El bosque oscuro
Segunda Parte. La maldición » Año 20 de la Era de la Crisis
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—Yo he pensado en la misma técnica —dijo el representante de Alemania—. Seguro que la señal debe pasar por un complicado enlace de comunicaciones para ir del reloj hasta Mercurio. El sistema cuna sería inútil si aislamos o destruimos alguno de los nodos y luego empleamos una fuente falsa para seguir transmitiendo la señal de inhibición.
—Efectivamente, he ahí un problema —añadió Rey Díaz asintiendo en dirección al representante de Alemania—. Pero es fácil de resolver sin los sofones. Todos los nodos están cargados con idéntico algoritmo de cifrado que genera todas las señales que se envían. Desde el punto de vista del mundo exterior, da la impresión de que los valores de las señales son aleatorios y diferentes cada vez, pero emisor y receptor producen una secuencia idéntica de valores. La señal solo se considera válida cuando el receptor recibe una señal que se corresponde con su propia secuencia. Si no se dispone de ese algoritmo de cifrado, la señal de la fuente falsa no se correspondería con la secuencia del receptor. Por desgracia, los malditos sofones pueden detectar algoritmos.
—¿Es posible que haya pensado en otra opción? —preguntó alguien.
—Una aproximación tosca. En mi caso, todas mis ideas son vulgares y toscas —dijo Rey Díaz, riéndose de sí mismo—. He tenido que incrementar la sensibilidad de cada nodo en un aspecto concreto: el seguimiento de su propio estado.
Concretamente, cada nodo de comunicación está formado por distintas unidades que pueden estar separadas por una gran distancia, pero que la comunicación continua permite comportarse como una unidad. Si cualquiera de las unidades falla, el nodo al completo emitirá una orden dando por terminada la señal de inhibición. Si después la fuente falsa de señal vuelve a emitir al siguiente nodo, este no la reconocerá. El seguimiento del estado de cada unidad puede hacerse con una precisión de un microsegundo. Por tanto, para poder ejecutar el plan de Alemania, habría que destruir cada unidad del nodo en un espacio de tiempo de un microsegundo y la señal falsa debería emitirse durante ese microsegundo. Cada nodo está compuesto por al menos tres unidades, pero podrían ser docenas. Las unidades están separadas por una distancia de unos trescientos kilómetros. Cada unidad está fabricada para ser extremadamente resistente y emitirá su señal de alarma en caso de cualquier interacción externa. Es posible que los trisolarianos pudieran hacer que todas las unidades fallasen en un microsegundo, pero ahora mismo esa capacidad supera la habilidad tecnológica de la humanidad.
Todos se alarmaron.
—Acaban de comunicarme que eso que Rey Díaz lleva en la muñeca ha estado emitiendo una señal electromagnética —dijo Garanin. Al oírlo, la tensión en la asamblea fue palpable—. Me gustaría hacerle una pregunta al vallado Rey Díaz: ¿la señal del reloj va a Mercurio?
Rey Díaz ahogó la risa un par de veces y dijo:
—¿Para qué querría enviarla a Mercurio? No hay más que un hoyo gigantesco. Además, todavía no se ha establecido el enlace para la comunicación espacial de cuna. No, no, no. No tienen que preocuparse. La señal ni se acerca a Mercurio. Va a un punto de la ciudad de Nueva York. Cerca de aquí.
El aire se congeló y todos los presentes, exceptuando a Rey Díaz, quedaron tan inmóviles por la conmoción como pollos de madera.
—Si la señal de cuna se interrumpe, ¿qué sucederá? —preguntó bruscamente el representante de Reino Unido, sin ni siquiera molestarse en ocultar la tensión.
—Oh, pasará algo, eso es verdad —le respondió Rey Díaz, acompañando las palabras de una amplia sonrisa—. Llevo más de veinte años como vallado y siempre me las he arreglado para conseguir algunas cosas para mí.
—Dado el caso, señor Rey Díaz, ¿podría responder una pregunta todavía más directa? —dijo el representante de Francia. Daba la impresión de mantener una tranquilidad perfecta, pero le temblaba la voz—. ¿De cuántas vidas será usted o nosotros responsables?
