El bosque oscuro

El bosque oscuro


Tercera Parte. El bosque oscuro » Año 205, Era de la Crisis

Página 26 de 38

Fue una reunión feliz. Compartieron sus experiencias y Luo Ji descubrió que Shi Qiang había despertado dos meses antes. Le habían curado la leucemia. También supo que corría un riesgo enorme de padecer del hígado, probablemente debido al consumo de alcohol, así que también se lo habían arreglado.

A ninguno de los dos les pareció que llevasen mucho tiempo separados. Como mucho, cuatro o cinco años. La hibernación no producía sensación de paso del tiempo. Pero lo de encontrarse en una nueva época doscientos años en el futuro hacía que la amistad fuese más intensa.

—He venido a recogerte. No tiene sentido quedarse aquí —dijo Shi Qiang. Sacó ropa de la mochila e hizo que Luo Ji se la pusiese.

—¿No me queda… un poco grande? —preguntó Luo Ji, mirando la chaqueta.

—Mírate, te despiertas con dos meses de retraso y te conviertes en un patán comparado conmigo. Póntela.

Shi Qiang señaló un objeto en la parte delantera y le dijo que podía usarlo para ajustar el tamaño. Cuando Luo Ji se la puso, oyó un zumbido y la ropa se contrajo para ajustarse a las dimensiones de su cuerpo. Lo mismo pasó con los pantalones.

—Oye, ¿llevas la misma ropa que hace dos siglos? —preguntó Luo Ji. Recordaba claramente que la chaqueta de cuero que Shi Qiang llevaba puesta era la misma que la última vez que le había visto.

—La mayoría de mis pertenencias se perdió durante el Gran Cataclismo, pero mi familia me guardó esa ropa. Aunque ya no servía para vestir… A ti también te quedan algunas cosas de esa época y cuando te instales las podrás recoger. Ya te digo, tío, cuando veas hasta qué punto han cambiado las cosas, comprenderás que doscientos años no es para nada poco tiempo. —Al hablar, Shi Qiang pulsó algo en la chaqueta y la prenda quedó totalmente blanca. La textura de cuero no había sido más que una imagen—. Me gusta verla como en el pasado.

—¿La mía también lo hace? ¿También puedo poner imágenes? —preguntó Luo Ji, mirándose.

—Se puede, pero configurarlo es un poco complicado. Vamos.

Luo Ji y Shi Qiang cogieron el ascensor del tronco para bajar a la planta baja, cruzaron el enorme vestíbulo del árbol y salieron al nuevo mundo.

En realidad, la reunión todavía no había terminado cuando el comisionado desactivó la imagen holográfica. De hecho, Luo Ji había sido consciente de haber oído una voz después de que la presidencia hubiese dado por concluida la reunión. Fue una voz de mujer, y aunque no entendió lo que decía, todos los asistentes se volvieron en cierta dirección. Luego Jonathan había apagado. También debió de darse cuenta, pero una vez concluida la reunión por parte del presidente, Luo Ji era un ciudadano normal sin posición de vallado y, por tanto, no podría participar si continuaba.

Fue Keiko Yamasuki la que habló:

—Señor presidente, tengo algo que decir.

El presidente dijo:

—Doctora Yamasuki, usted no es un vallado. Se le ha permitido asistir debido a su posición especial, pero no tiene el derecho a hablar.

Nadie parecía estar interesado en oírla. Se ponían en pie para salir. Para ellos, el Proyecto Vallado no era más que una nota al pie histórica con la que debían molestarse en lidiar. Pero lo que añadió a continuación les hizo detenerse de inmediato. Se volvió hacia Hines y dijo:

—Vallado Bill Hines. Soy tu desvalladora.

Hines se había levantado para salir. Pero le fallaron las piernas al oír las palabras de Yamasuki y volvió a sentarse. Los presentes en el auditorio se miraron y luego empezaron a susurrar. El rostro de Hines se iba poniendo cada vez más blanco.

—Espero que no hayan olvidado el significado de ese título —dijo Yamasuki imperiosamente.

El presidente respondió.

—Sí, sabemos lo que es un desvallador. Pero su organización ya no existe.

—Lo sé. —Daba la impresión de estar tranquila—. Pero como último miembro de la Organización Terrícola-trisolariana, cumpliré con mi deber para con nuestro Señor.

—Debería haberlo sabido, Keiko, debería haberlo sabido. —A Hines le temblaba la voz. Su aspecto era débil. Había sido consciente de que su mujer estaba dedicada a las ideas de Timothy Leary y había sido testigo de su fanático deseo por alterar la mente humana usando tecnología, pero jamás se le había ocurrido relacionarlo con un odio profundo contra la humanidad.

—En primer lugar, me gustaría decir que el verdadero fin de su plan estratégico no era incrementar la inteligencia humana. Usted más que nadie sabe que es un logro imposible para la tecnología humana en el futuro cercano, porque fue usted el que descubrió la estructura cuántica del cerebro. Sabe bien que cuando el estudio de la mente llegue al nivel cuántico, el bloqueo sofón de la física fundamental implica que tal investigación científica será como agua sin fuente: carece de fundamento y no tendrá éxito. El precinto mental no fue un efecto secundario del estudio de la mente. Fue siempre el fin deseado. Tal era la meta última de sus investigaciones. —Se volvió hacia la Asamblea—. Ahora hay algo que me gustaría saber: en los años que hemos pasado en hibernación, ¿qué ha sido del precinto mental?

