El bosque oscuro

El bosque oscuro


Primera Parte. Los Vallados » Año 3 de la Era de la Crisis

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—Cierto. Cierto —reconoció él, asintiendo al tiempo que miraba alrededor para tratar de serenarse—. Entonces, ¿qué te parece hacer lo siguiente? No pienses a largo plazo, solo céntrate en mañana. ¡Mañana! ¿Adónde te apetecería ir mañana? ¿Para hacer qué? ¿Qué es lo que te haría más feliz? ¡Digo yo que algo se te ocurrirá!

Ella pasó un buen rato pensándolo a conciencia.

—¿De verdad va a ayudarme a hacerlo realidad, sea lo que sea? —preguntó por fin.

—Claro que sí. Dímelo, venga.

—Señor Luo… ¿podría usted llevarme al Louvre?

Cuando le quitaron la venda, Tyler no necesitó entornar los ojos para que se acostumbraran a la luz. A pesar de los potentes focos que colgaban de sus paredes, el interior de aquella cueva montañosa era bastante oscuro, pues la roca absorbía la luz. Lo primero que percibió fue olor a desinfectante, a continuación reparó en que aquella cueva tenía más bien el aspecto de un hospital de campaña: aquí y allá había montones de cajas de aluminio repletas de medicamentos rigurosamente clasificados, bombonas de oxígeno, armarios de luz ultravioleta, varias lámparas quirúrgicas de luz fría portátiles y equipos médicos con aspecto de ser máquinas de rayos X portátiles y desfibriladores.

Daba la sensación de que todo acabara de ser desempaquetado y de que en cualquier momento podía ser necesario volver a trasladarse. También vio dos fusiles de asalto colgados en una pared, aunque la similitud de su color y el de la piedra los hacía casi indistinguibles. Un hombre y una mujer de expresión pétrea pasaron por su lado sin dirigirle la palabra. Aunque no llevaran bata blanca, pensó que debían de ser un doctor y una enfermera.

La cama, justo al lado de la entrada a la cueva, era un mar de blancura: blancas eran las cortinas que tenía detrás, blancas las sábanas, las ropas del hombre debajo de estas, la barba del hombre, su turbante e incluso su cara. La luz en aquel rincón particular era tenue como la de las velas y cubría con un leve halo dorado aquello que no quedaba oscurecido. La escena parecía una clásica pintura al óleo de un santo.

Tyler reprimió un exabrupto.

«Joder, cómo está», pensó.

Se aproximó a la cama tratando de caminar a un ritmo pausado y constante que le permitiera aguantar el dolor que sentía en la cadera y los muslos. Se detuvo a su pie, quedando frente a frente con aquel hombre que él y su gobierno llevaban años tratando de encontrar. Casi no podía creer que aquello estuviera ocurriendo. Al observar de cerca el rostro demacrado del hombre, comprobó que lo que siempre se había dicho en los medios era cierto: aquel era el rostro más bondadoso del mundo.

Qué gran enigma era, verdaderamente, el hombre.

—Es un honor conocerlo —dijo Tyler con una leve inclinación de la cabeza.

—Igualmente —respondió cortésmente el hombre. No se movió, pero a pesar de la debilidad de aquel hilo de voz con el que hablaba, este, al igual que el de la araña, transmitía un gran poder.

Cuando señaló con la mano los pies de la cama, Tyler se sentó lentamente, diciéndose que debía de tratarse de un gesto de cortesía, pues no veía ninguna silla.

—¿Ha sido su primer viaje en mula? —le preguntó el hombre—. Estará usted cansado con tanto traqueteo…

—Eh… no, no; monté en una hace ya tiempo, durante una visita al Gran Cañón del Colorado —respondió Tyler, omitiendo que esa vez no le habían dolido tanto las piernas—. ¿Se encuentra bien de salud?

El hombre negó lentamente con la cabeza.

—Como sin duda apreciará, no me queda mucho —respondió, y de lo más profundo de su mirada surgió un súbito brillo de malicia—. Soy consciente de que es la última persona en el mundo que querría verme morir de enfermedad. No imagina lo mucho que lo siento.

A Tyler le escoció el tono irónico de la última frase, pero estaba en lo cierto: hubo un tiempo en el que uno de sus mayores miedos había sido que aquel hombre muriera de viejo o a causa de alguna enfermedad. Como secretario de Defensa de Estados Unidos, en más de una ocasión había rogado a Dios que lo alcanzara un misil de crucero americano o que una bala de las fuerzas especiales le atravesara la cabeza aunque solo fuese un minuto antes de morir por cualquier otro motivo. Fallecer por causas naturales supondría el mayor de los triunfos para aquel hombre y el mayor de los fracasos en la guerra contra el terror, y ahora estaba a punto de lograrlo. Lo cierto era que no habían faltado ocasiones para impedírselo; por ejemplo, una vez un dron Predator logró localizarlo en el patio de una mezquita situada en las montañas del norte de Afganistán. Con solo hacer que el dron le cayese encima se habría hecho historia, sobre todo teniendo en cuenta que en esa ocasión transportaba misiles Hellfire. Sin embargo, al joven oficial de guardia al mando del dron le faltó el coraje necesario para tomar por sí solo tan grave decisión y optó por informar a la cadena de mando. Luego, al volver a comprobarlo, no halló ni rastro de su objetivo. Cuando se enteró, Tyler, a quien habían levantado de la cama, montó en cólera e hizo añicos una valiosísima pieza de porcelana china que tenía en casa.