Rey Díaz abrió bien los ojos, como si la pregunta se le antojase totalmente fuera de lugar.
—¿Cómo? ¿La cantidad de personas importa? Tenía la impresión de que todos ustedes eran personas respetables que valoran los derechos humanos por encima de todo lo demás. ¿Qué diferencia hay entre una vida y 8,2 millones? ¿Si es solo una no merece respeto?
El representante de Estados Unidos se puso en pie y dijo:
—Ya dejamos clara la naturaleza de este hombre hace veinte años, en el comienzo del Proyecto Vallado. —Escupía saliva al hablar y señalaba a Rey Díaz con el dedo. Aspiraba a contenerse, pero acabó perdiendo el control—. Es un terrorista. ¡Un terrorista asqueroso y malvado! ¡Un demonio! ¡Quitaron el tapón de la botella y le liberaron, y ahora deben aceptar la responsabilidad! ¡Naciones Unidas debe aceptar la responsabilidad! —gritó histérico, lanzando sus papeles por los aires.
—Tranquilidad, señor representante —dijo Rey Díaz con una leve sonrisa—. La cuna es muy sensible a mis índices fisiológicos. Si me pusiera tan histérico como usted, si me cambiase el estado de ánimo, de inmediato dejaría de enviar la señal de inhibición. Así que los aquí presentes no deberían incordiarme en exceso. Sería mucho mejor que intentasen tenerme contento.
—¿Cuáles son sus condiciones? —preguntó Garanin en voz baja.
En la sonrisa de Rey Díaz se manifestó algo de tristeza. Se volvió hacia Garanin e hizo un gesto de negación.
—Señor presidente, ¿qué condiciones podría tener? Irme de aquí y volver a mi país. Un avión me espera en el aeropuerto Kennedy.
Silencio en la reunión. Inconscientemente, todos fueron pasando su atención al representante de Estados Unidos. Este, incapaz de soportar el peso de todas las miradas, se tiró sobre su silla y murmuró:
—Que se largue de aquí.
Rey Díaz asintió, se puso en pie y salió.
—Señor Rey Díaz, le acompañaré a casa —dijo Garanin, abandonando el estrado.
Rey Díaz esperó a que Garanin, que se movía con menos agilidad que antaño, se le acercase.
—Gracias, señor presidente. Ya había pensado que quizás a usted también le gustaría salir de aquí.
Se encontraban ya en la puerta cuando Rey Díaz agarró a Garanin y los dos se volvieron hacia la asamblea.
—Caballeros, no les echaré de menos. He malgastado dos décadas sin lograr que ustedes me comprendan. Deseo regresar a mi hogar, con mi gente. Sí, mi hogar y mi gente. Los echo de menos.
Para sorpresa de todos, había lágrimas en los ojos de aquel hombre achaparrado. Por último, añadió:
—Deseo regresar a mi país. Esto no es parte del plan.
Al cruzar la entrada del edificio de la Asamblea General de Naciones Unidas, Rey Díaz abrió los brazos al sol y proclamó con alivio:
—¡Ah, mi sol!
Su heliofobia de dos décadas había desaparecido.
El vuelo despegó y atravesó la costa del este para volar sobre el Atlántico.
Garanin le dijo:
—El vuelo es seguro por mi presencia. Por favor, indíqueme la localización del dispositivo conectado al dispositivo de presencia.
—No hay tal dispositivo. No hay nada. No fue más que una artimaña para escapar. —Rey Díaz se quitó el reloj y se lo pasó a Garanin—. No se trata más que de un transmisor reconvertido a partir de un teléfono Motorola. Ni siquiera está conectado al latido de mi corazón. Lo he desconectado. Quédeselo como recuerdo.
Guardaron silencio durante un buen rato. Al fin Garanin hizo un gesto de decepción y dijo:
—¿Cómo hemos podido llegar a esto? La intención era que el privilegio de pensamiento estratégico reservado a un vallado se emplearía contra los sofones y Trisolaris. Pero tanto usted como Tyler lo emplearon contra la humanidad.
