El bosque oscuro

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Tercera Parte. El bosque oscuro » Año 205, Era de la Crisis

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La camarera dejó la comida, les sonrió con dulzura y les deseó que la disfrutasen. La voz no sonó robótica, pero sí que era asombrosamente encantadora. A continuación, alargó una mano esbelta y cogió el cuchillo situado frente a Shi Qiang…

A la velocidad del rayo los ojos de Shi Qiang pasaron del cuchillo a Luo Ji. Se puso en pie de golpe, volcó la mesa y tiró a Luo Ji al suelo. Casi al mismo tiempo, el robot apuñaló al punto donde habría estado el corazón de Luo Ji. El cuchillo atravesó la silla y activó el interfaz de información. El robot retiró el cuchillo y se quedó inmóvil junto a la mesa con la bandeja en la otra mano y con esa dulce sonrisa. Luo Ji se esforzó por ponerse en pie presa del pánico y luego se ocultó tras Shi Qiang.

Pero este se limitó a desestimar al robot con una mano y le dijo:

—No te preocupes, no es tan ágil.

El robot permanecía inmóvil, sosteniendo el cuchillo y sonriendo. Una vez más les deseó que disfrutasen de la comida.

Los sorprendidos comensales se habían reunido a su alrededor y contemplaban la escena con absoluto asombro. Luego llegó la encargada a toda prisa. Hizo un gesto negativo al oír que Shi Qiang acusaba al robot de intento de asesinato.

—¡Señor, eso es imposible! Sus ojos no ven personas. ¡Solo perciben los sensores de mesas y sillas!

—Yo testificaré que agarró un cuchillo e intentó matar a ese hombre. ¡Lo vimos con nuestros propios ojos! —dijo un hombre en voz alta. Los otros espectadores lo confirmaron.

Mientras la encargada pensaba en cómo refutar esa idea, el robot apuñaló la silla por segunda vez, atravesando con exactitud el agujero que había dejado la primera vez.

Algunos espectadores gritaron.

—Disfrute de su comida —dijo con una sonrisa el robot.

Llegaron más personas, entre ellas el ingeniero del restaurante. Al presionar la parte posterior de la cabeza del robot, la sonrisa desapareció de la cara y dijo:

—Apagado forzado. Datos de ejecución guardados. —Y se quedó inmóvil del todo.

—Probablemente se trate de un fallo de software —dijo el ingeniero, limpiándose el sudor frío.

—¿Sucede a menudo? —preguntó Shi Qiang, mostrando una sonrisa sarcástica.

—No, no, se lo juro. Ni siquiera he oído jamás algo parecido —dijo el ingeniero. Le indicó a dos ayudantes que se llevasen el robot.

La encargada explicó a los clientes que hasta que no se identificase la causa del fallo el restaurante usaría camareros humanos. Aun así, la mitad de los clientes se fueron.

—Los dos reaccionaron muy rápido —dijo un espectador, empleando un tono de admiración.

—Hibernados. En su época la gente experimentaba todo tipo de imprevistos —comentó alguien. Su ropa mostraba a un espadachín.

La encargada les dijo a Luo Ji y Shi Qiang:

—Señores, sinceramente ha sido… En cualquier caso les garantizo que recibirán la compensación.

—Bien. Comamos.

Shi Qiang le indicó a Luo Ji que se sentase y una camarera humana les trajo nuevos platos.

Sintiéndose todavía conmocionado, al sentarse Luo Ji notó el incómodo agujero en el respaldo de la silla.

—Da Shi, parece como si el mundo entero viniese a por mí. Mi impresión era antes más favorable.

Antes de hablar, Shi Qiang examinó uno de los platos que tenía delante.

—Se me han ocurrido algunas ideas. —Alzó la vista y le sirvió una bebida a Luo Ji—. Por ahora no te preocupes. Más tarde te contaré los detalles.

—Brindemos: por vivir la vida día a día. Incluso de hora en hora —dijo Luo Ji, levantando la copa—. Brindemos por tu hijo, que todavía vive.

—¿De verdad estás bien? —Shi Qiang le dedicó una sonrisa.

—He sido un mesías. No le tengo miedo a nada. —Se encogió de hombros y vació la copa. Hizo una mueca al saborear el alcohol—. Eso es combustible de cohetes.

—Esa actitud tuya siempre me ha maravillado —le dijo mientras le mostraba un pulgar hacia arriba.

Shi Qiang vivía en una hoja en la parte superior del árbol. Tenía un hogar muy espacioso, completamente equipado para vivir con comodidad. Disponía de gimnasio e incluso un jardín interior con fuente.

—La flota me cedió este alojamiento temporal. Dicen que con el dinero de mi jubilación me podré comprar una hoja mejor.

—¿Hoy en día todos disponen de tanto espacio para vivir?

—Es probable. Este tipo de estructura permite el mejor uso del espacio. Una hoja grande es el equivalente a todo un edificio de nuestra época. Pero sobre todo porque hay menos gente desde el Gran Cataclismo.

—Pero Da Shi, tu país está en el espacio.

—No iré al espacio. Ya sabes que me he jubilado.

Los ojos de Luo Ji se sentían más cómodos en este lugar, más que nada porque en la casa de Shi Qiang todas las ventanas de información estaban cerradas, aunque en paredes y techos se apreciaban destellos dispersos. Shi Qiang usó el pie para activar un interfaz del suelo. Una pared se volvió completamente transparente, desplegando ante sus ojos la ciudad nocturna. Se trataba de un gigantesco y extraordinario bosque de árboles de Navidad conectados entre sí por las luces del tráfico.

Luo Ji se acercó al sofá, que al tacto era tan duro como el mármol.

—¿Es para sentarse? —preguntó.