Evitando tocar aquel tema tan peliagudo, Tyler puso sobre la cama el maletín que llevaba consigo.

—Le traigo un pequeño regalo —dijo Tyler al tiempo que abría el maletín y extraía varios libros encuadernados en tapa dura—. La nueva edición en árabe.

El hombre tendió con esfuerzo una mano tan huesuda que más bien parecía la rama desnuda de un árbol, y cogió un ejemplar.

—Ah… —musitó—. Solo he leído la primera trilogía. Encargué que me compraran el resto, pero los perdí antes de poder leerlos… Muchas gracias.

—Corre la leyenda de que el nombre de su organización alude a estas novelas[7].

El hombre dejó a un lado el libro y sonrió.

—Que siga siendo una leyenda. Ustedes ya tienen riqueza y tecnología, déjennos a nosotros las leyendas. Es lo único que nos queda.

Tyler cogió el libro que el hombre había hecho a un lado y lo miró como el pastor mira la Biblia que sostiene en la mano.

—He venido a convertirlo en Seldon.

Un brillo de malicia volvió a iluminar los ojos del hombre.

—¿Ah, sí? ¿Y qué tengo que hacer?

—Preservar su organización.

—¿Preservarla? ¿Hasta cuándo?

—Hasta dentro de cuatro siglos. Hasta la batalla del Día del Juicio Final.

—¿Cree usted que eso es posible?

—Sí, si continúa desarrollándola. Permita que su espíritu inunde la fuerza espacial y forme parte de su esencia para siempre.

—¿A qué se debe este nuevo aprecio? —preguntó el hombre, cuyo tono era cada vez más sarcástico.

—Al hecho de ser una de las pocas organizaciones armadas de la humanidad que usa la vida como arma. Como usted sabrá, los sofones han paralizado las investigaciones relacionadas con la ciencia fundamental, lo cual limita severamente los avances que puedan darse en los campos de la informática y la inteligencia artificial. En la batalla del Día del Juicio Final, mis cazas espaciales todavía tendrán que ser pilotados por humanos, y eso requiere un ejército que posea el mismo espíritu del que ustedes hacen gala.

—Me habrá traído algo más, aparte de esos libros…

Entusiasmado, Tyler se puso de pie de un salto.

—Puede usted pedirme lo que quiera. Mientras me prometa que preservará su organización, se lo daré.

El hombre volvió a indicarle con un gesto que se sentara.

—Lo compadezco —dijo—. Después de tantos años, sigue sin saber lo que queremos.

—Dígamelo usted.

—¿Armas? ¿Dinero? No, no… A nosotros nos motiva algo mucho más valioso. Nuestra organización no persigue objetivos tan nobles y ambiciosos como los de Seldon, es imposible conseguir que una persona cuerda y racional crea en algo así hasta el punto de estar dispuesto a dar la vida por ello. Nuestra organización existe porque hay algo que la nutre, algo tan necesario para su existencia como para usted lo es el aire que respira y sin lo cual desaparecería.

—¿Y qué es?

—El odio.

Tyler enmudeció.

—Sin embargo —continuó el hombre—, ocurre lo siguiente: por un lado, enfrentarnos a un enemigo común ha reducido nuestro odio hacia Occidente. Por otro, el hecho de que los trisolarianos quieran erradicar a la humanidad entera, Occidente incluido (algo que debería ser para nosotros motivo de regocijo aun a costa de nuestra desaparición), nos hace incapaces de odiar a los trisolarianos. —Tendió las manos—. De modo que, ya lo ve: el odio, ese tesoro más preciado que el oro o los diamantes, esa arma letal como ninguna otra en el mundo, se nos ha terminado. Al no tenerlo, no podemos dárselo; y ustedes a nosotros, tampoco. Por eso a mi organización, al igual que a mí, le queda ya muy poco de vida.

Tyler seguía mudo.

—En cuanto a Seldon —añadió el hombre—, creo que su plan es imposible.

Tyler suspiró con resignación y preguntó:

—Entonces, ¿se ha leído el final?

Sorprendido, el hombre enarcó una ceja.

—No, no lo he leído, solo le estaba dando mi opinión. Entonces, ¿al final de la historia el plan de Seldon fracasa? En ese caso, el autor me parece un hombre genial. Y yo que imaginaba que iba a escribir un final feliz… Que Alá lo proteja.

—Asimov murió hace mucho tiempo.

—Pues ojalá esté en el cielo, fuera el que fuera el que prefiriera… ¡Ah, los sabios siempre se van demasiado pronto!

Tyler pasó la mayor parte del trayecto de vuelta sin que le vendaran los ojos, lo cual le dio la oportunidad de admirar las angostas y peladas montañas de Afganistán. El joven que guiaba su mula se mostró tan confiado con él que incluso colgó su fusil de asalto en la silla de montar, justo al alcance de la mano de Tyler, quien le preguntó:

—¿Alguna vez has matado a alguien con esto?

