El bosque oscuro

El bosque oscuro


Segunda Parte. La maldición » Año 8 de la Era de la Crisis

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—Aunque no fuese un secuestro, se llevaron a mi hija sin mi consentimiento, y eso va contra la ley. —Su corazón volvió a estremecerse al comprender a quién incluía en ese plural. Se apoyó débilmente contra la columna.

—Eso es cierto, pero entra dentro de lo aceptable. No debe olvidar nunca, doctor Luo, que esto y todos los otros recursos que ha empleado no se encuentran bajo el control de ningún marco legal existente, así que las acciones de Naciones Unidas, dado el momento crítico actual, se pueden justificar legalmente.

—¿Sigue trabajando para Naciones Unidas?

—Sí.

—¿La han reelegido?

—Sí.

Lo único que deseaba era cambiar de tema para no tener que enfrentarse a los crueles hechos. No pudo. «¿Qué haré sin ellas? ¿Qué haré sin ellas?», no dejaba de repetir insistente su corazón.

Al final, las palabras escaparon de su boca y se dejó deslizar por la columna para acabar en el suelo. Lo que sentía era que todo se desmoronaba a su alrededor, transformándose en magma desde arriba hacia abajo, solo que en esta ocasión el magma ardía y se acumulaba en el interior de su corazón.

—Todavía siguen aquí, doctor Luo. Le esperan en el futuro, bien protegidas. Usted siempre ha tenido una personalidad serena y debe ahora comportarse con más serenidad todavía. Si no es por la humanidad, al menos por su familia. —Say miró al suelo, allí donde Luo estaba sentado, al pie de la columna. Estaba al borde del colapso nervioso.

A continuación, una ráfaga de viento hizo entrar la lluvia en el porche. El frío refrescante y las palabras de Say lograron, hasta cierto punto, reducir la llama que ardía en el corazón de Luo Ji.

—Este siempre fue el plan, ¿no es así?

—Cierto. Pero este último paso solo se ejecutó cuando no quedó ninguna otra opción.

—Entonces, ella era… Cuando vino, ¿era de verdad una mujer dedicada a la pintura tradicional?

—Sí.

—¿De la Academia de Bellas Artes Central?

—Sí.

—Entonces, ella…

—Todo lo que usted vio era su yo real. Todo lo que sabía de ella era cierto. Todo lo que hacía que ella fuese ella: su pasado, su familia, su personalidad y su mente.

—¿Realmente era ese tipo de mujer?

—Sí. ¿De verdad cree que podría haber fingido durante cinco años? Era así en realidad. Inocente y dulce, como un ángel. No fingió nada en absoluto. Ni siquiera su amor por usted, que era más que real.

—Entonces, ¿cómo pudo ejecutar un engaño tan cruel? ¿No dar ninguna indicación durante cinco años?

—¿Cómo sabe que no dio ninguna indicación durante cinco años? Su alma estaba envuelta en la melancolía desde el principio, en aquella noche de lluvia de hace cinco años, cuando la vio por primera vez. No la ocultó. La melancolía la acompañó constantemente durante esos cinco años, como música de fondo que no se detuviese en ningún momento. Por eso no se dio usted cuenta.

Ahora lo entendía. Cuando la vio por primera vez, ¿que era lo que más había resonado en el lugar más tierno de su corazón? ¿Qué le había hecho sentir que el mundo en sí era un ataque contra ella? ¿Qué le había dejado dispuesto a protegerla incluso a costa de su vida? Fue esa dulce tristeza oculta en el interior de sus ojos inocentes y cristalinos. Una tristeza que como la luz de la chimenea iluminaba desde su belleza. En efecto, se trataba de una música de fondo imperceptible que delicadamente había penetrado en su inconsciente y le había arrastrado poco a poco hacia el abismo del amor.

—No podré encontrarlas, ¿no es así? —dijo.

—En efecto. Como ya le he dicho, se trata de una decisión del Consejo de Defensa Planetaria.

—Entonces iré con ellas hasta el Día del Juicio Final.

—Puede hacerlo.

Luo Ji había supuesto que le rechazarían, pero —al igual que cuando había renunciado a su condición de vallado— prácticamente no hubo distancia entre su afirmación y la respuesta de Say. Sabía que nada era tan sencillo.

—¿Hay algún problema? —preguntó.

—No. La verdad es que este es un buen momento. Ya sabe que desde la creación del Proyecto Vallado siempre ha habido disensiones dentro de la comunidad internacional. Cada uno siguiendo sus propios intereses, la mayoría de los países han apoyado a algunos vallados mientras se oponían a otros, por lo que siempre iba a haber un bando deseoso de deshacerse de usted. Ahora que se ha manifestado el primer desvallador y Tyler ha muerto, las fuerzas que se oponen al proyecto se han vuelto más poderosas y han arrinconado a los que lo apoyan. Si en este momento propone ir directamente al Día del Juicio Final, sería un compromiso aceptable para todas las partes. Pero, doctor Luo, ¿está de verdad dispuesto a tomar ese camino mientras la humanidad lucha por su supervivencia?

—Los políticos como usted mencionan a la humanidad en cuanto les hace falta, pero yo solo veo individuos. Yo soy una persona normal y corriente, y no puedo aceptar la responsabilidad completa de salvar a la humanidad. Lo único que deseo es vivir mi vida.