—No tuvo mucha historia —dijo el representante de la Flota Europea—. Casi cincuenta mil personas de las fuerzas espaciales nacionales se ofrecieron voluntarias para aceptar la fe en la victoria por medio del precinto mental y formaron una clase especial dentro de los militares llamado los «Marcados». Más tarde, unos diez años después de que entrasen en hibernación, el Tribunal Internacional de Justicia declaró que el precinto mental era un crimen, una violación de la libertad de pensamiento y el único dispositivo de precinto mental existente, el que estaba instalado en el Centro para la Fe, pasó a un almacén. Se declaró una prohibición internacional de fabricación y uso de tales equipos, una prohibición casi tan estricta como la de no proliferación nuclear. Es más, el precinto mental era más difícil de conseguir que las armas nucleares, especialmente por el ordenador usado. Para cuando ustedes pasaron a hibernación, la tecnología informática había dejado de avanzar. El ordenador empleado en el precinto mental sigue siendo hoy en día un superordenador y no está disponible para organizaciones o gente corriente.

En ese punto Keiko Yamasuki reveló la primera información vital:

—Lo que no saben es que había más de un dispositivo de precinto mental: cinco en total, cada uno con su propio superordenador. Hines entregó los otros cuatro a personas que ya habían aceptado el precinto, los que ustedes llaman Marcados. En aquel momento eran unos tres mil, pero ya habían creado una organización supranacional muy secreta en el seno de las organizaciones militares de cada país. Hines no me lo contó. Lo supe por los sofones. A nuestro Señor no le importa el triunfalismo acérrimo, así que no hizo nada.

—¿Y qué importancia tiene? —preguntó el presidente.

—Elucubremos. El dispositivo de precinto mental no es un artefacto que opere continuamente. Solo se activa cuando es necesario. Cada dispositivo puede usarse durante mucho tiempo y si se les cuida, cada uno puede usarse durante medio siglo. Empleado en secuencia, uno se activa después de que el anterior quede inservible, podrían durar doscientos años. Es decir, es posible que los Marcados no hayan desaparecido, sino que hayan persistido generación tras generación hasta el presente. Se trata de una religión con una fe reforzada por el precinto mental, y su ceremonia de aceptación en el grupo es el uso del precinto mental en tu propia mente.

Habló el representante de la Flota Norteamericana:

—Doctor Hines, ha perdido su posición de vallado y carece por tanto del poder legal para engañar al mundo. Tendría la amabilidad de decir la verdad: ¿su esposa o, mejor dicho, su desvalladora dice la verdad?

—Dice la verdad —respondió Hines, asintiendo con fuerza.

—¡Eso es un crimen! —exclamó el representante de la Flota Asiática.

—Puede que lo sea —añadió Hines, asintiendo otra vez—. Pero al igual que usted, no sé si los Marcados han sobrevivido hasta ahora.

—Ese detalle carece de importancia —dijo el representante de la Flota Europea—. Considero necesario dar con esos dispositivos de precinto mental y aislarlos o destruirlos. En cuanto a los Marcados, si aceptaron voluntariamente el precinto mental no da la impresión de que hubiesen violado las leyes de su momento. Si aplicaron el precinto mental a otros voluntarios, entonces ya estaban bajo el dominio de la creencia obtenida por medios técnicos y, por tanto, no deberían recibir castigo. Así que nuestra única labor es localizar los precintos mentales. Es posible que no tengamos que preocuparnos de los Marcados.

—Así es. Tampoco está mal tener en la Flota Solar a algunas personas con una fe inquebrantable en la victoria. Al menos, no hace daño. Debería seguir siendo una cuestión privada y nadie precisa saberlo. Aunque resulta difícil comprender por qué alguien ahora mismo iba a someterse al precinto mental considerando que la victoria de la humanidad parece evidente.

Keiko Yamasuki sonrió con desprecio, manifestando así una expresión rara vez conjurada que a los presentes les recordó a la luz de la luna reflejándose en las escamas de una serpiente que serpentea entre la hierba.

—Son unos ingenuos —dijo.

—Son unos ingenuos —repitió Hines, y agachó mucho la cabeza.

Keiko Yamasuki se volvió hacia su marido.

—Hines, siempre me ocultaste tus pensamientos. Incluso antes de convertirte en vallado.

—Temía que me despreciases —dijo con la cabeza todavía gacha.

—¿En cuantas ocasiones nos miramos a los ojos, en silencio, en el bosquecillo de bambú durante una agradable noche de Kioto? En tus ojos apreciaba la soledad del vallado y tus deseos de hablar. ¿En cuántas ocasiones estuviste a punto de revelarme la verdad? Ansiabas hundir la cabeza en mis brazos, emitir palabras entre las lágrimas y lograr así la liberación total. Pero te lo impedía el deber del vallado. Una de tus responsabilidades era el engaño, incluso si debías engañar a tu ser más querido. Así que solo podía mirar en tus ojos por si encontraba algún rastro de tus verdaderos pensamientos. No eres consciente de las muchas noches que pasé despierta a tu lado, mientras tú dormías profundamente, esperando que hablases en sueños. Todavía más veces te observé con atención, estudié todos tus movimientos y registré todas tus expresiones, incluyendo los años de tu primera hibernación. Recuerdo hasta el último detalle de tu cara, no por anhelo sino por el deseo de conocer tus verdaderos pensamientos. Fallé incontables veces. Sabía que llevabas puesta una máscara, pero no lo que había debajo. Pasaron los años, hasta que finalmente, cuando despertaste y recorriste conmigo la nube de red neuronal, miré en tus ojos y comprendí. Yo había madurado ocho años mientras que tú seguías ocho años en el pasado. Así fue como quedaste expuesto.

»Desde ese momento tuve conocimiento de tu yo real: un derrotista hasta la médula y un escapista acérrimo. Antes y después de convertirte en vallado, tu único fin era lograr el éxodo de la humanidad. En comparación con los otros vallados, tu genio no radicaba en el engaño estratégico, sino en ocultar y disfrazar por completo tu forma de ver el mundo.