El muchacho no entendió, pero un hombre mayor y desarmado que montaba junto a ellos respondió por él:

—No. Hace ya mucho que no hay ningún enfrentamiento.

El joven dirigió a Tyler una mirada de curiosidad. Su rostro era imberbe y de aspecto aniñado; sus ojos, del mismo límpido azul del cielo de Asia Occidental.

«Madre, voy a convertirme en luciérnaga».

Transcurría la cuarta auditoría del Proyecto Vallado. Visiblemente cansado tras su largo periplo por el mundo, Tyler estaba presentando sus propuestas de modificación del Plan Miríada de Mosquitos.

—Necesito que todos los cazas de la flota cuenten con dos modalidades de control: una en la que sean manejados por pilotos y otra que los haga comportarse como drones. Activarla me permitirá controlar personalmente todos los aparatos de la flota.

—No dará abasto… —se mofó Hines.

—De ese modo —continuó Tyler—, estaré en condiciones de ordenarles que vuelen en formación hasta la zona de combate para luego, una vez allí, disgregarse y volver a entrar en formación. Cuando les toque enfrentarse a la flota enemiga asumiré el control del módulo de armamento de cada uno de ellos para elegir sus respectivos objetivos individuales, tras lo cual ya podrán atacar de forma automática. Imagino que, a pesar del actual estancamiento en materia de investigación sobre física fundamental que nos imponen los sofones, durante los próximos tres siglos la inteligencia artificial seguirá desarrollándose lo suficiente para permitirlo.

—¿Está diciendo que quiere hibernar hasta la batalla del Día del Juicio Final para poder enfrentarse personalmente a la flota trisolariana?

—¿Qué remedio me queda? Como ya saben, acabo de visitar Japón, China y Afganistán, pero vuelvo con las manos vacías.

—Fue a ver a ese —apuntó el representante de Estados Unidos.

—Sí, fui a ver a ese. Pero… —Tyler se detuvo para exhalar un suspiro—. Fue una pérdida de tiempo. Seguiré tratando de establecer una fuerza de cazas espaciales con pilotos entregados a la causa de la humanidad, pero de no ser posible me veré obligado a ser yo quien los guíe hasta el final.

Nadie habló. Ante un asunto como el del Día del Juicio Final, la gente solía optar por el silencio.

—Aún tengo otra petición que hacer —prosiguió Tyler—. Me gustaría que se me autorizase a llevar a cabo investigaciones, centradas en diversas áreas de mi elección, sobre diversos cuerpos del Sistema Solar, concretamente Europa, Ceres y algunos cometas.

—¿Qué relación guarda esto con su flota? —preguntó alguien.

—¿Tengo que responder? —quiso saber Tyler, mirando en dirección al presidente de la cámara.

Nadie contestó, dejando claro que no era necesario que lo hiciese.

—Por último, quisiera terminar con una sugerencia. Sería aconsejable que tanto el Consejo de Defensa Planetaria como las distintas naciones de la Tierra moderaran sus ataques a la Organización Terrícola-trisolariana.

Rey Díaz saltó de su silla.

—¡Tyler, aunque me diga que esto también forma parte de su plan, seguiré oponiéndome rotundamente a semejante despropósito!

—No es parte del plan, no —respondió Tyler, negando con la cabeza—. Solo es una sugerencia, no guarda relación alguna con el Proyecto Vallado. El motivo que me impulsa a hacerla es obvio: si persistimos en nuestro acoso a la Organización Terrícola-trisolariana, dentro de dos o tres años es posible que hayamos terminado con ella, pero eso nos privaría del único canal de comunicación directa entre la Tierra y Trisolaris. No me cabe duda de que saben las consecuencias que tendría perder nuestra única fuente de inteligencia sobre el enemigo.

—Coincido en su análisis —intervino Hines—, pero un vallado no debería hacer semejante propuesta. A ojos de la gente, los tres formamos parte de una misma entidad; le ruego que lo tenga en cuenta en el futuro a la hora de hacer declaraciones.

La auditoría terminó con aquella disputa sin resolver, aunque el consejo accedió a estudiar a fondo los tres asuntos mencionados por Tyler a fin de someterlos a votación en el futuro.

La sala de la asamblea se fue vaciando hasta que solo quedó Tyler, sentado en su escaño. Después de tantos largos viajes se sentía agotado y somnoliento. De pronto, miró alrededor y cayó en la cuenta del riesgo que había estado corriendo: necesitaba urgentemente consultar a un médico o un psicólogo, alguien especializado en medicina del sueño. Alguien que le ayudara a dejar de hablar dormido.

A las diez en punto de la noche, Luo Ji y Zhuang Yan entraron en el recinto del Louvre. Kent les había aconsejado que lo visitasen a esa hora para facilitar las labores de seguridad.

Lo primero que vieron fue la pirámide de cristal, protegida del barullo nocturno de París por la forma en «U» del edificio principal, erigiéndose silenciosa mientras era bañada por la luz de una luna que la hacía parecer de plata.

—Señor Luo, ¿no le parece a usted como venida del espacio exterior? —le preguntó Zhuang a Luo, señalándola.

—A todo el mundo se lo parece —contestó él.

—Al principio se la ve fuera de lugar, pero luego, cuanto más se la mira, más se vuelve una parte integral del conjunto.