—Muy bien. Pero Zhuang Yan y Xia Xia son dos de esos individuos que forman parte de la humanidad. ¿No desea cumplir con su responsabilidad? ¿Aunque sea por ella? Aunque le haya hecho daño, está claro que todavía la ama. Y también está su hija. Hay una cosa clara desde el momento en que el Hubble II confirmó la invasión trisolariana: la humanidad luchará hasta el final. Cuando su amada y su hija despierten dentro de cuatro siglos, sobre ellas se cernirá el Día del Juicio Final y los fuegos de la guerra. Pero para entonces usted habrá perdido su estatus de vallado y no tendrá ningún poder para protegerlas. Lo máximo que podrá hacer será compartir con ellas una existencia infernal mientras aguardan juntos el fin del mundo. ¿Eso es lo que desea? ¿Es la vida que quiere legar a su mujer y a su hija?

Luo Ji guardó silencio.

—Si no le apetece pensar en nada más, ¡al menos imagine esa batalla del Día del Juicio Final dentro de cuatro siglos y luego mire en el fondo de sus ojos cuando le vean! ¿Qué tipo de persona verán? ¿Un hombre que al abandonar a toda la humanidad también abandonó a la mujer que amaba? ¿Un hombre que no estuvo dispuesto a salvar a todos los niños del mundo? ¿Un hombre incapaz siquiera de salvar a su propia hija? ¿Usted, como hombre, será capaz de soportar esas miradas?

Luo Ji agachó la cabeza, todavía en silencio. El sonido de la lluvia nocturna cayendo sobre la hierba y el lago era como la cacofonía de innumerables ruegos que llegaban desde otro lugar y otro tiempo.

—¿Realmente cree que puedo cambiar ese destino? —preguntó Luo Ji mientras levantaba la cabeza.

—¿Por qué no intentarlo? De todos los vallados, es usted el que cuenta con mayores probabilidades de éxito. De hecho, es lo que he venido a decirle.

—Siga pues. ¿Por qué?

—Porque de entre todos los miembros de la especie humana, es usted el único al que Trisolaris querría ver muerto.

Luo Ji se apoyó mejor contra la columna y miró a Say fijamente. No percibió nada en sus ojos. Se esforzó por recordar.

Say siguió hablando:

—Aquel accidente de coche le tenía por objetivo. Fue una casualidad que diese a su amiga.

—Pero fue un accidente. El coche cambió de dirección por la colisión de aquellos otros dos coches.

—Llevaban mucho tiempo planeándolo.

—En aquella época yo era una persona corriente, sin ningún tipo de protección. Matarme habría sido de lo más sencillo. ¿Por qué tomarse tanto trabajo?

—Para que su asesinato pareciese un accidente que no llamase la atención. Casi lo logran. Ese día, en toda la ciudad se produjeron cincuenta y un accidentes de tráfico con cinco víctimas mortales. Pero un espía en la Organización Terrícola-trisolariana presentó un informe confirmando que la Organización lo había planeado todo. Y lo que es peor: la orden llegó directamente de Trisolaris y fue transmitida a Evans por medio de sofones. Hasta este momento esa ha sido la única orden de asesinato.

—¿Yo? ¿Trisolaris quiere matarme? ¿Por qué razón? —Luo Ji volvía a sentirse desplazado de su propio ser.

—No lo sé. Ahora ya nadie lo sabe. Es posible que Evans lo supiese, pero está muerto. Está claro que él fue el responsable de añadir el detalle de que el asesinato no llamase la atención. Lo que viene a reforzar su importancia, doctor Luo.

—¿Importancia? —Luo Ji negó con la cabeza mientras esbozaba una sonrisa irónica—. Míreme. ¿Acaso tengo superpoderes?

—No posee superpoderes, así que no se desvíe por ese camino. Se perdería —dijo Say, acompañando las palabras de un gesto enfático—. En su anterior investigación no poseía ningún poder especial. Nada de habilidades sobrenaturales o capacidades técnicas extraordinarias que se ajustasen a las leyes conocidas de la naturaleza. O al menos, ninguna que hayamos podido descubrir. El hecho que Evans exigiese que el asesinato no llamase la atención también favorece esa idea. Deja claro que otros pueden adquirir sus mismas habilidades.

—¿Por qué no me lo habían dicho?

—Temíamos influir negativamente en lo que usted está haciendo. Hay demasiados factores desconocidos. Nos pareció mejor dejar que todo fluyese.

—En su día se me ocurrió trabajar en sociología cósmica porque… —en ese momento, una vocecilla en lo más profundo de su ser dijo: «¡Eres un vallado!». Era la primera vez que oía semejante voz. También percibió otro sonido inexistente: el zumbido de los sofones al volar a su alrededor. Incluso tuvo la impresión de que veía unos puntos difusos de luz, como luciérnagas. Por tanto, por primera vez actuó como un vallado y se tragó sus palabras. Se limitó a añadir—: ¿Será relevante?

Say hizo un gesto de negación.

—Lo más probable es que no lo sea. Por lo que sabemos, no fue más que una solicitud de investigación que no se realizó y menos obtuvo resultados. Además, incluso de haber investigado, no esperaríamos que usted hubiese logrado resultados más valiosos que los de cualquier otro investigador.

—¿Y eso por qué?

—Doctor Luo, nos estamos sincerando. Por lo que entiendo, usted es un fracaso como académico. No investiga por el deseo de descubrir algo nuevo, ni tampoco porque lo considere su deber o su misión vital. Lo hace para ganarse la vida.

—¿No es así todo hoy en día?

—Evidentemente, esa actitud no tiene nada de malo, pero usted manifiesta toda una serie de comportamientos negativos en un investigador serio y entregado. Realiza investigaciones funcionales, sus técnicas son oportunistas, aspira al sensacionalismo e incluso ha malversado fondos. Como persona, es un cínico y un irresponsable, y, además, en el fondo desprecia la vocación de investigador… La verdad es que somos muy conscientes de que no le importa nada el destino de la especie humana.

—Y por eso se rebajaron a emplear conmigo métodos tan ruines para forzarme. Siempre me han despreciado, ¿no es así?

