El bosque oscuro

El bosque oscuro


Tercera Parte. El bosque oscuro » Año 205, Era de la Crisis

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—¿Recuerdas que me hiciste devolverle el dinero que le había estafado? Empecé el día que salí, y así conocí a Yan. Él acababa de terminar la universidad. Inspirándose en sus dos vecinos, nos dedicamos al negocio funerario y a la empresa la llamamos Alto y Profundo. «Alto» por los sepulcros espaciales. Lanzamos cenizas por el Sistema Solar y más tarde incluso cuerpos enteros. Por dinero, claro. «Profundo» por los enterramientos en minas. Al principio usamos pozos abandonados y más tarde excavamos los nuestros, ya que como tumbas anti-trisolarianas harían el mismo servicio.

El hombre llamado Yan tenía unos cincuenta años. Shi Xiaoming les explicó que a Yan ya lo habían reanimado una vez antes y había vivido más de treinta años antes de volver a hibernación.

—¿Cuál es nuestra situación legal aquí? —preguntó Luo Ji.

—Totalmente equivalente a las zonas residenciales modernas —le explicó Shi Xiaoming—. Nos consideran como suburbios lejanos de la ciudad y disponemos de nuestro propio gobierno de distrito. Aquí no solo viven los hibernados. También tenemos a personas modernas y la gente de la ciudad viene a menudo a pasarlo bien.

Zhang Yan intervino.

—A los modernos los llamamos «tocaparedes», porque cuando vienen siempre están tocando las paredes por pura costumbre, intentando activar esto o aquello.

—¿Así que la vida os trata bien? —preguntó Shi Qiang.

Todos respondieron que bastante bien.

—Pero de camino vi los campos que plantáis. ¿De verdad se puede vivir de cultivar?

—¿Por qué no? En las ciudades de hoy en día los productos agrícolas son un lujo. La verdad es que el gobierno se porta muy bien con los hibernados. Incluso si no trabajas, los subsidios gubernamentales te permiten vivir con comodidad. Pero es importante tener una actividad. Es una estupidez la idea de que todos los hibernados saben llevar una granja. Nadie empezó siendo granjero, pero es todo lo que podemos hacer.

Rápidamente la conversación se desvió a la historia de los dos últimos siglos.

—Decidme, ¿qué fue eso del Gran Cataclismo? —Luo Ji al fin planteó la pregunta que llevaba tanto tiempo deseando hacer.

Las caras de los demás se pusieron serias al instante. Shi Xiaoming, teniendo en cuenta que la comida casi había terminado, permitió que se hablase del tema.

—Es probable que durante los últimos días haya aprendido un poco. Se trata de una larga historia. La vida fue bastante bien durante más de una década después de que usted pasase a hibernación. Pero más tarde, al acelerarse el ritmo de la transformación económica, los estándares de vida cayeron y el clima político se volvió más angosto. Fue, en efecto, como estar en guerra.

Un vecino añadió:

—No solo unos países. Toda la Tierra se volvió así. La sociedad estaba desquiciada y si decías algo que no gustaba te acusaban de ser de la Organización Terrícola-trisolariana, un traidor a la humanidad, por lo que nadie se sentía a salvo. Se inició la restricción de las películas y televisión de la Edad Dorada y al final se prohibieron en todo el mundo. Por supuesto, había tanto material que la prohibición no podía ser totalmente efectiva.

—¿Por qué?

—Temían mermar el espíritu de lucha —dijo Shi Xiaoming—. De todas formas, podías vivir siempre que hubiese comida. Pero más tarde todo empeoró y el mundo empezó a pasar hambre. Sucedió unos veinte años después de que el doctor Luo entrase en hibernación.

—¿Fue debido a la transición económica?

—Así es. Pero el deterioro ecológico fue también un factor importante. Había leyes de protección del medio ambiente, pero en una época tan pesimista, la impresión general era: «¿Para qué demonios sirve la protección ecológica? Aunque la Tierra fuese un vergel, ¿no acabará todo en manos trisolarianas?». Con el tiempo, la protección del medio ambiente acabó siendo considerada tan traidora como la Organización. A las asociaciones como Greenpeace se les trató como ramas de la Organización y fueron reprimidas. Las labores de construcción de la fuerza espacial aceleraron el desarrollo de industrias pesadas muy contaminantes, por lo que la contaminación se volvió imparable. Efecto invernadero, anomalías climáticas, desertificación… —Hizo un gesto de exasperación.

—Cuando yo entré en hibernación la desertificación se estaba iniciando —dijo otro vecino—. No es lo que se imagina. No fue como un desierto avanzando desde la Gran Muralla. ¡No! Era una erosión a trozos. Zonas de tierras perfectas del interior empezaban simultáneamente a convertirse en desierto. Y el desierto se extendía desde esos puntos, de la misma forma que un trapo mojado se seca al sol.

—Lo siguiente fue el colapso de la producción agrícola. Se agotaron las reservas de cereal. Y luego… luego llegó el Gran Cataclismo.

—¿Acabó cumpliéndose la predicción de que los estándares de vida retrocederían cien años? —preguntó Luo Ji.

Shi Xiaoming no pudo evitar reír de amargura.

—Ah, doctor Luo. ¿Cien años? ¡Ni en sus sueños! Cien años desde esa época habría sido… como los años treinta del siglo veinte o así. ¡Un paraíso comparado con el Gran Cataclismo! Nada podría ser más diferente. Para empezar, había muchas más personas que durante la Gran Depresión: ¡8300 millones! —Hizo un gesto hacia Zhang Yan—. Presenció el Gran Cataclismo cuando despertó. Cuéntalo tú.