«El encuentro de dos mundos enormemente distantes», pensó Luo, sin atreverse a decirlo.

De pronto, las luces de la pirámide se iluminaron y esta pasó del tono plateado a un dorado deslumbrante. Las fuentes cercanas se pusieron en marcha también de forma automática y, disparando gruesas columnas de agua que volaron uniendo cielo y tierra, asustaron a Zhuang, que, intranquila por el modo en que la recibía el Louvre, dirigió a Luo una mirada de aprensión. Con el sonido del agua de fondo, se internaron en la pirámide para bajar hasta la Sala Napoleón y acceder al museo.

Su primera parada fue la sala de mayor tamaño. Medía doscientos metros de largo y estaba tenuemente iluminada. El eco de sus pisadas apenas conseguía llenar el vacío. Muy pronto, Luo se percató de que aquel eco solo lo producía él, pues Zhuang caminaba con la sutileza de un gato, como un niño en un cuento de hadas entrando en un castillo mágico de puntillas por miedo a despertar a sus moradores. Aminoró el paso. No fue por admirar las obras, que no le interesaban en lo más mínimo, sino para aumentar la distancia que los separaba y disfrutar viendo aquel mundo de arte, sus dioses griegos, sus ángeles y la mismísima Virgen María, que palidecían ante la belleza de aquella mujer oriental. Muy pronto, al igual que ya había pasado con la pirámide de la entrada, Zhuang se integró en el entorno para formar parte de aquel reino sagrado hasta el punto de que, sin ella, a este parecía faltarle parte de su esencia. Saboreando su locura, quizá su sueño, tal vez su visión, dejó que pasara el tiempo.

Al cabo de un rato, Zhuang volvió a recordar su presencia y lo miró dedicándole una sonrisa. Él sintió una brusca sacudida en el corazón, tan electrizante como un rayo que hubiera bajado al mundo de los vivos procedente del mismísimo Monte Olimpo.

—Aseguran que se tarda un año en ver todas las obras que hay expuestas aquí —dijo él.

—Sí —repuso ella, aunque sus ojos expresaban algo distinto: le preocupaba saber qué hacer. Volvió a centrar la atención en las pinturas; hasta el momento solo había visto cinco.

—Da igual, Yan. Podría mirarlas contigo cada noche durante un año si es necesario —dijo él, sin pensar.

Ilusionada, ella se volvió para mirarlo.

—¿En serio?

—En serio.

—Pues… Señor Luo, ¿había estado usted aquí antes?

—No. Pero hace tres años estuve en el Pompidou. Al principio pensé que quizá te interesaría más ir allí.

Ella negó con la cabeza.

—No me gusta el arte moderno.

—Pero a ti, todo esto… —Luo miró a los dioses, a los ángeles y a la Virgen María—. ¿No lo encuentras demasiado viejo para que te guste?

—Lo que me gusta no es tan viejo. Me interesa la pintura del Renacimiento.

—También son pinturas muy viejas.

—A mí no me lo parecen. Sus pintores fueron los primeros en descubrir la belleza humana y pintar un Dios con aspecto afable. Al ver sus obras, uno llega a sentir el placer de pintar, el mismo placer que experimenté al ver el lago y el pico nevado.

—Todo eso está muy bien, pero el espíritu humanista surgido del Renacimiento se convirtió en un problema.

—¿Lo dice por la Crisis Trisolariana?

—Sí. Tú misma debes de haber visto lo que está pasando. Dentro de cuatro siglos, después del desastre, el mundo regresará a la Edad Media y la humanidad volverá a estar sujeta a la más dura represión.

—Y para el arte será una cruda noche invernal…

Luo observó sus ojos inocentes y sonrió para sus adentros. Pensó: «Sé que hablabas de arte, pero si la humanidad logra en verdad sobrevivir, regresar a un pasado ya superado, será el menor de los posibles precios a pagar».

En lugar de eso, dijo:

—No te preocupes. A su debido tiempo habrá un segundo Renacimiento, y tú podrás volver a descubrir esa belleza que todos habrán olvidado y pintarla.

Zhuang sonrió con un punto de tristeza. Era perfectamente consciente de la situación implícita en aquellas palabras de consuelo.

—Es que no puedo evitar pensar qué será de estas pinturas y demás obras de arte tras el Día del Juicio Final —dijo.

—¿Te preocupa eso? —preguntó Luo.

Cada vez que ella mencionaba el Día del Juicio Final se le encogía el corazón. Sin embargo, a pesar de que aquel último intento de confortarla había fracasado, se le acababa de ocurrir otra razón que podía tener éxito. La tomó de la mano y le dijo:

—Ven, vamos a ver la exposición de arte asiático.

Antes de que se construyera la pirámide de la entrada, el Louvre había sido un laberinto gigante. Para ir a cualquier sala uno tenía que dar grandes rodeos y acababa perdiéndose. Sin embargo, ahora, desde la Sala Napoleón, justo bajo la pirámide, se podía llegar a cualquier punto del museo. Luo Ji y Zhuang Yan volvieron allí y, siguiendo las indicaciones, visitaron las salas de arte de África, de Asia, de Oceanía y de América, cada una de ellas un mundo distinto del de las galerías de pintura europea clásica.

