El bosque oscuro
Segunda Parte. La maldición » Año 20 de la Era de la Crisis
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—Somos oficiales de la fuerza espacial y hemos venido a obtener fe en la victoria.
El proceso de aplicación del precinto mental era muy rápido.
Después de que los diez miembros del panel de supervisión examinasen los libros de la fe, firmaron sus nombres en el certificado notarial. A continuación, bajo su supervisión, el primer voluntario recibió el libro de la fe y se sentó en el escáner del precinto mental. Colocó el libro de la fe en la pequeña plataforma que tenía delante. Esta tenía un botón rojo en la esquina inferior derecha. Al abrir el libro de la fe una voz preguntó:
—¿Está seguro de querer recibir la certidumbre de esta proposición? Si es así, pulse el botón. En caso contrario, abandone la zona de escáner.
Tres veces se repitió la pregunta y tres veces el botón se iluminó en rojo. Un mecanismo de posicionamiento se fue cerrando lentamente para fijar la cabeza del voluntario, y a continuación la voz dijo:
—El procedimiento del precinto mental va a comenzar. Por favor, lea la proposición en silencio y pulse el botón.
Al pulsar, el botón se volvió verde y tras medio minuto se apagó. La voz dijo:
—El procedimiento de aplicación del precinto mental ha concluido.
El dispositivo de posicionamiento se separó. El voluntario se puso en pie y salió.
Una vez que los cuatro oficiales completaron el procedimiento, volvieron a la recepción, donde Keiko Yamasuki los examinó con cuidado, confirmando casi de inmediato que su percepción de una mejora del estado de ánimo no era simplemente imaginaria. En los cuatro pares de ojos ya no había ni melancolía ni confusión. Ahora eran ojos tan serenos como el agua.
—¿Cómo se sienten? —preguntó con una sonrisa.
—Genial —respondió un joven oficial, devolviéndole la sonrisa—. Como debe ser.
Al irse, la mujer asiática se giró y dijo:
—Doctora, me siento de maravilla. Gracias.
El futuro era una pura certidumbre. Al menos en las mentes de esos cuatro jóvenes.
A partir de ese día llegaron sin pausa otros miembros de la fuerza espacial en busca de la fe. Al principio iban solos y vestidos de civiles, pero al final aparecían en grandes grupos vestidos con uniforme militar. Si llegaban más de cinco personas a la vez, el panel de supervisión realizaba una investigación rápida para comprobar que nadie viniese coaccionado.
Una semana más tarde, un centenar de miembros de la fuerza espacial había logrado la fe en la victoria gracias al precinto mental. Sus graduaciones iban desde soldado raso a coronel, la graduación más alta a la que las fuerzas espaciales nacionales permitían usar el precinto mental.
Esa noche, junto al Monumento a la Fe iluminado por la luna, Hines le dijo a Keiko Yamasuki:
—Cariño, debemos irnos.
—¿Al futuro?
—Así es. El estudio de la mente no se nos da mejor que a otros científicos y ya hemos logrado todo lo que precisábamos. Hemos dado un buen empujón a la rueda de la historia, así que vayamos a esperar al futuro.
—¿Cuánto?
—Mucho, Keiko. Mucho. El día en que las sondas trisolarianas lleguen al Sistema Solar.
—Antes, regresemos durante un tiempo a la casa de Tokio. Después de todo, esta época quedará sepultada para siempre.
—Claro que sí, cariño. Yo también lo echo de menos.
Seis meses más tarde, cuando Keiko Yamasuki se hundía en el frío creciente para entrar en hibernación, el frío congeló y filtró todo el ruido de fondo de su mente. De pronto, sus pensamientos más intensos se manifestaron con toda claridad frente a la solitaria oscuridad, igual que aquel momento, diez años antes, cuando Luo Ji se hundió de súbito en las aguas heladas. De pronto, sus pensamientos difusos se volvieron extremadamente definidos, como el cielo frío en el más profundo invierno.
Era demasiado tarde para gritar que interrumpiesen la hibernación; las temperaturas ultra reducidas ya se habían apoderado de todo su cuerpo, y con ello había perdido toda capacidad de emitir sonidos.
Eso sí, justo al pasar a la hibernación, los médicos y operarios se dieron cuenta de que de pronto abría un poco los ojos, con expresión de terror y desesperación. De no ser porque el frío congeló sus pupilas, sus ojos se habrían abierto por completo. Pero la verdad es que se trataba de un reflejo normal que ya habían visto en otros pacientes. No le dieron mayor importancia.
La reunión del Consejo de Defensa Planetaria sobre el Proyecto Vallado discutía sobre la prueba de la bomba estelar de hidrógeno.
El enorme avance en tecnología informática permitía que los ordenadores fuesen por fin capaces de calcular el modelo teórico estelar, desarrollado durante la década anterior, de una explosión nuclear, y, por tanto, se podía dar comienzo de inmediato a la construcción de bombas estelares de hidrógeno de alta capacidad. Se estimaba que la capacidad de la primera sería de 350 megatones de TNT, o unas siete veces más que la bomba de hidrógeno más potente fabricada por la humanidad. Probarla en la atmósfera sería del todo imposible. Y hacerla detonar en las profundidades empleadas hasta entonces no haría más que lanzar roca hacia el aire, por lo que cualquier prueba terrestre exigiría un pozo increíblemente profundo. Pero incluso detonarla en esas condiciones provocaría ondas de choque que se extenderían por todo el mundo y podría causar todo tipo de problemas imprevistos en muchas estructuras geológicas, hasta el punto de quizá llegar a causar terremotos y tsunamis. Por tanto, la única prueba posible sería en el espacio. Aun así, resultaba imposible hacerlo en órbita, porque el pulso electromagnético producido por la explosión sería una catástrofe para las telecomunicaciones y redes eléctricas de la Tierra. La zona ideal de pruebas era en la cara oculta de la luna. Sin embargo, la decisión de Rey Díaz fue otra.
