El asunto
Uno
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UNO
El Pentágono es el edificio de oficinas más grande del mundo, seiscientos mil metros cuadrados, treinta mil personas y más de veintisiete kilómetros de pasillos, pero lo construyeron solo con tres puertas a la calle, a través de las cuales se accede a un vestíbulo peatonal vigilado por guardias de seguridad. Elegí la opción sudeste, la entrada principal, la más cercana al metro y a la estación de autobuses, porque era la más concurrida y la más transitada por trabajadores civiles, y yo quería que hubiese muchos trabajadores civiles a mi alrededor, a ser posible una larga e incesante fila de personas, por motivos de seguridad, sobre todo para que no me pudieran disparar nada más verme. Los arrestos siempre salen mal, a veces sin querer y a veces a propósito, así que quería que hubiese testigos. Quería miradas independientes fijándose en mí, al menos en los primeros momentos. Me acuerdo de la fecha, por supuesto. Fue el jueves 11 de marzo de 1997, y fue el último día que entré en ese edificio como empleado legal de quienes lo construyeron.
Hace mucho tiempo.
Casualmente, el 11 de marzo de 1997 faltaban justo cuatro años y medio para ese martes del futuro en el que cambió el mundo, y por eso, como tantas otras cosas en aquellos tiempos, la seguridad de la entrada principal era seria sin ser histérica. No es que yo incitara a la histeria. No desde lejos. Llevaba mi uniforme de gala, limpio y planchado, pulido y abrillantado, cubierto con trece años de medallas, distintivos, insignias y distinciones. Tenía treinta y seis años, caminaba recto y erguido, era a todos los efectos lo que se espera de un comandante de la Policía Militar del Ejército de los Estados Unidos, salvo porque tenía el pelo demasiado largo y hacía cinco días que no me afeitaba.
Por aquel entonces la seguridad del Pentágono estaba a cargo del Servicio de Protección de Defensa. A cuarenta metros de distancia, vi a diez de sus hombres en el vestíbulo, lo que me pareció exagerado e hizo que me preguntara si todos eran del Servicio de Protección o si en realidad había algunos de los nuestros, infiltrados, esperándome. La mayoría de nuestro trabajo especializado lo llevan a cabo oficiales técnicos, muchas veces haciéndose pasar por otra persona. Se hacen pasar por coroneles, generales y reclutas, o por cualquiera por el que se tengan que hacer pasar, y son buenos en ello. Ponerse un uniforme del Servicio de Protección de Defensa y esperar a su objetivo es una parte importante de su trabajo. A treinta metros no logré reconocer a ninguno, pero el ejército es una institución muy grande y probablemente hubieran seleccionado a hombres que yo nunca había visto.
Seguí avanzando en medio de un gran grupo de gente que se dirigía a la puerta principal. Algunos hombres y algunas mujeres iban de uniforme, bien de gala, como el mío, bien de combate, con el viejo estampado de camuflaje que llevábamos entonces. Otros hombres y mujeres, obviamente militares pero sin uniforme, vestían de traje o con ropa de trabajo. Algunos eran evidentemente civiles. En cada una de esas categorías algunos llevaban bolsos, carteras o paquetes, y todos, sin importar su categoría, aminoraban el paso, se esquivaban y avanzaban lentamente a medida que el gran grupo de gente se iba estrechando hasta formar una cuña compacta y después se estrechaba aún más, hasta quedar en una fila de uno o de dos, según se preparaban para entrar. Me puse en la fila con ellos, por mi cuenta, solo, detrás de una mujer de manos blancas y muy poco curtidas y delante de un hombre con un traje de vestir que había abrillantado hasta los codos. Ambos civiles, trabajadores de oficina, probablemente analistas de algún tipo: justo lo que yo quería. Miradas independientes. Era casi mediodía. Hacía sol y un poco de calor en el aire de marzo. Primavera en Virginia. Al otro lado del río los cerezos estaban a punto de despertar. La famosa floración iba a ocurrir. En cualquier casa de esta inocente nación billetes de avión y cámaras réflex esperaban sobre los recibidores, listos para una excursión turística a la capital.
