El asunto
Dos
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DOS
La mujer del perfume y las manos pálidas ya desaparecía en el pasillo al otro lado del torno abierto. La habían hecho pasar. Justo enfrente de mí estaba el mostrador de recepción con dos hombres. A mi izquierda estaban los otros dos que comprobaban las identificaciones. El torno abierto estaba entre sus caderas. Los cuatro tipos extra seguían al otro lado sin hacer nada. Permanecían los cuatro juntos, callados y atentos, como si fueran un equipo independiente. Yo seguía sin poder verles los zapatos.
Respiré hondo de nuevo y me acerqué al mostrador.
Como un cordero que se dirige hacia el matadero.
El recepcionista de la izquierda me miró y dijo: “Sí, señor”, con la voz llena de cansancio y resignación. Una respuesta, no una pregunta, como si yo ya hubiese hablado. Parecía joven y razonablemente inteligente. Un auténtico agente del Servicio de Protección, probablemente. Los oficiales técnicos de la Policía Militar aprenden rápido, pero no los pondrían a cargo de la recepción del Pentágono, por muy infiltrados que estuvieran.
El del mostrador volvió a mirarme, expectante, y yo dije:
—Tengo una reunión a las doce.
—¿Con quién?
—Con el coronel Frazer —respondí.
Él actuó como si no reconociera el nombre. El edificio de oficinas más grande del mundo. Treinta mil personas. Hojeó un libro del tamaño de una guía telefónica y preguntó:
—¿El coronel John James Frazer? ¿El enlace con el Senado?
—Sí —dije.
O: Culpable de los cargos.
Más lejos a mi izquierda los cuatro tipos extra me observaban. Pero no se movían. Aún.
El hombre del mostrador no preguntó mi nombre. En parte porque, probablemente, habría recibido instrucciones y le habrían enseñado fotos, y en parte porque mi uniforme de gala incluía mi nombre sobre una placa, colocada reglamentariamente en la solapa del bolsillo derecho del pecho, perfectamente centrada, con el borde superior justo setenta y cinco milímetros por debajo de la costura superior.
Siete letras: REACHER.
O catorce: Arrésteme ahora.
El de recepción dijo:
—El coronel John James Frazer está en el 3C315. ¿Sabe cómo llegar hasta allí?
—Sí —respondí.
Tercer piso, anillo C, el más cercano al pasillo radial número tres, sector quince. Esa era la versión del Pentágono de un mapa de coordenadas, que resulta necesaria, dado que abarca doce hectáreas enteras de superficie.
El tipo dijo:
—Que tenga muy buen día, señor. —Y su mirada inocente pasó de mí a la persona que tenía detrás en la fila.
Me quedé quieto un momento. Le estaban poniendo el lazo. Lo estaban dejando perfecto. La prueba legal general que se aplica para establecer la culpabilidad de un crimen se expresa con la frase en latín actus non facit reum nisi mens sit rea, que significa, aproximadamente, que hacer una cosa no tiene por qué causarte problemas si no tuviste la intención de hacerla. Una norma es acción más intención. Ellos estaban esperando a que yo demostrara mi intención. Estaban esperando a que cruzara el torno y me perdiera en el laberinto. Lo cual explicaba por qué los cuatro tipos extra estaban en su lado de la entrada, y no en el mío. En cuanto cruzara la línea se haría real. Quizás había problemas de jurisdicción. Quizás habían consultado abogados. Sin duda, Frazer quería eliminarme, pero también quería cubrirse el culo.