—He decidido realizar la prueba en Mercurio —dijo.
Aquella propuesta sorprendió a todos los asistentes, quienes plantearon muchas preguntas sobre su intención.
—Según los principios fundamentales del Proyecto Vallado, no estoy obligado a explicarme —respondió fríamente—. Las pruebas deben realizarse bajo la superficie. Hay que cavar pozos ultra profundos en Mercurio.
La representante de Rusia dijo:
—Podríamos considerar la idea de hacer pruebas en la superficie. Pero son demasiado caras. Cavar pozos profundos en ese planeta costaría cien veces lo que el mismo proyecto en la Tierra. Además, los efectos de una bomba nuclear en Mercurio no nos darán información útil.
—¡Incluso es imposible realizar una prueba de superficie en Mercurio! —dijo el representante de Estados Unidos—. De todos los vallados, Rey Díaz es el que más recursos ha consumido. ¡Es hora de pararle los pies! —La misma idea expresaron los representantes de Reino Unido, Francia y Alemania.
Rey Díaz rio en voz alta.
—Querrían vetar mi plan incluso si emplease tan pocos recursos como el doctor Luo. —Se volvió hacia el presidente de turno—. Me gustaría recordar a la presidencia y a los representantes que, de todas las estrategias propuestas por los vallados, mi plan es el que mejor combina con la defensa convencional, hasta el punto de poder considerarse totalmente convencional. Es posible que, evaluado en cifras absolutas, el consumo de recursos pueda parecer grande, pero una parte considerable se superpone a la defensa convencional. Por tanto…
En ese punto interrumpió el representante de Reino Unido.
—Aun así, debería explicarnos a qué viene realizar pruebas bajo la superficie en Mercurio. No se nos ocurre ninguna explicación a menos que sea para gastar dinero.
—Presidente, representantes —respondió Rey Díaz con tranquilidad—, quizá sean conscientes de que el Consejo de Defensa Planetaria ya no siente ni el más mínimo respeto por los vallados y los principios del proyecto. Si estamos obligados a explicar hasta el más pequeño detalle de nuestros planes, ¿qué sentido tiene el Proyecto Vallado? —Miró con furia a cada uno de los representantes, obligándoles a apartar la mirada—. Por otra parte, estoy dispuesto a dar una respuesta a la pregunta planteada. El fin último de realizar pruebas en Mercurio muy por debajo de la superficie es crear una enorme caverna que pueda usarse como futura base en Mercurio. Es, evidentemente, la forma más barata de acometer un proyecto de ingeniería de esa magnitud.
Las palabras causaron susurros, y un representante dijo:
—Vallado Rey Díaz, ¿quiere usar Mercurio como base de lanzamiento de las bombas estelares de hidrógeno?
Rey Díaz respondió con toda confianza.
—Sí. La teoría estratégica actual en el campo de la defensa convencional dice que deberíamos concentrarnos en los planetas exteriores, por lo que no hemos dado suficiente atención a los planetas interiores, que se consideran insignificantes para la defensa. La intención de la base en Mercurio que propongo es precisamente corregir ese eslabón débil en la defensa convencional.
—Teme al sol, pero quiere ir al planeta que lo tiene más cerca. ¿No es curioso? —dijo el representante de Estados Unidos. Se oyeron algunas risas seguidas de una advertencia por parte del presidente.
—El presidente no debe molestarse. Ya me he acostumbrado a la falta de respeto. Ya lo había hecho incluso antes de convertirme en vallado —dijo Rey Díaz con un gesto de la mano—. Pero todos ustedes deberían sentir respeto por los acontecimientos. Una vez que los planetas exteriores y la Tierra hayan caído, la base de Mercurio será el último bastión de la humanidad. Defendida por el sol y situada a cubierto de la radiación, ocupará la posición más agreste.
—Vallado Rey Díaz, ¿quiere decir que todo su plan descansa en la defensa final cuando la situación de la humanidad sea ya desesperada? Es más que consistente con su personalidad —dijo el representante de Francia.
—Caballeros, no podemos negarnos a tener en cuenta la resistencia final —dijo Rey Díaz con mucha seriedad.
—Muy bien, vallado Rey Díaz —dijo el presidente—. Teniendo en cuenta sus planes generales de desarrollo, ¿podría indicarnos cuántas bombas de hidrógeno estelares necesitará en total?
—Cuantas más mejor. Hay que tener todas las que la Tierra pueda fabricar. El número definitivo depende de la potencia máxima que se pueda lograr con las bombas de hidrógeno, pero con las estimaciones actuales, la primera fase del plan de despliegue requiere al menos un millón.
Las palabras de Rey Díaz provocaron unas risas que estremecieron el auditorio.
—El vallado Rey Díaz no quiere producir un pequeño sol, eso está claro, ¡quiere toda una galaxia personal! —dijo en voz alta el representante de Estados Unidos. Se inclinó hacia Rey Díaz—. ¿De verdad está convencido de que todo el protio, deuterio y tritio del océano está ahí para su uso? A causa de su perverso afecto por la bomba, ¿la Tierra debe convertirse en una línea de montaje de bombas?
En ese momento, Rey Díaz era el único presente que mantenía el rostro serio. Aguardó pacientemente a que se tranquilizasen los ánimos soliviantados por sus palabras y dijo con cuidado de enunciar cada palabra:
—En la historia de la especie humana, esta es la guerra definitiva, por lo que la cifra que he solicitado no es tan alta. Pero sí que anticipé esta situación. Aun así, les aseguro que construiré todas las bombas que pueda. Trabajaré duro y no me detendré.
La respuesta de los representantes de Estados Unidos, Reino Unido y Francia fue presentar una propuesta conjunta, P269, para dar por terminado el plan estratégico del vallado Rey Díaz.
