El bosque oscuro

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Segunda Parte. La maldición » Año 12 de la Era de la Crisis

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Año 12 de la Era de la Crisis

Distancia que separa a la flota trisolariana

de nuestro Sistema Solar: 4,18 años luz

En el espacio había aparecido una brocha más. La flota trisolariana había atravesado la segunda acumulación de polvo interestelar, y dado que el Hubble II había seguido con atención esa zona, registraron la estela de la flota en cuanto apareció. En esta ocasión no se parecía nada a una brocha. Más bien recordaba a una zona de hierba que hubiese empezado a brotar en los oscuros abismos del espacio. Esas miles de hojas de hierba crecían con una velocidad perceptible a simple vista, y eran mucho más claras que la estela de diez años antes. Eso último se debía a nueve años de aceleración que había incrementado enormemente la velocidad de la flota, haciendo que el choque contra el polvo interestelar fuese todavía más espectacular.

—General, preste atención. ¿Qué ve? —le dijo Ringier a Fitzroy mientras señalaba la imagen ampliada de la pantalla.

—Parece que sigue habiendo unas mil.

—No, preste más atención.

Fitzroy dedicó un momento a mirar con atención y luego señaló al punto medio de la brocha.

—Da la impresión de que… una, dos, tres, cuatro… diez puntas son más largas que las otras. Se extienden.

—Efectivamente. Esas diez estelas son muy tenues. Solo son visibles tras mejorar la imagen.

Fitzroy miró a Ringier con la misma expresión que diez años antes, cuando habían descubierto la flota trisolariana.

—Doctor, ¿entonces esas diez naves de guerra aceleran?

—Todas aceleran. Pero la aceleración de esas diez es mayor. Sin embargo, no son diez naves de guerra. El número de estelas se ha incrementado en diez: de mil a mil diez. Un análisis de la morfología de esas diez estelas indica que son mucho más pequeñas que las naves de guerra que las siguen: como unas diez mil veces menor, o más o menos el tamaño de una camioneta. Pero debido a la gran velocidad, siguen dejando estelas apreciables.

—Tan pequeñas. ¿Son sondas?

—Sí, deben de ser sondas.

Era otro de los estremecedores descubrimientos del Hubble II: la humanidad establecería contacto con entidades trisolarianas antes de lo previsto, aunque se tratase de diez pequeñas sondas.

—¿Cuándo llegarán al Sistema Solar? —preguntó Fitzroy con nerviosismo.

—Es imposible estar seguros. Depende de la aceleración, pero está claro que llegarán antes que la flota. Una estimación conservadora diría que medio siglo antes. Es evidente que la aceleración de la flota está al máximo, pero por alguna razón que se nos escapa desean llegar al Sistema Solar lo antes posible, así que lanzaron sondas que pueden acelerar todavía más.

—Si tienen sofones, ¿para qué necesitan sondas? —preguntó un ingeniero.

La pregunta hizo que todos dejasen lo que estaban haciendo y pensasen. Pero Ringier no tardó en romper el silencio.

—Olvidémoslo. No es algo que podamos saber.

—No —dijo Fitzroy mientras levantaba una mano—. Podremos deducir al menos una parte… Estamos contemplando acontecimientos de hace cuatro años. ¿Puede determinar el momento exacto en que la flota lanzó las sondas?

—Tenemos la suerte de que las lanzasen en la nieve… quiero decir, en el polvo… lo que nos permite determinar a partir de las observaciones el momento en el que las estelas de las sondas se cruzan con las de la flota. —Luego Ringier le dio la fecha.

Fitzroy no pudo hablar durante un momento. Encendió un cigarrillo y se sentó a fumar. Pasado un rato, dijo:

—Doctor, usted no es un político. Al igual que yo hubiese sido incapaz de distinguir esas hebras largas, usted no comprende que se trata de un dato crucial.

—¿Qué tiene de especial esa fecha? —preguntó Ringier con incertidumbre.

—Ese mismo día, hace cuatro años, asistí a la reunión del Consejo de Defensa Planetaria donde Luo Ji propuso emplear el sol para enviar una maldición al universo.

Los científicos e ingenieros se miraron.

Fitzroy siguió hablando:

—Y fue más o menos en esa fecha cuando Trisolaris envió una segunda orden a la Organización Terrícola-trisolariana pidiendo la eliminación de Luo Ji.

—¿Él? ¿De verdad es una persona tan importante?

—¿Pensaba que primero fue un playboy y luego un falso hechicero pretencioso? Por supuesto. Todos lo pensamos, excepto Trisolaris.

—Bien… ¿qué cree usted que es, general?

—Doctor, ¿cree en Dios?

Una pregunta tan directa dejó momentáneamente sin habla a Ringier.

—¿… Dios? Hoy en día esa palabra posee multitud de significados en niveles muy diferentes y no sé a cuál…

—Yo creo. No por disponer de alguna prueba, sino porque es relativamente seguro: si en realidad existe Dios, entonces es correcto creer en Él. Si no existe, entonces no perdemos nada.

Las palabras del general provocaron risas y Ringier dijo:

—La segunda parte no es verdad. Hay algo que se pierde, al menos desde el punto de vista científico… Aun así, ¿qué importa si Dios existe? ¿Qué tiene que ver con esto?

—Si Dios existe, entonces debe disponer de portavoces en el mundo mortal.

Todos le miraron durante una eternidad antes de comprender lo que sus palabras implicaban. Luego un astrónomo dijo:

—General, ¿de qué habla? Dios no escogería un portavoz de un país ateo.

Fitzroy retorció el cigarrillo para apagarlo y extendió las manos.

—Una vez eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que sea, debe de ser cierto. ¿Se le ocurre una explicación mejor?

Ringier reflexionó.