—En circunstancias normales, un hombre como usted jamás habría recibido una obligación tan importante como esta. Pero hay que contar con este detalle crucial: Trisolaris le teme. Sea su propio desvallador. Descubra la razón.

Al terminar de hablar, Say abandonó el porche, subió al coche que la esperaba y se perdió entre la lluvia.

Allí de pie, Luo Ji perdió el sentido del tiempo. Poco a poco, la lluvia fue parando y el viento se levantó, limpiando de nubes el cielo nocturno, dejando ver los picos nevados y permitiendo a la reluciente luna cubrir el mundo de una luz plateada.

Antes de entrar, Luo Ji dio un último vistazo al Jardín del Edén, y en su corazón les dijo a Zhuang Yan y Xia Xia: «Os quiero. Esperadme en el Día del Juicio Final».

De pie bajo la enorme sombra del avión espacial Última frontera y mirando a su pesado fuselaje, Zhang Beihai recordó, sin pretenderlo, el portaaviones Dinastía Tang. Hacía tiempo que lo habían desmantelado y se preguntó si el casco de Última frontera contendría alguna placa de acero de Dinastía Tang. Tras haber superado más de treinta reentradas, el calor abrasador había marcado el cuerpo del avión espacial. Y la verdad es que se parecía a Dinastía Tang cuando estaba en construcción. El fuselaje provocaba la misma sensación de antigüedad, pero los dos impulsores cilíndricos bajo las alas eran nuevos, por lo que la impresión era la de un añadido típico de la antigua arquitectura europea: la novedad de los arreglos contrastaba con el color del edificio original, lo que recordaba a los visitantes que esas zonas eran modernas. Pero si retiraban esos cohetes, Última frontera tendría el aspecto de un antiguo y enorme avión de transporte.

El avión espacial era muy moderno, uno de los pocos avances genuinos en tecnología aeroespacial de los últimos cinco años. También probablemente fuese la última generación de naves espaciales con propulsión química. La idea, propuesta el siglo anterior para reemplazar al transbordador espacial, era la de un vehículo que pudiese despegar desde una pista como un avión convencional y volar como un vehículo convencional hasta la capa superior de la atmósfera, momento en el que se activarían los cohetes para el viaje espacial y la entrada en órbita. Última frontera era el cuarto de esos aviones en funcionamiento y estaban construyendo muchos más. En el futuro cercano se encargarían de las labores de construcción del ascensor espacial.

—Hubo una época en la que creí que nosotros jamás tendríamos la oportunidad de salir al espacio —le dijo Zhang Beihai a Chang Weisi, quien había venido a despedirle. Él y veinte oficiales más de la fuerza espacial, todos miembros de los tres institutos estratégicos, irían en el Última frontera hasta la Estación Espacial Internacional.

—¿Hay oficiales navales que nunca han visto el mar? —le dijo Chang Weisi con una sonrisa.

—Por supuesto que los hay. A montones. En la marina incluso había gente que lo quería así. Pero yo no soy de ese tipo.

—Beihai, recuerde: los astronautas en activo siguen siendo miembros de las fuerzas armadas, por lo que ustedes son los primeros miembros de la fuerza espacial en salir al espacio.

—Es una pena que no tengamos una misión concreta.

—Ganar experiencia es la misión. Un estratega espacial debe tener cierta consciencia del espacio. Eso era imposible antes del avión espacial, ya que subir a una persona cuesta decenas de millones, pero ahora es más barato. Pronto intentaremos llevar más estrategas al espacio, ya que después de todo somos la fuerza espacial. Por ahora más bien somos un club de farsantes. No puede seguir así.

Llegó el aviso de embarque y los oficiales fueron subiendo por la escalerilla hasta el avión. Vestían uniformes, no trajes espaciales, y daba totalmente la impresión de estar subiendo a un vuelo convencional. No dejaba de ser una demostración de progreso: ahora ir al espacio era un poco más normal. Al observar los uniformes, Zhang Beihai fue consciente de que había personal de otros departamentos subiendo al avión.

—Ah, Beihai, otro detalle importante —dijo Chang Weisi cuando Beihai fue a coger su bolsa—. La comisión estudió el informe que preparamos, el referido a enviar personal político al futuro como refuerzos. Los jefes consideran que las condiciones son prematuras.

Zhang Beihai entornó los ojos, como protegiéndose de la luz del sol, aunque seguían a la sombra del avión espacial.

—Comandante, mi impresión es que al planificar debemos tener en cuenta todo el período de cuatro siglos. Hay que tener claro lo que es urgente y lo que es importante… Pero le garantizo que no lo expresaré en ningún entorno formal. Soy muy consciente de que nuestros superiores tienen en cuenta todos los detalles.

—Los superiores reconocen su pensamiento a largo plazo y le felicitan por ello. El documento recalca un detalle: no rechazan la idea de enviar refuerzos al futuro. Se seguirá investigando y planificando, pero la ejecución sigue siendo prematura, dadas las circunstancias actuales. Considero, y voy a expresar mi opinión personal, que antes de plantear algo así necesitamos personal político cualificado entre nuestras filas para aliviar la carga actual de trabajo.

—Comandante, estoy seguro de que comprende el significado de «cualificado» en el contexto del departamento político de la fuerza espacial y cuáles son los requisitos mínimos. Los candidatos cualificados son cada vez menos habituales.

—Pero hay que centrarse en el futuro. Si realizamos avances importantes en las dos tecnologías clave de la fase uno, el ascensor espacial y la fusión controlada, y tenemos esperanzas de que lo veamos, entonces la situación mejorará… Bien. Adelante.

