El bosque oscuro
Primera Parte. Los Vallados » Año 3 de la Era de la Crisis
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Luo asintió con timidez.
—He soñado con ella durmiendo y también despierto —admitió.
Shi también asintió. Luego dijo algo totalmente inesperado para Luo:
—De acuerdo.
—¿Qué?
—Que de acuerdo. Pero tienes que decirme qué aspecto tiene.
—Bueno, pues es… es asiática. Pongamos que china —explicó Luo mientras iba en busca de lápiz y papel—. La forma de su cara es… esta. Su nariz es así. Luego, la boca… no sé dibujar. Y sus ojos… ¡No me salen bien! ¿No tiene un… un programa de esos con los que, partiendo de una cara, uno va modificando rasgos y al final termina con un rostro fiel a la descripción de la persona que vio el testigo?
—Claro. Aquí mismo, en el portátil.
—¡Pues venga, sáquelo y pongámonos manos a la obra!
Shi Qiang se echó cómodamente en el sofá.
—No hará falta —dijo—. En vez de dibujarla, sigue hablándome de ella. Pero primero deja a un lado la apariencia y empieza por decirme qué clase de persona es.
Aquello accionó algún tipo de resorte en la mente de Luo, quien se puso en pie y comenzó a pasearse de un lado para el otro delante de la chimenea.
—Verá… ¿cómo decirlo? Ella vino a este mundo para ser como esa flor que nace en un vertedero, que de tan… de tan pura, de tan delicada, nada de cuanto la rodea puede contaminarla. Lo que sí puede es hacerle daño. ¡Sí, todo cuanto la rodea puede hacerle daño! Cuando la ves, tu primera reacción es protegerla. Bueno, más bien cuidarla, hacerle saber que estás dispuesto a pagar el precio que haga falta para mantenerla a salvo de la cruda realidad. Y luego también es… es tan… ¡Qué mal sé explicarme! No hago más que decir tonterías…
—Suele pasar. —Shi se echó a reír.
A Luo, aquella risa, la misma que al oírla por primera vez la había encontrado estúpida y soez, ahora le parecía dotada de una gran sabiduría, lo cual lo confortó.
—Pero tranquilo —añadió Shi—, creo que estás siendo lo bastante claro.
—De acuerdo —dijo Luo—. Entonces, sigo. Pues ella… ¡Ay, pero qué estoy haciendo! No hay palabras para expresar lo que siento por ella en mi corazón. —Parecía muy frustrado, como si quisiera arrancarse el corazón para enseñárselo.
—Olvídate de eso. —Shi le indicó con un ademán que se calmara—. Cuéntame qué pasa cuando estáis juntos. Cuantos más detalles me des, mejor.
Luo abrió los ojos con expresión de sorpresa.
—¿Y usted cómo sabe lo nuestro?
Shi volvió a reírse. Luego, mirando alrededor, preguntó:
—¿No tendrás algún puro por ahí para que me lo fume?
—¡Sí que tengo! —respondió Luo, tras lo cual se acercó a la repisa de la chimenea y abrió una exquisita caja de madera, de la que extrajo un grueso puro Davidoff. Le cortó un extremo con un no menos exquisito cortapuros en forma de guillotina, se lo entregó a Shi y se lo encendió con una varita de cedro diseñada especialmente para tal uso.
—Sigue —lo conminó Shi, que a continuación dio una calada y ladeó la cabeza con satisfacción.
Al contrario de lo que le había ocurrido antes, en esta ocasión Luo empezó a hablar de ella y ya no hubo quien lo parara. Explicó cómo la había visto cobrar vida aquella vez en la biblioteca, su aparición en una de sus clases, el encuentro de ambos frente a su chimenea imaginaria, la hermosura con que se reflejaba en el rostro de ella la luz de las llamas, que filtrada a través de aquella botella de vino la convertía en los ojos del amanecer. Entusiasmado, relató de principio a fin aquel viaje que hicieron en coche, que describió hasta el mínimo detalle: la imagen de los campos después de la nieve, el cielo azul que se extendía sobre pueblos y aldeas, aquellas montañas que parecían estar durmiendo la siesta bajo el sol y la noche que pasaron junto a una hoguera al pie de la montaña.
Al término de su relato, Shi apagó el puro y dijo:
—Muy bien, creo que con esto ya tengo bastante. Ahora trataré de adivinar algunas cosas sobre ella; tú dime si acierto o no.
—Genial.
—Veamos… Estudios: ha hecho una carrera universitaria, tal vez hasta algún posgrado, pero no más.
Luo Ji asintió.
—¡Sí, sí! Culta pero sin llegar al esnobismo; su educación y conocimientos no la separan del mundo, sino al revés, enriquecen más su vida.
—Probablemente sea de buena familia y haya llevado una vida quizá no de rica, pero sí más acomodada que la de la mayoría de las personas. Creció algo sobreprotegida por el amor de sus padres y no se relacionó demasiado con el mundo exterior, en especial con las capas más bajas de la sociedad.
—¡Correcto, absolutamente correcto! Bueno, ella nunca me ha hablado de sus circunstancias familiares, ni tampoco de ella misma, la verdad, pero yo imagino que ese debe de ser el caso.
—De acuerdo. Ahora, si me equivoco con alguna especulación, házmelo saber. Le gusta vestir…, cómo te lo explicaría…, de forma elegante pero sencilla, algo más sobria que la de las demás mujeres de su edad —explicó Shi mientras Luo asentía con cara de bobo una y otra vez—. Y siempre tiene que llevar una prenda o algo que sea de color blanco, ya sea una camisa o un collar, que contraste con la tonalidad oscura del resto.
—Da Shi, es usted… —musitó Luo, maravillado y con los ojos abiertos como platos.