Zhang Yan se acabó la bebida antes de decir con ojos inexpresivos:

—He visto la gran marcha del hambre. Millones de personas huyendo del hambre en las grandes llanuras, cruzando la arena que tapaba el cielo. Un cielo caliente, una tierra caliente, un sol caliente. Al morir, los dividían allí mismo… Era el infierno. Si le apetece, hay innumerables vídeos que puede ver. Piensas en esa época y te sientes afortunado de seguir con vida.

—El Gran Cataclismo persistió como durante medio siglo, y en esa cincuentena de años la población mundial cayó de 8300 millones a 3500 millones. ¡Piénselo!

Luo Ji se puso en pie y se acercó a la ventana. Desde allí podía observar el desierto situado al otro lado de los árboles protectores. Bajo el cielo del mediodía, la cubierta amarilla de arena se extendía hasta el horizonte. La mano del tiempo lo había alisado todo.

—¿Y luego? —preguntó Shi Qiang.

Zhang Yan exhaló con tranquilidad, como si el mero hecho de poder dejar de hablar de ese período le hubiera quitado un peso de encima.

—Bien, primero algunas personas lo fueron aceptando. Luego fueron muchas más. Se preguntaban si en realidad les compensaba pagar un precio tan alto, aunque fuese por la victoria en la batalla del Día del Juicio Final. Hay que decidir qué es más importante: ¿un niño muriendo de hambre en tus brazos o la persistencia de la civilización humana? Ahora mismo es posible que crea que la segunda opción es la realmente importante, pero no fue así. Da igual lo que traiga el porvenir, el presente es siempre más importante. Por supuesto, al principio fue indignante, las ideas de un traidor a la humanidad, pero era imposible que la gente no lo pensase. Y pronto todo el mundo estuvo de acuerdo. En aquella época había un eslogan popular que se convirtió en una cita histórica famosa.

—«Dedica tiempo a la civilización, porque la civilización no te dará tiempo» —dijo Luo Ji sin dejar de mirar por la ventana.

—Exacto, esa misma. El fin último de la civilización somos nosotros.

—¿Y luego? —preguntó Shi Qiang.

—Una segunda Ilustración, un segundo Renacimiento, una segunda Revolución francesa… está todo en los libros de historia.

La sorpresa hizo que Luo Ji se girase. Se habían cumplido las predicciones que había hecho a Zhuang Yan dos siglos antes.

—¿Una segunda Revolución francesa? ¿En Francia?

—No, no. Es una forma de hablar. ¡Fue en todo el mundo! Tras la revolución, los nuevos gobiernos nacionales dieron por terminadas sus estrategias espaciales y dedicaron toda su atención a la mejora de las condiciones de vida de la población. Y entonces surgieron tecnologías críticas: la ingeniería genética y la fusión nuclear se usaron para la producción de comida a gran escala, dando así carpetazo a la época de una comida que dependía del tiempo y la atmósfera. A partir de ese momento el mundo ya no pasaría hambre. Todo se aceleró; había menos personas, y en unas dos décadas la vida volvió a ser lo que era antes del Gran Cataclismo, recuperando los niveles de la Edad Dorada. La población había optado por el camino de la comodidad. Nadie quería volver atrás.

—Hay otro término que podría resultarle interesante, doctor Luo. —El primer vecino se le acercó más. Había sido economista antes de la hibernación y, por tanto, comprendía mejor los detalles—. Es el siguiente: inmunidad de la civilización. Es decir, cuando el mundo ha sufrido una importante enfermedad, el sistema inmune de la civilización se activa, para que no vuelva a suceder nada como la temprana Era de la Crisis. Lo primero es el humanismo, perpetuar la civilización queda en segundo lugar. Sobre esas ideas se sostiene la sociedad moderna.

—¿Y luego? —preguntó Luo Ji.

—Luego vino lo raro. —Shi Xiaoming se emocionó—. La idea inicial era que los países del mundo vivirían en paz y dejarían la Crisis Trisolariana desatendida, pero ¿qué cree que pasó? Se produjeron avances rápidos en todos los campos. La tecnología se desarrolló deprisa y rompió todos los obstáculos que antes del Gran Cataclismo habían impedido el desarrollo de la estrategia espacial. ¡Cayeron uno tras otro!

—No tiene nada de raro —dijo Luo Ji—. La emancipación de la naturaleza humana viene inevitablemente acompañada del progreso científico y tecnológico.

—Al igual que tras unos cincuenta años de paz tras el Gran Cataclismo, el mundo volvió a pensar en la invasión trisolariana y estimó que debería volver a preocuparse de la guerra. Ahora el poder de la humanidad se encontraba en un nivel muy diferente al de antes del Gran Cataclismo. Se volvió a declarar un estado de guerra global y se inició la construcción de una flota espacial. Pero al contrario que la primera vez, las constituciones nacionales eran claras: el gasto en la estrategia espacial debía mantenerse dentro de ciertos límites y no podía ejercer un efecto desastroso en la economía o la vida de la comunidad. Y fue entonces cuando las flotas espaciales se independizaron…

—Pero no hay que recordar nada de eso —dijo el economista—. A partir de ahora no tiene más que pensar en vivir una buena vida. El antiguo eslogan revolucionario no es más que una adaptación de un antiguo dicho de la Edad Dorada: «Dedica tiempo a la vida o la vida no te dará tiempo». ¡Por una nueva vida!

Al acabar el último vaso, Luo Ji elogió al economista por expresarlo tan bien. Ahora en su mente solo había espacio para Zhuang Yan y la niña. Aspiraba a establecerse lo antes posible y luego despertarlas.

«Dedica tiempo a la civilización, dedica tiempo a la vida».