Zhang Beihai saludó y subió por la escalerilla. Al entrar en la cabina, lo primero que pensó es que no era muy diferente a la de un avión comercial, excepto que los asientos eran más anchos, porque los habían diseñado para el tamaño de un traje espacial. Durante los primeros vuelos del avión espacial habían exigido que todos los pasajeros llevasen traje espacial, pero esa precaución ya no era necesaria.

Su asiento era de ventanilla. Y el asiento contiguo también estaba ocupado. Un civil, a juzgar por la vestimenta. Zhang Beihai le hizo un gesto de saludo antes de ajustarse el complicado cinturón de seguridad.

Nada de cuenta atrás. Última frontera activó los motores para el vuelo atmosférico y empezó a moverse. Debido al peso, durante el despegue pasaba más tiempo en tierra que un avión convencional, pero acabó elevándose pesadamente y se embarcó en su viaje al espacio.

Una voz por el sistema de megafonía.

—Estamos en el vuelo treinta y ocho del avión espacial Última frontera. Se ha iniciado la fase de aviación y su duración será aproximadamente de treinta minutos. Por favor, no se desabrochen el cinturón de seguridad.

Mientras observaba cómo se alejaba el suelo, Zhang Beihai pensó en el pasado. Para convertirse en capitán de portaaviones, había completado el entrenamiento para piloto de aviación naval y había superado el examen de piloto de caza nivel tres. Durante su primer vuelo en solitario había visto la Tierra retroceder como ahora y de pronto se había dado cuenta de que amaba más el cielo que el océano. Ahora lo que ansiaba era el espacio más allá del cielo.

Era un hombre destinado a volar alto y lejos.

—No es muy diferente a la aviación civil, ¿no cree?

Se giró para mirar a su interlocutor, que ocupaba el asiento contiguo. Ahora le reconocía.

—Usted debe de ser el doctor Ding Yi. Deseaba conocerle.

—Pero dentro de poco será más brusco —dijo el hombre, haciendo caso omiso al saludo de Zhang Beihai. Siguió hablando—: La primera vez no me quité las gafas tras la fase de aviación y me aplastaron la cara con el peso de un ladrillo. La segunda vez me las quité, pero se me escaparon volando en cuanto desapareció la gravedad. El operario tuvo problemas para localizarlas en el filtro de aire de la cola del avión.

—Creía que la primera vez había volado usted en el transbordador espacial. En televisión no daba la impresión de que fuese un viaje muy agradable —dijo Zhang Beihai con una sonrisa.

—Oh, hablo del avión espacial. Si contamos el transbordador, esta es mi cuarta vez. En el transbordador me quitaba las gafas antes del despegue.

—¿Por qué va a la estación? Le acaban de asignar la dirección del proyecto de fusión controlada. La tercera rama, ¿no es así?

Se habían establecido cuatro ramas del proyecto de fusión controlada. Cada una seguía una línea de investigación diferente.

Retenido por el cinturón de seguridad, Ding Yi levantó una mano y señaló a Zhang Beihai.

—¿Estudias la fusión controlada y no puedes ir al espacio? Habla como esos tipos. El fin último de este proyecto de investigación es fabricar motores para naves espaciales. Y hoy en día, el verdadero poder en la industria aeroespacial lo siguen teniendo las personas que antes fabricaban motores químicos. Ahora esos mismos individuos nos dicen que se supone que debemos dedicarnos a desarrollar la fusión controlada en la superficie y que a todos los efectos no tenemos nada que opinar sobre la planificación general de la flota espacial.

—Doctor Ding, opina usted exactamente lo mismo que yo. —Zhang Beihai se aflojó el cinturón de seguridad y se le acercó—. En el caso de una flota espacial, el viaje espacial es una idea muy diferente a la que se tenía con los cohetes químicos. Incluso el ascensor espacial es muy distinto a las técnicas aeronáuticas actuales. Por desgracia, la industria aeroespacial de antaño todavía tiene demasiado poder. Los que la dirigen están osificados y son demasiado legalistas; tendremos muchos problemas si la situación persiste.

—No podemos hacer nada. Al menos en cinco años han logrado esto —señaló a su alrededor—. Y con ello la capacidad de apartar a los que venimos de fuera.

Se activó el sistema de megafonía.

—Por favor, tengan cuidado: Nos acercamos a una altitud de veinte mil metros. Como ahora volaremos a través de una capa atmosférica muy poco densa, es posible que se produzcan cambios bruscos de altitud que creen una ingravidez momentánea. No se asusten. Repetimos que mantengan el cinturón de seguridad abrochado.

Ding Yi habló:

—Pero en esta ocasión, el viaje a la estación no se debe al proyecto de fusión controlada. El propósito es recoger esos detectores de rayos cósmicos. Es material muy caro.

—¿El proyecto espacial de altas energías se ha detenido? —preguntó Zhang Beihai mientras volvía a apretar el cinturón de seguridad.

—Así es. Es una cierta forma de éxito el saber que no es preciso malgastar esfuerzos en el futuro.

—El sofón ha ganado.

—En efecto. Así que a la humanidad solo le quedan unas pocas teorías en la reserva: la física clásica, la mecánica cuántica y la todavía embriónica teoría de cuerdas. El destino nos dirá hasta qué punto podemos llegar con ellas.

Última frontera siguió ascendiendo, sus motores de aviación se estremecieron por la tensión como si luchasen por subir una montaña muy alta, pero no se dio ninguna caída súbita. Ahora el avión espacial se acercaba a los treinta mil metros, el límite de la aviación. Zhang Beihai miró por la ventanilla y comprobó que el azul del cielo iba perdiéndose al oscurecerse, y eso a pesar de que el sol ahora brillaba más.

