El asunto
Ochenta y dos
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OCHENTA Y DOS
El sargento fue el primero en llegar. Menor distancia, mayor inversión. Entró despacio y con cuidado por la puerta de la cocina y la soltó para que se cerrara sola a sus espaldas. Levanté la mano en señal de saludo. Estaba a poco más de dos metros de él. Después uno de los especialistas entró por delante. Desde el callejón, supuse. La segunda distancia más corta. Un minuto más tarde el segundo especialista estaba allí, un poco agitado. Mayor distancia, más prisa.
Se quedaron quietos, bloqueando el pasillo, dos a mi derecha y uno a mi izquierda.
—Siéntense —dije—. Por favor.
El sargento dijo:
—Tenemos la orden de llevarlo a Kelham.
—Eso no va a suceder, sargento —respondí.
No hubo respuesta.
Mi reloj mental marcaba las ocho menos cuarto.
—La situación es la siguiente, compañeros —dije—. Sacarme de aquí contra mi voluntad implicaría bastante conmoción física. Haciendo un cálculo aproximado romperíamos al menos tres o cuatro mesas y sillas. También podría haber algunas lesiones. Y la camarera supondrá que somos parte de la Compañía Bravo. Porque ahora mismo ninguna otra persona de Kelham tiene permiso para salir. Créanme, ella les presta atención a esas cosas, porque sus ingresos dependen de eso. Y sabe que en el Brannan’s están esperando la llegada del comandante de la Compañía Bravo en cualquier momento. Por lo que para ella sería completamente natural dar media vuelta e ir hasta allí a quejarse. Y para hacer eso casi con seguridad tendría que interrumpir un momento de intimidad entre padre e hijo. Lo cual sería una gran vergüenza para todos los implicados, especialmente para ustedes.
No hubo respuesta.
—Siéntense —dije.
Se sentaron. Pero no donde yo quería que lo hicieran. No eran tontos. Ese era el problema con un ejército de voluntarios. Había criterios de selección. Yo estaba en una silla junto al pasillo en mi mesa para cuatro, mirando hacia la puerta delantera. Si se hubieran sentado conmigo en la misma mesa, yo habría tenido libertad de movimiento. Pero no se sentaron en la misma mesa. El sargento se sentó en frente de mí, pero los especialistas se sentaron al otro lado del pasillo, uno a cada lado de una mesa para dos. Colocaron las sillas en diagonal, uno listo para intervenir si yo hacía algún movimiento en una dirección, el otro listo si me movía en la otra.
—Deberían probar la tarta —dije—. Es realmente muy buena.
—Nada de tarta —dijo el sargento.
—Va a ser mejor que pidan algo. Si no, la camarera podría echarlos por estar aquí sin consumir. Y si se niegan a irse, sabe a quién llamar.
No hubo respuesta.
—Hay más personas aquí —dije—. Y ustedes no pueden permitirse llamar la atención.
Punto muerto.
Diez minutos para las ocho.
El teléfono junto a la puerta seguía en silencio.
La camarera se acercó y el sargento se encogió de hombros y pidió tres trozos de tarta y tres cafés. Entraron dos personas más por la puerta delantera, ambos civiles, una era una mujer joven con un vestido muy bonito, el otro un hombre joven con vaqueros y cazadora deportiva. Se sentaron en una mesa para dos, a tres de distancia de los especialistas y justo enfrente de los dueños del hotel. No parecían el tipo de gente que llama directamente al diputado que los representa por un poco de caos en un espacio público, pero cuantas más personas hubiera en el salón, mejor.
El sargento dijo:
—No tenemos inconveniente en estar toda la noche aquí sentados, de ser necesario.
—Es bueno saberlo —dije—. Yo me voy a quedar aquí sentado hasta que suene el teléfono, y después me voy a ir.
—Lo siento, pero no puedo permitir que se comunique con nadie. Esas son mis órdenes.
No dije nada.