»Pero seguía sin saber cómo aspirabas a lograrlo por medio de tus investigaciones sobre el cerebro y el pensamiento. Estaba confundida incluso desde el primer uso del precinto mental hasta el instante de pasar a hibernación. Pero justo en ese momento recordé los ojos. Los ojos de las personas que habían recibido el precinto mental. Tenían tus ojos. De pronto comprendí una de tus expresiones que hasta entonces me había resultado inaccesible. Y fue entonces cuando adiviné tu verdadera estrategia. Pero ya era demasiado tarde para divulgarlo.

El representante de la Flota Norteamericana habló:

—Señora Keiko Yamasuki, no da la impresión de que la situación tenga nada de raro. Conocemos la historia del precinto mental. El primer grupo de cincuenta mil voluntarios recibió el procedimiento bajo la supervisión más estricta.

—Así es —respondió—. Pero tal supervisión solo era totalmente efectiva sobre el contenido de la proposición de fe. El precinto mental en sí era mucho más difícil de supervisar.

—Pero la literatura indica que también era muy estricta la supervisión de los detalles técnicos del precinto mental. Además, antes de entrar en servicio superó muchas pruebas —dijo el presidente.

Yamasuki hizo un gesto de negación.

—El precinto mental es un artilugio increíblemente complicado. Ningún grado de supervisión puede ser total. En concreto, un humilde signo menos en cientos de millones de líneas de código. Ni siquiera los sofones lo detectaron.

—¿Un signo menos?

—Cuando se descubrió el modelo del circuito neuronal para decidir si una proposición es cierta, Hines también descubrió el modelo para determinar si una proposición es falsa. Ahí tenía lo que le hacía falta. Ocultó ese descubrimiento al mundo, incluyéndome a mí. No le resultó difícil: ambos modelos son muy similares. Se manifiesta como la dirección de flujo de una señal clave en el modelo de transmisión neuronal y en el modelo matemático del precinto mental se representaba con un signo. Positivo para cierto, negativo para falso. Actuando con el más absoluto secreto, Hines manipuló la señal en el software de control del precinto mental. La señal era negativa en los cinco dispositivos.

El auditorio guardó un pesado silencio, un silencio que solo se había manifestado una vez en una reunión del Proyecto Vallado del Consejo de Defensa Planetaria. Había sucedido dos siglos antes, cuando Rey Díaz había mostrado la «cuna» que llevaba en la muñeca y le había dicho a los reunidos que el dispositivo receptor de la señal estaba muy cerca.

—Doctor Hines, ¿qué ha hecho? —El presidente le habló con furia.

Hines levantó la cabeza. Todos comprobaron que su rostro había recobrado el color normal. Habló con voz serena.

—Admito haber subestimado el poder de la humanidad. Los avances que han logrado son realmente increíbles. Los he visto y los creo, y también creo que la victoria pertenece a la humanidad. Es una fe tan absoluta como si hubiese sido grabada por el precinto mental. El derrotismo y el Escapismo de hace dos siglos son posiciones muy ridículas. Aun así, señor presidente y representantes, debo comunicar al mundo que me resulta imposible arrepentirme de lo que he hecho.

—¿Sigue opinando que no debe arrepentirse? —dijo con furia el representante de la Flota Asiática.

Hines levantó la cabeza.

—No hablo de «deber». Hablo de imposibilidad. Empleé el precinto mental para marcar esta proposición en mi propia mente: todos los detalles de mi Proyecto Vallado son del todo correctos.

Los asistentes se miraron con asombro. Incluso la propia Yamasuki miró a su marido con la misma expresión.

Hines mostró una breve sonrisa y asintió.

—Sí, mi amor, si me permites que te llame así. Solo de esa forma logré la fuerza espiritual que requería la ejecución del plan. En efecto, ahora mismo creo firmemente que todo lo que he hecho ha sido lo correcto. Lo creo con convicción total, por mucho que la realidad insista en lo contrario. Empleé el precinto mental para convertirme en mi propio dios, y Dios no se arrepiente.

—En el futuro no tan lejano, cuando los invasores trisolarianos se rindan ante una civilización humana mucho más poderosa, ¿lo seguirá creyendo? —preguntó el presidente, con una expresión más de curiosidad que de asombro.

Hines asintió.

—Seguiré pensando que tengo razón. Todos los detalles de mi Proyecto Vallado son correctos. Evidentemente, enfrentado a los hechos sufriré una agonía inmensa. —Se giró hacia su mujer—. Mi amor, ya sufrí esa agonía, cuando creí que el agua era tóxica.

—Volvamos al presente —dijo el representante de la Flota Norteamericana, interrumpiendo los susurros de los congregados—. La idea de que los Marcados siguen existiendo no es más que una suposición. Después de todo, ya han pasado más de ciento setenta años. Si existe una clase u organización con una fe tan absoluta en el derrotismo, ¿por qué no hay indicios de su presencia?

—Caben dos posibilidades —dijo el representante de la Flota Europea—. La primera es que el precinto mental hace tiempo que dejó de surtir efecto y, por tanto, nos enfrentamos a una falsa alarma…

Fue el representante de la Flota Asiática quien completó la idea:

—Pero cabe otra opción: lo más aterrador de la situación es que no hay ningún indicio.

Mientras Luo Ji y Shi Qiang cruzaban la ciudad subterránea, les cubría la sombra de las estructuras arbóreas y los coches fluían entre los huecos del cielo. Como los edificios eran «hojas» que colgaban del aire, el suelo estaba totalmente despejado. Dado que los enormes árboles estaban muy espaciados, no había sensación de calles, sino más bien el conjunto era una vibrante plaza salpicada de troncos. Era un entorno de ensueño: las grandes zonas de hierbas, los bosques de árboles de verdad y el aire limpio ofrecían la impresión inicial de una hermosa escena campestre. Los peatones lo recorrían con sus ropas destellando como si fuesen hormigas relucientes. A Luo Ji le impresionaba ese diseño urbano que elevaba el ruido y las aglomeraciones al aire y permitía que el suelo fuese natural. Aquí no se manifestaba para nada la guerra, solo había comodidades y placeres humanos.