—Si por «Dios» se refiere a una fuerza de justicia en el universo que lo trasciende todo…

Fitzroy levantó una mano para acallarle, como si el poder divino de lo que acababan de descubrir se fuese a ver mermado si se expresaba claramente:

—Por tanto, crean, todos ustedes. Ahora pueden empezar a creer. —Y luego se persignó.

La televisión retransmitía la prueba de Tianti III. Cinco años antes se había iniciado la construcción de tres ascensores espaciales, y como Tianti I y Tianti II ya operaban desde comienzos de año, la prueba de Tianti III no llamó tanto la atención. Ahora mismo, los tres ascensores espaciales se construían con solo un raíl primario, detalle que los dotaba de una capacidad de carga mucho más reducida que los modelos de cuatro raíles que todavía se encontraban en la fase de diseño. Pero el mundo ya era muy diferente al de los cohetes químicos. Si se dejaba de lado lo pagado por construirlos, salir al espacio por ascensor tenía un coste mucho más bajo que por avión civil. Lo que a su vez había incrementado la cantidad de cuerpos en movimiento por el cielo nocturno de la Tierra: se trataba de las estructuras a gran escala de la humanidad.

Tianti III era el único ascensor espacial con base en el océano. Estaba situada en el Ecuador, sobre una isla artificial que flotaba en el océano Pacífico y que podía navegar usando energía nuclear. Es decir, si fuese necesario, era posible ajustar la posición del ascensor en el Ecuador. La isla flotante era una versión real de la Isla de Hélice descrita por Julio Verne, por lo que la habían bautizado como «Isla Verne». En la televisión ni siquiera se veía el océano. La imagen que mostraban era la de una base metálica piramidal rodeada de una ciudad de acero y —al pie del raíl— la cabina cilíndrica de transporte lista para el lanzamiento. En la distancia, el raíl guiado que iba al espacio era invisible debido a que tenía un diámetro de sesenta centímetros, aunque, en ocasiones, se podía apreciar el destello de la puesta de sol.

Tres ancianos, Zhang Yuanchao y sus dos vecinos, Yang Jinwen y Miao Fuquan, seguían los acontecimientos por televisión. Los tres ya habían superado los setenta años y aunque nadie los llamaría viejos chochos, sí que eran mayores. Para ellos, mirar al futuro resultaba una carga tan pesada como recordar el pasado, y teniendo en cuenta su incapacidad para influir en el presente, la única opción que les quedaba era vivir sus últimos años sin pensar demasiado sobre lo que sucedía en una época tan extraña.

El hijo de Zhang Yuanchao, Zhang Weiming, entró acompañado de su nieto, Zhang Yan. Venía con una bolsa de papel y le dijo:

—Papá, te he traído la tarjeta de racionamiento y el primer taco de tickets de cereales. —A continuación, sacó de la bolsa un mazo arcoíris de tickets y se los pasó a su padre.

—Ah, como antaño —dijo Yang Jinwen, contemplando la escena.

—Al final todo vuelve —murmuró Zhang Yuanchao con mucha emoción mientras cogía los tickets.

—¿Eso es dinero? —preguntó Yan Yan, mirando a los papeles.

Zhang Yuanchao le dijo a su nieto:

—No es dinero. Pero a partir de ahora, si quieres comprar cereales fuera de la cuota, como pan o pastel, o comer en un restaurante, tienes que usar estos tickets junto con el dinero.

—Es un poco diferente a como era antaño —dijo Zhang Weiming, cogiendo una tarjeta con chip—. Esto es una tarjeta de racionamiento.

—¿Cuánto tiene?

—Recibo veintiún kilos y medio, o cuarenta y tres jin. Xiaohong y tú recibís treinta y siete jin, y Yan Yan recibe veintiuno.

—Más o menos lo mismo que entonces —dijo el más anciano.

—Debería dar para un mes —dijo Yang Jinwen.

Zhang Weiming movió la cabeza en gesto de negación.

—Señor Yang, viviste esa época. ¿No la recuerdas? Ahora puede que todo esté bien, pero pronto habrá menos alimentos básicos y te harán falta números para comprar verdura y carne. ¡Así que esa triste cantidad de cereales no bastará para comer!

—No es tan grave —dijo Miao Fuquan, agitando una mano—. Hace unas décadas pasamos por una situación similar. No nos moriremos de hambre. No te preocupes y mira la tele.

La pantalla mostraba la cabina cilíndrica elevándose desde la base. Subió y aceleró con rapidez para luego desaparecer en el cielo de la tarde. Como el raíl era invisible, parecía subir por su propio impulso. La velocidad máxima de la cabina era de quinientos kilómetros por hora, pero incluso a tal velocidad le harían falta sesenta y ocho horas para llegar al punto final del ascensor espacial situado en órbita geoestacionaria. La escena cambió al punto de vista de la cámara trasera de la cabina. En ese caso el raíl de sesenta centímetros ocupaba gran parte de la pantalla. La superficie lisa hacía imposible detectar el movimiento, exceptuando por indicaciones en la pantalla que mostraban la velocidad de subida de la cámara. El raíl, al perderse hacia abajo, se convertía rápidamente en nada, pero apuntaba a un punto todavía más abajo, donde la Isla Verne, ahora visible en su totalidad, daba la impresión de ser una gigantesca placa suspendida por el extremo inferior del raíl.

A Yang Jinwen se le ocurrió una idea.

—Os voy a mostrar algo muy poco habitual —dijo. Se puso en pie y atravesó, no muy ágilmente, la puerta. Quizá fuese a su casa. Pronto regresó con una lámina delgada de algo que tenía el tamaño de una caja de cigarrillos. Lo colocó sobre la mesa. Zhang Yuanchao lo cogió y le dio un vistazo: era un objeto gris, traslúcido y muy ligero, como una uña—. ¡De este material está hecho Tianti!