Tras subir a Selección natural, Zhang Beihai descubrió que el sistema de mando moderno había evolucionado mucho más allá de lo que se había imaginado. La gigantesca nave espacial, de un volumen equivalente al de tres de los grandes portaaviones del siglo XXI, era a todos los efectos una pequeña ciudad. Pero carecía de puente o módulo de mando. Ni siquiera había sala del capitán o sala de operaciones. Es más, carecía de compartimentos funcionales concretos. No eran más que esferas idénticas y regulares que solo se distinguían por el tamaño. En cualquier punto de la nave podías usar un guante de datos para activar una pantalla holográfica, que debido a su alto coste eran poco habituales incluso en la sociedad hiperconectada de la Tierra, y en cualquier punto, siempre que tuvieses los adecuados permisos del sistema, podías invocar una consola de mando completa, incluyendo un interfaz del capitán, cosa que convertía la nave entera, incluyendo baños y pasillos, ¡en puente, módulo de mando, sala del capitán y sala de operaciones! A Zhang Beihai le recordó la evolución sufrida en las redes de finales del siglo XX desde el modelo cliente-servidor al modelo de navegador-servidor. En el primer modelo solo podías acceder al servidor si tenías instalado el software específico. Pero en el segundo, accedías al servidor desde cualquier ordenador conectado siempre que dispusieras de los permisos adecuados.

Zhang Beihai y Dongfang Yanxu se encontraban en una cabina normal que, al igual que las demás, carecía de pantallas o instrumentos. No era más que un compartimento esférico con mamparos que casi siempre eran blancos, por lo que uno tenía la impresión de encontrarse en el interior de una pelota de ping pong. Cuando la aceleración de la nave producía gravedad, cualquier parte de la superficie esférica podía transformarse para adoptar una forma adecuada para sentarse.

Para Zhang Beihai era otro aspecto de la tecnología moderna que muy pocos habían imaginado: la eliminación de las instalaciones de un único fin. En la Tierra solo se manifestaba ocasionalmente, pero era lo normal en el mundo mucho más avanzado de la flota; también mucho más desnudo y sencillo. Ya no había dispositivos instalados de forma permanente, sino que aparecían cuando eran necesarios y allí donde se les necesitara. El mundo, que la tecnología había vuelto complejo, volvía a simplificarse: era la tecnología oculta tras el rostro de la realidad.

—Alcanzamos ahora su primera lección a bordo —dijo Dongfang Yanxu—. Por supuesto, no debería enseñársela una capitana que está pasando una revisión, pero en la flota no hay nadie más de confianza que yo. Hoy le mostraré cómo lanzar Selección natural y situar la nave en modo de navegación. Es más, mientras recuerde lo que aprenda hoy, habrá dado el cierre a la principal estrategia de los Marcados —mientras hablaba usó el guante de datos para invocar en el aire un mapa estelar—. Puede que le resulte algo diferente a los mapas espaciales de su época, pero el sol sigue siendo el punto de origen.

—Lo estudié durante el entrenamiento. Sé leerlo —respondió Zhang Beihai, mirando la carta estelar. Recordaba bien el mapa del Sistema Solar frente al que había hablado con Chang Weisi dos siglos antes. Sin embargo, esa carta registraba con precisión la posición de todos los cuerpos celestes en un radio de cien años luz alrededor del sol, una escala más de cien veces superior a la del antiguo mapa.

—En realidad, hay poco que entender. En el estado actual, se ha prohibido la navegación a cualquier punto del mapa. Si fuese una Marcada y quisiera secuestrar Selección natural para huir al cosmos, primero debería escoger un destino, como este. —Activó un punto del mapa que se volvió verde—. Por supuesto, ahora mismo estamos en modo de simulación, porque ya no dispongo de permisos. Cuando usted tenga los permisos del capitán, tendré que solicitarle que ejecute la orden. Pero si realmente se lo pidiera, sería peligroso hacerlo, por lo que debe negarse. También debería denunciarme.

En el aire apareció un interfaz en cuanto hubo activado la dirección. El entrenamiento había familiarizado a Zhang Beihai con su aspecto y uso, pero aun así prestó atención mientras Dongfang Yanxu le mostraba cómo pasar la enorme nave de completo bloqueo a hibernación, luego a espera y al final a impulso lento.

—Si la operación fuese real, ahora mismo Selección natural abandonaría el puerto. ¿Qué le parece? ¿Más sencillo que el modo de operar de una nave espacial de su época?

—Sí. Mucho más sencillo. —Él y el resto de los miembros del Contingente Especial, al ver el interfaz por primera vez, quedaron muy sorprendidos por la sencillez y la ausencia de detalles técnicos.

—La operación está totalmente automatizada, por lo que el capitán no ve los detalles técnicos.

—Esta pantalla solo muestra los parámetros generales. ¿Cómo comprueba el estado operativo de la nave?

—Del estado operativo se encargan oficiales y suboficiales de menor nivel. Esas pantallas son más complejas. Cuanto más se desciende en la cadena de operaciones, más complejo es el interfaz. En los cargos de capitán y oficiales de puente, debemos concentrarnos en asuntos más importantes. Muy bien, sigamos. Si yo fuese una Marcada… Ya estoy otra vez con esa suposición. ¿Qué opina?

—Dada mi posición actual, responder sería una irresponsabilidad por mi parte.

—Muy bien. Si yo fuese una Marcada, entonces aceleraría directamente a impulso cuatro. Ninguna otra nave de la flota puede alcanzar a Selección natural en impulso cuatro.

—Pero no podría hacerlo, incluso si tuviese los permisos, porque el sistema solo pasa a impulso cuatro si detecta que todos los pasajeros están en estado abisal.