—La altitud actual es de treinta mil metros. La fase de aviación ha concluido y la de vuelo espacial está a punto de comenzar. Por favor, ajusten el cinturón de seguridad siguiendo las instrucciones mostradas en pantalla para reducir las incomodidades causadas por la hipergravitación.

En ese momento Zhang Beihai sintió que el avión se elevaba delicadamente, como si hubiese perdido un contrapeso.

—Motores de aviación separados. Cuenta atrás para la ignición del motor aeroespacial: diez, nueve, ocho…

—Para ellos este es el lanzamiento real. Disfrútelo —dijo Ding Yi y cerró los ojos.

Se oyó un rugido al llegar a cero. Era como si todo el cielo estuviese aullando. Y a continuación la hipergravedad, como si fuese un gigantesco puño que se cerrase lentamente. Zhang Beihai, con mucho esfuerzo, logró girar la cabeza para mirar por la ventanilla. No pudo ver las llamas que salían del motor, pero una zona muy amplia del aire rareficado estaba pintada de rojo, como si Última frontera flotase sobre una puesta de sol.

Los impulsores se soltaron cinco minutos después y tras cinco minutos adicionales de aceleración, el motor principal paró. Última frontera estaba en órbita.

De pronto la mano gigantesca de la hipergravedad lo soltó y el cuerpo de Zhang Beihai rebotó de entre las profundidades del asiento.

Sentía que su cuerpo y Última frontera ya no formaban parte de la misma unidad, a pesar de que el cinturón de seguridad le impidió salir flotando. La gravedad que los había mantenido unidos había desaparecido, y ahora él y el avión seguían trayectorias paralelas a través del espacio. Por la ventanilla podía disfrutar de las estrellas más brillantes que había visto en toda su vida. Más tarde, una vez que el avión espacial hubo ajustado su inclinación, el sol entró por las ventanillas y una miríada de puntos de luz bailaron en sus rayos: partículas de polvo que la ingravidez había lanzado al aire. Vio la Tierra cuando el avión rotó gradualmente. Desde esa posición orbital baja solo podía ver el arco del horizonte, no toda la esfera, pero distinguía con facilidad la forma de los continentes.

Luego, a sus ojos apareció esa visión que tanto había ansiado, todo el campo de estrellas. Y en su alma se dijo: «Papá, he dado el primer paso».

Hacía cinco años que el general Fitzroy se sentía como un vallado, en el sentido más estricto de la palabra: una persona plantada frente a una pantalla que mostraba las estrellas entre la Tierra y Trisolaris. Si no prestabas atención daba la impresión de ser totalmente negra, pero si te acercabas un poco veías puntos de luz estelar. Se había hecho a esas estrellas hasta tal grado que el día anterior, cuando quiso dibujarlas en una hoja de papel, durante una reunión de lo más aburrida, y al compararlas con la realidad descubrió que básicamente había acertado. En la visión estándar, las tres estrellas de Trisolaris situadas discretamente en el centro parecían una única estrella, pero en cuanto ampliabas la imagen descubrías que sus posiciones habían cambiado. Ese caótico baile cósmico le fascinaba hasta tal punto que incluso se olvidaba de por qué las vigilaba. La brocha vista cinco años atrás se había disuelto gradualmente sin que apareciese una segunda. La flota trisolariana solo dejaba una estela visible cuando cruzaba las nubes de polvo interestelar. Estudiando la absorción de la luz de las estrellas de fondo, los astrónomos de la Tierra habían comprobado que durante su viaje de cuatro siglos, la flota atravesaría cinco nubes. La gente los llamaba «bancos de nieve», por lo rastros que dejaban los transeúntes sobre el suelo nevado.

Si la flota trisolariana había mantenido una aceleración constante durante los últimos cinco años, hoy pasaría por el segundo banco de nieve.

Fitzroy llegó temprano al centro de control del telescopio espacial Hubble II. Al verle, Ringier se rio de él.

—General, ¿por qué me recuerdas a un niño deseoso de recibir otro regalo después de Navidad?

—¿No dijiste que hoy pasaría por el banco de nieve?

—En efecto, pero la flota trisolariana solo ha recorrido 0,22 años luz, así que sigue a cuatro años luz de distancia. La luz reflejada de su paso por la nieve llegará a la Tierra dentro de cuatro años.

—Oh, lo siento. Olvidé ese detalle. —Fitzroy se sentó agitando la cabeza por la vergüenza—. La verdad es que quería volver a verlo. Esta vez podríamos medir su velocidad y aceleración en el momento de tránsito. Muy importante.

—Lo siento. Nos encontramos fuera del cono de luz.

—¿Eso qué es?

—Así es como llaman los físicos a la forma de cono que la luz describe al seguir el eje temporal. A los que están fuera del cono les resulta imposible saber lo que sucede en el interior del cono. Piénselo: la información de incontables fenómenos importantes del universo se acerca en estos momentos hacia nosotros, a la velocidad de la luz. Parte de esa información lleva viajando cientos de millones de años, pero nosotros todavía estamos situados en el exterior del cono de luz de esos sucesos.

—El destino se encuentra en el interior del cono de luz.

Ringier asintió.

—¡General, una analogía de lo más apropiada! Pero los sofones en el exterior del cono de luz pueden ver lo que sucede en el interior.

—Así que los sofones han cambiado el destino —dijo Fitzroy con seriedad y volvió a mirar el terminal de proceso de imágenes. Cinco años antes, el joven ingeniero Harris se había echado a llorar al ver la primera brocha. Luego cayó en una depresión tan profunda que se volvió prácticamente inútil para cumplir con su labor y tuvo que irse. Nadie sabía qué había sido de él.

Por suerte, no había mucha gente como él.