Shi Qiang asintió y él se sentó con cuidado para sentir que se hundía en una arcilla blanda. Los cojines y soportes se ajustaban al cuerpo de una persona, formando un molde totalmente sincronizado con la forma del cuerpo, con la presión al mínimo.

Su visión en el enorme bloque de hierro de la sala de meditación del edificio de Naciones Unidas se había hecho realidad.

—¿Tienes pastillas para dormir? —preguntó. Ahora que se sentía en un lugar seguro le invadió el agotamiento.

—No, pero puedes comprarlas desde aquí —le respondió, y volvió a tocar la pared—. Mira. Pastillas para dormir sin receta. Esta, Flujo de Sueños.

Luo Ji pensó que sería testigo de alguna forma de alta tecnología para enviar objetos por la red. Pero la realidad fue mucho más sencilla. A los pocos minutos, un pequeño furgón de entrega volador se situó junto a la pared transparente y, usando un esbelto brazo mecánico, entregó la medicina a través de un portal abierto para la ocasión. Luo Ji cogió la medicina de manos de Shi Qiang. Se trataba de una caja convencional sin pantalla. Según las instrucciones, había que tomar una. Así que la sacó y fue a coger un vaso de agua de la mesilla.

—Un momento —dijo Shi Qiang, cogiendo la caja y leyéndola con mucha atención antes de devolvérsela—. ¿Qué dice aquí? La que pedí se llamaba Flujo de Sueños.

Luo Ji vio una larga y complicada lista de nombres de medicinas en inglés.

—No lo reconozco. Pero está claro que no es Flujo de Sueños.

Shi Qiang activó una pantalla en la mesilla y buscó una consulta médica. Completó la tarea con ayuda de Luo Ji. Un médico vestido de blanco examinó la caja y luego miró con expresión extraña de la caja a Shi Qiang.

—¿De dónde ha salido? —preguntó con recelo.

—La compré. Aquí mismo.

—Imposible. Es una medicina con receta. Solo se debe usar en centros de hibernación.

—¿Qué tiene que ver con la hibernación?

—Es una medicina para hibernación a corto plazo. Hace que alguien hiberne entre diez días a un año.

—¿La tragas?

—No. Requiere de todo un conjunto de sistemas externos para mantener las funciones de circulación corporal y lograr la hibernación a corto plazo.

—¿Y si se toma sin esos sistemas?

—Entonces mueres. Pero será una muerte agradable. Así que a menudo se usa para suicidios.

Shi Qiang cerró la ventana y arrojó la caja sobre la mesa. Durante un rato miró a Luo Ji a los ojos para decir al final:

—Maldita sea.

—Maldita sea —repitió Luo Ji, tirándose en el sofá. En ese momento sufrió el último intento contra su vida de ese día.

Cuando su cabeza tocó el sofá, el apoyo duro se adaptó con rapidez a la parte posterior de su cabeza y fue adoptando una impresión de su forma. Pero no acabó ahí. Cabeza y cuello siguieron hundiéndose, hasta que el apoyo desarrolló tentáculos que se cerraron alrededor del cuello. No le dio tiempo a gritar. Se limitó a abrir la boca y los ojos y agitar las manos.

Shi Qiang saltó a la cocina y volvió con un cuchillo. Lo usó para atacar un par de veces los tentáculos, para luego usar las manos y separarlos del cuello de Luo Ji. Cuando Luo Ji se apartó del sofá y cayó al suelo, la superficie del mueble se iluminó y mostró varios mensajes de error.

—Colega, ¿cuántas veces te he salvado hoy la vida? —preguntó, frotándose las manos.

—Esta es… la… sexta —dijo Luo Ji, hablando entrecortadamente. Vomitó en el suelo.

Luego se echó atrás y se apoyó contra el sofá, para retirarse de inmediato como si le hubiesen dado una descarga. No sabía dónde colocar las manos.

—¿Cuánto tiempo tendría que pasar para ser tan ágil como tú y salvar mi propia vida?

—Probablemente no suceda nunca —dijo Shi Qiang. Apareció una máquina con una aspiradora para limpiar el vómito.

—Entonces me puedo dar por muerto. Este mundo es muy retorcido.

—No está tan mal. Al menos tengo una idea sobre todo este asunto. El primer intento fracasó y luego hubo cinco más. Es estupidez, no un comportamiento profesional. En algún lugar algo ha salido mal. Tenemos que hablar de inmediato con la policía. No podemos esperar a que resuelvan el caso.

—¿Quién cometió un error y dónde? Da Shi, han pasado dos siglos. No uses conceptos de nuestro tiempo.

—Es siempre lo mismo, tío. Hay cosas que no cambian de una época a otra. Pero no sé quién ha cometido el error. Incluso me pregunto si el «quién» existe.

Llamaron al timbre. Shi Qiang abrió la puerta para ver a varias personas esperando. Iban vestidos de civil, pero Shi Qiang supo quiénes eran incluso antes de que el líder le mostrase la identificación.

—Vaya, en esta sociedad sigue habiendo policías que investigan en la calle. Pasen, agentes.

Tres entraron en la casa y dos esperaron fuera vigilando. El agente al mando, que parecía tener unos treinta años, miró a su alrededor. Al igual que Shi Qiang y Luo Ji, las pantallas de su ropa estaban apagadas, lo que les hizo sentirse cómodos. Además, hablaba un «chino antiguo» fluido y sin palabras en inglés.

—Soy el agente Guo Zhengming del Departamento de Realidad Digital del Departamento de Seguridad Pública. Lamento que hayamos llegado tan tarde. Fue una negligencia. Han pasado cincuenta años desde el último caso como este. —Le hizo una reverencia a Shi Qiang—. Ofrezco mis respetos a mi oficial superior. Hoy en día, habilidades como las suyas son muy poco habituales en el cuerpo.