Con su propulsión máxima, la aceleración de la nave podía llegar a los 120 g, pero eso producía una fuerza que superaba en más de diez veces lo que un ser humano podía tolerar. Para alcanzar el máximo había que pasar a «estado abisal». Todos los espacios se llenaban de un «fluido abisal de aceleración» rico en oxígeno que el personal entrenado podía respirar directamente. Al respirarlo, les llenaba los pulmones y el resto de los órganos. Lo habían concebido durante la primera mitad del siglo XX como una forma de facilitar las inmersiones a gran profundidad. La presión se mantenía en equilibrio en el exterior y el interior de un cuerpo humano lleno de fluido abisal de aceleración, por lo que podría soportar grandes presiones, igual que un pez abisal. Por tanto, ahora se usaba para proteger a los seres humanos durante las aceleraciones extremas del viaje espacial. De ahí el término «estado abisal».

Dongfang Yanxu asintió.

—Pero debe saber que hay una forma de evitarlo. Si pasa la nave a control remoto, entonces dará por supuesto que no hay nadie a bordo y no realizará la comprobación. Es una opción que forma parte de los permisos del capitán.

—Déjeme intentarlo y dígame si lo hago bien. —Zhang Beihai activó el interfaz e inició el modo remoto de la nave, consultando ocasionalmente un pequeño cuaderno.

Dongfang sonrió al ver el cuaderno.

—Ahora tenemos mejores métodos para tomar notas.

—Oh, no es más que una costumbre. Siempre me resulta mucho más tranquilizador apuntar a mano, sobre todo lo importante. Solo que ahora no soy capaz de dar con una pluma. Me traje una y un lápiz en la hibernación, pero solo el lápiz aguantó.

—Ha aprendido con rapidez.

—Eso es porque el sistema de mando conserva muchos aspectos de la marina. Después de tantos años, hay muchos nombres que no han cambiado. Las órdenes del motor, por ejemplo.

—La flota espacial se originó en la marina… Vale, pronto recibirá permisos del sistema como capitán en funciones de Selección natural. La nave se encuentra en espera de clase A, o, como decían en su época, «encendida y lista para avanzar». —Extendió los brazos esbeltos y se giró en el aire.

Zhang Beihai todavía no había descubierto cómo hacerlo empleando el cinturón superconductor.

—En aquella época no se «encendía» nada. Pero es evidente que conoce bastante historia naval. —Cambió de tema intentando alejarse de la hostilidad que pudiera sentir hacia él.

—Una antigua y muy importante rama de las fuerzas armadas.

—¿La flota espacial no ha heredado esa grandeza?

—Sí. Pero la voy a abandonar. Planeo renunciar.

—¿Por la revisión?

Se volvió para mirarle. Su espeso pelo negro quedaba suspendido por la falta de gravedad.

—En aquella época, cosas así sucedían muchas veces, ¿no es cierto?

—No siempre. Pero en caso de ocurrir, todos lo entendíamos, porque sufrir una revisión es parte del deber de todo soldado.

—Han pasado dos siglos. Esta ya no es su época.

—Dongfang, no amplíe la brecha deliberadamente. Entre nosotros hay puntos en común. Los soldados de todas las épocas deben soportar la humillación.

—¿Me aconseja que me quede?

—No.

—Trabajo ideológico. Esa es la palabra, ¿no? ¿No fue su obligación?

—Ya no lo es. Ahora tengo otros deberes.

La mujer flotó con tranquilidad a su alrededor, como si le examinase con atención.

—¿Es que para ustedes somos niños? Hace medio año estuve en la Tierra y en uno de los distritos de hibernados un niño de seis o siete años me llamó «cría».

Zhang Beihai rio.

—¿Somos críos para ustedes?

—En nuestra época, la antigüedad era muy importante. En el campo había adultos que se dirigían a los niños como tía o tío por antigüedad familiar.

—Pero a mí no me importa su antigüedad.

—Lo compruebo en sus ojos.

—Su hija y su esposa… ¿no vinieron con usted? Por lo que sé, a los familiares de los miembros del Contingente Especial también se les permitía hibernar.

—No vinieron y no querían que yo viniese. Ya sabe, las tendencias de esa época indicaban un futuro muy poco halagüeño. Me criticaron por mi irresponsabilidad. Ella y su madre se marcharon. Y en medio de la noche del día que se fueron, el Contingente Especial recibió la orden. No pude volver a verlas. Salí de casa, con mis bolsas, muy tarde, una noche fría de invierno… Por supuesto, no espero que lo entienda.

—Lo entiendo… ¿Qué fue de ellas?

—Mi mujer murió el año 47. Mi hija en el año 81.

—Vivieron el Gran Cataclismo. —Bajó los ojos y durante un rato guardó silencio. Luego activó una ventana holográfica y cambió a un modo externo.

Las paredes de la esfera blanca se fundieron como la cera y Selección natural desapareció, dejándoles flotando en el espacio infinito, enfrentados al lechoso campo de estrellas de la Vía Láctea. Ahora eran dos seres independientes del universo, sin conexión con ningún mundo, rodeados exclusivamente por el abismo. Ocupaban el universo de la misma forma que la Tierra, el sol y la galaxia, sin origen y sin destino. Solo existían…

Zhang Beihai ya había experimentado esa sensación, 190 años antes, cuando flotaba en el espacio ataviado con un traje espacial, sosteniendo un arma cargada con balas meteóricas.

—Me gusta así. Para no tener en cuenta la nave, la flota, ni nada fuera de mi propia mente —dijo.

—Dongfang —dijo él en voz baja.