En esa época la temperatura empezaba a bajar con rapidez e incluso ya nevaba. El verde iba desapareciendo de las zonas circundantes y una delgada capa de hielo se iba formando sobre la superficie del lago. La naturaleza perdía sus colores llamativos, como una fotografía en color que poco a poco pasase a blanco y negro. Aquí el tiempo cálido siempre había sido breve, pero ya desde la partida de su mujer e hija, a Luo Ji le parecía que el Jardín del Edén había perdido toda su aura.

El invierno era la estación para reflexionar.

Al ponerse a pensar, a Luo Ji le sorprendió comprobar que sus ideas ya estaban en marcha. Recordó el colegio y una lección del profesor para el examen de artes lingüísticas: primero, leer la pregunta final de desarrollo, luego empezar el examen desde el principio, de tal forma que mientras vas contestando al examen, tu subconsciente vaya trabajando en la pregunta de desarrollo, como un proceso de ordenador en segundo plano. Ahora sabía que desde que era vallado, su cabeza había empezado a pensar y no había parado. Un proceso del todo subconsciente del que no se había percatado.

Recorrió con rapidez los pasos que ya había dado su pensamiento.

Ahora estaba seguro de que todos los aspectos de su situación actual tenían su origen en el encuentro casual, nueve años antes, con Ye Wenjie. Nunca lo había comentado por miedo a ganarse problemas innecesarios, pero con Ye Wenjie muerta, el encuentro era un secreto entre Trisolaris y él. En aquella época solo dos sofones habían llegado a la Tierra, pero estaba seguro de que ese día habían estado junto a la tumba de Yang Dong, escuchando todas sus palabras. Y la fluctuación en su estructura cuántica que atravesaba instantáneamente el espacio de cuatro años luz garantizaba que Trisolaris también había estado escuchando.

Pero ¿qué había dicho Ye Wenjie?

La secretaria general Say había cometido un error. Que Luo Ji no hubiese arrancado con sus investigaciones sobre sociología cósmica era muy probablemente la razón directa para que Trisolaris quisiera matarle. Por supuesto, Say no sabía que el proyecto había sido una propuesta de Ye Wenjie, y aunque a Luo Ji le había parecido una estupenda oportunidad para hacer que la investigación fuese entretenida, también es verdad que había estado buscando esa oportunidad. Antes de la Crisis Trisolariana, el estudio de la civilización alienígena era un proyecto llamativo que se habría ganado toda la atención de la prensa.

La investigación ahora abortada no era importante en sí misma. Lo que importaba eran las indicaciones de Ye Wenjie, que era lo que se había fijado en la mente de Luo Ji.

Una y otra vez recordó las mismas palabras: «Supongamos que existe un vasto número de civilizaciones repartidas por el universo en un orden similar al del número de estrellas detectables… La estructura matemática de la sociología cósmica está mucho más clara que la de la sociología humana.

»Las enormes distancias que separan a las distintas sociedades civilizadas del universo se encargan de difuminar los factores de caos y aleatoriedad que puedan hallarse en cada una de sus complejas estructuras, convirtiéndolas en puntos de referencia bastante fáciles de procesar matemáticamente.

»El primero, que la necesidad primordial de toda civilización es su supervivencia. El segundo, que aunque las civilizaciones crecen y se expanden, la cantidad total de materia del universo siempre es la misma.

»Y una cosa más: para poder derivar un esquema general de la sociología cósmica a partir de esos dos axiomas, necesitarás otros dos conceptos importantes: el de “cadenas de sospecha” y el de “explosión tecnológica”. Eso no será posible… como si decides olvidarte de todo lo que he dicho. Yo, en cualquier caso, ya he cumplido con mi parte».

Incontables veces había retomado esas palabras, analizando cada frase desde todos los ángulos posibles y rumiando cada una de las palabras. Las palabras en sí habían acabado convertidas en una oración. Y como si él mismo fuese un monje piadoso, las repasaba una y otra vez, las soltaba, las desperdigaba y las volvía a engarzar en otro orden hasta gastarlas.

Por mucho que lo intentase, de esas palabras le resultaba imposible extraer la pista que le convertía a él en la única persona que Trisolaris deseaba destruir.

Durante su larga reflexión, caminó sin rumbo. Paseó junto al lago inhóspito, anduvo entre el viento que se volvía cada vez más frío, a veces completando una vuelta al lago sin darse cuenta. En dos ocasiones incluso fue hasta el pie del pico nevado, donde la nieve ahora cubría la zona de roca que parecía un paisaje lunar, convirtiéndose así en uno con el pico. Solo entonces su estado de ánimo abandonaba el camino de esos pensamientos. Los ojos de Zhang Yan aparecían frente a los suyos en el infinito plano blanco de la pintura natural. Pero en ese momento ya controlaba su estado de ánimo y podía seguir comportándose como una máquina de pensar.

Sin darse cuenta, pasó un mes. Luego llegó el pleno invierno. Aun así, Luo Ji siguió pensando en el exterior, usando el frío para aguzar su mente.

Para entonces, la mayoría de las cuentas se habían empañado, excepto veintisiete de ellas. Esas en concreto parecían ganar brillo a medida que las pulía y hasta ya emitían una débil luz:

«La necesidad primordial de toda civilización es su supervivencia. Aunque las civilizaciones crecen y se expanden, la cantidad total de material del universo siempre es la misma».

Se concentró en esas dos frases. Eran los axiomas que Ye Wenjie había propuesto para una civilización cósmica. No conocía sus secretos finales, pero sus extensos períodos de reflexión le señalaban que allí encontraría la respuesta.

Por desgracia, como pistas eran demasiado sencillas. ¿Qué podría sacar de provecho la humanidad de dos reglas tan claramente evidentes?