Shi hizo caso omiso y prosiguió:
—Por último: no es muy alta, medirá cosa de… metro sesenta, y su complexión… bueno, digamos que es esbelta, que parece como si se la fuera a llevar el viento; eso hace que no parezca tan baja… Si quieres, me invento más cosas, pero ¿a que no voy desencaminado?
A Luo le faltó poco para arrodillarse ante él.
—Da Shi, me quito el sombrero… ¡Es usted Sherlock Holmes reencarnado!
Shi se puso de pie.
—Ahora ya puedo hacerte el retrato con el ordenador —dijo.
Aquella misma noche Shi le llevó a Luo su portátil con el retrato finalizado. Al verlo, Luo permaneció inmóvil, como bajo los efectos de un hechizo. Shi, que sin duda esperaba una reacción así, se acercó a la repisa de la chimenea, cogió otro puro, le cortó el extremo, lo encendió y empezó a fumárselo con satisfacción. Tras dar unas cuantas caladas, regresó junto a Luo y vio que seguía pegado a la pantalla.
—Dime lo que falla y lo cambiamos…
Luo se apartó al fin de la pantalla y, trabajosamente, se levantó y se dirigió a la ventana. A través de ella vio el reflejo de la luna sobre aquel distante pico nevado. Como en un sueño, murmuró:
—Nada.
—Eso me figuraba —dijo Shi, cerrando el portátil.
Todavía con la vista perdida en la distancia, Luo Ji describió a Shi de la misma manera que tantos otros lo habían hecho antes que él:
—Da Shi, es usted más listo que el demonio…
—Bah, no es nada —dijo Shi mientras se dejaba caer sobre el sofá—. Al fin y al cabo, los dos somos hombres…
Luo se volvió hacia él y exclamó:
—¡Pero la mujer ideal de cada hombre es distinta!
—Cada cierto tipo de hombres tiene su misma mujer ideal.
—¡Aun así, es increíble que la haya dibujado tan parecida!
—Bueno, eso es por todo lo que me has contado.
Luo fue hasta donde estaba el portátil y lo abrió de nuevo.
—Envíeme una copia —pidió. Después, mientras Shi lo hacía le preguntó—: ¿Podrá encontrarla?
—Ahora mismo solo estoy en situación de decirte que probablemente, pero no puedo descartar que no lo consiga.
—¿Qué? —dijo Luo, atónito.
—Hombre, en estos casos el éxito nunca está garantizado…
—No, no, si yo… —repuso Luo—. Es justo al contrario: esperaba que me dijera que se trata de algo prácticamente imposible pero que no descartaba que hubiese una posibilidad entre diez mil. Yo con eso ya me habría dado por satisfecho. —Volvió a mirar el dibujo de la pantalla y murmuró—: ¿De verdad puede existir alguien así en el mundo?
—¿Cuántas personas habrá visto en su vida el doctor Luo? —preguntó Shi en tono irónico.
—No tantas como usted, desde luego. Sin embargo, lo que sí sé es que en este mundo no hay nadie que sea perfecto; así pues, ¿cómo va a existir la mujer ideal?
—Como tú decías, me gano el pan localizando a personas concretas de entre decenas de miles, y gracias a esa experiencia puedo afirmar que en esta vida hay de todo, pero de todo, colega: gente perfecta, mujeres perfectas… Solo que aún no los has conocido.
—Es la primera vez que le oigo a alguien decir eso.
—Piensa que alguien que a ti te parece perfecto no tiene por qué parecérselo al de al lado. A mí, tu chica de los sueños…, yo le veo cosas que, bueno, para mí son defectos obvios. Así que hay posibilidades de encontrarla.
—Pero hay veces en que un director de cine busca al actor ideal para un papel entre decenas de miles de aspirantes y se queda sin encontrarlo.
—Porque no disponen de los mismos medios que yo. No voy a limitarme a buscar entre decenas de miles, ni entre cientos de miles. Nuestras herramientas y técnicas tienen mayor alcance y sofisticación que cualquiera de las que puedan tener a su disposición los directores o agencias de cásting. Los ordenadores de los centros de análisis de datos de la policía son capaces de encontrar, en apenas medio día, una cara coincidente en un registro de cien millones de imágenes… El único impedimento es que no estoy autorizado a usarlos, así que primero tendré que pedir permiso a los de arriba. Si me autorizan, ten por seguro que me esforzaré al máximo en dar con ella.
—Dígales que es vital que lo autoricen porque es una parte importante del Proyecto Vallado…
Shi le dedicó una sonrisa enigmática y a continuación se marchó.
—¿Cómo? —exclamó Kent sin dar crédito a lo que acababa de oír—. ¿Ahora tenemos que encontrarle…? —Hizo una pausa para tratar de recordar el término adecuado en chino—. ¿A la mujer de sus sueños? Lo siento, pero ya lo hemos consentido demasiado, me niego a presentar la petición.
—Estará violando un principio fundamental del Proyecto Vallado: hacer llegar al Consejo de Defensa Planetaria toda petición de su vallado, sin importar lo incomprensible que pueda parecer, para que sea ejecutada previa evaluación. Solo el consejo tiene derecho de veto —dijo Shi Qiang.
—¡No podemos seguir despilfarrando los recursos de la sociedad entera para que una persona como él se dedique a vivir a cuerpo de rey! Da Shi, a pesar de lo poco que llevamos trabajando juntos debo decir que le tengo un gran respeto. Es usted un hombre con experiencia y buen juicio; séame franco, ¿de verdad cree que Luo Ji se dedica a trabajar en serio en el Proyecto Vallado?
Shi se encogió de hombros.