—Y no puedo dejarlo ir. A no ser que acceda a venir con nosotros a Kelham.
—¿No acabamos de tener esa conversación? —dije.
No hubo respuesta.
El teléfono no sonaba.
Cinco minutos para las ocho.
A las ocho el tipo del traje claro pagó su cuenta y se fue, y la dueña del hotel pasó una página del libro. No pasó nada más. El teléfono siguió en silencio. A las ocho y cinco empecé a escuchar ruido fuera, en la parte de atrás, el sonido de los coches y de los neumáticos que crujían, y sentí un cambio en el clima nocturno, como si aumentara la presión a medida que la Compañía Bravo empezaba a llegar al pueblo, primero de uno en uno y de dos en dos, después a decenas. Asumí que Reed Riley había encabezado la comitiva en su coche prestado, con su padre en el asiento del acompañante. Asumí que en ese momento el viejo Riley estaba posicionado en la puerta del Brannan’s, saludando a los hombres de su hijo, invitándolos a pasar, sonriendo como un idiota.
Los tres rangers que me tenían encerrado habían comido sus tartas de uno en uno, con los otros dos siempre alertas y vigilantes. Eran bastante buenos. Para nada los peores que hubiese visto en mi vida. La camarera retiró sus platos. Parecía intuir lo que estaba sucediendo. Cada vez que pasaba a nuestro lado me miraba preocupada. Estaba claro de qué lado estaba. A mí me conocía y a ellos no. Yo le había dado propina muchas veces y ellos no, ni siquiera una vez.
Fuera el ruido seguía aumentando.
El teléfono no sonaba.
Me pasé los minutos siguientes pensando en su Humvee. Sabía que como todos los Humvee del mundo tendría un gran motor diésel de General Motors, y sabía que como todos los Humvee del mundo tendría una caja de cambios automática de tres velocidades, y sabía que como todos los Humvee del mundo pesaría un poco más de cuatro toneladas, lo que le permitiría alcanzar los cien kilómetros por hora, como máximo. Sabía que no era la velocidad de un coche de carreras, pero sabía que era quince veces más rápido que caminar, y sabía que eso era bueno.
Esperé.
Entonces, justo pasadas las ocho y media, sucedieron tres cosas. La primera fue desafortunada y la segunda, sin precedentes, y la tercera fue, por lo tanto, extraña.
Primero la pareja joven se fue. La chica del vestido bonito y el chico con la cazadora deportiva. Él dejó dinero en la mesa, se levantaron a la vez y salieron cogidos de la mano, lo suficientemente rápido como para dar a entender que el siguiente compromiso en su agenda no era asistir a una sesión de oración nocturna.
Segundo, se fueron los dueños del hotel. Ella cerró su libro, él plegó su periódico, se levantaron y salieron caminando despacio. De vuelta al trabajo, presumiblemente. Mucho más temprano que cualquiera de las veces anteriores. Sin ninguna razón aparente, salvo quizás la repentina intuición absurda de que el viejo Riley cancelaría la partida del Lear y decidiría dormir en el pueblo.
En ese momento la camarera estaba en la cocina, así que en el salón solo había cuatro personas: yo y mis tres niñeros.
El sargento sonrió y dijo:
—Ya solo estamos nosotros.
No contesté.
—No hay ninguna persona más.
No contesté.
—Y no me parece que la camarera sea de las que ponen quejas —dijo—. No realmente. Sabe que este lugar podría terminar fácilmente en una lista negra. Durante un mes. O dos. O el tiempo que haga falta para que pase a depender de la asistencia social.
Estaba inclinado hacia adelante desde el otro lado de la mesa. Más cerca de mí que antes. Mirándome directamente. Sus dos hombres estaban inclinados hacía adelante a lo ancho del pasillo, los codos en las rodillas, las manos sueltas, los pies bien plantados, observándome.
Entonces sucedió la última de las tres cosas.
Sonó el teléfono.