—¿Hum? —La capitana se giró. Los ojos le brillaban por la luz de las estrellas de la Vía Láctea.

—Si llega el día en que tenga que matarla, por favor, perdóneme —susurró.

Ella aceptó esas palabras con una sonrisa.

—¿Le doy la impresión de ser una Marcada?

La miró bajo la luz que llegaba desde una distancia de cinco unidades astronómicas. Era como una pluma flexible que flotase contra el fondo de estrellas.

—Nosotros pertenecemos a la Tierra y el mar, usted pertenece a las estrellas.

—¿Eso está mal?

—No. Está muy bien.

—¡La sonda se ha apagado!

Para el doctor Kuhn y el general Robinson, el informe del oficial de guardia fue una sorpresa. Sabían que una vez que la noticia se divulgase provocaría revuelos en Coalición Tierra y Coalición Flota, sobre todo teniendo en cuenta que las últimas observaciones indicaban que la sonda tenía tal velocidad que atravesaría la órbita de Júpiter en seis días.

Kuhn y Robinson se hallaban en la estación Ringier-Fitzroy, en órbita alrededor del sol en el límite externo del cinturón de asteroides. Flotando a cinco kilómetros de la estación se encontraban los objetos más peculiares del Sistema Solar: un conjunto de seis lentes enormes, la superior de 1200 metros de diámetro y las cinco inferiores algo más pequeñas. Se trataba de la última versión del telescopio espacial. Pero al contrario que las cinco encarnaciones anteriores del Hubble, ese telescopio espacial carecía de tubo o cualquier otro material que uniese las seis lentes. Cada una flotaba de forma independiente. El borde de cada lente contenía múltiples impulsores iónicos que podía ajustar con precisión la distancia de una lente a otra o cambiar la orientación del conjunto.

La estación Ringier-Fitzroy era el centro de control del telescopio. Pero incluso tan cerca, las lentes eran casi invisibles. Cuando los técnicos e ingenieros volaban entre ellas, el universo al otro lado quedaba increíblemente distorsionado. Y si se encontraban en el ángulo adecuado, el iris protector de la superficie reflejaba la luz del sol y dejaba ver toda la lente, cuya superficie curva se asemejaba entonces a un planeta cubierto de endemoniados arcoíris. El telescopio había roto con la tradición de llamarse Hubble y lo habían bautizado como telescopio Ringier-Fitzroy, en honor a los dos hombres que habían descubierto el rastro de la flota trisolariana. Aunque había sido un descubrimiento sin importancia científica, el nombre era adecuado, porque el propósito principal del enorme telescopio, un proyecto en conjunto de las tres flotas, era seguir la flota trisolariana.

Un equipo como el de Ringier y Fitzroy —un científico jefe de la Tierra y un encargado de asuntos militares de la flota— se ocupaba siempre del telescopio. Y en cada uno de esos equipos se manifestaban las mismas diferencias de opinión que entre Ringier y Fitzroy. Ahora mismo, Kuhn aspiraba a obtener algo de tiempo para su estudio del cosmos, mientras que Robinson hacía lo posible por impedírselo, y así preservar los intereses de la flota. También discutían por otras cosas. Por ejemplo, Kuhn se ponía a recordar aquella época maravillosa en la que las superpotencias de la Tierra, con Estados Unidos a la cabeza, lideraban el mundo, en contraste con la actual burocracia ineficiente de las flotas. Pero cuando lo hacía, Robinson desmontaba sin piedad las ridículas fantasías históricas de Kuhn. Con todo, las discusiones más acaloradas se debían a la velocidad de rotación de la estación. El general insistía en una rotación lenta, incluso llegando al punto de mantener toda la estación en ingravidez sin rotación, mientras que Kuhn defendía una rotación rápida y una gravedad terrestre.

Sin embargo, lo que ahora sucedía superaba todas esas preocupaciones. Que la sonda se hubiese «apagado» significaba que había parado sus motores. La sonda había empezado a desacelerar dos años antes, muy lejos de la nube de Oort, lo que indicaba que los motores miraban al sol, permitiendo al telescopio espacial seguir la sonda empleando la luz de su impulso. Ahora que ya no había luz, ya no era posible seguirla, porque la sonda en sí era demasiado pequeña, probablemente no mucho más que una camioneta si su tamaño se estimaba a partir de la estela que dejaba al pasar por el polvo interestelar. Un objeto de esas dimensiones, en la periferia del Cinturón de Kuiper, que ya no emitía luz y reflejando de manera muy tenue la de por sí débil luz del lejano sol… ni siquiera un telescopio tan potente como el Ringier-Fitzroy podía dar con un objeto tan diminuto y oscuro perdido a tal distancia en las profundidades oscuras del espacio.

—Lo único que se le da bien a las tres flotas es pelearse por el poder. Vamos, que perfecto, hemos perdido el blanco… —Kuhn refunfuñaba, enfatizando sus palabras con rápidos movimientos de los brazos. Olvidó el estado de ingravidez de la estación y los movimientos le hicieron dar una vuelta de campana.

Por primera vez, el general Robinson no defendió a la flota. En un principio, la Flota Asiática había enviado tres naves ligeras de alta velocidad para seguir de cerca a la sonda, pero, tras desatarse una disputa entre las tres flotas sobre el derecho a interceptar la sonda, la Asamblea Conjunta había emitido una resolución ordenando el regreso de todas las naves a su base. Una y otra vez la Flota Asiática repitió que las tres naves espaciales, modelos caza, no llevaban armas ni equipo externo y que cada una solo contaba con una tripulación de dos personas para así lograr la aceleración máxima que permitiese seguir al objetivo, y que ni aun así podrían interceptarlo. Sin embargo, no lograron convencer a la Flota Norteamericana ni a la Flota Europea. Insistieron en que todas las naves debían regresar y ser sustituidas por tres naves enviadas por Coalición Tierra como cuarta parte. De no haber ocurrido eso, las naves de la flota ya habrían establecido contacto con la sonda y la estarían siguiendo. Las naves de la Tierra, enviadas por la Mancomunidad Europea y China, ni siquiera habían pasado todavía de la órbita de Neptuno.