—No lo sé —admitió. Levantó la mano para impedir que Kent lo interrumpiera y añadió—: Sin embargo, señor, es fruto de mi ignorancia, no la opinión de nuestros superiores. Esa es una de nuestras mayores diferencias: yo me limito a cumplir órdenes lo más fielmente posible, mientras que usted siempre tiene que preguntar el porqué.
—¿Y eso está mal?
—¡No es cuestión de que esté bien o mal! Si todo el mundo tuviera que tener claros los motivos que hay detrás de cada orden antes de ejecutarla, ya hace tiempo que el mundo estaría sumido en el caos más absoluto. Señor Kent, aunque posea un rango mucho mayor que el mío, en el fondo tanto usted como yo nos dedicamos a cumplir órdenes; debería entender que hay cosas en las que no nos corresponde pensar, basta con que llevemos a cabo nuestra tarea. Como no lo consiga, me temo que va a pasarlo mal.
—¡Pero si ya lo estoy pasando mal! Acabamos de gastarnos un dineral en un barril de vino… ¿A usted le parece propio de un vallado?
—¿Y qué es lo propio de un vallado?
Kent se quedó sin palabras por un instante.
—De haber un patrón de conducta definido —dijo Shi Qiang—, lo que hace Luo Ji podría encajar.
—¿Ah, sí? —preguntó Kent, asombrado—. ¿Me está diciendo que le ve aptitudes?
—Sí, se las veo.
—¿Y cuáles son, si puede saberse?
Shi le dio una palmada en el hombro.
—Pongamos que le hubiera pasado a usted, por ejemplo. De haberlo hecho a usted vallado, ¿verdad que habría intentado aprovecharse como él?
—¡Pero no habría llegado a tanto!
—Ahí está. Luo Ji sí. Le da igual todo. Mi viejo amigo Kent, ¿se cree que eso es fácil? Eso se llama entereza, y para lograr grandes cosas es lo que se necesita, entereza. Alguien como usted y como yo nunca será capaz de llegar a algo realmente importante.
—Pero es tan…, no sé…, si le importa tan poco todo, ¿cómo podemos estar seguros de que eso no incluye al Proyecto Vallado?
—¡Y dale! Llevo explicándoselo media hora y usted aún no me entiende: le digo que no lo sé. ¿Cómo puede estar usted seguro de que lo que el chico anda haciendo no forma parte de su plan? Le vuelvo a repetir que ni a usted ni a mí nos corresponde saber ni juzgar; debemos mantenernos al margen incluso en el caso de que lo que nos tememos sea cierto…
Shi se aproximó a Kent.
—Hay cosas —añadió bajando la voz— que requieren tiempo.
Kent lo miró fijamente durante unos instantes que se hicieron eternos hasta que, al final, sin estar seguro de haber entendido aquella última frase, terminó dándose por vencido.
—Está bien —concedió en tono de resignación—. Enviaré la petición. ¿Podría al menos enseñarme antes qué aspecto tiene la mujer de sus sueños?
En cuanto vio aparecer su imagen en la pantalla, el ajado rostro de Kent se suavizó por un momento.
—Oh… Cielo santo —dijo, acariciándose el mentón—. No creo, ni por un instante, que exista alguien así en el mundo…, pero de todos modos espero que la encuentren pronto.
—Coronel, ¿sería mucha intromisión por mi parte pedirle que me deje ser testigo de la labor ideológica y política que llevan a cabo en su ejército? —preguntó Tyler a Zhang Beihai nada más conocerlo.
—En absoluto, Tyler. Existe cierto precedente: Rumsfeld visitó una vez la academia de la Comisión Militar Central cuando yo estudiaba allí.
Zhang Beihai carecía de la curiosidad, la cautela y la distancia que Tyler había observado en el comportamiento de los demás oficiales que había conocido. Aparte de eso, parecía ser sincero, lo que facilitaba enormemente la comunicación.
—Habla usted un inglés excelente —dijo Tyler—. Debe de pertenecer a la marina.
—Así es. La fuerza espacial de su país incluye antiguos miembros de la marina en mayor proporción que la nuestra.
—Nadie en la historia de esa venerable rama del ejército imaginó jamás que lo que un día surcarían sus naves sería el espacio… Para serle sincero, cuando el general Chang me habló de usted describiéndolo como el cuadro político más abnegado de la fuerza espacial, di por sentado que pertenecería al ejército de tierra, porque ahí es donde está el alma de su ejército.
Aun estando en claro desacuerdo, Zhang le brindó una sonrisa cortés.
—El resto de ramas de nuestro ejército comparte esa misma alma —dijo Zhang—. Las nacientes fuerzas espaciales de cada país llevan impresa la marca de sus respectivas culturas militares.
—Estoy muy interesado en la labor política e ideológica que lleva a cabo. Quisiera tener la posibilidad de investigarla a fondo.
—No habrá inconveniente. Mis superiores me han dado permiso para compartir con usted toda la información que precise referente a mi trabajo.
—¡No sabe cómo me alegra oír eso! —celebró Tyler, y, tras dudar por un instante, añadió—: El propósito principal de mi visita es obtener respuesta a una pregunta. Si no le importa, me gustaría empezar por hacérsela a usted.
—Cómo no. Adelante —repuso Zhang.
—Coronel, ¿cree usted posible revivir el espíritu de los ejércitos del pasado?
—¿A qué pasado se refiere exactamente?
—A un período de tiempo muy prolongado —respondió Tyler—, cuyo principio podríamos fijar en la antigua Grecia y que llegaría hasta la Segunda Guerra Mundial, en el que la responsabilidad y el honor estaban por encima de todo y, llegado el caso, no se dudaba a la hora de dar la vida por ellos. Como sin duda usted sabrá, después de la Segunda Guerra Mundial ese espíritu desapareció de los ejércitos tanto de países democráticos como autoritarios.