Contemplaron varias obras de arte y documentos de Asia y de África, de los que al final Luo dijo:

—Todo esto es fruto del espolio por parte de una civilización avanzada de otra que lo era menos. Hay cosas que se obtuvieron por medio del engaño, otras que fueron robadas, otras que se compraron a un precio irrisorio… Pero míralas ahora, tan bien preservadas. Incluso en mitad de la Segunda Guerra Mundial se procuró llevarlas a un lugar seguro.

Estaban delante de una vitrina que contenía una pintura mural de Dunhuang[8].

—Piensa la cantidad de guerras y penurias que ha visto pasar nuestra patria desde que el abad Wang les vendiera estas pinturas a los franceses[9] —continuó Luo—. ¿Podemos estar seguros de que se encontrarían tan bien conservadas de haber permanecido donde estaban?

—¿Cómo van los trisolarianos a preservar el legado cultural de la humanidad? —dijo Zhuang—. Con la poca estima que nos tienen…

—¿Te basas en aquello de que somos insectos? La frase no iba en sentido literal… Yan Yan, ¿tú sabes cuál es la mayor muestra de aprecio que puede darse a un pueblo o a una civilización?

—No, ¿cuál?

—Su aniquilación. Es la mayor honra que se pueda recibir. Sentirse amenazado por una civilización supone el reconocimiento de algún tipo de superioridad.

Recorrieron en silencio las veinticuatro salas de arte asiático, avanzando cronológicamente desde el pasado más remoto mientras imaginaban un futuro desolado. Casi sin darse cuenta, llegaron a la sala de antigüedades de Egipto.

—¿Sabes en quién me ha hecho pensar este sitio? —preguntó Luo a través de una vitrina que contenía la máscara dorada de un faraón momificado, tratando de hallar un tema de conversación más ligero.

—En Sophie Marceau.

—Por Belphegor, el fantasma del Louvre, ¿verdad? Qué guapa estaba Sophie Marceau. Y tenía rasgos asiáticos, también.

Por algún motivo que no conseguía explicarse, Luo percibió un leve tono de ofensa en su voz.

—Yan Yan, tú eres más guapa que ella. Esa es la verdad.

Había querido añadir: «Por mucha belleza que encuentres entre tantas obras de arte, la tuya consigue eclipsarlas a todas», pero se contuvo por miedo a sonar sarcástico.

Igual que una nube pasajera, un leve atisbo de sonrisa iluminó por un instante el rostro de Zhuang. Era la primera vez que Luo veía aquella sonrisa que tan bien recordaba de sus sueños.

—Volvamos adonde están los óleos —propuso ella.

De vuelta en la Sala Napoleón, no consiguieron recordar dónde estaba la entrada que buscaban, así que fueron a mirar los carteles. Los más visibles apuntaban a las tres joyas de la corona del museo: la Mona Lisa, la Venus de Milo y la Victoria alada de Samotracia.

—Vamos a ver la Mona Lisa —dijo Luo.

Por el camino, Zhuang comentó:

—Nuestro profesor nos contó que desde que visitó el Louvre les había cogido tirria tanto a la Mona Lisa como a la Venus de Milo.

—¿Y eso por qué?

—Por culpa de los turistas amontonados alrededor de ellas, empujándose y pisoteándose por verlas, que luego pasaban por delante de obras menos famosas pero igualmente geniales sin dignarse siquiera a mirarlas.

—Me temo que yo fui uno de esos incultos…

Cuando por fin estuvieron frente a la célebre sonrisa misteriosa, Luo se llevó una gran desilusión al ver que era mucho más pequeña de lo que había imaginado; además, estaba protegida tras una gruesa mampara de cristal que la alejaba aún más del visitante. Zhuang tampoco parecía especialmente ilusionada.

—Al verla he pensado en ustedes —dijo ella, señalando el cuadro.

—¿En quiénes?

—En los vallados.

—¿Y qué tiene que ver?

—Nada, es solo que me he preguntado si… Estoy hablando por hablar, ¿eh? No se ría de mí, por favor… Me he preguntado si los humanos podríamos hallar una forma de comunicación que solo fuera inteligible para nosotros y que los sofones fueran incapaces de aprender. Así, escaparíamos a su control.

Luo la observó durante varios segundos. Luego, miró en dirección a la Mona Lisa y dijo:

—Entiendo lo que quieres decir. Su sonrisa es algo que ni los sofones ni los trisolarianos llegarán a entender jamás.

—Exacto —repuso ella—. Las expresiones de los seres humanos, en especial las de los ojos, son sutilmente complejas. ¡Es mucha la información que se puede transmitir con una mirada o incluso con una simple sonrisa! Y solo nosotros podemos entenderla. Solo los humanos poseemos esa sensibilidad.

—Eso es verdad; uno de los mayores retos a los que se enfrenta la inteligencia artificial es el de identificar las expresiones faciales y de los ojos. Algunos expertos han llegado a afirmar que probablemente los ordenadores nunca lleguen a ser capaces de interpretar una mirada.

—Entonces, ¿sería posible crear un lenguaje que se expresara con la cara y los ojos?

Luo sopesó la idea durante unos instantes. Por fin, negando con la cabeza, apuntó con la mano en dirección a la Mona Lisa y dijo:

—Ni siquiera somos capaces de leer su sonrisa. Cada vez que la miro me parece que quiere decir una cosa distinta, ¡sin repetirse nunca!

