El bosque oscuro

El bosque oscuro


Segunda Parte. La maldición » Año 8 de la Era de la Crisis

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—Indicar la posición de una estrella para otro observador en el universo está lejos de ser tan fácil como la gente se imagina. La analogía es la siguiente: sobrevuelas el desierto del Sáhara en avión y en el suelo uno de los granos de arena grita: «¡Aquí estoy!». Oyes el grito, pero ¿desde el avión puedes establecer la posición de ese grano de arena? En la Vía Láctea hay doscientos mil millones de estrellas. A todos los efectos se trata de un desierto de estrellas.

Luo Ji, aparentemente aliviado, asintió.

—Comprendo. Entonces esa es la cuestión.

—¿El qué? —preguntó Ringier, sintiéndose confuso.

Luo Ji no respondió, sino que se limitó a preguntar:

—Teniendo en cuenta nuestro nivel actual de tecnología, ¿tenemos alguna forma de comunicar al universo nuestra posición?

—Sí, empleando ondas electromagnéticas direccionales de alta frecuencia, al menos de la frecuencia o más que la luz visible, y luego aprovechando la energía estelar para transmitir información. Es decir, haces que la estrella destelle, como si fuese un faro cósmico.

—Eso supera con creces nuestra capacidad tecnológica actual.

—Oh, lo siento. Pasé por alto la condición impuesta. Con nuestra tecnología actual, sería muy difícil mostrar la posición de una estrella a las regiones remotas del universo. Sigue habiendo un método, pero interpretar la información de posición exige un nivel de tecnología muy superior al humano e incluso, creo, al de Trisolaris.

—Cuénteme.

—La información clave es la posición relativa de las estrellas. Si especificas una región de la Vía Láctea que contenga una cantidad adecuada de estrellas, yo diría que basta con unas docenas, el conjunto de sus posiciones relativas en el espacio tridimensional sería único, como una huella digital.

—Voy entendiendo. Enviamos un mensaje con la posición de la estrella que queremos indicar, relativa a las estrellas circundantes, y el receptor compara esos datos con su mapa estelar para calcular la posición de la estrella.

—Eso es. Pero no es tan fácil. El receptor debe poseer un modelo tridimensional completo de toda la galaxia que indique con precisión la posición relativa de cien mil millones de estrellas. A continuación, una vez ha recibido el mensaje, debería buscar en esa enorme base de datos para dar con la zona del espacio que se corresponda a las posiciones enviadas.

—No, no es nada fácil. Es como registrar la posición relativa de hasta el último grano de arena de un desierto.

—Todavía más complicado. Al contrario que un desierto, la Vía Láctea está en movimiento y las posiciones relativas de sus estrellas no dejan de cambiar. Cuanto más tarde se reciba la información de posición, mayor será el error producido por los cambios. Es decir, la base de datos debe poder predecir los cambios de posición de cada una de esos cien mil millones de estrellas. En teoría no es problema, pero en la práctica… Dios…

—¿Sería complicado enviar esa información de posición?

—No, porque solo precisaríamos el patrón de posición de un número limitado de estrellas. Y ahora que he tenido tiempo de pensarlo, si consideramos la densidad estelar media de los brazos exteriores de la galaxia, debería bastar con un patrón de posición de no más de treinta estrellas. No es mucha información.

—Bien. Ahora le plantearé una tercera pregunta: más allá del Sistema Solar hay otras estrellas con planetas. Hemos descubierto varios centenares, ¿no es así?

—Más de mil hasta ahora.

—¿Y la más cercana al sol?

—244J2E1, a dieciséis años luz del sol.

—Si recuerdo bien, los números de serie significan: el prefijo numérico representa el orden de descubrimiento; las letras J, E y X indican respectivamente planetas de tipo Júpiter, planetas como la Tierra y otros planetas; y los números tras las letras indican el número de ese tipo de planeta en el sistema.

—Así es. 244J2E1 es una estrella con tres planetas, dos de ellos de tipo Júpiter y uno terrestre.

Luo Ji reflexionó y luego agitó la cabeza.

—Demasiado cerca. Algo más lejos, digamos… ¿cincuenta años luz?

—187J3X1, a 49,5 años luz del sol.

—Vale. ¿Puede establecer el patrón de posición de esa estrella?

—Por supuesto.