—El ejército refleja la sociedad que lo nutre, de modo que reinstaurar en él ese espíritu del que habla requeriría hacerlo también en la sociedad.
—Estamos de acuerdo.
—Pero eso es imposible, señor Tyler.
—¿Y eso por qué? Disponemos de cuatrocientos años. En el pasado, la sociedad humana tardó ese mismo tiempo en pasar de la era del heroísmo colectivo a la del individualismo, ¿por qué no vamos a poder volver a hacer el cambio pero en sentido contrario?
Después de reflexionar unos instantes, Zhang Beihai dijo:
—Es un tema bastante profundo, pero yo lo veo como si la sociedad fuese una persona que hubiera crecido y no pudiese regresar a su infancia. En los cuatrocientos años previos al momento actual no hubo nada que nos preparara cultural ni mentalmente para una crisis como a la que nos enfrentamos.
—¿En qué basa entonces su confianza? Tengo entendido que es usted un triunfalista acérrimo. ¿Cómo una flota espacial lastrada por el derrotismo va a ser capaz de enfrentarse a un enemigo poderoso?
—Usted mismo acaba de decirlo —respondió Zhang—: disponemos de cuatrocientos años. La imposibilidad de volver al pasado no impide avanzar con paso firme hacia el futuro.
Aquella vaga respuesta fue todo lo que Tyler logró sonsacarle a Zhang Beihai. Lo único que consiguieron sus preguntas posteriores fue cimentar aún más la sensación de que aquel hombre albergaba intenciones mucho más profundas de lo que uno podía averiguar en el transcurso de una visita tan breve.
Al salir por la puerta del cuartel general de la fuerza espacial y pasar por delante del centinela, a Tyler le llamó la atención la tímida sonrisa con que este lo saludó. Aquella actitud era completamente distinta de la que venía observando en sus visitas a los ejércitos de los demás países, donde invariablemente los centinelas mantenían la vista fija al frente. Pensando en esa cara joven y en su sonrisa, una vez más Tyler repitió para sí esa misma frase: «Madre, voy a convertirme en luciérnaga».
Aquella tarde comenzó a llover por primera vez desde que Luo Ji había llegado. Hacía bastante frío en la sala de estar. Sentado delante de la chimenea apagada, Luo se dedicaba a escuchar el sonido de la lluvia que caía en el exterior mientras imaginaba que la casa se alzaba en una isla desierta perdida en mitad de un océano oscuro. Se dejó envolver por aquella soledad sin límite. Desde que Shi Qiang se había marchado, él pasaba los días y las noches inquieto y a la espera, pero era esta una suerte de espera dulce que se parecía mucho a la felicidad.
De pronto oyó que se aproximaba un coche y aparcaba; luego, retazos de una conversación. Escuchar una joven voz femenina pronunciando las palabras «gracias» y «adiós» tuvo un efecto electrizante en todo su ser.
Dos años antes, escuchó aquella misma voz en sus sueños tanto nocturnos como diurnos. Su sonido etéreo, un fino hilo de seda flotando por el azul del cielo, iluminó por un instante aquella tarde plomiza.
Entonces oyó que llamaban a la puerta con suavidad. Pasó un buen rato sentado y sin moverse, incapaz de reaccionar, hasta que atinó a abrir la boca para decir «adelante». La puerta se abrió y, envuelta en el perfume de la lluvia, una grácil figura se coló en la habitación. La única luz que había encendida en toda la sala era la de una de esas lámparas de pie de estilo clásico con pantalla, que proyectaba un potente círculo de luz en el suelo, al lado de la chimenea, pero dejaba el resto de la habitación en penumbra. Luo no pudo verle la cara de inmediato, pero sí se fijó en que llevaba pantalones blancos y una chaqueta oscura cuya tonalidad contrastaba con el purísimo blanco del cuello del jersey. A él le vino la imagen de un lirio.
—Hola, señor Luo —oyó que le decía ella.
—Hola —respondió él, levantándose al fin—. ¿Hace mucho frío fuera?
—Dentro del coche no —la escuchó decir, y aunque aún no la veía con claridad, Luo supo que le estaba sonriendo—, pero aquí —añadió mirando alrededor— sí que hace un poco…, eh… Disculpe mis malos modales, señor Luo. Me llamo Zhuang Yan.
—Es un placer, Zhuang Yan. Vamos a encender el fuego —dijo Luo, tras lo cual se arrodilló y empezó a amontonar troncos en el interior de la chimenea—. ¿Alguna vez habías visto una? —añadió—. Ven, siéntate.
Todavía en la penumbra, ella se acercó y, tras sentarse en el sofá, respondió:
—Pues… solo en las películas.
Entonces Luo encendió una cerilla y con esta una yesca que había colocado debajo de los troncos. Al instante, la llama surgió con el mismo ímpetu que si estuviera viva y, a la luz de su dorado resplandor, por fin la muchacha tomó forma. Luo mantuvo la cerilla entre los dedos mientras se iba consumiendo. Lo hizo a propósito: necesitaba sentir dolor para cerciorarse de que no estaba soñando. Se sentía como si hubiera incendiado un sol que había mantenido dentro de aquella habitación para alumbrar aquel sueño hecho realidad. Por lo que a él se refería, el verdadero sol podía seguir oculto tras las nubes y la oscuridad nocturna durante toda la eternidad… siempre y cuando ella y la luz de las llamas siguieran habitando su mundo.
«Da Shi, de verdad es usted más listo que el demonio. ¿De dónde diablos la ha sacado? Y ¿cómo se las arregló para dar con ella?».