En la superficie de Mercurio se veían dos colores: el negro y el dorado. La masa terrestre era el negro. Su reducida reflectividad hacía que incluso bajo la cercana luz del ardiente sol siguiese siendo una capa de negro. El dorado era el sol, que ocupaba buena parte del cielo. En su amplia cara podías apreciar el batir de sus mares ardientes y la deriva de las manchas solares como si fueran nubes negras. En los bordes, el elegante baile de las prominencias solares.
Y en ese duro trozo de piedra suspendido sobre un mar ardiente la humanidad construía otro pequeño sol.
Tras completar el ascensor espacial, la humanidad había iniciado la exploración de los otros planetas del Sistema Solar. El aterrizaje de naves tripuladas en Marte y las lunas de Júpiter no había levantado muchas pasiones porque todos sabían que el sentido de esas expediciones estaba mucho más definido y era mucho más práctico que en el pasado: la intención era establecer bases para defender el Sistema Solar. Esos viajes en naves y cohetes de propulsión química no eran más que un pequeño paso inicial hacia ese fin. Los planetas exteriores fueron el objeto de la exploración inicial, pero el valor de los planetas interiores fue creciendo a medida que se profundizaba en el estudio de la estrategia espacial. Se aceleró la exploración de Venus y Mercurio. Y así fue como el Consejo de Defensa Planetaria aprobó por un pequeño margen el plan de Rey Díaz para probar la bomba estelar de hidrógeno en Mercurio.
La excavación del pozo en la roca de Mercurio fue el primer proyecto de ingeniería a gran escala que la humanidad emprendía en otro mundo. Llevó tres años completar el proyecto, debido a que solo podían construir durante la noche de Mercurio, en períodos de ochenta y ocho días terrestres. Al final su profundidad fue solo un tercio de la proyectada, porque descubrieron una capa especialmente dura, una mezcla de metal y roca. Llevaría mucho más tiempo, y dinero, seguir excavando. Al final se decidió dar por concluido el proyecto. Si la prueba se realizaba a la profundidad lograda, la explosión expulsaría toda la roca circundante, por lo que a efectos prácticos no sería más que una prueba atmosférica diluida. Y resultaría mucho más difícil observar el resultado de la prueba debido a la interferencia de la corteza circundante. Pero a Rey Díaz se le ocurrió que si cubrían el cráter resultante, también podría valer como base, así que insistió en realizar la prueba bajo la superficie empleando la profundidad actual.
La prueba se ejecutó al amanecer.
En Mercurio, la salida del sol era un proceso lento de diez horas, y una tenue luz acababa de aparecer en el horizonte. La cuenta atrás de la detonación llegó al final. Se extendieron ondulaciones anulares centradas en el punto de detonación y durante un momento la superficie de Mercurio pareció volverse tan blanda como el satén. A continuación, en el punto de la explosión, una montaña se elevó lentamente como si fuese el lomo de un gigante que se despertase. Explotó por completo cuando el pico alcanzó unos tres mil metros. Miles de millones de toneladas de lodo y rocas volaron en un espectáculo febril, como si fuese la furia del suelo contra el cielo. Y junto con la superficie que desaparecía llegó la luz radiante de la bola de fuego, que iluminó la roca y la tierra que volaban por el cielo, provocando un grandioso espectáculo de fuegos artificiales en el firmamento negro de Mercurio. La esfera ardiente aguantó cinco minutos antes de apagarse, mientras las rocas volvían a caer al suelo iluminadas por el resplandor nuclear.
Los observadores percibieron, diez horas después de la explosión, que Mercurio tenía ahora un anillo. Era el resultado de la gran cantidad de rocas que había alcanzado velocidad cósmica por efecto de la enorme explosión, rocas que habían acabado convertidas en innumerables satélites de distintos tamaños. Se distribuían uniformemente en órbita, convirtiendo a Mercurio en el primer planeta terrestre con un anillo. Era delgado y chispeaba bajo la dura luz del sol; parecía como si alguien hubiese atacado el planeta con un lápiz.
Una parte de las rocas alcanzó la velocidad de escape y dejó a Mercurio atrás, convirtiéndose por derecho propio en satélites del sol y formando en la órbita de Mercurio un cinturón de asteroides extremadamente disperso.
Rey Díaz no vivía bajo tierra porque le preocupase la seguridad, sino debido a su heliofobia. Se sentía algo más cómodo en el entorno claustrofóbico, bien lejos de la luz del sol. En el sótano que era su vivienda fue donde vio la retransmisión en directo de la prueba de Mercurio. No era exactamente en directo; la señal necesitaba siete minutos para llegar a la Tierra. Al concluir la explosión, y mientras las rocas todavía seguían cayendo en la oscuridad posterior a la detonación, recibió la llamada telefónica del presidente de turno del Consejo de Defensa Planetaria.
El presidente le dijo que la enorme potencia de la bomba estelar de hidrógeno había impresionado a los líderes del consejo, y los estados miembro permanentes habían solicitado que la siguiente reunión del Proyecto Vallado se celebrase con la mayor celeridad posible para hablar de la producción y el despliegue de la bomba. También recalcó que la cifra requerida por Rey Díaz era inviable, pero que las grandes potencias estaban más que interesadas en la fabricación del arma.
Más de diez horas después de concluir la prueba, mientras observaba al nuevo anillo de Mercurio centellear en la pantalla de televisión, la voz de un guardia le habló por el interfono. Le dijo que había llegado su psiquiatra para su cita.
—No he solicitado ningún psiquiatra. ¡Que se vaya! —Se sentía insultado.
—No sea así, señor Rey Díaz —dijo otra voz, más tranquila. Claramente era el visitante—. Puedo hacerle ver el sol…
—Salga de aquí —gritó, pero de inmediato cambió de opinión—. No. Arresten a ese idiota y descubran de dónde ha salido.