«No rechaces la simplicidad. La simplicidad implica solidez». En sí misma, la mansión de las matemáticas se había edificado sobre unos cimientos similares, axiomas tan irreduciblemente sencillos como lógicamente resistentes.

Miró a su alrededor con esa idea en mente.

Todo lo que le rodeaba había caído ante el frío glacial del invierno, pero aun así el mundo rebosaba de vida. Era un mundo vivo con su compleja profusión de océanos, tierra y un cielo tan extenso como el mar incierto. Pero todo eso obedecía a una regla todavía más sencilla que los axiomas ofrecidos para una civilización cósmica: la supervivencia de los mejor adaptados.

Luo Ji comprendió el problema: Darwin había estudiado el incontenible mundo de la vida y lo había resumido en una regla. Luo Ji debía emplear las reglas que conocía para descubrir la naturaleza de la civilización cósmica. Se trataba del camino opuesto al de Darwin. Un camino mucho más difícil.

Empezó a dormir de día y a pensar de noche. Cuando le aterrorizaban los peligros de su camino mental, se reconfortaba mirando a las estrellas. Tal y como le había dicho Ye Wenjie, la distancia ocultaba la compleja estructura de una estrella en concreto, transformando el conjunto en una colección de puntos en el espacio que respetaban una configuración matemática precisa. Para un pensador era el paraíso. Su paraíso. Personalmente, le parecía que el mundo que tenía delante era mucho más preciso y conciso que el de Darwin.

Pero había un enigma en el corazón de ese mundo tan simple: la galaxia en sí era un extenso desierto vacío, pero en la estrella más cercana a nosotros había aparecido una civilización de gran inteligencia. Sus pensamientos encontraron un punto de entrada a través de ese misterio.

Poco a poco, se fueron aclarando las dos ideas que Ye Wenjie había dejado implícitas: las cadenas de sospecha y la explosión tecnológica.

Aquel día hacía más frío de lo normal. Desde el lugar privilegiado que ocupaba a la orilla del lago, el frío simplemente hacía que las estrellas formasen un patrón mucho más puro y plateado contra el cielo negro, mostrándole con toda solemnidad su precisa configuración matemática. De pronto se encontró en un estado absolutamente novedoso. Sintió que todo el universo se detenía, como congelado, todo movimiento cesaba y todo lo que había, desde las estrellas hasta los átomos, alcanzaba el estado de reposo; las estrellas convertidas en incontables puntos fríos y sin dimensiones que reflejaban la fría luz de un mundo exterior… Todo estaba en reposo, aguardando el despertar final.

El lejano ladrido de un perro fue lo que le devolvió a la realidad. Probablemente se tratase de un animal de servicio propiedad de las fuerzas de seguridad.

Luo Ji desbordaba emoción. Aunque en realidad no había visto el misterio final, había sentido su presencia con toda claridad.

Se concentró e intentó volver a ese estado. No lo logró. Las estrellas seguían igual, pero el mundo que le rodeaba producía su interferencia. Le rodeaba la oscuridad, pero en la distancia podía distinguir el pico nevado, el bosque junto al lago y la extensión de hierba, también la casa a su espalda; y a través de la puerta entreabierta de la casa podía observar el resplandor del fuego… En comparación con la sencilla claridad de las estrellas, todo lo que le rodeaba manifestaba tal caos y complejidad que las matemáticas jamás podrían hacerle justicia. Intentó eliminarlo de su percepción.

Entró en la superficie helada del lago. Al principio fue con cuidado y cautela, pero al comprobar que parecía bien sólida, avanzó con más rapidez, hasta llegar al punto donde la oscuridad de la noche le impedía ver la orilla. Lo único que tenía a su alrededor era hielo liso. La situación le distanciaba un poco del caos y la complejidad terrenales. Se imaginó que el llano helado se extendía hasta el infinito en todas las direcciones, conjurando así un mundo sencillo y plano: una plataforma mental fría y horizontal. Las preocupaciones se evaporaron y pronto su mente volvió al estado de reposo, allí donde le aguardaban las estrellas…

Un crujido y el hielo bajo los pies de Luo Ji se rompió. Su cuerpo se hundió directamente en el agua.

Al instante, el agua helada le cubrió la cabeza y vio que la quietud de las estrellas se rompía en mil pedazos. La extensión de estrellas se retorció formando un vórtice y se dispersó en oleadas plateadas turbulentas y caóticas. El frío penetrante, como si fuese un rayo cristalino, atravesó la niebla de su conciencia, iluminándolo todo. Seguía hundiéndose. Por el hueco de hielo podía ver las turbulentas estrellas contrayéndose para formar un halo difuso, lo que le dejaba en la oscuridad profunda y fría. Era como si en lugar de hundirse en aguas heladas hubiese, más bien, saltado a la oscuridad del espacio.

En esa oscuridad muerta, solitaria y fría comprendió la verdad del universo.

Salió con rapidez.

La cabeza rompió la superficie del agua. Escupió. Aunque intentó arrastrarse por el borde del hielo, solo logró sacar la mitad del cuerpo antes de hundirse otra vez. Se arrastraba y el hielo se rompía, dejando un camino en el hielo, pero avanzaba con lentitud y el frío empezaba a robarle las fuerzas. No sabía si el equipo de seguridad comprendería que en el lago pasaba algo anormal antes de que se ahogase o se congelase. Al quitarse la chaqueta térmica para poder moverse mejor, se le ocurrió que si la extendía sobre el hielo era posible que distribuyese la presión y pudiese moverse encima. Así lo hizo y a continuación, con las energías justas para un intento final, empleó hasta las últimas de sus fuerzas para pasar a la chaqueta colocada en el borde de hielo. Esta vez el hielo no cedió y pudo tender todo el cuerpo sobre la chaqueta. Se arrastró con precaución. Solo cuando se hubo alejado lo suficiente del agujero se atrevió a ponerse en pie. En ese momento vio el movimiento de las linternas y los gritos que venían de la orilla.