—Tal vez vuelva a encender los motores —le ofreció el general—. Todavía viaja muy rápido y si no pierde velocidad no podrá situarse en órbita solar. Dejaría atrás el Sistema Solar.

—¿Es usted el comandante trisolariano? ¡Quizá la sonda no tuviese intención de quedarse en el Sistema Solar y el plan era atravesarlo! —le respondió Kuhn. De pronto se le ocurrió una idea—. ¡Si tiene los motores apagados no puede cambiar de trayectoria! ¿La flota no puede calcular dónde va a estar y enviar una nave a esperarla?

Hubo un gesto de negación por parte del general.

—No daría la suficiente precisión. No es como una búsqueda en la atmósfera de la Tierra. Basta con cometer un minúsculo error para acabar a cientos de miles o incluso millones de kilómetros de su posición real. En esas distancias, la nave de seguimiento no podría dar con un objetivo tan diminuto y oscuro… Pero nosotros debemos encontrar la forma de lograrlo.

—¿Qué podríamos hacer? Que lo resuelva la flota.

El general se puso serio.

—Doctor, debe comprender la situación. A pesar de que no es culpa nuestra, a los medios ese detalle no les va a importar. Después de todo, la responsabilidad del sistema Ringier-Fitzroy era seguir la sonda en el espacio profundo, así que buena parte del agua sucia nos va a caer sobre la cabeza.

Kuhn no respondió, sino que se quedó un rato con el cuerpo perpendicular al general. Luego preguntó:

—¿Hay algo más allá de la órbita de Neptuno que nos podría ser útil?

—De la flota, probablemente nada. De la Tierra… —El general se volvió para preguntarle al oficial de guardia y pronto supieron que la Organización de Protección Medioambiental de Naciones Unidas tenía cuatro grandes naves cerca de Neptuno, trabajando en las primeras fases del Proyecto Parasol de Niebla. Las tres pequeñas naves recién asignadas con la tarea de seguir la sonda habían salido de esas naves.

—¿Y están ahí para recoger lámina oleosa? —preguntó Kuhn.

La respuesta fue afirmativa.

La lámina oleosa era una sustancia que se hallaba en los anillos de Neptuno. A altas temperaturas se convertía en un gas que se dispersaba con rapidez y luego se condensaba en el espacio en forma de nanopartículas, creando polvo espacial. Su nombre se debía a que cuando se evaporaba se volvía extremadamente difusa, por lo que una pequeña cantidad de esa sustancia podía crear una enorme zona de polvo, como una diminuta gota de aceite que se extiende para formar una lámina de grosor molecular sobre una enorme extensión de agua. Ese polvo tenía otra propiedad adicional: al contrario que otras formas de polvo estelar, el viento solar no era capaz de dispersar con facilidad el «polvo de lámina oleosa».

Fue el descubrimiento de la lámina oleosa lo que hizo posible el Proyecto Parasol de Niebla. El plan consistía en emplear explosiones nucleares en el espacio para evaporar y extender la lámina oleosa, formando así una nube de polvo entre el sol y la Tierra, reduciendo de tal forma la radiación solar contra la Tierra para aliviar el calentamiento global.

—Recuerdo que se suponía que había una bomba estelar cerca de la órbita de Neptuno, de antes de las guerras —dijo Kuhn.

—La hay. Y las naves espaciales de Parasol de Niebla se llevaron algunas más, para golpear Neptuno y sus satélites. No conozco la cantidad exacta.

—Yo diría que vale con una —dijo Kuhn, emocionándose.

Como había predicho el vallado Rey Díaz dos siglos antes, al desarrollar la bomba estelar de hidrógeno para su Proyecto Vallado, aunque el arma tendría usos muy limitados en la batalla del Día del Juicio Final, las grandes potencias las querían como preparativo en caso de estallido de posibles guerras interplanetarias entre seres humanos. Se habían fabricado más de cinco mil bombas, en su mayoría durante el Gran Cataclismo, cuando las relaciones internacionales se volvieron muy tensas debido a la escasez de recursos que situó a la humanidad al borde de la guerra. Al comienzo de la nueva era, esas armas horribles se convirtieron en un peligro innecesario y las almacenaron en el espacio exterior, aunque todavía pertenecían a países de la Tierra. Algunas se detonaban en proyectos de ingeniería planetaria y otras se enviaron a orbitar en lo más remoto del Sistema Solar, con la idea de que su material de fusión pudiera ser combustible suplementario para naves espaciales de gran distancia. Sin embargo, las dificultades de desmontar las bombas hicieron imposible poner en práctica esa idea.

—¿Cree que saldrá bien? —preguntó Robinson con ojos radiantes. Le entristecía que a él mismo no se le hubiera ocurrido una idea tan simple y que Kuhn hubiese entrado en los libros de historia.

—Vamos a probar. Es nuestra única posibilidad.

—Si esa idea sale bien, doctor, entonces le prometo que la estación Ringier-Fitzroy siempre girará a la velocidad suficiente para generar gravedad terrestre.

—Es lo más grande construido jamás por la humanidad —dijo el comandante de Sombra azul al mirar por la ventana de la nave hacia el negro absoluto del espacio. No se veía nada, pero hizo lo posible por convencerse de que era capaz de distinguir la nube de polvo.