Luo Ji apartó la vista para posarla en el fuego y se le llenaron los ojos de lágrimas. En un primer momento sintió vergüenza de que ella lo viera así, pero luego se dio cuenta y comprendió que no tenía por qué esconderse, que además ella probablemente iba a pensar que el humo le había hecho saltar las lágrimas. De todos modos se las secó con la manga de la camisa.
—¡Pero qué calentito se está aquí, me encanta! —exclamó ella, sonriendo al ver las llamas.
Luo Ji sintió que aquellas palabras le hacían temblar el alma.
—¿Por qué es todo así? —preguntó ella, mirando alrededor por segunda vez.
—¿No es como te lo imaginabas?
—No.
—¿Le falta…? —Luo Ji hizo una pausa para recordar su nombre—. ¿Le falta distinción, quizá?
Ella volvió a sonreír.
—Mi nombre se escribe con el yan que significa color, no el de distinción —explicó, consciente de la alusión.
—Ah… Igual pensabas encontrarte con montones de mapas, una gran pantalla, generales de uniforme, y a mí señalando cosas con una varita de metal, ¿no?
—Eso mismo exactamente, señor Luo —respondió ella, entusiasmada y luciendo una sonrisa tan espléndida como una rosa. Luo se puso de pie.
—Estarás cansada por el viaje. Toma un poco de té —ofreció él, y después dudó—. ¿O prefieres mejor un poco de vino? Para quitarte el frío…
Ella asintió.
—Muy bien.
Ella aceptó la copa de su mano con un tímido gracias y tomó un pequeño sorbo.
Verla sosteniendo la copa de aquel modo inocente consiguió conmoverlo. Había bebido sin pensárselo dos veces, totalmente confiada, como si nunca en la vida hubiera sentido recelo de nada ni nadie. Sin duda, el mundo estaba lleno de peligros acechando a la espera de poder hacerle daño, pero no allí; allí se sentiría cuidada, allí tendría su castillo. Se sentó a su lado para mirarla mejor. Luego, con la mayor calma que pudo, le preguntó:
—¿Qué te dijeron antes de venir?
—Que venía a trabajar, claro —respondió ella, dedicándole aquella sonrisa inocente que a él le rompía el corazón—. Señor Luo, ¿en qué consistirá mi trabajo exactamente?
—¿Cuáles son tus estudios?
—Estudié pintura tradicional china en la Academia de Bellas Artes Central.
—Ah. ¿Ya te graduaste?
—Sí, hace poco, y andaba buscando algo en lo que trabajar mientras preparo el examen de ingreso de la escuela de posgrado.
Luo pensó durante un buen rato, pero al final no se le ocurrió nada que mandarle.
—Bueno, del trabajo ya hablaremos mañana. Ahora debes de estar cansada, así que lo primero es que duermas bien… ¿Te gusta el sitio?
—No sé… viniendo del aeropuerto había mucha niebla, encima ha oscurecido muy pronto, de modo que no he podido ver nada… Señor Luo, ¿dónde estamos?
—Pues no lo sé.
Ella le dedicó una mueca de incredulidad.
—De verdad que no lo sé —insistió él—. Tiene pinta de ser Escandinavia… Si quieres, ahora mismo llamo y lo pregunto —dijo, aproximándose hasta donde estaba el teléfono.
—No, no lo haga, señor Luo. Es más bonito no saberlo.
—¿Y eso por qué?
—En cuanto uno sabe dónde está, el mundo encoge.
A Luo se le hizo un nudo en la garganta.
Entonces, de repente ella exclamó:
—¡Señor Luo, venga a ver lo bonito que es el vino a la luz del fuego!
Filtrada a través del vino, la luz de las velas adquiría una diáfana tonalidad granate que parecía sacada de un sueño.
—¿Tú qué piensas que parece? —le preguntó, conteniendo la respiración.
—Pues me parece que son ojos.
—Los ojos del anochecer, ¿no?
—¿Los ojos del anochecer? Qué manera tan maravillosa de expresarlo, señor Luo.
—Pero ¿tú cuál prefieres: el amanecer o el anochecer? Yo apostaría a que el segundo.
—Pues sí, ¿cómo lo ha sabido? Me encanta pintarlo —contestó ella, mirándolo con extrañeza como si se estuviera preguntando si aquello tendría algo de malo. La luz de las llamas dotaba a sus ojos de un brillo cristalino.
A la mañana siguiente el cielo había despejado y Luo Ji pensó que los cielos debían de haber decidido lavar el jardín del Edén para dejarlo en condiciones de recibir a Zhuang Yan. Cuando se lo enseñó y ella pudo verlo en todo su esplendor por vez primera, su reacción fue muy distinta de la que habría cabido esperar en una mujer tan joven: no le oyó ninguna exclamación hueca ni lugar común alguno. No, ante una vista tan majestuosa como aquella, se sintió tan genuinamente abrumada por la emoción que no tuvo palabras para describir lo que sentía. Era evidente que era muchísimo más sensible a la belleza que el resto de mujeres.
—¿Así que te gusta pintar? —se interesó él.
Caminaron hasta el final del muelle. Al ver que el viento era propicio, Luo propuso salir a navegar hasta que luego, al atardecer, volviera a cambiar la dirección del viento y pudieran regresar. La tomó de la mano para ayudarla a subir al velero. Era la primera vez que la tocaba; sus manos tenían exactamente el mismo tacto que las que había imaginado sostener aquella lejana noche de invierno. Desde el mismo momento en que lo vio izar el spinnaker, ella ya quedó maravillada. Después, al poco de zarpar, hundió la mano en el agua.
—Cuidado, está muy fría —le advirtió él.
—¡Pero es tan limpia y cristalina!
