un halo de misterio inexistente. Teniendo en cuenta que la bomba de hidrógeno es el arma lista para el combate más poderosa de cuantas dispone la humanidad, centrarme en ella no es más que natural, ¿no? Creo que mi enfoque es el correcto.

Se detuvieron a mitad de camino de la tranquila arboleda que habían estado recorriendo.

—Fermi y Oppenheimer hicieron este mismo paseo infinidad de veces —dijo Allen—. Después de Hiroshima y Nagasaki, la mayoría de quienes fueron artífices de aquella primera generación de armas nucleares pasaron el resto de sus vidas hundidos en la depresión. Imagine el alivio que hubieran sentido de haber sabido el papel que van a desempeñar ahora las armas nucleares de la humanidad.

—Por aterradoras que puedan resultar, las armas son algo bueno. Ah, otra cosa… La próxima vez que venga, espero no tener que ver a nadie lanzando papelitos. Piense en la impresión que les causamos a los sofones…

Keiko Yamasuki despertó en mitad de la noche, sola en la cama y con las sábanas del lado contiguo frías. Se levantó, se echó la bata sobre los hombros y salió al jardín. Como tantas otras veces, no tuvo más que mirar en dirección al bosque de bambú para reconocer al instante la sombra de su marido. Aunque tenían otra casa en Inglaterra, a Hines le gustaba mucho más vivir allí, en Japón. Según él, la luna del Lejano Oriente constituía un bálsamo para el espíritu. Aquella era, sin embargo, una noche sin luna. El bambú y la figura de la propia Keiko, ataviada con un kimono, perdían su dimensión y se confundían como si fueran oscuras siluetas de papel a la luz de las estrellas.

Hines no necesitó volverse para saber que su mujer se aproximaba. Aunque ella nunca se ponía los tradicionales zuecos de madera sino que siempre llevaba calzado occidental, tanto si estaba en Inglaterra como en Japón, solo era allí, nunca en Inglaterra, donde él era capaz de adivinar sus pasos.

—Cariño, llevas ya varios días sin dormir bien —susurró ella. A pesar de la suavidad de su voz, los insectos dejaron de cantar al instante y todo quedó sumido en un silencio tan puro como la superficie del agua.

Ella notó que su marido suspiraba con pesar.

—Keiko —dijo él—, no puedo. No tengo ni idea de qué hacer. En serio, soy incapaz de pensar en nada.

—Nadie es capaz de hacerlo. Dudo de que ese plan infalible que todos ansían exista siquiera.

Keiko avanzó dos pasos hacia su esposo, pero sin lograr alcanzarlo. Aquel pequeño bosque de cañas era para ambos un espacio de contemplación al que solían acudir cada vez que querían inspirarse. Muchos de sus proyectos de investigación habían nacido allí.

Evitando muestras de afecto que hubieran estado fuera de lugar en aquel entorno tan sagrado para ellos, cada vez que se hallaban en él procuraban hablarse con el decoro y la delicadeza que parecía exigir una atmósfera tan aparentemente impregnada de filosofía oriental como aquella.

—Bill, trata de relajarte —añadió Keiko—. Con hacerlo lo mejor que puedas ya es suficiente.

Él se volvió, pero su cara permaneció oculta en las sombras.

—¿Cómo voy a tranquilizarme, con la cantidad de recursos que consumo a cada paso?

—Entonces, ¿por qué no pruebas lo siguiente? —dijo Keiko, con evidentes ganas de proponer algo que llevaba en mente desde hacía tiempo—. Toma una dirección que, incluso si no te conduce al éxito, resulte en algo beneficioso.

—Keiko, justamente estaba pensando en algo así. Esto es lo que he decidido hacer: ya que no soy capaz de pensar un plan, ayudaré a que otros lo hagan.

—¿Quiénes? ¿Los otros vallados?

—No, a ellos no les va mucho mejor que a mí. Me refería a nuestros descendientes. ¿Alguna vez has considerado el siguiente hecho? El producto de la evolución biológica natural tarda al menos veinte mil años en manifestarse, pero la civilización humana tiene poco más de cinco mil años de historia, aproximadamente, y nuestra moderna sociedad tecnológica apenas doscientos. Esto implica que el estudio de la ciencia actual lo lleva a cabo el cerebro de un hombre primitivo.

—¿Quieres servirte de la tecnología para acelerar la evolución del cerebro humano?

—Lo que pretendo es partir de nuestras investigaciones para desarrollarlo hasta que sea capaz de idear un sistema de defensa planetario eficaz. Tras apenas uno o dos siglos de esfuerzo, estaríamos en condiciones de aumentar la inteligencia humana y permitir que la ciencia futura halle el modo de salir de la cárcel impuesta por los sofones.

—En nuestro campo el término inteligencia posee un significado muy vago. ¿A cuál en particular…?