—¿Cuánto tiempo le hará falta? ¿Precisa de ayuda?

—Lo puedo hacer aquí mismo si dispone de un ordenador conectado a internet. Un patrón de digamos treinta estrellas lo puedo tener esta noche.

—¿Qué hora es? ¿Todavía no es de noche?

—Yo diría que probablemente sea por la mañana, doctor Luo.

Ringier pasó a la sala de ordenadores adjunta y Luo Ji llamó a Kent y Zhang Xiang. Primero le indicó a Kent que quería que el Consejo de Defensa Planetaria celebrase lo antes posible la siguiente reunión del Proyecto Vallado.

Kent respondió:

—Se están celebrando muchas reuniones del consejo. Una vez que envíe su solicitud, solo se demorará unos días.

—En ese caso tendré que esperar. Pero la verdad es que preferiría que fuese lo antes posible. Otra petición: me gustaría asistir a la reunión desde aquí, por vídeo, en lugar de ir a Naciones Unidas.

Kent se mostró renuente.

—Doctor Luo, ¿no se le antoja un poco inapropiado? En una reunión internacional de ese nivel… Se trata de demostrar respeto al resto de los participantes.

—Forma parte del plan. En el pasado exigí todo tipo de rarezas, pero ¿esta es la que se pasa de la raya?

—Ya sabe… —Kent vaciló.

—Sé que el estatus de un vallado no es el que era, pero insisto. —Al volver a hablar lo hizo con voz más baja, aunque sabía que los sofones que rondaban por las inmediaciones le oirían de todas formas—. Ahora tenemos dos posibilidades: una, si todo fuese como solía ser, no me importaría ir a Naciones Unidas. Pero cabe otra posibilidad: podría tratarse de una situación muy peligrosa y no puedo arriesgarme.

Luego le habló a Zhang Xiang:

—Por eso le he hecho venir. Puede que nos convirtamos en blanco de un ataque enemigo concentrado, por lo que es preciso reforzar la seguridad.

—No se preocupe, doctor Luo. Nos encontramos a doscientos metros bajo la superficie. La zona que tenemos encima está restringida, hemos montado un sistema antimisiles y hemos instalado un sistema avanzado de alarma subterránea para detectar la excavación de túneles desde cualquier dirección. Le garantizo que nuestra seguridad es perfecta.

Una vez se fueron los otros dos hombres, Luo Ji paseó por el pasillo, regresando involuntariamente al Jardín del Edén (ahora conocía el nombre de ese lugar, pero en su corazón todavía lo llamaba así), el lago y el pico nevado. Sabía que muy probablemente pasaría el resto de su vida bajo la superficie.

Miró las lámparas solares instaladas en el techo del pasillo. Esa luz no se parecía en nada a la del sol.

Dos meteoros se desplazaron lentamente por el campo estelar. En el suelo la oscuridad era absoluta y el lejano horizonte se fundía con el límite del cielo nocturno. Unos murmullos atravesaron la noche, aunque era imposible ver a los emisores. Era como si las voces fuesen ellas mismas criaturas invisibles que flotasen en las tinieblas.

Se oyó un chasquido y apareció una pequeña llama. La escasa luz dejó ver tres rostros: Qin Shi Huang, Aristóteles y Von Neumann. Un mechero en la mano de Aristóteles era la fuente de la luz. Al extenderse las antorchas, encendió una y luego pasó el fuego a los otros. Se formó así una luz temblorosa en medio de la naturaleza, que iluminó a un grupo de personas de todas las épocas. Siguieron hablando en susurros.

Qin Shi Huang se subió a una piedra y blandió la espada. La multitud calló.

—Nuestro Señor ha enviado una nueva orden: destruir al vallado Luo Ji —dijo.

—Nosotros también hemos recibido la orden. Es la segunda vez que nuestro Señor ordena el asesinato de Luo Ji —dijo Mozi.

—Pero ahora resultará difícil matarle —añadió alguien.

—¿Difícil? ¡Es imposible!

—Habría muerto hace cinco años si Evans no hubiese añadido aquella condición a la orden de asesinato.

—Quizás Evans tuviese razón. Después de todo, desconocemos por qué llegó a esa conclusión. Luo Ji tuvo la suerte de escapar a un segundo intento en la plaza de Naciones Unidas.