Mientras el agente Guo hablaba, Luo Ji y Shi Qiang se dieron cuenta de que todas las pantallas de la casa se habían apagado. Estaba claro que habían cortado el acceso de la hoja al mundo de hiperinformación del exterior. Los otros dos agentes estaban enfrascados en su trabajo. Sostenían algo que hacía mucho tiempo que no veía: un ordenador portátil. Pero el aparato era tan delgado como una hoja de papel.

—Están instalando un cortafuegos en esta hoja —les explicó el agente Guo—. Ahora están seguros, se lo garantizo. Y también les garantizo que recibirán compensación por el Departamento de Seguridad Municipal.

—Hoy —dijo Shi Qiang, contando con los dedos— nos han garantizado compensaciones en cuatro ocasiones.

—Lo sé. Y muchas personas en muchos departamentos han perdido su trabajo por este asunto. Les solicito su cooperación para no ser una de esas personas. Se lo agradezco por adelantado —dijo, haciendo una reverencia.

—Eso lo comprendo —dijo Shi Qiang—. Yo mismo he estado en esa posición. ¿Precisa que hagamos un resumen de la situación?

—No. La verdad es que les hemos estado siguiendo continuamente. Ha sido pura negligencia.

—¿Sabe lo que está pasando?

—Homicida 5.2.

—¿Qué?

—Es un virus de red. La Organización lo liberó originalmente más o menos un siglo después del comienzo de la Era de la Crisis, y más adelante hubo muchas variantes y mejoras. Es un virus para matar. En primer lugar, emplea distintos métodos, incluyendo el chip implantado, para determinar la identidad del objetivo. Una vez localizado, el virus Homicida manipula todo el hardware externo que le es posible para ejecutar el asesinato. Hoy han experimentado su manifestación concreta. Da la impresión de que todos los objetos del mundo van a por ti. Por esa razón hubo un tiempo en que lo llamaron «maleficio moderno». Incluso durante un tiempo el software Homicida se comercializó en el mercado negro online. Te bastaba con indicar el número de identificación personal del blanco y subir el virus. Desde ese momento, incluso si esa persona lograba evadir a la muerte, vivir en sociedad le resultaría muy difícil.

—¿La industria se desarrolló hasta ese punto? ¡Increíble! —exclamó Shi Qiang.

—¿El software de hace un siglo todavía se puede ejecutar? —Luo Ji se mostraba incrédulo.

—Por supuesto que sí. Hace tiempo que la tecnología informática dejó de avanzar. Cuando el virus Homicida apareció por primera vez, logró matar a mucha gente, incluyendo a un jefe de Estado, pero con el tiempo lo acorralaron empleando cortafuegos y software de antivirus. Poco a poco desapareció. Esa versión de Homicida está programada ex profeso para atacar al doctor Luo. Pero como el blanco estaba en hibernación, nunca pudo actuar. Permaneció inerte y el sistema de seguridad no lo detectó ni lo registró. Homicida 5.2 solo se activó para ejecutar su misión cuando el doctor Luo salió al mundo. Simplemente sus creadores desaparecieron hace un siglo.

—¿Hace un siglo todavía pretendían matarme? —dijo Luo Ji. Había vuelto una sensación que creía desaparecida y se esforzó por volver a deshacerse de ella.

—Sí. Lo importante en este caso es que esta versión del virus Homicida se programó específicamente para usted. Al no activarse jamás, pudo ocultarse hasta hoy.

—¿Qué se supone que debemos hacer ahora? —preguntó Shi Qiang.

—Limpiaremos Homicida 5.2 de todo el sistema, pero llevará su tiempo. Antes de que eso suceda, tienen dos opciones. La primera es dar al doctor Luo una identidad falsa temporal. Pero eso no podrá garantizar su seguridad y podría tener consecuencias todavía más graves. Si tenemos en cuenta la complejidad tecnológica del software de la Organización, es posible que Homicida 5.2 haya registrado otros detalles de su objetivo. Hace un siglo hubo un caso sonado. Se asignó una identidad falsa a un individuo protegido. Lo que hizo Homicida fue emplear reconocimiento de lógica difusa para matar a la vez a más de cien personas, incluyendo al blanco. La otra opción, y la que recomiendo encarecidamente, es vivir durante un tiempo en la superficie. Allí Homicida 5.2 no dispondrá de hardware que manipular.

—Estoy de acuerdo —dijo Shi Qiang—. Incluso si no estuviésemos en esta situación, tengo ganas de subir a la superficie.

—¿Qué hay en la superficie? —preguntó Luo Ji.

—La mayoría de los hibernados reanimados viven en la superficie. Adaptarse a esto de aquí abajo les resulta difícil.

—Así es. Por lo que de todas formas debería pasar algún tiempo ahí arriba —dijo el agente Guo—. Muchos aspectos políticos, económicos, culturales, de estilo de vida y relación entre sexos de la sociedad moderna han cambiado enormemente en los últimos dos siglos. Nos lleva tiempo adaptarnos.

—Pero usted se ha adaptado bastante bien —dijo Shi Qiang mirándole. Tanto él como Luo Ji se habían dado cuenta de que había dicho «nos».

—Entré en hibernación a causa de la leucemia y me reanimaron muy joven, hace solo trece años —dijo Guo Zhengming, riendo—. Pero la gente sigue sin comprender lo difícil que fue. Ni recuerdo las veces que tuve que ir a tratamiento psicológico.

—¿Y hay muchos hibernados como usted que se hayan adaptado a la vida moderna? —preguntó Luo Ji.