No pudo avanzar mucho antes de oír una amable voz de mujer.

—¿Se trata del señor Luo Ji? —Se giró y descubrió que la voz provenía de una valla publicitaria colocada sobre la hierba a un lado del camino. Desde la imagen en movimiento le miraba una mujer atractiva vestida con un uniforme.

—Lo soy —dijo asintiendo.

—Hola. Soy la consejera financiera 8065 del Sistema General de Banca. Bienvenido a nuestra época. Le voy a informar de su situación financiera actual. —Los datos iban apareciendo a medida que hablaba—. Aquí tiene los apuntes financieros del año 9 de la Era de la Crisis, incluyendo los depósitos en el Banco Industrial y Comercial de China y el Banco de la Construcción de China. Había inversiones en títulos de valor cotizante, pero es posible que se perdieran parcialmente durante el Gran Cataclismo.

—¿Cómo sabe que estoy aquí? —susurró.

—Te han implantado un chip en el brazo izquierdo —le dijo Shi Qiang—. Pero no te preocupes, que hoy en día es muy habitual. Es como una tarjeta de identificación. Todas las vallas publicitarias te pueden reconocer. Ahora la publicidad es personal, lo que muestran las vallas es siempre para ti, no importa adónde vayas.

La consejera intervino tras oír las palabras de Shi Qiang.

—Señor, no se trata de un anuncio. Es un servicio del Sistema General de Banca.

—¿Cuánto tengo en depósito? —preguntó Luo Ji.

Junto a la consejera apareció una gráfica muy complicada.

—Esta es la situación de todas sus cuentas con intereses desde el año 9 de la Era de la Crisis. Es muy compleja, pero a partir de ahora puede consultarla en la zona de información personal. —Apareció una gráfica más simple—. Aquí tiene su situación financiera actual en todos los subsistemas del Sistema General de Banca.

Luo Ji no entendía el sentido de ninguna de las cifras y preguntó directamente.

—¿Cuánto… tengo?

—¡Colega, eres rico! —dijo Shi Qiang dándole una palmada—. Es posible que yo no tenga tanto como tú, pero tengo dinero. Vaya, dos siglos de intereses. Una verdadera inversión a largo plazo, de mendigo a millonario. Solo lamento no haber ahorrado más.

—Bien… ¿seguro que no hay ningún error? —preguntó Luo Ji con escepticismo.

—¿Eh? —Los grandes ojos de la consejera miraron interrogativos a Luo Ji.

—Han pasado más de ciento ochenta años. ¿No hubo inflación? ¿Debo creer que el sistema financiero siguió funcionando sin ningún bache?

—Estás pensando de más —dijo Shi Qiang mientras sacaba una cajetilla de cigarrillos del bolsillo. Luo Ji descubrió entonces que el tabaco seguía existiendo. Pero Shi Qiang se llevó uno a la boca y pudo expulsar humo sin encenderlo.

—Durante el Gran Cataclismo se produjeron muchos momentos de inflación —explicó la consejera—. Los sistemas financieros y crediticios estuvieron al borde del colapso. Pero según la ley actual, los intereses en los depósitos de hibernados se calculan según una fórmula que excluye el Gran Cataclismo. En su lugar, traslada las cantidades al nivel financiero del período posterior al Gran Cataclismo y sigue calculando intereses desde ese punto.

—¡Vaya un tratamiento preferente! —exclamó Luo Ji.

—Tío, esta es una gran época —dijo Shi Qiang, exhalando humo. Luego, levantando el cigarrillo todavía encendido, añadió—: Aunque los cigarrillos son horribles.

—Señor Luo Ji, esto no ha sido más que una oportunidad de conocernos. En cuanto le resulte conveniente, podremos hablar de la administración de su posición financiera y de planes de inversión. Si no tiene más preguntas, me despido. —La consejera sonrió y le hizo adiós con la mano.

—Tengo una pregunta —dijo con rapidez. No sabía cómo dirigirse a las jóvenes de esa época y no quería arriesgarse a no hacerlo correctamente. Se limitó a lo siguiente—: no estoy muy familiarizado con esta época, así que por favor discúlpeme si la pregunta le resulta ofensiva.

La consejera sonrió.

—No es ningún problema. Nuestra responsabilidad es lograr que se acostumbre lo antes posible.

—¿Es usted una persona real o un robot? ¿O un programa?

La pregunta no alteró a la consejera.

—Por supuesto que soy una persona real. ¿Podría un ordenador ocuparse de servicios tan complejos?

Después de que la mujer desapareciese, Luo Ji le habló a Shi Qiang.

—Da Shi, algunas cosas me resultan complicadas de entender. Estamos en una época que ha inventado el movimiento perpetuo y que puede sintetizar cereales, pero no da la impresión de que la tecnología informática haya avanzado nada. ¿Una inteligencia artificial ni siquiera puede ocuparse de las finanzas de una persona?

—¿Qué movimiento perpetuo? ¿Te refieres a las máquinas de movimiento perpetuo? —dijo Shi Qiang.

—Sí. Significa energía ilimitada.

Shi Qiang miró a su alrededor.

—¿Dónde?

Luo Ji señaló al tráfico.

—Esos coches voladores. ¿Consumen gasolina o baterías?

Shi Qiang negó con la cabeza.

—Nada de eso. El petróleo de la Tierra se agotó por completo. Esos coches vuelan para siempre sin baterías y jamás se quedarán sin energía. Son impresionantes. Estoy pensando pillarme uno.