—¡Pero eso significa que las expresiones faciales son capaces de transmitir información compleja! —exclamó Zhuang, tan entusiasmada como una niña.

—¿Y si la información fuera «Las naves acaban de abandonar la Tierra y se dirigen a Júpiter»? ¿Cómo ibas a expresar todo eso con la cara?

—Seguramente también cuando el hombre primitivo comenzó a hablar solo era capaz de transmitir enunciados muy simples, quizá más incluso que los que contiene el canto de los pájaros. ¡Pero después el lenguaje se fue haciendo cada vez más elaborado!

—¿Ah, sí? Pues intentémoslo. A ver si somos capaces de transmitirnos un mensaje sencillo utilizando solo la cara.

—¡Vale! —accedió ella, asintiendo enérgicamente—. Venga, los dos pensamos un mensaje cada uno y luego tratamos de comunicarlo.

—Yo ya tengo el mío.

Zhuang pensó unos momentos hasta que, por fin, asintió y dijo:

—Venga, ya podemos empezar.

Se miraron a los ojos, pero antes de que hubiera pasado ni medio minuto los dos se echaron a reír casi de forma simultánea.

—Mi mensaje era: «Te invito a cenar conmigo en los Campos Elíseos» —dijo Luo.

Ella, entre risas, dijo:

—Pues el mío era: «¡Tienes… que afeitarte!».

—Estas cosas son muy serias y atañen al futuro de la humanidad, deberíamos mantener la compostura —dijo él en tono de broma, apenas conteniendo la risa.

—¡Esta vez no vale reír! —propuso Zhuang, repentinamente tan seria como un niño que ha cambiado las reglas de un juego.

Se dieron la espalda para pensar cada uno su mensaje, tras lo cual giraron de nuevo para ponerse frente a frente. Luo tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener la risa, pero entonces advirtió que aquellos ojos claros volvían a hacer de las suyas, y acto seguido se le encogió el estómago.

Fue así como el vallado y la joven, en mitad de aquella visita nocturna al Louvre y con la Mona Lisa de fondo, estuvieron el uno delante del otro y, por fin, se miraron a los ojos.

Una grieta minúscula se abrió en la superficie de la presa a punto de estallar que era el alma de Luo Ji. El chorrito de agua que empezó a fluir de ella la erosionó hasta que se convirtió en fisura y por fin en torrente. Luo sintió pánico y trató como pudo de parar la fuga, pero fue incapaz. El colapso era inminente.

Entonces sintió que se hallaba al borde de un abismo y que este no era otra cosa que los ojos de Zhuang. Estaba cubierto por un mar de nubes del blanco más puro a las que el sol, irradiando su luz en todas direcciones, dotaba de un brillo creciente. Luo notó que empezaba a caer. Si bien al principio fue lenta, resultó ser una caída imposible de frenar. Presa del pánico, agitaba brazos y piernas tratando desesperadamente de agarrarse a algo, pero debajo de su cuerpo no había más que hielo resbaladizo, de modo que su descenso siguió acelerando hasta que al final, anunciado por una brusca sensación de vértigo, sintió que se hundía en aquel abismo y en un instante pasó del dulce placer de la caída al grado más intenso de dolor.

La Mona Lisa se estaba deformando. También las paredes; el museo entero se fundía como lo hace el hielo a medida que sus muros de piedra se venían abajo convertidos en rojo magma candente que, al pasar luego por encima de sus cuerpos, les resultaba paradójicamente tan fresco como una primavera despejada. Y mezclados con el museo siguieron hundiéndose, calando a través de una Europa desleída camino del centro de la Tierra, y al alcanzarlo el mundo entero explotó en una maravillosa lluvia de fuegos artificiales cósmica. Después de apagarse el último de sus destellos, en un abrir de ojos el espacio se volvió transparente, las estrellas empezaron a coser lentejuelas de cristal en una manta de plata gigante, y todos los planetas comenzaron a vibrar al tiempo que emitían al unísono una hermosa melodía. Entonces el campo de estrellas se volvió tan denso como la marea creciente, el universo fue contrayéndose hasta colapsar y, al final, absolutamente todo quedó arrasado por la creativa luz del amor.

—¡Tenemos que observar Trisolaris ahora mismo! —exigió el coronel Fitzroy al doctor Ringier. Estaban en la sala de control del telescopio espacial Hubble II, cuyo montaje se había completado hacía una semana.

—General, me temo que eso no va a ser posible.

—¿No se deberá a que la observación en curso es, en realidad, uno de esos trabajillos que ustedes los astrónomos suelen hacer a escondidas para sacarse un sobresueldo?

—De haber tenido algún trabajillo, como usted lo llama, lo habría terminado hace rato; en este momento el Hubble II se encuentra en estado de pruebas…

—¡Ustedes trabajan para el ejército, así que lo que tienen que hacer es cumplir con lo que se les ordena!

—El único militar que veo aquí es usted… nosotros estamos siguiendo el plan de pruebas de la NASA.

El general adoptó un tono más suave.

—Doctor —imploró—, ¿no podría usar a Trisolaris como objetivo de las pruebas?