Qin Shi Huang agitó la espada para interrumpir el debate.

—¿No deberíamos hablar de lo que debemos hacer?

—Nada podemos hacer. ¿Cómo podríamos alcanzar un búnker que se encuentra a doscientos metros de profundidad? ¿Y luego entrar? La seguridad es demasiado buena.

—¿Consideramos el uso de armas nucleares?

—Maldita sea, ese lugar es un búnker resistente a las armas nucleares. Un resto de la Guerra Fría.

—La única opción viable es asignarle a alguien la tarea de infiltrarse en el servicio de seguridad.

—¿Se puede? Hemos dispuesto de cinco años. ¿Alguien ha logrado tener éxito en ese tipo de infiltración?

—¡Infiltrémonos en la cocina! —Se oyeron unas risas.

—Basta de tonterías. Nuestro Señor debería decirnos la verdad y quizás así podríamos pensar en una opción mejor.

Qin Shi Huang respondió a ese último comentario.

—Yo también pedí lo mismo. La respuesta de nuestro Señor es que la verdad es el secreto más importante del universo y no podía divulgarse. Nuestro Señor lo habló con Evans creyendo que la humanidad ya la conocía para luego comprender que no era así.

—¡Entonces pídele a nuestro Señor una transferencia de tecnología!

Muchas otras voces se sumaron a esa propuesta. Qin Shi Huang dijo:

—También lo solicité. Para mi sorpresa, en un gesto muy poco habitual, nuestro Señor no la rechazó categóricamente.

Una conmoción recorrió al grupo, pero las siguientes palabras de Qin Shi Huang apagaron la emoción:

—Pero una vez que nuestro Señor conoció la posición del objetivo, rechazó de plano esa propuesta. Dijo que, dada la ubicación del objetivo, cualquier transferencia de tecnología que nos pudiese hacer no serviría de nada.

—¿De verdad es un hombre tan importante? —preguntó Von Neumann, incapaz de ocultar del todo la envidia. Como primer desvallador de éxito, había ascendido rápidamente en la Organización.

—Nuestro Señor le tiene miedo.

Einstein, también presente, dijo:

—Lo he meditado durante mucho tiempo y creo que el miedo que nuestro Señor siente por Luo Ji solo tiene una explicación posible: es el portavoz de cierto poder.

Qin Shi Huang cortó cualquier posible discusión sobre ese tema:

—No nos metamos en ese terreno. En su lugar, pensemos en cómo cumplir la orden de nuestro Señor.

—No es posible.

—Es una misión que no se puede cumplir.

Qin Shi Huang golpeó la espada contra la piedra.

—La misión es vital. Es posible que sea una verdadera amenaza para nuestro Señor. Además, si la cumplimos, ¡la Organización ascenderá enormemente en la estima de nuestro Señor! Aquí nos hemos reunido la élite de todas las disciplinas del mundo, ¿cómo es posible que no se nos ocurra nada? Regresad y meditadlo, y enviadme vuestros planes por medio de otros canales. ¡Tenemos que hacerlo!

Las antorchas se fueron apagando una tras otra y la oscuridad lo cubrió todo. Sin embargo, los susurros no callaron.

Pasaron dos semanas antes de la reunión del Proyecto Vallado del Consejo de Defensa Planetaria. Tras el fracaso de Tyler y la hibernación de los otros dos vallados, el consejo había desviado sus prioridades y atención a la defensa convencional.

Luo Ji y Kent esperaron en la sala de conferencias a que empezase la reunión. Ya se había establecido la conexión por vídeo y la gran pantalla mostraba el auditorio, donde la conocida mesa circular de la época del Consejo de Seguridad seguía desocupada. Luo Ji se había presentado pronto como una especie de disculpa por no ir en persona.

Charló con Kent, mientras aguardaban, y le preguntó cómo le iba. Kent le contó que cuando era joven había vivido tres años en China, por lo que estaba más que acostumbrado, y le iba bien. En cualquier caso, al contrario que Luo Ji, no tenía que pasar todo el día bajo tierra, y su chino había recuperado su fluidez.

—Suena como si estuviese resfriado —dijo Luo Ji.

—He pillado la gripe —respondió.

—¿Gripe aviar? —dijo Luo Ji, alarmado.