—¿Cómo pueden no impresionarte estos milagros tecnológicos? Energía ilimitada para la humanidad. ¡Es un acontecimiento tan monumental como la creación de los cielos y la Tierra por parte de Pangu! ¿No comprendes lo impresionante que es esta época?

Shi Qiang tiró la colilla. Luego se lo pensó mejor, la recogió de entre la hierba y la tiró en una papelera cercana.

—¿No me impresiona? Eres un intelectual al que se le ha disparado la imaginación. Esa tecnología ya la teníamos en nuestra época.

—Es una broma.

—No tengo muchos conocimientos tecnológicos, pero sé un poco sobre esta en concreto porque resulta que tuve la oportunidad de usar un micro policial que no tenía batería, pero nunca se quedaba sin energía. ¿Sabes cómo funcionaba? Recibía la energía por sistema remoto por medio de microondas. Hoy en día la electricidad es así, aunque los métodos difieren ligeramente de los de nuestra época.

Luo Ji se detuvo y durante un buen rato no dejó de mirar a Shi Qiang. Luego observó los coches voladores. Pensó en el vaso calentador y comprendió al fin: era una fuente de energía inalámbrica; emitía electricidad en forma de microondas o alguna otra radiación electromagnética para formar un campo eléctrico en cierta región del espacio. Cualquier dispositivo colocado en esa región podía obtener energía por medio de una antena o un resonador. Como le había dicho Shi Qiang, incluso dos siglos antes esa tecnología era perfectamente normal. No se había extendido porque las pérdidas de energía eran demasiado grandes. Solo podía usarse una fracción de la energía emitida, el resto se perdía. Pero en esa época, la tecnología avanzada de fusión controlada hacía que las fuentes de energía fuesen mucho mayores, por lo que las pérdidas de la energía inalámbrica resultaban aceptables.

—¿Y el cereal sintético? ¿No pueden sintetizar cereales? —preguntó Luo Ji.

—No estoy muy seguro. El cereal todavía crece a partir de semillas y en fábricas, en tanques de cultivo. Los cultivos han sido modificados genéticamente. Por lo que he oído, el trigo crece en macollos, sin tallo. Y lo hace con mucha rapidez por efecto de la potente luz solar artificial y otros métodos, como una potente radiación para estimular el crecimiento. Se puede tener una cosecha de trigo y arroz en una semana. Visto desde fuera da la impresión de haber salido de una línea de producción.

—Oh… —Luo Ji recalcó la palabra con una exhalación. Las hermosas burbujas que tenía frente a los ojos reventaron y descubrió el verdadero aspecto del mundo. Supo que en esa nueva era tan maravillosa los sofones todavía pululaban por todas partes y la ciencia humana seguía limitada. La tecnología existente jamás superaría la línea delimitada por los sofones.

—¿Y la nave espacial que alcanza un quince por ciento de la velocidad de la luz?

—Bien, eso es cierto. Cuando se ponen en marcha son como pequeños soles en el cielo. Y las armas espaciales… Antes de ayer vi en la tele la noticia de un ejercicio de la Flota Asiática. Un cañón láser dio con una nave tan grande como un portaaviones. La mitad se evaporó como si fuese hielo y la otra mitad reventó formando fuegos artificiales de acero fundido. Y tenemos cañones de riel que pueden disparar cien esferas de hierro por segundo, cada una del tamaño de un balón, a decenas de kilómetros por segundo. En unos minutos aplastan una montaña de Marte… Por lo que aun sin disponer de movimiento perpetuo, con esas tecnologías la humanidad tiene la capacidad total de acabar con la flota trisolariana.

Shi Qiang le pasó un cigarrillo y le enseñó a encenderlo retorciendo el filtro. Fumaron y contemplaron cómo se elevaba el humo blanco.

—Pero, tío, esta es una buena época.

—Sí. En efecto.

Luo Ji apenas había terminado de hablar cuando Shi Qiang se lanzó contra él. Los dos rodaron sobre la hierba apartándose unos metros. Detrás oyeron el estruendo de un coche volador estrellándose justo donde habían estado. Luo Ji sintió el golpe. Los restos de metal volaron sobre sus cabezas, eliminando la mitad de la valla publicitaria y lanzando los tubos transparentes de la pantalla contra el suelo. Con la cabeza mareada y el ojo a la funerala, Shi Qiang se puso en pie de un salto y corrió hacia el vehículo. El cuerpo en forma de disco estaba destrozado y deformado, pero no se había incendiado al no llevar combustible. Solo se oían las chispas saltando en el metal retorcido.

—No hay nadie —le dijo Shi Qiang a Luo Ji, quien se acercaba cojeando.

—Da Shi, me has vuelto a salvar la vida —dijo Luo Ji mientras se apoyaba en su hombro para masajearse la pierna herida.

—No sé cuántas veces más tendré que hacerlo. La verdad es que deberías desarrollar algo más de sentido del peligro y algunos ojos extra. —Señaló al coche destrozado—. ¿A qué te recuerda?

Luo Ji se estremeció al rememorar aquel momento doscientos años antes.

Se habían congregado muchos peatones. En sus ropas no dejaban de mostrarse escenas de horror. Aterrizaron dos vehículos policiales, con las sirenas a toda potencia, y varios agentes salieron para formar una línea alrededor del vehículo siniestrado. Sus uniformes parpadeaban como la luz policial, usando su brillo para ahogar las ropas de la multitud. El agente que se acercó a Shi Qiang y Luo Ji llevaba ropa tan brillante que tuvieron que cerrar los ojos.

—Estaban aquí cuando cayó el coche. No están heridos, ¿verdad? —dijo preocupado. Estaba claro que los había identificado como hibernados, porque se esforzaba por hablar «chino antiguo».