—Me refería a la inteligencia en su sentido más amplio, incluyendo no solo su acepción tradicional de razonamiento lógico, sino también las de capacidad de aprendizaje, imaginación e innovación, la habilidad de desarrollar el sentido común y acumular experiencia conservando el vigor intelectual. Y mejorar la fortaleza de la mente para que sea capaz de pensar continuamente sin cansarse. Podemos incluso plantearnos la posibilidad de eliminar la necesidad de dormir.

—¿Qué haría falta para ello? ¿Te has parado a considerarlo aunque sea de modo superficial?

—No, todavía no. Quizás el cerebro pueda conectarse a un ordenador que, sirviéndose de su poder computacional, amplifique su inteligencia. O quizá se logre implementar una interfaz que conecte cerebros humanos para mezclar los pensamientos de varios individuos o para dar y recibir recuerdos en herencia… Lo que está claro es que, más allá de cuál sea el camino que termine conduciendo a un aumento de la inteligencia humana, debemos partir de un conocimiento profundo de los mecanismos del cerebro humano.

—Precisamente tu área de interés.

—¡Podremos seguir con nuestras investigaciones de siempre, pero con la diferencia de que ahora estaremos en condiciones de dedicarles cantidades ingentes de recursos!

—Amor mío, no sabes lo feliz que me hace oír eso, de verdad que sí… Pero una cosa: como vallado, ¿no crees que tu plan es un poco…?

—¿Un poco indirecto? Tal vez. Pero Keiko, piensa lo siguiente: si en la civilización humana todo nace y gira en torno al hombre, ¿habrá plan de mayor alcance que el de elevarlo? A mí no se me ocurre nada mejor.

—¡Bill, eres un genio!

—Ahora considera lo siguiente: si convertimos la neurociencia y el estudio del pensamiento humano en proyectos de ingeniería a escala mundial en los que invertimos cantidades inconcebiblemente grandes, ¿cuánto crees que tardaremos en tener éxito?

—Imagino que un siglo, más o menos.

—Seamos algo más pesimistas y pongamos que dos. Los humanos superinteligentes de la época tendrán aún dos siglos por delante y podrán dedicar uno al desarrollo de la ciencia fundamental y el otro a la implementación de tecnología…

—Incluso si al final fracasamos, como mínimo nos quedará la satisfacción de habernos dedicado a algo que habríamos hecho de todos modos.

—Keiko, ¿te tendré a mi lado el día en el que se acabe el mundo? —susurró Hines.

—Por supuesto, Bill. Te seguiré hasta el fin.

La primera auditoría del Proyecto Vallado celebrada por el Consejo de Defensa Planetaria alcanzaba su tercera jornada. Tanto Rey Díaz como Hines habían tenido ocasión de presentar sus respectivos proyectos y de debatir los detalles de los mismos con los miembros permanentes del consejo.

Si bien los representantes se sentaban alrededor de aquella misma mesa oval de la antigua Cámara del Consejo de Seguridad, los vallados ocupaban la mesa rectangular que había en su centro.

En la jornada anterior Tyler había solicitado no presentar su plan al mismo tiempo que Rey Díaz y Hines y retrasar su intervención hasta aquel momento, por lo que todos los representantes ardían en deseos de conocer más detalles.

Tyler comenzó haciendo una breve introducción del plan.

—Necesito establecer una fuerza armada que actúe en el espacio de forma suplementaria a la fuerza espacial terrestre que esté bajo mi mando.

Apenas hubo pronunciado aquella primera frase, los otros dos vallados levantaron la mano.

—Mi plan y el del señor Hines han sido criticados por requerir recursos excesivos —intervino Rey Díaz—, pero esto raya lo absurdo. ¡El señor Tyler pretende tener su propia fuerza espacial!

—Yo no he dicho que vaya a ser una fuerza espacial —puntualizó Tyler con tranquilidad—. Mi plan no prevé la construcción de aeronaves de guerra ni de grandes astronaves, sino el establecimiento de una flota de cazas espaciales. Cada uno de ellos tendrá un tamaño equivalente al de un caza convencional y lo tripulará un solo piloto. Como parecerán mosquitos pululando por el espacio, he decidido bautizar a mi plan con el nombre de Plan Miríada de Mosquitos. El número de efectivos de la fuerza deberá ser, como mínimo, igual al número de los que dispone la flota trisolariana invasora, esto es, mil.

—¿Atacar cada aeronave de guerra trisolariana con un mosquito…? ¡Así no van a hacerles ni cosquillas! —exclamó en tono despectivo uno de los presentes.

Tyler levantó el dedo índice.

—No si cada uno de esos mosquitos lleva a bordo una bomba de hidrógeno de cientos de megatones —puntualizó—. Sí, me temo que deberé recurrir a esas superbombas de última generación que se están diseñando… Señor Rey Díaz, no se precipite; aunque quiera negármelas, da la casualidad de que no es usted quién para hacerlo… De acuerdo con los principios del Proyecto Vallado, esa tecnología no es de su propiedad. En cuanto se termine de desarrollar, ejerceré mi derecho a emplearla.