—No tiene nada de raro —le dijo Rey Díaz. Iba sentado junto a la ventanilla, para poder disfrutar del sol—. En estos momentos, es la propia humanidad el mayor obstáculo para la supervivencia de la misma.
El avión aterrizó seis horas después en el aeropuerto internacional de Caracas, en la costa del Caribe. Garanin no bajó. Volvía de inmediato a Naciones Unidas.
Al despedirse, Rey Díaz le dijo:
—No acaben con el Proyecto Vallado. Es realmente una esperanza en medio de esta guerra. Todavía quedan dos vallados. Por favor, transmítales mis mejores deseos.
—Yo tampoco les veré —dijo Garanin emocionado. Cuando Rey Díaz salió de la cabina, el otro hombre lloraba.
El cielo sobre Caracas estaba tan despejado como el de Nueva York. Rey Díaz descendió la escalerilla y olió la tan familiar atmósfera tropical. Se arrodilló y le dio un beso largo al suelo de su país. A continuación, protegido por un gran destacamento de policía militar, fue a la ciudad en un convoy de coches. Entraron en la capital tras media hora de sinuosas carreteras de montaña y se dirigieron al centro de la ciudad y a la plaza Bolívar. Rey Díaz bajó del coche y se situó bajo la estatua de Simón Bolívar. Sobre él se alzaba a caballo el gran héroe vestido para la batalla que había derrotado a los españoles y había intentado crear en Sudamérica la república unificada de Gran Colombia. Delante de Rey Díaz se encontraba una multitud frenética que se cocía bajo el sol. La multitud intentaba avanzar, pero se enfrentaba a la resistencia de la policía militar. Dispararon al aire, pero al final la oleada humana pasó por encima de la línea policial y corrió hacia el Bolívar vivo que se encontraba al pie de la estatua.
Rey Díaz levantó las manos y con lágrimas en los ojos gritó con voz cargada de emoción.
—¡Ah, mi pueblo!
La primera piedra que le lanzó su pueblo le dio en la mano izquierda. La segunda en el pecho. La tercera le hirió en la frente, dejándolo casi inconsciente. Pronto fue una lluvia continua de piedras y al final prácticamente habían enterrado su cuerpo muerto. Fue una anciana la que lanzó la última piedra que golpeó al vallado Rey Díaz. Se había esforzado por cargar con el proyectil lo más cerca posible. A continuación, gritó en español:
—¡Malvado! Nos habrías matado a todos. Mi nieto habría estado allí. ¡Habrías matado a mi nieto!
Luego, haciendo uso de todas sus fuerzas, lanzó la piedra contra el cráneo roto de Rey Díaz, expuesto bajo el montón de rocas.
El tiempo no se puede detener. Como si de una hoja afilada se tratase, lo corta todo, blando o duro, sin ralentizar su avance. Nada lo altera ni lo más mínimo, pero el tiempo es capaz de cambiarlo todo.
Chang Weisi se jubiló el mismo año de la prueba de Mercurio. En su última aparición ante los medios de comunicación, admitió con sinceridad que él mismo no confiaba en la victoria, pero tal declaración no afectó a la valoración histórica del trabajo realizado por el primer comandante de la fuerza espacial. Tantos años trabajando bajo un enorme estado de ansiedad había dañado su salud, y murió a los sesenta y ocho años. En su lecho de muerte estuvo lúcido y muchas veces mencionó el nombre de Zhang Beihai.
Tras cumplir con su segundo mandato, la secretaria general Say inició el Proyecto de la Memoria Humana, con la intención de crear una colección completa de datos y artefactos conmemorativos de la civilización humana. Con el tiempo se lanzaría al espacio en una nave espacial no tripulada. El aspecto más influyente del proyecto se llamaba el Diario de la Humanidad, una web creada para que tantas personas como fuese posible registrasen su vida diaria, tanto con textos como con imágenes, convirtiéndose así en parte de los datos de la civilización. Esta creció y acabó teniendo más de dos mil millones de usuarios, siendo el conjunto de información más grande de internet. Posteriormente, al creer que el Proyecto de Memoria Humana contribuía al derrotismo, el Consejo de Defensa Planetaria aprobó una resolución para impedir su desarrollo posterior y llegó a compararlo con el Escapismo. Pero Say siguió dedicando todos sus esfuerzos individuales al proyecto hasta morir a los ochenta y cuatro años.