—Genial. Tu hijo ha robado material estratégico del sector público —dijo Miao, señalando la lámina.

—No es más que un trozo sobrante. Dijo que cuando construían Tianti, enviaban al espacio miles y miles de toneladas de este material. Allí lo usaban para formar el raíl que luego descendía desde la órbita… Pronto, el viaje espacial será muy popular. Le he pedido a mi hijo que me conecte con algún negocio en esa área.

—¿Quieres ir al espacio? —preguntó Zhang Yuanchao, sorprendido.

—No es para tanto. He oído que al subir ni siquiera hay hipergravedad. Es como coger un tren dormitorio de larga distancia —dijo Miao Fuquan sin darle importancia.

Su familia lo había declinado en los años que no había podido operar en sus minas. Cuatro años antes había vendido su villa, y ahora esa casa era su única residencia. Yang Jinwen, cuyo hijo trabajaba en el proyecto del ascensor espacial, se había convertido de golpe en el más rico de los tres, situación que en ocasiones provocaba los celos de Miao.

—Yo no iré al espacio —dijo Yang Jinwen, alzando la vista. Volvió a hablar al comprobar que Weiming se había llevado al niño a otro cuarto—. Pero mis restos sí irán. Eh, a ninguno de los dos este tema les resulta tabú, ¿verdad?

—¿De qué tabú hablas? De todas formas, ¿por qué quieres lanzar tus restos al espacio? —preguntó Zhang Yuanchao.

—Ya sabéis que al final de Tianti hay un lanzador electromagnético. Cuando llegue la hora, lanzarán mi ataúd a la tercera velocidad cósmica y saldré volando del Sistema Solar. Los llaman enterramientos cósmicos. Una vez muerto no quiero permanecer en una Tierra ocupada por extraterrestres. Imagino que podría considerarse una forma de Escapismo.

—¿Y si derrotamos a los extraterrestres?

—Eso es prácticamente imposible. Aun así, si llega a pasar, tampoco perderé tanto. ¡Me podré pasear por el universo!

Zhang Yuanchao negó con la cabeza.

—Vosotros los intelectuales con vuestras extrañas ideas. No tienen ningún sentido. La hoja caída regresa a la raíz y de esa forma a mí me enterrarán en la Tierra.

—¿No temes que los trisolarianos te saquen de tu tumba?

Al oírlo, Miao Fuquan, que hasta ese momento había guardado silencio, se mostró de pronto emocionado. Les hizo un gesto para que se acercasen y bajó la voz. Era como si temiese que los sofones fuesen a oírle.

—No se lo contéis a nadie, pero se me ha ocurrido una idea. Tengo un buen número de minas vacías, allá en Shanxi…

—¿Quieres enterrarnos allí?

—No, no. No son más que pozos mineros. No podrían ser demasiado profundos. Pero en varios puntos conectan con múltiples minas estatales. Allí es posible llegar a los cuatrocientos metros de profundidad. ¿Os parece una profundidad adecuada? Luego usamos explosivos para derribar las paredes. No me parece que los trisolarianos vayan a ser capaces de excavar hasta ahí abajo.

—Calla. Si los terrícolas pueden llegar a esas profundidades, ¿por qué no iban a poder los trisolarianos? Darán con la lápida y se limitarán a seguir excavando.

Miao Fuquan miró a Zhang Yuanchao y no pudo contener la risa.

—Lao Zhang, ¿te has vuelto tonto? —Al ver que seguía sin comprender, señaló a Yang Jinwen. Este ya se había aburrido de la conversación y miraba otra vez la tele—. Que te lo explique un hombre con educación.

Yang Jinwen lanzó una risita.

—Lao Zhang, ¿para qué quieres una lápida? Las lápidas existen para que la gente las pueda ver. Para entonces ya no quedará gente en el planeta.

El coche de Zhang Beihai discurrió entre la nieve durante todo el camino a la Tercera Base de Prueba de Fusión Nuclear. Sin embargo, la nieve se fundió ya cerca de la base, la carretera quedó cubierta de barro y el aire frío pasó a ser cálido y húmedo, como un soplo de primavera. Vio lugares, en los laterales del camino, donde florecían los melocotoneros, algo muy poco habitual durante un crudo invierno. Ya en el valle, condujo hasta el edificio blanco. Esa estructura no era más que la entrada a gran parte de la base subterránea. En ese momento vio que alguien recogía flores de melocotón. Al prestar más atención comprobó que era justo la persona que había venido a ver. Paró el coche.

—¡Doctor Ding! —gritó. Ding Yi se acercó al coche portando un ramo de flores. Se rio y le dijo—: ¿Para quién son las flores?

—Para mí, es evidente. Han florecido gracias al calor de la fusión. —Sonreía poseído por el influjo de las coloridas flores. Estaba claro que seguía bajo el efecto de la emoción provocada por el recién logrado avance.

—Es una pena disipar tanto calor.

Zhang Beihai salió del coche, se quitó las gafas de sol y dio un buen repaso a la pequeña primavera. No podía ver su aliento en el aire y a pesar de las gruesas suelas, sentía el calor del suelo.

—No hay dinero ni tiempo para construir una planta de energía. Pero no tiene mayor importancia. Desde este momento la Tierra no se tendrá que preocupar por sus necesidades energéticas.

Zhang Beihai señaló las flores que Ding Yi llevaba en las manos.

—Doctor Ding, tenía la esperanza de que se hubiese desconcentrado. Sin usted tal avance se habría producido más tarde.