—Lo que quiero saber es si está usted pensando en plagiar mi plan —le espetó Rey Díaz, dirigiéndole una mirada de furia.

Tyler le dedicó una sonrisa sardónica.

—Un vallado al que se le puede copiar el plan, ¿tiene derecho a seguir considerándose tal? —dijo.

—Los mosquitos no se caracterizan por volar demasiado lejos —intervino Garanin, el presidente de turno del Consejo de Defensa Planetario—. Esos avioncitos de juguete suyos solo podrían entrar en combate dentro de la órbita de Marte, ¿me equivoco?

—¡Cuidado, no sea que ahora les pida un remolcador espacial! —apostilló Hines en tono de burla.

—No la necesitan —replicó Tyler con aplomo—. Los cazas serán capaces de interconectar unos con otros formando una red que convertirá al escuadrón entero en una entidad única, una miríada de mosquitos, como la llamo, que podrá actuar a modo de remolcador espacial si es propulsada o bien por un motor externo, o bien por los motores de una parte de los cazas que la conforman. A velocidad de crucero, la miríada tendrá la misma capacidad de navegación espacial que la de naves mucho más grandes. En cuanto alcance el campo de batalla, volverá a descomponerse y sus cazas lucharán como una flota de aeronaves independientes.

—Sus mosquitos tardarán años en alcanzar la zona defensiva establecida en el perímetro del Sistema Solar. ¿Serán capaces sus pilotos de pasar todo ese tiempo encerrados en una cabina que no les permite ni ponerse de pie? Y ¿habrá espacio en una nave tan pequeña para almacenar víveres suficientes? —preguntó alguien.

—Hibernarán —respondió Tyler—. No tendrán otro remedio que hacerlo. Mi plan presupone la existencia futura de dos avances tecnológicos: las bombas miniaturizadas y las unidades de hibernación miniaturizadas.

—Pasarse años hibernando en un ataúd de metal para luego despertar y tener que lanzar a toda prisa un ataque suicida… ¡Desde luego, el trabajo de un piloto mosquito no es precisamente envidiable! —intervino Hines.

Su comentario consiguió minar la confianza de Tyler, quien, tras permanecer callado unos instantes, asintió con vehemencia.

—Así es —reconoció—. Encontrar pilotos voluntarios está resultando la parte más difícil del plan.

Se distribuyó entre los asistentes un dosier con los detalles del plan. Sin embargo, ninguno mostró interés en seguir hablando del tema y el presidente pidió un receso.

—Pero ¿es que todavía no ha llegado Luo Ji? —preguntó, molesto, el representante de Estados Unidos.

—No va a venir —contestó Garanin—. Según ha dicho, tanto su actual estado de reclusión como su ausencia en las auditorías forman parte de su plan.

Al escuchar aquello, casi todos los presentes se pusieron a cuchichear; unos con cara de estar muy molestos, otros intercambiando sonrisas enigmáticas.

—Menuda perla de hombre está hecho ese… ¡Un holgazán de tomo y lomo, eso es lo que es! —exclamó Rey Díaz.

—¿Y usted qué, eh? —replicó Tyler de forma grosera, a pesar de que su plan dependía de la superbomba de hidrógeno de Rey Díaz.

—Yo, en cambio, quisiera romper una lanza a favor del doctor Luo —intervino Hines—. Al menos tiene el suficiente autoconocimiento para saber cuáles son sus limitaciones, y prefiere mantenerse al margen antes que incurrir en gastos inútiles de recursos —añadió, dirigiéndole una sonrisa magnánima a Rey Díaz—. Algunos podrían tomar ejemplo de él.

Todo el mundo vio claro que, más que defender a Luo Ji, lo que Tyler y Hines hacían era atacar a Rey Díaz.

Garanin golpeó varias veces la mesa con su mazo.

—En primer lugar, vallado Rey Díaz, estaba usted hablando fuera de turno —lo amonestó—. Le pido también que se refiera a los demás vallados con el debido respeto. Al vallado Hines y al vallado Tyler les digo lo mismo: en esta sala las descalificaciones están fuera de lugar.

—Señor presidente —dijo Hines—, el plan que el vallado Rey Díaz presentó ayer se caracteriza por un solo hecho: el de poseer la burda simpleza de un soldado. Desde que su país, Venezuela, siguiendo la estela de Irán y Corea del Norte, tuvo que ser severamente sancionado por Naciones Unidas a causa de su programa de armas nucleares, Rey Díaz comenzó a desarrollar una malsana obsesión por las bombas nucleares que a día de hoy aún le dura.