—¿Por qué no la ilumina el sol como a la cola de un cometa? —preguntó el piloto. Él y el comandante formaban toda la tripulación de Sombra azul. Sabía que la nube de polvo tenía la densidad de una cola cometaria, aproximadamente la misma que la de un vacío creado en un laboratorio de la Tierra.

—Quizá la luz del sol sea demasiado débil. —El comandante volvió a mirar al sol, que, en el solitario espacio entre la órbita de Neptuno y el Cinturón de Kuiper, parecía una estrella grande, con la forma de disco apenas reconocible. Aun así, incluso la débil luz solar proyectaba sombras sobre los mamparos—. Además, una cola cometaria solo es visible a cierta distancia. Nosotros nos encontramos en el borde mismo de la nube.

El piloto intentó hacerse una imagen mental de la delgada pero gigantesca nube. Unos días antes, el comandante y él habían comprobado con sus propios ojos lo pequeña que era cuando estaba comprimida en un sólido. En aquel momento, la gigantesca nave espacial Pacífico había llegado desde Neptuno y había dejado cinco objetos en esa sección del espacio. En primer lugar, el brazo mecánico de Sombra azul recogió una bomba estelar de hidrógeno de principios de la guerra, un cilindro de cinco metros de largo y un metro y medio de diámetro. A continuación, recogió cuatro esferas grandes de entre treinta y cincuenta metros de diámetro. Colocaron las cuatro esferas y la lámina oleosa recogida en los anillos de Neptuno en puntos a varios cientos de metros de la bomba. Una vez que Pacífico abandonó esa zona, hicieron estallar la bomba, formando un pequeño sol cuya luz y calor atravesó el frío abismo espacial para vaporizar las esferas. La lámina oleosa gaseosa se difuminó rápidamente movida por el tifón de radiación de la bomba de hidrógeno, para luego enfriarse dejando incontables partículas de polvo que formaron una nube. El diámetro de la nube era de dos millones de kilómetros, mayor que el sol.

La nube de polvo estaba situada en la región por donde se suponía que pasaría la sonda trisolariana, según las observaciones realizadas antes de que apagase los motores. La esperanza del doctor Kuhn y el general Robinson era poder calcular la trayectoria precisa de la sonda y su posición a partir del rastro que dejase en la nube de polvo creada por la humanidad.

Tras la formación de la nube, Pacífico volvió a la base de Neptuno, dejando atrás tres pequeñas naves que tenían por misión seguir de cerca la sonda en cuanto apareciese su rastro. Sombra azul era una de ellas. A la pequeña nave de alta velocidad la habían bautizado «bólido espacial». Su única zona de carga era una pequeña cápsula donde podían ir cinco personas. El resto del volumen consistía en su totalidad en el motor de fusión, lo que le ofrecía una aceleración enorme y una gran maniobrabilidad. Una vez formada la nube de polvo, Sombra azul la recorrió por completo para comprobar el tipo de estela que se formaría, con resultados muy satisfactorios. Claro está, las estelas solo serían observables por un telescopio espacial a más de cien unidades astronómicas de distancia. Para Sombra azul, su propia estela resultaba invisible, y el espacio circundante seguía tan vacío como siempre. Aun así, al atravesar la nube, el piloto insistió en que el sol parecía algo más apagado, que su circunferencia antes perfectamente definida se había difuminado un poco. Las observaciones con instrumentos confirmaron la única impresión visual que tenían de esa gigantesca creación.

—Quedan menos de tres horas —dijo el comandante mirando el reloj. En realidad, la nube de polvo no era más que un gigantesco y delgado satélite en órbita alrededor del sol, con una posición que no dejaba de cambiar. Cuando después se alejase de la zona por donde podría pasar la sonda, sería preciso crear otra nube justo detrás.

—¿De verdad cree que la atraparemos? —preguntó el piloto.

—¿Por qué no? ¡Estamos haciendo historia!

—¿No nos atacará? No somos soldados. Es la flota la que debería estar ocupándose de todo esto.

Luego la nave recibió un mensaje de la estación Ringier-Fitzroy informándoles de que la sonda trisolariana había entrado en la nube de polvo dejando una estela, por lo que habían podido calcular los parámetros exactos de su trayectoria. Se le ordenaba a Sombra azul que se acercase al objetivo y lo siguiese de cerca. La estación se encontraba a más de cien unidades astronómicas de Sombra azul, por lo que el viaje había retrasado el mensaje más de diez horas, pero la llave había dejado la impresión en el molde. Los cálculos orbitales se habían realizado teniendo en cuenta incluso el efecto de la delgada nube de polvo, por lo que el encuentro era cuestión de tiempo.

Sombra azul fijó el rumbo de acuerdo con la trayectoria de la sonda y volvió a entrar en la nube de polvo invisible, dirigiéndose ahora hacia la sonda trisolariana. Esta vez el vuelo fue largo, y durante sus más de diez horas el piloto y el comandante tuvieron sueño. Pero la distancia que se iba reduciendo entre su nave y la sonda los mantenía despiertos.

—¡La veo! ¡La veo! —gritó el piloto.

—¿De qué hablas? ¡Quedan todavía catorce mil kilómetros! —le riñó el comandante. Era imposible que a simple vista se pudiera ver una camioneta a catorce mil kilómetros, aun contando con la transparencia del espacio. Pero pronto él mismo la distinguió: había un punto en movimiento que, contra el silencioso fondo del espacio, seguía la trayectoria descrita por los parámetros.