—Sin mí aquí, se habría producido incluso antes. En la base hay más de mil investigadores. Yo me limito a indicar el camino correcto. Hace mucho tiempo que considero el tokamak como un callejón sin salida. Partiendo de la aproximación correcta, un avance era previsible. Yo no soy más que un teórico. No entiendo la experimentación. Al señalar a ciegas, probablemente no hiciese más que retrasar el avance de la investigación.

—¿No puede retrasar el anuncio de los resultados? Hablo en serio. También estoy transmitiéndole de forma informal el deseo del Mando Espacial.

—¿Qué podríamos retrasar? Los medios de comunicación siguen de cerca todos los avances de las tres bases de fusión.

Zhang Beihai asintió y suspiró, contrariado.

—Eso es una mala noticia.

—Conozco alguna de las razones, pero ¿por qué no me las explica?

—Al lograr la fusión nuclear controlada, de inmediato se iniciará la investigación en naves espaciales. ¿Es usted consciente, doctor, de los dos caminos de investigación actuales: naves espaciales de propulsión material y naves espaciales de radiación? Son dos direcciones de investigación diferentes y por tanto se han formado dos facciones: la facción aeroespacial defiende investigar en propulsión material, mientras que la fuerza espacial se inclina por la radiación. Ambos proyectos consumirán una cantidad enorme de recursos. Si no fuese posible avanzar por igual en ambas direcciones, entonces una de ellas debe convertirse en la principal.

—Los investigadores de fusión defendemos el impulso por radiación. En mi caso concreto, se me antoja el único plan que permite el viaje cósmico interestelar. Por otra parte, admito que la gente de aeroespacial tiene su lógica. En este momento las naves de propulsión material son una variación de los cohetes químicos solo que empleando energía de fusión, así que en el caso de esa línea de investigación las posibilidades son algo más seguras.

—¡Pero la guerra espacial del futuro no da ninguna seguridad! Como dice usted mismo, las naves de propulsión material no son más que enormes cohetes. El medio de propulsión ocupa ya dos tercios de toda su capacidad de carga y lo consumen con enorme rapidez. Es preciso tener bases planetarias para que naves de ese tipo puedan recorrer el Sistema Solar. Si vamos por ese camino, no haremos más que repetir la tragedia de la Guerra Sino-japonesa, con el Sistema Solar ocupando el lugar de Weihaiwei.

—Muy buena analogía —dijo Ding Yi, levantando el ramo en dirección a Zhang Beihai.

—Es un hecho. La primera línea de defensa marina debe encontrarse en los puertos del enemigo. Claro está, eso es algo que no podemos hacer, pero nuestra línea defensiva debe penetrar todo lo posible en la nube de Oort y debemos garantizar que en las remotas regiones externas al Sistema Solar la flota posea suficiente capacidad para flanquear. Esos son los cimientos de la estrategia de la fuerza espacial.

—Por dentro, el bloque aeroespacial no es monolítico —dijo Ding Yi—. No, simplemente la vieja guardia de la época de los cohetes químicos defiende las naves espaciales de propulsión material. Pero en el sector hay fuerzas de otras disciplinas. Por ejemplo, los que investigan en nuestro sistema de fusión. En general defienden naves de radiación. Son fuerzas casi totalmente igualadas. Lo que hace falta son tres o cuatro personas en posiciones clave. Eso rompería el equilibrio. Sus opiniones decidirán al final lo que haremos. Pero me temo que esas personas son también miembros de la vieja guardia.

—Se trata de la decisión más crítica dentro de toda la estrategia principal. Si nos equivocamos, construiremos la flota espacial sobre unos cimientos equivocados y tal vez malgastaremos un siglo o dos. Y para entonces temo que no podamos cambiar de dirección.

—Pero ni usted ni yo nos encontramos en posición de solucionarlo.

Zhang Beihai abandonó la base de fusión tras almorzar con Ding Yi. No tuvo que alejarse mucho para que el suelo húmedo volviese a cubrirse de una nieve que relucía blanca bajo el sol. El aire fue enfriándose al mismo ritmo que su corazón.

Precisaba con urgencia una nave espacial capaz de realizar un viaje interestelar. Si el resto de los caminos no llevaban hasta ese punto, entonces quedaba uno. Por peligroso que fuese, había que recorrerlo.

Cuando Zhang Beihai entró en el hogar del coleccionista de meteoritos, situado en el patio de una de las casas de un barrio hutong, se dio cuenta de que ese hogar viejo y mal iluminado era como un museo geológico en miniatura.

Había expositores de cristal en las cuatro paredes. Unas luces profesionales iluminaban varias rocas que, por lo demás, no parecían tener interés. El propietario era un hombre de unos cincuenta años, robusto de espíritu y aspecto. Estaba sentado en un banco de trabajo, empleando lentes de aumento para examinar una pequeña piedra. Al ver al visitante lo saludó con amabilidad. Zhang Beihai comprendió de inmediato que se trataba de una de esas personas afortunadas que habían logrado vivir en un mundo propio que adoraban. Por grandes que fuesen los cambios sufridos por el mundo exterior, él siempre podría refugiarse en el suyo.

En aquella atmósfera pasada de moda que era la peculiaridad de las casas viejas, Zhang Beihai recordó que mientras él y sus camaradas luchaban por la supervivencia de toda la especie humana, la mayoría de la gente todavía se aferraba a sus vidas pasadas. Esa idea le provocó paz mental y satisfacción interior.

Haber completado el ascensor espacial y haber realizado el descubrimiento en tecnología de fusión controlada daba enormes ánimos al mundo y apaciguaba en cierta forma los sentimientos derrotistas.