Antes de que Luo Ji pudiese decir nada, Shi Qiang apartó al agente para alejarlo de la multitud. Una vez se alejaron, el uniforme dejó de parpadear.

—Deben investigar. Podría ser un intento de asesinato —dijo.

El agente se rio.

—¿De verdad? No ha sido más que un accidente de tráfico.

—Queremos presentar una denuncia.

—¿Está seguro?

—Claro que estoy seguro. Vamos a denunciar.

—Está exagerando. Comprendo la sorpresa, pero no ha sido más que un accidente de tráfico. Sin embargo, la ley dice que si insisten en denunciar…

—Insistimos.

El agente presionó sobre una zona de pantalla de la manga. Mostró una ventana de información, que miró para decir:

—Denunciado. La policía les seguirá durante las próximas cuarenta y ocho horas. Pero precisa su consentimiento.

—Aceptamos. Es posible que todavía corramos peligro.

El agente volvió a reír.

—De verdad que sucede habitualmente.

—¿Habitualmente? Voy a hacerle una pregunta: de media, ¿cuántos accidentes como este se producen en esta ciudad en un mes?

—¡En todo el año pasado hubo seis o siete!

—Debo hacerle saber, agente, que en nuestra época se producían todavía más accidentes cada día.

—En su época los coches iban por la superficie. Ni me hago una idea de lo peligroso que debía ser. Bien, ya participan en el sistema de vigilancia de la policía. Se les notificará de cualquier descubrimiento sobre su caso, pero por favor, créame, es un simple accidente de tráfico. Denuncien o no, seguirán recibiendo su compensación.

Una vez que dejaron a la policía y el accidente, Shi Qiang le dijo a Luo Ji:

—Volvamos a mi casa. No me siento cómodo fuera. No está lejos. Será mejor que caminemos. Los taxis son autónomos, así que no me fío.

—Pero ¿no han eliminado a la Organización? —preguntó Luo Ji, mirando alrededor.

En ese tiempo un coche volador de mayor tamaño había levantado al siniestrado. La multitud ya se había dispersado y el coche policial se había ido. Ya había llegado un vehículo municipal, del que habían bajado varios trabajadores para recoger los restos y reparar el terreno dañado por el impacto. Tras la breve conmoción, la ciudad regresó a su tranquilidad habitual.

—Quizá. Pero, tío, debo confiar en mi intuición.

—Ya no soy un vallado.

—El coche parecía tener otra opinión sobre ese punto… mientras caminamos, presta atención a los coches.

En la medida de lo posible, se quedaron a la «sombra» de los edificios arbóreos y corrían para cruzar los espacios abiertos. Pronto llegaron a una plaza grande y Shi Qiang le dijo:

—Mi sitio está al otro lado. La plaza es demasiado grande para rodearla, así que tendremos que correr.

—¿No estamos pasándonos de paranoicos? Quizá solo fuese un accidente de tráfico.

—Pero eso es un «quizá». No hay nada de malo en tener cuidado… ¿Ves esa escultura en medio de la plaza? En caso necesario podemos usarla para ocultarnos.

En el centro de la plaza había una especie de desierto en miniatura, una zona cuadrada de arena. La escultura que había dicho Shi Qiang, situada justo en el centro, era un grupo de objetos como columnas, cada uno de dos o tres metros de alto. En la distancia tenía el aspecto de un bosquecillo de árboles negros y consumidos.

Luo Ji corrió siguiendo a Shi Qiang. Al acercarse a la zona de arena, Shi Qiang le gritó:

—Deprisa. ¡Entra ahí!

Sintió que tiraban de él y le obligaba a meterse de cabeza en el bosquecillo consumido. Tendido sobre la arena cálida del bosquecillo, miró entre las columnas negras y vio a un coche volador descender y zumbar frente a las columnas antes de volver a subir y alejarse. El soplo de viento que dejó lanzó arena al aire, que golpeó las columnas.

—Quizá no fuese a por nosotros.

—No sé. Quizá —dijo Shi Qiang. Se sentó y se limpió la arena de los zapatos.

—¿Se reirán de nosotros por todo esto?

—No temas a esa mierda. ¿Quién va a reconocerte? Además, somos de hace dos siglos, así que la gente se seguirá riendo incluso si somos totalmente normales. Tío, no se pierde nada teniendo cuidado. ¿Y si venía a por nosotros?

Solo en ese momento Luo Ji prestó atención a la escultura en la que se encontraban. Se dio cuenta de que las columnas no eran árboles consumidos, sino brazos que surgían del desierto. Los brazos delgados no eran más que piel y huesos, por lo que la primera impresión era de árboles muertos. Las manos en lo alto formaban gestos distintos y distorsionados hacia el cielo y daban la impresión de expresar un dolor infinito.

—¿Qué escultura es esta? —A pesar de estar sudando por la carrera, Luo Ji sintió un estremecimiento dentro de la escultura. En el límite de la misma vio un obelisco solemne, donde unos caracteres grabados en dorado decían: DEDICA TIEMPO A LA CIVILIZACIÓN, PORQUE LA CIVILIZACIÓN NO TE DARÁ TIEMPO.

—El monumento al Gran Cataclismo —dijo Shi Qiang. No parecía tener interés en dar más explicaciones, pero sacó a Luo Ji de la escultura y lo llevó rápidamente al otro lado de la plaza—. Bien, chico. Vivo en ese árbol. —Apuntó al pesado árbol arquitectónico que tenían delante.

Al acercarse Luo Ji fue mirando. De pronto oyó un chasquido en el suelo, la superficie se abrió y cayó. Shi Qiang le agarró cuando ya tenía el pecho al nivel del suelo y tiró de él. Tras recuperar el equilibrio los dos miraron al agujero del suelo. Era una alcantarilla y habían retirado la tapa justo cuando Luo Ji iba a pisar.