—Muchos. Pero también se puede vivir muy bien en la superficie.

—Contingente Especial de Refuerzos Futuros, se presenta el comandante Zhang Beihai —dijo Zhang Beihai y saludó.

La Vía Láctea fluía tras el comandante de la Flota Asiática. El Mando de Flota se encontraba en órbita de Júpiter y giraba sin parar para producir gravedad artificial. Zhang Beihai se dio cuenta de que la iluminación de la sala resultaba relativamente baja, y las amplias ventanas parecían tener como función integrar en la medida de lo posible el espacio interior con el exterior.

El comandante le devolvió el saludo.

—Saludos, antecesor.

Daba la impresión de ser muy joven. El resplandor de las charreteras y la insignia de la gorra iluminaban sus rasgos asiáticos. A Zhang Beihai le habían entregado un uniforme al sexto día y había visto el emblema tan familiar de la fuerza espacial: una estrella de plata enviando rayos en cuatro direcciones, los rayos con forma de espada. Habían pasado doscientos años y, aunque la insignia no había cambiado mucho, la flota se había convertido en un país independiente con un presidente como líder máximo. El comandante simplemente estaba al cargo de la parte militar.

—Eso es excesivo, comandante. Ahora todos somos nuevos reclutas con todo por aprender —respondió Zhang Beihai.

El comandante sonrió e hizo un gesto de negación con la cabeza.

—No puede decir eso. Aquí ya han aprendido todo lo que se puede aprender. Y el conocimiento que poseen, nosotros no hubiésemos podido aprenderlo. Por eso le hemos despertado.

—El comandante Chang Weisi de la fuerza espacial de China me pide que le transmita sus saludos.

Las palabras de Zhang Beihai emocionaron al comandante. Se giró y miró por el ventanal al río de estrellas, como si fuese el nacimiento de una gran corriente.

—Fue un general excepcional, uno de los fundadores de la Flota Asiática. La estrategia espacial de hoy emplea los parámetros generales que él estableció hace dos siglos. Desearía que hubiese podido ser testigo de este día.

—Los logros de hoy superan con creces lo que él llegó a soñar.

—Pero todo comenzó en su… en la época de ustedes.

En ese momento apareció Júpiter como una parte de arco que rápidamente ocupó todo el campo de visión del ventanal, llenando el despacho de luz naranja. Las oníricas formas de hidrógeno y helio sobre el vasto océano gaseoso poseían una escala impresionante y una riqueza fascinante de detalles. Apareció la Gran Mancha Roja. Sobre el mundo difuminado, la supertormenta que podía contener dos planetas como la Tierra parecía un enorme ojo sin pupila. Las tres flotas habían establecido la base principal en Júpiter porque el océano de hidrógeno y helio contenía un suministro inagotable de combustible de fusión.

La escena joviana paralizó a Zhang Beihai. En incontables ocasiones había soñado con esa nueva región que ahora tenía frente a los ojos. Antes de hablar esperó a que Júpiter hubiese desaparecido tras el ventanal.

—Comandante, los grandes logros de esta época convierten en innecesaria nuestra misión.

El comandante se volvió hacia él y dijo:

—No, eso es no cierto. El Plan de Refuerzo Futuro fue una iniciativa visionaria. Durante el Gran Cataclismo, cuando las fuerzas armadas espaciales estuvieron al borde del colapso, el contingente de refuerzo especial fue fundamental para estabilizar la situación global.

—Pero nuestro contingente en concreto llegó demasiado tarde para ser de ayuda.

—Lo lamento, pero así son las cosas —dijo el comandante. Las líneas de la cara se relajaron—. Tras su partida, enviaron más contingentes de refuerzos especiales al futuro, y los últimos en dormir fueron los primeros en despertar.

—Resulta comprensible, comandante, ya que sus conocimientos estaban más cerca de los de esa época.

—En efecto. Con el tiempo, su contingente fue el único que permanecía en hibernación. El Gran Cataclismo terminó y el mundo pasó por un período de rápido desarrollo. El derrotismo prácticamente había desaparecido y no hubo necesidad de reanimarles. En ese momento, la flota tomó la decisión de reservarlos para la batalla del Día del Juicio Final.

—Comandante, eso es justo lo que deseábamos —dijo Zhang Beihai, emocionado.

—Y es también el máximo honor para todos los soldados que sirven en el espacio. Eran muy conscientes de ese hecho cuando tomaron la decisión. Pero como ya sabe, las circunstancias actuales son diferentes. —El comandante señaló el río de estrellas que tenía a su espalda—. Es bien posible que la batalla del Día del Juicio Final no se produzca nunca.

—Excelente, comandante. Mi pequeño lamento como soldado no es nada en comparación con la gran victoria que la humanidad está a punto de lograr. Simplemente espero que puedan concedernos nuestra única petición: unirnos a la flota con la graduación más baja, como soldados, para colaborar en lo que podamos.

El comandante negó con la cabeza.

—El tiempo de servicio de todos los miembros del contingente especial volverá a contar desde el momento de la reanimación y las graduaciones se incrementarán en uno o dos niveles.

—Comandante, no debería ser así. No queremos pasar los años que nos quedan encerrados en un despacho. Queremos estar en primera línea de la flota. Nuestro sueño, hace dos siglos, era la fuerza espacial. Nuestras vidas carecen de sentido sin ella. Pero ni siquiera con nuestra graduación actual estamos capacitados para trabajar en la flota.

—Jamás he dicho que quisiera que abandonasen la flota. Es justo lo contrario. Trabajarán en la flota para completar una misión de gran importancia.

—Gracias, comandante. Pero ¿qué misión podría haber para nosotros en el mundo de hoy?

El comandante no respondió. En su lugar, como si acabase de pensarlo, comentó.