—No. Gripe de cama. Así la llama la prensa. Hace una semana empezó en una ciudad vecina. Es una enfermedad infecciosa, pero con síntomas muy ligeros. Nada de fiebre. Moqueo nasal y a algunos pacientes se les irrita la garganta. No precisa medicación y tras un breve descanso en cama desaparece por sí sola a los tres días más o menos.

—Habitualmente la gripe es mucho más grave.

—En esta ocasión, no. Muchos soldados y miembros del personal ya la han superado. ¿No se ha dado cuenta de que han reemplazado a la encargada? También la pilló, pero temía contagiarle. Aunque, siendo su contacto, yo no soy tan fácil de reemplazar.

En la pantalla se inició la entrada de los delegados nacionales. Tras sentarse se pusieron a hablar en voz baja, como si no se hubiesen percatado de la presencia de Luo Ji. El presidente de turno del consejo inició la reunión diciendo:

—Vallado Luo Ji, la Ley de los Vallados fue enmendada en la sesión especial de la Asamblea General de Naciones Unidas que acaba de terminar. ¿Lo sabe?

—Sí —respondió.

—En ese caso, será consciente de que la ley refuerza los controles y restricciones al uso de recursos por parte de un vallado. Espero que hoy el plan que presente se ajuste a las exigencias de la Ley.

—Señor presidente —dijo Luo Ji—, los otros tres vallados tomaron el control de enormes cantidades de recursos para ejecutar sus planes estratégicos. Sería injusto limitar mis propios recursos.

—Los privilegios de asignación de recursos dependen del plan concreto, y debe tener en cuenta que los planes de los otros tres vallados no entraban en conflicto con la defensa convencional. Es decir, las investigaciones y desarrollos de ingeniería que realizan se hubiesen ejecutado igualmente de no haber existido el Proyecto Vallado. Tengo la esperanza de que su plan estratégico comparta esa naturaleza.

—Lamento decir que mi plan no es de esa naturaleza. No tiene absolutamente nada que ver con la defensa convencional.

—Entonces, yo también lo lamento. Según la nueva ley, son limitados los recursos que puede dedicar a este nuevo plan.

—Con el antiguo plan apenas podía usar recursos. Por otra parte, no es problema, señor presidente. Mi plan estratégico consume muy pocos recursos.

—¿Al igual que su plan anterior?

El comentario del presidente provocó risitas por parte de algunos delegados.

—Incluso menos. Como he dicho, apenas precisa de recursos —se limitó a añadir.

—En ese caso, veamos —dijo el presidente, asintiendo.

—Será el doctor Albert Ringier el encargado de presentar los detalles del plan, aunque asumo que todos han recibido el dosier correspondiente. Resumiendo: empleando las capacidades del sol para amplificar ondas de radio, enviaremos un mensaje al cosmos con tres imágenes sencillas, junto con información adicional para demostrar que fue una civilización inteligente la que envió esas imágenes, en lugar de ser un suceso natural. El dosier incluye las imágenes.

El auditorio se llenó del sonido del papel en movimiento mientras los asistentes daban con las tres hojas. En la pantalla también aparecieron las imágenes. Eran muy simples. Cada una estaba formada por puntos negros, en apariencia dispuestos al azar, pero todos vieron de inmediato que cada imagen incluía un punto evidentemente más grande, indicado, además, por una flecha.

—¿Qué es? —preguntó el representante de Estados Unidos, quien, al igual que los demás, examinaba las imágenes con atención.

—Vallado Luo Ji, según los principios fundamentales del Proyecto Vallado, no está obligado a responder a esa pregunta —le recordó el presidente.

—Es una maldición —dijo.

Los murmullos y ruidos de papeles se detuvieron de inmediato. Todos miraron en la misma dirección; Luo Ji supo así la posición de la pantalla que mostraba su imagen.

—¿Qué ha dicho? —preguntó el presidente entornando los ojos.

—Dijo que es una maldición —repitió en voz alta alguien sentado en la mesa circular.

—¿Una maldición, contra quién?

Luo Ji respondió:

—Contra los planetas de la estrella 187J3X1. Por supuesto, también podría actuar directamente contra la estrella en sí.

—¿Cuál será su efecto?

—Ahora mismo eso es una incógnita. Pero hay algo seguro: los efectos de la maldición serán catastróficos.

—Díganos, ¿hay alguna posibilidad de que esos planetas alberguen vida?