—… porque conozco la razón de su afección —dijo la voz todavía tranquila—. Señor Rey Díaz, por favor, créame. Usted y yo somos los únicos que lo sabemos.
Al oírlo, Rey Díaz pasó a un estado de alerta y dijo:
—Que pase.
Durante unos segundos miró al techo con ojos cansados. A continuación, se levantó muy despacio y recogió una corbata del sofá lleno de trastos, para luego volver a tirarla. Se acercó al espejo, se ajustó el cuello de la camisa y se peinó con la mano. Parecía que se preparase para un acto solemne.
Sabía bien que lo sería.
El visitante era un hombre atractivo de mediana edad que no se presentó al entrar. Frunció un poco el ceño al notar el olor a puros y alcohol de la estancia. Pero luego se limitó a quedarse de pie con tranquilidad mientras Rey Díaz le miraba de arriba a abajo.
—¿Por qué tengo la sensación de haberle visto antes? —dijo mientras le miraba.
—No tiene nada de raro, señor Rey Díaz. Todos dicen que me parezco al Superman de las viejas películas.
—¿Realmente cree ser Superman? —dijo Rey Díaz. Se sentó en el sofá, agarró un puro, le mordió la parte posterior e inició el proceso de encendido.
—Esa pregunta demuestra que ya sabe qué tipo de hombre soy. No soy Superman, señor Rey Díaz. Tampoco lo es usted. —Dio un paso al frente. Rey Díaz le tenía ahora justo delante, mirándole a través de la nube de humo del puro. Se puso en pie.
El visitante dijo:
—Vallado Manuel Rey Díaz, soy su desvallador.
Rey Díaz asintió, abatido.
—¿Me puedo sentar? —preguntó el desvallador.
—No, no puede —dijo Rey Díaz mientras arrojaba humo a la cara del hombre.
—No se deprima —dijo el desvallador con una sonrisa.
—No me deprimo —dijo Rey Díaz con voz fría y dura.
El desvallador se acercó a la pared y le dio a un interruptor. Ocultos, los ventiladores empezaron a zumbar.
—No toque nada —le advirtió Rey Díaz.
—Necesita aire fresco. Y todavía el sol. Conozco bien esta habitación, vallado Rey Díaz. Las imágenes de sofones me han permitido verle muchas veces recorrerla como una bestia enjaulada. Nadie en este mundo le ha observado tanto tiempo como yo, y créame, tampoco fue fácil para mí.
El desvallador miró directamente a Rey Díaz, que mantenía una expresión tan neutra como la de una escultura de hielo, y luego siguió hablando:
—Comparado con Frederick Tyler, usted es un estratega brillante. Un vallado competente. Por favor, entienda que no son meros elogios. Debo admitir que me tuvo engañado durante mucho tiempo, casi una década. Esa fijación con la superbomba, un arma tan claramente ineficiente en una batalla espacial, sirvió con éxito para ocultar su verdadera dirección estratégica, y durante mucho tiempo no tuve ni la más mínima pista sobre cuál podría ser. Me perdí en el laberinto que levantó, vallado Rey Díaz, y en cierto punto casi abandoné toda esperanza. —El desvallador miró al techo, anegado por el recuerdo de esos momentos tan difíciles—. Más tarde se me ocurrió comprobar la información de antes de que se convirtiese en vallado. No fue fácil, porque los sofones no servían de nada. Ya sabe que en aquella época solo un número limitado de sofones había llegado a la Tierra y usted, como jefe de Estado en Sudamérica, no había llamado su atención. Tuve que recurrir a los métodos convencionales, y eso me llevó tres años. Lo importante es que en todo ese material destacaba un hombre: William Cosmo. En tres ocasiones se reunió usted con él en secreto. Los sofones no registraron esas conversaciones, así que jamás sabré lo que se dijo, pero es muy poco habitual que un jefe de Estado de un pequeño país pobre se reúna en tres ocasiones con un astrofísico occidental. Sabemos que en ese momento usted ya se preparaba para ser vallado.
»Sin duda, lo que le interesaba era el resultado de las investigaciones del doctor Cosmo. Ahora mismo no tengo claro cómo supo esos resultados, pero usted es ingeniero y contaba con la exitosa experiencia de su predecesor tan adepto al socialismo, quien compartía el mismo entusiasmo por levantar una nación dirigida por ingenieros. Esa fue la principal razón para que usted se convirtiese en su sucesor. Por tanto, usted debería poseer los conocimientos y la sensibilidad para comprender el significado potencial de las investigaciones de Cosmo.
»Una vez se inició la Crisis Trisolariana, el equipo de investigación del doctor Cosmo se puso a trabajar sobre la atmósfera del sistema estelar trisolariano. Sostenía que la atmósfera era el resultado de un antiguo planeta que había chocado con una estrella. Al chocar, rompió las capas exteriores, la fotosfera y la cromosfera, haciendo que la materia estelar del interior saliese al espacio y formase una atmósfera. Debido a la irregularidad del movimiento del sistema, había momentos en que las estrellas se acercaban mucho entre sí, y en esas ocasiones, la atmósfera de una estrella se dispersaba por efecto de la gravedad de la otra estrella, para luego recuperarse por las erupciones de la superficie estelar. No eran erupciones constantes, sino más bien como volcanes que sufrían súbitos estallidos. Y esa era la razón para la contracción y expansión constante de la atmósfera de las estrellas. Para demostrar la hipótesis, Cosmo buscó en el universo para dar con otra estrella con una atmósfera expulsada tras la colisión con un planeta. Tuvo éxito en el tercer año de la Era de la Crisis.