Pero los líderes más serenos eran conscientes de que apenas estaban empezando: si la analogía para la construcción de una flota espacial era la construcción de una flota naval, la humanidad acababa de llegar a la orilla cargando con las herramientas. Ni siquiera habían construido los astilleros. Dejando de lado la creación de la nave espacial en sí, la investigación en armas espaciales y los ecosistemas cerrados, así como la construcción de puertos espaciales, eran ya unas fronteras tecnológicas sin precedentes para la humanidad. El simple hecho de clavar los cimientos bien podría llevar un siglo.

Además, la humanidad se enfrentaba a otro gran desafío aparte de ese aterrador abismo: la construcción de un sistema espacial de defensa consumiría enormes cantidades de recursos. Lo más probable era que ese consumo retrasase la calidad de vida en un siglo, es decir, que la gran prueba para el espíritu humano estaba por venir. Siendo conscientes de esa situación, los líderes militares habían decidido iniciar la implementación del plan que estipulaba el uso de cuadros políticos de la fuerza espacial como refuerzos futuros. Como él había propuesto inicialmente el plan, a Zhang Beihai le habían nombrado comandante del Contingente Especial de Refuerzos Futuros. Al aceptar la misión, propuso que antes de entrar en hibernación, todos los oficiales pertenecientes a ese contingente especial pasasen por al menos un año de entrenamiento y trabajo en el espacio. De esa forma tendrían la preparación necesaria para realizar su futuro trabajo en la fuerza espacial. «Los jefes no querrán que sus comisarios políticos sean marineros de agua dulce», le dijo a Chang Weisi. La propuesta fue aprobada con toda rapidez. Un mes más tarde, él y el primer contingente especial de treinta camaradas fueron al espacio.

—¿Es usted un soldado? —le preguntó el coleccionista mientras servía el té. Siguió hablando al ver el asentimiento—: Hoy en día los soldados ya no son como antes. Pero en su caso basta con un vistazo.

—Usted también fue un soldado —dijo Zhang Beihai.

—Buen ojo. Empleé mi vida al servicio de la Oficina de Mapas y Topografía del Alto Mando.

—¿Cómo se interesó por los meteoritos? —preguntó Zhang Beihai, mirando con admiración la excelente colección.

—Hará una década fui a la Antártida con un equipo de topografía para buscar meteoritos bajo la nieve y me enganché. Su atractivo radica en que llegan a la Tierra desde el espacio lejano. Cuando cojo uno en la mano me siento como si pasase a un mundo extraño y alienígena.

Zhang Beihai negó con una sonrisa.

—Eso no es más que una sensación. La propia Tierra está formada por la acumulación de materia interestelar, así que básicamente no es más que un gigantesco meteorito. La piedra bajo nuestros pies es meteorito. Esta taza en mi mano es meteorito. Además, dicen que fueron los cometas los que trajeron el agua a la Tierra, por tanto… —levantó la taza— también es meteorito el contenido. Lo que tiene no posee nada de especial.

El coleccionista le señaló con la mano y rio.

—Es usted muy listo. Ya ha empezado a negociar… Aun así, confío en lo que siento.

El coleccionista no se pudo resistir a hacerle una visita guiada. Incluso abrió una caja fuerte para enseñarle el gran tesoro de la casa: una acondrita marciana del tamaño de una uña. Le hizo observar los pequeños huecos redondeados que había en la superficie del meteorito y le dijo que podrían ser microbios fósiles.

—Hace cinco años Robert Haag quiso comprármelo por mil veces el precio del oro, pero no acepté.

—¿Cuántas piezas ha recogido personalmente? —preguntó Zhang Beihai, haciendo un gesto que recorría toda la sala.

—Solo una fracción. La mayoría los adquirí en el sector privado o por intercambios dentro de la comunidad de entusiastas… Bien. ¿Qué tipo quiere?

—Nada demasiado valioso. Debe tener gran densidad, no se debe romper fácilmente bajo un impacto y debe dejarse trabajar con facilidad.

—Comprendo. Quiere grabarlo.

Asintió.

—Podría decirse así. Sería genial si pudiese usar un torno.

—En ese caso, un meteorito de hierro —dijo el coleccionista mientras abría un expositor de cristal y sacaba una piedra oscura del tamaño de una nuez—. Este. Está compuesto sobre todo por hierro y níquel, con cobalto, fósforo, silicio, azufre y cobre. ¿Quiere densidad? Aquí hay ocho gramos por centímetro cúbico. Es fácil de trabajar y muy metálico, así que el torno no debería ser un problema.

—Bien. Pero es un poco demasiado pequeño.

El coleccionista sacó otro trozo del tamaño de una manzana.

—¿Tiene algo todavía más grande?

El coleccionista le miró y dijo:

—No se vende al peso. Los grandes son caros.

—Bien, ¿tiene tres de este tamaño?

El coleccionista sacó tres meteoritos de hierro de aproximadamente el mismo tamaño y empezó a negociar su precio.

—Los meteoritos de hierro no son muy habituales. Son como un cinco por ciento de todos los meteoritos y estos son muy buenas muestras. Mire, este es octahedrita. Observe el patrón cruzado sobre la superficie. Se les llama estructuras de Widmanstätten. Y aquí tenemos una ataxita rica en níquel. Esas líneas paralelas se llaman líneas de Neumann. Este contiene camacita y este otro taenita, un mineral que no se encuentra en la Tierra. Esta pieza la encontré en el desierto, empleando un detector de metales y fue como pescar una aguja en el océano. El vehículo quedó atrapado en la arena y el eje se partió. Por poco muero.

—Diga el precio.

—En el mercado internacional, un ejemplar de este tamaño y calidad valdría unos veinte dólares de Estados Unidos por gramo. Por tanto: ¿sesenta mil yuanes por uno, o tres por ciento ochenta mil?

Zhang Beihai sacó el teléfono.

—Deme el número de cuenta. Pagaré de inmediato.