—¿Lo pasa bien de pie? —El despacho del comandante no tenía silla y la mesa estaba diseñada con la altura adecuada para trabajar en ella de pie. La rotación del Mando de Flota producía un sexto de la gravedad terrestre, por lo que, en realidad, no había tanta diferencia entre estar de pie o sentado.

Zhang Beihai sonrió y asintió.

—No es ningún problema. Pasé un año en el espacio.

—¿Y el idioma? ¿Tiene problemas de comunicación en la flota?

El comandante estaba usando el chino estándar, pero las tres flotas habían formado un lenguaje propio, similar al chino moderno y el inglés moderno de la Tierra, pero con las dos lenguas todavía más unidas. El chino y el inglés aportaban cada uno la mitad del vocabulario.

—Al principio, especialmente porque era incapaz de distinguir entre el vocabulario chino y el inglés, pero acabé comprendiéndolo con rapidez.

Hablarlo es más complicado.

—Eso no importa. Si usa inglés o chino al hablar podremos entenderle. Por tanto, ¿la División de Personal Militar ya le ha informado de todo?

—Así es. Durante los primeros días en la base nos dieron una introducción muy completa a todo.

—Entonces, debe conocer el precinto mental.

—Así es.

—Investigaciones recientes no han dado con ningún indicio de los Marcados. ¿Qué opina?

—Creo que una posibilidad es que los Marcados hayan desaparecido. Otra opción es que estén muy bien escondidos. Si una persona posee una mentalidad derrotista convencional, la comentará con otros. Pero una fe totalmente inamovible reforzada por la tecnología producirá de modo inevitable una sensación de misión vital igualmente enorme. El derrotismo y el Escapismo están muy relacionados, y si los Marcados existen de verdad, entonces su misión última es lograr una forma de escapar al universo. Pero para lograr ese fin es preciso que oculten muy bien sus verdaderas ideas.

El comandante asintió para manifestar su aprobación.

—Un análisis excelente. Se trata justo de la opinión de la División de Personal Militar.

—Comandante, la segunda alternativa resulta muy peligrosa.

—Sí, lo es, sobre todo con la sonda trisolariana tan cerca del Sistema Solar. La flota se divide en dos grandes grupos según el sistema de mando. El primero, un sistema de mando distribuido, es similar a la estructura tradicional de una nave como la que usted mandó. Distintos miembros del personal ejecutan las órdenes del capitán. El segundo es un sistema de mando centralizado. El ordenador de la nave ejecuta de modo automático las órdenes del capitán. Las naves espaciales más avanzadas construidas recientemente, al igual que las que están en construcción, caen dentro de ese grupo. Es, sobre todo, en esa categoría de naves donde el precinto mental presenta un mayor peligro, porque el capitán posee enormes poderes en su sistema de mando. Puede decidir unilateralmente la entrada y salida del puerto, la velocidad y el rumbo, así como grandes aspectos del sistema de armamento. Según ese sistema de mando, podría decirse que la nave es una extensión del cuerpo del capitán. Ahora mismo, en la flota, 179 de las 695 naves de guerra de clase estelar poseen sistemas de mando centralizados. Debemos hacer pasar revisión a los oficiales al mando de esas naves. La idea original era que todas las naves bajo revisión estuviesen atracadas y selladas. Pero eso no es posible dadas las circunstancias, porque las tres flotas se preparan para interceptar la sonda trisolariana. Se tratará del primer encuentro real entre la flota espacial y los invasores trisolarianos, por lo que todas las naves militares deben estar disponibles.

—Por tanto, comandante, la autoridad para las naves de control central debe asignarse a individuos de fiar —dijo Zhang Beihai. Había especulado sobre la misión, pero todavía no sabía cuál era.

—¿Quién es de fiar? —preguntó el comandante—. No sabemos cómo de extendido está el precinto mental y no tenemos información sobre los Marcados. Así que nadie es de fiar, ni siquiera yo.

El sol apareció al otro lado de la ventana. Aunque a esa distancia la luz era mucho más débil que en la Tierra, el cuerpo del comandante quedó oculto por el resplandor. Solo se le oía:

—Pero ustedes son todos de fiar. El precinto mental no existía cuando pasaron a hibernación. Y hace dos siglos, uno de los criterios más importantes para seleccionarles fue la lealtad y la fe. Ahora mismo, ustedes forman el único grupo de fiar del que disponemos. Por tanto, la flota ha decidido poner en sus manos la autoridad del sistema centralizado de mando, nombrarles capitanes en funciones, que revisarán todas las órdenes de los antiguos capitanes antes de enviarlas al sistema de mando.

Dos soles diminutos se encendieron en los ojos de Zhang Beihai.

—Comandante, me temo que no es posible.

—No es parte de nuestra tradición negarse a cumplir una orden.

Que el comandante usase «nuestra» y «tradición» emocionó a Zhang Beihai. Sabía ahora que la línea de sangre de los militares de dos siglos antes persistía en la flota espacial de la actualidad.

—Comandante, después de todo venimos de dos siglos en el pasado. En el contexto de la marina de nuestro tiempo, es como emplear a un oficial de la flota Beiyang para mandar un destructor del siglo veintiuno.

—¿De verdad cree que los almirantes de la dinastía Qing, Deng Shichang y Liu Buchan, no podrían comandar su destructor? Eran hombres educados que hablaban un buen inglés. Habrían aprendido. Hoy en día, ser capitán de una nave de guerra espacial no implica detalles técnicos. Los capitanes dan órdenes generales, pero para ellos la nave es una caja negra. Además, las naves estarán atracadas en la base mientras sean capitanes en funciones. No estarán navegando. Su obligación consistirá en transmitir las órdenes de los antiguos capitanes al sistema de control una vez que hayan determinado si la orden es normal o no. Lo podrán aprender sobre la marcha.