»A unos ochenta años luz de la Tierra, el equipo del doctor Cosmo descubrió el sistema planetario 275E1. En ese momento todavía no se disponía del Hubble II, así que emplearon el método de oscilación. Tras observar y calcular la frecuencia de oscilación y variaciones de luz, descubrieron que el planeta se encontraba muy cerca de su estrella. Pero entonces el descubrimiento no llamó mucho la atención, porque la comunidad astronómica ya había dado con más de doscientos sistemas planetarios. Sin embargo, las posteriores observaciones manifestaron un hecho sorprendente: la distancia entre planeta y estrella se reducía, y de forma acelerada. Es decir, por primera vez la humanidad podría observar el choque de un planeta contra una estrella. Un año más tarde, o mejor dicho, ochenta y cuatro años antes de observarlo, fue eso lo que pasó. Las condiciones de observación de la época solo permitían determinar la colisión por la oscilación gravitatoria y las variaciones luminosas.
Pero a continuación sucedió algo asombroso: alrededor de la estrella apareció una espiral de materia y ese flujo en espiral siguió expandiéndose. Era como un resorte en espiral desenrollándose lentamente con la estrella en su centro. Cosmo y sus colegas se dieron cuenta de que ese flujo de material había surgido del punto de impacto del planeta. El trozo de roca había atravesado la corteza de ese sol lejano y había eyectado materia estelar al espacio, donde, por efecto de la rotación de la propia estrella, formó una espiral.
»Hay varios datos fundamentales. La estrella era un sol amarillo de la clase G2 con una magnitud absoluta de 4,3 y un diámetro de 1,2 millones de kilómetros. Muy parecido a nuestro sol. El planeta tenía un cuatro por ciento de la masa de la Tierra, es decir, algo más pequeño que Mercurio, y la nube espiral resultado de la colisión tenía un radio de unas tres unidades astronómicas, superior a la distancia entre el sol y el cinturón de asteroides.
»Y en ese descubrimiento encontré el punto de apoyo para revelar su verdadero plan estratégico. Ahora, como su desvallador, le explicaré su grandiosa estrategia.
»Suponiendo que al final pueda conseguir ese millón, o más, de bombas estelares de hidrógeno, las acumulará, como prometió al consejo, en Mercurio. Si las bombas detonan en la roca de Mercurio, sería como un motor turbo frenando el planeta. Con el tiempo su velocidad no podrá mantener su órbita y caerá hacia el sol. A continuación, se repetirá aquí lo que ya sucedió en 275E1 a ochenta y cuatro años luz de distancia: Mercurio rompe la zona convectiva del sol y expulsa al espacio grandes cantidades de materia estelar de la zona de radiación a gran velocidad. La rotación del sol hará que adopte forma de espiral, similar a 275E1. El sol difiere del sistema Trisolaris porque al ser una estrella única jamás se cruzará con otra, y, por tanto, su atmósfera seguirá incrementándose sin problema hasta ser todavía más densa que la atmósfera de esas estrellas. Algo que también se confirmó con las observaciones de 275E1. Cuando el flujo en espiral se expanda a partir del sol como un resorte en espiral desenrollándose, la densidad acabará superando la órbita de Marte, momento en que se inicia una maravillosa reacción en cadena.
»Primero, tres planetas terrestres, Venus, la Tierra y Marte, atraviesan la atmósfera espiral del sol, perdiendo velocidad debido a la fricción atmosférica, convirtiéndose en tres gigantescos meteoros que acabarán chocando contra el sol. Pero antes, la intensa fricción del material solar eliminará la atmósfera de la Tierra. Los océanos se evaporarán, y la atmósfera perdida y los océanos evaporados convertirán a la Tierra en un cometa gigantesco con una cola que se extenderá por toda su órbita para rodear el sol. La superficie de la Tierra volverá a ser el ardiente mar de magma primigenio, donde no puede existir la vida.
»Cuando Venus, la Tierra y Marte choquen contra el sol, la eyección de materia solar al espacio se incrementará. El solitario flujo en espiral se convertirá en cuatro flujos. Dado que la masa total de esos tres planetas es cuarenta veces la de Mercurio, y como sus órbitas son más altas, el impacto contra el sol se producirá a mucha mayor velocidad, y, por tanto, cada nueva espiral surgirá con una potencia decenas de veces superior a la de Mercurio. La atmósfera espiral existente se expandirá con rapidez hasta que sus límites se aproximen a la órbita de Júpiter.
»La fricción producirá una desaceleración muy reducida en la enorme masa de Júpiter. Pasará bastante tiempo antes de que la espiral provoque algún efecto perceptible en la órbita de Júpiter. Pero los satélites de Júpiter sufrirán uno de dos destinos posibles: la fricción los arranca de Júpiter, pierden su velocidad y caen al sol, o pierden velocidad en órbita joviana y caen al planeta líquido.
»A medida que se mantiene la reacción en cadena, la reducción de velocidad por efecto de la atmósfera en espiral sigue presente, aunque sea muy pequeña, por lo que la órbita de Júpiter va degenerando poco a poco. Ese fenómeno hará que el planeta recorra una atmósfera cada vez más densa cuya fricción acelerará la pérdida de velocidad, por lo que la órbita degenerará todavía más rápido. Por tanto, Júpiter también acabará chocando contra el sol y, al tener una masa que es seiscientas veces la de los otros cuatro planetas, su impacto contra el sol produciría, incluso estimando de forma conservadora, una eyección todavía más extrema de material estelar, con lo que la densidad de la atmósfera espiral se incrementará, lo que a su vez exacerbará el frío aterido de Urano y Neptuno. Aunque cabe otra posibilidad: la caída del gigante joviano llevará el borde de la atmósfera espiral hasta la órbita de Urano, incluso posiblemente Neptuno. El efecto de desaceleración de la fricción, a pesar de que la atmósfera es muy poco densa en la parte superior, empujará a esos dos planetas, en compañía de sus satélites, hacia el sol. Es imposible saber en qué estado se encontrará el sol y qué transformaciones habrá sufrido el Sistema Solar una vez concluya la reacción en cadena, y los cuatro planetas terrestres y los cuatro gigantes gaseosos hayan desaparecido. Solo hay una garantía: en cuanto a la vida y la civilización, será un resultado mucho más cruel que el ataque de Trisolaris.