—¡Dios mío! ¿Está bien, señor? ¡Ha sido muy peligroso! —dijo una voz desde una pequeña valla cercana. El anuncio estaba pegado a un pequeño pabellón que contenía máquinas de venta de bebidas y demás. Le había hablado un joven vestido con un uniforme azul. Tenía el rostro blanco y parecía más asustado que el propio Luo Ji—. Pertenezco a la Oficina de Evacuación y Drenaje de la Tercera Compañía de Administración Municipal. La tapa se ha abierto automáticamente. Es posible que sea un error de software.

—¿Sucede a menudo? —preguntó Shi Qiang.

—Oh, no, no. Al menos, es la primera vez que lo veo.

Shi Qiang cogió una piedrecilla cercana y la tiró alcantarilla abajo. Pasó un buen rato hasta oírla chocar.

—Maldición. ¿Qué profundidad tiene? —preguntó.

—Unos treinta metros. ¡Así que muy peligroso! He examinado el sistema de drenaje de la superficie. Las alcantarillas de su época no eran muy profundas. Hemos registrado el accidente. Usted… —mientras hablaba se miró la manga—. Ah, señor Luo. Puede ir a la Compañía para recibir su compensación.

Al final llegaron al vestíbulo del árbol de Shi Qiang, el número 1863. Había comentado que vivía en la rama 106, cerca de la parte superior, y a Luo Ji le aconsejó comer abajo antes de subir. Fueron a un restaurante que había a un lado de la entrada. Aparte de que todo estaba tan limpio como en una imagen generada por ordenador, una de las características de esa época era cada vez más evidente, mucho más que la primera vez que lo presenció en el centro de reanimación: había ventanas dinámicas de información por todas partes. En las paredes, sobre las mesas, en las sillas, en suelo y techo, e incluso en objetos pequeños como vasos y servilleteros. Todo poseía un interfaz y una pantalla que mostraba textos o imágenes en movimiento. Como si todo el restaurante fuese una gigantesca pantalla de ordenador que representase un esplendor variado y brillante.

No había mucha gente. Se acercaron a la ventana y se sentaron. Shi Qiang tocó la superficie de la mesa para activar el interfaz y pidió unos platos.

—No puedo leer la escritura extranjera, así que solo pido platos chinos.

—El mundo parece levantado empleando ladrillos fabricados con pantalla —dijo Luo Ji, melancólico.

—Así es. Todo lo liso se puede iluminar. —Sacó la cajetilla y se la pasó a Luo Ji—. Mira esto. Una cajetilla de cigarrillos baratos. —Tan pronto como Luo Ji lo tuvo en la mano se puso a mostrar imágenes animadas en lo que parecía un menú de opciones.

—Esto… no es más que una lámina que puede mostrar imágenes —dijo Luo Ji, mirando la cajetilla.

—¿Una lámina? ¡Con eso puedes conectarte a la red! —Shi Qiang alargó la mano y tocó la cajetilla. Una de las pequeñas imágenes se hundió como un botón. A continuación, el anuncio seleccionado ocupó toda la cajetilla.

La imagen le mostró a Luo Ji una familia con un niño sentada en un salón. Era evidentemente una imagen del pasado. Una voz aguda surgió de la cajetilla:

—Señor Luo, usted antes vivía en esa época. Sabemos que en ese momento poseer una casa en la capital era el gran sueño de todos. Hoy, el Grupo Hojaverde le puede ayudar a hacerlo realidad. Como habrá comprobado, la nuestra es una época asombrosa. Las casas son ahora hojas de árboles, y el Grupo Hojaverde le puede conseguir el tipo de hoja que desee. —La imagen pasó a mostrar una escena de hojas añadidas a una rama, y luego una increíble variedad de hogares colgantes, uno de los cuales era incluso totalmente transparente, con mobiliario que parecía flotar en el aire—. Por supuesto, también podemos construirle un hogar tradicional en la superficie para que regrese a la calidez de la Edad Dorada, y crearle una cálida… familia… —En la pantalla apareció una casa individual con jardín, quizás otra imagen del pasado. El locutor del anuncio hablaba «chino antiguo» fluido, pero hizo una breve pausa al dar con la palabra «familia», para luego emplear un tono especial de énfasis. Después de todo, era algo desconocido para el actor, una idea del pasado.

Shi Qiang retiró la cajetilla de la mano de Luo Ji, sacó los dos cigarrillos que quedaban, le dio uno y luego arrugó la cajetilla vacía y la tiró sobre la mesa. Las imágenes todavía cambiaban en la bola arrugada, pero no se oía nada.

—Allí adonde voy, lo primero que hago es apagar todas las pantallas a mi alrededor. Me molestan —dijo Shi Qiang, desactivando la mesa y el suelo empleando manos y pies—. Pero la gente de esta época no puede vivir sin ellas. —Señaló a su alrededor—. Ya no hay ordenadores. Cuando alguien quiere conectarse, se limita a tocar una superficie lisa. También puedes usar la ropa y los zapatos como ordenadores. Te lo creerás o no, pero también he visto papel higiénico con el que te puedes conectar.

Luo Ji tomó una servilleta. Era totalmente normal, de papel sin conexión, pero el servilletero se activó y una mujer guapa intentó venderle vendas, consciente de lo que le había sucedido ese día y suponiendo que tendría los brazos y las piernas dañados.

—Dios… —exclamó Luo Ji, y volvió a guardar la servilleta.

—Esta es la era de la información. Nuestra época, en comparación, era primitiva —dijo Shi Qiang, riéndose.

Mientras esperaban la comida, Luo Ji le preguntó a Shi Qiang cómo le iba la vida. Se sentía un poco culpable por no haber preguntado hasta entonces, pero todo había sido un poco como un mecanismo de relojería, avanzando inexorablemente. Solo ahora sentía tener algo de tiempo libre.