—Tendríamos demasiado poder en nuestras manos. Podrían permitir que los antiguos capitanes conservasen una parte de ese poder y nosotros podríamos supervisar sus órdenes.

—Si lo piensa dos veces, comprenderá que no saldría bien. Si realmente los Marcados ocupan posiciones de batalla importantes, harán lo posible por evitar su supervisión, incluso hasta el punto de asesinar a los supervisores. Cuando está en espera, una nave con control central solo precisa de tres órdenes para despegar, momento en el que ya es demasiado tarde para actuar. El sistema solo debe admitir órdenes del capitán en funciones.

Mientras la nave de personal volaba junto a la base joviana de la Flota Asiática, Zhang Beihai tuvo la impresión de deslizarse sobre una cadena de altas montañas, excepto que cada montaña era, en realidad, una nave de guerra atracada. La base naval había entrado en la zona nocturna de su órbita alrededor de Júpiter, y el grupo de montañas de acero dormía plácidamente bajo la superficie fosforescente y la plateada luz de luna de Europa. Un momento más tarde, del borde de la cadena montañosa surgió una bola de luz blanca, iluminando por un instante las naves atracadas. A Zhang Beihai le recordó la salida del sol sobre las montañas, proyectando una sombra móvil de la flota sobre la turbulenta atmósfera de Júpiter. Pero cuando una segunda luz se elevó por el otro lado de la flota comprendió que no se trataba del sol, sino de dos naves que atracaban, y que para desacelerar dirigían sus motores de fusión hacia la base.

El jefe de personal militar de la flota, que llevaba a Zhang Beihai hasta su nuevo puesto, le dijo que más de cuatrocientas naves de guerra, es decir, dos tercios de la Flota Asiática, habían atracado en la base. Se esperaba que el resto de las naves de la flota, que ahora mismo recorrían el Sistema Solar y más allá, también regresasen a puerto.

Zhang Beihai se vio obligado a dejar de lado el grandioso espectáculo de la flota y regresar a la realidad.

—Señor, ¿hacer venir a todas las naves no provocará que los Marcados entren en acción?

—No, la orden de traer las naves tiene otro sentido… uno real, no una excusa, aunque suena un poco ridículo. ¿Debo suponer que no ha estado siguiendo las noticias?

—No. He estado leyendo material sobre Selección natural.

—Bien, no importa. A juzgar por la última fase de la preparación básica, manifiesta usted una buena compresión de la situación actual. Ahora mismo su tarea consiste en familiarizarse con el sistema hasta el punto de que, una vez suba a bordo, todo se desarrolle ordenadamente. No es tan complicado como piensa. La competición entre las tres flotas por interceptar la sonda trisolariana acabó degenerando en pelea, pero ayer la Asamblea Conjunta logró un acuerdo preliminar. Las naves de la flota volverán a puerto. Un comité especial supervisará la ejecución de la maniobra para evitar el envío de cualquier nave para interceptar sin autorización.

—¿Por qué hacerlo así? En cualquier caso, toda información obtenida tras una interceptación se compartiría con el resto.

—Sí, pero estamos hablando de honor. La flota que realice el primer contacto tiene mucho que ganar políticamente. ¿Por qué dije que era ridículo? Porque no cuesta nada y no conlleva ningún riesgo. Lo peor que podría pasar es que la sonda se autodestruyese durante el proceso de interceptación, así que todos van a por ella. Si se tratase de una batalla contra la flota trisolariana, entonces cada bando estaría intentando conservar sus fuerzas. La política en esta época no es muy diferente a la política en la suya… Mire, ahí está Selección natural.

A medida que la nave de personal se acercaba a Selección natural y la masa de la montaña de hierro se iba definiendo gradualmente, Zhang Beihai recordó la imagen de Dinastía Tang. Selección natural, compuesta por un cuerpo en forma de disco y un motor cilíndrico separado, tenía un aspecto muy distinto al del portaaviones de dos siglos atrás. Cuando Dinastía Tang encontró su destino final, para él fue como haber perdido un hogar espiritual, aunque nunca había llegado a entrar en él. Ahora, esa gigantesca nave espacial le ofrecía una renovada sensación de hogar. En el leal casco de Selección natural, su espíritu halló un lugar donde morar tras dos siglos errando, como si fuera un niño dejándose abrazar por un inmenso poder.

Selección natural era la nave insignia del tercer escuadrón de la Flota Asiática, y tanto en tonelaje como en desempeño era la segunda de toda la flota. Al contar con el más avanzado sistema de propulsión por radiación, podía acelerar hasta un quince por ciento de la velocidad de la luz, y su sistema ecológico interno le permitía emprender un viaje a largo plazo. De hecho, setenta y cinco años antes, en la luna, habían puesto en marcha una versión experimental de ese mismo sistema y seguía sin dar señales de taras o fallos. Las armas de Selección natural eran también las más poderosas de la flota. Sus láseres de rayos gamma, sus cañones de riel, rayos de partículas de alta energía y torpedos estelares conformaban un sistema de armamento de cuatro partes que podía arrasar con toda la superficie de un planeta como la Tierra.

Ahora Selección natural ocupaba todo el campo de visión de Zhang Beihai de tal forma que solo una parte era visible desde la nave de personal. Se dio cuenta de que las superficies exteriores de la nave eran como espejos, un espejo que reflejaba el océano atmosférico de Júpiter, así como la aproximación regular de la nave de personal.