»En cuanto a este último, el Sistema Solar es su única esperanza antes de que las estrellas devoren su planeta. No tienen otro mundo al que emigrar, por lo que su civilización seguirá los pasos de la humanidad hacia la destrucción absoluta.
»He aquí su estrategia: la muerte para ambos bandos. Una vez lo tuviese todo preparado, las bombas estelares de hidrógeno en Mercurio, emplearía esa amenaza para forzar la rendición de Trisolaris y así lograr la victoria final para la humanidad.
»Acabo de ofrecerle el resultado de los años de esfuerzo que yo, su desvallador, he dedicado. No deseo ni la crítica ni la opinión. Sé que todo lo que he dicho es cierto.
Rey Díaz había estado escuchando tranquilamente al desvallador. Ya había desaparecido la mitad del puro. Lo giró como si desease admirar el resplandor de la punta.
El desvallador se sentó en el sofá. Como si se tratase de un profesor empeñado en evaluar el rendimiento de un alumno, siguió sin pausa:
—Señor Rey Díaz, le dije que era un estratega brillante, o mejor digamos que, al formular y poner en marcha este plan, ha demostrado usted muchas notables cualidades.
»Para empezar, supo sacar provecho a su pasado. La gente recuerda perfectamente la humillación que usted y su pueblo sufrieron cuando se les obligó a desmantelar la instalación nuclear Orinoco con la que estaban desarrollando la energía nuclear. El mundo entero fue testigo de su expresión sombría. Se aprovechó de la percepción que tenían los demás de su paranoia contra las armas nucleares para minimizar, o incluso eliminar, cualquier sospecha.
»Pero su talento también queda en evidencia en cada detalle de la ejecución del plan. Voy a limitarme a comentar un ejemplo. Durante la prueba de Mercurio, lo que usted quería era que la roca saltase al cielo. Aun así, insistió en cavar un pozo muy profundo como jugada a largo plazo. Era más que consciente de la poca tolerancia que tienen los estados miembro permanentes del consejo ante el costo de una empresa tan enorme. Resulta admirable.
»Cometió, sin embargo, un importante error. ¿Por qué hacer la primera prueba en Mercurio? Habría tenido tiempo de sobra para llevar allí las bombas. Quizás enfermó de impaciencia y estaba deseoso por ver el resultado de la explosión en ese planeta. Ya lo vio. Cantidades enormes de roca alcanzando la velocidad de escape. Incluso es posible que el resultado fuese mejor de lo que esperaba. Quedó satisfecho, sin duda. Pero me concedió la prueba final de mi hipótesis.
»Sí, señor Rey Díaz, a pesar de todo lo que investigué, fue ese hecho final el que me permitió descubrir su verdadera intención. Era una idea demasiado desquiciada, pero grandiosa e incluso se podría considerar hermosa. Si realmente se llegase a producir la reacción en cadena iniciada por la caída de Mercurio, sería, sin duda, el movimiento más excelso en la sinfonía del Sistema Solar. Por desgracia, la humanidad solo podría disfrutar de la primera parte. Señor Rey Díaz, es usted un vallado con las aspiraciones de un dios. Me honra ser su desvallador.
El desvallador se puso en pie y le dedicó a Rey Díaz una reverencia sincera.
Rey Díaz ni se molestó en mirarle. Dio una calada al puro y exhaló el humo sin dejar de contemplar la punta.
—Vale. Ahora preguntaré lo mismo que Tyler.
El desvallador se adelantó con la pregunta.
—¿Qué más da si lo que he dicho es verdad?
Rey Díaz miró el extremo encendido del puro y se limitó a asentir.
—Responderé lo mismo que el desvallador de Tyler: a nuestro Señor no le importa nada.
Rey Díaz apartó la vista del puro y miró, inquisitivo, al desvallador.
—Parece usted vulgar, pero su mente es avispada. Sin embargo, en lo más profundo de su alma sigue siendo usted vulgar. Posee la naturaleza de un hombre vulgar. Y es la codicia fundamental de su plan estratégico lo que deja en evidencia tal vulgaridad. Incluso si se agotasen todos los recursos industriales de la Tierra, la humanidad carece de la capacidad para fabricar tantas bombas estelares de hidrógeno. Como mucho, podría acabar con una décima parte. Y para lanzar a Mercurio contra el sol, un millón de bombas estelares de hidrógeno está lejos de ser suficiente. Manifestó la imprudencia de un soldado al formular un plan imposible, que luego con obstinación hizo avanzar paso a paso aplicando toda la fina astucia de un estratega de gran nivel. Se trata, vallado Rey Díaz, de una tragedia monumental.
Rey Díaz miraba fijamente al desvallador. Su rostro fue adoptando una dulzura evasiva. Hubo indicios de convulsiones bajo las duras líneas de la cara, que gradualmente fueron incrementándose hasta que surgió con fuerza la risa que había estado conteniendo.
—Ja, ja, ja, ja, ja… —Rio mientras señalaba al desvallador—. ¡Superman! Ja, ja, ja, ja. Ya me acuerdo. Ese Superman de antaño. Podía volar, era capaz de invertir la rotación de la Tierra, pero una vez iba a caballo… ja, ja, ja… iba a caballo, se cayó y se rompió el cuello… ja, ja, ja…
—Eso le pasó a Christopher Reeve, el actor que hacía de Superman. Se cayó y se rompió el cuello —le corrigió tranquilamente el desvallador.