Esperé en la fila. Mucho más adelante que yo, los del Servicio de Protección de Defensa hacían lo que hace cualquier personal de seguridad. Cuatro se ocupaban de tareas específicas: dos atendían el mostrador de recepción y dos inspeccionaban a los que llevaban identificación oficial y los hacían pasar por un torno abierto. Dos estaban de pie inmediatamente detrás del cristal, pasada la puerta, mirando hacia fuera con la cabeza alta y la mirada al frente, examinando el caudal de gente que se acercaba. Cuatro estaban más atrás, en la sombra, al otro lado de los tornos, agrupados, dándole a la lengua. Los diez estaban armados.
A mí me preocupaban los cuatro al otro lado de los tornos. No cabe duda de que en 1997 el Departamento de Defensa estaba seriamente inflado y sobrecargado en relación con las amenazas que entonces enfrentábamos, pero aun así era inusual ver a cuatro oficiales de servicio sin absolutamente nada que hacer. La mayoría de los mandos se encargaba de que su personal excedente por lo menos pareciera ocupado. Pero estos cuatro no cumplían ninguna función evidente. Me estiré y miré hacia delante para intentar verles los zapatos. Se puede aprender mucho de unos zapatos. Los disfraces de infiltrado no suelen llegar tan lejos, especialmente en un ambiente uniformado. El Servicio de Protección de Defensa desempeñaba básicamente la función de un policía de guardia, por lo que, hasta donde pudieran elegir, los del Servicio se inclinarían por zapatos de policía, un calzado grande y cómodo, apropiado para caminar y estar de pie todo el día. Un oficial técnico de la Policía Militar trabajando de infiltrado podría llevar sus propios zapatos, que serían sutilmente distintos.
Pero no pude verles los zapatos. Dentro estaba demasiado oscuro, y estaban demasiado lejos.
La fila avanzaba a un ritmo aceptable para los tiempos previos al 11-S. Sin impaciencias incómodas, sin frustraciones, sin miedo. Solo una rutina al viejo estilo. La mujer que estaba delante de mí llevaba perfume. Podía olerlo en su nuca. Me gustó. Los dos hombres detrás del cristal me vieron cuando me faltaban unos diez metros para llegar. Su mirada pasó de la mujer a mí. Se detuvo en mí un poco más de lo necesario y después se dirigió a la persona que tenía detrás.
Después volvió. Los dos hombres me miraron abiertamente, de arriba abajo y de un lado a otro durante cuatro o cinco segundos, después yo avancé y su atención avanzó conmigo. No se dijeron nada. Tampoco le dijeron nada a nadie más. Ningún aviso, ninguna advertencia. Había dos interpretaciones posibles. En la primera, el mejor de los casos, yo sería simplemente alguien a quien nunca habían visto. O quizás destacaba por ser más alto y corpulento que cualquier otra persona en un radio de cien metros. O porque llevaba las hojas de roble doradas que indican el rango de comandante y las cintas de algunas medallas importantes, incluida una Estrella de Plata, lo que hacía de mí un tipo ejemplar, pero mi pelo y mi barba hacían que pareciera un verdadero cavernícola, y esa disonancia visual podría haber sido motivo suficiente para la larga segunda mirada: puro interés. Las tareas de guardia pueden ser muy aburridas, y ver algo distinto es siempre bienvenido.
En la segunda, el peor de los casos, estarían confirmando que el acontecimiento que esperaban había ocurrido, y que todo sucedía de acuerdo con lo planeado. Como si se hubiesen preparado, hubiesen estudiado fotos y se dijesen a sí mismos: Vale, ya está aquí, justo a tiempo, ahora solo tenemos que esperar dos minutos a que entre, y entonces lo derribamos.
Porque me esperaban, y yo había llegado justo a tiempo. Tenía una reunión a las doce y algunos asuntos que tratar con un coronel en un despacho del tercer piso en el anillo C, y estaba seguro de que nunca llegaría a mi destino. Ir de frente hacia un arresto es una táctica bastante contundente, pero a veces la única manera de saber si la estufa está caliente es tocarla.
El hombre que estaba delante de la mujer que estaba delante de mí entró y enseñó una placa que llevaba colgada del cuello con un cordón. Lo hicieron pasar. La mujer que estaba delante de mí avanzó y después se detuvo, porque justo en ese momento los dos guardias del Servicio de Protección de Defensa decidieron salir de detrás del cristal. La mujer se quedó quieta en su sitio y luego se hizo a un lado para que pasaran por delante de ella, a contracorriente. Después reanudó su avance y entró, y los dos guardias se detuvieron exactamente en el mismo lugar en el que había estado ella, pero mirando en la dirección contraria, hacia donde estaba yo, no hacia el otro lado.