—Los objetivos de prueba están rigurosamente seleccionados en función de su distancia y de su tipo de brillo; además, el plan de pruebas se diseñó pensando en el máximo ahorro de recursos y el telescopio completa todas las pruebas en una sola rotación. Ponernos a observar a Trisolaris ahora requeriría que lo rotásemos treinta grados, los mismos que luego habría que volver a rotarlo… ¿sabe usted la cantidad de propelente que gasta el bribón? Le estamos ahorrando un dineral al ejército.

—¡Eso, vamos a ver cómo ahorran, sí! Mire lo que acabo de encontrar en su ordenador —exclamó Fitzroy, con una mano a la espalda.

Sostenía una fotografía impresa en papel, el plano cenital de un grupo de personas mirando hacia arriba con gran alborozo, entre cuyas caras estaban las de todos los trabajadores de aquella misma sala de control, Ringier incluido, junto con tres despampanantes mujeres que podían, o no, ser las novias de alguien. El lugar donde fue tomada era fácilmente reconocible como el techo del edificio donde estaba la sala de control. Además, era una foto muy clara, como si la hubieran tomado a unos diez o veinte metros de altura. Lo único que la diferenciaba de una fotografía ordinaria eran los complicados cálculos sobreimpresionados.

—Doctor —continuó—, parece que en esta foto están ustedes subidos a lo más alto del edificio. Que yo sepa, allí no disponemos de cámaras grúa como en los platós de cine, ¿verdad? Me decía antes que rotar el Hubble II treinta grados cuesta mucho dinero… ¿Cuánto debe de costar rotarlo trescientos sesenta grados como ustedes para esta foto? En cualquier caso, unas instalaciones punteras como estas, con un coste de diez millones de dólares, no se hicieron para que usted se sacara fotos desde el espacio con sus ligues. ¿O quiere que ponga la suma en su cuenta?

—A sus órdenes, mi general —dijo raudo Ringier, y de inmediato se puso a trabajar, igual que todos los ingenieros.

Rápidamente, los datos de las coordenadas del objetivo fueron localizados en la base de datos y aparecieron en la gran pantalla de la sala de control. Fuera, aquel enorme cilindro de más de veinte metros de diámetro y más de cien metros de largo comenzó a girar poco a poco, barriendo a lo largo del campo de estrellas que mostraba la pantalla.

—¿Esto es lo que ve el telescopio? —preguntó el general.

—No, esto no es más que la imagen que devuelve el sistema de posicionamiento. Para visualizar las fotos que envía el telescopio, antes hay que procesarlas.

El barrido finalizó a los cinco minutos. El sistema de control informó de que el posicionamiento había sido exitoso. Al cabo de otros cinco minutos, Ringier daba la observación por terminada.

—Muy bien. Ahora, retrocedamos a la anterior posición de prueba.

—¿Cómo? —exclamó Fitzroy, muy sorprendido—. ¿Ya está?

—Sí, señor. Las imágenes están siendo procesadas.

—¿Por qué no saca unas cuantas más?

—Pero, general, ya hemos capturado doscientas diez imágenes a múltiples distancias focales…

Justo en ese momento terminaba de procesar la primera imagen observacional.

—Ahí lo tiene —dijo Ringier, señalando la pantalla—, el mundo enemigo que tanto ansiaba ver…

Lo único que vio Fitzroy fueron tres halos blancos sobre un fondo negro. Su contorno difuso hacía que parecieran la luz de una farola en mitad de la niebla, pero aquellas eran las tres estrellas que iban a decidir el destino de dos civilizaciones.

—Entonces, ¿no podemos ver el planeta? —preguntó Fitzroy, incapaz de ocultar su decepción.

—Pues claro que no. Incluso cuando funcione el Hubble III, que será de cien metros, solo podremos observar a Trisolaris cuando se encuentre en unas pocas posiciones determinadas, y así y todo su imagen no será más que un simple punto sin detalle alguno.

—Parece que aquí hay algo más, doctor… ¿qué cree que pueda ser? —le preguntó uno de los ingenieros a Ringier, indicando un punto próximo a los tres halos.

Fitzroy se aproximó, pero no consiguió ver nada. Era tan tenue que solo resultaba detectable para un experto.

—Tiene un diámetro superior al de una estrella —apuntó otro ingeniero.

Después de magnificar la imagen varias veces, el objeto terminó ocupando toda la pantalla.

—¡Es una brocha! —gritó alarmado el general.

Los profanos solían dar con mejores nombres para las cosas que los expertos, de ahí que estos, a la hora de nombrar algo, procurasen tener en cuenta su perspectiva: la palabra «brocha» terminó definiendo aquella nueva forma, pues la descripción del general no podía ser más acertada: realmente parecía una brocha cósmica o, siendo más precisos, un conjunto de cerdas cósmicas sin mango. Aunque uno también podía llegar a pensarse que se trataba de un montón de pelos colocados en horizontal.

—¡Deben de ser arañazos en el recubrimiento de la lente! —dijo Ringier, negando con la cabeza con tristeza—. Ya en el estudio de viabilidad dejé claro que usar una lente superpuesta podía causar problemas…

—Todos los recubrimientos pasaron la prueba de astringentes. Además, son demasiados arañazos. Tampoco creo que se trate de otro tipo de defecto de la lente; es la primera vez que detectamos algo así tras hacer decenas de miles de imágenes de prueba —dijo el experto de Zeiss, fabricante de la lente.