En la nave apareció una abertura oval. La nave de personal la atravesó directamente y se detuvo. El jefe de personal militar abrió la portezuela de la cabina y fue el primero en salir. Zhang Beihai se encontraba algo nervioso por no haber visto que la nave de personal hubiese pasado por alguna esclusa de aire, pero de inmediato sintió la entrada de aire del exterior. Esa tecnología para permitir que espacios presurizados se abriesen al espacio vacío sin perder el aire no era algo que hubiese visto antes.

Zhang Beihai y el jefe de personal militar se encontraban en el interior de una gigantesca esfera del tamaño de un campo de fútbol. Era habitual que los espacios de una nave espacial adoptasen la estructura esférica, porque durante la aceleración, la desaceleración o un cambio de dirección, cualquier punto de la esfera podía hacer de suelo o techo, y durante la ingravidez, el centro de la esfera era el punto principal de actividad para la tripulación. En la época de Zhang Beihai, esos mismos espacios seguían la estructura de los edificios terrestres, así que no estaba nada acostumbrado a esa forma completamente nueva. El jefe de personal militar le dijo que se encontraban en el hangar de cazas, pero como entonces no había cazas, lo que flotaba en el centro de la esfera era una formación de los dos mil oficiales y soldados de Selección natural.

Antes de que Zhang Beihai pasara a hibernación, las fuerzas espaciales nacionales habían iniciado las prácticas de ejercicios en ingravidez. Por tanto, habían creado especificaciones y libros, pero la implementación había sido especialmente complicada. El personal podía usar los microimpulsores para moverse por el exterior de la cabina, pero como en el interior no tenían sistemas de propulsión, la única forma de maniobrar era empujarse contra mamparos y dando paletadas en el aire. En esas circunstancias, resultaba complicado hacer filas rectas. Por eso le asombró tanto contemplar a más de dos mil personas flotando en el espacio en una formación tan perfecta sin ningún tipo de apoyo. Al parecer, ahora el personal se desplazaba por la ingravidez empleando sobre todo cinturones magnéticos. Estaban fabricados con superconductores y contenían circuitos que generaban un campo magnético, que a su vez interaccionaba con el campo magnético siempre presente en las cabinas y pasillos de la nave. Dentro de la nave se movían con libertad haciendo uso de un diminuto controlador que llevaban en la mano. Zhang Beihai se estaba poniendo un cinturón de ese tipo, pero le haría falta habilidad para adaptarse.

Observó la formación de soldados espaciales, todos de una generación que había crecido en la flota. Sus cuerpos altos y esbeltos carecían totalmente de la torpeza rígida de las personas que habían crecido bajo la gravedad de la Tierra; es más, poseían la agilidad liviana de los espaciales. Había tres oficiales delante de la formación, y su vista acabó centrada en la joven que ocupaba la posición central con sus cuatro relucientes estrellas en los hombros. Sin duda, se trataba de la capitana de Selección natural. La representante de la nueva humanidad espacial era más alta incluso que Zhang Beihai, quien ya era bastante alto. Se alejó perfectamente de la formación, su cuerpo esbelto flotando a través del espacio como si fuese una elegante nota musical. Se detuvo al llegar hasta Zhang Beihai y el jefe de personal militar, y el cabello que había llevado flotando hacia atrás se arremolinó alrededor de la delicada piel de su cuello. Sus ojos eran todo luz y vitalidad, y Zhang Beihai confió en ella de inmediato, porque un Marcado jamás hubiese podido tener esa expresión.

—Dongfang Yanxu, capitana de Selección natural —le saludó. En sus ojos se manifestó cierto desafío juguetón—. En nombre de toda la tripulación, ofrezco un regalo a mi antepasado. —Alargó la mano. Zhang Beihai comprobó que, aunque el objeto que sostenía en la mano había cambiado mucho, todavía era reconocible como una pistola—. Si descubre que tengo ideas derrotistas y fines escapistas, puede usarla para matarme.

Fue fácil llegar a la superficie. El tronco de todos los árboles gigantes era una columna que sostenía la bóveda de la ciudad subterránea. Y desde el tronco podías coger un ascensor que te llevaba directamente a la superficie, atravesando más de trescientos metros de roca. Luo Ji y Shi Qiang se sintieron nostálgicos al salir del ascensor, sentimiento provocado por un detalle: las paredes y el suelo del vestíbulo de salida no mostraban ventanas de datos. La información aparecía en pantallas físicas que colgaban del techo. Tenía el aspecto de una vieja estación de metro y la mayoría de las personas allí presentes, no muchas, llevaba ropa que no mostraba nada.

Al cruzar la esclusa de aire del vestíbulo se encontraron con un viento caliente que movía el aire polvoriento.

—¡Ahí está mi chico! —gritó Shi Qiang mientras señalaba a un hombre que subía los escalones. A Luo Ji le sorprendió un poco la seguridad de Shi Qiang, porque en la distancia, solo podía distinguir que era un hombre de unos cuarenta años. Mientras Shi Qiang bajaba rápidamente para recibir a su hijo, Luo Ji concentró la mirada en el mundo de la superficie.

El cielo era amarillo. Comprendía ahora que la imagen del cielo que se mostraba en la ciudad subterránea se tomaba a diez mil metros de altura, porque desde el suelo el sol era apenas un perfil difuso. En la superficie todo estaba cubierto de arena y los coches recorrían las calles dejando atrás estelas de polvo. Para Luo Ji fue otra visión del pasado: unos coches que viajaban sobre la superficie. No daba la impresión de que usasen gasolina. Tenían todo tipo de formas extrañas, algunos eran nuevos y otros viejos, pero compartían la misma característica: todos llevaban una lámina plana en el techo, como un toldo. Al otro lado de la calle vio un edificio de estilo antiguo con alféizares llenos de arena y ventanas que invariablemente estaban cubiertas de tablas o eran agujeros negros sin cristales. Sin embargo, resultaba evidente que había gente viviendo en algunas de esas habitaciones, porque también veía ropa tendida y plantas en macetas colocadas en los alféizares. Aunque la cantidad de arena y polvo en el aire reducía mucho la visibilidad, en la distancia pronto dio con un par de edificios conocidos y tuvo la seguridad de encontrarse en la misma ciudad donde, dos siglos antes, había pasado la mitad de su vida. Bajó las escaleras para llegar al lugar donde los dos hombres se abrazaban y se daban golpecitos de emoción. Al ver de cerca al hombre de mediana edad, supo que Shi Qiang no se había equivocado.