Respiré hondo de nuevo, crucé la línea y lo hice real. Pasé entre los dos hombres que comprobaban las identificaciones y me deslicé entre los fríos flancos metálicos del torno. La barra estaba recogida. No había nada que golpear con los muslos. Salí por otro lado y me detuve. Los cuatro tipos extra estaban a mi derecha. Miré sus zapatos. El reglamento del ejército es sorprendentemente vago con respecto a los zapatos. Oxford negros lisos con cordones o equivalentes, tradicionales, sin ornamentos, con un mínimo de tres ojales, punta afilada y cinco centímetros de tacón como máximo. Eso es todo lo que dice la letra pequeña. Los cuatro de mi derecha cumplían con los requisitos, pero no llevaban zapatos de policía. No como los dos de fuera, que lucían cuatro variantes del mismo tema clásico. Muy limpios, con los cordones bien atados y algunas marcas de uso aquí y allá. Quizás eran auténticos guardias del Servicio de Protección de Defensa. Quizás no. No había manera de saberlo. No en ese momento.
Yo los miraba y ellos me miraban a mí, pero nadie dijo nada. Los rodeé y me dirigí al interior del edificio. Recorrí el anillo E en sentido contrario a las agujas del reloj y giré a la izquierda en el primer pasillo radial.
Los cuatro tipos también.
Se mantenían a unos veinte metros de mí, lo bastante cerca para no perderme de vista, lo bastante lejos para no agobiarme. Un máximo de siete minutos entre dos puntos cualquiera. Yo era el jamón de un bocadillo. Supuse que habría otra dotación esperando en la puerta del 3C315, o tan cerca como me dejaran llegar. Iba directamente hacia ellos. No podía escapar ni podía esconderme.
Subí dos tramos de escaleras en el anillo D, hasta el tercer piso. Empecé a caminar en el sentido de las agujas del reloj solo por diversión, y crucé el pasillo radial número cinco y después el cuatro. El anillo D estaba bastante concurrido. La gente iba de un lado al otro con los brazos repletos de carpetas de papel marrón. Hombres y mujeres, de uniforme y con la mirada perdida, se movían deprisa. El lugar estaba hasta arriba. Yo esquivaba y seguía avanzando. La gente me miraba durante todo el recorrido. El pelo, la barba. Me detuve en un grifo, me agaché y bebí un poco de agua. Pasaban a mi lado. Veinte metros detrás de mí, ni rastro de los cuatro extras del Servicio de Protección. Pero es cierto que no tenían necesidad de seguirme. Sabían a dónde iba, y sabían a qué hora tenía que llegar.
Me incorporé, empecé a caminar de nuevo y giré a la derecha en el radial número tres. Llegué al anillo C. El aire olía a lana de uniforme, a friegasuelos y muy sutilmente a cigarro. La pintura de las paredes era gruesa e institucional. Miré a derecha e izquierda. Había gente en el pasillo, pero ningún grupo grande en la puerta del sector quince. Quizás me estaban esperando dentro. Ya llegaba cinco minutos tarde.
No giré. Me quedé en el radial tres, crucé el anillo B y llegué hasta el A. El centro del edificio, donde terminan todos los pasillos radiales. O donde empiezan, dependiendo del rango y la perspectiva. Más allá del anillo A solo hay un espacio abierto, pentagonal, de dos hectáreas, que parece el agujero de un donuts angulado. En otros tiempos se lo llamaba Zona Cero, porque suponían que el mejor misil de los soviéticos, el más grande, estaba apuntando permanentemente hacia allí, como si fuera el centro de un blanco enorme. Yo creo que estaban equivocados. Yo creo que los cinco mejores misiles de los soviéticos, los cinco más grandes, estaban apuntando hacia allí, por si los primeros cuatro lanzamientos no funcionaban. Los expertos dicen que los soviéticos tampoco recibían siempre los productos por los que pagaban.
Esperé en el anillo A hasta diez minutos pasada la hora acordada. Era mejor mantenerlos en la espera. Quizás ya me estaban buscando. Quizás a los cuatro tipos extra ya les estaban abroncando por haberme perdido. Respiré muy hondo de nuevo, salí de la pared y recorrí otra vez el radial tres, cruzando el anillo B, hasta llegar al C. Giré sin romper el paso y me dirigí al sector quince.