Lo cierto es que no existen diferencias sustanciales entre esa bomba de hidrógeno gigante del plan que propone Rey Díaz y la miríada de mosquitos del plan del señor Tyler; las dos opciones resultan igual de decepcionantes. La estrategia que hay detrás de unas acciones tan concretas como las que proponen esos planes resulta evidente desde el principio; ninguno da muestras de tener detrás la astucia y capciosidad requeridas por el Proyecto Vallado y que suponen su misma ventaja estratégica.

—Señor Hines —contraatacó Tyler—, su plan no es más que un sueño ingenuo.

Al término de la sesión de auditoría los tres vallados se dirigieron a la sala de meditación, su lugar favorito del cuartel general de las Naciones Unidas. Últimamente daba la sensación de que aquella sala pequeña y silenciosa había sido especialmente concebida para ellos. Una vez allí, los tres permanecieron en silencio. Compartían una misma sensación: la de que no volverían a ser libres de abrirse y compartir sus ideas hasta que llegara la guerra final. Todos sus pensamientos parecían ser absorbidos por el gran testigo mudo de la escena, aquel gran bloque de hierro que ocupaba el centro de la habitación.

—¿Os habéis enterado de lo de los desvalladores? —preguntó por fin Hines en voz baja.

Tyler asintió.

—Ha salido anunciado en la web de la Organización Terrícola-trisolariana. La CIA acaba de confirmarlo.

Volvieron a callar. Los tres trataban de concitar en su mente el rostro de su desvallador, un rostro que a partir de ese momento protagonizaría todas y cada una de sus pesadillas. Y es que, muy probablemente, el día en que un desvallador se interpusiera en su camino sería también su fin.

Al ver entrar a su padre, Shi Xiaoming reculó de manera instintiva en su asiento hacia uno de los rincones de la celda. Sin embargo, Shi Qiang se limitó a sentarse a su lado sin decir nada.

—No te preocupes, que ni te voy a pegar ni te voy a echar la bronca —dijo este al cabo del rato—. No me quedan fuerzas.

Shi Qiang se sacó luego del bolsillo del pantalón un paquete de cigarrillos, extrajo dos y le ofreció uno a su hijo. Este dudó unos instantes, pero terminó aceptándolo. Padre e hijo estuvieron fumando un buen rato sin pronunciar palabra.

—Me han asignado una misión —dijo Shi Qiang por fin—. Voy a tener que salir del país.

—Pero ¿y tu enfermedad? —preguntó Shi Xiaoming, levantando la vista para dirigirle a su padre, a través del humo, una mirada de preocupación.

—Primero hablemos de lo tuyo.

—Papá —dijo Shi Xiaoming en tono de súplica—, por estas cosas caen unas penas muy gordas…

—Si hubieras cometido otro tipo de crimen, aún te habría podido echar un cable, pero tratándose de lo que se trata… Ming, tanto tú como yo ya somos mayores de edad. Debemos responsabilizarnos de nuestros actos.

Con expresión de angustia, Shi Xiaoming hundió la cabeza entre los hombros y dio una lenta calada a su cigarrillo.

—Asumo mi parte de culpa —continuó el padre—. Cuando eras pequeño nunca me ocupé de ti. Trabajaba de sol a sol y la mayoría de noches, al volver a casa, solo tenía ganas de beber y de dormir. Nunca fui a ninguna reunión de padres, nunca charlé contigo sobre nada que tuviera importancia… Como acabo de decirte, los dos debemos responsabilizarnos de nuestras acciones.

Con lágrimas en los ojos, Shi Xiaoming se dedicaba a apagar la colilla de su cigarrillo aplastándola una y otra vez contra el borde metálico de la cama. Se sintió como si con ella estuviese destruyendo también la segunda mitad de su vida.

—La cárcel no es más que una escuela de criminales —prosiguió Shi Qiang—. Será mejor que no te hagas muchas ilusiones con lo de que van a reformarte. Tú, al entrar, procura involucrarte lo menos posible con los demás reclusos y ya está. Ah, y aprende a defenderte. Toma —añadió, colocando sobre el camastro una bolsa de plástico con dos cartones de tabaco barato—. Las demás cosas que necesites, pídele a tu madre que te las envíe. —Se encaminó hacia la puerta y, antes de abrirla, se volvió hacia su hijo y añadió—: Ming, aún es posible que volvamos a vernos algún día. Para entonces probablemente seas más viejo que yo ahora y entiendas lo que siento.

Desde la ventanilla de su celda, Shi Xiaoming observó cómo su padre se marchaba del centro de detención. De espaldas le pareció muy achacoso.