«Como tus ojos», pensó él.
—¿Te gustan los picos nevados?
—Me gusta la pintura tradicional china.
—¿Qué tienen que ver con ella los picos nevados?
—Señor Luo, ¿conoce usted la diferencia entre la pintura tradicional china y la occidental, por ejemplo al óleo? Los óleos están siempre llenos de ricos colores; un maestro pintor dijo una vez que en ellos el blanco es tan precioso como el oro. Con una pintura tradicional china ocurre todo lo contrario: casi todo es un espacio en blanco, el cual se usa para atraer y guiar la atención del espectador; el paisaje en sí es solamente el borde del espacio en blanco. Mire aquel pico nevado, ¿verdad que parece una pintura tradicional china?
Aquello era lo más largo que le había dicho desde que la conocía. Le hablaba con gran entusiasmo, aleccionándolo y haciendo que el vallado todopoderoso pasara a colegial ignorante sin que en ningún momento se le ocurriera poder estar fuera de lugar.
«Tú sí que pareces el espacio en blanco de una pintura tradicional: sencilla y pura, pero infinitamente atractiva a la sensibilidad madura», pensó él, observándola.
Amarraron en el muelle de la orilla opuesta, donde vieron un Jeep descapotable aparcado junto a los árboles. El conductor que lo había traído hasta allí se había ido.
—¿Este coche es militar? —preguntó ella al subirse—. Al llegar he visto tropas en los alrededores. Hemos tenido que pasar tres puestos de centinela.
—No te preocupes, que no nos molestarán —respondió él, al tiempo que ponía en marcha el motor.
La carretera que atravesaba el bosque era estrecha y accidentada, pero el coche se mantuvo estable en todo momento. En el interior del bosque, donde aún no se había levantado la niebla matutina, el sol penetraba entre los pinos en forma de haces de luz, e incluso por encima del ruido del motor se oía el canto de infinidad de pájaros. Una suave brisa alborotó la melena de Zhuang Yan, echándosela a la cara a Luo, el cual sintió unas cosquillas que le trajeron a la mente aquel viaje que había hecho hacía dos inviernos.
A pesar de que nada de cuanto los rodeaba se parecía remotamente a las montañas Taihang o a las llanuras del norte de China, sus sueños sobre aquel viaje estaban tan fuertemente conectados a la realidad que estaba viviendo aquel día que le costó trabajo creer que de verdad estuviera pasándole. Cuando giró la cabeza para mirar a Zhuang Yan se sorprendió de ver que ella lo observaba, al parecer desde hacía un buen rato. La forma en que lo miraban sus ojos era una mezcla de curiosidad, bondad e inocencia. Los rayos del sol iluminaban intermitentemente su cuerpo y su cara. Cuando vio que la miraba, no se giró.
—Señor Luo, ¿de verdad tiene usted la habilidad de vencer a los extraterrestres? —preguntó.
Aquella candidez lo dejó abrumado. Nadie sino ella podía haberle hecho esa pregunta a un vallado, máxime con lo poco que hacía que se conocían.
—Zhuang Yan, el objetivo del Proyecto Vallado es encapsular la estrategia real de la humanidad en la mente de una sola persona, pues ese es el único lugar del mundo a salvo de la mirada de los sofones. Tuvieron que elegir a varias personas, pero el hecho de que fueran elegidas no las convierte en superhombres. Los superhombres no existen.
—Pero ¿por qué lo eligieron a usted?
Aunque aquella pregunta era todavía más abrupta y osada que la anterior, en boca de Zhuang Yan resultaba totalmente natural. Y es que la limpia pureza de su corazón era incapaz de irradiar otra cosa que luz.
Luo Ji detuvo el coche. Ella se quedó muy sorprendida al mirarlo y ver que fijaba la vista en la carretera.
—Los vallados somos las personas menos fiables de la historia —afirmó Luo, solemne—. Los mayores mentirosos del mundo.
—Ese es su cometido —arguyó ella.
Él asintió.
—Pero Zhuang Yan, a ti voy a decirte la verdad. Por favor, créeme.
—Continúe, por favor. Le creo.
Luo guardó silencio durante un buen rato, lo cual no hizo más que añadir peso a lo que dijo a continuación:
—Lo cierto es que no sé por qué me escogieron —dijo Luo. Luego, al fin, se giró para mirar su reacción—. Tan solo soy un hombre normal y corriente.
—Debe de ser muy duro para usted…
Aquella muestra de empatía, sumada a la expresión inocente de Zhuang Yan, consiguieron hacerle brotar las lágrimas. Era la primera vez que alguien reconocía la dificultad de su tarea como vallado. Encontró su paraíso en los ojos de aquella muchacha, pues por ninguna parte de su cristalina mirada halló rastro alguno de aquella misma expresión que todos los demás solían dirigir a los vallados. Su sonrisa fue además su paraíso, pues no se trataba de la sonrisa del vallado, sino una sonrisa pura e inocente como una gota de rocío que, brillando a la luz del sol, hubiera ido a posarse delicadamente sobre la parte más oscura de su alma.
—Es duro… y va a serlo aún más, por eso de momento me gustaría hacerlo más llevadero… Y ya está, aquí se acabó la verdad. Ahora vuelvo a ser un vallado —dijo él, mientras ponía en marcha el motor.
Siguieron conduciendo en silencio hasta que la espesura comenzó a clarear y las copas de los árboles se abrieron para dar paso a un enorme cielo azul.
—¡Señor Luo, mire, un águila! —gritó Zhuang Yan, señalando hacia arriba.
—¡Y aquello de allí parece un ciervo! —añadió raudo Luo, señalando en dirección opuesta para distraerla porque sabía que lo que los sobrevolaba no era ningún águila sino un dron patrulla. Aquello le hizo pensar en Shi Qiang, de modo que cogió el teléfono y marcó su número.