—Me han jubilado. No es mal plan —se limitó a decir Shi Qiang.

—¿Fue el Departamento de Seguridad Pública o la unidad en la que participaste más tarde? ¿Siguen existiendo?

—Existen. Y el Departamento sigue siendo el Departamento. Pero yo ya no mantenía ninguna relación incluso antes de entrar en hibernación. Mi unidad posterior ahora pertenece a la Flota Asiática. Ya sabes que la flota es como un gran país, así que ahora soy extranjero —lo dijo mientras exhalaba una larga humareda. La observó elevarse, como si estuviese dedicando todos sus esfuerzos en desentrañar un misterio.

—El mundo ha cambiado, los países ya no tienen la importancia de antes. Es muy confuso. Por suerte, Da Shi, tú y yo pertenecemos a esa clase de personas indiferentes que pueden vivir, y vivir bien, por mucho que cambien las cosas.

—Luo, tío, si te digo la verdad, en algunos aspectos no tengo la mente tan abierta como tú. No me desapego. Hace mucho tiempo que me habría venido abajo si hubiese tenido que pasar por todo lo que has sufrido.

Luo Ji recogió la cajetilla arrugada. La desdobló para mostrar la imagen que, aunque algo descolorida, todavía persistía. Era el anuncio del Grupo Hojaverde.

Habló:

—Ya sea como mesías o como refugiado, siempre puedo intentar aprovechar los recursos disponibles para vivir feliz. Es posible que me consideres egoísta, pero de todos los rasgos de mi personalidad, es el único que valoro positivamente. Da Shi, deja que te cuente. Parece no preocuparte nada, pero en el fondo valoras la responsabilidad. Ahora, deja atrás esa responsabilidad y presta atención a esta época. ¿Quién necesita de nosotros? Aprovechar cada día es nuestro deber más sagrado.

—Fácil de decir, pero si hubiese renunciado a mis responsabilidades ahora no tendrías mucho apetito. —Shi Qiang lanzó el cigarrillo al cenicero, lo que activó un anuncio de tabaco.

Luo Ji comprendió que no se había expresado bien.

—Oh, no, Da Shi, todavía tienes que cumplir con tus responsabilidades conmigo. Moriré si me abandonas. Este mismo día ya me has salvado una… dos… tres veces. O al menos, ¿dos y media?

—Quieres decir que no puedo simplemente permitir que alguien muera. Esa es mi vida ahora: una vida salvándote —dijo Shi Qiang mientras miraba a su alrededor. Probablemente buscase dónde comprar cigarrillos. Luego se le acercó y susurró—: Pero, colega, durante un tiempo tú sí que fuiste un mesías.

—Es imposible que una persona en esa posición esté en sus cabales. Por suerte, ahora he recuperado la normalidad.

—¿Cómo se te ocurrió la idea de lanzar una maldición contra una estrella?

—En aquel momento sentía una enorme paranoia. No quiero pensarlo. Lo creerás o no, Da Shi, pero estoy seguro de que mientras dormía no solo me curaron de mi enfermedad física, sino que también realizaron un tratamiento psicológico. De verdad que ya no soy la misma persona que en esa época. ¿Cómo pude ser tan estúpido para concebir semejante idea? ¿Una fantasía así?

—¿Qué fantasía? Cuéntame.

—Resulta difícil de resumir. Además, no tiene sentido. Dada la naturaleza de tu trabajo, te habrás encontrado con pacientes delirando o confundidos, gente que no podía evitar pensar que alguien quería matarlos. ¿Tiene sentido escuchar lo que dice esa gente? —Metódicamente, Luo Ji despedazó la cajetilla. La pantalla quedó así destruida, pero los fragmentos siguieron destellando formando un grotesco montón de colores.

—Vale. Hablemos de algo bueno. Mi hijo sigue vivo.

—¿Qué? —preguntó Luo Ji mientras casi daba un salto de sorpresa.

—Lo acabo de descubrir, hace dos días. Me buscó. Todavía no nos hemos visto. Solo hemos hablado por teléfono.

—No está…

—No sé cuánto tiempo pasó en prisión, pero luego entró en hibernación. Dijo que lo hizo para venir al futuro y verme. Cualquiera sabe de dónde sacó el dinero. Ahora está en la superficie y ha dicho que vendrá mañana.

Luo Ji se puso en pie presa de la emoción, lanzando al suelo los trozos brillantes de papel.

—Oh, Da Shi, eso es… Es algo que debemos celebrar con una copa.

—El alcohol de esta época es horrible, pero todavía tiene la misma graduación.

Llegó la comida. Luo Ji no reconoció nada.

—Nada es bueno —le dijo Shi Qiang—. Hay algunos restaurantes que reciben directamente de granjas tradicionales, pero son sitios muy caros. Cuando venga Xiaoming iremos a uno.

Pero Luo Ji prestaba atención a la camarera. La cara y el cuerpo eran hermosos hasta lo imposible y comprobó que las otras camareras tenían el mismo aspecto angelical.

—No te quedes pasmado como un bobo. Son falsas —dijo Shi Qiang sin molestarse en mirar.

—¿Robots? —preguntó Luo Ji. Al menos el futuro contenía algo que reconocía de sus lecturas infantiles de ciencia ficción.

—Algo así.

—¿Qué significa «algo así»?

Shi Qiang señaló la camarera robótica.

—Esa chica tonta solo sabe servir comida. Sigue un camino predefinido. ¿Se puede ser más estúpido? En una ocasión vi que trasladaban temporalmente una mesa. Pero la máquina seguía trayendo la comida al lugar original, así que todo chocaba con el suelo.

Ir a la siguiente página

Report Page