En aquella era en que la ansiedad lo dominaba todo, Luo Ji se había convertido en el hombre más ocioso y despreocupado del mundo. Se dedicaba a pasear por los alrededores del lago, a navegar, a disfrutar de las delicias en que el cocinero era capaz de convertir los peces, setas y demás cosas que él solía llevarle a la vuelta de sus excursiones, a hojear los volúmenes de la extensa biblioteca… Y cuando se cansaba de eso se iba a jugar al golf con los guardias, o salía a montar a caballo por la pradera o por la alameda que conducía hacia aquel pico nevado, aunque, eso sí, siempre sin alcanzar su pie. También solía sentarse en el banco a orillas del lago para contemplar el reflejo de las montañas sobre sus aguas, sin nada que hacer ni nada que pensar, hasta que cuando quería darse cuenta ya se le había hecho de noche.

Eran días de existencia solitaria en los que no mantenía ninguna clase de contacto con el exterior. Aunque Kent también residía en la casa, solía recluirse en su despacho y rara vez lo importunaba. Luo había ido a hablar con el responsable de la seguridad para pedirle que los escoltas dejaran de seguirlo a todas partes o, en caso de tener que hacerlo, como mínimo procurasen que él no los viera.

Se sentía como aquel velero que tan plácidamente flotaba sobre las aguas del lago, sin tener idea de dónde se hallaba ni importarle dónde terminaría. De vez en cuando le venía a la memoria su vida anterior y se sorprendía de lo mucho que, en cuestión de días, todo había cambiado para él; tanto era así, que tenía la sensación de que había pasado un siglo desde entonces. Y esa sensación lo complacía.

Luo mostraba gran interés por la bodega de la casa y lo que en ella se almacenaba; por ejemplo, había aprendido que el vino de la mejor calidad era el de las botellas polvorientas colocadas en estanterías en posición horizontal. Bebía en la sala de estar, bebía en la biblioteca e incluso a veces bebía en el velero; pero nunca en exceso, sino lo justo para alcanzar aquel dulce estado a medio camino entre la sobriedad y la embriaguez. Era entonces cuando sacaba aquella pipa de caña larga que había sido del anterior dueño de la casa y daba unas cuantas caladas.

No había querido que nadie encendiese la chimenea, ni siquiera en aquellos días grises y lluviosos en que el frío se adueñaba de la sala de estar. Sabía que todavía no era el momento.

Desde que vivía allí no se había vuelto a conectar a internet y las veces que había visto la televisión había procurado saltarse los informativos y cualquier programa que tratase de la actualidad. Pese a que en aquellos años finales de la Edad Dorada aún era posible encontrar programas de puro entretenimiento, lo cierto es que eran cada vez más raros.

Una noche, a altas horas de la madrugada, Luo cometió un exceso por culpa de una botella de coñac que, según la etiqueta, tenía treinta y cinco años. Mientras, control remoto en mano, trataba de saltarse todos los canales de noticias de los que disponía su televisor de alta definición, le llamó la atención un reportaje de una cadena de noticias en inglés sobre el rescate de los restos de un barco que había zozobrado a mediados del siglo XVII, un clíper que había zarpado de Rotterdam en dirección a Faridabad y había acabado naufragando en el Cabo de Hornos. Entre los objetos rescatados por los submarinistas había un pequeño barril completamente sellado que contenía un vino que, según los expertos, no solo debía de ser bebible, sino que, después de haber pasado tres siglos en el fondo del océano, muy posiblemente debía de tener un sabor inigualable.

Luo había grabado la mayor parte del reportaje e hizo venir a Kent para enseñárselo.

—Quiero ese barril. Puje por él —le dijo.

Kent se fue a hacer la llamada. Dos horas más tarde regresó para informarle, alarmado, de que según se preveía el valor de aquel barril alcanzaría cifras estratosféricas: solo el precio de salida era de trescientos mil euros.

—¡Esa cantidad es irrisoria para el Proyecto Vallado! Consígamelo. Forma parte del plan.

Después de la famosa «sonrisa de vallado», el lenguaje popular terminaría acuñando una segunda expresión relacionada con el proyecto: a partir de entonces, de cualquier tarea absurda pero de cumplimiento obligatorio se diría que era «parte del plan de vallado» o, sencillamente, «parte del plan».

Dos días más tarde, el barril, estropeadísimo y cubierto de conchas marinas, ocupaba el centro de la sala de estar. Luo cogió un grifo con tirabuzón especialmente diseñado para barriles como aquel, que había encontrado en la bodega, lo clavó con sumo cuidado en el barril y se valió de él para servirse una primera copa. El color de aquel vino era de un tentador tono verde esmeralda. Tras inhalar su aroma, se llevó la copa a los labios.

—¿Esto también forma parte del plan, doctor? —preguntó Kent.

—Exactamente. Es parte del plan —respondió Luo, repantigándose en su asiento, a punto para beber. Sin embargo, al reparar en todas las miradas que se centraban sobre él, se detuvo y exclamó—: ¡Fuera de aquí, todos!

Ni Kent ni el resto de los presentes se movieron un milímetro.

—Echaros forma parte del plan. ¡Vamos! —gritó, y se los quedó mirando.