—¿Cree… se cree que su destino será mejor que el suyo? Ja, ja, ja, ja…
—Una vez que me he presentado aquí, no me preocupa nada mi futuro. He tenido una vida plena —dijo el desvallador con tono neutro—. Es usted, señor Rey Díaz, el que debería estar valorando su futuro.
—Tú morirás primero —dijo Rey Díaz, sonriendo de oreja a oreja mientras clavaba el puro entre los ojos del desvallador.
El desvallador se cubrió la cara con las manos y Rey Díaz aprovechó la ocasión para coger un cinturón militar que había en el sofá, rodearle el cuello y estrangularle con todas sus fuerzas. El desvallador era un hombre joven, pero le resultó imposible defenderse de la fuerza de Rey Díaz, y acabó en el suelo empujado desde el cuello.
Rey Díaz aullaba:
—¡Voy a retorcerte el pescuezo! ¡Maldito cabrón! ¿Quién te ha enviado a hacerte el listo? ¿Quién demonios eres? ¡Cabrón! ¡Voy a retorcerte el pescuezo!
Apretó más el cinturón y repetidamente golpeó la cabeza del hombre contra el suelo. Se oyó el sonido de los dientes golpeando la superficie. Cuando entraron los guardias para separarlos, el desvallador tenía el rostro violeta, le salía espuma por la boca y sus ojos sobresalían como pececillos de colores.
Rey Díaz seguía furioso. Se resistió a los guardias sin dejar de gritar:
—¡Retorcedle el pescuezo! ¡Haced un nudo y colgadle! ¡Ahora mismo! ¡La orden es parte del plan! ¿Me oís? ¡Es parte del plan!
Pero los tres guardias no obedecieron. Uno retuvo a Rey Díaz con firmeza mientras los otros dos ayudaban al desvallador, quien había logrado recuperar un poco el aliento, y se lo llevaban.
—Espera y verás, cabrón. No tendrás una muerte fácil —dijo Rey Díaz, dejando de esforzarse por escapar al guardia y lanzarse de nuevo contra el desvallador. Exhaló.
El desvallador miró por encima del hombro del guardia. Su rostro magullado e hinchado mostraba una sonrisa. Abrió la boca, a la que le faltaban varios dientes, y dijo:
—He tenido una vida plena.
Nada más comenzar la reunión del Proyecto Vallado del Consejo de Defensa Planetaria, Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania presentaron otra proposición, exigiendo la inmediata suspensión del cargo de vallado de Rey Díaz y que se le juzgase ante el Tribunal Internacional por crímenes contra la humanidad.
El representante de Estados Unidos dijo:
—Tras realizar una completa investigación, creemos que la intención estratégica de Rey Díaz, tal como fue revelada por el desvallador, es creíble. Tenemos delante a una persona cuyos crímenes dejan en nada todos los demás crímenes cometidos en la historia de la humanidad. No hemos podido dar con ninguna ley que se aplique a este caso, así que recomendamos que el crimen de Extinción de la Vida en la Tierra pase a ser parte de la ley internacional y que a Rey Díaz se le acuse de él.
Rey Díaz parecía muy tranquilo. Burlón, le dijo:
—Desde el principio han querido librarse de mí, ¿no es así? Desde el mismo inicio del Proyecto Vallado, han aplicado un doble rasero a los vallados. Yo soy el que peor les cae.
El representante de Reino Unido respondió:
—La acusación del vallado Rey Díaz carece de fundamento. Es más, acusa justo a los países que más invirtieron en su plan, superando con creces el dinero invertido en los otros tres vallados.
—Claro, claro —dijo Rey Díaz asintiendo—, pero la verdadera razón para dicha inversión era poder obtener la bomba estelar de hidrógeno.
—¡Ridículo! ¿Para qué las queremos? —le respondió de inmediato el representante de Estados Unidos—. Para una batalla espacial son armas increíblemente ineficaces. Y en la Tierra no tienen sentido ni siquiera las antiguas bombas de hidrógeno de veinte megatones y menos un monstruo de trescientos megatones.
La respuesta de Rey Díaz fue tranquila:
—Pero las bombas serán el arma más eficaz en batallas en otros planetas, especialmente en guerras entre humanos. En la superficie desierta de otros mundos no hace falta considerar las bajas civiles o los daños medioambientales, por lo que habría libertad total para provocar destrucción a gran escala o incluso devastar toda la superficie. Allí serán muy útiles las bombas estelares de hidrógeno. Es muy posible que ya previesen que la expansión de la humanidad por el Sistema Solar implica también la extensión de sus conflictos. Es un hecho que no cambiará ni siquiera con Trisolaris como enemigo común y ya se están preparando para esa situación. Como ahora mismo no es posible defender políticamente el plan de desarrollar superarmas para atacar a otros seres humanos, se aprovecharon de mí para conseguirlas.
El representante de Estados Unidos dijo:
—Es una lógica demasiado ridícula para que la esté usando un dictador y un terrorista. Rey Díaz es el tipo de persona que una vez ha logrado el estatus y el poder de vallado, convierte el Proyecto Vallado en un peligro tan enorme como la invasión trisolariana. Debe actuar rápido para enmendar semejante error.
—Habla en serio —dijo Rey Díaz volviéndose hacia Garanin, el forzoso presidente de turno—. La CIA tiene agentes en la puerta para arrestarme en cuanto salga de aquí.
El presidente de turno miró al representante de Estados Unidos, que jugaba con la pluma. Al iniciarse el Proyecto Vallado, Garanin había sido el primero en ocupar el cargo. Él mismo había olvidado las veces que había sido presidente durante las últimas dos décadas. Pero esta era la última. Con el pelo ya blanco, su próximo destino era la jubilación.
—Vallado Rey Díaz, si eso es cierto, entonces no es correcto. Si los principios del Proyecto Vallado siguen siendo válidos, los vallados disfrutan de inmunidad legal y sus palabras o acciones no se pueden considerar pruebas para acusarles de ningún crimen —dijo.