Tras pensarlo un momento, acabó comprendiendo. La nube de polvo más grande que el sol había sido totalmente innecesaria, ya que la sonda trisolariana había vuelto a encender sus motores y seguía desacelerando. No tenía intención de pasarse el Sistema Solar. Quería quedarse aquí.

Al tratarse de una medida temporal de las flotas, la ceremonia de traspaso de los permisos de capitán de Selección natural fue sencilla y discreta, a la que solo asistieron la capitana Dongfang Yanxu, el capitán en funciones Zhang Beihai, el primer oficial Levin y el segundo oficial Akira Inoue, así como un equipo especial de la División de Personal Militar.

A pesar de los avances tecnológicos de la época, seguían sin superar el estancamiento de la teoría fundamental, así que los permisos de Selección natural se transmitieron, usando métodos que Zhang Beihai conocía: los tres factores de retina, huellas digitales y frase clave como identificación.

Una vez que el personal terminó con el proceso de cambiar los datos de pupila y las huellas que identificaban al capitán ante el sistema, Dongfang Yanxu entregó su clave a Zhang Beihai.

—Los hombres siempre recuerdan el amor exclusivamente por el romance.

—Usted no fuma —respondió él con calma.

—Y la marca se perdió durante el Gran Cataclismo —añadió ella con cierta decepción, y bajó los ojos.

—Pero la clave es buena. No mucha gente la conocía ni siquiera en su época.

La capitana y los oficiales de puente se fueron, dejando a Zhang Beihai a solas para actualizar la clave y obtener el control de Selección natural.

—Es listo —dijo Akira Inoue cuando desapareció la puerta de la cabina esférica.

—Sabiduría de antaño —dijo Dongfang Yanxu, observando el punto donde había desaparecido la puerta como si quisiera ver a través de ella—. Nunca podremos aprender lo que él se ha traído de dos siglos en el pasado, pero él podrá aprender lo nuestro.

Luego aguardaron en silencio.

Pasaron cinco minutos.

Claramente era demasiado tiempo para cambiar una contraseña, sobre todo considerando que el nuevo capitán Zhang Beihai había superado su entrenamiento como el más habilidoso operario del sistema de todos los miembros del Contingente Especial. Pasaron cinco minutos más. Los dos oficiales se pusieron a andar, impacientes, por el pasillo. Dongfang Yanxu permaneció inmóvil y en silencio.

Por fin la puerta se abrió. Para su sorpresa, la cabina esférica se había vuelto negra. Zhang Beihai había activado el mapa estelar holográfico omitiendo las etiquetas, de modo que solo eran visibles las estrellas. Desde la puerta parecía estar flotando en el exterior de la nave, con el interfaz a su lado.

—He terminado —dijo.

—¿Por qué tanto tiempo? —refunfuñó Levin.

—¿Saboreaba la emoción de controlar Selección natural?

Zhang Beihai no respondió. No miraba al interfaz, sino a una estrella en una parte lejana del mapa. Dongfang Yanxu se dio cuenta de que una luz verde parpadeaba en la dirección de su mirada.

—Eso sería una ridiculez —le respondió Levin, continuando la idea de Akira Inoue—. ¿Debo recordarte que la coronel Dongfang sigue siendo la capitana? El capitán en funciones no es más que un cortafuegos. Lamento ser tan descortés, pero es la verdad.

Akira Inoue dijo:

—Y es una situación que no durará mucho. La investigación de la flota se acerca a su fin y básicamente ha venido a demostrar que los Marcados no existen.

Estaba a punto de continuar cuando le detuvo un gemido de la capitana.

—¡Oh, dios!

Los dos oficiales siguieron su mirada y vieron el estado de Selección natural en el interfaz de Zhang Beihai.

La nave de guerra había pasado a modo de control remoto, saltándose así la comprobación abisal antes de impulso cuatro. Se había cortado toda comunicación externa. Y, finalmente, la mayor parte de los ajustes del capitán para colocar la nave en propulsión máxima estaban activados. Pulsando un botón más, Selección natural se dirigiría a máxima velocidad hacia el blanco mostrado en el mapa.

—No, no puede estar pasando —dijo Dongfang Yanxu en una voz tan baja que solo ella podía oírla. Estaba destinado a sus oídos, en respuesta a su exclamación anterior invocando a «dios». Jamás había creído en Dios, pero ahora sus oraciones eran sinceras.

—¿Está loco? —gritó Levin. Akira y él se lanzaron hacia la cabina para golpear contra el mamparo. No había puerta. Lo que había era una forma ovalada transparente en la pared.

Selección natural va a pasar a impulso cuatro. Toda la tripulación debe entrar inmediatamente al estado abisal —dijo Zhang Beihai. Cada una de las palabras de su voz tranquila y solemne se demoró en el aire como un ancla resistiéndose al viento.

—¡Es imposible! —dijo Akira Inoue.

—¿Es usted un Marcado? —preguntó Dongfang Yanxu tranquilizándose con rapidez.

—Sabe bien que eso no es posible.

—¿Organización Terrícola-trisolariana?

—No.

—Entonces, ¿qué es?

—Un soldado que cumple con su obligación de luchar por la supervivencia de la humanidad.

—¿Por qué hace esto?

—Me explicaré tras el final de la aceleración. Repito: todo el personal debe pasar de inmediato al estado abisal.

—¡Es imposible! —repitió Akira Inoue.

Zhang Beihai se giró y, sin prestar la más mínima atención a los dos oficiales, miró directamente a Dongfang Yanxu. La capitana pensó que los ojos de aquel hombre le recordaban el emblema de la fuerza espacial china, mostrando a la vez espadas y estrellas.

—Dongfang, dije que lamentaría tener que matarla. No queda mucho tiempo.

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