Kent hizo entonces un leve movimiento con la cabeza para indicar que lo dejaran solo. Todos se marcharon.

Luo tomó un sorbo. A pesar de lo mucho que se esforzó por convencerse de que aquel era un sabor excelso, al final no tuvo valor de tomar un segundo sorbo. Sin embargo, el único que había dado fue suficiente para que no se librara de pasar la noche en el retrete hasta que escupió bilis del mismo color del vino y se sintió físicamente tan débil que ya no pudo levantarse de la cama. Más tarde, cuando doctores y expertos abrieron el barril para analizar su contenido, descubrieron que por dentro tenía una placa de latón, como era costumbre en la época. Con el tiempo debía de haberse dado algún tipo de reacción entre el cobre del latón y el vino, que acabó disuelto en este. A Luo no se le pasó por alto la sonrisa de satisfacción de Kent mientras se llevaban el barril.

Exhausto, tumbado en la cama observando caer las gotas de suero, se sintió profundamente solo. Era muy consciente de que su reciente ociosidad no había sido más que la sensación de ingravidez que lo había acompañado a lo largo de su descenso al profundo abismo de la soledad, y también de que acababa de tocar fondo. Sin embargo, él había anticipado aquel momento y estaba preparado. Aguardaba la llegada de una persona, alguien con cuya presencia daría comienzo la siguiente fase de su plan. Aguardaba la llegada de Da Shi.

Tyler sostenía un paraguas para protegerse de la fina lluvia que caía sobre Kagoshima, en Japón. Detrás de él, a dos metros de distancia y con el paraguas cerrado, se hallaba Koichi Inoue, ministro de Defensa nipón. Llevaba dos días manteniendo aquella misma distancia con Tyler, la cual no era solo física. Se encontraban en el Museo de la Paz de los Pilotos Kamikazes de Chiran. Frente a ellos se erigía la estatua de una unidad de ataque especial junto a la cual había expuesto un avión blanco con la cifra 502. La fina capa de lluvia que revestía las superficies de la estatua y del avión conseguía dotar a ambos de un engañoso realismo.

—Entonces, ¿no existe ningún tipo de margen de discusión para mi propuesta? —preguntó Tyler.

—Le sugiero que no hable del tema con los medios. Se ahorrará problemas innecesarios —respondió Inoue, cuyas palabras sonaron tan frías como la llovizna.

—Pero ¿aún hoy sigue siendo un tema tan sensible?

—Lo sensible no son los hechos históricos, sino su intención de repetirlos. Háganlo en Estados Unidos o donde sea, ¿o van a tener que ser los japoneses los únicos en sacrificar la vida por un ideal?

Tyler cerró el paraguas y fue a colocarse junto a Inoue. Impasible, este no se movió ni un milímetro. Era como si lo rodeara un campo de fuerza invisible: Tyler fue incapaz de acercarse a menos de un palmo de él.

—En ningún momento he dicho que los miembros de las fuerzas kamikazes del futuro vayan a ser solo japoneses —puntualizó Tyler—. La intención es crear una fuerza internacional, pero siendo una práctica que tuvo su origen en este honorable país, ¿no le parece natural revivirla aquí?

—Ignoro la relevancia que puede tener este modo de ataque en una guerra interplanetaria… ¿Es usted consciente de que el número de victorias que tuvieron esas unidades de ataque especiales fue muy reducido? ¿De que no sirvieron para ganar la guerra?

—Comandante, señor, la fuerza espacial que he establecido es una flota de aeronaves de caza equipadas con superbombas de hidrógeno.

—¿Y tienen que estar pilotadas por humanos? ¿No pueden controlarlas a distancia?

La pregunta pareció darle a Tyler la oportunidad que esperaba.

—¡Ese es justamente el problema! —exclamó entusiasmado—. Hoy por hoy, un ordenador sigue sin ser capaz de sustituir al cerebro humano. Los ordenadores cuánticos, o aun otros de nueva generación, no serán una realidad hasta que se produzcan avances en teoría fundamental, pero con el candado que le han puesto los sofones al progreso, ya podemos despedirnos de ello… ¡Por eso dentro de cuatrocientos años la inteligencia computacional seguirá siendo limitada y las armas tendrán que ser manejadas por humanos! Lo cierto es que reinstaurar a los kamikazes ahora no tiene más que un valor moral simbólico; todavía deberán pasar diez generaciones antes de que nadie sacrifique la vida, ¡pero para inculcar un espíritu así hay que comenzar cuanto antes!

Inoue se volvió para mirar a Tyler de frente por primera vez. Tenía la cara salpicada de gotas de lluvia, aunque quizá fueran lágrimas, y varios mechones de pelo mojado se le adherían a la frente.