El coleccionista guardó silencio durante un buen rato. Cuando Zhang Beihai volvió a mirarle, él le dedicó una risa avergonzada.

—La verdad es que esperaba su contraoferta.

—No. Acepto.

—A ver. Ahora que el viaje espacial está al alcance de todos, el precio de mercado ha caído un poco, aunque no es tan fácil conseguir meteoritos en el espacio como en la superficie. Estos bien valen…

Zhang Beihai le hizo callar con un gesto decisivo.

—No. Ese es el precio. Considérelo una muestra de respeto ante esas rocas.

Tras salir de la casa del coleccionista, Zhang Beihai llevó los meteoritos al taller de un instituto de investigación que pertenecía a la fuerza espacial. El trabajo había terminado y el taller, que poseía un torno de control numérico de alta tecnología, estaba vacío. Primero empleó el torno para transformar los tres meteoritos en cilindros del mismo diámetro, como del grueso de una mina de lápiz, y luego los cortó en pequeños segmentos de igual longitud. Trabajó con mucha delicadeza, procurando minimizar todo lo posible el material sobrante, y acabó con treinta y seis pequeñas barras meteóricas. Una vez concluyó, recogió con cuidado los restos, retiró de la máquina la cuchilla especial que había escogido y se fue del taller.

El resto del trabajo lo realizó en un sótano secreto. Sobre la mesa dispuso treinta y seis cartuchos 7,62 mm para pistolas y retiró proyectil tras proyectil. De haber sido cartuchos de latón de los antiguos, el proceso habría requerido mucho esfuerzo, pero dos años antes el ejército al completo había actualizado la pistola reglamentaria para emplear munición sin casquillo, cuyos proyectiles estaban pegados al propelente y por tanto eran fáciles de retirar. A continuación, empleó un adhesivo especial para fijar una barrita meteórica a cada propelente. El adhesivo, desarrollado en un principio para reparar la superficie de cápsulas espaciales, garantizaba que la unión no se rompería una vez enfrentada a los extremos de calor y frío del espacio. Acabó con treinta y seis balas meteóricas.

Metió cuatro balas meteóricas en un cargador, que a su vez encajó en una pistola P224 y disparó contra un saco. En el estrecho sótano el disparo fue ensordecedor y dejó atrás un penetrante olor a pólvora.

Examinó con atención los cuatro agujeros del saco, comprobando que eran pequeños. Es decir, los meteoritos no se habían fragmentado al disparar. Abrió el saco y extrajo un buen trozo de carne fresca de vaca. Con un cuchillo sacó con cuidado los meteoritos. Las cuatro barritas de meteorito se habían fragmentado por completo. Colocó los restos en la mano. Prácticamente no había ninguna indicación de que los hubiesen modificado. Fue un resultado satisfactorio.

El saco de la carne estaba fabricado con el material usado en los trajes espaciales. Para que la simulación fuese todavía más realista, lo había montado por capas separadas por material aislante, tubos de plástico y otros materiales.

Guardó con cuidado las restantes treinta y dos balas meteóricas y se fue del sótano. Debía iniciar los preparativos para visitar el espacio.

Zhang Beihai flotaba en el espacio a cinco kilómetros de la Estación Río Amarillo. Era una estación espacial en forma de rueda que se encontraba a trescientos kilómetros del contrapeso que era el punto final del ascensor espacial. Se trataba de la mayor estructura construida por la humanidad en el espacio y daba cabida a mil residentes a tiempo completo.

La región espacial a un radio de quinientos metros de la estación espacial era el hogar de otras instalaciones espaciales, todas más pequeñas que Río Amarillo. Se encontraban dispersas, como las tiendas de los pioneros cuando se abrió el Oeste Americano. Eran el preludio de la entrada en masa de la humanidad en el espacio. Los astilleros que habían empezado a construir eran los más grandes y con el tiempo acabarían ocupando una zona diez veces mayor que la Estación Río Amarillo, pero ahora mismo simplemente habían construido un andamio que era como el esqueleto de un leviatán. Zhang Beihai había llegado desde la Base I, otra estación espacial a ochenta kilómetros de distancia y que tenía solo una quinta parte del tamaño de Río Amarillo. La Base I era la base de la fuerza espacial en órbita geoestacionaria. Llevaba ya tres meses viviendo y trabajando con los demás miembros del Contingente Especial de Refuerzos Futuros y solo había regresado a la Tierra en una ocasión.

Ahora por fin se presentaba la oportunidad que tanto había estado esperando la facción aeroespacial: se celebraba una conferencia de trabajo de muy alto nivel en la Estación Río Amarillo y a ella asistirían sus tres candidatos a la eliminación. Una vez puesta en servicio, la industria aeroespacial había celebrado bastantes reuniones en Río Amarillo, como si desease compensar el hecho más que lamentable de que la mayor parte del personal del sector aeroespacial jamás hubiese tenido la oportunidad de salir al espacio.

Antes de abandonar la Base I, Zhang Beihai había dejado la unidad de posicionamiento de su traje en su camarote. De esa forma el sistema de vigilancia no sería consciente de que había abandonado la base y no quedarían registros de sus movimientos. Atravesó ochenta kilómetros de espacio, empleando los impulsores del traje, hasta la posición que había elegido.

Y esperó.

La reunión había terminado, pero aguardaba a que los participantes saliesen y se hiciesen una foto de grupo.

La tradición marcaba que todos los participantes de la reunión posaban para una fotografía de grupo en el espacio. Habitualmente la hacían mirando al sol, porque era la única forma de tener una imagen definida de la estación espacial. Como cada persona tenía que hacer que los visores del casco fuesen transparentes para dejar la cara descubierta para la fotografía, tendrían que cerrar los ojos para evitar los intensos rayos del sol si estaban de cara a él, por no mencionar que el interior de los cascos se volvería caliente hasta lo insoportable. Todos esos factores indicaban que el mejor momento para hacer una fotografía de grupo era cuando el sol estaba a punto de salir o ponerse en el horizonte de la Tierra. En órbita geosíncrona, cada veinticuatro horas se producía una salida y una puesta de sol, aunque la noche era muy corta. Ahora Zhang Beihai aguardaba la puesta de sol.