Un profundo silencio descendió sobre la sala de control. Todo el mundo empezó a reunirse en torno a la pantalla hasta que fueron tantos que los rezagados prefirieron ver la señal desde otros terminales. A Fitzroy no se le escapó el cambio que se había producido en la sala: aquella misma gente de mirada somnolienta que hacía escasos minutos arrastraba los pies al andar, agotada a causa de las fatigosas y largas sesiones de prueba, adoptaba ahora una postura tensa que parecía el efecto de algún tipo de maldición que los hubiera enderezado de pies a cabeza. Sus ojos, no obstante, brillaban de emoción.

—¡Cielo santo! —exclamaron varias personas al unísono.

De pronto, todos se pusieron a trabajar en un torbellino de actividad. Los retazos de conversaciones que fueron llegando a oídos de Fitzroy le resultaron demasiado técnicos como para comprenderlos.

—¿Se detecta la presencia de polvo alrededor de la posición del objetivo?

—No hace falta. Yo mismo hice la comprobación de ese punto. La absorción del movimiento radial estelar de fondo observa un pico máximo de doscientos milímetros. Podría tratarse de una micropartícula de carbón, densidad de clase F.

—¿Alguna opinión respecto al efecto del impacto a alta velocidad?

—Todas las estelas se difuminan siguiendo el eje del impacto, pero el alcance que ese difuminado pueda tener… ¿No tendremos un modelo para eso?

—Sí. Un momento… Aquí está. ¿Velocidad del impacto?

—Cien veces la tercera velocidad cósmica.

—¿Tan alta ya?

—Pues te estaba dando una cifra comedida… Para la sección eficaz del impacto usa… Eso es, sí. Algo así, sí. Una estimación aproximada.

Al comprender que los expertos seguirían ocupados durante un tiempo, Ringier se dirigió a Fitzroy, de pie a su lado.

—General —dijo—, ¿por qué no trata de contar las cerdas que tiene esa brocha?

Asintiendo, Fitzroy se agachó de inmediato frente al terminal más cercano y se puso manos a la obra.

El ordenador tardaba entre cuatro y cinco minutos en completar cada cálculo, pero a causa de varios errores los resultados no estuvieron listos hasta pasada media hora.

—La estela extiende el polvo hasta un diámetro máximo de doscientos cuarenta mil kilómetros, el equivalente al doble del tamaño de Júpiter —anunció el astrónomo a cargo del modelo matemático.

—Pues ahí lo tienen —dijo Ringier, tras lo cual alzó los brazos y miró en dirección al techo como si sus ojos pudieran atravesarlo y llegar a los cielos—. Esto lo confirma todo… —anunció con un leve temblor en la voz, y a continuación añadió para sí mismo—: Bueno, pues confirmado queda. Tampoco es que sea algo malo.

El silencio volvió a descender sobre la sala de control. Esta vez era un silencio pesado. Opresivo. Fitzroy ardía en deseos de preguntar qué estaba ocurriendo, pero al ver a todo el mundo tan serio y alicaído fue incapaz de abrir la boca. Al poco, comenzó a oírse un leve sollozo, que resultó ser de un desconsolado joven que intentaba contenerse.

—¡Vale ya, Harris! —le dijo alguien al chico—. No eras el único que mantenía vivo el escepticismo, a todos nos cuesta aceptar la realidad.

El tal Harris levantó una mirada empañada de lágrimas y dijo:

—Yo ya sabía que el escepticismo no era más que un ejercicio de autoengaño… pero necesitaba algo a lo que aferrarme para terminar de vivir mi vida en paz… ¡Oh, Dios, ni para eso hemos tenido suerte!

El silencio regresó.

Ringier se acordó por fin de Fitzroy.

—General —dijo—, permítame que se lo explique: las tres estrellas se encuentran rodeadas de polvo interestelar. En algún momento anterior ese polvo fue atravesado por una serie de objetos que, moviéndose a una gran velocidad, impactaron con él originándose una estela. Las estelas de esos objetos se están expandiendo desde entonces, y ya alcanzan un diámetro equivalente a dos veces el de Júpiter. La diferencia entre ellas y el polvo que las rodea es tan sutil que no pueden detectarse a corta distancia. Solo desde aquí, separados por cuatro años luz, resultan observables.

—Las he contado. Hay alrededor de mil —dijo Fitzroy.

—No podía ser de otro modo. La cifra coincide con los datos de inteligencia de los que disponemos. General, esa imagen que estamos viendo es la de la flota trisolariana.

Ese descubrimiento del Hubble II, confirmación definitiva de que la invasión trisolariana era real, acabó con todas las ilusiones de la humanidad. Tras una nueva oleada de pánico, confusión y desesperanza, la raza humana inició de forma oficial una nueva etapa en la que afrontaría la Crisis Trisolariana. Fue entonces cuando los malos tiempos empezaron de verdad. Con aquel brusco volantazo, el curso de la historia tomó un rumbo completamente nuevo.

La única constante de un mundo en perpetua transformación es la celeridad con la que pasa el tiempo. En un abrir y cerrar de ojos, transcurrieron cinco años.

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