—Eso que usted se propone viola los principios básicos de la sociedad moderna —dijo—. La vida humana está por encima de todo; ningún estado ni gobierno puede encargar a nadie una misión mortal. Me viene a la memoria una frase de Yang Wen-li en La leyenda de los héroes galácticos[5]: «En esta guerra está en juego el destino de nuestro país, pero ¿qué importa eso en comparación con nuestros derechos y libertades individuales?». Hagan ustedes lo que puedan; les deseo buena suerte.

—¿Sabe lo que le digo? —gritó Tyler, indignado—. ¡Que están desperdiciando su recurso más valioso!

Tyler abrió el paraguas con un gesto enérgico y se marchó echando pestes. Cuando alcanzó la puerta del memorial, miró hacia atrás y vio que Inoue seguía de pie bajo la lluvia, frente a la estatua.

Abriéndose paso a través del temporal, Tyler recordó una frase de una nota de suicidio que había visto en la exposición, escrita por un piloto kamikaze para su madre: «Madre, voy a convertirme en luciérnaga».

—Está resultando más difícil de lo que imaginé —le confesó Allen a Rey Díaz. Se encontraban de pie ante el obelisco de negra roca volcánica que marcaba el hipocentro de la primera bomba atómica de la humanidad.

—¿De verdad es una estructura tan diferente? —preguntó Rey Díaz.

—Totalmente distinta. Construir su modelo matemático podría resultar cientos de veces más complicado que el de las bombas nucleares actuales.

—¿En qué puedo ayudarle?

—Cosmo trabaja con usted, ¿verdad? Haga que lo transfieran a mi laboratorio.

—¿Se refiere a William Cosmo?

—Sí.

—Pero él es…

—Astrofísico. Una autoridad en todo lo que se refiere a las estrellas.

—¿Y qué quiere que haga él?

—Es lo que iba a explicarle. Tal y como usted lo concibe, una bomba nuclear es algo que se detona y explota, pero el proceso real es más parecido a una combustión. A mayor potencia, mayor combustión. Una explosión nuclear de veinte megatones, por ejemplo, origina una bola de fuego que dura unos veinte segundos. La superbomba que estamos diseñando es de doscientos megatones y su bola de fuego podría arder durante varios minutos. Imagínesela. ¿A qué se parecerá?

—A un pequeño sol.

—Exacto. La estructura de su fusión es muy parecida a la de una estrella y durante un período de tiempo muy acotado experimenta una evolución estelar, de modo que el modelo matemático que tenemos que construir es, en esencia, el de una estrella.

Frente a ellos se extendía un enorme desierto de arenas blancas. Apenas faltaban unos instantes para que amaneciera, de modo que sus detalles aún se mantenían ocultos en la oscuridad. Lo primero en lo que pensaron los dos hombres fue en la pantalla de inicio de Tres Cuerpos.

—Estoy realmente entusiasmado, señor Rey Díaz —dijo Allen—. Le ruego que perdone mi apatía inicial hacia el proyecto. En vista de cómo evoluciona, adquiere un significado que sobrepasa con creces el de la mera construcción de una superbomba. ¿Sabe usted lo que estamos haciendo? ¡Estamos creando una estrella virtual!

Rey Díaz sacudió la cabeza en señal de desaprobación.

—¿Qué tiene eso que ver con la defensa de la Tierra?

—¿Por qué limitarse siempre a la defensa planetaria? Al fin y al cabo, mis colegas de laboratorio y yo somos científicos. Además, no sería raro que todo esto acabase teniendo una utilidad práctica. Introduciendo los parámetros adecuados, la estrella podría servir de modelo de nuestro sol. Piénselo. Siempre es útil tener el sol en la memoria del ordenador. Es la mayor presencia del universo en nuestra vecindad y podríamos aprovecharla para muchas cosas. Su modelo matemático podría incluir muchas más propiedades a la espera de ser descubiertas.

—Precisamente una nueva utilidad del sol es lo que puso a la humanidad en peligro y a usted y a mí en esta encrucijada —dijo Rey Díaz.

—Y nuevos descubrimientos podrían salvarla —apostilló Allen—. Por eso quise invitarlo hoy aquí a ver amanecer.

El sol asomó por detrás del horizonte. El desierto que se extendía delante de ellos empezó a distinguirse de forma cada vez más nítida, tal como ocurría al revelar una fotografía, y Rey Díaz advirtió que aquel mismo lugar que un día sucumbió arrasado por las llamas de un fuego infernal aparecía ahora cubierto de dispersa vegetación.

—«Me he convertido en la muerte, esa gran destructora de mundos» —citó Allen.

—¿Qué? —exclamó Rey Díaz, volviéndose hacia él tan bruscamente como si le hubieran disparado a la espalda.

—Es la frase que pronunció Oppenheimer al presenciar la primera explosión. Creo que es una cita del Bhagavad-Gita.