Tras su jubilación, Garanin y Kent tomaron la misma decisión: recluirse en el Jardín del Edén, en el norte de Europa, donde Luo Ji había vivido durante cinco años. El mundo exterior no volvió a verles y nadie supo la fecha exacta de sus muertes. Pero había algo seguro: vivieron durante mucho tiempo. Algunos afirmaban que los dos habían superado los cien años antes de fallecer por causas naturales.
Tal y como había predicho Keiko Yamasuki, Wu Yue sufrió una depresión el resto de su vida. Durante más de una década trabajó en el Proyecto de Memoria Humana pero sin hallar consuelo y murió solo a los setenta y siete años. Al igual que Chang Weisi, en sus momentos finales Wu Yue también tuvo el nombre de Zhang Beihai en sus labios. Habían concentrado todas sus esperanzas sobre el futuro en el guerrero fiel que ahora hibernaba a través del tiempo.
El doctor Albert Ringier y el general Fitzroy vivieron hasta más de los ochenta años y pudieron presenciar cómo se terminaba el telescopio espacial Hubble III de cien metros, que emplearon para observar el planeta Trisolaris. Pero nunca más volvieron a ver la flota trisolariana ni las sondas que iban por delante. No vivieron lo suficiente como para ver cómo atravesaban el tercer banco de nieve.
Las vidas de las personas corrientes continuaron y también terminaron. De los tres viejos vecinos de Beijing, Miao Fuquan fue el primero en partir, muriendo a los setenta y cinco años. Efectivamente hizo que su hijo le enterrase a doscientos metros de profundidad en una mina abandonada, y su hijo cumplió con su último deseo: volar la entrada de la mina y colocar una piedra sepulcral para recordarle. Según el testamento de su padre, la última generación antes de la batalla del Día del Juicio Final debería retirar la piedra. En caso de victoria de la humanidad podrían devolverla a su sitio. Sin embargo, menos de medio siglo después de su muerte, la zona sobre la mina se convirtió en un desierto. La piedra sepulcral desapareció, se perdió la mina y los descendientes de la familia Miao no tuvieron mayor intención de buscarla.
Zhang Yuanchao falleció a los ochenta años, de una enfermedad, como una persona corriente. Y al igual que una persona corriente, lo incineraron. Depositaron sus cenizas en un nicho normal y corriente, uno de muchos en un cementerio público.
Yang Jinwen vivió hasta los noventa y dos años. El contenedor de aleación con sus restos se dirigió fuera del Sistema Solar a la tercera velocidad cósmica. Con ese gesto agotó todos sus ahorros.
Pero Ding Yi vivió. Tras el avance en la tecnología de fusión controlada, pasó a interesarse por la física teórica, buscando una forma de escapar a la interferencia de los sofones en los experimentos de partículas de altas energías. No tuvo éxito. A los setenta años, al igual que otros físicos había abandonado toda esperanza de avanzar. Pasó a hibernación, planeando despertarse en la batalla del Día del Juicio Final. Su único deseo era contemplar con sus propios ojos la tecnología superior de Trisolaris.
Durante el siglo posterior al comienzo de la Crisis Trisolariana, murieron todos los que habían vivido durante la Edad Dorada. Fue una era recordada continuamente, y los viejos que habían vivido ese momento tan espléndido roían sus recuerdos como si fuesen rumiantes, saboreándolos. Siempre terminaban diciendo lo mismo: «Ah, si en aquella época hubiese sabido valorar lo que teníamos». Los jóvenes oían sus historias con una combinación de envidia y escepticismo. Esa paz, prosperidad y felicidad de leyenda, esa despreocupada utopía ideal, ¿existió de verdad?
A medida que morían los más ancianos, la desaparecida Costa Dorada se elevó acompañando al humo de la historia. La nave de la civilización humana flotaba solitaria en medio de un inmenso océano, rodeada por sus cuatro costados por olas infinitas y maliciosas, y nadie sabía si habría otra costa en la que atracar.