—Es una cuestión sobre la que he hablado una y otra vez con la comunidad astronómica. Con los datos de las observaciones actuales, la respuesta es no —dijo Luo Ji, entornando los ojos como el presidente. Y pensó: «Por favor, que tengan razón».

—Una vez enviada la maldición, ¿cuánto tardará en surtir efecto?

—La estrella se encuentra a unos cincuenta años luz del sol, por lo que como muy pronto la maldición se cumplirá dentro de cincuenta años. Pero tardaremos cien años en observar sus efectos. Recalco que se trata de una estimación optimista. En realidad, podría llevar mucho más tiempo.

Tras un momento de silencio, el representante de Estados Unidos fue el primero en actuar. Lanzó a la mesa las tres hojas impresas con sus puntos negros.

—Excelente. Por fin tenemos un dios.

—Un dios que se oculta en un sótano —añadió el representante de Reino Unido, provocando risas.

—Más bien un hechicero —dijo el representante de Japón. Jamás habían aceptado a su país en el Consejo de Seguridad, pero lo hicieron de inmediato una vez formado el Consejo de Defensa Planetaria.

—Doctor Luo, al menos ha tenido éxito en concebir un plan extraño y desconcertante —dijo Garanin, el representante ruso que había sido presidente de turno en varias ocasiones a lo largo de los cinco años de Luo Ji como vallado.

El presidente hizo uso del mazo para acallar la conmoción.

—Vallado Luo Ji, tengo una pregunta. Tratándose de una maldición, ¿por qué no la dirige contra el mundo enemigo?

Luo Ji respondió:

—Se trata de una forma de probar la idea. La implementación real debe esperar a la batalla del Día del Juicio Final.

—¿Trisolaris no puede ser el objetivo de la prueba?

Luo Ji negó seriamente con la cabeza.

—En absoluto. Trisolaris está demasiado cerca. Tan cerca que los efectos de la maldición podrían alcanzarnos. Es por esa razón que rechacé cualquier sistema planetario a menos de cincuenta años luz.

—Una última pregunta: ¿qué planea hacer durante los próximos cien años o más?

—Se habrán librado de mí. Hibernación. Deben despertarme cuando se detecten los efectos de la maldición contra 187J3X1.

Luo Ji sufrió un ataque de gripe de cama mientras se preparaba para la hibernación. Los primeros síntomas no fueron muy diferentes a los de otros. Moqueo nasal y una ligera inflamación de garganta. Ni él ni nadie más le dio la más mínima importancia. Pero a los dos días empeoró y tuvo fiebre. Al médico le resultó muy poco habitual y se llevó una muestra de sangre de vuelta a la ciudad para su análisis.

Aquella noche Luo Ji la pasó envuelto en el estupor de la fiebre, atormentado sin pausa por inquietos sueños donde veía a las estrellas del cielo arremolinarse y bailar como granos de arena sobre la piel de un tambor. Incluso percibía la interacción gravitatoria que se producía entre las estrellas: no era un movimiento de tres cuerpos, ¡sino un movimiento de doscientos mil millones de cuerpos al incluir todas las estrellas de la galaxia! Después las estrellas se acumulaban creando un enorme vórtice, y formando esa espiral desquiciada el vórtice, volvía a transformarse: ahora era una serpiente conjurada a partir de la plata sólida de cada estrella. Un rugido le taladró el cerebro…

El teléfono despertó a Zhang Xiang sobre las cuatro de la mañana. Era el líder del Departamento de Seguridad del Consejo de Defensa Planetaria, quien, empleando un tono de lo más severo, le exigió que le informase de inmediato sobre el estado de Luo Ji y ordenó que la base entera pasase a situación de emergencia. Ya iba de camino con todo un equipo de expertos.

El teléfono volvió a sonar en cuanto colgó. En esta ocasión era el médico desde el sótano diez, quien le comunicó que el paciente había empeorado gravemente y que ahora se encontraba en estado de shock. Zhang Xiang tomó de inmediato el ascensor para bajar. El médico y la enfermera, ya los dos en estado de pánico, le comunicaron que en medio de la noche Luo Ji había empezado a escupir sangre y ahora se encontraba inconsciente. Zhang Xiang vio a Luo Ji tendido en la cama. Tenía los labios de color violeta y el cuerpo apenas manifestaba ninguna señal de vida.