La Rueda del Este se expandía con rapidez cubriendo la Tierra con la red dorada de su luz. Se trataba del mismo astro hacia el que un aciago día Ye Wenjie había orientado la antena de Costa Roja, el mismo que años antes había brillado mientras se asentaba el polvo levantado por la primera bomba nuclear. Tanto los australopitecos, hacía un millón de años, como los dinosaurios, hacía cien millones de años, habían dirigido sus estólidas miradas hacia él. Pero es que aun antes de eso, aquella tenue luz que una vez penetró en la superficie del océano primitivo para ser sentida por la primera célula de vida del planeta, también había sido emitida por él, aquel astro formidable al que no en vano llamaban rey, el Sol.

Allen añadió:

—A esa frase de Oppenheimer le siguió un comentario mucho menos poético de un hombre que se apellidaba Bainbridge: «Ahora todos somos unos hijos de puta».

—¿Qué está diciendo? —preguntó Rey Díaz, respirando de forma cada vez más trabajosa a medida que observaba aparecer el sol.

—Le estoy dando las gracias, señor Rey Díaz, porque a partir de ahora ya no somos unos hijos de puta.

En el este el sol se alzaba trazando un majestuoso arco que parecía querer declarar al mundo: «Frente a mí, todo cuanto existe es tan efímero como una sombra».

—¿Qué le ocurre, señor Rey Díaz?

Allen vio que Rey Díaz estaba en cuclillas, con una mano apoyada en el suelo y temblando de forma muy violenta. Pálido y con el cuerpo empapado de sudor, trataba de encontrar fuerzas para apartar la mano de la zarza de pinchos sobre la que la había apoyado.

—El coche… Vámonos al coche… —imploró con voz débil, volviendo la cabeza en dirección opuesta al sol y tratando de resguardarse de su luz. Era incapaz de levantarse.

Allen trató de ayudarlo, pero no pudo con su corpulencia.

—Traiga… el coche… —rogó Rey Díaz, ya casi sin resuello, protegiéndose los ojos con una mano a modo de visera. Allen fue en busca del coche, y cuando estuvo de regreso se lo encontró tirado en el suelo. Tuvo que hacer grandes esfuerzos para subirlo a la parte trasera.

—Gafas… de… sol —pidió Rey Díaz, recostado a medias sobre el asiento y extendiendo ansiosamente las manos. Allen le dio unas que encontró en la guantera y, en cuanto se las puso, empezó a recobrar el ritmo de la respiración. Luego, con un hilo de voz, añadió—: Estoy bien… Larguémonos de aquí, rápido…

—Pero ¿qué demonios ha ocurrido? ¿De verdad se encuentra bien?

—Creo que ha sido el sol.

—El sol… ¿Y desde cuándo le provoca esta reacción?

—Me acaba de pasar por primera vez.

A partir de aquel día, Rey Díaz fue víctima de esa peculiar fobia que lo llevaría al borde del colapso mental y físico cada vez que viera el sol.

—¿Ha sido un vuelo muy largo? ¡Vaya cara de cansancio trae! —le dijo Luo Ji a Shi Qiang cuando lo recibió.

—Vengo cansado, sí… Cuesta mucho encontrar aviones tan cómodos como el de aquella vez —respondió Shi Qiang al tiempo que miraba atentamente alrededor.

—¿Qué le parece el sitio? No está mal, ¿eh? —dijo Luo.

—Es terrible —contestó Shi, negando con la cabeza—. En tres de los cuatro flancos hay árboles, lo que hace que resulte muy fácil aproximarse sin ser visto. Luego, el lago: teniéndolo así de cerca, desde la otra orilla podrían enviar buzos a los que resultaría complicado detectar. Los prados de los alrededores sí me gustan, porque son espacios abiertos.

—Ya podría ser usted un poco más romántico…

—¡Oye, colega, que yo estoy aquí para trabajar!

—Y trabajo romántico es el que le tengo preparado —contestó Luo al tiempo que lo conducía a la sala de estar.

Shi la contempló sin mostrarse demasiado impresionado por su lujosa elegancia. Luo le sirvió una bebida en una copa de cristal, pero él la rechazó con un ademán.

—Este brandy tiene treinta años —dijo Luo.

—No puedo beber estando de servicio… —repuso Shi—. Venga, cuéntame de qué va esa historia del trabajo romántico.

—Da Shi, quería pedirle un favor.

—Luo se sentó a su lado—. En su anterior trabajo, ¿alguna vez tuvo que rastrear el país o quizás incluso el mundo en busca de alguien?

—Sí.

—¿Y se le daba bien?

—¿Encontrar gente? Claro.

—Perfecto. Quiero que encuentre a alguien. Una mujer de unos veinte años. Es parte del plan.

—¿Nacionalidad? ¿Nombre? ¿Dirección?

—Nada de nada. Hasta la posibilidad de que exista es baja.

Shi lo miró a los ojos unos segundos. Luego dijo:

—Has soñado con ella.

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