Estaban bloqueando la puerta. Me miraban directamente. Yo estaba bastante seguro de que eran auténticos agentes del Servicio de Protección. Llevaban zapatos de policía, y sus uniformes se habían alisado, estirado y amoldado a sus cuerpos durante mucho tiempo. No eran disfraces que hubieran sacado de una taquilla y se hubieran puesto por primera vez esa mañana. Miré más allá de ellos, dentro, a sus cuatro compañeros que no hacían nada, y traté de juzgar comparativamente el ajuste de su ropa. Era difícil de adivinar.
Delante de mí, el que estaba a mi derecha dijo:
—Señor, ¿podemos ayudarle en algo?
—¿En qué? —pregunté yo.
—¿Adónde se dirige hoy?
—¿Tengo que decírselo?
—No, señor, en absoluto —respondió—. Pero podríamos ayudarle a llegar un poco más rápido, si quiere.
Probablemente a través de una discreta puerta que lleva a una pequeña habitación cerrada, pensé. Supuse que ellos también contaban con los testigos civiles, igual que yo. Dije:
—Puedo esperar mi turno sin problema. Ya casi he llegado.
Los agentes no respondieron a ese comentario. Punto muerto. Momento de aficionados. Intentar empezar el arresto fuera era una estupidez. Yo podía empujarles, arremeter contra ellos, dar la vuelta y correr hasta perderme entre la gente en un abrir y cerrar de ojos. Y no dispararían. No ahí fuera. Había demasiada gente en esa entrada. Demasiados daños colaterales. Recordad que estábamos en 1997. 11 de marzo. Cuatro años y medio antes de las nuevas reglas. Era mucho mejor esperar a que entrara en el vestíbulo. Esos dos lacayos podían cerrar las puertas a mis espaldas y plantarse allí hombro con hombro mientras me daban las malas noticias en el mostrador. En teoría, en ese momento yo todavía podía volver atrás y tratar de abrirme paso de nuevo, pero eso me llevaría un segundo o dos, y en ese segundo o dos los cuatro tipos sin nada que hacer podían dispararme por la espalda unas mil veces.
Y si me lanzaba hacia delante me podían disparar de frente. Y además, ¿adónde iba a ir? Escaparse del Pentágono no era una buena idea. El edificio de oficinas más grande del mundo. Treinta mil personas. Cinco pisos. Dos sótanos. Veintisiete kilómetros de pasillos. Tiene diez pasillos radiales entre los anillos, y dicen que una persona puede recorrer el espacio que separa dos puntos cualquiera en un máximo de siete minutos, algo que probablemente se calculó tomando como referencia el ritmo de marcha rápida oficial del ejército, que es de seis kilómetros por hora, lo que implica que, si corría rápido, llegaría a cualquier parte más o menos en tres minutos. ¿Pero adónde? Podía encontrar un cuarto de limpieza, robar raciones de comida y aguantar un día o dos, pero eso sería todo. O podía retener a algunos rehenes y tratar de defender mi causa, pero nunca había visto que algo así funcionara.
Así que esperé.
El oficial del Servicio de Protección de Defensa que estaba a mi derecha dijo:
—Que tenga un buen día, señor.
Después pasó por mi lado y su compañero hizo lo mismo al otro lado, ambos caminando despacio, dos hombres contentos de estar al aire libre, patrullando, cambiando su punto de vista. Quizás no fueran tan estúpidos después de todo. Estaban haciendo su trabajo y siguiendo su plan. Habían intentado engañarme para dejarme encerrado en una pequeña habitación, pero no lo habían conseguido, y como no hay mal que por bien no venga, ahora pasaban al plan B. Esperarían hasta que yo estuviera dentro y las puertas estuvieran cerradas, y después pasarían de inmediato al modo de control de multitudes, dispersando a la gente que llegaba, manteniéndola a salvo en caso de que fuera necesario abrir fuego. Supuse que el cristal del vestíbulo sería a prueba de balas, pero un experto jamás apostaría a que el Servicio de Defensa hubiese recibido exactamente el producto por el que había pagado.
Tenía la puerta justo enfrente. Estaba abierta. Respiré hondo y entré en el vestíbulo. A veces la única manera de saber si la estufa está caliente es tocarla.