—¡Luo, tío! —contestó Shi al momento—. ¡Ya iba siendo hora de que te acordaras de mí! Primero de todo, cuéntame: ¿qué tal le va a Yan Yan?
—Bien. Excelente. Fenomenal. ¡Gracias!
—Genial. Con eso ya he completado mi misión final.
—Misión final… ¿Dónde está?
—En casa, preparándome para la hibernación.
—¿Qué?
—Tengo leucemia. Me voy al futuro a que me la curen.
Luo Ji pisó a fondo el pedal de los frenos y el coche se paró en seco. A Zhuang se le escapó un grito. Él la miró alarmado, pero al ver que no le había pasado nada, volvió a su conversación con Shi Qiang.
—Pero… ¿todo esto cuándo ha pasado?
—Enfermé hará cosa de un año. Quedé expuesto a radioactividad durante una misión.
—Cielo santo… ¿No me diga que ha estado aplazando el tratamiento por mi culpa?
—Bah, tal y como está la cosa, no venía de ahí… Oye, quién sabe los avances médicos que habrá en el futuro…
—No sabe cuánto lo siento, Da Shi. De verdad.
—Tranquilo. Es parte de mi trabajo. Oye, no quería molestarte con ello porque imagino que volveremos a vernos, pero por si acaso no fuera así, querría decirte una cosa.
—Claro, cómo no.
Tras un prolongado silencio, Shi Qiang dijo:
—«Tres son las actitudes con que el hijo evidencia su falta de devoción filial; de entre las cuales no tener descendencia es la más grave»[6]. ¡Luo, colega, como hijo adoptivo mío que te considero, dejo en tus manos la responsabilidad de asegurar que el linaje de los Shi siga vivo dentro de cuatrocientos años!
La llamada se interrumpió ahí. Luo Ji miró al cielo, justo en la parte de donde había desaparecido el dron. Su corazón se había quedado igual de vacío que aquel cielo raso.
—¿Estaba hablando con el señor Shi? —preguntó Zhuang.
—Sí, ¿lo conoces?
—Sí. Es un buen hombre. Lo conocí el día que vine; el pobre se había hecho un rasguño en la mano y no le paraba de sangrar, nos llevamos un pequeño susto.
—Ah… ¿Y te dijo algo?
—Me dijo que se dedicaba a la labor más importante del mundo y me pidió que le ayudara cuanto pudiese.
Para entonces el bosque había desaparecido y solo la gran llanura que atravesaban se interponía entre ellos y la montaña. La paleta de plateados y verdes que daba color a aquella parte del mundo era sencilla y natural, lo cual, a ojos de Luo, no podía estar más en consonancia con aquella chica que se sentaba a su lado. Tras ver cierto aire de melancolía en sus ojos, advirtió que además estaba suspirando en silencio.
—¿Qué te pasa, Yan Yan? —le preguntó. Era la primera vez que la llamaba así, pero se había dicho que si Shi Qiang se permitía referirse a ella con aquel apelativo cariñoso, él también podía.
—Con lo bonito que es el mundo… Solo de pensar que algún día no habrá nadie para admirarlo, me entra una pena enorme.
—Bueno, estarán los extraterrestres, ¿no?
—No creo que sean capaces de apreciar la belleza.
—¿Y eso por qué?
—Mi padre me dijo una vez que las personas con sensibilidad estética son buenas por naturaleza, que el que no es bueno es incapaz de apreciar la belleza.
—Yan Yan, la actitud que tienen los trisolarianos hacia los humanos solo es fruto de un juicio racional. No tiene nada que ver con la bondad ni con la maldad, sencillamente es la opción más responsable para asegurar la supervivencia de su especie.
—Es la primera vez que oigo a alguien hablar así de ellos. Señor Luo, usted los verá, ¿verdad?
—Quizá.
—Si de verdad son como usted afirma y termina venciéndolos en la batalla del Día del Juicio Final… ¿podría…? —Zhuang Yan guardó silencio y se lo quedó mirando con la cabeza ladeada, dudando si continuar.
Él estuvo a punto de decir que sus posibilidades de victoria eran prácticamente nulas, pero se contuvo, y en lugar de eso preguntó:
—Podría… ¿qué?
—Concederles espacio para que convivieran en paz con nosotros. ¿No sería maravilloso? ¿Qué necesidad hay de echarlos para que mueran en el espacio?
Luo tardó unos segundos en contener la emoción que lo embargó al escuchar aquello. Luego, señalando en dirección al cielo, dijo:
—Yan Yan, yo no soy el único que ha oído lo que acabas de decir.
—Ay, sí —repuso ella, mirando hacia arriba con recelo—. Debe de haber montones de sofones alrededor de nosotros.
—Quién sabe si habrá llegado a oídos del mismísimo Prínceps de Trisolaris.
—Y ahora se estará riendo de mí, ¿verdad?
—¡No! Yan Yan, ¿sabes lo que he pensado? —Luo reprimió el impulso de tomar su delicada mano izquierda, que tenía cerca del cambio de marcha, y añadió—: Me he preguntado si esa persona con posibilidades reales de salvar el mundo no serás tú.
—¿Yo? —exclamó ella con expresión de sorpresa, echándose a reír.
—Sí, tú. Pero tú sola, no. Quiero decir que debería haber más gente como tú. Si por lo menos un tercio de la humanidad fuese de tu parecer, Trisolaris podría negociar con nosotros la viabilidad de coexistir en el mundo. Pero tal y como están las cosas… —Luo soltó un suspiro.
Zhuang Yan esbozó una triste sonrisa.