Era consciente de que el sistema de vigilancia de la Estación Río Amarillo podía detectar su presencia, pero no llamaría la atención. Se encontraba en el punto cero de la construcción espacial y la región estaba repleta de material sin usar o abandonado, así como por grandes cantidades de basura. Gran parte de ese material flotante tenía el tamaño aproximado de un ser humano. Es más, el ascensor espacial y las instalaciones circundantes mantenían una relación muy similar a la de una metrópolis con los pueblos circundantes, con los suministros de estos últimos llegando desde la primera, así que había mucho movimiento. A medida que la gente se había acostumbrado al entorno espacial habían ido adoptando la costumbre de atravesar el espacio en solitario. Emplear el traje espacial como si fuese una bicicleta con impulsores que podían obtener velocidades de hasta quinientos kilómetros por hora era la forma más sencilla de viajar en el entorno de unos cientos de kilómetros alrededor del ascensor espacial. Ahora siempre había gente moviéndose entre el ascensor espacial y las estaciones que lo rodeaban.

Zhang Beihai sabía que en ese momento el espacio circundante estaría vacío. Exceptuando la Tierra (que desde la órbita geosíncrona era visible como una esfera completa) y el sol, que estaba a punto de hundirse en el horizonte, lo único que había en todas direcciones era un abismo oscuro. Las innumerables estrellas no eran más que un tenue polvo reluciente incapaz de alterar el vacío del universo. Sabía que el sistema de soporte vital del traje solo aguantaría doce horas y, antes de que se agotase el tiempo, debería recorrer los ochenta kilómetros de vuelta a la Base I, que no era más que un punto informe perdido en el abismo espacial. La propia base no aguantaría demasiado si se cortase el cordón umbilical que la mantenía unida al ascensor espacial. Ahora mismo, flotando en el vasto espacio vacío, lo que sentía era que había cercenado todo contacto con el mundo azul. En este universo él no era más que una presencia independiente, separada de todo el mundo, flotando en el cosmos sin tener suelo bajo los pies y rodeada por espacio por todas partes, sin origen ni destino, como la Tierra, el sol y la Vía Láctea.

Se limitaba a existir.

Le gustaba esa sensación.

Incluso sintió que el espíritu de su padre podría compartir esa misma emoción.

El sol tocó el borde del mundo.

Zhang Beihai levantó la mano. El guante del traje tenía una mira telescópica que empleó para observar una de las salidas de la Estación Río Amarillo que se encontraba a diez kilómetros de distancia. La puerta redonda de la esclusa, encajada sobre la enorme y curvada superficie exterior, seguía cerrada.

Giró la cabeza para mirar al sol. Ya se había puesto a la mitad y parecía un reluciente anillo coronando la Tierra.

Al volver a mirar a la estación a través de la mira, comprobó que la luz de señalización de la salida había cambiado de rojo a verde. Eso indicaba que habían vaciado el aire de su interior. De inmediato, la puerta se abrió y de ella surgió una hilera de figuras vestidas con traje espacial blanco. Eran unas treinta. Cuando salieron flotando, la sombra que proyectaban sobre el exterior de la estación se amplió.

Debían alejarse una buena distancia para poder encajar toda la estación en una fotografía. Pero no pasó mucho tiempo antes de que redujesen la velocidad e, ingrávidos, fuesen ocupando sus posiciones siguiendo las instrucciones del fotógrafo. Para entonces el sol ya se había hundido dos tercios. Lo que sobresalía del astro parecía un objeto luminoso encajado en la Tierra sobre un liso espejo de mar que era medio azul y medio naranja-rojizo, con la parte superior cubierta por nubes iluminadas que recordaban a plumas rosadas.

Al ir reduciéndose la intensidad de la luz, los miembros del lejano grupo fueron volviendo transparentes sus visores, dejando las caras al descubierto. Zhang Beihai incrementó la distancia focal de la mira y dio con los blancos. Tal y como había esperado, dada su alta jerarquía, ocupaban el punto central de la fila delantera.

Soltó la mira, que flotó delante de él. Empleó la mano izquierda para girar el anillo metálico que retenía el guante derecho. Se soltó. Ahora únicamente un fino guante de tela cubría la mano derecha. Sintió de inmediato la temperatura de menos de cien grados del espacio. Para evitar la congelación, giró el cuerpo de forma que la débil luz del sol iluminase la mano. La metió en un bolsillo del traje y sacó la pistola y dos cargadores. A continuación, empleando la mano izquierda, agarró la mira flotante y la fijó a la pistola. En realidad, se trataba de una mira para rifles, pero le había encajado fijaciones magnéticas para poder usarlas con la pistola.

La mayoría de las armas de fuego de la Tierra podían disparar en el espacio. El vacío no era ningún impedimento, porque el propelente de la bala contenía ya el agente oxidante, pero era preciso tener en cuenta la temperatura del espacio: los dos extremos diferían mucho de las temperaturas atmosféricas y, por tanto, podían afectar al arma y a la munición, así que temía dejar fuera el arma y el cargador durante demasiado tiempo. Para que ese tiempo fuese el menor posible, había dedicado tres meses a practicar repetidamente a sacar el arma, montar la mira y cambiar los cargadores.

Apuntó y tuvo en el punto de mira al primero de los blancos.