Pronto llegó el equipo, compuesto por expertos del Centro Chino para el Control y Prevención de Enfermedades, médicos del hospital general del ejército y todo un grupo de investigación de la Academia de Ciencias Médicas Militares.

Mientras seguían el estado de Luo Ji, un experto de la Academia se llevó a Zhang Xiang y a Kent a un lado y les describió lo que pasaba:

—Hace un tiempo la gripe llamó nuestra atención. Su origen y características nos parecían muy anormales. Ahora tenemos claro que se trata de un arma genética. Un misil dirigido genético.

—¿Un misil dirigido genético?

—Se trata de un virus modificado genéticamente y muy infeccioso. Pero en la mayoría de la gente solo provoca ligeros síntomas de gripe. Sin embargo, el virus posee cierta habilidad de reconocimiento que le permite identificar los detalles genéticos de un individuo en concreto. Una vez ha infectado al objetivo, crea toxinas mortales en su sangre. Ahora conocemos la identidad del objetivo.

Zhang Xiang y Kent se miraron. La incredulidad dejó paso a la desesperación. Zhang Xiang palideció e inclinó la cabeza.

—Acepto toda la responsabilidad.

El investigador, un coronel veterano, le dijo:

—Director Zhang, no diga eso. Algo así no tiene defensa posible. Aunque sospechábamos que el virus tenía algo raro, jamás se nos ocurrió esta posibilidad. La idea de un arma genética se propuso por primera vez a finales del siglo pasado, pero nadie creyó jamás que alguien pudiese llegar a fabricarla. Y aunque es imperfecta, es una aterradora herramienta para asesinar. Basta con extender el virus en las inmediaciones del objetivo. O mejor dicho, ni hace falta saber dónde se encuentra el objetivo: basta con extenderla por todo el planeta y probablemente acabaría afectando al objetivo.

—No, acepto toda la responsabilidad —dijo Zhang, cubriéndose los ojos—. De haber estado aquí el capitán Shi, algo así no habría sucedido. —Bajó la mano y mostró los ojos cubiertos de lágrimas—. Sus últimas palabras antes de hibernar fueron para advertirme de lo que usted ha dicho: sobre no tener defensa. Me dijo, «Xiao Zhang, nuestro trabajo nos exige dormir con un ojo abierto. No tenemos ninguna garantía de éxito y hay ataques de los que no nos podemos defender».

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Kent.

—El virus ha penetrado mucho. El hígado y las funciones cardiovasculares del paciente ya han fallado y la medicina moderna ya no puede hacer nada. Hibérnenle en cuanto sea posible.

Tras un largo tiempo, Luo Ji recuperó un poco de la conciencia que había perdido. Sintió frío, un frío que parecía emanar del interior de su cuerpo y se extendía hacia fuera, como si fuese una luz que congelaba el mundo entero. Vio una zona como nevada que al principio no era más que un blanco infinito. Luego, en su mismo centro apareció un punto negro, y gradualmente pudo distinguir esa forma que conocía tan bien: Zhuang Yan sosteniendo a su hija. Luo Ji recorrió con dificultad una extensión nevada tan vacía que casi carecía de dimensiones. Ella estaba envuelta en una bufanda roja, la misma que llevaba siete años antes, la noche nevada en que la había visto por primera vez. La niña, con el rostro enrojecido por el frío, agitó desde el regazo de su madre las dos manos y gritó algo que fue incapaz de entender. Quiso seguirlas por entre la nieve, pero la joven madre y el bebé desaparecieron totalmente. A continuación, él mismo se esfumó y el mundo nevado se contrajo hasta formar un delgado hilo de plata, que en la ilimitada oscuridad fue todo lo que quedaba de su conciencia. Era el hilo del tiempo, una hebra delgada e inmóvil que se extendía al infinito en ambos sentidos. Su alma, enhebrada en ese hilo, se deslizaba con delicadeza y a velocidad constante hacia el incognoscible futuro.

Dos días más tarde, un potente flujo de ondas de radio de alta frecuencia fue de la Tierra al sol, atravesando la zona de convección para llegar al espejo de energía que era la zona de radiación, donde su reflejo, amplificado cientos de millones de veces, transportó a la velocidad de la luz la maldición del vallado Luo Ji hacia el cosmos.

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