—Señor Luo, la vida no ha sido fácil para mí. Tras graduarme, cuando tuve que enfrentarme al mundo real me sentí como un pez que nada en la inmensidad del océano y de repente topa con aguas turbias que le impiden ver adónde va. Quise nadar hacia aguas más calmadas, pero tanto nadar terminó por agotarme…
«Ojalá yo sea capaz de ayudarte a nadar hasta esas aguas», pensó Luo.
A medida que subían la montaña, la carretera era cada vez más empinada y la vegetación más escasa, revelando la negra desnudez de la roca. Durante un tramo les pareció como si estuvieran conduciendo por la superficie de la luna. Sin embargo, al cabo de un rato cruzaron la línea de nieve y se vieron rodeados de blancura y aire fresco. Luo sacó dos chaquetas de la bolsa de viaje del asiento trasero del coche, se las pusieron y reemprendieron la marcha.
Al poco, alcanzaron el punto donde la carretera se interrumpía. Después de aparcar junto a un cartel que rezaba PELIGRO: TEMPORADA DE ALUDES, fueron andando hasta una explanada nívea.
El sol había comenzado a descender, proyectando sombras en torno a ellos. La nieve pura poseía una leve tonalidad azul casi fluorescente. Los escarpados picos que se alzaban en la lejanía seguían iluminados y emitían un brillo plateado que se expandía en todas las direcciones; aquella luz parecía surgir de la misma nieve, como si no hubiera sido el sol sino la montaña la que estuviese iluminando el mundo desde el principio.
—¡Esta pintura sí que es solo espacio en blanco! —exclamó él, extendiendo los brazos y mirando alrededor.
Extasiada, Zhang Yan absorbía con todos los sentidos la belleza de aquel mundo pálido.
—Señor Luo, una vez pinté una así, de verdad. Desde lejos daba la impresión de no ser más que un folio en blanco, pero al acercarse uno veía que en el rincón inferior derecho había unos juncos, que en el rincón superior derecho quedaba el rastro dejado por un pájaro que acababa de echarse a volar y que luego, en mitad de la blancura del centro, dos personas diminutas… De todas mis pinturas, esa es de la que me siento más orgullosa.
—Casi puedo imaginármela. Debe de ser magnífica… Bueno, Zhuang Yan, ahora que ya estamos en este mundo en blanco, ¿te apetece saber más acerca de cuál va a ser tu trabajo?
Ella asintió. Parecía muy ansiosa.
—Tú estás al corriente de lo que es el Proyecto Vallado —continuó Luo—, y sabes que su éxito reside en su incomprensibilidad. Llevado a su máxima expresión, no hay nadie en la Tierra ni en Trisolaris, a excepción del vallado mismo, que sea capaz de comprenderlo. Por eso, Zhuang Yan, debo empezar asegurándote que, sin importar lo inexplicable que pueda parecerte, todo lo que harás en tu trabajo tiene su razón de ser. Pero no intentes buscársela. No se trata de entender, sino de hacer lo que tengas que hacer.
—Entiendo —repuso ella, sonriendo con nerviosismo al tomar conciencia de sus palabras—. Quiero decir que haré lo que me pide.
Al verla rodeada de nieve, Luo sentía que la blancura reinante perdía su dimensionalidad y el mundo se desvanecía para dejarla como única presencia. Si dos años antes, después de que cobrase vida aquel personaje literario de su creación, había llegado a conocer el amor, ahora, en aquel vasto espacio en blanco de aquella gran pintura natural, comprendió lo profundamente misterioso de su naturaleza.
—Zhuang Yan —dijo él—, tu trabajo es procurar ser lo más feliz posible.
Ella abrió los ojos como platos.
—Debes convertirte en la mujer más feliz de este planeta —continuó él—. Es parte de mi plan como vallado.
La luz de aquel pico que iluminaba su mundo se reflejó en los ojos de Zhuang Yan y resaltó el cúmulo de emociones que se adivinaba tras la pureza de su mirada. La nieve absorbía todos los sonidos del mundo exterior. Él esperó pacientemente hasta que al fin ella, con una voz que parecía llegada desde muy lejos, dijo:
—Y… ¿qué debería hacer?
—¡Lo que tú quieras! —respondió él con súbita excitación—. Mañana o esta noche, cuando estemos de vuelta, ve adonde quieras y haz lo que quieras, dedícate a vivir como mejor te plazca. Como vallado, tengo medios para ayudarte a conseguirlo…
—Pero… —Ella le dirigió una mirada indefensa—. Yo no necesito nada, señor Luo.
—Eso es imposible, ¡todo el mundo necesita algo! ¿No andabais siempre los jóvenes persiguiendo algo?
—¿Perseguir algo, yo? Pues… —Zhuang Yan hizo una pausa, pensativa. Luego negó con la cabeza—. No. Yo diría que no.
—¡Ah, la dulce despreocupación de la juventud! Pero al menos tendrás un sueño, ¿no? Gustándote como te gusta pintar, ¿nunca has soñado con exponer tus obras en alguna prestigiosa galería de arte o en alguno de los grandes museos del mundo?
Ella se echó a reír como lo hubiera hecho con la loca ocurrencia de un niño.
—Señor Luo, yo pinto para mí. Jamás se me ha ocurrido nada de eso.
—Bueno, pues entonces habrás soñado con encontrar el amor —dijo él de inmediato—. Ahora tienes los medios, ¿por qué no sales en su busca?
Conforme el sol poniente apartaba su luz del pico nevado, la mirada de Zhuang Yan se fue ensombreciendo. Pero su expresión se suavizó.
—Señor Luo —dijo, con voz queda—, eso no es algo que uno pueda proponerse salir a buscar…