—Papá, cuando lo piensas, solo tengo cinco años menos que tú —dijo Shi Xiaoming, limpiándose las lágrimas.

—No está mal, niño. Temía que un anciano de barba blanca me viniese a llamar papá. —Shi Qiang reía. Luego le presentó a Luo Ji.

—Oh, doctor Luo. Usted fue famoso en todo el mundo. —Shi Xiaoming miró a Luo Ji de arriba abajo.

Los tres fueron al coche, aparcado a un lado de la carretera, de Shi Xiaoming. Antes de subir, Luo Ji le preguntó por la lámina del techo.

—Es una antena. En la superficie tenemos que conformarnos con la electricidad que se filtra desde la ciudad subterránea, así que la antena debe ser más grande y la energía basta solo para mover los coches por la superficie. No pueden volar.

El coche, fuese por la energía o la arena de la carretera, no era rápido. A través de la ventanilla Luo Ji contempló la ciudad arenosa. Lo único que tenía eran preguntas, pero Shi Xiaoming y su padre no dejaban de hablar y apenas podía intervenir.

—Mamá murió en el año 34 de la Era de la Crisis. Tu nieta y yo la acompañamos.

—Oh, bien… ¿No trajiste a mi nieta?

—Tras el divorcio fue a vivir con su madre. Miré su informe. Vivió hasta los ochenta y tantos y murió en el año 105.

—Es una pena no haberla conocido… ¿Qué edad tenías al terminar tu sentencia?

—Diecinueve.

—¿Qué hiciste luego?

—De todo. Al principio, sin mayor salida, seguí con los timos, pero luego me pasé al negocio legítimo. Tras tener el dinero, vi los indicios del Gran Cataclismo y entré en hibernación. En ese momento no sabía que luego las cosas mejorarían. Solo quería verte.

—¿Nuestra casa sigue en pie?

—Los derechos de uso del terreno se extendieron más allá de los setenta y cinco años originales, pero yo solo pude usarla brevemente antes de que la demoliesen. La que compramos después sigue en pie, pero no he ido a verla. —Shi Xiaoming señaló al exterior—. La población de la ciudad ni siquiera alcanza un uno por ciento de la de nuestra época. ¿Sabes que esa casa no tiene ningún valor? Le dedicaste toda una vida, papá, pero ahora hay sitio por todas partes. Puedes vivir donde te dé la gana.

Al fin Luo Ji pudo aprovechar un hueco en la conversación para preguntar:

—¿Todos los hibernados reanimados viven en la ciudad antigua?

—¡Para nada! Viven en el exterior. En la ciudad hay demasiada arena. Pero sobre todo porque no hay nada que hacer. Por otra parte, no te puedes alejar demasiado de la ciudad subterránea o te quedas sin electricidad.

—¿A qué os dedicáis? —preguntó Shi Qiang.

—Piensa: ¿qué sabemos hacer que los críos no sepan? ¡Granjas! —Shi Xiaoming, como otros hibernados independientemente de la edad, tenía la costumbre de llamar «críos» a la gente moderna.

El coche abandonó la ciudad y fue en dirección este. A medida que la arena fue cediendo para mostrar la autopista, Luo Ji la identificó como la que en su día había unido Pekín con Shijiazhuang, aunque ahora ambos lados estaban bordeados de mucha arena. Allí seguían los viejos edificios, entre la arena, pero lo que dotaba de cierta chispa vital a esta llanura desierta del norte de China eran los pequeños oasis rodeados de unos pocos árboles. Shi Xiaoming les dijo que eran asentamientos de hibernados.

Entraron en uno de los oasis, una pequeña comunidad residencial rodeada de árboles que la protegían de la arena. Shi Xiaoming les dijo que se llamaba Pueblo Nueva Vida #5. Al salir del coche, Luo Ji sintió que el flujo del tiempo se invertía: filas de apartamentos de seis pisos con espacio vacío delante, hombres mayores jugando al ajedrez sobre mesas de piedra, madres empujando carritos de bebés y algunos niños jugando al fútbol sobre un triste césped que crecía en la arena…

Shi Xiaoming, junto con una esposa nueve años más joven que él, vivía en el sexto piso. Ella había entrado en hibernación en el año 21 debido a un cáncer de hígado, pero ahora estaba completamente sana. Tenían un hijo de cuatro años que llamó «abuelo» a Shi Qiang.

Habían preparado un suntuoso almuerzo para dar la bienvenida a Luo Ji y Shi Qiang: productos de las huertas locales, pollo y cerdo de otras granjas cercanas e incluso alcohol casero. Llamaron a tres vecinos para que les acompañasen; eran tres hombres que, al igual que Shi Xiaoming, habían entrado relativamente jóvenes en hibernación, en la época en la que era caro y solo estaba disponible para los ricos y sus hijos e hijas. Ahora, reunidos en ese lugar tras más de un siglo, no eran personas normales. Shi Xiaoming presentó a uno de los vecinos como Zhang Yan, el nieto de Zhang Yuanchao, el hombre al que había engañado.

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