Ni el más avanzado rifle de francotirador podría acertar a un blanco a cinco kilómetros de distancia en la atmósfera de la Tierra. Pero en el espacio una pistola normal podía hacerlo. Las balas avanzaban en un vacío a gravedad cero, libres de cualquier interferencia externa. Si apuntabas bien, las balas seguirían una trayectoria de lo más estable hasta dar con el blanco. Además, como no había resistencia del aire, las balas no desaceleraban y daban en el blanco con la velocidad inicial, lo que garantizaba el impacto letal incluso en la distancia.

Apretó el gatillo.

La pistola disparó en silencio, pero vio el destello del cañón y sintió el retroceso. Al primer blanco le disparó diez veces. Reemplazó rápidamente el cargador y descargó otras diez veces en el segundo blanco. Volviendo a cambiar, descargó las últimas diez balas en el tercer blanco. Treinta destellos del cañón. Si alguien en la Estación Río Amarillo hubiese estado mirando, habría visto una luciérnaga contra el fondo del espacio.

Ahora, treinta meteoritos volaban hacia sus blancos. La pistola tipo 2010 poseía una velocidad de salida de quinientos metros por segundo, por lo que harían falta unos diez segundos para atravesar la distancia. Durante ese tiempo Zhang Beihai solo podía rezar para que los blancos no cambiasen de posición. No se trataba de una esperanza infundada, porque las dos filas de atrás todavía no habían ocupado su puesto. E incluso de haberse situado todos, el fotógrafo tendría que esperar a que se disipase la neblina de los impulsores de los trajes. Por tanto, los líderes tenían que esperar. Pero teniendo en cuenta que los blancos flotaban ingrávidos en el espacio, era bien posible que se desplazasen, con lo que las balas podrían no solo fallar sino darle a un inocente.

¿Inocente? Las tres personas que iba a asesinar eran inocentes. En los años anteriores a la Crisis Trisolariana, habían realizado lo que ahora podrían considerarse unas inversiones muy exiguas y habían avanzado lentamente sobre hielo muy poco sólido hasta el amanecer de la era espacial. Esa experiencia había limitado sus formas de pensar. Era necesario destruirles para poder lograr naves espaciales capaces de vuelos interestelares. Sus muertes podrían interpretarse como una última contribución a los esfuerzos humanos en el espacio.

De hecho, Zhang Beihai había enviado algunas balas muy desviadas con la esperanza de darle a alguien que no fuese uno de los blancos. Lo ideal sería herirles, pero no importaba demasiado si mataba a uno o dos más. Como mucho eso lograría reducir cualquier sospecha.

Alzó el arma vacía y frunció el ceño al usar la mira. Era consciente de la posibilidad de fracasar. Si eso sucedía, iniciaría la búsqueda de una segunda oportunidad.

El tiempo pasó segundo a segundo y al final hubo señales de un impacto. Zhang Beihai no vio el agujero en el traje espacial, pero surgió un gas blanco. De inmediato, otro estallido aún mayor de vapor blanco surgió de entre la primera y segunda fila, quizá porque la bala había salido por la espalda del blanco y había atravesado el sistema de impulsores. Confiaba mucho en esas balas: un proyectil meteórico disparado sin prácticamente reducción de velocidad sería como recibir un disparo a quemarropa. En uno de los blancos aparecieron grietas en el visor del casco, dejándolo opaco, pero pudo ver la sangre que lo cubría por dentro antes de que se mezclase con los gases para luego escapar por el agujero de bala, donde enseguida se congeló formando cristales como de nieve. Sus observaciones le permitieron confirmar que cinco personas habían sido impactadas, incluyendo los tres objetivos, habiendo cada uno de ellos recibido al menos cinco disparos.

Vio a través de sus visores que la multitud gritaba de terror, y la forma de los labios le indicó que entre sus palabras estaban las que esperaba: «¡Lluvia de meteoritos!».

Todos los miembros del grupo activaron de inmediato los impulsores y corrieron a la estación, dejando atrás estelas de neblina blanca. Finalmente atravesaron la escotilla y regresaron al interior de la Estación Río Amarillo. Zhang Beihai vio que también se llevaban a los cinco afectados.

Activó sus propios impulsores y aceleró hacia la Base I. Ahora su corazón estaba tan frío y tranquilo como el espacio vacío que le rodeaba. Era bien consciente de que la muerte de las tres figuras clave del sector aeroespacial no garantizaba que el motor de radiación fuese a convertirse en la rama principal de la investigación en naves espaciales, pero había hecho todo lo posible. Ya no importaba lo que pasase a continuación. En cuanto al juicio vigilante de su padre en el más allá, se podía relajar.

Prácticamente al mismo tiempo que Zhang Beihai regresaba a la Base I, en el internet de la Tierra un grupo de personas se congregaba a toda prisa en las extensiones del mundo virtual Tres Cuerpos para hablar de lo sucedido.

—En esta ocasión la información transmitida vía sofón fue muy completa o jamás podríamos haberlo creído —dijo Qin Shi Huang mientras agitaba la espada con cierto desasosiego—. Mira lo que ha hecho, y luego comparadlo con nuestros tres intentos contra la vida de Luo Ji. —Hizo un gesto de desesperación—. A veces nos pasamos de cerebritos. Carecemos de semejante capacidad calculadora y fría.

—¿Vamos a quedarnos cruzados de brazos y permitir que se salga con la suya? —preguntó Einstein.

—Obedeciendo las intenciones de nuestro Señor, es todo lo que podemos hacer. Ese hombre es un resistente muy obstinado y un triunfalista, y nuestro Señor no nos quiere interfiriendo innecesariamente con ese tipo de humanos. Debemos concentrarnos en el Escapismo. Nuestro Señor considera que el derrotismo es mucho más peligroso que el triunfalismo —dijo Newton.

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