Se alzó en el hielo. Los dientes le castañeteaban por el frío, que no parecía venir del lago o el viento helado; más bien parecía una transmisión directa desde el espacio exterior. Mantuvo la vista gacha, sabiendo que desde ese momento las estrellas ya no eran las mismas. No se atrevió a mirarlas. De la misma forma que Rey Díaz temía al sol, Luo Ji había desarrollado una intensa fobia a las estrellas. Inclinó la cabeza, y con los dientes castañeando, se dijo:

—Vallado Luo Ji, soy tu desvallador.

—Los años le han puesto el pelo blanco —le dijo Luo Ji a Kent.

—Al menos durante muchos años no se podrá poner más blanco —dijo Kent, riendo. En presencia de Luo Ji siempre había adoptado una expresión cortés y fingida. Era la primera vez que Luo Ji le veía con una sonrisa tan sincera. En sus ojos vio las palabras que no había pronunciado: «Por fin te has puesto a trabajar».

—Voy a precisar un lugar más seguro —dijo.

—No hay problema, doctor Luo. ¿Algún requisito en particular?

—Ninguno excepto la seguridad. Debe ser del todo seguro.

—Doctor, el lugar absolutamente seguro es un sitio que no existe, pero podemos aproximarnos considerablemente. Aunque debo advertirle que los lugares de esa naturaleza siempre son subterráneos. Y en lo que a comodidades se refiere…

—No importan las comodidades. Sin embargo, mejor si es en China.

—No es problema. Me pondré a ello ahora mismo.

Cuando Kent iba a irse Luo Ji le retuvo. Señaló al Jardín del Edén a través de la ventana. Ahora la nieve lo cubría por completo. Le dijo:

—¿Puede decirme el nombre de este lugar? Lo voy a echar de menos.

Para llegar a su destino, Luo Ji viajó más de diez horas con una seguridad muy estricta. Nada más bajar del coche supo dónde se encontraba: cinco años antes, en aquel mismo lugar, el enorme espacio que parecía un aparcamiento subterráneo, se había embarcado en su nueva vida. Tras cinco años de sueños alternados con pesadillas, había vuelto al punto de partida.

Le recibió un hombre llamado Zhang Xiang, el mismo que, acompañado de Shi Qiang, le había despedido cinco años atrás y que ahora era el encargado de la seguridad. Había envejecido mucho en ese tiempo y ahora tenía el aspecto de un hombre de mediana edad.

Un soldado era todavía el encargado de operar el ascensor. No era, por supuesto, el mismo que cinco años antes, pero Luo Ji sintió cierta alegría interna. Habían reemplazado el antiguo ascensor por uno totalmente automático, por lo que no precisaba operario. El soldado se limitó a pulsar el diez y el ascensor inició el descenso.

Estaba claro que habían renovado hacía poco la estructura subterránea. Habían ocultado los conductos de ventilación de los pasillos, habían recubierto las paredes con losetas resistentes a la humedad y habían eliminado cualquier rastro de los eslóganes de defensa aérea civil.

Las habitaciones de Luo Ji ocupaban todo el décimo sótano. Aunque no igualaba la comodidad de la casa que había abandonado, su espacio venía equipado con sistemas de comunicación total y ordenadores, además de una sala de reuniones provista de un sistema de videoconferencia, lo que hacía que aquel lugar pareciese un centro de control.

El administrador se aseguró de mostrarle unos interruptores en concreto. En cada uno se veía un pequeño dibujo del sol. El administrador los llamó «lámparas solares» y dijo que era preciso encenderlas al menos cinco horas al día. Se habían inventado como producto de seguridad laboral para mineros. Podían simular la luz del sol, incluyendo los rayos ultravioletas, como iluminación solar suplementaria para personas que pasaban largos períodos bajo la superficie.

Al día siguiente, tal y como había solicitado Luo Ji, el astrónomo Albert Ringier visitó el sótano diez.

En cuanto le vio, Luo Ji le dijo:

—¿Fue usted el primero en observar la trayectoria de vuelo de la flota trisolariana?

Al oírlo, Ringier se mostró algo descontento.

—He enviado repetidamente mis declaraciones a la prensa, pero insisten en adjudicarme tal honor. En realidad, le corresponde al general Fitzroy. Él ordenó que el Hubble II observase Trisolaris durante las pruebas. En caso contrario podríamos haber perdido la oportunidad, porque el polvo interestelar habría dispersado la estela.

—De lo que quiero hablar no tiene relación. En su día estudié un poco de astronomía, pero no mucho, y ya no estoy familiarizado con esa disciplina. Esta es mi primera pregunta: si en todo el universo hay algún otro observador aparte de Trisolaris, ¿ese observador ha descubierto la posición de la Tierra?

—No.

—¿Está seguro?

—Sí.

—Pero la Tierra se ha comunicado con Trisolaris.

—Tal comunicación de baja frecuencia solo revelaría la dirección general de la Tierra y Trisolaris con respecto a la galaxia de la Vía Láctea y la distancia entre los dos mundos. Es decir, si hay un tercer receptor, el intercambio de comunicación les permitiría saber que hay otros dos mundos civilizados separados 4,22 años luz de distancia en el brazo de Orión de la Vía Láctea. Pero no conocería la posición exacta de esos dos mundos. Es más, determinar la posición mutua por medio de este tipo de intercambio solo es posible si las estrellas están cerca, como el sol y las estrellas de Trisolaris. En el caso de un tercer observador algo más distante, incluso manteniendo una comunicación directa no podríamos determinar nuestras posiciones.

—¿A qué se debe?

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