—Además, debe recordar que estamos en territorio internacional —dijo el representante de Japón.
—¿Implica eso —preguntó el representante de Estados Unidos, levantando un lápiz— que incluso cuando Rey Díaz esté a punto de detonar el millón de superbombas que ha enterrado en Mercurio, la sociedad no podrá acusarle de ningún crimen?
—Según los artículos aplicables de la Ley de los Vallados, establecer limitaciones y controles en los planes estratégicos de un vallado que manifiesta tendencias peligrosas es una cuestión muy diferente a la inmunidad legal de la que disfruta un vallado —dijo Garanin.
—Los crímenes de Rey Díaz han traspasado los límites de la inmunidad legal. Es nuestro deber castigarle. Es un requisito para que el Proyecto Vallado siga existiendo —afirmó el representante de Reino Unido.
—Recuerdo a la presidencia y a los representantes —dijo Rey Díaz mientras se ponía en pie—, que esto es una reunión del Proyecto Vallado del Consejo de Defensa Planetaria y que no se me está juzgando.
—Pronto estará ante un tribunal —dijo el representante de Estados Unidos con una sonrisa helada.
—Doy la razón al vallado Rey Díaz. Debemos retomar la discusión del plan estratégico —replicó Garanin, aprovechando la oportunidad para saltarse un tema tan espinoso.
Fue el representante japonés el que rompió el silencio.
—Da la impresión de que los representantes han llegado al siguiente consenso: el plan estratégico de Rey Díaz manifiesta tendencias peligrosas que implican violaciones evidentes de los derechos humanos, y siguiendo los principios aplicables establecidos en la Ley de los Vallados, debe ser interrumpido.
—Se puede someter a votación la proposición P269, presentada en la anterior reunión del Proyecto Vallado, que requiere el fin del plan estratégico de Rey Díaz —dijo Garanin.
—Señor presidente, un momento. —Rey Díaz alzó la mano—. Antes de la votación, me gustaría ofrecer una explicación final con respecto a algunos detalles del plan.
—Si son detalles, ¿son realmente necesarias las explicaciones? —preguntó alguien.
—Que se lo guarde para el tribunal —dijo con sorna el representante de Reino Unido.
—No, son detalles importantes —insistió Rey Díaz—. Supongamos por ahora que lo revelado por el desvallador sobre mi estrategia fuese cierto. Un representante mencionó el momento en que haya un millón de bombas de hidrógeno en Mercurio listas para ser detonadas, momento en el que yo hablaré a los omnipresentes sofones y declararé ante Trisolaris que la humanidad tiene la intención de morir con ellos. ¿Qué sucedería a continuación?
—Es imposible predecir la reacción de los trisolarianos, pero en la Tierra es seguro que miles de millones de personas querrán retorcerle el cuello, como usted al desvallador —dijo el representante de Francia.
—Justo. Así que apliqué ciertas medidas para lidiar con esa situación. Miren esto. —Rey Díaz alzó la mano y les mostró el reloj. Era totalmente negro y la esfera el doble de grande y el doble de gruesa que lo normal en un reloj de caballero, aunque en una muñeca tan enorme no parecía tan grande—. Es un transmisor que envía una señal por el espacio hasta Mercurio.
—¿Lo usará para enviar la señal de detonación? —preguntó alguien.
—Justo lo contrario. Envía una señal de no detonar.
Con esas palabras se ganó la atención plena de la asamblea. Siguió hablando:
—El nombre en código del sistema es «cuna», porque cuando la cuna deja de mecerse el bebé despierta. Envía una señal que Mercurio recibe continuamente. Si se interrumpe la señal, de inmediato el sistema detonará la bomba de hidrógeno.
—Es un dispositivo de presencia —dijo con estoicismo el representante de Estados Unidos—. Durante la Guerra Fría se investigó la posibilidad de emplear señales de inhibición y dispositivos de presencia en ciertas bombas nucleares estratégicas. Nunca se implementó. Es algo que solo haría un demente.
Rey Díaz bajó la mano izquierda y cubrió la cuna con la manga.
—Descubrí esa idea tan maravillosa no por medio de un experto en estrategia nuclear sino en una película americana. En ella, un individuo tiene un dispositivo similar que envía una señal continua, pero la señal se interrumpe si su corazón deja de latir. Otro hombre lleva fijada una bomba que no se puede quitar, bomba que explotará si no recibe la señal. Por tanto, a pesar de que a ese segundo individuo no le gusta nada el primero, debe hacer todo lo posible por protegerle… Me gusta ver películas de acción americanas. Incluso hoy puedo todavía reconocer la antigua versión de Superman.
—¿Quiere decir que ese dispositivo está conectado con el latido de su corazón? —preguntó el representante japonés. El hombre alargó la mano hacia Rey Díaz, quien estaba a su lado, para tocar el dispositivo bajo la manga. Rey Díaz apartó el brazo y se alejó un poco más.
—Por supuesto. Pero la cuna es mucho más avanzado y refinado. No solo vigila el latido del corazón, sino también otros muchos factores fisiológicos, como la presión arterial, la temperatura corporal y demás, y realiza un análisis exhaustivo de todos esos parámetros. Si no son normales, detiene de inmediato la señal de inhibición del dispositivo de presencia. También es capaz de reconocer muchas de mis órdenes sencillas de voz.
Un hombre, que parecía nervioso, entró en el auditorio y susurró al oído de Garanin. De inmediato este último le dedicó a Rey Díaz una mirada peculiar que los representantes también notaron.
—Hay una forma de desactivar su cuna. Durante la Guerra Fría también se estudiaron las contramedidas contra ese tipo de señales de inhibición —dijo el representante de Estados Unidos.
—No es mi cuna, sino la de esas bombas de hidrógeno. Si la cuna deja de mecerse, despertarán —matizó Rey Díaz.